Un cumpleaños más… y mucho cine

Un 14 de mayo, fecha de mi cumpleaños, se hizo la primera proyección pública de cine en Madrid. Sus espectadores pudieron ver entre otras cosas imágenes en movimiento en la Puerta del Sol.

Pues sí, he cumplido un año más. ¡Y menos mal! El otro día un amigo me decía que cada vez que era su cumpleaños le entraba angustia, pues se planteaba que cada vez le quedaba menos tiempo para leer, ver películas, exposiciones, obras de teatro, escuchar canciones…, que había tanto que disfrutar y nos faltaban horas. Y yo le doy un pequeño giro, un cumpleaños es un año más que tenemos para, por suerte, poder hacer todas esas cosas.

De pronto, por el algoritmo de mi móvil me entró ayer una noticia, justo el día de mi cumpleaños, el 14 de mayo, que me hizo recordar algo maravilloso. Y que os cuento con orgullo. Este día estaba destinado para mí. ¡Fue el día donde se realizó la primera proyección pública de cine en Madrid! Qué emoción me produjo leerlo justo el día de mi cumpleaños.

Sí, en un lejano 14 de mayo de 1896, uno de los pioneros operadores de cámara de los hermanos Lumière, Alexandre Promio, se vino a Madrid a presentar el invento. Y para esa exhibición que mejor que grabar una ciudad viva en su día a día: la salida de unas alumnas de un colegio, la actividad en la Puerta del Sol, que si la plaza de toros, que si las maniobras de artillería en Vicálvaro y mucho más… El lugar elegido para dicho evento fue el salón del ya desaparecido Hotel Rusia, que según dicha información, actualmente es el Centro de Salud Las Cortes.

Pensé que no me hubiese importado mirar por un agujerito y presenciar cómo fue esa exhibición y qué supuso para los que estuvieron presentes. Si algunos lo olvidaron nada más salir y si a otros dicha proyección les marcó o les dejó hambre de más…

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10 razones para amar Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock

A Bet, que viva Hitchcock y el amor al cine. Por doce años de diálogo ininterrumpido.

Razón número 1: certeza

Con la muerte en los talones. Una de las puertas de entrada de mi amor al cine.

Una de las películas que sé con certeza que afianzó mi pasión por el cine fue Con la muerte en los talones. El colegio donde yo iba de niña, finales de los años setenta y los ochenta, lo llevaban unas hermanas misioneras (muy unidas a Madagascar) que en el centro escolar experimentaban con las pedagogías más innovadoras y modernas. Sí, era una mezcla curiosa y extraña, pero era así. A su favor he de decir que nunca sentí que me adoctrinasen o dirigiesen en lo religioso más de lo que ya suponía estar en un colegio de monjas y sí, sin embargo, me proporcionaron una atención a todo lo que tenía que ver con las injusticias sociales.

Pues bien, parece ser que la directora del colegio en aquellos años era tan cinéfila, que ver cine era una de las actividades asiduas que se organizaba para las alumnas del centro. Así que siempre venía un proyeccionista y en un salón de actos enorme con una pantallaza enorme, nos pasaban películas. Y una de sus favoritas debía ser Con la muerte en los talones, pues la vi en el colegio más de una vez.

Me recuerdo totalmente atenta, enganchada y maravillada con esta película. Me encantaba antes de saber quién era Alfred Hitchcock. No me importaba que repitiesen la proyección en más de una ocasión. No podía apartar la mirada de la pantalla y siempre me dejaba arrastrar por la historia de ese señor que le confundían con otro y se metía en un gran lío que cada vez se enredaba más, pero sin perder nunca el sentido del humor.

Razón número 2: Cary Grant, el héroe fascinante

Siempre hay una frase que se dice pronunció Alfred Hitchcock refiriéndose a Cary Grant, uno de sus héroes favoritos (el actor trabajó en cuatro de las películas del maestro del suspense: además de la mencionada, Sospecha, Encadenados y Atrapa a un ladrón), y dice algo así como que podía actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo fascinante. Y esa frase podría aplicarse perfectamente a su personaje de Roger O. Thornhill. Este publicista creativo, elegante, divertido, bastante desastre en su vida sentimental, con una relación de lo más curiosa con su madre, pero que sabe manejarse perfectamente en la jungla de Nueva York por un malentendido se verá inmerso en una historia trepidante.

