En algún lugar del tiempo (Somewhere in Time, 1980) de Jeannot Szwarc

A Bet, la chica del parasol blanco. Ella me puso tras la pista de esta película

En algún lugar del tiempo

Hay películas que nacen y con el tiempo se va desarrollando una mitología alrededor de ellas. Películas que, de pronto, generan una legión de seguidores que conectan con lo que cuentan y cómo lo cuentan. En su momento incluso pudieron ser un fracaso de público y crítica. Tampoco hay que buscar que sean totalmente perfectas, o demasiado complejas u obras maestras, sino que tienen un algo que las convierte en inolvidables. Es difícil de explicar. Una de esas películas es En algún lugar del tiempo. Empieza con una frase: “Vuelve a mí”. Y estas palabras las pronuncia una anciana a un joven dramaturgo, mientras esta le entrega un precioso y antiguo reloj de bolsillo. Es el año 1972, Richard Collier acaba de triunfar con el estreno de una obra y le espera un futuro brillante. Está de celebración con la novia, sus amigos, y admiradores… De pronto en la penumbra vemos a una anciana que empieza a avanzar hacia el dramaturgo que está de espaldas… Y casi no se percibe, pero es como si realmente el tiempo se parara. El joven se da la vuelta, ella pronuncia sus palabras, se miran, ella le da el reloj… y hace una salida de escena, como si de una obra se tratara. Ya no hay vuelta atrás. Volvemos con Richard ocho años después de este acontecimiento… y es un dramaturgo con crisis existencial y creativa…

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Mujeres patológicas. La envidiosa (Harriet Craig, 1950) de Vincent Sherman / Madame Marguerite (Marguerite, 2015) de Xavier Giannoli / Elle (Elle, 2016) de Paul Verhoeven

Tres mujeres patológicas emocionales protagonistas de tres películas que adquieren su personalidad por los magníficos personajes que desempeñan tres actrices que se arriesgan, hasta el límite: Joan Crawford, Catherine Frot y Isabelle Huppert. Y además tres películas que tienen mucho que analizar tanto en la forma como en el contenido. Tres mujeres encerradas en sus personalidades… y donde las casas adquieren un protagonismo importante. Son sus refugios, tanto para lo bueno como para lo malo…

La envidiosa (Harriet Craig, 1950) de Vincent Sherman

La envidiosa

Joan Crawford es la Harriet Craig del título. Y no la importa crear un personaje desagradable y antipático, pero además conseguir entenderla y compadecer su soledad. Más que envidiosa (título poco afortunado), Harriet es una personalidad femenina compleja que busca con brazo de hierro una seguridad férrea en el hogar conyugal. Dominar el hogar, la casa, que todo esté impoluto, ordenado, milimétricamente colocado y ella perfecta… en cada instante. Que ese hogar no lo visite nadie que ella no controle. Y un marido que trabaje, que llegue a casa, que esté tranquilito y que no necesite nada más que una esposa perfecta. Todo bajo control, que nada se resquebraje. Y si algo atenta contra esa seguridad, ella será capaz de la manipulación y la mentira, de todo lo que sea necesario.

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Enamorada (Enamorada, 1946) de Emilio Fernández

enamorada

Una mujer tumbada en una cama mientras escucha las palabras de un hombre que confiesa su incapacidad para expresar lo que la ama, y que cede la palabra a tres hombres que cantan La malagueña (o Malagueña salerosa). Unos enormes ojos se abren. Y pertenecen a un rostro que se va transformando en el rostro de una mujer enamorada. Entonces ella se levanta y se asoma a escondidas al balcón para ver la figura del hombre que está empezando a amar. Esta secuencia es uno de los clímax de Enamorada de Emilio Fernández y también un estudio de un rostro, el de la actriz María Félix. Y hay otra firma presente: la del director de fotografía Gabriel Figueroa. Y el visionado de Enamorada es una exaltación de las emociones y, bajo una apariencia cien por cien mexicana, se descubren influencias pasadas y futuras que enriquecen más todavía la propuesta.

