¡Ataque! (Attack!, 1956) de Robert Aldrich

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¡Ataque! es una de las películas que protagonizó Jack Palance junto a Robert Aldrich. Y es que estos dos nombres me llaman poderosamente la atención. Juntos y por separado. Juntos ya me impactaron en El gran cuchillo (rodada un año antes)… y lo han vuelto a hacer con ¡Ataque! Las dos parten de una obra de teatro (la primera inmensamente popular de un dramaturgo de renombre como Clifford Odets, la segunda mucho más desconocida y por tanto con más libertad en la adaptación cinematográfica) y las dos hablan del enfrentamiento entre dos hombres hasta el extremo, un extremo inaguantable y catártico. Si la primera muestra las oscuridades de Hollywood a través de las relaciones entre un productor y su estrella. En la segunda se marca un incómodo mensaje sobre el horror de la guerra, sin heroísmos ni momentos victoriosos, que además habla sobre la impotencia ante unos altos mandos incompetentes a los que no les importa enviar a hombres a muertes seguras. Y esta vez el enfrentamiento radical se produce entre el teniente Costa (furioso y carismático Jack Palance) y el capitán Cooney (magnífico en la representación de la locura, Eddie Albert). Las dos películas —que pueden formar parte de una sesión doble— contaron además de con Robert Aldrich y Jack Palance con un tercer vértice, el guionista James Poe.

¡Ataque! posee momentos íntimos, reflexivos e intensos (que son menos comunes en el cine bélico) y es cruelmente pesimista y violenta. Porque no es sólo un enemigo alemán que acecha en todo momento, incansable, sino un enemigo claustrofóbico que se encuentra en el lado americano, en su propio bando, y que termina desquiciando y desgastando más todavía a los hombres en la lucha. No hay gloria, no hay heroísmo, no hay patriotismo… en el campo de batalla, hay hombres desganados que no sólo tienen que enfrentarse a la muerte (sin quererlo) sino que además tienen que lidiar con asuntos internos que les minan y les provocan apatía. En concreto un batallón bajo el mando de un capitán no sólo cobarde sino roto mentalmente, enfermo. Esta situación empujará al límite de la locura también a un teniente que se preocupa por el destino de sus hombres pero que no sabe cómo gestionar esa tensión. Él es superviviente, soldado, y sólo sabe de lucha en campo abierto… La única manera que cree posible para terminar con esa situación ante la apatía y los distintos intereses de los altos cargos es vengando a sus hombres: eliminar al capitán. No sabe encontrar otra salida que evite males peores. En esta lucha encarnizada entre dos hombres (que además para enfatizar más el enfrentamiento, proceden de clases sociales diferentes), mientras tienen que enfrentarse a la amenaza nazi, existen dos testigos, otros dos personajes que canalizarán de diferente manera este enfrentamiento (y que moverán los hilos de distinto modo hasta la fatal conclusión) y que plasman dos puntos de vista diferentes. Uno es el teniente coronel Bartlett (Lee Marvin) que utiliza este choque en beneficio propio interesándole muy poco el destino de sus hombres y mucho más su posición y la escalada en el poder incluso en tiempos de paz. Y el otro es el coherente (el hombre que se encuentra en el justo medio, que trata de entender a todos, y de buscar la solución más razonable pero no le dejan, le arrastran al horror… aunque tomará de nuevo las riendas), el amigo fiel de Costa, el también teniente Harry Woodruff (William Smithers). Ninguno de los dos hombres, ni el teniente Costa ni el capitán Cooney lograrán un final heroico o victorioso sino todo lo contrario… y los dos acabarán juntos en una escena brutal.

Robert Aldrich cuenta con nervio pero con pulso, con ritmo vertiginoso sabiendo combinar los momentos reflexivos y más íntimos (que presenta la psicología compleja de los protagonistas) con los momentos de guerra cruda… La violencia llega no sólo en el campo de batalla sino en lo emocional y en las relaciones entre los hombres protagonistas que llegarán al paroxismo y la sinrazón. Todas las emociones se acrecientan por el miedo, la cobardía, la impotencia ante la muerte evitable de compañeros y ante tener que obedecer órdenes absurdas, la imposibilidad de un futuro, las ganas de venganza… La película empieza con una escena ya fuerte que acompaña a los créditos (y que cuenta con la mano artística de Saul Bass…) y que pone en conocimiento del espectador la fuente del conflicto. Vemos cómo un batallón de hombres muere acribillado ante la impotencia de su teniente (Jack Palance) y la cobardía de su capitán y la apatía de los demás compañeros que siguen perplejos las órdenes de un hombre al que no pueden respetar. El título Attack queda impreso en pantalla en letra nerviosa cuando cae rodando por la ladera el casco del último hombre del batallón que ha sido abatido por los disparos alemanes… y el casco termina su viaje frente a una flor… A partir de ahí el teniente Costa va enfrentándose de forma cada vez más violenta y explícita con el capitán, hasta que le amenaza, con testigos delante, de que cómo vuelva a dejar a su suerte a otro batallón de hombres (donde está además él)… regresará del campo de batalla para matarle. Y a partir de ese momento Costa sólo sobrevivirá para cometer lo que cree una misión especial y casi sagrada… De la misma manera el capitán se irá mostrando cada vez más temeroso y cobarde además de reflejar que es un hombre desequilibrado, traumatizado y mentalmente enfermo de gravedad.

Robert Aldrich se alía con la tensión, con un trazo cinematográfico que fomenta los primeros planos de sus cuatro intérpretes (los cuatro maravillosos… hasta el más inexperto y debutante William Smithers) que hablan a través de la crispación o emociones de sus rostros… llegando a la culminación de esa crispación (sello en la filmografía de Aldrich) con un excepcional Jack Palance y un magnífico Eddie Albert (alejado totalmente de su papel más popular, el paparazzi de Vacaciones en Roma y demostrando ser un actor con carácter como ya se veía en esta comedia). Pero también logra la tensión necesaria y la violencia que acompaña al cine bélico, dejando buenas escenas en el campo de batalla con ritmo, tragedia y muerte.

Hay otro motivo extracinematográfico que vuelve más interesante todavía esta película. Hay un libro que se titula Operación Hollywood. La censura del Pentágono de David L. Robb (Océano, 2006), de lectura amena e interesante (porque toca un tema desconocido por muchos, entre esos muchos, me encuentro yo), que cuenta las relaciones entre el cine americano y el ejército. En ese libro hay un capítulo que narra cómo Aldrich fue el primer director americano que denunció públicamente cómo el ejército americano controlaba ciertas producciones cinematográficas y ejercía una especie de censura, por ejemplo, impidiendo cualquier tipo de apoyo o asesoramiento. O dando también problemas en la distribución de la película, etcétera… Existen cartas que muestran el descontento del ejército ante el guion de la película antes de ser realizada y su negación a colaborar con la producción si no cambiaba el enfoque. Con la denuncia del director se abrió una comisión de investigación en el Congreso sobre la relación del Pentágono y Hollywood (y la posibilidad de censura por parte del ejército). En esa investigación no se llegó muy lejos pero fue un primer paso.

¡Ataque! es una nueva aventura para acercarse y disfrutar a la filmografía de un director peculiar que fue capaz de mostrar una mirada diferente y que jugaba con géneros reconocibles como el western, el bélico, el melodrama extremo… y que hizo de la crispación un elemento narrativo…

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La noche americana (La nuit américaine, 1973) de François Truffaut

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… ¿Por qué hoy La noche americana? Ayer pensaba tengo que hacerme un regalo especial e íntimo. Para mí sola. A mí misma. Es importante regalarse uno a sí mismo. ¿Por qué? Ha llegado el día del cambio de década. El reino del 3 termina y empieza la década del 4.

