Joyas del cine clásico latinoamericano (IV). Vidas secas (Vidas secas, 1963) de Nelson Pereira dos Santos

Vidas secas, película fundacional del Cinema Novo.

Vidas secas. Un paisaje desierto, infinito, con unos pocos arbustos y ramas secas, de fondo una banda sonora sin música posible, tan solo un ruido insistente, es la presentación del sertão brasileño. Una paisaje hosco y duro. Unas figuras avanzan a lo lejos y se van acercando. Lo primero que vemos es a una perrilla inteligente que avanza y corretea y poco a poco aparecen uno a uno los miembros de una familia: Fabiano, Vitória y sus dos niños. Entre sus escasas pertenencias tienen un loro y a la perrita Baleia. Son supervivientes, campesinos que intentan sobrevivir a la inclemencia de la sequía, el hambre, la pobreza y las condiciones económicas, políticas y sociales. Van de un sitio a otro intentando arraigarse y ser gente normal, como ellos expresan una y otra vez. Solo quieren un trabajo, una cama en condiciones y un hogar en el que permanecer.

Nunca un título estuvo tan adecuado. Vidas secas. Nelson Pereira dos Santos ofrece un retrato de la miseria desolador. La familia trata de arraigarse, pero todo se va complicando. No solo es la desolación del paisaje y la dureza de los periodos de sequía. Son las diferencias de clase, las condiciones laborales del patrón, el poder corrupto de los que lo ostentan… Sus personajes protagonistas son un matrimonio cada vez más duro y desesperado, pero sin fuerza para la rebelión. Viven humillados y ellos mismos eliminan de sus vidas los sentimientos (solo hay ciertos destellos, no han perdido la capacidad de desear un futuro mejor), necesitan acarrear fuerzas para seguir avanzando y buscar el lugar adecuado. No hay sitio para debilidades.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (III). El niño y la niebla (1953) de Roberto Gavaldón

El niño y la niebla, un retrato de la locura.

Con El niño y la niebla cerramos el año 2022, pero no este ciclo de joyas del cine clásico latinoamericano. Este fin de año se merece un buen drama de un director brillante de la época de oro del cine mexicano: Roberto Gavaldón. El drama es protagonizado por una de las intérpretes con más carisma de México, Dolores del Río, con una trayectoria larga, interesante e intensa. Durante su juventud la actriz triunfó en Hollywood y luego regresó a su país como una gran dama del cine mexicano. En esta adaptación de una obra de teatro del dramaturgo Rodolfo Usigli, Gavaldón pone de manifiesto su fuerza a la hora de contar historias potentes, con gran hincapié en la psicología de sus personajes. Cada secuencia tiene momentos de puro cine. El largometraje muestra el espíritu de una mujer en llamas, al borde de la locura.

En El niño y la niebla no solo se habla de la salud mental, la eutanasia, el suicidio o el aborto, sino también de la nefasta influencia que pueden tener una madre y un padre sobre un hijo sensible. La película arranca con un incendio en un pozo petrolífero de Poza Rica. Allí viven en una casa acomodada Marta, su esposo Guillermo (Pedro López Lagar) y su hijo Daniel (Alejandro Ciangherotti). A través de las ventanas y la puerta, solo se ven las torres petrolíferas a pleno rendimiento. Daniel mira fascinado las llamas del incendio y Marta vigila horrorizada esa atracción que siente el muchacho. Este último se alarma cuando se entera de que su padre está allá trabajando y luchando contra el incendio y quiere acudir a toda costa por si necesita ayuda. Pese a la prohibición de la madre, el niño acude al encuentro de su progenitor.

Desde el principio se muestra la tirantez de la pareja y su discusión constante alrededor de la educación y los cuidados que debe recibir Daniel. Y el muchacho se encuentra entre los dos, en pura contradicción, y buscando el equilibrio para no hacer daño a ninguno. El crío alimenta cada vez más sus miedos, su confusión y sus monstruos internos.

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Feliz Navidad. La cerillera (La Petite Marchande d’allumettes, 1928) de Jean Renoir

La cerillera, un triste cuento de Navidad.

Recuerdo que una de las cosas que más disfrutaba en soledad cuando era una niña, era leer un buen libro de cuentos o estar en el cuarto encerrada con mi magnetofón escuchando un casete de cuentacuentos. En esos buenos momentos, disfruté de varios relatos relacionados con la Navidad, y uno de ellos fue escrito por Hans Christian Andersen, uno de mis escritores de cuentos favoritos. Me estoy refiriendo a La cerillera.