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Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960) de Georges Franju

Los ojos sin rostro

Cuando Almodóvar estrenó La piel que habito, fueron varias las voces de críticos que nombraron una referencia: Los ojos sin rostro de Georges Franju. Así se volvió de nuevo a hablar de ella, y a recuperarse en ediciones cuidadas. La película de este cineasta francés es un referente del cine de terror europeo, pero, sin duda, lo que fascina es esa mirada especial de Franju que consigue una historia extraña, violenta, inquietante… y absolutamente poética. Así el espectador se ve empujado por esa mirada triste de una chica desgraciada, delicada y frágil encerrada en su mansión… y que cubre su rostro con una máscara. Un rostro sin expresión, pero que sufre. Y ese sufrimiento permite que otros cometan actos reprobables y salvajes, se salten todo atisbo de moral, por una única finalidad: devolverle su cara. Y ella asiste egoísta y pasivamente a la crueldad ajena, hasta que reacciona (pero por el fracaso continuo del padre y por una pérdida absoluta de la esperanza). De nuevo una femme fatale con máscara de ángel. Su padre es un cirujano plástico capaz de todo tipo de experimentaciones y de practicar trasplantes faciales, sin importarle en absoluto los métodos que debe emplear para conseguirlo; todo para devolver la felicidad y el rostro a su hija (hubo un accidente fatal, del que además se siente culpable). Para ello cuenta con la ayuda de una paciente agradecida (porque sí que la devolvió un rostro bello), tan agradecida que es capaz de todo, que sirve para atraer a jóvenes víctimas, para estar al lado del doctor en cada una de sus intervenciones, para deshacerse de los cuerpos y para estar veinticuatro horas pendiente de la niña triste con máscara.

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Otras voces en la guerra (y II). Juegos prohibidos (Jeux interdits, 1952) de René Clément/El prestamista (The Pawnbroker, 1964) de Sidney Lumet

Esas otras voces en la guerra que muestran los daños y horrores de esas contiendas a las que arrastran a los seres humanos políticas e ideologías que no construyen, sino que derrumban, destruyen y matan. Y dos películas que tratan los estragos de la Segunda Guerra Mundial desde otra perspectiva, otras miradas, otras voces…

Juegos prohibidos (Jeux interdits, 1952) de René Clément

Juegos Prohibidos

Atrapar el universo de la infancia no es tarea fácil. Pero, de pronto, hay realizadores que con un lazo lo atrapan y cuentan una historia con una mirada de ese niño que nunca nos abandona. Así ocurre con René Clément y sus Juegos prohibidos. Con una sensibilidad especial se introduce en el mundo de dos niños, Paulette y Michel, y muestra cómo la muerte se ha instalado en su día a día, en su cotidianidad. Así el realizador francés deja una película durísima pero de una belleza especial.

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Antes del código Hays. Pack de cinco películas pre code de la RKO

Pre code RKO

Antes de que entrara en vigor el código Hays o el código de censura en 1934 (su redacción fue en 1930), Hollywood mantuvo un combate férreo entre seguir las medidas de la censura o continuar rodando libremente: sin necesidad de ser políticamente correctos o mostrando un abanico amplio de dilemas morales, sociales, políticos… Así durante este periodo, conocido como pre code, se rodaron películas que reflejaban que todavía el sexo y la dropodependencia no eran temas tabú o que una escena violenta o un desnudo podía enseñarse en la pantalla blanca. Además era un periodo fructífero y experimental en Hollywood: acababa de llegar el cine sonoro y por lo tanto el lenguaje cinematográfico y la puesta en escena estaba en pleno proceso de evolución hacia una nueva época, que dejaba atrás la perfección alcanzada con el cine silente. La incorporación del sonido ampliaba las posibilidades para el séptimo arte, pero también abría un periodo de adaptación y de aprendizaje de las oportunidades que ofrecían el sonido y la imagen juntos. Por otra parte, el público tenía hambre de cine, un hambre que aumentó ostensiblemente con el crack del 29. El cine era una posibilidad de ocio, que no era muy cara y que el público, de momento, se podía permitir… y permitía que ese mismo público pudiera evadirse en la sala de cine de la oscura y aciaga realidad o, por otra parte, sentirse reflejado e identificado y crear otros héroes anónimos o ánimos para la lucha.