¿Qué me puede gustar más que una película que verse de cine dentro del cine? Y por qué La noche americana es la elegida. Su director François Truffaut amaba el cine… Cine en vena. Y en el momento de dirigir su particular homenaje sobre cine dentro del cine cumplía 40 años. ¿Otro motivo más? La película, después del estreno, recibió múltiples premios… en 1974 fue premiada con el oscar a la mejor película de habla no inglesa. Y ese mismo año, aquí doña Hildy, volvió a reencarnarse… Porque ya saben ustedes que vivimos diversas vidas (algunas paralelas, otras concéntricas e incluso laberínticas). ¿Otra razón más? A pesar de mi ansia por ver películas de cine dentro del cine y de mi amor por François Truffaut… curiosamente esta película continuaba en mi baúl de cintas pendientes… Así que este ha sido mi regalo: ver tranquila esta película que, no podía ser de otra manera, me ha entusiasmado.

Vida y cine, cine y vida. Asistimos al rodaje de una película con una extraña familia que la hace posible. Actores, actrices, técnicos, director, productor, músico (por conversación telefónica), acompañantes… Y asistimos a ese rodaje de manera natural, como la vida. La noche americana fluye…, te dejas llevar. Con alegrías y penas, con tensiones y locuras, con miedos, sueños, pesadillas, e inseguridades, con obstáculos y caprichos, improvisaciones, buenos momentos, con risas y también llanto. Con preguntas sin respuestas, situaciones inconclusas, y siempre la presencia del amor y las relaciones humanas. Y con una premisa, pase lo que pase, la película tiene que terminarse. Y al final: “nos veremos en la cola del paro” y después, probablemente, vuelta a empezar. Y La noche americana se convierte en documento nostálgico de una manera de hacer cine. De una manera especial. Con celuloide. Jugando siempre con un binomio: ficción y realidad, realidad y ficción.

Y también es una película de principios vitales. Tanto del que se dedica a hacer cine como del espectador que lo disfruta. Vivir con el cine siempre presente. Ya lo dice el director de La noche americana, Ferrand (o François Truffaut): “El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine”…, haciendo cine para que otros sean felices, viéndolo.

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Marnie, la ladrona (Marnie, 1964) de Alfred Hitchcock

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En más de una ocasión he escrito que me gusta muchísimo ver los trailers de las películas. Disfruto mucho. Y el de Marnie, la ladrona no es una excepción. Nos encontramos con Alfred presentando la película… y dos palabras son las que articulan la pieza: sexo y thriller. Termina con un montón de preguntas: ¿Qué es Marnie? ¿Una película de suspense, una historia de amor, una investigación, la historia de una ladrona…?

A sexo y thriller añadimos la palabra psicoanálisis. Pero Marnie, la ladrona es mucho más. Una película catártica y obsesiva. Enfermiza y extraña. Oscura. Hitchcock como siempre cuida las formas. Y con una sucesión de inverosimilitudes maravillosas crea una atmósfera de pesadilla que acompaña a su retorcida protagonista (no menos que todos los personajes que la rodean). Como siempre deja escenas maestras tanto de suspense como de una sensualidad extrema.

Marnie en el momento de su estreno fue un fracaso de público y crítica. Ya se sabe el amor del maestro del suspense a rodar lo más posible en estudio y no sólo eso sino emplear distintos trucajes técnicos que en ese momento no encandilaron al público ansioso de un nuevo cine que no tardaría en aparecer. Marnie es un artefacto ‘precioso’ de estudio…, un artefacto visual. Puro cine. Pero en el momento de su estreno fue visto como artificioso, falso y poco creíble… Yo hacía tiempo que no veía Marnie y sin embargo tenía muchas ganas de volver a visitarla. Recuerdo que en su momento (¡esas sesiones dobles!) me gustó mucho aunque he de reconocer que nunca se ha encontrado entre mis favoritas pero sí sentía una atracción por ella. Ahora al verla de nuevo, la he disfrutado bastante más. Marnie manifiesta el universo hitchcockiano en todo su esplendor.

Quizá uno de los motivos por los que en su momento (y también ahora) no gozó de la ‘simpatía’ del público es debido a que precisamente ningún personaje es simpático y es difícil sentir empatía por alguno de ellos. Todos son imperfectos, como somos todos los seres humanos. Y además las fobias y obsesiones del director son plasmadas sin pudor. De fondo, por supuesto, la banda sonora de su músico de cabecera, Bernard Herrmann, en la que sería su última colaboración con Hitchcock.

Sin embargo… no podía faltar. Hitchcock filma uno de sus hermosísimos besos… esta vez cargado de sensualidad y electricidad. En un primerísimo plano tan solo vemos la boca de Sean Connery que va recorriendo el rostro de una asustada y hierática Tippi Hedren hasta llegar a su boca y fundirse en un beso…

Paralelismos hitchcockianos

Si me dijeran que buscara un paralelismo, me remontaría a Recuerda. Ahí nos encontrábamos con un atormentado Gregory Peck y una psicoanalista hermosa, Ingrid Bergman. La estructura y el paralelismo de la película son similares. Pero en aquella había menos oscuridad y más afinidad por los personajes protagonistas. Sin embargo el fondo de la historia, los miedos, las obsesiones, los sueños, el psicoanálisis… están también presentes. Hitchcock con el paso de los años se vuelve más oscuro, desencantado y retorcido, menos romántico y más sexual. Los personajes encarnados por Sean y Tippi son mucho más retorcidos y complejos que los de Gregory e Ingrid. No es mala idea proponer esta sesión doble.

También hay una fuerte presencia de un personaje crucial: la madre (Louise Latham). Qué buen y complejo ensayo se podría elaborar sobre las madres en las películas de Hitchcock. Desde el primer momento nos damos cuenta de la relación compleja e insana que mantienen madre e hija. Y todos intuimos que es desde ese ‘accidente’ siempre nombrado.

Como Marion Crane (Janet Leigh), Marnie es una ladrona. Y roba una cantidad elevada de dinero de la oficina donde trabaja. Si Crane lo hacía para labrarse una vida mejor junto al amado… y se arrepentía de su robo (tenía mala conciencia del acto realizado). Para Marnie el robo es una necesidad, roba patológicamente. Y si a Grace Kelly le atraía enormemente en ese divertimento que es Atrapa un ladrón que Cary Grant fuese un ladrón de guante blanco. Al millonario interpretado por Sean Connery le atrae mucho que Marnie sea una ladrona… Mientras en Atrapa un ladrón todo forma parte de un divertido juego de seducción, en Marnie se transforma en un juego oscuro. En una especie de caza salvaje donde la mujer depredadora es atrapada en una jaula por el seductor sin escrúpulos. Y de esa extraña mezcla…, surge una extraña historia de amor.

En un interesante documental que contiene el blu ray, El problema con Marnie, explican que tanto en la novela en la que se inspira como en el primer borrador (el que en un principio iba a interpretar Grace Kelly en ansiado regreso al cine —que nunca se produjo—), se articulaba el conflicto de Marnie a través de un triángulo amoroso como en Encadenados. Pero en el resultado final el rival de Connery quedó eliminado y sustituido por una joven cuñada malévola (que rivaliza con Tippi).

Y los paralelismos siguen siendo evidentes. Como un matrimonio entre dos personas de distintas clases sociales y como no mansión con personalidad propia… En este caso volamos hacia Rebeca o la más desconocida Atormentada. Por continuar con el juego, la rubia hierática llevada al extremo más absoluto. Marnie no sólo es ladrona, mentirosa, fría y manipuladora sino que tiene un odio intenso hacia los hombres. No puede mantener relaciones sexuales y no soporta que la toquen. Así una de sus escenas más oscuras es cuando el millonario en su extraña luna de miel… fuerza a una aterrorizada y paralizada Marnie a mantener relaciones sexuales. Y la maravillosa presentación de una Marnie morena (y sus continuas transformaciones y cambios de personalidad) puede ser una continuación del triste personaje de Kim Novak en Vértigo, esa morena vulgar que se convierte —por dinero— en una elegante y rubia sofisticada con impulsos suicidas (como la propia Marnie).

Formas hitchcockianas

Pero además si por algo ‘enamora’ Marnie la ladrona es, como siempre, por la manera y forma que tenía Hitchcock de rodar. A la escena del beso, con tormenta de por medio y protagonista aterrorizada, podemos señalar varios momentos magistrales. Si se le llama el maestro del suspense, es porque conseguía momentos geniales en cada una de sus películas. En este caso, el robo de Marnie a la empresa del millonario enamorado. Primero ésta se oculta en el cuarto de baño, después la oficina está absolutamente solitaria y lleva a cabo su plan. Mientras vemos como deja la puerta abierta y está abriendo la caja fuerte, observamos como desde el fondo del pasillo aparece la mujer de la limpieza. No hay diálogo durante los minutos que dura la escena… pero la tensión y el suspense está servido… Es también de señalar la importancia que da el maestro del suspense a determinados objetos que van a ser protagonistas de una escena y van a provocar tensión: como una llave o un zapato.

