Jimmy’s Hall (Jimmy’s Hall, 2014) de Ken Loach

Jimmys Hall

Ken Loach, junto al guionista Paul Laverty, nos está diciendo en sus últimas obras cinematográficas de ficción que pese a que todo esté muy negro y haya que indignarse, que creamos en la gente, y que la lucha es más fácil en comunidad… y alimentando pasiones. Y además está empleando el sentido del humor, muchas veces ausente de sus películas pasadas, Ken Loach se ríe, una risa crítica, y además se nota que se encariña con sus personajes. Así en Jimmy’s Hall nos cuenta una historia real del pasado pero con aires de fábula… y con muchos elementos que podemos trasladar a este presente negro. Nos regala un cuento precioso. Algunos opinan que Ken Loach es maniqueo en el planteamiento de sus películas o que se repite en su visión del mundo y la injusticia; sin embargo creo que Ken Loach quiere a las películas que está haciendo, diría que las ama, y que ahora más que nunca es necesaria su visión. No hay maniqueísmo sino un punto de vista sobre cómo podrían ir un poco mejor las cosas y una exposición de lo que hace que una sociedad sea cada vez más injusta. Y una llamada a no perder la esperanza. A levantarse una y mil veces, aunque siempre pierdan los mismos. Un canto al optimismo y las ganas de hacer cosas.

La película nos sitúa en un país que lo está pasando muy mal, Irlanda en los años 30, un país con una historia triste (como tantos otros países), además en un momento histórico de crisis económica mundial (la crisis del 29). Y nos habla de un héroe anónimo (acompañado por muchos héroes y heroínas de la vida cotidiana), que es un personaje real, James Gralton, un líder comunista. Ken Loach y Paul Laverty nos dibujan a un héroe encantador y carismático (con el rostro de Barry Ward). Un hombre tranquilo que regresa años después a su tierra natal, a sus raíces, para estar en una granja junto a su anciana madre. Él llevaba años en EEUU, como un trabajador más en busca de sustento, y también ha vivido los estragos del 29 en la tierra de las oportunidades. Poco a poco se nos van desvelando –en una ráfaga de flash back-memoria de James– las circunstancias de por qué tuvo que marcharse (circunstancias sociales y políticas) y de su regreso. Y los recuerdos de James tienen un detonante: los jóvenes de la zona rural donde vive con su madre, le exigen que vuelva a abrir el centro cultural que puso en marcha antes de irse a la tierra prometida. Ahora un barracón abandonado. Un centro cultural donde se celebraban bailes, se daban clases de literatura, de canto, de música, un centro de convivencia y reunión… Y un centro que funcionaba sin la influencia castradora de la Iglesia católica y los terratenientes de la zona. Un lugar libre que la gente cuidaba y adoraba. Un centro para aprender, bailar, reír, reunirse, enamorarse, debatir, cantar, razonar… Un centro aparentemente poco dañino pero que sin embargo asustaba a las estructuras del poder establecido (a la Iglesia y a los terratenientes y poderosos de la zona).

Jimmys Hall

Después de los recuerdos, James decide no rendirse, no quedarse en silencio. Y con la ayuda de toda la comunidad vuelve de nuevo a levantar el centro, que de nuevo vuelve a traerle los mismos problemas y complicaciones. Pero en los dos momentos, mereció la pena la lucha de James Gralton a pesar de las consecuencias. A Gralton, el de la ficción, no logran borrarle la sonrisa. Aunque siempre pierda.

Además Ken Loach crea y construye una película bonita en la que se sirve no solo de una Irlanda de paisajes-paraíso sino que puebla su historia con personajes tan maravillosos como la madre del protagonista (una anciana aparentemente servicial y callada que se revela como una luchadora nata y amante de los libros… y su difusión) o con esos momentos, que siempre ha sabido realizar tan bien el director, de reuniones de un colectivo de personas en las cuales exponen sus ideas o denuncian su situación y entre todos elaboran una forma de actuar para salir de una situación injusta. Reuniones que no son fáciles pero en las que se escucha y se trata de llegar a la solución que más agrade a todos.

Jimmys Hall

Pero una de las sorpresas más agradables de Jimmy’s Hall es la narración cinematográfica de una emotiva historia de amor imposible. Una historia delicada contada a base de miradas y despedidas con algún baile en solitario. Además de una ambientación cuidada y plagada de momentos mágicos, sobre todo los transcurridos en el centro (como ejemplo, cuando James les enseña a todos algo que ha traído de EEUU, un fonógrafo y cómo lo primero que pone es un disco de jazz. Todos quieren aprender el nuevo baile y James empieza a danzar y todos a seguirle…). La película logra transmitir alegría y ganas de seguir, a pesar de los tiempos duros. Cuando sales de la sala de cine, quieres leer y bailar, quieres reunirte, reírte, gozar, aprender y tener un sitio, un lugar de reunión apropiado para todo ello… e intentar que esto sea posible y realidad para el mayor número de personas…

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El amor es extraño (Love is strange, 2014) de Ira Sachs

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A veces basta una mirada, un gesto o simplemente una manera de contestarse, de comportarse para intuir la complicidad construida entre dos personas. Así ocurre con Ben y George (John Lithgow y Alfred Molina), basta con contemplar la primera escena de El amor es extraño para construir sus casi cuarenta años de relación. Y esa mañana que se despiertan juntos…, es la mañana en que, después de la nueva ley que entró en vigor en 2011, formalizan su matrimonio delante de los seres queridos (familiares y amigos). Ben y George, que se han amado y se aman porque han sabido construirse un mundo de complicidad e intimidad, dan un paso que supone, para su sorpresa, un seísmo inesperado… que trastoca todo su universo cómplice.

Ira Sachs (primera película que contemplo de este realizador) construye un relato cinematográfico luminoso y doloroso, tierno y muy hermoso que narra la historia de un seísmo inesperado con un empleo elegante de la elipsis y el fuera de campo. Tan importante es lo que se muestra como lo que se intuye, lo que no se mira…

Y es que la emoción contenida, las palabras no dichas, los sentimientos no derramados pero sí intuidos, envuelven una película, de personalidad propia, pero empapada de unos ecos que construyen la historia personal de Ben y George. Así nos encontramos frente a frente con el espíritu y la fuerza de todo un clásico de Leo McCarey que contaba con una delicadeza extrema y dolorosa la separación a la que se veía abocada un anciano matrimonio por las circunstancias económicas. Aquella película, Dejad paso al mañana, se convertía en una de las más emocionantes despedidas. Así Ira Sachs toma el espíritu de aquel clásico, y como el personaje de Ben (que es pintor), con un fino pincel va realizando un lienzo para entender esa situación (de por si universal y sin que le afecte el tiempo) en unas circunstancias contemporáneas.

