DocumentaMadrid 15 (tercera parte). Virunga (Virunga, 2014) de Orlando von Einsiedel/Desde que el mundo es mundo (Desde que el mundo es mundo, 2015) de Günter Schwaiger

Virunga (Virunga, 2014) de Orlando von Einsiedel

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La pesadilla de Darwin (2004) de Hubert Sauper mostraba el daño social y ambiental que provocaba la introducción de la perca del Nilo en el lago Victoria en Tanzania. El realizador creaba un mosaico inteligente donde se denunciaba una situación extremadamente compleja y creaba un buen documental de denuncia que mostraba una realidad concreta con un montaje inteligente, generando a la vez reflexiones e imágenes que construían un discurso y proporcionando una investigación sobre un tema de manera apasionante. Diez años después Virunga se centra en un parque natural del Congo, un paraíso de biodiversidad y hogar de los últimos gorilas de montaña, que corre el peligro de ser destruido ante la presencia de petróleo que despierta oscuros intereses. Otro lago está en peligro, como la comunidad que vive alrededor de él y que se dedica a la pesca, el lago Edward. El realizador, Orlando von Einsiedel, denuncia de una manera muy distinta a Hubert Sauper. Él construye el documental empleando el lenguaje cinematográfico de una película de ficción: ritmo, tensión, intriga, música que “guía” los sentimientos del espectador… Ambos documentales consiguen llamar la atención sobre un hecho concreto, remover, aunque de maneras muy diferentes.

Después de realizar un prólogo donde cuenta brevemente la triste historia de El Congo, un área africana donde siempre ha primado la violencia y la explotación de recursos sin importar el bienestar de sus gentes (para crear un contexto en el que situar la historia que el documentalista quiere retratar)…, empieza una película de intriga, acción y tensión que se centra en cuatro protagonistas: un guardabosques, un cuidador de gorilas, el director de origen belga del parque y una periodista francesa. Así se desarrolla una investigación intensa que habla de un grupo de personas que tratan de salvaguardar un parque natural a pesar de la inestabilidad política y social, de la caza furtiva, de los conflictos bélicos, de la violencia extrema y de la actuación sin escrúpulos de una empresa británica, SOCO International (que ha negado en todo momento las acusaciones que se mostraban en el documental), que trata no solo de comprobar si hay petróleo sino cómo obtener beneficios si se procede a la extracción, sin importarles la zona donde operan (y menos aún las personas) y haciendo lo que sea por no tener obstáculos en su trabajo (incluso fomentar la inestabilidad de la zona).

Descubrimos que el guardabosques tiene un fuerte sentido del trabajo bien hecho, que tiene clara la importancia del parque y su labor, y que el parque supuso una salida a su dura vida como niño soldado. Que el director del parque es un ecologista convencido que respeta la naturaleza y ama El Congo y sus gentes y por eso no se somete a presiones a pesar de que su vida corra peligro. Que el cuidador de gorilas es un hombre entrañable que da sentido a su vida con la entrega total a los gorilas huérfanos que cuida en su día a día y que la joven periodista francesa tiene claro llegar hasta el final de su investigación para que si escribe lo que quiere denunciar, su trabajo sirva para la conservación del Parque y sus gentes. En definitiva, todos son capaces de arriesgarse por preservar la belleza y la biodiversidad de un paraíso natural.

Orlando von Einsiedel emplea los recursos del cine de ficción y del periodismo de investigación para construir su denuncia. Aquí está quizá su mayor pero, conduce al espectador por dónde tiene que ir, qué tiene que reflexionar e incluso cuando tiene que emocionarse o enfadarse (pero, por otra parte, lo hace bien porque lo consigue). Lo que pasa es que en Virunga, en contraste con la investigación y el conflicto que estalla, se muestra la belleza del parque, estalla su riqueza natural y se muestra una verdad cautivadora y auténtica en la mirada, los abrazos, la risa, el miedo, el juego, la protesta, la agonía y el cariño de cuatro gorilas huérfanos.

Desde que el mundo es mundo (Desde que el mundo es mundo, 2015) de Günter Schwaiger

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“La vida es vida desde que el mundo es mundo”, afirma Gonzalo, el protagonista del nuevo documental de Günter Schwaiger. Y el director toma estas palabras al pie de la letra y muestra el ciclo de la vida a través de Gonzalo y su familia. Su cámara los sigue durante un año y documenta, nunca mejor dicho, su manera de vivir, su filosofía, en un pequeño pueblo de la Ribera del Duero, Vadocondes. Y surge un documental realmente hermoso. Desde que el mundo es mundo muestra el ritmo pausado y apasionante del día a día. El que narra, el guía, es el agricultor Gonzalo. El resultado es apasionante porque mientras él relata su vida, como buen castellano, de manera directa, pragmática y realista…, hablando de la vida dura y sin romanticismo de las zonas rurales (azotadas también por la crisis… pero como dice, sabio, como siempre han estado mal están acostumbrados a los reveses), la mirada de Günter Schwaiger sí que nos devuelve una suave poética, no carente de romanticismo y nostalgia, de la vida rural.

Así el espectador penetra en el universo y en los rituales cíclicos de Vadocondes. La vida fluye, la vida pasa y en un año ocurren muchas cosas y otras permanecen…, y las de más allá están condenadas a desaparecer. Así lo vemos en los caminos que seguirán sus tres hijos. El mayor parece que seguirá –aunque no descarta un cambio– los pasos del padre. El pequeño quiere preparse para guarda forestal y el mediano quiere salir del pueblo y ejercer de veterinario. Mientras, todos ayudan al padre en la siembra de los campos (maíz, patata, remolacha…), en la matanza del cerdo, en los viñedos… La economía familiar se mantiene entre la agricultura (con años buenos y años muy malos) y el sueldo fijo de la madre que trabaja como enfermera (además de en el campo y en todas las tareas que sean necesarias). De Navidad a Navidad, Gonzalo y los suyos ritualizan su vida con los giros que depara el destino, con la espontaneidad de la naturaleza. Las comidas alrededor de la mesa, la visita a la panadería del pueblo, la vendimia, el despedazamiento del cerdo y la elaboración de los embutidos, la recogida de las setas, las reuniones en la bodega y en la cocina, el cine de verano, las procesiones, el verano bullicioso en un pueblo donde durante diez meses son tan solo 300 habitantes, las fiestas, el concierto al aire libre, el saludo a la Julia, la mujer más longeva del pueblo con sus 104 años (la mitad de sus habitantes están jubilados)…

Pero Desde que el mundo es mundo toca asuntos reales (y actuales) que afectan a la vida en las zonas rurales. Como vivir de la agricultura es sobrevivir. La dura guerra de los precios que hace casi imposible vivir de la agricultura sostenible, el mercado no deja respiro, no perdona… y hace que la agricultura esté destinada a desaparecer. La generación de Gonzalo parece la última que trata de sobrevivir con la agricultura tradicional, que cuida la tierra como puede (aunque las reglas del mercado le hace emplear sustancias –que preferiría no emplear– para que sus cosechas sean buenas, abundantes y no se pierdan). El despoblamiento de los pueblos que además de las dificultades diarias, suman la crisis que los está minando más, los pocos que pueden trabajar no tienen empleo, los que tienen empleo ganan mucho menos que antes, algunos tratan de sobrevivir, por ejemplo, sembrando marihuana en los campos de otros con las dificultades que eso acarrea, la mayoría de los jóvenes ven la continuidad de sus vidas fuera del pueblo…