El director francés Jean Renoir adaptó libremente este breve y triste cuento navideño y realizó en 1928 un hermoso y poético mediometraje. La protagonista fue Catherine Hessling, una de las últimas modelos del padre del cineasta, el pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir, que se convirtió también en la actriz principal de los primeros trabajos cinematográficos de Jean Renoir, el segundo hijo del pintor.

El cuento de Andersen narra la última noche de una pequeña cerillera, que al no vender su mercancía teme regresar a casa y recibir una reprimenda, y en plena Nochevieja, decide quedarse en la calle. La niña tiene hambre y frío, y se queda acurrucada, sentada, junto a la pared de una casa. Helada, intenta calentarse con los fósforos y los va encendiendo uno a uno, teniendo visiones agradables sobre la Navidad: un rico banquete, un precioso árbol decorado de Navidad, estrellas y su querida abuela. Finalmente, la niña quiere marcharse con su abuela y la anciana la coge de la mano para que su nieta vuele junto a ella. Y así es, la niña fallece en la calle helada.

Algunos cuentos de Andersen tenían siempre una connotación poética, religiosa y celestial. La cerillera era uno de ellos. Jean Renoir conserva lo poético y espiritual, eliminando la connotación religiosa. El realizador se recrea en el rostro y el cabello largo de Catherine Hessling y el mediometraje cuenta con unos primeros planos bellísimos. Su protagonista es más bien una adolescente y la cámara del cineasta la acompaña en esa noche fría en la que nada vende.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (II). Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea

La mirada del personaje principal, Sergio Carmona, es la que domina Memorias del subdesarrollo.

Para contextualizar Memorias del subdesarrollo, no hay más que mirar un poco de la historia del cine cubano. Una vez se produjo la Revolución cubana, se afianzó un grupo de directores cinematográficos e intelectuales que se volcaron en un principio en el documental, sobre todo para filmar el cambio. Tomás Gutiérrez Alea, al que también llamaban Titón, Julio García Espinosa y otros jóvenes del mundo del cine crearon el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Tanto Titón como Julio García Espinosa habían dirigido ya juntos un mítico corto, El Megano (1955). En él los propios trabajadores de la ciénaga en Zapata, que extraen el carbón de los árboles sumergidos, actúan para mostrar y denunciar sus condiciones de vida.

Julio García Espinosa escribiría varios textos que explicaban en cierta medida lo que estaba suponiendo el Nuevo cine latinoamericano, que nació a finales de la década de los cincuenta. Se centraba claro está en la situación política y social del momento. El texto más importante en cuestión fue Por un cine imperfecto (1969). Y sobre todo lo que explicitaba era un cine alejado de la perfección y de los medios de los estudios de Hollywood y un cine que sirviera para transformar.

En uno de los textos publicados en 1972 en un pequeño volumen recopilatorio (Por un cine imperfecto. Julio García Espinosa. Castellote editor, 1976) explica que «para nosotros lo más importante del cine es que este sea antiimperialista. Perfecto o imperfecto, documental o ficción, analítico o emotivo, pero antiimperialista. Esa es nuestra medida fundamental. Y por la sencilla razón, aparte de otras no menos importantes, de que nuestra cultura no puede desarrollarse, no puede revelarse, no puede aspirar a una genuina validez, si no es en lucha contra el imperialismo, contra el imperialismo como fuerza y contra el imperialismo como concepto del mundo».

Titón siempre se quedó en Cuba. Pasó del corto documental (con algunos que muestran momentos concretos de la Revolución como Asamblea General, sobre la concentración multitudinaria en 1960 cuando se aprobó la primera Declaración de La Habana) al largometraje de ficción. Y del entusiasmo revolucionario al desencanto crítico hasta llegar a la melancolía de algo que nunca fue, sobre todo en sus dos últimos largometrajes más internacionales, cuando ya estaba delicado de salud (los codirigió junto a Juan Carlos Tabío a principios de los noventa): Fresa y chocolate y Guantanamera. Lo cierto es que Tomás Gutiérrez Alea siempre fue fiel a su amor a Cuba y a la idea de la Revolución cubana, lo que le desencantó fue el proceso posterior y las fallas en el sistema. Era un hombre que creía en el poder del debate y la crítica política y social para la mejora.

