Centenario de Orson Welles (2). Alma rebelde (Jane Eyre, 1943) de Robert Stevenson

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Según el punto de vista, una misma historia puede cambiar totalmente. Así Jane Eyre tiene la mirada de la institutriz de infancia triste y dura que termina en la mansión de Thornfield donde se encuentra con el señor Rochester, un hombre vividor pero atormentado. Entre los muros de su nuevo hogar, se esconde un oscuro secreto. Y entre misterios y soledades, obstáculos y barreras, surge una historia de amor con sombras. La novela (1847) de Charlotte Brontë tuvo una precuela en el año 1966, Ancho mar de los Sargazos y el punto de vista es el del oscuro secreto. Así su autora, Jean Rhys convierte a la primera esposa del señor Rochester, aquejada por la locura y alejada de su tierra así como encerrada en los muros de Thornfield Hall, en un desgarrador personaje que siempre se intuye en la novela de Brontë. Hundirse en estas dos novelas es descubrir universos paralelos… una historia, dos miradas. Una gozada. Y curiosamente mientras se conocen varias versiones cinematográficas de Jane Eyre…, ningún director o directora ha contado esta maravillosa y decadente historia desde la mirada de la primera esposa del señor Rochester, una mujer criolla de Jamaica que termina encerrada en una mansión de Gran Bretaña. Ninguna versión se ve ya igual conociendo el desgarro de Bertha Mason. Pero ¿qué personaje no tiene luces y sombras en Jane Eyre?

Así la versión de 1943 nos deja una Bertha Mason convertida en secreto terrible, mujer con una risa aterradora y una violencia sin límites, junto a una compleja pero dulce Jane Eyre y un señor Rochester carismático con una voz grave que tras su antipatía esconde un hombre que se rompe y fractura. El director Robert Stevenson muestra la infancia terrible y las misteriosas paredes de Thornfield Hall. Se salta el viaje interior de Jane y su convivencia con los hermanos Rivers…

Y el señor Rochester no es otro que un joven Orson Welles… que descubre otra manera de financiar sus proyectos cinematográficos, cuando se sabe demasiado pronto fuera del sistema de estudios y su funcionamiento: trabajar como actor para otros directores. Con 28 años y habiendo rodado apenas hacía tres años, con total libertad creativa y los medios necesarios (dos circunstancias que ya pocas veces lograría otra vez juntas), Ciudadano Kane, Orson Welles se convierte en personaje romántico de novela que roza lo gótico. Y además empieza a arrastrar otra leyenda de “su personaje” cinematográfico, que además de actor, ejercía también de director en la sombra.

Algunos nombres que hicieron posible Alma rebelde (como se titula por estas tierras) revelan extrañas sorpresas. Primero es de esas obras cinematográficas que tuvo un montón de guionistas pero entre los acreditados nos encontramos con el nombre del novelista Aldous Huxley, que trabajó durante unos años en Hollywood. También uno de los personajes que marca a Jane Eyre para siempre es su joven amiga en el siniestro colegio de Lowood, Helen, que en esta versión cuenta con el hermoso rostro de Liz Taylor. La insensible y rígida tía Reed en tan solo dos apariciones la dibuja perfectamente Agnes Moorehead, que había formado parte de la compañía teatral de Orson Welles, Mercury Theatre. Y el director Robert Stevenson se convirtió años más tarde en el narrador de las fantasías cinematográficas del estudio Disney. Así su nombre va unido a Mary Poppins o La bruja novata, dos clásicos imprescindibles. En Alma rebelde ya escondía a ese director eficaz capaz de crear ambientes especiales y extraños… que de las sombras de Thornfield Hall tocaría la luz en sus películas Disney.

Alma rebelde es como una versión reducida y concentrada de la novela Jane Eyre. Sin duda de lo que se disfruta es del ambiente fantasmal, como del más allá, que adquiere la película, gracias a sus decorados y escenas bajo la niebla y la lluvia. Así como de cada uno de los encuentros entre una especial Jane Eyre (Joan Fontaine), niña rebelde que aprende a sobrevivir convirtiéndose en una sombra callada e inteligente condicionada por una estricta educación moral y religiosa, y un antipático señor Rochester que esconde primero a un hombre atormentado y después a otro que sufre. Frente a la naturalidad y dulzura de Joan Fontaine, que sabe mirar con ojos de arrobo mejor que nadie, choca la barroca, intensa y teatral interpretación de un señor Rochester que domina su escenario perfectamente. Desde su primer encuentro… donde una Jane cruza un camino en niebla y surge un caballo que se encabrita con el señor Rochester encima y un perro enorme que ladra hasta esa boda que no puede celebrarse y donde se descubre el secreto que atormenta a Rochester, siempre con apariencia impecable y cuidado vestuario… Y siempre escuchando la grave voz de Welles.

No obstante siempre uno se pregunta si realmente el héroe romántico es tal o si es un hombre fatal… si todas las mujeres que se cruzan en su camino, como una maldición, son desgraciadas. Y nos preguntamos por el futuro de Jane con un hombre no precisamente fácil. Primero su esposa que enloquece, después esa niña llamada Adele Varens a la que cuida para que no le falte de nada pero a la vez incapaz de mostrarse cálido con ella (arrastra sobre sus hombros otra fallida historia de amor del señor Rochester), Jane a la que confunde con sus cambios de comportamiento o con la señorita Blanche Ingram con la que juega y a la que desprecia. Tan solo contamos con la mirada de Jane… pero ¿qué piensan o cómo viven las demás esta oscura historia?

Orson Welles ese héroe romántico complejo y oscuro que justo, en ese año, se casaba con Rita Hayworth… Cuentan que la biógrafa de la actriz contactó con Orson y le dijo que Rita siempre dijo que los años junto a él habían sido lo más felices y que él replicó: “Si aquello fue felicidad, imagínate cómo fue el resto…”. Puro señor Rochester.

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Centenario de Orson Welles (1). Sed de mal (Touch of devil, 1958) de Orson Welles

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Una de las constantes de la obra cinematográfica de Welles (y una de sus tragedias) es que salvo contadas ocasiones sus películas no pudo llevarlas a cabo tal como él quería por distintos motivos (no conseguir los medios económicos suficientes para ponerlas en pie o hacerlas tal y como estaban en su cabeza o imposiciones drásticas de los estudios). Lo conseguido en Ciudadano Kane (la absoluta libertad de creación) se convirtió en un triste espejismo para un creador peculiar… que siguió el rastro de aquellos cineastas malditos fuera de los circuitos del cine clásico y el sistema de estudios, aquellos como, por ejemplo, Erich von Stroheim.

La obra de Orson Welles sigue siendo de extremos. Alabado como un genio o menospreciado. Su obra sigue creando pasiones y odios. Lo cierto es que tan interesante es él como personaje histórico (su vida es una película que no acaba) que es una auténtica gozada analizar cada una de sus obras para entender por qué era un cineasta especial (y un actor con un carisma que le hacía diferente). Y es que sin duda poseía una mirada y un universo visual que vomitaba en cada una de sus películas.

Ya estaba empezando a rodar su obra en otros países, fuera de EEUU, cuando tuvo la oportunidad de volver al sistema de estudios en la Universal tanto como actor como director y guionista (parece ser que Heston, una de las estrellas del momento, al enterarse de la presencia de Welles en la película dio por sentado también que sería el director y el estudio así lo hizo). La película era Sed de mal, el argumento partía de una novela de Whit Masterson (seudónimo de dos novelistas que escribían algunas obras literarias juntos). Un título interesante para estudiar el cine negro como género y su evolución. Si Welles pensó que volvería con toda la gloria, le hicieron ver que regresaba con toda la pena (ya había empezado a rodar en Europa). El estudio no quedó nada contento con el resultado y manipularon la obra del creador (cortaron, modificaron, añadieron otras escenas sin el visto bueno de Welles) además de no realizar un estreno a lo grande sino como una más, del montón, como de segunda categoría. Orson Welles, cuando vio el desaguisado, escribió unas notas en las que pedía que no se destrozara su película y en la que explicaba cómo tenía que ser. Como este documento no se había perdido en 1998 se realizó una versión aproximada de lo que hubiese querido Welles (y ese es el dvd que se ha visionado para este post).

