Ristra de películas. Sobre Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Salles y Robert Altman

Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Selles y Robert Altman son los directores de unas películas que han llamado mi atención. Cada una de ellas, por distintos motivos: una secuencia, un personaje, una forma de contar, la historia real que recrea, una emoción… Todas merecen un visionado y algunas un análisis más profundo que el que voy a ofrecer en tan solo unas líneas. Esto solo son unos hilos para tirar de ellos.

Barry Levinson

Película 1. Barry Levinson demuestra que es un veterano narrador cinematográfico.

Es curioso que no suele hablarse mucho de Barry Levinson como director de cine relevante y, sin embargo, me doy cuenta de que es un director que me ha ido acompañando a lo largo de mi vida. Cuando se estrenaban sus películas, iba a la sala de cine a verlas. Mi primer contacto con él fue una película que siendo niña me entusiasmó: El secreto de la pirámide. Pero luego con el paso de los años vinieron otras: Good morning, Vietnam, Rain man, Sleepers… La última vez que fui a la sala de cine a ver uno de sus largometrajes fue con La cortina de humo.

No sé por qué el otro día mirando en las plataformas me apeteció ver una de sus últimas películas: El superviviente de Auschwitz (The Survivor, 2021). Los motivos fueron varios. No fue ni mucho menos la película que más me gustó de Levinson ni la más redonda, pero se nota que es un narrador cinematográfico curtido, que sabe elegir una historia y cómo contarla. Tampoco falla nunca en los repartos, en los actores en quien confía para narrar sus odiseas.

El superviviente de Auschwitz parte de una historia real, la del boxeador Harry Haft, que sobrevivió a los campos, porque un oficial de las SS se fijó en él y le entrenó para que boxeara contra sus compañeros como entretenimiento tremendamente cruel para los otros oficiales. Lo que cuenta la película de Barry Levinson es la vida de Haft después del horror. Cómo sobrevivir a la culpa y a las decisiones que había que tomar para poder sobrevivir.

Por una parte, me interesaba el tema del boxeo, porque como he contado muchas veces en el blog no soporto este deporte, pero contradictoriamente adoro las películas sobre esta disciplina. Y, por otro lado, hay una filmografía abundante y títulos que merece la pena rescatar sobre cómo las víctimas salieron adelante después de haber sobrevivido a los campos de concentración (por solo nombrar algunos: El prestamista de Sidney Lumet, Harold y Maude o La decisión de Sophie.

Barry Levinson utiliza una narración cinematográfica clásica para contar las vicisitudes del personaje, pero curiosamente no alrededor de los combates o del relato presente y pasado del personaje (con la técnica del flashback y el blanco y negro y el color para una y otra época) como puede pensarse en un principio el espectador, sino de la relación de Haft con las dos mujeres de su vida. Una le da fuerzas para vivir, incluso una vez que huye del horror (su recuerdo y su búsqueda); y la otra para redimirse, para superar el sentimiento de culpa ante las decisiones que tomó para continuar vivo (la posibilidad de construir una nueva relación y seguir adelante con la vida).

Los hermanos Boulting

Película 2. Los hermanos Boulting dejan el retrato de una época con una sensibilidad especial.

Uno de los descubrimientos más interesantes que hecho últimamente han sido los hermanos Boulting, que forman parte de la historia del cine británico. Llevo tiempo detrás de una de sus películas, The magic box, y no hace mucho escribí sobre Brighton Rock (Young Scarface), pero para glosar la relación de Graham Greene con el cine. Bien, pues ellos me han dado una sorpresa muy grata con Luna de miel en familia (The family way, 1966).

Me ha gustado muchísimo. Cuenta una historia familiar de dos jóvenes recién casados en un barrio obrero británico. La primera noche nada más casarse la pasan en el hogar del novio. Una broma tendrá una consecuencia inesperada que amargará al matrimonio, pues no solo será una velada fallida, sino que el novio se bloquea y no puede mantener relaciones sexuales con su esposa. No hace mucho se adaptó una novela de Ian McEwan que partía de una premisa similar, En la playa de Chesil.

