Ella y sus maridos (What a way to go!) de J. Lee Thompson

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Una viuda, toda de negro, baja las escaleras de una mansión pintada toda ella de rosa. Detrás seis hombres de negro desciende un ataúd rosa… uno de ellos tropieza y el ataúd primero y los hombres después o viceversa resbalan por las escaleras… así empieza Ella y sus maridos, una agradable comedia con suaves tintes negros, una cuidada estética y una original estructura. Una comedia caída en olvido por su complejidad y extraña mezcla de estilos visuales que logra sin embargo un equilibrio final… Es de esas historias que o bien entras en el juego o te quedas fuera. Y si entras el disfrute está asegurado.

La viuda es Louisa May Foster (Shirley MacLaine)… su siguiente paso es querer donar al Estado toda su fortuna. Obviamente la toman por loca y la llevan a un psiquiatra (Robert Cummings) que escuchará su historia. Louisa cree que es bruja pues siempre se ha querido casar por amor… pero, sin embargo, siempre propició que sus esposos, cuatro, se hicieran asquerosamente ricos (excepto uno que ya lo era pero sí logra dar un giro en su vida…) y ella se quedará como una esposa solitaria florero y posteriormente viuda.

El poder de esta viuda negra comienza cuando es una joven a la que su contradictoria madre (una divertida Margaret Dumont sin los Marx) la insta a que se case con el millonario del pueblo, Leonard Crawley (Dean Martin)… pero ella tiene los ojos puestos en el sensible, fracasado, pobre y lector de Henry David Thoreau, Edgar Hopper (Dick Van Dyke… no sólo fue deshollinador y fiel compañero de Mary Poppins)… todo lo contrario al prentendiente ideal.

… El primero que fallece por exceso de trabajo es Edgar Hopper (tras una humillante visita de su contrincante Crawley… al que decide desbancar de su puesto de hombre más rico de la localidad)… y luego todos los demás irán encadenados. Un pintor americano bohemio de París (divertida crítica a los artistas vanguardistas con un Paul Newman delirante), un súper millonario solitario que echa de menos sus raíces granjeras (elegante Robert Mitchum) y un mediocre artista de vodevil que termina convertido en una súper estrella de Hollywood (Gene Kelly).

Entre los divertimentos de esta película, además del sugerente reparto, está que cada historia —cada matrimonio de Louise— forma parte de un género o una forma de emplear el lenguaje cinematográfico. Siempre que narra sus cuatro matrimonios al ‘alucinado’ psiquiatra lo compara con un tipo de película (y así queda reflejado): una película de cine mudo, una película intelectual francesa en el periodo de Nouvelle Vague, una película glamurosa hollywoodiense emulando los lujosos melodramas o un musical…

La película también es una rareza dentro de la filmografía irregular del británico J. Lee Thompson donde la comedia no sería su género. Es recordado por producciones como Los cañones de Navarone o la interesante El cabo del miedo… y terminó sus días dirigiendo a un Charles Bronson justiciero. El guion estuvo en manos de dos especialistas en musicales, Betty Comden y Adolph Green (por ahí anda Gene Kelly… y una parte bastante musical con reminiscencias a Cantando bajo la lluvia). Este proyecto estaba pensado para Marilyn Monroe (que la verdad no hubiera estado nada mal en el papel) pero debido a su trágica muerte no pudo ser y el relevo fue para una McLaine pizpireta y divertida. También la película es puro lucimiento para el trabajo en vestuario de la famosa Edith Head… la viuda negra sale con un montón de vestidos, bañadores y complementos (y también peinados) según los maridos que tiene y sus ensoñaciones de película.

Inolvidable una Louisa May Foster feliz, por fin, con un hombre (no digo quién), besándole y abrazándole y diciéndole: mi querido fracasado…

Así no está mal en este verano que finaliza disfrutar de una extraña comedia con estética, glamour y una gran galeria de actores.

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Maratón veraniego de películas en varias pinceladas

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Elysium (Elysium, 2013) de Neill Blomkamp

Max (Matt Damon), hombre rapado y tatuado, héroe elegido y trágico (y bestia entre los bestias)… tiene un sueño: alcanzar Elysium. Él vive en la tierra que se ha convertido en un vertedero, superpoblada y explotada donde la sanidad no llega para todos, los trabajos son mal pagados y no hay ninguna seguridad y donde cada día es un sálvese quien pueda. Max habita en el caos. Pero él no ha perdido su capacidad de soñar… Trata de alcanzar sueños: recuperar un amor y amistad de la infancia o conseguir un billete para Elysium, un paraíso en el espacio exterior. Donde todo es inmaculadamente perfecto y donde todo puede ser curado… El abismo entre ricos y pobres es ya no abismal sino espacial. Además existe la inmigración clandestina… pero Elysium tiene unos métodos de seguridad poco éticos liderados por Rhodes (Jodie Foster), del gabinete de Gobierno de Elysium y también cuestionada por sus mandatarios, y no deja que ni un sólo inmigrante se quede en el paraíso… Un accidente laboral grave cambiará el destino de Max que luchará con todas sus fuerzas para sobrevivir… pero el destino le depara otro final.

Neill Blomkamp lo tenía todo para haber creado una buena película de ciencia ficción. Contaba con una buena metáfora (siempre se va al futuro pero lo que refleja es muy pero que muy actual), un héroe carismático con toques bíblicos y unos personajes que le podían haber respaldado. Por otra parte tiene capacidad para crear una imagenería visual atrayente y unos efectos especiales y técnicos virtuosos sin ser estridentes. Así contaba con un buen armazón que se deshincha convirtiéndose en una entretenida y típica película de acción con más de una incoherencia insostenible… Sus personajes secundarios desaparecen o mueren y no pasa absolutamente nada. Tan sólo la sostiene un héroe atormentado que cuenta una historia muy vieja que siempre ata (pero se queda demasiado solo en el camino y no le dejan ni interactuar con los malos malísimos): érase una vez un hombre elegido para cambiar el mundo… pero esto tiene un precio muy alto… Lástima. Es de esas películas que podían haber sido… y no fueron…

 

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Manderlay (Manderlay, 2005) de Lars von Trier

Primero fue Dogville, después Manderley… y todavía nos queda la tercera de esta trilogía, Washington. Lars von Trier realiza un particular viaje por EEUU, la tierra de las oportunidades pero plasma asuntos universales donde el ser humano no sale muy bien parado. Buen cine-tesis para debates encendidos. Su protagonista es Grace, hija de un mafioso. Primero vive una pesadilla en un ‘amable’ pueblecillo rural de la América profunda, Dogville, en la época de la depresión. Y más tarde desemboca en Manderley, una mansión sureña donde todavía está instalada la esclavitud…

Grace siempre se convierte en la heroína desestabilizadora. Llegue donde llegue, todo lo pone patas arriba y hace que salga lo peor del ser humano. Y lo realmente increíble es que Lars von Trier con su distanciamiento en la manera de narrar la historia (con voz en off y en capítulos —como ya ha hecho en otras ocasiones—) y de visualizarla realiza una radiografía dura pero tremendamente realista de un mundo que es complejo, contradictorio y cruel… Así plantea cuestiones y temas incómodos desde ópticas que nos ponen en situaciones desagradables pero que nos hacen pensar. Grace es un personaje interesantísimo y complejo (esta vez tiene el rostro de Bryce Dallas Howard y no el de Nicole Kidman) porque parte siempre de un rostro angelical y un comportamiento donde aparentemente prima el idealismo, la buena fe y la bondad para terminar metiendo la pata una y otra vez y sacar siempre lo peor de cada uno… Al final termina siempre con la huida de Grace a los brazos de su ‘odiado’ padre, un gánster, y comportándose como ha negado desde el principio que se comportaría. Esta vez sus intentos se vuelcan en acabar con la esclavitud de Manderlay, conseguir la igualdad entre blancos y negros, alcanzar la libertad, instaurar un sistema democrático, el trabajo en equipo y que entre todos saquen  adelante la finca. No será misión tan fácil ni llevadera…

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El callejón de los milagros (1994) de Jorge Fons

Antes de Amores perros existió El callejón de los milagros donde su director Jorge Fons entralaza la historia de sus personajes trágicos inspirándose en la novela del egipcio Naguib Mahfuz. Pero en vez de ser un callejón de El Cairo es un callejón de un México D.F. contemporáneo. Un callejón que no deja volar a sus habitantes y que si vuelan no es para tener experiencias precisamente bonitas. Todos regresan al callejón… y lo de los milagros es un insulto. Sus vidas son tragedias que arrastan… y destinos que sólo traen a la cabeza canciones tristes. Y si en Ámores perros en sus historias trágicas entrelazadas en la parte más marginal terminaba surgiendo una cierta belleza y poesía… esa semilla ya estaba plantada en este callejón de los milagros. Un hombre mayor, dueño de una cantina, casado y con un hijo con el que no se lleva bien… se deja llevar por lo que siente de verdad: decide vivir su historia de amor con un joven dependiente. Pero no será una idílica historia de amor, sí una historia de rechazo, incomprensión y violencia… Alma una chica joven que sueña, que quiere salir del barrio, de su casa… y que son muchos los que la prentenden. Sobre todo el peluquero, Abel, que sueña con prosperar en EEUU y poder así volver rico para casarse con ella para que no les falte de nada. Y una vieja solterona que sueña con que la amen y que se cree a una vecina que le lee las cartas, la mamá de Alma, cuando ésta le dice que pronto encontrará el amor… Todas las historias empiezan en el mismo momento… después, en un lapso de tiempo todos se volverán a encontrar las caras y precisamente no nos contarán historias con finales felices… Por cierto fue la carta de presentación de Salma Hayek.