¿Por qué Sed de mal puede considerarse una película distinta, distinguida y especial… independientemente de que guste o no guste? Lo primero destacar su atmósfera asfixiante, decadente y oscura que precipita a los personajes a un destino fatal desde el primer fotograma. Cine negro en vena. Y la presencia continua de la ambigüedad… Una película de frontera donde el bien y el mal se mezclan, sin saber muy bien dónde se encuentran los límites. Violencia y sexualidad, comportamientos irracionales. En esa frontera entre México y EEUU… nada es lo que parece, los héroes y los antihéroes se confunden. Todo además envuelto con ecos de tragedia shakesperiana, tono tan querido por Welles. La pianola se une con notas de jazz y melodías que traen aires nuevos de rock and roll… con un Mancini creador.

Welles es de esos cineastas con una imaginería barroca, un mundo visual recargado y una manera de filmar que no solo confiere un ritmo especial sino unas composiciones que se quedan en la retina. Planos picados, contrapicados, plano secuencia, primeros planos, muchas personas en un mismo plano, o una persona en espacio inmenso, profundidad de campo, luces y sombras… todo entra en Sed de mal.

Extrañamiento y aires de pesadilla. Sed de mal es como vivir dentro de una pesadilla, despertar de un mal sueño. Conviven en sus fotogramas el inconsciente, la irracionalidad, los comportamientos incomprensibles de los personajes: esa esposa sensual (Janet Leight como extraña heroína, cuya Susan Vargas sería el precedente de otros personajes de la actriz en Psicosis o en El mensajero del miedo) que va a la deriva, como una marioneta, y siempre acaba a manos de personas que pretenden hundirla y corromperla o ese portero extraño de noche al borde de la locura en un motel solitario. Ese grupo de jóvenes matones con pinta de rockeros que parece que tienen la premisa de sexo, drogas y alcohol cada día de su vida. Uno de esos matones que trata de asustar a Mike Vargas tirándole ácido a la cara. Esa pitonisa ¿también prostituta? del pasado (Marlene Dietrich) en un local de frontera con una pianola de fondo, que parece ser guardiana de la memoria de uno de los protagonistas.

¿Dos policías opuestos o dos policías espejo? Dos personajes potentes enfrentados: el policía corrupto y racista Hank Quinlan (Orson Welles), totalmente decadente, desencantado y desgarrado, que arrastra una cojera, un pasado que le pesa y le destroza, un alcoholismo que vuelve y unos métodos poco ortodoxos para imponer la ley en la frontera. Mike Vargas (Charlton Heston), policía héroe que lucha contra el narcotráfico, recto y honrado, que se convierte en denunciante de los métodos de Quinlan. De nuevo ambigüedad en ambos personajes. Nada es lo que parece. A Quinlan, a pesar de su decadencia nos lo pintan con un pasado en el que pudo ser un hombre diferente y en el que se explica su decadencia presente. Así como la mirada que lanzan sobre él, la pitonisa de frontera, Tanya, y su fiel compañero de profesión (un increíble Joseph Calleia). A Vargas, nos lo pintan a punto de sucumbir a un pasado parecido al de su antagonista Quinlan, le vemos al borde del extremo, sentimos la fragilidad de su rectitud. Y en ambos uno de los motivos de la caída (además de la dificultad de su trabajo, de las presiones, del día a día) puede ser el amor hacia una mujer (uno la pierde de manera horrible, el otro a punto está a punto de perderla).

Una vez que se entra en el universo de Sed de mal es imposible olvidar varios de sus momentos increíblemente filmados: el famosísimo plano secuencia que abre la película y que expone el conflicto. La fiesta salvaje y orgía involuntaria de sexo y drogas a la que someten en un aislado motel a Susan Vargas. El horrible asesinato de uno de los Grandi (familia de narcotraficantes a los que persigue Vargas) en una habitación decadente de hotel con una Susan adormilada bajo los efectos de las drogas de fondo…, el shakesperiano y trágico final de Quinlan así como su último diálogo con su compañero de hazañas (un triste y patético Calleia, el gran secundario de la película)…

Todo hace de Sed de mal una película a tener en cuenta en el rico y complejo universo de Orson Welles. Como curiosidad, el director hizo que participaran amigos actores en cameos a lo largo de la película así podemos localizar a Joseph Cotten o a Mercedes McCambridge.

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El héroe anda suelto (Targets, 1968) de Peter Bogdanovich

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El espectador asiste al final de la proyección de El terror de Roger Corman, que se presenta en Targets como la última película del actor de cine de terror de la vieja escuela, Byron Orlock (Boris Karloff). De pronto se encienden las luces y nos encontramos en una pequeña sala de cine donde los responsables del film están viendo esa nueva película que se estrenará al día siguiente. Orlock está ya cansado pues siente que ya no pinta nada, que ya no da miedo, que es una vieja gloria, que ya no tiene hueco en los tiempos nuevos… y tiene claro que quiere retirarse, dejar todo. Aunque se lleve por el camino el nuevo guion de un joven director (Peter Bogdanovich) que había pensado en él como protagonista (¿puede que su argumento fuera parecido a lo que estamos a punto de visionar como espectadores tranquilos?). Orlock sale de la productora y el joven director va detrás de él para convencerle antes de que se meta en el coche…, de pronto, vemos que el viejo actor se ha convertido en un objetivo de tiro, se encuentra en el punto de mira de un fusil que está probando un joven, Bobby Thompson (Tim O’Kelly), en una tienda.

Y así Peter Bogdanovich, en una de sus primeras obras cinematográficas, une a los dos protagonistas del film y a las dos metáforas que se enfrentan durante la narración cinematográfica. Por una parte, el viejo actor que protagonizaba a los monstruos del pasado, un terror inocente, donde se sabía perfectamente de dónde venía el mal. Esos monstruos a los que se tomaba cariño porque también reflejaban indefensión, soledad así como su condición de seres marginales… Las pesadillas iban al terreno de la imaginación: vampiros, momias, Frankenstein, malvados asesinos pero con cara de asesinos, fantasmas de la ópera, hombres menguantes y otros invisibles… Y por la otra un tipo de terror más escurridizo, más real e irracional, porque Bobby Thompson es un joven de clase media americana con toda su vida solucionada, aparentemente normal y dentro del estilo de vida americano, del sueño americano. Vive en una casa perfecta con una familia perfecta y su aspecto es impecable. Es el vecino ideal. Pero, gracias a una puesta en escena (de la que hablaremos en breve) excelente, descubrimos que algo no funciona en ese mundo perfecto. Thompson evoluciona hasta convertirse en un asesino frío, irracional y sin sentimiento ni empatía alguna por sus víctimas. Mata por matar. Sus víctimas son objetivos, latas a las que apuntar en su campo de tiro. El joven rubio y angelical es una bestia.

Peter Bogdanovich cuenta de manera paralela las andanzas de Orlock y de Thompson. Del último día de Orlock como actor de cine de terror, antes de su retiro, que culminará con su aparición en un cine drive-in (un autocine) después de la proyección de su película. Y el día en que Thompson se convierte en un asesino despiadado y que también terminará en el cine drive-in sembrando el terror.

Y la puesta en escena de esas vidas paralelas son diferentes. Las escenas donde está Orlock nos muestra a un monstruo tierno y cansado que solo busca su retiro y descanso. No falta la nostalgia y el sentido del humor. El viejo monstruo hablando de sus limitaciones como actor pero cómo trabajaba con directores que sabían contar historias mientras disfruta de una vieja interpretación en televisión (donde se emite El código criminal de Howard Hawks) o el viejo monstruo asustándose de su propia imagen nada más levantarse ante un espejo. El viejo monstruo con dos jóvenes que quieren que siga teniendo un hueco, que no quieren que se marche, que se preocupan por él y le escuchan… Los sitios donde se mueve: la sala de cine de la productora, su coche con chófer, una habitación de hotel y el cine drive-in. Él siempre va elegantemente vestido y peinado… pero con cara de monstruo cansado.

