Lo que consigue crear Stephen Frears (y el impulsor del proyecto tanto en producción como en guion y también como coprotagonista, Steve Coogan) con Philomena es una buena película de interés humano. Así se crea una película que mezcla la investigación periodística de un caso concreto y complejo, el viaje de dos personajes antagónicos y el sentido del humor para tocar, con sensibilidad, el tema de los niños robados. Y parte precisamente de un material concreto: el de un periodista británico, Martin Sixsmith, que contó en un libro la historia de una mujer, Philomena Lee. Una enfermera irlandesa, humilde y de barrio obrero que pasados cincuenta años confesó a su hija que con catorce años se quedó embarazada y su familia avergonzada la internó en un convento donde la hicieron trabajar duro para purgar sus pecados… y allí, sin su consentimiento, dieron en adopción a su hijo (lo vendieron, para más inri, a una familia estadounidense)…
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Buscando chispas en estrenos de cine descafeinados…
Ristra de estrenos veraniegos… y la cartelera ha sido algo descafeinada (seguro que me he perdido tesoros que no he podido abarcar). He visto bastantes películas pero ninguna redonda. He tenido que buscar las chispas. No he vibrado ante ninguna de las que he visto. Pero en todas…, algo se vislumbraba. Estas son las chispas. Animales de compañía que significan mucho más, familias desestructuradas que se estructuran, soledades, amores tardíos, segundas oportunidades, supervivencia, miedos profundos, muerte, luz al final del túnel, actores que iluminan o llenan la pantalla, directores que siguen su estela… Y de propina dos antecedentes.
Gloria (Gloria, 2013) de Sebastián Lelio
… Y entonces Rodolfo lee a Gloria un poema: “Me gustaría ser un nido si fueras un pájaro / me gustaría ser una bufanda si fueras un cuello y tuvieras frío / si fueras música yo sería un oído / si fueras agua yo sería un vaso / si fueras luz yo sería un ojo / si fueras pie yo sería un calcetín / si fueras el mar yo sería una playa / y si fueras todavía el mar yo sería un pez / y nadaría por ti / y si fueras el mar yo sería sal / y si yo fuera sal / tú serías una lechuga / una palta o al menos un huevo frito / y si tú fueras un huevo frito / yo sería un pedazo de pan / y si yo fuera un pedazo de pan / tú serías mantequilla o mermelada / y si tú fueras mermelada / yo sería el durazno de la mermelada / y si yo fuera un durazno / tú serías un árbol / y si tú fueras un árbol / yo sería tu savia y correría / por los brazos como sangre / y si yo fuera sangre / viviría en tu corazón”. Y estos versos son de Claudio Bertoni, un artista chileno. Todos los versos forman “Poema para una joven amiga que intentó quitarse la vida”. Pero no hay poema más vital que este. Rodolfo tiene 65 años y ganas de huir de su rutina familiar en la que se siente encerrado pero también acomodado y dependiente. De pronto ve una posibilidad de huida o escape con Gloria. Ella tiene 58 años y pocas ganas de rendirse. Gloria no quiere bajar el telón. Digamos que le pasa lo mismo que a otro personaje de ficción, Evelyn, que tan bien se expresa en Tomates verdes fritos: “Soy demasiado joven para ser vieja y demasiado vieja para ser joven”.
Musarañas (Musarañas, 2014) de Juanfer Andrés, Esteban Roel
Musarañas es una batidora de referencias que dejan una obra cinematográfica imperfecta pero tremendamente entretenida. Juanfer Andrés y Esteban Roel además de ponerse tras la cámara, son también profesores de cine y se nota. Realizan así una ópera prima que toca las estrellas y se estrella a la vez… pero con un encanto especial de costumbrismo muy de la tierra, un toque de humor negro y un punto de cine de terror psicológico y gore de serie B con un aroma de grand guignol.
Cine español en tres sesiones. Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño/Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta/ A cambio de nada de Daniel Guzmán
Tres sesiones en las que he disfrutado de tres propuestas diferentes de cine español. Las tres me han enganchado por distintos motivos y las tres dejan ver formas de rodar historias que llegan.
Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño
Una imagen potente y una canción fueron los primeros pasos para crear Loreak. Los ramos de flores que nos encontramos a veces en tramos de carretera donde así se señala que ahí hubo un accidente de tráfico. Y la canción de Cecilia Un ramito de violetas que cuenta un complejo romance. Son los ramos de flores los que cuentan la historia de tres mujeres unidas por hilos dolorosos. Las tres comparten una ausencia fuerte en sus vidas. Las tres tienen maneras muy distintas de curar las heridas. De cuidar esos ramos con flores que unen sus destinos. Loreak es una hermosa película que fue una de las gratas sorpresas del 2014.