Pero también se oye otro eco que describe ese magnífico reflejo de la complicidad y la intimidad valiosa que dan los años de convivencia. Y es esa película todavía oculta y agazapada de Stanley Donen donde otra pareja de homosexuales ya en el ocaso de sus vidas se enfrentaban a dificultades para el futuro. En La escalera se construía ese universo íntimo de Charlie y Harry (Rex Harrison y Richard Burton)… pero la mirada de Donen era importante pues era pionera en presentar una relación homosexual cotidiana, cercana. Años después Ben y George dan un paso más pues lo interesante no es que sean homosexuales (algo que sí ocurría en La escalera) sino lo que les sucede, su drama, independientemente de si son dos hombres o no.

Y gran parte de la batuta, credibilidad y sentimientos que despierta esta pequeña y hermosa película es contar con dos rostros, John Lithgow y Alfred Molina, que se entregan en cuerpo y alma a sus personajes dejando también una emocionante despedida en forma de sincera declaración de amor…, cotidiana, íntima, cercana, una declaración sincera, posible después de casi cuarenta años de convivencia.

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… Cuando la ciencia ficción trata de revelar los misterios… Intestellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan/ Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

… surgen otros. Así tanto Nolan como Cahill nos dan sus propias explicaciones del mundo. Y aunque pretenden dar explicaciones cerradas, racionales y compactas, sus interpretaciones no responden a muchas preguntas sino que pretenden dar una única visión o respuesta. Como la mitología en tiempos antiguos, estos realizadores tratan de dar respuesta a los misterios de la vida. Qué hacemos aquí, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué nos espera más allá de la vida?… Un realizador, Nolan, nos cuenta una mega historia espacial, con todos los medios a su alcance, en un mundo apocalíptico para hablarnos finalmente de emociones que conocemos y sentimos todos, y que precisamente esas emociones explican incluso los agujeros negros y gusano del Universo. Y Cahill, que parte del cine independiente y de menos medios (ha sido la película ganadora del festival de Sitges de este año), ofrece un espectáculo visual para representar un simple debate (con más intensidad en EEUU) entre dos corrientes, decantándose por el punto de vista más conservador.

Interstellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan

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Tras el visionado de Interstellar pueden surgir tres líneas de debate: es un canto al instinto de supervivencia y la perpetuación de la especie, trata de evidenciar la no existencia de Dios o refleja el amor más allá del tiempo y del espacio. Y las tres líneas caben dentro de Interstellar que por otra parte recupera la emoción y la aventura de los viajes espaciales en el cine. Que Christopher Nolan se expande, como el Universo, en el tiempo para contar esta historia…, no entra en contradicción con su pensamiento de que el tiempo y el espacio son dos conceptos complejos y abstractos que funcionan más allá de nuestra racionalidad. Él está convencido y cierra su película como una circunferencia en 168 minutos.

Christopher Nolan sitúa a sus protagonistas en un mundo apocalíptico donde la especie humana está en peligro de extinción. Y en ese mundo apocalíptico coloca a una familia tradicional: padre viudo, su hijo y su hija pequeña y un abuelo. Durante bastante relato cinematográfico se nos presentan los fuertes lazos que unen al padre con la hija pequeña y viceversa (parte fundamental para poder cerrar la circunferencia al final de la aventura). El padre es un héroe que debe emprender un viaje espacial para salvar a la humanidad, y de paso a su familia, pero debe abandonarles sin saber si va a tener éxito en la misión o si va a poder acaso regresar al hogar, a la granja. Es como un Ulises que debe regresar a Ítaca pero en vez de añorar a Penélope es a su hija Murph a la que añora. Además teme que su hija siga sin entender su partida y su viaje. Es a la que desea abrazar al final de su viaje. Y como todo viaje-odisea hay cientos de obstáculos que tienen que ver con el tiempo, el espacio, la quinta dimensión, los agujeros negros y los gusanos, otros planetas inhóspitos, los ordenadores inteligentes o los expedicionarios científicos que quieren llegar a una meta…

Christopher Nolan nos lleva al espacio para encontrar un planeta habitable donde se pueda perpetuar la vida de los seres humanos que apenas pueden ya habitar en el planeta Tierra. Un planeta, por cierto, destruido por los propios seres humanos pero también los seres humanos son los que pueden avanzar y encontrar una solución a la inminente destrucción. ¿Podrá sin embargo acabar con el afán destructor del hombre? Y aquí aparece con fuerza la idea de Nolan: el instinto de supervivencia es capaz de mover al hombre a actos de amor sin límites de espacio y tiempo pero también incita a la violencia y a la destrucción del otro. Y entremedias permite el avance de las civilizaciones.

El director perpetra una película de ciencia ficción y aventuras con momentos íntimos para explicarnos una visión del mundo y del ser humano donde todo está atado y bien atado (pese a esa circunferencia…, puedes plantearte un montón de interrogantes en ese Universo que crea Nolan)… donde no hace falta plantear la existencia de un ser superior que dé explicaciones a todo. Christopher Nolan se nutre además de un reparto atractivo que pilota la película donde el Ulises particular es Matthew McConaughey que se deja acompañar en su odisea por Anna Hathaway, Jessica Chastain, Michael Caine, Matt Damon, Casey Afleck o John Lithgow.

Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

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Mike Cahill crea un mundo visual propio en Orígenes y es lo que más atrae de su película. Por ahí puede atrapar y arrastrar a lo que quiere representar a través de una doble historia de amor. Lo que ocurre es que bajo ese mundo frío, impregnado de modernidad y aires de new age, y con una cierta belleza, plantea un discurso muy simple que puede convencer o no al espectador. Presenta en forma de película un debate más candente en EEUU que en Europa: la visión del mundo de los evolucionistas y la de los creacionistas. Y de una forma más simple de lo que pretende, pues viste la película de elevada trascendencia, se inclina hacia los creacionistas.