Las escenas donde está Thompson son inquietantes porque dentro de la normalidad donde vive…, en esa casa perfecta con padre, madre y esposa, nos vamos dando cuenta poco a poco de que algo no funciona en su cabeza… y la cámara no deja de seguirle, como para avisarnos. Y asistimos a una comida familiar o a un momento cotidiano donde todos antes de acostarse ven la televisión… pero tenemos miedo porque todo son avisos… desde el principio. Las armas siempre están presentes y la mirada de Thompson sobre ellas. Y lo más escalofriante es sentirle en la oscuridad de su dormitorio fumándose un cigarro en silencio y cómo pide a su esposa que llega del trabajo cansada que no encienda la luz, que le molesta. Los sitios donde se mueve: su casa perfecta, las tiendas de armas, unos depósitos de combustible y el cine drive-in. Es el vecino monstruo, el monstruo cotidiano, el que no se espera, el que de pronto mata porque algo no funciona en su cabeza… Y los dos monstruos se encontrarán frente a frente en el cine drive-in. Uno, el viejo monstruo, ve cómo su película se proyecta y cómo los espectadores, familias, parejas, padres, niños… ven protegidos en sus coches el terror del viejo monstruo en la gran pantalla de cine. El joven monstruo se esconde tras la pantalla y desde ahí saca su arma y genera un terror real ante los espectadores del drive-in que sienten una amenaza y terror real e inevitable.

Peter Bogdanovich no solo realiza un canto al cine dentro del cine sino que además reflexiona sobre el terror y muestra cómo ahora los protagonistas que van a dar miedo (también lo sabe Orlock, que enseña el titular de una noticia escalofriante al joven director) en las pantallas de cine van a ser otros, como ya había adelantado Michael Powell en El fotógrafo pánico o el gran William Wyler en El coleccionista.

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Los siete magníficos (The magnificent seven, 1960) de John Sturges… en siete momentos y una propina

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Un western con gotas de crepúsculo que sigue el destino de siete perdedores en una aldea de humildes campesinos mexicanos aterrorizados por un bandolero y sus hombres. Aventura y melancolía con una pizca de romanticismo por la pérdida y desaparición en el salvaje Oeste de la figura del forajido. De los centauros sin hogar que encuentran todavía menos su lugar mientras avanza “la civilización” que marca un mapa que antes era inexistente. La muerte ronda por un original remake de la película japonesa Los siete samuráis de Akira Kurowasa… desde la misma presentación de Yul Brynner y Steve Mcqueen que se conocen llevando un carro fúnebre con un indio, al que nadie se atreve a enterrar, hasta el cementerio… Emoción, ritmo y mucho entretenimiento de la mano de un creador artesano como John Sturges.

El chiste de Steve Mcqueen

A los siete magníficos les cuesta más hablar que expresarse por signos. Pero siempre hay alguno con más labia que otros. Y ahí está Steve Mcqueen, que siempre echa de menos la compañía de una mujer, que nunca siente ganas de asentarse aunque le vienen golpes de raíces, que también le gusta expresarse por gestos y sonrisas irónicas… y en distintos momentos le encanta ilustrar su situación con un chiste…

… Y curiosamente uno de ellos es similar al chiste que sirve de leitmotiv para El odio de Mathieu Kassovitz. Un chiste que expresa perfectamente la vida de estos siete forajidos…

Y dice Steve Mcqueen: “Me recuerda a un tipo de mi tierra que se cayó de una casa de diez pisos. Mientras iba cayendo la gente de cada planta le oía decir: ¡Por ahora, bien! ¡Por ahora, bien”. Faltaría sin duda añadir la coletilla de El odio: “Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.

Charles Bronson y los niños

El más duro entre los duros, el forajido, el mercenario que trabaja por altas sumas en horas bajas… encuentra un lugar donde morir y ser recordado. Se convierte en el héroe adorado de tres niños mexicanos que sienten el mismo amor y la misma adoración que aquel niño rubio, hijo de granjeros, por Shane… Solo que ellos realizan una promesa… su tumba siempre tendrá flores mientras ellos vivan. De paso Bernardo, el personaje de Bronson, que encuentra una manera de expresar su ternura y sensibilidad oculta, les hace admirar también a sus padres, supervivientes en el día a día y siempre asumiendo responsabilidades…

El tesoro

El bromista, el que va por el oro, el que no se puede creer que vayan tan solo a defender a los campesinos por casa, comida y 20 dólares. Él (Brad Dexter), grandullón, cree que hay algo más: un tesoro. Oro, plata, joyas… ocultas. Al final esconde fidelidad y nobleza hacia los suyos y convive, se relaciona y se ríe con aquellos a los que defiende… por el interés. Y se ilusiona como un niño… cuando el divino calvo, su amigo, le da la razón… Están ahí por un tesoro. Puede cerrar los ojos feliz…

La navaja de James Coburn

El silencioso, largo y espigado, de andar cansino. Independiente, no soporta las órdenes. Que le dejen a su aire. Tranquilo. Y así hasta el final. Solo y en silencio. Siempre en compañía de su navaja, su firma, y su pistola. Nunca le tiembla la mano. Se lanza a la muerte… pero deja su navaja clavada en una piedra. No quiere desaparecer del todo…

El magnífico campesino

Érase una vez un joven campesino (Horst Buchholz) que quiere convertirse en pistolero y aventurero. Su vitalidad y ganas de salir del hoyo le juega malas pasadas… pero tanta transparencia y verborrea atrae a los demás magníficos. Aunque se lo hacen pasar mal hasta que se convierte en uno más…, sus nuevos compañeros de viaje quieren demostrarle que la vida del forajido no es para nada envidiable. El joven campesino está destinado a echar raíces…

El miedo

… El miedo se ha vuelto su compañero de viaje (Robert Vaughn). Él es el más complejo y extraño. Huye incluso de sí mismo. Agotado de ser siempre perseguido. De tener la sensación de estar en el infierno a todas horas. Se mantiene distante, con la compañía de las pesadillas y el alcohol. Los campesinos le dicen que le comprenden, ellos tienen miedo cada día. Cada día se sienten en la cuerda floja como él. Aprovecha la oportunidad de dejar de huir…

El divino calvo de negro

Todo de negro y divino calvo (Yul Brynner). Emplea las palabras justas y su compañero es el silencio. Cuando da su palabra… no hay marcha atrás. Reúne al grupo. Todos se sienten seguros bajo su mirada de hombre forajido pero siempre honesto. Tiene presencia en cada paso que da. Es imposible que pase desapercibido y nunca el peligro le hace que renuncie de un buen puro…

Un malvado con rostro de Eli Wallach

El malo, malísimo (Calvera)… no es más que un forajido más. Desde su presentación Eli Wallach hace gala de su carisma… Provoca terror pero nunca le abandona un oscuro sentido del humor de aquel que disfruta dando miedo porque se sabe invencible y dueño y señor del lugar. Según explica quiere seguir aterrorizando a la aldea que le proporciona alimentos y sustento sin tener ni problemas ni conflictos. Pero le tocan las narices y reacciona, no quiere que toquen su territorio. Pero termina cerrando los ojos con la incertidumbre en la mirada: por qué van hasta el culo del mundo siete hombres a joderle la vida…

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Descubriendo más cine musical. Las chicas de Harvey (The Harvey Girls, 1946) de George Sidney/A chorus line (A chorus line, 1985) de Richard Attenborough

La sesión doble de hoy nos lleva a un viaje especial por una época clásica en los musicales, aquellos mimados especialmente por la MGM en el departamento musical bajo la batuta de Arthur Freed; y la corriente, que hoy en día sigue, de llevar a la pantalla grande los musicales que triunfan en los escenarios de Broadway. Así descubrimos la historia de unas chicas que buscaban ganarse la vida en la cadena de los restaurantes Old West Harvey o la vida dura de los bailarines de Broadway en una complicada y larga prueba de selección. Para la primera contamos con un director relacionado normalmente con el colorido, la aventura, la vitalidad y varios musicales en su filmografía. Y en la segunda un director y actor que firma el único musical de su obra cinematográfica y que no salió mal parado.

