Sesiones de verano (2). Idilio en septiembre (September Affair, 1950), de William Dieterle

Idilio en septiembre, una historia de amor efímera e intensa.

«September Song» es una canción que tiene una presencia importante en este drama romántico de William Dieterle, un director elegante en su puesta en escena y maneras de contar las historias que rueda. Un hombre y una mujer; David y Manina; un ingeniero y una pianista; un caballero desencantado de su matrimonio y de su trabajo y una dama enamorada del amor… se encuentran en Italia. Los dos están a punto de partir hacia EEUU por distintos motivos. El primero, obligado a volver a su rutinaria vida cuando solo desea huir. La segunda, a punto de regresar a su tierra natal, a la que no ha vuelto desde que era una adolescente, a tocar en un importante concierto en Nueva York.

David y Manina se encuentran en un avión que tiene que hacer un aterrizaje forzoso en Napoles para arreglar un pieza. Mientras esperan, deciden hacer un poco de turismo por los alrededores y terminan perdiendo el avión. Deciden retrasar su regreso y pasar unos días por Italia. Y entonces se van enamorando. Cuando pretenden ya separar sus caminos y no meterse en una historia de amor que no puede ser, leen en un periódico que el avión nunca llegó a su destino y que dan por muertos a todos sus pasajeros. Se dan cuenta de que pueden empezar desde cero, borrando todo su pasado, y comenzar una nueva vida juntos.

«September Song» suena cuando todavía no saben que van a perder el avión. Los dos han ido a comer a un genuino restaurante italiano y suena en un viejo gramófono el gran Caruso. La dueña del local les deja unos discos de un americano que nunca volvió a por ellos, la guerra… Y Manina le señala a David dicha canción y este le pide que la ponga. Los dos en silencio escuchan «September Song» con la voz de Walter Huston, el actor que la interpretó en el musical Knickerbocker Holiday en 1938, que habla de amor, el cortejo y el paso del tiempo. Hay una hermosa tensión sensual, dos personas que sienten una corriente, una conexión, pero que no la verbalizan. Todo termina cuando David le enseña el reloj a Manina, tienen que regresar al aeropuerto para tomar el avión.

Después vuelve a sonar otra vez de otra manera muy diferente. David y Manina se han atrevido a dar el paso, a comenzar una nueva vida, son como dos fantasmas de carne y hueso que han decidido ocultar que están vivos para protagonizar su historia. Están intentando construir un futuro juntos, cortando radicalmente con el pasado. Están en un pequeño restaurante y él le pide que toque la canción al piano. Y entonces un joven soldado en la barra empieza a cantarla. El joven acompaña a los dos amantes. Lo que no se esperan es que en esa velada con el soldado, este les hace ver que tienen unas raíces, unas responsabilidades y un pasado.

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Sesiones de verano (1). Cónclave (Conclave, 2024) de Edward Berger

Cónclave, un thriller religioso de lo más emocionante.

La muerte del papa Francisco el 21 de abril hizo que Cónclave fuera una de las películas más visionadas en plataformas. Volvió a generar el mismo entusiasmo que durante su estreno. Y es que Edward Berger construye alrededor de esta reunión milenaria de cardenales un buen thriller religioso que al final habla de una cuestión ineludible para el ser humano: el poder.

Lo atractivo de esta reunión a puerta cerrada en la Capilla Sixtina que se celebra cada vez que muere un papa y que sirve para la elección del nuevo pontífice es que no puede haber rito más antiguo y tradicional en todos los sentidos, y en un edificio tan histórico, para dejar ver cómo la Iglesia continua siendo una institución poderosa y representativa en pleno siglo XXI. Y ahí están esos cardenales con sus teléfonos móviles, sus cigarrillos y ordenadores, pero teniendo que aislarse del mundo para cumplir el rito de elegir al candidato. Con su vestimenta ceremonial para cada momento (las sotanas, las fascias, los solideos, las mucetas…) se refleja el rito y la tradición de siglos y siglos en un mundo de redes sociales y tecnología punta. Es como algo anticuado y arcaico que sigue mostrando su fuerte presencia. Y todo eso deja unas imágenes tremendamente potentes.

