10 razones para amar Matar a un ruiseñor (To Kill a mockingbird, 1962) de Robert Mulligan

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Razón número 1: una caja de secretos

Porque desde los títulos de crédito de Matar a un ruiseñor te sumerge en una atmósfera especial; no solo es la melodía delicada de Elmer Bernstein, sino las imágenes y el sonido de fondo. Las manos de Scout Finch (estoy segura que son las de ella) abren una vieja caja, mientras tararea una canción. Esa caja que todos tuvimos en nuestra infancia con tesoros maravillosos. La cámara se acerca a los objetos ocultos, que las manos infantiles van tocando: primero coge una cera y va pintando en un folio el fondo, del cual va surgiendo el título de la película. Después la cámara sigue recorriendo los tesoros, un viejo reloj sin agujas, un imperdible, unas monedas, un portaminas, una canica… Después de nuevo vemos las manos de la niña que realiza un dibujo infantil, una especie de pájaro…, vuelta a la caja para coger más pinturas, y una de las canicas se desplaza, hasta chocar con otra. De nuevo volvemos a una panorámica de toda la caja, donde además claramente se ven unos muñequitos tallados de una niña y un niño. Y la niña sigue dibujando unas ondas, quizá una representación del cielo o una nube, y de vuelta a la caja, donde hay recambios de plumas estilográficas, la canica, el reloj, más canicas, puede que una especie de pequeña armónica, un silbato… Y la niña terminando su dibujo. Tira la cera a la caja y oímos su risa ante su creación terminada… y de pronto rasga el papel. ¿Hay manera más hermosa de introducirte en el universo infantil y en el punto de vista que se va a tomar?

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La habitación (Room, 2015) de Lenny Abrahamson

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Según el punto de vista, nace una historia. Y el director irlandés Lenny Abrahamson toma una decisión en La habitación. Decide mirar desde los ojos de Jack (Jacob Tremblay), un niño de cinco años. Y una historia oscura, claustrofóbica, que tenía todas las papeletas para caer en la amargura y cruzar la delicada línea entre lo morboso y lo inquietante; se transforma en un relato más luminoso que, sin embargo, no deja de tocar teclas realmente complejas. Pero Abrahamson sigue tomando decisiones, junto a la guionista Emma Donoghue (autora también de la novela), y divide la historia claramente en dos (por lo que cuenta y cómo lo cuenta): cuando los dos protagonistas, madre (Brie Larson) e hijo, están dentro de la habitación; cuando madre e hijo salen de la habitación. Y el encierro que viven los personajes en ambas partes enriquece la complejidad de un relato oscuro.

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Ave, César (Hail, Caesar, 2016) de Joel y Ethan Coen

Ave, César

Los hermanos Coen en Ave, César, con mucho desencanto e ironía respecto a la vida, terminan reflexionando sobre la naturaleza del cine como John L. Sullivan (Joel McCrea) después de un largo viaje de descenso a los infiernos y es que el cine, la fe en el cine, tiene su razón de ser porque en momentos determinados de una vida llena de complicaciones, un valle de lágrimas y sufrimiento, puede hacer volar, soñar, reír… Así los Coen, como Woody Allen en La Rosa púrpura del Cairo o en Hannah y su hermanas, encuentran cierto sentido en la vida gracias al cine, a la proyección…, tal y como ya había dejado constancia en pantalla Preston Sturges en Los viajes de Sullivan.

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Sangre en el rancho (Man in the shadow, 1957) de Jack Arnold

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Sangre en el rancho ha sido una grata sorpresa para descubrir a un director que Hildy Johnson tenía más asociado a géneros como la ciencia ficción, el fantástico o el terror y a una película que marcó su infancia. Así ocurrió con El increíble hombre menguante, sentí la angustia de su protagonista Scott Carey… condenado a desaparecer, a no poder evitar ir haciéndose cada vez más pequeño, y donde los objetos más cotidianos son amenazadores o los animales más inofensivos, monstruos. Años después, pero muchos años después, contemplé Vinieron del espacio o La mujer y el monstruo. Así que no conocía al Jack Arnold que toca otros géneros… y me sorprendo con esta película con aires de intriga, western y con gotas de denuncia social.

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Ecos neorrealistas. Pan, amor y fantasía (Pane, amore e fantasia, 1953)/ Pan, amor y celos (Pane, amore e gelosia, 1954) de Luigi Comencini

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En Pan, amor y fantasía en un momento cotidiano, el mariscal Antonio Carotenuto (Vittorio de Sica), del arma de carabineros, pasea por las calles de un pueblo de montaña, Sagliena (… un lugar que no viene en el mapa), y se encuentra con un paisano sentado en un banco de piedra que va a degustar un bocadillo… y le pregunta que de qué es. Y el vecino abre los panes, no hay nada en ellos, y contesta: de pan y fantasía… Luigi Comencini pone en pie una comedia italiana y que presupone además otros ecos muy diferentes para la corriente neorrealista: donde cabe la comedia, el costumbrismo, caras conocidas…, donde la cámara sigue en exteriores y se sigue reflejando una Italia de posguerra pero hay sitio para un pueblo idealizado donde existen las problemáticas sociales de posguerra suavizadas y matizadas, para conseguir una sonrisa en el espectador.