Las chicas de Harvey (The Harvey Girls, 1946) de George Sidney

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Esta película no se encuentra en la memoria cinéfila de los amantes del cine musical pero sin embargo es una obra cinematográfica con muchas de las características de las producciones del departamento de Arthur Freed. Vitalidad, alegría de vivir, ritmo, estrellas de la canción y del baile, canciones brillantes, bailes, espectáculo y color mucho color. Así es uno de esos westerns que se convierten en musical y se inspira además en un hecho real: en las vidas de las camareras que recorrían el salvaje oeste para trabajar en la cadena de restaurantes Old West Harvey para atender a los viajeros de los trenes… El tema tenía jugo para explotarlo bien y realizar un buen musical pero se queda en una película simpática (que ya es mucho), nostálgica, con algún número para el recuerdo y con un reparto maravilloso de estrellas que protagonizaron musicales inolvidables. Además de contar con la vitalidad y alegría de varias de las producciones de Sidney.

La estrella de la función es Judy Garland que no solo cumple como cantante sino que se muestra pizpireta pero también con esa mezcla de fragilidad y fuerza que derramaba sobre sus personajes. Ella es una de esas chicas que trata de buscarse un futuro, un cambio, en otra parte, en otro paisaje. Y es ella la que lleva la voz cantante en On the Atchison, Topeka and the Santa Fe, la canción que muestra la llegada en tren de las chicas a su nuevo hogar. Y además dicha canción ganó el Oscar aquel año.

Judy Garland es una joven soñadora que se ha atrevido a dar el paso de casarse en un lugar lejano a su hogar, Ohio. A su amor lo conoce a través de unas cartas… pero cuando llega su hombre soñado en nada se parece al que le escribe las cartas. Es un borrachín sin el don de la palabra. Todo tiene explicación. Ha sido objeto de una broma pesada: las cartas eran escritas, en realidad, por el empresario de la casa de citas y juegos de la localidad que ha actuado como si fuera un Cyrano de Bergerac. Un don juan caradura (John Hodiak) que quiere redimirse desde el mismo momento en que aparece en pantalla y para mí el punto más débil de la película tanto por la construcción del personaje como por el actor elegido, que no parece cómodo del todo en su rol. Así el futuro del personaje de Judy cambia: no se casa y entra a formar parte de las chicas de Harvey… pero además tiene ojos para el tipo duro que se ha reído de ella.

Otra de las debilidades de la película es que se podría haber explotado con mucha más riqueza y se queda tan solo en la superficie el enfrentamiento entre las chicas del Saloon, capitaneadas por una genial Angela Lansbury, y las chicas de Harvey, con Garland de líder. Se queda en un enfrentamiento muy plano entre las chicas de mala vida y las buenas chicas con refinadas costumbres. Un enfrentamiento gris sin ricos matices.

Pero entre los encantos de este musical, además de dar esa alegría de vivir que conseguían estos musicales, se encuentra el poder disfrutar no solo de Judy Garland o Angela Lansbury sino de disfrutar del arte en el baile y el increíble lenguaje corporal de Ray Bolger (cuyo papel más recordado es su espantapájaros en El mago de Oz) y ver los primeros pasos de la bellísima Cyd Charisse o descubrir a Virginia O’Brien y disfrutar también de esa secundaria que fue Marjorie Main. Y también otro encanto es reconocer el paisaje y los elementos del western en un musical que podría haberlos aprovechado mucho más como el momento brillante de Virginia O’Brien cantando The wild, wild west en una herrería mientras se prepara para herrar a un caballo ante un desfallecido herrero (Ray Bolger) que teme a estos animales. No faltan los códigos del viejo Oeste: el tren, sus peleas, las ciudades sin ley, los tipos duros, las celebraciones, las dificultades… pero en clave de sol.

A chorus line (A chorus line, 1985) de Richard Attenborough

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Richard Attenborough sorprende con este musical que fue un éxito en el Broadway de los años setenta. La premisa es sencilla: la prueba de selección de un grupo de bailarines para un musical de éxito. A partir de ahí, empieza el espectáculo. Pese a las debilidades en la trama (esa historia de amor puesta con calzador), hay números de danza y canciones (como número estrella, One) tan bien resueltos y momentos tan brillantes visualmente que hace que el espectador, amante del cine musical, disfrute con esta película.

Sigue la premisa del espectáculo debe continuar (que ha dado maravillas como All that Jazz pero que ya tenía antecedentes en La calle 42 en los años treinta) donde se refleja la dura vida de los bailarines (paro, la edad, los prejuicios, la salud, el sacrificio, la fama y la caída…) y las dificultades para levantar un espectáculo musical.

Toda la película transcurre encima de un escenario, en un teatro, durante una prueba de selección. Por supuesto hay un director duro (que actúa casi como un dios, tiene el destino de los participantes en sus manos… y que tiene el rostro de Michael Douglas, es el que dirige la función, la prueba de fuego), un buen coreógrafo que sigue sus órdenes y un grupo de jóvenes con distintos sueños y problemáticas que vamos descubriendo en distintos números musicales.

Hay dos bailarinas que en un momento dado hacen referencia a una joya del cine musical y explican ambas que fue el motivo por el que quisieron dedicarse a esa profesión: Las zapatillas rojas (1948) de Michael Powell y Emeric Pressburger. Esta referencia implica una reflexión sobre A chorus line. Pese a ser una película disfrutable, con muchos elementos del género entre sus fotogramas, no alcanza la maestría e intensidad así como profundidad del clásico de Powell y Pressburger. Porque allí además de la premisa del espectáculo debe continuar, hay profundidad en los personajes y sus relaciones personales (una historia de amor potente) y una buena construcción de los elementos melodramáticos y musicales. A chorus line se queda en la superficie del espectáculo vistoso pero no hay corrientes ocultas bajo los fotogramas perfectamente ejecutados…

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Cadena de curiosidades cinematográficas. Un libro de Chaplin, una película de los treinta e Irène Némirowsky en la pantalla

Charles Chaplin. La soledad era el único remedio (Confluencias, 2014)

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Un libro de pequeño tamaño esconde en sus páginas un tesoro. Este libro es una delicia especial, un delicatessen. Reúne once entrevistas, que realizaron distintos periodistas en medios diferentes, a Charles Chaplin y están por orden cronológico. La primera transcurre en 1915 y la última 1967. Y con cada una de estas entrevistas, descubrimos la esencia de Chaplin, nos llevamos pequeñas sorpresas y se nos cuenta de manera especial su vida. Entre líneas. Contamos además con descripciones sobre su físico y forma de comportarse. Y el disfrute es máximo.

Repite varias veces que él quería ser actor dramático, trágico; se nos habla de sus ojos azules, su pelo azabache y sus mechones blancos; se nos describe su seriedad y melancolía así como su amabilidad y delicadeza en las entrevistas…, nos cuenta que sus películas parten de una emoción, que su personaje amado provoca risa en actos cotidianos y creíbles, que sus andares se los inspiró gente con los pies cansados y doloridos de ese Londres humilde que conoció en su infancia, nos describe su meticulosidad en el trabajo, su amor al cine como arte, su amistad con Douglas Fairbanks…

Pero también las entrevistas nos cuentan otra historia, los orígenes de un hombre humilde y siempre en los escenarios que llegó de Inglaterra a EEUU a un medio totalmente nuevo y distinto a los escenarios, el cine. Un hombre que se va haciendo un nombre y va adquiriendo una popularidad mundial, un hombre amado, tanto como su personaje. Que llega a lo más alto en su arte como director y en su trabajo como mimo satírico. Que conoce el éxito y la fama en todo el mundo… Que poco a poco le van minando las noticias de su vida privada, que va siendo rechazado por sus opiniones sociales y políticas, por su posicionamiento respecto la guerra, por su humanismo…, hasta ser expulsado de la tierra que le acogió y le encumbró… y retirarse a Suiza. De cómo un hombre que era totalmente aclamado con cada película realizada a ser continuamente cuestionado con cada nueva obra cinematográfica… De cómo un hombre triste siguió siendo triste y desencantado.