Thornhill durante todo el metraje mantiene la dignidad intacta con su traje sastre, corbata y camisas blancas. Su pelo negro e impecablemente peinado. Da absolutamente igual que le emborrachen, que traten de asesinarle en un campo desierto con una avioneta fumigadora, que tenga que correr y escapar de todas partes, que se llene de polvo o se caiga, él continúa impecablemente divertido y elegante.

Y es que Thornhill, hombre creativo y sagaz, se adapta a su nueva circunstancia de falso culpable, perseguido por malos y policías y solo ante el peligro. Siempre tiene ideas e ingenio para salir adelante y una increíble capacidad para reírse de sí mismo y de todas las desgracias que le acontecen, sin perder su sex appeal e incluso enamorarse. Es como si tuviese la seguridad, a pesar de estar siempre al borde la vulnerabilidad de un hombre caído, de que conseguirá salir adelante. Con 55 años y siempre reinventándose desde que pisó Hollywood, su Thornhill rezuma vitalidad, sensualidad, diversión, glamour y distinción. Cary Grant sabe utilizar su vis cómica, sus cualidades de galán, su impresionante complexión física, así como sacar la seriedad cuando es necesario para dar forma a un gran personaje.

Archibald Alexander Leach se formó en el vodevil puro y duro; después durante sus primeros años en Hollywood, durante los años 30, fue trabajando el convertirse en Cary Grant. De hombre objeto y puro deseo a comediante sofisticado hasta alcanzar la cima y convertirse en uno de los actores más populares con su elegancia por bandera ya fuese en comedia, película de acción o drama.

Razón número 3: espías

Con la muerte en los talones. En el cine de Hitchcock no faltaron los espías en numerosas ocasiones.

El cine de espías es un género que ha dejado una ristra de películas inolvidables. El espía puede ser un mero funcionario gris del gobierno para el que trabaja con muchas horas de tiempos muertos, bailando siempre en un difícil equilibrio de conflictos y cuestiones morales, sacrificios personales, y una vida de compromiso (muchas veces por motivos equivocados) nunca recompensada… O también un héroe creado para el puro entretenimiento, hombres o mujeres de acción, sin preguntarse moralmente lo que hacen, sino superando obstáculos, venciendo a los malos, probando todo tipo de artilugios y avances tecnológicos y apelando a la adrenalina y emoción del espectador.

Curiosamente, Alfred Hitchcock tiene en su filmografía varios títulos de espías y representa a los dos perfiles en una misma película. En Con la muerte en los talones, Cary Grant, en plena Guerra Fría, se ve envuelto en una trama de espionaje con dobles agentes que da un vuelco a su vida. Si bien él se ve obligado a mantener un papel inesperado de espía de acción, también vemos el otro tipo de espía gris y que trabaja para el gobierno en el personaje del profesor (Leo G. Carroll), cerebro de la trama para pillar al malo malísimo Phillip Vandamm (James Mason).

Como era habitual en Alfred Hitchcock sabe cómo enganchar al público en sus tramas y hacer trepidantes las películas de espías que durante su filmografía fueron muchas. Recordemos títulos para un buen ciclo hitchcockiano de espías y una manera de redescubrirle: Los 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Cortina rasgada o Topaz… En algunas de ellas hay ingredientes que se repetirán y estarán presentes en Con la muerte en los talones: un emplazamiento impresionante para la secuencia final, un falso culpable, tretas creativas del protagonista para huir del enemigo, la rubia que se convierte en cómplice para bien o para mal…

Razón número 4: temas hitchcockianos

Si François Truffaut le reivindicó como autor es porque sin duda cuando se analiza la filmografía del maestro del suspense pueden verse un montón de temáticas y formas de contar sus historias con dominio del lenguaje cinematográfico que dejan la huella de la creatividad especial de Hitchcock. Con la muerte en los talones no es la excepción. En una de sus películas más entretenidas y populares (algo que no descuidaba nunca el director), está su huella como autor. Veamos tres firmas de su autoría, sobre todo en el terreno temático.