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M. Butterfly (M. Butterfly, 1993) de David Cronenberg

… Cronenberg nos lleva de la mano a sus ambientes inquietantes, a sus identidades extrañas y crea una historia de amor trágico (adaptando una obra de teatro que parte de una historia real). Así un diplomático francés en China (en la China de la Revolución de Mao) se enamora de un ideal ‘una mujer perfecta’ que es la representación de un ‘mito’, Madame Butterfly, la triste heroína de la ópera de Puccini. Y ese ideal es una ‘diva’ de la Ópera China… un hombre que actúa como una mujer. Y no hago spoiler porque lo que Cronenberg muestra es que todos sabemos la verdad desde el primer instante, todo es cuestión de identidades. Y nuestro protagonista lo que hace es enamorarse del amor, de un ideal que crea que tiene otra percha. Por eso cuando se descubre esa percha, él pierde a su amor. Se hunde. Cuando se descubre el engaño, todo carece de sentido… Y ahí Jeremy Irons, digna ‘diva’ del melodrama, nos regala un final que nos lleva hasta el extasis, hasta el extremo del dolor… se convierte en una Madame Butterfly que entiende el concepto de pérdida.

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Escalofrío en la noche (Play Misty for me, 1971) de Clint Eastwood

Antes de que existiera la tramposa y exitosa Atracción fatal en los 80, Clint Eastwood empezó su carrera como director con Escalofrío en la noche donde Jessica Walter da bastante miedo como amante obsesiva que se apodera del tiempo y del espacio del donjuán de turno, un locutor de radio especializado en Jazz y programa nocturno. Y así Eastwood entrega un thriller inquietante revestido de años setenta bajo la atenta mirada (y algún consejo) de uno de sus directores de cabecera Don Siegel (al que le proporcionó un papel como camarero colega). Clint Eastwood ya muestra que le gusta contar historias y sabe cómo filmar una vida aparentemente tranquila que se va perturbando poco a poco por una presencia anómala… una chica encantadora pero que se obsesiona hasta la médula del amante y que saca toda su rabia cuando percibe el rechazo. Agradable sorpresa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

10 razones para amar El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) de John Ford

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Razón número 1: El senador y la mentira

Ransom Stoddard es un mítico senador del Congreso de los Estados Unidos y un día llega en tren a una pequeña localidad del Oeste, Shinbone. Para sorpresa del periódico local el senador está ahí para asistir al entierro de un hombre que nadie recuerda, Tom Doniphon.

En una destartalada funeraria sólo acompañan el ataúd: el senador, su esposa Hallie, el amigo fiel Pompey y un hombre anciano que fue en tiempos lejanos comisario, Link Appleyard. Uno de los periodistas quiere saber por qué el senador está ahí y le dice que tiene derecho a saberlo porque él es noticia. El senador mira a su esposa. Ésta asiente. Y se lleva a los periodistas a otra sala. Y empieza a contar su historia.

Éstos son los cimientos sencillos de un relato cinematográfico complejo. El hombre que mató a Liberty Valance es un western desencantado, íntimo,  tremendamente romántico y poblado de idealismos y sueños rotos. Como acostumbraba John Ford, sus historias aparentemente parecen simples y sin complicaciones pero es en lo que no se dice donde se hayan las complejidades y las otras lecturas.

El personaje del senador es tremendamente rico en matices. Nos lo presentan ya mayor y con éxito… distinguido y tranquilo. Sin embargo, vamos viendo a un hombre desencantado, distante y cínico, que arrastra una historia que quiere contar. Y que no le hace más feliz y sí carga más peso en sus espaldas. Le hace reflexionar sobre su vida y méritos políticos. Al final toma una decisión que implica la felicidad de su esposa, Hallie. Descubrimos tristeza, y también ese desencanto, en el matrimonio.

Y todas las claves se van desvelando según vamos escuchando los hechos que relata el senador… Todas las piezas van encajando. Así descubrimos los inicios de un joven abogado que en un pequeño pueblo del Oeste pierde su idealismo y gana su prestigio político y su estabilidad emocional. A su favor decir que todo le vino dado, incluso el convertirse en leyenda. Y que realmente creía y cree en los ideales políticos… piensa que puede mejorar la vida de los habitantes del salvaje Oeste.

Para este papel nadie mejor que un James Stewart capaz de dar todos los matices, todas las luces y sombras, a su personaje. Un personaje que arrastra a su pesar una mentira sobre la que se ha cimentado su carrera y prestigio político.

Y ahí está John Ford para convertirse en un trovador de buenas y emocionantes historias y contar en imágenes una maravillosa y extremadamente compleja. Una de sus últimas historias. Nada es plano. Nada sobra. Nada falta. El hombre que mató a Liberty Valance surge del relato corto de una mujer, Dorothy M. Johnson y de la visión y añadidos de John Ford que guiaron la escritura del guion de James Warner Bellah y Willis Goldbeck.

Razón número 2: El héroe protector

Tom Doniphon es el héroe protector y sólo podía tener el rostro y la presencia de John Wayne. No habla mucho, no tiene el don de la amabilidad aunque sí un sentido especial del humor y la lealtad. Ante todo es fiel a sus amigos y al amor. El hombre duro es despiadadamente romántico.  Y cuando no consigue a la mujer de sus sueños y cuando ya no es necesaria su protección, cae al abismo en silencio. Cae en el olvido. Y no se queja ni acude a nadie. Sólo permite que se quede a su lado otro amigo y compañero de trabajo fiel, Pompey. Él se sacrifica por lo que cree y por el amor de su vida. En silencio. No quiere glorias, prefiere la soledad. Prefiere morir en vida.

Cuando llega ese joven abogado, valiente con la palabra pero un desastre con las armas, se convierte en su sombra protectora. Y en sombra se queda. Porque siempre ha actuado así. Sólo sabe actuar así. Todos los del pueblo lo saben. Los dueños del restaurante. La mujer de su vida, Hallie. Cada uno de los habitantes: el periodista, el doctor, el comisario…Todos saben que pueden contar con él. Y todos saben que está ahí, protegiéndoles en silencio ante los desmanes de Liberty Valance y su pandilla. Valance sólo siente cierto respeto por Tom Doniphon.

Y él vive trabajando, protegiendo, y labrándose un futuro tranquilo. Por eso en su casa lejana está construyendo una hermosa habitación… para cuando la ocupe con Hallie. Nunca da el paso de pedir su mano pero va dejando pistas: no sólo la protege sino que la regala un hermoso cactus con flores, siempre tiene una palabra amable y le encanta cuando Hallie se enfada…

Pero dicen que cuando a los hombres duros se les rompe el corazón ya no tienen consuelo. Se retiran a beber y morir lentamente, en olvido. Y nadie mejor que John Wayne para mostrarnos a ese héroe protector que se derrumba.

Razón número 3: Las armas y la ley

Y El hombre que mató a Liberty Valance tiene diversas capas. Y una de ellas es glosar o trovar el fin de una etapa en el lejano Oeste. Y en esa línea de cambio, dos hombres.

Tom Doniphon representa al vaquero del Oeste, al héroe a su pesar que sobrevive en un territorio sin ley. Diestro con las armas se hace respetar y cuida a los suyos. Primero los enemigos fueron los indios (¿o los enemigos fueron ellos?), también los ladrones y saqueadores de los caminos, después los rancheros que no quieren compartir la tierra y que sólo conocen la ley del más fuerte y el lenguaje de las armas. Si no admites lo que te propongo, te mato. Mientras sobrevivo.

