Boccaccio 70 (Boccaccio 70, 1962) de varios directores

Todo fue idea de Cesare Zavattini. Reunir a cuatro directores italianos para rodar cuatro minihistorias que actualizaran el estilo y el discurso de Boccaccio y sus relatos sobre amor y moral. De tal manera que surgiera una radiografía a todo color de la Italia contemporánea que dejaba atrás una dura posguerra y empezaba una época de desarrollo. Cuatro cuentos sobre amor y moral… Una idea que no disgustó al productor Carlo Ponti que decidió poner en pie el proyecto. Cada historia sería protagonizada por una mujer de armas tomar: dos italianas y dos extranjeras y las cuatro dejan cuatro retratos femeninos muy diferentes (y apasionantes para analizar).

Renzo y Luciana de Mario Monicelli

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Mario Monicelli presenta con Renzo y Luciana una Italia que va hacia el desarrollo pero todavía con muchos escollos que superar. Y cuenta los esfuerzos y las dificultades de una joven pareja para prosperar. Renzo y Luciana es un paseo por la Italia de los trabajadores que además van también accediendo y cuidando su tiempo de ocio.

Monicelli realiza una radiografía maravillosa de esa Italia de los sesenta donde descubrimos los espacios laborales, los transportes públicos, la moderna iglesia con su jukebox especial de la que surge la melodía nupcial, las casas familiares y los nuevos hogares en propiedad para los trabajadores, los lugares de ocio como la sala de cine (maravillosa la escena que transcurre allí… en un cine tan lleno que hasta hay público de pie para ver ¡una película de vampiros!), la piscina pública o la sala de baile.

Pero además la historia cuenta los avatares de Renzo, un mozo de almacén, y su novia Luciana, una contable de la gran empresa en la que trabajan ambos (donde los empleados no pueden casarse ni tener hijos). Dos jóvenes que quieren estar juntos, tener un empleo, una casa amueblada, un futuro estable para formar una familia… y los obstáculos cotidianos que van encontrando pero aun así siguen juntos y con sueños… Aunque uno tenga que trabajar por la noche y otro de día, aunque tengan que renunciar a ciertas comodidades, aunque no puedan encontrar un espacio de intimidad…

Mario Monicelli crea una pequeña historia realista y costumbrista con unos espacios que radiografían un momento histórico y se deja ayudar por el rostro recién descubierto para el cine de Marisa Solinas, muy bien secundada por el desconocido Germano Gilioli. Curiosamente fue el segmento más perjudicado, cuando se presentó en Cannes, decidieron llevar una versión más corta con solo tres de las historias y eliminaron la de Monicelli. Sus compañeros ante esta medida decidieron no acudir al festival para respaldar la película. En su guion colectivo intervino el escritor Italo Calvino ya que se inspiraba este segmento en uno de sus relatos.

Las tentaciones del doctor Antonio de Federico Fellini

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La más satírica, delirante, imaginativa y absurda es la historia de Fellini. Donde convierte a la escultural Anita Ekberg en una especie de ‘peligrosa’ King Kong que quita el sueño y la cordura de Don Antonio (Peppino de Filippo, comediante italiano), un vigilante de la moral italiana. Por supuesto no falta Nino Rota (y momentos musicales mágicos) así como su galería de rostros inolvidables.

Volvemos a esa Italia en desarrollo donde un hombre radicalmente conservador queda consternado cuando frente a su casa plantan un enorme anuncio donde una exuberante Anita ánima a los consumidores a beber leche. Esta imagen le obsesiona, le altera. Además alrededor del cartel publicitario situado en un solar se va creando un espacio de vida y desenfreno. Don Antonio convierte en cruzada el quitar de su vista a Anita Ekberg con su gran vaso de leche… hasta que una noche la diva del deseo cobra vida y se sale del cartel en el que reside. La lucha con Don Antonio será tentadora…

Totalmente reconocible el universo especial de Fellini y la actriz sueca convertida en la máxima tentación rubia…, una tentación exuberante que vencerá al puritanismo absurdo… Fue la primera vez que el director italiano se vio con el color… Y lo aprovecha al máximo.

El trabajo de Luchino Visconti

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El mejor segmento para la que esto escribe es sin duda el de Luchino Visconti donde Romy Schneider ofrece todo un recital interpretativo junto a Tomas Milian. Él es un conde de la aristocracia italiana. Tiene títulos y palacio pero ni un duro. Ella es hija de un importante empresario alemán, tiene dinero. En su matrimonio se mezcla la conveniencia, la atracción física y también (como iremos descubriendo por parte de ella) algo parecido al amor. La historia empieza con la vuelta del conde al palacio después de un escándalo sexual en un prostíbulo que ha salido en toda la prensa nacional e internacional. Allí mantiene una larga conversación con su esposa.

Con la elegancia habitual de Visconti se presenta la historia más subversiva (que es una adaptación de un cuento de Maupassant). En un palacio que alberga a una pareja de una aristocracia y una burguesía inútil y decadente con su personal de servicio como sombras y testigos del desmoronamiento moral. Como ya publiqué en Las prostitutas de Maupassant en el cine, un texto para un libro colectivo: “Visconti atrapa la premisa del cuento Junto al lecho (1883) que narra la conversación de un matrimonio de la alta burguesía donde la esposa propone al marido infiel, que quiere volver a acostarse con ella, convertirse en la prostituta que busca en las noches y recibir su compensación económica por ello. La esposa se convierte en prostituta y subvierte el significado del matrimonio común.

En Il lavoro Visconti mantiene esta idea. (…) Pupe (Romy Schneider) cuenta a su marido que se ha pasado toda la noche hablando con las prostitutas. Le dice que ha pensado mucho y que ya no cuente con su dinero porque ella no se lo va a pedir a su padre empresario sino que va a trabajar: ‘Yo respeto el dinero hasta tal punto que he decidido hacer de él una cuestión vital y ganármelo’. Y entonces le pregunta que si ella hubiera estado entre el grupo de prostitutas si la hubiese elegido. Y el marido confiesa que sí. Entonces Pupe le ofrece a su marido noches de placer si le paga. Visconti va más allá de la subversión pues intuimos que Pupe además ama a su esposo por eso llora cuando su padre llama: ‘Dile que no me puedo poner porque estoy trabajando. Ya he encontrado un empleo’”.

La Rifa de Vittorio de Sica

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Y llega la última: la más popular y representativa de la comedia italiana. Vittorio de Sica se sirve de la maggiorata en su máximo esplendor, una Sofia Loren exageradamente voluptuosa y hermosa (era inevitable que estuviese ella, estando Carlo Ponti por ahí…). Ella es una napolitana, ignorante y analfabeta pero con mucho carácter y sueños de prosperidad, es una mujer de armas tomar que va de feria en feria. Trabaja con un matrimonio de feriantes en una caravana con juegos de tiro (que se intuye que más que amistad se aprovechan de ella). Pero el plato fuerte es la rifa. Entre los hombres de los pueblos que visitan, se reparten unas papeletas y se organiza una rifa, el que gana se acuesta con la maggiorata. Y estos pierden la cabeza y los papeles. De Sica se mueve en el terreno de la comedia italiana costumbrista con una galería de personajes (sobre todo los hombres que pierden la cordura…) que no tiene desperdicio. Desde el padre de familia que va a por todas (y que su hijo montado en bicicleta siempre le suelta alguna frase) hasta el tímido sacristán que sueña con acostarse con la dama. Todo se complica cuando se cruza por el camino de la maggiorata, un joven enamorado que no sabe nada de la rifa que está a punto de celebrarse…

Boccaccio 70 es una película de episodios para rescatar del olvido y para acercarse más al trabajo y a la esencia de sus directores y actrices. Es una película rica en miradas, matices y análisis.