La presencia de las madres de los protagonistas y esas curiosas relaciones materno-filiales que siempre deja el realizador británico. En Con la muerte en los talones está en clave de comedia. De hecho, todo el embrollo comienza porque el protagonista quiere dar un aviso a su madre y, por eso, los malos le confunden con un espía inexistente, George Kaplan. La señora Thornhill (Jessie Royce Landis) protagoniza uno de los momentos más cómicos y tensos de esta historia.

En un ascensor hasta arriba de gente donde entra con su hijo, este le señala con la mirada que al lado tiene a los dos hombres que han intentado matarle. La madre que no cree ni una palabra de su hijo y piensa que es otra invención de su hijo para excusarse por una borrachera. Así que les pregunta como si nada que si no pensarán asesinar a su hijo. Los asesinos y todos los que están en el ascensor no pueden reprimir una carcajada.

El falso culpable es el protagonista de muchas de sus películas y la premisa con la que arranca una historia trepidante. Un publicista se ve envuelto en una trama de espionaje y cada vez se va complicando más la historia, metiéndose en un laberinto del que parece imposible salir. En este caso el maestro juega con un sentido lúdico con ese falso culpable sin dejar de lado el humor que suaviza la vulnerabilidad de su situación, algo que no pasaba en esa joya oculta que es Falso culpable (The Wrog Man, 1956), que muestra la crudeza y el drama de un hombre acusado falsamente de un hecho que no ha cometido y que destroza su vida y la de los seres que lo aman.

La complejidad del amor y la sensualidad de sus historias. Hitchcock tenía una capacidad brillante para filmar unos besos maravillosos y reflejar la atracción de sus personajes, así como mostrar los recovecos oscuros de la pasión. Con la muerte en los talones no es una excepción. Así construye un interesante triángulo, con elementos similares a esa otra joya que es Encadenados. Somos testigos de un enamoramiento inolvidable y apasionado de los protagonistas en un tren donde surge la atracción de ambos, el juego y la sensualidad.

Luego, se cocina a fuego lento la traición y los celos. A la protagonista se la pone en máximo peligro, pues trabaja con los “buenos” en cuestión (aunque estos no dudan fríamente en sacrificar al pobre falso culpable si es necesario para que su plan siga adelante y proteger a su doble agente), y es el cebo que enamora al malvado. Y, por último, los amantes en máximo peligro tratarán de salir juntos del embrollo en el que se han metido.

Razón número 5: historia de amor en un tren

Y encadenando con el último tema esbozado en el apartado anterior, es una gozada ese encuentro “por azar” entre la rubia de la película y el atribulado falso culpable, con esas inocentes gafas de sol tras las que se oculta. ¿Dónde es el lugar más romántico donde puede gestarse una historia de amor? En un tren. No hay duda.

Lo maravilloso de Con la muerte en los talones es que es la rubia la que seduce al falso culpable, la que lo protege, la que lo oculta y lo mete en su camerino y la que no pone reparo alguno a la seducción que culmina con uno de esos besos inolvidables del cineasta en un diminuto camarote. Los dos protagonistas juegan a la sensualidad, al juego de ocultación, a mostrarse cómplices el uno con el otro…

… Hasta que descubrimos que el pobre diablo está siendo engañado por una rubia femme fatale. Y ese juego sensual se transforma en peligroso. Nos inquieta ver cómo él confía en la rubia y a nuestros ojos se convierte en vulnerable, pues no es consciente del engaño.

Luego vuelven a encontrarse en un hotel y él ya es un hombre despechado, pues la rubia le ha enviado a una muerte segura y sabe además que es la novia del hombre que está tratando de eliminarle a toda costa. Lo que pasa que los espectadores nos vemos sorprendidos al notar verdadera preocupación en el rostro de la chica, parece que realmente está enamorada.

