La gaviota (The Seagull, 2018) de Michael Mayer

La gaviota

La película La gaviota no arriesga en las formas como Treplev en la obra.

Es tan potente el texto de Chejov, La gaviota, que su historia atrapa desde el primer minuto y están tan bien construidos los personajes y son tan buenos los intérpretes que los llevan a cabo que hay secuencias en los que se alcanza todo el espíritu del autor. Todo es mérito del material del que se parte y de unos actores que apetece ver encima del escenario. Sin embargo, el director Michael Mayer (que sobre todo se ha movido en los teatros) ofrece una dirección cinematográfica tan solo correcta, sin riesgo alguno. Únicamente rompe el texto dramático empezando la película por el cuarto acto, de tal modo que el acto primero, segundo y tercero se convierten en un largo flashback, para volver de nuevo al cuarto acto y llegar al clímax y a todo su sentido.

En cierto modo si tomamos una de las discusiones de la obra de Chejov, diríamos que Michael Mayer apuesta por la visión de las artes en las que se mueven Trigorin y Irina Arkádina, sin arriesgar en las formas, pero apostando por un contenido solido y que sabe que no va a fallar con el público… No toma el camino que infructuosamente siguen Treplev o Nina: de romper, innovar en las formas de contar, de entregarse apasionadamente a su arte (sin red, sin miedo)…, algo que sí hacía, por ejemplo, Louis Malle en la maravillosa Vania en la calle 42. Así La gaviota de Mayer cuida la ambientación, la localización, el vestuario… y salta del escenario teatral al cine sin alardes, de una manera incluso anodina.

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Las furias (Las furias, 2016) de Miguel del Arco

Las furias

Las furias es el debut de Miguel del Arco en el cine. El hombre del teatro deja esta vez los escenarios y se sube a la pantalla blanca. Y desata toda una lluvia catártica, una tragedia familiar que termina de manera singular: la familia como cárcel y liberación. Los Porto Alegre se reúnen un fin de semana en la casa veraniega y empieza la tormenta, se desatan las furias y después… la calma. Es curioso, porque podría haber empezado el post igual que el de Agosto (adaptación cinematográfica de la obra de teatro de Tracy Letts, que también ilustra una reunión familiar tormentosa): “Ya lo dijo Tolstoi en Ana Karenina, ‘todas las familias felices se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera’”… y es que muchos de los actores que construyen los personajes de los Porto Alegre también tienen su recorrido en otras familias trágicas de ficción (bien del mundo del teatro, bien del mundo del cine). Lo hermoso es que Miguel del Arco ha dado rienda suelta a sus inspiraciones, y si conoce bien los mecanismos del teatro y se nutre además de la mitología, la tragedia griega y shakesperiana, se empapa también del melodrama cinematográfico desatado. Y crea una película tan especial como Las furias, con voz y personalidad propia, que deja además al descubierto un abanico de buenos actores.

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¡Qué ruina de función! (Noises off, 1992) de Peter Bogdanovich

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Peter Bogdanovich ama el cine y uno de sus amores es un género: la comedia y si es posible screwball… con unas gotas de slapstick, por favor. Si encima unes cine y teatro…, solo hay una salida: el espectáculo debe continuar. Así surge ¡Qué ruina de función!, película donde el director cinéfilo logra que el espectador llore de la risa y sus carcajadas no puedan reprimirse. Bogdanovich mima sus comedias y bebe de un lenguaje cinematográfico complejo que se fue forjando con los grandes cómicos de cine mudo americano y continuó con el género screwball durante los años treinta y cuarenta…, de esta manera las comedias de Bogdanovich son evoluciones y homenajes al género que ponen de relieve la importancia que tiene un buen director de comedias. No hace más que seguir la premisa que nos descubrió Preston Sturges en Los viajes de Sullivan: lo importante que es dirigir buenas comedias y provocar simplemente la risa. Porque la risa termina siendo terapéutica y relajante cuando realmente surge del alma.