Lo que es una mera anécdota se alarga en el tiempo por varios motivos: al día siguiente que tenían preparado un ansiado viaje de novios, se suspende pues les estafan en la agencia; no tienen más remedio, porque todavía no pueden independizarse, que vivir en casa de los padres de él, sin poder encontrar la intimidad adecuada; el muchacho se va poniendo cada vez más nervioso y ella se siente cada vez más insegura…

Pero la sorpresa es que Luna de miel en familia es mucho más que eso. Es cómo reacciona el entorno, cómo algo tan nimio se va enredando y es un estudio de personajes apasionante. Lo más increíble es la otra historia que se va adueñando de la narración y que regala los momentos más certeros y un final demoledor, aunque aparentemente feliz para los jóvenes. Esa historia es la de los padres del joven (unos maravillosos John Mills y Marjorie Rodhes) cuya vida quedó marcada por un tercer personaje ausente, el mejor amigo del padre.

Los hermanos Boulting dejan finalmente una historia llena de matices con una delicadeza e intimidad especial. La película refleja y recoge el espíritu y el alma de una época. Como curiosidad, su banda sonora fue compuesta por Paul McCartney.

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10 razones para amar El rey pescador (The fisher king, 1991) de Terry Gilliam

El rey pescador. Parry y Jack, la historia de una amistad.

Razón número 1: Jack y Parry, la historia de una amistad

Curiosamente el indomable y antisistema Terry Gilliam, el artista loco y rebelde, llevó a cabo su primera película de encargo y voló muy alto. Un gran estudio puso en sus manos el guion de un tal Richard LaGravanese y los dos formaron un gran equipo creativo. El dúo supo torear a los mandamases del estudio y levantar una película inolvidable. Desde el momento en que la vi por primera vez me marcó y ya no me abandonó jamás. El carisma de sus dos protagonistas, un Jeff Bridges arrollador y un Robin Williams sin cortapisas, envuelve de un halo especial a El rey pescador.

El personaje de Williams es cómico pero desde el dolor más absoluto. Y el de Bridges es un rey destronado, que cae en el pozo del fracaso. Este último consigue dar vida a un personaje absolutamente imperfecto, egocéntrico e irresponsable. Un hombre que solo se quiere a sí mismo, incapaz de tener empatía hacia el otro. El actor le desnuda por completo y hace que surja toda su vulnerabilidad en su caída a los infiernos de la depresión y la culpa.

La desgracia une a estos dos personajes y cada uno puede ser la salvación del otro a su manera. Jack es un locutor de éxito que de la noche a la mañana ve que su mundo se derrumba cuando uno de sus radioyentes, influenciado por sus palabras, entra en un local de moda y dispara a los clientes para después pegarse un tiro. Y Parry era uno de los clientes que cenaba esa noche con su esposa y ve cómo su vida en un segundo se derrumba.

Lo realmente hermoso es cómo se va construyendo una amistad entre dos hombres que nunca se hubiesen encontrado, pero que en el dolor y la desesperación se echan una mano.

Los símbolos de su amistad son ese Santo Grial que quiere robar Parry de la casa de un millonario, que habita en un castillo en Nueva York. Ese Santo Grial que puede salvarles y que escenifica su amistad. Jack se convertirá en caballero andante para conseguir esa copa, porque quiere que su amigo reaccione y despierte de su locura.

Y Pinocho, ese niño de madera que quiere ser real. Personaje al que Jack nombra cuando habla con Edwin. Una vez Jack está hundido y a punto de suicidarse, recibe de un niño rico un muñeco de madera y con él va a todas partes. De hecho, el muñeco acabará en el sotano donde vive Parry. Ellos son como marionetas en un mundo horrible que tratan de despertar de una pesadilla y convertirse en hombres reales que se enfrentan a lo que la vida les depara.

Jack y Parry son finalmente dos amigos que se tumban desnudos en Central Park a contarse historias, mirar las estrellas y ver en el cielo los fuegos artificiales.

Razón número 2: Anne y Lydia, las compañeras de vida

Anne y Lydia son las compañeras de vida de Jack y Parry, dos hombres rotos. Pero ellas ahí están, sosteniéndoles en sus peores momentos. Anne es la mujer fuerte, desmedida y exuberante. Optimista por naturaleza se enamora del Jack más depresivo sin pedirle nada a cambio, simplemente lo ama. Mercedes Ruehl no decae nunca, ni cuando la abandonan y la rompen el corazón. Ella tiene claro que no está en la vida para ser una víctima. Ella sirve para dar la mano y proteger a los que quiere. Anne puede llevar su negocio ella sola, tiene las riendas de su vida y no necesita para nada a Jack… Pero lo quiere y desea un proyecto de vida común, pero nunca impone.

