Cadena de curiosidades cinematográficas. Un libro de Chaplin, una película de los treinta e Irène Némirowsky en la pantalla

Charles Chaplin. La soledad era el único remedio (Confluencias, 2014)

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Un libro de pequeño tamaño esconde en sus páginas un tesoro. Este libro es una delicia especial, un delicatessen. Reúne once entrevistas, que realizaron distintos periodistas en medios diferentes, a Charles Chaplin y están por orden cronológico. La primera transcurre en 1915 y la última 1967. Y con cada una de estas entrevistas, descubrimos la esencia de Chaplin, nos llevamos pequeñas sorpresas y se nos cuenta de manera especial su vida. Entre líneas. Contamos además con descripciones sobre su físico y forma de comportarse. Y el disfrute es máximo.

Repite varias veces que él quería ser actor dramático, trágico; se nos habla de sus ojos azules, su pelo azabache y sus mechones blancos; se nos describe su seriedad y melancolía así como su amabilidad y delicadeza en las entrevistas…, nos cuenta que sus películas parten de una emoción, que su personaje amado provoca risa en actos cotidianos y creíbles, que sus andares se los inspiró gente con los pies cansados y doloridos de ese Londres humilde que conoció en su infancia, nos describe su meticulosidad en el trabajo, su amor al cine como arte, su amistad con Douglas Fairbanks…

Pero también las entrevistas nos cuentan otra historia, los orígenes de un hombre humilde y siempre en los escenarios que llegó de Inglaterra a EEUU a un medio totalmente nuevo y distinto a los escenarios, el cine. Un hombre que se va haciendo un nombre y va adquiriendo una popularidad mundial, un hombre amado, tanto como su personaje. Que llega a lo más alto en su arte como director y en su trabajo como mimo satírico. Que conoce el éxito y la fama en todo el mundo… Que poco a poco le van minando las noticias de su vida privada, que va siendo rechazado por sus opiniones sociales y políticas, por su posicionamiento respecto la guerra, por su humanismo…, hasta ser expulsado de la tierra que le acogió y le encumbró… y retirarse a Suiza. De cómo un hombre que era totalmente aclamado con cada película realizada a ser continuamente cuestionado con cada nueva obra cinematográfica… De cómo un hombre triste siguió siendo triste y desencantado.

Recomiendo perderse entre sus páginas…

¿Amigos o rivales? (Friends and Lovers, 1931) de Victor Schertzinger

A veces aparecen películas curiosas de aquellos años treinta antes del código Hays, antes de la censura. ¿Amigos y rivales? Es una de ellas y está llena de sorpresas. Donde se muestra que había mucha más libertad y se era menos políticamente correcto en la representación de las relaciones personales. En ¿Amigos y rivales? Además hay un explícito erotismo y se nota que no existe censura alguna porque la dama protagonista en cuestión, libre y libertina, es celebrada y amada… sin recibir los castigos que tendrían que aguantar sus predecesoras.

¿Amigos y rivales? habla de amistades peligrosas con ligereza y ritmo rápido. De chantajes y traiciones. De malos tratos y asesinatos. De vida frívola y vida colonial en fronteras lejanas. De amistades que se rompen y que vuelven a construirse. De champán, celos y amor… Y todo de la mano de un reparto muy especial. La joven dama es Lili Damita, que posteriormente su carrera cinematográfica desapareció entre maridos como Michael Curtiz y Errol Flynn. Y los hombres que se enamoran y sufren por ella son el bigote de Adolphe Menjou, el galán cínico y elegante por excelencia, y un jovencísimo y vital Laurence Olivier, lejos de los escenarios shakesperianos. Ella se dedica a enamorar a hombres (de activa vida social y romántica)… de la mano de su esposo que después los chantajea. Y su esposo no podía ser otro que el siniestro Erich von Stroheim (y director outsider de películas geniales) pero peculiar intérprete, qué buenos personajes cultivó. Una película breve y llena de giros y sorpresas en la trama. Con elipsis muy curiosas que hacen avanzar la narración, duchas eróticas, momentos violentos y otros frívolos, peleas, risas, drama… y finalmente la chispa del amor. Una vida loca.

Suite francesa (Suite française, 2014) de Saul Dibb

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No es la primera vez que los personajes de la autora Irene Nemirovsky pisan la pantalla cinematográfica. El director británico Saul Dibb (La Duquesa) tan solo toma unos pocos personajes de la polifonía de voces de la inacabada Suite francesa (que ya se hablaba desde 2007 de su adaptación cinematográfica). De hecho la película no atrapa el universo de Irene Nemirovsky sino solo a algunos de sus personajes y unas cuantas situaciones… y únicamente traslada un aspecto que es importante en la novela de la autora (y en su universo literario anterior): la tremenda ambigüedad y humanidad de los personajes en tiempos de entreguerras o en la propia guerra, son capaces de lo mejor y de lo peor, de albergar lo más hermoso del ser humano y lo más horrible, la dificultad de las relaciones familiares, amorosas y entre distintas clases sociales y cómo se arrastran contradicciones continuamente…, pura humanidad.

Dibb, como ya nos acostumbró en La Duquesa, lleva a cabo una película elegante, bella visualmente, perfectamente ambientada y con una banda sonora brillante además de contar con un buen reparto. Y se decanta finalmente por narrar un amor imposible en una localidad francesa ocupada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Ese amor imposible es entre un oficial alemán y una joven francesa. El oficial se aloja en casa de la joven, que a su vez vive con su suegra, una mujer rica del pueblo ocupado. Ambas esperan el regreso del hijo y del esposo del campo de batalla. El amor imposible cuenta con los rostros de Michelle Williams, como joven delicada y cada vez más consciente de su difícil situación (y de su compromiso); y del actor belga Matthias Schoenaerts, que deja su carisma por repartos internacionales desde su participación en De óxido y hueso. La suegra cuenta con la cara de Kristin Scott Thomas, que sigue siendo una secundaria de oro.

Quien quiera conocer el universo literario de Irene Nemirovsky (y conocer también su azarosa y trágica vida) que acuda al libro y se sumerja en sus páginas. Quien quiera dejarse llevar por un amor imposible de película, bien contado, que se meta en la sala de cine… Hay una relación casi invisible y muy distante entre la Suite francesa literaria y la fílmica.

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Un libro y una película. El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman)

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Primer beso: literatura y cine

El escritor argentino Manuel Puig publica en 1976 El beso de la mujer araña que cuenta cómo dos presos que comparten una celda… terminan traspasando, de alguna manera, las cuatro paredes. Uno es un preso político, cree en el cambio hacia una sociedad más justa, cree que una revolución es posible a través de la lucha, es estudiante, desconfiado e introvertido. El otro es un homosexual maduro y afeminado condenado por corrupción a un menor que huye de su desencanto a través de historias que recuerda haber visto en las pantallas de cine. Los dos transgreden las reglas sociales y establecen una relación sin prejuicios de ningún tipo que les libra de otras cadenas, los dos desnudan sus contradicciones y se unen en un espacio especial donde solo habitan ellos dos… aunque fuera de esas cuatro paredes no puedan tener finales felices. Esta novela la terminó el autor en el exilio…, 1976 es el año del golpe de Estado en Argentina.