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La canción de Carla (Carla’s song, 1996) de Ken Loach

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Hay películas que van unidas a un periodo de tu vida. Y precisamente La canción de Carla es una de esas películas. Por aquel entonces estaba con lecturas como Las venas abiertas de América Latina, no me perdía los estrenos de cine latinoamericano, leía novelas de aquellos lares… y escuchaba a un montón de cantautores: desde Victor Jara (que su historia me tenía –me tiene– hipnotizada) hasta Silvio o Pablo Milanés pasando por los tangos de Carlos Montero o Violeta Parra, sin olvidarnos de Chavela Vargas. También era tiempo de las películas de Ken Loach. En un puño. Ladybird, ladybird, Tierra y libertad, La canción de Carla, Mi nombre es Joe, Pan y rosas… Recuerdo la primera vez del Fisahara que tuve oportunidad de ir y ver en una pantalla enorme, bajo el cielo del desierto, Dulces dieciséis. Y hasta ahora he sido fiel (y no desencantada) al cine de Ken Loach. Así no me he perdido Solo un beso, El viento agita la cebada, En un mundo libre o Buscando a Eric… Tengo en espera Route Irish, La parte de los ángeles y su documental El espíritu del 45. Me gusta su cine y su manera de contar historias. Unas me gustan más y otras menos… pero todas tienen algo que me llega, que me toca. Un personaje, una escena o la historia entera…

No había vuelto a ver La canción de Carla y tenía muchas ganas de conseguir el dvd y volver a disfrutarla. Recordaba lo bien que me caía su protagonista, ese conductor de autobuses de vida algo caótica (buena gente) con rostro de Robert Carlyle (y es que fue Ken Loach quien le dio su primer papel protagonista en Riff Raff a este actor al que tengo gran cariño). Y cuando empecé a verla el otro día me di cuenta de lo viva que seguía en mi mente. Y lo bien que me acordaba de ella. Es una historia de amor imposible en dos actos. El primero transcurre en Escocia (cómo me gusta) y el segundo en Nicaragua (Nicaragua, Nicaragüita, la flor más linda de mi querer (…) pero ahora que ya sois libre Nicaragüita, yo te quiero mucho más…).

En el primer acto un conductor de autobuses se enamora de Carla (Oyanka Cabezas), una bailarina callejera nicaragüense que no está pasándolo muy bien. Pero él no puede evitar estar a su lado y tratando de entender la tristeza que arrastra. Y nosotros los espectadores somos como él. Tratamos de entender las causas de la tristeza de Carla. Transcurre el año 1987 y se nos va desvelando que las cosas en su país no fueron ni van nada bien y que huye de un pasado que la duele. George, el conductor, trata de construir una vida con ella, empezar de cero. Pero se da cuenta de que ella tiene que regresar a Nicaragua no solo a ver a su familia y amigos sino encontrar también a su antiguo amor. Saber qué le pasó, qué es de él. Ella tiene que regresar y saber qué queda de ese país por el que luchó… Algo terrible pasó…

El segundo acto transcurre en Nicaragua y nosotros tenemos la mirada de George que intenta entender la situación de ese país cercano y lejano a la vez. Y se nos van desvelando las dificultades, los conflictos, la violencia, los enfrentamientos, la contra… para que no prospere el gobierno sandinista que trata de trabajar por un país más justo y libre. Así como una mano que divide y destroza en forma de Estados Unidos… Los ojos de George se van volviendo tristes y va entendiendo a golpe de violencia el horror de lo que ha vivido su amada y lo que le ocurrió a su compañero en la lucha. Descubre el fuerte vínculo y el compromiso que les unía, la canción que Carla siempre porta y nunca se atrevía a cantar… Y George se da cuenta de que tiene que regresar a Escocia, que esa no es su historia. Y que Carla no puede ir a su lado. Su vida está en Nicaragua. El conductor de autobuses encuentra un aliado inesperado que le termina dando una visión completa (aunque su primer encuentro es nefasto…) con un americano cooperante (Scott Glenn), amigo del grupo de Carla.

Con esta película empieza la colaboración entre Ken Loach y el guionista Paul Laverty…, colaboración que aún hoy continúa… La canción de Carla a la vez que narra una delicada historia de amor imposible, presenta las claves para entender la historia de un conflicto.

Y es que el cine ha dejado películas que recuerdan las dictaduras, las revoluciones y contrarrevoluciones de Latinoamérica que sigue teniendo las venas abiertas (como el mundo)… Así también transcurre en la Nicaragua sandinista, Bajo el fuego de Roger Spottiswoode. Y me vienen a la cabeza películas que me impresionaron como Desaparecido de Costa Gavras sobre la dictadura de Chile, El beso de la mujer araña de Hector Babenco o La muerte y la doncella de Roman Polanski. Ken Loach, junto a su guionista Paul Laverty, se acercan con la mirada del que vive ajeno al conflicto, que vive en otro país distinto y no entiende la situación (solo lo escucha de vez en cuando o lo oye en las noticias… como los demás espectadores)… y le implica en la historia porque conoce a una persona a la que ama y quiere entenderla. Así poco a poco se le va desvelando la historia pasada de su amada, que es la de su país, Nicaragua. Y lo que descubre, le duele en lo más profundo pero termina viendo el rostro real de la amada y su secreto guardado, la canción. Entiende la lucha y la opresión. Y lo que queda aún por hacer… Se da cuenta de que la vida de Carla está en Nicaragua, su país. Escocia solo había sido una huida obligada, un antídoto inútil contra el olvido… que la estaba rompiendo de soledad y desesperación.

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Dos sesiones dobles sobre retratos femeninos…

Dos se encuentran en la cartelera. Otra es relativamente reciente y la última lejana en el tiempo. Cuatro retratos de mujeres muy diferentes. Una americana, dos italianas y una británica… Y todas tienen algo que decir y que contar. Y las cuatro son muy diferentes entre sí. Tanto en sus personalidades como en sus opciones de vida.

Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013) de Destin Cretton

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Grace es una joven que trabaja en un centro de adolescentes en riesgo de exclusión social. Y poco a poco vamos descubriendo que ella también soportó heridas incurables en la infancia que todavía se encuentran latentes en su interior. Y esas heridas vuelven a sangrar por tres acontecimientos que trastocan su vida: la llegada de una nueva adolescente con la que se siente identificada, la maternidad y una llamada telefónica que devuelve brutalmente su pasado.

Película independiente donde se nota que Destin Cretton conoce el mundo que refleja en pantalla (trabajó durante una temporada en uno de esos centros). El riesgo de este relato cinematográfico era caer en el drama extremo, en lo morboso o en un estrenos tv. Y sin embargo ofrece autenticidad, naturalidad y emoción. Destila respeto por los adolescentes que habitan esas paredes y por los cuidadores que cada día se enfrentan a distintas situaciones.

