Algunas películas de hoy, otras de ayer, algunas reflexiones y un plan para tardes de verano

Patricia Highsmith en el cine

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Sí, a Highsmith la conozco más en la sala de cine que en la sala de la biblioteca. El cine sigue acercando su mundo literario a aquellos que todavía no nos hemos sumergido entre sus páginas: crimen, mentira y culpa. No sólo existe Ripley entre sus personajes (y el más adaptado al cine). Así ahora está en cartelera Las dos caras de enero del debutante Hossein Amini (hasta ahora siempre guionista). Una película de suspense de factura clásica y elegante que transcurre entre Grecia y Estambul. El trío protagonista logra atrapar al espectador con sus relaciones peligrosas, brillando la composición de Viggo Mortessen como Chester MacFarland, un carismático turista norteamericano de vacaciones en Grecia durante los años sesenta. Chester va acompañado de su joven esposa Colette (Kirsten Dunst). En el camino del matrimonio se cruza un joven guía norteamericano, timador y que arrastra un pasado familiar (Oscar Isaac). Un asesinato y el destino unirá a estos tres personajes en un tenso viaje… Lo que más me ha sorprendido ha sido encontrarme con ecos que me arrastraban a Extraños en un tren, sobre todo en la resolución final del caso y la relación entre Chester y el guía. Como ocurre en las novelas de Highsmith (no las he leído pero sí he indagado sobre ellas), la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos son los motores de una trama que cada vez se va complicando más… arrastrando a los personajes al abismo y a sus infiernos interiores. Y este aspecto no se descuida en la película que cuenta con ritmo y con momentos realmente tensos.

Adiós a los príncipes azules

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Primero Brave, después Frozen (en el camino las distintas versiones de Blancanieves, incluida la de Berger)… y ahora Maléfica. El camino está abierto. Se acabaron los príncipes azules para las damiselas. La búsqueda del príncipe azul no da la felicidad y sí más de una desgracia (o sale malo o es de lo más anodino). Con Maléfica tampoco podemos creer ya en las hadas madrinas, que tienen un aspecto de señoras estúpidas o jóvenes sin cerebro. Todo es mucho más complejo y las relaciones también… pero en ellas está la solución para madurar y seguir viviendo. El príncipe azul no vale nada. Es importante buscarse una relación afectiva fuerte pero no tiene por qué ser con un príncipe que probablemente no exista, o no cumpla las expectativas (ni las damiselas las cumplan para ellos). Los lazos fuertes pueden ser entre madre e hija, entre hermanas, entre compañeros de andanzas y trabajos, entre una mujer con el corazón roto y otra a la que todavía no se lo han hecho pedazos… Ya no vale nada el beso de amor del príncipe. Ese beso no salva. Son otros afectos… La Maléfica de Angelina Jolie nos es representada con el corazón roto y como un ángel caído sin alas… Y esta encarnación del mal sufrirá una evolución inesperada junto a una bella durmiente a la que todavía no han hecho daño y a la que ella misma soltó una maldición hace años… (que no tiene vuelta atrás). ¿Cuál es la fuente de inspiración de tan pérfido personaje con pómulos incluidos? El personaje animado de la película de Walt Disney de 1959. Adiós a los príncipes azules.

Tren como metáfora

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El coreano Bong Joon-ho propone una fábula futurista y presenta un tren como metáfora de la humanidad y sus ‘equilibrios’ basados en poderes y desigualdades. Snowpiercer es un viaje-pesadilla a los distintos compartimentos de un tren muy especial. Es la adaptación que realiza el director coreano de un cómic, Le Trasperceneige, escrito por Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb. El viaje comienza en la cola de un tren (en el último vagón), donde se encuentran los sometidos, los que viven día a día con el miedo y las carencias, con la represión brutal, con el hambre y la deshumanización, bajo un férreo régimen militar. Un grupo de los sometidos, con un líder a su pesar, se rebela y quieren llegar al primer vagón donde está el poderoso, el que todo lo dirige. Este grupo irá avanzando, superando obstáculos y viendo los privilegios de ir avanzando… en un tren que nunca para. Snowpiercer cuenta cómo un experimento que trataba de acabar con el calentamiento global, termina destruyendo la vida en el planeta tierra. Los únicos supervivientes se encuentran en ese tren que nunca, nunca, nunca puede parar. Un tren con un régimen político y social que no nos es desconocido, cada avance es una reflexión y la llegada del ‘salvador a su pesar’ hasta el ‘dueño y señor’ un puñetazo… Snowpiercer no solo es visualmente potente sino que además sorprende hasta el final y su ritmo no decae ni un solo instante. Por otra parte cuenta con un reparto llamativo desde una desconocida y caricaturesca (el coreano siempre deja chispas de humor absurdo que golpea) Tilda Swinton hasta una galería inmensa de secundarios, Jamie Bell, Octavia Spencer, Johh Hurt, Ed Harris… También se encuentra el actor fetiche de Bong Joon-ho, Song Kang-ho y como ‘salvador’ complejo y carismático, Chris Evans.

Amor irracional

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¿Os imagináis una pareja más improbable que Deanna Durbin y Gene Kelly? ¿Y os imagináis que además sean pareja en una película que no es un musical? ¿Os imagináis que esa película mezcle el cine negro con el melodrama? ¿Os imagináis que sea la adaptación al cine de una novela de un escritor tremendamente cinematográfico, W. Somerset Maugham? Todas estas preguntas tienen una respuesta real: Luz en el alma de Robert Siodmak, película de 1944. Y el resultado es sorprendente. Deanna Durbin encarna (sobre todo en la escena final), como una heroína melodramática consumada, el reflejo del amor irracional. Ella es una cantante de un local nocturno que cuenta a un soldado desencantado, en varios flash backs, su relación con su esposo, un asesino. ¿Adivináis quién es ese esposo? Bingo, Gene Kelly. No hago spoiler desde el principio sabemos que es un asesino. Y Robert Siodmak logra ambientar con tintes de cine negro este melodrama familiar casi gótico donde una pobre niña se enamora de un chico con encanto que tiene un apellido aristocrático (en decadencia), pero es un chico podrido por dentro que no puede refrenar su adicción al juego y su compleja personalidad. Un chico que tiene una patológica relación con su madre y su madre con él. El personaje de la madre es de esos personajes secundarios de los que deseas una película propia, muy bien interpretado por Gale Sondergaard (una de las actrices afectadas -y bastante olvidada- por la caza de brujas). Y la pobre niña hasta el final, que es liberada de la tiranía del amor, está absolutamente enamorada de su esposo, y de su parte oscura. De fondo siempre suena Always de Irving Berlin…

El éxito de un fracaso

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¿Un cásting para elegir, sin que este lo sepa, el peor actor para representar a Hitler para una obra de teatro que se llama precisamente Primavera para Hitler? ¿Dejar todo preparado para llevar a cabo el mayor fracaso de Broadway? ¿Enriquecerse a costa de esto? Eso es lo que quieren el productor Max Bialystock (Zero Mostel) y un tímido contable que se mete en la aventura, Leo Bloom (Gene Wilder). Todo sale al revés… el espectáculo debe continuar, nunca se sabe lo que será un éxito o lo que será un auténtico fracaso… Y de eso trata la comedia musical (primero en los escenarios de Broadway y luego en la pantalla de cine) Los productores de Mel Brooks. No es mal plan para una tarde veraniega… introducirse en las aventuras absurdas de un productor gigoló de abuelas y un contable neurótico que montan una Primavera para Hitler de un autor loco y nazi con un director que lo convierte en espectáculo musical gay con un actor gay, entre hippie y macarra… Es inevitable que en algún momento se suelte una carcajada…

