La gran familia española (2013) de Daniel Sánchez Arévalo

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Sentí una enorme conexión con La gran familia española sin necesidad de que esa familia que se refleja en la pantalla se identifique con la mía…, sentí una conexión emocional. Cuando era pequeña, muchos domingos por las mañanas, mis padres nos despertaban (a mis hermanos y a mí, somos cuatro) con un disco de vinilo a todo volumen: Siete novias para siete hermanos (Seven brides for seven brothers, 1954) de Stanley Donen. Además de levantarnos con un buen rollo increíble, olía a desayuno rico, tortilla francesa con bonito… Mis padres, mis hermanos y yo vimos en un montón de ocasiones este musical. Y a mí me gustaba muchísimo. Secretamente me gustaban uno o dos hermanos a los que veía guapísimos… Me daba una alegría increíble… Cuando ya fui algo más mayor me siguió fascinando pero me sorprendió que me creyera los escenarios de cartón piedra, que no me diera cuenta de lo artificial. Recuerdo que en varias ocasiones, cuando no me quería ir de un sitio o que unas vacaciones terminasen (o cuando quería huir y que no me encontrasen) siempre pensaba: ojalá caiga una avalancha o que nieva mucho y nos quedemos incomunicados… recordando esos hermanos que secuestraban a las novias y se quedaban allí en la montaña, incomunicados del mundo… buscando su propia felicidad.

Así que ya desde el principio La gran familia española me tenía ganada… porque Siete novias para siete hermanos juega un gran protagonismo. Es de esas películas que generan buen rollo… es como si Daniel Sánchez Arévalo dijera que a pesar de que estemos hechos una mierda y vivamos en un mundo que se derrumba, no perdamos la oportunidad de vivir momentos felices y alegres…, de reírnos y de querer a la gente cercana que nos hace sufrir (porque los amamos con locura) pero también nos ofrecen buenos momentos. La familia de la película siempre está a punto de derrumbarse pero a la vez se reinventa sus lazos. Así La gran familia española es una tragicomedia con unas gotas de screwball comedy con su locura correspondiente.

Y ésa es su única función… que sigamos las alegrías y desgracias de cinco hermanos (que se llaman como los personajes de la película favorita del padre, el musical de Donen… por orden alfabético y nombres bíblicos) y salgamos con una sonrisa entre tierna y melancólica pero con unas ganas increíbles de seguir en el día a día con nuestras alegrías y penas.

Es de esas películas vitalistas que sirven de medicina para pensar que merece la pena seguir intentándolo. Como cuando el personaje de Woody Allen entra en la sala de cine desesperado y termina disfrutando de una película de los hermanos Marx en Hannah y sus hermanos desapareciendo su angustia vital. O como ese O’Sullivan que después de su viaje más duro es consciente de lo importante que es hacer películas que tan sólo hagan reír… O esa pequeña mujer desgraciada en la depresión de los 30 que solo encuentra consuelo y un poco de felicidad refugiándose en la sala de cine (de nuevo Allen).

Daniel Sánchez Arévalo contagia buen rollo con las vicisitudes de esa familia disfuncional que a la vez está unida por lazos fuertes… y que se enfrentan al amor, la depresión, la huida, la vida, la muerte, las discusiones, las envidias, las alegrias, desgracias y la desesperación con un punto de locura, una boda que nunca se termina y una reunión muy especial con una película de las de siempre…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cruce de caminos (The place beyond the pines, 2012) de Derek Cianfrance

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Cuando ya se me presenta un personaje de una manera tan brillante en una película, que logra atraparme desde el primer instante, entonces ya sé que puede ofrecerme una buena narración cinematográfica, y así ocurre con Cruce de caminos… que está pasando discretamente (e inexplicablemente para la que esto escribe) por las salas de cine. Cruce de caminos es la segunda obra cinematográfica que se estrena de Cianfrance que tuvo que esperar bastante para que pudiéramos centrarnos en su particular disección de un matrimonio que se rompe en Blue Valentine, su primer largometraje. Si en aquella analizaba, dando saltos al pasado y al presente, la ruptura de una pareja; en Cruce de destinos reflexiona sobre padres e hijos y redenciones. Sobre lo que pesa la paternidad, sobre lo que marcan las relaciones con los padres y sobre cómo existen distintas formas de canalizar y vivir una redención: la del eterno perdedor y la del que triunfa…

Así Derek Cianfrance forma parte de una generación de directores americanos que siguen alentando una tradición: la buena narración cinematográfica. Mirar y dirigir con ojos de cine historias adultas. Se une a una cantera de directores que se mueven en el cine independiente pero que continúan la tradición de los cineastas clásicos y su uso del lenguaje cinematográfico que se vuelca en buenas historias. Recordemos estos nombres: James Gray (Cuestión de sangre, La noche es nuestra, Two Lovers), Paul Thomas Anderson (Magnolia, Pozos de Ambición, The Master), Jeff Nichols (Take Shelter, Mud), Kelly Reichardt (Wendy y Lucy, Meek’s Cutoff)… y el propio Cianfrance.

… Vemos  a un tipo tatuado en una caravana que juguetea con un cuchillo. Siempre de espaldas. Oímos que le avisan de que en cinco minutos debe actuar… y así comienza un plano secuencia de ese tipo que se dirige, a través de una feria, al lugar de su actuación: una bola metálica donde se introducirá con otros dos compañeros en una moto. Él es Luke El guapo (Ryan Gosling, siempre carismático), motorista acrobático y errante perdedor. Y ya nos ha atrapado.

Este chico de la moto (siguiendo la tradición de otros míticos moteros con carisma y etiqueta de perdedores…, que serán protagonistas de la sección Diccionario cinematográfico) se reencuentra con Ro (Eva Mendes), una chica con la que mantuvo una corta relación, y descubre que ha sido padre. De pronto decide asumir su rol de padre… ya que él está convencido de que arrastra una vida perra por el abandono del suyo. Y no piensa emularle. Pero pronto se chocará con una realidad: una cosa es lo que sueñes y otra que puedas realizar lo soñado. Su sueño se materializa en una fotografía…, un instante que se convierte en algo efímero. Y éste es el motor de la historia para una tragedia en tres actos… Cada acto termina con un momento catártico que no conviene desvelar.

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Tres actos donde los protagonistas de esta tragedia varían pero a la vez dan un único significado a la historia. Una historia de padres e hijos. De redención y perdón. En el primer acto, la acción se centra en el motorista. El segundo acto cede el protagonismo a un joven policía (un cada vez más sorprendente Bradley Cooper) que en un acto de servicio algo confuso se convierte en héroe local pero también se enfrenta a la corrupción de la comisaría donde trabaja y a su propia ambición para prosperar dentro del mundo de la ley. Y en el tercer acto en el que transcurren quince años, la acción se centra en dos adolescentes problemáticos que se encuentran en un instituto. Y en este cruce de caminos… más allá de los pinos (escenario de varios momentos importantes), se cuenta una única trama sobre los lazos, que pesan y marcan, entre padres e hijos. Y sobre la capacidad de redención del ser humano.

Dianfrance no sólo tiene fuerza en la forma de estructurar, contar y narrar cinematográficamente su historia sino que se rodea de dos actores carismáticos que logran crear dos personajes potentes que enganchan al espectador. Así tanto Ryan Gosling como Bradley Cooper dominan y se adueñan de una historia poderosa que te ata al asiento. Además recupera la potencia de la tragedia clásica en tres actos (o los tres actos para contar un relato, cuento o novela… presentación, nudo y desenlace) y convierte un recurso simple en una forma moderna y dinámica para contar una historia cinematográfica.

