Maratón cinéfilo para recibir con los brazos abiertos 2016: Sufragistas, Macbeth, B, La cueva y En tierra de sangre y miel

Sufragistas (Suffragette, 2015) de Sarah Gavron

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La directora Sarah Gavron trata de exponer el movimiento sufragista a través de la historia de una lavandera trabajadora y explotada, Maud Watts (Carey Mulligan), y su despertar o conciencia como mujer con deberes pero también derechos (que durante toda su vida han brillado por su ausencia), entre ellos, el del voto, para de esta manera poder también aspirar a un cambio de su situación en el futuro. Así parte de un personaje de ficción para codearla con personajes y acontecimientos históricos verídicos que tratan de exponer la complejidad del movimiento. Y digamos que con una obra cinematográfica visualmente clásica y correcta y con una galería de actrices femeninas carismáticas (Carey Mulligan, Helena Bonham Carter, Anne Marie Duff…), la directora pone en marcha una introducción válida para empezar a indagar en este grupo de mujeres que lucho por conseguir el voto.

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El rostro de Ava Gardner. Cruce de destinos (Bhowani Junction, 1956) de George Cukor /La viuda del diablo (The Ballad of Tam Lin, 1970) de Roddy McDowall

Entre las dos películas de esta sesión doble pasaron catorce años. Y el rostro de Ava Gardner, como ya mostró Isaki Lacuesta en su documental La noche que no acaba, dialoga de una película a otra. Su rostro da valor a muchas de las películas en las que apareció. Y la historia real (la de la actriz insatisfecha con casi todas las películas en las que tuvo que aparecer) así como la imagen fílmica que se fue construyendo a través de los distintos personajes que encarnó dibujan un rostro en movimiento, con vida. Una mujer de una belleza casi sobrenatural que se convierte en ser solitario e inalcanzable. A veces, siendo consciente y otras sin serlo, se convierte en una mantis religiosa del amor y el deseo. Y se confunde o se funde la ficción con la realidad. Al final el rostro de Ava es un enigma apasionante.

Y ese diálogo sorprendente con el rostro de Ava puede ser entre una de las películas más desconocidas, y por ello menos valoradas, de George Cukor, Cruce de destinos, en la década de los cincuenta. Y con una película oculta y más desconocida todavía, La viuda del diablo, de nacionalidad británica, una rareza dirigida por el actor Roddy McDowall (de niño prodigio en el Hollywood clásico al éxito arrollador en la saga del Planeta de los simios) en el año que inauguraba la década de los setenta.

Durante este mes de diciembre el rostro de Ava ha vuelto con fuerza y es una buena oportunidad para descubrir títulos de su fimografía. Su presencia en los medios de comunicación es de nuevo inevitable porque fue uno de los amores más atormentados de Frank Sinatra, que está protagonizando un centenario lleno de recuerdos y memoria. Sinatra conoció a Ava, vivieron su historia con pasiones y tormentas, luego quedó la amistad, pero entre ellos se topó el magnetismo que sintió la actriz por España, donde se quedó durante años atrapada; abandonó muchas cosas, entre ellas a Frank. Por eso, ahora, Ava es un rostro de actualidad.

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Cóctel de películas de estreno: The diary of a teenage girl, V Festival Márgenes y El puente de los espías

The diary of a teenage girl (The diary of a teenage girl, 2015) de Marielle Heller

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Dos maneras muy diferentes de contar una misma historia por dos directoras de cine con voces y miradas reveladoras: despertar sexual femenino con los mismos ingredientes (madre, hija adolescente, novio de la madre). Una sesión continua interesante: Fish tank (2009) de Andrea Arnold y The diary of a teenage girl de Marielle Heller. La primera nos traslada a un barrio obrero británico del siglo XXI y su joven adolescente, además de cabreada con el mundo trata de expresar su pesar a través del cuerpo y el baile (no controla ninguno de los dos), ofrece una relación conflictiva con la madre y una idealización del novio (Michael Fassbender) de su madre hasta que este va desvelando su parte más oscura y mezquina. Andrea Arnold nos cuenta un drama seco y narra con dolor y desgarro ese despertar.

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Paulina (La patota, 2015) de Santiago Mitre

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El director Santiago Mitre parte de una película ya realizada, es decir, Paulina es un remake de La patota de Daniel Tinayre en el año 1960. Pero lo que hace el director argentino es cambiar el posicionamiento desde el que la protagonista, llamada Paulina, decide actuar ante un acto violento que da un giro a su vida. La Paulina (Mirtha Legrand) de Tinayre se mueve por motivos distintos que la Paulina (Dolores Fonzi) de Mitre. La patota (que así se llama el original y también el remake pero aquí se ha preferido emplear el nombre de la protagonista como título) es un término lunfardo que se refiere a una pandilla de muchachos marginales o que realizan actos vandálicos y estos muchachos son los que motivan el dilema moral, el conflicto. Paulina no es una película cómoda en su planteamiento porque para el espectador no es fácil posicionarse con ninguno de los protagonistas de esta historia.

