La desaparición de Eleanor Rigby (The Disappearance of Eleanor Rigby. Them, 2014) de Ned Benson

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“Perdón, por desaparecer”, le dice Eleanor (Jessica Chastain) a Conor (James McAvoy) en un momento clave de la película. Y es que ese es el deseo de Eleanor durante gran parte de la película, desaparecer… pero no es tan fácil. Y es que La desaparición de Eleanor Rigby plantea el desmoronamiento de una pareja que se ama por un acontecimiento traumático en sus vidas, por una ausencia dolorosa. Y es precisamente el proceso de duelo, que viven de manera tan diferente cada uno, lo que les separa. Así vivimos el desmoronamiento y también cómo afecta a las personas que los quieren a ambos. Ned Benson no cuenta esta historia de manera lineal e incluso tardamos en saber el motivo del distanciamiento, la ausencia dolorosa. Antes de los títulos de crédito, nos presentan un momento de felicidad de la pareja en el que Conor advierte a su amada que solo tiene un corazón y que por favor lo tenga en cuenta. En otro momento clave de esa felicidad perdida, ella le dice a él que están en un buen sitio… Y es lo que terminan perdiendo, ese buen sitio donde poder amarse, donde no existe ni el dolor ni la ausencia.

Últimamente hay una temática narrativa que está dando largometrajes interesantes en EEUU donde lo que se narra es el nacimiento del amor de una pareja y su desmoronamiento o los baches de una relación, el amor y el desamor, el encuentro y el desencuentro. Y se están hallando caminos muy interesantes para contarlo y películas realmente especiales. Así me viene a la cabeza Blue Valentine de Derek Cianfrance, One Day de Lone Scherfig o 500 días juntos de Marc Webb. Y por otro lado el cine también ha narrado de diferentes formas el proceso de duelo que puede romper o destrozar el equilibrio de una familia y de una pareja. Así podemos irnos a Gente corriente de Robert Redford o también a La habitación del hijo de Nanni Moretti. La desaparición de Eleanor Rigby mezcla las dos temáticas y logra momentos emocionantes, se convierte en un drama romántico con destellos que merecen la pena.

Esta película es el primer proyecto de Ned Benson… y ha sido un proyecto ambicioso que aún no hemos podido disfrutar del todo. Me explico. Ned Benson, con el apoyo incondicional de Jessica Chastain, ideó esta obra como dos películas distintas. En una se veía el punto de vista de Conor y en la otra el punto de vista de Eleanor. Él y Ella. La historia de un desmoronamiento desde los ojos de él y desde los ojos de ella. Pero a nosotros nos ha llegado una tercera versión: Ellos. Y parece ser que este montaje del director se realizó cuando el productor Harvey Weinstein se hizo cargo de la película y no apostó por estrenar el díptico sino este tercer montaje. Esta tercera película, Ellos, también la ha montado Ned Benson y así nace una película imperfecta e irregular (a veces se nota como que en vez una obra completa, son apuntes de una obra, retazos) pero llena de logros, detalles, escenas y momentos que la convierten en una experiencia interesante pero que también despierta ganas enormes de conocer el díptico, la idea original.

Jessica Chastain y James McAvoy no solo tienen química sino que componen perfectamente sus personajes. Te los crees como pareja que se rompe en pedazos. Y además están rodeados de personajes secundarios que son familiares y amigos con los que tienen conversaciones muy jugosas. Los padres de ella, el padre de él. La hermana de ella. El mejor amigo de él… La profesora de ella. Y unos rostros que encajan perfectamente con sus personajes: Isabella Huppert, William Hurt, Viola Davis, Nina Arianda… y mención especial para Ciarán Hinds que como padre de Conor tiene escenas y diálogos especiales, claves. Así ambos protagonizan un momento clave en que el hijo con más de 30 y el padre en los 60 se sienten igual de cansados, tristes y desanimados… pero ambos deciden seguir adelante, la vida es improvisación (como ya nos decían en Boyhood) y a veces no salen las cosas como nosotros pensábamos pero es clave saber seguir caminando y disfrutando, cuando se puede, de los buenos momentos…

Como curiosidad aclarar que en ningún momento sale en la película la canción de los Beatles pero sí su espíritu. En cierta manera se muestra que en muchos momentos inevitablemente estamos solos… a kilómetros de las personas que tenemos al lado. Mucha gente solitaria que pasa de largo arrastrando sus historias. El personaje de Jessica Chastain explica por qué se llama Eleanor Rigby. Sus padres, un profesor universitario americano (William Hurt) y su madre, una artista francesa (Isabelle Huppert), se conocieron esperando que se celebrara un concierto en una azotea de Nueva York de los Beatles. Un concierto que nunca ocurrió… Se había corrido el rumor de que iban a unirse de nuevo e iban a repetir un concierto similar al que dieron en la azotea de Londres…

“Perdón, por desaparecer”. Y realmente entiendes a Eleanor y sus ganas de desaparecer del mapa. Pero también a Conor y su afán por seguir adelante… como si nada hubiese ocurrido. Y su última escena juntos en el que fue su hogar, cuando logran volver a comunicarse y hablar ambos del dolor… es de esos momentos en los que merece la pena hundirse y estremecerse ante una película como La desaparición de Eleanor Rigby.

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La isla mínima (La isla mínima, 2014) de Alberto Rodríguez

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Hay películas que te ganan por la atmósfera y el ambiente. Por la forma de rodarlas. Así ocurre con La isla mínima que toma las marismas del Guadalquivir (bajo la inspiradora mirada de la obra que realizó sobre este paraje el fotógrafo Atín Aya en los años noventa) como escenario para contarnos un thriller con dos policías de protagonistas. La vida y los habitantes de las marismas son una metáfora de la inmutabilidad del tiempo y de ciertos comportamientos sociales. La película nos sitúa en un momento histórico inestable política y socialmente: año 1980. Plena transición: juego de fuerzas entre una España que sale de la Dictadura y otra que quiere afianzarse, la democrática. Y en ese juego de fuerzas hay víctimas, hay verdugos, hay acuerdos silenciosos, los que tuvieron poder no se mueven, otros esperan tomar el relevo, hay alianzas peligrosas o mejor dicho contradictorias, hay silencios que matan… e inmutabilidad (esa sensación de que nada va a cambiar). Y nunca una frase dio tanto miedo y desesperanza: “Todo en orden, ¿no?”.

Dos policías llegan a las marismas para investigar la desaparición de dos adolescentes. Y basta escarbar un poco para desterrar la parte oscura y enferma de una localidad paupérrima que sufre el yugo continuo de los viejos poderes. El tiempo detenido. Y en ese paisaje extraño y lleno de contrastes de las marismas con momentos de clímax de lluvias torrenciales, se van realizando descubrimientos y silencios para la resolución de una truculenta trama. Lo que consigue Alberto Rodríguez es que no sea tan importante la resolución del caso como la atmósfera y el desarrollo de esa investigación (y sobre todo esa historia –esas historias– que recorre corrientes ocultas que es mucho más heavy, desoladora y dura). Con imágenes panorámicas impresionantes, logra que todo lo que se cuenta trascienda… lo importante no es la trama criminal… sino por qué ocurre y se desarrolla esa trama criminal.