Cruce de caminos cuenta con una buena historia, bien contada y con un grupo de intérpretes que se creen esa historia (y una galería de secundarios donde se encuentra un Ray Liotta que da miedo con su sola presencia)… además de una banda sonora con más de una sorpresa donde Gosling vuelve a llamar la atención con su interpretación de una canción que nos sonará mucho por estos lares…

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Mud (Mud, 2012) de Jeff Nichols

 

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A través de la mirada de un niño una historia puede ser diferente. Entre la inocencia y el despertar hay un territorio donde el niño se convierte en creador y en un magnífico fabulador. Y a través de su ‘viaje iniciático’ hacia la madurez o la perdida de la inocencia su mirada ‘sufre’ una transformación que le hace descubrir la puerta hacia otra etapa de la vida que no tiene por qué ser peor o mejor. Y de ahí de esa mirada de un niño que está a punto de descubrir el mundo adulto surgen historias cinematográficas (y literarias, claro) absolutamente maravillosas.

Así podemos viajar a través del mundo del cine a universos infantiles conseguidos. A niños que miran y se convierten en narradores privilegiados. Y Mud se empapa de esa tradición y nos deja una buena historia por donde no pasa el tiempo… porque esa mirada siempre ha existido. Jeff Nichols sigue demostrando su capacidad para contar buenas historias (esta vez con chispas de fábula y leyenda).

El niño que mira lo extraño o al extraño. Lo distinto. El niño que mira al desconocido, al forajido… El niño que mira de manera más simple una realidad compleja y trata de entenderla. El niño que además actúa y se aventura… y no tiene miedo porque no ve nunca la cercanía o la posibilidad de la muerte. El niño que idealiza conceptos como el romanticismo y el amor.

Así hay varias películas contadas desde la mirada de un niño o adolescente que se quedan para siempre en nuestra retina. Y de alguna manera cuando volvemos a verlas nos recuerdan lo que era ser un niño y el mundo que nos rodeaba. Y así pasa también con Mud y los dos adolescentes protagonistas, Ellis (Tye Sheridan) y Neckbone (Jacob Lofland), sabes que cuando vuelvas a verla vas a sentirte envuelto en un universo infantil maravillosamente expuesto y mostrado.

Ellis y Neckbone entran en la galería que ocupan también los hijos de Atticus Fich, la pandilla de Cuenta conmigo, el niño de Raíces Profundas, el adolescente de Verano del 42 o la niña de Valor de ley de los hermanos Coen. De alguna manera ya convierten su historia, su encuentro con el forajido enamorado, Mud, en un clásico. Además si seguimos buscando raíces, Jeff Nichols sitúa esta historia a orillas del río Mississippi y pocas pistas nos da de que la historia es contemporánea (que lo es) pero la localiza en un ambiente condenado a desaparecer, en un estilo de vida que acaba… el de las casas flotantes. Y ese río es el río donde otros dos adolescentes vivieron sus aventuras Huckleberry Finn y Tom Sawyer. Y podemos ver similitudes en ese principio de ‘viaje iniciático’ de encuentro del protagonista Ellis con el prófugo (y en su concepto del amor) a la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens.

Así Ellis y su amigo Nickbone se aventuran con su pequeño barco a motor a una isla abandonada y van en busca de un barco que se ha quedado colgado de la rama de un árbol… pero descubrirán que allí habita alguien y se encontrarán con Mud, un misterioso hombre que les pide ayuda, algo de comida. Ellis se aferra a la historia de Mud, el forajido, porque le hace creer en ese amor que ve que desaparece en su casa donde sus padres están a punto de separarse (y sabe que su vida pronto va a dar un vuelco, un cambio). Mud está ahí por amor para rescatar a su novia de la infancia, de toda la vida, Juniper. Pero todo es mucho más complejo y peligroso de lo que parece. A Mud le busca la policía y otros hombres peligrosos… Sin embargo Ellis apuesta totalmente por Mud y le ayuda en la descabellada idea de hacer navegar el barco del árbol para poder huir de allí… Mud además conoce al misterioso vecino de Ellis y sus padres, Tom (Sam Shepard), un señor mayor que apenas se relaciona con los habitantes del lugar con una historia a cuestas. Se nota que quiere muchísimo a Mud y que le conoce bien pero es un cascarrabias (porque le duele)… así que decide seguir alejado del forajido.

Con estos ingredientes se crea una fábula hermosa donde Nichols (que ya me sorprendió gratamente con Take Shelter) devuelve al espectador una historia emocionante sobre el viaje iniciático de unos niños que pronto dejarán de serlo… Así Mud (Matthew McConaughey) y Juniper (Reese Witherspoon) en los ojos de los niños no son dos fracasados que no saben qué hacer con sus vidas sino dos amantes aventureros que tienen que escapar de un mundo que no les deja que se amen. Él tiene su camisa y su pistola, ella unos ruiseñores tatuados en las manos. Y los niños, sobre todo Ellis (Nickbone todo lo hace porque Ellis es su mejor amigo…), harán todo lo que esté en su mano para que Mud pueda conseguir sus propósitos.

Jeff Nichols te devuelve la mirada de un niño capaz de construir una fábula con carácter épico y con aires leyenda. Así también vivimos una escena emocionante y llena de significado con Mud y Ellis similar a la que viven Mattie y Rooster en Valor de ley. Los segundos iban galopando en un caballo a través de una noche de luna llena, los primeros van veloces en una moto a la luz del día…

Y la leyenda se va construyendo y consolidando… el espectador sabe que asiste a una fábula. Mud siempre estará en la memoria de Ellis y Neckbone… Resaltar también a un personaje secundario con el rostro del carismático actor fetiche del director, Michael Shanonn, que se convierte en el tío de Neckbone que, como no, tiene sus escenas y un buen diálogo con Ellis.

Sólo hay que dejarse llevar por esa barca en el árbol y conocer a la chica con el ruiseñor en la mano, a Mud, un forajido romántico; a Tom, un tipo duro y misterioso; a un tío preocupado por su sobrino y que aconseja sobre las cosas que se deben quedar en el río y las que se deben recoger; a un padre con rostro triste; a una madre cansada de esperar, a un modo de vida que desaparece, a las casas flotantes, a los moteles… y a unos niños que todo lo miran… Y un río que todo lo arrastra. Todo lo lleva.

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The act of killing (The act of killing, 2012) de Joshua Oppenheimer

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The act of killing contiene imágenes, entrevistas y pensamientos que no te puedes creer lo que estás viendo y lo que te están contando. The act of killing crea un montón de reflexiones que te ponen los pelos de punta. The act of killing no deja indiferente a ningún espectador. Sus créditos finales son escalofriantes: un montón de personas anónimas que no ponen sus nombres. Mientras observas no puedes dar crédito a que estás viendo algo salvajemente real.