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Amor al cine. Lejos del cielo (Far from heaven, 2002) de Todd Haynes / Yo, él y Raquel (Me & Earl & the dying girl, 2015) de Alfonso Gómez-Rejón

A qué me refiero con amor al cine. Hay obras cinematográficas que cuentan historias pero a la vez son un homenaje explícito a las películas, una canción de amor al cine. A continuación en esta sesión doble (con propina-sorpresa) se proponen tres maneras de amar distintas pero que emocionan.

Para explicarme mejor, algunos ejemplos. En Voces distantes o El largo día acaba de Terence Davies vemos cómo el director recrea y ficciona sus recuerdos infantiles a través del cine. Así en ambas películas son de suma importancia la sala, como vía de escape; las bandas sonoras que también forman parte de la memoria sentimental o aquellos documentos sonoros de diálogos de películas que podían marcan para siempre o aquellos carteles en las marquesinas que ya contaban una historia… Woody Allen es otro director que refleja varias veces su amor al cine. Siempre en sus películas hay una proyección, una sala de cine, una cola delante de un cine, una emisión de una película clásica en televisión…, e incluso a veces los personajes cinematográficos cobran vida y salen de sus pantallas… Así el cine en Allen impide suicidios, da sentido a la vida y se convierte en refugio… Son distintas maneras de hacer una película, contar una historia y además realizar también una declaración de amor al cine.

La propina-sorpresa viene de la mano de Stanley Donen y su Movie, movie (1978) que canta su amor a aquellas sesiones dobles de los años treinta que hacían más fácil la Depresión en EEUU.

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Gloria (Gloria, 2013) de Sebastián Lelio

Gloria

… Y entonces Rodolfo lee a Gloria un poema: “Me gustaría ser un nido si fueras un pájaro / me gustaría ser una bufanda si fueras un cuello y tuvieras frío / si fueras música yo sería un oído / si fueras agua yo sería un vaso / si fueras luz yo sería un ojo / si fueras pie yo sería un calcetín / si fueras el mar yo sería una playa / y si fueras todavía el mar yo sería un pez / y nadaría por ti / y si fueras el mar yo sería sal / y si yo fuera sal / tú serías una lechuga / una palta o al menos un huevo frito / y si tú fueras un huevo frito / yo sería un pedazo de pan / y si yo fuera un pedazo de pan / tú serías mantequilla o mermelada / y si tú fueras mermelada / yo sería el durazno de la mermelada / y si yo fuera un durazno / tú serías un árbol / y si tú fueras un árbol / yo sería tu savia y correría / por los brazos como sangre / y si yo fuera sangre / viviría en tu corazón”. Y estos versos son de Claudio Bertoni, un artista chileno. Todos los versos forman “Poema para una joven amiga que intentó quitarse la vida”. Pero no hay poema más vital que este. Rodolfo tiene 65 años y ganas de huir de su rutina familiar en la que se siente encerrado pero también acomodado y dependiente. De pronto ve una posibilidad de huida o escape con Gloria. Ella tiene 58 años y pocas ganas de rendirse. Gloria no quiere bajar el telón. Digamos que le pasa lo mismo que a otro personaje de ficción, Evelyn, que tan bien se expresa en Tomates verdes fritos: “Soy demasiado joven para ser vieja y demasiado vieja para ser joven”.

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Lejos del mundanal ruido (Far from the madding crowd, 2015) de Thomas Vinterberg

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Lejos del mundanal ruido es una película que cuenta con varios puntos de interés. Primero es una adaptación cinematográfica de la novela de Thomas Hardy con el mismo título, segundo es también un remake de una película de John Schlesinger, con Julie Christie de protagonista (que pronto volveré a ver para refrescar mi memoria) y tercero es la primera obra cinematográfica del danés Thomas Vinterberg fuera de su país. El reto es encontrar las huellas de este director danés en este drama romántico, de época, y de orígenes literarios ilustres y muy británicos (Hardy con esta novela y su éxito pudo dedicarse para siempre a la literatura). De nuevo desconozco el universo literario de este autor pero sí alguna de sus adaptaciones cinematográficas, como Tess, una película de Polanski de 1979, ya analizada en el blog, que me entusiasma. Y también encuentro huellas de otros universos cinematográficos en esta nueva versión de Vinterberg…, siento esa melancolía y arrebatos amorosos de esa joya cinematográfica de David Lean, La hija de Ryan.