El ambiente de pesadilla y oscuridad, de inestabilidad de la protagonista, es magistral a lo largo de toda la película. En sus pesadillas, sus miedos a las tormentas y al color rojo. Su terror al sexo… Hasta el momento clímax del flash back (recreado como si fuera una pesadilla) que cuenta Marnie con esa voz de niña de una mujer al borde de la locura donde con toda su crudeza y violencia conocemos el origen del miedo de Marnie al color rojo, su terror a las tormentas y su odio hacia los hombres así como la extraña relación con su madre…

Y por último otro momento catártico es esa cacería y esa Marnie desbocada y aterrorizada montando a galope su caballo con el que va saltando obstáculos hasta un peligroso muro final (que además somos conscientes del artificio pero no podemos evitar de nuevo la tensión y la emoción…, en su mayoría fue rodado en estudio y con transparencias)… que lleva al límite al personaje.

Marnie, la ladrona es una película oscura pero puramente cinematográfica que muestra a un Hitchcock obsesivo capaz de levantar una enfermiza historia de amor.

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Vida y muerte del coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943) de Michael Powell, Emeric Pressburger

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No había tenido oportunidad de ver Vida y muerte del coronel Blimp hasta ahora… y de nuevo Michael Powell y Emeric Pressburger me han deslumbrado. Me quito el sombrero apasionadamente. Lo que podía haber sido una película más de propaganda bélica británica (está rodada cuando aún estaba en marcha la II Guerra Mundial y no se sabía bien cuál podría ser el resultado final), se convierte en una gran obra cinematográfica donde estos dos autores crean su universo particular y su manera especial y original para contar historias. Con un uso elegante del color (como seguirían demostrando en Narciso negro y Las zapatillas rojas) y un empleo del lenguaje cinematográfico para detenerse en cada momento, logran una película emocionante por muchos motivos… Durante su visionado, he disfrutado cada fotograma, cada momento.

Y lo que quieren decir y lo que cuentan no es fácil (de hecho siempre se suele señalar en distintas fuentes consultadas que fue una película que disgustó bastante a Winston Churchill), con un humanismo similar al que se desprende en La gran ilusión de Jean Renoir (estrenada en el 1937)… Vida y muerte del coronel Blimp va más allá y expone un tema complejo y controvertido: el enemigo a batir no son los alemanes, es el Nazismo. Y en esos momentos que están viviendo, no vale la caballerosidad, ni el honor, ni el valor, ni el respeto al prójimo… No se puede perder en el campo de batalla. Y para frenar a ese enemigo que arrasa sin piedad alguna…, la manera de enfrentarse a él tiene que ser distinto, radical. Así como la manera de gestionar la paz (otro tema siempre difícil y complejo). Y esto no es fácil digerirlo. Además como otras películas del momento, reflejan la importancia de la defensa civil (no olvidemos La señora Miniver que se rodó un año antes). No eran temas fáciles en esos momentos, ni ahora.

El protagonista de la película es un anciano coronel, el coronel Blimp, que recuerda su vida. Desde su intervención en la guerra de los boers, hasta la Primera Guerra Mundial y ahora en plena Segunda Guerra Mundial. Y en esa vida hay dos personas que le acompañan a lo largo del tiempo: su amigo alemán, también militar, Theo Kretschmar-Schuldorf  y el amor de su vida (la manera de plantear esta historia es sorprendente y original). Porque Vida y muerte del coronel Blimp es también una historia de amor, amistad y del paso del tiempo…

Lo maravilloso de Michael Powell y Emeric Pressburger en esta película emocionante es que cuenta la historia de un hombre a través de continuas elipsis. Es tan interesante lo que ven nuestros ojos, como lo ausente —lo que no vemos— pero que sin embargo sabemos que ha ocurrido… Después de una introducción que nos permite saber que la película transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, que la contienda continúa, y que nos presenta al coronel; asistimos a un largo flash back y el regreso al pasado sucede de una manera sencilla y a la vez prodigiosa. Al coronel le conocemos en unos baños de un club militar, cae al agua con un joven durante una pelea y se hunden en una piscina y de pronto solo vemos la imagen del agua y la cámara que recorre la piscina que es rectangular. De pronto surge la cabeza de un joven que sale… y es el coronel Blimp muy joven…

Además del siempre llamativo uso del color, destaca el empleo que realizan de los espacios (así como el cuidado de cada uno de los espacios elegidos) y sobre todo la posición de la cámara en algunas de las escenas. Así se convierte en un espectáculo visual el restaurante con orquesta donde se reúnen por primera vez Edith Hunter (el amor de su vida) y el coronel Blimp. O el gimnasio donde tiene lugar el duelo entre Blimp y Theo. Así como la casa británica del coronel, una herencia de su tía, donde siempre regresa (y que será testigo del paso del tiempo).

Un ejemplo del uso genial y continuo que hacen estos creadores de la elipsis para narrar cinematográficamente, lo encontramos en el momento del duelo. Solo nos dejan ver los preparativos del enfrentamiento, después la cámara sale del recinto y penetra en una ventana desde la que se ve el edificio desde el exterior. Ahí está Edith con un amigo del coronel, mirando inquietos y hablando sobre qué será lo que pasará en el interior. De pronto, ven cómo sale una ambulancia del edificio. Y no sabemos nada de lo que ha ocurrido hasta que en el siguiente momento vemos a Edith en el hospital.

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Y ¿cómo es el planteamiento de la historia de amor? En el hospital se produce un triángulo entre Edith, Blimp y Theo. Al final Theo se compromete con Edith ante la alegría de Blimp, que de pronto en un instante se da cuenta de que en realidad está enamoradísimo, ella es su mujer ideal. Su vida girará en la búsqueda de ese amor perdido. Así durante la Primera Guerra Mundial, verá en un convento a una enfermera de la Cruz Roja semidormida, que ni repara en su presencia, que le llama poderosamente la atención: es igual que Edith. En otra elipsis genial, descubrimos que no solo vuelve a encontrarse (porque la busca) con esa enfermera sino que además se convierte en su esposa (y ambos protagonizan una declaración de amor de esas que me gusta coleccionar). Y cuando ya es un anciano coronel viudo, encuentra a una joven chófer entre setecientos candidatos, que se hace llamar Johnny, y ambos tienen una relación de camadería y respeto. La chófer es exactamente igual que Edith y su esposa. Tanto Edith, como la enfermera de la Cruz Roja como la chófer tienen el rostro de Deborah Kerr (cuando todavía no ha volado a Hollywood).

La película está llena de momentos mágicos. Me vienen dos a la cabeza. El momento en que termina la Primera Guerra Mundial que pilla al coronel Blimp en un atardecer en coche junto a un fiel amigo y sirviente… Ambos están hablando entre bombardeos y disparos del inminente final de la contienda a una hora establecida. De pronto el silencio. La guerra ha terminado. Y los dos hombres se quedan contemplando el paisaje sin decir palabra…O casi al final de la película, en un momento crucial, el coronel Blimp mira una hoja que se desliza en el agua y esboza una sonrisa llena de significado.

Vida y muerte del coronel Blimp cuenta también la historia de una amistad, llena de momentos íntimos. Con sus encuentros y desencuentros, con la ausencia, con el paso del tiempo, con los consuelos y las confesiones. Con los lazos cada vez más fuertes… Los dos amigos fueron muy bien interpretados por Roger Livesey y el carismático Anton Walbrook. Los dos actores actuarían en otras películas de estos creadores.