Antes de este largometraje había tratado el tema en un cortometraje, cuando se ‘vistió’ de largo decidió cambiar al protagonista masculino por Grace. Así presenta el retrato duro de una mujer herida desde la infancia, y mientras es buenísima en su profesión, ella cada día se hunde más en el abismo, la incomunicación y el silencio… incapaz de pedir ayuda, por ejemplo, al hombre con el que comparte su vida y que no hace más que pedirla que hable con él…

Viajo sola (Viaggio sola, 2013) de Maria Sole Tognazzi

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Irene vive sola, sin pareja. Porque así se lo ha montado y así lo quiere. Tiene más de cuarenta años y las personas más importantes de su vida son su hermana (marido y sobrinas en el cupo) y su mejor amigo, Andrea, con el que tuvo una relación en el pasado. Su trabajo absorbe mucho de su tiempo: es inspectora de hoteles de lujo… viaja por todo el mundo…

Así la directora Maria Sole Tognazzi presenta una película elegante y amable sobre una mujer que viaja por su vida como realmente quiere…, sola e independiente. Pero a veces en el viaje, ante imprevistos, surgen dudas de si el camino elegido es el adecuado. Pero ella es siempre la que decide. Tres motivos harán tambalear su modo de vida: la posibilidad de perder el apoyo emocional que le aporta su amigo, Andrea; los roces con su hermana y el conocer a una mujer solitaria como ella que le habla de vivir, apasionarse y disfrutar de las imperfecciones de la existencia. Y es esa mujer la que le dice que precisamente la vida perfecta de los hoteles de lujo no es un hábitat real…

La prima cosa bella (La prima cosa bella, 2010) de Paolo Virzì

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Anna es una ‘mamma’ italiana bellísima, vital y con muy mala suerte con los hombres…, arrastra a sus dos hijos en sus alegrías, penas y situaciones complicadas. Se come la vida a bocados. Los años han pasado y su hijo mayor Bruno, infeliz y desencantado, vive alejado de ella hasta que un día va a buscarle su hermana pequeña para decirle que a su madre apenas le queda tiempo por vivir. A Bruno le vienen todos los recuerdos de su infancia y adolescencia junto a ella…

Tragicomedia que termina emocionando, ríes y lloras a la vez. Anna tiene dos rostros: durante su juventud es Micaela Ramazzotti y de anciana a punto de fallecer por una enfermedad terminal, Stefania Sandrelli. Imposible no empatizar con esta mujer vital que a su pesar hace sufrir a sus hijos sobre todo al mayor, el sensible y nostálgico Bruno (que se convierte en el narrador del pasado). Inolvidable ese momento en que un Bruno ya mayor va a buscar a su madre, que ha escapado del centro de salud, a la sala de cine donde proyectan una película de amor. Y cómo luego ella le pide un paseo por la calle, en moto y terminar bailando juntos en una fiesta de barrio. Y como en esa fiesta, Bruno vuelve a los brazos de su madre y le pregunta desesperado, casi susurrando, por qué es tan infeliz…

Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937) de Alfred Hitchcock

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Erica es una joven y moderna chica de los años 30. Conduce con orgullo su coche y ayuda a su padre viudo en el cuidado de un montón de hermanos más pequeños que ella. Su padre es comisario de policía. Ella se mueve bien en el mundo de hombres en el que trabaja su padre. Allí conocerá a un ‘falso culpable’ (uno de los leitmotiv de la filmografía del maestro del suspense), Robert, un joven guionista que se ve involucrado sin comerlo ni beberlo en el asesinato de una famosa actriz. Por Robert, Erica se saltará las reglas de su mundo dentro de la ley y el orden. Intrépida y aventurera apostará por la inocencia de Robert y le ayudará a demostrarlo.

Película vital y tremendamente entretenida (eso es, puro entretenimiento) de Hitchcock en su periodo británico. Erica es una chica moderna e inocente a la vez, que enamorada y práctica decide ayudar, intrépida, al falso culpable… y meterse en toda una aventura. Sus compañeros de viaje para solucionar el caso: el falso culpable acosado y perseguido por la policía (donde se encuentra el propio padre de Erica) y un sin hogar que es el único que posee una pista muy importante para demostrar la inocencia de Robert. Hitchcock ya muestra su mirada especial, y cómo el cine corre en sus venas: con escenas tan inolvidables como la aparición del cadáver, los encuentros entre los jóvenes en el molino abandonado, la fiesta de cumpleaños o toda la escena final cuando descubren al verdadero asesino en una sala de baile…

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Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, 1965) de Alexander MacKendrick

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Alexander MacKendrick es de esos directores que atesoran una filmografía mínima pero con una personalidad arrolladora. Y su limitada filmografía tiene que ver con su personalidad artística. Al no sentirse totalmente libre a la hora de emprender sus proyectos cinematográficos, prefirió continuar su carrera como profesor de cine (de hecho hace relativamente poco se ha publicado en castellano, On film making, una recopilación de los apuntes que facilitaba a sus estudiantes en su clase de cine… Qué ganas de conseguirlo y leerlo).

Suele ser recordado como el director de El quinteto de la muerte. Pero en su filmografía hay obras tan imprescindibles como Chantaje en Broadway o la película que hoy comentamos, Viento en las velas. En la Red se puede encontrar a veces información jugosa e interesante sobre cine y hace un tiempo me topé con una entrevista que realizó en el año 1988 Antonio Castro a Alexander Mackendrick (se puede encontrar en la revista online Miradas de cine). Ahí Mackendrick explicaba a la perfección la génesis de esta película, las dificultades y sobre todo por qué él no estaba satisfecho con el resultado final. Sin embargo su entrevistador muestra su admiración por la película (y también argumenta el porqué) pero el realizador le ofrece sus argumentos para ‘menospreciar’ su obra. Es de esas entrevistas que son toda una lección de cine. Aun leyendo todos los peros del realizador, me pasa algo similar a cuando Hitchcock critica negativamente en su mítica entrevista con Truffaut a El proceso Paradine, yo siento una película interesantísima para analizar y disfrutar. Viento en las velas ha sido de esas películas que persigo y persigo y que finalmente un día me encuentro, la visiono y se convierte en una buena sorpresa.

En esa lección de cine que da Mackendrick en la entrevista antes mencionada, el director explicaba cómo un crítico de cine reconocía un tema que unía a las películas de su corta filmografía (de la que aún me queda mucho por ver), “el poder destructivo de la inocencia y de los inocentes”. Y ese es un tema que me atrae poderosamente y efectivamente pulula alrededor del Viento en las velas, que es una atípica película de piratas. Piratas y una recreación muy especial del mundo infantil. Los niños del Viento en las velas tienen su propio universo, con sus códigos y conductas, que desbaratan y convierten en caos el mundo adulto. La infancia se transforma en una amenaza, en un mundo desconocido. Los hermanos protagonistas actúan inconscientemente, la vida es un juego y en ese juego los adultos tienen que entrar con sus reglas… Y en ese juego la inocencia adquiere otros significados. En ese juego todo es posible, y todo es distinto, hasta la muerte se siente de otra manera. Ese juego trae la perdición del mundo adulto, en este caso de los piratas… El capitán Chávez (Anthony Quinn) va conscientemente al pozo pero absolutamente atraído y nostálgico de ese mundo infantil. Es el único que entiende el enfrentamiento anárquico que se ha producido entre el universo infantil de unos niños que se mueven libremente con otras reglas totalmente diferentes y el mundo adulto representado por los propios piratas (y posteriormente por ese mundo civilizado en el que los niños terminarán domesticados y poniendo máscaras a su naturaleza…).