O toca otro tema como la importancia de la memoria histórica, Gonzalo ha luchado, como siempre lo ha hecho durante toda su vida por todo, por sacar a su tío de una fosa común donde fue a parar en la Guerra Civil. Y desde ese momento ha seguido colaborando en las excavaciones y en recuperar los cuerpos de otras personas que encontraron la muerte y el olvido, y que a la vez, como dice Gonzalo, fueron tíos de otras personas. Todos son sus tíos. Una historia que ha llamado más la atención, pero como siempre y gracias hay excepciones, a la prensa internacional, así vienen hasta de Japón para realizar un reportaje sobre las excavaciones. Donde hay una excavación cerca de la zona, ahí está Gonzalo y familia con otras gentes de los pueblos y con los arqueólogos, sacando cuerpos, evitando el olvido, recuperando seres queridos y hablando de ellos.

Y Gonzalo cuenta, se convierte en narrador de una forma de vida, una filosofía, y cuenta sentado en una bodega o alrededor de un fuego mientras preparan carne o se fuman un cigarro. Mientras, la vida sigue su curso…, llueve, nieva, el perro tiene cachorros y la gata también, las gallinas corretean junto al pavo, hoy toca matar al cerdo y mañana al pollo, ahora es temporada de setas y cada día, amanece, siempre amanece. Y la gente sigue soñando, hasta el abuelo de la boina. Y la gente sigue aguantando, tiene mucha paciencia, aunque Gonzalo cree que la buena gente también tiene un límite, y si las cosas siguen así puede haber una explosión social. Pero la vida sigue, sigue, sigue…

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Ramillete de minicríticas: un cuento, una de dibujos, una de intriga, un thriller, una comedia musical y una película sobre la crisis económica

Cenicienta (Cinderella, 2015) de Kenneth Branagh

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A veces llama la atención la trayectoria de ciertos directores. Así ocurre con Kenneth Branagh, su carrera empezó a finales de los ochenta y se caracterizó por personales adaptaciones cinematográficas de las obras de Shakespeare y largos con firma de autor que reflejaron, por ejemplo, la radiografía de una generación, como Los amigos de Peter. De pronto cuando se traslada a trabajar a Hollywood y deja la cinematografía británica…, se convierte en un director de encargo que no obstante sabe lo que es dirigir. Así entrega una descafeinada Cenicienta sin ninguna imaginación, innovación o novedad en el cuento (todo lo contrario a sus adaptaciones de Shakespeare). La Cenicienta de Branagh, cercano a la imaginería que dejó la adaptación que realizó Disney en su versión de cine animado, sí deja ver su dominio como director en la puesta en escena y en su conocimiento de los recursos teatrales poniendo al servicio de la historia todo el artificio y sorpresa del teatro barroco así como el cuidado en la fastuosidad de los decorados y los vestuarios de los actores. Y consigue de nuevo enganchar al espectador, a través del asombro sobre el escenario de la historia, a un relato que conoce sobradamente.

El capital humano (Il capitale umano, 2014) de Paolo Virzi

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Paolo Virzi sigue analizando la evolución de las familias italianas (y las complejas relaciones entre los distintos miembros), y si en La prima cosa bella se centraba en la situación de una familia en los años setenta hasta la actualidad, en El capital humano se sirve del argumento de la novela de Stephen Amidon para realizar una radiografía actual de las familias italianas y cómo ha influido en ellas la crisis económica. Así con el atropello de un ciclista, analiza el comportamiento de una familia de clase alta y otra de clase media en un relato cinematográfico que cuenta con diferentes puntos de vista para llegar al mismo momento (el accidente) y narrar las implicaciones que supone este suceso en cada uno de los personajes. Cada punto de vista revela acontecimientos que no habíamos tenido en cuenta en miradas anteriores construyendo un relato demoledor sobre la Italia en crisis (sobre los que siempre ganan y los que siempre siguen perdiendo). Si bien uno de los puntos de vista es el más débil del relato y el más efectista (los amores adolescentes), la película deja el retrato demoledor de tres personajes interpretados por: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi y Fabrizio Gifuni. Como curiosidad comentar que quedaría un ciclo curioso sobre la crisis y el poder del dinero el proyectar El capital humano, Felices 140 y Relatos salvajes.

La familia Bélier (La famille Bélier, 2014) de Eric Lartigau

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La familia Bélier sabe dosificar la emotividad, el humor, la ternura, los momentos musicales en su punto justo. El conflicto surge cuando en una familia rural donde todos son sordos (los dos padres y el hermano menor), la hija, la única que oye, tiene un don para la música y decide participar en un concurso que la llevará a París. Tal y como han hecho “el reparto de responsabilidades y trabajo” en esta familia parece insustituible la labor de la joven, más todavía cuando su padre pretende presentarse a la elecciones locales. Así Eric Lartigau (nunca me había llamado la atención como director) construye una película-medicina que no solo deja canciones de Michel Sardou que emocionan (me sorprendí yo misma llorando sin parar mientras escuchaba “Je vais t’aime” y “Je vole”) sino unos personajes con los que es inevitable encariñarse. La familia Bélier es una comedia sensible y sencilla (a la que quitaría tan solo algún que otro chiste de índole sexual que me sobran totalmente en la trama y algún secundario excesivamente caricaturesco) que además cuenta con las buenas interpretaciones de François Damiens, que mantiene una química especial con la debutante y cantante Louane Emera (que cuenta su mejor baza con su naturalidad), Karin Viard y un carismático Eric Elmosnino como profesor de música. El director inserta recursos cinematográficos para “representar” el mundo silencioso o el propio de la protagonista viviendo con todos sus familiares sordos que funcionan, como la presentación de la protagonista dando especial importancia a todos los sonidos que solo ella puede escuchar o el momento en que ofrece “cómo oyen” los padres y su hermano la actuación de la protagonista en un festival escolar.

Odessa (The Odessa file, 1974) de Ronald Neame

Casi es un subgénero aquellas películas que cuentan el paradero de nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Así es imposible olvidar títulos como Los niños del Brasil, Maraton Mann, La caja de música o la misma Odessa. Y las más recientes La conspiración del silencio o El médico alemán. Odessa narra la odisea (valga la redundancia) de un joven periodista alemán freelance, con el rostro de Jon Voight, que comienza a investigar el caso de un suicidio, un anciano judío. La casualidad y el destino le llevará a perseguir a un antiguo dirigente nazi, Eduard Roschmann (Maximilian Schell), que ahora vive como un respetable y rico empresario con otro nombre. Así el periodista descubre un movimiento que se dedica, precisamente, a dar otra identidad a nazis y a conseguir que de nuevo se hagan con el poder en Alemania ocupando importantes puestos. La cinta empieza cuando el periodista escucha en la radio de su coche la muerte del presidente de los EEUU, John F. Kennedy, y cómo presencia casi a la vez la salida de un cadáver de un portal, un cadáver al que probablemente ningún medio le dedicará unas líneas. Sin embargo esa muerte le pondrá tras una historia más unida a su pasado de lo que cree (ese pasado que la sociedad alemana quiere enterrar en el olvido y el silencio, algo que aprovechan las personas que ponen en marcha Odessa y que dificulta la lucha de otros por devolver la dignidad a las víctimas de un genocidio y por juzgar a los criminales). Ronald Neame crea un thriller con apasionantes persecuciones, escenas de tensión (como un “falso accidente” en el metro) y desvelos hasta un final inesperado.