Para entrar en antecedentes unos cuantos rótulos para recordar historia. 1965. Indonesia. Golpe de Estado del Ejército con la cabeza visible del general Suharto que lideró con ayuda de paramilitares y gánsteres una masacre de comunistas, simpatizantes, sospechosos…

La propuesta del documental: el director, la coguionista (Christine Cynn) y un anónimo contactan con uno de esos escuadrones de la muerte en la actualidad, que viven tranquilamente e impunes (más terrorífico aún: son vistos como héroes en los medios de comunicación, pasean por las calles, extorsionan, están cerca de los poderosos…) y les realizan una propuesta: que ellos mismos realicen una película escenificando aquellos días en que asesinaron a un número enorme de seres humanos, de maneras horribles… y el documental refleja este proceso porque este grupo de asesinos se entrega a la tarea.

Curiosamente todos son muy cinéfilos (antes del golpe eran conocidos como los gánsteres del cine pues operaban en una sala… y una de las cosas que más les enfadó es que en aquellos tiempos los comunistas querían vetar el cine americano) y les parece una idea magnífica reflejar lo que hicieron en una película. Así vamos viendo el rodaje de varias escenas (de una película que mezcla un montón de géneros: western, musical, bélico, gánsteres…) que rozan el absurdo, lo violento y el espectáculo más hortera. Además de ir escuchándoles sus pensamientos, reflexiones sobre aquel tiempo, su vida cotidiana… y cada momento es un escalofrío. Se muestran preocupados sobre lo que deben mostrar en la película y cómo deben mostrarlo.

Ellos siempre dicen orgullosos que el significado etimológico de gánster es ‘hombre libre’… hombre libre para hacer todo el mal que les parezca. Uno de los momentos estelares (y escalofriantes) de su película es un número musical absolutamente absurdo e irracional cantando Born free.

No te puedes creer cuando oyes a uno de ellos contar cómo salían de felices de una película de Elvis Presley y cómo así se dirigían más contentos a matar…

El documental se centra en uno de los asesinos, ya anciano, y sus ‘amigos’. A cada uno le afectará la película de manera distinta (y a alguno de manera sorprendente e inesperada)… pero a veces no puedes creer lo que les estás escuchando decir o cómo quieren reflejar lo que hicieron. No te puedes creer que sea real. O no puedes creer cómo se comportan y cómo piensan (porque al espectador también le afecta lo que está viendo y las reflexiones que se van generando). Pero afecta también el ver la Indonesia de hoy, cómo acepta la ‘historia’ de estos verdugos y cómo la corrupción recorre todas las capas sociales. Y afectan también las reflexiones que surgen sobre la ficción y la realidad, la realidad y la ficción… Así como imaginar el ‘estómago’ de los documentalistas escuchando y grabando lo que se estaba gestando en la mente de este grupo de hombres impunes…

The act of killing es un documental de terror y es difícil olvidar lo que se ve y lo que se escucha… y cómo lo muestra. Remueve…

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Renoir (Renoir, 2012) de Gilles Bourdos

 

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En el salón de mi casa hay un cuadro que no se cambia así que vayan pasando los años. Lo tenía mi abuela paterna. Y ahora yo. No tiene ningún valor. Es una copia del cuadro Almuerzo de remeros (Le déjeuner des canotiers) de Pierre-Auguste Renoir. Muchas veces lo miro y me causa mucha calma y paz además de tranquilidad. Así me ocurre con muchas de las películas de su hijo Jean Renoir sobre todo con Una partida de campo, que no deja de ser un homenaje al padre.

Gilles Bourdos recrea un año que pudo ser crucial en la vida de los Renoir, 1915. Jean Pierre Renoir se encuentra en la Costa Azul en un sitio idílico donde no renuncia a seguir pintando a pesar de los dolores artríticos que le tienen postrado en una silla de ruedas. Su esposa acaba de fallecer y él se siente muy enfermo. Pero a pesar de los pesares quiere seguir siendo un obrero del pincel y el dolor no le va a parar su pasión: plasmar lo bello. La naturaleza que le rodea o el cuerpo joven de una mujer desnuda.

Con pinceladas impresionistas, con escenas que son como cuadros en movimiento, Gilles Bourdos recrea un posible momento en la vida de la familia Renoir: el ocaso del pintor pero sin ser vencido siempre pintando y el nacimiento de una vocación por parte del joven Jean que le encontramos en un momento crucial de su vida. Herido en una pierna en la Primera Guerra Mundial regresa al hogar para curarse… pero parece que le va a quedar una cojera crónica. Es un joven indeciso ante el futuro… y a la vez horrorizado por la crueldad de la guerra y, sin embargo, siente la importancia de la camaradería entre sus compañeros de lucha…

Y en esta ‘lucha’ de sensibilidades, una mujer. La última modelo de Jean Pierre y la futura primera esposa de Jean (además de musa de sus primeras películas mudas): Andrée Madeleine. La mujer que provoca que los dos hombres tengan un enfrentamiento templado, una declaración de respeto y cariño mutuo y un relevo de sensibilidades y de la importancia de pase lo que pase seguir creando y creando…

Andrée Madeleine mostrando su cuerpo y su fuerte personalidad despierta a Jean y le dice a gritos lo que su padre trata de explicarle sin que le salgan las palabras (pues nunca le salieron con sus hijos…): qué fácil es dejarse morir… porque muchas veces lo difícil y complejo es vivir…

Y en estas pinceladas impresionistas vemos el matriarcado formado entre las antiguas modelos y sirvientes del pintor que amenizan el día a día con los cuidados que le proporcionan, con sus cánticos, con la preparación de las comidas, sus paseos y sus discusiones… Nos enteramos de las ausencias. No sólo la esposa muerta sino la de aquella niñera-modelo-musa, Gabrielle. O la de sus dos hijos mayores Pierre y Jean. O la presencia casi invisible de un hijo pequeño, que sufre las ausencias y los silencios, Coco. Y le duele la presencia continua del dolor… Todo envuelto en la belleza de un cuadro y en la frialdad de una naturaleza muerta… Todo arrastra hacia la melancolía.

Y en la historia de Jean y Andrée (futura Catherine Hessling) se esconde un destino triste (que ella siempre tiene presente)… cumplirían un sueño y también se divorciarían. Y los dos morirían el mismo año: 1979. Él como un cineasta reconocido, ella totalmente en olvido.

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Maratón veraniego de películas en varias pinceladas

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Elysium (Elysium, 2013) de Neill Blomkamp

Max (Matt Damon), hombre rapado y tatuado, héroe elegido y trágico (y bestia entre los bestias)… tiene un sueño: alcanzar Elysium. Él vive en la tierra que se ha convertido en un vertedero, superpoblada y explotada donde la sanidad no llega para todos, los trabajos son mal pagados y no hay ninguna seguridad y donde cada día es un sálvese quien pueda. Max habita en el caos. Pero él no ha perdido su capacidad de soñar… Trata de alcanzar sueños: recuperar un amor y amistad de la infancia o conseguir un billete para Elysium, un paraíso en el espacio exterior. Donde todo es inmaculadamente perfecto y donde todo puede ser curado… El abismo entre ricos y pobres es ya no abismal sino espacial. Además existe la inmigración clandestina… pero Elysium tiene unos métodos de seguridad poco éticos liderados por Rhodes (Jodie Foster), del gabinete de Gobierno de Elysium y también cuestionada por sus mandatarios, y no deja que ni un sólo inmigrante se quede en el paraíso… Un accidente laboral grave cambiará el destino de Max que luchará con todas sus fuerzas para sobrevivir… pero el destino le depara otro final.