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Otro acierto de La isla mínima que atrapa es la personalidad de los dos policías. Dos agentes enviados a un sitio remoto y oscuro como castigo. Uno por su talante democrático (Raúl Arévalo) y otro por causas mucho más ambiguas y oscuras (Javier Gutiérrez). Y es el policía con rostro de Javier Gutiérrez (la que esto escribe se quita el sombrero ante su interpretación) quien da riqueza, matices y recovecos a esta trama. Un personaje riquísimo que lleva su ambigüedad hasta el final. ¿Es un personaje en proceso de redención o es el guardián de la inmutabilidad de los tiempos pasados? Y la relación entre ambos policías así como el juego entre ellos da otro sentido a la película. Sobre todo la revelación de que los límites no están tan claros y cómo ambos entran en el juego e incluso en el intercambio de roles…

Alberto Rodríguez no solo atrapa con la atmósfera y el ambiente sino también con el ritmo del thriller, las persecuciones bajo la lluvia, los momentos de tensión y suspense… y la desvelación de secretos con momentos trascendentes y extraños. Y pese quizá algún personaje no del todo aprovechado (los padres de las adolescentes, por ejemplo), La isla mínima construye un thriller cautivador y atrayente. Y  Alberto Rodríguez se convierte en un director que merece la pena seguir su trayectoria y que va creciendo en cada película.

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Boyhood (Boyhood, 2014) de Richard Linklater

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Para poder entender qué significa Boyhood y el paso que ha dado Linklater en la narrativa cinematográfica, vayámonos a una película clásica que cuenta la historia de una familia, como Boyhood, en un periodo de tiempo determinado. Esta es solo una manera de analizar esta película pero como veremos las posibilidades son infinitas. Porque Boyhood expone una idea que Linklater pone al final en boca de dos jóvenes universitarios que miran el horizonte con la conciencia de muchos años por delante: quizá la premisa de carpe diem no es la adecuada para expresar el paso del tiempo. No es que aprovechemos el momento, es darnos cuenta de cómo el tiempo nos atrapa… y es imposible prescindir de él, detenerlo o cambiarlo.

Detengámonos en Gigante de George Stevens. Si se hubiera rodado como Linklater plantea Boyhood, hubiese sido una obra cinematográfica imposible porque la película abarca la historia de una familia desde los años 20 a los 50 ¡y el argumento no existía hasta que Edna Ferber escribió su novela en 1952… pero obviemos este inconveniente! Una familia texana que ve cómo su forma de vida cambia y el mundo que conoce se transforma. Algunos miembros de la familia llevan mejor los cambios y otros no. La película se hubiera encontrado con un cambio tecnológico que hubiera podido jugar a su favor a la hora de contar la historia de esta familia: el salto del cine mudo al hablado… Del blanco y negro al color… Por otra parte difícilmente el director de este proyecto hubiese podido ser George Stevens (demasiado joven y haciendo de momento otras labores en Hollywood, debutaría como director en el año 1934). Hubiese sido un proyecto suicida y totalmente fuera del sistema de estudios. Quizá una idea de directores rebeldes como un Erich von Stroheim… Por supuesto un reparto totalmente diferente y dificilmente de estrellas del star system… y etcétera, etcétera. El resultado nada hubiese tenido que ver con el Gigante que todos conocemos (donde el paso del tiempo por un personaje como Liz Taylor se nota tan solo porque en su rostro sin arrugas se le planta un pelo blanco con un tipito de dama de veinte años).

Pero la radicalidad de Linklater va mucho más allá (no sólo en haber rodado en doce años una película con un total de treinta y nueve días de rodaje). Porque no solo nos cuenta ese paso del tiempo de una manera radical (valga la redundancia) sino que también representa el fluir sin escenas de transición ni rótulos explicativos del paso del tiempo. El director nos cuenta la historia común, normal y corriente, de una familia con sus alegrías y penas, sus obstáculos y sus logros. Y el punto de vista elegido es el de Mason. Le conocemos cuando tiene seis años en el año 2001 y le dejamos con dieciocho en el 2013. Tenemos referencias del paso de los años. Sabemos que empieza más o menos a finales del 2001 porque por algunas pistas sabemos que ya ha ocurrido el atentado de las torres gemelas. O también vivimos el cambio presidencial con Obama y otras pinceladas que nos van situando los años. Y ese paso del tiempo lo sentimos sobre todo por cómo cambian y se transforman Mason y su hermana mayor (Lorelei Linklater). También percibimos la rapidez con la que se van transformando las nuevas tecnologías o los leves cambios en peinados y ropas.

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Linklater atrapa momentos de Mason y su familia y va contando su historia. Una historia normal, no una gran epopeya. Con alegrías, miedos, desilusiones, conversaciones, frustraciones… Mason pasa de ser un niño que cree en elfos y magia (como muchos niños… que soñaron con Harry Potter y compañía) a enfrentarse a un primer amor fallido o a un futuro profesional incierto. Mason habla con su hermana, con sus padres (las conversaciones con cada uno de los padres son una joya), con sus amigos, con compañeros de trabajo… y su tiempo va pasando. Fluye como el agua de un río… que es una metáfora fácil pero realmente así pasas por esta película. Con ese ritmo pausado y a veces con piedras, remolinos o pequeñas cascadas… Linklater logra plasmar así una de las obsesiones de su filmografía, el tiempo.

Y Mason se va dando cuenta de que él está perdido pero que los mayores no lo están menos. Así le dice en un momento su padre (Ethan Hawke) que vivir es lidiar con la improvisación lo mejor posible. O su madre (una magnífica Patricia Arquette), de manera amarga, le confiesa cómo siente que su vida se le ha ido de las manos, luchando siempre, y cómo siente un camino de soledad hasta algo seguro: la muerte.

Entre improvisaciones, elipsis y saltos se cuenta la historia familiar de Mason. Doce años de su vida que le llevarán a la madurez. Improvisaciones que va superando, sin grandes aspavientos. La separación de sus padres, los fracasos sentimentales de su madre, las continuas mudanzas, los cambios de colegios y de amigos… Mason y su hermana ven cómo su padre errante y rebelde termina construyendo una familia con una mujer con unos padres conservadores de biblia y rifle o son testigos de la lucha continua de su madre que logra el éxito profesional pero no así el sentimental. Mason y su hermana se hunden en las contradicciones de la vida, esa vida compleja e improvisada que nos atrapa… Y Linkater demuestra que toda vida, hasta la más normal y cotidiana, puede y merece la pena ser contada y convertirse en una buena y bella película como Boyhood.