… Y tardes de cine en La Casa Encendida. Ciclo Fracturas (II Parte)

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Y por último una proposición para tardes veraniegas en el mes de julio en un ciclo en el cual algo tengo que ver. Fracturar es romper o quebrantar con violencia algo. Vivimos un momento de fractura. Y ese quebrantamiento ha sido reflejado en el cine. Las quiebras pueden ser históricas, culturales, sociales, económicas, políticas, religiosas, emocionales, físicas… Dentro de la fractura entran diversos temas de actualidad y deja en evidencia una crisis no sólo económica sino de muchas otras áreas. Y en esa zona oscura surgen posibilidades e iniciativas de crear un mundo nuevo. La Casa Encendida presenta, durante los lunes y jueves del mes de julio, este ciclo con siete películas donde se proyectarán algunas de esas fracturas y los caminos de recuperación. Ver aquí la programación.
En esta segunda parte es como si tuviésemos en las manos un periódico virtual con todas las fracturas posibles de la historia contemporánea y cómo afecta a los seres humanos. Un periódico virtual que refleja casi un apocalipsis en cada una de sus páginas. Los conflictos que no se solucionan (conflicto palestino israelí), los que no sabemos cómo van a acabar (la crisis económica), los elementos que provocan las fracturas (guerras, lucha de poderes, religión, política, dinero, las injusticias, las diferencias), las separaciones eternas (norte-sur), las víctimas de las fracturas que tratan de sobrevivir… Y en este periódico virtual también existe una fragmentación de la mirada que se convierte en especial. La fractura en la mirada que cuenta de una manera catártica para que entendamos el presente en el que vivimos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El sueño de Ellis (The inmigrant, 2013) de James Gray

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The inmigrant es una vuelta al melodrama del cine silente donde una heroína con rostro de Lilliam Gish o de Janet Gaynor se convierte en símbolo del sufrimiento y la desgracia. Y el rostro de Marion Cotillard expresa y habla, la cámara recoge su cara como si fuera una Madonna o una María Magdalena penitente. James Gray ofrece su obra más redonda y emocional con una historia desgarrada sobre una inmigrante que alcanza una tierra prometida que se convierte en pesadilla. Es como si atrapara a Edna Purviance después de su llegada a la isla Ellis en ese corto mítico de Charles Chaplin, Charlot emigrante (The inmigrant, 1917). Una Edna Purviance que nunca se hubiese encontrado con Charlot… y de pronto se viera sola en la fila de inmigración con su madre enferma y con una travesía a sus espaldas más que dura…

Aquí la protagonista, la polaca Ewa (Marion Cotillard o mejor dicho su rostro icónico) vislumbra la Estatua de la Libertad en 1921 junto a su hermana Madga (que durante la travesía ha enfermado de tuberculosis). En la isla Ellis en cuestión de segundos el sueño de ambas se desmorona, después de múltiples penurias (huyen de la gran guerra…), las separan en la fila de inmigración pues Madga no pasa la revisión médica y la ponen en cuarentena pero Ewa tampoco logra pasar ‘por conducta no moral en el barco’ y además le informan de que sus tíos no han ido a buscarlas y que la dirección que llevan es falsa. Aquí tan solo es el principio del calvario de Ewa, que lo único por lo que se mueve y lucha es para volver a reunirse con su hermana. La Estatua de la Libertad se convierte en una broma pesada, muy pesada (sobre todo cuando es el papel asignado a Ewa en un espectáculo picante, de varietés). En la vida de Ewa se cruza Bruno (Joaquin Phoenix) un joven judío vinculado al mundo del espectáculo (que esconde realmente su papel de proxeneta), que se dedica a buscar inmigrantes con problemas en la Isla de Ellis para echarlas el lazo y a cambio de ‘ayudarlas’, introducirlas en la prostitución. Siguiendo con el simbolismo de la Estatua de la Libertad, es lo primero que vemos, desde el especial punto de vista de Bruno (el que atrapa la libertad de Ewa y al que ella aferra dos veces de la mano aunque sabe y siente lo que esto implica)… Así empieza un vínculo dependiente, consciente y complejo entre Ewa y Bruno, un vínculo que los transforma a ambos y los lleva por caminos inesperados… Y el ‘equilibrio’ de esta relación dependiente queda roto y hace que evolucione por otros caminos por un tercer personaje en discordia: el ilusionista Orlando (Jeremy Renner), primo de Bruno y su contrincante en la vida y en el amor.

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James Gray no solo elabora una película bellísima en su puesta en escena y en el empleo del lenguaje cinematográfico sino que usa con elegancia las claves del melodrama silente norteamericano (además de otras referencias cinematográficas evidentes sobre la inmigración, EE UU y la llegada a la isla Ellis… y a las pobladas calles de Nueva York de principios del siglo XX. Me refiero claro está a América, América, El padrino II o Érase una vez en América… ) sin abandonar su universo personal y sus temas recurrentes. Así Gray vuelve a acudir a uno de sus actores fetiches, Joaquin Phoenix (al cual le deja uno de los personajes más complejos), bebe del lenguaje cinematográfico clásico y lo ejecuta a la perfección, narra una historia donde no faltan los complejos lazos familiares, la redención de sus personajes protagonistas, las relaciones dependientes y un marcado sentimiento de culpa con una presencia acusada de la religión católica. Por otra parte como todo buen melodrama, acompaña la historia de una banda sonora que apetece escucharla y quedarte en los títulos de crédito finales solo por seguir disfrutándola (que es obra del compositor Chris Spelman, que desde La noche es nuestra ha trabajado en el apartado musical para Gray).

Una cuidada puesta en escena hace de El sueño de Ellis una película hermosa que además continuamente nos está contando cuestiones claves a través de las imágenes. Y deja secuencias para analizar plano por plano como el bellísimo tramo final en la isla Ellis no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. O emociona lo poderosas que son visualmente dos de las escenas clímax: la maravillosa secuencia de Ewa en la Iglesia y su confesión o la última discusión entre Bruno y Orlando en el apartamento del proxeneta. Además hay una cuidada ambientación de cada uno de los espacios en los que se desenvuelven los personajes: las dependencias de la isla Ellis, el teatro de variedades donde trabajan Bruno y las chicas (un teatro amenazado a desaparecer por el mundo del cine), los apartamentos donde viven Bruno y su compañía de ‘palomitas’, los baños públicos, el túnel donde Bruno prostituye a sus chicas…

La compleja relación entre los protagonistas (y sus personalidades difíciles, sobre todo las de Ewa y un complejo Bruno) y las andanzas de ese trío de supervivientes (porque eso es lo que son los tres: Ewa, Bruno y Orlando) así como sus maneras de afrontar la realidad (desde el sufrimiento y el sacrificio, desde un ilusionismo que se desvanece en cada paso o desde la elaboración de un espectáculo que se desmorona en cada momento…) hacen de El sueño de Ellis una película para conservar en la biblioteca de la memoria cinéfila.

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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (y el colofón). El último atardecer (The last sunset, 1961) de Robert Aldrich

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La entrega de un ramo de flores silvestres contiene toda la emoción y la poesía que esconde cada fotograma de El último atardecer. Un western con ecos de tragedia griega e ingredientes de melodrama exaltado. Otra joya en la filmografía de Aldrich. Así continuo no sólo descubriendo otra obra de este director, que nunca me ha dejado indiferente, sino que añado un western más –que pertenece al periodo entre los 60 y los 70– a los que estoy descubriendo durante estos días.