Pues pronto llega un revelador giro de trama, en su comportamiento de hombre despechado, nuestro falso culpable ha puesto en verdadero peligro a una agente doble, como le comunica ese curioso personaje al que llaman el profesor y cerebro de la trama para atrapar al malvado Vandamm. Y entonces cual galán enamorado, decide contribuir a la causa y ayudar a la dama a huir de las manos del peligroso y elegante malvado.

Así Hitchcock crea una historia de amor que es la que hace avanzar a la trama y con ella consigue los giros de trama más emocionantes, además de acrecentar la tensión y el suspense. La complicidad sexual de ambos personajes marca cada fotograma, porque esa tensión sensual no resuelta por los problemas y obstáculos de ambos llega a su culminación final, como no podía ser de otra manera, de nuevo en el tren en una ingeniosa elipsis: del máximo peligro en el monte Rushmore al apacible momento en que sabemos que culminarán su relación con una esperada relación sexual, pues ya pasaron todas sus dificultades.

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Supervivientes en el mar. Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock / El mar no perdona (Seven waves away, 1957) de Richard Sale

Dos barcos hundidos y los supervivientes a la deriva en un bote salvavidas. Dos maneras de presentar las desgracias y las dinámicas de dos grupos de seres humanos que hacen lo que pueden por salvar la vida. La primera es de las obras más originales del maestro del suspense, con fondo bélico y toques de cine de propaganda en plena Segunda Guerra Mundial. La segunda es un drama contundente, una película que plantea distintos y complejos dilemas morales sobre decisiones que tomar para poder sobrevivir, decisiones al borde de la muerte.

Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock

Supervivientes a la deriva. En Náufragos, el grupo frente al nazi…

Un barco es torpedeado por un submarino alemán que también a su vez ha sido destruido. En una barca salvavidas van subiendo los supervivientes: una periodista, una enfermera, una mujer con su bebé muerto y varios hombres civiles o que forman parte del personal del barco con distintos cargos (uno de máquinas, un marinero herido, un mayordomo, un operador de radio, un empresario naval…). En el último momento, rescatan a un alemán que ha sobrevivido del submarino. Las distintas posturas respecto al prisionero van creando las tensiones en el grupo, además tienen que luchar juntos por su supervivencia.

En Náufragos es evidente cómo el alemán no solo es el que crea la tensión y división en el grupo, sino que también sabrá ir manipulando a los supervivientes y llevándolos a su terreno. Es el único además que esconde utensilios tan útiles para la supervivencia como una brújula. También se hace valer y es fuerte dentro del grupo, pues muestra no solo que no desfallece (luego se sabrán los motivos), sino que tiene conocimientos médicos y también de navegación. Va ganándose adeptos, mientras que otros no terminan de fiarse nunca de él.

En un momento dado, arrastrando varias vicisitudes, mal tiempo, debilidad física y mental del grupo, parece que el alemán no solo va a convertirse en líder, sino que les dirige directos a un destino de lo más negro.

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Historias veraniegas (3). Las películas que marcaron a mamá

La película favorita de mamá: 12 hombres sin piedad.

El otro día, mamá y yo tuvimos una charla larga. Muy larga. Últimamente estamos pasando más tiempo juntas, momentos de calidad y de aprendizaje. No está siendo un año fácil para ella, pero tira con fuerza del carro. No se rinde, porque ella es de naturaleza optimista. Como dice ella, estamos disfrutando a tope del presente. Me apetecía que recordara conmigo aquellas películas que por cualquier motivo le hubiesen marcado a lo largo de la vida. Mamá fue desgranándome un listado valioso y precioso y de cada película me decía un motivo por el cual se quedó en su memoria.

Era por la tarde y yo no dejaba de preguntarle. Primero, le dije que diez y luego la lista fue creciendo y creciendo. Algunas las vio de niña, otras de joven y las de más allá de más mayor. Esos largometrajes siguen dando vueltas en su cabeza, aunque no haya vuelto a enfrentarse a ellas o si las vuelve a ver, las disfruta como nadie, como si las descubriese por primera vez. De hecho, entre película y película pasaron las horas y lo pasamos muy bien, porque además yo iba preguntándole, insistiéndole y apuntando todo. Casi se nos hizo de noche.

