Nashville (Nashville, 1975) de Robert Altman

Nashville

Para cuando el bello cantante folk Tom Frank (Keith Carradine) deleita con la canción I’m easy y todas las mujeres con las que ha estado y que están presentes en el local creen que es una canción escrita para ellas, Robert Altman ya ha hipnotizado a los espectadores con esta sátira coral (era un director totalmente dotado para los relatos cinematográficos corales) sobre la América de los setenta. Así como el cantante expresa en notas musicales que él es una persona fácil… pero somos conscientes de que no es así, de que Tom no es una persona fácil, lo mismo pasa con Nashville, que puede parecer una película musical de los setenta sobre la capital de la música country y, sin embargo, es un rico, crítico y complejo tapiz político y social sobre la América de los setenta.

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Un sombrero lleno de lluvia (A Hatful of Rain, 1957) de Fred Zinnemann

Un sombrero lleno de lluvia

Aviso de Hildy: sigue fallando intermitentemente el apartado de comentarios, pero ¡espero que pronto se solucione! De nuevo mil perdones… Una de las mayores riquezas de este blog son sin duda las buenas aportaciones de sus visitantes.

… Otto Preminger rueda El hombre del brazo de oro en el año 1955 y abre la veda sobre el tema de las drogodependencias para tratarlo sin tapujos, directamente. Los tiempos del código Hays ya no tienen sentido y los cineastas desean contar otras historias, mostrar otras realidades, saltarse los temas prohibidos. Entre ellos la dependencia a distintas sustancias. Tan solo películas del periodo silente y del periodo pre-code tocaron el tema con naturalidad, después una vez instaurado el código Hays, las drogas quedaron vedadas. Si se mostraba era de manera excesivamente velada y más contando con la imaginación del público (y sobre todo en algunos géneros determinados como el cine negro), además desde una mirada condenatoria.

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El espía que surgió del frío (The spy who came in from the cold, 1965) de Martin Ritt

El espía que surgió del frío

Durante los años sesenta hubo un cine de espías muy diferente al mundo representado por James Bond. Todo empezó con El espía que surgió del frío. El universo del novelista John Le Carré nada tenía que ver con el que presentaba Ian Fleming. Por tanto los cineastas que adaptaron a Le Carré nada tuvieron que ver con los que adaptaron a Fleming… Ni tampoco los actores que se convirtieron o en espías con glamour o en espías que llevaban el desencanto sobre sus hombros.

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10 razones para amar El último refugio (High Sierra, 1941) de Raoul Walsh

Razón número 1: Humphrey Bogart

El último refugio

Durante los años treinta Bogart iba de un papel secundario a otro y se le identificaba como el rostro del gánster, el bandido o el malo de la película. Así iba pasando de El bosque petrificado con su gánster Duke Mantee que secuestraba a un grupo variopinto de personas en una casa de madera a esa joya de Wyler, Callejón sin salida, donde era el gánster que regresaba a su barrio natal; en Ángeles con caras sucias se convertía en un abogado corrupto y traidor o en el melodrama Amarga victoria era un oscuro mozo de cuadras… Pero faltaba el matiz o el halo que le convertiría en estrella y a sus personajes en iconos para la memoria cinéfila. Y ese matiz o halo lo adquirió ya completamente (tuvo muchos años de entrenamiento y formación) con su personaje de Roy Earle en El último refugio. Ese papel fue un punto de inflexión en su carrera. Su personaje pasó del puro cine de gánsteres (como también demostró en otra joya de Walsh, Los violentos años veinte) al cine negro, y su personaje iba adquiriendo un fondo: un tipo duro, fiel a sus ideales, solitario, melancólico, desencantado y desengañado pero tremendamente romántico. Un perdedor con encanto y por convicción. Así Bogart fue campando por el cine negro, con su desgarro y desencanto, en ese mundo de sombras y destinos sombríos. Pero supo diversificarse y ofrecer también en otros géneros al galán duro pero irreversiblemente romántico…

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Documentamadrid 2016. Destellos (segunda parte)

Destellos que me llevan a mil y un cortos donde viajo de Corea a una Rentería imaginaria o al blanco y negro de tiempos oscuros, de guerra filmada, hasta desembocar en un paisaje apocalíptico con las abuelas de Chernóbil que no temen la radiactividad, dicen que es peor el hambre que pasaron en otros tiempos.