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Into the abyss (Into the abyss. A tale of death, a tale of life, 2011) de Werner Herzog

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Hay documentales que revuelven, remueven e inquietan. Hay rostros que revuelven, remueven e inquietan. El rostro del fotograma tiene un nombre y una historia: Michael Perry. Werner Herzog disecciona, como un Truman Capote en su novela realidad A sangre fría, un triple asesinato y todo lo que se mueve alrededor. Michael Perry junto a Jason Burkett fueron detenidos en el año 2001 y acusados por el asesinato de tres personas en la localidad de Conroe, Texas: Sandra Stotler, Adam Stotler y Jeremy Richardson. Michael y Jason tenían 19 años. Y lo que salió a la luz es que estas muertes se debieron al robo de un coche, un Red Camaro. Michael Perry fue condenado a muerte y Jason Burkett a cadena perpetua. Cuando Werner Herzog entrevista a Michael Perry, que lo primero que llama la atención en cuanto aparece es su rostro de niño (en esos momentos tenía 28 años), quedan ocho días para que sea ejecutado. Han pasado diez años de aquel día de 2001…

Into the abyss, en el abismo, es mucho más que un alegato contra la pena de muerte. Lo que vemos y oímos realmente nos hunde en un abismo complejo, en un laberinto emocional, que plantea reflexiones y cuestiones que incomodan.

Werner Herzog construye Into the abyss y no busca una mirada fácil. Realiza varias entrevistas, además de a los implicados, Michael y Jason. Habla con los familiares de las víctimas, con un sheriff que reconstruye con objetividad los hechos del asesinato y de la detención con imágenes de la policía de Texas de los distintos escenarios de los crímenes, con distintos testigos, con un funcionario que tras explicar el procedimiento que se lleva a cabo para las ejecuciones y contar que llevaba ya 120 ‘procedimientos’ al asistir a la ejecución de una mujer…, decidió abandonar su labor; además introduce imágenes del corredor de la muerte y de la sala de ejecución… Desde su prólogo, Herzog remueve.

En un campo verde lleno de cruces con números, se nos informa, a través del primer entrevistado, el capellán que se encuentra hasta el final con los prisioneros (si estos se lo permiten), que es el camposanto adonde van a parar los cuerpos de aquellos que nadie reclama tras su ejecución. El capellán describe su trabajo… pero en un momento en que está hablando de algo tan banal como que le gusta mirar a las ardillas, expresa que le conmueve mirar la vida y que le encantaría, pero no puede, frenar las ejecuciones… Después Herzog nos lleva al corredor de la muerte, vemos el rostro de Michael Perry, y se nos narra de manera fría, objetiva y brutal el día de los asesinatos.

Y es una de las partes (Herzog divide su documental en capítulos) donde da la clave de este magnífico documental: la parte oscura de Conroe. Y sobre todo se desarrolla la reflexión central en las partes de una entrevista que se va desarrollando a lo largo del documental: al padre de Jason, condenado también a cadena perpetua. Porque lo que Herzog va destapando a través de distintas entrevistas a testigos, amigos y familiares es una sociedad enferma, envuelta en la violencia. Unos jóvenes encerrados en una espiral de marginación social y exclusión. Familias a las que les engullen las desgracias y los historiales delictivos…, de padres a hijos. Y de pronto, en las palabras del padre de Jason se expresa la inutilidad de la pena de muerte… porque esta no palía, no cambia, no transforma, no va al centro del problema… Lo que se necesita es remediar y curar un entorno enfermo. La pena de muerte o la reclusión para siempre es un proceso que destroza más a unos y a otros y no soluciona nada, que ahonda en el dolor de unos y de otros. Y que no impide que haya más violencia, más horror… más caídas en el abismo, más muertes injustas, más familias desgraciadas.

De hecho sorprende y remueve más todavía, el comprobar como en un principio queda clarísimo cómo fue el asesinato de las víctimas, cómo realizaron el asesinato y el robo y como alardearon en los alrededores, antes de la rápida detención, de su nueva adquisición, el coche. El sheriff que cuenta todo habla incluso que tras la detención, Perry confesó dónde estaban los cuerpos de dos de las víctimas. Y otros muchos testimonios de testigos y familiares, no dejan duda de que fueron los responsables de la muerte de tres personas… Después de expresar todo esto con claridad, chocan los testimonios tanto de Michael Perry como de Jason Burkett: ambos después de diez años se declaran inocentes de los asesinatos, eluden su responsabilidad de los hechos. Uno se refiere a que se encontró en el lugar y momento equivocado y el otro expresa que solo estaba ahí… Tras oírles surgen un montón de cuestionamientos, preguntas, motivos… y miradas diferentes. ¿Estaba tan claro lo que ocurrió el día del asesinato? O ahondando en la inutilidad de la pena de muerte o la cadena perpetua, ¿Michael y Jason se muestran ajenos a lo que ocurrió aquel día, eluden su responsabilidad, para sobrevivir y no se cuestionan en ningún momento qué les pudo conducir a esa espiral de violencia e irracionalidad?

Herzog no deja de remover e inquietar al espectador con las imágenes y los distintos testimonios. Hace que uno piense, reflexione y se plantee… No deja al espectador en lugar cómodo. Deja destellos de luz en el abismo, pero destellos de luz que no logran que cada uno salga a flote. Habla de arcoíris, de amor en la cadena perpetua, de la preocupación de un padre por un hijo (se siente más responsable el padre por lo ocurrido, por lo que hicieron su hijo y su amigo), de una mujer que no quiere que suene más el teléfono, de un embarazo, de llegar o regresar a casa… pero deja al descubierto demasiadas zonas oscuras. Logra meter en el abismo al espectador…

Una mirada en la oscuridad

Into the abyss inauguró el ciclo de La Casa Encendida, Una mirada en la oscuridad, donde se proyectarán siete largometrajes. Las películas “servirán para reflexionar sobre las relaciones que se establecen entre el crimen, la posibilidad del castigo o su impunidad, la presunción de inocencia y el castigo comunitario, así como la naturaleza individual del mal y su aplicación sistemática a gran escala”. Después de las películas, se llevarán a cabo coloquios con distintos profesionales que aportarán su mirada. En Into the abyss estuvo presente Miguel Ángel Calderón, director de Comunicación de Amnistía Internacional. Las otras proyecciones que nos esperan son: El asesino de Pedralbes de Gonzalo Herralde, Caníbal de Manuel Martínez Cuenca, The act of killing de Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, La caza de Thomas Vintenberg, Proyección de Sobibór, 14 octobre 1943, 16 heures de Claude Lanzmann y Punishment Park de Peter Watkins. Para mirar fechas, horarios y coloquios consultar aquí.

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Últimos coletazos del verano… Tres estrenos

Locke (Locke, 2013) de Steven Knight

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85 minutos de película. Un coche. Un actor. Y un manos libres. Un trayecto corto. Resultado: Locke. Y funciona. Ivan Locke (Tom Hardy) recibe una llamada cuando va a regresar a su hogar. Esa llamada lo cambia todo y le hace tomar una decisión. Locke durante toda su vida ha funcionado así: toma las riendas… en todo momento. Responsabilizarse siempre de sus actos.

Ivan Locke ha ido construyéndose su vida, como los edificios que arma. Es un jefe de obra eficaz. Si la obra está en sus manos, no hay nada que temer. Es responsable, tranquiliza a su equipo y siempre sabe buscar soluciones a los problemas. No pierde la calma.

Y ante esa llamada que desmorona su vida laboral y familiar… Ivan Locke decide comportarse como siempre, responsabilizarse de la situación. Flaquear en algún momento… pero tomar las riendas. Buscar siempre soluciones. Funcionar en el límite. Controlar que todo esté correcto. Todo se cae alrededor pero Ivan Locke se enfrenta a sus fantasmas. Se responsabiliza de sus actos. Trata de no perder la calma. Y sigue buscando soluciones.