Mamá vio cine desde que era muy niña. A mis abuelos les gustaba mucho, a los dos. Era un momento de ocio importante en sus vidas en un Madrid en blanco y negro. Mamá nació a principios de los años cuarenta… Así que son muchas décadas disfrutando de historias proyectadas en la pantalla. De hecho, seguimos yendo juntas a la sala de cine o a veces nos hemos pegado maratones de tardes cinéfilas. En un principio, la charla fue algo espontánea, pero según me iba contando y contestando; de pronto, me dije que sería una historia veraniega bonita para el blog.

Porque a través de las películas que vemos se pueden contar muchas historias, se entiende mucho de lo que somos. La mirada de mamá sobre ellas me hace comprenderla mejor. Con un listado de películas que nos marcan se puede contar toda una vida o saber la esencia de aquellos a los que amamos.

Las películas que marcaron a mamá me acercan a ella y también su mirada sobre los fotogramas me dice muchas cosas. Las historias que nos marcan y el porqué lo hacen revelan muchos aspectos o son una radiografía de aquello que nos mueve o remueve. La lista fue totalmente aleatoria, pero como todas las listas, reveladora. Esa tarde me habló de los siguientes largometrajes (aunque estoy segura de que en otro momento hubiesen sido otros y descubriría otras cosas de ella), aquí los comparto sin orden alguno, el único orden fue el de su memoria:

La primera que le vino cuando le pregunté fue Lo que el viento se llevó (Gone with de wing, 1939) de Victor Fleming (bueno, ya sabemos que hubo otras manos como George Cukor o Sam Wood). Y curiosamente por una escena épica. No se decantó por ningún momento romántico. Ella recordó la huida en el carro a través del incendio de Atlanta. Un momento límite en que los personajes no se amilanan, sino que hacen todo lo posible por salvarse, por salir entre las llamas. En el carro van Rhett Butler, Scarlett O’Hara, Melanie, su bebé y Prissy. Ninguno de ellos se rinde.

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Diccionario cinematográfico (240). Tijeras

Tijeras de podar tampoco faltan en el cine…

Pues estaba pensando en un artículo que recopilara ciertos thrillers de los noventas con contenido erótico, cuando me topé con una de las películas de Sharon Stone, antes del pelotazo de Instinto Básico, que aquí se conoce como Secretos íntimos, pero su título en inglés es Scissors… Nuestra protagonista aparece comprando unas tijeras en la secuencia de inicio, pues arregla muñecas antiguas, y le sirven posteriormente para defenderse de una violación en el ascensor… Bien que se las clava en el muslo al agresor… No se podía titular de otra manera. Rara, rara, rara…

Y me doy cuenta entonces de que las tijeras son de los más cinematográfico. Una película, amiga de este diccionario, porque me ha servido para ilustrar un montón de palabras tampoco puede faltar aquí: Eduardo Manostijeras, ese cuento de Tim Burton, con un ser distinto y del mundo de la fantasía que tiene en lugar de dedos… tijeras. Y corta de maravilla tanto pelos como jardines.

Pero las tijeras son objeto de suspense nunca mejor dicho. Hay dos momentos clásicos memorables. Uno, en la película de Robert Siodmak: en A través del espejo. Los instintos asesinos de una gemela vuelven a despertarse con unas tijeras encima de una mesa. Pero, como siempre, fue el maestro del suspense quien supo poner de los nervios a los espectadores con unas tijeras también en un despacho en Crimen perfecto, único objeto cotidiano del que puede apropiarse una dama en apuros para defenderse de una muerte segura. Seguimos con el suspense, y tampoco se puede olvidar a esa mujer trastornada y obsesionada por un hombre que rasga con unas tijeras un retrato… en la primera película de Clint Eastwood como director: Escalofrío en la noche.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (I). Más allá del olvido, 1956, de Hugo del Carril

Más allá del olvido es el pistoletazo de salida de este nuevo ciclo de cine que propongo, que tendrá varias entregas. El ciclo ha nacido por un motivo concreto. Hace apenas una semana salió, como cada diez años, la nueva lista de la revista británica Sight&Sound donde se establecen las cien mejores películas de todos los tiempos. La lista ha dado mucho que hablar por varios motivos muy interesantes para analizar, pero hay algo en ella que me ha removido bastante y es que en dicho listado no se señala ni una sola mención al cine latinoamericano. Un cine para mí siempre vivo, rico en propuestas y con una larga historia.