Durante varios días, en que tienen que encerrarse en la capilla y votar de la manera más tradicional (con una papeleta y un boli, el conteo a mano y en directo), hablarán entre ellos, conspirarán, tratarán de recopilar votos de unos y otros, guardarán secretos, se traicionarán o se afianzarán más los lazos de amistad. Sí, es una cuestión de poder, como durante todos los siglos que la Iglesia ha permanecido como institución. Y no solo eso, sino que claramente existen dos facciones: una iglesia más cercana a la teoría de la liberación, más progresista, o una iglesia que impone sus creencias con mano férrea, como la época oscura de la Edad Media o de la Inquisición.

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Directores de más de 80 años. Jurado nº2 (Juror #2, 2024) de Clint Eastwood / Mi única familia (Hard Truths, 2024) de Mike Leigh

Jurado nº2 (Juror #2) de Clint Eastwood

El jurado número 2 se enfrentará a un dilema moral que cambiará su vida para siempre.

Clint Eastwood da una vuelta de tuerca a Doce hombres sin piedad. Un asesinato de una joven y un culpable del que nadie duda (un novio que arrastra además un pasado que le marca). El sistema judicial se pone en marcha y parece que la resolución del caso va a ser rápida. El jurado dará su veredicto de culpable en una deliberación inmediata. Además, supondrá un punto positivo para la fiscal, que está en carrera para conseguir un cargo político. No obstante, a pesar de los pesares, tanto el acusado como el abogado claman por la inocencia.

Sin embargo, nada es tan fácil. Ni el sistema judicial es tan infalible, ni el concepto de justicia está tan claro, ni la verdad esclarece los dilemas. El jurado número 2, ciudadano ejemplar, que trabaja en una revista, que es un padre que espera el próximo nacimiento de su retoño y preocupado porque su mujer está teniendo un embarazo complicado, de pronto, en la primera comparecencia es consciente de que está implicado en el caso en el que tiene que dar un veredicto. Y a partir de ahí la película dispara todos sus resortes. El jurado número 2 es sobre un hombre que no es perfecto, como todo ser humano y tiene su parte oscura, su sombra.

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Lo que quisimos ser (2024) de Alejandro Agresti

Esta película es imposible que no tuviera su crítica en este blog

Lo que quisimos ser, el valor revolucionario de las historias sencillas.

Lo que quisimos ser arranca de una manera que anuncia lo que viene a continuación. Una mujer y un hombre son espectadores solitarios en una sala de cine vacía donde proyectan Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks. Esa película clásica se sustenta en los inteligentes diálogos de su pareja protagonista, Hildy Johnson (Rosalind Russell) y Walter Burns (Cary Grant). Por otra parte, según van transcurriendo los hechos, estos dos periodistas que aman su profesión, van revelando que aunque pasan por diversas crisis, precisamente por temas laborales, siguen amándose. Son amigos y amantes. Luna nueva es, en realidad, una historia de amor. Y aunque es una screwball comedy, no deja a un lado la realidad y dureza de la vida.

Lo que quisimos ser tiene los mismos ingredientes: se sustenta en los diálogos de su pareja protagonista, es ante todo una historia de amor y, a pesar, de que despierta la sonrisa, no oculta la dura realidad (ni de sus personajes ni del país en el que viven). Alejandro Agresti, que no había dirigido nada desde el año 2015, se pone detrás de las cámaras otra vez para en tiempos de nuevas tecnologías, redes sociales, efectos especiales, drones y cámaras digitales, ofrecer una película anacrónica y revolucionaria.

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Volvieron cinco (Five came back, 1939) de John Farrow

Volvieron cinco es una emocionante película de aventuras con gotas de catástrofe y muy, muy humana.

Volvieron cinco es de esas películas de setenta y cinco minutos que hacía la RKO como cine de serie B que, sin embargo, tiene una precisión en su ejecución y un interés especial en su manera de contar la historia. Poco presupuesto, mucha imaginación. Es de esos largometrajes que suponen una agradable sorpresa cuando se descubren por uno u otro motivo.

Todo está en su sitio: una buena historia; unos personajes trabajados; unos diálogos que dejan alguna que otra frase memorable; un reparto de impresión; un director, John Farrow, eficiente y con el suficiente conocimiento del lenguaje cinematográfico como para hacer una buena película que atrapa al espectador por su puesta en escena y el ritmo impuesto; un director de fotografía, Nicholas Musuraca, que saca todo el potencial al blanco y negro y a la naturaleza de lo que se narra.

