Diggers y Lou. Dos directoras, una película americana y otra australiana, las dos de cine independiente. Dos historias cotidianas…, mientras la vida va pasando… Dos buenas sorpresas, que esperan que las carreras de estas directoras tengan una continuidad y tristemente, de momento, parece que esa continuidad no llega. En una un Paul Rudd bien acompañado muestra que hay más vida tras sus roles para comedia, y en otra John Hurt sigue siendo grande.
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Distrito Apache, el Bronx (Fort Apache, the Bronx, 1981) de Daniel Petrie
Hace poco apareció por el blog una desconocida película de Petrie, La tercera víctima, con Kirk Douglas y Jean Seberg, y ahora el mismo director se encuentra detrás de Distrito Apache, el Bronx. Siendo las dos de una temática diferente hay algo que las une: un aire de desencanto y melancolía. Daniel Petrie se mete en una comisaria del Bronx, un barrio difícil y marginal, que los agentes apodan Distrito Apache, como si fuera un fuerte contra un mundo hostil. En el interior los agentes hacen lo que pueden, algunos caen en corrupciones y otros trapicheos, otros se limitan a realizar su trabajo sin que les molesten mucho y otros tratan de ejercer correctamente su profesión, como el agente Murphy (Paul Newman) y su joven compañero y amigo Corelli (Ken Walh).
La Juventud (Youth, 2015) de Paolo Sorrentino
“Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero eso es una gilipollez. Las emociones son lo único que tenemos”. Estas son los palabras que le dice Mick (Harvey Keitel), el director de cine que está erigiendo su testamento cinematográfico, a su amigo Fred Ballinger (Michael Caine), un compositor de música retirado. Y ahí está la clave de La Juventud de Paolo Sorrentino, que filma emociones. Así atrapa al espectador en su universo visual barroco y lo arrastra a un viaje emocional trufado de reflexiones sobre la vida. Lo inunda de belleza. De esta manera Sorrentino ofrece un torrente de imágenes y sonidos hermosos que provocan emociones que llevan a una reflexión catártica sobre el sentido de la vida.
Siempre nos quedará el western. El Dorado (El Dorado, 1966) de Howard Hawks/La venganza de Ulzana (Ulzana raid’s, 1972) de Robert Aldrich
El western es un género que siempre me depara buenas sorpresas. Un género con historia, con evolución e innovación. Un género que sigue vivo, que tiene muchas miradas que ofrecer. Que cuenta entre sus títulos con clásicos, con westerns crepusculares, otros increíblemente modernos u otros críticos con la historia que reflejan. Algunos directores se dedicaron de lleno al género e incluso crearon variaciones de una misma historia; como es el caso de Hawks, que aunque vienen de fuentes literarias diferentes, tanto Río Bravo como El Dorado forman una dupla de oro del western intimista, aunque por separado ambas son mucho más que puro entretenimiento. Y otros directores se dedicaron menos pero sin embargo sus westerns supusieron una evolución en el género, como Robert Aldrich, que encauzó el género a una mirada menos poética e idealista y sí a una mirada más violenta, crítica y realista, de perdedores supervivientes con una vuelta de tuerca a los estereotipos. Otra lectura a la historia del salvaje Oeste.
La fortaleza escondida (Kakushi Toride no San-Akunin, 1958) de Akira Kurosawa
A unos días de que se estrene La guerra de las galaxias: el despertar de la fuerza, séptima entrega de la saga que inauguró en 1977, George Lucas; recuperamos La fortaleza escondida. Pues una de las miradas sobre esta película de Akira Kurosawa es buscar las fuentes de inspiración de Lucas (pues reconoció que era uno de sus referentes) para su primera película en las galaxias. Sin embargo, La fortaleza escondida se mantiene ella sola, sin negar cómo dialoga con la película de George Lucas, como una entretenida y divertida película japonesa dentro del género de aventuras. Akira Kurosawa no solo domina el género sino que sigue tendiendo ese puente entre Oriente y Occidente (él era un gran amante del cine americano) que hacía que sus películas llegaran al otro lado del océano con un entendimiento de sensibilidades.