Más allá del olvido, 1956, de Hugo del Carril

Más allá del olvido, primera joya del cine clásico latinoamericano.

Al blog Diccineario y a su autor Antonio Martín García por descubrirme esta joya

Un enorme retrato de una mujer, como si fuese una presencia viva, preside la estancia principal de una mansión. Un hombre devastado, que solo bebe y llora, no deja de mirarla. Más allá del olvido es una historia sobre ese lado oscuro del amor que tan bien reflejaba Alfred Hitchcock en películas tan emblemáticas como Rebeca y Vértigo. Y no nombro aposta estas dos últimas obras, porque esta película argentina bebe de la primera y es un precedente de la segunda. El realizador y actor Hugo del Carril elabora una historia de amor oscuro con gotas en su estilo de suspense decimonónico o noir victoriano.

La película rodada entre la ensoñación y la pesadilla logra una atmósfera que capta un romanticismo exacerbado al principio y se va convirtiendo en pesadilla siguiendo los pasos de un hombre que lucha para no volverse loco ante la ausencia de la amada. Hugo del Carril se inspira en una novela simbolista y experimental de Georges Rodenbach, Brujas, la muerta. Y ahí está el germen de ese viudo roto por la ausencia de su amor y que encuentra en las calles de Brujas a una mujer idéntica físicamente a su amada. El maestro del suspense adaptaría, sin embargo, para Vértigo una novela posterior de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, De entre los muertos, que tenía una premisa similar, pero con una explicación lógica para el parecido físico y en forma de thriller psicológico.

Fue una película que tuvo un rodaje complejo y un estreno que la relegó inmediatamente al olvido. Y no fue hasta décadas después cuando comenzó a revalorizarse. Cuando Hugo del Carril la estaba rodando, se produjo el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón. Entre otros fueron detenidos varios artistas simpatizantes del Gobierno, y uno de ellos fue Del Carril. Una vez liberado continuó con el rodaje y cuando se estrenó en 1956 le detuvieron de nuevo. El largometraje apenas duró en pantalla. Además pesó la prohibición, durante aquellos años, de la difusión de su obra cinematográfica y, por tanto, no tuvo fácil la distribución de sus películas.

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10 razones para amar Vértigo (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock

Razón número 1: En busca de miradas

El libro que me ha hecho volver a ver otra vez Vértigo.

Un nuevo libro cayó en mis manos hace poco: Las mujeres que sabían demasiado. Hitchcock y la teoría feminista de Tania Modleski (El mono libre, 2021). Siempre me apetece descubrir otras miradas hacia aquellos cineastas que provocan mi interés. Y Alfred Hitchcock es uno de ellos. El libro es un ensayo de los ochenta, que la autora volvió a reeditar en el siglo XXI y que ahora es editado por primera vez en español, y se centra sobre todo en el análisis de los personajes femeninos de siete películas del realizador británico (Chantaje, Asesinato, Rebeca, Encadenados, La ventana indiscreta, Vértigo y Frenesí).

Del estudio de Tania Modleski rescato varias ideas que ahondan en la complejidad del realizador. La autora analiza al director del suspense dentro de la teoría feminista y el sistema patriarcal, pero hace hincapié en la dificultad que presenta la mirada sobre sus películas y los personajes femeninos. Porque no es tan fácil colgar una etiqueta de misoginia en el maestro del suspense, y quedarse solo en ese análisis. Hay algo indudable: las películas del maestro del suspense seducen y apasionan a hombres y mujeres.

