
Ana no solo mira sino que también escribe… Y con la mirada y la buena letra construye dos historias que colisionan…
La buena letra. Primer pensamiento. Lo íntimo
Ana, la protagonista de La buena letra, prepara a su hija para la primera comunión y le enseña una fotografía de cuando Tomás, su esposo, y ella se casaron. La foto está como velada, apenas se les distingue. Es una imagen que sacó Antonio, el tío de la niña. La cría le dice a su madre que parecen fantasmas. Y eso es lo que son realmente Ana y Tomás. Solo quedan dos fantasmas, ya no son esos jóvenes de antes de la Guerra Civil. Tras la contienda, en plena posguerra, solo quedan dos almas en pena heridas que van desapareciendo entre heridas y traiciones, en silencio.
Si algo ha demostrado Celia Rico Clavellino en sus dos anteriores largometrajes es su facilidad para reflejar un mundo íntimo. Para meterse en los hogares de sus protagonistas y tejer a fuego lento las rutinas y silencios que van construyendo sus historias. Si tanto en Viaje al cuarto de una madre como en Los pequeños amores desvelaba las emociones más ocultas de sus personajes femeninos, madres e hijas que se empeñaban en entenderse a pesar de las distancias y soledades en las que convivían, en La buena letra no abandona el hogar y la casa, el lugar íntimo, pero amplía las relaciones familiares y desvela también en el silencio la historia de las heridas que desgarran.
Ya no viaja solo por las relaciones materno filiales (que también), sino que la cámara filma, siempre bajo la mirada atenta de Ana, las emociones entre dos hermanos (Tomás y Antonio), entre una nieta y una abuela, entre dos cuñadas (Ana e Isabel), entre los esposos, entre Ana y su cuñado Antonio… Y como principal testigo de sus emociones, la casa y los objetos que les rodean. Ese escritorio con sus cuadernos, la vela, las cartas donde Ana crea a un hombre que no existe: ese Antonio ficticio, hermano, cuñado, tío e hijo, que logra no preocupar a una abuela que lo espera y les facilita a ellos mismos construirse una esperanza. La protagonista, con buena letra, levanta una ficción. La realidad será otra muy distinta, de nada sirve la caligrafía exacta.
También esa cocina donde Ana guisa paciente y saca provecho hasta de las cáscaras de naranja. La fotografía velada, el comedor donde se reúnen para degustar los alimentos (aunque sean escasos), esa radio que traerá la música y el baile, esa butaca al sol, la bicicleta…
Pero, como en sus otros largometrajes, la directora explora el mundo exterior cuando es necesario. Para ir dibujando un poco más a esos personajes y en qué mundo viven cuando salen de las cuatro paredes. En La buena letra, el mar está muy cerca, un horizonte al alcance de la mano, pero que los protagonistas dejarán escapar. Allí, en la playa, vivirán los pocos momentos donde pueden atesorar buenos recuerdos o pensar que podrían ir tras ellos. El baño fraternal de los dos hermanos bajo la atenta mirada de Ana, cuando una vez juntos, piensan que las cosas irán mejor. O esa primera comunión de una niña donde se revelan dolorosamente las ausencias, pero donde el horizonte cura un poco la herida o hace por lo menos pensar que es posible alcanzar un destino.
También se alejan de la opresión en ese cine donde se huye de la realidad con actores que cantan y se enamoran. O esa cafetería en la que entran para tomarse un café mirando por la ventana, por qué no, como hacen ya muchos…
Pero otros lugares terminan siendo otras cárceles que les oprimen o les provocan dolor: esas casas que les dan trabajo, pero les quitan dignidad, porque son inalcanzables, porque les recuerdan que son los oprimidos, porque dibujan la traición de los que deciden vivir como los vencedores sacrifiquen lo que sacrifiquen… O la fábrica, que perpetúa que Tomás y otros trabajadores sigan viviendo en la miseria.
La buena letra. Segundo pensamiento. Las heridas
Porque todos los personajes de La buena letra arrastran una herencia. Esa herencia que deja un conflicto bélico, una guerra civil, que no solo bombardea y destroza en el campo de batalla, sino que va minando en una posguerra que no cura heridas, que va enraizando el dolor y dejando una huella profunda para las futuras generaciones. Donde hay vencedores y vencidos y se perpetúa además esa diferencia. O se suben al carro o se quedan en la cuneta.