Y el senador Ransom Stoddard representa el futuro. La fuerza de la palabra. La construcción de nuevos ciudadanos. El joven Ransom cree en la educación, en el poder de la escritura y la lectura. Cree que se puede enseñar lo que es la democracia por eso sabe la importancia que tiene la información (el periodismo). No cree que tenga que imperar la ley del más fuerte sino lo que opine la mayoría. Él llega al pueblo y es recibido con máxima violencia por Liberty Valance que le deja moribundo… y él quiere combatir con Valance con la ley en la mano y meterle en prisión. Ransom Stoddar muestra el siguiente paso del salvaje Oeste, él cree en el progreso, en la comunicación, en la política, en el paso de la diligencia al tren, en la construcción de un estado…

Sin embargo la gran ambigüedad del asunto (y es un tema ya tratado por John Ford varias veces) es que para poner los cimientos al progreso y para construir la democracia (para entender la historia de ese lejano Oeste)… hace falta que existan héroes como Tom Doniphon que no tienen problema en empuñar un arma…

Razón número 4: Los malos y otros secundarios

Como es habitual en el universo fordiano, la galería de secundarios es un lujo de buenos personajes. Así entre los malos nos encontramos a un pistolero y mercenario (que se une al mejor postor) que hace la vida imposible a todos los habitantes del tranquilo pueblo del Oeste. Él es Liberty Valance, un hombre excesivo que deja su firma con un látigo… especialista en desestabilizar, crear violencia y no tener un atisbo de piedad. Pero sí se da cuenta y por eso los toma inquina que esos hombres que emplean la palabra y el saber pueden acabar con su reino de miedo y terror. Por eso se convierten en objetivos el periodista y el abogado… Y el rostro de Valance con su risa incluida no podía ser más que el del mítico Lee Marvin. Le acompañan dos secuaces, uno de risa desagradable y el otro siempre callado y frío. Y en ese secuaz silencioso descubrimos al futuro rey del spaghetti western, Lee Van Cleef.

Pero como no podemos pararnos en todos los secundarios, nombraremos a los más cruciales en la trama.  Así nos encontramos que Pompey, el amigo fiel de Tom, es otro ser marginado como él y cuenta con el rostro de un siempre eficaz y carismático Woody Strode. Un hombre negro no lo tenía fácil en el salvaje Oeste pero Pompey siempre se mantiene como un hombre íntegro, fiel y con la dignidad intacta. También nos encontramos con ese comisario puesto en su cargo por su inutilidad y cobardía para que no sea un estorbo ante los desmanes de Liberty Valance y su pandilla. Y ese comisario tiene el rostro de Andy Devine, inolvidable secundario. No obstante al comisario se le regalan no sólo momentos cómicos y de cobardía sino un enfrentamiento verbal con Valance y una fidelidad hacia todos aquellos que considera amigos. También se ilustra el nacimiento de una democracia donde ya se ve el poder de la oratoria, la artimaña y el proceder de los políticos para conseguir sus fines, la importancia del espectáculo y los mítines para conseguir votos, el peligro del populismo… Y ahí se nos regala la interpretación de John Carradine como oponente político del joven senador.

No son los únicos… hay muchos otros rostros identificables del universo fordiano. Y uno de ellos me lo guardo para un único apartado, el periodista Dutty Peabody con el rostro de Edmond O’Brien.

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Razón número 5: La memoria, de la diligencia al tren

El hombre que mató a Liberty Valance es también un tratado sobre la memoria. Así nada como la muerte de un ser querido para activar los mecanismos del recuerdo. El senador le dice al periodista que él es un hombre joven que sólo sabe lo que ocurrió a partir del descubrimiento del tren… pero que su mundo era muy diferente. Y en ese mundo iban en diligencia. Y entonces en esa funeraria (que sirve para más negocios) hay una polvorienta diligencia. El senador señala esa polvorienta diligencia para dar a entender su pasado… y de pronto quita el polvo y descubre la inscripción y cree, emocionado, que puede ser la misma diligencia que le trajo a ese lejano pueblo. Entonces se pone en marcha la memoria, el recuerdo y la nostalgia… y ya el espectador queda atrapado ante esa historia rescatada del pasado en las brumas de la memoria.

Razón número 6: El triángulo y el amor

Una de las razones por las que amo eternamente a El hombre de Liberty Valance es por su romanticismo extremo pero sin estridencias. Y así entre el senador y el héroe protector surge el tercer personaje de un triángulo: Hallie, la chica voluntariosa, inteligente, llena de vida, con carácter y analfabeta (pero con muchas ganas de aprender), que trabaja duramente en el restaurante con los dueños —un matrimonio que ejercen prácticamente de padres adoptivos—, y que marca la vida de los dos protagonistas. Y marca sus vidas porque los dos la quieren. Así su vida se construye a partir de una elección. Esa elección la sigue para siempre. Al final queda como un halo de nostalgia alrededor del personaje. Sobrevuela una duda, ¿se equivocó en la elección?

No lo sé. Creo que esa duda hubiese también sobrevolado si hubiera elegido a Tom. Hallie siempre dudaría porque los amaba a ambos (pero de manera diferente) y cada uno le ofrecía un mundo y posibilidades diferentes. Y además Hallie sabía cómo tratarles a ambos y no sólo eso, se da cuenta de que ambos están y estaban totalmente enamorados de ella…

Y es Hallie la que precipita el sacrificio de Tom pues éste decide retirarse del juego del amor cuando descubre que ella quizá quiere vivir tan sólo al lado del hombre de letras y ahora héroe mítico.

Hallie arrastra la pena de la pérdida porque sí valora el sacrificio de Tom e incluso parece que, suavemente, se lo echa en cara a su flamante marido, el senador. El senador significaba un mundo de conocimiento, apertura y aventura fuera del pequeño pueblo. Y ése fue el camino que tomó. Y Tom hubiese sido quedarse donde estaban sus raíces, en una casa construida para ella, vivir en una comunidad pequeña, rodeada de naturaleza y quizá con una pasión más profunda. Hacia el senador sintió una admiración honda…, y con Tom quizá fue una mujer enamorada que no dio el paso porque él tampoco se atrevió o se le pasó el momento.

Hallie tiene el rostro de la actriz Vera Miles, actriz que compone dos hermosos papeles tanto en Centauros del desierto como en esta película. Aquí Ford le regala un buen papel y la actriz despliega su arsenal y se apodera del personaje.

Razón número 7: Desmitificación de la leyenda

Si por algo también me entusiasma El hombre que mató a Liberty Valance es porque aparentemente parece que está contada de una forma sencilla… pero la sorpresa que la convierte en película imprescindible es que es una de las más demoledoras historias de desmitificación de una leyenda. De desmitificación del acto de un hombre.

Construye el engranaje completo de cómo el senador se convirtió en el hombre que mató a Liberty Valance. Un hombre por ello admirado, respetado y querido. Y cómo este hecho es una leyenda y cómo su protagonista lo sabe. Así cuenta los sucesos acaecidos a unos periodistas ávidos de noticias… pero cuando éstos se dan cuenta de que la leyenda se quiebra, uno de ellos dice frase demoledora: “Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en hecho, se escribe sobre la leyenda”. Así que el senador se queda con la leyenda que cada vez más le pesa… y Tom relegado al olvido. John Ford nos cuenta la verdad, los hechos de una historia, pero se nos dice que se prefiere la leyenda…

Y lo que parece una bella historia se convierte en una culpa oculta. En una mentira sobre la que se construye una carrera política. Y eso termina doliendo al matrimonio Stoddard. Y a todos los que rodean el ataúd.

Ford nos cuenta de manera magistral y en el momento justo de dos maneras diferentes, desde dos puntos de vista distintos, el instante en que Liberty Valance cae abatido por un tiro. Primero la gente del pueblo, y nosotros los espectadores, vemos cómo el senador gravemente herido (y valiente, eso no se lo quita nadie) con su mandil y su pequeña pistola dispara a Valance y éste cae moribundo. Pero en el momento crucial de su carrera política, en un momento que va a abandonar, Tom le cuenta lo que pasó aquel día. Y vemos la misma escena desde un callejón donde se encuentran Pompey y Tom… y como siempre el héroe protector está ahí a tiempo de actuar.

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Razón número 8: La libertad de prensa y Dutton Peabody

El periodista Dutton Peabody es el personaje secundario que hace que uno se quite el sombrero. Protagoniza además uno de los momentos más increíbles cinematográficamente que muestra a un Ford maestro del lenguaje en imágenes.