Chacal (The Day of the Jackal, 1973) de Fred Zinnemann

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Hay películas que cuentan con un personaje que es capaz de sostener toda una trama. Y esto ocurre con esta eficaz intriga que elabora el veterano Fred Zinneman. Chacal es un asesino contratado para matar al general Charles de Gaulle. Después de contextualizar la narración (explicar brevemente la situación histórica de Francia y que es la OAS), aparece el misterioso Chacal (Edward Fox), del que nadie sabe a ciencia cierta su verdadera identidad, y su laborioso plan para llevar a cabo su encargo: el perfecto asesinato de Charles de Gaulle. Y así se convierte en el rey de la función. Todo gira alrededor de él y su calculada y fría personalidad. Así la película intercala las acciones de Chacal con el proceso de investigación que llevan a cabo las autoridades francesas. El principal responsable de la investigación es un comisario con rostro de Michael Lonsdale, un tipo inteligente con pinta de funcionario gris que seguirá sin descanso a Chacal…

Paprika, detective de los sueños (Papurika, 2006) de Satoshi Kon

La animación japonesa, anime, es un terreno absolutamente rico (y muy desconocido para Hildy… aunque va indagando de vez en cuando en pequeñas dosis a base de recomendaciones de amigos entusiastas) y con una historia intensa. Dentro del anime japonés hay iconos. Algunas de estas películas saltan fronteras. Así las películas de Hayao Miyazaki o de Isao Takahata (ambos fundadores del mítico estudio Ghibli) tienen fieles apasionados más allá de Japón. Otro nombre con largometrajes de anime de culto es el de Satoshi Kon, que crea también su personal universo. Así sorprende la riqueza de Paprika, detective de los sueños que envuelve al espectador en un mundo onírico y sin sentido con un montón de referencias cinematográficas (que mejor representación del mundo de los sueños que una sala de cine). La animación ayuda a verter la imaginación desbordada y extraña por parte de Kon en la pantalla blanca y sus personajes se meten en sueños ajenos o en los propios o llegan momentos en que no sabemos si habitan el mundo real o onírico para desarrollar una complicada historia de detectives, científicos y tecnología punta. Todo entra en Paprika: la inconsciencia de los sueños, los miedos más profundos, el erotismo, la amistad, la fantasía y el amor desbordado y complejo. Este anime ha influido en cineastas como Christopher Nolan que sin duda antes de meterse en Origen, conocía el especial universo onírico de Kon en Paprika.

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Óperas primas en el Festival de Málaga. El viaje de las reinas (El viaje de las reinas, 2014) de Patricia Roda/El país del miedo (El país del miedo, 2015) de Francisco Espada

Las óperas primas se han convertido casi en una heroicidad en tiempos de crisis y en una industria cinematográfica que está sufriendo transformaciones y cambios, no solo por la situación económica sino por procesos mucho más complejos, es un reto llevar a cabo un primer proyecto cinematográfico y sobre todo poderlo mostrar en los circuitos de exhibición. Y sin embargo estos tiempos son momentos de alzar la voz y también de proporcionar nuevas miradas. El Festival de Málaga es una plataforma idónea y durante estos días ofrece la oportunidad de descubrir nuevas obras cinematográficas de directores que entregan su primer largometraje. En este caso Patricia Roda recibirá la Biznaga de Plata, mañana, por su documental El viaje de las reinas en la sección competitiva “Afirmando los derechos de la mujer”. Y por otra parte Francisco Espada está compitiendo en la sección oficial con su ópera prima El país del miedo.

El viaje de las reinas (El viaje de las reinas, 2014) de Patricia Roda

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¿Es posible un cambio o transformación social a través de un proceso creativo? ¿Por qué lo primero que se prohíbe y se controla en sistemas totalitarios es todo lo relacionado con la cultura? Estas son preguntas que tienen respuestas cada día a través de distintos proyectos. La cultura es abrir puertas y ventanas, hacer volar a las miradas, es aprendizaje de la vida, es acceso al conocimiento a través de la sensibilidad… y es posibilidad de cambio y transformación. El proceso creativo tiene algo que transmite fuerza y energía, un halo mágico que hace poner en pie proyectos imposibles. Y todo esto puede “sentirse” en el primer documental de la aragonesa Patricia Roda, El viaje de las reinas.

“Somos reinas”

Esta simple afirmación significa mucho. Es una afirmación reivindicativa. Las mujeres somos reinas en nuestra propia vida. Y esto lo tienen claro las quince mujeres protagonistas del documental. Todo empezó cuando un grupo de actrices decidió que en vez de lamentarse por su compleja situación laboral, no solo por la crisis sino también por la dificultad de encontrar buenos papeles sobre todo a una determinada edad, debían unirse y poner en pie un proyecto teatral (del que ha nacido además la plataforma Actrices para la Escena). Así surge Reinas. Desde las reuniones en un café de Zaragoza, El Sol, hasta estrenar la obra en el teatro Principal pasa un año de sueños, ensayos, trabajo duro, obstáculos, esperanza, ilusión… y todo lo contrario, incertidumbre, desencanto, dudas…

El alma del proyecto es visibilizar a unas mujeres que también escribieron la historia pero sin embargo se las relega a las sombras o a un segundo plano pero a la vez visibilizar que las mujeres actrices que llevan años en la profesión claman por papeles protagonistas, por las mismas oportunidades que sus compañeros en los escenarios (mismos salarios, mismas oportunidades de acceso, más papeles femeninos –y por tanto más voz–, más capacidad de decisión, más presencia en distintas áreas fundamentales en el mundo teatral…) y por poder seguir trabajando en lo que más aman (muchas de ellas tienen que buscar otras vías y trabajos para poder sobrevivir en el día a día).

Así la esencia de El viaje de las reinas son los rostros, primeros planos, de las quince mujeres que pondrán en pie este proyecto y la cámara de Patricia Roda “captará” todo el proceso creativo hasta el momento del estreno. Ellas son las protagonistas, ellas son las reinas. Así a la vez que ellas darán voz a distintas reinas europeas, el documental visibilizará a las actrices que aportarán su técnica, voz y cuerpos a dichas reinas. La impulsora y directora del proyecto, Blanca Resano, hará especial hincapié en que se las conozca con nombre y apellido.