Si algo llama la atención cuando arrancan los títulos de crédito de Volvieron cinco son los nombres de sus guionistas: Dalton Trumbo, el novelista y dramaturgo Nathanael West y el más desconocido, Jerome Cady. Lo que está claro es que los tres construyen no solo buenos personajes, sino que aportan interesantes relaciones entre ellos y comportamientos que aportan unos giros de trama que enriquecen y profundizan la narración cinematográfica.

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Cuando cae el otoño (Quan vient l’automne, 2024) de François Ozon

François Ozon nos vuelve a regalar una buena historia en Cuando cae el otoño.

François Ozon arranca Cuando cae el otoño de una manera absolutamente certera y que define el tono de la película. En una pequeña iglesia, un cura está explicando el pasaje leído, pero el relato de lo que está contando y la explicación es de lo más sensual. Narra cuando María Magdalena se acerca por primera vez a Jesucristo. Y este último dice que a ella le serán perdonados todos sus pecados, porque sabe y es capaz de amar demasiado. La cámara recorre los bancos hasta que se para en el rostro de una anciana, que escucha atentamente las palabras y luego toma la comunión. Una vez termina la película, el pasaje adquiere todo su significado.

Me gusta mucho la capacidad de contar de François Ozon. Cómo según la historia que le late, elige una manera visual de plasmar la trama o emplea un género o varios que encajen para desarrollar todas las claves. Ozon es elegante narrando sus historias y en su última película acentua esta cualidad, además siempre sabe rodearse de una galería de actores que le permiten el desarrollo perfecto de su historia.

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La buena letra (2025) de Celia Rico Clavellino en cuatro pensamientos

Ana no solo mira sino que también escribe… Y con la mirada y la buena letra construye dos historias que colisionan…

La buena letra. Primer pensamiento. Lo íntimo

Ana, la protagonista de La buena letra, prepara a su hija para la primera comunión y le enseña una fotografía de cuando Tomás, su esposo, y ella se casaron. La foto está como velada, apenas se les distingue. Es una imagen que sacó Antonio, el tío de la niña. La cría le dice a su madre que parecen fantasmas. Y eso es lo que son realmente Ana y Tomás. Solo quedan dos fantasmas, ya no son esos jóvenes de antes de la Guerra Civil. Tras la contienda, en plena posguerra, solo quedan dos almas en pena heridas que van desapareciendo entre heridas y traiciones, en silencio.

Si algo ha demostrado Celia Rico Clavellino en sus dos anteriores largometrajes es su facilidad para reflejar un mundo íntimo. Para meterse en los hogares de sus protagonistas y tejer a fuego lento las rutinas y silencios que van construyendo sus historias. Si tanto en Viaje al cuarto de una madre como en Los pequeños amores desvelaba las emociones más ocultas de sus personajes femeninos, madres e hijas que se empeñaban en entenderse a pesar de las distancias y soledades en las que convivían, en La buena letra no abandona el hogar y la casa, el lugar íntimo, pero amplía las relaciones familiares y desvela también en el silencio la historia de las heridas que desgarran.

Ya no viaja solo por las relaciones materno filiales (que también), sino que la cámara filma, siempre bajo la mirada atenta de Ana, las emociones entre dos hermanos (Tomás y Antonio), entre una nieta y una abuela, entre dos cuñadas (Ana e Isabel), entre los esposos, entre Ana y su cuñado Antonio… Y como principal testigo de sus emociones, la casa y los objetos que les rodean. Ese escritorio con sus cuadernos, la vela, las cartas donde Ana crea a un hombre que no existe: ese Antonio ficticio, hermano, cuñado, tío e hijo, que logra no preocupar a una abuela que lo espera y les facilita a ellos mismos construirse una esperanza. La protagonista, con buena letra, levanta una ficción. La realidad será otra muy distinta, de nada sirve la caligrafía exacta.