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Cuentos infantiles, teatro y cine de animación. A la luna de Cynthia Miranda y Daniel García

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Los buenos cuentos infantiles lo que proporcionan son herramientas para entender el mundo en el que el niño se mueve, herramientas para enfrentarse a los miedos diarios, a los obstáculos para conseguir sueños, a las dificultades…, herramientas para entender los sentimientos, las emociones o para entender a los más grandes o a los más pequeños. Para entender, en definitiva, el mundo que les toca mirar. Los cuentos infantiles sirven para crecer, sirven para lidiar con ese mundo desconocido. Por eso elaborar un buen cuento es tan difícil… porque va a ser un aprendizaje para la vida. Así los cuentos de Andersen, los de los Grimm o los de Oscar Wilde pueden ser tremendamente tristes, sin ocultar la dureza de la vida, pero por otra parte no renuncian a la fantasía, la magia o la ilusión. Los cuentos infantiles no tienen que edulcorarse y tampoco pasear por lo políticamente correcto (que es la forma más tremenda de acabar con una imaginación y fantasía sin fronteras…), tienen que ser terroríficos, revoltosos, tristes, incorrectos incluso crueles (las páginas infantiles de Roald Dahl sabían mucho de esto)…, para convertirse en herramientas de defensa contra los posibles golpes o sustos que da la vida, para defenderse en el día a día, para caminar hacia los sueños, para no darse por vencido.

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Ran (Ran, 1985) de Akira Kurosawa

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Ran de Akira Kurosawa es de esas películas que permiten un análisis profundo y rico. El director japonés se inspiró en una obra de teatro occidental (El rey Lear de William Shakespeare) y la tiñe de su universo de cultura e historia japonesa. Kurosawa consigue una interesante y extraña fusión (cine, teatro shakesperiano, teatro japonés y un estudio pormenorizado y detallista de la historia de Japón del siglo xvi) para crear, a través del reflejo del caos, las consecuencias nefastas del poder, la violencia y la venganza. Kurosawa convierte la tragedia shakesperiana en más extremista…

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Comedia con fantasmas de Marcos Ordóñez (Libros del Asteroide, 2015)

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Un viaje a través de la memoria de Pepín Mendieta, el rey de la comedia. Comedia con fantasmas es una novela que rescata el espíritu de los escenarios de teatro españoles en un largo periodo histórico: de 1925 a 1987. Pero también está bien presente el mundo del cine. Cine y teatro de la mano para unas páginas apasionantes pobladas de recuerdos y fantasmas. Pues eso es rememorar, mirar una vieja fotografía o una película lejana… traer a la vida aquellos fantasmas que formaron parte de nuestra existencia y nos hicieron tal y como somos. Marcos Odóñez te sumerge en un mundo de fantasmas que cobran vida… y, como lector, no quisieras que bajase nunca el telón.

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Hollywood gótico. La enmarañada historia de Drácula de David J. Skal (Es Pop Ediciones, 2015)

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Unas escaleras que suben a los aposentos de un castillo decadente y solitario, la noche, el viento que apaga las velas, extraños ruidos, murciélagos volando, un grito, una gota de sangre, una ristra de ajos, un crucifico, hermosas damas victorianas, un hombre que ha perdido la cabeza come insectos, estacas, tumbas, muerte, sensualidad, arrebatos, mordiscos, sangre, un espejo que no refleja la imagen deseada, un barco asolado por la peste y tempestades ocultas, las ratas… y al final un hombre que hipnotiza con la mirada, que vive en la oscuridad, que muestra sus colmillos, que está sediento, que repta por las paredes, que es una presencia terrorífica…, el conde Drácula. Toda una imaginería alrededor de este personaje… ¿De dónde viene?¿Cómo ha ido creciendo y transformándose? ¿Por qué los vampiros y en concreto el conde… siguen presentes en nuestras mentes?

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Cadeneta de curiosidades cinematográficas. Una profesora con gotas de poesía, Tim Robbins y Shakespeare, 1001 películas que hay que ver antes de morir y el ciclo de cine Otras infancias

Una profesora de parvulario (Haganenet, 2014) de Nadav Lapid

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Hay películas que provocan en el espectador cierto extrañamiento, incomodidad y distanciamiento pero sin embargo hay algo en ellas que atrapa. Así ocurre con la segunda propuesta cinematográfica del director israelí Nadav Lapid, Una profesora de parvulario. Su manera de contar de alguna manera atrae la mirada. Y es difícil lo que plantea y cómo lo plantea. Habla de un mundo sin poesía pero sin embargo lo cuenta con un lirismo duro y especial. Una profesora de parvulario remueve e incomoda. Hay momentos en que no sabes si reír o llorar. Sus personajes no inspiran ninguna simpatía y sin embargo muestran totalmente su humanidad en un mundo que no hay hueco para los versos. Su premisa: una profesora de parvulario descubre a un niño en su clase con un don para crear poemas (es casi como si tuviera revelaciones)…, su obsesión por fomentar su don y por protegerle de un mundo que a ella le ha llevado a una cárcel interior, al vacío, a la soledad y el alineamiento le hará tomar decisiones y rumbos inesperados. La mirada especial de la profesora con el rostro de la actriz Sarit Larry define esta extraña película que deja momentos con unas gotas de poesía emocional… Un patio con lluvia, un baile desesperado, una lágrima que se desborda y un niño que no quiere dejar de serlo (Avi Shnaidman)…

