10 razones para amar El último refugio (High Sierra, 1941) de Raoul Walsh

Razón número 1: Humphrey Bogart

El último refugio

Durante los años treinta Bogart iba de un papel secundario a otro y se le identificaba como el rostro del gánster, el bandido o el malo de la película. Así iba pasando de El bosque petrificado con su gánster Duke Mantee que secuestraba a un grupo variopinto de personas en una casa de madera a esa joya de Wyler, Callejón sin salida, donde era el gánster que regresaba a su barrio natal; en Ángeles con caras sucias se convertía en un abogado corrupto y traidor o en el melodrama Amarga victoria era un oscuro mozo de cuadras… Pero faltaba el matiz o el halo que le convertiría en estrella y a sus personajes en iconos para la memoria cinéfila. Y ese matiz o halo lo adquirió ya completamente (tuvo muchos años de entrenamiento y formación) con su personaje de Roy Earle en El último refugio. Ese papel fue un punto de inflexión en su carrera. Su personaje pasó del puro cine de gánsteres (como también demostró en otra joya de Walsh, Los violentos años veinte) al cine negro, y su personaje iba adquiriendo un fondo: un tipo duro, fiel a sus ideales, solitario, melancólico, desencantado y desengañado pero tremendamente romántico. Un perdedor con encanto y por convicción. Así Bogart fue campando por el cine negro, con su desgarro y desencanto, en ese mundo de sombras y destinos sombríos. Pero supo diversificarse y ofrecer también en otros géneros al galán duro pero irreversiblemente romántico…

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Julieta (Julieta, 2016) de Pedro Almodóvar

julieta

No es de extrañar que en un principio Julieta fuera a llamarse Silencio. Los tres relatos de Alice Munro que Almodóvar convierte en su película Julieta son Destino, Pronto y Silencio. Y precisamente este tercer cuento es el que le sirve para arrancar su película (el encuentro de Julieta con una amiga de su hija, Antía) y el que se convierte en el motor del conflicto desarrollado. Así también el silencio es lo que destroza a madre e hija durante años. Pero lo realmente sobresaliente de Almodóvar es que logra ser fiel a los relatos de Munro, pero lo que hace es ofrecer su mirada personal del subtexto que siempre sobrevuela sobre los relatos de la escritora. Lo que quiere Almodóvar es entender a la Juliet y a la Penélope canadienses de Munro, con sus Julieta y Antía españolas. Lo que la magistral Munro deja entre líneas, Almodóvar quiere plasmarlo, entenderlo, hacer su propia interpretación personal de los tres relatos protagonizados por Juliet, toda una vida. Así Julieta se empapa a la vez del universo cinematográfico almodovariano, no pierde su identidad, y ofrece además uno de sus melodramas más redondos y contenidos (… y silenciosos), pues parte de muy buen material literario que además ha sabido emplear con matices y cuidado.

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Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015) de Hirokazu Koreeda

Nuestra hermana pequeña

Nuestra hermana pequeña es un reflejo de la vida como un largo río tranquilo… Ya lo decía Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar, /que es el morir,/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos,/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos”. Pero si en las zonas mediterráneas esos ríos tienen cascadas, rápidos y otros temperamentos…, en zonas orientales, como Japón, la filosofía de su caudal es tranquila… Y, sin embargo, los obstáculos y problemáticas de la vida son los mismos, pero la manera y el tempo de enfrentarse a ellos es totalmente diferente. Así Nuestra hermana pequeña plantea otra historia familiar que con un director mediterráneo (italiano o español) sería un melodrama desatado, un torrente o una tormenta, y con Hirokazu Koreeda es un lago de aguas en calma que nunca estallan pero viven, sufren y aman.

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Dos buenas sorpresas. Diggers (Diggers, 2007) de Katherine Dieckmann/Lou (Lou, 2010) de Belinda Chayko

Diggers y Lou. Dos directoras, una película americana y otra australiana, las dos de cine independiente. Dos historias cotidianas…, mientras la vida va pasando… Dos buenas sorpresas, que esperan que las carreras de estas directoras tengan una continuidad y tristemente, de momento, parece que esa continuidad no llega. En una un Paul Rudd bien acompañado muestra que hay más vida tras sus roles para comedia, y en otra John Hurt sigue siendo grande.

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La patrulla perdida (The lost patrol, 1934) de John Ford

la patrulla perdida

La patrulla perdida fue uno de los primeros éxitos sonoros de John Ford, un director pionero que ya había adquirido los secretos del lenguaje cinematográfico durante su etapa muda. Ahora había que dominar más frentes tras los avances tecnológicos. Y poco a poco el director iba construyendo su identidad cinematográfica. Es curioso ver cómo John Ford durante los años 30 tocó muchos palos y temas (algunos controvertidos y permitidos por el periodo pre-code, aunque Ford nunca eludió tocar temas complejos)… películas de boxeo, de aventuras marinas, bélicas, cine histórico, cine social, drama judicial… hasta que en 1939 rodó La Diligencia y encontró un género (del que no era en absoluto ajeno, recordemos su obra muda: El caballo de hierro o Tres hombres malos), el western, en el que no solo se especializó (pero, por supuesto, siguió tocando otros géneros como el bélico, el de aventuras y el cine social, que muestran que fue un director versátil y que puede ser tremendamente rico el análisis de su extensa filmografía), sino que además dio rienda suelta a su firma de autor. Una firma que había ido construyendo y creando desde su etapa muda y sus inicios en el sonoro. La patrulla perdida es uno de esos pasos hacia la formación de una potente personalidad cinematográfica, pero con cualidades que la convierten en una película fantasmagórica y extraña a la vez.