Steven Knight es un escritor que se convirtió en guionista (de dos películas que me gustan mucho Negocios ocultos de Stephen Frears y Promesas del Este de David Cronenberg) y después en director. Locke te mantiene en el asiento. Escuchas las llamadas y llega un momento que te parece imposible que Ivan Locke no mande todo a freír espárragos… Domina la situación, aunque todo su mundo se vaya al carajo. O mejor dicho aunque ahora no sepa que le depara el día de mañana… Su vida que era un edificio recio, se ha desmoronado. Su hijo pequeño trata de darle una solución en una de las mejores llamadas, donde le dice que han grabado el partido que tanto deseaban ver todos juntos en casa. Pero que no hay problema, que cuando regrese pondrán otra vez el partido como si no se hubiese celebrado… y lo estuviesen viendo en ese momento por primera vez con todos los planes que tenían pensados… Aunque Locke sabe que no va a ser posible. Algo ha cambiado…

El Niño (El Niño, 2014) de Daniel Monzón

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El Niño parte con una desventaja: una agresiva campaña de publicidad que solo permite dos caminos: o estás conmigo o estás contra mí. O me alabas con desmesura o me descalificas con esa misma desmesura. Y al canal privado que produce le da igual la controversia o le agrada, lo único que importa es convertirla en otro fenómeno como Ocho apellidos vascos y en un éxito de taquilla. De esta manera se obvia el sentarse tranquilo a ver la película y analizarla como tal, como película. No como fenómeno.

Daniel Monzón se mueve en el cine de género y se mueve bien. Esta vez deja un thriller con tintes de cine policial, con narcotráfico internacional de por medio y crítica social. Es cierto, nada nuevo bajo el sol. Monzón mueve a sus personajes por el estrecho de Gibraltar. Por un lado la policía y sus investigaciones. Y por el otro tres jóvenes que se meten en el mundo del narcotráfico; todo empieza casi como un juego, como una manera fácil de conseguir dinero y aventura. Pero pronto descubren que ese juego tiende trampas que pueden ser mortales y ellos solo son pequeñas fichas… En un momento estos dos mundos cruzan sus caminos. Y mientras tanto Monzón logra no perder el equilibrio y mantener la tensión. Aunque hay tópicos y estereotipos, también logra cierta frescura y hallazgos visuales. Así como una película que sigue el devenir de sus personajes y logra interesar y enganchar al espectador.

Si en Celda 211 la trama giraba alrededor de un gran personaje, Malamadre (Luis Tosar, con el que ahora también repite) en otra película de género, esa vez el carcelario; El Niño es una película coral y equilibrada y a mi parecer más elaborada. Hay dos antagonistas por obligación: el policía duro con rostro de Luis Tosar y el Niño (al que alude el título y que tiene el rostro de Jesús Castro)… sus destinos se unen y son sobrepasados por una trama que vuela sobre sus cabezas…

Uno de los asuntos más criticados ha sido la elección de Jesús Castro como El Niño. Y todo por la campaña publicitaria que se ha creado a su alrededor. La culpa la tiene una frase de guion, cuando uno de los policías en un momento de acción (el Niño es un virtuoso en conducir las lanchas que transporta la droga) grita a sus compañeros: “Pero este que se ha creído, Steve McQueen”. Se saca de contexto la frase y así le han comparado con este actor y por sus ojos azules nada más fácil que decir que es un Paul Newman. También se publicitó que fue un descubrimiento de un casting, Que Castro nunca había actuado para el cine. Que era oro en bruto. Pues bien defiendo la elección de Jesús Castro porque funciona como ese personaje que existe junto a otros dos (Jesús Carroza y Saed Chatiby), sus compañeros de correrías. Los tres están perfectamente definidos y son personajes bien construidos. Y el carisma de Jesús Castro funciona para el personaje que representa, con sus dos colegas. Después veremos si crece como actor, pero su cometido en la película de Monzón, lo cumple.

Una cita para el verano (Jack Goes Boating, 2010) de Philip Seymour Hoffman

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Tras el fallecimiento de Philip Seymour Hoffman, llega a las pantallas de estos lares la única película que dirigió. Es una película que adapta una obra de teatro que ya había trabajado en los escenarios como integrante del LAByrinth Theater Company (como algunos compañeros de su reparto). La obra precisamente es Jack Goes Boating de Robert Glaudini.

Seymour Hoffman busca una manera sencilla de plasmar en imágenes la obra de teatro. Surge así una película irregular pero con cierto encanto donde brillan las interpretaciones de sus cuatro protagonistas. Así Una cita para el verano cuenta el nacimiento de una historia de amor entre dos seres humanos que viven al margen y bastante complejos en su forma de ser y comportamientos y el desmoronamiento del amor en una pareja estable, que son precisamente los que han tratado de unir a los dos solitarios. Lo mejor de la película en todos los sentidos (y por lo que merece la pena verla) es la escena en la que estalla el conflicto (un amor que nace, otro que muere) de manera cruda. Y esa escena corresponde a una cena crucial para los cuatro personajes (Philip Seymour Hoffman, Amy Ryan, John Ortiz y Elizabeth Rodriguez) llena de momentos hermosos, musicales, incómodos y crueles. Donde los cuatro intérpretes expresan un abanico de emociones en un espacio íntimo.

Y por último Una cita para el verano constata que fue una pena que Seymour Hoffman nos dejara porque da rabia saber la cantidad de papeles e interpretaciones que nos quedaban por disfrutar de un actor-camaleón. En esta película te engancha su extraño e introvertido personaje, ese chófer de limusina callado que quiere aprender a nadar y cocinar para tener una oportunidad con la mujer amada… y que trata de alegrarse los días grises con música reggae.

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Un toque de violencia (Tian zhu ding, 2013) de Jia Zhang Ke

“¿Entiendes su violencia?”, escucha en una ópera china callejera una de las protagonistas de las cuatro historias que conforman Un toque de violencia del realizador chino, Jia Zhang Ke. Y esa pregunta parece lanzada al espectador que asiste a un concierto violento sobre la China contemporánea. Una radiografía dura y sin concesiones de un país que oscila entre un desarrollo económico donde entran las maneras más agresivas del capitalismo con un sistema político y social que arrastra la herencia de un régimen comunista en forma de dura dictadura. Así el director Jia Zhang Ke toma la batuta para realizar un retrato impactante y desarrolla un estudio complejo sobre la convivencia del ser humano con la violencia… en su día a día. Estremecedor.

Le basta una secuencia de introducción antes de los títulos de crédito para explicitar el tono y el estilo de la película. Un camión de tomates volcado en una solitaria carretera, un motorista en silencio presencia, inmutable, la tragedia de un accidente fatal. Por esa misma carretera circula otro motorista, parece un hombre indefenso. De pronto tres jóvenes irrumpen en su trayectoria y le paran. Portan hachas en sus manos, amenazan al hombre y le piden todo su dinero. El hombre en silencio e inmutable, les mira. Todos esperamos el peor de los finales para el atracado. Sin embargo, impasible saca una pistola y dispara a los tres jóvenes. Después sigue por la carretera, se cruza con el accidente, se para un momento al lado del otro motorista y sigue su camino.