Dutton Peabody es además el alcohólico del pueblo… tanto cuando bebe como cuando no bebe le gusta hablar y contar verdades pero se encuentra tan desencantado en un mundo de locos que prefiere parecer un cínico que nada le importa y que lo único que le interesa son sus botellas. Sin embargo la llegada del joven abogado le hace volver a creer que el cuarto poder sirve para algo y este propietario, editor, director, reportero… y también, para qué engañarnos, el que barre el local del periódico local empieza a emplear sus páginas para la denuncia y termina, sin quererlo ni beberlo, en el mundo de la política. Pero también se convierte en objetivo de Liberty Valance y sus hombres y en un defensor acérrimo de la libertad de prensa…

Así protagoniza una escena increíble en su local. Está escribiendo su próxima portada pero a la vez se encuentra muy bebido (el miedo: se sabe en peligro y que Liberty Valance va a por él y a por el senador). En esa portada cuenta la derrota de Valance en una votación… queda claro que no sirve para la política ni para la democracia. Descubre una errata y que tiene que corregirla… pero antes decide ir a por más alcohol. Vemos cómo apaga la luz de su quinqué y cómo su sombra se proyecta en la pared del local. Va a la cantina a por más alcohol. Y cuando regresa, sólo vemos su sombra en la pared. Todo está oscuro. Alcanza su quinqué y lo vuelve a encender y ante la tenue luz aparecen de pronto Liberty Valance y sus dos secuaces. ¡Una pasada de escena! A partir de este momento recibe una brutal paliza… que le deja prácticamente muerto.

Dutton Peabody está magistralmente interpretado por Edmond O’Brien en uno de los mejores papeles de su carrera cinematográfica. Me quito el sombrero.

Razón número 9: Lo que no se dice

Ford es el rey en contar silencios. En sus películas hay que estar atento a lo que no se dice, a lo que se muestra con una mirada o con un gesto. Y surgen otras historias y otras lecturas. Y en El hombre que mató a Liberty Valance hay que estar atento a las miradas de Tom, a las de Hallie, a las de Pompey, a las del senador… Cómo Tom se sienta en la mesa de un restaurante, cómo el senador mira a Hallie cuando descubre que ésta no sabe leer, cómo Hallie sale a la puerta para despedirse de Tom pero no le llama y cómo Pompey mira a cada uno de los protagonistas de esta historia y sufre con dolor el sacrificio de Tom.

Si seguimos tan sólo las miradas encontramos un subtexto que enriquece cada vez más la película en cada nuevo visionado.

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Razón número 10: Flores de cactus encima de un ataúd

Y llega entonces para mí una de las escenas más hermosas: un humilde y sencillo ataúd de madera con unas flores de cactus encima. Y los que ya sabemos los hechos nos damos cuenta del significado de esta escena y entendemos la mirada del senador…

Y eso es El hombre que mató a Liberty Valance la flor de cactus en la filmografía de John Ford. En el momento de su estreno fue vapuleada por la crítica, fueron pocos los que supieron ‘leerla’. Sólo hizo falta que pasara el tiempo para descubrir el potencial y la complejidad de una historia que destruye, con delicadeza, la leyenda y la épica del Oeste…, y muestra un mundo brutal y duro.

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Tres comedias y una tragicomedia: Llévame a la luna (Un plan parfait, 2012) de Pascal Chaumeil / Una mujer difamada (Libeled lady, 1936) de Jack Conway / La comedia de los horrores (The comedy of terrors, 1963) de Jacques Tourneur /Una canción para Marion (Song for Marion, 2012) de Paul Andrew Williams

El cine puede proporcionarnos unas vacaciones inolvidables. Y esta vez me voy a la risa. Tres comedias y una tragicomedia (como la vida misma). Grandes estrellas, glamour, viajes a lugares lejanos… incluso a la luna (o algo parecido con escala en África), amor mucho amor (con alguna lagrimilla), alguna que otra canción y ocio (especialmente pesca)… y unas dosis de humor negro (con homenaje a Richard Matheson).

Llévame a la luna (Un plan parfait, 2012) de Pascal Chaumeil

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A veces me pasa que sólo pido evasión y risas cuando entro en la sala de cine. Sí, soy así de simple. Así que cuando me sirven una buena comedia romántica con toques clásicos de screwball comedy y guerra de sexos me siento contenta. Y así me ocurrió la tarde de Llévame a la luna, comedia francesa, con una pareja insólita pero que funciona muy bien: Diane Kruger y Danny Boon (nuevo rey de la comedia francesa). Pero ¿quién da la sorpresa?: la hermosa y gélida Diane Kruger que posee una magnífica vis cómica (que ya dejaba intuir en Malditos bastardos).

Llévame a la luna es previsible (pero no importa) y quizá olvidable (tampoco importa) pero tiene varias escenas que provocan la carcajada y deja buen sabor de boca. A Diane y Danny siempre les quedarán sus aventuras africanas. Y Pascal Chaumeil emplea correctamente los mecanismos de la comedia romántica con dosis suaves de locura y mala leche.

Una mujer difamada (Libeled lady, 1936) de Jack Conway

Ahora nos vamos a una screwball comedy de los años 30. Ya sólo por su increíble reparto merece la pena inmiscuirse en Una mujer difamada de Jack Conway. Tenemos un cuarteto de oro y el secundario imprescindible: Myrna Loy y William Powell (actuaron juntos en un montón de películas y siempre proporcionaban una sensación de elegancia, glamour, risas —y a veces, las menos, drama— y burbujas…), Spencer Tracy y Jean Harlow. Del cuarteto la sorpresa es disfrutar de una Harlow en su papel de rubia tonta, descarada y sensual pero sensible y mujer enamorada. Además el secundario de oro es Walter Connolly, en un papel de millonario excéntrico.

La trama es compleja y enrevesada pero llena de encanto donde todo el lío ocurre a partir de una noticia falsa en un periódico y una demanda millonaria. Jack Conway sabe imprimir un ritmo trepidante y unos diálogos chispeantes así como varias escenas delirantes. Lo que más me ha llamado la atención es que quizá a Howard Hawks le vino la inspiración, si vio en su momento esta película, para una de sus más delirantes y divertidas comedias, Su juego favorito. Tanto William Powell como Rock Hudson regalan escenas divertidísimas como pescadores ‘expertos’.

La comedia de los horrores (The comedy of terrors, 1963) de Jacques Tourneur

Otra sorpresa inesperada ha sido toparme con La comedia de los horrores y disfrutarla en cada momento con un divertidísimo guión repleto de humor negro de Richard Matheson (que nos dejó hace poco y está siendo recordada su contribución al mundo del cine… así que ahí va mi homenaje). Así Tourneur crea un divertimento de humor negro lleno de encanto con una genial galería de actores y un gato inolvidable.

Así nos topamos con el enterrador borracho y su ayudante (Vincent Price, Peter Lorre), la esposa frustrada cantante de ópera (Joyce Jameson) o el padre anciano y sordo (Boris Karloff)… pero la sorpresa es ese muerto ‘tan especial’, el papel que me produjo más carcajadas en cada una de sus apariciones (¡Basil Rathbone a tus pies!).

Una película artesanal, realizada con cariño y mucho buen humor (aunque sea negro), donde todo provoca sonrisa y carcajada. ¡Y qué bueno volver a encontrarse con la cara especial de Joe E. Brown (… que alcanzó la inmortalidad con su ‘Nadie es perfecto’)! Así esta vez en la intimidad del hogar el espectador va de la funeraria al cementerio o a mansiones de hombres solitarios con carcajadas en el recorrido.

Una canción para Marion (Song for Marion, 2012) de Paul Andrew Williams

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Película británica sencilla, tragicomedia amable que deja ver el buen trabajo de dos intérpretes que son leyendas del cine. Buen cine británico con fondo social con momentos musicales para el recuerdo. Y sólo por los dos ancianos actores protagonistas merece la pena disfrutar de Una canción para Marion. Ellos son Vanessa Redgrave y Terence Stamp. Ambos se convierten en un matrimonio: ella, enferma de cáncer; él, abuelo cascarrabias con pánico a perderla. Ella consigue sacar fuerzas para acudir a un coro de personas mayores muy especial… y él encontrará ahí la energía para seguir adelante. Una pieza clave será la joven profesora (Gemma Arteton). Una canción para Marion es la versión en ficción del documental Corazones rebeldes. El documental mostraba un coro muy especial de abuelos que interpretaban canciones muy pero que muy rockeras.

Y a mí me ganó por los solos musicales que tienen en distintos momentos de la película Vanessa Redgrave y Terence Stamp. Momentos filmados con sencillez y elegancia y que ambos son capaces de que el espectador más exigente llegue a echar una lágrima, aunque sea disimuladamente. Paul Andrew Williams guarda bien el equilibrio entre comedia, tragedia y emoción. Así la película fluctúa entre la melancolía, la tristeza y la sonrisa tranquila de que la vida a pesar de los pesares continúa… y puede guardar momentos bonitos. En varias reseñas se ha señalado que Una canción para Marion es el reverso amable (y no tiene por qué ser peyorativa esta visión) de Amor de Michael Haneke. Y estoy muy de acuerdo.