… el autor argentino tiene una manera muy especial de contar la historia e involucrar al lector en ese mundo creado por Valentín y Molina. Solo hay diálogos… pero la maestría es que construye una historia tremendamente compleja y hermosa. Normalmente solo son entre Valentín y Molina en la celda. Pero otras veces, y en formato más teatral, son entre el director de la prisión donde se encuentran encerrados y Molina. Para averiguar el final de los dos personajes fuera de las paredes, se nos facilita un informe policial… y a un Valentín torturado que logra viajar en un sueño.

En estos diálogos Molina es un contador de historias que envuelve a Valentín y al lector con sus ensoñaciones y particulares versiones de películas que ha visto en la pantalla. Molina es emoción, pasión, sentimiento… soñador… Valentín es racional, volcado en la causa y trata de huir de las emociones y los sueños… Pero ambos dialogando, encontrándose, contándose historias (se mezcla la ficción de las películas con sus historias reales, sus secretos, sus pasados fuera de las rejas) sufren una transformación. Uno da rienda suelta a las emociones, el otro muestra su parte más racional y desnuda su consciencia sobre su situación, su dolor, su futuro. Ambos se funden en uno.

Molina se deja llevar por las apasionantes historias de amor de heroínas sufridoras, mujeres que aman y se sacrifican, deja aparte el contexto de la película. Él se identifica con esas mujeres que sufren y aman al hombre sobre todas las cosas… por eso son amores desgraciados, historias tristes. Y, de manera inesperada, se convierte en esa mujer entregada con la que sueña… Valentín se deja llevar por esas historias cinematográficas, primero las analiza, las racionaliza y contextualiza… hasta que termina emocionándose con ellas, sueña, encuentra un camino a la libertad… para no morir vencido en una prisión.

Así Manuel Puig crea un maravilloso juego de realidad y ficción donde culmina y se entiende la importancia de ese beso de la mujer araña… Entre las historias que le cuenta Molina a Valentín hay dos relatos minuciosos de dos películas de Tourneur, La mujer pantera y Yo anduve con un zombie. Y después tres relatos cinematográficos de amores complejos y desgraciados: uno corresponde a una película de propaganda nazi y el trágico amor entre una artista francesa y un nazi, el otro un drama de amores cruzados (el de una mujer soltera que recuerda su amor de juventud cuando una joven pareja alquila una habitación de su vivienda. Pero el joven tiene que ir a la guerra y regresa desfigurado y rechazado por su novia. Entonces surge una especial relación de amor entre el joven desfigurado y una joven sirviente no muy agraciada. Un personaje ciego es el que les hace “mirar” de otra manera para que apuesten por su relación) y por último un melodrama mexicano sobre una artista atrapada en una relación con un mafioso y un joven periodista enamorado… una pasión que transcurre entre carnavales, playas, boleros, enfermedades y tugurios…

Estas historias forman un círculo (y de alguna manera reflejan muchos cabos que tienen que ver con los secretos más interiores, con las almas de Molina y Valentín)… si empieza con una mujer pantera que teme besar al hombre amado por si le desgarra y le lleva a la muerte…, termina con la petición de un beso… porque Molina no quiere ser mujer pantera, y como dice Valentín es mujer araña que atrapa con sus hilos-historias, y puede besar… Uno pide un beso y el otro expresa que no se deje nunca más humillar por otro, que eso no es justo, que eso no es bello.

Manuel Puig se sirve de la fascinación del relato cinematográfico para crear una hermosa novela que experimenta con la forma de ser contada y atrapa con su tela de araña y emociones.

Segundo beso: cine y literatura

Hector Babenco lleva esta compleja novela, pero emocionante, de Manuel Puig a la pantalla de cine en 1985. Y no era fácil. El encargado de adaptar esta novela a guion fue el hermano de Paul Schrader, Leonard. Lo que cobra importancia en la adaptación cinematográfica es el propio espacio que crean Molina y Valentín…, la propia celda. Y la recreación de esas películas “proyectadas” a través de las palabras de Molina… Así como la “visualización” de sus historias reales del pasado. La celda, ese espacio especial, y lo primero que ve el espectador con la voz de fondo de Molina… tiene a dos inquilinos de carne y hueso: Molina (William Hurt) afeminado y encantador de historias y Valentín (Raul Julia), el preso político que trata de no emocionarse y seguir con su lucha y con no volverse loco o no sucumbir al miedo a la muerte y la debilidad entre cuatro paredes. Y son esos dos actores, que hacen un trabajo actoral matizado, cuidado y genial, los que logran crear una química especial que culmina con una unión sincera, venciendo prejuicios, contradicciones, muros, paredes y cárceles interiores.

En la novela, Puig es más subversivo y va más allá que en la adaptación cinematográfica. Por un matiz importante y el cambio de un pronombre. Cuando Valentín, tras la inyección de morfina, tiene su sueño… y se va con la mujer ensueño (a la que pone el rostro de la única mujer que de verdad ha amado, Marta, y que su historia se acabó porque él quería continuar con la lucha política), le dice: “¡Marta, ay cuánto le quiero!, eso era lo único que no te podía decir, yo tenía miedo de que me lo preguntaras y de ese modo sí te iba a perder para siempre, ‘no mi Valentín querido, eso no sucederá, porque este sueño es corto pero es feliz?’”. Ese “le” cobra importancia porque Valentín se lleva esa relación especial que construyeron en la celda Molina y él. En la película sin embargo, no existe un “le” sino un “te”… que cambia el sentido final de la historia (pero por otra parte acentúa el papel de “heroína sacrificada” de Molina).

La película, no obstante, capta bastante bien el “espíritu” y el significado de la novela, además de lograr trasladar con lenguaje cinematográfico y buenas decisiones en la puesta de escena esta difícil novela. De todas las historias ficticias que le cuenta Molina a Valentín, sí que la película de Babenco apuesta por la más provocativa de la novela (pero no la más hermosa…, me quedo con la que transcurre en Veracruz): la película de propaganda nazi que a Molina le entusiasma por la historia de pasión y amor. El espectador ve “su proyección” a través del relato oral de Molina, imitando a una mala película de propaganda. Y el juego cinematográfico funciona sobre todo al poner el rostro de la heroína con la cara de Sonia Braga, que luego descubriremos que es el rostro también de Marta, ese amor oculto de Valentín… y la mujer de ensueño con la que huye para ese sueño corto pero feliz. Porque podemos pensar que esa proyección visual es la que se hace el propio Valentín transformando también las historias que le cuenta Molina.

Y, por último, la película acierta con el traslado de esa “investigación policial” que cuenta el final de Molina…, convirtiendole realmente en una “heroína sacrificada” de película de acción y thriller político con un halo de romanticismo trágico. Así como el final de un Valentín, tras una tortura que le ha dejado al borde de la muerte, que le deja vivir en un sueño feliz. Ahí he podido encontrar la misma magia que con una antigua película de Hathaway Sueño de amor eterno (1935), donde un preso con cara de Gary Cooper lograba también su libertad y la unión con su amada a través de los sueños…

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Cine español en tres sesiones. Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño/Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta/ A cambio de nada de Daniel Guzmán

Tres sesiones en las que he disfrutado de tres propuestas diferentes de cine español. Las tres me han enganchado por distintos motivos y las tres dejan ver formas de rodar historias que llegan.

Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño

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Una imagen potente y una canción fueron los primeros pasos para crear Loreak. Los ramos de flores que nos encontramos a veces en tramos de carretera donde así se señala que ahí hubo un accidente de tráfico. Y la canción de Cecilia Un ramito de violetas que cuenta un complejo romance. Son los ramos de flores los que cuentan la historia de tres mujeres unidas por hilos dolorosos. Las tres comparten una ausencia fuerte en sus vidas. Las tres tienen maneras muy distintas de curar las heridas. De cuidar esos ramos con flores que unen sus destinos. Loreak es una hermosa película que fue una de las gratas sorpresas del 2014.

El espectador viaja al País Vasco y al mismo corazón de tres mujeres (Nagore Aramburu, Itziar Aizpuru e Itziar Ituño) con heridas y una ausencia. Con una sensibilidad y suavidad extrema los directores construyen una dura historia sobre lo que cuesta sobreponerse al dolor de la pérdida, al miedo de envejecer o de sucumbir en lo lineal de la vida cotidiana. El miedo a no poder expresar o gritar nuestros miedos y dolores. Y cómo el ser humano busca distintos motivos a los que aferrarse, distintas formas de conformarse para vivir o sobrevivir. El olvido, el silencio, el imaginarse historias que nos llenan, el no nombrar ni expresar, el no perdonar, el comerse todo lo que uno siente, no estallar. No solo son los ramos de flores o los rostros de tres actrices que reflejan universos personales… sino también un melancólico relato cinematográfico sobre el paso del tiempo y la curación de las heridas del alma. Donde se mezclan los suaves colores de las flores, con el verde, los colores tierra, la niebla y la lluvia constante del norte.

Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta

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Murieron por encima de sus posibilidades se sustenta en un reparto estelar donde cada actor tiene su momento, en un humor negro, gore y despiadado, en un uso inteligente de los discursos y el lenguaje que se ha empleado para ‘explicar’ la crisis y en una manera catártica e incómoda de enfrentarnos a lo que está suponiendo esa misma crisis en el paisaje social y moral. E Isaki Lacuesta crea, en régimen de cooperativa, una película muy incómoda e irreverente donde nadie sale bien parado: ni los políticos, ni los banqueros, ni los empresarios, ni los periodistas pero tampoco los ciudadanos, ni los de derecha ni los de izquierda, ni los de arriba ni los de abajo, ni los del 15 M ni los que siempre pensaron en una revolución social. Ahí está una frase demoledora que suelta José Sacristán: “La culpa es nuestra… por ser españoles”.

La película tiene momentos potentes, muy potentes. Y otros descabellados. Es una película que se le va la pinza… Así como unos monólogos para escuchar una y otra vez. Seguimos las aventuras de cinco hombres desequilibrados (Raúl Arévalo, Albert Pla, Julián Villagrán, Jordi Vilches, Iván Telefunke), sus vidas cambiaron violentamente por la crisis, que escapan de un psiquiátrico vestidos de osos panda con el propósito de que todo vuelva a ser como antes de la crisis. Y estos hombres se mueven en un paraje incómodo: de psiquiátricos casi abandonados, de garitos extraños, de edificios abandonados, de barcos interminables, de personajes incómodos…, de un país que se derrumba. Mientras sueltan sus reflexiones (con un fondo de disparate, otro de verdad, y con malabarismos con las palabras para crear discursos incómodos y chocantes) o cuentan historias pasadas. Hay momentos que te dejan sin respiración, como el monólogo destroyer de Albert Pla sobre sus deseos que termina con lo que dirán los demás: “Está loco pero es encantador. Le queremos”. O esa manera de analizar el 15M por parte de Raúl Arévalo o como Jordi Vilches, con su personaje de macarrilla perdedor ante el mafioso de turno (Sergi López), trata de solucionar sus deudas empleando el discurso de los bancos y los rescates… Así como esos destellos delirantes como el de un periodista con rostro de Eduard Fernández dando el tono poético (con las gaviotas de fondo) a la noticia trágica.

A cambio de nada de Daniel Guzmán

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Hay películas que muestran naturalidad, sinceridad y realidad por cada uno de los poros de sus fotogramas. A cambio de nada no es una película ni redonda ni perfecta pero uno se deja llevar por los rostros auténticos de dos adolescentes que son amigos a cambio de nada. O por esa abuela que recoge viejos muebles por las calles de Madrid, en la sombra, en el olvido. O por ese delincuente anciano y cansado que sigue sin embargo pensando en su vida como un triunfador que es libre, aunque cada vez le cuesta más mantener su discurso.

Daniel Guzmán empapa su película de ese Madrid que conoce y recoge retazos de su pasado, de su adolescencia de niño de barrio, para construir el retrato de Dario (Miguel Herrán) y su amigo Luismi (Antonio Bachiller). Dario se encuentra en ese momento en que parece que todo tu mundo se derrumba y que solo existe una caída al vacío o un viaje interminable en un túnel oscuro del metro… En una encrucijada. Dario no puede soportar tener que testificar en contra de alguno de sus padres en un juicio por su separación y esto le descoloca su vida cotidiana hasta tal punto de que pierde el rumbo y termina abandonando el hogar familiar. En esa ‘aventura’ le acompaña su vecino de toda la vida, Luismi (pareja ideal y con química); una abuela que vive la soledad y el olvido (la propia abuela del director, que rezuma realidad y ternura en cada aparición), y un delincuente cada vez más mayor. Dos personajes maravillosos… que desaparecen tal y como aparecieron de la vida de Dario, de repente. Y la película se empapa con ese comportamiento de un Dario todavía inocente pero ya enfrentándose a una vida adulta que la siente dura. Y como la vida misma Daniel Guzmán (que ha luchado una década para sacar su obra adelante) cuenta la historia de su álter ego con dosis de humor, ternura y tragedia…

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DocumentaMadrid 15 (primera parte, sección oficial largometrajes). Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André/La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André

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La realidad se pone a cantar. Si ya dentro de la ficción se habían dado pasos para llevar la clave de sol a espacios inauditos en el género musical, quedaba que la pura realidad se pasara al musical, y así lo ha hecho el documentalista David André.

Así como en la ficción, George Abbott junto a Stanley Donen llevaron el musical a una fábrica de pijamas donde se preparaba una huelga entre los trabajadores para exigir una subida salarial (The pajama games, 1957) o la rivalidad entre bandas juveniles neoyorquinas hacía que sus protagonistas bailaran en un garaje o en un callejón mientras transcurría un argumento universal con unos nuevos Romeo y Julieta en West side Story (1961) o volando hacia Francia Jacques Demy creaba un melodrama donde sus jóvenes protagonistas en sus vidas cotidianas, con conflictos sociales y bélicos, cantaban sin parar en Los paraguas de Cherburgo (1964) o aterrizando en Gran Bretaña Alan Parker reflejaba la vida dura en un barrio proletario con notas musicales en The Commitments (1991). En el cine documental, se han reflejado momentos de realidad que tenían que ver con la música: unos jóvenes de un instituto en una zona deprimida participaban en la elaboración de una gran coreografía con la música de La consagración de la primavera de Strawinsky en ¡Esto es ritmo! (2004) o unos abuelos formaban un coro donde cantaban rock and roll y se rebelaban contra la enfermedad y la muerte en Corazones rebeldes (2007).