Así Eva Hinojosa y Susana Martínez plasmarán en papel la obra de Reinas, este proyecto teatral común, y los rostros de las reinas serán los rostros de doce actrices de distintas edades: Laura Plano, Minerva Arbués, Amor Pérez Bea, Inma Chopo, Inma Oliver, Amparo Luberto, Carmen Marín, Ana Marín, Luisa Peralta, Mariles Gil, Nuria Herreros y Marisa Nolla. Y durante el proceso creativo cada una encontrará su voz de reina y en el escenario visibilizarán a Isabel La Católica, María Antonieta, Luisa Isabel de Orleans, Juana la Loca, Catalina la Grande, Isabel Farnesio, María Estuardo, Catalina de Aragón, Cristina de Suecia, Leonor de Aquitania, María Tudor e Isabel I de Inglaterra. Todas mujeres con nombre y apellido… y con un papel en la vida, las actrices y las reinas.

Patricia Roda opta por contar cronológicamente el proceso creativo, entrevistar a sus protagonistas, plasmar los acontecimientos más importantes y puntos culminantes antes del estreno en el teatro Principal (la división de etapas es a través de insertos que recrean conversaciones de Whatsapp o sencillos rótulos) y contextualizar este proyecto de dar voz a las mujeres y en particular a las actrices como un movimiento universal. Así el documental muestra a la plataforma Magdalena Project que nació en Gales en los años ochenta, principal impulsor de otros proyectos de mujeres en el escenario como el Festival A solas de México (quizá se echa en falta saber si realmente las actrices contactaron con esta red internacional y qué lazos o intercambios surgieron). La fuerza del documental son sus actrices, sus rostros. La realizadora dota de un buen ritmo y estructura un documental sencillo y directo que emociona porque capta la energía mágica de un proceso creativo que culmina en el escenario de un teatro.

El país del miedo (El país del miedo, 2015) de Francisco Espada

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El cine y la literatura está reflejando un periodo convulso y de crisis que se evidenció con virulencia a partir de 2008 y que está llevando consigo una transformación trágica del mundo (si ya era de por sí trágico y pesimista). En otro análisis de una película, Mátalos suavemente de Andrew Dominik, además de plasmar la frase clave que suelta el mercenario Jackie Cogan (Brad Pitt) en la barra de un bar: “América no es un país, es un jodido negocio” (cambia simplemente el país), la película me hizo reflexionar así: “ante la doctrina del shock (doctrina del miedo), que tan bien explica Naomi Klein, los ciudadanos del mundo vamos muriendo suavemente ante un sistema que arrasa cualquier atisbo de humanidad y que lo que menos le importa son los ciudadanos libres. En los extremos hay fugas de movimientos e indignaciones pero a los que mueven los hilos no los vemos, son abstractos… Parece o da la sensación de una soledad trágica de David contra Goliat… y parece que Goliat va derribando obstáculos y venciendo”. Y muchas películas de estos años van reflejando este clima de miedo que pone a los ciudadanos en un estado de shock que les impide pensar, les paraliza y de este modo se van introduciendo cambios económicos y sociales que no tienen vuelta atrás y van minando el estado de bienestar y aumentando de manera trágica las fracturas sociales.

Así el director extremeño Francisco Espada adapta a la pantalla la novela de Isaac Rosa, El país del miedo, que como dijo el autor cuando le entregaron en 2008 el premio a la mejor novela que concede la Fundación José Manuel Lara Hernández: “El país del miedo es una novela de miedo, sobre el miedo y contra el miedo. Intenta ser un libro de resistencia, para que rechacemos todas las tentativas para dominarnos”. Y de eso trata la película, del miedo y del negocio que se genera a través del miedo, y de los mecanismos que provoca el miedo…

El país del miedo es una película que incomoda hasta el final y lo que el director plasma (con mayor o menor acierto) es un estado de ánimo: el miedo instalado en un estado de bienestar que se resquebraja y las situaciones de incomunicación y soledad que provoca. Y se centra en una familia de clase media y en concreto en el padre (José Luis García-Pérez), un funcionario que trabaja en una biblioteca y que siempre se ha regido por ideas progresistas y pacifistas, partidario de dialogar y mediar. Y lo que plantea El país del miedo incomoda a todos los niveles.

El conflicto empieza cuando los padres se dan cuenta de que su hijo sufre acoso escolar en el colegio por parte de una niña de 13 años. Entonces el padre trata de solucionar el asunto y entra en contacto con la niña. Esta traslada el acoso del niño al padre y logra intimidarle de tal manera que él no sabe cómo frenar la situación que se le escapa de las manos. En cada paso va traicionando cada una de sus convicciones hasta dar solución por la vía más insólita (una vía externa que él siempre habría rechazado) porque mina toda su coherencia ideológica. De fondo, se refleja cómo en la sociedad en la que habitan prima la desconfianza, la soledad, la incomunicación y, como no, la violencia. Algo que se adhiere en todas las áreas de la vida cotidiana: en las comunidades de vecinos, en los barrios, en los colegios, en los lugares de trabajo y por último en los ámbitos más íntimos. Y todo esto está afectando a cada uno de los miembros de la familia.

Francisco Espada cuenta con un reparto creíble y cuenta con soluciones cinematográficas eficaces (como abrir y cerrar la película con el tema de las puertas blindadas y las llamadas telefónicas como símbolo del miedo y del negocio que genera el miedo) o el inicio con una escena que alcanzará todo su impacto al final del metraje donde las víctimas de la historia se intercambian (porque al final todos actúan de una manera determinada por la conquista de terreno del miedo). Pero a veces otras decisiones de puesta en escena minan el ritmo de la película o sacan de la tensión de la historia como cuando rompe con la cronología de la acción porque en realidad trata de plasmar el estado del miedo del personaje protagonista (esas escenas que cuentan un hecho pasado a través de la mente del protagonista o tal y como teme que va a transcurrir). Porque la mayor dificultad de El país del miedo, y que a veces no se logra, es mezclar la realidad de lo que está realmente ocurriendo con lo que está sintiendo en realidad el personaje protagonista, su estado de pánico, y que provoca que a veces sea poco verosímil lo que estamos viendo cuando lo que se está contando es algo muy real y potente.

Aun así Francisco Espada logra una historia fuerte que incomoda al espectador, le remueve por dentro y le hace reflexionar. La esencia del personaje de José Luis García-Pérez no está tan lejos del David Sumner (Dustin Hoffman) de Perros de paja de Sam Peckinpah, incluso va más lejos y perturba más su forma de actuar, porque incluso delega el uso de la violencia en otro. El país del miedo, ese dibujo que expresa y vomita nuestros miedos más íntimos, mella en lo más profundo al ser humano.

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Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) de Naomi Kawase

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El sonido de las olas, las propias olas… y el sacrificio de una cabra blanca por un anciano… son las primeras imágenes de Aguas tranquilas. Y atrapan. La muerte, la sangre roja que resbala hasta un cuenco, y la naturaleza a través de un mar que habla, que vive. Los sonidos… Naomi Kawase en unos fotogramas refleja uno de los temas de su obra cinematográfica: el ciclo de la vida que no puede explicarse sin comprender la muerte.