Robert Aldrich se encontraba en un momento delicado de su carrera cinematográfica. Había abandonado un Hollywood que imponía pero que también daba los últimos coletazos del sistema de estudios e iba recorriendo Europa sobreviviendo producción tras producción. Pero estos años de exilio laboral, en los que parecía perdido a la hora de encontrar un camino o una continuidad a su interesante filmografía, le sirvieron para seguir aprendiendo el oficio. Este western llegó de encargo y como una oportunidad de regresar a EE UU con éxito y gloria. Lo que en un principio era una oportunidad, se convirtió en otro desencanto que no contentó a nadie. Sin embargo yo me he topado con un western excesivamente hermoso, lírico…

El director vuelve a narrar con su mirada especial una historia que tiene además un leit motiv de su obra cinematográfica (además ya había realizado westerns tan notables como Apache y Veracruz): un historia que se va construyendo a través de un enfrentamiento.

El enfrentamiento entre un pistolero cansado y el sheriff que quiere detenerle (y que como iremos descubriendo esconde además un odio exacerbado hacia el pistolero y busca una venganza personal). El encuentro se produce en un rancho en México… pero los ‘enemigos’ se verán envueltos en un viaje… para la venganza ya habrá tiempo. Ahora es tiempo de convivir, de seguir siendo ‘enemigos’ pero respetuosos (con algún que otro cabreo que deja patente la tensión siempre existente) hasta que llegue el momento oportuno. Los dos se unen para llevar un ganado de México a Texas. ¿Quién los contrata? John Breckenridge, un ganadero alcoholizado y atormentado por recuerdos bélicos de su pasado en el ejército confederado. ¿Por qué el pistolero acaba en ese rancho… y por lo tanto el sheriff también? Porque John Breckenridge está casado con una hermosa mujer que fue el gran amor del pistolero y ahora que está cansado quiere un hombro donde reposar. Así que se reencontrará no sólo con ella sino también con la hija adolescente de sus gran amor, que enseguida se siente atraída por el halo romántico de este fuera de ley.

Con un reparto totalmente acertado, una fotografía con un color que exalta los colores amarillos –donde sientes el color de la tierra, el viento y el polvo–, y un guion de Dalton Trumbo (el cual tampoco estuvo muy contento con algunas de las imposiciones que tuvo… aunque ya por fin sin estar en la lista negra), El último atardecer se convierte en otro magnífico western atípico donde más que la aventura o el viaje cuentan las emociones de los personajes y sus relaciones.

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Así el pistolero cuenta con el rostro de Kirk Douglas (muy implicado en el film como coproductor y tampoco quedó contento), un hombre con ganas de un poco de tranquilidad (y que la busca en el recuerdo que tiene de su gran amor) pero que no puede dejar de lado su pasado. Un pasado de violencia, de errores, de nunca parar, de haber hecho mucho daño… Al final busca algo de estabilidad y algo parecido a la felicidad. Cuando todos sus intentos son fallidos y además puede hacer daño –de nuevo– a alguien a quien ama, sabe que sólo hay una salida en el último atardecer. Kirk Douglas, como siempre, sabe presentar un personaje lleno de encanto (a pesar de su cara oscura, exaltada y violenta). A su indumentaria, un pistolero todo de negro, de elegante figura y con un pañuelo al cuello, se une su condición de contador de historias (con buenas metáforas para describir el mar o para entender el amor como un manantial) y de hombre extremadamente nostálgico y en esa nostalgia, hombre romántico. Y en ese intento de encontrar la calma, fracasa continuamente incluso cuando cree que ha encontrado el amor incondicional en la joven hija de su antiguo amor. Una confesión le hará ver lo imposible de ese amor, convirtiéndolo en otro tipo de amor que además requiere un sacrificio…

Los obstáculos (además de su propio tormento) se los va poniendo el sheriff que se convierte en enemigo respetable y compañero de supervivencias pero también se transforma en rival en el amor. El sheriff es un, como siempre, apuesto y rudo Rock Hudson (rey del melodrama) que se siente enseguida atraído por la esposa de John Breckenridge, que es el antiguo amor del pistolero. Según avanza el viaje, él también encuentra un sentido en el viaje, un amor que le redime de sufrimientos pasados, y cada vez va enterrando más hondo sus ganas de venganza pero no su sentido del deber. Y su propio amor (con rostro de Dorothy Malone, otra reina del melodrama) que trata de hacerle ver que no está enamorada de ella sino de una imagen del pasado, y quiere que se dé cuenta de que ahora ella es otra mujer distinta a la adolescente que conoció. Y que porta un secreto que finalmente le hará tomar una decisión inevitable.

En ese camino se encuentra con la trágica figura de John Breckenridge (maravilloso Joseph Cotten) que entierra en alcohol su miedo al enfrentamiento y que protagoniza uno de los momentos más tristes, humillantes y tensos de la película. Y también con la joven que le hará por un momento recuperar la esperanza (una prometedora Carol Lynley, pero que se quedó en promesa)… pero que será un amor imposible (y es tan delicada la manera en que se aborda el dilema, que es uno de los puntos fuertes de esta gran tragedia griega).

Por supuesto no falta ganado, indios, forajidos malvados (donde no falta Jack Elam), disparos, persecuciones… y un duelo final en este western atípico. Entre medias momentos de felicidad, intimidad y romanticismo. Así un pistolero americano canta con sus compañeros mexicanos de viaje una vieja canción (Currucucú paloma) en un momento de descanso…

En El último atardecer son muchas cosas las que se quedan en la retina: puede ser un vestido amarillo o un ramo de flores silvestres…

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Pasión bajo la niebla (Ruby Gentry, 1952) de King Vidor

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Tengo especial predilección por la filmografía de King Vidor, hacía mucho que había visto Ruby Gentry y no tenía mal recuerdo de ella. El viernes volví a verla y he de decir que me llenó. Son tan solo ochenta y dos minutos de pasiones desbordadas… pero narradas con precisión.

Haré una confesión: cuando pusieron un ciclo de Jennifer Jones en televisión hace un montón de años, algunas películas no las valoré como debía porque ella era superior a mis fuerzas. Tanto es así que mi madre siempre la recuerda como aquella que lloraba tanto… porque era como yo me refería a esta actriz cada vez que quería recordarla, la que no paraba de llorar. Luego con el paso de los años, mi valoración de Jones ha ido cambiando, tiene joyas en su filmografía (la obsesión de David O. Selznick finalmente dio frutos)… Jennifer Jones no tenía un rostro amable y en muchos papeles esto le beneficia. A veces era extremadamente exagerada en su forma de ‘comportarse’ en pantalla pero también es una cualidad para algunos de sus papeles. Poseía además una sensualidad extraña. Reconozco que es una actriz que se me hace antipática pero sin embargo he amado y amo muchas de las películas en las que aparece. Su imperfección cada vez me gusta más.

En su caracterización de Ruby Gentry… si bien en su primera parte recuerda de nuevo a una Perla Chavez desbocada (ay Dios mío esos andares en pantaloncillos y camisa ajustada…)…, una joven salvaje y sensual que vuelve loco a cualquier hombre que se cruce en su camino; gana enteros en su evolución posterior cuando se convierte en viuda vengativa y sofisticada. Jennifer Jones con gafas de sol metida en un coche viendo cómo se ‘carga’ el negocio del hombre deseado deja una imagen icónica.

King Vidor retrata en pocos minutos la tragedia de una mujer que no quiere ser dominada. Una sociedad conservadora e hipócrita siempre le recordará sus orígenes, el pantano. Una sociedad atrapada en creencias firmes, intolerante, que da a cada uno su sitio y su función. Por mucho que ella tenga muchas más ambiciones y ganas de volar. Finalmente solo la dejarán tomar un camino, el de la soledad. Así la conocemos como capitana (ejerce el poder, siempre) de un barco abocada a la mar y a la furia del océano.