Recomiendo perderse entre sus páginas…

¿Amigos o rivales? (Friends and Lovers, 1931) de Victor Schertzinger

A veces aparecen películas curiosas de aquellos años treinta antes del código Hays, antes de la censura. ¿Amigos y rivales? Es una de ellas y está llena de sorpresas. Donde se muestra que había mucha más libertad y se era menos políticamente correcto en la representación de las relaciones personales. En ¿Amigos y rivales? Además hay un explícito erotismo y se nota que no existe censura alguna porque la dama protagonista en cuestión, libre y libertina, es celebrada y amada… sin recibir los castigos que tendrían que aguantar sus predecesoras.

¿Amigos y rivales? habla de amistades peligrosas con ligereza y ritmo rápido. De chantajes y traiciones. De malos tratos y asesinatos. De vida frívola y vida colonial en fronteras lejanas. De amistades que se rompen y que vuelven a construirse. De champán, celos y amor… Y todo de la mano de un reparto muy especial. La joven dama es Lili Damita, que posteriormente su carrera cinematográfica desapareció entre maridos como Michael Curtiz y Errol Flynn. Y los hombres que se enamoran y sufren por ella son el bigote de Adolphe Menjou, el galán cínico y elegante por excelencia, y un jovencísimo y vital Laurence Olivier, lejos de los escenarios shakesperianos. Ella se dedica a enamorar a hombres (de activa vida social y romántica)… de la mano de su esposo que después los chantajea. Y su esposo no podía ser otro que el siniestro Erich von Stroheim (y director outsider de películas geniales) pero peculiar intérprete, qué buenos personajes cultivó. Una película breve y llena de giros y sorpresas en la trama. Con elipsis muy curiosas que hacen avanzar la narración, duchas eróticas, momentos violentos y otros frívolos, peleas, risas, drama… y finalmente la chispa del amor. Una vida loca.

Suite francesa (Suite française, 2014) de Saul Dibb

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No es la primera vez que los personajes de la autora Irene Nemirovsky pisan la pantalla cinematográfica. El director británico Saul Dibb (La Duquesa) tan solo toma unos pocos personajes de la polifonía de voces de la inacabada Suite francesa (que ya se hablaba desde 2007 de su adaptación cinematográfica). De hecho la película no atrapa el universo de Irene Nemirovsky sino solo a algunos de sus personajes y unas cuantas situaciones… y únicamente traslada un aspecto que es importante en la novela de la autora (y en su universo literario anterior): la tremenda ambigüedad y humanidad de los personajes en tiempos de entreguerras o en la propia guerra, son capaces de lo mejor y de lo peor, de albergar lo más hermoso del ser humano y lo más horrible, la dificultad de las relaciones familiares, amorosas y entre distintas clases sociales y cómo se arrastran contradicciones continuamente…, pura humanidad.

Dibb, como ya nos acostumbró en La Duquesa, lleva a cabo una película elegante, bella visualmente, perfectamente ambientada y con una banda sonora brillante además de contar con un buen reparto. Y se decanta finalmente por narrar un amor imposible en una localidad francesa ocupada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Ese amor imposible es entre un oficial alemán y una joven francesa. El oficial se aloja en casa de la joven, que a su vez vive con su suegra, una mujer rica del pueblo ocupado. Ambas esperan el regreso del hijo y del esposo del campo de batalla. El amor imposible cuenta con los rostros de Michelle Williams, como joven delicada y cada vez más consciente de su difícil situación (y de su compromiso); y del actor belga Matthias Schoenaerts, que deja su carisma por repartos internacionales desde su participación en De óxido y hueso. La suegra cuenta con la cara de Kristin Scott Thomas, que sigue siendo una secundaria de oro.

Quien quiera conocer el universo literario de Irene Nemirovsky (y conocer también su azarosa y trágica vida) que acuda al libro y se sumerja en sus páginas. Quien quiera dejarse llevar por un amor imposible de película, bien contado, que se meta en la sala de cine… Hay una relación casi invisible y muy distante entre la Suite francesa literaria y la fílmica.

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Un libro y una película. El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman)

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Primer beso: literatura y cine

El escritor argentino Manuel Puig publica en 1976 El beso de la mujer araña que cuenta cómo dos presos que comparten una celda… terminan traspasando, de alguna manera, las cuatro paredes. Uno es un preso político, cree en el cambio hacia una sociedad más justa, cree que una revolución es posible a través de la lucha, es estudiante, desconfiado e introvertido. El otro es un homosexual maduro y afeminado condenado por corrupción a un menor que huye de su desencanto a través de historias que recuerda haber visto en las pantallas de cine. Los dos transgreden las reglas sociales y establecen una relación sin prejuicios de ningún tipo que les libra de otras cadenas, los dos desnudan sus contradicciones y se unen en un espacio especial donde solo habitan ellos dos… aunque fuera de esas cuatro paredes no puedan tener finales felices. Esta novela la terminó el autor en el exilio…, 1976 es el año del golpe de Estado en Argentina.

… el autor argentino tiene una manera muy especial de contar la historia e involucrar al lector en ese mundo creado por Valentín y Molina. Solo hay diálogos… pero la maestría es que construye una historia tremendamente compleja y hermosa. Normalmente solo son entre Valentín y Molina en la celda. Pero otras veces, y en formato más teatral, son entre el director de la prisión donde se encuentran encerrados y Molina. Para averiguar el final de los dos personajes fuera de las paredes, se nos facilita un informe policial… y a un Valentín torturado que logra viajar en un sueño.

En estos diálogos Molina es un contador de historias que envuelve a Valentín y al lector con sus ensoñaciones y particulares versiones de películas que ha visto en la pantalla. Molina es emoción, pasión, sentimiento… soñador… Valentín es racional, volcado en la causa y trata de huir de las emociones y los sueños… Pero ambos dialogando, encontrándose, contándose historias (se mezcla la ficción de las películas con sus historias reales, sus secretos, sus pasados fuera de las rejas) sufren una transformación. Uno da rienda suelta a las emociones, el otro muestra su parte más racional y desnuda su consciencia sobre su situación, su dolor, su futuro. Ambos se funden en uno.

Molina se deja llevar por las apasionantes historias de amor de heroínas sufridoras, mujeres que aman y se sacrifican, deja aparte el contexto de la película. Él se identifica con esas mujeres que sufren y aman al hombre sobre todas las cosas… por eso son amores desgraciados, historias tristes. Y, de manera inesperada, se convierte en esa mujer entregada con la que sueña… Valentín se deja llevar por esas historias cinematográficas, primero las analiza, las racionaliza y contextualiza… hasta que termina emocionándose con ellas, sueña, encuentra un camino a la libertad… para no morir vencido en una prisión.

Así Manuel Puig crea un maravilloso juego de realidad y ficción donde culmina y se entiende la importancia de ese beso de la mujer araña… Entre las historias que le cuenta Molina a Valentín hay dos relatos minuciosos de dos películas de Tourneur, La mujer pantera y Yo anduve con un zombie. Y después tres relatos cinematográficos de amores complejos y desgraciados: uno corresponde a una película de propaganda nazi y el trágico amor entre una artista francesa y un nazi, el otro un drama de amores cruzados (el de una mujer soltera que recuerda su amor de juventud cuando una joven pareja alquila una habitación de su vivienda. Pero el joven tiene que ir a la guerra y regresa desfigurado y rechazado por su novia. Entonces surge una especial relación de amor entre el joven desfigurado y una joven sirviente no muy agraciada. Un personaje ciego es el que les hace “mirar” de otra manera para que apuesten por su relación) y por último un melodrama mexicano sobre una artista atrapada en una relación con un mafioso y un joven periodista enamorado… una pasión que transcurre entre carnavales, playas, boleros, enfermedades y tugurios…

Estas historias forman un círculo (y de alguna manera reflejan muchos cabos que tienen que ver con los secretos más interiores, con las almas de Molina y Valentín)… si empieza con una mujer pantera que teme besar al hombre amado por si le desgarra y le lleva a la muerte…, termina con la petición de un beso… porque Molina no quiere ser mujer pantera, y como dice Valentín es mujer araña que atrapa con sus hilos-historias, y puede besar… Uno pide un beso y el otro expresa que no se deje nunca más humillar por otro, que eso no es justo, que eso no es bello.