Así presenta un mundo más o menos presente pero con elementos científicos que, por ejemplo, emplean el iris como elemento de identificación de los seres humanos. Así nos vamos moviendo en un mundo de ciencia ficción, claro. Y el protagonista es un científico (con rostro de Michael Pitt) que quiere demostrar la teoría de la evolución a través del estudio del ojo humano. Desde siempre ha sentido obsesión por el iris humano y tiene su colección particular a través de fotografías.

En un momento de su vida y casi a la vez se cruzarán en su existencia las dos mujeres más importantes de su historia individual: una etérea joven que conoce en una fiesta de Halloween a la que solo ve de su rostro los ojos, los cuáles por supuesto fotografía. Y una inteligente estudiante que va a ayudarle en su investigación. Una etérea y espiritual, bohemia, que invita al protagonista que vaya más allá de la puerta, que no se esconda en sus estudios científicos y exactos, que admita que hay misterios y que puede cruzar el umbral. La otra científica, exacta, compañera ideal, inteligente, seria, trabajadora… Y en esta dicotomía y en estas formas distintas de mirar y sentir la vida se mueve el joven científico. Un suceso terrible transforma su vida y siete años después será consciente de que la joven etérea tenía razón: no todo es tan exacto, se puede ir más allá del umbral. La espiritualidad existe. Y unos iris pueden repetirse… sin experimentos científicos.

Lo que es curioso es que Mike Cahill construye un personaje mucho más atractivo con la joven científica que con la muchacha etérea… aunque en el debate final, sea esta la que en teoría salga ganando. Parte de la teoría de la joven etérea la construye el director dando importancia (y una explicación) a las casualidades en su trama… Las casualidades a veces se transforman en grandes misterios de la humanidad y hablan de conexiones… que no podemos entender. Sin embargo, Cahill, sí que da un sentido a las casualidades que vive el joven científico… para que pueda cruzar el umbral. Por supuesto, es tan espiritual que la respuesta a todo lo encuentra en La India…

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La sal de la tierra (The salt of the earth, 2014) de Wim Wenders, Juliano Ribeiro Salgado

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Si se analiza el origen etimológico de la palabra fotografía o fotógrafo nos sale un significado poético: escritura de la luz, pintor de la luz… Así en La sal de la tierra se realiza una hermosa y reflexiva radiografía de la obra de un creador, de un pintor de la luz, Sebastião Salgado. Y las pinceladas documentales están ejecutadas por el realizador alemán Wim Wenders y el hijo del artista, Juliano Ribeiro Salgado. De ambos brochazos surge un rostro profesional e íntimo y su trayectoria artística. Así a lo largo de cien minutos entendemos totalmente la esencia de su obra creativa.

El documental de La sal de la tierra une tres pinceles: el del propio pintor de la luz, Sebastião Salgado. El elemento externo que trata de comprender la esencia de su fotografía, el porqué se emociona ante una imagen suya, el director y documentalista alemán Wim Wenders y el que trata de conocer y descubrir al artista a través de otras caras distintas (primero a través de la ausencia y su breve presencia, y después como ayudante de su padre y el que mejor conoce cómo trabaja), su hijo.

Su trabajo artístico está plenamente unido a su formación como economista y su visión crítica del mundo. De denuncia continua. Su cámara es el ojo que todo lo ve. El que refleja un mundo injusto, un reparto injusto, los movimientos migratorios crueles, los trabajos que siguen perpetuando la esclavitud, la violencia del ser humano contra el ser humano con masacres tan recientes en Ruanda o en la guerra de los Balcanes… El fotógrafo se fija en la sal de la tierra (curiosamente el título también de la mítica película de Herbert J. Biberman, que refleja un movimiento que bien hubiese fotografiado Salgado: una huelga de unos mineros de Nuevo México), los seres humanos.

Algunos de los proyectos fotográficos de Salgado son años de ir con la cámara colgando mientras ‘cuenta’ con su instrumento de trabajo. Así ocurre con sus obras artísticas más difundidas como Otras Américas, Trabajadores o Éxodos. Y su forma de trabajar y su resultado no ha estado exento de crítica y polémica: son muchos los que dicen que el fotógrafo ‘utiliza’ el sufrimiento humano para crear arte… Sin embargo, cuando nos topamos de frente con el documental de La sal de la tierra y cómo va explicando el fotógrafo la razón de su trabajo y le vemos en acción, su metodología y cómo se acerca a sus proyectos queda clara la finalidad y utilidad de su trabajo. Creo que en la polémica se confunde presentar de manera digna una problemática y una construcción de un discurso coherente a través de las imágenes (que es lo que hace Salgado) con una sublimación vacía de la belleza a través del sufrimiento ajeno. ¿Por qué su mirada no puede construir, pintar, una obra artística que a la vez visibiliza un mundo injusto y terrible?

De hecho según se va viendo el trabajo fotográfico de Salgado y su rostro explicando su esencia, el espectador siente que todo se remueve a su alrededor y ve un mundo injusto y violento. Y entiende la catarsis que sufrió el propio fotógrafo y el desencanto y depresión en el que se sumió a lo largo de los años cuando ya no pudo más con tanto horror y violencia. Hay un momento que confiesa que eran muchas las veces en que tenía que dejar la cámara de fotos a un lado y llorar.

Entonces somos testigos de cómo el fotógrafo vuelve a interesarse por la sal de la tierra, por el ser humano y su mundo, a través de la naturaleza salvaje, de la vida. Salgado vuelve a sus orígenes, a sus raíces, y recupera la selva alrededor de la granja de su padre, recupera árboles y fauna, recupera paisaje (gracias a su mujer, que es otra figura siempre presente en el documental e importante para que el fotógrafo pudiese llevar a cabo su trayectoria laboral y artística)… y lo extiende al mundo entero, con un mensaje claro, está en nuestras manos recuperar la belleza y el esplendor de la tierra. Y captura la belleza de la tierra que nos acoge en su último proyecto fotográfico, Génesis.

La sal de la tierra recupera un Salgado íntimo y familiar (fruto de la pluma del hijo) con imágenes familiares y declaraciones que presentan su lado más inaccesible. Nos permite además ver su metodología y forma de trabajar, de atrapar las imágenes. Pero también conocemos al artista y su obra desde una mirada externa, la de Wim Wenders, que admira su trayectoria como fotógrafo.