Neill Blomkamp lo tenía todo para haber creado una buena película de ciencia ficción. Contaba con una buena metáfora (siempre se va al futuro pero lo que refleja es muy pero que muy actual), un héroe carismático con toques bíblicos y unos personajes que le podían haber respaldado. Por otra parte tiene capacidad para crear una imagenería visual atrayente y unos efectos especiales y técnicos virtuosos sin ser estridentes. Así contaba con un buen armazón que se deshincha convirtiéndose en una entretenida y típica película de acción con más de una incoherencia insostenible… Sus personajes secundarios desaparecen o mueren y no pasa absolutamente nada. Tan sólo la sostiene un héroe atormentado que cuenta una historia muy vieja que siempre ata (pero se queda demasiado solo en el camino y no le dejan ni interactuar con los malos malísimos): érase una vez un hombre elegido para cambiar el mundo… pero esto tiene un precio muy alto… Lástima. Es de esas películas que podían haber sido… y no fueron…

 

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Manderlay (Manderlay, 2005) de Lars von Trier

Primero fue Dogville, después Manderley… y todavía nos queda la tercera de esta trilogía, Washington. Lars von Trier realiza un particular viaje por EEUU, la tierra de las oportunidades pero plasma asuntos universales donde el ser humano no sale muy bien parado. Buen cine-tesis para debates encendidos. Su protagonista es Grace, hija de un mafioso. Primero vive una pesadilla en un ‘amable’ pueblecillo rural de la América profunda, Dogville, en la época de la depresión. Y más tarde desemboca en Manderley, una mansión sureña donde todavía está instalada la esclavitud…

Grace siempre se convierte en la heroína desestabilizadora. Llegue donde llegue, todo lo pone patas arriba y hace que salga lo peor del ser humano. Y lo realmente increíble es que Lars von Trier con su distanciamiento en la manera de narrar la historia (con voz en off y en capítulos —como ya ha hecho en otras ocasiones—) y de visualizarla realiza una radiografía dura pero tremendamente realista de un mundo que es complejo, contradictorio y cruel… Así plantea cuestiones y temas incómodos desde ópticas que nos ponen en situaciones desagradables pero que nos hacen pensar. Grace es un personaje interesantísimo y complejo (esta vez tiene el rostro de Bryce Dallas Howard y no el de Nicole Kidman) porque parte siempre de un rostro angelical y un comportamiento donde aparentemente prima el idealismo, la buena fe y la bondad para terminar metiendo la pata una y otra vez y sacar siempre lo peor de cada uno… Al final termina siempre con la huida de Grace a los brazos de su ‘odiado’ padre, un gánster, y comportándose como ha negado desde el principio que se comportaría. Esta vez sus intentos se vuelcan en acabar con la esclavitud de Manderlay, conseguir la igualdad entre blancos y negros, alcanzar la libertad, instaurar un sistema democrático, el trabajo en equipo y que entre todos saquen  adelante la finca. No será misión tan fácil ni llevadera…

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El callejón de los milagros (1994) de Jorge Fons

Antes de Amores perros existió El callejón de los milagros donde su director Jorge Fons entralaza la historia de sus personajes trágicos inspirándose en la novela del egipcio Naguib Mahfuz. Pero en vez de ser un callejón de El Cairo es un callejón de un México D.F. contemporáneo. Un callejón que no deja volar a sus habitantes y que si vuelan no es para tener experiencias precisamente bonitas. Todos regresan al callejón… y lo de los milagros es un insulto. Sus vidas son tragedias que arrastan… y destinos que sólo traen a la cabeza canciones tristes. Y si en Ámores perros en sus historias trágicas entrelazadas en la parte más marginal terminaba surgiendo una cierta belleza y poesía… esa semilla ya estaba plantada en este callejón de los milagros. Un hombre mayor, dueño de una cantina, casado y con un hijo con el que no se lleva bien… se deja llevar por lo que siente de verdad: decide vivir su historia de amor con un joven dependiente. Pero no será una idílica historia de amor, sí una historia de rechazo, incomprensión y violencia… Alma una chica joven que sueña, que quiere salir del barrio, de su casa… y que son muchos los que la prentenden. Sobre todo el peluquero, Abel, que sueña con prosperar en EEUU y poder así volver rico para casarse con ella para que no les falte de nada. Y una vieja solterona que sueña con que la amen y que se cree a una vecina que le lee las cartas, la mamá de Alma, cuando ésta le dice que pronto encontrará el amor… Todas las historias empiezan en el mismo momento… después, en un lapso de tiempo todos se volverán a encontrar las caras y precisamente no nos contarán historias con finales felices… Por cierto fue la carta de presentación de Salma Hayek.

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M. Butterfly (M. Butterfly, 1993) de David Cronenberg

… Cronenberg nos lleva de la mano a sus ambientes inquietantes, a sus identidades extrañas y crea una historia de amor trágico (adaptando una obra de teatro que parte de una historia real). Así un diplomático francés en China (en la China de la Revolución de Mao) se enamora de un ideal ‘una mujer perfecta’ que es la representación de un ‘mito’, Madame Butterfly, la triste heroína de la ópera de Puccini. Y ese ideal es una ‘diva’ de la Ópera China… un hombre que actúa como una mujer. Y no hago spoiler porque lo que Cronenberg muestra es que todos sabemos la verdad desde el primer instante, todo es cuestión de identidades. Y nuestro protagonista lo que hace es enamorarse del amor, de un ideal que crea que tiene otra percha. Por eso cuando se descubre esa percha, él pierde a su amor. Se hunde. Cuando se descubre el engaño, todo carece de sentido… Y ahí Jeremy Irons, digna ‘diva’ del melodrama, nos regala un final que nos lleva hasta el extasis, hasta el extremo del dolor… se convierte en una Madame Butterfly que entiende el concepto de pérdida.

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Escalofrío en la noche (Play Misty for me, 1971) de Clint Eastwood

Antes de que existiera la tramposa y exitosa Atracción fatal en los 80, Clint Eastwood empezó su carrera como director con Escalofrío en la noche donde Jessica Walter da bastante miedo como amante obsesiva que se apodera del tiempo y del espacio del donjuán de turno, un locutor de radio especializado en Jazz y programa nocturno. Y así Eastwood entrega un thriller inquietante revestido de años setenta bajo la atenta mirada (y algún consejo) de uno de sus directores de cabecera Don Siegel (al que le proporcionó un papel como camarero colega). Clint Eastwood ya muestra que le gusta contar historias y sabe cómo filmar una vida aparentemente tranquila que se va perturbando poco a poco por una presencia anómala… una chica encantadora pero que se obsesiona hasta la médula del amante y que saca toda su rabia cuando percibe el rechazo. Agradable sorpresa.

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Programa doble de verano: Un invierno en la playa (Writers, 2013) de John Boone / Guerra mundial Z (World War Z, 2013) de Marc Forster

Una película de un debutante (dirección y guion) y otra de un cineasta con una interesante carrera cinematográfica a sus espaldas. Dos propuestas para el verano. Ninguna de las dos cambiará la historia del cine pero sí son capaces de proporcionar una buena tarde veraniega (y eso no es fácil). Una apela a las relaciones familiares, a los distintos tipos de amor y a la creación literaria. La otra a un mundo apocalíptico con zombis de por medio. Ninguna presenta innovación alguna sino temas y estructuras ya vistas y ‘vividas’ en las pantallas de cine pero ambas muestran que se pueden contar bien historias ya sabidas.

