Sesiones de verano (4). Cenizas de amor (H.M. Pulham, Esq., 1941) de King Vidor

Cenizas de amor, una película sobre lo efímero de la felicidad.

«Harry, ¿eres feliz?», y solo esta frase desata un torbellino de recuerdos y reflexiones en el protagonista de Cenizas de amor. H.M. Pulham (Robert Young), el hombre del título original, se encuentra en la mitad de su vida. Lleva una existencia rutinaria, conformista, ¿feliz? Pertenece a una aristocrática familia de Boston y está casado con Kay (Ruth Hussey), a la que conoce desde la infancia y de la misma posición social. Tiene dos hijos, un perro, una buena casa, un buen empleo y cada día transcurre sin alteraciones.

King Vidor que es un maestro contando historias con su cámara de cine. Nos presenta al personaje principal de una manera magistral. Observamos su ritual diario, la tranquilidad de su vida inalterable. Esa bajada por las escaleras, el desayuno con su esposa, ese huevo pasado por agua, la lectura de la prensa, las regañinas a su perro, los tres cacahuetes que le proporciona su sirvienta antes de salir, cacahuetes que son para alimentar a unas ardillas de ese parque que cruza siempre, la compra del puro antes de entrar al trabajo, el saludo a los trabajadores de la oficina, la contestación de la correspondencia…

Pero un día cualquiera, dos acontecimientos alteran su rutina. Y no solo eso, sino que le hacen plantearse toda una vida. Por una parte, la llamada de un antiguo compañero de la universidad para una comida. Harry decide acudir y se encuentra metido en la organización de un 25 aniversario con antiguos compañeros. Le piden que haga la biografía de los antiguos compañeros y él empieza con la suya. Esto sirve para echar la vista atrás… Y, por otra parte, la llamada de Marvyn Miles (Hedy Lamarr), una mujer de la que se enamoró cuando decidió salirse durante una sola vez en su vida del plan trazado por su padre.

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Sansón y Dalila (Samson and Delilah, 1949) de Cecil B. DeMille

Sansón y Dalila

Sansón y Dalila… y sus días en un paraíso propio

Dalila dice: “Siempre dudas de mí”, Sansón contesta: “… y siempre te quiero”. O Dalila mira a Sansón y le explica: “Tú eres todo lo que yo quiero” o Sansón es consciente de su eterna condena: “Nunca me liberaré de ti, Dalila”… Y cada frase de Sansón y Dalila va construyendo una apasionante historia de amor loco, desesperado, que roza el odio y la traición. Los dos, encadenados. Así Cecil B. DeMille, que buscaba en la Biblia sus espectáculos cinematográficos, logra que un personaje bíblico anecdótico, Dalila, se transforme en una mujer fatal absolutamente enamorada y redimida por amor…, aunque sea demasiado tarde, aunque no deje nunca de dar zarpazos. Ella es la reina de la función.

El mito de Sansón se encuentra en el libro de los Jueces del Antiguo Testamento. Y todas las “hazañas” del forzudo están reflejadas en la película de DeMille. Solo que este busca un hilo conductor que no está entre las páginas de la Biblia y es la presencia continúa en la vida de Sansón… de Dalila, y su compleja relación de sensualidad y amor. Y ese es uno de los secretos de que aún hoy Sansón y Dalila funcione. El Sansón bíblico es mucho más antipático y bestia que el héroe sensible y muy, pero que muy enamoradizo, que muestra la película. Dalila, no solo tiene más protagonismo que en el libro sagrado, sino que es una dama inteligente, manipuladora y con artes de mujer fatal… pero siempre enamorada. Una mujer con poder, y muy sexual, la cortesana filistea al lado siempre del sarán de Gaza.

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