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Odio entre hermanos (House of strangers, 1949) de Joseph L. Mankiewicz

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A veces basta una sola secuencia para sentirte atrapada ante la visión de una película. En Odio entre hermanos ocurre. Y sólo por esa secuencia ya sabes que Mankiewicz además de escribir buenos guiones sabe emplear de manera prodigiosa el lenguaje cinematográfico y sobre todo un recurso que emplea muy bien (y no es fácil) en alguna de sus películas más inolvidables: el flashback.

Odio entre hermanos nos hace conocer a Max (Richard Conte). Nos enteramos que acaba de salir de la cárcel. Que lleva siete años encerrado… Y que siente un especial resentimiento contra sus tres hermanos. Se nos va dosificando la información. Su padre ausente, omnipresente en varios retratos, era dueño de un banco que ahora regentan los tres hermanos. Max llega exigiendo a sus hermanos el tiempo perdido. Y se percibe desde el principio una tensión insoportable. También descubrimos a Irene (Susan Hayward), una mujer ajena a la familia que ama a Max y le ha esperado. Una mujer que trata de que Max expulse todo el odio que tiene acumulado en su interior y la influencia tan destructiva del padre omnipresente.

Entonces Max, en soledad, va a visitar la casa paterna… y ocurre la secuencia prodigiosa. Sólo por ella merece la pena su visionado. Se dirige a un salón muy barroco que está presidido por un enorme retrato del padre ausente, encima de una chimenea y al lado hay un gramófono. Max levanta la tapa y pone un disco y suena una ópera italiana, éste se sitúa entre el gramófono y el retrato de su padre y se queda pensativo… la cámara se va alejando de Max y va saliendo del salón hasta llegar a la escalera principal, y ésta va subiendo las escaleras hasta llegar a los aposentos de arriba se queda un momento fija en una ventana donde entra una luz tenue y hay un imperceptible fundido que nos devuelve a esa misma ventana y entonces la cámara sigue su recorrido por los aposentos hasta llegar a un dormitorio y entra a un aseo donde un hombre, en una bañera, tararea la misma ópera italiana que estábamos escuchando en el salón… ese hombre es el padre del protagonista (increíble Edward G. Robinson)… el magistral flashback está servido.

Así entramos en un drama familiar con aires de cine negro y gotas de melodrama donde la personalidad arrolladora del padre, un italoamericano que se ha hecho a sí mismo, influye de manera nefasta en sus cuatro hijos. Un inmigrante italiano que ha prosperado en la tierra prometida pero a la vez se ha ido corrompiendo. El padre ha pasado de regentar una humilde barbería a un banco (que lleva sus cuentas de manera irregular) y que aprovecha la crisis económica del crack del 29 para enriquecerse a costa de sus compatriotas más pobres.

… es una tragedia así podemos ver aires shakesperianos del rey Lear o gotas de relato bíblico de odio entre hermanos. El hermano más querido y respetado por el padre (pero al que también le influye la fuerte personalidad paterna) es el pequeño, Max. Un abogado triunfador y mujeriego que se muestra leal y fiel al padre. Los otros tres hermanos son continuamente machacados y humillados por su padre que les suelta todo tipo de lindezas. Así somos testigos en una comida familiar la fuerte tensión que vive esta familia día a día… Lo que más me ha sorprendido es el reflejo de esta familia italoamericana, su historia y su evolución en la tierra prometida. Las relaciones entre ellos y sus comportamientos. Un retrato magnífico que me ha recordado a una trilogía que adoro: El Padrino de Francis Ford Coppola. ¿Conocería el director esta obra cinematográfica antes de realizar la trilogía?

Odio entre hermanos ha supuesto un buen descubrimiento (gracias Alfredo, 39 escalones) que además permite disfrutar de todos los matices interpretativos de un Edward G. Robinson espectacular, muy bien acompañado por la contención de Richard Conte. El personaje de Conte tiene unos diálogos para enmarcar con Irene (una de las reinas del melodrama, Susan Hayward), la mujer que ama. Los secundarios para quitarse el sombrero como la enorme Hope Emerson, una jovencísima Debra Paget o una mamma italiana sufridora con el rostro de Esther Minciotti.

Es una película que cuida los ambientes (algo que también siempre ha sabido hacer muy bien Mankiewicz): la casa paterna, la casa de Irene, los bares que frecuentan los personajes, el propio banco… Y que te atrapa hasta llegar a un clímax donde el odio entre hermanos estalla de la manera más cruda y donde se refleja la influencia (tanto para bien como para mal) que tienen los padres sobre los hijos…

Odio entre hermanos es una obra cinematográfica más olvidada que otras entre la filmografía de Mankiewicz. Y es una buena sorpresa recuperarla. Aunque sólo sea para disfrutar cómo se emplea (y cómo se plasma) de manera magistral un flashback.

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Candidata a millonaria (Hands across the table, 1935) de Mitchell Leisen

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Mi idilio con Mitchell Leisen continua y cada nuevo descubrimiento de su filmografía es una absoluta fiesta. Así de nuevo me ocurre lo mismo con Candidata a millonaria. Una mezcla de screwball comedy con toques suaves de realismo social, comedia romántica y un poco de melo.

Leisen como la vida misma mezclaba drama y comedia, su ejemplo más radical ocurre en Adelante mi amor. Y también llevó a cabo melodramas como Si no amaneciera o La vida íntima de Julia Norrism (todas estas películas ya las he comentado). Así que sabe mostrar las dos máscaras: comedia y tragedia y hacer que funcione.

Candidata a millonaria no es tan recordada como Medianoche ni tan redonda como Una chica afortunada pero está llena de encanto y de hallazgos que merecen la pena. Es una película que es bueno rescatar del olvido porque esconde muchas riquezas y aspectos que merece la pena analizar.

Un trío de intérpretes acostumbrados a estas lides: Carole Lombard, Fred MacMurray y Ralph Bellamy (el eterno el tercero en discordia y que casi nunca lograba quedarse con la chica…) y una historia que vista ahora a mí me sigue resultando muy moderna con diálogos chispeantes. De nuevo Leisen muestra su sabiduría a la hora de emplear el lenguaje cinematográfico. Además refleja ese cine cómico (con mucha ironía) con crítica social de fondo que surgió a partir del crack del 29 de ricos que se arruinan y pobres que siguen sobreviviendo y el encuentro entre dos mundos que suelen colisionar… pero siempre con las dosis de locura suficiente como para presentar un mundo al revés donde a través del caos surge la posibilidad de cumplir sueños… aunque sea con el mundo patas arriba. Así que estas películas son una medicina recomendable en estos tiempos.

La historia que nos presenta es simple (o compleja según se mire): una manicura, que trabaja en un gran hotel, tiene un sueño: ser una de las millonarias que ocupa las habitaciones del lugar donde trabaja. Quiere casarse con un millonario. De momento es una mujer independiente, con trabajo y casa, que vive el día a día. Ella se llama Regi Allen y tiene el rostro de una de las reinas del screwball comedy: Carole Lombard (en su filmografía tiene personajes inolvidables pero yo siempre reseño mi personaje favorito de esta rubia irrepetible, Irene Bullock, de Al servicio de las damas… ¡por favor que alguien saque una edición en dvd o blu ray decente, la película lo merece y siempre la he visto en copias malísimas!).

Así que esta manicura conoce a la vez a dos hombres: un millonario que tuvo un accidente de aviación y ahora se encuentra postrado en silla de ruedas y un playboy que perdió toda su fortuna en la crisis del 29 y ahora lo único que desea es casarse con una millonaria (dentro de sus planes no entra encontrar un trabajo). El azar le pone en bandeja dos posibilidades de futuro: el aviador (Ralph Bellamy) se convierte en su mejor amigo y podría ser un buen matrimonio de conveniencia y el playboy (Fred MacMurray, jovencísimo y con sus buenos inicios en el mundo screwball comedy) le promete toda una vida de incertidumbres pero con pasión y enamoramiento.

Durante todas las mañanas, desde que se conocen, el aviador pide que a su habitación suba la manicura para arreglarle las manos y de paso animarle y alegrarle el día con sus conversaciones, sueños y confesiones y durante varios días el playboy se instala en casa de la manicura porque tiene que simular frente a su futura esposa que se ha ido unos días a las Bahamas.