Thomas Vinterberg fue uno de los cineastas que se puso en órbita a finales de los noventa y de nuevo hizo hablar del cine danés, como firmante y creador junto a Lars von Trier del Dogma 95. Golpeó a todos los cinéfilos con una dura historia familiar, Celebración, que transcurría durante el 60 cumpleaños del patriarca de una familia de la alta burguesía danesa. Se perdió en varias obras cinematográficas que apenas se vieron hasta que volvió a golpear con la historia paralela de dos hermanos a los que les separa una tragedia familiar, Submarino, y con una compleja historia con un testimonio de una niña que cambia brutalmente la vida de un hombre honrado en un pequeña localidad, La caza. ¿Qué hay de Vinterberg o qué pudo llamar su atención para hundirse en el mundo literario de Hardy? Las emociones fuertes. La tragedia que persigue a algunos seres humanos y les marca. La dificultad de las relaciones humanas… La familia como sello. La violencia emocional. Son muchos los temas que Vinterberg encuentra en la novela y que también están presentes en su cine. Por eso Lejos del mundanal ruido se convierte en una película del director danés y no rompe con su trayectoria. Ahora, de la frescura, modernidad, provocación e innovación delprimer Vinterberg queda menos, el director danés va dando pasos hacia un cine visualmente más clásico pero con un correcto uso del lenguaje cinematográfico y una cada vez más elegante y depurada puesta en escena.

Hay algo que sin embargo me ha llamado la atención de Lejos del mundanal ruido… y que me ha hecho no disfrutar del todo de su resultado final. Dentro de la narración cinematográfica y en el montaje final no se logra plasmar el paso del tiempo. El transcurso de los años no está bien marcado, de tal manera, que crea confusiones en la trama y falta de entendimiento de algunas reacciones de los personajes pues es difícil darse cuenta de que ha pasado el tiempo (días, meses, incluso años)…

El Lejos del mundanal ruido de Vinterberg cuenta con buenos momentos que reflejan la vida en el campo a finales del siglo XIX así como una protagonista que se convierte en una mujer excepcional en aquella época (se vuelve dueña y señora de una próspera granja) pero que refleja perfectamente la situación de las mujeres en aquel tiempo. Bathsheba Everdene (esta vez con el rostro de Carey Mulligan) además de llevar su negocio y hacerse respetar en un mundo de hombres, tiene también que lidiar con las dificultades de ser una mujer independiente completamente en sus relaciones con los hombres en un momento que esa cuestión era prácticamente imposible. El drama está servido. Son años y años los que Everdene tarda no solo en convertirse en una mujer a la cabeza de un negocio próspero sino también en encontrar al verdadero compañero (pese a varios obstáculos en el camino que casi la obligan a vivir un futuro incierto, oscuro y en el ocaso) que le haga encontrar esa difícil libertad conquistada.

Mulligan ofrece una Bathsheba más terrenal (… Julie Christie era casi un sueño, una mujer distante e imposible de alcanzar), una heroína que además de enfrentarse a un mundo de hombres tiene también que encontrar y construir los sentimientos y emociones que la hagan ser feliz… y en el camino, como toda persona joven, se equivoca… Los tres hombres que se cruzan en su camino son: el pastor de ovejas Gabriel Oak (imparable Matthias Schoenaerts), el rico terrateniente de edad avanzada William Boldwood (Michael Sheen) y un apuesto e inestable militar Frank Troy (Tom Sturridge). Así como es un acierto el carisma y la química sexual que surge desde el minuto uno entre la Bathsheba de Mulligan y el Oak de Schoenaerts, creo que no son adecuados en el casting ni Michael Sheen porque no me parece que represente esa edad avanzada, patetismo y desencanto de su personaje como, por ejemplo, Peter Fich en la versión anterior ni Tom Sturridge como el militar que hace perder el norte a Bathsheba, no es tan inquietante y carismático como Terence Stamp en la versión de 1967. Desde el minuto uno sabes cuál es el compañero ideal de Bathsheba, ninguno le hace sombra.

Si bien estoy desarrollando varios peros (y uno de ellos bastante importante, el paso del tiempo, que afecta a muchos momentos claves de la película), no obstante Lejos del mundanal ruido es un nuevo paso en la obra cinematográfica de Vinterberg que muestra su capacidad y buen hacer para contar tanto buenas historias como regalar buenos momentos cinematográficos. La importancia que da este director (como en varias del sus películas) al empleo de la luz (el primer encuentro de Bathsheba con Troy), cómo sabe filmar los momentos trágicos y desgarradores (la muerte de las ovejas) y también cómo controla los momentos corales, donde hay varios actores en escena y varias tramas y significados, como esa cena festiva entre Bathsheba y sus trabajadores a la que acude el rico propietario… hace que el visionado de Lejos del mundanal ruido sea un goce para los sentidos y se disfruten de momentos cinematográficos realmente hermosos… por eso sus peros o defectos se hacen notar más o dan más rabia a aquel espectador que está disfrutando de instantes brillantes.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Óperas primas en el Festival de Málaga. El viaje de las reinas (El viaje de las reinas, 2014) de Patricia Roda/El país del miedo (El país del miedo, 2015) de Francisco Espada