Lydia es la mujer torpe, invisible e insignificante, pero de pronto es amada por Parry. Él la ve, sabe todas sus vulnerabilidades, sus hábitos y manías. Y solo la quiere a ella. Entonces Lydia responde y se convierte en la mejor compañera posible, la que cuida y protege. Ella corresponde a ese amor en el que ha creído y no abandona a un Parry catatónico en un centro de salud mental.

Las dos no necesitan caballeros que las salven, sino que son compañeras de vidas en los momentos buenos y malos. De hecho, ambas protagonizan un momento en el que demuestran que son mujeres fuertes, que no necesitan a nadie a su lado, y que pueden morirse de la risa juntas y cómplices. Lydia va a casa de Anne para que esta le haga una uñas de fantasía y ahí surge la complicidad entre ambas.

Razón número 3: La belleza en la basura

Uno de los momentos más hermosos de El rey pescador es cuando los cuatro protagonistas se dirigen a un restaurante chino a cenar. Es la primera vez que Parry y Lydia se hablan. Los dos están nerviosos e inseguros. De pronto, ante unas palabras de ella, en las que se está menospreciando y también lo que hace cada día (trabaja en una editorial de novelas rosas), Parry le dice que en el romanticismo no hay basura y le entrega un objeto que ha hecho con unos alambres que ha cogido de un cubo en la calle. Parry habla de que también se puede encontrar belleza en la basura.

Así tanto Gilliam como LaGravanese presentan un mundo donde la crueldad existe, donde la injusticia, la enfermedad, el odio y la violencia están presentes. Donde hay seres humanos en los márgenes, invisibles para muchos. Donde la soledad y la locura campan a sus anchas…, pero ahí en ese lodo horrible, surgen puntos de luz. Momentos de felicidad y gente buena que sobrevive o sale adelante como puede.

De esta manera, Terry Gilliam presenta también un Nueva York especial, lleno de espectros, de personas sin hogar o de gente que no escapa de la locura, puentes en los que unos muchachos violentos son capaces de pegar fuego a un sin hogar o dar una tremenda paliza a un hombre desesperado, parques donde alguien pide ayuda y nadie acude, presenta una sociedad imperfecta donde hay una gran brecha social, pero también en ese Nueva York se puede ver la luna desde Central Park o en una estación de tren puede caminar todos los días la mujer amada, tal vez en plena calle se alce un castillo medieval o en un centro de salud mental haya unas sábanas de colores…

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Universo western (I). El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, 1959) de Delmer Daves / Monte Walsh (Monty Walsh, 1970) de William A. Fraker

El árbol del ahorcado y Monte Walsh inauguran un nuevo ciclo de películas del Oeste: Universo western. Según voy leyendo el ensayo El universo del western, de Georges Albert Astre y Albert Patrick Hoarau, me ha apetecido ir viendo mientras tanto largometrajes de este género que no han pasado todavía por este blog. Los westerns me gustan mucho, tanto disfrutarlos como analizarlos.

Y es que es cierto, hay un universo western especial y unas historias que hablan de un mundo determinado, entre la idealización y la realidad. Los westerns son complejos, contradictorios, hermosos y terribles a la vez, duros, tristes, alegres, con momentos delicados y otros violentos… y llenos de seres humanos con todos sus defectos y virtudes. En estas películas fluye la vida, con toda su dureza, pero también su belleza. Para esta primera entrada me decanto por dos western intimistas. Uno, de Delmer Daves, uno de los nombres clásicos del género; y otro de un buen director de fotografía, William A. Fraker, que decidió pasarse a la realización, y debutó con un hermoso western crepuscular.

El árbol del ahorcado (The Hanging Tree, 1959) de Delmer Daves

Universo western: El árbol del ahorcado, una película del Oeste con mucha sensibilidad.

Una muchacha al borde de un precipicio con miedo a mirar, un hombre que la acompaña le dice que tiene que superar ese miedo, que no aconseja ir por la vida con los ojos cerrados. Ella es una inmigrante suiza que busca una oportunidad en la tierra prometida. Él es un curtido doctor que arrastra un pasado y va por distintos poblados ejerciendo su profesión.