La historia nos la cuenta un hombre tímido, y también enamorado de la protagonista (pero que desde el principio muestra también un respeto total hacia a ella y realmente cuando sabe que ella no está enamorada, se comporta como un buen amigo), forastero y nuevo en la zona. Es el nuevo doctor. Él mira con mirada limpia, objetiva (como un científico), sin prejuicios.

Ruby vive en una vieja casa del pantano con sus padres (el padre es otro personaje interesante para analizar) y su hermano (un hombre siniestro, creyente con continuas frases bíblicas, que no hace más que reprochar la vida de su hermana como mujer pecadora, como una Eva a la que redimir aunque sea de al forma más violenta). A ella le encanta la caza, la pesca y por supuesto no ser relegada a tareas domésticas. Es una mujer vital, libre y que vive sin reglas. Cuando se enfada, se enfada y cuando le apetece reír, ríe. Así a todos les hace mucha gracia hasta que Ruby quiere transgredir, saltarse las fronteras. Cuando Ruby quiere salir del pantano y prosperar, se acabaron las gracias. Cuando aspira además a estar junto al hombre que ama, un joven con ambiciones (un sensual y enorme Charlon Heston), Boake Tackman, su amor de juventud, ya nadie perdona. Pero este joven, que se divierte con Ruby y que se siente también unido a ella, no ve que para prosperar empresarialmente sea bueno prometerse con una hija del pantano. Renuncia al amor y a la pasión a cambio de posición social y económica.Y decide casarse con la hija de un importante hombre de negocios…

Pero por la vida de ambos, además del doctor, se cruza también otro personaje crucial en esta historia: el otro rico y poderoso del pueblo, Jim Gentry (Karl Malden), un hombre que también tuvo orígenes humildes. Jim cuida de su mujer enferma pero desde el principio notamos que bebe los vientos por Ruby. La joven, como cuenta el propio Jim al doctor, además vivió cuando era adolescente en su hogar (durante casi dos años) y su esposa enseguida se encariñó con ella, tratándola como una hija. Cuando la esposa de Jim fallece y éste sabe además que la historia de amor entre Ruby y Boake es imposible, decide pedirle su mano. Decide casarse con ella. Le dice que los dos se van a reír de todo el pueblo, que él sabe bien lo que ella siente, que él también viene de abajo…, que van a ser muy felices. Y Ruby acepta… y se convierte de la noche a la mañana en mujer sofisticada que siente además un tremendo cariño por su esposo al que conoce de toda la vida. Nadie recibe felizmente la noticia (tan solo el doctor, un amigo de verdad) y se nota desde el principio el rechazo y la hipocresía ante el nuevo matrimonio.

Lo que no saben Jim y Ruby es que la pasión entre ella y Boake sigue viva… Cada vez que se encuentran saltan chispas y se olvidan de que ambos han elegido otra vida. El drama está servido. A partir de un baile, los hechos se precipitan. Al espectador no le da tiempo apenas de respirar pero da igual…, sigue con arrebato las transformaciones y desgracias de Ruby hasta la magistral escena del pantano con la niebla como protagonista. Sigue el camino de una mujer vital y pasional a la soledad más absoluta.

King Vidor logra en Pasión sobre la niebla una atmósfera de sensualidad latente (sobre todo en las escenas entre Ruby y Boake) pero también de desasosiego y de que algo podrido se esconde tras las fachadas de los respetables… que sobre todo culmina en el extraño personaje del hermano de Ruby, que en sus apariciones provoca inquietud y miedo. Todo hace pensar en un destino trágico y oscuro. Y además presenta a una mujer, Ruby, que se convierte en mujer fatal sin querer serlo. Las circunstancias que rodean su vida la hacen transformarse en mujer vengativa… y esas mismas circunstancias hacen que todos los hombres que la aman, encuentren la desgracia. Y el no ceder, el ser ella misma, fuerte… hace posible un único destino: la soledad.

Un último apunte: imposible no dejarse llevar por una melodía que envuelve el relato. Ahora no se sale de mi cabeza y cuando la escuché, la recordé inmediatamente.

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Diccionario cinematográfico (210)

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Funerales: … así el primero que me viene a la cabeza es el de Cuatro bodas y un funeral. Y es en ese funeral donde se recita un maravilloso poema W. H. Auden. Ya solo por esta escena merece la pena ver más de una vez este ya clásico de la comedia romántica.

Otro funeral en el cual no puedes evitar una emoción catártica es en Imitación a la vida. Melodrama puro y duro donde asistimos al funeral de una mujer humilde (el personaje de Juanita Moore) que alcanza sólo pleno protagonismo el día de su muerte. El momento gospel de Mahalia Jackson en la iglesia alcanza un alto grado emocional.

Imposible no sobrecogerse con el funeral de Denys Finch Hatton en Memorias de África… y esa Karen Blixen que trata de tirar arena…, su mano tiembla y no puede.

Por otro lado están esas películas de reencuentro o reuniones de amigos en el que uno fallece. Y el entierro sirve de punto de encuentro entre recuerdos y tristezas o de momento de catarsis final. Así nos encontramos en los funerales de Reencuentro de Lawrence Kasdan o en el de Pequeñas mentiras sin importancia de Gillaume Canet.

En algunos funerales, en los momentos previos cuando se vela al muerto, ocurren milagros o fenómenos extraños como demostraron Theodor Dreyer con La palabra, Carlos Reygadas con La luz silenciosa y Manoel de Oliveira en El extraño caso de Angélica.

Familias rotas por la muerte… y funerales que son puro grito. Como el de una madre que no entiende la pérdida de su hija. Que le parece lo más injusto. Así tenemos monólogo escalofriante después del funeral, delante de la tumba, de Sally Field en Magnolias de acero. O en otros casos el consuelo es recordar al ser amado a través de sus momentos felices en fotografías y con anécdotas felices como hace el personaje de Liam Neeson en el funeral de su esposa en Love Actually.

Como digo la muerte de un ser querido puede hacer pedazos una familia y que cada uno viva de manera muy distinta la ausencia. Que cada uno sufra su dolor como puede… Así Nanni Moretti nos muestra un entierro durísimo (y sus consecuencias) en La habitación del hijo.

También en los funerales pueden empezar extrañas historias de amor y amistad. Sus protagonistas tienen afición por acudir a funerales de desconocidos… Se encuentran y unen sus destinos así como sus gustos por asistir a estos actos. Acordémonos de Harold y Maude de Hal Ashby o de Restless de Gus van Sant.

… Hay personas que trabajan en una funeraria y la muerte es algo cotidiano en sus vidas. Estos trabajadores también han sido protagonistas de películas (incluso series). A principios de los años noventa conocimos a un director de funeraria con cara de Dan Aykroyd que tenía una hija casi en la adolescencia obsesionada con la muerte (no podía ser de otra manera)… en Mi chica. En esa misma película una experta maquilladora  (Jamie Lee Curtis) sin trabajo busca empleo… y en la funeraria lo encuentra. Encuentra empleo y el amor de Dan. También un director japonés, Yojiro Takita, contó la historia de un violoncelista en paro que encuentra trabajo en una funeraria limpiando los cuerpos y preparando a los fallecidos. Su vida dará un vuelco… Hablo de Despedidas.

Y aunque parezca imposible un funeral también genera buena comedia… Así una comedia británica gira en torno a un entierro delirante. Y la risa está servida en Un funeral de muerte de Frank Oz. O Shirley McLaine protagoniza al principio de Ella y sus maridos un funeral absurdo… donde los hombres que bajan un ataúd rosa por unas escaleras pierden el equilibrio y…

Otros permiten la fantasía… como la despedida deseada y el funeral alternativo de un cuentacuentos con el rostro Albert Finney en Big Fish.