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Joyas del cine clásico latinoamericano (I). Más allá del olvido, 1956, de Hugo del Carril

Más allá del olvido es el pistoletazo de salida de este nuevo ciclo de cine que propongo, que tendrá varias entregas. El ciclo ha nacido por un motivo concreto. Hace apenas una semana salió, como cada diez años, la nueva lista de la revista británica Sight&Sound donde se establecen las cien mejores películas de todos los tiempos. La lista ha dado mucho que hablar por varios motivos muy interesantes para analizar, pero hay algo en ella que me ha removido bastante y es que en dicho listado no se señala ni una sola mención al cine latinoamericano. Un cine para mí siempre vivo, rico en propuestas y con una larga historia.

Más allá del olvido, 1956, de Hugo del Carril

Más allá del olvido, primera joya del cine clásico latinoamericano.

Al blog Diccineario y a su autor Antonio Martín García por descubrirme esta joya

Un enorme retrato de una mujer, como si fuese una presencia viva, preside la estancia principal de una mansión. Un hombre devastado, que solo bebe y llora, no deja de mirarla. Más allá del olvido es una historia sobre ese lado oscuro del amor que tan bien reflejaba Alfred Hitchcock en películas tan emblemáticas como Rebeca y Vértigo. Y no nombro aposta estas dos últimas obras, porque esta película argentina bebe de la primera y es un precedente de la segunda. El realizador y actor Hugo del Carril elabora una historia de amor oscuro con gotas en su estilo de suspense decimonónico o noir victoriano.

La película rodada entre la ensoñación y la pesadilla logra una atmósfera que capta un romanticismo exacerbado al principio y se va convirtiendo en pesadilla siguiendo los pasos de un hombre que lucha para no volverse loco ante la ausencia de la amada. Hugo del Carril se inspira en una novela simbolista y experimental de Georges Rodenbach, Brujas, la muerta. Y ahí está el germen de ese viudo roto por la ausencia de su amor y que encuentra en las calles de Brujas a una mujer idéntica físicamente a su amada. El maestro del suspense adaptaría, sin embargo, para Vértigo una novela posterior de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, De entre los muertos, que tenía una premisa similar, pero con una explicación lógica para el parecido físico y en forma de thriller psicológico.

Fue una película que tuvo un rodaje complejo y un estreno que la relegó inmediatamente al olvido. Y no fue hasta décadas después cuando comenzó a revalorizarse. Cuando Hugo del Carril la estaba rodando, se produjo el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón. Entre otros fueron detenidos varios artistas simpatizantes del Gobierno, y uno de ellos fue Del Carril. Una vez liberado continuó con el rodaje y cuando se estrenó en 1956 le detuvieron de nuevo. El largometraje apenas duró en pantalla. Además pesó la prohibición, durante aquellos años, de la difusión de su obra cinematográfica y, por tanto, no tuvo fácil la distribución de sus películas.

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Sobre los blaxploitation. ¿¡Soy lo bastante negro para ti!? (Is That Black Enough for You?!?, 2022) de Elvis Mitchell / Coffy (Coffy, 1973) de Jack Hill

Un recorrido por los blaxploitation. ¿¡Soy lo bastante negro para ti!? (Is That Black Enough for You?!?, 2022) de Elvis Mitchell

Dorothy Dandridge y Harry Belafonte, dos pioneros en cambiar la imagen de los afroamericanos en el cine de Hollywood.

El crítico de cine Elvis Mitchell escribe y dirige ¿¡Soy lo bastante negro para ti!? En este ensayo cinematográfico cobra especialmente importancia que este crítico sea afroamericano. ¿Por qué? Pues porque a partir de su experiencia personal como espectador de cine apasionado, cuenta esa otra historia de cine en Hollywood. Es decir, la presencia de actores, directores o guionistas negros en el sistema de estudios desde el cine mudo hasta los años setenta donde se produce un antes y un después con el fenómeno de los blaxploitation. Dicho género, agrupa a un grupo de películas, normalmente de bajo presupuesto, protagonizadas por afroamericanos que supusieron taquillazos. El éxito de dichas producciones, y también sus bandas sonoras, hizo que incluso los grandes estudios apostaran por estos largometrajes.