Un invierno en la playa (Writers, 2013) de John Boone

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Un invierno en la playa transcurre en un año, entre dos comidas de Acción de Gracias, y nos cuenta la crónica sentimental de la familia Borgens. Así la película forma parte de la tradición de tragicomedias sobre familias casi disfuncionales que superan obstáculos. Ni contigo ni sin ti. Me vienen a la cabeza títulos como A casa por vacaciones de Jodie Foster, Pequeña Miss Sunshine o Los descendientes. La mayoría de los Borgens son escritores (éste es el título original de la película, creo que más adecuado) y la creación literaria les sirve para expresar sus miedos y vivencias… y seguir en el día a día.

Cuando empieza el año el padre lleva tres años separado de su mujer pero todavía con la esperanza de que va a regresar. Ella se fue con otro. Pero él espera… y no escribe. Se dedica a ‘vigilar’ la vida de su ex por una de las ventanas de su nuevo hogar y de vez en cuando se acuesta con su vecina, una activa y joven mujer casada. También está pendiente de sus dos hijos: un adolescente que vive con él y una joven hija que ya es universitaria… los dos tienen maneras distintas de vivir el amor en un año que será crucial. Él está enamorado de una chica de su clase que arrastra problemas con las drogas. Es tímido y romántico… y un amante de las novelas de Stephen King. Ella prefiere el sexo al amor, no comprometerse nunca. Dice que es realista. Está muy enfadada y resentida con su madre. Y además va a publicar su primera novela… y va a conocer a un chico que no quiere sólo sexo con ella…

Y así entre el amor y el desamor transcurre Un invierno en la playa con buena banda sonora de fondo y una galería de actores absolutamente creíbles. El matrimonio Borgens está formado por Greg Kinnear y Jennifer Connelly (a mi parecer saca adelante el papel más complejo. Ella es la ‘musa’ de la familia pues a parte de ser la única que no crea, es la que desestabiliza el ‘orden’ familiar… y la que hace que todos sufran su personal transformación… incluida la propia). Los hijos tienen los rostros de Lily Collins y Nat Wolf y te los crees absolutamente como jóvenes adolescentes en fase de descubrir la vida. Y pese que las sorpresas de argumento son más bien pocas, sin embargo, el espectador se siente enganchado a cada uno de los personajes y a sus avatares amorosos… mientras pululan en una playa que se convierte en testigo de sus vicisitudes (y tópicos, sí no os voy a engañar). Así en un año cada uno de los miembros de la familia Borgens tiene un recorrido y una transformación. Un cuento familiar con final feliz donde no hay sitio para la desgracia o la mala baba y el cinismo… Y que queréis que os diga, a veces, apetece uno de estos finales. Aunque lo sepas desde el principio… pero te alegra enormemente que suene el teléfono y que llamen a la puerta.

Guerra mundial Z (World War Z, 2013) de Marc Forster

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Siento debilidad por Marc Forster. Es uno de esos directores a los que a partir de una película les guardo fidelidad cada vez que estrenan en la sala oscura. Forster lo que toca sabe darle un toque especial, sabe rodarlo y dirigir bien aunque los últimos derroteros de su carrera me han desconcertado (de un cine intimista a cine de acción pura). Así Guerra mundial Z es más que el blockbuster del verano y más que todos los rumores que han rodeado su rodaje (digno de formar parte de los míticos rodajes infernales. Además los fans de la novela que adapta se han mostrado más que desencantados)… queda una película apocalíptica y de catástrofes con zombis (la metáfora estrella del siglo XXI sobre el futuro comportamiento de la humanidad) de fondo y la lucha de una familia (de nuevo otra familia) por sobrevivir en el caos. Dentro de esos argumentos que no varían demasiado nos encontramos con otro héroe a su pesar (con el rostro del actor y productor Brad Pitt) y con una ‘aventura apocalíptica’ que no deja un respiro al espectador. Desde la primera escena toma un ritmo vertiginoso y ya no te suelta hasta un final que es sólo un principio.

Así Marc Fosters hace que el espectador no pueda respirar tranquilo ni un solo segundo. Primero es un embotellamiento de tráfico misterioso, después nos vamos a una Corea fantasmal, desembocamos en Israel, volamos en un avión infectado y acabamos en un hospital donde quizá haya una mínima esperanza… Los humanos se transforman en zombis y se comportan como un ejército de hormigas que no dejan a nadie en el camino… Es una plaga que se extiende sin piedad, la naturaleza no perdona. Y el héroe tiene que encontrar el antídoto antes de que todos se conviertan en zombis…

Así Guerra Mundial Z forma parte de un subgénero —donde los protagonistas son los zombis (o seres más que extraños pero que les gusta comer carne humana)— que está resucitando con fuerza en este siglo con películas (con referentes literarios) como La carretera, Soy leyenda, Zombieland… donde las metáforas que pueden crearse son potentes. Así vemos ese Israel militarizado que se ha convertido en un estado-muralla donde la obsesiva seguridad no vale de nada y donde se advierte que se han equivocado siempre de ‘enemigos’.

Yo estuve durante toda la proyección en tensión… no pude estar tranquila ni un sólo segundo. Desde ese embotellamiento de tráfico hasta ese paseo por los pasillos de un hospital lleno de amenazas… pasando por ese avión donde algo ocurre tras las cortinas.

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Tres comedias y una tragicomedia: Llévame a la luna (Un plan parfait, 2012) de Pascal Chaumeil / Una mujer difamada (Libeled lady, 1936) de Jack Conway / La comedia de los horrores (The comedy of terrors, 1963) de Jacques Tourneur /Una canción para Marion (Song for Marion, 2012) de Paul Andrew Williams

El cine puede proporcionarnos unas vacaciones inolvidables. Y esta vez me voy a la risa. Tres comedias y una tragicomedia (como la vida misma). Grandes estrellas, glamour, viajes a lugares lejanos… incluso a la luna (o algo parecido con escala en África), amor mucho amor (con alguna lagrimilla), alguna que otra canción y ocio (especialmente pesca)… y unas dosis de humor negro (con homenaje a Richard Matheson).

Llévame a la luna (Un plan parfait, 2012) de Pascal Chaumeil

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A veces me pasa que sólo pido evasión y risas cuando entro en la sala de cine. Sí, soy así de simple. Así que cuando me sirven una buena comedia romántica con toques clásicos de screwball comedy y guerra de sexos me siento contenta. Y así me ocurrió la tarde de Llévame a la luna, comedia francesa, con una pareja insólita pero que funciona muy bien: Diane Kruger y Danny Boon (nuevo rey de la comedia francesa). Pero ¿quién da la sorpresa?: la hermosa y gélida Diane Kruger que posee una magnífica vis cómica (que ya dejaba intuir en Malditos bastardos).

Llévame a la luna es previsible (pero no importa) y quizá olvidable (tampoco importa) pero tiene varias escenas que provocan la carcajada y deja buen sabor de boca. A Diane y Danny siempre les quedarán sus aventuras africanas. Y Pascal Chaumeil emplea correctamente los mecanismos de la comedia romántica con dosis suaves de locura y mala leche.

Una mujer difamada (Libeled lady, 1936) de Jack Conway

Ahora nos vamos a una screwball comedy de los años 30. Ya sólo por su increíble reparto merece la pena inmiscuirse en Una mujer difamada de Jack Conway. Tenemos un cuarteto de oro y el secundario imprescindible: Myrna Loy y William Powell (actuaron juntos en un montón de películas y siempre proporcionaban una sensación de elegancia, glamour, risas —y a veces, las menos, drama— y burbujas…), Spencer Tracy y Jean Harlow. Del cuarteto la sorpresa es disfrutar de una Harlow en su papel de rubia tonta, descarada y sensual pero sensible y mujer enamorada. Además el secundario de oro es Walter Connolly, en un papel de millonario excéntrico.