El espectador viaja al País Vasco y al mismo corazón de tres mujeres (Nagore Aramburu, Itziar Aizpuru e Itziar Ituño) con heridas y una ausencia. Con una sensibilidad y suavidad extrema los directores construyen una dura historia sobre lo que cuesta sobreponerse al dolor de la pérdida, al miedo de envejecer o de sucumbir en lo lineal de la vida cotidiana. El miedo a no poder expresar o gritar nuestros miedos y dolores. Y cómo el ser humano busca distintos motivos a los que aferrarse, distintas formas de conformarse para vivir o sobrevivir. El olvido, el silencio, el imaginarse historias que nos llenan, el no nombrar ni expresar, el no perdonar, el comerse todo lo que uno siente, no estallar. No solo son los ramos de flores o los rostros de tres actrices que reflejan universos personales… sino también un melancólico relato cinematográfico sobre el paso del tiempo y la curación de las heridas del alma. Donde se mezclan los suaves colores de las flores, con el verde, los colores tierra, la niebla y la lluvia constante del norte.
Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta
Murieron por encima de sus posibilidades se sustenta en un reparto estelar donde cada actor tiene su momento, en un humor negro, gore y despiadado, en un uso inteligente de los discursos y el lenguaje que se ha empleado para ‘explicar’ la crisis y en una manera catártica e incómoda de enfrentarnos a lo que está suponiendo esa misma crisis en el paisaje social y moral. E Isaki Lacuesta crea, en régimen de cooperativa, una película muy incómoda e irreverente donde nadie sale bien parado: ni los políticos, ni los banqueros, ni los empresarios, ni los periodistas pero tampoco los ciudadanos, ni los de derecha ni los de izquierda, ni los de arriba ni los de abajo, ni los del 15 M ni los que siempre pensaron en una revolución social. Ahí está una frase demoledora que suelta José Sacristán: “La culpa es nuestra… por ser españoles”.
La película tiene momentos potentes, muy potentes. Y otros descabellados. Es una película que se le va la pinza… Así como unos monólogos para escuchar una y otra vez. Seguimos las aventuras de cinco hombres desequilibrados (Raúl Arévalo, Albert Pla, Julián Villagrán, Jordi Vilches, Iván Telefunke), sus vidas cambiaron violentamente por la crisis, que escapan de un psiquiátrico vestidos de osos panda con el propósito de que todo vuelva a ser como antes de la crisis. Y estos hombres se mueven en un paraje incómodo: de psiquiátricos casi abandonados, de garitos extraños, de edificios abandonados, de barcos interminables, de personajes incómodos…, de un país que se derrumba. Mientras sueltan sus reflexiones (con un fondo de disparate, otro de verdad, y con malabarismos con las palabras para crear discursos incómodos y chocantes) o cuentan historias pasadas. Hay momentos que te dejan sin respiración, como el monólogo destroyer de Albert Pla sobre sus deseos que termina con lo que dirán los demás: “Está loco pero es encantador. Le queremos”. O esa manera de analizar el 15M por parte de Raúl Arévalo o como Jordi Vilches, con su personaje de macarrilla perdedor ante el mafioso de turno (Sergi López), trata de solucionar sus deudas empleando el discurso de los bancos y los rescates… Así como esos destellos delirantes como el de un periodista con rostro de Eduard Fernández dando el tono poético (con las gaviotas de fondo) a la noticia trágica.
A cambio de nada de Daniel Guzmán
Hay películas que muestran naturalidad, sinceridad y realidad por cada uno de los poros de sus fotogramas. A cambio de nada no es una película ni redonda ni perfecta pero uno se deja llevar por los rostros auténticos de dos adolescentes que son amigos a cambio de nada. O por esa abuela que recoge viejos muebles por las calles de Madrid, en la sombra, en el olvido. O por ese delincuente anciano y cansado que sigue sin embargo pensando en su vida como un triunfador que es libre, aunque cada vez le cuesta más mantener su discurso.
Daniel Guzmán empapa su película de ese Madrid que conoce y recoge retazos de su pasado, de su adolescencia de niño de barrio, para construir el retrato de Dario (Miguel Herrán) y su amigo Luismi (Antonio Bachiller). Dario se encuentra en ese momento en que parece que todo tu mundo se derrumba y que solo existe una caída al vacío o un viaje interminable en un túnel oscuro del metro… En una encrucijada. Dario no puede soportar tener que testificar en contra de alguno de sus padres en un juicio por su separación y esto le descoloca su vida cotidiana hasta tal punto de que pierde el rumbo y termina abandonando el hogar familiar. En esa ‘aventura’ le acompaña su vecino de toda la vida, Luismi (pareja ideal y con química); una abuela que vive la soledad y el olvido (la propia abuela del director, que rezuma realidad y ternura en cada aparición), y un delincuente cada vez más mayor. Dos personajes maravillosos… que desaparecen tal y como aparecieron de la vida de Dario, de repente. Y la película se empapa con ese comportamiento de un Dario todavía inocente pero ya enfrentándose a una vida adulta que la siente dura. Y como la vida misma Daniel Guzmán (que ha luchado una década para sacar su obra adelante) cuenta la historia de su álter ego con dosis de humor, ternura y tragedia…
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Reflexiones alrededor de Gordon Gekko. Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone/ Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone
¿Por qué Gordon Gekko (Michael Douglas) es el personaje recordado de aquella película de los ochenta y por qué el mismo director le recupera en 2010? Porque los Gekko del mundo se reinventan, se multiplican, hunden, se hunden y vuelven a resurgir con fuerza, como si no hubiese pasado nada. Y vuelta a empezar.