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Él (Él, 1952) de Luis Buñuel

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Hasta el año pasado no la había visto nunca y ahora hace unos días la he vuelto a ver. Si me entusiasmó la primera vez, la segunda me ha confirmado que Él es una obra cinematográfica redonda, llena de matices, detalles y una muestra genial del dominio del lenguaje cinematográfico por parte de Luis Buñuel. Me ha gustado tanto otra vez que no he podido contener las ganas de teclear y teclear. Porque Él no sólo es redonda por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. Además de ser una película plenamente buñueliana (dentro de su periodo mexicano), bebe del melodrama desaforado, disecciona de manera magistral los celos patológicos y deja una composición genial de un personaje con el rostro de Arturo de Córdova, que borda su papel.

La película, como ese ojo que diseccionó en El perro andaluz, tiene dos cortes radicales en su narración cinematográfica. Dos elipsis magistrales y radicales. Y como ese ojo desgarrado, Él muestra esa mirada fragmentada, única y especial que tiene la filmografía de Buñuel.

Pero hablemos de esos dos cortes… Él empieza como un relato sobre un enamoramiento extremo y obsesivo, cercano a un amor fou. Conocemos a un hombre rico y devoto Francisco Galván de Montemayor que un Jueves Santo (ya hablaremos de esto) conoce a Gloria, la mujer de sus sueños. Y no cesa su persecución hasta que consigue a la dama. En el momento en que Gloria le besa y deja a su novio, un arquitecto, el relato sufre su primer corte radical. Hasta ahora la narración ha sido cronológica y ‘clásica’. El salto nos lleva a una Gloria en la calle casi atropellada por su antiguo ex. La casualidad ha hecho que se choquen. La Gloria que nos encontramos no es una mujer enamorada, sino una mujer asustada, triste y nerviosa que tras la duda decide subirse al coche de su ex. Nos enteramos de que él lleva meses sin pisar la ciudad, que ha intentado superar el abandono de Gloria, que ahora es una mujer casada, y que no la guarda ningún rencor. Gloria en el coche le dice que su vida es una pesadilla… y empieza a contarle todo en un largo flashback. Ahora Él se cuenta desde el punto de vista de la víctima que nos narra un relato terrorífico de un hombre convertido en ‘una bestia’ acosado por los celos.

Una vez que regresamos del gran flashback, el relato vuelve al presente y recuperamos la mirada de un Francisco demente… y nos encontramos sumergidos en un relato de terror ante un hombre que no puede controlarse y una víctima que se ve cada vez más atrapada. Cuando Francisco ha perdido absolutamente la cordura en la Iglesia de su amigo el sacerdote, una vez que Gloria ha reunido las fuerzas para huir de casa…, ocurre el segundo corte radical. Nos encontramos con una Gloria recuperada y feliz junto a su ex y un niño, su hijo, que están en un monasterio preguntando, interesados, por Francisco. Deciden no verle pero se alegran por su recuperación y su nueva vida entregada al silencio y la oración. El mismo padre que les cuenta cómo está de recuperado Francisco, le narra a éste toda la conversación… y bajo la capucha asoma de nuevo un demente, un hombre obsesionado sin recuperación posible. La última imagen de Él es impactante. Un hombre con su hábito, Francisco, que anda en zig zag por una vereda de árboles. Y el espectador sabe que ante esa aparente tranquilidad y belleza, ese extraño andar esconde a un hombre inquietante.

Él con sus dos cortes es un artefacto cinematográfico perfecto. Además, creo que analiza y disecciona la mente de un celoso patológico que confunde amor con posesión y dominio. También dibuja perfectamente a la víctima y su situación de aislamiento, soledad y terror (una acertada Delia Garcés). Buñuel sabía lo que era ser un hombre celoso y entiende la mente de su protagonista. Sabe meterse en su piel. Y es escalofriante. Luis Buñuel ‘entiende’ a su personaje porque él mismo era un hombre celoso. El director aragonés aisló y silenció, siempre en la sombra, a su esposa Jeanne Rucar.

Luis Buñuel no sólo construye un interesante y complejo guion junto a Luis Alcoriza (adaptando una novela de Mercedes Pinto con el mismo nombre…, que leyendo un poco de información en la Red sobre la autora nos descubre a una mujer muy interesante) sino que además la película consigue una atmósfera muy especial en parte gracias a la fotografía de Gabriel Figueroa y por una puesta en escena que saca el máximo provecho a los escenarios donde transcurre la trama siendo lugar privilegiado la mansión modernista y el jardín donde vive el protagonista. Además también juega con un título inquietante, ¿quién es Él? Ese Él puede ser el propio protagonista desde la óptica de la mujer víctima o una concepción mucho más interesante: Él es la figura imaginaria, la presencia masculina, siempre presente en la mente enferma de Francisco. Esa presencia masculina imaginaria es la que provoca sus continuos celos, su obsesión.

Pero son muchos los aspectos que me han ido seduciendo de Él. Uno de ellos ha sido encontrar muchas similitudes con el universo hitchcockiano. El director británico le admiraba, parece ser que no así el aragonés… Buñuel no hablaba ni escribía mucho de sus gustos cinéfilos, como queda reflejado en un libro que estoy ahora mismo disfrutando, El banquete de los genios de Manuel Hidalgo y que pronto escribiré sobre él. Y de Hitchcock no tuvo, precisamente, palabras de admiración. Sin embargo sus mundos, sus universos, tienen similitudes. Por ejemplo, obsesión por ciertas partes femeninas (como pueda ser un pie o un moño, un rostro en primer plano…), su enfoque sobre la pasión, el amor fou y la obsesión. Una de mis mayores sorpresas ha sido ver ecos en Él de lo que luego seis años después sería Vértigo. Lo más evidente es una escena-clímax en un campanario… Pero también el uso de las mansiones y las escaleras. Y una sensación de suspense, de inquietud y miedo. Así el británico ha regalado mansiones y atmósferas como la de Rebeca, Encadenados o Atormentada que no recuerdan a esa mansión de Él. Imágenes y sonidos potentes: es imposible olvidar a un Arturo de Córdova desencajado sentado en unas suntuosas escaleras, arrancando una varilla de éstas, y golpeando en la pared con ella… creando un sonido de pesadilla.

También el universo buñueliano está presente en las dos escenas en la iglesia. Las dos prodigiosas y con efectos diferentes en el protagonista (y por tanto en los espectadores). Al principio de la película hay una escena espectacular, de un acto religioso un Jueves Santo. El lavatorio de pies donde un sacerdote (amigo del protagonista) realiza la ceremonia con una fila de jóvenes… la escena, el ritual, está envuelto en una especie de extraño y enfermizo erotismo que choca a quien lo mira. El protagonista mira este ritual y su mirada pasa de los pies descalzos de los jóvenes, a los pies de los fieles sentados a la primera fila… Entonces ve unos pies de una mujer que llaman toda su atención, levanta la vista y ve por primera vez a Gloria. Así refleja Buñuel el primer encuentro entre la pareja. Y la penúltima escena, cuando finalmente Francisco ha perdido la cordura y su obsesión le lleva ya a tener alucinaciones, su locura culmina en esa misma iglesia (dando circularidad al relato) donde en una atmósfera de pesadilla otra vez (ya estamos en la mente de un hombre que no atiene a razones), el protagonista siente que todos ‘los fieles’ incluso su amigo el cura se carcajean de él y su desgracia…, pierde los estribos…, una escena angustiosa donde los devotos muestran sus rostros serios (la realidad) o sus rostros deformados en risas exageradas (la pérdida de cordura de Francisco). No faltan tampoco las pinceladas de un humor negro, que bordea lo inquietante.