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Tres estrenos: Creed. La leyenda de Rocky, Spotlight, Mia madre

Creed. La leyenda de Rocky (Creed, 2015) de Ryan Coogler

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Cuando veo aparecer a un Rocky mayor en el cementerio, coger una silla de un árbol, ponerse frente a dos lápidas, una de su cuñado Paulie y otra de su amada esposa Adrian, y que empieza a charlar con ellos…, entonces no solo me atrapa la película sino que veo a Rocky alias Sylvester Stallone como leyenda. Y me viene a la cabeza otra leyenda, el Duque o John Wayne, en uno de sus personajes con John Ford en La legión invencible (1949), mientras charla también con su esposa fallecida, Mary, frente a su lápida.

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La Juventud (Youth, 2015) de Paolo Sorrentino

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“Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero eso es una gilipollez. Las emociones son lo único que tenemos”. Estas son los palabras que le dice Mick (Harvey Keitel), el director de cine que está erigiendo su testamento cinematográfico, a su amigo Fred Ballinger (Michael Caine), un compositor de música retirado. Y ahí está la clave de La Juventud de Paolo Sorrentino, que filma emociones. Así atrapa al espectador en su universo visual barroco y lo arrastra a un viaje emocional trufado de reflexiones sobre la vida. Lo inunda de belleza. De esta manera Sorrentino ofrece un torrente de imágenes y sonidos hermosos que provocan emociones que llevan a una reflexión catártica sobre el sentido de la vida.

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Compañeros mortales (The Deadly Companions, 1961) de Sam Peckinpah

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Compañeros mortales es el primer largometraje de Sam Peckinpah. Y como todos los primeros largometrajes esconde ya claves para reconocer a su director en su obra cinematográfica posterior. Y es bastante normal que empezara con el western, pues sus primeros trabajos televisivos iban orientados hacia este género. Precisamente Brian Keith, el actor principal de una de las series de televisión donde había trabajado como director, The Westerner, recomendó a Sam como director de esta película. Y también en este rodaje comenzó la lucha de Peckinpah contra los productores, o hacia aquellos que consideraba frenaban su espíritu creativo. En su primera película ya aparece una violencia, de momento contenida, que iría estallando a lo largo de su filmografía. Así como un tono crepuscular y desencantado… con la construcción de una historia de amor de dos personajes al margen. Personajes tan queridos por el director, que vivió en sus entrañas el desarraigo, autodestruyéndose poco a poco con el alcohol y las drogas.

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Carrusel de minicríticas. Los odiosos ocho, Dando la nota, Attack the block, Hard Candy y Despedidas

Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015) de Quentin Tarantino

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Érase un niño grande que además era muy mimado y quiso hacer su octavo juguete como le venía en gana. Se dijo que iba a hacer un western, y aunque no hiciera falta (solo para una escena de apertura de puta madre) rodó en 70 mm y siguió con el celuloide (aunque ya apenas haya cines que puedan proyectarla en toda su pureza). También hizo que durase más de tres horas. La dividió en capítulos. Se pegó el capricho de conseguir a Ennio Morricone para la banda sonora. Realizó un primer capítulo en un paisaje nevado, con una caravana que acoge a un cazarrecompensas, un sheriff perdido y una condenada a muerte. Luego los demás capítulos de su historia transcurren en una cabaña… donde hay otros personajes: el viejo militar sureño, un mexicano que cuida la cabaña-posada, La Mercería de Minnie (sus dueños no se encuentran allí), un verdugo y un granjero que regresa a su hogar. Nadie es quien parece. Creó, entonces, un artefacto… lleno de sus diálogos ingeniosos y vacíos a la vez, con su brillante puesta en escena con momentos que se graban en la retina (el penúltimo capítulo es un claro ejemplo) y vomitó violencia sin freno (tanta que te vuelve inmune e insensible). Por supuesto se rodeó de un reparto de oro: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jeniffer Jason Leigh (qué bien ha resucitado), Bruce Dern, Tim Roth, Michael Madsen, Channing Tatum y un magnífico Walton Goggins. El resultado es Los odiosos ocho, una pirueta lúdica del mundo excesivo y visual de Tarantino. No hay más. No se puede rascar nada más. Bueno, sí, es tremendamente entretenida.

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El hijo de Saúl (Saul fia, 2015) de László Nemes

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En 2007 el director húngaro László Nemes realizó el cortometraje Türelem (With a little patience. Cortometraje que he podido descubrir y ver a través de la Red gracias a la referencia que realiza Carlos F. Heredero en su crítica sobre la película en la revista Caimán del mes de enero), y ahí ya estaba la semilla de cómo rodar, cómo contar, El hijo de Saúl. En este cortometraje, en el que no hace falta la palabra, el joven director trabaja con el formato cuadrado, sin apenas profundidad de campo, y rodando en plano secuencia. La cámara acompaña el deambular de la protagonista. Una joven oficinista, burócrata, que se encuentra en un bosque donde un hombre le hace entrega de un objeto; ella vuelve a una oficina perfectamente organizada y aséptica y mientras realiza mecánicamente su trabajo no deja de mirar el obsequio, un bonito broche. En la oficina los demás trabajan, se oye una ópera que está poniendo un compañero en un gramófono, y de pronto se acerca a una ventana abierta que da a parar a ese bosque… y el plano secuencia se rompe para filmar lo que allí ocurre: los sonderkommandos dirigen, bajo la mirada de los SS, a un grupo de judíos para que se desvistan… antes de su exterminación inminente… La oficinista cierra la ventana y antes cruza la mirada con un oficial, que es sin duda el hombre que le ha hecho el obsequio. Brutal.

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