Delmer Daves realizó el último western de su carrera e hizo que sus personajes deambularan en una historia intimista y emocionante. La acción arranca con la llegada a una nueva aldea, durante la fiebre del oro, a finales del siglo XIX, de Joseph Frail (Gary Cooper) para ejercer como doctor. Como él, llegan otros nuevos habitantes, y uno de ellos, desde el carro, observa un árbol con una cuerda colgando y dice que es bueno que exista un árbol del ahorcado para que haya un cierto respeto. Así ya se nos habla de una sociedad dura, de un relato de frontera, de sociedades que se construyen y que imparten justicia de una manera arbitraria y brutal. La llegada del héroe, con su pasado a cuestas, es envuelta por una hermosa canción, que ya nos cuenta en su letra la esencia de la historia.

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Mujer sin pasado (The Chalk Garden, 1964) de Ronald Neame

Mujer sin pasado, una oportunidad para ver juntos en pantalla a John Mills y Hayley Mills en un buen melodrama psicológico.

Hay películas que desde que empiezan tienen una atmósfera extraña, enfermiza, con unos personajes de personalidad compleja, pero curiosamente su visionado nos atrae. Eso ocurre con Mujer sin pasado, un melodrama británico con cuatro damas…, y un mayordomo que todo lo observa. Desde los títulos de crédito, se nos muestra una mansión rodeada de un jardín, del que nada brota (al que se hace alusión en el título original). El jardín y el acantilado, dos de los escenarios de la historia, simbolizan las emociones de los personajes principales: sentimientos abruptos, en caída libre, donde es difícil que brote el amor.

El director británico Ronald Neame (¿quién no se acuerda de La aventura del Poseidón?) adapta una obra de teatro de la dramaturga Enid Bagnold, donde una adolescente conflictiva, con amor al fuego (todos los días enciende una hoguera), es el centro de la trama. Y alrededor de ella tres mujeres adultas influirán en su vida futura. Mujer sin pasado es una película elegantemente fría, pero en punto de ebullición para que estalle un volcán, aunque la lava nunca termine derramándose. Toda la trama está rodeada de un halo de misterio precisamente por una mujer sin pasado, la nueva institutriz que llega a la mansión (Deborah Kerr).

Laurel, la adolescente, tiene el rostro de Hayley Mills. La actriz afronta un papel que tiene que guardar el pulso entre ser insoportable y mostrarse herida y sensible. Mills logra el retrato de una muchacha perdida, inteligente y en búsqueda de un equilibrio emocional, que juega con el fuego, le encantan los crímenes y se dedica a investigar los secretos y trapos sucios de sus institutrices. Una de sus herramientas es urdir mentiras a su alrededor. Al borde del histrionismo, nunca lo roza, dejando secuencias donde refleja todo un abanico de emociones y sensaciones, como cuando Maitland (John Mills), el mayordomo, entra en su cuarto y la descubre cariñosa con una muñeca; Laurel entra en cólera y se vuelve agresiva, tirando con furia la muñeca al suelo. No quiere que nadie descubra su sensibilidad ni sus miedos.

Hayley Mills no solo hizo Tú a Boston y yo a California, uno de sus papeles más populares, sino que en Inglaterra empezó su carrera con dramas sociales donde sus niñas estaban muy alejadas de los roles que la harían famosa en Hollywood. Basta recordar dos dramas, como la triste La bahía del Tigre (1959), también junto a su padre John Mills, o la magnífica Cuando el viento silba (1961).

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Robin Williams, una batalla contra el miedo

Robin Williams en su batalla contra el miedo en El mejor padre del mundo.

En el reciente documental El deseo de Robin (Robin’s Wish, 2020), de Tylor Norwood, en un momento determinado se menciona uno de los deseos que tuvo el actor para la posteridad: “Quiero ayudar a la gente a tener menos miedo”. Ese es el legado que quería transmitir. Y, de pronto, fui consciente de que la carrera de Williams podía analizarse y construirse a través de esa premisa. Combinó su carrera de actor cinematográfico con los escenarios, donde se subía como rey de la improvisación en el arte de los monólogos cómicos (stand up). Sus instrumentos de trabajo eran su voz, su mente veloz, y la transformación constante de su rostro y cuerpo para los personajes que llevaba a cabo. Todo al servicio de batallar contra los miedos humanos. Una batalla a la que tuvo que enfrentarse él mismo durante sus últimos años cuando sufrió una enfermedad que no le fue diagnosticada hasta después de su fallecimiento, en trágicas circunstancias: un tipo de demencia degenerativa (demencia con cuerpos de Lewy).