No hay duda que volveré a ver Él y que abriré otra puerta. El ojo acecha…

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Y van tres sobre la adolescencia… y una mirada infantil

La adolescencia en el cine se ha reflejado de una y mil maneras. Las tres películas que forman este texto se acercan a este periodo, que vive todo ser humano, de manera muy diferente. Pero las tres cuentan con una mirada especial que merece la pena analizar aunque unas sean redondas, otras menos y la de más allá fallida. De propina, una mirada infantil de lo más siniestra. La infancia también es un periodo difícil de reflejar correctamente y que también ha permitido obras cinematográficas tan especiales como El otro de Robert Mulligan.

Un soplo en el corazón (Le souffle au coeur, 1971) de Louis Malle

 

(Aviso: si no la has visto, cuento partes claves de la trama)

 

La filmografía de Louis Malle es una sorpresa continua. No le asusta la innovación formal ni los temas que abordar desde puntos de vista complejos. Con Un soplo en el corazón empieza una trilogía que versaría sobre los recuerdos (la memoria…) acumulados durante su adolescencia. Vida y cine, cine y vida. Trozos de vida propios y ajenos. O simplemente captar sensaciones y sentimientos, emociones y prestárselas a sus personajes. Las otras dos películas que completarían dicha trilogía (y que ya me esperan para que pueda verlas) son Lacombe Lucien y Adiós muchachos.

Un soplo en el corazón cuenta un momento de la historia de un adolescente, Lauren Chevalier (Benoît Ferreux). Tiene catorce años y está en su periodo de despertar sexual. Su vida transcurre en la Francia de los cincuenta en una familia acomodada. Su padre es ginecólogo, de buena familia, y su madre es una italiana (una maravillosa y bellísima Lea Massari que crea un personaje fascinante y difícil) que cuida de sus tres hijos casi como si fuera su mejor amiga, siempre cómplice. Lauren saca unas notas brillantes, es un lector empedernido de escritores como Gide o Camus, habla con una naturalidad que desarma de temas como el suicidio y le encanta el jazz.

Durante su momento de vida ‘robado’ por la cámara de cine, vemos sus relaciones con su padre (distante), con su madre (cercana), y con sus hermanos mayores (siempre entre la broma constante, la humillación del menor pero también de la admiración que siente por ellos y el cariño que estos le profesan). Y también cómo se relaciona con sus amigos. Somos testigos de varios acontecimientos: las ‘atenciones especiales’ que le presta un cura del colegio, su primera experiencia con una prostituta, el beso con una amiga de sus hermanos mayores, su intento de acercarse a una joven rubia y, por último, un acercamiento físico (una noche de fiesta) a su madre… Entremedias de todas estas experiencias se le diagnostica un soplo en el corazón que exige reposo y el seguimiento del tratamiento en una especie de balneario (un espacio aislado del mundo cotidiano que le rodea… y donde todo puede pasar, todo es nuevo).

Lauren Chevalier tiene muchas características del Malle adolescente pero el director ficciona y crea unas experiencias únicas para Chevalier. Con ojo crítico ante la burguesía francesa (a la que el propio director pertenecía) pero también con un halo de nostalgia, Malle crea una película vital y libre que pasa por temas extremadamente tabú con una mirada absolutamente diferente.

Así, por ejemplo, el tratamiento del incesto nada tiene que ver con la forma en que se ha reflejado en otras películas. Un tema que siempre se ha tratado en el cine desde una óptica de tragedia griega o de drama extremo. Incesto fruto de una relación enfermiza y traumática con secuelas psicológicas futuras para el que lo sufre (reflejo de maltrato físico y sometimiento). El incesto como fuente de ambientes inquietantes, incómodos, insanos con aires de pesadilla.

De pronto choca la manera en que Malle encara el tema, una acción lleva a la otra, una emoción lleva a la otra, una situación lleva a otra… y de pronto vemos al adolescente en la cama con su madre (pero como una ‘experiencia más’ dentro de su recorrido hacia la madurez)… Malle consigue que el espectador escuche las palabras que la madre dice a su hijo después y que trate de comprender. Las palabras son algo así como: que esto que ha pasado no se convierta en algo traumático para ti, yo siempre lo recordaré como un momento bonito y agradable. No volverá a pasar nunca.

Es importante saber que la primera idea de Malle, es que realmente fuera algo traumático para Lauren… y que llegase a pensar en el suicidio. Sin embargo nos ‘regala’ otro final que nos choca pero que embelesa y encanta, Malle realmente transgrede. Y termina la película con un Lauren que ha despertado totalmente a su sexualidad, más seguro, y con una reunión familiar donde todos, absolutamente todos, se miran entre sí y no paran de reírse… Un final que no se olvida y no deja indiferente.

Brick (Brick, 2005) de Rian Johnson

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Rian Johnson realiza un experimento formal: nos cuenta una historia de puro cine negro, en un ambiente insólito para este género. Brick transcurre en un instituto norteamericano y todos sus protagonistas son adolescentes o muy jóvenes. La presencia de adultos es prácticamente nula (y los que aparecen son casi caricaturescos).

Así nos encontramos frente a una trama compleja con un caso de asesinato y una investigación complicada… pero todo entre adolescentes. Rian Johnson sorprende con una fuerza visual y unas imágenes increíbles y recrea a todo color las luces y sombras del cine negro, esa sensación de pesimismo, de destino inevitable, de romanticismo clásico y con las dosis de violencia suficientes. El instituto y sus alrededores crean un ambiente extraño que roza la pesadilla.

El protagonista es el adolescente al margen, el solitario, que decide echar una mano a su exnovia cuando ésta le hace una llamada de socorro. Y se convierte en una especie de investigador desencantado. Con ayuda de un estudiante empollón e inteligente, se introduce en un mundo de drogas y jóvenes siniestros donde nadie es lo que parece. No falta la femme fatale.

Brick se convierte en una película que genera una cierta extrañeza pero a la vez Rian Johnson consigue unas imagenes con una fuerza visual hipnótica. Y une la ‘incomodidad’ de la adolescencia —el extrañamiento y confusión del adolescente que se enfrenta al mundo—, con ese halo ambiguo, destino trágico y complejidad que acompaña al cine negro.

Una vida en tres días (Labor day, 2013) de Jason Reitman

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El paseo de Jason Reitman por el melodrama ha sido fallido pero contaba con los ingredientes necesarios para crear una película emocionante. La premisa era muy sencilla (y porque la complica, sobre todo con ridículos flash back, con algunos fallos que hacen poco creíble la trama, con escenas que sobran así como un final tambiñ¡én ridículo… la película se derrumba): durante los años ochenta, en una localidad americana, un fugitivo que huye de prisión toma como rehenes en su casa a una mujer divorciada (con una depresión que le provoca pánico a salir de casa) y su hijo adolescente. Conviven durante tres días.

Aquí el adolescente es el que cuenta la historia desde la nostalgia (la cuenta con voz de adulto). Desde su punto de vista. Y si hubiera seguido ese camino: la mirada íntima del adolescente ante los hechos vividos, creo que hubiese funcionado. Tan solo la casa y sus tres habitantes. Y es esa mirada y el propio adolescente el que a veces salva la película (Gattlin Griffith).