Con una puesta en escena brillante, teniendo especialmente cuidado en las localizaciones (paisajes y arquitecturas) donde suceden las distintas historias, Jia Zhang Ke realiza un viaje sin compasión a una China compleja. Las cuatro historias son reales y las conoció el director porque se difundieron en las redes sociales. Cada historia tiene su toque de violencia. Cada historia transcurre en un lugar diferente de ese enorme país que es China. Cada historia tiene distintos protagonistas. Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película). Paralelo a la historia de los personajes y la violencia que ejercen sobre ellos y la que ejercen ellos mismos, se nos muestra animales que también sufren la violencia… Parece que los humanos, en ocasiones, somos más violentos, irracionales e inhumanos que en el mundo animal. Y desde esta óptica también se puede realizar un interesante y escalofriante análisis.

Jia Zhang Ke ha dejado constancia en varias entrevistas cómo le influyó cierto cine europeo (por ejemplo en el cuidado e importancia de las localizaciones y en las ‘arquitecturas’ donde sitúa a sus personajes) como Michelangelo Antonioni. Pero por otra parte el cineasta siempre deja constancia de la memoria, el paso del tiempo y la cultura y las tradiciones chinas y ese paso de una China del pasado a una contemporánea. Así en esta película, deja un papel expresivo importante a la Ópera china o puede rastrearse la influencia de un género cinematográfico de su país, el wuxia, que es el cine de artes marciales. Un toque de violencia es una película rica en matices, detalles e influencias.

Un día de furia en la vida de un obrero

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La primera historia es el descenso a los infiernos de Dahai, un minero que no puede más con la injusticia social, con la corrupción de los jefes de la empresa y de los mandatarios del pueblo donde vive. No puede con la brecha que se va abriendo más entre ricos y pobres. La explotación a la que están sometidos le enferma y también le va minando la soledad en su denuncia. Pronto recibe ‘un castigo’ por no permanecer con la boca callada o sumiso, por ser contestatario. A cambio recibe la burla de todos sus compañeros, de las gentes de la localidad donde vive. Entonces decide rescatar una escopeta de un armario y lanzarse a la calle… Así esta historia sigue la estructura del hombre normal y corriente, cotidiano, que acuciado por las frustraciones diarias y las injusticias que rodean su vida así como la incapacidad, la complicidad o la desidia de los que podrían tomar medidas contra los desmanes de los poderosos, estalla finalmente en una violencia irracional como última salida de rebeldía. Un día de furia en China.

Vida cotidiana y disparos

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La segunda historia es la que le resultó más interesante y compleja a la que esto escribe. Es la vida errante de un hombre que es oriundo de una localidad rural deprimida (uno de los moteros de la escena inicial, el que es atracado). Un hombre silencioso, apático… es un muro. Es padre de familia, tiene hijo y esposa, y en su aldea vive su madre y hermanos. En Año Nuevo regresa a su lugar natal, y entre fuegos artificiales, siente que todo sigue igual. Lo único que le saca de la apatía es su trabajo: es un atracador violento que recorre China para ejecutar sus robos y así consigue el dinero para su familia. En esa apatía, vive sin mala conciencia. Es un peligroso muerto en vida, que arrasa con todo lo que se le cruza…

Estallido

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Una bella joven, que trabaja de recepcionista en una sauna (que ofrece servicios sexuales), continuamente está percibiendo violencia contra su persona. La historia empieza con un desencanto emocional, su amante no se decide a dejar a su esposa y empezar una nueva vida junto a ella. Se van sucediendo distintas bofetadas ‘emocionales’ a la protagonista hasta que unos clientes intentan forzarla a tener relaciones sexuales. Y sucede así una de las escenas más violentas (sin explosión de sangre) cuando uno de los clientes empieza a golpear y gritar a la protagonista con un fajo de billetes exigiendo sus servicios porque puede pagarlos. Así la bella joven, de pronto, se rebela también en un estallido de violencia… que desemboca en una de las escenas más hermosas e inquietantes del film, una joven llena de sangre, con una navaja en una mano, avanzando por una carretera rocosa…

Acorralado

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La historia más sensible y humana la protagoniza un adolescente que va de trabajo en trabajo sufriendo explotación e injusticia. Es un joven risueño que parece que todo lo aguanta. Pero desde el principio el espectador sabe que es un joven sencillo que se siente atrapado en unas estructuras económicas y laborales (con la presión de su familia) en las que llega un momento que no ve salida alguna. No ve futuro. En uno de los trabajos, una especie de prostíbulo de lujo para empresarios, se ilusiona con una de las chicas explotadas sexualmente… pero es ella la que le muestra que no hay salida para ellos de una vida gris. Así el joven solo ve salida en una drástica y violenta medida…

Un toque de violencia es una bofetada continua de Jia Zhang Ke (primera película del realizador que me atrevo a ver… Digo me atrevo porque hasta ahora tenía la sensación que en otras realizaciones suyas me iba costar más entrar en su manera de mirar y contar) que deja una radiografía bastante dura de la China contemporánea.

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Mil veces buenas noches (Tusen ganger god natt, 2013) de Erik Poppe

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En 2010 la danesa Susanne Bier dirigió En un mundo mejor donde contaba la historia de Anton, un médico de un campo de refugiados en África. El protagonista vivía entre su trabajo al límite en el campo (donde experimentaba un fuerte conflicto moral) y su vida en familia en una próspera localidad danesa. En todo momento se encontraba en un tsunami emocional, a las complicaciones laborales, éticas y morales en una zona conflictiva del mundo donde la injusticia social es el pan nuestro de cada día, se unían las complicaciones emocionales y la violencia silenciosa en una sociedad próspera. Así Bier planteaba temas sumamente interesantes.

Con una estructura similar, el director noruego Erik Poppe (primera película que veo de él) afronta también temas de interés en Mil veces buenas noches, además de reflejar con verosimilitud una profesión compleja: el fotógrafo de guerra. La protagonista es Rebecca (con el rostro de Juliette Binoche en el que los directores esculpen sentimientos), una reportera de guerra de prestigio, que trata de equilibrar su vida entre una profesión que la apasiona, que continuamente la pone en complejos dilemas (y en la que es capaz de arriesgar sin medir las consecuencias), y sus relaciones familiares con un marido y dos hijas (una de ellas adolescente) a los que adora que viven en Irlanda esperando siempre su llegada.

Erik Poppe antes de ser director fue reportero gráfico en zonas de conflicto y se nota la carga autobiográfica en la película, se siente que sabe de lo que habla y lo que refleja. Y ese es uno de los fuertes de esta película. Solo por la primera media hora (en la que apenas hay diálogos) y los minutos finales merece la pena no dejar escapar el visionado de esta película. Durante esos tiempos vemos a Rebecca en Kabul realizando un reportaje gráfico que golpea al espectador. Detrás de cada fotografía, hay una historia que contar. Una injusticia que narrar y denunciar. Y Rebecca tiene ese concepto de su profesión en sus venas.