Primer destello. Primer pase de la sección oficial de cortometrajes

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… Un solo pase y el espectador salta de una historia a otra, de un mundo a otro. Desde Corea una historia emocional y de sentimientos en una sociedad que se moderniza… pero no evita recuerdos del pasado, ni heridas ni tristezas, ni los lazos familiares, ni el reflejo de complejas relaciones entre madres e hijas… (Der Bittere apfel vom stamm de Hana Kim).

El estudio del ser humano se puede abordar de las maneras más originales…, por ejemplo, subiendo a varias personas (jóvenes, mayores, hombres, mujeres…) por primera vez a un trampolín de diez metros de altura… y observar si decidirán tirarse a la piscina, o si dudarán, qué pensarán, cómo se expresaran, si saltarán o no o si al final volverán a bajar las escaleras. Así se consigue un corto con momentos de suspense, con otros cómicos (dúos divertidísimos); o momentos de terror con otros valientes o el de más allá desde un triste fracaso solitario, combinados con momentos de gran belleza ante el salto realizado a cámara lenta que marca un ritmo, un baile ante la vida (Hopptornet. Ten meter tower de Axel Danielson, Maximilien Van Aertryck).

Hay relatos entrañables… como un delicado y divertido collage visual, Bacon&God’s wrath de Sol Friedman nos pone frente a frente a una anciana judía de 90 años que por primera vez va a desayunar bacon. Así antes de la hazaña cotidiana, la anciana reflexiona sobre diversos temas (religión, cocina, sueños, miedos e informática…) y recuerda su vida (memoria, familia, tradición y pasado).

Nuestros ojos son testigos de una fiesta ritual en una localidad de EEUU. En Pahokee, Florida, las familias, con grandes problemas económicos, tiran la casa por la ventana durante el baile de graduación de sus adolescentes. Ese día hay que brillar con peinados imposibles, trajes de lujo y coches impresionantes…, aunque al día siguiente todo siga igual y no haya posibilidad de futuro (The send off de Ivete Lucas, Patrick Bresnan).

Y la joya de la corona de este primer pase para Hildy Johnson: Yo no soy de aquí de Maite Alberdi (ya visitó Documentamadrid el año pasado con el largometraje La Once), Giedrė Žickytė. Con una sensibilidad especial, ternura a raudales y un humor inteligente, se nos cuenta una historia triste sobre la memoria y el amor a la tierra natal. En una residencia de ancianos chilena conocemos a una mujer de 88 años, Josebe, llena de personalidad, carácter y vitalidad. Pero vamos descubriendo que Josebe vive su particular día de la marmota. Ella piensa una y otra vez que tan solo está ahí de visita. Tiene claro que es del País Vasco, de Rentería, pero la tierra que ella recuerda es la de su infancia y juventud. Después con su esposo vivió durante décadas en Chile… pero ahora que va perdiendo la memoria, le queda un lugar de orgullo, su tierra natal y su idioma del alma… y una y otra vez, incansable, se lo repite a sus compañeros de residencia. Es el lugar seguro…, cierto.

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Fernando Fernán Gómez, director. Sesión continua.

Solo para hombres

Descubrir al Fernando Fernán Gómez, director de cine. El programa de La 2 Historia de nuestro cine está ejerciendo una buenísima labor de divulgación. De esta manera se están programando y emitiendo películas, algunas muy difíciles de acceder a ellas, de cine español. Y se están completando filmografías muy interesantes. Como por ejemplo la de Fernando Fernán Gómez. Últimamente he podido ver tres de sus películas como director que nunca había visto, y me han deparado buenas sorpresas.

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La patrulla perdida (The lost patrol, 1934) de John Ford