En este interesante estudio, y después del análisis de diversas películas, la autora explica la empatía e identificación que el director genera varias veces hacia los personajes femeninos; la atracción hacia lo femenino que muestra el director, pero que a la vez es fuente de miedo y tensión; la fuerza del deseo femenino en su filmografía, y la importancia de los personajes femeninos ausentes que habitan en un “espacio ciego” que no sale en pantalla; los impulsos subversivos y hostiles de personajes femeninos ante figuras masculinas opresoras; los personajes femeninos de sus películas tienen mucha más vida, más allá de la mirada en las que los hombres protagonistas las encierran…, logran salir de la casa de muñecas; el punto de vista de los personajes femeninos a veces se le escapa y enriquece así los significados de muchas de sus películas; y, por último, muchos personajes femeninos no se someten ni a los deseos ni a las expectativas de los hombres que las acompañan en la trama.

De pronto, cuando terminé la lectura del libro, sentí muchas ganas de volver a mirar Vértigo y ahondar en muchas ideas que siempre han rondado por mi mente.

Razón número 2: Midge Wood

En este nuevo visionado de Vértigo me fijé mucho más en el personaje de Midge Wood (Barbara Bel Geddes) y en la historia que se nos cuenta con tan solo unas cuantas apariciones, así como su desaparición abrupta de la trama. Midge Wood transmite mucha paz en su espacio propio, su apartamento. Es además, un lugar al que libre y asiduamente acude Scottie. Los dos conservan una amistad cómplice, se conocen desde la universidad y hacen planes juntos. Midge Wood es una mujer independiente, trabajadora y vive sola, además posee un acentuado sentido del humor.

Pero en un momento determinado, en la primera secuencia en la que ambos conversan relajadamente, Scottie hace mención a que una vez salieron juntos, y fueron novios. Entonces la cámara de Alfred Hitchcock se acerca al rostro de Midge para descubrirnos solo a nosotros (no a Scottie) lo que siente: que a pesar de que le contesta desenfadadamente, ella sigue queriéndolo y esos seis meses, que le dice duró la relación, significaron mucho. A partir de este momento, el espectador sabe que Midge es una mujer enamorada y no correspondida.

Ella es diseñadora de ropa interior, creativa e imaginativa. Sus gafas no solo reflejan su faceta intelectual, sino también su capacidad de observación. Todo lo mira, nada se le escapa. De hecho, ella sabe antes que Scottie que él se enamorará profundamente de Madeleine Elster, y también se da cuenta de que aun después de muerta, Scottie la sigue amando. Y que en la vida de su enamorado no puede pintar nada.

Por otra parte, Wood sabe relacionarse. Es directa y no la cuesta comunicarse con los demás. Por eso, Scottie, sabiendo su don de gentes, acude a ella para pedirle si conoce a alguien que sepa historias pasadas de San Francisco. Si está sola es porque quiere, puede y también porque tiene claro con quién le gustaría estar.

Cuando gasta una broma realmente divertida y cómplice a Scottie (ese autorretrato como si fuese Carlota Valdés), y ve cómo reacciona él, Midge se enfada con ella misma, pues se da cuenta de que en ese instante el hombre al que ama está muy lejos de la zona de confort en la que “habitaban” ambos antes de la aparición de Madeleine Elster.

Desaparece de manera abrupta al final de la primera parte de la película, cuando visita a un Scottie catatónico, después del fallecimiento de Madeleine. Pero le dice algo antes de marcharse: “Siempre estaré ahí”. Y se aleja por el pasillo del psiquiátrico con una luz cenital. Y eso dice todo de esta historia, Midge siempre estará ahí, no desaparecerá de la vida de Scottie. Cuando este decida salir de su compleja espiral, sabrá que ella no se ha ido.

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Diccionario cinematográfico (233). Gafas II

Las gafas de Extraños en un tren.

Hace muchos años realicé la primera parte. Ahí hablaba de las gafas de Harold Lloyd (¿sería el mismo sin ellas?), de las de Clark Kent antes de convertirse en Superman o las de Lolita en forma de corazón. Y es que hay gafas icónicas. ¿Identificaríamos a Harry Potter sin ellas? Sin duda, son un objeto totalmente cinematográfico.