El sueño de una noche de verano, según Tim Robbins

… Desde que siendo pequeña me regalaron un cómic de El sueño de una noche de verano de William Shakespeare (adaptación del historietista Miguel Quesada Cerdán… que aún conservo), mi idilio con esta obra y con Shakespeare aún no ha parado. Me enamoré sin remedio de esa obra y llegó a un punto álgido cuando siendo universitaria vi un montaje teatral que me dejó sin habla (de hecho repetí función), y fue el montaje que realizó el grupo vasco Ur Teatro. Las adaptaciones cinematográficas de esta obra en concreto no han sido tan afortunadas (la de 1935 de William Dieterle o Max Reinhardt o la de 1999 de Michael Hoffman), falta todavía aquel director que destaque con esta propuesta. Más brillantes han sido aquellas películas que han tratado de captar su espíritu como Ingmar Bergman con Sonrisas de una noche de verano, Woody Allen con La comedia sexual de una noche de verano o el empleo de la obra original en la película de Peter Weir, El club de los poetas muertos. Ahora mi amor hacia esta obra ha vuelto a renacer con fuerza, emoción y alegría en el Teatro salón Cervantes de Alcalá de Henares, pues tuve la fortuna de disfrutar del montaje que ha realizado, como director, Tim Robbins. Volví a hundirme en el mundo encantado de Titania y Oberón, a disfrutar de los enredos amorosos de Herminia, Elena, Lisandro y Demetrio y a reírme a carcajadas con ese montaje sobre el mito de Píramo y Tisbe que realiza la gente del pueblo para la boda de Teseo e Hipólita. Con una elegante y sencilla puesta en escena, donde los actores jugaban con sus vestuarios e intercambio de roles en los tres mundos que tan bien diferencia la obra, así como música en directo… y una fragmentación del personaje de Puck…, Tim Robbins logró disparar la emoción y la alegría que transmite esta obra. Y haré un comentario algo frívolo… pero fue un placer oír reír al mismo Robbins con su propio montaje… a unos pocos metros de la que esto escribe… Por cierto, Tim Robbins realizó un homenaje a Orson Welles y al teatro en una película que dirigió en 1999 y que me deslumbró la primera vez que la vi, Abajo el telón (Cradle Will Rock).

Un libro-regalo

Hace unos meses y en circunstancias adversas, me hicieron un regalo que me alivió y entretuvo durante momentos un poco duros… y todavía sigo disfrutándolo. 1001 películas que hay que ver antes de morir (Grijalbo ilustrados, 2014), donde, como su título explica, se reúnen este número de películas, ordenadas por décadas hasta la actualidad, con comentarios (con su ficha técnica, sus fotogramas, su cártel, anécdotas y alguna frase curiosa que se refiere a la película o alguna frase mítica del guion) de distintos críticos y expertos cinematográficos, coordinados por Steven Jay Scheneider. Como en todas las listas (y esta es muy amplia) hay sorpresas, ausencias y descubrimientos. Es un libro ameno y sencillo…, donde puedes estar de acuerdo o no con las valoraciones de los colaboradores y por tanto razonar o revisar ciertas reflexiones o afirmaciones. A mí sobre todo me está aportando el recordar o descubrir obras cinematográficas que aún no he visionado… y apuntar propuestas para llenar más todavía mi viejo baúl de películas.