Siguiendo las palabras del director, expresa su disgusto porque para él la novela que adapta la película (Huracán en Jamaica de Richard Hughes) es una obra maestra y para él la película no está a su altura…, una afirmación de la que no puedo opinar pues no he leído la novela. Lo que sí puedo afirmar es que Viento en las velas es una película apasionante que ofrece miradas muy ricas (y complejas) y presenta de manera muy especial el universo infantil enfrentado al adulto. Así desde el primer momento, la escena de la tormenta, hasta el plano final, consigue un matiz inquietante. Frente una aparente película de piratas con niños inocentes, Mackendrick nos está mostrando una historia mucho más negra y terrorífica pero absolutamente hipnotizante.

La culpa de no conseguir una obra cien por cien como la quería el realizador, la tiene el productor (Zanuck) y las discrepancias con el guion. Mackendrick luchó (junto a Anthony Quinn) para realizar cambios al guion original, un guion mediocre que pretendía convertir esta película en una de piratas del montón, eliminando los matices especiales. Realmente logró realizar un guion más afín a su idea de Viento en las velas. Pero finalmente Zanuck impuso a otro guionista… y Mackendrick luchó por mantener algunos matices, que se respetaron, pero el nuevo guionista también quiso ‘agradar’ al productor. Así que lo que sobre todo desencanto al creador fue la modificación del punto de vista. Él había concebido toda la película desde la mirada infantil. En el guion resultante (y por tanto en el resultado final de la película) también está la mirada de los adultos (la de Zac, el ayudante fiel del capitán Chávez y la del propio capitán… James Coburn y Anthony Quinn). Esa mezcla de puntos de vista ofrece matices interesantes a mi parecer a la película y miradas especiales… pero ciertamente con el único punto de vista de Mackendrick quizá la película podría haber sido más especial y reveladora.

Viento en las velas es ágil en el uso de un humor siniestro, una especial representación del mundo pirata y una imagen genial del mundo infantil. El tono de la película queda totalmente claro desde el principio con la entonación de una macabra canción infantil (algo que tampoco gustó en absoluto a su director, fue una imposición de montaje, pero que a mí particularmente me parece un buen acierto). Viento en las velas es rica en situaciones, personajes y relaciones que se establecen. Y es imposible no sucumbir ante la extraña complicidad que surge entre una de las niñas, Emily, y el capitán Chávez. Una extraña complicidad trágica que acaba con la mirada inocente de una niña sin remordimiento alguno…

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Sobre la melancolía. Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969) de John Frankenheimer/ Bienvenido a casa (Welcome home, 1989) de Franklin J. Schaffner

 … si miramos el adorado diccionario y nos centramos en la palabra melancolía, nos dice una de sus acepciones: “tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada” (RAE). El cine puede provocar ese sentimiento en el espectador, esa tristeza vaga, profunda y sosegada (… no permanente, gracias) ante el visionado de ciertas películas empapadas en melancolía. Y eso es solo una de las características que une a las dos obras cinematográficas de nuestra particular sesión doble. Pero las similitudes son más.

Ambas se estrenaron al final de una década… y unen a la melancolía, el desencanto. Y ambas fueron filmadas por directores de esa buena generación de la televisión, preludio del nuevo cine americano. John Frankenheimer y Franklin J. Schaffner, dos realizadores a tener en cuenta con filmografías interesantes. Ninguna de las dos películas funcionó en términos comerciales. La primera se ha ido revalorizando con el paso del tiempo, la segunda ha caído en el más absoluto olvido y solo es recordada con sinopsis desacertadas (Los temerarios del aire, también cuenta con sinopsis antológicas por absurdas) y críticas negativas. Y creo que estas valoraciones son injustas ante una obra póstuma que no es perfecta sino inacabada…

Ambas películas son dramas sensibles e intimistas que dejan al espectador en un estado de tristeza sosegada. Quizá el primer impulso, tras verlas, es quedarse mirando un punto en el vacío… y recordar las melodías de dos grandes de las bandas sonoras: Elmer Bernstein y Henry Mancini.

Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969) de John Frankenheimer

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Imposible no sentir la melancolía, la apatía y el desencanto ante Los temerarios del aire. La película transcurre en tan solo unas horas y su argumento es aparentemente sencillo. Tres hombres se dedican a arriesgar sus vidas en saltos acrobáticos por los aires en paracaídas. Ofrecen su espectáculo por distintas localidades estadounidenses. Lugares apáticos, aburridos, monótonos… donde sus habitantes se han encerrado en el conformismo y el aislamiento. Muertos en vida que cuidan las apariencias y tratan de escapar de su ‘cárcel particular’ con las simulaciones tímidas de dobles vidas (vidas subterráneas tan cinematográficas…) igual de vacías… que de pronto se ven asaltados por la ‘emoción’ de un espectáculo que les acerca a la muerte, a sentir algo en sus monótonas vidas.

A cada uno de los protagonistas le mueven distintas motivaciones. Son tres hombres muy diferentes. Está aquel que parece más práctico, extrovertido, fanfarrón y que dice que todo es por el negocio (magnífico Gene Hackman), el joven que está experimentando con todo su miedo y prudencia a cuestas y con un pasado triste en la mochila (un sensible Scott Wilson) y por último un hombre silencioso, introvertido, que parece que no tiene miedo a nada pero que oculta un desencanto profundo y un nihilismo que le hace tirarse al abismo (siempre carismático Burt Lancaster)…

Frankenheimer cuenta la parada en una localidad más… que sin embargo cambiará drásticamente la vida de los tres. Tres perdedores conscientes de su agonía… y la de los demás. Uno disimula esa agonía y se aferra a sueños y creencias; otro el más joven trata de entender esa agonía, comprender a los otros. Y por último, el héroe perdedor que se hunde más y más en el abismo… aunque trate de aferrarse a clavos ardiendo… que finalmente se hielan.

Esa localidad más… no es así para el más joven de los paracaidistas, que recuerda ese punto de inflexión en el pasado que cambió su vida y le convirtió en un ser errante. Ahí vivía con sus padres, un accidente supuso un cambio radical de su existencia… y ahí están todavía unos tíos suyos, lejanos, casi desconocidos. Los Brandon, que habitan una casita burguesa y que además tienen como inquilina a una joven universitaria (brillante Deborah Kerr, William Windom y Bonnie Bedelia). El joven los llama y estos invitan a los tres hombres a su hogar.