Y sin embargo para mí el gran personaje, el verdadero héroe, de Wall Street (primera parte) es Carl Fox (Martin Sheen)… ¿alguien se acuerda del padre del protagonista, Bud Fox?¿Alguien recuerda a ese hombre fiel a sus principios, trabajador, honrado, buen compañero, sin pelos en la lengua, carismático, luchador…? Él no se merece una secuela…
He tenido la oportunidad de ver estas dos películas seguidas, una detrás de otra (una un lunes, otra un martes), y es un díptico perfecto con un gran pero. El gran pero es el final de Wall Street 2. Termina como una absurda fábula con final feliz, ¡si tenía el final perfecto con Gordon Gekko en Londres… resurgiendo de las cenizas habiendo pasado totalmente de su hija y futuro yerno…! A no ser que ese absurdo final lo tomemos como una ironía, un juego de Oliver Stone… como diciéndonos: en un mundo en crisis ganan los de siempre, perseveran los mismos. Y las niñas pijas con web de izquierdas siguen felices entre tiburones en su cárcel de cristal…, las pobres no saben nada y son muy atormentadas (los tiburones: su marido vengador pero moderno porque quiere sacar beneficios –pero con paciencia– de las energías renovables y su papá que efectivamente no ha cambiado nada pero bien poco que le importa… aunque queda bien tener una familia y encontrar un sucesor). Quizá, entonces, el final no sea tan malo, incluso puede que sea una buena bofetada.
Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone
El conflicto de esta película está perfectamente servido: el joven cachorro entre dos figuras paternas. Uno le lleva por la codicia y el dinero fácil, el otro por la vida honrada, con principios, con la regla del trabajo bien hecho y el valor del esfuerzo. Ahí se construye un drama. El joven cachorro renuncia al padre biológico y se va corrompiendo a buen ritmo por el protector sin escrúpulos… hasta que se da cuenta de que es un mero instrumento, que le han utilizado y que además va a perjudicar a la persona que más quiere, su padre. Entonces el camino de la redención es duro: es detenido y no puede evitar llorar y sin duda terminará pisando la prisión aunque se lleve por delante, en el camino, a Gekko. El joven Bud Fox en su bajada a los infiernos está acompañado por compañeros pesados, compañeros ancianos y sabios, compañeros fracasados y otros tiburones de la misma escuela que Gekko. Y también diversas mujeres floreros sin relevancia alguna en sus vidas… De fondo la bolsa, Wall Street, los tiburones que compran, venden, devoran, ejecutan, refunden empresas sin importarles en absoluto el capital humano, los años de trabajo, el producto que se elabora, los ciudadanos… Manejan el mercado sin escrúpulos, mienten, rumorean, tumban, perjudican… sin responsabilidad alguna. A veces les pegan un sustito, les pillan (después de haber hundido a los países y sus economías)… como mucho unos añitos de cárcel y vuelta a empezar en una segunda parte.
Oliver Stone deja sin embargo enfrentamientos y escenas memorables para dibujar perfectamente a sus personajes. La discusión en el ascensor y en la calle entre padre e hijo, la reconciliación en el hospital, el discurso sobre la codicia de Gekko ante una de las empresas que se va a comer sin piedad alguna o el mismo personaje, que se cree invencible (y casi lo es) y que mueve los hilos, admirando un amanecer mientras habla con un pedazo móvil dinosaurio.
Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone
Y Oliver Stone no deja ni un cabo suelto en esta segunda parte… hasta el pedazo móvil dinosauro sale… Esta vez lo que nos cuenta es que Gekko sale de la cárcel y vuelve a encontrarse super a gusto en el mundo que maneja porque nada ha cambiado. El hombre empieza a ganarse la vida escribiendo libros, dando conferencias y aconsejando a los demás. Y hay otros tiburones que se comen entre sí y manejan como quieren el mercado, y sin caérseles los anillos, provocan crisis económicas desastrosas… y luego son los únicos que saben beneficiarse y enriquecerse de ellas. La recuperación de los ciudadanos y países les trae totalmente al pairo. Ellos se hunden y vuelven a resurgir cual ave fénix y crean alianzas según les conviene.
El director vuelve a crear una ópera trágica de padres e hijos, de protectores y protegidos, de rumores y venganzas… Pero esta vez se permite un irónico (u horrible, según se mire) final feliz. Incluso puede que Gekko se enamore de nuevo de otra mujer florero, la mamá de su yerno. Todo queda conectado con la primera parte hasta Bud Fox que hace patética y triste aparición en la secuela. Queda claro que no siguió las enseñanzas de su padre…, se quedó en el mundo de Gekko, y este le niega hasta el protagonismo en su detención y encarcelamiento, le convierte en pura anécdota.