Las óperas primas se han convertido casi en una heroicidad en tiempos de crisis y en una industria cinematográfica que está sufriendo transformaciones y cambios, no solo por la situación económica sino por procesos mucho más complejos, es un reto llevar a cabo un primer proyecto cinematográfico y sobre todo poderlo mostrar en los circuitos de exhibición. Y sin embargo estos tiempos son momentos de alzar la voz y también de proporcionar nuevas miradas. El Festival de Málaga es una plataforma idónea y durante estos días ofrece la oportunidad de descubrir nuevas obras cinematográficas de directores que entregan su primer largometraje. En este caso Patricia Roda recibirá la Biznaga de Plata, mañana, por su documental El viaje de las reinas en la sección competitiva “Afirmando los derechos de la mujer”. Y por otra parte Francisco Espada está compitiendo en la sección oficial con su ópera prima El país del miedo.

El viaje de las reinas (El viaje de las reinas, 2014) de Patricia Roda

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¿Es posible un cambio o transformación social a través de un proceso creativo? ¿Por qué lo primero que se prohíbe y se controla en sistemas totalitarios es todo lo relacionado con la cultura? Estas son preguntas que tienen respuestas cada día a través de distintos proyectos. La cultura es abrir puertas y ventanas, hacer volar a las miradas, es aprendizaje de la vida, es acceso al conocimiento a través de la sensibilidad… y es posibilidad de cambio y transformación. El proceso creativo tiene algo que transmite fuerza y energía, un halo mágico que hace poner en pie proyectos imposibles. Y todo esto puede “sentirse” en el primer documental de la aragonesa Patricia Roda, El viaje de las reinas.

“Somos reinas”

Esta simple afirmación significa mucho. Es una afirmación reivindicativa. Las mujeres somos reinas en nuestra propia vida. Y esto lo tienen claro las quince mujeres protagonistas del documental. Todo empezó cuando un grupo de actrices decidió que en vez de lamentarse por su compleja situación laboral, no solo por la crisis sino también por la dificultad de encontrar buenos papeles sobre todo a una determinada edad, debían unirse y poner en pie un proyecto teatral (del que ha nacido además la plataforma Actrices para la Escena). Así surge Reinas. Desde las reuniones en un café de Zaragoza, El Sol, hasta estrenar la obra en el teatro Principal pasa un año de sueños, ensayos, trabajo duro, obstáculos, esperanza, ilusión… y todo lo contrario, incertidumbre, desencanto, dudas…

El alma del proyecto es visibilizar a unas mujeres que también escribieron la historia pero sin embargo se las relega a las sombras o a un segundo plano pero a la vez visibilizar que las mujeres actrices que llevan años en la profesión claman por papeles protagonistas, por las mismas oportunidades que sus compañeros en los escenarios (mismos salarios, mismas oportunidades de acceso, más papeles femeninos –y por tanto más voz–, más capacidad de decisión, más presencia en distintas áreas fundamentales en el mundo teatral…) y por poder seguir trabajando en lo que más aman (muchas de ellas tienen que buscar otras vías y trabajos para poder sobrevivir en el día a día).

Así la esencia de El viaje de las reinas son los rostros, primeros planos, de las quince mujeres que pondrán en pie este proyecto y la cámara de Patricia Roda “captará” todo el proceso creativo hasta el momento del estreno. Ellas son las protagonistas, ellas son las reinas. Así a la vez que ellas darán voz a distintas reinas europeas, el documental visibilizará a las actrices que aportarán su técnica, voz y cuerpos a dichas reinas. La impulsora y directora del proyecto, Blanca Resano, hará especial hincapié en que se las conozca con nombre y apellido.

Así Eva Hinojosa y Susana Martínez plasmarán en papel la obra de Reinas, este proyecto teatral común, y los rostros de las reinas serán los rostros de doce actrices de distintas edades: Laura Plano, Minerva Arbués, Amor Pérez Bea, Inma Chopo, Inma Oliver, Amparo Luberto, Carmen Marín, Ana Marín, Luisa Peralta, Mariles Gil, Nuria Herreros y Marisa Nolla. Y durante el proceso creativo cada una encontrará su voz de reina y en el escenario visibilizarán a Isabel La Católica, María Antonieta, Luisa Isabel de Orleans, Juana la Loca, Catalina la Grande, Isabel Farnesio, María Estuardo, Catalina de Aragón, Cristina de Suecia, Leonor de Aquitania, María Tudor e Isabel I de Inglaterra. Todas mujeres con nombre y apellido… y con un papel en la vida, las actrices y las reinas.