Así el visionado de Vida y muerte del coronel Blimp se convierte en una experiencia visual que merece la pena repetirse y compartirse…

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El ángel de la calle (Street Angel, 1928) de Frank Borzage

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Janet Gaynor era la estrella del momento. La primera en recibir una estatuilla dorada, un oscar. Y se la premiaba por tres interpretaciones: Amanecer de F.W. Murnau, El séptimo cielo y El ángel de la calle, ambas de Frank Borzage. Además El séptimo cielo la emparejó por primera vez con Charles Farrell y se convirtieron en la pareja romántica que todo el mundo quería admirar en pantalla. De hecho El ángel de la calle, fue un proyecto impulsado por el tremendo éxito de El séptimo cielo. Ironías del destino, diez años después su luz se apagó. Janet Gaynor se convirtió en una de las primeras actrices que se enfrentaría a la ‘tiranía’ del sistema de estudios y abandonó su exitosa carrera cinematográfica en 1938. Un año antes volvió a ser nominada por su papel en Ha nacido una estrella de William A. Wellman.

Murnau, director alemán admirado, llegó a Hollywood con un halo de leyenda. El director europeo llegaba para elevar el cine a la categoría de arte y así lo demostró con Amanecer donde Gaynor interpretaba a una sensible campesina que se enfrenta a las tiranías de la vida urbana. Su esposo cae en las tentaciones de la gran ciudad y llega un momento en que piensa que su dulce esposa no es más que un impedimento para su futura felicidad. Los enormes ojos y la mirada de Janet Gaynor se quedaron como una marca de su registro como actriz.

Pero ahí estaba también el director norteamericano Frank Borzage con una sensibilidad especial y elevando el cine a la misma categoría de Murnau con las dos obras cinematográficas antes citadas y con los ojos de Janet en ellas. En el imprescindible libro sobre el director de Hervé Dumont (Frank Borzage. Sarastro en Hollywood) se dice que “sabemos que Borzage ha estudiado el rodaje de Sunrise y que, en reciprocidad, Murnau ha expresado su admiración por Seventh Heaven y ha asistido algunas veces al rodaje de The River”. También señala que a Murnau le impresionó tanto la fotografía de El ángel de la calle que contrató al equipo de Palmer e Ivano para su siguiente trabajo en Hollywood. Tanto Amanecer como El séptimo cielo se rodaron ambas en 1927.

Pero el cine también es industria, y cuando se dan cuenta del potencial de Janet Gaynor y Charles Farrell en El séptimo cielo…, la maquinaria de Hollywood quiere otra película donde ambos se enamoren. Se la encargan a Borzage y él vuelve a crear pura emoción cinematográfica. Así tanto El ángel de la calle como El séptimo cielo ‘recrean’ una Europa especial: los bajos fondos de principios del siglo xx… La primera transcurre en París y la segunda en Nápoles para contar ambas una historia de amor fou que llega al éxtasis y a la trascendencia entre dos seres al margen de la sociedad. Las dos gustaron muchísimo al público de la época.

Frank Borzage vuelve a crear formalmente una película prodigiosa, impecable, y no es ninguna tontería decir que logra algo cercano a la poesía visual. Sabe ‘reformular’ el éxito de El séptimo cielo y las dos forman un dúo de películas sobre el amor y la trascendencia.

Esta vez la historia es la de Ángela y Gino. Ella es una muchacha pobre que ante la necesidad de comprar una cara medicina a su madre moribunda, se ve abocada a la calle. Primero intenta mendigar, después prostituirse… sin éxito. Cuando ve a un hombre en la barra de un bar soltar el dinero que necesita, se precipita hacia los billetes… con tan mala suerte de que en ese momento pasa una pareja de policías que la detiene. En un juicio rápido e injusto la condenan a un año de cárcel por robo y prostitución. Ella es un ángel de la calle. Pero Ángela huye y vuelve al cuarto de su madre donde ésta ha fallecido. La policía la ha seguido y la joven sale por la ventana hasta que consigue esconderse en el interior de un tambor de una compañía circense. Posteriormente se ha convertido en una de sus estrellas, es una joven que no cree en el amor, desencantada, vivaracha, con carácter, que huye de su pasado. Y se cruza en su camino un joven pintor bohemio e idealista, Gino, que se une a la compañía. El joven desea pintarla… y realiza un hermoso retrato donde capta toda la pureza de Ángela. Quita su máscara de chica dura. Pero el pasado siempre regresa. Y las adversidades ponen a prueba el amor puro de los dos jóvenes (tan puro que cuando regresan a Nápoles, los dos viven en habitaciones separadas).

Otra vez vuelve a funcionar la sensibilidad y sensualidad entre Gaynor y Farrell. Y otra vez los dos son capaces de crear un universo propio donde alimentar su amor. Esta vez su manera de llamarse es a través de un silbido repetitivo, la famosa canción napolitana O sole mio.

También se producirá un milagro trascendental. Los dos han caído en una espiral de desolación y desgarro. Parece que el amor entre ambos está destruido. Durante sus penurias como joven pareja enamorada, él decidió vender el hermoso retrato de Ángela a un ‘estafador’ que falsifica la imagen convirtiéndola en una madonna antigua y vendiéndola como si fuera una obra de un gran maestro de la antigüedad… En su último encuentro, los dos están rotos. Él desencajado por el odio y el desencanto, ya no cree en ese amor puro e ideal que había creado con la amada, ya no puede pintar y está alcoholizado y él mismo ha perdido su encanto e inocencia… Ella recién salida de la cárcel, desvalida y hambrienta, y triste porque su amor no ha logrado los triunfos y sueños que ella pensaba. Se da cuenta que no sirvió de nada ocultarle su pasado. Se encuentran en el puerto y ella no puede creerse el odio que siente en los ojos de Gino. Huye despavorida, Gino la sigue y terminan los dos en una capilla. Cuando la pareja está en un momento especialmente dramático, Gino alza la vista y se encuentra con el retrato de la madonna, con la mirada de Ángela. Y ella suplicándole que la mire de nuevo a los ojos, que sigue siendo la misma de siempre. El milagro se hace realidad. Gino y Ángela vuelven a recuperar su amor perdido… y salen juntos de la iglesia.

La película es bellísima en cada una de sus partes, Frank Borzage no sólo muestra un total dominio del lenguaje cinematográfico sino también las influencias del cine europeo, sobre todo el cine alemán.

Desde la presentación, al principio, del barrio de Nápoles donde reside Ángela… con un paseo que realiza la cámara mientras nos narra la historia. Hasta las gigantescas sombras de los reclusos en las paredes. Y también muestra el cuidado en los decorados, así se vuelve a construir un precioso universo aparte para los dos amantes, pero igual de humilde que en El séptimo cielo con escenas llenas de sensibilidad. También son impresionantes las escenas circenses, sobre todo una en la que Ángela está subida en unos altos zancos mirando al amado que está junto al mar… O toda la escena final en el puerto… el paseo de ambos perdidos, la persecución, la escena de la iglesia y la reconciliación final…

… Ha sido una suerte poder disfrutar de El ángel de la calle y caer de nuevo en un amor fou. Es de esos visionados que recomendaría sin pensármelo dos veces.

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Pasión bajo la niebla (Ruby Gentry, 1952) de King Vidor

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Tengo especial predilección por la filmografía de King Vidor, hacía mucho que había visto Ruby Gentry y no tenía mal recuerdo de ella. El viernes volví a verla y he de decir que me llenó. Son tan solo ochenta y dos minutos de pasiones desbordadas… pero narradas con precisión.

Haré una confesión: cuando pusieron un ciclo de Jennifer Jones en televisión hace un montón de años, algunas películas no las valoré como debía porque ella era superior a mis fuerzas. Tanto es así que mi madre siempre la recuerda como aquella que lloraba tanto… porque era como yo me refería a esta actriz cada vez que quería recordarla, la que no paraba de llorar. Luego con el paso de los años, mi valoración de Jones ha ido cambiando, tiene joyas en su filmografía (la obsesión de David O. Selznick finalmente dio frutos)… Jennifer Jones no tenía un rostro amable y en muchos papeles esto le beneficia. A veces era extremadamente exagerada en su forma de ‘comportarse’ en pantalla pero también es una cualidad para algunos de sus papeles. Poseía además una sensualidad extraña. Reconozco que es una actriz que se me hace antipática pero sin embargo he amado y amo muchas de las películas en las que aparece. Su imperfección cada vez me gusta más.