Wim Wenders, documentalista

Y es que el pincel del Wim Wenders documentalista también surge en este documental. Wenders también ofrece su mirada especial y su forma de contar aquello que le hace sentir y vibrar. La sal de la tierra se convierte así en otra pieza del Wenders documentalista. Su trayectoria como documentalista nos devuelve otro análisis interesante de su obra cinematográfica. Al principio de su carrera los documentales de Wenders hablaban de cine pero desde una óptica particular e interesante. Así se puede comprobar en dos documentales que merece la pena no perderse: Habitación 666, donde durante el festival de Cannes de 1982, el realizador alemán graba a varios directores en una habitación frente a una cámara para que hablen del futuro en el cine… y es genial verla ahora… y notar quienes fueron los más ‘videntes’. O Tokio-Ga donde atrapa de manera especial el universo del realizador japonés Ozu a través de un viaje al Japón contemporáneo que inspiró la obra del maestro. Busca su rastro en un Japón que vive la ausencia de Ozu y su mirada… También atrapó la esencia de Nicholas Ray en Relámpago sobre agua (documental que no he podido ver todavía) donde filma los últimos días del director americano, que se estaba muriendo de un cáncer… pero donde ambos hablan de hacer cine, de crear.

Después Wenders abrió su abanico para centrarse en otras artes que llenaban su vida y su visión única del mundo. Así creo su documental más internacional, Buena Vista Social Club, a finales de los noventa. Wenders emprende un viaje a Cuba para dar a conocer a todos los espectadores a ancianos artistas que llevaban la música en sus venas. Para luego viajar con ellos a Ámsterdam y a Nueva York cuando después de años de olvido, vuelven a los escenarios con fuerza y arte. Siguiendo el halo de la música, participó en el proyecto musical de Scorsese sobre el blues y el jazz con The soul of a man (que tampoco he podido ver).

Después experimentó con el 3D para conseguir un hermoso documental sobre danza donde se centraba en la coreógrafa Pina Bausch donde la convertía en musa y diosa que creaba danzas espectaculares. El documental era Pina y Wenders dejaba un hermoso testamento de esta bailarina y coreógrafa.

Para finalmente fusionar sus intereses sociales, su mirada crítica y su admiración por un artista que se dedica a pintar la luz con su último documental hasta la fecha, La sal de la tierra…

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Cadeneta de películas que se quedaron en el tintero…, más la propina

Las he ido viendo poco a poco y en cascada… películas todas ellas irregulares pero con un componente que las hace atractivas, extrañas, apetecibles… que bien merecen un visionado, dos o tres. Que te dejan pensando. O que alguno de sus fotogramas se te queda fijo en la retina. No son ni redondas ni perfectas… pero algo en ellas hace que no las olvides, que las razones y las pienses. Todas muestran un director detrás de sus imágenes. La propina es más que olvidable, la más rutinaria, la menos extraña y creativa (el director es invisible pero porque no crea) que no merecería la pena si no fuera por dos interpretaciones (me atrevería a decir tres) que dejan una huella o que permite al menos pasar una tarde amena.

Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) de Lynne Ramsay

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La directora Lynne Ramsay refleja un mundo de sensaciones, emociones y caos para reflejar el complejo universo de una madre que trata de entender qué es lo que le ha pasado a su hijo. Emplea el color, la música y el rostro increíble de Tilda Swinton. Presenta una narración descolocada que como las piezas de un puzle van tomando sentido en los ojos del espectador para contarnos una historia terrorífica y muy difícil de asimilar. Ninguno de los personajes de esta familia disfuncional ni sus relaciones, formas de ser o comportamientos son sencillas o fáciles de entender. Juega también con lo inquietante y lo incómodo. El espectador sabe en todo momento que ha ocurrido algo horrible o que va a ocurrir algo tremendo… pero ese instante siempre se retrasa…, hasta que llega la explosión de violencia, como una verdad revelada. Y te quedas absorto y te fundes con el rostro compungido de Tilda.

Solo Dios perdona (Only god forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn

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El director Nicolas Winding Refn construye una historia negra y violenta a través de la imagen, la estética, los ambientes y los rostros de sus personajes. No necesita apenas diálogos. Su película es pura coreografía y puesta en escena. Y desencadena una historia familiar de odios y venganzas en Bangkok. La destrucción de una familia mafiosa americana en un país lejano… Todo empieza por un asesinato y un policía jubilado que actúa como si fuera un dios vengativo. En el tablero del destino juega una especie de femme fatale convertida en madre vengativa, una Kristin Scott Thomas maravillosa e irreconocible; un hijo silencioso que arrastra la culpa y el silencio (el impasible Ryan Gosling); un hermano e hijo muerto que desata la violencia; una joven prostituta humillada y un extraño policía que desata su ira allá por donde pasa y que tiene querencia por cantar canciones tristes en los karaokes…

La mosquitera (La mosquitera, 2010) de Agustí Vila

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El director Agustí Vila crea una extraña fábula sobre una familia que dinamita con sus comportamientos extraños la normalidad. No existe este concepto en La mosquitera que se termina convirtiendo en película incómoda sobre la incomunicación y la incapacidad del ser humano para vivir en estos tiempos duros. Con una cuidada puesta en escena, sencilla y efectiva, crea un mundo entre absurdo y agobiante donde una familia actúa con normalidad pero todos sentimos que nada lo es. Su forma de actuar, de comunicarse y hablar es distinta, no entendemos en ningún momento sus códigos y eso acrecienta la incomodidad del espectador. Es como si estuviesen atrapados en una mosquitera y todo lo viéramos a través de esa fina tela, desde la distancia. Los actores, especialmente Emma Suárez, se tiran en plancha en interpretaciones de riesgo. Los perros son más coherentes y normales que cualquiera de los personajes que se presentan en esta trama. Curiosamente realizaría una sesión doble con la griega Canino de Giorgos Lanthimos. Y terminaríamos realmente incómodos…

Polisse (Polisse, 2011) de Maïwenn Le Besco

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A la realizadora y actriz Maïwenn Le Besco no le funciona del todo su fórmula entre realismo documental y ficción pero regala buenos momentos (lo que menos funciona es su personaje, aunque la idea podría no haber sido mala, y su historia de amor). Momentos de verdad que hacen lamentar que Polisse no sea una película más redonda. La película trata de reflejar la cotidianidad y el día a día de la unidad infantil del Departamento de Policía de París. Así deja una radiografía de las relaciones entre los miembros de la unidad, compartiendo sus momentos en las comidas, en las actuaciones, sus discusiones, sus celebraciones de alegría, su desesperación, la dificultad de sus vidas privadas, sus obstáculos para llevar a cabo su trabajo y cómo va haciendo mella en ellos su duro trabajo… Así nos estremecemos ante el lloro desconsolado de un niño al que deja su madre en la comisaria porque no puede hacerse cargo de él y la impotencia de uno de los policías que ha intentado por todos los medios encontrar un albergue que les acoja a los dos… O nos reímos con estos policías cuando ante duras situaciones surge el humor, un humor sano y seco, para suavizar o poder sobrellevar el momento.