De esta manera, nació todo un star system paralelo y una representación distinta del afroamericano en la pantalla de cine. No obstante, el género también tuvo sus contradicciones, pues muchas de estas películas eran extremadamente violentas, con unos planteamientos machistas, que explotaban al máximo la sexualidad, mostrando la corrupción, los negocios sucios, las drogas y demás asuntos que dejaban una mirada controvertida de la comunidad negra estadounidense. Pero lo que estaba claro es que el estereotipo había cambiado: ya no era el personaje sumiso, cómico, victimista o sin apenas protagonismo, sino que los hombres y las mujeres de este movimiento mostraban toda su personalidad arrolladora, fuerza, sexualidad, rabia y orgullo de ser negros. Y esto abrió el camino a una generación de realizadores, actores y actrices y profesionales del mundo del cine que ha abierto el abanico, reflejando al cien por cien un mundo plural.

Elvis Mitchell se centra en dos antecedentes claros para empezar a cambiar la perspectiva de la presencia afroamericana en las películas: Sidney Poitier y Harry Belafonte. Así como la manera de enfocar el tema racial de directores del Nuevo Hollywood, como Hal Ashby, o de la presencia de solventes actores negros en el cine independiente americano como Rupert Crosse. Todo está a punto, sobre todo con la presencia de directores afroamericanos pioneros como Melvin van Peebles, Gordon Parks o Ossie Davis en la industria del cine, pero el crítico cinematográfico no se olvida tampoco de mencionar a un realizador afroamericano en el Hollywood clásico y del cine mudo, Oscar Micheaux.

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Bosco (Bosco, 2020) de Alicia Cano Menoni

Orlando Menoni, contador de historias del Bosco.

El anciano Orlando Menoni desde el patio de su casa en Salto, Uruguay, es un contador de historias. Desde su silla giratoria, que le permite una visión de 360 º, atraviesa las fronteras espaciales y temporales. Desde la existencia de la palabra, la fuerza de la tradición oral ha estado presente y se ha transmitido de generación en generación. Orlando guarda en su memoria las raíces familiares, los orígenes de los Menoni, y sus historias no se pierden porque él las cuenta. Y esas raíces le llevan siempre a Bosco di Rossano, un pequeño pueblo italiano, escondido entre montañas y castaños. Él nunca ha estado ahí, pero lo conoce como la palma de su mano. Y es más, lo ama. Es la tierra donde reposa la memoria familiar, Orlando lleva en su cabeza su Innisfree particular.

Sin embargo, ocurre algo precioso, porque esa tierra amada y soñada es real, y su nieta, Alicia Cano Menoni, cineasta, tiene una cámara para atraparla. Cuando hace trece años, tuvo la oportunidad de ir a estudiar a Italia, su mayor deseo era encontrar el pueblo de Bosco, el protagonista de todas las historias que le contaba su abuelo cuando era niña en el patio de Salto. Alicia no solo localizó la aldea, sino que durante trece años atrapó la esencia de ese pueblo, convivió con sus apenas trece habitantes durante sus estancias allá, captó su espíritu… y se dio cuenta de que el pueblo soñado y transmitido por su abuelo existía, era de carne y hueso. Las palabras de su abuelo fueron su guía… y allá se encontró con sus pobladores, guardianes de memoria, que también guardaban sus historias y conservaban sus formas de vida. No hay olvido.

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As bestas (As bestas, 2022) de Rodrigo Sorogoyen

As bestas, en el paraíso también se oculta el infierno.

La rapa das bestas es una tradición gallega que consiste en que varios hombres someten a los caballos salvajes de los montes para cortarles las crines, desparasitarlos si es necesario, curarlos si lo necesitan o marcarlos. Así empieza As bestas de Rodrigo Sorogoyen, con el sometimiento de un caballo salvaje por tres hombres. No es más que una metáfora que volverá a repetirse sobre la mitad de la película, donde estalla una violencia que había estado en tensión durante todo el metraje. En ese momento, se produce una lucha por someter a la fuerza al otro y los hombres se convierten en bestias. Una vez más se pone en marcha la cita de Thomas Hobbe: «El hombre es un lobo para el hombre».

En As bestas, Rodrigo Sorogoyen y Isabel Peña levantan una historia que se inspira libremente en el asesinato de Martin Verfondern en 2010, un holandés que vivía junto a su esposa, Margo Pool, en una localidad gallega desde hacía más de una década. Desavenencias con la familia vecina precipitaron la tragedia. Los protagonistas de la película son una pareja francesa, Antoine (Denis Ménochet) y Olga (Marina Foïs), que no logran precisamente una convivencia tranquila con dos hermanos vecinos, Xan (Luis Zahera) y Lorenzo (Diego Anido). Su madre (Luisa Merelas) tampoco calma los ánimos.