Celia Rico Clavellino va tejiendo esas heridas y ese drama silencioso que estalla. En su forma de contar, no justifica, solo deja supervivientes que toman distintos caminos para seguir adelante. Unos optan por el egoísmo, por alcanzar lo que nunca tendrían, por enterrar el conflicto y vivir como los vencedores. Otros viven en silencio, sin levantar cabeza, sufren y ven cómo se convierten en muertos en vida, en fantasmas que se desvanecen.
Unos prefieren ser egoístas, no pensar en aquellos que les echaron una mano, vivir sin volver el rostro. Tienen claro lo que no quieren volver a sufrir. Y otros arrastran el silencio y la herida, que no les permite avanzar o levantar la cabeza. Y se hunden en el dolor que no les permite vivir, porque además otros a los que quieren e idealizaron se alejan de ellos para poder ir subiendo escalones sin pensar en quién pisan o dejan de pisar. De nuevo, unos ganan y otros pierden. Y estos últimos quizá terminen aceptando una pequeña concesión, un rayo de sol en la cara.
No he leído todavía La buena letra de Rafael Chirbes, pero la película sí me ha despertado las ganas de hundirme entre sus páginas y entre las letras de esa narradora que es Ana. Recopilando información, he podido ver cómo la sensibilidad de Celia Rico Clavellino ha llevado a los personajes por unos senderos y lecturas determinadas, construyendo una historia triste donde unos y otros actúan como pueden para salir adelante. La directora aporta un poco de luz, sobre todo a través de la niña, la hija de Ana y Tomás, y no duda en dejar una puerta abierta a la protagonista.
Mientras que Chirbes en la novela, por lo indagado, tal vez ahonde más en cómo las heridas marcan a las generaciones futuras de la familia y no precisamente hacia un futuro con más luz en la cara, sino que sus acciones traen consecuencias. Rafael Chirbes, por lo que intuyo, creo que es más duro con sus personajes, sus destinos y que revela más la lectura política del conflicto bélico y sus efectos.
La buena letra. Tercer pensamiento. Los actores
Celia Rico, que también escribe el guion en La buena letra, deja dibujados a unos personajes sólidos, además sus actores los construyen con mimo. La historia gana con el cuidado en la escritura de Ana (Loreto Mauleón), con su manera de cocinar, colgar la ropa o tocar ciertos objetos. Su mirada es clave para avanzar en el relato.
Tomás (Roger Casamajor) dice todo con su sonrisa triste y la amargura que transmite, con ese cuerpo gigante que se va encogiendo…, desvalido, inseguro y vulnerable. Antonio (Enric Auquer) no puede evitar expresar todo con el rostro y el movimiento de sus extremidades. No parece un cuerpo que se rinde, sino que oculta emociones y se niega a caer. E Isabel (Ana Rujas) tiene claro que camino seguir, se sabe elegante y con carisma, aunque a veces en los ojos muestre la vulnerabilidad.
La abuela (Teresa Lozano) solo con su presencia y las pocas palabras que suelta cuenta muchas cosas de su relación con sus hijos. Y esa niña (Sofía Puerta), que ya tiene gestos y palabras adultas, que analiza lo que le rodea, que se acuesta junto a su abuela o que finalmente accede al deseo de su madre en un solo gesto.
Todo, la voz y la expresión corporal, la forma de moverse y llevar sus vestimentas hacen que sus personajes tomen fuerza y vuelen en cada secuencia.

Para entender en todo sus esplendor La buena letra, hay que hundirse en cada una de las relaciones que refleja.
La buena letra. Cuarto pensamiento. Los referentes
Celia Rico Clavellino cuenta muy bien su historia, con detalle y matices. Y no deja escapar secuencias de una belleza especial, sobre todo tres: el baño en el mar de los dos hermanos, el baile que protagonizan Ana y Tomás en su dormitorio y la celebración junto al mar de la comunión de su niña.
En su forma de contar deja claro sus referentes, está más cercana visualmente y en la melancolía o tristeza que desprenden los fotogramas a un Víctor Erice en El Sur, a un Mario Camús en Los días del pasado o más recientemente a La trinchera infinita de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga. Sin embargo, tal vez el libro de Rafael Chirbes apunte más a esas narraciones cinematográficas sobre la Guerra Civil, tan complejas, tan humanas, tan oscuras y sin posibilidad de redención para sus personajes, de un Agustí Villaronga que encogió corazones con su Pa negre o Incierta gloria.