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Ciudad de conquista (City for Conquest, 1940) de Anatole Litvak

Ciudad de conquista

Un sin hogar (Frank Craven) se convierte en el narrador omnisciente de Ciudad de conquista. Es él quien nos presenta el caos de una gran ciudad como Nueva York para terminar centrándose en pequeñas historias que se desarrollan en sus calles. El sin hogar nos lleva de la mano para que conozcamos la infancia de los protagonistas, y cómo la ciudad marca sus vidas. Este personaje desemboca en un barrio humilde y bullicioso… y nos presenta a los personajes, como niños: Googi, un niño superviviente que tiene hambre y se busca la vida en las calles; Peggy, una niña que tiene claras sus aspiraciones: llegar a ser una gran bailarina; Danny, un niño noble, que ama su barrio, sus amigos y que quiere y protege a Peggy incondicionalmente, sin excesivas aspiraciones, pero que sabe defenderse cuando es necesario; y su hermano Eddie, que desde pequeño trata de formarse para ser un buen músico… Y de pronto una larga elipsis y ya todos los niños son adultos jóvenes. Ahí empiezan sus historias en la ciudad y, de vez en cuando, retomaremos el rostro del sin hogar, ese narrador que siempre está presente, como testigo anónimo… hasta el final, en que todos vuelven a ser engullidos por las calles… pero ya hemos conocido y vivido su historia.

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El reloj (The clock, 1945) de Vincente Minnelli

El reloj

Aviso de Hildy: Por fin se ha solucionado el problema en los comentarios que impedía poder enviarlos. ¡Qué bueno volver a contar con vuestras imprescindibles aportaciones! Sin ellas este blog pierde mucho de su sentido… Espero que todos podáis seguir escribiendo sin problemas vuestras reflexiones sobre cine.

¿Son tan solo unas horas suficientes para conocer a una persona o encontrar una fuerte química con el otro? El cine sostiene que sí. Y una de sus pruebas es El reloj de Vincente Minnelli. Situaciones tambaleantes, que ponen a hombres y mujeres a prueba, o el futuro incierto hacen vivir el presente con más intensidad a los protagonistas. La incertidumbre de la guerra provoca que los dos días de permiso en Nueva York que tiene el soldado Joe (Robert Walker) sean su oportunidad de aprovechar el momento, más cuando se cruza en su camino Alice (Judy Garland).

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10 razones para amar Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960) de Luchino Visconti

Hace unos días, después de muchos años, volví a ver en televisión Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti. En la memoria guardaba algunos momentos o personajes pero, de pronto, con la música de Nino Rota de fondo, recuperé la fuerza de un melodrama con ecos neorrealistas. Y la emoción estallaba en cada fotograma. En este nuevo visionado algunos personajes, como Nadia, tomaron un protagonismo que hace años no tuvieron. El volver a ver una película como esta supone mirarla con ojos nuevos, atrapar nuevos matices y puntos de vista, encontrar más significados y sentidos, y volver a toparse con un director fascinante, Luchino Visconti.