Esta vez Oliver Stone crea a un personaje plano (no tiene evolución alguna) que se llama Jake Moore (Shia LaBeouf) que se enfrenta a tres padres adoptivos: Louis Zabel (un banquero de la vieja escuela que no se maneja bien en los nuevos tiempos. No le pasa lo mismo a otro viejo banquero con la anciana cara de Eli Wallach), Bretton James (un banquero depredador y motero con rostro de Josh Brolin), y su futuro yerno Gekko. Los tres personajes más potentes de esta secuela. A Jake Moore parece que le mueve la venganza (pero también el ansia de vivir muy bien y feliz, el ser pragmático, vamos), cuando hunden a su mentor, Louis Zabel (un magnífico Frank Langella), se pone en marcha. Antes vemos la caída de Zabel que Stone cuenta con maestría y con una narrativa cinematográfica que atrapa. Después vemos la caída del rey depredador de ese momento, Bretton James (que seguro resurgirá de las ceniza) y el nuevo nacimiento de Gekko, que se siente de nuevo a sus anchas mientras el mundo se derrumba a su alrededor…
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Ramillete de minicríticas: un cuento, una de dibujos, una de intriga, un thriller, una comedia musical y una película sobre la crisis económica
Cenicienta (Cinderella, 2015) de Kenneth Branagh
A veces llama la atención la trayectoria de ciertos directores. Así ocurre con Kenneth Branagh, su carrera empezó a finales de los ochenta y se caracterizó por personales adaptaciones cinematográficas de las obras de Shakespeare y largos con firma de autor que reflejaron, por ejemplo, la radiografía de una generación, como Los amigos de Peter. De pronto cuando se traslada a trabajar a Hollywood y deja la cinematografía británica…, se convierte en un director de encargo que no obstante sabe lo que es dirigir. Así entrega una descafeinada Cenicienta sin ninguna imaginación, innovación o novedad en el cuento (todo lo contrario a sus adaptaciones de Shakespeare). La Cenicienta de Branagh, cercano a la imaginería que dejó la adaptación que realizó Disney en su versión de cine animado, sí deja ver su dominio como director en la puesta en escena y en su conocimiento de los recursos teatrales poniendo al servicio de la historia todo el artificio y sorpresa del teatro barroco así como el cuidado en la fastuosidad de los decorados y los vestuarios de los actores. Y consigue de nuevo enganchar al espectador, a través del asombro sobre el escenario de la historia, a un relato que conoce sobradamente.
El capital humano (Il capitale umano, 2014) de Paolo Virzi
Paolo Virzi sigue analizando la evolución de las familias italianas (y las complejas relaciones entre los distintos miembros), y si en La prima cosa bella se centraba en la situación de una familia en los años setenta hasta la actualidad, en El capital humano se sirve del argumento de la novela de Stephen Amidon para realizar una radiografía actual de las familias italianas y cómo ha influido en ellas la crisis económica. Así con el atropello de un ciclista, analiza el comportamiento de una familia de clase alta y otra de clase media en un relato cinematográfico que cuenta con diferentes puntos de vista para llegar al mismo momento (el accidente) y narrar las implicaciones que supone este suceso en cada uno de los personajes. Cada punto de vista revela acontecimientos que no habíamos tenido en cuenta en miradas anteriores construyendo un relato demoledor sobre la Italia en crisis (sobre los que siempre ganan y los que siempre siguen perdiendo). Si bien uno de los puntos de vista es el más débil del relato y el más efectista (los amores adolescentes), la película deja el retrato demoledor de tres personajes interpretados por: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi y Fabrizio Gifuni. Como curiosidad comentar que quedaría un ciclo curioso sobre la crisis y el poder del dinero el proyectar El capital humano, Felices 140 y Relatos salvajes.
La familia Bélier (La famille Bélier, 2014) de Eric Lartigau
La familia Bélier sabe dosificar la emotividad, el humor, la ternura, los momentos musicales en su punto justo. El conflicto surge cuando en una familia rural donde todos son sordos (los dos padres y el hermano menor), la hija, la única que oye, tiene un don para la música y decide participar en un concurso que la llevará a París. Tal y como han hecho “el reparto de responsabilidades y trabajo” en esta familia parece insustituible la labor de la joven, más todavía cuando su padre pretende presentarse a la elecciones locales. Así Eric Lartigau (nunca me había llamado la atención como director) construye una película-medicina que no solo deja canciones de Michel Sardou que emocionan (me sorprendí yo misma llorando sin parar mientras escuchaba “Je vais t’aime” y “Je vole”) sino unos personajes con los que es inevitable encariñarse. La familia Bélier es una comedia sensible y sencilla (a la que quitaría tan solo algún que otro chiste de índole sexual que me sobran totalmente en la trama y algún secundario excesivamente caricaturesco) que además cuenta con las buenas interpretaciones de François Damiens, que mantiene una química especial con la debutante y cantante Louane Emera (que cuenta su mejor baza con su naturalidad), Karin Viard y un carismático Eric Elmosnino como profesor de música. El director inserta recursos cinematográficos para “representar” el mundo silencioso o el propio de la protagonista viviendo con todos sus familiares sordos que funcionan, como la presentación de la protagonista dando especial importancia a todos los sonidos que solo ella puede escuchar o el momento en que ofrece “cómo oyen” los padres y su hermano la actuación de la protagonista en un festival escolar.