Patricia Roda opta por contar cronológicamente el proceso creativo, entrevistar a sus protagonistas, plasmar los acontecimientos más importantes y puntos culminantes antes del estreno en el teatro Principal (la división de etapas es a través de insertos que recrean conversaciones de Whatsapp o sencillos rótulos) y contextualizar este proyecto de dar voz a las mujeres y en particular a las actrices como un movimiento universal. Así el documental muestra a la plataforma Magdalena Project que nació en Gales en los años ochenta, principal impulsor de otros proyectos de mujeres en el escenario como el Festival A solas de México (quizá se echa en falta saber si realmente las actrices contactaron con esta red internacional y qué lazos o intercambios surgieron). La fuerza del documental son sus actrices, sus rostros. La realizadora dota de un buen ritmo y estructura un documental sencillo y directo que emociona porque capta la energía mágica de un proceso creativo que culmina en el escenario de un teatro.

El país del miedo (El país del miedo, 2015) de Francisco Espada

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El cine y la literatura está reflejando un periodo convulso y de crisis que se evidenció con virulencia a partir de 2008 y que está llevando consigo una transformación trágica del mundo (si ya era de por sí trágico y pesimista). En otro análisis de una película, Mátalos suavemente de Andrew Dominik, además de plasmar la frase clave que suelta el mercenario Jackie Cogan (Brad Pitt) en la barra de un bar: “América no es un país, es un jodido negocio” (cambia simplemente el país), la película me hizo reflexionar así: “ante la doctrina del shock (doctrina del miedo), que tan bien explica Naomi Klein, los ciudadanos del mundo vamos muriendo suavemente ante un sistema que arrasa cualquier atisbo de humanidad y que lo que menos le importa son los ciudadanos libres. En los extremos hay fugas de movimientos e indignaciones pero a los que mueven los hilos no los vemos, son abstractos… Parece o da la sensación de una soledad trágica de David contra Goliat… y parece que Goliat va derribando obstáculos y venciendo”. Y muchas películas de estos años van reflejando este clima de miedo que pone a los ciudadanos en un estado de shock que les impide pensar, les paraliza y de este modo se van introduciendo cambios económicos y sociales que no tienen vuelta atrás y van minando el estado de bienestar y aumentando de manera trágica las fracturas sociales.

Así el director extremeño Francisco Espada adapta a la pantalla la novela de Isaac Rosa, El país del miedo, que como dijo el autor cuando le entregaron en 2008 el premio a la mejor novela que concede la Fundación José Manuel Lara Hernández: “El país del miedo es una novela de miedo, sobre el miedo y contra el miedo. Intenta ser un libro de resistencia, para que rechacemos todas las tentativas para dominarnos”. Y de eso trata la película, del miedo y del negocio que se genera a través del miedo, y de los mecanismos que provoca el miedo…

El país del miedo es una película que incomoda hasta el final y lo que el director plasma (con mayor o menor acierto) es un estado de ánimo: el miedo instalado en un estado de bienestar que se resquebraja y las situaciones de incomunicación y soledad que provoca. Y se centra en una familia de clase media y en concreto en el padre (José Luis García-Pérez), un funcionario que trabaja en una biblioteca y que siempre se ha regido por ideas progresistas y pacifistas, partidario de dialogar y mediar. Y lo que plantea El país del miedo incomoda a todos los niveles.

El conflicto empieza cuando los padres se dan cuenta de que su hijo sufre acoso escolar en el colegio por parte de una niña de 13 años. Entonces el padre trata de solucionar el asunto y entra en contacto con la niña. Esta traslada el acoso del niño al padre y logra intimidarle de tal manera que él no sabe cómo frenar la situación que se le escapa de las manos. En cada paso va traicionando cada una de sus convicciones hasta dar solución por la vía más insólita (una vía externa que él siempre habría rechazado) porque mina toda su coherencia ideológica. De fondo, se refleja cómo en la sociedad en la que habitan prima la desconfianza, la soledad, la incomunicación y, como no, la violencia. Algo que se adhiere en todas las áreas de la vida cotidiana: en las comunidades de vecinos, en los barrios, en los colegios, en los lugares de trabajo y por último en los ámbitos más íntimos. Y todo esto está afectando a cada uno de los miembros de la familia.