Una pastelería en Tokio (An, 2015) de Naomi Kawase
Mientras escucho la filosofía de vida de la anciana Tokue, protagonista de Una pastelería en Tokio, me viene a la cabeza otro personaje cinematográfico, Gesolmina. Ella, cara de alcachofa, encuentra en las palabras del loco equilibrista el sentido de la vida. Este dice que cada persona, cada objeto tiene una función en la tierra. Nada no vale nada… hasta un pequeño guijarro o una judía sirve para algo. La mujer payaso está ahí para dar cariño, sin pedir nada a cambio, al bruto de Zampanó. Y este solo se da cuenta cuando es demasiado tarde… pero se da cuenta y termina siendo consciente de su terrible soledad. La anciana Tokue añade a la filosofía que el loco susurra a Gesolmina que todas las cosas esconden una historia y hay que oírlas detenidamente y mirarlas. Con calma. De pronto, dialoga el cine de Fellini con el de Naomi Kawase… desde dos ópticas totalmente diferentes pero que confluyen en una misma filosofía de vida.
Truman (Truman, 2015) de Cesc Gay
Truman es auténtica. Y me refiero a la autenticidad que se siente al compartir los mismos sentimientos y emociones que tan bien describe la película. Cesc Gay ha vivido lo que narra y su mirada cuenta con la experiencia, se nota. Truman habla de despedidas. De cómo afrontar la muerte, tanto el que se va como los que se quedan. Truman es sencilla, directa. Pero toca.
Comedia con fantasmas de Marcos Ordóñez (Libros del Asteroide, 2015)
Un viaje a través de la memoria de Pepín Mendieta, el rey de la comedia. Comedia con fantasmas es una novela que rescata el espíritu de los escenarios de teatro españoles en un largo periodo histórico: de 1925 a 1987. Pero también está bien presente el mundo del cine. Cine y teatro de la mano para unas páginas apasionantes pobladas de recuerdos y fantasmas. Pues eso es rememorar, mirar una vieja fotografía o una película lejana… traer a la vida aquellos fantasmas que formaron parte de nuestra existencia y nos hicieron tal y como somos. Marcos Odóñez te sumerge en un mundo de fantasmas que cobran vida… y, como lector, no quisieras que bajase nunca el telón.
Los siete magníficos (The magnificent seven, 1960) de John Sturges… en siete momentos y una propina
Un western con gotas de crepúsculo que sigue el destino de siete perdedores en una aldea de humildes campesinos mexicanos aterrorizados por un bandolero y sus hombres. Aventura y melancolía con una pizca de romanticismo por la pérdida y desaparición en el salvaje Oeste de la figura del forajido. De los centauros sin hogar que encuentran todavía menos su lugar mientras avanza “la civilización” que marca un mapa que antes era inexistente. La muerte ronda por un original remake de la película japonesa Los siete samuráis de Akira Kurowasa… desde la misma presentación de Yul Brynner y Steve Mcqueen que se conocen llevando un carro fúnebre con un indio, al que nadie se atreve a enterrar, hasta el cementerio… Emoción, ritmo y mucho entretenimiento de la mano de un creador artesano como John Sturges.
El chiste de Steve Mcqueen
A los siete magníficos les cuesta más hablar que expresarse por signos. Pero siempre hay alguno con más labia que otros. Y ahí está Steve Mcqueen, que siempre echa de menos la compañía de una mujer, que nunca siente ganas de asentarse aunque le vienen golpes de raíces, que también le gusta expresarse por gestos y sonrisas irónicas… y en distintos momentos le encanta ilustrar su situación con un chiste…
… Y curiosamente uno de ellos es similar al chiste que sirve de leitmotiv para El odio de Mathieu Kassovitz. Un chiste que expresa perfectamente la vida de estos siete forajidos…
Y dice Steve Mcqueen: “Me recuerda a un tipo de mi tierra que se cayó de una casa de diez pisos. Mientras iba cayendo la gente de cada planta le oía decir: ¡Por ahora, bien! ¡Por ahora, bien”. Faltaría sin duda añadir la coletilla de El odio: “Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.