En su caracterización de Ruby Gentry… si bien en su primera parte recuerda de nuevo a una Perla Chavez desbocada (ay Dios mío esos andares en pantaloncillos y camisa ajustada…)…, una joven salvaje y sensual que vuelve loco a cualquier hombre que se cruce en su camino; gana enteros en su evolución posterior cuando se convierte en viuda vengativa y sofisticada. Jennifer Jones con gafas de sol metida en un coche viendo cómo se ‘carga’ el negocio del hombre deseado deja una imagen icónica.

King Vidor retrata en pocos minutos la tragedia de una mujer que no quiere ser dominada. Una sociedad conservadora e hipócrita siempre le recordará sus orígenes, el pantano. Una sociedad atrapada en creencias firmes, intolerante, que da a cada uno su sitio y su función. Por mucho que ella tenga muchas más ambiciones y ganas de volar. Finalmente solo la dejarán tomar un camino, el de la soledad. Así la conocemos como capitana (ejerce el poder, siempre) de un barco abocada a la mar y a la furia del océano.

La historia nos la cuenta un hombre tímido, y también enamorado de la protagonista (pero que desde el principio muestra también un respeto total hacia a ella y realmente cuando sabe que ella no está enamorada, se comporta como un buen amigo), forastero y nuevo en la zona. Es el nuevo doctor. Él mira con mirada limpia, objetiva (como un científico), sin prejuicios.

Ruby vive en una vieja casa del pantano con sus padres (el padre es otro personaje interesante para analizar) y su hermano (un hombre siniestro, creyente con continuas frases bíblicas, que no hace más que reprochar la vida de su hermana como mujer pecadora, como una Eva a la que redimir aunque sea de al forma más violenta). A ella le encanta la caza, la pesca y por supuesto no ser relegada a tareas domésticas. Es una mujer vital, libre y que vive sin reglas. Cuando se enfada, se enfada y cuando le apetece reír, ríe. Así a todos les hace mucha gracia hasta que Ruby quiere transgredir, saltarse las fronteras. Cuando Ruby quiere salir del pantano y prosperar, se acabaron las gracias. Cuando aspira además a estar junto al hombre que ama, un joven con ambiciones (un sensual y enorme Charlon Heston), Boake Tackman, su amor de juventud, ya nadie perdona. Pero este joven, que se divierte con Ruby y que se siente también unido a ella, no ve que para prosperar empresarialmente sea bueno prometerse con una hija del pantano. Renuncia al amor y a la pasión a cambio de posición social y económica.Y decide casarse con la hija de un importante hombre de negocios…

Pero por la vida de ambos, además del doctor, se cruza también otro personaje crucial en esta historia: el otro rico y poderoso del pueblo, Jim Gentry (Karl Malden), un hombre que también tuvo orígenes humildes. Jim cuida de su mujer enferma pero desde el principio notamos que bebe los vientos por Ruby. La joven, como cuenta el propio Jim al doctor, además vivió cuando era adolescente en su hogar (durante casi dos años) y su esposa enseguida se encariñó con ella, tratándola como una hija. Cuando la esposa de Jim fallece y éste sabe además que la historia de amor entre Ruby y Boake es imposible, decide pedirle su mano. Decide casarse con ella. Le dice que los dos se van a reír de todo el pueblo, que él sabe bien lo que ella siente, que él también viene de abajo…, que van a ser muy felices. Y Ruby acepta… y se convierte de la noche a la mañana en mujer sofisticada que siente además un tremendo cariño por su esposo al que conoce de toda la vida. Nadie recibe felizmente la noticia (tan solo el doctor, un amigo de verdad) y se nota desde el principio el rechazo y la hipocresía ante el nuevo matrimonio.

Lo que no saben Jim y Ruby es que la pasión entre ella y Boake sigue viva… Cada vez que se encuentran saltan chispas y se olvidan de que ambos han elegido otra vida. El drama está servido. A partir de un baile, los hechos se precipitan. Al espectador no le da tiempo apenas de respirar pero da igual…, sigue con arrebato las transformaciones y desgracias de Ruby hasta la magistral escena del pantano con la niebla como protagonista. Sigue el camino de una mujer vital y pasional a la soledad más absoluta.

King Vidor logra en Pasión sobre la niebla una atmósfera de sensualidad latente (sobre todo en las escenas entre Ruby y Boake) pero también de desasosiego y de que algo podrido se esconde tras las fachadas de los respetables… que sobre todo culmina en el extraño personaje del hermano de Ruby, que en sus apariciones provoca inquietud y miedo. Todo hace pensar en un destino trágico y oscuro. Y además presenta a una mujer, Ruby, que se convierte en mujer fatal sin querer serlo. Las circunstancias que rodean su vida la hacen transformarse en mujer vengativa… y esas mismas circunstancias hacen que todos los hombres que la aman, encuentren la desgracia. Y el no ceder, el ser ella misma, fuerte… hace posible un único destino: la soledad.

Un último apunte: imposible no dejarse llevar por una melodía que envuelve el relato. Ahora no se sale de mi cabeza y cuando la escuché, la recordé inmediatamente.

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El detective (The detective, 1968) de Gordon Douglas

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… Arthur Penn y Bonnie y Clyde un año antes dan el pistoletazo de salida al Nuevo cine americano, a un cambio generacional en el mundo del cine y a un nuevo ámbito donde el sistema de estudios ya ha caído en desuso. Pero también al reflejo de una época llena de desencanto de una sociedad cada vez menos inocente y más harta de la situación política y social. El sueño americano se esfumaba y salía la cara oscura. Un periodo de cambio y transformación… donde el cine acaba con las viejas apariencias. El viejo Hollywood también se ve influenciado por este periodo donde la caída del Código Hays da rienda suelta a temas que siempre habían estado reprimidos, el mundo de la sugerencia se deja de lado… y se desata una ola de violencia y sexualidad. Temas que siempre habían estado latentes y que ahora surgen en una completa libertad (lo políticamente correcto desaparece…) provocando momentos de catarsis emocional en el espectador.

El cine negro a pesar de llenarse de colores donde el rojo es la estrella… sigue reflejando ese mundo ambigüo, desencantado, desesperamente trágico y de un romanticismo exacerbado. Si hace poco hablamos de A quemarropa de John Boorman (que además experimenta con la maneras de contar), ahora le toca el turno a El detective de Gordon Douglas (que sigue una narrativa cinematográfica clásica pero eficaz). Cineasta de amplia y versátil filmografía que llevaba trabajando desde los años cuarenta y sin embargo un gran desconocido para Hildy Johnson. Era un director que se iba adaptando a las modas y los cambios de Hollywood que tocó prácticamente todos los géneros. Durante los años 1967 y 1968 realizó una trilogía de cine negro con detective de origen literario con rostro de Frank Sinatra. En dos de ellas encarnaba al detective Tony Rome (Hampa dorada, La mujer de cemento), inspirado en el personaje de ficción creado por Marvin H. Albert. Y en la tercera (de la que nos ocuparemos en los siguientes párrafos) se convertía en el detective de la policía que había creado el novelista Roderick Thorp.

Independientemente de tratar de manera explícita (pero que siempre habían estado presentes en distintas películas del género) temas hasta ahora tabúes en el cine negro como la ninfomanía y la homosexualidad, El detective logra a todo color un ambiente desolador y desencantado donde se mueve el protagonista. Un ambiente donde prima la violencia, la corrupción (en todos los estamentos incluso en la comisaria donde trabaja el detective desencantado), la lucha despiadada de poderes, la ambición, la sumisión forzada, la muerte, las diferencias sociales, los sentimientos de culpa… Un ambiente que mira con sus ojos azules y tristes Frank Sinatra, que trata de mantener su integridad (aunque hay momentos que roza la línea oscura) y que arrastra un romanticismo trágico y extremo…

Porque ver El detective, es también ver una batalla de ojos azules. De miradas azules de significado muy diferente. Así hay cruce de ojos claros entre Frank Sinatra y un policía violento con los ojos azules de Robert Duvall. O entre los de Sinatra y su exesposa Lee Remick. O los de este con una joven y misteriosa Jacqueline Bisset.