Francisco Espada cuenta con un reparto creíble y cuenta con soluciones cinematográficas eficaces (como abrir y cerrar la película con el tema de las puertas blindadas y las llamadas telefónicas como símbolo del miedo y del negocio que genera el miedo) o el inicio con una escena que alcanzará todo su impacto al final del metraje donde las víctimas de la historia se intercambian (porque al final todos actúan de una manera determinada por la conquista de terreno del miedo). Pero a veces otras decisiones de puesta en escena minan el ritmo de la película o sacan de la tensión de la historia como cuando rompe con la cronología de la acción porque en realidad trata de plasmar el estado del miedo del personaje protagonista (esas escenas que cuentan un hecho pasado a través de la mente del protagonista o tal y como teme que va a transcurrir). Porque la mayor dificultad de El país del miedo, y que a veces no se logra, es mezclar la realidad de lo que está realmente ocurriendo con lo que está sintiendo en realidad el personaje protagonista, su estado de pánico, y que provoca que a veces sea poco verosímil lo que estamos viendo cuando lo que se está contando es algo muy real y potente.

Aun así Francisco Espada logra una historia fuerte que incomoda al espectador, le remueve por dentro y le hace reflexionar. La esencia del personaje de José Luis García-Pérez no está tan lejos del David Sumner (Dustin Hoffman) de Perros de paja de Sam Peckinpah, incluso va más lejos y perturba más su forma de actuar, porque incluso delega el uso de la violencia en otro. El país del miedo, ese dibujo que expresa y vomita nuestros miedos más íntimos, mella en lo más profundo al ser humano.

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La señorita Julia (Miss Julie, 2014) de Liv Ullmann

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Una buena obra de teatro puede sufrir varias metamorfosis apasionantes. Primera fase: el texto que vomita el autor. Segunda fase: la interpretación de cada uno de los lectores. Tercera fase: el análisis y estudio que realice el director de la obra para ponerla sobre el escenario. Cuarta fase: la mirada de cada espectador de teatro. Quinta fase: la representación contemporánea con el ‘tiempo presente’ del autor. Sexta fase: las representaciones con distintos directores y miradas de espectadores a lo largo del tiempo y en lugares e idiomas diferentes. Séptima fase: la esencia que atrapan cada uno de los actores que se meten en los personajes representados. Octava fase: el traslado del lenguaje teatral al cinematográfico. Novena fase: la distinta mirada y captura del espíritu de la obra por distintos directores de cine así como el sello que imprimen los actores cinematográficos. Décima fase: mirada del espectador de cine… Después de todo este proceso, que aún no ha terminado (una buena obra de teatro es un texto siempre vivo…), nos encontramos con La señorita Julia de Liv Ullmann. Y sin traicionar la esencia del texto y la dramaturgia de August Strindberg, la directora crea una película personal con una mirada propia y se ayuda además por un trío de actores que aportan su carisma y el arte de la actuación a la construcción compleja y rica de sus personajes (Jessica Chastain, Colin Farrell y Samantha Morton).

Primera ruptura con la obra original. Liv Ullmann crea una estructura redonda y por supuesto no emplea el escenario único: su película empieza con un breve flash back de una niña solitaria, la señorita Julia, en su enorme casa en un día clave de su vida (la niña es consciente de la muerte y la ausencia de la madre) y termina paseando en su hermoso y eterno jardín, casi un edén, recreándose con un juego en el río: ve cómo la corriente arrastra pétalos de flores. Cuando esa niña regresa hacia su mansión, vemos que ya es una joven… Y la película termina con una señorita Julia que vuelve a salir de esa mansión (su palacio de cristal-cárcel) para pasear de nuevo por ese jardín secreto y terminar en ese río donde volverá a jugar con unos pétalos de flores que finalmente se teñirán de sangre. Flores y sangre.

Liv Ullmann enmarca su película con dos muertes: la de la madre y la hija. Y todo lo que ocurre entre medias es en la noche de San Juan. Una noche de San Juan en una mansión aristocrática de Irlanda a finales del siglo XIX (no en Suecia como en la obra original). Una noche de verano festiva que va acompañada de rituales donde todo el mundo cambia de máscaras, como si todo estuviera permitido, hasta la luz del amanecer. Lo pagano se mezcla con lo religioso. Así nos introducimos en tres cárceles físicas y espirituales de tres personajes complejos y torturados que esa noche estarán solos en esa mansión. El conde, el padre de Julia, es un ausente presente…, esa noche festiva no está pero sí se encuentra siempre en boca de los tres protagonistas. Aunque la mayor parte de las escenas ocurren en el escenario original, la cocina. Sus personajes se mueven por otros aposentos de la casa, además de por el patio que rodea la casa. Y sabemos que hay jolgorio, además de por cómo nos lo cuentan porque escuchamos los ruidos externos.