Manuel Puig se sirve de la fascinación del relato cinematográfico para crear una hermosa novela que experimenta con la forma de ser contada y atrapa con su tela de araña y emociones.

Segundo beso: cine y literatura

Hector Babenco lleva esta compleja novela, pero emocionante, de Manuel Puig a la pantalla de cine en 1985. Y no era fácil. El encargado de adaptar esta novela a guion fue el hermano de Paul Schrader, Leonard. Lo que cobra importancia en la adaptación cinematográfica es el propio espacio que crean Molina y Valentín…, la propia celda. Y la recreación de esas películas “proyectadas” a través de las palabras de Molina… Así como la “visualización” de sus historias reales del pasado. La celda, ese espacio especial, y lo primero que ve el espectador con la voz de fondo de Molina… tiene a dos inquilinos de carne y hueso: Molina (William Hurt) afeminado y encantador de historias y Valentín (Raul Julia), el preso político que trata de no emocionarse y seguir con su lucha y con no volverse loco o no sucumbir al miedo a la muerte y la debilidad entre cuatro paredes. Y son esos dos actores, que hacen un trabajo actoral matizado, cuidado y genial, los que logran crear una química especial que culmina con una unión sincera, venciendo prejuicios, contradicciones, muros, paredes y cárceles interiores.

En la novela, Puig es más subversivo y va más allá que en la adaptación cinematográfica. Por un matiz importante y el cambio de un pronombre. Cuando Valentín, tras la inyección de morfina, tiene su sueño… y se va con la mujer ensueño (a la que pone el rostro de la única mujer que de verdad ha amado, Marta, y que su historia se acabó porque él quería continuar con la lucha política), le dice: “¡Marta, ay cuánto le quiero!, eso era lo único que no te podía decir, yo tenía miedo de que me lo preguntaras y de ese modo sí te iba a perder para siempre, ‘no mi Valentín querido, eso no sucederá, porque este sueño es corto pero es feliz?’”. Ese “le” cobra importancia porque Valentín se lleva esa relación especial que construyeron en la celda Molina y él. En la película sin embargo, no existe un “le” sino un “te”… que cambia el sentido final de la historia (pero por otra parte acentúa el papel de “heroína sacrificada” de Molina).

La película, no obstante, capta bastante bien el “espíritu” y el significado de la novela, además de lograr trasladar con lenguaje cinematográfico y buenas decisiones en la puesta de escena esta difícil novela. De todas las historias ficticias que le cuenta Molina a Valentín, sí que la película de Babenco apuesta por la más provocativa de la novela (pero no la más hermosa…, me quedo con la que transcurre en Veracruz): la película de propaganda nazi que a Molina le entusiasma por la historia de pasión y amor. El espectador ve “su proyección” a través del relato oral de Molina, imitando a una mala película de propaganda. Y el juego cinematográfico funciona sobre todo al poner el rostro de la heroína con la cara de Sonia Braga, que luego descubriremos que es el rostro también de Marta, ese amor oculto de Valentín… y la mujer de ensueño con la que huye para ese sueño corto pero feliz. Porque podemos pensar que esa proyección visual es la que se hace el propio Valentín transformando también las historias que le cuenta Molina.

Y, por último, la película acierta con el traslado de esa “investigación policial” que cuenta el final de Molina…, convirtiendole realmente en una “heroína sacrificada” de película de acción y thriller político con un halo de romanticismo trágico. Así como el final de un Valentín, tras una tortura que le ha dejado al borde de la muerte, que le deja vivir en un sueño feliz. Ahí he podido encontrar la misma magia que con una antigua película de Hathaway Sueño de amor eterno (1935), donde un preso con cara de Gary Cooper lograba también su libertad y la unión con su amada a través de los sueños…

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Mi regalo de cumpleaños. Jeanne Eagels (Jeanne Eagels, 1957) de George Sidney

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Descubrir un clásico siempre es un bonito regalo que aprecio. Me llamó la atención la pareja de actores protagonista (Kim Novak y Jeff Chandler), su director y que se rescatara con esta película una figura del pasado, una figura de los escenarios y del cine mudo que brilló hasta la revolución del cine hablado…, fecha de su fallecimiento (1929), Jeanne Eagels. Triste personaje femenino perteneciente al Hollywood oscuro, al de Babilonia, ese que reflejó Kenneth Anger en sus dos volúmenes. Triste personaje que vivió las mieles y los túneles oscuros de la fama… como Frances Farmer, Mabel Normand, Clara Bow… y un largo etcétera.

Jeanne Eagels fue escalando y escalando desde pequeños teatros, hasta ser una de las chicas de las Ziegfeld Follies, pasando por teatros más importantes hasta llegar a Broadway y también a Hollywood. También su vida se vio rodeada por el alcohol y la heroína así como una inestabilidad sentimental. Sus papeles más recordados tienen que ver con el escritor William Somerset Maugham. Uno de sus triunfos en los escenarios fue con la obra Rain, que después sería llevada al cine. La prostagonista, Sadie Thompson, tendría el rostro de celuloide de Gloria Swanson, Joan Crawford y Rita Hayworth. Pero durante muchos años Sadie en el escenario fue Jeanne Eagels. Y a título póstumo, recibió una nominación al oscar por una película (en plena revolución del sonoro), La carta, que años después sería una de las grandes películas que realizó William Wyler con Bette Davis. Finalmente, no se sabe si la muerte de Eagels fue provocada por una sobredosis o fue suicidio.

Y la película de George Sidney me ha sorprendido porque dibuja un triste y decadente retrato de la protagonista y filma una bella historia de amor imposible. La Jeanne Eagels de la película nada entre el biopic (con varias licencias para ficcionar la vida de la protagonista) y el melodrama romántico. Jeanne Eagels se aleja del cine technicolor, musical (Escuela de sirenas, Levando anclas, Magnolia o Bésame Kate) y aventurero (Los tres mosqueteros o Scaramouche) del director para decantarse por un retrato amargo en blanco y negro. Fue el segundo de sus trabajos con Kim Novak (la dirigiría tres veces, también en La historia de Eddy Duchin y Pal Joey), que mostraría cómo su fría y perfecta belleza era adecuada para mujeres complejas y atormentadas como Jeanne Eagels.

La película centra la trama en la historia de amor imposible e intermitente entre Jeanne Eagels y Sal Satori (atractivo Jeff Chandler), un feriante, y en el ascenso y descenso de la actriz por un camino de traiciones, adicciones e insatisfacciones vitales que la arrastrarán al abismo. Los momentos culminantes de ese amor son reflejados con una belleza extrema (tanto de puesta en escena…, como de diálogos): el primer beso bajo una lluvia torrencial trabajando en la feria, los dos montando por la noche en un carrusel de caballitos hasta que acaban en el suelo, él diciéndole a ella que se bebería su hermoso pelo, él mirando cómo ella se desviste para meterse en el mar… como si fuera una Afrodita y una de esas declaraciones de amor imposible (que suelo coleccionar) donde él le dice a Jeanne que si volviera a nacer y le dijeran que volviera a repetir su vida con éxito pero sin ella, que lo rechazaría, que prefiere haber vivido con lo poco que ha tenido de ella. O esa escena final con una Jeanne en la pantalla de cine, inmortalizada, y a Sal llorando en la sala.