Ciclo de cine y debate Otras infancias en La Casa Encendida

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Como todos los años por estas fechas…, ando yo un poco implicada y muy ilusionada en un ciclo en La Casa Encendida. Las miradas de los niños avisan sobre la salud de las sociedades en las que viven. Esas miradas son directas y sinceras. Con esas miradas se dibuja el ciclo de cine y debate Otras infancias. Durante los martes y jueves del mes de julio se proyectarán siete películas, cinco de ficción y dos documentales, donde los principales protagonistas son los niños. Viajaremos a Oriente y Occidente, al Norte y al Sur y junto a ellos viviremos sus juegos y malabarismos para mantenerse en pie, para construir un futuro, a veces incierto… Otras infancias porque cada niño crea su propio universo, otras infancias porque las circunstancias que les rodean condicionan sus primeros años de vida. El martes se dio el pistoletazo de salida con La bicicleta verde de Haifaa Al-Mansour y el coloquio con la socióloga Fátima Arranz. Os dejo aquí un link de una propuesta veraniega sobre infancia, cine y reflexión.

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Descubriendo más cine musical. Las chicas de Harvey (The Harvey Girls, 1946) de George Sidney/A chorus line (A chorus line, 1985) de Richard Attenborough

La sesión doble de hoy nos lleva a un viaje especial por una época clásica en los musicales, aquellos mimados especialmente por la MGM en el departamento musical bajo la batuta de Arthur Freed; y la corriente, que hoy en día sigue, de llevar a la pantalla grande los musicales que triunfan en los escenarios de Broadway. Así descubrimos la historia de unas chicas que buscaban ganarse la vida en la cadena de los restaurantes Old West Harvey o la vida dura de los bailarines de Broadway en una complicada y larga prueba de selección. Para la primera contamos con un director relacionado normalmente con el colorido, la aventura, la vitalidad y varios musicales en su filmografía. Y en la segunda un director y actor que firma el único musical de su obra cinematográfica y que no salió mal parado.

Las chicas de Harvey (The Harvey Girls, 1946) de George Sidney

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Esta película no se encuentra en la memoria cinéfila de los amantes del cine musical pero sin embargo es una obra cinematográfica con muchas de las características de las producciones del departamento de Arthur Freed. Vitalidad, alegría de vivir, ritmo, estrellas de la canción y del baile, canciones brillantes, bailes, espectáculo y color mucho color. Así es uno de esos westerns que se convierten en musical y se inspira además en un hecho real: en las vidas de las camareras que recorrían el salvaje oeste para trabajar en la cadena de restaurantes Old West Harvey para atender a los viajeros de los trenes… El tema tenía jugo para explotarlo bien y realizar un buen musical pero se queda en una película simpática (que ya es mucho), nostálgica, con algún número para el recuerdo y con un reparto maravilloso de estrellas que protagonizaron musicales inolvidables. Además de contar con la vitalidad y alegría de varias de las producciones de Sidney.

La estrella de la función es Judy Garland que no solo cumple como cantante sino que se muestra pizpireta pero también con esa mezcla de fragilidad y fuerza que derramaba sobre sus personajes. Ella es una de esas chicas que trata de buscarse un futuro, un cambio, en otra parte, en otro paisaje. Y es ella la que lleva la voz cantante en On the Atchison, Topeka and the Santa Fe, la canción que muestra la llegada en tren de las chicas a su nuevo hogar. Y además dicha canción ganó el Oscar aquel año.

Judy Garland es una joven soñadora que se ha atrevido a dar el paso de casarse en un lugar lejano a su hogar, Ohio. A su amor lo conoce a través de unas cartas… pero cuando llega su hombre soñado en nada se parece al que le escribe las cartas. Es un borrachín sin el don de la palabra. Todo tiene explicación. Ha sido objeto de una broma pesada: las cartas eran escritas, en realidad, por el empresario de la casa de citas y juegos de la localidad que ha actuado como si fuera un Cyrano de Bergerac. Un don juan caradura (John Hodiak) que quiere redimirse desde el mismo momento en que aparece en pantalla y para mí el punto más débil de la película tanto por la construcción del personaje como por el actor elegido, que no parece cómodo del todo en su rol. Así el futuro del personaje de Judy cambia: no se casa y entra a formar parte de las chicas de Harvey… pero además tiene ojos para el tipo duro que se ha reído de ella.

Otra de las debilidades de la película es que se podría haber explotado con mucha más riqueza y se queda tan solo en la superficie el enfrentamiento entre las chicas del Saloon, capitaneadas por una genial Angela Lansbury, y las chicas de Harvey, con Garland de líder. Se queda en un enfrentamiento muy plano entre las chicas de mala vida y las buenas chicas con refinadas costumbres. Un enfrentamiento gris sin ricos matices.