Pero lo que hace David André en Chante ton bac d’abord es contar la historia de un grupo de adolescentes en una localidad deprimida por la crisis económica y que estos expresen sus sentimientos y su manera de sentirse cantando en los sitios más cotidianos, haciendo realidad ese argumento que esgrimen aquellos que no soportan el cine musical: “Nadie está de pronto en la calle y se pone a cantar y la música empieza a sonar a su alrededor”. Y el contraste es interesante porque acorta distancias entre los jóvenes y los espectadores y da más energía y fuerza a lo que quiere contar. Una realidad dramática que reflejaría Ken Loach en uno de sus dramas sociales o que los hermanos Dardenne diseccionarían con su cámara distante, David André da un toque de magia mostrando que los jóvenes protagonistas pueden soñar y alcanzar sus sueños en la realidad gris que les rodea y en un acto de locura y rebeldía cantar sus aspiraciones…, saltarse las reglas de la realidad.

Chante ton bac d’abord recorre un año crucial en la vida de seis amigos adolescentes que viven en Boulogne-Sur-Me. Y es crucial porque es el año en que van a examinarse de selectividad y van a decidir cuál es su futuro profesional. Aun azotados por la crisis económica, y muchos de ellos conviviendo cada día con el drama y los miedos de sus padres, ellos apuestan por soñar y luchar por alcanzar lo que realmente quieren. A base de canciones Gaëlle, Alex, Rachel, Nicolas, Caroline y Alice nos cuentan no solo como son sino cómo se sienten así como describen sus miedos y sus sueños. Mientras ellos cantan, sus padres son reales como la vida misma y les ponen espejos en los que mirarse: unos se rebelan contra esos espejos aunque se preocupan y adoran a sus padres y otros reciben siempre un empujón en el vuelo, incluso uno de los padres pone siempre música en su vida, canta sin parar.

Uno de los grandes aciertos de este documental no es solo que la realidad se ponga a cantar sino el contraste y la química que se establece entre los adolescentes protagonistas y sus padres logrando momentos de emoción. Así el rostro desencantado del padre de Gaëlle contrasta con la energía y ganas de soñar de su hija. Y la fuerza del padre de Alex arrasa cada vez que asoma su rostro en la pantalla y nos traspasa con esa complicidad sincera que establece con su hijo. O nos hace reír el pragmatismo de la madre de Nicolas que piensa que su hijo lee demasiado y eso no lleva a ninguna parte, un genio tiene que comer.

Chante ton bac d’abord experimenta con la realidad y la refleja con corcheas y semicorcheas.

La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

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Lo más cercano y cotidiano puede captarse con delicadeza y crear un espacio único repleto de historias. Así Maite Alberdi decide explorar un universo muy cercano y concreto: la hora del té de su abuela María Teresa con sus amigas. Una vez al mes se reúnen alrededor de una mesa y es un ritual sagrado, íntimo, así ha sido durante sesenta años. Pero el tiempo pasa, las ausencias van siendo evidentes y, sin embargo, no reniegan de ese espacio, que es suyo, en el cuál toman té, pastas, bocadillos, deliciosas tartas y se ríen, se pelean, cantan canciones, se cuela algún recuerdo y otro se escapa pero hablan y hablan de lo divino y de lo humano, de los hombres, del sexo, de su educación, de la muerte, de la religión… Todo está perfectamente preparado y organizado y ellas están impecables frente a sus amigas, bien peinadas, bien vestidas y maquilladas. Nada puede faltar en el ritual. Y Maite Alberdi lo capta minuciosamente, con detalle, dejando una mirada cercana y entrañable con unas gotas de humor de estas mujeres que pertenecen a una clase alta chilena.

Las reuniones de las amigas siguen un patrón mes a mes, año a año, un ritual que convierte cada hora del té en un momento mágico donde el tiempo no pasa. Maite Alberdi las capta durante cinco años y en un inteligente montaje (eran horas y horas de material filmado) logra acercarnos ese universo ajeno. Las transiciones ocupadas por fotografías en un álbum y por la preparación minuciosa de la mesa de té: la infusión y los deliciosos postres. Cada año empieza, como cada reunión, con una oración donde se dan gracias por seguir reunidas y juntas. Y después Maite se centra en los rostros de su abuela y sus amigas tanto en las que hablan como en las reacciones de las que escuchan (y condensa todas las reuniones de té del año como si fuera una única cita). Y ahí nos encontramos con otro documental subterráneo… lo que nos dicen y expresan esos rostros que no hablan, que miran. Así nos causa incredulidad y una risa nerviosa cuando vemos los rostros y las reacciones de estas señoras ante una nueva melodía en la flauta de Francisca, una de las hijas de María Teresa. Cuando esto ocurre por primera vez, vemos solo sus rostros en silencio, incómodos, y escuchamos las notas discordantes de la flauta… hasta que la cámara nos sitúa un primer plano de la protagonista, Francisca tiene síndrome de down. O esa otra historia que nos cuentan las breves apariciones de las chicas de servicio que ayudan a preparar la hora del té y sirven la mesa cada vez, en cada encuentro. O también dice mucho cómo apenas salen sus discusiones políticas porque como explicó la directora en una intervención tras la proyección, su extremismo político hacia la derecha y las acaloradas discusiones con su abuela (única de las presentes con una ideología más a la izquierda) iba a alejar al público de esas mujeres y no iba a realizar ese acercamiento para entenderlas en su propio universo, además de perderse todo espectador que no fuera chileno por no conocer la realidad política del país.

Finalmente aunque se suceden las risas y los guiños tiernos, queda en realidad un retrato melancólico de estas mujeres a las que ya les queda poco tiempo de reunión y risas… y que aprovechan su hora del té al máximo. Todo queda como si fuera un álbum de fotografías amarillas, vivir a través de los recuerdos, conocer lo que era un ritual que se está extinguiendo por la ausencia… Así Maite Alberdi atrapa a las protagonistas de esas fotos amarillas y las da vida y voz.

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Felices 140 (Felices 140, 2015) de Gracia Querejeta

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Las reuniones de familiares y de amigos donde se destripan sus entrañas, con buenos y malos momentos, con risas y lágrimas, con amor y reproche… han dado múltiples películas, casi se han convertido en un género. Así estas historias corales con un montón de personajes que tienen algo que decir o tienen una función relevante en la reunión no tienen nacionalidad. Si nos movemos en el terreno de la amistad, del cine británico todo el mundo recuerda Los amigos de Peter, del cine canadiense Las invasiones barbaras, del cine francés Pequeñas mentiras sin importancia, del cine americano Reencuentro o del cine español En la ciudad. Si nos inmiscuimos en las reuniones familiares, recordamos la reciente Agosto, nos estremecemos con Celebración, medio sonreímos con A casa por vacaciones y recordamos Mamá cumple 100 años. Y esta última la nombro porque la propia Querejeta dice que se le vino a la cabeza la película de Saura cuando estaba rondándole por su cabeza el argumento de Felices 140.