Frankenheimer logra una de esas películas donde lo importante es lo que no se cuenta, lo que se intuye. Lo queda atrapado en los silencios, en las miradas, en lo que no se dice o lo que queda atrapado en el subtexto de lo que se declara. Y con una sensibilidad e intimidad extrema muestra a unos habitantes del mundo adormecidos y atrapados. Aburridos, melancólicos, monótonos, desencantados… con miedo a la vida. Solo los paracaidistas consiguen una sensación de libertad y riesgo en sus peligrosas acrobacias pero cuando pisan tierra firme…, continuamente huyen y huyen de un sitio a otro, errantes…

John Frankenheimer coronaría así su fructífera relación profesional con Burt Lancaster (fracaso comercial del tándem). Uno de los atractivos de la película era recuperar a un Burt Lancaster y una Deborah Kerr… que como en 1953 en De aquí a la eternidad vuelven a protagonizar una infidelidad. Aquí sin censuras pero sí con mucha delicadeza y con una desesperanza dolorosa. Kerr muestra a una mujer encarcelada y congelada en su cárcel particular de vida monótona…, para Lancaster supone una ilusión fugaz de no caer en el abismo…

Frankenheimer se muestra virtuoso tanto para mostrar la emoción, la tensión y la acción en las escenas acrobáticas (con cámara subjetiva…) como para pasearnos por la vida gris de una localidad estadounidense de los sesenta, arrastrarnos por la melancolía latente y continúa y asentarnos en una intimidad que oprime…

Bienvenido a casa (Welcome home, 1989) de Franklin J. Schaffner

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Un drama injustamente olvidado y también, creo en mi opinión, injustamente valorado. Bienvenido a casa es la obra póstuma de Schaffner que no pudo realizar el montaje final y esconde así todo el potencial de la película que podría haber sido. Drama melancólico, delicado y con momentos muy hermosos que plantea el duro regreso a EEUU de un ‘desaparecido’ en la guerra de Vietnam. Ha tardado casi veinte años en volver… Y su regreso no es un camino de rosas.

Es un regreso que quiere ser enterrado y poco o nada publicitado por el ejército de los EEUU. Después de una guerra tan impopular como Vietnam, que marcó a toda una generación de jóvenes, y que trajo todo el desencanto de un país que se creía todopoderoso…, no les conviene reconocer que se cometieron más ‘errores’ y que es posible que haya más desaparecidos en combate como el protagonista, vivos, al otro lado del Pacífico. Es un regreso que remueve vidas: la de la joven esposa que quedó ‘viuda’ demasiado pronto y con un niño entre sus brazos que ahora ha rehecho su vida y la de un padre al que devolvieron a un hijo en un ataúd. Y la de un soldado que no se siente héroe, arrastrando mucho horror, miedo y dolor en su mirada, que tan solo trató de sobrevivir. Y esa supervivencia suponía también olvidar su vida pasada y aferrarse a su presente junto a una campesina y sus dos hijos atrapados en ese momento en un campo de refugiados camboyano.

Es una película de curar heridas, de recuperar un pasado, de redefinir lazos… y todo lo hace a través de la melancolía, con un ritmo pausado, con un tempo de calma. Una melancolía que quiere ser superada… Así Schaffner atrapa momentos íntimos y delicados con sus protagonistas y los convierte en cercanos.

Schaffner aprovecha la química entre sus actores y crea escenas muy limpias y elegantes con una emoción cercana. El desaparecido es Kris Kristofferson. A su regreso a EEUU, además de intentar por todos los medios que su familia al otro lado del mar pueda estar a su lado, vuelve a contactar con el pasado. Así vuelve a contactar con el padre (el veterano Brian Keith), sus conversaciones destilan verdad. Y también con la esposa (JoBeth Williams) que dejó que junto al hijo adolescente de ambos (al que nunca pudo conocer, ni siquiera sabía de su existencia) han construido otra existencia junto a un buen hombre (Sam Waterston), que tiene sus dudas y que no sabe cómo enfrentarse a la nueva situación pero lo intenta hacer lo mejor posible.

Así el director deja a Kristofferson recrearse en un baúl de los recuerdos donde encuentra una vieja cazadora de su juventud. A un padre tratando de volver a reír con su hijo, de conectar con él y con su dolor. A una mujer también aferrada a los recuerdos del pasado junto a un hombre que amó… pero que ahora tiene otra vida que también la reconforta… mientras escucha un disco de vinilo con una canción de Elton John, Your song. A un marido que entiende a la esposa y al hijo adolescente pero que no sabe cómo ayudarles y que tiene mucho miedo a perder lo que ha construido durante años. O el dilema de un adolescente que se creó una imagen del padre ausente y muerto… y ahora se encuentra con otro padre que no esperaba…

Los momentos más débiles, endebles y carentes de fuerza son los que suceden al otro lado del Pacífico y toda la trama militar que son los que nos recuerdan que es una obra inacabada que podría haber sido perfecta y seguir la estela de obras como El regreso de Hal Ashby. Sus puntos fuertes, el desarrollo del drama familiar, las redefiniciones de las relaciones, la recuperación del pasado y la reconstrucción de un futuro posible para el protagonista al lado de los que le conocen y quieren…

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Cóctel variado y veraniego de películas

Barbacoa de amigos (Barbecue, 2014) de Eric Lavaine

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En un periodo corto en el tiempo he visto tres películas del actor francés Lambert Wilson que me han gustado mucho. Una me parece una gran obra cinematográfica, De dioses y hombres. Y las otras dos, comedias muy interesantes. La primera la comenté hace muy poco, Moliérè en bicicleta y la segunda acabo de verla, Barbacoa de amigos. Una película que sin inventar nada nuevo (no se sale de la fórmula de este tipo de películas), funciona: reunión de amigos y en consecuencia diversiones, confesiones, alegrías, tristezas, tensiones, discusiones… y vuelta a afianzar vínculos. El punto de partida es el del protagonista (la película está contada desde su punto de vista), precisamente Lambert Wilson, que cuenta como a punto de cumplir los 50 años un acontecimiento da un giro a su vida: un infarto. Desde ese contacto con la muerte, después de años y años en los que se ha cuidado, decide hacer lo que le da la real gana así como no callarse… Nos va presentando a su grupo de amigos, desde la Universidad, y sus muchas vicisitudes. Reuniones, vacaciones, conversaciones, hermosa casa rural y buenas comidas. Un buen grupo de actores con mucha química entre ellos. Y una mezcla entre la comedia (decantándose más por esta vía) y la tragedia que siempre funciona. Una sensación de la vida fluye y continúa… Barbacoa de amigos nos recuerda que la vida está poblada de momentos que merecen la pena… aunque haya otros que nos hagan olvidarlo.

Corazón de León (Corazón de León, 2013) de Marcos Carnevale

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La idea de partida es buena. Tiene momentos que funcionan, divertidos. Pero la propuesta podría haber sido mucho más arriesgada y alocada. Más realista. Empieza en forma de comedia, continua como un melodrama y termina como una comedia romántica. Parece que de vez en cuando a Carnevale se le escape el tono. La premisa es: una mujer con su vida emocional y laboral patas arriba (separada de su marido, trabaja en un bufete de abogados con él y además no pasan el mejor momento laboral), ‘pierde’ su móvil. Un desconocido lo rescata y la llama para que lo recupere. La conversación con el tipo le gusta, lo pasa bien y decide quedar con él. León es un hombre divertido, atractivo, rico…, buen profesional, es arquitecto, separado y con un hijo universitario encantador. Es el hombre perfecto, el hombre que en ese momento la protagonista necesita. Sólo hay un pequeño inconveniente (según los ojos con los que se mire el asunto): mide 1,35 centímetros. Funciona la química entre Guillermo Francella y Julieta Díaz, lo que no funciona tanto es el efecto especial para que Francella tenga la estatura adecuada a su papel. A veces él parece realmente enano pero Juelieta excesivamente gigante… Y el efecto es extraño. Cuando hablaba al principio de llevar a cabo esta apuesta arriesgada (pues plantea temas muy interesantes y habla sobre prejuicios muy arraigados), me refería precisamente a que hubiese sido mucho más creíble con actores como Peter Dinklage o Emilio Gavira, con una estatura real de 1,35 o 1,40 metros.