La trama es compleja y enrevesada pero llena de encanto donde todo el lío ocurre a partir de una noticia falsa en un periódico y una demanda millonaria. Jack Conway sabe imprimir un ritmo trepidante y unos diálogos chispeantes así como varias escenas delirantes. Lo que más me ha llamado la atención es que quizá a Howard Hawks le vino la inspiración, si vio en su momento esta película, para una de sus más delirantes y divertidas comedias, Su juego favorito. Tanto William Powell como Rock Hudson regalan escenas divertidísimas como pescadores ‘expertos’.

La comedia de los horrores (The comedy of terrors, 1963) de Jacques Tourneur

Otra sorpresa inesperada ha sido toparme con La comedia de los horrores y disfrutarla en cada momento con un divertidísimo guión repleto de humor negro de Richard Matheson (que nos dejó hace poco y está siendo recordada su contribución al mundo del cine… así que ahí va mi homenaje). Así Tourneur crea un divertimento de humor negro lleno de encanto con una genial galería de actores y un gato inolvidable.

Así nos topamos con el enterrador borracho y su ayudante (Vincent Price, Peter Lorre), la esposa frustrada cantante de ópera (Joyce Jameson) o el padre anciano y sordo (Boris Karloff)… pero la sorpresa es ese muerto ‘tan especial’, el papel que me produjo más carcajadas en cada una de sus apariciones (¡Basil Rathbone a tus pies!).

Una película artesanal, realizada con cariño y mucho buen humor (aunque sea negro), donde todo provoca sonrisa y carcajada. ¡Y qué bueno volver a encontrarse con la cara especial de Joe E. Brown (… que alcanzó la inmortalidad con su ‘Nadie es perfecto’)! Así esta vez en la intimidad del hogar el espectador va de la funeraria al cementerio o a mansiones de hombres solitarios con carcajadas en el recorrido.

Una canción para Marion (Song for Marion, 2012) de Paul Andrew Williams

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Película británica sencilla, tragicomedia amable que deja ver el buen trabajo de dos intérpretes que son leyendas del cine. Buen cine británico con fondo social con momentos musicales para el recuerdo. Y sólo por los dos ancianos actores protagonistas merece la pena disfrutar de Una canción para Marion. Ellos son Vanessa Redgrave y Terence Stamp. Ambos se convierten en un matrimonio: ella, enferma de cáncer; él, abuelo cascarrabias con pánico a perderla. Ella consigue sacar fuerzas para acudir a un coro de personas mayores muy especial… y él encontrará ahí la energía para seguir adelante. Una pieza clave será la joven profesora (Gemma Arteton). Una canción para Marion es la versión en ficción del documental Corazones rebeldes. El documental mostraba un coro muy especial de abuelos que interpretaban canciones muy pero que muy rockeras.

Y a mí me ganó por los solos musicales que tienen en distintos momentos de la película Vanessa Redgrave y Terence Stamp. Momentos filmados con sencillez y elegancia y que ambos son capaces de que el espectador más exigente llegue a echar una lágrima, aunque sea disimuladamente. Paul Andrew Williams guarda bien el equilibrio entre comedia, tragedia y emoción. Así la película fluctúa entre la melancolía, la tristeza y la sonrisa tranquila de que la vida a pesar de los pesares continúa… y puede guardar momentos bonitos. En varias reseñas se ha señalado que Una canción para Marion es el reverso amable (y no tiene por qué ser peyorativa esta visión) de Amor de Michael Haneke. Y estoy muy de acuerdo.

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The Master de Paul Thomas Anderson

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En el mismo año que John Huston mostraba en un documental, Let there be light (1946), los traumas que provocaba la guerra en un grupo de soldados, Edward Dmytryk estrenaba una película, Hasta el fin del tiempo (Till the end of time), donde en clave de ficción se narraba la dificultad con la que se encontraban tres soldados para incorporarse a la sociedad civil después de la contienda. En la película de Dmytryk se incorporaba una escena final escalofriante en la que un grupo de hombres en un bar trataban de captar a los tres protagonistas, totalmente desubicados, para formar parte de una asociación que presumía de querer ‘arreglar’ América pero exigía unos requisitos para pertenecer a ella: “ni negros, ni judíos, ni católicos”. Este hecho sirve para despertar a los tres excombatientes que pelean contra estos hombres y su naciente fascismo (paradojas de la vida, contra lo que se había combatido) y como revulsivo para volver a la sociedad como ciudadanos libres.

Diez años después Nicholas Ray dirigía Más poderoso que la vida (Bigger than life) donde un padre de familia de clase media cae bajo los efectos de una droga y se transforma en un personaje tiránico y ultrareligioso. Ray de esta manera advertía sobre los sentimientos ocultos pero latentes en la sociedad de clase media norteamericana de los años cincuenta (american way of life). Una sociedad que partía de unos comportamientos enfermizos capaz de generar intolerancia, crueldad, fanatismo religioso y crear un vacío a todo aquel que supone una amenaza de ese ‘orden’ porque vive, piensa o siente de otra manera. Curiosamente Let there be light no la distribuyó el Ejército de los Estados Unidos (pues fue encargado por este organismo a Huston) hasta 1980, Till the end of time cayó pronto en olvido y trajo problemas a su realizador durante la Caza de Brujas, y por último, Bigger than life es de las películas más olvidadas de Ray. Sin embargo las tres documentan y analizan un periodo histórico de Norteamérica, un periodo que trata de ser ocultado pero que está ahí, que existe, y que constituye parte del alma de un país. Paul Thomas Anderson sigue esta estela incómoda, esta forma de contar la historia, ese relato que comienza después de la Segunda Guerra Mundial donde un país traumatizado levanta sus cimientos para continuar. Y así entendemos el surgimiento de grupos religiosos y políticos, el american way of life, el anticomunismo que desemboca en la Caza de Brujas, los primeros cimientos para la Guerra Fría…

Paul Thomas Anderson sigue así su trayectoria de cronista histórico de América  pero desde una perspectiva especial. Disecciona los mecanismos de poder y sus efectos perniciosos, las complejas relaciones humanas en una comunidad determinada, la psicología oscura del ser humano, y la vulnerabilidad y fragilidad de las personas… aspectos que se convierten en motores de la Historia. Los años setenta tuvieron su radiografía en Boogie nights, los noventa quedaron reflejados en Magnolia, la América anterior a la crisis del 29 que construye las bases del capitalismo en Pozos de ambición y la América de los 50 en The Master.