Y la película de Gracia Querejeta es hija de una generación que ha vivido y está viviendo una eterna crisis económica pero también social y moral. Así la película se nos presenta idílica en un paisaje paradisiaco en una retirada casa rural al lado del mar. Allí es donde lleva Elia, la protagonista, a todos sus seres queridos para pasar un fin de semana. El motivo es su cuarenta cumpleaños… pero esconde una sorpresa. Así la película empieza como tantas reuniones de amigos y familiares. Primero presentación de personajes y después reunión que va desvelando las distintas capas de sus personalidades e historias en común.

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En esa casa rural donde Elia pretende organizar el fin de semana perfecto, todo se está desarrollando como las películas antes mencionadas. Parece que va a consistir en una de esas reuniones catárticas donde todos ponen las cartas sobre la mesa, donde expulsan sus rencores, amores y sueños incumplidos. Parece que Querejeta va a realizar una bonita película rutinaria… cuando de pronto hay un giro en la historia que supone una ruptura radical de la narración y donde los personajes y sus acciones les sitúan en otro nivel. Lo que estaba siendo una película rutinaria se convierte en una película que plantea un conflicto cuya resolución incomoda y deja a cualquier espectador pensativo.

Así Gracia Querejeta se desmelena en esta película con un muy buen reparto y abandona los silencios, los secretos y el ritmo pausado de sus dramas familiares (y para la que esto escribe su frialdad) para entregar una reunión de amigos y familiares que sorprende y que muestra una radiografía pesimista del ser humano pero con un punto de humor negro. El único personaje que deja un atisbo de luz es el más joven.

Pero además Querejeta cuenta con un grupo de actores que se empapan de sus personajes para dejar una compleja radiografía de personalidades. Desde la joven novia argentina hasta ese exnovio pianista pasando por ese millonario que quiere más, el abogado sin escrúpulos, la rivalidad silenciosa de dos hermanas, el matrimonio en crisis o el joven testigo. Todos van desnudándose emocionalmente y dejándose al descubierto… Los rostros de Maribel Verdú, Antonio de la Torre, Eduard Fernández, Nora Navas, Marian Álvarez, Alex O’Dogherty, Ginés García Millán, Paula Cancio y Marcos Ruiz se pasean por las habitaciones y alrededores de un sitio idílico que ocultan lo más oscuro del ser humano. Lo que siempre se procura que no salga a flote.

Y entre todos protagonizan momentos clave que hacen avanzar la trama por caminos sorprendentes. Si en Los amigos de Peter, ese grupo de amigos se reunía alrededor de un piano para entonar una canción nostálgica que ensalzaba la amistad entre ellos, en Felices 140 sus protagonistas se reúnen alrededor de un piano para realizar su personal versión de Money, money, la canción del musical Cabaret… para dejar más claro todavía el tema principal de esta película.

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Samba (Samba, 2014) de Olivier Nakache, Eric Toledano

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Una alemana con depresión y obsesionada con el suicidio y la muerte y un sin papeles africano y gay son vecinos de un edificio y construyen una bonita amistad en Nadie me quiere de Doris Dörrie. Y un inmigrante con papeles, español, y otro sin papeles, montenegrino, conviven en un Nueva York hostil en La otra América de Goran Paskaljevic. En ambas películas trataba el tema de la inmigración y la amistad en clave de tragicomedia y en ambas las salidas de los personajes son tan imposibles que los directores deciden optar por unos finales imposibles, de evasión. En la primera opta por una especie de ciencia ficción, hacer realidad una fantasía de Orfeo, el africano. Y en la segunda por una especie de realismo mágico en que ambos personajes salen volando en un sillón… Sin embargo, Olivier Nakache y Eric Toledano no saben encontrar un final para Samba ni un equilibrio en la tragicomedia que tienen entre manos. Pese a ello ambos directores realizan una película más madura y arriesgada que Intocable aunque plantean una historia menos cerrada, redonda y calculada.

Y tras el éxito descomunal (que personalmente no termino de entender como me pasó con 8 apellidos vascos) de Intocable, Samba no repite pero pese sus imperfecciones y tramas no cerradas cuenta con el acercamiento, de nuevo, de dos personas que unen sus vidas en un momento determinado y, pese sus distintas realidades y situaciones, conectan. Ella es una ejecutiva que acaba de sufrir el síndrome burnout y está en tratamiento, superándolo. Él es un sin papeles en París al que le acecha una orden de expulsión. Ambos coinciden a través de una ONG que trata de asesorar a los inmigrantes en casos extremos. Ella es voluntaria, él acude porque tiene un problema. Y a partir de ese momento surge una relación que se va construyendo y es absolutamente creíble… en parte gracias a la química y naturalidad que surge entre Omar Sy y Charlotte Gainsbourg.

Otra sorpresa agradable de Samba es conocer a uno de los amigos del protagonista, un falso brasileño vital y alegre, y descubrir que tras su rostro está un actor que hasta ahora había sorprendido tan solo con roles tremendamente trágicos y donde el actor mostraba sobre todo su rostro silencioso y callado, Tahar Rahim. El actor de origen argelino construye un personaje en las antípodas de lo que hasta ahora había realizado y sale airoso. Aunque su personaje que aparece como un rayo de luz en la película, desaparece sin previo aviso y deja sin terminar una historia que estaba siendo bastante interesante… (una de las imperfecciones de Samba).

Hay una escena donde los directores encuentran el tono tragicómico adecuado y es una fiesta que realizan en la ONG entre voluntarios, profesionales e inmigrantes. Es un momento clave y de acercamiento de varios de los personajes principales y donde los directores desnudan su forma de hacer cine: buscan hablar de cosas sociales, trascendentes e importantes pero en un ambiente de buen rollo, buenos sentimientos y festivo. No mienten.

Pese sus imperfecciones, Samba logra que te creas una historia entre dos personas que en un momento determinado de sus vidas… conectan y ambos se alimentan de esa relación. Y a ambos les sirve para avanzar, para tener una mínima esperanza, para volver a creer… Olivier Nakache y Eric Toledano muestran más cuidado y riesgo en la dirección aunque no son capaces de encontrar tono y el final adecuado…

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Omar (Omar, 2013) de Hany Abu-Assad

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Hay ciertos lugares en el planeta tierra que esconden historias tristes. Muy tristes. En Omar hay un muro de aislamiento, el muro en el territorio palestino ocupado. Y ese muro lo sobrepasa cada día, como un hecho cotidiano, un joven palestino, Omar (un carismático Adam Bakri), para poder estar con sus amigos de la infancia, Amjad (Samer Bisharat) y Tarek (Eyad Hourani)… Y de paso enamorarse de Nadia (Leem Loubany), hermana de Tarek. Cada día elude la bala del francotirador, corre por los callejones para evitar ser perseguido o sufre distintas humillaciones por el simple hecho de ser palestino. Pero también cada día amasa el pan (ese es su trabajo), se reúne con sus amigos y ríe con ellos, intercambia cartas con Nadia (que nunca leemos) o simplemente sueña. Y con sus amigos forma parte también de la resistencia palestina, son guerrilleros, y preparan una acción contra la policía israelí… porque también desea salir del agujero, vivir en una Palestina libre. Pero no todo es blanco o negro. Nada es fácil, todo es triste.