La segunda parte de la película narra un conflicto familiar. Tanto a su marido como a sus hijas se les hace cada vez más difícil la espera y entienden menos los riesgos que la reportera asume. Tanto el marido como las dos hijas (sobre todo la adolescente) temen esa llamada que anuncie la pérdida definitiva. La presión es tan fuerte (la nueva vuelta a casa ha sido después de un reportaje que casi acaba con la vida de la fotógrafa) que su marido la pide que elija entre los dos mundos: su profesión o ellos. Pero para Rebecca vivir en la normalidad, sin que se le dispare a cada segundo la adrenalina, sin sacar fotografía alguna, se le hace casi misión imposible. Este sentimiento de no saber vivir en la cotidianidad y en la normalidad con los problemas habituales de las sociedades de los estados de bienestar, ese no saber vivir en una situación de paz pero con otro tipo de dificultades, también fue reflejado magníficamente por Michael Haneke en Código desconocido con otro fotógrafo de guerra que regresaba durante unos días a París, al hogar de su novia (precisamente ella era Juliette Binche).

Rebecca trata de aferrar los lazos con su marido y sobre todo con su hija adolescente (que termina entendiendo a su madre –sobre todo cuando comparte con ella un viaje a un campo de refugiados en Kenia– y aprende a vivir con el miedo de la pérdida). Así Erik Poppe es absolutamente sutil, delicado y elegante en el reflejo de la relación entre madre e hija logrando momentos de una emoción intensa. Quizá el personaje peor construido y la relación más desdibujada sea con su marido (un desaprovechado Nikolaj Coster-Waldau) aunque cuenten con escenas en las que se siente la química entre ambos.

Erik Poppe plantea varias cuestiones en Mil veces buenas noches para un debate o tertulia intensa y además posee una mirada cinematográfica que deja momentos de gran belleza. Pero sobre todo muestra un amor y toda la pasión por una profesión necesaria: la del fotógrafo en zonas de conflicto. Porque detrás de una fotografía, hay una historia que contar. Porque ante una fotografía… se hace reaccionar al ciudadano ante situaciones injustas. Porque ante una fotografía, se evita el olvido. Porque detrás de una fotografía, hay una denuncia…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos sesiones dobles sobre retratos femeninos…

Dos se encuentran en la cartelera. Otra es relativamente reciente y la última lejana en el tiempo. Cuatro retratos de mujeres muy diferentes. Una americana, dos italianas y una británica… Y todas tienen algo que decir y que contar. Y las cuatro son muy diferentes entre sí. Tanto en sus personalidades como en sus opciones de vida.

Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013) de Destin Cretton

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Grace es una joven que trabaja en un centro de adolescentes en riesgo de exclusión social. Y poco a poco vamos descubriendo que ella también soportó heridas incurables en la infancia que todavía se encuentran latentes en su interior. Y esas heridas vuelven a sangrar por tres acontecimientos que trastocan su vida: la llegada de una nueva adolescente con la que se siente identificada, la maternidad y una llamada telefónica que devuelve brutalmente su pasado.

Película independiente donde se nota que Destin Cretton conoce el mundo que refleja en pantalla (trabajó durante una temporada en uno de esos centros). El riesgo de este relato cinematográfico era caer en el drama extremo, en lo morboso o en un estrenos tv. Y sin embargo ofrece autenticidad, naturalidad y emoción. Destila respeto por los adolescentes que habitan esas paredes y por los cuidadores que cada día se enfrentan a distintas situaciones.

Antes de este largometraje había tratado el tema en un cortometraje, cuando se ‘vistió’ de largo decidió cambiar al protagonista masculino por Grace. Así presenta el retrato duro de una mujer herida desde la infancia, y mientras es buenísima en su profesión, ella cada día se hunde más en el abismo, la incomunicación y el silencio… incapaz de pedir ayuda, por ejemplo, al hombre con el que comparte su vida y que no hace más que pedirla que hable con él…

Viajo sola (Viaggio sola, 2013) de Maria Sole Tognazzi

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Irene vive sola, sin pareja. Porque así se lo ha montado y así lo quiere. Tiene más de cuarenta años y las personas más importantes de su vida son su hermana (marido y sobrinas en el cupo) y su mejor amigo, Andrea, con el que tuvo una relación en el pasado. Su trabajo absorbe mucho de su tiempo: es inspectora de hoteles de lujo… viaja por todo el mundo…

Así la directora Maria Sole Tognazzi presenta una película elegante y amable sobre una mujer que viaja por su vida como realmente quiere…, sola e independiente. Pero a veces en el viaje, ante imprevistos, surgen dudas de si el camino elegido es el adecuado. Pero ella es siempre la que decide. Tres motivos harán tambalear su modo de vida: la posibilidad de perder el apoyo emocional que le aporta su amigo, Andrea; los roces con su hermana y el conocer a una mujer solitaria como ella que le habla de vivir, apasionarse y disfrutar de las imperfecciones de la existencia. Y es esa mujer la que le dice que precisamente la vida perfecta de los hoteles de lujo no es un hábitat real…

La prima cosa bella (La prima cosa bella, 2010) de Paolo Virzì

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Anna es una ‘mamma’ italiana bellísima, vital y con muy mala suerte con los hombres…, arrastra a sus dos hijos en sus alegrías, penas y situaciones complicadas. Se come la vida a bocados. Los años han pasado y su hijo mayor Bruno, infeliz y desencantado, vive alejado de ella hasta que un día va a buscarle su hermana pequeña para decirle que a su madre apenas le queda tiempo por vivir. A Bruno le vienen todos los recuerdos de su infancia y adolescencia junto a ella…

Tragicomedia que termina emocionando, ríes y lloras a la vez. Anna tiene dos rostros: durante su juventud es Micaela Ramazzotti y de anciana a punto de fallecer por una enfermedad terminal, Stefania Sandrelli. Imposible no empatizar con esta mujer vital que a su pesar hace sufrir a sus hijos sobre todo al mayor, el sensible y nostálgico Bruno (que se convierte en el narrador del pasado). Inolvidable ese momento en que un Bruno ya mayor va a buscar a su madre, que ha escapado del centro de salud, a la sala de cine donde proyectan una película de amor. Y cómo luego ella le pide un paseo por la calle, en moto y terminar bailando juntos en una fiesta de barrio. Y como en esa fiesta, Bruno vuelve a los brazos de su madre y le pregunta desesperado, casi susurrando, por qué es tan infeliz…

Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937) de Alfred Hitchcock

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Erica es una joven y moderna chica de los años 30. Conduce con orgullo su coche y ayuda a su padre viudo en el cuidado de un montón de hermanos más pequeños que ella. Su padre es comisario de policía. Ella se mueve bien en el mundo de hombres en el que trabaja su padre. Allí conocerá a un ‘falso culpable’ (uno de los leitmotiv de la filmografía del maestro del suspense), Robert, un joven guionista que se ve involucrado sin comerlo ni beberlo en el asesinato de una famosa actriz. Por Robert, Erica se saltará las reglas de su mundo dentro de la ley y el orden. Intrépida y aventurera apostará por la inocencia de Robert y le ayudará a demostrarlo.

