Si en algo se nota que el irlandés Martin McDonagh es un dramaturgo, es por la manera precisa de estructurar y contar bien una historia y por su forma de construir y dar importancia a sus personajes y a sus diálogos. Además Tres anuncios en las afueras podría también hacer un dueto con Comanchería del escocés David Mackenzie. Ambos cineastas muestran una América profunda y unos personajes de la era Trump. Es decir, tratan de reflejar y entender a esos votantes amargados, castigados y golpeados por la crisis que se creyeron la ira de Trump. Si Comanchería mima y quiere a sus personajes rotos y quiere presentar un contexto real, Tres anuncios en las afueras los dota además de un humor negro y les hace protagonizar una especie de fábula moral, donde vale el exceso y el esperpento, para dejar un mensaje: la ira solo provoca más ira… y un poco de amor no viene mal para solucionar las cosas o acabar con cierta dignidad la existencia.
Hambre de cine clásico. De la Ida Lupino más oscura al Frank Borzage más romántico
Sí, confieso. Me he pegado últimamente un atracón de cine clásico. Y no puedo más que regocijarme de gozo. Así que he decidido emprender un viaje y compartir los secretos, las pinceladas y la algarabía por los momentos descubiertos. Diez van a ser las paradas.
Primera parada. El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953) de Ida Lupino
Puro cine negro de serie B, Ida Lupino se convierte en una realizadora que imprime carácter y ritmo a la película. Una road movie que atrapa y que no deja respiro al espectador. Así la actriz-directora deja un retrato inquietante de un asesino, pero también descubre su vulnerabilidad y puntos débiles. Aunque este personaje no dejará ni un momento de paz para los dos amigos a los que secuestra. El fin de semana de diversión y fuga se convierte en una pesadilla. Y los tres van arrastrando una relación cada vez más insana y violenta. No falta el actor fetiche de Lupino, Edmond O’Brien.
Segunda parada. Las Girls (Les Girls, 1957) de George Cukor
Las Girls es un musical de Cukor gozoso por varios motivos. Primero su forma de contar una historia. Una misma historia desde tres puntos de vista diferentes. Algo así como un Rashomon musical y frívolo. Y segundo por reconocer el brillo de una bella comediante que se fue demasiado pronto: Kay Kendall. Sus momentos etílicos son de lo mejor de la función. Por otra parte, un París bohemio de decorado en el que dan ganas vivir un rato.
Maravillas y espectáculo. El gran showman (The Greatest Showman, 2017) de Michael Gracey / Wonderstruck. El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017) de Todd Haynes
El gran showman (The Greatest Showman, 2017) de Michael Gracey
Michael Gracey toma uno de los versos de la canción A million dreams: “… Un millón de sueños para el mundo que vamos a crear” para construir el biopic musical de P. T. Barnum, un hombre que creó el concepto del mayor espectáculo del mundo con sus museos estrafalarios, con sus freak shows y que terminó encontrando la fórmula del gigantesco circo ambulante para seguir en el mundo del éxito y la farándula… También intentó alcanzar el prestigio artístico y tuvo tiempo para que la cantante de ópera sueca Jenny Lind hiciera una gira triunfal por EEUU. P. T. Barnum con luces y muchas sombras se convierte en un personaje de cuento de finales de siglo del XIX, un hombre avanzado a su tiempo que no desentona en el siglo XXI. El P. T. Barnum, con el rostro de un brillante Hugh Jackman, de El gran showman protagoniza un musical de explosiva vitalidad y belleza, con todo su barroquismo y artificio.
Mirada oscura a los años 50. Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen / Suburbicon (Suburbicon, 2017) de George Clooney
Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen
En la filmografía de Woody Allen hay varios caminos y sendas. En 2013 abrió una con Blue Jasmine: el director buscó raíces e inspiración para contar historias en los grandes dramaturgos norteamericanos (aunque siempre vuela su amado Chejov e influencias literarias europeas, como August Strindberg, de la mano de su admirado Ingmar Bergman). Así en Blue Jasmine plasmaba las consecuencias de la crisis económica en una mujer y reinterpretaba Un tranvia llamado deseo de Tennessee Williams. Jasmine era Cate Blanchett, una dama del cine. En Wonder Wheel sigue esa senda, pero esta vez se va a los años cincuenta y realiza un ejercicio nostálgico sobre una América que se perdía en sus sueños, como ocurría en muchas piezas dramáticas de Eugene O’Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. Y también Wonder Wheel se empapa del cine de aquellos años, y su protagonista sueña con estrellas de cine y su hijo escapa de la realidad en las salas viendo películas. Ginny, una camarera en Coney Island, casada con el encargado del tiovivo…, pasea su infelicidad y se aferra a soñar, parece sacada de los melodramas de aquellos años con Lana Turner, por ejemplo. Pero también Allen deja gotas de cine de gánsteres y ese cine negro que juega con el destino de los personajes (uno de los grandes temas del cine de Woody Allen). Esta vez Allen también cuenta con el rostro de otra dama del cine: Kate Winslet.