La esencia de Strindberg, una tragedia naturalista, sobrevuela en una película con una puesta en escena elegante y una belleza formal continua que resalta más la dureza de muchos de sus diálogos y los actos de los personajes. Una película que hace hincapié en una lucha despiadada de poderes. Poderes entre hombre y mujer y poderes entre clases sociales. El cambio de roles es continúo. Los que están arriba, caen. Los que están abajo, se elevan. Y viceversa. La lucha es encarnizada. Y de nuevo es de esas obras (que se traslada perfectamente a lenguaje cinematográfico) donde se vislumbra el poder de la palabra. Que también puede ser destructivo.

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Pero Ullmann ofrece su mirada personal sobre la obra y la enriquece. Porque la directora trata de entender a sus personajes y convierte a los tres en verdugos y víctimas. Hace hincapié en este aspecto. Nos muestra el encarcelamiento de sus espíritus, el poco horizonte que ofrece la vida a los tres. Nos muestra sus máscaras oscuras pero también sus luminosidades. Y ese tratar entenderles, hace que desaparezca la misoginia compleja (y apasionante para analizar y estudiar porque además no impedía que el autor crease personajes femeninos de personalidades arrolladoras) del autor y que se centre más en las cárceles sin posibilidad de salida de sus personajes, en la brutal lucha de clases y la situación de la mujer relegada a la invisibilidad y a estrictos comportamientos sin posibilidad de libertad y desarrollo como la joven aristócrata encerrada en su palacio de marfil. O cómo cada uno trata de aferrarse a la felicidad como puede: unos soñando con proyectos imposibles (con alcanzar las alturas), otros aferrándose a la fe religiosa, otras creando una vida llena de mentiras de jardines secretos y amores de princesa donde el sexo es reprimido y aplastado…, hasta que esa noche de San Juan se quitan las máscaras brutalmente. Y las durezas y fragilidades de cada uno quedan en evidencia. Pero unos logran sobrevivir y otros no, la señorita Julia no cuenta con los instrumentos para aguantar los golpes y el dolor de la vida…

Uno de los aciertos más bonitos de Ullmann es dar una mirada especial y más relevancia al personaje de la cocinera. Así Samantha Morton logra plasmar una humanidad muy especial a su personaje, entendiendo incluso sus máximas contradicciones. Otra aportación magnífica de la directora (y actriz bergmaniana…, también se nota la huella de Bergman, otro admirador del teatro de Strindberg) respecto a la obra original es que los dos actos más relevantes de la obra que transcurrían tras bambalinas, ella nos deja que seamos testigos de esos dos momentos perfectamente resueltos (y que enriquecen la trama y los personajes): el encuentro sexual entre Julia y John, el sirviente, y el suicidio de Julia. Por otra parte, la directora es totalmente fiel no solo en los diálogos y lenguaje empleado sino a ciertos elementos imprescindibles de atrezzo: como la navaja, la jaula y el pájaro, la cerveza y el vino, la cocina, o el beso en el zapato y en la bota… y todo aderezado con sumo cuidado con piezas de música clásica donde destaca trío para piano número 2 de Franz Schubert que ya empleó magníficamente Kubrick para su Barry Lyndon.

La señorita Julia de Liv Ullmann es un disfrute por muchos motivos: porque parte de una obra de teatro potente, de tres actores que se entregan a fondo en la construcción de sus personajes, y de una elegante puesta en escena de la directora al servicio de una historia que se nota que conoce, ama y respeta.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Tuya para siempre (Merrily we go to hell, 1932) de Dorothy Arzner

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Así lo dice Jerry Corbett (Fredric March), periodista y dramaturgo, “… nos iremos alegremente al infierno” (maravilloso título original de la película) y así, al pie de la letra, sigue este dicho su esposa Joan Prentice (Sylvia Sidney) porque como le confiesa en una de sus discusiones: “Prefiero ir alegremente al infierno contigo, que ir sola”. Y de nuevo Dorothy Arzner ofrece una película de apariencia ligera pero extremadamente compleja sobre las relaciones amorosas y la institución del matrimonio. Así la historia de amor entre Jerry Corbett y Joan Prentice no será un camino de rosas… sino algo más real, un camino que conduce alegremente al infierno.