La propina. El juez (The judge, 2014) de David Dobkin

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Un típico melodramón con juicio de fondo muy pero que muy americano con un argumento mal desarrollado donde la labor de dirección apenas llama la atención y que lo que sobrevive es la interpretación del juez del título, un colosal Robert Duvall, que logra conmover (e incluso que la espectadora que esto escribe echara más de una lágrima) y un Robert Downey Jr que consigue que se empatice con abogado agresivo y millonario que vuelve de nuevo a sus raíces familiares para redimirse y arreglarse con un pasado que le duele. Los momentos sensibles más conseguidos son unas grabaciones de super 8, las conversaciones y los momentos entre padre e hijo y las relaciones de Downey con sus hermanos de ficción, personajes que hubieran merecido ser más mimados pues están magníficamente interpretados por dos actores: Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong.

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Alguien a quien amar (En du elsker, 2014) de Pernille Fischer Christensen

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Solo el gesto de una mano sobre otra es suficiente para contar una historia que nunca existió, que pudo haber sido. Ese gesto y una mirada. Solo esa mano sobre otra puede transmitir que un padre entiende lo que esta pasando su hija drogodependiente porque él también lo fue. Solo ese gesto y esa mirada basta para que los dos se entiendan como perdedores emocionales. Y aunque jamás tuvieran un atisbo de comunicación y aunque siempre hayan vivido en la distancia porque se hacían demasiado daño, un solo gesto y una mirada sirve para contar toda su historia. Para redimirse, para perdonarse, para despedirse. Un padre con una hija y una hija con su padre. Y solo por esa escena ya merece la pena meterse una tarde en un cine y dejarse llevar por un melodrama de familia disfuncional danesa. Esa escena y una historia contenida con canciones de fondo que hablan de desgarros y amores. Canciones con la voz grave de un personaje que es un hombre que se va haciendo viejo y que encuentra la oportunidad, al final del camino, de sentir plenamente lo que es amar a alguien: sin prisas, sin drogas, sin alcohol, sin divismos, sin máscaras, sin caretas, de manera incondicional e irracional…, aunque para ello tenga que volver a romperse, tenga que volver a sentirse vulnerable y frágil. Herido.

Pernille Fischer Christensen deja un melodrama elegante donde el protagonista es un cantautor rockero danés que ha arrastrado siempre mala vida y muchos tormentos interiores. Ahora es un muerto en vida, solitario, que trata de no sentir. No ser herido. Lo único que le calma es su música. Afincado en EEUU, regresa a su tierra fría y distante para grabar un nuevo disco. Él se llama Thomas Jacob (Mikael Persbrandt) y solo quiere encerrarse en un castillo y en su cabina de grabación con su mejor amiga y además arreglista, cantante y también compositora (Trine Dyrholm). También se deja cuidar por su manager (Eve Best) que le va solucionando todos sus problemas, y trata de que no caiga de nuevo. Pero esa rutina es rota por la aparición de su hija a la que apenas ha visto, y solo alguna vez ha extendido algún cheque para ella, y su nieto de 11 años, Noa. Y a partir de ese momento, la línea equilibrada que ha tratado de trazarse se hace trizas.

Someonew You Love

Fischer Christensen se va a la senda de la redención del cantante de éxito que vuelve a su tierra, a sus raíces. Y mientras graba su disco, y las canciones acompañan sus emociones, su mundo frágil se derrumba pero también se reconstruye. Es consciente de su fracaso como padre pero su nieto se convierte en una bomba emocional que le rompe por dentro porque le hace sentir pero también plantearse sus miedos y sus errores.

Así esta directora danesa opta por la contención en el melodrama. Por el frío de su tierra. La elegancia que permite ese frío, el blanco de la nieve y la luz que desprende. Opta por las miradas y los gestos para conseguir una emoción latente. Por el silencio para hablar de relaciones que se rompen y otras que nacen. Por sonrisas furtivas. Y, bueno, Pernille Fischer Christensen no transgrede el género del melodrama ni su historia de una familia disfuncional es de las más originales, pero logra momentos de emoción, de elegante belleza, de melancolía, de ternura e incluso alguna risa. Además de poder dejarte llevar por dúos o canciones en solitario… y la interpretación de un carismático Mikael Persbrandt que se transforma en un cantante cansado que arrastra sus años de sexo, drogas y alcohol… y que se siente desarmado ante la mirada de un niño, su nieto, que no le pide nada.

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Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014) de Jean Pierre Dardenne, Luc Dardenne

dos días, una noche

Los hermanos Dardenne, tras la oscura y pesimista El silencio de Lorna, han decidido seguir su senda de cine que toca temas sociales contemporáneos y dilemas morales pero dejar algo más de luminosidad a sus propuestas cinematográficas. Finales que dan pie a pensar en un futuro o más bien en una salida. Así ocurrió con El niño de la bicicleta y ahora de nuevo con Dos días, una noche. A su vez son dos películas que suponen un paso más en su cinematografía, seguir trabajando con sus actores fetiches (en este caso con Fabricio Rongione o Olivier Gourmet, esta vez no contamos con el rostro de Jeremie Renier) pero poner rostro femenino al personaje principal con actriz de renombre. En El niño de la bicicleta fue Cécile de France y en esta ocasión Marion Cotillard.