Pero entre los encantos de este musical, además de dar esa alegría de vivir que conseguían estos musicales, se encuentra el poder disfrutar no solo de Judy Garland o Angela Lansbury sino de disfrutar del arte en el baile y el increíble lenguaje corporal de Ray Bolger (cuyo papel más recordado es su espantapájaros en El mago de Oz) y ver los primeros pasos de la bellísima Cyd Charisse o descubrir a Virginia O’Brien y disfrutar también de esa secundaria que fue Marjorie Main. Y también otro encanto es reconocer el paisaje y los elementos del western en un musical que podría haberlos aprovechado mucho más como el momento brillante de Virginia O’Brien cantando The wild, wild west en una herrería mientras se prepara para herrar a un caballo ante un desfallecido herrero (Ray Bolger) que teme a estos animales. No faltan los códigos del viejo Oeste: el tren, sus peleas, las ciudades sin ley, los tipos duros, las celebraciones, las dificultades… pero en clave de sol.

A chorus line (A chorus line, 1985) de Richard Attenborough

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Richard Attenborough sorprende con este musical que fue un éxito en el Broadway de los años setenta. La premisa es sencilla: la prueba de selección de un grupo de bailarines para un musical de éxito. A partir de ahí, empieza el espectáculo. Pese a las debilidades en la trama (esa historia de amor puesta con calzador), hay números de danza y canciones (como número estrella, One) tan bien resueltos y momentos tan brillantes visualmente que hace que el espectador, amante del cine musical, disfrute con esta película.

Sigue la premisa del espectáculo debe continuar (que ha dado maravillas como All that Jazz pero que ya tenía antecedentes en La calle 42 en los años treinta) donde se refleja la dura vida de los bailarines (paro, la edad, los prejuicios, la salud, el sacrificio, la fama y la caída…) y las dificultades para levantar un espectáculo musical.

Toda la película transcurre encima de un escenario, en un teatro, durante una prueba de selección. Por supuesto hay un director duro (que actúa casi como un dios, tiene el destino de los participantes en sus manos… y que tiene el rostro de Michael Douglas, es el que dirige la función, la prueba de fuego), un buen coreógrafo que sigue sus órdenes y un grupo de jóvenes con distintos sueños y problemáticas que vamos descubriendo en distintos números musicales.

Hay dos bailarinas que en un momento dado hacen referencia a una joya del cine musical y explican ambas que fue el motivo por el que quisieron dedicarse a esa profesión: Las zapatillas rojas (1948) de Michael Powell y Emeric Pressburger. Esta referencia implica una reflexión sobre A chorus line. Pese a ser una película disfrutable, con muchos elementos del género entre sus fotogramas, no alcanza la maestría e intensidad así como profundidad del clásico de Powell y Pressburger. Porque allí además de la premisa del espectáculo debe continuar, hay profundidad en los personajes y sus relaciones personales (una historia de amor potente) y una buena construcción de los elementos melodramáticos y musicales. A chorus line se queda en la superficie del espectáculo vistoso pero no hay corrientes ocultas bajo los fotogramas perfectamente ejecutados…

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Mi regalo de cumpleaños. Jeanne Eagels (Jeanne Eagels, 1957) de George Sidney

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Descubrir un clásico siempre es un bonito regalo que aprecio. Me llamó la atención la pareja de actores protagonista (Kim Novak y Jeff Chandler), su director y que se rescatara con esta película una figura del pasado, una figura de los escenarios y del cine mudo que brilló hasta la revolución del cine hablado…, fecha de su fallecimiento (1929), Jeanne Eagels. Triste personaje femenino perteneciente al Hollywood oscuro, al de Babilonia, ese que reflejó Kenneth Anger en sus dos volúmenes. Triste personaje que vivió las mieles y los túneles oscuros de la fama… como Frances Farmer, Mabel Normand, Clara Bow… y un largo etcétera.

Jeanne Eagels fue escalando y escalando desde pequeños teatros, hasta ser una de las chicas de las Ziegfeld Follies, pasando por teatros más importantes hasta llegar a Broadway y también a Hollywood. También su vida se vio rodeada por el alcohol y la heroína así como una inestabilidad sentimental. Sus papeles más recordados tienen que ver con el escritor William Somerset Maugham. Uno de sus triunfos en los escenarios fue con la obra Rain, que después sería llevada al cine. La prostagonista, Sadie Thompson, tendría el rostro de celuloide de Gloria Swanson, Joan Crawford y Rita Hayworth. Pero durante muchos años Sadie en el escenario fue Jeanne Eagels. Y a título póstumo, recibió una nominación al oscar por una película (en plena revolución del sonoro), La carta, que años después sería una de las grandes películas que realizó William Wyler con Bette Davis. Finalmente, no se sabe si la muerte de Eagels fue provocada por una sobredosis o fue suicidio.

