lajuventud

“Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero eso es una gilipollez. Las emociones son lo único que tenemos”. Estas son los palabras que le dice Mick (Harvey Keitel), el director de cine que está erigiendo su testamento cinematográfico, a su amigo Fred Ballinger (Michael Caine), un compositor de música retirado. Y ahí está la clave de La Juventud de Paolo Sorrentino, que filma emociones. Así atrapa al espectador en su universo visual barroco y lo arrastra a un viaje emocional trufado de reflexiones sobre la vida. Lo inunda de belleza. De esta manera Sorrentino ofrece un torrente de imágenes y sonidos hermosos que provocan emociones que llevan a una reflexión catártica sobre el sentido de la vida.

Y a golpe de imágenes el espectador no tiene más remedio que pensar sobre la vejez y la juventud. Sobre el amor. También la amistad, las relaciones profesionales, de pareja y de padres e hijos. El retiro, la fama, la pasión por crear, el hastío, la belleza… Esta vez el director italiano encierra a sus personajes en un universo particular: un balneario en los Alpes suizos. El balneario se convierte en un microcosmos, un universo propio. Allí Mick y Fred se rodean de una galería de personajes que contrapuntean su estancia: una niña sabia, una miss universo, un jugador de fútbol retirado y decadente pero idolatrado con su Marx tatuado en la espalda (una sombra de Maradona), un lama que se concentra para levitar, un actor joven (Paul Dano) atrapado en el éxito que le proporcionó un personaje: un robot, un niño que toca el violín, un montañero que se siente libre y sin miedo en las alturas, un matrimonio que no se habla, un grupo de jóvenes guionistas que acompañan a Mick, una masajista que prefiere tocar a hablar, una prostituta triste, una vieja gloria del cine (Jane Fonda) con fuego en la boca y Lena (Rachel Weisz), la hermosa hija de Fred, mujer tocada y hundida que resurge y toca las alturas.

Y en ese balneario (con pequeño paréntesis en Venecia) donde brotan emociones también hay sitio para lo onírico, porque el subconsciente es la cuna de las emociones. Y en los sueños los personajes también se expresan. Y a veces sueños y realidad se confunden porque son tejidos con emociones.

Así es posible que un lama levite, que un orondo jugador de fútbol que apenas puede respirar muestre su gloria pasada con una pelota de tenis, que un director de cine vea reunidas en una montaña a todas sus musas femeninas, que un compositor haga música con los elementos que le ofrece la naturaleza, que un alpinista alcance la felicidad en la cima de una montaña… Pero también que una hija escupa al padre, ambos cubiertos de chocolate, todos los recuerdos dolorosos de su infancia por el comportamiento paterno y a la vez que esta descubra, por primera vez, algo que no creía: que su padre esconde sentimientos hacia la madre ausente. O que una vieja gloria hable a otra con crudeza sobre el final de una carrera, sobre el retiro. O que dos viejos amigos hablen de achaques o de una mujer por la que ambos se sintieron atraídos… y de otras complicidades.

Sorrentino sigue con su galería de personajes hastiados que se enfrentan a viajes emocionales en busca de catarsis que les hagan salir de sus estados de letargo, casi vegetativos (el hastío, el aburrimiento, las pocas ganas de continuar, el vacío, el abismo…) para atrapar la esencia de sus existencias. Fred Ballinger emprende un camino emocional personal y propio, como en su momento lo emprendieron los dos últimos personajes de Sorrentino: Cheyenne, la estrella de rock de Un lugar donde quedarse, y Jep Gambardella, el escritor y periodista romano de La gran belleza. Y los tres van en busca de un sentido a sus vidas. Y los tres se rodean de un universo especial. Paolo Sorrentino los sigue y construye para ellos películas barrocas y virtuosas que hacen levitar, en este caso, a una espectadora que se deja atrapar y arrastrar por la belleza de estos viajes emocionales. Porque como dice Mick, las emociones son lo único que tenemos…

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