Los Dardenne siguen apostando por una manera de contar directa y sin artificios pero dejando obras, dentro de su aparente sencillez, perfectamente construidas. Esta vez se centra en Sandra, una trabajadora de una pequeña empresa, que dispone solo de un fin de semana para convencer a sus compañeros de trabajo de que se repita una votación de la que depende su futuro laboral. El empresario ha puesto a sus trabajadores en un dilema: tras la baja de Sandra por depresión –y a punto de incorporarse– y debido a la fuerte competencia de otras empresas, ha decidido con el jefe de producción que el trabajo de diecisiete lo pueden hacer dieciséis, pero dan a elegir a sus trabajadores entre el puesto de su compañera o renunciar a una prima de mil euros. Sandra debe conseguir, por lo menos, nueve votos de sus compañeros para conservar su empleo.

La cámara de los realizadores belgas sigue a la protagonista en su periplo. Capta sus momentos de debilidad, sus derrumbamientos, sus sonrisas y esperanzas, sus angustias y miedos, sus pasos hacia delante, sus pasos hacia atrás… y va exponiendo los motivos de cada uno de sus compañeros para optar a un voto o a otro. En un principio, Sandra se conforma con la repetición de la votación (que se realizó sin ser voto secreto y bajo la presión del jefe de producción metiendo miedo a los trabajadores) y quiere tan solo ver a sus compañeros el lunes. Pero su marido, la convence de que tiene que luchar por su puesto de trabajo, verles a todos de manera individual para poder exponer su situación y que decidan por ellos mismos, sin la presión del grupo. Lo primero que queda claro y que Sandra no se cansa de repetir a sus compañeros, y ellos lo saben, es que no tendrían que estar tomando esa decisión que ya es injusta desde el principio pero son situaciones injustas las que se están viviendo en una sociedad en crisis política, económica y social.

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Entre los trabajadores no hay ni buenos ni malos, hay personas con situaciones complicadas, y en estos momentos en que llegar a fin de mes es pura odisea, es difícil apelar a la solidaridad obrera… pero no imposible. Y es lo que queda claro en Dos días, una noche. Independientemente del resultado final de la votación de Sandra. Y para la protagonista, sumida en la depresión durante meses, este angustioso fin de semana, con una cámara que no la deja sola ni un instante, le supone finalmente ponerse de nuevo en pie, luchar y caminar.

Normalmente los Dardenne emplean de manera muy especial la banda sonora en sus películas. Suele haber una total ausencia de ella y solo la emplean en momentos muy concretos (y normalmente de manera diegética) creando atmósferas o instantes especiales. En Dos días, una noche solo hay música en dos momentos cruciales y ocurren en el coche de la protagonista, en la radio. Una canción francesa junto a su marido, que habla de tristeza que refleja la situación anímica que ha vivido y vive la protagonista, y un rock and roll (no olvidemos que en un momento de la historia fue sinónimo de lucha, protesta y rebeldía) junto a su marido y una compañera de trabajo en un momento esperanzador.

Dos días, una noche es una película coral donde los Dardenne no nos separan de la protagonista y lo que en un primer momento parece una persecución asfixiante y angustiosa, termina con un halo de luz y una sonrisa…

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Violencia y cotidianidad. Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut/Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

Durante el verano se estrenó la película china Un toque de violencia de Jia Zhang Ke que contaba cuatro historias con estallido de violencia final en cuatro provincias distintas de China. Su director se inspiraba en casos reales que se habían difundido a través de las redes sociales. Y versaba sobre la crispación real del momento. Pero esa crispación no solo está presente en China. Así como esa reflexión sobre la violencia en el día a día, en la cotidianidad del ser humano, no es la primera vez que es representada en la pantalla blanca. Y me viene a la cabeza esa pesimista filosofía de que la violencia se encuentra agazapada en cada una de las personas, en cada uno de nosotros, es instinto animal, y el paso de la calma a la barbarie no es tan lejano. Pura cotidianidad. A veces vivir en sociedad, en la civilización, es camuflar el instinto violento. En cualquier momento puede estallar.

Cuando escribí sobre Un toque de violencia especifiqué: “Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película)”. Así a continuación una sesión doble impactante y que sorprende de una película española y otra argentina (con presencia en la producción de los hermanos Almodóvar) que ilustran esa violencia y cotidianidad.

Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut

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Con solo dos largometrajes en su filmografía, Carlos Vermut, joven realizador español, ha creado un universo propio. Primero fue Diamond flash y ahora Magical girl. Mi entusiasmo y sorpresa ha ido en aumento, si Diamond flash me pareció una obra interesante para el análisis, Magical girl me ha removido. No se entiende ninguna de las dos sin un contexto social y político determinado: la crisis económica, política y social en la que estamos inmersos desde 2007. Magical girl es un puzle donde entre el melodrama, el folletín, el cine negro con perdedores de fondo y una femme fatale rota en el infierno, el mundo del cómic y el destino haciendo de las suyas, queda como resultado una obra cinematográfica redonda.

Y es que Carlos Vermut crea una identidad para su cine y lo desarrolla muy bien. En un momento dado de la película, un personaje secundario y siniestro trata precisamente de explicar una identidad española que no se decanta ni por la racionalidad absoluta o la emoción total y para desarrollar esta idea se sirve de la tauromaquia. Por qué gustan las corridas de toros y por qué causa tanta controversia: técnica y emoción. Así Magical girl, la película de Carlos Vermut, es un mecanismo cinematográfico perfecto con una puesta en escena muy cuidada y planificada que deja momentos visuales de impacto e hipnóticos pero además el espectador puede alcanzar cierta catarsis emocional dejándose arrastrar por este melodrama de destino trágico con tintes negros.

Hay un cuarteto de personajes unidos por el deseo de una niña que se muere de leucemia. Y ese deseo no es más que poseer un caro traje de un personaje de cómic, con un complemento indispensable. Así la película danza entre tres historias (con denominaciones diferentes Mundo, Demonio y Carne) que confluyen en tragedia. Cada una de ellas tiene su claro protagonista. Mundo, un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) con una hija enferma de leucemia. Demonio, una joven con problemas de salud mental (Barbara Lennie) que vive su propio infierno cada día y que uno de esos días en su camino se cruza el profesor de literatura en paro. Y por último Carne, un profesor de matemáticas sale de la cárcel (José Sacristán, que sigue sorprendiendo en esta fase de su carrera cinematográfica con apuestas tan atractivas como Madrid 1987, El muerto y ser feliz, Magical girl o esperando verle en Murieron por encima de sus posibilidades) y desconocemos tanto de su pasado como el de su antigua alumna, la joven con problemas de salud mental (de ambos solo tenemos pistas que nos permiten construir un puzle oscuro… donde hay piezas que desaparecen), pero vuelven a contactar en trágicas circunstancias.