The Master no es una película fácil porque presenta una estructura cinematográfica hipnótica e inconexa. Atrae de manera poderosa pero es un relato cinematográfico fracturado donde el espectador debe entrar en el juego. Es como si Paul Thomas Anderson aplicara al espectador ‘la terapia’ a la que somete el gurú Lancaster Dodd (Philipp Seymour Hoffman) a su discípulo Freddie Quell (Joaquin Phoenix). Como si Anderson aplicara la hipnosis y nos dejara al descubierto el inconsciente y su desorden para poder construir un armazón coherente. Así ante los ojos del que mira se suceden una serie de imágenes con una carga simbólica que ha de descifrar…

Los que esperan, por tanto, un retrato que se inspire en el creador de la Cienciología, Ron Hubbard no encontrarán los que buscan. Lo que plantea Paul Thomas Anderson va más allá. Los que buscan un retrato ‘identificado’ de los años cincuenta tal y como se ha reflejado en el cine, se encontrarán con unos años cincuenta metafóricos, con una radiografía de una década con achaques y enfermedades. Ya lo explica Freddie Quell en un momento determinado, cuando va en busca de un recuerdo, una chica llamada Doris… pero que, como dice de manera irónica, no es como la Doris Day del cine. Doris Day representó esos ‘años cincuenta’ que sí perduran en la memoria cinéfila entre confidencias de medianoche.

The Master es de esas películas que no es suficiente con verlas una sola vez. Que con cada nuevo visionado se descubrirá una nueva capa de la cebolla. A pesar de que Paul Thomas Anderson optó por rodarla en 65 mm (el negativo de las películas épicas a lo Lawrence de Arabia) es una película de un intimismo escalofriante que desnuda almas. Y sin embargo hay escenas de deslumbrante belleza que nos hipnotizan: todo ese paraíso perdido que transcurre en el mar donde Quell sintió algo parecido a la felicidad junto a una muñeca de arena desnuda. Esa huida de Quell en unos campos de cultivo tras un inesperado accidente. O esas carreras en moto hacia un punto determinado… Pero también esos interrogatorios o sesiones de terapia que encierran al espectador en un habitáculo junto a los protagonistas. Todo regado con una música inquietante y disonante de Jonny Greenwood o con esas canciones tristes de los años cincuenta convirtiéndose la banda sonora en un personaje más, en una pieza más que encajar en el puzle.

Una de las claves fundamentales de The Master es esa relación reflejada entre el gurú y el hombre traumatizado por la guerra (que arrastraba ya otros traumas) que interpretan de manera especial y excepcional Philipp Seymour Hoffman y un prodigioso Joaquin Phoenix (que habla con ese cuerpo encorvado). Y que refleja magistralmente la crítica final de Paul Thomas Anderson a la manipulación, mentira y fracaso de las ‘nuevas religiones’. Es esa relación la que nos ayuda a construir el puzle y a salir del estado de hipnosis, es esa relación donde Thomas Anderson nos deja claro lo que cuenta. Así asistimos al intento de Dodds de aplicar sus ‘enseñanzas’ a la bestia incontrolada. Y, con regocijo, somos testigos del ‘fracaso’ del lavado de cerebro continuo al que someten a Quells (el elemento perturbador que nunca deja de serlo). Quells devastado y errante ‘parodia’ al final con una mujer en la cama las enseñanzas del maestro, él ha optado por la libertad personal (por seguir su libre albedrío) aunque siga en el camino de la soledad y por aferrarse a su propio paraíso (ese mar con una muñeca de arena desnuda). Él ha optado por su manera de ‘mirar’ el mundo (una de sus muchas profesiones es la de fotógrafo).

El gurú es consciente de que ha sido vencido por el alumno en esa conversación final entre los dos en Inglaterra en la cual le dice que si puede vivir sin servir a ningún hombre que le avise, que le cuente la fórmula para conseguirlo… para entonar a continuación una especie de canción de amor que hace a Quells echar una lágrima furtiva. Esta conversación ejemplifica la rica y compleja relación que se ha establecido entre ambos desde su primer encuentro. El gurú envidia (y ama) esa ‘libertad’ del perdedor Quells, nadie apuesta por él pero nadie le doblega. Y a Quells la relación con el gurú le ha servido para ‘elegir’ libremente su sino. Para tener un espejo en el que reflejarse.

El tercer personaje que parece sacado de una película de terror es la fría, compleja e impasible Peggy (Amy Adams), la mujer de Dodds, y el verdadero cerebro de la ‘nueva religión’. En realidad, ella sabe emplear el carisma de su esposo y agazapar su animalidad para ‘engañar’ a los otros y formar así una sociedad recta donde nadie se salga del camino, que preserve el american way of life. Peggy quiere eliminar de su camino a Quells porque es claramente una pieza discordante que hace saltar en mil pedazos su engañosa filosofía. Actúa en la sombra y sin alterarse en exceso, poco a poco afianza el imperio. Dañina, es más peligrosa que Dodds, ya que éste se muestra imperfecto en varios momentos y vulnerable. Ella apenas pierde los nervios y su sonrisa helada.

The Master de Paul Thomas Anderson deja múltiples puertas abiertas. En cada visionado cruzaremos un umbral diferente…

(Este texto lo publiqué en el blog Cinefilias y cinofobias el 8 de enero de 2013)

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Reflexiones en torno a Antes del anochecer (Before midnight, 2013) de Richard Linklater

Aviso: si quieres entrar en la sala de cine sin saber absolutamente nada del destino de Jesse y Céline… no leas todavía este texto. Desvelo y analizo absolutamente toda la trama.

… Después de París

antesdelanochecer

antesdelanochecerRecuerdo a otra pareja que se ama, George y Jackie (Warren Beatty y Julie Christie), en una screwball comedy del desencanto, Shampoo (1975) de Hal Ashby. Se encuentran en una habitación solos y entonces George confiesa que ha tenido un sueño y no le ha gustado: ha soñado que se despertaba mayor, que habían pasado ya cincuenta años, y que a su lado estaba Jill, su novia en ese momento. Y que el sueño no le había gustado, le había asustado, porque no se imaginaba después de cincuenta años despertar al lado de Jill. Porque con quien quisiera despertarse es con Jackie… Algo así ocurre con Jesse y Céline que crean ambos con sus palabras, una máquina del tiempo en Grecia y la pregunta que se repiten una y otra vez es: ¿dentro de cincuenta años querremos seguir juntos?… Y la pregunta nos la trasladan a nosotros, los espectadores que les hemos seguido todos estos años.

Y Antes del anochecer nos muestra un nuevo encuentro entre Jesse y Céline que nos visitan de nueve en nueve años… y sólo disfrutamos de ellos un día, unas horas. Pero si antes del amanecer preludiaba un encuentro y una promesa; y antes del atardecer una nueva oportunidad después de nueve años de ausencia y alimentar una imagen del otro…, antes del anochecer presupone el día a día de una pareja que se siente atrapada en su cotidianeidad con todo lo bueno y todo lo malo que arrastra una convivencia y un compromiso mutuo. Ya no hay una imagen del otro sino una presencia continua del otro. Y lo difícil es seguir amando.

Así ha llegado a la historia de Jesse y Céline la sombra del desencanto (o no… la sombra del realismo cotidiano): el encuentro absoluto con el otro, con todas sus virtudes y defectos, y la construcción de una vida común. ¿Qué es lo que hace que sigan juntos? Y así nos van revelando, en un paseo y una velada, como si fueran los nuevos Joanna y Mark (ya sabéis, dos en la carretera) por qué tendrían que seguir juntos.

Diálogos

Los que hemos sido fieles a Jesse y Céline nos gusta escucharles conversar. Y es que hemos vivido su relación a partir de sus diálogos. De sus conversaciones. Y en Grecia la construcción de sus diálogos-conversaciones es perfecta porque nos va revelando su yo más interno.

