lahabitacion

Según el punto de vista, nace una historia. Y el director irlandés Lenny Abrahamson toma una decisión en La habitación. Decide mirar desde los ojos de Jack (Jacob Tremblay), un niño de cinco años. Y una historia oscura, claustrofóbica, que tenía todas las papeletas para caer en la amargura y cruzar la delicada línea entre lo morboso y lo inquietante; se transforma en un relato más luminoso que, sin embargo, no deja de tocar teclas realmente complejas. Pero Abrahamson sigue tomando decisiones, junto a la guionista Emma Donoghue (autora también de la novela), y divide la historia claramente en dos (por lo que cuenta y cómo lo cuenta): cuando los dos protagonistas, madre (Brie Larson) e hijo, están dentro de la habitación; cuando madre e hijo salen de la habitación. Y el encierro que viven los personajes en ambas partes enriquece la complejidad de un relato oscuro.

La mirada infantil ha sido capaz de crear y construir historias cinematográficas muy potentes y complejas que enriquecen las lecturas de una realidad. Así se puede crear un recorrido por la mirada infantil que deja títulos como Matar a un ruiseñor de Robert Mulligan, Viento en las velas de Alexander MacKendrick, Días del cielo de Terrence Malick o más recientemente Bestias del sur salvaje de Benh Zeitlin (con un tratamiento bastante similar, es decir, cómo un universo desolador queda transformado en un mundo seguro y fantástico a través de la mirada infantil). Así Jack, el protagonista de La habitación, solo conoce las cuatro paredes que forman parte de su universo, siempre junto a su madre. En esas cuatro paredes juega, come, hace gimnasia, lee, realiza trabajos manuales, se asea, ve en la televisión un mundo de fantasía (porque la realidad son las cuatro paredes de su habitación, las conversaciones con su madre, la luz que entra por la claraboya…), duerme en un armario… y bajo mandato de su madre en ningún caso debe salir y menos cuando les visita el viejo Nick, que es la presencia misteriosa que les trae los alimentos y otras cosas que necesitan para vivir en la habitación. Pero en esas cuatro paredes, él se siente seguro, feliz y real. Pronto ese universo de Jack va mostrando sus sombras y grietas, a la vez que la madre le va desvelando secretos, que abren sus ojos a un mundo nuevo… Hay luces y sombras, claustrofobia e inquietud… hasta que “abandonan” las cuatro paredes que ocultaban un mundo traumático…

Pero el enfrentamiento de Jack y su madre con el mundo real no será fácil. Y la mirada del niño nos lo sigue demostrando. Los grandes espacios, la luz intensa, nueva gente que les habla y dice cosas… todo causa mareo, angustia, incluso una incapacidad para moverse en libertad. Ahora esas cuatro paredes no son físicas, sino mentales. Y también muy difíciles de romper. En la habitación habían construido un universo, los dos. Y sabían moverse por él. Sin las paredes, la claustrofobia no acaba, la inmensidad abruma. Los dos de nuevo tienen que generar un nuevo código que les permita habitar un mundo nuevo, con otras dificultades. Esta vez además va a ser Jack, gracias a la protección y al universo que su madre logró construirle, quien contará con la imaginación y la curiosidad suficiente como para abrirse a un mundo nuevo lleno de posibilidades. Y será él quien muestre el camino a su madre, que no se había podido permitir en muchos años caer en el abismo ni ser débil, pero que sin las paredes siente una caída sin freno… Hasta que Jack vuelve a recordarle que son dos forzudos de largos cabellos. Que son dos supervivientes capaces de moverse en un mundo oscuro y cruel pero donde siempre entra luz a través de la claraboya…

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