Jeanne Eagels se la presenta como una joven con ambiciones que tiene claro que quiere llegar a lo más alto en los escenarios. Sin embargo no pondrá freno alguno a sus deseos que la volverán inestable e insatisfecha así como caer en diversas adicciones. En su camino no solo se cruza Sal Satori, sino también su profesora de teatro (Agnes Moorehead) o el productor (Larry Gates). Y ese deseo hará que traicione a una madura actriz en decadencia (magnífica Virginia Grey, apenas aparece pero con ella y el lenguaje cinematográfico se nos cuenta toda su historia y su trágico final) para conseguir un gran papel, este hecho será el punto del declive. Kim Novak logra dar al personaje esa inestabilidad emocional con su hieratismo y sus explosiones de humor. Logra un personaje a la vez hierático y frágil. Finalmente extremo.

La película cuida los ambientes… desde el mundo de la feria, como un inesperado paraíso (pero también a veces un lugar sórdido…, depende de la mirada o el estado de ánimo de los personajes), hasta las bambalinas del teatro (con sus glorias y miserias) o el rodaje de una película… pasando por la decadencia de un matrimonio que se consume en la soledad y el alcohol (entre hoteles y apartamentos) –cuando la película refleja el matrimonio de Jeanne con un jugador de fútbol americano acabado–… auntodestruyéndose poco a poco. Uno de los puntos interesantes de la película es la posibilidad de ver en acción en un plató de cine al director Frank Borzage, ya maduro, y a su hermano Lew (como asistente de dirección) como en El crepúsculo de los dioses habíamos visto a Cecil B. DeMille.

Y el rostro impasible de Kim Novak con un cuerpo perfecto de belleza griega que surge de la feria (como alega Sal en un juicio porque la han detenido por inmoralidad en su espectáculo) para brillar en los escenarios pero para terminar hundiéndose en el alcohol, la heroína y una continua insatisfacción y remordimiento… convierten a Jeanne Eagels en un melodrama de la parte oscura de la fama y el éxito en aquellos locos años veinte.

… este descubrimiento ha sido un bonito regalo.

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Reflexiones alrededor de Gordon Gekko. Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone/ Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone

¿Por qué Gordon Gekko (Michael Douglas) es el personaje recordado de aquella película de los ochenta y por qué el mismo director le recupera en 2010? Porque los Gekko del mundo se reinventan, se multiplican, hunden, se hunden y vuelven a resurgir con fuerza, como si no hubiese pasado nada. Y vuelta a empezar.

Y sin embargo para mí el gran personaje, el verdadero héroe, de Wall Street (primera parte) es Carl Fox (Martin Sheen)… ¿alguien se acuerda del padre del protagonista, Bud Fox?¿Alguien recuerda a ese hombre fiel a sus principios, trabajador, honrado, buen compañero, sin pelos en la lengua, carismático, luchador…? Él no se merece una secuela…

He tenido la oportunidad de ver estas dos películas seguidas, una detrás de otra (una un lunes, otra un martes), y es un díptico perfecto con un gran pero. El gran pero es el final de Wall Street 2. Termina como una absurda fábula con final feliz, ¡si tenía el final perfecto con Gordon Gekko en Londres… resurgiendo de las cenizas habiendo pasado totalmente de su hija y futuro yerno…! A no ser que ese absurdo final lo tomemos como una ironía, un juego de Oliver Stone… como diciéndonos: en un mundo en crisis ganan los de siempre, perseveran los mismos. Y las niñas pijas con web de izquierdas siguen felices entre tiburones en su cárcel de cristal…, las pobres no saben nada y son muy atormentadas (los tiburones: su marido vengador pero moderno porque quiere sacar beneficios –pero con paciencia– de las energías renovables y su papá que efectivamente no ha cambiado nada pero bien poco que le importa… aunque queda bien tener una familia y encontrar un sucesor). Quizá, entonces, el final no sea tan malo, incluso puede que sea una buena bofetada.

Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone

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El conflicto de esta película está perfectamente servido: el joven cachorro entre dos figuras paternas. Uno le lleva por la codicia y el dinero fácil, el otro por la vida honrada, con principios, con la regla del trabajo bien hecho y el valor del esfuerzo. Ahí se construye un drama. El joven cachorro renuncia al padre biológico y se va corrompiendo a buen ritmo por el protector sin escrúpulos… hasta que se da cuenta de que es un mero instrumento, que le han utilizado y que además va a perjudicar a la persona que más quiere, su padre. Entonces el camino de la redención es duro: es detenido y no puede evitar llorar y sin duda terminará pisando la prisión aunque se lleve por delante, en el camino, a Gekko. El joven Bud Fox en su bajada a los infiernos está acompañado por compañeros pesados, compañeros ancianos y sabios, compañeros fracasados y otros tiburones de la misma escuela que Gekko. Y también diversas mujeres floreros sin relevancia alguna en sus vidas… De fondo la bolsa, Wall Street, los tiburones que compran, venden, devoran, ejecutan, refunden empresas sin importarles en absoluto el capital humano, los años de trabajo, el producto que se elabora, los ciudadanos… Manejan el mercado sin escrúpulos, mienten, rumorean, tumban, perjudican… sin responsabilidad alguna. A veces les pegan un sustito, les pillan (después de haber hundido a los países y sus economías)… como mucho unos añitos de cárcel y vuelta a empezar en una segunda parte.

Oliver Stone deja sin embargo enfrentamientos y escenas memorables para dibujar perfectamente a sus personajes. La discusión en el ascensor y en la calle entre padre e hijo, la reconciliación en el hospital, el discurso sobre la codicia de Gekko ante una de las empresas que se va a comer sin piedad alguna o el mismo personaje, que se cree invencible (y casi lo es) y que mueve los hilos, admirando un amanecer mientras habla con un pedazo móvil dinosaurio.

Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone

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Y Oliver Stone no deja ni un cabo suelto en esta segunda parte… hasta el pedazo móvil dinosauro sale… Esta vez lo que nos cuenta es que Gekko sale de la cárcel y vuelve a encontrarse super a gusto en el mundo que maneja porque nada ha cambiado. El hombre empieza a ganarse la vida escribiendo libros, dando conferencias y aconsejando a los demás. Y hay otros tiburones que se comen entre sí y manejan como quieren el mercado, y sin caérseles los anillos, provocan crisis económicas desastrosas… y luego son los únicos que saben beneficiarse y enriquecerse de ellas. La recuperación de los ciudadanos y países les trae totalmente al pairo. Ellos se hunden y vuelven a resurgir cual ave fénix y crean alianzas según les conviene.

El director vuelve a crear una ópera trágica de padres e hijos, de protectores y protegidos, de rumores y venganzas… Pero esta vez se permite un irónico (u horrible, según se mire) final feliz. Incluso puede que Gekko se enamore de nuevo de otra mujer florero, la mamá de su yerno. Todo queda conectado con la primera parte hasta Bud Fox que hace patética y triste aparición en la secuela. Queda claro que no siguió las enseñanzas de su padre…, se quedó en el mundo de Gekko, y este le niega hasta el protagonismo en su detención y encarcelamiento, le convierte en pura anécdota.

Esta vez Oliver Stone crea a un personaje plano (no tiene evolución alguna) que se llama Jake Moore (Shia LaBeouf) que se enfrenta a tres padres adoptivos: Louis Zabel (un banquero de la vieja escuela que no se maneja bien en los nuevos tiempos. No le pasa lo mismo a otro viejo banquero con la anciana cara de Eli Wallach), Bretton James (un banquero depredador y motero con rostro de Josh Brolin), y su futuro yerno Gekko. Los tres personajes más potentes de esta secuela. A Jake Moore parece que le mueve la venganza (pero también el ansia de vivir muy bien y feliz, el ser pragmático, vamos), cuando hunden a su mentor, Louis Zabel (un magnífico Frank Langella), se pone en marcha. Antes vemos la caída de Zabel que Stone cuenta con maestría y con una narrativa cinematográfica que atrapa. Después vemos la caída del rey depredador de ese momento, Bretton James (que seguro resurgirá de las ceniza) y el nuevo nacimiento de Gekko, que se siente de nuevo a sus anchas mientras el mundo se derrumba a su alrededor…

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Ramillete de minicríticas: un cuento, una de dibujos, una de intriga, un thriller, una comedia musical y una película sobre la crisis económica

Cenicienta (Cinderella, 2015) de Kenneth Branagh

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A veces llama la atención la trayectoria de ciertos directores. Así ocurre con Kenneth Branagh, su carrera empezó a finales de los ochenta y se caracterizó por personales adaptaciones cinematográficas de las obras de Shakespeare y largos con firma de autor que reflejaron, por ejemplo, la radiografía de una generación, como Los amigos de Peter. De pronto cuando se traslada a trabajar a Hollywood y deja la cinematografía británica…, se convierte en un director de encargo que no obstante sabe lo que es dirigir. Así entrega una descafeinada Cenicienta sin ninguna imaginación, innovación o novedad en el cuento (todo lo contrario a sus adaptaciones de Shakespeare). La Cenicienta de Branagh, cercano a la imaginería que dejó la adaptación que realizó Disney en su versión de cine animado, sí deja ver su dominio como director en la puesta en escena y en su conocimiento de los recursos teatrales poniendo al servicio de la historia todo el artificio y sorpresa del teatro barroco así como el cuidado en la fastuosidad de los decorados y los vestuarios de los actores. Y consigue de nuevo enganchar al espectador, a través del asombro sobre el escenario de la historia, a un relato que conoce sobradamente.

