elhijodesaul

En 2007 el director húngaro László Nemes realizó el cortometraje Türelem (With a little patience. Cortometraje que he podido descubrir y ver a través de la Red gracias a la referencia que realiza Carlos F. Heredero en su crítica sobre la película en la revista Caimán del mes de enero), y ahí ya estaba la semilla de cómo rodar, cómo contar, El hijo de Saúl. En este cortometraje, en el que no hace falta la palabra, el joven director trabaja con el formato cuadrado, sin apenas profundidad de campo, y rodando en plano secuencia. La cámara acompaña el deambular de la protagonista. Una joven oficinista, burócrata, que se encuentra en un bosque donde un hombre le hace entrega de un objeto; ella vuelve a una oficina perfectamente organizada y aséptica y mientras realiza mecánicamente su trabajo no deja de mirar el obsequio, un bonito broche. En la oficina los demás trabajan, se oye una ópera que está poniendo un compañero en un gramófono, y de pronto se acerca a una ventana abierta que da a parar a ese bosque… y el plano secuencia se rompe para filmar lo que allí ocurre: los sonderkommandos dirigen, bajo la mirada de los SS, a un grupo de judíos para que se desvistan… antes de su exterminación inminente… La oficinista cierra la ventana y antes cruza la mirada con un oficial, que es sin duda el hombre que le ha hecho el obsequio. Brutal.

En El hijo de Saúl volvemos a ese bosque pero en vez de seguir a la burócrata que se dirige a la oficina donde se “organiza”, “ordena” y “archiva” la documentación de esa maquinaria de la muerte, la cámara se pone al lado de Saúl, un sonderkommando, y empieza así un relato fílmico sobrecogedor donde el espectador va al lado del protagonista a las cámaras de gas, a los crematorios, al lugar donde habitaban los sonderkommandos, a las fosas… El relato transcurre en prácticamente cuarenta y ocho horas y relata además los momentos previos de la rebelión de los sonderkommandos en Auschwitz, el 7 de octubre de 1944, y la propia rebelión. Pero la rebelión de Saúl va por otro lado totalmente diferente a la de sus compañeros.

Saúl se encuentra en un estado de shock permanente, él se sabe y se siente ya un muerto en vida, mecánicamente realiza su labor (el lenguaje es demoledor, cómo les dicen que tienen que evacuar “las piezas” para referirse a seres humanos), pero ese día en concreto, que recoge la cámara, hay algo que hace que su atención se fije. Y ese momento le da un sentido a su, en ese instante, minada existencia.

Los sonderkommandos eran judíos elegidos por los SS entre los prisioneros para realizar tareas dentro del campo: conducir a los judíos hacia las cámaras, encargarse de que se desvistieran, dejaran sus pertenencias y se metieran en el habitáculo mortal. Después se ocupaban de la limpieza, selección y organización de las pertenencias y retirada de los cuerpos. Otros se dedicaban a la cremación de los cuerpos, otros de la dispersión de las cenizas… y así un largo etcétera. En El hijo de Saúl, al principio de la película, se informa al espectador de que un sonderkommando también era “portador de secretos”.

Y eso son Saúl y sus demás compañeros, portadores de secretos; ellos conocen a la perfección la maquinaria creada para matar, pues son partícipes (por obligación). Pero a la vez, si sobreviven, son los únicos que tienen una visión más global de cómo funciona esa maquinaria. También son conscientes de que después de realizar su trabajo (y que por ello tienen unos privilegios) su destino es como el de los demás, la cámara de gas. Pero su funcionamiento les permite crear una resistencia y organizarse para evitar su propia muerte (en ese horror les mueve su propia supervivencia). En la película sale también reflejado cómo trataron de testimoniar esta maquinaria oculta, ese intento de documentar a través de la fotografía (de la imagen) lo que se estaba haciendo.

Así Saúl se convierte en el portador de secretos que acompaña al espectador, pues presta su mirada, y cuenta una historia sobrecogedora. Al sonderkommando le hace salir de su estado de shock el comprobar cómo hay un niño que ha sobrevivido a la cámara de gas, respira. Sobrecogido siente cómo ese niño ha logrado salvarse del horror, sin embargo, asiste a cómo un doctor nazi comprueba que vive, le asfixia y exige que le abran (así se refiere a una autopsia antes de su incineración). De pronto Saúl decide que tiene que dar un entierro digno al muchacho y que debe encontrar en el infierno a un rabino que le ayude en su hazaña. Él mismo se crea una fábula ¿o no?; debe enterrar a ese hijo imaginario dignamente, como sea. Y en esa búsqueda del rabino, acompañamos a Saúl a los distintos espacios de la maquinaria. Pero sobre todo escuchamos los horribles sonidos… porque el fuera de campo es otro de los estremecedores recursos estilísticos de El hijo de Saúl.

Y así el director, en su forma de narrar y contar, ha abordado otro de los dilemas intelectuales que siempre ha acompañado a toda película (sea de ficción o documental) que refleja el Holocausto. Cómo mostrar el horror, cómo narrar lo vivido, qué mostrar de una maquinaria de la que se encargaron muy mucho de que no hubiera testimonio visual (e intentaron que tampoco hubiese testimonio humano), tan solo esas cuatro fotografías que lograron sacarse del crematorio V de Auschwitz. Y su forma de entrar en este debate intelectual es la propia forma, las decisiones que toma como director, que tiene de contar la odisea de Saúl (interpretado magníficamente por Géza Röhrig, que no es un actor profesional pero construye un personaje y ofrece una de las sonrisas más demoledoras…).

Así es interesante colocar esta película junto a otra que realizó el director y actor americano Tim Blake Nelson, La zona gris (2001) que narra de otra forma distinta (otra mirada) la rebelión de los sonderkommandos. Por otra parte, mientras visualizaba El hijo de Saúl me vinieron a la cabeza fragmentos de una novela que no pude terminar de leer, Las benévolas de Jonathan Littell, donde se describía esta maquinaria de matar a través de los ojos de un SS.

La película de László Nemes sumerge en el horror y se centra en una mirada desesperada (y en estado de shock) que trata de encontrar un sentido a lo que está viviendo: enterrar dignamente a un niño que había logrado sobrevivir a un maquinaria de muerte implacable.

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