Y Omar en el transcurso de la película pierde la capacidad de soñar, de sonreír porque está enamorado de Nadia, de pensar que van a ir de viaje de novios a París, de creer que si ella estudia quizá puedan salir del agujero… porque poco a poco va perdiendo la confianza en los seres queridos inmerso en un laberinto de secretos y mentiras. Porque nada es blanco o negro. Nada es fácil. Porque recibe un golpe y otro y otro más. Porque le arrebatan lo más íntimo, lo más secreto. Porque consiguen borrar su sonrisa… Y entonces ese muro que sobrepasaba cada día, sin dificultad, subiendo por una cuerda, casi volando…, se convierte en un muro infranqueable, imposible. Y Omar se rinde, llora. Hasta que llega un hombre anónimo que le consuela y le ayuda a subir de nuevo…

Hany Abu-Assad (que ya estremeció con Paradise Now) construye una historia triste, creíble y compleja, y le imprime un ritmo de thriller y rodea a sus jóvenes protagonistas de un halo trágico como si fueran protagonistas de cine negro. Hany Abu-Assad cuenta una historia de amor triste que termina, no obstante, con alguien solitario leyendo una carta y que esboza una sonrisa. Hany Abu-Assad narra una amistad, habla de confianza y de traición. Hany Abu-Assad relata la vida dura, la cárcel, la tortura, los tejemanejes para minar y humillar al otro, el como se genera más odio con odio…, y como hacer que un joven con sonrisa, la pierda en el camino. Y no solo eso, sino que también deje de llorar. Porque para Omar la vida nunca ha sido un juego…, aunque a él le hubiese gustado que lo fuese, le hubiese gustado contar chistes con sus amigos, hablar de chicas y reírse con una imitación de Marlon Brando. Porque en el camino le siembran la duda, le enfrentan a decisiones duras, le ponen en situaciones difíciles, casi imposibles; le arrebatan lo que más quiere, minan su confianza en aquellos a los que ama… Y en ese caminar por los infiernos se encuentra con la ambigüa figura de un agente israelí, Rami (único actor veterano y también productor, Waleed Zuaiter).

Omar cuenta no solo con cuatro jóvenes actores sin experiencia (todos se enfrentan a su primera película) que imprimen credibilidad, química y frescura sino que además seduce con la forma desnuda, sencilla y a la vez bella de contar la historia en una Palestina ocupada: las persecuciones por los callejones, las delicadas conversaciones de los jóvenes amantes, los primeros planos, la oscuridad y las sombras en la sala de tortura, la soledad de la celda, la clandestinidad, la conversión de los lugares cotidianos en ambientes hostiles bajo la sospecha de la traición…

Omar cuenta una historia triste con un muro de aislamiento, un muro físico que se convierte también en un muro interior. Omar es un joven que pierde la sonrisa porque nunca le dejaron soñar ni siquiera intentarlo…

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La desaparición de Eleanor Rigby (The Disappearance of Eleanor Rigby. Them, 2014) de Ned Benson

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“Perdón, por desaparecer”, le dice Eleanor (Jessica Chastain) a Conor (James McAvoy) en un momento clave de la película. Y es que ese es el deseo de Eleanor durante gran parte de la película, desaparecer… pero no es tan fácil. Y es que La desaparición de Eleanor Rigby plantea el desmoronamiento de una pareja que se ama por un acontecimiento traumático en sus vidas, por una ausencia dolorosa. Y es precisamente el proceso de duelo, que viven de manera tan diferente cada uno, lo que les separa. Así vivimos el desmoronamiento y también cómo afecta a las personas que los quieren a ambos. Ned Benson no cuenta esta historia de manera lineal e incluso tardamos en saber el motivo del distanciamiento, la ausencia dolorosa. Antes de los títulos de crédito, nos presentan un momento de felicidad de la pareja en el que Conor advierte a su amada que solo tiene un corazón y que por favor lo tenga en cuenta. En otro momento clave de esa felicidad perdida, ella le dice a él que están en un buen sitio… Y es lo que terminan perdiendo, ese buen sitio donde poder amarse, donde no existe ni el dolor ni la ausencia.

Últimamente hay una temática narrativa que está dando largometrajes interesantes en EEUU donde lo que se narra es el nacimiento del amor de una pareja y su desmoronamiento o los baches de una relación, el amor y el desamor, el encuentro y el desencuentro. Y se están hallando caminos muy interesantes para contarlo y películas realmente especiales. Así me viene a la cabeza Blue Valentine de Derek Cianfrance, One Day de Lone Scherfig o 500 días juntos de Marc Webb. Y por otro lado el cine también ha narrado de diferentes formas el proceso de duelo que puede romper o destrozar el equilibrio de una familia y de una pareja. Así podemos irnos a Gente corriente de Robert Redford o también a La habitación del hijo de Nanni Moretti. La desaparición de Eleanor Rigby mezcla las dos temáticas y logra momentos emocionantes, se convierte en un drama romántico con destellos que merecen la pena.

Esta película es el primer proyecto de Ned Benson… y ha sido un proyecto ambicioso que aún no hemos podido disfrutar del todo. Me explico. Ned Benson, con el apoyo incondicional de Jessica Chastain, ideó esta obra como dos películas distintas. En una se veía el punto de vista de Conor y en la otra el punto de vista de Eleanor. Él y Ella. La historia de un desmoronamiento desde los ojos de él y desde los ojos de ella. Pero a nosotros nos ha llegado una tercera versión: Ellos. Y parece ser que este montaje del director se realizó cuando el productor Harvey Weinstein se hizo cargo de la película y no apostó por estrenar el díptico sino este tercer montaje. Esta tercera película, Ellos, también la ha montado Ned Benson y así nace una película imperfecta e irregular (a veces se nota como que en vez una obra completa, son apuntes de una obra, retazos) pero llena de logros, detalles, escenas y momentos que la convierten en una experiencia interesante pero que también despierta ganas enormes de conocer el díptico, la idea original.

Jessica Chastain y James McAvoy no solo tienen química sino que componen perfectamente sus personajes. Te los crees como pareja que se rompe en pedazos. Y además están rodeados de personajes secundarios que son familiares y amigos con los que tienen conversaciones muy jugosas. Los padres de ella, el padre de él. La hermana de ella. El mejor amigo de él… La profesora de ella. Y unos rostros que encajan perfectamente con sus personajes: Isabella Huppert, William Hurt, Viola Davis, Nina Arianda… y mención especial para Ciarán Hinds que como padre de Conor tiene escenas y diálogos especiales, claves. Así ambos protagonizan un momento clave en que el hijo con más de 30 y el padre en los 60 se sienten igual de cansados, tristes y desanimados… pero ambos deciden seguir adelante, la vida es improvisación (como ya nos decían en Boyhood) y a veces no salen las cosas como nosotros pensábamos pero es clave saber seguir caminando y disfrutando, cuando se puede, de los buenos momentos…

Como curiosidad aclarar que en ningún momento sale en la película la canción de los Beatles pero sí su espíritu. En cierta manera se muestra que en muchos momentos inevitablemente estamos solos… a kilómetros de las personas que tenemos al lado. Mucha gente solitaria que pasa de largo arrastrando sus historias. El personaje de Jessica Chastain explica por qué se llama Eleanor Rigby. Sus padres, un profesor universitario americano (William Hurt) y su madre, una artista francesa (Isabelle Huppert), se conocieron esperando que se celebrara un concierto en una azotea de Nueva York de los Beatles. Un concierto que nunca ocurrió… Se había corrido el rumor de que iban a unirse de nuevo e iban a repetir un concierto similar al que dieron en la azotea de Londres…

“Perdón, por desaparecer”. Y realmente entiendes a Eleanor y sus ganas de desaparecer del mapa. Pero también a Conor y su afán por seguir adelante… como si nada hubiese ocurrido. Y su última escena juntos en el que fue su hogar, cuando logran volver a comunicarse y hablar ambos del dolor… es de esos momentos en los que merece la pena hundirse y estremecerse ante una película como La desaparición de Eleanor Rigby.