Sin embargo, Celia Rico Clavellino deja al descubierto una sensibilidad y mirada especial, como ya ha demostrado en sus otros largometrajes, para las relaciones humanas, para construir buenos personajes, para dejarse llevar por una tristeza que todo lo cubre y para finalmente llevar a cabo una historia con momentos hermosos donde los fantasmas del pasado dejan al descubierto, sin alboroto, los dolores y las miserias humanas, pero también algo tan bello como los tangos, las teclas de un piano, un rayo de sol o el sabor de un buen plato.
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Hola Hildy
Tener «buena letra» era cualidad imprescindible si querías llegar a ser algo en aquellos tiempos -como toda regla de oro tiene su excepción, ahí puntúan los médicos, jaja-.
Por cantidad de personajes, posguerra y antecedente literario es difícil no pensar en «La Colmena». (Supongo que esa «eterna» mesa de café con pie de máquina de coser y mármol «heredado» es como la magdalena de Proust para muchos de nosotros).
Un saludo, Manuel.
Jajajaja, amigo Manuel, no sabes la de caligrafías que tuve que chuparme en el colegio porque se consideraba que mi letra era fea, jajaja. Y, sin embargo, por muchas caligrafías que me hicieron hacer para «domar» y «uniformar» mi manera de escribir, imposible fue cambiarla, jajajaja. ¡Siempre me gustó mi letra y sigo emborronando un montón de cuadernos! (pero sí no te voy a mentir, lo que se dice bonita y legible no es).
Efectivamente la posguerra quedó reflejada también por Camilo José Cela en La Colmena y fue ¡¡¡Mario Camús quien la llevó al cine!!! Las exclamaciones son porque Camús es uno de los referentes de la reseña y no trató en pocas películas la posguerra y las consecuencias de la guerra.
Sí, en La buena letra la dirección artística es maravillosa… Ay, esas mesas… y un montón de detalles y objetos que como la magdalena de Proust trae un pasado, un ambiente, una atmósfera, aunque solo la hayamos escuchado, leído o visto en películas de la época…
Beso
Hildy
No he visto esta película, mi querida Hildy. Me huele demasiado a esos culebrones que ve mi madre después de comer. Las anteriores películas de esta directora me interesaron solamente a medias, ni fu ni fa, esa categoría cada vez más amplia del cine español. Chirbes sí me interesa, y quizá la aproximación a esta película, si llega, tenga que venir por ahí. O por tu texto, que también.
Besos
A mí después de ver está película de Celia Rico, que creo que merece mucho la pena, me ha apetecido muchísimo leerme la novela de Chirbes y comprobar después cómo ha sido el proceso de adaptación.
Me gusta cómo está directora ha reflejado en sus dos anteriores películas la intimidad y complejidad de las relaciones entre madres e hijas.
Beso
Hildy
Quiero verla, ya me apeteció cuando la estrenaron hace poco tiempo y leí una sinopsis, pero ahora con tu excelente entrada (¡enhorabuena!) más ganas me han dado de verla.
Las referencias son todas muy atractivas y también invitan a verla: Erice, Camús y «La trinchera infinita», película que me gustó bastante, también leí la novela.
Conforme iba leyendo tu entrada me di cuenta la de películas que hay que aprovechan el evento de la comunión de una niña: así a bote pronto «Una hora en su vida» de Blasetti, una comedia a la italiana con sabor neorrealista, o una más moderna: il piu bell giorno della mia vita, de Cristina Comencini, esta vez un drama.
Abrazos!
Muchas gracias, querido Ethan, por tu comentario. Ya me dirás qué te parece la película cuando puedas verla. Sí, como dices, las referencias son muy atractivas y el toque de la directora es especial.
Qué bonito lo de las películas con el evento de la comunión de una niña. Qué ganas ver la de Blasetti y la de Cristina Comencini. ¿Sabes cuál me ha venido a mí a la cabeza?, la de Ken Loach, Lloviendo piedras. Y también la maravillosa comunión que sale en el episodio hermoso y central de la película de Ophüls (con tres cuentos de Maupassant), la de El Placer.
Beso
Hildy