Odessa (The Odessa file, 1974) de Ronald Neame
Casi es un subgénero aquellas películas que cuentan el paradero de nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Así es imposible olvidar títulos como Los niños del Brasil, Maraton Mann, La caja de música o la misma Odessa. Y las más recientes La conspiración del silencio o El médico alemán. Odessa narra la odisea (valga la redundancia) de un joven periodista alemán freelance, con el rostro de Jon Voight, que comienza a investigar el caso de un suicidio, un anciano judío. La casualidad y el destino le llevará a perseguir a un antiguo dirigente nazi, Eduard Roschmann (Maximilian Schell), que ahora vive como un respetable y rico empresario con otro nombre. Así el periodista descubre un movimiento que se dedica, precisamente, a dar otra identidad a nazis y a conseguir que de nuevo se hagan con el poder en Alemania ocupando importantes puestos. La cinta empieza cuando el periodista escucha en la radio de su coche la muerte del presidente de los EEUU, John F. Kennedy, y cómo presencia casi a la vez la salida de un cadáver de un portal, un cadáver al que probablemente ningún medio le dedicará unas líneas. Sin embargo esa muerte le pondrá tras una historia más unida a su pasado de lo que cree (ese pasado que la sociedad alemana quiere enterrar en el olvido y el silencio, algo que aprovechan las personas que ponen en marcha Odessa y que dificulta la lucha de otros por devolver la dignidad a las víctimas de un genocidio y por juzgar a los criminales). Ronald Neame crea un thriller con apasionantes persecuciones, escenas de tensión (como un “falso accidente” en el metro) y desvelos hasta un final inesperado.
Chacal (The Day of the Jackal, 1973) de Fred Zinnemann
Hay películas que cuentan con un personaje que es capaz de sostener toda una trama. Y esto ocurre con esta eficaz intriga que elabora el veterano Fred Zinneman. Chacal es un asesino contratado para matar al general Charles de Gaulle. Después de contextualizar la narración (explicar brevemente la situación histórica de Francia y que es la OAS), aparece el misterioso Chacal (Edward Fox), del que nadie sabe a ciencia cierta su verdadera identidad, y su laborioso plan para llevar a cabo su encargo: el perfecto asesinato de Charles de Gaulle. Y así se convierte en el rey de la función. Todo gira alrededor de él y su calculada y fría personalidad. Así la película intercala las acciones de Chacal con el proceso de investigación que llevan a cabo las autoridades francesas. El principal responsable de la investigación es un comisario con rostro de Michael Lonsdale, un tipo inteligente con pinta de funcionario gris que seguirá sin descanso a Chacal…
Paprika, detective de los sueños (Papurika, 2006) de Satoshi Kon
La animación japonesa, anime, es un terreno absolutamente rico (y muy desconocido para Hildy… aunque va indagando de vez en cuando en pequeñas dosis a base de recomendaciones de amigos entusiastas) y con una historia intensa. Dentro del anime japonés hay iconos. Algunas de estas películas saltan fronteras. Así las películas de Hayao Miyazaki o de Isao Takahata (ambos fundadores del mítico estudio Ghibli) tienen fieles apasionados más allá de Japón. Otro nombre con largometrajes de anime de culto es el de Satoshi Kon, que crea también su personal universo. Así sorprende la riqueza de Paprika, detective de los sueños que envuelve al espectador en un mundo onírico y sin sentido con un montón de referencias cinematográficas (que mejor representación del mundo de los sueños que una sala de cine). La animación ayuda a verter la imaginación desbordada y extraña por parte de Kon en la pantalla blanca y sus personajes se meten en sueños ajenos o en los propios o llegan momentos en que no sabemos si habitan el mundo real o onírico para desarrollar una complicada historia de detectives, científicos y tecnología punta. Todo entra en Paprika: la inconsciencia de los sueños, los miedos más profundos, el erotismo, la amistad, la fantasía y el amor desbordado y complejo. Este anime ha influido en cineastas como Christopher Nolan que sin duda antes de meterse en Origen, conocía el especial universo onírico de Kon en Paprika.
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Omar (Omar, 2013) de Hany Abu-Assad
Hay ciertos lugares en el planeta tierra que esconden historias tristes. Muy tristes. En Omar hay un muro de aislamiento, el muro en el territorio palestino ocupado. Y ese muro lo sobrepasa cada día, como un hecho cotidiano, un joven palestino, Omar (un carismático Adam Bakri), para poder estar con sus amigos de la infancia, Amjad (Samer Bisharat) y Tarek (Eyad Hourani)… Y de paso enamorarse de Nadia (Leem Loubany), hermana de Tarek. Cada día elude la bala del francotirador, corre por los callejones para evitar ser perseguido o sufre distintas humillaciones por el simple hecho de ser palestino. Pero también cada día amasa el pan (ese es su trabajo), se reúne con sus amigos y ríe con ellos, intercambia cartas con Nadia (que nunca leemos) o simplemente sueña. Y con sus amigos forma parte también de la resistencia palestina, son guerrilleros, y preparan una acción contra la policía israelí… porque también desea salir del agujero, vivir en una Palestina libre. Pero no todo es blanco o negro. Nada es fácil, todo es triste.