Charles Bronson y los niños
El más duro entre los duros, el forajido, el mercenario que trabaja por altas sumas en horas bajas… encuentra un lugar donde morir y ser recordado. Se convierte en el héroe adorado de tres niños mexicanos que sienten el mismo amor y la misma adoración que aquel niño rubio, hijo de granjeros, por Shane… Solo que ellos realizan una promesa… su tumba siempre tendrá flores mientras ellos vivan. De paso Bernardo, el personaje de Bronson, que encuentra una manera de expresar su ternura y sensibilidad oculta, les hace admirar también a sus padres, supervivientes en el día a día y siempre asumiendo responsabilidades…
El tesoro
El bromista, el que va por el oro, el que no se puede creer que vayan tan solo a defender a los campesinos por casa, comida y 20 dólares. Él (Brad Dexter), grandullón, cree que hay algo más: un tesoro. Oro, plata, joyas… ocultas. Al final esconde fidelidad y nobleza hacia los suyos y convive, se relaciona y se ríe con aquellos a los que defiende… por el interés. Y se ilusiona como un niño… cuando el divino calvo, su amigo, le da la razón… Están ahí por un tesoro. Puede cerrar los ojos feliz…
La navaja de James Coburn
El silencioso, largo y espigado, de andar cansino. Independiente, no soporta las órdenes. Que le dejen a su aire. Tranquilo. Y así hasta el final. Solo y en silencio. Siempre en compañía de su navaja, su firma, y su pistola. Nunca le tiembla la mano. Se lanza a la muerte… pero deja su navaja clavada en una piedra. No quiere desaparecer del todo…
El magnífico campesino
Érase una vez un joven campesino (Horst Buchholz) que quiere convertirse en pistolero y aventurero. Su vitalidad y ganas de salir del hoyo le juega malas pasadas… pero tanta transparencia y verborrea atrae a los demás magníficos. Aunque se lo hacen pasar mal hasta que se convierte en uno más…, sus nuevos compañeros de viaje quieren demostrarle que la vida del forajido no es para nada envidiable. El joven campesino está destinado a echar raíces…
El miedo
… El miedo se ha vuelto su compañero de viaje (Robert Vaughn). Él es el más complejo y extraño. Huye incluso de sí mismo. Agotado de ser siempre perseguido. De tener la sensación de estar en el infierno a todas horas. Se mantiene distante, con la compañía de las pesadillas y el alcohol. Los campesinos le dicen que le comprenden, ellos tienen miedo cada día. Cada día se sienten en la cuerda floja como él. Aprovecha la oportunidad de dejar de huir…
El divino calvo de negro
Todo de negro y divino calvo (Yul Brynner). Emplea las palabras justas y su compañero es el silencio. Cuando da su palabra… no hay marcha atrás. Reúne al grupo. Todos se sienten seguros bajo su mirada de hombre forajido pero siempre honesto. Tiene presencia en cada paso que da. Es imposible que pase desapercibido y nunca el peligro le hace que renuncie de un buen puro…
Un malvado con rostro de Eli Wallach
El malo, malísimo (Calvera)… no es más que un forajido más. Desde su presentación Eli Wallach hace gala de su carisma… Provoca terror pero nunca le abandona un oscuro sentido del humor de aquel que disfruta dando miedo porque se sabe invencible y dueño y señor del lugar. Según explica quiere seguir aterrorizando a la aldea que le proporciona alimentos y sustento sin tener ni problemas ni conflictos. Pero le tocan las narices y reacciona, no quiere que toquen su territorio. Pero termina cerrando los ojos con la incertidumbre en la mirada: por qué van hasta el culo del mundo siete hombres a joderle la vida…
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Regreso a Ítaca (Retour à Ithaque, 2014) de Laurent Cantet