Serpentina de películas españolas: Perfectos desconocidos, El autor, Handia, Verónica, Contratiempo, Sicarius
Perfectos desconocidos (2017) de Alex de la Iglesia
La película menos Alex de la Iglesia sin ida de olla final ni estallido de violencia. De la Iglesia realiza un formal y contenido remake de una película italiana de 2016, Perfetti sconosciuti, donde el director tira más que su vecino a la comedia que a la tragicomedia. Perfectos desconocidos es más una película de actores que de puesta en escena o lenguaje cinematográfico innovador. Un espacio cerrado, una determinada franja horaria, un fenómeno de la naturaleza: un eclipse, un giro final que tiene que ver con el tiempo, un grupo de amigos… y sus móviles. Llama la atención que el director bilbaino haya logrado éxito comercial con su película menos personal, aunque sí es entretenida y con un buen reparto. Un grupo de amigos dejan al descubierto secretos íntimos y de paso se reflexiona sobre cómo ha cambiado la vida y la manera de relacionarnos por los teléfonos móviles. No deja de ser curioso que la pareja de anfitriones, los actores Belén Rueda y Eduard Fernández, fuera también la elegida por Inés París para protagonizar La noche que mi madre mató a mi padre (2016), otra comedia, de tintes negros, en escenario único con cena incluida. Ambos actores tienen química y funcionan. Pero entre los siete amigos destaca por su sentido del humor y los matices que logra plasmar en su personaje, Ernesto Alterio. Aunque Juana Acosta, Dafne Fernández, Pepón Nieto y Eduardo Noriega tienen su momento estelar.
10 razones para amar ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946) de Frank Capra
Razón número 1: La desesperación de un ser humano
Sin duda ¡Qué bello es vivir! muestra lo que significa llegar al límite, a la desesperación total y absoluta, lo que quiere decir estar harto de todo y no encontrar más salida que el suicidio. George Bailey siempre sabe cómo reaccionar y cómo llevar sus frustraciones y sueños rotos, también sabe disfrutar de la vida, es un hombre entregado a la comunidad, a los demás, y profundamente marcado por la filosofía de vida de su padre… Este nunca le pidió nada, pero le dejó un legado: de convivencia, de solidaridad, de responsabilidad, de llevar las cosas con calma, de intentar entender a todos (incluso aquel que te fastidia la vida)… George aguanta los golpes y las desilusiones de la vida, pero también disfruta a tope todo lo bueno. Sin embargo, va acumulando y acumulando sueños perdidos, y un día ocurre la hecatombe y no sabe cómo lidiar, está cansado, se enfurece con todo y con todos y se queda con las palabras de su peor enemigo, Henry F. Potter, quien le dice que vale más muerto.
George Bailey tiene el rostro de James Stewart y logra expresar la desesperación en su rostro. Desde que se abraza a su hijo pequeño, llorando; cuando sale toda su ira ante un adorno de la escalera de la casa que siempre se desprende o cuando responsabiliza por teléfono a la maestra de la enfermedad de una de sus hijas; mientras deambula por las calles de Bedford Falls; en la barra del bar… o en el puente desde donde pretende tirarse. Después de la Segunda Guerra Mundial y de todo lo que vivió James Stewart durante la contienda, el actor pudo expresar la desesperación. Te lo crees. Y es que ¡Qué bello es vivir! no es una simple y optimista película de Navidad. Tiene fondo, oscuridad y desesperación en sus fotogramas.
Feliz Navidad… Una invitación al ascensor de Fran Kubelik
Feliz Navidad, felices fiestas. Y no podía faltar un regalo en este rincón cinéfilo. Imaginemos un edificio alto, muy alto…, quizá ni siquiera divisemos los pisos que tiene. Hay muchos ascensores… y en uno de ellos está Fran Kubelik. Mucha gente se fija en ella sobre todo por una razón: se distingue de los demás trabajadores porque en su uniforme siempre lleva una flor. Pero además de esa flor, otras cualidades hacen que todos deseemos ir a su ascensor: tiene una sonrisa sincera, no le cuesta ser amable, escucha con agrado tu conversación y no falta la palabra necesaria o certera que sale de su boca… Subir con ella es un rato agradable asegurado… hasta llegar al piso deseado. Además su ascensor es especial. En cada piso que para se cumple un deseo. Da igual el número que pulse, que suba o que baje… Siempre te deja en un buen sitio.