La directora japonesa (que dio sus primeros pasos a través del documental autobiográfico y que es una gran desconocida para Hildy, siendo esta obra de ficción la primera a la que se enfrenta) “escribe” con la cámara a través de las sensaciones y las emociones y construye un poema visual con historia de fondo. La muerte dialoga con la vida o viceversa. La naturaleza dialoga con el ser humano. ¿Dialogan o debaten? ¿Se escuchan o se evaden? La pasión adolescente y el aprendizaje de la vida se mezcla con las despedidas y el abandono de la existencia. La juventud se cruza con la vejez… se acercan y se alejan. El amor y el sexo. La muerte y el miedo. Los descubrimientos. Callar o gritar los sentimientos. Los secretos. Los silencios. La importancia de la despedida. La risa o la lágrima.

Dos adolescentes se enfrentan a la vez a la muerte (y por tanto también a la vida) por caminos diferentes que al final se funden. Él es Kaito. Ella es Kyoko. Tienen 16 años. Y se atraen. Él ve flotando en el mar un cuerpo tatuado, muerto. Kaito huye asustado, confundido. Ella está viviendo cómo se le escapa la vida a su madre enferma. Y siente que no va a poder asumirlo. Los dos viven en la isla de Amami-Oshima en Japón. Naturaleza y rituales. Canciones y bailes, presente y pasado. La vida fluye, la muerte llega. La danza de agosto o esa canción que habla de cómo resistir la ausencia del ser querido o cómo resistir que tú mismo estás destinado a abandonar la isla…

Naomi Kawase filma un poema y cada uno de sus versos se comporta como las olas del mar. A veces un torbellino de emociones, otras la calma. Un viaje en bicicleta… y el viento golpea el rostro. Un árbol con cuatrocientos años de historia y perder la vista en sus ramas. Otra cabra que muere lentamente mientras dos jóvenes observan y sienten de distinta manera el último suspiro del animal. Unos padres y una hija cómplices que se cobijan en un porche y se ríen juntos. La filosofía del surf, el hombre y la ola son uno. Una madre y un hijo que hablan a través de los silencios. El tatuaje de un padre. Un anciano que confunde el rostro de una joven con otro de su pasado. Sumergirse bajo el agua vestido o desnudo, solo o en compañía y perderse en el fondo marino. Acompañar a la persona que nos deja, que se va definitivamente de la isla, que fallece… y cantarle una canción, la que quiera, y bailar en su honor. Un primer beso o un te quiero…

La directora hace volar al espectador a una isla lejana y le sumerge en un mundo de sensaciones y emociones que dibujan un fondo… que no es más que el fluir de la vida. Un ciclo termina y otro empieza…

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Felices 140 (Felices 140, 2015) de Gracia Querejeta

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Las reuniones de familiares y de amigos donde se destripan sus entrañas, con buenos y malos momentos, con risas y lágrimas, con amor y reproche… han dado múltiples películas, casi se han convertido en un género. Así estas historias corales con un montón de personajes que tienen algo que decir o tienen una función relevante en la reunión no tienen nacionalidad. Si nos movemos en el terreno de la amistad, del cine británico todo el mundo recuerda Los amigos de Peter, del cine canadiense Las invasiones barbaras, del cine francés Pequeñas mentiras sin importancia, del cine americano Reencuentro o del cine español En la ciudad. Si nos inmiscuimos en las reuniones familiares, recordamos la reciente Agosto, nos estremecemos con Celebración, medio sonreímos con A casa por vacaciones y recordamos Mamá cumple 100 años. Y esta última la nombro porque la propia Querejeta dice que se le vino a la cabeza la película de Saura cuando estaba rondándole por su cabeza el argumento de Felices 140.

Y la película de Gracia Querejeta es hija de una generación que ha vivido y está viviendo una eterna crisis económica pero también social y moral. Así la película se nos presenta idílica en un paisaje paradisiaco en una retirada casa rural al lado del mar. Allí es donde lleva Elia, la protagonista, a todos sus seres queridos para pasar un fin de semana. El motivo es su cuarenta cumpleaños… pero esconde una sorpresa. Así la película empieza como tantas reuniones de amigos y familiares. Primero presentación de personajes y después reunión que va desvelando las distintas capas de sus personalidades e historias en común.

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En esa casa rural donde Elia pretende organizar el fin de semana perfecto, todo se está desarrollando como las películas antes mencionadas. Parece que va a consistir en una de esas reuniones catárticas donde todos ponen las cartas sobre la mesa, donde expulsan sus rencores, amores y sueños incumplidos. Parece que Querejeta va a realizar una bonita película rutinaria… cuando de pronto hay un giro en la historia que supone una ruptura radical de la narración y donde los personajes y sus acciones les sitúan en otro nivel. Lo que estaba siendo una película rutinaria se convierte en una película que plantea un conflicto cuya resolución incomoda y deja a cualquier espectador pensativo.

Así Gracia Querejeta se desmelena en esta película con un muy buen reparto y abandona los silencios, los secretos y el ritmo pausado de sus dramas familiares (y para la que esto escribe su frialdad) para entregar una reunión de amigos y familiares que sorprende y que muestra una radiografía pesimista del ser humano pero con un punto de humor negro. El único personaje que deja un atisbo de luz es el más joven.

Pero además Querejeta cuenta con un grupo de actores que se empapan de sus personajes para dejar una compleja radiografía de personalidades. Desde la joven novia argentina hasta ese exnovio pianista pasando por ese millonario que quiere más, el abogado sin escrúpulos, la rivalidad silenciosa de dos hermanas, el matrimonio en crisis o el joven testigo. Todos van desnudándose emocionalmente y dejándose al descubierto… Los rostros de Maribel Verdú, Antonio de la Torre, Eduard Fernández, Nora Navas, Marian Álvarez, Alex O’Dogherty, Ginés García Millán, Paula Cancio y Marcos Ruiz se pasean por las habitaciones y alrededores de un sitio idílico que ocultan lo más oscuro del ser humano. Lo que siempre se procura que no salga a flote.

Y entre todos protagonizan momentos clave que hacen avanzar la trama por caminos sorprendentes. Si en Los amigos de Peter, ese grupo de amigos se reunía alrededor de un piano para entonar una canción nostálgica que ensalzaba la amistad entre ellos, en Felices 140 sus protagonistas se reúnen alrededor de un piano para realizar su personal versión de Money, money, la canción del musical Cabaret… para dejar más claro todavía el tema principal de esta película.

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El cielo y tú (And this, and heaven too) de Anatole Litvak

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El título en castellano fue lo primero que me llamó la atención de esta película, El cielo y tú, y después la pareja protagonista (única vez que trabajaron juntos), Bette Davis y Charles Boyer y, por último, el director de este drama romántico con ambientación histórica, Anatole Litvak. Y después vino el disfrute.