El detective está estructurada en dos partes muy claras que tienen que ver con la investigación del protagonista de dos casos distintos pero que estarán trágicamente unidos y que deparará consecuencias aciagas para el personaje de Frank Sinatra. Entre ambas partes pasa un tiempo considerable…, que hace hincapié en que algo podrido envuelve la ciudad. Sinatra recorre sus calles en coche patrulla y cada vez muestra más su desilusión y desencanto. El detective se enfrentará a los grandes poderes y a las fuerzas ocultas y corruptas aunque sabe que la batalla está perdida pero por lo menos puede retirarse de escena con la cabeza bien alta, sin haberse vendido a ningún bando…

El primer caso es el asesinato violento de un joven homosexual, hijo de un hombre influyente, que termina con la detención y condena a muerte de su pareja en ese momento (un joven con trastornos mentales) y con el ascenso de cargo para el protagonista. Tiempo después ocurre el suicidio de un famoso empresario pero su joven esposa quiere que se investiguen más las causas de su muerte, el detective asume el caso… y esto le llevará a un camino sin retorno. Entre medias de ambas investigaciones en dos flash back se cuenta con trágico romanticismo la historia del detective con la mujer que ama (Lee Remick)…, una historia abocada al fracaso por la ninfomanía de ella.

Al final el detective con sus ojos azules y tristes (en solitario y sin apenas apoyos) patrulla por última vez la ciudad pero esta vez esboza una sonrisa…, sabe que ha perdido la partida pero se ha mostrado íntegro y además ha logrado destapar la suciedad del ambiente… aunque todo siga igual.

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Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, 1955) de Luis Buñuel

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¿Ensayo de un crimen, magnífica comedia negra de Luis Buñuel? Definitivamente, sí. Tres años después de Él, el director aragonés vuelve a retratarnos a un aristócrata mexicano obsesivo y complejo, Archibaldo de la Cruz (Ernesto Alonso), un asesino en potencia (solo en potencia… porque como dice un juez: “el pensamiento no delinque, don Archibaldo”). Así un señor que sueña con ser asesino de mujeres (sean estas santas o de vida alegre) queda suelto… y feliz. Sin sentimiento alguno de culpa.

De nuevo Luis Buñuel ha vuelto a engancharme y a fascinarme por partes iguales. Al igual que el protagonista de Él, Francisco Galván de Montemayor, era de inspiración literaria, es decir, personaje de una novela de Mercedes Pinto; Archibaldo de la Cruz es también una inspiración de un personaje literario de una novela de Rodolfo Usigli (que en un principio iba a colaborar en la escritura del guion pero luego puso muchas pegas a cómo quería adaptar Buñuel su obra… y provocó varios quebraderos de cabeza al director pero que fueron solventados porque Buñuel puso en los créditos claramente que era una inspiración y buscó otro título para su exportación, La vida criminal de Archibaldo de la Cruz no respetando el título de la novela original, Ensayo de un crimen). Y Archibaldo de la Cruz también tiene la apariencia de todo un señor con posibles, creyente y soltero.

Buñuel empieza este relato de forma brutal (y con mucho encanto)… y ya atrapa de lleno al espectador. Oimos una voz en off de un hombre que recuerda su infancia en la Revolución mexicana mientras pasa las páginas de un libro de fotografías. Un niño, hijo único de una familia burguesa totalmente enmadrado. De su educación y su cuidado se encarga una joven y atractiva institutriz. Ésta le encuentra en un armario con las ropas de su madre (entre ellas un corsé), le regaña pero enseguida entra la madre y le prodiga de mimos antes de irse a una representación teatral. La madre le regala una preciosa caja de música con bailarina incluida y una melodía especial y le pide a la institutriz que le cuente el relato relacionado con la caja. Así ésta empieza a narrarle un cuento de corte fantástico donde la caja de música tiene la propiedad de que si se piensa en la muerte de alguien… y se la hace sonar, éste fallece inmediatamente. El niño hipnotizado por la historia, piensa en la muerte de la institutriz y hace sonar la caja de música. En ese mismo instante, la casa de los burgueses está siendo asediada… y hay diversos disparos, uno de ellos atraviesa la ventana, justo cuando la institutriz está mirando preocupada lo que ocurre… y la mata. Cae ante la mirada del niño que siente horror pero también atracción porque se cree con el poder de matar. Observa la sangre de su cuello… y sus piernas sensuales.

Volvemos de nuevo a escuchar la voz que nos está narrando esta historia y vemos que pertenece a Archibaldo de la Cruz que se encuentra en la cama de un hospital atendido por una monja y es a ésta a quien está contando esta historia. Y vemos cómo éste sigue obsesionado con la muerte, con el acto de matar. Y cómo se obsesiona con asesinar a la monja. Cuando ésta va a por un vaso de leche, y está bastante alucinada con lo que le acaba de contar el paciente, Archibaldo se levanta de la cama y se dirige a un maletín lleno de navajas de afeitar, cada una en su mango tiene inscrito un día de la semana. Cuando la buena monja entra para darle el vaso, éste va a llevar a cabo su asesinato pero la hermana asustada sale corriendo y ve la puerta abierta del ascensor, entra corriendo pero cae al vacío… y muere. ¿Principio brutal o no?

Así Buñuel ya nos ha caracterizado al personaje perfectamente y además también ha dado con el tono de la historia… Así la próxima escena es encontrarnos a un juez que está investigando la muerte de la monja. Éste se informa de que uno de los pacientes era Archibaldo que se encontraba en el hospital por una crisis nerviosa debido a lo de su esposa (otro misterio, no sabemos qué ha pasado con su esposa). El juez a continuación entrevista a don Archibaldo que se declara culpable de la muerte de la monja (y confiesa que de otras víctimas) y empieza a contar su historia. De nuevo un largo flash back nos sigue contando los avatares de un asesino en potencia… pero sólo en potencia. El azar es más rápido que él.

Asistimos a tres ‘ensayos’ de asesinato a cada cual más escalofriante. El ambiente y la imaginería de Buñuel envuelven esta historia apasionante. Esta comedia negra y macabra con final feliz (que para mí va absolutamente con el tono… y no deja de ser inquietante). Sus tres ‘víctimas’, son tres mujeres muy distintas. La voluptuosa Patricia (Rita Macedo), la virginal Carlota que será su futura esposa (Ariadna Welter) y la modelo Lavinia (la mítica y trágica Miroslava en la que sería su última interpretación antes de su suicidio). La espiral de ‘intentos’ de asesinato se activa cuando Archibaldo vuelve a recuperar la caja de música de su infancia en un anticuario.

El estuche con las navajas de afeitar (uno para cada día de la semana), la caja de música, el propio hogar de Archibaldo con su taller de ‘artista’, la muñeca de cera exactamente igual que Lavinia (que protagoniza una de las escenas más escalofriantes), un saltamontes que repta por un árbol… El casino donde vuelve a encontrarse a Patricia o el bar donde también se fija en Lavinia (que ya la conocía del anticuario), la casa de su prometida Carlota con una capilla a la virgen María… Todo convierte Ensayo de un crimen en un artefacto perfecto, inquietante y tenebroso…

Retorcido es Archibaldo pero también todos los personajes masculinos que le acompañan en sus avatares. El prometido de Patricia y la relación que se han construido entre ambos, el futuro marido de Lavinia (un hombre mayor tremendamente celoso) o el arquitecto Alejandro, hombre casado que no puede conseguir el divorcio, pero que lleva tiempo con Carlota… Los tres hombres son también hombres ricos y burgueses que se dejan llevar por las apariencias… pero en el mundo privado y en sus relaciones con las mujeres esconden una ‘bestia’. Archibaldo es otra ‘bestia’ frustrada… Para los cuatro hombres… las ‘víctimas’ son tan sólo ‘oscuros objetos de deseo’ capaces de activar sus instintos más ocultos.

Buñuel retuerce el pescuezo del espectador hasta llegar al paroxismo con la escena de la incineración… donde la cara de locura de Archibaldo nos pinta que realmente estamos ante una bestia frustrada… que anda suelta. El director no deja títere con cabeza: los turistas son presentados como ridículos, como también lo es Archibaldo en su profunda exquisitez y educación y en una escena delirante se burla de las fuerzas del orden. Esa escena contiene un diálogo de antologia entre un cura (con el mismo actor que también hacía de cura en Él), un representante del ejército y un comisario mientras los tres asisten a la boda entre Archibaldo y Carlota.