También esa cocina donde Ana guisa paciente y saca provecho hasta de las cáscaras de naranja. La fotografía velada, el comedor donde se reúnen para degustar los alimentos (aunque sean escasos), esa radio que traerá la música y el baile, esa butaca al sol, la bicicleta…

Pero, como en sus otros largometrajes, la directora explora el mundo exterior cuando es necesario. Para ir dibujando un poco más a esos personajes y en qué mundo viven cuando salen de las cuatro paredes. En La buena letra, el mar está muy cerca, un horizonte al alcance de la mano, pero que los protagonistas dejarán escapar. Allí, en la playa, vivirán los pocos momentos donde pueden atesorar buenos recuerdos o pensar que podrían ir tras ellos. El baño fraternal de los dos hermanos bajo la atenta mirada de Ana, cuando una vez juntos, piensan que las cosas irán mejor. O esa primera comunión de una niña donde se revelan dolorosamente las ausencias, pero donde el horizonte cura un poco la herida o hace por lo menos pensar que es posible alcanzar un destino.

También se alejan de la opresión en ese cine donde se huye de la realidad con actores que cantan y se enamoran. O esa cafetería en la que entran para tomarse un café mirando por la ventana, por qué no, como hacen ya muchos…

Pero otros lugares terminan siendo otras cárceles que les oprimen o les provocan dolor: esas casas que les dan trabajo, pero les quitan dignidad, porque son inalcanzables, porque les recuerdan que son los oprimidos, porque dibujan la traición de los que deciden vivir como los vencedores sacrifiquen lo que sacrifiquen… O la fábrica, que perpetúa que Tomás y otros trabajadores sigan viviendo en la miseria.

La buena letra. Segundo pensamiento. Las heridas

Porque todos los personajes de La buena letra arrastran una herencia. Esa herencia que deja un conflicto bélico, una guerra civil, que no solo bombardea y destroza en el campo de batalla, sino que va minando en una posguerra que no cura heridas, que va enraizando el dolor y dejando una huella profunda para las futuras generaciones. Donde hay vencedores y vencidos y se perpetúa además esa diferencia. O se suben al carro o se quedan en la cuneta.

Celia Rico Clavellino va tejiendo esas heridas y ese drama silencioso que estalla. En su forma de contar, no justifica, solo deja supervivientes que toman distintos caminos para seguir adelante. Unos optan por el egoísmo, por alcanzar lo que nunca tendrían, por enterrar el conflicto y vivir como los vencedores. Otros viven en silencio, sin levantar cabeza, sufren y ven cómo se convierten en muertos en vida, en fantasmas que se desvanecen.

Unos prefieren ser egoístas, no pensar en aquellos que les echaron una mano, vivir sin volver el rostro. Tienen claro lo que no quieren volver a sufrir. Y otros arrastran el silencio y la herida, que no les permite avanzar o levantar la cabeza. Y se hunden en el dolor que no les permite vivir, porque además otros a los que quieren e idealizaron se alejan de ellos para poder ir subiendo escalones sin pensar en quién pisan o dejan de pisar. De nuevo, unos ganan y otros pierden. Y estos últimos quizá terminen aceptando una pequeña concesión, un rayo de sol en la cara.

Los personajes de La buena letra son de nuevo vencedores y vencidos.

No he leído todavía La buena letra de Rafael Chirbes, pero la película sí me ha despertado las ganas de hundirme entre sus páginas y entre las letras de esa narradora que es Ana. Recopilando información, he podido ver cómo la sensibilidad de Celia Rico Clavellino ha llevado a los personajes por unos senderos y lecturas determinadas, construyendo una historia triste donde unos y otros actúan como pueden para salir adelante. La directora aporta un poco de luz, sobre todo a través de la niña, la hija de Ana y Tomás, y no duda en dejar una puerta abierta a la protagonista.

Mientras que Chirbes en la novela, por lo indagado, tal vez ahonde más en cómo las heridas marcan a las generaciones futuras de la familia y no precisamente hacia un futuro con más luz en la cara, sino que sus acciones traen consecuencias. Rafael Chirbes, por lo que intuyo, creo que es más duro con sus personajes, sus destinos y que revela más la lectura política del conflicto bélico y sus efectos.

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10 razones para amar Luna de papel (Paper Moon, 1973) de Peter Bogdanovich

 

En Luna de papel, los libros siempre presentes.

Razón número 1: Luna de papel con el día del libro

Con Luna de papel, hoy celebraremos uno de los días más bonitos del año. Así que mencionaremos algún que otro libro. Primero, la película de Peter Bogdanovich partía de un libro publicado en 1971, Addie Pray, de Joe David Brown. Este contaba en primera persona a través de la voz de una niña estafadora sus vivencias en la época de la Depresión junto a Moze, un hombre que podría ser su padre.