The east (The east, 2013) de Zal Batmanglij

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Otra película de premisa muy interesante pero desarrollo fallido. No obstante cuenta con momentos que preludian cómo podía haber sido una propuesta a tener en cuenta y un reparto del que se podría haber sacado mayor provecho. The east cuenta la historia de una empleada de una multinacional de seguridad que tiene que infiltrarse en un grupo de ecologistas radicales, que atacan a las grandes empresas empleando sus métodos contaminantes. Lo que cuenta y el empleo de las claves del thriller para conseguir tensión y suspense podrían haber constituido una buena obra cinematográfica. Pero el mayor fallo es precisamente la presentación y evolución de los ecologistas radicales y las relaciones entre ellos y de ellos con la infiltrada… no se presenta de manera atractiva o interesante, de forma que nos importe lo que hacen, que nos creamos la transformación de la infiltrada y que entendamos su historia con el líder del grupo. Tampoco el director se muestra muy versado en las claves del thriller para crear la tensión suficiente, el ritmo adecuado y el suspense en cada uno de los ‘atentados’ del grupo…

A la caza (Cruising, 1980) de William Friedkin

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… Hace poco dije lo que me sorprendió este director con su última película en el año 2011, Killer Joe. A la caza no la había visto y aunque no es película redonda (como tampoco lo es Killer Joe), sí tiene sin embargo ciertas cualidades que hacen que su visionado merezca la pena. William Friedkin muestra su valía para crear ambientes paranoicos, angustiosos, siniestros, de moralidad oscura, con aires de pesadilla. Al final no importa tanto la trama de suspense, que se queda en el aire, como las relaciones entre los personajes y la ambigüedad de alguno de ellos. En su momento la película fue un escándalo porque varios colectivos gays pusieron el grito en el cielo por la imagen de la homosexualidad que se daba en el film, que se centraba en un asesino de homosexuales que frecuentaba locales donde se practicaba además el sadomasoquismo… Para investigar el caso, ahí está un policía con el físico de Al Pacino (y comportándose como todo un actor del método) que se infiltra en el ‘ambiente’ y termina bastante tocado… La ambigüedad pulula por todo el film hasta su final… Y ahí están aparte de Al Pacino, un siempre eficiente Paul Sorvino y una olvidada Karen Allen (que vivió su momento de gloria en los 80).

Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) de Ingmar Bergman

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Dentro de la amplia filmografía de Bergman hay varios títulos que ‘dibujan’ su carrera como director. Uno de ellos es Gritos y susurros. Una película que presenta muchas de las claves de Bergman. La influencia del teatro de Strindberg, la continuación del camino abierto y experimental de Persona, las complejas relaciones familiares, el predominio de las mujeres, la presencia de la muerte, del sentimiento de culpa… En una casa familiar, asistimos a las últimas horas de una mujer acompañada por sus dos hermanas y la asistenta que la cuidado durante años. El cuarteto de mujeres (que desnudan su alma y sus rostros) deja su huella y cada una tiene su momento sobrecogedor. De nuevo Bergman demuestra su manera especial de reflejar el rostro de una mujer. Ahí están Harriet Andersson, Kari Sylwan, Ingrid Thulin y Liv Ullmann. Llama la atención el predominio del rojo en la escenografía, siempre elegante, y el sonido del reloj. También como en muchas películas de Bergman utiliza para su banda sonora música clásica, esta vez Bach y Chopin. La presencia de los hombres es secundaria, y en su ausencia precisamente, marcan totalmente la vida de las hermanas.

Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961) de John Ford

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Primera vez que trabajaba James Stewart con Ford e inicio de una ‘buena’ colaboración. No fue una película muy apreciada por el propio Ford pero como siempre cuenta con matices, interpretaciones y miradas muy interesantes y complejas. Quizá su poco aprecio va unido a varios asuntos, además de ser una película de encargo, justamente durante su rodaje fallece uno de los miembros de la troupe de Ford, Ward Bond, y esto desestabiliza emocionalmente al director. Es otro de los western de Ford donde se siente que ronda el desencanto. Sin embargo confieso que disfruté de lo lindo de su visionado y me entusiasmó el cuarteto protagonista, sus personalidades y relaciones (James Stewart, Richard Widmark, Shirley Jones, Linda Cristal). No es una película ni ligera ni tan fácil o sencilla como parece a primera vista. En un momento predomina el tono de comedia, tiene un buen ritmo… pero llega la bofetada final. La historia es la de un sheriff (bastante cínico y algo corrupto pero con encanto… un James Stewart explotando la vena de los personajes en los western de Mann) que es requerido por el ejército federal, pues este es presionado por varios familiares, para que se inmiscuya en tierras comanches (sin romper el pacto de paz) para negociar la devolución de prisioneros blancos secuestrados durante años. El ejército quiere aprovechar que el sheriff se ha relacionado ya con los indios en varios negocios y los conoce. Se lo pide su amigo, un comandante idealista y luchador. La complicidad entre ambos enriquece muchos momentos de la película (así como las historias con sus amadas…). Como en cualquier película de Ford nada es blanco o negro, están los matices. Ni unos son los malos malísimos, ni los otros los buenos buenísimos. Y el racismo brutal, la intransigencia absoluta, el radicalismo en las creencias y la incomprensión ofrece una de las escenas más crueles y terribles de toda la película… y es protagonizada por ‘las familias’ que clamaban por la vuelta de los suyos…

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La mano negra (Black Hand, 1950) de Richard Thorpe

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A veces te compras un pack de dvd sobre todo por una película que andabas buscando y a veces incluye otras que no das importancia o de las que no tienes referencia alguna. Y de pronto esa película hasta ese momento anónima, se convierte en sorpresa o descubrimiento. Por ejemplo me ocurrió cuando tenía ganas enormes de poder conseguir El demonio de las armas y la encontré en un pack donde venía junto a Agente especial. Si me gustó El demonio de las armas, Agente especial fue todo un descubrimiento. Pues bien hace poco adquirí un curioso pack de Gene Kelly porque estaba una película que había perseguido largo tiempo, Luz en el alma de Robert Siodmak (un realizador que me gusta bastante) y la otra película que acompañaba a dicho título era La mano negra, película de la que no tenía referencia alguna. Pues bien mientras Luz en el alma me parecía una película interesante de la filmografía de Siodmak pero no redonda, me he quedado absolutamente prendada de La mano negra, un film de un director tan prolífico como desconocido o poco analizado, Richard Thorpe. Lo de pack curioso lo digo porque es de un Gene Kelly totalmente alejado de sus papeles en el cine musical.