Uno de sus últimos trabajos cinematográficos más impactantes y valientes fue una triste e irreverente tragicomedia negra, muy negra: El mejor padre del mundo (World’s Greatest Dad, 2009), de Bobcat Goldthwait. La película cuenta la historia de un hombre fracasado, Lance Clayton, cuyo mayor miedo es la soledad. Lance es un tipo con una existencia gris: su convivencia con su hijo Kyle, es de todo menos idílica. El adolescente es oscuro, desagradable y absolutamente demoledor con su padre, además de ser bastante odiado, a pulso, en el instituto. Por otra parte, Lance es un profesor de poesía, en absoluto popular, con clases vacías y un frustrado escritor, que nada de lo que plasma en papel es publicado. Tiene una relación con una profesora, pero esta prefiere que se mantenga en secreto. Y sus relaciones con el director y otros compañeros del centro nunca saltan a mayores, pero no son fáciles. De pronto su vida tiene el giro más trágico que uno pueda imaginar, pero este paradojicamente le permite cumplir muchos de sus sueños, sustentados por una mentira. Al final del recorrido, tiene un momento absolutamente liberador, donde Robin Williams se desnuda ante la cámara (en todos los sentidos), para descubrir que es “mejor estar solo que rodeado de personas que te hagan sentir solo”.

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El agente topo (El agente topo, 2020) de Maite Alberdi

Sergio, un peculiar agente topo…

¿Se imaginan a un hombre encantador y bueno de 83 años como agente topo en una residencia de ancianos? ¿No les parece una ficción con mil y una posibilidades? Pues es pura vida, pura realidad. Rescato de nuevo una frase del documentalista John Grierson: “El documental no es más que el tratamiento creativo de la realidad”, para centrarme en la mirada personal de la realizadora chilena Maite Alberdi y su última obra, El agente topo. Y es que Alberdi desarrolla a través de una premisa que resulta divertida e ingeniosa, una dura reflexión sobre la soledad en las residencias. Ella misma explica en sus intervenciones en diferentes entrevistas o encuentros cómo fue la personalidad del agente topo, Sergio, quien empujó el documental por otros derroteros diferentes.

Alberdi tiene una sensibilidad muy especial para acercarse a los temas que le interesan. Para el montaje del material grabado emplea distintos recursos del lenguaje cinematográfico, y lo usa como si hubiese filmado una ficción. La joven directora refleja temas muy serios, pero sabe siempre impregnar sus cintas de un humor que sirve de catalizador para desarrollar asuntos dolorosos. Otro aspecto que me fascina de sus documentales es el tratamiento del color. Sí, el mundo de Maite Alberdi registra una variedad abundante de colores que pintan una realidad oscura. No hay lugar para el gris. En espacios donde no hay sitio para la belleza, Alberdi encuentra una paleta de tonos increíbles. Así de esta contradicción, unos colores vivos y bien combinados y unos hechos deprimentes, surge un discurso visual potente. Y su baza más importante, la directora quiere a las personas que filma, su cámara se enamora de ellas, y la identificación con sus universos particulares es inmediata.

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Roma (Roma, 2018) de Alfonso Cuarón

Roma

Desde la terraza…

Once y media de la mañana, una sala enorme de cine se va llenando. La única sala de Madrid donde proyectan Roma. No queda una butaca libre. Y empieza la proyección, el agua de un cubo va cayendo en los baldosines del suelo… y un avión se refleja en el charco. Roma, de Alfonso Cuarón, ha empezado. Y también la rutina diaria de Cleo, la protagonista. Y me alegro de haberla visto en pantalla grande, en la sala oscura. Roma es de esas películas que te acompañan durante días. Su análisis es minucioso y muy rico en matices. Pese a que Cuarón es barroco y excesivo hasta para ser realista, creo que hay verdad y corazón en esa recreación de su memoria, de su pasado… Y ahí está la clave: es un viaje personal a su ayer, y por eso puede ser exagerado, onírico, incluir escenas y personajes como de ensueño, construir una forma especial, colosal… en una historia muy real. Me encontré de bruces con la emoción de la película, tal es así que no pude contener las lágrimas en varios momentos. La historia que cuenta es sencilla, pero es su personal viaje al pasado, a su infancia. El director mexicano se hunde en el laberinto de sus recuerdos y surgen, sobre todo, tres mujeres: la sirvienta, la madre y la abuela. Pero elige unos ojos, una mirada, y son los de Cleo (Yalitza Aparicio), una sirvienta indígena de una familia de clase media en la colonia Roma en Ciudad de México durante los convulsos años 70.