Y la película de George Sidney me ha sorprendido porque dibuja un triste y decadente retrato de la protagonista y filma una bella historia de amor imposible. La Jeanne Eagels de la película nada entre el biopic (con varias licencias para ficcionar la vida de la protagonista) y el melodrama romántico. Jeanne Eagels se aleja del cine technicolor, musical (Escuela de sirenas, Levando anclas, Magnolia o Bésame Kate) y aventurero (Los tres mosqueteros o Scaramouche) del director para decantarse por un retrato amargo en blanco y negro. Fue el segundo de sus trabajos con Kim Novak (la dirigiría tres veces, también en La historia de Eddy Duchin y Pal Joey), que mostraría cómo su fría y perfecta belleza era adecuada para mujeres complejas y atormentadas como Jeanne Eagels.

La película centra la trama en la historia de amor imposible e intermitente entre Jeanne Eagels y Sal Satori (atractivo Jeff Chandler), un feriante, y en el ascenso y descenso de la actriz por un camino de traiciones, adicciones e insatisfacciones vitales que la arrastrarán al abismo. Los momentos culminantes de ese amor son reflejados con una belleza extrema (tanto de puesta en escena…, como de diálogos): el primer beso bajo una lluvia torrencial trabajando en la feria, los dos montando por la noche en un carrusel de caballitos hasta que acaban en el suelo, él diciéndole a ella que se bebería su hermoso pelo, él mirando cómo ella se desviste para meterse en el mar… como si fuera una Afrodita y una de esas declaraciones de amor imposible (que suelo coleccionar) donde él le dice a Jeanne que si volviera a nacer y le dijeran que volviera a repetir su vida con éxito pero sin ella, que lo rechazaría, que prefiere haber vivido con lo poco que ha tenido de ella. O esa escena final con una Jeanne en la pantalla de cine, inmortalizada, y a Sal llorando en la sala.

Jeanne Eagels se la presenta como una joven con ambiciones que tiene claro que quiere llegar a lo más alto en los escenarios. Sin embargo no pondrá freno alguno a sus deseos que la volverán inestable e insatisfecha así como caer en diversas adicciones. En su camino no solo se cruza Sal Satori, sino también su profesora de teatro (Agnes Moorehead) o el productor (Larry Gates). Y ese deseo hará que traicione a una madura actriz en decadencia (magnífica Virginia Grey, apenas aparece pero con ella y el lenguaje cinematográfico se nos cuenta toda su historia y su trágico final) para conseguir un gran papel, este hecho será el punto del declive. Kim Novak logra dar al personaje esa inestabilidad emocional con su hieratismo y sus explosiones de humor. Logra un personaje a la vez hierático y frágil. Finalmente extremo.

La película cuida los ambientes… desde el mundo de la feria, como un inesperado paraíso (pero también a veces un lugar sórdido…, depende de la mirada o el estado de ánimo de los personajes), hasta las bambalinas del teatro (con sus glorias y miserias) o el rodaje de una película… pasando por la decadencia de un matrimonio que se consume en la soledad y el alcohol (entre hoteles y apartamentos) –cuando la película refleja el matrimonio de Jeanne con un jugador de fútbol americano acabado–… auntodestruyéndose poco a poco. Uno de los puntos interesantes de la película es la posibilidad de ver en acción en un plató de cine al director Frank Borzage, ya maduro, y a su hermano Lew (como asistente de dirección) como en El crepúsculo de los dioses habíamos visto a Cecil B. DeMille.

Y el rostro impasible de Kim Novak con un cuerpo perfecto de belleza griega que surge de la feria (como alega Sal en un juicio porque la han detenido por inmoralidad en su espectáculo) para brillar en los escenarios pero para terminar hundiéndose en el alcohol, la heroína y una continua insatisfacción y remordimiento… convierten a Jeanne Eagels en un melodrama de la parte oscura de la fama y el éxito en aquellos locos años veinte.

… este descubrimiento ha sido un bonito regalo.

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