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Begin again (Begin again. Can a song save your life?, 2013) de John Carney

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Igual que hay caminos donde la comedia romántica se reinventa, también el musical es un género que puede seguir esa senda. Es cierto que todavía no hay una nueva etapa dorada del musical y que cuando estos surgen (más a menudo de lo que pensamos) siempre los sentimos como rarezas (algunos muy fallidos, otros no tanto y casi todos siguiendo las claves del musical clásico. Los que se salen del esquema o arriesgan, terminan en los márgenes o son denostados: se me ocurre Across the Universe). Sin embargo, algunos musicales, unos más que otros, hacen avanzar o evolucionar el género. A veces tengo la sensación de que se arriesga mucho más en los ‘momentos musicales’ de películas que no son del género… Y uno de los directores que lo está intentando podría ser John Carney. En 2006, en su Irlanda natal dirigió un musical en los circuitos de cine independiente, Once, que fue un boom. Una de esas películas que tienen largo recorrido y donde funciona el boca a boca. Una minimalista y realista historia de amor entre un músico callejero irlandés y una inmigrante checa que compone canciones en Dublín. La premisa era muy sencilla, fresca y espontánea pero caló. Al igual que sus canciones, sobre todo ese momento en la tienda de música cuando ambos interpretan Falling slowly. Los personajes eran interpretados por dos cantantes, compositores e instrumentistas, el irlandés Glen Hansard y la checa Marketa Iglova. Y las canciones van acompañando la evolución de la historia y los sentimientos de los personajes… El centro de la película es el poder de la canción y su composición para construir la historia y conocer los sentimientos de los personajes. Ellos viven a través de las canciones.

Ahora John Carney se enfrenta a su primer trabajo en Hollywood y para mí sale maravillosamente airoso con Begin again. Película bastante más elaborada que Once pero con un resultado y un acabado perfecto. Un musical que te hace salir de la sala con una sonrisa y un buen rollo increíble. Como siempre John Carney parte de la sencillez en su argumento y en su manera de contar… y además también ofrece una mirada cinematográfica y un homenaje a una ciudad: Nueva York. De nuevo, las canciones vuelven a ser centrales para construir la historia y conocer los sentimientos de los protagonistas. De nuevo las canciones son el centro del Universo. ¿Puede una canción salvar una vida? Y la respuesta es un sí gigantesco.

Begin again cuenta el encuentro laboral y emocional entre un productor musical americano que vive malos tiempos y una joven británica compositora de canciones que acaba de ser abandonada por su novio cantante que está triunfando en EEUU y la fama le hace ‘abandonar’ su vida pasada. Estos dos seres perdidos en la gran ciudad y que encuentran una ‘nueva oportunidad’ a través de la música son los actores Mark Ruffalo y Keira Knightley. Y su química llena la pantalla. Se encuentran en el momento oportuno, para ‘dar vida’ a un proyecto que les hará encontrarse a ambos con sus vidas. El proyecto: la grabación de un disco al aire libre en los rincones de Nueva York…

La historia no es original ni los personajes tampoco (novio que pierde el norte por la fama, buen amigo no triunfador que acoge a la novia desencantada, ex esposa encantadora, adolescente complicada…) pero John Carney logra que nos metamos en la historia y que queramos a los personajes. Y crea una estructura y un musical que logra poner una sonrisa o crear una ilusión de que la vida aporta segundas oportunidades. Y que cuando se lucha por un proyecto común y se cree en él, todo se vuelve mejor y más fácil. Cuida la forma de contar la historia, de insertar los momentos musicales y deja buenas posibilidades de cine musical puro y fresco.

Me centraré en tres momentos para explicar esta película más elaborada de lo que aparenta y un uso de la canción, de lo musical, para construir una historia. La primera canción de la protagonista en un pequeño bar de Nueva York. Primero el director nos muestra la escena como si fuéramos un espectador más del local. No quiere decir nada para nosotros. Después se centra en la historia del productor musical y nos presenta un día desastroso de su vida, al final acaba medio alcoholizado en ese bar que ya conocemos y vemos la escena desde su punto de vista. La canción toma otro sentido, él la proyecta de otra manera, le da otra vida. Después se centra en la historia de la cantante y su fracaso sentimental… y en el peor día, lejos de su casa, acaba en un bar y su amigo le hace salir al escenario… Otro punto de vista para la misma escena… El segundo momento es la secuencia cumbre de la película, y a mi parecer muy lograda, pues cuenta además con la química de los protagonistas. Y es cuando más unidos emocionalmente se encuentran, el día de las confesiones. De pronto comparten sus cascos para escuchar cada uno su lista de canciones (pues no hay mejor manera para conocer al otro), como no por las calles de Nueva York, y ahí ocurren una cascada de momentos mágicos con las canciones de cada uno… Y el tercer y último momento… es una Keira bastante perjudicada y divertida que decide dejarle en el buzón de voz a su ex novio un mensaje en forma de canción…

Begin again me ofreció más de lo que me esperaba y con la sensación de que el cine musical sigue sus caminos, sus sendas…

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Cóctel variado y veraniego de películas

Barbacoa de amigos (Barbecue, 2014) de Eric Lavaine

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En un periodo corto en el tiempo he visto tres películas del actor francés Lambert Wilson que me han gustado mucho. Una me parece una gran obra cinematográfica, De dioses y hombres. Y las otras dos, comedias muy interesantes. La primera la comenté hace muy poco, Moliérè en bicicleta y la segunda acabo de verla, Barbacoa de amigos. Una película que sin inventar nada nuevo (no se sale de la fórmula de este tipo de películas), funciona: reunión de amigos y en consecuencia diversiones, confesiones, alegrías, tristezas, tensiones, discusiones… y vuelta a afianzar vínculos. El punto de partida es el del protagonista (la película está contada desde su punto de vista), precisamente Lambert Wilson, que cuenta como a punto de cumplir los 50 años un acontecimiento da un giro a su vida: un infarto. Desde ese contacto con la muerte, después de años y años en los que se ha cuidado, decide hacer lo que le da la real gana así como no callarse… Nos va presentando a su grupo de amigos, desde la Universidad, y sus muchas vicisitudes. Reuniones, vacaciones, conversaciones, hermosa casa rural y buenas comidas. Un buen grupo de actores con mucha química entre ellos. Y una mezcla entre la comedia (decantándose más por esta vía) y la tragedia que siempre funciona. Una sensación de la vida fluye y continúa… Barbacoa de amigos nos recuerda que la vida está poblada de momentos que merecen la pena… aunque haya otros que nos hagan olvidarlo.