Película vital y tremendamente entretenida (eso es, puro entretenimiento) de Hitchcock en su periodo británico. Erica es una chica moderna e inocente a la vez, que enamorada y práctica decide ayudar, intrépida, al falso culpable… y meterse en toda una aventura. Sus compañeros de viaje para solucionar el caso: el falso culpable acosado y perseguido por la policía (donde se encuentra el propio padre de Erica) y un sin hogar que es el único que posee una pista muy importante para demostrar la inocencia de Robert. Hitchcock ya muestra su mirada especial, y cómo el cine corre en sus venas: con escenas tan inolvidables como la aparición del cadáver, los encuentros entre los jóvenes en el molino abandonado, la fiesta de cumpleaños o toda la escena final cuando descubren al verdadero asesino en una sala de baile…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Begin again (Begin again. Can a song save your life?, 2013) de John Carney

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Igual que hay caminos donde la comedia romántica se reinventa, también el musical es un género que puede seguir esa senda. Es cierto que todavía no hay una nueva etapa dorada del musical y que cuando estos surgen (más a menudo de lo que pensamos) siempre los sentimos como rarezas (algunos muy fallidos, otros no tanto y casi todos siguiendo las claves del musical clásico. Los que se salen del esquema o arriesgan, terminan en los márgenes o son denostados: se me ocurre Across the Universe). Sin embargo, algunos musicales, unos más que otros, hacen avanzar o evolucionar el género. A veces tengo la sensación de que se arriesga mucho más en los ‘momentos musicales’ de películas que no son del género… Y uno de los directores que lo está intentando podría ser John Carney. En 2006, en su Irlanda natal dirigió un musical en los circuitos de cine independiente, Once, que fue un boom. Una de esas películas que tienen largo recorrido y donde funciona el boca a boca. Una minimalista y realista historia de amor entre un músico callejero irlandés y una inmigrante checa que compone canciones en Dublín. La premisa era muy sencilla, fresca y espontánea pero caló. Al igual que sus canciones, sobre todo ese momento en la tienda de música cuando ambos interpretan Falling slowly. Los personajes eran interpretados por dos cantantes, compositores e instrumentistas, el irlandés Glen Hansard y la checa Marketa Iglova. Y las canciones van acompañando la evolución de la historia y los sentimientos de los personajes… El centro de la película es el poder de la canción y su composición para construir la historia y conocer los sentimientos de los personajes. Ellos viven a través de las canciones.

Ahora John Carney se enfrenta a su primer trabajo en Hollywood y para mí sale maravillosamente airoso con Begin again. Película bastante más elaborada que Once pero con un resultado y un acabado perfecto. Un musical que te hace salir de la sala con una sonrisa y un buen rollo increíble. Como siempre John Carney parte de la sencillez en su argumento y en su manera de contar… y además también ofrece una mirada cinematográfica y un homenaje a una ciudad: Nueva York. De nuevo, las canciones vuelven a ser centrales para construir la historia y conocer los sentimientos de los protagonistas. De nuevo las canciones son el centro del Universo. ¿Puede una canción salvar una vida? Y la respuesta es un sí gigantesco.

Begin again cuenta el encuentro laboral y emocional entre un productor musical americano que vive malos tiempos y una joven británica compositora de canciones que acaba de ser abandonada por su novio cantante que está triunfando en EEUU y la fama le hace ‘abandonar’ su vida pasada. Estos dos seres perdidos en la gran ciudad y que encuentran una ‘nueva oportunidad’ a través de la música son los actores Mark Ruffalo y Keira Knightley. Y su química llena la pantalla. Se encuentran en el momento oportuno, para ‘dar vida’ a un proyecto que les hará encontrarse a ambos con sus vidas. El proyecto: la grabación de un disco al aire libre en los rincones de Nueva York…

La historia no es original ni los personajes tampoco (novio que pierde el norte por la fama, buen amigo no triunfador que acoge a la novia desencantada, ex esposa encantadora, adolescente complicada…) pero John Carney logra que nos metamos en la historia y que queramos a los personajes. Y crea una estructura y un musical que logra poner una sonrisa o crear una ilusión de que la vida aporta segundas oportunidades. Y que cuando se lucha por un proyecto común y se cree en él, todo se vuelve mejor y más fácil. Cuida la forma de contar la historia, de insertar los momentos musicales y deja buenas posibilidades de cine musical puro y fresco.

Me centraré en tres momentos para explicar esta película más elaborada de lo que aparenta y un uso de la canción, de lo musical, para construir una historia. La primera canción de la protagonista en un pequeño bar de Nueva York. Primero el director nos muestra la escena como si fuéramos un espectador más del local. No quiere decir nada para nosotros. Después se centra en la historia del productor musical y nos presenta un día desastroso de su vida, al final acaba medio alcoholizado en ese bar que ya conocemos y vemos la escena desde su punto de vista. La canción toma otro sentido, él la proyecta de otra manera, le da otra vida. Después se centra en la historia de la cantante y su fracaso sentimental… y en el peor día, lejos de su casa, acaba en un bar y su amigo le hace salir al escenario… Otro punto de vista para la misma escena… El segundo momento es la secuencia cumbre de la película, y a mi parecer muy lograda, pues cuenta además con la química de los protagonistas. Y es cuando más unidos emocionalmente se encuentran, el día de las confesiones. De pronto comparten sus cascos para escuchar cada uno su lista de canciones (pues no hay mejor manera para conocer al otro), como no por las calles de Nueva York, y ahí ocurren una cascada de momentos mágicos con las canciones de cada uno… Y el tercer y último momento… es una Keira bastante perjudicada y divertida que decide dejarle en el buzón de voz a su ex novio un mensaje en forma de canción…

Begin again me ofreció más de lo que me esperaba y con la sensación de que el cine musical sigue sus caminos, sus sendas…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cóctel variado y veraniego de películas

Barbacoa de amigos (Barbecue, 2014) de Eric Lavaine

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En un periodo corto en el tiempo he visto tres películas del actor francés Lambert Wilson que me han gustado mucho. Una me parece una gran obra cinematográfica, De dioses y hombres. Y las otras dos, comedias muy interesantes. La primera la comenté hace muy poco, Moliérè en bicicleta y la segunda acabo de verla, Barbacoa de amigos. Una película que sin inventar nada nuevo (no se sale de la fórmula de este tipo de películas), funciona: reunión de amigos y en consecuencia diversiones, confesiones, alegrías, tristezas, tensiones, discusiones… y vuelta a afianzar vínculos. El punto de partida es el del protagonista (la película está contada desde su punto de vista), precisamente Lambert Wilson, que cuenta como a punto de cumplir los 50 años un acontecimiento da un giro a su vida: un infarto. Desde ese contacto con la muerte, después de años y años en los que se ha cuidado, decide hacer lo que le da la real gana así como no callarse… Nos va presentando a su grupo de amigos, desde la Universidad, y sus muchas vicisitudes. Reuniones, vacaciones, conversaciones, hermosa casa rural y buenas comidas. Un buen grupo de actores con mucha química entre ellos. Y una mezcla entre la comedia (decantándose más por esta vía) y la tragedia que siempre funciona. Una sensación de la vida fluye y continúa… Barbacoa de amigos nos recuerda que la vida está poblada de momentos que merecen la pena… aunque haya otros que nos hagan olvidarlo.