El cielo y tú es una larga crónica de un amor imposible en un lejano siglo XIX, en concreto, en Francia en los momentos previos y agitados de la instauración de la Segunda República antes de la abdicación del rey Luis Felipe I de Francia. Esta historia de amor imposible tiene dos protagonistas que nunca verán la culminación de su amor por las circunstancias que les rodean: una institutriz solitaria y un duque infeliz.

Este amor es narrado por una institutriz marcada por su historia pasada y que trata de empezar una nueva vida en EE UU. Así se dispone a dar su primera clase de francés a unas alumnas que no la reciben precisamente bien… Entonces la protagonista les pide que le escuchen y comienza a contar su historia. Y esa crónica supone un enorme flashback que nos conduce a la institutriz cuando va a buscarse la vida en París y entra en el hogar de los duques Praslin. Ya desde el primer momento un anciano sirviente le advierte que no es la mejor casa para entrar a trabajar voluntariamente. Desde el primer momento se nota la tensión existente entre el matrimonio y la falta de cariño, sobre todo materno, que tienen sus cuatro hijos (tres niñas y el pequeño).

Así la institutriz firma su destino y cambia el ambiente de la casa. Sus clases y actividades se convierten en un refugio no solo para los niños (los niños son los que protagonizan los momentos más edulcorados o quizá los momentos que peor han envejecido porque ningún niño se comporta ahora como los de la película –así como las escenas de las niñas americanas– pero sí quería destacar a la más natural y buena actriz infantil Virginia Weidler) sino también para el duque. Ambos crean una complicidad de miradas y gestos… y construyen una historia de amor imposible. Un amor en el que nunca pueden expresar sus sentimientos, ni siquiera decirse que se aman. Y para esa historia sutil, íntima y emocionante están las interpretaciones de una Bette Davis delicada y un Charles Boyer elegante y misterioso. El mayor obstáculo de ese amor es la duquesa que está poseída por unos celos enfermizos y una personalidad emocional inestable que impide un atisbo de esperanza en el futuro. La duquesa no para hasta que consigue no solo la expulsión de la institutriz sino que genera una corriente de rumores falsos alrededor de una pareja que nunca culminará su amor. Desde el exterior, la nobleza, la iglesia y un pueblo descontento juzgarán irracionalmente a los amantes silenciosos. Y ese amor sin salida derivará en un final trágico para los tres implicados.

El director Anatole Litvak dirige este drama con elegancia y con decisiones de puesta en escena originales y sutiles para dar siempre el punto de vista de la protagonista. Movimientos de cámara a través de las ventanas o siguiendo a la protagonista por las escaleras. El cielo y tú tiene un cuidado excesivo en las ambientaciones, en los espacios y vestuarios. Y por último unos diálogos magistrales sobre ese amor que no se puede expresar. Así como simbolismos hermosos como esa bola de cristal con una casa y la nieve cayendo que es la mejor manera que tienen ambos de expresar sus sentimientos en silencio.

Pero si algo retiene al espectador son las increíbles interpretaciones y magnetismo de los protagonistas principales y secundarios. Bette Davis crea una de esas institutrices de película, su personaje y vivencias tiene ciertas similitudes de fondo con Jane Eyre (institutriz atraída por un noble en una casa hostil). Una Davis contenida que emplea sus ojos y mirada para expresar mil y un sentimientos. Charles Boyer logra un duque elegante, triste y atormentado que encuentra momentos de fugaz alegría y paz junto a la institutriz y sus hijos. Barbara O’Neil (la recordada madre de Scarlatta O’Hara en Lo que el viento se llevó) como duquesa celosa con los nervios rotos deja una composición estremecedora. O también Harry Davenport, un secundario (el doctor de Lo que el viento se llevó) que como viejo sirviente se convierte en roba escenas.

El cielo y tú es de esos dramas románticos que hacen que, como los protagonistas y su bola de cristal y nieve, el espectador durante un tiempo se centre en la pantalla de cine y olvide todo lo que le rodea.

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El francotirador (American Sniper, 2014) de Clint Eastwood

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El francotirador parte de la autobiografía del marine Chris Kyle. Su análisis se convierte en apasionante porque ha sido una película con polémica, sobre todo en su interpretación ideológica. El director siempre ha sido independiente en cuanto a sus planteamientos políticos aunque ha apoyado más a los presidentes republicanos. Eso no ha impedido que haya sido crítico con varias de sus medidas y nunca ha tenido reparo en dar su opinión ante distintos aspectos sociales, económicos y políticos. En este sentido, siempre hubo un análisis ideológico de su filmografía como actor y director, sobre todo al principio de su carrera y en sus primeros pasos como director de cine. Sin embargo, es cierto, que durante unos años (desde Sin perdón) se obvió su pensamiento político para el análisis de sus películas y se le consideró el último director clásico, un narrador cinematográfico que sigue los parámetros de cómo contar una historia en la pantalla blanca como en la época dorada de Hollywood. Con El francotirador se ha vuelto de nuevo al análisis ideológico y a etiquetar el pensamiento político del director así como realizar afirmaciones de que es una película patriótica, de derechas, conservadora.

Así que tenía gran interés de enfrentarme a El francotirador y lo que me he encontrado es una película más crítica de lo que pensaba y creo que más compleja de lo que se ha hablado. No es una película bélica redonda, más bien película correcta, pero desde mi experiencia como espectadora yo he visto una crónica crítica y desencantada de la guerra de Irak y la intervención de EEUU. Y el retrato desolador de lo que sería un héroe americano que no encuentra su papel. Si hay que analizarla cinematográficamente, Eastwood se ha centrado más en el mundo íntimo de su personaje principal que en las escenas bélicas (que las hay). Así por ejemplo, cinematográficamente es bastante más impresionante Salvar al soldado Ryan pero aquella ideológicamente me pareció mucho menos crítica, más patriótica y conservadora que El francotirador.

Eastwood presenta a un Chris Kyle (Bradley Cooper) como un tejano de pura cepa que se alista en la guerra de Irak convencido de servir a su patria contra el enemigo. Paralelamente a su reclutamiento y entrenamiento se enamora de una joven con la que antes de partir, se casa para formar una familia. Kyle es conservador en todos sus planteamientos. Pero Eastwood lejos de ensalzar al héroe americano (tipo Rambo) y a sus compañeros de batalla, va creando un héroe que cada vez se va sintiendo más perdido no solo en el campo de batalla sino también en la vuelta a su hogar. Cada vez entiende menos cuál es su papel y va viendo cómo se queda solo, cómo sus compañeros o mueren o se desencantan (como, por ejemplo, su propio hermano, personaje muy desaprovechado) y cómo incorporarse a la vida civil cada vez es más duro. Si Kyle empieza su labor como francotirador con el objetivo claro que le permite sortear duras cuestiones morales (nunca se regodea en las decisiones que toma), cada vez pierde más el norte y finalmente convierte su labor en una obsesión y rivalidad con otro francotirador iraquí (este podría haber sido un punto fuerte del relato cinematográfico pero se queda en la superficie, el rival es casi un fantasma, tan solo se nos muestran algunos datos. Recuerdo una película de dos francotiradores que me impresionó en su momento, Enemigo a las puertas de Jean-Jacques Annaud, que sí dejaba un retrato psicológico de los dos).