Y Omar en el transcurso de la película pierde la capacidad de soñar, de sonreír porque está enamorado de Nadia, de pensar que van a ir de viaje de novios a París, de creer que si ella estudia quizá puedan salir del agujero… porque poco a poco va perdiendo la confianza en los seres queridos inmerso en un laberinto de secretos y mentiras. Porque nada es blanco o negro. Nada es fácil. Porque recibe un golpe y otro y otro más. Porque le arrebatan lo más íntimo, lo más secreto. Porque consiguen borrar su sonrisa… Y entonces ese muro que sobrepasaba cada día, sin dificultad, subiendo por una cuerda, casi volando…, se convierte en un muro infranqueable, imposible. Y Omar se rinde, llora. Hasta que llega un hombre anónimo que le consuela y le ayuda a subir de nuevo…
Hany Abu-Assad (que ya estremeció con Paradise Now) construye una historia triste, creíble y compleja, y le imprime un ritmo de thriller y rodea a sus jóvenes protagonistas de un halo trágico como si fueran protagonistas de cine negro. Hany Abu-Assad cuenta una historia de amor triste que termina, no obstante, con alguien solitario leyendo una carta y que esboza una sonrisa. Hany Abu-Assad narra una amistad, habla de confianza y de traición. Hany Abu-Assad relata la vida dura, la cárcel, la tortura, los tejemanejes para minar y humillar al otro, el como se genera más odio con odio…, y como hacer que un joven con sonrisa, la pierda en el camino. Y no solo eso, sino que también deje de llorar. Porque para Omar la vida nunca ha sido un juego…, aunque a él le hubiese gustado que lo fuese, le hubiese gustado contar chistes con sus amigos, hablar de chicas y reírse con una imitación de Marlon Brando. Porque en el camino le siembran la duda, le enfrentan a decisiones duras, le ponen en situaciones difíciles, casi imposibles; le arrebatan lo que más quiere, minan su confianza en aquellos a los que ama… Y en ese caminar por los infiernos se encuentra con la ambigüa figura de un agente israelí, Rami (único actor veterano y también productor, Waleed Zuaiter).
Omar cuenta no solo con cuatro jóvenes actores sin experiencia (todos se enfrentan a su primera película) que imprimen credibilidad, química y frescura sino que además seduce con la forma desnuda, sencilla y a la vez bella de contar la historia en una Palestina ocupada: las persecuciones por los callejones, las delicadas conversaciones de los jóvenes amantes, los primeros planos, la oscuridad y las sombras en la sala de tortura, la soledad de la celda, la clandestinidad, la conversión de los lugares cotidianos en ambientes hostiles bajo la sospecha de la traición…
Omar cuenta una historia triste con un muro de aislamiento, un muro físico que se convierte también en un muro interior. Omar es un joven que pierde la sonrisa porque nunca le dejaron soñar ni siquiera intentarlo…
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Cadeneta de películas que se quedaron en el tintero…, más la propina
Las he ido viendo poco a poco y en cascada… películas todas ellas irregulares pero con un componente que las hace atractivas, extrañas, apetecibles… que bien merecen un visionado, dos o tres. Que te dejan pensando. O que alguno de sus fotogramas se te queda fijo en la retina. No son ni redondas ni perfectas… pero algo en ellas hace que no las olvides, que las razones y las pienses. Todas muestran un director detrás de sus imágenes. La propina es más que olvidable, la más rutinaria, la menos extraña y creativa (el director es invisible pero porque no crea) que no merecería la pena si no fuera por dos interpretaciones (me atrevería a decir tres) que dejan una huella o que permite al menos pasar una tarde amena.
Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) de Lynne Ramsay
La directora Lynne Ramsay refleja un mundo de sensaciones, emociones y caos para reflejar el complejo universo de una madre que trata de entender qué es lo que le ha pasado a su hijo. Emplea el color, la música y el rostro increíble de Tilda Swinton. Presenta una narración descolocada que como las piezas de un puzle van tomando sentido en los ojos del espectador para contarnos una historia terrorífica y muy difícil de asimilar. Ninguno de los personajes de esta familia disfuncional ni sus relaciones, formas de ser o comportamientos son sencillas o fáciles de entender. Juega también con lo inquietante y lo incómodo. El espectador sabe en todo momento que ha ocurrido algo horrible o que va a ocurrir algo tremendo… pero ese instante siempre se retrasa…, hasta que llega la explosión de violencia, como una verdad revelada. Y te quedas absorto y te fundes con el rostro compungido de Tilda.