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Diccionario cinematográfico (237). Supermercados

En Blue Jay, un encuentro en un supermercado puede permitir aquellas palabras que una pareja nunca se dijo…

Supermercados. Pues esta palabra me ha venido a la cabeza por dos motivos. Uno, porque hace dos meses me pasé por delante de dos cines emblemáticos de Madrid que se llamaban los Roxy A y B y que cerraron en 2013, pero que no construían nada en los locales, y cual fue mi gran tristeza al ver que ya se habían convertido en dos supermercados. Y es que ese es el destino de muchos cines emblemáticos. Mismamente el supermercado donde compro, fue un cine al cual iba de niña, una sala que durante los ochenta proyectaba unas originales sesiones dobles de actores, directores o géneros.

El otro motivo por el que elijo esta palabra es que no hace mucho vi una pequeña película que logró conquistarme. La historia de una mujer y un hombre de unos cuarenta que se encuentran después de muchos años en un supermercado. Y a partir de ese momento pasan todo un día juntos y vamos reconstruyendo todo lo que vivieron y lo que les depara la vida ahora. Los dos se enamoraron de adolescentes… y luego por circunstancias y obstáculos se fueron separando. Pero les quedaron cosas por decirse y después de varios años pueden hacerlo gracias a un encuentro casual en el supermercado. Blue Jay de Alexandre Lehmann es de esas sorpresas inesperadas. Solo dos personajes, Jim (Mark Duplass) y Amanda (Sarah Paulson), unos pocos escenarios y los recuerdos.

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Día de muertos. La muerte como la gran protagonista en el cine

La muerte como personaje principal en las películas.

¿Por qué solo ver películas de terror durante estos días? Las palabras que acompañan estos días festivos son variados: Halloween, Todos los Santos, Noche de difuntos, Noche de brujas, Día de muertos… Las influencias, historias y orígenes de esta celebración son varios.

Sin embargo, la fiesta norteamericana (con sus dosis para activar el comercio) y, en concreto, la mitología cinéfila alrededor del evento, sobre todo con la saga Halloween, cuya primera entrega fue en el año 1978, son las que al final han determinado que sean días para ver películas de terror de todo tipo. La «culpa» de ir asociando estos días con este tipo de cine la tiene John Carpenter.

Sin embargo, la gran protagonista de esta festividad es sin duda la muerte, y como tal ha sido personaje de numerosas películas. En una conferencia que impartí en 2017 sobre La muerte como personaje cinematográfico elaboré un ciclo particular de películas para analizar el tema. Rescato alguna de ellas para elaborar un viaje especial para disfrutar de otra manera el día de muertos. Una primera parada ineludible es Las tres luces (1921) de Fritz Lang.

La película fluctúa entre el realismo y la fantasía. Uno de sus personajes principales es la muerte (con el rostro anguloso de Bernhard Goetzke, cuyos papeles más famosos los desarrolló durante el periodo mudo y al lado de Lang) que ya está cansada de ser odiada por la gente, cuando tan solo cumple con su trabajo, tan solo es un intermediario, y lo hace con desgana. La muerte llega a una pequeña localidad, compra un terreno y construye un enorme muro.

Una joven le pide una oportunidad, pues su novio ha fallecido. Cuando esta llega al reino de la muerte, al otro lado del muro que ha construido, descubre que cada ser humano está representado por una vela que va consumiéndose. La muerte le muestra tres velas y le dice a la muchacha que debe conseguir que una de las tres no se apague… Y entonces empiezan tres historias, que transcurren en diversos lugares y épocas (una en Arabia, otra en la Italia renacentista, y la última en China), donde los protagonistas no pueden amarse tranquilos. Y se refleja además el enfrentamiento entre la joven y la muerte para que se apague o no la vida del hombre amado.

La muerte es un personaje trágico e incomprendido, cosecha terror con tan solo su presencia (nadie quiere morir a pesar de las penalidades y el sufrimiento que ofrece la vida), pero tan solo es un intermediario. No sabe e ignora el estado superior al que van a parar aquellos que sobrepasan el umbral. El amor no vence a la muerte, pues el destino de cada uno es inevitable, pero sí sobrevive a ella. El amor terrenal pasa a ser eterno, más allá de la muerte. Y deja un final poético y bello para los amantes.

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