Como en Él también hay una escena donde refleja el amor fou, la pasión amorosa más allá de la razón, y es el encuentro entre Archibaldo y Lavinia en el bar. Ahí él se fija en el rostro de la modelo entre llamas de fuego y se queda ensinismado. Después (y nos recorre un escalofrío) la llama su pequeña Juana de Arco… O también nos encontramos con ‘ensoñaciones’ macabras del protagonista… No tiene desperdicio cuando imagina una escena con su ‘amada’ esposa recién casada, todavía con el traje de novia, en el lecho nupcial…

Ensayo de un crimen… nos hace temblar ante la irónica frase del juez: “el pensamiento no delinque”. Y lo más tremendo (ay… ese humor negro) es que en todo el metraje no se nos quita la sonrisa de la boca… porque Archibaldo es mucho Archibaldo…

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Miedo súbito (Sudden fear, 1952) de David Miller

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Miedo súbito muestra un mecanismo perfecto, como un reloj (protagonista fundamental de la trama… el paso del tiempo, las horas), donde el suspense logra mantener al espectador en vilo. Película eficaz que encierra un buen funcionamiento del lenguaje cinematográfico capaz de mantener durante los minutos finales una tensión especial sin apenas emplear la palabra… Cuenta además con trío de actores excepcional: Joan Crawford, Jack Palance y Gloria Grahame.

La dirección corre de la mano del irregular David Miller que sin embargo se mostró eficaz las dos veces que empleó la intriga con dos esposas atemorizadas (este tipo de intriga que protagonizan esposas al borde del pánico es un subgénero de lo más interesante). Primero fue Miedo súbito (que curiosamente reposa en el más absoluto olvido) y después con una de sus obras más recordadas, Grito en la niebla.

La película está dividida perfectamente en dos partes. Primero narra con buenos aciertos una historia de romanticismo exacerbado y después va convirtiéndose en una historia de intriga y terror que roza la pesadilla. Y la fórmula funciona a pesar de lo inverosímil y lo enrevesado de la trama…, todo encaja a la perfección, como las piezas de un reloj. El suspense, la tensión, el ritmo, la intriga y la perfecta interpretación así como el carisma de los tres protagonistas convierten Miedo súbito en una película a reivindicar.

Miedo súbito empieza con un ensayo teatral donde el actor principal con rostro de Jack Palance está interpretando un monólogo de romanticismo extremo. El magnetismo y el carisma de Palance son evidentes. Su interpretación está siendo vista por la autora de éxito de la obra (Joan Crawford), por el director, el productor… Todos están entusiasmados con la interpretación menos la dramaturga. Ella expone que no es un mal actor pero que su físico es extraño, no es un galán y su obra puede no funcionar porque los espectadores tienen que sentir el magnetismo, la atracción y la belleza del actor principal. Así que exige su despido y que se la culpe a ella. Cuando le despiden, Palance muestra su enfado desde el escenario, y le dice a la autora que vaya a ver un cuadro de Casanova y descubrirá que no es el retrato de un hombre bello… Y se marcha enfadadísimo y dejando con la palabra en la boca a la protagonista.

Esta primera escena es clave para entender cómo está contada la trama (y que no extrañen los momentos inverosímiles y lo enrevesado de la trama, como antes he señalado). Da perfectamente con el tono de esta obra cinematográfica que juega con las ‘apariencias’, con la ficción y la realidad (la realidad y la ficción)… con la vida como puro teatro donde todos nos vemos obligados a actuar, con la sensación de que nada es lo que parece, con que en la vida parece que hay alguien manejando los hilos y el destino de cada personaje está ya escrito (como la dramaturga escribe sobre sus personajes)…

De manera ‘casual’, la protagonista (que además de dramaturga de éxito es una millonaria heredera soltera) se encuentra al actor que ha despedido en un tren rumbo a su hogar de San Francisco. Así empieza un juego de seducción y una trama de romanticismo extremo que culmina en una escena crucial: en el hogar de la millonaria, ésta le está mostrando el funcionamiento de una grabadora en su despacho (otro objeto importantísimo para el avance de la trama) y le conmina a que diga algo para luego volver a escucharlo. Ella ya está absolutamente enamorada…, entonces Jack Palance vuelve a recitar el monólogo del principio y la tensión sexual va creciendo… hasta llegar a la culminación, cuando ella vuelve a dar al play y escuchan de nuevo el monólogo en silencio, mirándose. El actor demuestra su poder de atracción así como su carisma y se funden en un apasionado beso. Le demuestra que poseía ese magnetismo para ‘representar’ el papel adecuadamente.

Ambos se casan: el actor humilde y la dramaturga millonaria. Y en una elipsis narrativa (no vemos la boda), nos muestra ya a la feliz pareja de luna de miel en una casa veraniega de la autora… empezando así la segunda parte de la película. Y donde entra el tercer personaje con fuerza. Lo ‘idílico’ y el ‘romanticismo’ que ha logrado construir el actor con rostro siniestro (un Jack Palance que merece un párrafo aparte) que ya anuncia sombras… queda totalmente fracturado-quebrado cuando se presenta en una fiesta el personaje de Gloria Grahame. Una mujer seductora que aparece acompañada de uno de los abogados de la famosa dramaturga… Y entonces descubrimos que Palance arrastra un pasado y que Grahame forma parte de él. Son amantes, fríos, manipuladores y calculadores… que no desean ningún bien a la rica heredera. Las sombras de la trama acechan toda la narración que va transformándose en una pesadilla.

Y esa pesadilla llega a su culminación con el descubrimiento de la feliz esposa de la trama que pone en peligro su vida… Despierta de golpe de su sueño de mujer enamorada por la grabadora…, encendida cuando no debe. La dama escucha una conversación de enamorados que nunca debería haber oído… Y entonces transcurren los últimos casi treinta minutos de la película donde la esposa asustada toma las riendas y emplea toda la astucia de una dramaturga precisa. Crea toda una obra teatral perfecta. La millonaria construye un mecanismo exacto como un reloj, no solo para salvarse la vida sino para ejecutar una venganza perfecta. La intriga, el suspense, el miedo y el terror está servido y no decaé ni un solo segundo…, con los giros necesarios (recordemos la premisa de nada es lo que parece), para mostrar un final impecable (sin apenas diálogos solo tensión, miradas y persecución) donde el destino juega con sus personajes. Como en el teatro, la vida es puro teatro.

Pero me gustaría señalar en un párrafo la presencia de un Jack Palance que empezaba a destacar en el mundo del cine…, hacía dos años que había debutado con Elia Kazan y le faltaba uno para realizar su mítico malvado en Raíces profundas. Cada vez es un actor que me apasiona más aunque me faltan un montón de películas de una filmografía irregular y extraña (como su físico) pero a la vez con joyas (El gran cuchillo, Los profesionales, El desprecio, Bagdad Café…) que muestran su versatilidad y su carisma especial.

En Miedo súbito, Jack Palance se convierte en un actor de teatro de origen humilde que quiere subir escalones en la vida social a costa de su millonaria esposa. Lo maravilloso es que el personaje representado (y lleno de matices) por Palance, muestra rasgos y elementos de su propia biografía. Enseñando así, de nuevo, ese juego de ficción y realidad en el que se mueve toda la película. Cuando el personaje de Palance le cuenta a la dramaturga sus orígenes…, coinciden en muchos elementos con los suyos. Su procedencia de una familia humilde, su padre minero…, su trabajo en la mina (y otros muchos oficios), su paso por el ejército, su pasión por la interpretación y su lucha hasta conseguir llegar a ser actor… Además la película, emplea su físico y extraño rostro para dotar de personalidad al personaje. Un rostro curtido que tiene las huellas del pasado como boxeador de Palance así como de su paso por la Segunda Guerra Mundial que dejó secuelas graves en su cara (que fueron corregidas por múltiples operaciones). No olvidar que además está magníficamente acompañado por los ojos de Joan Crawford que traspasan la pantalla y transmiten además de terror muchos otros sentimientos y la sensualidad extraña con aires de mujer fatal de Gloria Grahame.