El guion de Alvin Sargent, más algunas intervenciones de Bogdanovich (y también de Polly Platt, de la que hablaremos más adelante), respetaría a algunos de los personajes, pero con otros no contaría para armar su historia; jugaría también con la edad de la niña (para adaptarse a la de la actriz elegida) y se centraría más en la relación entre sus dos protagonistas, eliminando alguna de las tramas y estafas que aparecían en la novela, así como cambiaría el final. Además de la película, la novela daría para más. Un año después la cadena ABC realizaría una serie donde la niña sería interpretada por Jodie Foster.

Segundo, la película juega con un gag, una de las estafas que llevan a cabo estos supuestos padre e hija (nunca se llega a aclarar del todo si realmente el vínculo es biológico) tiene que ver con un libro al que nunca le faltarán nuevas ediciones, reimpresiones, estudios, ensayos y demás. Addie descubre como Moze lleva en un baúl un arsenal de biblias. Se dedica a llamar a las puertas de viudas que han perdido a sus maridos recientemente y este les dice que sus hombres le habían encargado una biblia personalizada con su nombre. Su hija, una niña lista, le perfecciona la estafa, pues es una buena observadora y psicóloga sobre los posibles de las víctimas.

Razón número 2: padre e hija, ficción

Uno de los puntos fuertes de la película es la relación entre Moze (Ryan O’Neal) y Addie (Tatum O’Neal). Sobre todo es una relación que se basa en lo gestual y en las miradas, así como en las discusiones que tienen desde que se conocen. Discuten más que conversar… Luna de papel cuenta el nacimiento y la consolidación de un vínculo. Tanto Moze como Addie no solo aprenden a convivir juntos, sino que hacen un buen equipo de supervivientes y se cuidan el uno al otro (la niña saca de más de un embrollo a Moze).

No hay ni una lágrima, ni un beso o abrazo, pero su conexión logra emocionar con pequeños detalles. Es un vínculo que va creciendo hasta que uno y otro se complementan en la carrera por la supervivencia. Moze nunca pierde su aura de perdedor y fracasado, pero siempre logra ponerse en pie. Y Addie deja a la vista su inteligencia, sus heridas y complejos, así como sus dotes para la supervivencia, protegiendo más de una vez a su imperfecto acompañante.

En la relación de Moze y Addie hay ecos del vínculo que conseguían Charlot y su pequeño compañero en El chico o también la del exboxeador y su hijo en El campeón de King Vidor, aunque estas dos sí recurrían magníficamente a lo trágico y era imposible contener las lágrimas. Uno de los aciertos de Luna de papel es que nunca sabemos si realmente Moze es el padre biológico de Addie, aunque posibilidades hay.

El vínculo de padre e hija, uno de los secretos de Luna de papel.

Razón número 3: padre e hija, realidad

En los extras del dvd de Luna de papel hay un bonito making off de la película donde se puede disfrutar de varias tomas falsas y de secuencias de cómo se desarrolló el rodaje. Y se nota una química bonita durante las escenas entre Ryan y Tatum. De hecho, se parten de risa cada vez que la niña se equivoca y hay que repetir la toma.

Pero Tatum no tuvo una infancia fácil ni la relación con Ryan fue idílica. Cuando sus padres se divorciaron, ella tenía cuatro años y la estancia con su madre fue una pesadilla por muchos motivos (malos tratos y abusos). Tatum terminó viviendo con su padre, que tampoco contribuyó a su estabilidad emocional. Además Luna de papel se convirtió en un fenómeno y la niña fue galardonada con un óscar a temprana edad. Todas estas circunstancias no le facilitaron una buena infancia.

Según Tatum, su padre tampoco quiso responsabilidades según fueron pasando los años, pues dio más prioridad a su carrera y a sus relaciones de pareja. Todo se complicó más cuando empezó su historia con Farra Fawcett. Así que Tatum a los 14 años no podía contar con ninguno de sus progenitores. Tampoco mantuvo su carrera cinematográfica. Y sí arrastró varias adicciones. Tatum O’Neal es una de esas niñas prodigio en Hollywood que protagonizó una de esas tantas historias de juguetes rotos. Estuvo largos periodos de tiempo sin relacionarse con su padre, protagonizaron algunos acercamientos, pero nunca lograron perdonarse.

