Sergio, un peculiar agente topo…

¿Se imaginan a un hombre encantador y bueno de 83 años como agente topo en una residencia de ancianos? ¿No les parece una ficción con mil y una posibilidades? Pues es pura vida, pura realidad. Rescato de nuevo una frase del documentalista John Grierson: “El documental no es más que el tratamiento creativo de la realidad”, para centrarme en la mirada personal de la realizadora chilena Maite Alberdi y su última obra, El agente topo. Y es que Alberdi desarrolla a través de una premisa que resulta divertida e ingeniosa, una dura reflexión sobre la soledad en las residencias. Ella misma explica en sus intervenciones en diferentes entrevistas o encuentros cómo fue la personalidad del agente topo, Sergio, quien empujó el documental por otros derroteros diferentes.

Alberdi tiene una sensibilidad muy especial para acercarse a los temas que le interesan. Para el montaje del material grabado emplea distintos recursos del lenguaje cinematográfico, y lo usa como si hubiese filmado una ficción. La joven directora refleja temas muy serios, pero sabe siempre impregnar sus cintas de un humor que sirve de catalizador para desarrollar asuntos dolorosos. Otro aspecto que me fascina de sus documentales es el tratamiento del color. Sí, el mundo de Maite Alberdi registra una variedad abundante de colores que pintan una realidad oscura. No hay lugar para el gris. En espacios donde no hay sitio para la belleza, Alberdi encuentra una paleta de tonos increíbles. Así de esta contradicción, unos colores vivos y bien combinados y unos hechos deprimentes, surge un discurso visual potente. Y su baza más importante, la directora quiere a las personas que filma, su cámara se enamora de ellas, y la identificación con sus universos particulares es inmediata.

El tema de la vejez no es la primera vez que lo afronta. De hecho, el documental que hizo que saltara de Chile al mundo fue La Once (2014). Durante cinco años Alberdi filmó a su abuela y a sus amigas en sus reuniones mensuales alrededor de un té. Así quedaba tejido un discurso sobre la amistad, la complejidad de las relaciones sociales, el paso del tiempo, la muerte y la enfermedad donde ese ritual, la ceremonia del té, reflejaba un universo propio y especial de ese grupo de mujeres ancianas. Después en un cortometraje, Yo no soy de aquí (2016), Maite Alberdi penetraba en una residencia de ancianos en Chile para contar con una sensibilidad especial la historia de Josebe, de 88 años. Una mujer que vivía su particular día de la marmota. La abuela pensaba una y otra vez que tan solo estaba ahí de visita. Tenía claro que era del País Vasco, de Rentería, pero la tierra que ella recordaba era la de su infancia y juventud. Josebe había perdido la memoria y no era consciente de que llevaba décadas al otro lado del mar. Solo recordaba su tierra natal y su idioma del alma, y lo clamaba a los cuatro vientos a todo aquel que se sentaba a su lado.

Con El agente topo Alberdi vuelve de nuevo a introducirse con su cámara en una residencia de ancianos, y lo que empieza como una comedia de detective octogenario se convierte en un triste alegato contra la soledad que viven los residentes, y que en este año especialmente cobra una triste dimensión. Maite Alberdi explica en sus distintas intervenciones cómo en un principio quería experimentar con un documental que jugara con el lenguaje cinematográfico del cine de detectives y el cine negro. De esta manera, empezó a investigar el mundo de las agencias de detectives, e incluso a trabajar como asistente en una en concreto, la de Rómulo Aitken. Pero allí se topó con una historia de golpe que la conquistó y dio origen a El agente topo.

Una clienta pide a Rómulo que investigue la residencia de ancianos donde se encuentra su madre porque sospecha que no la tratan bien. Este necesita un topo, y para ello pone un anuncio en prensa solicitando a abuelos de 80 a 90 años para un trabajo de tres meses. Ahí surgió la primera sorpresa: un casting de abuelos dispuestos a trabajar, y con muchas ganas. En El agente topo se ve ese proceso de selección y la elección estelar de Sergio, un viudo octogenario encantador, que trata de evadirse de la tristeza que le provoca la reciente muerte de su esposa.

En la primera parte de la película se hace hincapié en el entrenamiento de Sergio como espía, y es especialmente divertido experimentar su relación con las nuevas tecnologías. Una vez preparado, el peculiar agente se filtra en la residencia y se convierte (a pesar de sus líos con las tecnologías) en un espía minucioso y eficaz, contando en sus informes hasta el más mínimo detalle, aunque nada tenga que ver con la investigación. Entonces aparece la segunda parte del film, y ese relato de detective va virando a un relato tremendamente humano.

Alberdi reconoce que fue su “enamoramiento” de la forma de ser de Sergio y cómo este se toma su investigación lo que fue cambiando la historia que quería contar y cómo quería contarla. Pues lo que hace este abuelo es dejar la frialdad de las tecnologías e implicarse de lleno en la vida de la residencia, y no solo eso, sino que se preocupa por cada una de las residentes (son mayoría en el centro). Y lo que descubre es una triste realidad, lejos de historias detectivescas, que le rompe por dentro, que le hace rebelarse de una manera elegante y gritar una verdad a los cuatro vientos. Así, Sergio, el agente topo, deja el cine negro a un lado para tomar las riendas hacia un cine social, donde también hay mucho que investigar y analizar.

Maite Alberdi vuelve a servirse de nuevo de su paleta de colores en el interior de la residencia: llena de plantas, gatos, ropa tendida y objetos especiales de cada una de las ancianas, para contar una historia sobre la condición humana. Una historia que es una radiografía de un grupo de abuelos que siguen enfrentándose a la vida y a lo cotidiano con mucha valentía y dignidad. Todo empieza en una agencia de detectives, pero acaba con la silenciosa rebeldía de un abuelo sabio que descubre una realidad que le indigna. Pone en evidencia que no hacen falta tecnologías ni agencias de detectives, solo acercarse, hablar y escuchar.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.