El aviador avisa a la manicura que contra el amor nada se puede… que si aparece alguien en su camino sin dinero pero con mucho amor que ofrecer, ése será el elegido. Ella lo niega una y otra vez. Y con el playboy, cuando descubren que ambos tienen el mismo objetivo: casarse con un millonario/a… saben que son de la misma calaña, unos canallas y que entre ellos no puede surgir el amor… pero se lo pasan tan bien juntos…

Así Mitchell Leisen, como es habitual, se mueve maravillosamente en los espacios cerrados y la historia transcurre entre los aposentos del hotel y el hogar de la manicura… con espacios de diversión como restaurantes y salas de baile (y no puede faltar un taxi) para la primera noche de la manicura y el playboy juntos. Todos los personajes secundarios tienen su función y su historia detrás de un gesto (aunque apenas tengan diálogo) como el personal de servicio de la futura esposa del playboy o el encantador mayordomo del aviador. Además Leisen siempre se rodeaba de buenos (pero muy buenos) guionistas que consiguen entre otras cosas diálogos con chispa que da gusto escucharlos y desentrañarlos. Siempre descubres algo nuevo. Y por último Leisen filma comedia romántica por eso regala un beso en primer plano precioso entre Lombard y McMurray (trabajaron en cuatro películas juntos y dos de Leisen, ésta y Comenzó en el trópico, película que todavía no he visto).

Y Candidata a millonaria muestra cómo la felicidad puede encontrarse en un colchón en una terraza mirando las estrellas…

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10 razones para amar La Reina de África (The African Queen) de John Huston

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Razón número 1: Rose y Charlie

¿Qué pasaría si se encontraran una solterona estirada y muy creyente y un borrachín fracasado? ¿Qué pasaría si se encontraran en una barca y en situaciones extremas? Eso es lo que les pasa a Rose y Charlie, dos personajes que parece que ya la vida no va a depararles más sorpresas. Que parece que sus rumbos ya están trazados. De pronto por circunstancias ajenas a ellos y por motivos históricos que implican una guerra, coinciden en una pequeña barca para realizar un viaje imposible con una misión descabellada en el continente africano. Y durante ese trayecto ocurre lo inimaginable: se enamoran y forman un equipo de trabajo perfecto.

Así Humphrey Bogart y Katherine Hepburn se unen y como sus personajes exudan una química increíble que hace que todo espectador se crea su historia de amor y aventuras. Y es emocionante ver su transformación. La de ambos. De solterona estirada y borrachín fracasado a una pareja que trabaja en equipo y absolutamente enamorada. Y es una gozada acompañarles en su viaje. Ya les pasó a los espectadores de los años cincuenta… desde Hollywood no podían creer que una historia de amor entre dos personajes maduros y fracasados pudiera enganchar (y tener un éxito inmediato de público, crítica y premios diversos)… y, sin embargo, aún su magia sigue despierta, y todos los espectadores que la ven una y otra vez quieren que a Rose y Charlie les vaya bien. Que les vaya bonito, como dicen en México.

Razón número 2: La Reina de África

Una tercera protagonista es una barca desvencijada y vieja que se llama La Reina de África pero cuidada con mimo y capaz de hacer hazañas increíbles. Capaz de surcar un río imposible cargado de peligros o de enfrentarse a un gran barco como David a Goliat. En esa barca siempre averiada pero que nunca se rinde se viven peleas, peligros, momentos de risa y otros de intimidad. Romanticismo y cotidianeidad. Y es una barca que tiene de todo: en ella cabe la posibilidad de tomar un té o también se puede fabricar un torpedo. Y tal y como la miman y cuidan los protagonistas, también el espectador tiene ganas de surcar un río con ella y que siga siempre en danza.

Razón número 3: Aventura

El ritmo de La Reina de África es trepidante. Siempre ocurre algo. No hay ni un momento de calma… cuando parece que llega la tranquilidad y el tiempo de amar asoma una nueva aventura.

El río por donde navega esta barca con rumbo hay que saber leerlo, como dice Charlie, pero está plagado de sorpresas: cuando no es un rápido es una cascada, cuando no son los mosquitos o más allá los cocodrilos o a la vuelta se encuentra un fuerte alemán o un laberinto de manglares.

Razón número 4: El fracaso, según Huston

Si miramos las películas de Huston siempre cuentan historias de fracasados que fracasan de nuevo en un objetivo que se ponen. Sin embargo, Huston permite esta vez que dos fracasados triunfen tanto en el objetivo que se ponen como emocionalmente. A Charlie y Rose, Huston les regala un final feliz.

Razón número 5: Radiografía de un fracasado en unos minutos

No obstante en unos minutos, al principio de la película, nos regala un personaje triste. Muy triste. Un fracasado que además, de manera inconsciente, hace daño a quien le rodea (en este caso a su hermana Rose). Y es el retrato del misionero Samuel, hermano de Rose. Perdido en una misión recóndita de África que lleva como puede (pero con la ayuda incondicional de una mujer inteligente y práctica, su hermana Rose) pero amargado por el éxito de otros compañeros que estudiaron con él. Consciente hasta el final, hasta cuando enloquece, de su fracaso en los objetivos que se fijó en la vida. Y este triste personaje que nos recuerda la filosofía del perdedor de Huston tiene el rostro de un secundario eterno, Robert Morley.

Razón número 6: Aventuras detrás de la cámara

El anecdotario del rodaje de La Reina de África en la propia África es casi tan famoso como la propia película. Así todo el mundo a través de libros, artículos, entrevistas a los que allí vivieron ha creado una película paralela. Y es tan rica en aventuras como la propia historia que se proyectaba en la pantalla blanca. Peleas, enfermedades, reuniones de amigos, caza, complicaciones de rodaje… Una historia bastante apasionante con muchos protagonistas: John Huston, Lauren Bacall, Humphrey Bogart, Katharine Hepburn o el productor Sam Spiegel.

Razón número 7: Escritores y guionistas

Así no sólo Huston, Bacall, Hepburn u otros miembros del equipo técnico contaban en sus entrevistas interminables anécdotas del rodaje sino que algunos como Hepburn lo plasmaron en un libro. Pero sin embargo fue un rodaje ‘tan de película’ que el guionista Peter Viertel que estuvo presente porque realizó, sin acreditar, unos retoques de guion… creo posteriormente una novela sobre dicho rodaje titulada Cazador blanco, corazón negro (que a su vez fue llevada al cine por Clint Eastwood. Ni he leído la novela ni he visto la película de Eastwood… otra de mis tareas pendientes).

Además para seguir la estela de los guionistas, La Reina de África es la adaptación cinematográfica de una novela de C.S. Forester que le salió de las entrañas a James Agee, periodista, crítico de cine y escritor (quiero conseguir el libro con sus escritos sobre cine). James Agee es otro hombre de vida intensa que realizó dos guiones que quedaron en la memoria cinéfila: el que nos ocupa y La noche del cazador.

Razón número 8: África

Todavía queda un cuarto personaje (aunque parte de la película, sobre todo las escenas más complejas de los rápidos y las del poblado africano, están rodadas en Gran Bretaña) y es la propia África. Era rarísimo en esos tiempos un rodaje de exteriores en el mismo sitio donde transcurre la trama. En La Reina de África ocurre. Y eso de alguna manera se siente… Se transmite. Y nos quedamos anonadados ante los flamencos, los manglares, los hipopótamos, los cocodrilos… sentimos el calor y nos sentimos igual de alucinados ante los desconocidos problemas que se les van presentando a los protagonistas.

Es una África bajo la óptica de occidentales. La mirada de unos misioneros perdidos en un poblado, de un fracasado excluido y desencantado que encuentra su lugar en el mundo, y de unos hombres que fracturan más el continente y se aprovechan de él para repartírselo como botín y también para emplearlo estratégicamente para una guerra que África no pidió. Pero también un continente lleno de aventuras, de posibilidades, de exotismo y de oportunidades para volver a empezar. Lleno de autenticidad y riquezas naturales.

Razón número 9: Alcoholismo y té

A Charlie en un principio le define el alcohol que bebe. Y a Rose, a la estirada Rose, el té y su ritual. Las dos bebidas describen a los personajes y su relación con ellas les transforma. Al final Charlie considera que le gusta que le lleven el té a la cama, el desayuno. Y Rose quizá se vuelva algo menos intransigente con el alcohol pues termina pidiendo perdón a Charlie por tirarle su bebida al agua… Aunque él parece ya no echar tanto de menos un trago.

Razón número 10: Banda sonora

… a mí me viene continuamente a la cabeza la melodía romántica entre Rose y Charlie. Quizá no sea una de las bandas sonoras más famosas pero a mí me dice cosas, me enternece y pinta la historia de un halo especial. Acompaña tanto los momentos ‘épicos’ de la película como las escenas de enamoramiento o más íntimas. John Huston se rodeó de buenos técnicos y profesionales británicos que estaban presentes en los créditos de dos directores peculiares e innovadores británicos, Powell y Pressburger. Uno de ellos es el compositor de la banda sonora Allan Gray y el otro es el director de fotografía, Jack Cardiff. En una entrevista en un documental sobre el rodaje de la película, Cardiff dice que realizó un trabajo tremendamente sencillo para la película, que a él la fotografía no le parece buena sino bastante normal pero que a todo el mundo le entusiasma y valora este film… ¿Qué es lo que hace que un película sea siempre especial?