Nadie lo diría viendo la química tan bonita y especial que se siente y se nota en cada uno de los fotogramas de Luna de papel y en esas tomas descartadas en las que se ve a una niña realmente ilusionada y segura de trabajar junto a su padre, así como a un Ryan divertido y paciente con los fallos de su hija.

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Ristra de películas. Sobre Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Salles y Robert Altman

Barry Levinson, los hermanos Boulting, Walter Selles y Robert Altman son los directores de unas películas que han llamado mi atención. Cada una de ellas, por distintos motivos: una secuencia, un personaje, una forma de contar, la historia real que recrea, una emoción… Todas merecen un visionado y algunas un análisis más profundo que el que voy a ofrecer en tan solo unas líneas. Esto solo son unos hilos para tirar de ellos.

Barry Levinson

Película 1. Barry Levinson demuestra que es un veterano narrador cinematográfico.

Es curioso que no suele hablarse mucho de Barry Levinson como director de cine relevante y, sin embargo, me doy cuenta de que es un director que me ha ido acompañando a lo largo de mi vida. Cuando se estrenaban sus películas, iba a la sala de cine a verlas. Mi primer contacto con él fue una película que siendo niña me entusiasmó: El secreto de la pirámide. Pero luego con el paso de los años vinieron otras: Good morning, Vietnam, Rain man, Sleepers… La última vez que fui a la sala de cine a ver uno de sus largometrajes fue con La cortina de humo.

No sé por qué el otro día mirando en las plataformas me apeteció ver una de sus últimas películas: El superviviente de Auschwitz (The Survivor, 2021). Los motivos fueron varios. No fue ni mucho menos la película que más me gustó de Levinson ni la más redonda, pero se nota que es un narrador cinematográfico curtido, que sabe elegir una historia y cómo contarla. Tampoco falla nunca en los repartos, en los actores en quien confía para narrar sus odiseas.

El superviviente de Auschwitz parte de una historia real, la del boxeador Harry Haft, que sobrevivió a los campos, porque un oficial de las SS se fijó en él y le entrenó para que boxeara contra sus compañeros como entretenimiento tremendamente cruel para los otros oficiales. Lo que cuenta la película de Barry Levinson es la vida de Haft después del horror. Cómo sobrevivir a la culpa y a las decisiones que había que tomar para poder sobrevivir.

Por una parte, me interesaba el tema del boxeo, porque como he contado muchas veces en el blog no soporto este deporte, pero contradictoriamente adoro las películas sobre esta disciplina. Y, por otro lado, hay una filmografía abundante y títulos que merece la pena rescatar sobre cómo las víctimas salieron adelante después de haber sobrevivido a los campos de concentración (por solo nombrar algunos: El prestamista de Sidney Lumet, Harold y Maude o La decisión de Sophie.

Barry Levinson utiliza una narración cinematográfica clásica para contar las vicisitudes del personaje, pero curiosamente no alrededor de los combates o del relato presente y pasado del personaje (con la técnica del flashback y el blanco y negro y el color para una y otra época) como puede pensarse en un principio el espectador, sino de la relación de Haft con las dos mujeres de su vida. Una le da fuerzas para vivir, incluso una vez que huye del horror (su recuerdo y su búsqueda); y la otra para redimirse, para superar el sentimiento de culpa ante las decisiones que tomó para continuar vivo (la posibilidad de construir una nueva relación y seguir adelante con la vida).

Los hermanos Boulting

Película 2. Los hermanos Boulting dejan el retrato de una época con una sensibilidad especial.

Uno de los descubrimientos más interesantes que hecho últimamente han sido los hermanos Boulting, que forman parte de la historia del cine británico. Llevo tiempo detrás de una de sus películas, The magic box, y no hace mucho escribí sobre Brighton Rock (Young Scarface), pero para glosar la relación de Graham Greene con el cine. Bien, pues ellos me han dado una sorpresa muy grata con Luna de miel en familia (The family way, 1966).

Me ha gustado muchísimo. Cuenta una historia familiar de dos jóvenes recién casados en un barrio obrero británico. La primera noche nada más casarse la pasan en el hogar del novio. Una broma tendrá una consecuencia inesperada que amargará al matrimonio, pues no solo será una velada fallida, sino que el novio se bloquea y no puede mantener relaciones sexuales con su esposa. No hace mucho se adaptó una novela de Ian McEwan que partía de una premisa similar, En la playa de Chesil.