Miedo súbito es una buena película para rescatar del olvido. Su empleo del suspense, del miedo y la tensión crea imágenes potentes para no olvidar… como ese perrito mecánico que avanza por una habitación hasta un armario semiabierto y en penumbra donde un personaje aterrorizado se esconde…

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Él (Él, 1952) de Luis Buñuel

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Hasta el año pasado no la había visto nunca y ahora hace unos días la he vuelto a ver. Si me entusiasmó la primera vez, la segunda me ha confirmado que Él es una obra cinematográfica redonda, llena de matices, detalles y una muestra genial del dominio del lenguaje cinematográfico por parte de Luis Buñuel. Me ha gustado tanto otra vez que no he podido contener las ganas de teclear y teclear. Porque Él no sólo es redonda por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. Además de ser una película plenamente buñueliana (dentro de su periodo mexicano), bebe del melodrama desaforado, disecciona de manera magistral los celos patológicos y deja una composición genial de un personaje con el rostro de Arturo de Córdova, que borda su papel.

La película, como ese ojo que diseccionó en El perro andaluz, tiene dos cortes radicales en su narración cinematográfica. Dos elipsis magistrales y radicales. Y como ese ojo desgarrado, Él muestra esa mirada fragmentada, única y especial que tiene la filmografía de Buñuel.

Pero hablemos de esos dos cortes… Él empieza como un relato sobre un enamoramiento extremo y obsesivo, cercano a un amor fou. Conocemos a un hombre rico y devoto Francisco Galván de Montemayor que un Jueves Santo (ya hablaremos de esto) conoce a Gloria, la mujer de sus sueños. Y no cesa su persecución hasta que consigue a la dama. En el momento en que Gloria le besa y deja a su novio, un arquitecto, el relato sufre su primer corte radical. Hasta ahora la narración ha sido cronológica y ‘clásica’. El salto nos lleva a una Gloria en la calle casi atropellada por su antiguo ex. La casualidad ha hecho que se choquen. La Gloria que nos encontramos no es una mujer enamorada, sino una mujer asustada, triste y nerviosa que tras la duda decide subirse al coche de su ex. Nos enteramos de que él lleva meses sin pisar la ciudad, que ha intentado superar el abandono de Gloria, que ahora es una mujer casada, y que no la guarda ningún rencor. Gloria en el coche le dice que su vida es una pesadilla… y empieza a contarle todo en un largo flashback. Ahora Él se cuenta desde el punto de vista de la víctima que nos narra un relato terrorífico de un hombre convertido en ‘una bestia’ acosado por los celos.

Una vez que regresamos del gran flashback, el relato vuelve al presente y recuperamos la mirada de un Francisco demente… y nos encontramos sumergidos en un relato de terror ante un hombre que no puede controlarse y una víctima que se ve cada vez más atrapada. Cuando Francisco ha perdido absolutamente la cordura en la Iglesia de su amigo el sacerdote, una vez que Gloria ha reunido las fuerzas para huir de casa…, ocurre el segundo corte radical. Nos encontramos con una Gloria recuperada y feliz junto a su ex y un niño, su hijo, que están en un monasterio preguntando, interesados, por Francisco. Deciden no verle pero se alegran por su recuperación y su nueva vida entregada al silencio y la oración. El mismo padre que les cuenta cómo está de recuperado Francisco, le narra a éste toda la conversación… y bajo la capucha asoma de nuevo un demente, un hombre obsesionado sin recuperación posible. La última imagen de Él es impactante. Un hombre con su hábito, Francisco, que anda en zig zag por una vereda de árboles. Y el espectador sabe que ante esa aparente tranquilidad y belleza, ese extraño andar esconde a un hombre inquietante.

Él con sus dos cortes es un artefacto cinematográfico perfecto. Además, creo que analiza y disecciona la mente de un celoso patológico que confunde amor con posesión y dominio. También dibuja perfectamente a la víctima y su situación de aislamiento, soledad y terror (una acertada Delia Garcés). Buñuel sabía lo que era ser un hombre celoso y entiende la mente de su protagonista. Sabe meterse en su piel. Y es escalofriante. Luis Buñuel ‘entiende’ a su personaje porque él mismo era un hombre celoso. El director aragonés aisló y silenció, siempre en la sombra, a su esposa Jeanne Rucar.

Luis Buñuel no sólo construye un interesante y complejo guion junto a Luis Alcoriza (adaptando una novela de Mercedes Pinto con el mismo nombre…, que leyendo un poco de información en la Red sobre la autora nos descubre a una mujer muy interesante) sino que además la película consigue una atmósfera muy especial en parte gracias a la fotografía de Gabriel Figueroa y por una puesta en escena que saca el máximo provecho a los escenarios donde transcurre la trama siendo lugar privilegiado la mansión modernista y el jardín donde vive el protagonista. Además también juega con un título inquietante, ¿quién es Él? Ese Él puede ser el propio protagonista desde la óptica de la mujer víctima o una concepción mucho más interesante: Él es la figura imaginaria, la presencia masculina, siempre presente en la mente enferma de Francisco. Esa presencia masculina imaginaria es la que provoca sus continuos celos, su obsesión.

Pero son muchos los aspectos que me han ido seduciendo de Él. Uno de ellos ha sido encontrar muchas similitudes con el universo hitchcockiano. El director británico le admiraba, parece ser que no así el aragonés… Buñuel no hablaba ni escribía mucho de sus gustos cinéfilos, como queda reflejado en un libro que estoy ahora mismo disfrutando, El banquete de los genios de Manuel Hidalgo y que pronto escribiré sobre él. Y de Hitchcock no tuvo, precisamente, palabras de admiración. Sin embargo sus mundos, sus universos, tienen similitudes. Por ejemplo, obsesión por ciertas partes femeninas (como pueda ser un pie o un moño, un rostro en primer plano…), su enfoque sobre la pasión, el amor fou y la obsesión. Una de mis mayores sorpresas ha sido ver ecos en Él de lo que luego seis años después sería Vértigo. Lo más evidente es una escena-clímax en un campanario… Pero también el uso de las mansiones y las escaleras. Y una sensación de suspense, de inquietud y miedo. Así el británico ha regalado mansiones y atmósferas como la de Rebeca, Encadenados o Atormentada que no recuerdan a esa mansión de Él. Imágenes y sonidos potentes: es imposible olvidar a un Arturo de Córdova desencajado sentado en unas suntuosas escaleras, arrancando una varilla de éstas, y golpeando en la pared con ella… creando un sonido de pesadilla.

También el universo buñueliano está presente en las dos escenas en la iglesia. Las dos prodigiosas y con efectos diferentes en el protagonista (y por tanto en los espectadores). Al principio de la película hay una escena espectacular, de un acto religioso un Jueves Santo. El lavatorio de pies donde un sacerdote (amigo del protagonista) realiza la ceremonia con una fila de jóvenes… la escena, el ritual, está envuelto en una especie de extraño y enfermizo erotismo que choca a quien lo mira. El protagonista mira este ritual y su mirada pasa de los pies descalzos de los jóvenes, a los pies de los fieles sentados a la primera fila… Entonces ve unos pies de una mujer que llaman toda su atención, levanta la vista y ve por primera vez a Gloria. Así refleja Buñuel el primer encuentro entre la pareja. Y la penúltima escena, cuando finalmente Francisco ha perdido la cordura y su obsesión le lleva ya a tener alucinaciones, su locura culmina en esa misma iglesia (dando circularidad al relato) donde en una atmósfera de pesadilla otra vez (ya estamos en la mente de un hombre que no atiene a razones), el protagonista siente que todos ‘los fieles’ incluso su amigo el cura se carcajean de él y su desgracia…, pierde los estribos…, una escena angustiosa donde los devotos muestran sus rostros serios (la realidad) o sus rostros deformados en risas exageradas (la pérdida de cordura de Francisco). No faltan tampoco las pinceladas de un humor negro, que bordea lo inquietante.

No hay duda que volveré a ver Él y que abriré otra puerta. El ojo acecha…

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