Corazón de León (Corazón de León, 2013) de Marcos Carnevale

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La idea de partida es buena. Tiene momentos que funcionan, divertidos. Pero la propuesta podría haber sido mucho más arriesgada y alocada. Más realista. Empieza en forma de comedia, continua como un melodrama y termina como una comedia romántica. Parece que de vez en cuando a Carnevale se le escape el tono. La premisa es: una mujer con su vida emocional y laboral patas arriba (separada de su marido, trabaja en un bufete de abogados con él y además no pasan el mejor momento laboral), ‘pierde’ su móvil. Un desconocido lo rescata y la llama para que lo recupere. La conversación con el tipo le gusta, lo pasa bien y decide quedar con él. León es un hombre divertido, atractivo, rico…, buen profesional, es arquitecto, separado y con un hijo universitario encantador. Es el hombre perfecto, el hombre que en ese momento la protagonista necesita. Sólo hay un pequeño inconveniente (según los ojos con los que se mire el asunto): mide 1,35 centímetros. Funciona la química entre Guillermo Francella y Julieta Díaz, lo que no funciona tanto es el efecto especial para que Francella tenga la estatura adecuada a su papel. A veces él parece realmente enano pero Juelieta excesivamente gigante… Y el efecto es extraño. Cuando hablaba al principio de llevar a cabo esta apuesta arriesgada (pues plantea temas muy interesantes y habla sobre prejuicios muy arraigados), me refería precisamente a que hubiese sido mucho más creíble con actores como Peter Dinklage o Emilio Gavira, con una estatura real de 1,35 o 1,40 metros.

The east (The east, 2013) de Zal Batmanglij

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Otra película de premisa muy interesante pero desarrollo fallido. No obstante cuenta con momentos que preludian cómo podía haber sido una propuesta a tener en cuenta y un reparto del que se podría haber sacado mayor provecho. The east cuenta la historia de una empleada de una multinacional de seguridad que tiene que infiltrarse en un grupo de ecologistas radicales, que atacan a las grandes empresas empleando sus métodos contaminantes. Lo que cuenta y el empleo de las claves del thriller para conseguir tensión y suspense podrían haber constituido una buena obra cinematográfica. Pero el mayor fallo es precisamente la presentación y evolución de los ecologistas radicales y las relaciones entre ellos y de ellos con la infiltrada… no se presenta de manera atractiva o interesante, de forma que nos importe lo que hacen, que nos creamos la transformación de la infiltrada y que entendamos su historia con el líder del grupo. Tampoco el director se muestra muy versado en las claves del thriller para crear la tensión suficiente, el ritmo adecuado y el suspense en cada uno de los ‘atentados’ del grupo…

A la caza (Cruising, 1980) de William Friedkin

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… Hace poco dije lo que me sorprendió este director con su última película en el año 2011, Killer Joe. A la caza no la había visto y aunque no es película redonda (como tampoco lo es Killer Joe), sí tiene sin embargo ciertas cualidades que hacen que su visionado merezca la pena. William Friedkin muestra su valía para crear ambientes paranoicos, angustiosos, siniestros, de moralidad oscura, con aires de pesadilla. Al final no importa tanto la trama de suspense, que se queda en el aire, como las relaciones entre los personajes y la ambigüedad de alguno de ellos. En su momento la película fue un escándalo porque varios colectivos gays pusieron el grito en el cielo por la imagen de la homosexualidad que se daba en el film, que se centraba en un asesino de homosexuales que frecuentaba locales donde se practicaba además el sadomasoquismo… Para investigar el caso, ahí está un policía con el físico de Al Pacino (y comportándose como todo un actor del método) que se infiltra en el ‘ambiente’ y termina bastante tocado… La ambigüedad pulula por todo el film hasta su final… Y ahí están aparte de Al Pacino, un siempre eficiente Paul Sorvino y una olvidada Karen Allen (que vivió su momento de gloria en los 80).

Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) de Ingmar Bergman

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Dentro de la amplia filmografía de Bergman hay varios títulos que ‘dibujan’ su carrera como director. Uno de ellos es Gritos y susurros. Una película que presenta muchas de las claves de Bergman. La influencia del teatro de Strindberg, la continuación del camino abierto y experimental de Persona, las complejas relaciones familiares, el predominio de las mujeres, la presencia de la muerte, del sentimiento de culpa… En una casa familiar, asistimos a las últimas horas de una mujer acompañada por sus dos hermanas y la asistenta que la cuidado durante años. El cuarteto de mujeres (que desnudan su alma y sus rostros) deja su huella y cada una tiene su momento sobrecogedor. De nuevo Bergman demuestra su manera especial de reflejar el rostro de una mujer. Ahí están Harriet Andersson, Kari Sylwan, Ingrid Thulin y Liv Ullmann. Llama la atención el predominio del rojo en la escenografía, siempre elegante, y el sonido del reloj. También como en muchas películas de Bergman utiliza para su banda sonora música clásica, esta vez Bach y Chopin. La presencia de los hombres es secundaria, y en su ausencia precisamente, marcan totalmente la vida de las hermanas.

Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961) de John Ford

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Primera vez que trabajaba James Stewart con Ford e inicio de una ‘buena’ colaboración. No fue una película muy apreciada por el propio Ford pero como siempre cuenta con matices, interpretaciones y miradas muy interesantes y complejas. Quizá su poco aprecio va unido a varios asuntos, además de ser una película de encargo, justamente durante su rodaje fallece uno de los miembros de la troupe de Ford, Ward Bond, y esto desestabiliza emocionalmente al director. Es otro de los western de Ford donde se siente que ronda el desencanto. Sin embargo confieso que disfruté de lo lindo de su visionado y me entusiasmó el cuarteto protagonista, sus personalidades y relaciones (James Stewart, Richard Widmark, Shirley Jones, Linda Cristal). No es una película ni ligera ni tan fácil o sencilla como parece a primera vista. En un momento predomina el tono de comedia, tiene un buen ritmo… pero llega la bofetada final. La historia es la de un sheriff (bastante cínico y algo corrupto pero con encanto… un James Stewart explotando la vena de los personajes en los western de Mann) que es requerido por el ejército federal, pues este es presionado por varios familiares, para que se inmiscuya en tierras comanches (sin romper el pacto de paz) para negociar la devolución de prisioneros blancos secuestrados durante años. El ejército quiere aprovechar que el sheriff se ha relacionado ya con los indios en varios negocios y los conoce. Se lo pide su amigo, un comandante idealista y luchador. La complicidad entre ambos enriquece muchos momentos de la película (así como las historias con sus amadas…). Como en cualquier película de Ford nada es blanco o negro, están los matices. Ni unos son los malos malísimos, ni los otros los buenos buenísimos. Y el racismo brutal, la intransigencia absoluta, el radicalismo en las creencias y la incomprensión ofrece una de las escenas más crueles y terribles de toda la película… y es protagonizada por ‘las familias’ que clamaban por la vuelta de los suyos…

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