Otro punto flojo es la construcción del fugitivo (que contaba con un Josh Brolin, siempre carismático y que hace lo que puede con un personaje mal hecho) pues elimina toda ambigüedad y misterio. Parece que el fugitivo es el hombre perfecto: arregla todos los desperfectos de la casa, podría ser buen padre, es buen amante, es guapetón y encima es un excelente cocinero…

La escena en que los tres elaboran una tarta de melocotón es la escena clave. El tono clave de una película que podría haber funcionado. A través de la mirada del adolescente y haciendo mucho hincapié en los sentidos y sensaciones, en lo físico. En lo sensual del momento, todo rodeado de una cierta nostalgia. Es una escena ‘contada’ desde lo emocional, desde el recuerdo. Casi notamos el tacto de cada uno de los ingredientes de la tarta, y el roce de la piel de los personajes. Refleja un acercamiento especial de los tres personajes…

La propina. El otro (The other, 1972) de Robert Mulligan

Robert Mulligan sabía muy bien reflejar el mundo infantil y adolescente desde una óptica nostálgica. Así muestra niños y adolescentes de verdad en Matar a un ruiseñor, Verano del 42, La noche de los gigantes o Un verano en Louisiana… Sin embargo, también ofreció la cara oscura y pesadillesca de los mundos infantiles con una película inquietante sobre dos gemelos, El otro.

La película es la adaptación de un relato de Tom Tryon (que antes había sido actor, el protagonista de El Cardenal de Otto Preminger) y Robert Mulligan recrea con esos juegos infantiles y la imaginación desbordante que gozan los niños un relato terrorífico. Así se mete en la mente infantil para contarnos una historia asfixiante y con una óptica distorsionada. Desde el principio ‘notamos’ una cualidad extraña en los juegos aparentemente inocentes de los gemelos y en cómo ‘miran’ el mundo adulto.

Robert Mulligan crea una atmósfera que envuelve al espectador en un mundo incómodo y horrible, un mundo adulto siniestro, poblado de rostros crispados y desagradables, una atmósfera irreal y difícil de comprender: una abuela rusa que cuenta extrañas historias, un circo de seres deformes, una madre que parece una muerta en vida, una anciana malhumorada, un jardinero alcoholizado, una muerte reciente… La película está sin embargo, plagada de juegos infantiles y detalles como una caja metálica con pequeños tesoros… que se convierten en elementos inquietantes.

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Sayonara (Sayonara, 1957) de Joshua Logan

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Si leemos las memorias de Marlon Brando, Las canciones que mi madre me enseñó, dice poco de Sayonara pero información bastante reveladora. Explica que se implicó en esta película porque su padre insistió en que debía hacer una para no tener problemas con el fisco. Comenta que en un principio no le gustó lo que vio escrito en el guion (una adaptación de una novela de James A. Michener) pero que después de hablar con Logan llegaron a un acuerdo. Brando creía que Sayonara no debía ser, de nuevo, una versión de Madame Butterfly sobre los amores imposibles entre un norteamericano y una japonesa. Brando apostaba por dar un paso más y proporcionar una posiblidad de futuro a la pareja protagonista. Que se atrevieran a dar el paso del matrimonio a pesar del rechazo de una u otra parte. Que se atrevieran a transgredir… Que tuviesen un final feliz.

También se comenta que el rodaje no fue fácil, Marlon Brando lo achaca a que su director Logan se encontraba en una fase depresiva. Otras fuentes sin embargo señalan que Marlon Brando trajo de cabeza a Logan (entre otras cosas cuidaba poco de su físico e iba engordando y engordando… o le gastaba bromas a su director que le dejaban ko)… También jugaron mala pasada las lluvias o la poca experiencia de los demás actores del cuarteto protagonista (las dos actrices japonesas y Red Buttons). Lo que es cierto es que Sayonara se rodó, se estrenó, supuso un éxito de taquilla y a Brando le supuso que fuera una de sus películas más taquilleras y populares (y curiosamente, en la actualidad, una de sus películas más olvidadas).

Yo vi Sayonara por primera vez hace un montón de años cuando televisión española dedicó un ciclo a Marlon Brando. Y ahora he vuelto a repasarla. Así me he encontrado con un buen melodrama con muchos puntos de interés para analizar. Había dos cosas que no había olvidado (a parte de la presencia de Brando): la historia trágica de los personajes de Red Buttons y Miyoshi Umeki y la melodía romántica que envuelve toda la película. Y estos elementos no me han decepcionado en mi segundo visionado. He disfrutado más si cabe de la propuesta.

Por una parte recuperar a un director con una sensibilidad especial y bastante menospreciado. Sin embargo conecto con la filmografía que he visto hasta ahora (y algunas de esas películas varias veces) del director, Joshua Logan. Sus obras contienen una emoción especial y una puesta en escena elegante que atrapa. Así disfruto cada vez que veo Picnic, Bus Stop, Camelot, La leyenda de la ciudad sin nombre o en el caso que me ocupa ahora mismo, Sayonara. En todas plantea historias de amor complejas y transgresoras de una manera elegante, con sensibilidad y una estética muy especial y cuidada.

Sayonara forma parte de un conjunto de películas que durante los años cincuenta trataban de plasmar las relaciones de los americanos con los japoneses. Unas relaciones difíciles tras las heridas de la Segunda Guerra Mundial… Así el cine plasmó ese momento de intento de acercamiento entre dos culturas absolutamente diferentes que habían estado en bandos contrarios durante la guerra. Los americanos habían resultado los vencedores pero además habían arrasado y destruido Japón (las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki) y por otra parte al finalizar la guerra se convierten en la potencia que ocupa el territorio japonés hasta 1952. Muchas heridas que curar. Muchos odios latentes. Así nos encontramos con obras cinematográficas como El bárbaro y la geisha o La casa de té de la luna de agosto (también protagonizada por Brando… como si fuera un japonés). El tema relaciones oriente-occidente (donde se reflejaban relaciones interraciales que transcurrían en Hong Kong, China o Malasia) se encontraba en un momento álgido durante los cincuenta y parte de los sesenta que dejaba películas como La colina del adiós, El mundo de Suzie Wong o El séptimo amanecer (curiosamente las tres protagonizadas por William Holden).

Así Sayonara cuenta la historia de amor entre un soldado norteamericano (Marlon Brando) y una bailarina japonesa (Miiko Taka) que superan todos los obstáculos que impiden que se conviertan en una pareja… La película les deja con un final incierto pero intentando ambos apostar por su historia. El melodrama pone en marcha dos historias interraciales: la de Marlon Brando y Miiko Taka, por una parte. Y por la otra, la de Red Buttons y Miyoshi Umeki (finalmente ambos nominados a mejor actores secundarios). La tragedia de los segundos determina el final de los primeros, que continuan la lucha: la posibilidad de seguir juntos pese la intolerancia de unos y otros. Así nos encontramos ante una de las escenas claves que es cuando los cuatro acuden a un espectáculo milenario de marionetas donde se narra una trágica historia de amor que preludia el único final posible para un matrimonio al que ya le es imposible poner frenos a las trabas impuestas…

Sayonara realiza un exquisito y elegante retrato de algunas tradiciones culturales japonesas así como de sus costumbres (esas casas japonesas…). A las marionetas se une el teatro kabuki o el espectáculo tan sólo de mujeres que lleva a cabo la actriz principal femenina. Por otra parte señalar que la película muestra una historia secundaria con  muchísimas posibilidades pero la deja a medio camino, desaprovechada (y es una pena porque presuponía unas reflexiones también interesantísimas y transgredir muchísimo más en las relaciones interraciales). Hay dos personajes muy atractivos pero no del todo desarrollados, al igual que su historia común. Me refiero a la novia norteamericana de Brando, interpretada por Patricia Owens y el primer actor del teatro Kabuki (con rostro de Ricardo Montalbán). Los dos tienen pinceladas muy potentes y hubiesen generado una ‘segunda trama’ más atrevida e interesante.