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William Dieterle, Joseph Cotten y el amor. Te volveré a ver (I’ll be seeing you, 1944)/Jennie (Portrait of Jennie, 1948)

Hay directores a los que merece la pena rescatar del olvido una y otra vez, y que según se va completando su cuantiosa filmografía, el número de sorpresas no deja de ascender. William Dieterle es uno de tantos directores pioneros europeos que terminaron, por distintas circunstancias, en EEUU. Su condición de judío y la oportunidad de rodar versiones alemanas de las películas de Hollywood a principios de los años 30 (que produjo un éxodo de profesionales europeos a los estudios norteamericanos), durante el famoso periodo de transición del mudo al sonoro…, hizo que ya no abandonara la fábrica de sueños.

Durante su carrera como director, trabajó varias veces con el actor Joseph Cotten. Este había fundado junto a Orson Welles en 1937 el Mercury Theatre y su primer papel importante en el cine fue de la mano de su gran amigo en Ciudadano Kane (antes habían experimentado juntos con Too Much Johnson) en 1941. Pero Cotten ya no dejó de hacer cine. Y Dieterle le rodeó de un halo de personaje romántico, que durante mucho tiempo no le abandonó, y una muestra de ello son Te volveré a ver y Jennie.

El tratamiento del amor de William Dieterle en ambas películas es diferente. En la primera es una historia realista sobre segundas oportunidades, donde el amor contribuye a mejorar la vida de dos personas que han vivido momentos muy malos. Y la segunda es una película extraña y mágica donde se relata una historia de amor fou, más allá del tiempo, el espacio y la muerte. Lo que une a las dos, además del actor principal y el tema, es su extrema sensibilidad.

Te volveré a ver (I’ll be seeing you, 1944)

Te volveré a ver

Un hombre y una mujer… y una segunda oportunidad de ser felices

Y no son pocas las películas de este periodo bélico que hablan de encuentro, melancolía, desencanto y tristeza entre hombres y mujeres en un mundo en guerra. Y de la posibilidad del amor. A veces casi puro milagro. Habla de hombres rotos por la guerra y de mujeres que sobreviven. Películas que muestran a soldados de permiso o heridos que descubren que ya nada es igual y a mujeres que llevan sobre sus hombros una dura carga. A Su milagro de amor de John Cromwell o El reloj de Vicente Minnelli ambas de 1945, se les une un bello precedente: Te volveré a ver.

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Tres clásicos olvidados. Imitación de la vida (Imitation of life, 1934) de John M. Stahl / Niñera moderna (Sitting Pretty, 1948) de Walter Lang / La habitación en forma de L (The L-Shaped Room, 1962) de Bryan Forbes

Imitación de la vida (Imitation of life, 1934) de John M. Stahl

Imitación de la vida

Momentos de confidencias…

Los remakes de Douglas Sirk en los años 50 de los melodramas de John M. Stahl escondieron la riqueza de este realizador a la hora de plasmar sus historias. Lo condenaron al olvido. Si bien es cierto que Sirk reinventó el melodrama con un lenguaje cinematográfico exultante y de pinceladas barrocas para mostrar una América que bajo sus colores brillantes esconde corrientes subterráneas y oscuras; John M. Stahl, con calma y contención, refleja la América resultante del crack del 29 ávida de historias de superación con un público necesitado de historias con las que sentirse identificado. Historias que dibujaban un melodrama contenido, pero también la posibilidad de luz y salida. Historias que hablaban de sus problemas, de los conflictos sociales y también emocionales. Así en 1934, Stahl adapta una novela de la popular autora Fannie Hurst, Imitación de la vida.