Pero vayamos al tema, La mano negra es una película muy bien contada, con ritmo y tensión, que además versa sobre un tema no excesivamente tratado en pantalla hasta que llegó El Padrino (sobre todo su segunda parte), con una ambientación inspirada en el cine negro de un Nueva York de principios de siglo, en la Little Italy de Nueva York (y un importante episodio en Nápoles). Así me ha sorprendido un director al que tenía olvidado y del que me queda bastante por descubrir, Richard Thorpe. De nuevo un director artesano del sistema de estudios de Hollywood que tiene una filmografía extensa. Thorpe dirigió varias películas de Tarzán con Weismuller y años más tarde dos películas con el cantante de moda, Elvis Presley o con jóvenes adolescentes de éxito como Sandra Dee o Hayley Mills. Sin embargo para mí siempre será el director de Ivanhoe. Durante una época dirigió populares películas de aventuras como la nombrada, El caballero de Zenda, Los caballeros del rey Arturo, El príncipe estudiante o Las aventuras de Quentin Durward. Así era un director del sistema de estudios que no se le resistía género alguno y de pronto le descubro en una película tan interesante como La mano negra. Y sobre todo me interesa porque me encanta descubrir buenos antecedentes de la trilogía El padrino (por la que siento una predilección especial). Hace poco escribí sobre Odio entre hermanos, rodada un año antes que La mano negra, de Joseph L. Mankiewicz. Así se puede trazar una senda de películas que llevaron a El padrino…

Dirigida en blanco y negro, con buenas escenas de acción-tensión y un uso de los primeros planos excepcional (los personajes secundarios tienen unos rostros portentosos para que esos primeros planos se nos queden en la memoria). La película empieza con un prólogo magnífico que dispara la trama. Un inmigrante italiano, abogado, afincando en Nueva York, trata de colaborar con la policía para atrapar a los integrantes de la Mano Negra, una organización criminal italiana que tiene atados de pies y manos a los italianos neoyorquinos porque les hacen vivir con terror y temor, sin poder cumplir ese ‘sueño americano’ y esa libertad soñada. Ese hombre tiene una mujer que teme por el futuro de su marido y un hijo adolescente. Efectivamente, como temía su esposa, el abogado es asesinado por miembros de la Mano Negra, impunes por otro delito más. La madre pierde la cordura y solo quiere regresar a Italia, a pesar de un policía, Louis Lorelli, que quiere protegerla (maravilloso J. Carrol Naish) y que trata de combatir a la organización. Y el adolescente jura que regresará para la venganza…

Así la película ya te atrapa irremediablemente. Pasan ocho años y regresa en un barco con nuevos inmigrantes italianos aquel adolescente convertido en un hombre, Johnny Columbo (Gene Kelly), dispuesto a vengar la muerte de su padre. En el camino se encontrará a una vieja conocida de su juventud, Isabella, con su hermano pequeño y a aquel policía que quiso cuidar tanto a su madre como a él, Lorelli. Ambos tratarán de convencerle de que la vendetta solo provocará una muerte más pero no servirá de nada para terminar con la Mano Negra y el terror que tienen instalado entre todos los inmigrantes italianos afincados en Nueva York. Ellos son partidarios de buscar un método legal que permita que la organización criminal se tambalee y que todos se unan contra ellos, y sobre todo rompan el silencio. Así este tratará de vencer a la organización por medios legales pero el camino no será nada fácil…

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La película está repleta de buenos momentos como la muerte del padre del protagonista en el prólogo, el episodio que transcurre en Nápoles sobre todo la última parte, y el juicio que les sirve para encontrar un método que les permite combatir a los miembros de la Mano Negra… Buenos momentos que demuestran el dominio del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena por parte de Richarp Thorpe. Así La mano negra es una película que cuida las sombras y los ambientes donde se mueven los personajes. Los hoteles y las viviendas de estrechas escaleras, los tugurios donde cantan viejas canciones, las calles solitarias con sombras intrusas… además de no dejar respiro con persecuciones, secuestros, bombas, juicios, palizas… y la lucha incansable de Johnny por lograr terminar con la organización que mató a su padre. El personaje de Johnny se enfrenta siempre a un dilema: ¿combate legalmente a la organización o se convierte en un hombre de acción para alcanzar su objetivo…? Y es una sorpresa encontrar a un Gene Kelly correcto en su papel (con escenas de tensión muy bien resueltas sobre todo al final) pero quien se lleva la palma como personaje es Louis Lorelli interpretado por un actor secundario de toda la vida, J. Carrol Naish, de esos que imprimen mucha verdad a sus personajes. De esos que nadie recuerda sus nombres (yo no lo recordaba) pero sí sus rostros y alguno de sus personajes…

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César y Cleopatra (Caesar and Cleopatra, 1945) de Gabriel Pascal

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Hay películas que son rarezas en el momento que se concibieron y siguen siendo rarezas con el paso del tiempo. Un buen ejemplo es César y Cleopatra de Gabriel Pascal. El mismo Pascal, un productor húngaro que se convirtió en director en dos ocasiones, es un tipo extraño y muy desconocido (su propia infancia y adolescencia están envueltas en leyenda que él mismo alimentaba…). Un encuentro casual durante su juventud con el dramaturgo irlandés: George Bernard Shaw marcó su futuro artístico. Pues en el mundo del cine sus obras más conocidas (tanto en la producción como en la dirección) serían las adaptaciones de las obras del dramaturgo.

Con Pygmalion (la versión de 1938) consiguió el éxito y César y Cleopatra supuso de alguna manera su descalabro. En la primera sólo actuó como productor, en la segunda también como director. Y convirtió a César y Cleopatra en una de las películas británicas más caras. La acogida sin embargo de crítica y público fue extremadamente fría.

Y como digo aún hoy César y Cleopatra es un extraño espectáculo cinematográfico. Me es difícil valorarla porque lo que es evidente es que es una película de riesgo, de riesgo continuo. Y el resultado es un híbrido raro. Desde el reparto elegido, cómo son representados los personajes históricos (y los acontecimientos), el propio texto teatral de Bernard Shaw, los decorados, el vestuario… e incluso el tono elegido de la película. Porque César y Cleopatra es como una fábula política ligera, una comedia elegante que habla y refleja temas muy serios. Una obra cinematográfica, que no esconde sus orígenes teatrales, y que muestra como el hombre es un animal político que apenas ha cambiado de la época de Julio César al panorama político de ese siglo XX que se enfrenta a una Segunda Guerra Mundial. Bernard Shaw emplea el cinismo y la ironía… y eso es trasladado a la pantalla grande. César y Cleopatra, película ligera pero a la vez fría y racional. En resumen, descoloca. Como su puesta en escena, notamos los decorados, que los actores ‘están disfrazados’, algunos rozan la caricatura y una expresividad en exceso teatral (sobre todo los figurantes) pero sin embargo regala escenas tremendamente cinematográficas, algunas hermosas (como la primera aparición de Cleopatra)…

Luego está ese reparto y esa representación de figuras históricas de otra manera absolutamente diferente hasta como en ese momento se habían representado y se seguirían representando. Bernard Shaw utiliza personajes históricos pero no para contar Historia sino para reflejar su propia trama. Así nos deleitamos con un Julio César y una Cleopatra imposibles… pero que no dejan de estar magníficos. Él es Claude Rains (uno de mis secundarios favoritos…, le quedaba un año para ser el Sebastian de Encadenados) y ella es una Vivien Leigh retirada del cine que volvía a la pantalla después de varios años sin rodar, años en los que se había dedicado totalmente a los escenarios teatrales. La relación de ambos en la película también es extraña. Julio César, un hombre que juega (y se apasiona) a ser político, guerrero y estratega, que no pierde la calma, y que su estrategia (su vida) es un gran tablero de ajedrez donde pierde o gana. Donde levanta y elimina piezas. Se encuentra en su campaña en Egipto y nunca deja de jugar pero conoce a una compañera de juegos digna, una Cleopatra infantil y chispeante… preparada para aprender a mover piezas y juguetear también. No hay amor, solo juego.