Cuando da clases como un tímido y apocado profesor de universidad, Indiana Jones se pone unas gafas redondas. O el álter ego de Woody Allen al igual que él las lleva en todas sus películas, faltaría algo si no las tuviese.

Alfred Hitchcock rueda uno de sus asesinatos más tremendos a través del cristal de unas gafas de la víctima en el suelo en Extraños en un tren. O en Impacto criminal de Richard Fleischer, estas se convierten en todo un símbolo, en un detonante y en una duda durante un juicio.

¿Veríamos a Audrey Hepburn igual sin sus gafas de sol chic en Desayuno con diamantes o en Dos en la carretera?¿Hubiesen sido tan icónicos los protagonistas de Reservoir dogs sin ellas?

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Diccionario cinematográfico (232). Cumpleaños feliz

Yo hoy he tenido el privilegio de tener mi Desayuno con diamantes particular y especial en exclusiva. 

Pues, sí, hoy estoy teniendo un peculiar y extraño día de cumpleaños feliz en confinamiento. Pero soy afortunada. Estoy recibiendo llamadas, videollamadas, mensajes de wasaps de gente que quiero mucho. Incluso he recibido una visita sorpresa muy segura desde la calle, y yo he salido al balcón de mi casa como Rapunzel para agitar feliz mi mano (confieso que ganas no me han faltado de bajar corriendo, abrazar y besar…, pero he logrado frenarme). Es más, he tenido el privilegio de que me toquen a mí sola el cumpleaños feliz en violín desde Galicia… No me puedo quejar.

Pero lo más emocionante ha sido el vídeo que se ha currado mi familia. He reído y llorado a la vez. Una película para mí sola donde cada uno de los miembros de mi familia ha recreado una secuencia cinematográfica desde sus hogares. Los créditos ya de antología… con un reparto de lo más especial y unos bailes de pies con calcetines de colores sin igual a lo Footloose. He visto la película más bonita del mundo. Ahí estaba Escarlata O’Hara jurando que jamás volverá a pasar hambre, con el puño en alto y el viento a su alrededor. También el mismísimo Roy Batty me ha recitado un monólogo muy especial (he llorado de la risa), y es que Blade runner no podía faltar. He vuelto a revivir, desde México lindo, la secuencia de la ducha de Psicosis, con un Norman Bates y una Marion Crane muy especiales. Pero esta vez no podía reprimir las carcajadas. ¡Hasta Sister act… me ha enseñado de nuevo a cantar en el coro! Un bellísimo hombre con la camiseta mojada ha gritado, cual Stanley Kowalski: Stellllaaaaa. La misma Novia con su chándal amarillo y su espada amenazadora me ha señalado en un primer plano que ni el mismo Tarantino hubiese imaginado. Y la mascota de una de las casas, un lindo canario, ha protagonizado una aterradora escena de Los pájaros, con música de Bernard Herrmann de fondo acentuando el momento de miedo. Por último, aparición estelar de Holly Golightly en miniatura con rigurosas gafas de sol, con cruasán y taza de leche…, frente a Tiffany-ventana… Demasiado glamour. ¿No es la película más alucinante del mundo? Tenía que compartirla con vosotros en mi blog-hogar. Sigo celebrando… Champán y celuloide para todos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (231). Cabina telefónica

Los pájaros

La cabina telefónica como refugio.

Quién me diría que la cabina telefónica terminaría siendo un elemento urbano del pasado. Y de pronto me entra la nostalgia. ¡Cuántas veces utilicé las cabinas en la calle! ¡Cuántos nervios porque no funcionaba o porque te quedabas sin monedas y veías que se iba a cortar la llamada! ¡Alguna vez llegué a dictar una noticia por una de ellas! Por supuesto el cine tiene cabinas, cabinas míticas.

Siempre que se nombran aquí particularmente nos viene a la cabeza un mediometraje de Antonio Mercero angustioso, La cabina (1972).

Pero tampoco se nos olvida una Tippi Hedren horrorizada, que ve desde una cabina los ataques de los pájaros y que observa cómo intentan también traspasar el habitáculo donde está protegida. Hedren atrapada en Los pájaros (1963)

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