Yo conozco bien a Fran. Subo o bajo muchas veces en su ascensor y nos hemos hecho viejas amigas. Así que no faltan confidencias. Y bajo su alegría, amabilidad y espontaneidad, esconde también un espejo roto. Sí, es una mujer fuerte, pero a veces es consciente de su fragilidad o de que puede romperse o la pueden romper… Pero una vez que pasa esos días rojos (como los de mi buena amiga Holly Golightly), vuelve a ser la misma de siempre. Y la flor otra vez colocada en el ojal de su chaqueta.
Así que sube con nosotras, con Fran y conmigo, Hildy Johnson, en el ascensor. En cada parada te espera un deseo.
El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017) de Yorgos Lanthimos
Primer plano de una operación a corazón abierto, un corazón que late. Así, brutal y fríamente empieza El sacrificio de un ciervo sagrado de Yorgos Lanthimos. No solo conocemos de esta manera gráfica la profesión del protagonista, Steven (Colin Farrell), un cardiólogo, sino que es un primer aviso de una película que nos va a remover las entrañas. Las señas del director griego están presentes durante el metraje de su segunda película rodada en inglés, pero también fluye una tragedia griega o drama bíblico en un mundo moderno. Y Lanthimos nos arrastra con suspense por su universo incómodo, distante y extraño con unos personajes que no solo se relacionan fríamente, sino con un uso del lenguaje que conduce a la perplejidad. Para dejar un retrato aterrador sobre el instinto de supervivencia del ser humano y lo sobrecogedor de un sentido de la justicia bajo la mirada de la mitología griega y de la Biblia…
Películas para diciembre. Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) de Gustavo Salmerón / Coco (Coco, 2017) de Lee Unkrich, Adrián Molina
Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) de Gustavo Salmerón
Todas las familias tienen sus peculiaridades, y cada familia es especial a su manera. Si no que se lo pregunten a Gustavo Salmerón que, cámara en mano y con mucho mimo, durante catorce años ha filmado a la suya además de recopilar imágenes de archivo y montar un documental. Así nace Muchos hijos, un mono y un castillo con las luces y sombras de su familia, pero de tal forma que siempre termina provocando la risa o la sonrisa. La cámara se convierte en su herramienta de expresión para realizar una personal biografía de sus padres, hermanos y él mismo. Su familia numerosa (son seis hermanos) gira alrededor de la matriarca, Julita, que con su facilidad de palabra, sus sueños, las vértebras de su abuela y su marcado sentido del humor articula la historia de esta familia peculiar.
Ya lo dice uno de los hermanos…, su familia vive en el caos y llevan una existencia caótica, pero siempre unidos. Y ese caos lo sustenta su madre y su filosofía de vida que como si fuera una vieja dama octogenaria del screwball comedy, con gotas de esa otra generación del 27, arrastra a todos los miembros a una especie de peculiaridad continúa a lo Vive como quieras de Frank Capra (y esa inolvidable familia que son los Sycamore).
En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here, 2017) de Lynne Ramsay
Si en Tenemos que hablar de Kevin se metía en la mente de Eva, una madre que sufre un fuerte trauma, en En realidad, nunca estuviste aquí todo está en el cerebro de Joe, una especie de asesino a sueldo. La directora Lynne Ramsay vuelve otra vez a “mirar” de manera especial y crear un universo personal de la adaptación de una novela (la primera de Lionel Shriver y la segunda de Jonathan Ames). En las dos películas asume el papel de guionista y directora y las dos tienen una potencia visual que empuja la historia y deja sin respiro. La importancia del sonido, de la banda sonora y el empleo del color (si en la primera la presencia del rojo era abrumadora, en esta son los tonos azulados) apuntan más rasgos de su estilo. Pero también Ramsay tiene una manera, muy especialmente en esta película, de representar la violencia. Joe (Joaquin Phoenix) es un mercenario, un asesino a sueldo, que rescata a niñas de la trata de blancas y la explotación sexual. Y es un hombre atormentado que vive, desde la infancia, en permanente estado de shock. En realidad es un muerto en vida, un espectro que siempre, con sus reacciones, pilla de sorpresa… Físicamente es un hombre de profundas cicatrices, como las del alma. Es una mole, una especie de bestia herida que enseña toda su sensibilidad en el cuidado atento de su anciana madre.