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Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930) de René Clair

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… los tejados de un barrio de París… y una escena en un callejón. Un cantante callejero, acompañado por un acordeonista ciego, entona una canción popular, del momento, y vende a la vez la letra de la canción con la partitura. Los vecinos se reúnen alrededor de él e improvisa un coro en medio de la calle. De pronto René Clair consigue atrapar algo de manera sencilla y preciosa: un momento, un instante efímero pero lleno de vida. Los vecinos entonan la canción, hay distintas acciones y miradas… y presentaciones de los personajes. Puro cine.

Ahí nos encontramos a casi todos los protagonistas de esta sencilla, nostálgica y poética narración cinematográfica sobre los bajos fondos parisinos. Un universo poblado por callejuelas estrechas, bailes populares, bares o cafés, peleas nocturnas junto a las farolas y a las vías del tren, pequeñas habitaciones, reuniones de vecinos, escaleras donde habitan bohemios, carteristas, artistas, artesanos, ladrones de poca monta, inmigrantes…

En esta primera escena aparece la joven inmigrante Pola, el cantante callejero Albert, su amigo el carterista y Fred, el jefe de una banda de ladrones. Más tarde en la barra de un bar aparece también el mejor amigo de Albert, Louis. Una amistad en la que siempre se están divirtiendo, compitiendo, jugando y peleándose… Así la película mezcla situaciones de comedia sentimental, con gotas de melodrama y cine de gánsteres. Pero el cóctel es tan sencillo y poético que funciona.

Lo poético se encuentra en los detalles y matices: un espejo roto que se convierte en un símbolo del amor imposible que siente Albert por Pola o los tejados de París o el reflejo de la vida de los vecinos a través de sus ventanas…

Y con esa plasmación de los instantes y la vida, René Clair nos habla de las complejidades del amor. Así la dulce Pola se convertirá en la mujer deseada por tres hombres y el destino construirá una historia donde también intervendrá el azar y la amistad. Así Pola se encontrará en los brazos del mafioso Fred, del romántico Albert y del más pragmático Louis.

Después de una historia de vidas cruzadas donde alguno saldrá con el corazón partido y otro conseguirá el corazón de la chica… y alguno que otro terminará en prisión así como otros afianzarán sus lazos de amistad, no queda otro modo de terminar la historia que de nuevo mostrando un coro callejero… porque la vida continúa y los techos de París.

René Clair se enfrenta así a su primer largometraje con éxito internacional (aunque el mayor éxito fue en su país de origen Francia) y además emplea por primera vez el sonido en el periodo en que las películas habladas empiezan a dejar atrás el cine silente. Pero el uso del sonido es para ayudarle a contar la historia, se sirve del sonido pero todavía realizando un uso preciso del lenguaje puramente visual del cine mudo. Así no hay largos diálogos o conversaciones, la mayoría de las veces no escuchamos esos diálogos tapados por la vitrina de un cristal o por el sonido de un tocadiscos…o por el jaleo de una trifulca. Muchas de las situaciones Clair las sigue solucionando de una manera visual y el sonido sólo es un pretexto para contar algo más o para que en los barrios de París se oiga cantar a sus vecinos o se les vea bailar al son de la música. A pesar de la ausencia de diálogos la historia puede seguirse perfectamente pues sigue siendo puro cine silente con acompañamiento de sonido.

Bajo los techos de París es una recreación nostálgica y poética de un París de los bajos fondos donde los artistas conviven con los carteristas y con los que menos tienen junto los inmigrantes y bohemios en una armonía ideal. Y como siempre es el amor el motor de las vidas de muchos de sus personajes. El amor por una chica o la camaradería entre amigos o la solidaridad entre vecinos…

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Birdy (Birdy, 1984) de Alan Parker

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A veces me gusta rescatar películas de mis tiempos mozos y que en el momento que las vi me impactaron bastante. En estos nuevos visionados (porque algunas no las había vuelto a ver hasta ahora) me pasan dos cosas: o me decepcionan al volverlas a ver o me reafirmo en que me entusiasmaron e impactaron en su momento y vuelve a sucederme lo mismo. Y con Birdy de Alan Parker me ha ocurrido lo segundo. Me ha vuelto a gustar y mucho. Y no es una película fácil sino más bien extraña. Aunque a Parker nunca le han asustado los retos extraños.

Birdy es la adaptación cinematográfica de una novela que desconozco del autor y pintor norteamericano William Wharton pero sin embargo la película de Alan Parker pone de relieve varios temas muy tratados en el cine: la amistad durante la adolescencia y la nostalgia del recuerdo (amistades firmes e inquebrantables). Las secuelas que provoca una guerra, en este caso la de Vietnam, y la difícil adaptación de los que fueron a combatir y regresan con profundas heridas físicas y emocionales. El miedo a hacerse mayor, el miedo a relacionarse. El derecho a ser distinto y diferente. La libertad. Y la pasión que se convierte en obsesión: en el caso de Birdy, su pasión por los pájaros la llevará al máximo extremo al querer convertirse en uno cuando regresa de Vietnam.

 

Birdy relata cómo Al (Nicolas Cage) tiene que hacer recordar a su amigo Birdy (Matthew Modine) cosas de su amistad adolescente, cosas que hagan reaccionar a Birdy y le hagan salir de esa desconexión tan brutal con la realidad que se ha creado como escudo. Al tiene el rostro desfigurado tras la explosión de una bomba y está intentando superar sus fracturas emocionales y Birdy tras su regreso de Vietnam se encuentra recluido en un centro psiquiátrico (y probablemente permanezca en él para siempre) comportándose como un pájaro.

Lo primero que me ha llamado la atención es cuando tanto en un momento decisivo de su adolescencia como después en un momento horrible y desesperado en la guerra de Vietnam Birdy se siente pájaro. Siente que su cuerpo sale de la ventana de su cuarto o sobrevuela el horror de Vietnam y logra volar. Con una cámara subjetiva acompañamos a Birdy en esos vuelos, primero por el barrio después por los cielos de Vietnam. Y a vista de pájaro percibimos la libertad que siente el personaje porque por fin alcanza su sueño de alzar el vuelo y sentirse libre. Y me llamó la atención por la forma de rodarlo de Parker, que  recuerdo me hizo sentir esa sensación de vuelo en su momento y al ver otra vez esa sucesión de escenas me han vuelto a traer a la memoria una secuencia en la que me fijé de la película de Amenábar, Mar adentro (2004), cuando el protagonista vuela en sueños. Y en el momento que la vi sentí que ya había visto y vivido esa experiencia. No me equivocaba, la había vivido en Birdy.

Alan Parker narra la película en dos ‘dimensiones temporales’. Una el presente de los dos protagonistas en el hospital psiquiátrico. Dos el pasado nostálgico y construido a veces por Al y otras por la mente (no tan desconectada de la realidad) de Birdy. En la primera dimensión sobrevuela el desencanto, la desazón, el sentido de pérdida de ambos personajes que tratan de sobrevivir un presente que les duele y les sobrepasa. Cada uno emplea sus técnicas de defensa… hasta que ambos logran volver a conectar. A comunicarse. Sobre todo transcurre en el hospital psiquiátrico y sobre todo en la celda de Birdy y alrededores (el despacho del psiquiatra o el gimnasio —donde transcurre una escena estremecedora: en la pared hay una pintada de bienvenida a los soldados que regresan de Vietnam y en ese momento está Al solo y con la cara destrozada, un muchacho sin piernas jugando al baloncesto y otro también si extremidades inferiores subiendo por una cuerda—). Los espacios son importantes así como la luz que entra por la ventana de la celda de Birdy.

En la segunda dimensión espacio-temporal está la adolescencia de ambos personajes que van cimentando una extraña amistad y es construida desde la nostalgia de ambos. Son dos muchachos humildes, de barrio. Cómo se conocieron, cómo conectaron, cómo se convirtieron en cazadores de palomas, las fiestas y clases compartidas, los ligues (sobre todo de Al), los trabajos esporádicos, las relaciones con sus padres, las trastadas, la sensación de un mundo que era todo suyo, los experimentos de Birdy para volar, los miedos de Al ante las ‘locuras’ de su amigo… Y cómo construyen una forma de comunicarse y unas claves fuertes. Cómo se respetan aunque a veces, la mayoría, no se entiendan. Y cómo forman un buen equipo: cada uno con sus debilidades y fortalezas y cómo juntos funcionan, conectan y pueden dar pasos. La guerra y la obsesión de Birdy por volar (y su opción de cada vez aislarse más de los otros) hace que se separen… hasta que vuelven a estar juntos en ese presente sombrío en el hospital psiquiátrico.