Entre un atardecer luminoso, con “Eva María se fue buscando el sol en la playa…” de fondo, y un amanecer hacia un futuro incierto pero con verdades reveladas, hay un amplio paréntesis de horas donde campan la añoranza, la nostalgia, el desencanto, la melancolía y una tristeza que sobrecoge. Regreso a Ítaca recoge el universo de una generación en una azotea de La Habana. Durante un tiempo concreto, en un espacio determinado, cinco amigos van desnudándose y contando a la vez la historia de los últimos años de Cuba, un país que ahora avanza a la incertidumbre con una legión de desencantados y otra, los jóvenes, que no cree que nada se pueda conseguir en su país y que piensa qué es mejor volar fuera. Los desencantados una vez creyeron en una vida mejor, y apostaron por conseguirlo, y se consumieron en el intento y en los miedos (algunos se siguen aferrando a creer, otros tratan de sobrevivir). Sintieron el cambio y la utopía en la punta de los dedos…, soñaron. Y de distintas maneras, con distintos obstáculos, vieron cómo sus vidas, sus ideales, fueron robadas…, arrebatadas. Les correspondió vivir una vida que nunca habían soñado, ni imaginado. Se apagaron las velas…
Y esa incertidumbre que devuelve el amanecer vomita ecos desoladores… porque el libre mercado y el neoliberalismo también destruye países, sume en crisis y además aumenta las diferencias sociales y de otro tipo. Ahora hay posibilidades de incertidumbre y cambio… pero los caminos no son de rosas ni de baldosas amarillas.
Amadeo regresa después de dieciséis años en España a su tierra, a su Ítaca. Y ese es el motivo de reunirse con sus viejos amigos: Tania, Aldo, Rafa y Eddy. La alegría del encuentro se mezcla con la amargura, los reproches, los dolores del pasado y también otros momentos que fueron bellos. Todos ríen, pero también todos se desgarran. Son amigos, se gritan, pero también se confiesan. Entre viejas fotografías, cigarrillos, viejas canciones de Serrat o bajo las notas de California Dreamin, buen whisky, apagones, frijoles y arroz, los cinco amigos reflexionan, a través de sus secretos más íntimos, sobre su historia pasada y su presente. El clímax va llevando a los secretos no revelados. Y de fondo los sonidos y las voces de una ciudad viva, La Habana, como otro personaje más que les rodea. Que se cae a trozos pero se las ingenia para que la vida siga, prosiga. Que se cae a trozos pero a la vez se mantiene bella.
Si hay algo que consigue el cine de Laurent Cantet es que cada fotograma respire verdad y emoción, un cóctel que estalla en la cara del espectador. Y en Regreso a Ítaca es imposible no hundirse en la tristeza y en el desencanto pero también en la apuesta por seguir. Los protagonistas no pueden hundirse en culpabilidades y sueños rotos pero sí apostar, como dice la madre de Aldo, en esa amistad que no se ha roto después de tantos años. Una amistad que les permita reconocerse, ser ellos mismos, verbalizar sus terrores y errores…, desvelar secretos y confesiones, entenderse y quizá volver a construirse, avanzar…, rescatar creencias e ilusiones…, vivir.
Basta fijarse en los ojos tristes de Aldo, en la mirada crispada de Rafa, en los ojos desencantados de Tania, en la mirada derrotada que se deja corromper de Eddy y en los ojos nostálgicos de Amadeo para quedarse atrapado entre sus palabras y gestos. Laurent Cantet se rodea de buenos actores (Pedro Julio Díaz Ferrán, Fernando Hechavarría, Isabel Santos, Jorge Perugorría y Néstor Jiménez) y de un guionista-escritor (Leonardo Padura) cubanos para entender de manera íntima las complejidades de un país que una vez trató de alcanzar un sueño. Que dio pasos para atrapar una utopía. Pero ese sueño se fue transformando para muchos en pesadilla cotidiana…, y la utopía se fue alejando de nuevo.
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