Rocco y sus hermanos

Razón número 1: Rocco y Simone

Alrededor de dos hermanos, Rocco (Alain Delon) y Simone (Renato Salvatori), con personalidades opuestas, gira un relato trágico sobre la destrucción de una familia en la Italia de los años cincuenta. La familia Parondi es una de tantas familias que probaron suerte y emigraron de sus tierras en el Sur para probar suerte en una ciudad del Norte, Milán. Los cinco hermanos Parondi tienen una forma distinta de enfrentarse a la nueva situación en la gran ciudad que los engulle. Pero las situaciones que van provocando Rocco y Simone terminan alterando y rompiendo una “aparente” armonía familiar que giraba alrededor de la fuerte personalidad de una madre, que va viendo cómo pierde su hegemonía.

Simone cae en todas las tentaciones posibles que depara la gran ciudad. Y tiene la transformación más tormentosa y salvaje de los cinco hermanos. Simone, al principio, es el más alegre, ilusionado, extrovertido, pícaro, inocente… pero se deja llevar más por las pasiones que por las reflexiones. Él avanza como un toro bravo, sin medir consecuencias. E igual que todo lo bueno le puede marcar, todo lo malo también. Se deja arrastrar por una vida fácil, y poco a poco, va cayendo al abismo, al vacío, y se transforma en un perdedor con mucho rencor. Simone se mueve por instinto y la furia y la violencia se lo come…, lo transforma en un monstruo, y arrastra en su carrera al infierno a todos los seres queridos.

Rocco, al principio, es un personaje secundario e irá tomando protagonismo. Un muchacho introvertido, serio, que apenas habla. Melancólico, bello, casi angelical, con una sonrisa que asoma siempre tímida. Él echa de menos sus raíces, su tierra, y poco a poco toda su obsesión será que la familia permanezca unida pase lo que pase y regresar a una tierra idealizada. Para él la ciudad es un valle de lágrimas que hay que soportar sin miedo. La ciudad es su desarraigo. Y la vida es sacrificio continuo. Esa bondad de Rocco será un arma letal para la familia, porque no solo se sacrificará él, sino a todos los que le rodean. Su bondad precipitará la tragedia…

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El último magnate (The last tycoon, 1976) de Elia Kazan

El último magnate

Las tres últimas películas de Kazan mostraban cómo era un director que tomaba riesgos en su carrera cinematográfica y avanzaba tratando de buscar otros caminos. Fue un director que arriesgó hasta el final. Así llevó adelante a finales de los sesenta, una película que desarrollaba un proyecto muy personal, la adaptación de su propia novela, El compromiso. Así con dos estrellas como Kirk Douglas y Deborah Kerr, y una joven promesa, Faye Dunaway, Elia Kazan habla sobre el éxito social y laboral y el fracaso emocional y personal de un hombre. Y sigue así con uno de los grandes temas de su carrera cinematográfica. La presentación de antihéroes que se equivocan, que son influenciados por los designios familiares, que se enfrentan a dilemas morales, que triunfan y fracasan, que terminan solos… (temas que también dominaban su vida personal). En 1972 realizó una película totalmente independiente, Los visitantes, y apenas distribuida con una compleja y crítica visión sobre la guerra de Vietnam, expresando las secuelas psíquicas en toda una generación de jóvenes americanos. Era un proyecto en común con uno de sus hijos, Chris Kazan. Una película que mostraba ese camino abierto de encarar y mostrar otra forma de contar…, además de continuar con un cine de temas comprometidos. Y su última película fue una superproducción nada complaciente que adaptaba la novela inacabada de F. Scott Fitzgerald sobre el Hollywood de los años 30 centrándose en un trágico y joven productor (inspirado lejanamente en Irving Thalberg). Llevó a la pantalla El último magnate. Ahí nos dejó una película que mostraba las luces y las sombras del Hollywood clásico (otra forma de contar metafóricamente, pero desde un punto de vista trágico, lo que han hecho hace nada los hermanos Coen con el Hollywood de los cincuenta en la estupenda Ave, César), y que demostraba cómo Elia Kazan sabía rodar y contar cinematográficamente una historia. Y que eso era lo que realmente amaba en su vida…, como dice el protagonista Monroe Stahr (Robert de Niro): “Esto es cine”.

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