Solo Dios perdona (Only god forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn
El director Nicolas Winding Refn construye una historia negra y violenta a través de la imagen, la estética, los ambientes y los rostros de sus personajes. No necesita apenas diálogos. Su película es pura coreografía y puesta en escena. Y desencadena una historia familiar de odios y venganzas en Bangkok. La destrucción de una familia mafiosa americana en un país lejano… Todo empieza por un asesinato y un policía jubilado que actúa como si fuera un dios vengativo. En el tablero del destino juega una especie de femme fatale convertida en madre vengativa, una Kristin Scott Thomas maravillosa e irreconocible; un hijo silencioso que arrastra la culpa y el silencio (el impasible Ryan Gosling); un hermano e hijo muerto que desata la violencia; una joven prostituta humillada y un extraño policía que desata su ira allá por donde pasa y que tiene querencia por cantar canciones tristes en los karaokes…
La mosquitera (La mosquitera, 2010) de Agustí Vila
El director Agustí Vila crea una extraña fábula sobre una familia que dinamita con sus comportamientos extraños la normalidad. No existe este concepto en La mosquitera que se termina convirtiendo en película incómoda sobre la incomunicación y la incapacidad del ser humano para vivir en estos tiempos duros. Con una cuidada puesta en escena, sencilla y efectiva, crea un mundo entre absurdo y agobiante donde una familia actúa con normalidad pero todos sentimos que nada lo es. Su forma de actuar, de comunicarse y hablar es distinta, no entendemos en ningún momento sus códigos y eso acrecienta la incomodidad del espectador. Es como si estuviesen atrapados en una mosquitera y todo lo viéramos a través de esa fina tela, desde la distancia. Los actores, especialmente Emma Suárez, se tiran en plancha en interpretaciones de riesgo. Los perros son más coherentes y normales que cualquiera de los personajes que se presentan en esta trama. Curiosamente realizaría una sesión doble con la griega Canino de Giorgos Lanthimos. Y terminaríamos realmente incómodos…
Polisse (Polisse, 2011) de Maïwenn Le Besco
A la realizadora y actriz Maïwenn Le Besco no le funciona del todo su fórmula entre realismo documental y ficción pero regala buenos momentos (lo que menos funciona es su personaje, aunque la idea podría no haber sido mala, y su historia de amor). Momentos de verdad que hacen lamentar que Polisse no sea una película más redonda. La película trata de reflejar la cotidianidad y el día a día de la unidad infantil del Departamento de Policía de París. Así deja una radiografía de las relaciones entre los miembros de la unidad, compartiendo sus momentos en las comidas, en las actuaciones, sus discusiones, sus celebraciones de alegría, su desesperación, la dificultad de sus vidas privadas, sus obstáculos para llevar a cabo su trabajo y cómo va haciendo mella en ellos su duro trabajo… Así nos estremecemos ante el lloro desconsolado de un niño al que deja su madre en la comisaria porque no puede hacerse cargo de él y la impotencia de uno de los policías que ha intentado por todos los medios encontrar un albergue que les acoja a los dos… O nos reímos con estos policías cuando ante duras situaciones surge el humor, un humor sano y seco, para suavizar o poder sobrellevar el momento.
La propina. El juez (The judge, 2014) de David Dobkin
Un típico melodramón con juicio de fondo muy pero que muy americano con un argumento mal desarrollado donde la labor de dirección apenas llama la atención y que lo que sobrevive es la interpretación del juez del título, un colosal Robert Duvall, que logra conmover (e incluso que la espectadora que esto escribe echara más de una lágrima) y un Robert Downey Jr que consigue que se empatice con abogado agresivo y millonario que vuelve de nuevo a sus raíces familiares para redimirse y arreglarse con un pasado que le duele. Los momentos sensibles más conseguidos son unas grabaciones de super 8, las conversaciones y los momentos entre padre e hijo y las relaciones de Downey con sus hermanos de ficción, personajes que hubieran merecido ser más mimados pues están magníficamente interpretados por dos actores: Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong.
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Sobibor, 14 de octubre 1943, 16 horas (Sobibór, 14 octobre 1943, 16 heures, 2001) de Claude Lanzmann
Una manada de gansos grazna a un volumen altísimo provocando un ruido ensordecedor…, sería una imagen idílica y ruidosa a la vez si no fuera por el contexto. Esta imagen aparece en el documental de Claude Lanzmann, Sobibor, 14 de octubre 1943, 16 horas mientras un superviviente, Yehuda Lerner, relata cómo los nazis criaban estas manadas de gansos para que con sus graznidos no pudieran escucharse los gritos de las víctimas… cuando realmente se daban cuenta de que entraban en Sobibor para morir en cámaras gas… Algo que ya les habían advertido durante el viaje en tren pero que no habían creído. Para todos era imposible. Nadie podía creer tal brutalidad.
Después de la proyección del documental (dentro del ciclo Una mirada a la oscuridad en La Casa Encendida), hubo un coloquio con Carla Uriarte, psicóloga clínica y social, responsable de apoyo psicosocial a los equipos de Médicos sin Fronteras en contextos de riesgo en Yemen, Somalia, Kenia, Sudán del Sur, Palestina, Colombia, que aportó matices y miradas para enriquecer el visionado del documental.
Carla Uriarte, a través de su mirada, dio con las tres claves del documental:
1.- La importancia de la narración oral. Claude Lanzmann retoma una entrevista que realizó a un superviviente en 1979 para su documental Shoah (1985). Se trata de Yehuda Lerner, que narra el único levantamiento con éxito en un campo de concentración. El título del documental es el lugar, la fecha y la hora exacta en la que se produjo. Lanzmann reproduce esa entrevista y el primer plano de Yehuda domina el documental. Sus ojos azules pequeños y su sonrisa mientras nos cuenta una historia estremecedora.