Y para ello la directora trabaja con dos personajes atractivos y muy bien interpretados y construidos además de ayudarse de unos diálogos que no pasan desapercibidos. Tuya para siempre es una gozada por varios elementos que aportan a la película de una personalidad interesante. Además cuenta de nuevo con una firma de la directora y es el gran uso del primer plano (no solo a nivel estético sino también narrativo) y en concreto de los primeros planos de sus protagonistas femeninas. Esta vez le toca el turno a una bellísima Sylvia Sidney que construye un personaje frágil y fuerte a la vez que ama incondicionalmente, desde que le conoce, a Jerry pero que se sumerge en una relación que no es nada fácil. Su rostro presenta en segundos matices, emociones y sentimientos contradictorios. A través de la mirada, la sonrisa o la forma de empolvarse la nariz…

Si Sylvia Sidney está perfecta como Joan, no menos brillante se muestra Fredric March, un actor que trabajó en varias películas de la directora (fue una de las primeras que confió en March como protagonista). También consigue construir a un Jerry irresponsable pero con dosis de encanto y muestra ya la versatilidad de un actor que seguiría interpretando a buenos personajes durante décadas.

Por otra parte es una película realizada antes de la creación e implantación del código Hays, una película de ese periodo tan rico e interesante llamado pre-code, lo que permite una mirada especialmente realista y moderna a varios temas, entre ellos, la institución del matrimonio o un tratamiento natural y sin juicio moral del alcoholismo. Porque el alcohol en la vida de Jerry y de sus amigos es un centro neurálgico importante. Jerry se siente feliz y seguro entre copas y la barra de un bar es su mejor centro de reunión, su felicidad. Una fiesta sin alcohol no es fiesta. Jerry, bohemio, parlanchín, despreocupado… oculta tras el alcohol su miedo al fracaso sentimental y laboral, su miedo a la toma de responsabilidades en la vida, el dolor que le causa que le rompan el corazón (como, por ejemplo, su exnovia, una actriz que aparecerá de nuevo en su vida con consecuencias nefastas para su matrimonio…). Precisamente así conoce a Joan en una fiesta, totalmente bebido. De hecho cuando ella se despide ilusionada, él ni siquiera logra enfocarla ni reconocerla.

El alcohol es un problema más en su vida conyugal. Un problema que conduce a la destrucción. Pero hay más. A Jerry le cuesta responsabilizarse, es casi un niño grande, extremadamente difícil vivir con él pero a la vez encantador. Así cuando vuelve a aparecer su exnovia en su vida, no puede evitar irse tras ella y beber más todavía… En otra escena clave, Jerry le pide a Joan que cierre la puerta de su hogar, que le impida ir al encuentro de la amante. Joan enfadada abre la puerta y le espeta que ella no es ninguna carcelera. Pero Joan decide apostar por Jerry, aunque la duela que nunca le diga un te quiero (solo un continuo adjetivo que termina enfermándola, su marido no deja de decirle, desde que la conoce, que es fantástica) o continuamente la relegue a un segundo plan. Así Joan le propone que van a ser un matrimonio moderno. Él hará su vida, y ella la suya… y alegremente irán al infierno. De esta manera Joan regala otra frase genial con sus amigos de fiesta y borrachera: “Caballeros, les presento el sagrado matrimonio, estilo moderno. Vidas separadas, camas mellizas y antidepresivos por la mañana”. Pero llegará un momento, y por un hecho concreto, que esta situación se haga insostenible para la protagonista. De esta manera realiza, a una amiga de Jerry, una confesión amarga: “¿Recuerdas que una vez me dijiste que me fuera a tiempo? ¿Que te rebajas más por amar a alguien que por odiarle?”. Y cerrará la puerta del hogar conyugal… pero saliendo por ella. Cuando esa puerta se cierra, un Jerry ebrio empieza a reflexionar.

Por último hay un tercer obstáculo, que también es tratado en más de una película de la directora, ambos pertenecen a clases sociales diferentes. Mientras Jerry desempeña una profesión liberal (es periodista pero su deseo es ser un dramaturgo de éxito) y forma parte de una clase media que soporta la crisis… “alegremente”, Joan es hija de un prestigioso empresario y vive, cuando conoce a Jerry, en un mundo de lujo con un padre que la ama y la protege en exceso (hasta el final). De hecho el padre nunca ve con buenos ojos a Jerry, tanto por su posición social como por su alcoholismo (es el único personaje de la película que con su comportamiento y actitud, juzga).

Pero aún se esconden más motivos para descubrir esta película y es centrarnos en sus brillantes personajes secundarios (desde su mejor amigo hasta su amante), con frases y comportamientos que enriquecen los matices de una película aparentemente ligera (vuelvo a repetirme), para encontrarnos además con una de las primeras apariciones de un jovencísimo Cary Grant, como uno de los acompañantes de Joan, en su aventura de esposa moderna. La película es todo un melodrama pero regada continuamente con toques de humor e ironía, así en la emotiva (e importante) escena de la boda, Jerry le pone a su esposa un anillo ‘muy especial’ para salir del aprieto de uno de sus muchos olvidos…

Así Tuya para siempre se convierte también en otro buen hallazgo de la carrera cinematográfica de la pionera Dorothy Arzner.

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