Primero, después de que Jesse deje a su hijo (fruto de su primer matrimonio) en el aeropuerto griego para que regrese a EEUU junto a su madre. El niño ha pasado las vacaciones con él y la despedida le remueve cosas. Cuando sale del aeropuerto le espera Céline al lado de un coche. Tienen una conversación en el interior del coche, con sus dos gemelas detrás dormidas, antes de llegar a su residencia veraniega. Ahí se nos sitúa a los espectadores qué ha pasado nueve años después de su encuentro en París y se siembra el germen que estallará en la conversación nocturna (el conflicto: una posibilidad de cambio de rumbo en su relación).

Por primera vez en la trilogía nos presentan a Jesse y a Céline separados. Jesse hablando sobre creación literaria con sus amigos griegos. A Céline con sus amigas griegas y las gemelas… para después unirles a todos en un almuerzo y protagonizar una conversación para la que esto escribe emocionante y rico donde claramente cada uno habla de distintas maneras de vivir en pareja (son de generaciones diferentes), surge el tema de la memoria, la ausencia y el recuerdo y de forma sutil se pone sobre la mesa el eterno tema de la screwball comedy, la guerra de sexos (ni contigo ni sin ti, mejor juntos pero enfrentados). También habla de trabajo creativo con la mente o con las manos (lo artesanal).

Después como siempre en la trilogía vuelven a estar solos conversando: primero de camino a un hotel (donde incluso entran a una ermita bizantina), después mirando el anochecer desde una terraza que da al mar, a continuación en la habitación del hotel donde estallará la tensión que se vislumbraba desde el principio y finalmente de nuevo en la terraza…

Y entre diálogo y diálogo seguimos conociendo a Jesse y Céline, sus maneras de comportarse y enfrentarse a la vida, sus miedos y temores… su historia en común, el amor y el desamor, el encanto y el desencanto, los sueños y las frustraciones… y un sentido del humor a prueba de bomba que es lo que les sirve de arma infalible para continuar el día a día.

Grecia

Desde Grecia nos viene una ‘sensación’ de vida mediterránea que pulula en muchas obras cinematográficas europeas. Los paisajes hermosos, el mar en calma, las casas rurales, las buenas conversaciones alrededor de una mesa, el cuidado en la preparación de una comida, la importancia de los detalles, los gestos, las miradas; la importancia de los placeres de la vida, el carpe diem, la presencia de antigüedad y pasado, de memoria… en cada una de las calles, en sus edificios, la calma para mirar un anochecer o para estar sentados en una terraza o en una pequeña cala solo contemplando el océano. Pero también nos hace ver esa ‘Europa idealizada’ de los americanos, esa Europa donde se sabe vivir bien, sobre todo sentir. Esa Europa como ‘paraíso’.

Una Grecia llena de ruinas. Llena de historias. Llena de sabiduría y conocimientos. Grecia, cuna no sólo de filósofos sino también de la tragedia y la comedia. Las máscaras de la sonrisa y la lágrima. La relación entre Jesse y Céline puede ser una historia en ruinas que trata de reconstruirse continuamente. Ambos sin embargo cuidan la sabiduría y los conocimientos. Les gusta conversar y expresar. Y su día a día, como la vida de todos, une tragedia y comedia.

Cine, siempre cine

Pero los personajes de Linklater (y de sus actores) se mueven en un ‘universo cinematográfico’ y las referencias cinéfilas no dejan de aparecer en sus imágenes, acciones e incluso forman parte de su vida. Antes del anochecer nos recuerda en muchos momentos a Copia certificada… conversación en el coche, paseos por unas calles mediterráneas, una pareja… y las dos de manera diferente un tratamiento especial del tiempo.

En uno de sus paseos, como también eran evidentes los ecos en Copia certificada, Céline recuerda a Jesse una película que le impactó de una pareja en crisis (que también curiosamente tiene una conversación en el coche) que pasea por las ruinas de Pompeya y a ella le impresiona la visión de una pareja calcinada y abrazada. De nuevo regresa a nosotros Te querré siempre de Roberto Rossellini.

Si en antes del amanecer y antes de atardecer había ecos de Tú y yo de Leo McCarey (y sus dos versiones), en antes del anochecer se nos da la posibilidad de una narración que cuenta que les pasa a los protagonistas después de y comieron perdices y fueron felices. Lo cotidiano entra en sus vidas. Como a Mark y Joanna les pasaba en las sucesivas etapas de su matrimonio, siempre dos en la carretera.

Cuando Jesse está contándoles a sus amigos el argumento de su próxima novela, que curiosamente ya no versará sobre su experiencia amorosa con Céline que ha dado como resultado dos novelas, sino sobre varios personajes que tienen ‘percepciones’ alteradas de la realidad, explica que el nexo de unión entre todos los personajes será su visión de La ley del silencio de Elia Kazan (una de las películas favoritas de la que esto escribe), obra cinematográfica que presenta un determinado tipo de cine americano.

Los personajes griegos, que conviven en este día nuevo con Jesse y Céline nueve años después de su estancia en París, tienen un rostro que pinta el cine griego que ahora protagoniza un panorama cinematográfico con fuerza a pesar de que la crisis golpea fuertemente este país. El cine de ayer y de hoy en sus rostros. Patrick, el viejo novelista que invita a Jesse y familia a Grecia, tiene el rostro de Walter Lassally, un conocido director de fotografía británico que trabajó en una de las películas griegas más famosas, Zorba el Griego. La joven Anna tiene el rostro de Ariane Labed, intérprete de películas representativas del nuevo cine griego como Alps o Attenberg. Athina Rachel Tsangari es Ariadni; ella es guionista, directora y productora de ese cine griego que están dando que hablar.

Clases de amor

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Un buen momento clave es la conversación en la mesa, durante el almuerzo. Siempre he pensado que esas escenas son de lo más complejas porque es difícil dar naturalidad a un grupo de amigos o familiares en una comida íntima. En Antes del anochecer se consigue. Y la conversación pasa de un tema a otro pero quedan de pronto reflejados los distintos tipos de amor y cómo las viven los hombres y las mujeres. Así se ve el amor de unos jóvenes del siglo xxi donde las nuevas tecnologías son fundamentales (si hubiese existido el skype y las redes sociales tal y como están instauradas ahora, la historia de Jesse y Céline hubiese sido totalmente distinta). La relevancia del sexo y la prioridad de cada uno en la relación en pareja. La permanencia y las relaciones largas en el tiempo. La importancia del trabajo, los amigos y la familia… La ausencia del otro cómo se vive y se siente. La fidelidad o no. Los roles dentro de la pareja cómo se van construyendo…, las tensiones latentes y las no latentes. Las bromas…

El desencanto y lo que persiste

… Y tranquilamente pero sin pausa Jesse y Céline nos van llevando al desencanto. Después de años vividos juntos y de convivencia diaria. Con los sueños y las frustraciones. Pero siguen juntos y discuten. Y se hieren con las palabras. Se hieren mucho. Pero porque se quieren tratan de avanzar. Y de pronto los dos recuerdan lo que persiste de los chicos del tren de Viena o de los que vivieron una segunda oportunidad en París. De pronto cobran importancia los pelos pelirrojos de una barba o la sonrisa o la atracción mutua o lo que les gusta conversar juntos… o darse cuenta que se hacen de reír todavía. Cuando parece que todo se desmorona, puede venir una carta del futuro y poner una nota de continuidad, de futuro. Y entonces vemos a Jesse y Céline en una mesa al lado del mar y como se va alejando la cámara. Y les dejamos charlando… La noche ha llegado.

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