Cuenta básicamente la historia de amistad entre dos mujeres muy diferentes: la joven viuda Beatrice Pullman (Claudette Colbert), mujer blanca que vive un delicado momento económico; y Delilah Johnson (Louise Beavers), una mujer negra que la convence para a cambio de habitación y comida trabajar a su servicio. Las dos tienen además en común dos hijas pequeñas. Una vez que se conocen ya Beatrice y Delilah unen sus vidas para siempre. A partir de la deliciosa receta secreta de unas tortitas que le cuenta Delilah a Beatrice, esta emprende un negocio que las enriquece a las dos. Sin embargo, mientras Beatrice sube en el escalafón social y reconstruye su vida; Delilah sigue bajo el techo de Beatrice, no trata de reconstruir su vida, su historia dura le hace rendirse. Prefiere ser buena persona y esconderse tras oraciones (y desear sobre todo un buen entierro, un entierro digno y brillante). Ella siempre ha luchado en exceso y siempre le han dado la espalda, no puede quitarse la mochila del sufrimiento. Por otra parte, las dos tendrán conflictos en sus vidas por sus hijas, cuando estas dejan de ser unas niñas. La hija de Beatrice, Jessie (Rochelle Hudson), se enamora perdidamente del nuevo amor de su madre. Y la hija de Delilah, Peola (Fredi Washington), la cual tiene piel clara, se avergüenza de ser negra porque se da cuenta de que no encontrará su lugar en el mundo, tendrá menos oportunidades. Lo ve cada día en su madre… a la que quiere, pero también rechaza.

John M. Stahl construye así un melodrama sobrio y contenido, elegante, donde destacan cada uno de los momentos cotidianos y naturales que viven Beatrice y Delilah hasta que consiguen prosperar en el negocio de tortitas. Y cómo una empieza a subir socialmente y la otra decide mantenerse abajo (algo que se marca a través de las imágenes cuando Beatrice en la nueva casa se encuentra en las habitaciones de arriba, y Delilah no abandona las habitaciones de abajo… la frontera la delimita una escalera). Sin embargo, su amistad es totalmente horizontal, las dos siempre juntas… se respetan y se quieren mutuamente. Tampoco falta un sutil sentido del humor a lo largo de todo el metraje. Stahl habla y refleja a mujeres emprendedoras en un mundo de hombres y también muestra los conflictos raciales en un momento que se silenciaban totalmente.

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Los hilos entre Blade Runner 2049 (Blade Runner 2049, 2017) de Denis Villeneuve y Blade Runner (Blade Runner, 1982) de Ridley Scott

Nota: es un texto hasta arriba de spoilers, NO LEER BAJO NINGÚN CONCEPTO si aún no has visto Blade Runner 2049.

Blade Runner 2049

Dos blade runner: K y Deckard

De Deckard a K. El nuevo y solitario blade runner se llama K. Como Deckard (treinta años antes), es solitario, serio y desencantado. Pero son muchos más sus paralelismos. Y son tan fuertes que incluso en un hilo de la historia podemos creer que son padre e hijo. Pero es que realmente como personajes de ficción actúan y funcionan como un padre y como un hijo.

Los dos acaban siendo rebeldes y se plantean su existencia e identidad, además de darse cuenta de que están atados con cadenas a su trabajo: la persecución y muerte de replicantes. Los dos son redimidos por el amor y la muerte.

Pero lo más curioso de este padre e hijo, es que K, como un personaje kafkiano va por el laberinto de la memoria y del mundo en el que vive, hasta tratar de encontrar un sentido… es un replicante consciente de su esclavitud, que busca su humanidad. Y pese a la controversia de la verdadera naturaleza de Deckard, él actúa como un ser humano sin alma (como los replicantes que elimina), que busca su esencia, volver a sentir amor y miedo a la muerte.

K y Deckard están condenados a encontrarse en una ciudad devastada (que era símbolo del entretenimiento y el juego) donde solo quedan fantasmas u hologramas. Y, allí, se miran a los ojos, se reconocen en sus rituales… y la camaradería que comparten es la de un padre y un hijo. Una relación de amor-odio, de echar en cara y finalmente de unión irreductible.

Y curiosamente lo que diferencia a K y a Deckard son sus destinos. Deckard siempre camina o se aferra a una esperanza. Deckard logra amar intensamente. Y deja una huella en el mundo. Siempre hay esperanza para él, treinta años después también. K es consciente de su esclavitud, su amor es imposible y truncado, sus sueños artificiales rotos en pedazos… y su rebeldía y despertar le llevan a una muerte bajo la nieve. Y la muerte le hace libre. En su muerte se acerca más a la “filosofía” del replicante que fue el mayor enemigo de Deckard y también su salvador: Roy Batty.

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