Corazón de León (Corazón de León, 2013) de Marcos Carnevale

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La idea de partida es buena. Tiene momentos que funcionan, divertidos. Pero la propuesta podría haber sido mucho más arriesgada y alocada. Más realista. Empieza en forma de comedia, continua como un melodrama y termina como una comedia romántica. Parece que de vez en cuando a Carnevale se le escape el tono. La premisa es: una mujer con su vida emocional y laboral patas arriba (separada de su marido, trabaja en un bufete de abogados con él y además no pasan el mejor momento laboral), ‘pierde’ su móvil. Un desconocido lo rescata y la llama para que lo recupere. La conversación con el tipo le gusta, lo pasa bien y decide quedar con él. León es un hombre divertido, atractivo, rico…, buen profesional, es arquitecto, separado y con un hijo universitario encantador. Es el hombre perfecto, el hombre que en ese momento la protagonista necesita. Sólo hay un pequeño inconveniente (según los ojos con los que se mire el asunto): mide 1,35 centímetros. Funciona la química entre Guillermo Francella y Julieta Díaz, lo que no funciona tanto es el efecto especial para que Francella tenga la estatura adecuada a su papel. A veces él parece realmente enano pero Juelieta excesivamente gigante… Y el efecto es extraño. Cuando hablaba al principio de llevar a cabo esta apuesta arriesgada (pues plantea temas muy interesantes y habla sobre prejuicios muy arraigados), me refería precisamente a que hubiese sido mucho más creíble con actores como Peter Dinklage o Emilio Gavira, con una estatura real de 1,35 o 1,40 metros.

The east (The east, 2013) de Zal Batmanglij

theeast

Otra película de premisa muy interesante pero desarrollo fallido. No obstante cuenta con momentos que preludian cómo podía haber sido una propuesta a tener en cuenta y un reparto del que se podría haber sacado mayor provecho. The east cuenta la historia de una empleada de una multinacional de seguridad que tiene que infiltrarse en un grupo de ecologistas radicales, que atacan a las grandes empresas empleando sus métodos contaminantes. Lo que cuenta y el empleo de las claves del thriller para conseguir tensión y suspense podrían haber constituido una buena obra cinematográfica. Pero el mayor fallo es precisamente la presentación y evolución de los ecologistas radicales y las relaciones entre ellos y de ellos con la infiltrada… no se presenta de manera atractiva o interesante, de forma que nos importe lo que hacen, que nos creamos la transformación de la infiltrada y que entendamos su historia con el líder del grupo. Tampoco el director se muestra muy versado en las claves del thriller para crear la tensión suficiente, el ritmo adecuado y el suspense en cada uno de los ‘atentados’ del grupo…

A la caza (Cruising, 1980) de William Friedkin

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… Hace poco dije lo que me sorprendió este director con su última película en el año 2011, Killer Joe. A la caza no la había visto y aunque no es película redonda (como tampoco lo es Killer Joe), sí tiene sin embargo ciertas cualidades que hacen que su visionado merezca la pena. William Friedkin muestra su valía para crear ambientes paranoicos, angustiosos, siniestros, de moralidad oscura, con aires de pesadilla. Al final no importa tanto la trama de suspense, que se queda en el aire, como las relaciones entre los personajes y la ambigüedad de alguno de ellos. En su momento la película fue un escándalo porque varios colectivos gays pusieron el grito en el cielo por la imagen de la homosexualidad que se daba en el film, que se centraba en un asesino de homosexuales que frecuentaba locales donde se practicaba además el sadomasoquismo… Para investigar el caso, ahí está un policía con el físico de Al Pacino (y comportándose como todo un actor del método) que se infiltra en el ‘ambiente’ y termina bastante tocado… La ambigüedad pulula por todo el film hasta su final… Y ahí están aparte de Al Pacino, un siempre eficiente Paul Sorvino y una olvidada Karen Allen (que vivió su momento de gloria en los 80).

Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) de Ingmar Bergman

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Dentro de la amplia filmografía de Bergman hay varios títulos que ‘dibujan’ su carrera como director. Uno de ellos es Gritos y susurros. Una película que presenta muchas de las claves de Bergman. La influencia del teatro de Strindberg, la continuación del camino abierto y experimental de Persona, las complejas relaciones familiares, el predominio de las mujeres, la presencia de la muerte, del sentimiento de culpa… En una casa familiar, asistimos a las últimas horas de una mujer acompañada por sus dos hermanas y la asistenta que la cuidado durante años. El cuarteto de mujeres (que desnudan su alma y sus rostros) deja su huella y cada una tiene su momento sobrecogedor. De nuevo Bergman demuestra su manera especial de reflejar el rostro de una mujer. Ahí están Harriet Andersson, Kari Sylwan, Ingrid Thulin y Liv Ullmann. Llama la atención el predominio del rojo en la escenografía, siempre elegante, y el sonido del reloj. También como en muchas películas de Bergman utiliza para su banda sonora música clásica, esta vez Bach y Chopin. La presencia de los hombres es secundaria, y en su ausencia precisamente, marcan totalmente la vida de las hermanas.

Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961) de John Ford

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Primera vez que trabajaba James Stewart con Ford e inicio de una ‘buena’ colaboración. No fue una película muy apreciada por el propio Ford pero como siempre cuenta con matices, interpretaciones y miradas muy interesantes y complejas. Quizá su poco aprecio va unido a varios asuntos, además de ser una película de encargo, justamente durante su rodaje fallece uno de los miembros de la troupe de Ford, Ward Bond, y esto desestabiliza emocionalmente al director. Es otro de los western de Ford donde se siente que ronda el desencanto. Sin embargo confieso que disfruté de lo lindo de su visionado y me entusiasmó el cuarteto protagonista, sus personalidades y relaciones (James Stewart, Richard Widmark, Shirley Jones, Linda Cristal). No es una película ni ligera ni tan fácil o sencilla como parece a primera vista. En un momento predomina el tono de comedia, tiene un buen ritmo… pero llega la bofetada final. La historia es la de un sheriff (bastante cínico y algo corrupto pero con encanto… un James Stewart explotando la vena de los personajes en los western de Mann) que es requerido por el ejército federal, pues este es presionado por varios familiares, para que se inmiscuya en tierras comanches (sin romper el pacto de paz) para negociar la devolución de prisioneros blancos secuestrados durante años. El ejército quiere aprovechar que el sheriff se ha relacionado ya con los indios en varios negocios y los conoce. Se lo pide su amigo, un comandante idealista y luchador. La complicidad entre ambos enriquece muchos momentos de la película (así como las historias con sus amadas…). Como en cualquier película de Ford nada es blanco o negro, están los matices. Ni unos son los malos malísimos, ni los otros los buenos buenísimos. Y el racismo brutal, la intransigencia absoluta, el radicalismo en las creencias y la incomprensión ofrece una de las escenas más crueles y terribles de toda la película… y es protagonizada por ‘las familias’ que clamaban por la vuelta de los suyos…

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