Tres historias protagonizadas por tres actores carismáticos (destacar a un Luis Bermejo que se sale) y el rostro de una niña (Lucía Pollán) con el fondo de una copla de Manolo Caracol, La niña de fuego. Toda una tragedia melodramática en una España en crisis. Magical girl atrapa por lo racional (cómo está hecha, sus referentes continuos, sus metáforas, su puesta en escena…) y por lo emocional (los personajes nos arrastran a un melodrama trágico con tintes negros).

Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

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Como bien dice el título, el director Damián Szifrón ofrece seis relatos cinematográficos salvajes y de este modo pinta un mapa político, social y económico de su país absolutamente pesimista. Pero su forma de presentarlo es a base de relato que estalla con un humor negro exultante. Szifrón no deja respiro y construye a la perfección cada una de sus historias, desde la que encabeza la colección, antes de los títulos de crédito hasta la catarsis final que cierra la película. Szifrón cuenta además con un buen reparto de actores y cuida la forma de contar cada una de las historias, la puesta en escena.

El espectador sale con la adrenalina disparada tras una reflexión bastante pesimista (pese la carcajada) de la condición humana y sus estallidos de violencia (por motivos económicos, burocráticos, sociales, políticos…). Presenta un mundo donde campa la injusticia, la corrupción, la desigualdad social, la penuria económica, la impotencia, el mundo de la hipocresía y las apariencias, la competitividad… y donde sus protagonistas pierden la cabeza, estallan.

Empezamos por un vuelo donde sus pasajeros se van dando cuentan de que hay demasiadas coincidencias entre ellos. A todos les une que han conocido en un momento de sus vidas a una persona… Seguimos por un bar de carretera y un día lluvioso donde va a parar un comensal, un político corrupto, al que atiende una camarera que le reconoce y esta comenta a la cocinera cómo este tipo arruinó a su familia. Y la vieja cocinera le hace a la camarera una proposición. Volamos a una carretera solitaria y nos cruzamos con un ejecutivo con su coche de lujo que ve cómo un viejo coche con conductor de otra condición social le impide el paso… y empieza así una discusión… Acompañamos a un ingeniero especialista en explosiones que ve cómo la burocracia del día a día va destruyendo su vida: todo empieza cuando un día una grúa se lleva su coche. Pasamos por la historia más escalofriante sobre un muchachito de familia bien que despierta aterrorizado a sus padres porque se ha dado a la fuga después de atropellar a una mujer embarazada. Y terminamos en una boda de un matrimonio joven donde ella realiza un descubrimiento que la hace perder los estribos en plena celebración. Seis estallidos que dejan sin respiro. Carcajada y catarsis.

Entre los rostros de actores, una cantera de categoría, podemos encontrarnos con Dario Grandinetti, Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese o una sorprendente Érica Rivas, como novia despechada. Szifrón se convierte en un cronista contemporáneo muy eficaz que logra remover a través de la carcajada y el estallido. Después reflexionas, y llega el pesimismo y una tristeza ante un mundo reconocible y salvaje.

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Perdida (Gone girl, 2014) de David Fincher

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Nota: Si todavía no la has visto, no leas este post pues desvelo partes de la trama. Y esta película es para verla sin saber absolutamente nada.

Los géneros se van alimentando y van evolucionando así como los arquetipos. El melodrama, cine negro y el thriller han sido buenos compañeros de viaje y de esta mezcla de géneros se han conseguido resultados que han quedado en la memoria cinéfila. Un personaje que ha hecho las delicias de los cinéfilos ha sido la femme fatale que ha ido desarrollando distintos caracteres a lo largo de su historia. Una de sus muchas variantes ha sido la perversa niña rica que lleva a la perdición a todos aquellos que la rodean. Y a lo largo de la historia del cine podemos recordar unas cuantas: en los años cuarenta nace Stanley (Bette Davis) en ese melodrama desconocido, con dosis de intriga, de John Huston (conocedor de géneros como el cine negro y el thriller), Como ella sola. Diez años después conocemos a Diane (Jean Simmons) en otro melodrama con gotas de cine negro, Cara de ángel de Otto Preminger. En los sesenta no puede faltar una Lana Turner como esposa con posibles melodramática y manipuladora en una película oscura, Retrato en negro de Michael Gordon. Seguimos en los setenta con nuestro recorrido de perversas niñas ricas y nos quedamos con Evelyn Cross (Faye Dunaway), una de las más tristes femme fatales, que va sorteando su papel de verdugo y víctima en Chinatown. En los años ochenta la niña rica tiene el rostro de ejecutiva agresiva capaz de todo por tener a su lado al hombre que desea y ese rostro era el de Glenn Close, lo más recordable de esta intriga, Atracción fatal de Adrian Lyne. Y así podemos llegar a Amy (Rosamund Pike), niña rica perfecta y suficientemente retorcida tirando a lo delirante en Perdida de David Fincher. Pero esta delirante femme fatale ‘sobrevive’ en una arquitectura argumental llena de giros y plantea varias reflexiones para este siglo XXI. Y esta arquitectura argumental se construye bajo la batuta de un David Fincher, experto en arquitecturas fílmicas complejas y barrocas poniendo su firma (guste o no guste) a su obra cinematográfica, y con la colaboración de la guionista y novelista Gillian Flynn, que adapta su propio best seller.

David Fincher construye así una película que logra atrapar al espectador y se suelta la melena con Amy, haciéndola rozar el cielo del delirio. Un delirio que termina provocando un humor negro. Perdida es un melodrama con matrimonio disfuncional con gotas de intriga, tensión e investigación policial. Parte de la premisa: nada es lo que parece. Premisa muy del melodrama de los cincuenta (siendo quizá pieza fundamental Vidas borrascosas) que evolucionó hasta llegar, por ejemplo, a un David Lynch, rey de esas corrientes oscuras en ambientes idílicos (recordemos Twin Peaks o Terciopelo azul).