El capital humano (Il capitale umano, 2014) de Paolo Virzi

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Paolo Virzi sigue analizando la evolución de las familias italianas (y las complejas relaciones entre los distintos miembros), y si en La prima cosa bella se centraba en la situación de una familia en los años setenta hasta la actualidad, en El capital humano se sirve del argumento de la novela de Stephen Amidon para realizar una radiografía actual de las familias italianas y cómo ha influido en ellas la crisis económica. Así con el atropello de un ciclista, analiza el comportamiento de una familia de clase alta y otra de clase media en un relato cinematográfico que cuenta con diferentes puntos de vista para llegar al mismo momento (el accidente) y narrar las implicaciones que supone este suceso en cada uno de los personajes. Cada punto de vista revela acontecimientos que no habíamos tenido en cuenta en miradas anteriores construyendo un relato demoledor sobre la Italia en crisis (sobre los que siempre ganan y los que siempre siguen perdiendo). Si bien uno de los puntos de vista es el más débil del relato y el más efectista (los amores adolescentes), la película deja el retrato demoledor de tres personajes interpretados por: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi y Fabrizio Gifuni. Como curiosidad comentar que quedaría un ciclo curioso sobre la crisis y el poder del dinero el proyectar El capital humano, Felices 140 y Relatos salvajes.

La familia Bélier (La famille Bélier, 2014) de Eric Lartigau

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La familia Bélier sabe dosificar la emotividad, el humor, la ternura, los momentos musicales en su punto justo. El conflicto surge cuando en una familia rural donde todos son sordos (los dos padres y el hermano menor), la hija, la única que oye, tiene un don para la música y decide participar en un concurso que la llevará a París. Tal y como han hecho “el reparto de responsabilidades y trabajo” en esta familia parece insustituible la labor de la joven, más todavía cuando su padre pretende presentarse a la elecciones locales. Así Eric Lartigau (nunca me había llamado la atención como director) construye una película-medicina que no solo deja canciones de Michel Sardou que emocionan (me sorprendí yo misma llorando sin parar mientras escuchaba “Je vais t’aime” y “Je vole”) sino unos personajes con los que es inevitable encariñarse. La familia Bélier es una comedia sensible y sencilla (a la que quitaría tan solo algún que otro chiste de índole sexual que me sobran totalmente en la trama y algún secundario excesivamente caricaturesco) que además cuenta con las buenas interpretaciones de François Damiens, que mantiene una química especial con la debutante y cantante Louane Emera (que cuenta su mejor baza con su naturalidad), Karin Viard y un carismático Eric Elmosnino como profesor de música. El director inserta recursos cinematográficos para “representar” el mundo silencioso o el propio de la protagonista viviendo con todos sus familiares sordos que funcionan, como la presentación de la protagonista dando especial importancia a todos los sonidos que solo ella puede escuchar o el momento en que ofrece “cómo oyen” los padres y su hermano la actuación de la protagonista en un festival escolar.

Odessa (The Odessa file, 1974) de Ronald Neame

Casi es un subgénero aquellas películas que cuentan el paradero de nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Así es imposible olvidar títulos como Los niños del Brasil, Maraton Mann, La caja de música o la misma Odessa. Y las más recientes La conspiración del silencio o El médico alemán. Odessa narra la odisea (valga la redundancia) de un joven periodista alemán freelance, con el rostro de Jon Voight, que comienza a investigar el caso de un suicidio, un anciano judío. La casualidad y el destino le llevará a perseguir a un antiguo dirigente nazi, Eduard Roschmann (Maximilian Schell), que ahora vive como un respetable y rico empresario con otro nombre. Así el periodista descubre un movimiento que se dedica, precisamente, a dar otra identidad a nazis y a conseguir que de nuevo se hagan con el poder en Alemania ocupando importantes puestos. La cinta empieza cuando el periodista escucha en la radio de su coche la muerte del presidente de los EEUU, John F. Kennedy, y cómo presencia casi a la vez la salida de un cadáver de un portal, un cadáver al que probablemente ningún medio le dedicará unas líneas. Sin embargo esa muerte le pondrá tras una historia más unida a su pasado de lo que cree (ese pasado que la sociedad alemana quiere enterrar en el olvido y el silencio, algo que aprovechan las personas que ponen en marcha Odessa y que dificulta la lucha de otros por devolver la dignidad a las víctimas de un genocidio y por juzgar a los criminales). Ronald Neame crea un thriller con apasionantes persecuciones, escenas de tensión (como un “falso accidente” en el metro) y desvelos hasta un final inesperado.

Chacal (The Day of the Jackal, 1973) de Fred Zinnemann

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Hay películas que cuentan con un personaje que es capaz de sostener toda una trama. Y esto ocurre con esta eficaz intriga que elabora el veterano Fred Zinneman. Chacal es un asesino contratado para matar al general Charles de Gaulle. Después de contextualizar la narración (explicar brevemente la situación histórica de Francia y que es la OAS), aparece el misterioso Chacal (Edward Fox), del que nadie sabe a ciencia cierta su verdadera identidad, y su laborioso plan para llevar a cabo su encargo: el perfecto asesinato de Charles de Gaulle. Y así se convierte en el rey de la función. Todo gira alrededor de él y su calculada y fría personalidad. Así la película intercala las acciones de Chacal con el proceso de investigación que llevan a cabo las autoridades francesas. El principal responsable de la investigación es un comisario con rostro de Michael Lonsdale, un tipo inteligente con pinta de funcionario gris que seguirá sin descanso a Chacal…

Paprika, detective de los sueños (Papurika, 2006) de Satoshi Kon

La animación japonesa, anime, es un terreno absolutamente rico (y muy desconocido para Hildy… aunque va indagando de vez en cuando en pequeñas dosis a base de recomendaciones de amigos entusiastas) y con una historia intensa. Dentro del anime japonés hay iconos. Algunas de estas películas saltan fronteras. Así las películas de Hayao Miyazaki o de Isao Takahata (ambos fundadores del mítico estudio Ghibli) tienen fieles apasionados más allá de Japón. Otro nombre con largometrajes de anime de culto es el de Satoshi Kon, que crea también su personal universo. Así sorprende la riqueza de Paprika, detective de los sueños que envuelve al espectador en un mundo onírico y sin sentido con un montón de referencias cinematográficas (que mejor representación del mundo de los sueños que una sala de cine). La animación ayuda a verter la imaginación desbordada y extraña por parte de Kon en la pantalla blanca y sus personajes se meten en sueños ajenos o en los propios o llegan momentos en que no sabemos si habitan el mundo real o onírico para desarrollar una complicada historia de detectives, científicos y tecnología punta. Todo entra en Paprika: la inconsciencia de los sueños, los miedos más profundos, el erotismo, la amistad, la fantasía y el amor desbordado y complejo. Este anime ha influido en cineastas como Christopher Nolan que sin duda antes de meterse en Origen, conocía el especial universo onírico de Kon en Paprika.

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