Cada vez que regresa a casa, siente el peso de otras responsabilidades que le cuesta asumir. No encuentra su lugar junto a una esposa y unos hijos que cada vez conoce menos aunque están ahí. Su esposa cada vez tiene más claro que su marido tiene que regresar del todo y centrarse en la vida civil. Además el protagonista siente el peso de sus demás compañeros a los que encuentra con duros procesos de integración a la vida bien por secuelas físicas o psicológicas. Su vida pierde sentido y rumbo… y nota que poco a poco todo se derrumba.

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La paradoja es que finalmente cuando logra tomar de nuevo las riendas de su vida y se decide a ayudar a otros compañeros con duras secuelas de guerra (es decir, encuentra un papel)…, ese francotirador temerario en Irak, que tenía el convencimiento de que disparaba al enemigo para proteger a sus compañeros, encuentra la muerte a manos de un exmarine con secuelas psicológicas. ¿Hay un destino más desolador para ese héroe americano que ha reflejado Eastwood?

Por otra parte otra de las críticas que ha recibido El francotirador es el reflejo del otro, del enemigo, de los iraquíes. Como en las películas del Oeste clásico, donde los indios eran representados como un colectivo y raramente alguno de ellos tenía un definido papel y personalidad desarrollada (eso fue evolucionando poco a poco hasta llegar a largometrajes como Apache, donde curiosamente el actor protagonista no era un apache auténtico sino Burt Lancaster) o escasamente se desarrollaban los motivos por los que surgía el enfrentamiento y su forma de actuar (se obviaba, claro está, su punto de vista), en El francotirador, Eastwood se centra en la construcción y evolución del héroe americano en película bélica y no en la representación del otro (pero esto no es solo algo que le ocurre a Eastwood, se puede ver en otras aclamadas películas recientes como La noche más oscura o Argo).

El francotirador muestra la riqueza de una película y las distintas miradas desde las que se puede abordar. Si la miramos cinematográficamente, no es de las mejores películas de Eastwood, es correcta sin más, con algún momento de puesta de escena que muestra su saber hacer, cómo esa última escena en que Kyle se va del hogar, todos sabemos su aciago destino y vemos en la puerta a punto de cerrarse el rostro de su mujer… Pero si hacemos un análisis de contenido, las miradas chocan, polemizan y crean reflexiones interesantes.

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Diccionario cinematográfico (215)

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Tíos y tías: de nuevo menciono Magia a la luz de la luna y un personaje, la tía de Stanley, Vanessa (Eileen Atkins). Mujer extravagante y encantadora que recuerda el importante papel en la pantalla blanca de los tíos y las tías que no son otros, como dice la RAE, que “respecto de una persona, hermano o hermana de su padre o madre”. Y esa persona claro está es el sobrino o sobrina.

Así siguiendo su estela… nos topamos con otras tías extravagantes y se nos cuela un tío también, extraño pero entrañable. Por ejemplo podemos encontrarnos con Auntie Mame que no puede tener otro rostro más que el de Rosalind Russell. O cruzarnos con una tía con cara de Maggie Smith… que viaja una barbaridad. Pero quizá nos apetezca más montar en bicicleta al lado de un tipo peculiar… Jacques Tati le dedicó una película especial, Mi tío. ¿Y quién no quiere perderse por su rocambolesca casa?

Otra tía de cine contemporáneo ha dejado huella recientemente. Se trata de la tía Wanda, una mujer aparentemente dura y fuerte que se va resquebrajando cuando inicia un viaje doloroso al pasado junto a su sobrina, una monja. Para conocerlas hay que visitar una Polonia en blanco y negro en Ida de Pawel Pawlikowski.

Pero hay tíos siniestros y oscuros. No nos olvidemos nunca del tío Charlie con cara de Joseph Cotten. Se lo hace pasar fatal a su sobrina en La sombra de una duda. Y su sombra es alargada en otro tío actual, también llamado Charlie, que crea una extraña relación y vinculación con su sobrina. Hablo de Stoker de Park Chan-wook.

Y en el cine patrio nos vamos a quedar con una trágica entre las trágicas, La tía Tula, una mujer amarga con rostro de Aurora Bautista y con un perdedor (Antonio Vico), pero el mejor de los hombres para su sobrino, Mi tío Jacinto.

También hay tíos que representan un mundo triste y cobarde, monótono y gris, en un hogar en el que no es agradable volver… Si no que se lo pregunten al más joven de los paracaidistas de Los temerarios del aire cuando vuelve a su ciudad natal y a recuerdos dolorosos en casa de sus tíos, los Brando (Deborah Kerr y William Windom). Hay tristes tías maltratadas y un poco alcohólicas que recuerdan tiempos pasados… que solo consiguen respeto de una sobrina que es buena persona. No hay más que adentrarse en el mundo de La loba y conocer a la pobre Birdie (Patricia Collinge).

En el cine italiano no faltan los tíos y las tías. Así nos quedamos con las tres inseparables tías solteras, que lo mismo se ríen que tienen una batalla campal, de La familia de Ettore Scola.

Hay tías ancianitas, amables y caritativas, que esconden tremendos secretos a su sobrino Mortimer. Solo por hacer lo que consideran buenas acciones… Podemos tomar con ellas un cafetito con pastas en Arsénico por compasión. Y también podemos escuchar una clase de literatura de un tío homosexual, triste y suicida (Steve Carell), a la vez un hombre tierno, en Pequeña Miss Sunshine.

… los tíos y las tías son personajes cinematográficos imprescindibles… La tía Vanessa con sus consejos, con algo de magia, a su sobrino Stanley nos lo ha recordado.

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El amor es extraño (Love is strange, 2014) de Ira Sachs

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A veces basta una mirada, un gesto o simplemente una manera de contestarse, de comportarse para intuir la complicidad construida entre dos personas. Así ocurre con Ben y George (John Lithgow y Alfred Molina), basta con contemplar la primera escena de El amor es extraño para construir sus casi cuarenta años de relación. Y esa mañana que se despiertan juntos…, es la mañana en que, después de la nueva ley que entró en vigor en 2011, formalizan su matrimonio delante de los seres queridos (familiares y amigos). Ben y George, que se han amado y se aman porque han sabido construirse un mundo de complicidad e intimidad, dan un paso que supone, para su sorpresa, un seísmo inesperado… que trastoca todo su universo cómplice.

Ira Sachs (primera película que contemplo de este realizador) construye un relato cinematográfico luminoso y doloroso, tierno y muy hermoso que narra la historia de un seísmo inesperado con un empleo elegante de la elipsis y el fuera de campo. Tan importante es lo que se muestra como lo que se intuye, lo que no se mira…

Y es que la emoción contenida, las palabras no dichas, los sentimientos no derramados pero sí intuidos, envuelven una película, de personalidad propia, pero empapada de unos ecos que construyen la historia personal de Ben y George. Así nos encontramos frente a frente con el espíritu y la fuerza de todo un clásico de Leo McCarey que contaba con una delicadeza extrema y dolorosa la separación a la que se veía abocada un anciano matrimonio por las circunstancias económicas. Aquella película, Dejad paso al mañana, se convertía en una de las más emocionantes despedidas. Así Ira Sachs toma el espíritu de aquel clásico, y como el personaje de Ben (que es pintor), con un fino pincel va realizando un lienzo para entender esa situación (de por si universal y sin que le afecte el tiempo) en unas circunstancias contemporáneas.