Perdida puede leerse como una arquitectura de espejos enfrentados que disecciona un matrimonio. Un matrimonio frente a varios espejos deformantes. Lo forman Amy y Nick (Ben Affleck) y la imagen que proyectan es de perfecto matrimonio pijo, bello y triunfador. Ante el espectador se va deconstruyendo esta imagen idílica a partir de la desaparición de Amy. La primera parte de la película está contada en dos tiempos: el presente, ante un desconcertado Nick que va viendo cómo todo se va poniendo en su contra y cómo se convierte en el primer sospechoso; y un tiempo subjetivo, la voz en off y flash back de Amy y su diario íntimo. Esta primera parte se va alimentando de un tipo de película que también ha funcionado en el Hollywood clásico casi como un género único: película con esposa asustada, atrapada en un matrimonio que no solo la hace infeliz e insatisfecha sino que la convierte en víctima de un marido manipulador. Pero nada es lo que parece. Y en un giro argumental nos damos de bruces con la segunda parte de la película y el delirio con una sucesión de clímaxs que no dejan respiro. Y esta vez se muestra el presente de Amy y Nick pero de forma paralela. Nos topamos con la verdadera cara de Amy y con una intriga y tensión que va en ascenso… hasta llegar al punto en que descubrimos a un Nick atrapado y dependiente irremediablemente en el matrimonio perfecto.

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Pero a su vez la radiografía de este complejo matrimonio y su disección funciona porque está sumergido en una sociedad donde el mundo de la imagen y las apariencias dominan el mundo de los medios de comunicación. Así Perdida deja también un análisis bastante cercano a cómo los medios actuales tratan ciertos temas y la facilidad con la que se crean juicios paralelos y manipulación de sucesos (basta con encender una televisión y ver cómo se tratan distintos temas de actualidad). Así como, un reflejo también de una sociedad enferma que no solo se deja manipular sino que tiene reacciones igual de delirantes que las de Amy o que las del propio Nick (esa ‘fan’ que quiere colgar una foto en las redes sociales con el máximo sospechoso o el éxito que empieza a tener el bar que regenta el protagonista junto a su hermana según se va complicando la trama). Una sociedad que vive en nada es lo que parece…

A la propia Amy se la construye una personalidad de una complejidad maravillosa nada más descubrirnos a sus padres (¡qué suegros, Dios mío!) e intuir el tipo de educación y herencia recibida. Siempre ha vivido con una imagen y una identidad que no es la suya. Sus padres se han enriquecido convirtiéndola en una personaje de ficción infantil en una serie de novelas famosísimas, la asombrosa Amy, niña y adolescente perfecta. Así ella se mueve perfectamente en las apariencias y en personalidades diferentes. No la cuesta mostrar distintas caras y encontrar la suya propia le crea un desequilibrio mental y emocional.

Así Fincher creo que se lo ha pasado muy bien en Perdida y lo transmite. No es una película redonda ni perfecta pero con estos espejos enfrentados, construye una de sus películas más entretenidas y delirantes de su filmografía con su sello de arquitectura fílmica siempre barroca y compleja. Rodea a sus dos personajes de una galería de secundarios que completan esta arquitectura de espejos deformantes: periodistas agresivas, hermana testigo y voz de la conciencia de Nick, padres monstruosos de Amy, abogado astuto, policía intuitiva, vecina ‘me meto en todo’, amante despechada…

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La entrega (The drop, 2014) de Michael R. Roskam

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Un cuento de Navidad con ráfagas de cine negro. Eso es La entrega, adaptación cinematográfica de una novela corta de Dennis Lehane que también es el creador del guion de la película. Un cuento de un tipo solitario y silencioso, aparentemente sin muchas luces, que de pronto va desvelando su personalidad ante varios cambios en su vida. Bob, que así se llama el protagonista (en la carrera ascendente de un Tom Hardy que se sale), es ante todo un superviviente. Vive en Brooklyn y es camarero de un bar que hace de tapadera para el intercambio de dinero negro de las mafias locales (dominadas ahora por los chechenos). En el bar trabaja junto a Cousin Marv (James Gandolfini, en su último trabajo). A los dos les unen lazos familiares estrechos y vida en común juntos, cuando Cousin Marv era el ‘rey’ del barrio y el dueño del local… y ahora es un tipo duro venido a menos que trata de recuperar su gloria perdida. Bob sigue su día a día en una rutina continua con su trabajo en el bar con clientes de toda la vida, los días en que el local es elegido como ‘caja’ de la mafía, sus mañanas acudiendo a misa sin tomar nunca la comunión y su paseo solitario hasta su hogar vacío.

Un día frío, de vuelta a casa, Bob escucha una especie de lamentos…, son los ladridos de un cachorro herido de pit bull tirado en un cubo de basura. Y además conoce a una vecina del barrio, porque el perro está en su cubo de basura, Nadia (Noomi Rapace), una joven bastante atormentada que arrastra un pasado que la pesa… A partir de ese momento la rutina de Bob se ve rota y el hombre duro se vuelve vulnerable, siente, ante dos nuevas presencias: el perro y la chica. El duro Bob que siempre controla, se atreve a dejar ver un asomo de sentimientos y fragilidades pero también a exacerbar su instinto de supervivencia. El duro Bob decide proteger lo que ama y sobrevivir y el silencioso Bob esconde mucho más de lo que muestra…

De pronto su rutinaria vida se pone patas arribas: un atraco en su local, las amenazas de los chechenos, los movimientos de Cousin Marv (que parece en un principio que es el que controla y poco a poco vamos viendo otro revés de su personalidad), la investigación de un inspector de policía que le conoce de las misas (con el rostro de John Ortiz) y la aparición de un tipo del barrio de pasado delictivo con graves problemas de salud mental que amenaza con arrebatarle tanto al cachorro como a Nadia (con el rostro del belga –como el director con el que ya trabajo en su anterior trabajo Bullhead– Matthias Schoenaerts, que su rostro llegó a la cartelera española a través de De óxido y hueso). El silencioso Bob irá moviendo las piezas…, su vulnerabilidad y su instinto de supervivencia…

Pequeña película pero contundente. Toda una sorpresa. Sencilla en su puesta en escena pero que atrapa una atmósfera y atrapa también la soledad de un hombre. Una película de perdedores que siempre pierden y otros que tienen una forma peculiar de aceptar segundas oportunidades y seguir perdiendo (por elección y supervivencia). Tan solo hay algunos personajes quizá desaprovechados en su desarrollo como el inspector de policía o la propia Nadia pero sospecho que el papel, el desarrollo y la presencia de ambos es bastante importante en la novela corta original (que aún no he leído). Un cuento de Navidad con ráfagas de cine negro para una tarde otoñal…

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