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Cuatro reflexiones alrededor de La guerra de los Rose (The War of the Roses, 1989) de Danny DeVito

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1.- El momento de la ruptura. Sin duda el momento clave de La guerra de los Rose ocurre en el dormitorio conyugal, cuando Barbara Rose le dice a su esposo Oliver (él acaba de pasar el susto de creer que perdía la vida con unos síntomas similares a un infarto y está molesto porque su mujer no ha acudido ni a verle ni a cuidarle) que cuando iba en el coche para ir al hospital de pronto tuvo miedo de lo que podía pasar en el futuro. Oliver (Michael Douglas) cree que su esposa va a decir que tuvo miedo a su pérdida, a su ausencia, y comienza a acercarse de nuevo a ella. Y de pronto Bárbara (Kathleen Turner) confiesa, fría, que se sintió liberada, que se dio cuenta de que todo le iría mejor que nunca si él no estaba en su vida. Finalmente le pide le divorcio. Y él se siente humillado, apaleado.

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Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse, 2000) de Agnès Varda

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Los espigadores y la espigadora es un interesante ensayo cinematográfico en primera persona. La directora Agnès Varda toma su cámara digital y con ella “escribe” una reflexión personal. La cineasta francesa, que rodó sus primeras películas en plena Nueva Ola, parte de la definición de espigar y espigador… y a partir de ahí comienza su viaje. Nos dice que en los diccionarios y libros que consulta sobre dicha labor suele aparecer uno de los cuadros de Millet, Las espigadoras. Durante todo el documental este cuadro estará presente, pero también otro de una espigadora altiva, bella y orgullosa de Jules Breton (junto al cual la propia directora posa como tal, creando una interesante metáfora) y cerrará su ensayo fílmico con un precioso cuadro: Las espigadoras huyendo de la tormenta de Edmond Hedouin. Así entremedias de estas creaciones artísticas, elabora un meditado ensayo que habla sobre aquellos que recogen lo que se derrocha en las sociedades que nadan en la abundancia, dando un nuevo sentido a la figura del espigador (una labor que se veía o se sentía en desuso). Ver ahora este documental también supone encontrarnos con una Varda visionaria, pues su cámara recoge ya a muchas personas que espigan antes de que estallara la crisis, y muchas imágenes que filma serían y son más habituales desde el 2007. Lo que convierte a Los espigadores y la espigadora en una premonición.

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Carol (Carol, 2015) de Todd Haynes

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En Carol, una mano sobre un hombro encierra una historia que va a ser desvelada. La película de Todd Haynes es un relato cinematográfico que encierra un círculo perfecto. Nada sobra, nada falta. El director ha construido una trilogía del melodrama moderno, donde dos de sus películas muestran los años 50 en EEUU y su representación en la pantalla de cine y una serie de televisión que hace hincapié en un tipo de películas del Hollywood clásico que se denominaban women films (y cuyo género estrella era el melodrama). A Carol le anteceden Lejos del cielo y la serie de televisión Mildred Pierce. Si en Lejos del cielo elaboraba una nueva lectura de Solo el cielo lo sabe además de homenajear la representación de la vida de los 50 del realizador de melodramas Douglas Sirk; en la serie Mildred Pierce se adentraba en los años de la Depresión (pero se inspiraba en su representación fílmica en un fotógrafo que empezó a brillar en los años 50 y que su huella puede perseguirse también en Carol, Saul Leiter) para presentar un remake (y, otra vez, una nueva lectura) de una popular woman film, Alma en suplicio de Michael Curtiz (y ambas adaptaban con su mirada diferente la novela de James M. Cain). Y en Carol elabora su propio melodrama, arrancando de un material literario, donde busca la aproximación necesaria y personal de unos años 50 (y con distintos referentes) que le permiten contar un encuentro entre dos mujeres.

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Distrito Apache, el Bronx (Fort Apache, the Bronx, 1981) de Daniel Petrie

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Hace poco apareció por el blog una desconocida película de Petrie, La tercera víctima, con Kirk Douglas y Jean Seberg, y ahora el mismo director se encuentra detrás de Distrito Apache, el Bronx. Siendo las dos de una temática diferente hay algo que las une: un aire de desencanto y melancolía. Daniel Petrie se mete en una comisaria del Bronx, un barrio difícil y marginal, que los agentes apodan Distrito Apache, como si fuera un fuerte contra un mundo hostil. En el interior los agentes hacen lo que pueden, algunos caen en corrupciones y otros trapicheos, otros se limitan a realizar su trabajo sin que les molesten mucho y otros tratan de ejercer correctamente su profesión, como el agente Murphy (Paul Newman) y su joven compañero y amigo Corelli (Ken Walh).

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