Por otra parte la película cuida en extremo los encuentros íntimos entre los dos protagonistas amantes y logra cotidianeidad y verdad en la relación que se establece entre los cuatro protagonistas. Sayonara tiene una serena belleza que llega a su culminación con el descubrimiento por parte de Marlon Brando del destino trágico de sus amigos. Y logra toda la emoción de un melodrama cuando el actor trata de convencer a la bailarina de que tienen una posibilidad de futuro, de construir una familia y que no deben rendirse…

… Y de fondo, siempre, una delicada melodía…

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Diccionario cinematográfico (207)

priscilla

Autobús: hoy me he despertado y me he dicho: me apetece montar en un autobús y a ver dónde me lleva… Porque son muchos los autobuses que han salido en el cine y muy distintos los motivos del viaje.

En la screwball comedy no faltan los autobuses. Recuerdo una película que se llama Una chica afortunada, me parto de risa. Todo comienza en un autobús. Y también termina ahí. Mary (Jean Arthur) se dispone como cada mañana a ir a trabajar en el medio de transporte que puede permitirse. De pronto le cae del cielo un abrigo de piel… y toda su vida cambia. También se conocen en un autobús la millonaria Ellie Andrews (Claudette Colbert) —que huye de su padre y además esconde su identidad— y el periodista intrépido Peter Warne (Clark Gable)… en esa joya de Frank Capra que se titula Sucedió una noche. Como siempre ocurría con este director los compañeros de viaje de los protagonistas no tienen desperdicio.

Por otra parte se hacen viajes en autobús que transforman. Que se lo digan a las tres drag queens que protagonizan Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Las tres artistas de cabaret recorren Australia en un autobús muy especial y a la vez van construyendo relaciones y como toda buena road movie que se precie es un viaje que cambia sus vidas.

Otro autobús con mucha vida es el de Bus Stop donde una soñadora cantante de cabaret, maleada por la vida, y un inocente vaquero pasarán del odio al amor. Del miedo al cariño. Cada uno vivirá su particular infierno y paraíso en un viaje en autobús.

Hay películas que terminan con un final incierto y abierto… pero con sus protagonistas montados en un autobús. Así ocurre en El graduado. El joven Benjamin y la bella Elaine vestida de novia nos miran desde los asientos traseros de un bus…

Y es que los viajes pueden ser de todo tipo. Incluso de acción. Pero de acción trepidante. Así ocurre en Speed. Un policía y una viajera lo pasan canutas sin poder parar un autobús que cada vez va más rápido y que si su trayectoria se interrumpe todos los viajeros morirán al explotar la bomba que esconde en su interior.

… Especialmente trágico es el viaje en autobús de una madre y su hija (y todos los viajeros) en La Soledad de Jaime Rosales en una de las escenas más impactantes de la película. O Alfred Hitchcock nos hace que lo pasemos muy mal durante el trayecto en autobús de un niño con una caja en Sabotaje (1936). Él no sabe lo que porta en esa caja, los espectadores sí: una bomba.

Todo puede ocurrir en un autobús: desde conocer a la persona que cambiará tu vida como le ocurre a Michelle Pfeiffer como un ama de casa americana de los sesenta obsesionada con Jackie Kennedy que quiere acompañarla durante los funerales de su esposo asesinado, el presidente John F. Kennedy, y se sube a un autobús donde conoce a un hombre negro con una niña que no habla apenas… en Por encima de todo de Jonathan Kaplan.

A conocer al amor de tu vida o al amigo del alma como le ocurre a Forrest Gump. En un autobús escolar conoce a Jennie. Y en otro autobús, cuando se alista para Vietnam, conoce a Bubba, su mejor amigo. Además es en una parada de autobuses urbanos donde empieza a contar toda su historia…

El autobús lleva a los personajes a un destino concreto donde empezar una nueva vida o para arreglar cuentas pendientes. Todo puede depender del asiento que esté libre o el compañero de viaje que toque. El viaje en autobús significa también huida o alcanzar un sueño. Que se lo digan a los personajes, a los peculiares amigos, de Cowboy a medianoche. Los dos harán un último viaje, Joe (John Voight) y Rizzo (Dustin Hoffman)… a punto de rozar un sueño.

Próxima parada.

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Diccionario cinematográfico (205)

magnoliasdeacero

Peluquerías y otros locales similares: hace poco hablé de peinados y mi querido Alfredo (blog 39 escalones) me dijo que no me olvidase de los peluqueros y peluqueras y pensé en ese momento en la cantidad de películas que además salen peluquerías muy especiales… Resulta que ayer me meto a ver Un cerdo en Gaza y uno de los personajes es un peluquero que además tiene un local donde transcurren varias escenas hilarantes de esta estimable película. Y me digo… tengo que escribir otra entrada para mi diccionario particular.

Otro peluquero que me fascina (y que está bastante olvidado) es el protagonista de una película de Hal Ashby, Shampoo. El peluquero en cuestión era un Warren Beatty que trataba de tener un salón propio. Shampoo es una comedia amarga que emplea los recursos de la screwball comedy para reflejar unos setenta con unas gotas de tristeza, crítica política y social y para reflejar un futuro bastante oscuro, sin esperanzas. El peluquero rodeado de un montón de mujeres (y peinándolas) iba viendo cómo su sueño, en un solo día, se iba desvaneciendo (y muchas cosas más como la posibilidad de estar con el amor de su vida). Y entre peinados, fiestas y una peluquería de moda se iba narrando una historia de sueños rotos.

A otra peluquería que tengo gran cariño es en la que se reúnen las magnolias de acero. Es una peluquería de una localidad pequeña donde un grupo de mujeres se cuentan sus alegrías y sus penas, viven el día a día. Uno de sus alicientes son las reuniones en el local donde van de una confesión a otra. La peluquera tiene el rostro de Dolly Parton y toma como ayudante a una tímida y apocada Daryl Hannah, que va transformándose en su ser más extraño de lo que era… pero querible. Una de las clientes nos hizo llorar de lo lindo, una jovencísima Julia Roberts.

Tampoco olvido irme a otros países y otras peluquerías (y salones de belleza). Así otro grupo de mujeres nos cuentan sus problemas emocionales, sentimentales y de todo tipo mientras trabajan en una peluquería. Y vamos entre las risas y las penas. Nos reunimos con ellas en su local de Beirut… en Caramel.

No faltan tampoco las barberías. De nuevo Tim Burton (ya en el post de Peinados recordamos las labores en la peluquería de Eduardo Manostijeras) traslada al espectador a la barbería más siniestra y sangrienta en un musical también muy amargo, Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet. Pero no olvidemos buenas escenas de barberías y asesinatos en películas de gánsteres… Claro, como no, El Padrino tiene su escena en una barbería.

Los salones de belleza y las peluquerías sirven para que muchos personajes en un momento de la película cambien totalmente su look. Se conviertan en otra persona distinta con la autoestima más arriba o con muchas ganas de gustar. Recordemos al personaje de Cher, con su pelo en un moño y unas cuantas canas… que se dispone a estar deslumbrante en una noche de Ópera y se pasa por una peluquería amiga que se mueren del gusto porque se deje hacer… y sale con un peinado muy de los ochenta, suelto y sin una sola cana… recibiendo los silbidos y piropos de todo hombre que pasa por la calle. Fundamental escena de Hechizo de luna.

El amor también entra en estos locales. El sueño de Antonine es casarse con una peluquera. Y ese sueño se hace realidad. Entre la placidez, la sensualidad y la tristeza, un romanticismo trágico. Así es El marido de la peluquera.

Y no nos olvidemos del cine clásico, me quedo con un pequeño barbero judío con bigotillo que trabaja al ritmo de la danza húngara número cinco de Brahms en El gran dictador. No podía ser otro que Charles Chaplin en su doble papel.

Por cierto… ¿en qué peluquería entraré ahora?

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