Lo que es una mera anécdota se alarga en el tiempo por varios motivos: al día siguiente que tenían preparado un ansiado viaje de novios, se suspende pues les estafan en la agencia; no tienen más remedio, porque todavía no pueden independizarse, que vivir en casa de los padres de él, sin poder encontrar la intimidad adecuada; el muchacho se va poniendo cada vez más nervioso y ella se siente cada vez más insegura…

Pero la sorpresa es que Luna de miel en familia es mucho más que eso. Es cómo reacciona el entorno, cómo algo tan nimio se va enredando y es un estudio de personajes apasionante. Lo más increíble es la otra historia que se va adueñando de la narración y que regala los momentos más certeros y un final demoledor, aunque aparentemente feliz para los jóvenes. Esa historia es la de los padres del joven (unos maravillosos John Mills y Marjorie Rodhes) cuya vida quedó marcada por un tercer personaje ausente, el mejor amigo del padre.

Los hermanos Boulting dejan finalmente una historia llena de matices con una delicadeza e intimidad especial. La película refleja y recoge el espíritu y el alma de una época. Como curiosidad, su banda sonora fue compuesta por Paul McCartney.

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Alrededor de Por todo lo alto (En fanfare, 2024) de Emmanuel Courcol

Por todo lo alto. Dos hermanos van construyendo un vínculo a través de la música.

Por todo lo alto fui a verla en una sala de cine y me sorprendí cuando llegando a los minutos finales, no pude evitar llorar de emoción. Me pregunté entonces qué había provocado esas lágrimas, qué es lo que me había gustado de esa película.

Por todo lo alto podría hacer una sesión doble con la anterior película de su director Emmanuel Courcol, El triunfo. En esta última contaba la historia de un actor en paro que dirige un taller de teatro en un centro penitenciario y prepara con los internos Esperando a Godot de Samuel Beckett. La película partía de un hecho real. Por todo lo alto cuenta la historia de ficción sobre dos hermanos que no se conocen y se encuentran en unas determinadas circunstancias. Uno de ellos es un famoso director de orquesta y el otro toca el trombón en una banda de música en la localidad obrera donde vive. El director de orquesta ha tenido todas las oportunidades posibles para llegar con esfuerzo a donde está; su hermano, igual de virtuoso para la música, no ha podido desarrollar su talento.

En las dos películas está en la producción un director al que aprecio, Robert Guédiguian, que tiene sobre sus espaldas una filmografía social y política de películas que me han marcado como Marius y Jeannette o Las nieves del Kilimanjaro. Así que estas dos películas de Courcol van un poco más allá de ser tan solo un feel good, ese término que sirve para nombrar producciones de buenos sentimientos que terminan de manera optimista y alegre, como podría ser Intocable (por seguir con el cine francés). Las dos tienen más detalles y matices, además de plantear reflexiones y tesis sobre el mundo en el que vivimos.

Algunas feel good,que no voy a mentir también me enganchan, es cierto que en ocasiones son una especie de «limpiadores de conciencia» para espectadores que no tienen o no viven los problemas reflejados con un trasfondo «de no pienses que el mundo no es bello a pesar de los pesares, todo tiene solución con los buenos sentimientos», sin reflexionar sobre los motivos de las injusticias sociales y cayendo a veces en todos los tópicos.

Las historias de Emmanuel Courcol tratan de plantearse ciertos asuntos, de remover, de crear un cine social con toques de tragicomedia, que llegue a mucha gente (no es de extrañar que en 2024, en el festival de San Sebastián, Por todo lo alto se alzara con el premio del público). Expone, no acaba con una historia de «y comieron perdices», sino con una de «y siguieron luchando»… Además muestra la capacidad de la cultura, tanto la música como el teatro, para remover, transformar, mirar, como punto de encuentro y reunión y para entender la realidad que nos rodea.

De hecho, las películas de Courcol entroncan con el cine social británico que también emplea la tragicomedia para contar sus historias. Curiosamente, El triunfo podría perfectamente proyectarse junto a Lucky Break de Peter Cattaneo. Y Por todo lo alto hace un buen dúo con la maravillosa Tocando el viento de Mark Herman.

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