Y la película funciona no sólo por el cuidado y mimo de Parker en una película de tono intimista y privado (de hecho estamos siempre en las cabezas de Al o Birdy) sino por la bella dirección de fotografía (sobre todo en el hospital) de Michael Seresin, habitual en las películas de Parker. Por otro lado, tanto Nicolas Cage como el ahora cada vez más olvidado Matthew Modine (¿alguien le olvida en La chaqueta metálica?) realizan una composición perfecta de sus personajes y no sólo hacen evolucionar a sus personajes sino que emocionan… sobre todo en un final abierto esperanzador e inquietante a la vez… Matthew Modine hace suyo un papel complejísimo que podría en manos de un mal actor haber rozado el ridículo y en sus manos regala a un personaje muy complejo y con una sensibilidad especial. Por parte de Cage, está perfecto como el muchacho líder y fuerte del barrio que se convierte en mejor amigo (y protector) del ‘raro’ y que de pronto ve cómo su mundo se derrumba, cómo todos sus ideales y sueños se pierden en una guerra despiadada y cómo sólo le queda aferrarse al amigo, con el que se siente seguro. Con el que se puede mostrar vulnerable.

Como  curiosidad final añadir que el primer trabajo musical en el cine (y no fue el último) de Peter Gabriel fue en Birdy donde se encargó de toda la banda sonora. Quizá es lo que más sitúa a la película en los años ochenta pero capta la intimidad y la nostalgia de la película así como las sensaciones de Birdy al querer volar. Se emplea también canciones tan populares como La Bamba en una de las escenas más emblemáticas que transcurre en el vertedero, canciones históricas que forman la ‘banda sonora’ personal de los protagonistas.

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Amor y clases sociales: Un lugar en la cumbre (Room at the top, 1959) de Jack Clayton/ Así habla el amor (Minnie and Moskowitz, 1971) de John Cassavetes

Y dicen por ahí que la clase social es un término obsoleto. Pero yo miro alrededor y cómo marcha el mundo y no lo tengo tan claro. Creo que es un término que sigue vivito y coleando. Sólo hace falta observar y ver cómo la igualdad de oportunidades o la igualdad en derechos y deberes es algo muy lejano… es más sigue cada vez rasgándose más una enorme brecha con dos clases claras que no desaparecen: los que más tienen (y que además suelen acumular poder económico y político) y los que menos tienen (que suelen estar bastante fastidiados y en esta etapa de crisis se ve cómo cada ‘medida’ de los que tienen mucho les va jodiendo un poquillo más su situación económica y laboral). Ah, la famosa clase media sigue intentando con la soga al cuello seguir siendo media. Pero el amor, el amor… siempre está presente y a veces sirve como excusa para alcanzar un cierto estatus social y adquirir los derechos, deberes y oportunidades de los que más tienen (aunque hay que pagar un alto precio por ello) y otras sirve para que dos seres solitarios en sus respectivas clases y sin nada en común… de pronto sientan una oportunidad de futuro… Así nuestra sesión doble nos deja un drama social sin concesiones en un momento en que Gran Bretaña estaba gestando su free cinema y una extraña ¿comedia? de cine independiente americano con forma de cuento con final feliz.

Un lugar en la cumbre (Room at the top, 1959) de Jack Clayton

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¿Cuál es el drama de Joe Lampton (Lawrence Harvey)? Su lucha entre ‘trepar’ socialmente cueste lo que cueste u optar por un amor verdadero y sin máscaras pero que le asegura su continuo viaje en los márgenes de la sociedad.

En esta lucha se debate entre su historia con dos mujeres: la niña pija y enamorada (pero no tan inocente como nos parece y con la carga de todos los prejuicios sociales en los que la han educado cuidadosamente) Susan Brown (Heather Sears), hija del hombre de negocios más rico e influyente de una pequeña localidad de Gran Bretaña o Alice Aisgill (Simone Signore), mujer desarraigada, desencantada, transparente y sin máscaras que vino de París y se quedó en Gran Bretaña atrapada en un matrimonio que la corroe y la hace infeliz.

Su obsesión con Susan Brown le convierte en el joven trepa capaz de todo con tal de alcanzar una buena posición económica, social y laboral y el acceso a los círculos de poder sin sentir el rechazo y el desarraigo.

Su amor por Alice le abre la posibilidad de ser un hombre libre y feliz aunque trabajando duro, viviendo con dificultades y luchando contra la hipocresía social.

En el camino de esta batalla, vence la parte trepa de Joe Lampton que reniega de su origen y pasado (pero al final convertido en una marioneta manipulada por todos —no vaya a ser que salte algún escándalo, mejor que esté satisfecho y calladito— y porque el destino le depara sorpresas y giros que no esperaba) y queda una víctima por el camino, Alice (rechazada por todos por ser el único personaje sin máscara alguna en el rostro)…

Inolvidables los encuentros y desencuentros entre Alice y Joe en habitaciones clandestinas, lejos del mundanal ruido, y su intercambio de cigarrillos. O en calles y playas solitarias. Queda, para siempre, la despedida en una estación de tren.

Jack Clayton (que también es el creador de esa joya que es Suspense) muestra su elegancia a la hora de rodar así como en la puesta en escena de una historia con varios escenarios que muestran los distintos mundos en los que viven cada uno de los personajes. Y la película llega a esa cumbre que nombra el título en castellano por la creación de un buen personaje como el de Alice con el rostro desencantado de la actriz francesa Simone Signore así como la confirmación de una prometedora carrera (que se quedó en prometedora) del actor de origen lituano, Laurence Harvey (que dejó sin embargo películas inolvidables y extrañas como El mensajero del miedo).

Así habla el amor (Minnie and Moskowitz, 1971) de John Cassavetes

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Minnie y Moskowitz no pueden ser más distintos ni pertenecer a mundos más diferentes. Pero los dos se sienten igual cuando se encuentran: solos y por distintas circunstancias en el margen. Ambos son polos opuestos y es imposible pensar una historia de amor entre ambos y que pueda llegar a funcionar.

Minnie y Moskowitz cuentan con los rostros de Gena Rowlands y Seymour Cassel, de la ‘familia cinematográfica’ de John Cassavetes y se desnudan con unas actuaciones increíbles en una sencilla película que cuenta una pequeña historia de amor… en un principio imposible.

Ella es Minnie, una mujer que trabaja en un museo, culta, hermosa con una buena posición social pero tremendamente solitaria y desencantada. Acaba de terminar una tormentosa relación con su amante, un hombre casado. Y se da cuenta de que su futuro no es más que la soledad. Se encuentra emocionalmente vulnerable.

Él es Moskowitz, un hombre sin ambición alguna, que vive de un lado para otro (que cuenta con la ayuda económica de su madre) y trabaja como aparcacoches. Tiene problemas para relacionarse, no sabe comportarse ni le importa y busca por las noches compañía de distintas mujeres.

Los dos se encuentran, precisamente, en el aparcamiento de un restaurante cuando Minnie no puede deshacerse de un hombre con el que ha quedado en una especie de cita a ciegas. Y así empieza su relación… cuatro días de desencuentros y encuentros, de discusiones, de negar que ahí puede haber una historia o una posibilidad de futuro (sobre todo por parte de Minnie, Moskowitz dice que él no piensa tanto, que lo tiene claro). Y entre viajes en coche, visitas a restaurantes, paseos nocturnos, peleas… un baile y una canción de amor… Los dos deciden apostar por un futuro juntos y quizá amarse. Nadie apuesta por la relación… ni siquiera el espectador que asiste alucinado a los encuentros absurdos de unos amantes extraños (pero a la vez esos momentos esconden una emoción… una belleza, una posibilidad de algo). Ella no ve en el rostro de él al hombre amado, al que busca mientras ve películas antiguas en las salas de cine. Y él ¿esta vez va en serio? ¿Será capaz de aspirar o comprometerse con algo?

Tan sólo sabemos que coinciden en una cosa: los dos aman ir al cine y sobre todo aman las películas de Bogart (a ser posible acompañado de Bacall).

Y de pronto son los personajes los que se rebelan contra todos y contra todos los prejuicios posibles. Y son Minnie y Moskowitz los que demuestran que también ellos tienen derecho a protagonizar una bonita historia de amor… Y se convierten en personajes transgresores que solicitan el derecho a protagonizar una película con final feliz.

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