la patrulla perdida

La patrulla perdida fue uno de los primeros éxitos sonoros de John Ford, un director pionero que ya había adquirido los secretos del lenguaje cinematográfico durante su etapa muda. Ahora había que dominar más frentes tras los avances tecnológicos. Y poco a poco el director iba construyendo su identidad cinematográfica. Es curioso ver cómo John Ford durante los años 30 tocó muchos palos y temas (algunos controvertidos y permitidos por el periodo pre-code, aunque Ford nunca eludió tocar temas complejos)… películas de boxeo, de aventuras marinas, bélicas, cine histórico, cine social, drama judicial… hasta que en 1939 rodó La Diligencia y encontró un género (del que no era en absoluto ajeno, recordemos su obra muda: El caballo de hierro o Tres hombres malos), el western, en el que no solo se especializó (pero, por supuesto, siguió tocando otros géneros como el bélico, el de aventuras y el cine social, que muestran que fue un director versátil y que puede ser tremendamente rico el análisis de su extensa filmografía), sino que además dio rienda suelta a su firma de autor. Una firma que había ido construyendo y creando desde su etapa muda y sus inicios en el sonoro. La patrulla perdida es uno de esos pasos hacia la formación de una potente personalidad cinematográfica, pero con cualidades que la convierten en una película fantasmagórica y extraña a la vez.

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10 razones para amar Matar a un ruiseñor (To Kill a mockingbird, 1962) de Robert Mulligan

matar a un ruiseñor

Razón número 1: una caja de secretos

Porque desde los títulos de crédito de Matar a un ruiseñor te sumerge en una atmósfera especial; no solo es la melodía delicada de Elmer Bernstein, sino las imágenes y el sonido de fondo. Las manos de Scout Finch (estoy segura que son las de ella) abren una vieja caja, mientras tararea una canción. Esa caja que todos tuvimos en nuestra infancia con tesoros maravillosos. La cámara se acerca a los objetos ocultos, que las manos infantiles van tocando: primero coge una cera y va pintando en un folio el fondo, del cual va surgiendo el título de la película. Después la cámara sigue recorriendo los tesoros, un viejo reloj sin agujas, un imperdible, unas monedas, un portaminas, una canica… Después de nuevo vemos las manos de la niña que realiza un dibujo infantil, una especie de pájaro…, vuelta a la caja para coger más pinturas, y una de las canicas se desplaza, hasta chocar con otra. De nuevo volvemos a una panorámica de toda la caja, donde además claramente se ven unos muñequitos tallados de una niña y un niño. Y la niña sigue dibujando unas ondas, quizá una representación del cielo o una nube, y de vuelta a la caja, donde hay recambios de plumas estilográficas, la canica, el reloj, más canicas, puede que una especie de pequeña armónica, un silbato… Y la niña terminando su dibujo. Tira la cera a la caja y oímos su risa ante su creación terminada… y de pronto rasga el papel. ¿Hay manera más hermosa de introducirte en el universo infantil y en el punto de vista que se va a tomar?

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Sangre en el rancho (Man in the shadow, 1957) de Jack Arnold

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Sangre en el rancho ha sido una grata sorpresa para descubrir a un director que Hildy Johnson tenía más asociado a géneros como la ciencia ficción, el fantástico o el terror y a una película que marcó su infancia. Así ocurrió con El increíble hombre menguante, sentí la angustia de su protagonista Scott Carey… condenado a desaparecer, a no poder evitar ir haciéndose cada vez más pequeño, y donde los objetos más cotidianos son amenazadores o los animales más inofensivos, monstruos. Años después, pero muchos años después, contemplé Vinieron del espacio o La mujer y el monstruo. Así que no conocía al Jack Arnold que toca otros géneros… y me sorprendo con esta película con aires de intriga, western y con gotas de denuncia social.

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Ecos neorrealistas. Pan, amor y fantasía (Pane, amore e fantasia, 1953)/ Pan, amor y celos (Pane, amore e gelosia, 1954) de Luigi Comencini

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En Pan, amor y fantasía en un momento cotidiano, el mariscal Antonio Carotenuto (Vittorio de Sica), del arma de carabineros, pasea por las calles de un pueblo de montaña, Sagliena (… un lugar que no viene en el mapa), y se encuentra con un paisano sentado en un banco de piedra que va a degustar un bocadillo… y le pregunta que de qué es. Y el vecino abre los panes, no hay nada en ellos, y contesta: de pan y fantasía… Luigi Comencini pone en pie una comedia italiana y que presupone además otros ecos muy diferentes para la corriente neorrealista: donde cabe la comedia, el costumbrismo, caras conocidas…, donde la cámara sigue en exteriores y se sigue reflejando una Italia de posguerra pero hay sitio para un pueblo idealizado donde existen las problemáticas sociales de posguerra suavizadas y matizadas, para conseguir una sonrisa en el espectador.

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