Pero también se oye otro eco que describe ese magnífico reflejo de la complicidad y la intimidad valiosa que dan los años de convivencia. Y es esa película todavía oculta y agazapada de Stanley Donen donde otra pareja de homosexuales ya en el ocaso de sus vidas se enfrentaban a dificultades para el futuro. En La escalera se construía ese universo íntimo de Charlie y Harry (Rex Harrison y Richard Burton)… pero la mirada de Donen era importante pues era pionera en presentar una relación homosexual cotidiana, cercana. Años después Ben y George dan un paso más pues lo interesante no es que sean homosexuales (algo que sí ocurría en La escalera) sino lo que les sucede, su drama, independientemente de si son dos hombres o no.

Y gran parte de la batuta, credibilidad y sentimientos que despierta esta pequeña y hermosa película es contar con dos rostros, John Lithgow y Alfred Molina, que se entregan en cuerpo y alma a sus personajes dejando también una emocionante despedida en forma de sincera declaración de amor…, cotidiana, íntima, cercana, una declaración sincera, posible después de casi cuarenta años de convivencia.

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Cadeneta de películas que se quedaron en el tintero…, más la propina

Las he ido viendo poco a poco y en cascada… películas todas ellas irregulares pero con un componente que las hace atractivas, extrañas, apetecibles… que bien merecen un visionado, dos o tres. Que te dejan pensando. O que alguno de sus fotogramas se te queda fijo en la retina. No son ni redondas ni perfectas… pero algo en ellas hace que no las olvides, que las razones y las pienses. Todas muestran un director detrás de sus imágenes. La propina es más que olvidable, la más rutinaria, la menos extraña y creativa (el director es invisible pero porque no crea) que no merecería la pena si no fuera por dos interpretaciones (me atrevería a decir tres) que dejan una huella o que permite al menos pasar una tarde amena.

Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) de Lynne Ramsay

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La directora Lynne Ramsay refleja un mundo de sensaciones, emociones y caos para reflejar el complejo universo de una madre que trata de entender qué es lo que le ha pasado a su hijo. Emplea el color, la música y el rostro increíble de Tilda Swinton. Presenta una narración descolocada que como las piezas de un puzle van tomando sentido en los ojos del espectador para contarnos una historia terrorífica y muy difícil de asimilar. Ninguno de los personajes de esta familia disfuncional ni sus relaciones, formas de ser o comportamientos son sencillas o fáciles de entender. Juega también con lo inquietante y lo incómodo. El espectador sabe en todo momento que ha ocurrido algo horrible o que va a ocurrir algo tremendo… pero ese instante siempre se retrasa…, hasta que llega la explosión de violencia, como una verdad revelada. Y te quedas absorto y te fundes con el rostro compungido de Tilda.

Solo Dios perdona (Only god forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn

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El director Nicolas Winding Refn construye una historia negra y violenta a través de la imagen, la estética, los ambientes y los rostros de sus personajes. No necesita apenas diálogos. Su película es pura coreografía y puesta en escena. Y desencadena una historia familiar de odios y venganzas en Bangkok. La destrucción de una familia mafiosa americana en un país lejano… Todo empieza por un asesinato y un policía jubilado que actúa como si fuera un dios vengativo. En el tablero del destino juega una especie de femme fatale convertida en madre vengativa, una Kristin Scott Thomas maravillosa e irreconocible; un hijo silencioso que arrastra la culpa y el silencio (el impasible Ryan Gosling); un hermano e hijo muerto que desata la violencia; una joven prostituta humillada y un extraño policía que desata su ira allá por donde pasa y que tiene querencia por cantar canciones tristes en los karaokes…

La mosquitera (La mosquitera, 2010) de Agustí Vila

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El director Agustí Vila crea una extraña fábula sobre una familia que dinamita con sus comportamientos extraños la normalidad. No existe este concepto en La mosquitera que se termina convirtiendo en película incómoda sobre la incomunicación y la incapacidad del ser humano para vivir en estos tiempos duros. Con una cuidada puesta en escena, sencilla y efectiva, crea un mundo entre absurdo y agobiante donde una familia actúa con normalidad pero todos sentimos que nada lo es. Su forma de actuar, de comunicarse y hablar es distinta, no entendemos en ningún momento sus códigos y eso acrecienta la incomodidad del espectador. Es como si estuviesen atrapados en una mosquitera y todo lo viéramos a través de esa fina tela, desde la distancia. Los actores, especialmente Emma Suárez, se tiran en plancha en interpretaciones de riesgo. Los perros son más coherentes y normales que cualquiera de los personajes que se presentan en esta trama. Curiosamente realizaría una sesión doble con la griega Canino de Giorgos Lanthimos. Y terminaríamos realmente incómodos…

Polisse (Polisse, 2011) de Maïwenn Le Besco

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A la realizadora y actriz Maïwenn Le Besco no le funciona del todo su fórmula entre realismo documental y ficción pero regala buenos momentos (lo que menos funciona es su personaje, aunque la idea podría no haber sido mala, y su historia de amor). Momentos de verdad que hacen lamentar que Polisse no sea una película más redonda. La película trata de reflejar la cotidianidad y el día a día de la unidad infantil del Departamento de Policía de París. Así deja una radiografía de las relaciones entre los miembros de la unidad, compartiendo sus momentos en las comidas, en las actuaciones, sus discusiones, sus celebraciones de alegría, su desesperación, la dificultad de sus vidas privadas, sus obstáculos para llevar a cabo su trabajo y cómo va haciendo mella en ellos su duro trabajo… Así nos estremecemos ante el lloro desconsolado de un niño al que deja su madre en la comisaria porque no puede hacerse cargo de él y la impotencia de uno de los policías que ha intentado por todos los medios encontrar un albergue que les acoja a los dos… O nos reímos con estos policías cuando ante duras situaciones surge el humor, un humor sano y seco, para suavizar o poder sobrellevar el momento.

La propina. El juez (The judge, 2014) de David Dobkin

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Un típico melodramón con juicio de fondo muy pero que muy americano con un argumento mal desarrollado donde la labor de dirección apenas llama la atención y que lo que sobrevive es la interpretación del juez del título, un colosal Robert Duvall, que logra conmover (e incluso que la espectadora que esto escribe echara más de una lágrima) y un Robert Downey Jr que consigue que se empatice con abogado agresivo y millonario que vuelve de nuevo a sus raíces familiares para redimirse y arreglarse con un pasado que le duele. Los momentos sensibles más conseguidos son unas grabaciones de super 8, las conversaciones y los momentos entre padre e hijo y las relaciones de Downey con sus hermanos de ficción, personajes que hubieran merecido ser más mimados pues están magníficamente interpretados por dos actores: Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong.

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