Carla Uriarte explicó que una de las herramientas para trabajar con las víctimas en las zonas de conflicto es su relato, su narración de los hechos, cómo cuentan lo sucedido, qué cuentan, cómo lo expresan, el lenguaje verbal y no verbal… Yehuda Lerner es la palabra viva, la memoria recuperada. Participó en un hecho que le permite dar un sentido a lo que le ocurrió, a qué, cómo y por qué lo hizo. Su narración atrapa al oyente, al espectador.
Durante la entrevista podemos ver sus gestos y un poso de orgullo de haber participado en este levantamiento, haber tenido éxito y de alguna manera haber podido ‘hacer justicia’ a todas las víctimas exterminadas en Sobibor. En el levantamiento mataron a dieciséis oficiales alemanes. Con hachas. Yehuda Lerner era prácticamente un adolescente y recuerda cómo tras el levantamiento salió corriendo campo a través y del agotamiento cayó dormido bajo las estrellas… Ahí termina su relato.
2.- La creación del ‘otro’. En un momento de su relato, Lerner dice que no perdían nada. Les habían despojado de su dignidad, de sus identidades y eran hacinados y tratados peor que animales salvajes. Preferían morir en el levantamiento, que en una cámara de gas. En este genocidio y en todos los que ahora mismo se están produciendo: ¿cómo es posible que unas personas lleguen a despojar a otras de toda humanidad hasta tal punto de no sentir ningún reparo ni mala conciencia en la exterminación? ¿Cómo es posible que unos ejecuten esta exterminación y otros ciudadanos de bien miren hacia otro lado?… y aquí no ha pasado nada.
En el momento que se crea al ‘otro’. Al que es distinto a ti y se le va despojando de toda humanidad hasta que se logra justificar el ‘peligro de su presencia’. Es un mecanismo psicológico que no ha dejado de funcionar. El ‘otro’ se convierte en un ente impersonal que o bien permite mirar a otro lado y también el deshumanizarlo hasta el punto de sin mala conciencia proceder a métodos tan brutales y radicales como la solución final…
Este mecanismo es escalofriante porque nunca se sabe en qué momento y en qué lado puede estar uno. Es tan fácil se víctima como convertirse en verdugo.
3.- La importancia de los testimonios para el aprendizaje de la historia y la construcción de otro presente. Así, desgraciadamente, viendo este documental u otros que son testimonios de conflictos escalofriantes… aprendemos de la historia y podemos leer muchas veces lo que ocurre en el presente. Así Carla Uriarte explicó, como psicóloga, cómo la había impactado descubrir el paralelismo entre el horror y el sufrimiento narrado por las víctimas del holocausto judío y el de las víctimas de Palestina. O también, cómo para entender esa creación tan dañina de ‘nosotros y los otros’, no hay más que mirar el tratamiento y narración actual de lo que está ocurriendo en la valla de Melilla. Los ‘otros’ son los inmigrantes.
Claves para viajar a las entrañas del documental
Claude Lanzmann presenta de una manera desnuda y sencilla un documental impactante. Empieza con una fotografía en blanco y negro donde varios mandos nazis con las manos en alto están frente a las tumbas de los alemanes fallecidos en Sobibor. Después un primer plano de Yehuda Lerner al que preguntan si había matado alguna vez y su negación. Luego un texto del propio Lanzmann explicando el sentido de su documental y de dónde procede esa entrevista. Y a continuación el relato oral de Lerner (su rostro en primer plano y también plano medio) a veces intercalando, como en Shoah, los espacios reales donde ocurrieron los hechos pero en la actualidad. Cuando termina la narración de un Lerner dormido bajo las estrellas… Lanzmann da un mazazo al espectador y lee y muestra las listas de personas exterminadas en Sobibor. Listas elaboradas donde se dice la procedencia de los trenes, el número de personas que iban en ellos y las fechas en que entraron en el campo de concentración.
Lanzmann ofrece otra mirada del Holocausto. Desde la resistencia, la rebelión y las ansias de vivir. Ofrece el testimonio de que sí hubo levantamientos e intentos de acabar con una situación inhumana. El mismo Lerner explica que las propias víctimas de los campos no podían creer que fuera verdad el horror y la barbarie a la que iban a ser sometidos y en parte así se puede explicar que no hubiera más huidas en masa o rebeliones en cadena. Por otra parte, era tal la deshumanización, el aislamiento y el sometimiento que hacía casi imposible las fuerzas para la rebelión armada…
Como curiosidad añadir que el mismo año de este documental, Tim Blake Nelson dirige una película de ficción. La zona gris, donde recrea de manera brutal otro levantamiento, pero esta vez fallido, en Auschwitz, el 7 de octubre de 1944. Un levantamiento protagonizado por los sonderkommandos judíos, los prisioneros que trabajaban en las cámaras de gas y los hornos crematorios.
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