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Los más sorprendentes son los secundarios: Flora Robson como Ftatateeta (la mujer y sirvienta de confianza de una Cleopatra niña) y un Stewart Granger como el apuesto (y también juguetón), Apollodorus. Sus personajes son dignos de mención y cuando aparecen dan vida a una trama que en cada momento se vuelve más extravagante… Robson oscura y totalmente desconocida físicamente, logra dar a su papel el matiz más interesante y complejo… pues claramente va de la comedia a la tragedia (ningún romano es capaz de pronunciar nunca bien su nombre). Y Granger está bellísimo (sí, la primera vez que pienso eso de él), como un auténtico sex symbol, y lleno de vitalidad.

César y Cleopatra es un híbrido raro… y es lo que la hace especial, extraña y puede que incluso disfrutable. Por ahí van Cleopatra y Julio César por el desierto. Una mujer niña que todavía no es consciente de su poder y un anciano venerable que le divierte su despertar…, a pesar de que algunas consecuencias puedan ser trágicas. Ellos juegan a la guerra, lo que pase a su alrededor no importa… La partida tienen que ganarla.

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María Candelaria (Xochimilco, 1944) de Emilio Fernández

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Continuo indagando muy poco a poco en la cinematografía mexicana y le ha tocado el turno a todo un clásico de la época de oro del cine mexicano, María Candelaria. Era la segunda vez que se reunía un equipo que ‘definiría’ este periodo. El director Emilio El Indio Fernández, el director de fotografía Gabriel Figueroa, el guionista Mauricio Magdaleno y la pareja de actores Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Todos se unen para crear una hermosa película que cuenta la trágica historia de una mujer indígena a principios del siglo XX. La película adquiere tintes de leyenda y presenta la esencia y una simbología determinada de la indígena mexicana: una mujer muy bella pero ultrajada y sometida, de pobreza extrema, que arrastra su sufrimiento pero no pierde su idealismo e inocencia.

El Indio convierte a María Candelaria en una narración oral que cuenta un hombre mexicano culto, un pintor, a una periodista frente al cuadro de una hermosa mujer, una indígena. Así convierte el relato cinematográfico en una leyenda. Reviste la obra de un halo trágico. Melodrama, injusticia social, folklorismo, creencias… en un paraje especial e inconfundible, la zona de Xochimilco con sus barcas y canales. El Indio junto a Gabriel Figueroa alcanzan imágenes bellísimas, depuradas y extremadamente poéticas.

La protagonista es María Candelaria, una indígena rechazada por todos pues es fruto del pecado. Su madre era una prostituta. No vive ni un momento de paz y solo cuenta con el amor de un campesino, Lorenzo Rafael. Cada día de su vida es un problema más, al rechazo hay que unir la pobreza, la injusticia y la enfermedad. Sin embargo, María Candelaria no se rinde y no quiere marcharse de su tierra. Sin embargo los dos amantes tienen un triste destino escrito y ningún momento de paz. Solo cuentan con el apoyo del párroco (que trata de evitar el rechazo de los suyos pero bajo una mirada caritativa y que a veces solo les ofrece la oración como remedio y la iglesia como refugio… no llega a expresar y apoyar una rebeldía en acciones hacia las injusticias que viven) y de un pintor, hombre culto, que está interesado egoístamente en María Candelaria como modelo perfecta para un cuadro (precisamente será el cuadro, la perpetuación de su desgracia -de esos pecados que nunca ha cometido-, el clímax final). En contra, tienen a todos los suyos que son los más intransigentes, al cacique que les oprime por un dinero que le deben (y porque ella nunca se ha entregado a él) y una pobreza de la que no pueden salir. Cuando María Candelaria enferma, Lorenzo, que no consigue que el cacique le facilite las medicinas ni que se olvide de las deudas, entra a robar en su tienda. Se lleva la medicina que cure a su amor y un traje para poder casarse ambos. El drama está servido.

El Indio conforma una leyenda y una imagen del México rural y los indígenas que traspasa fronteras… y llega hasta Cannes para alzarse con la Palma de Oro en 1946. Así la cinematografía mexicana empieza a demostrar al mundo que existe y uno de sus rostros más universales será sin duda Dolores del Río, que ya era toda una leyenda. Pues Dolores primero cimentó su carrera en el Hollywood silente (y primeros años del cine hablado) y después se instaló en la industria cinematográfica mexicana para convertirse junto con María Félix en dos de los rostros mexicanos más universales.

María Candelaria tiene escenas cinematográficamente hermosas: a los primeros planos de una Dolores del Río bellísima (los más recordados son aquellos en los que mira la luna llena), se unen secuencias inolvidables como la primera vez que vemos al pueblo rechazar a la protagonista cuando esta intenta vender flores en su barca y la terminan rodeando o las que transcurren en la celda donde encierran a Lorenzo Rafael (Pedro Armendáriz fue una de las estrellas masculinas más importantes de esta época de oro), que siente en todo momento cómo la desgracia se cierne sobre ellos y ya no hay vuelta atrás. Así como toda la secuencia de la persecución cruel que sufre al final María Candelaria a través del agua y de la tierra, por la noche, bajo la luz de las antorchas.

María Candelaria se une a esa galería de películas que cuentan con el retrato de una mujer, una pintura hermosa… y detrás de ese retrato una historia. En este caso una triste historia…

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Algunas películas de hoy, otras de ayer, algunas reflexiones y un plan para tardes de verano

Patricia Highsmith en el cine

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Sí, a Highsmith la conozco más en la sala de cine que en la sala de la biblioteca. El cine sigue acercando su mundo literario a aquellos que todavía no nos hemos sumergido entre sus páginas: crimen, mentira y culpa. No sólo existe Ripley entre sus personajes (y el más adaptado al cine). Así ahora está en cartelera Las dos caras de enero del debutante Hossein Amini (hasta ahora siempre guionista). Una película de suspense de factura clásica y elegante que transcurre entre Grecia y Estambul. El trío protagonista logra atrapar al espectador con sus relaciones peligrosas, brillando la composición de Viggo Mortessen como Chester MacFarland, un carismático turista norteamericano de vacaciones en Grecia durante los años sesenta. Chester va acompañado de su joven esposa Colette (Kirsten Dunst). En el camino del matrimonio se cruza un joven guía norteamericano, timador y que arrastra un pasado familiar (Oscar Isaac). Un asesinato y el destino unirá a estos tres personajes en un tenso viaje… Lo que más me ha sorprendido ha sido encontrarme con ecos que me arrastraban a Extraños en un tren, sobre todo en la resolución final del caso y la relación entre Chester y el guía. Como ocurre en las novelas de Highsmith (no las he leído pero sí he indagado sobre ellas), la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos son los motores de una trama que cada vez se va complicando más… arrastrando a los personajes al abismo y a sus infiernos interiores. Y este aspecto no se descuida en la película que cuenta con ritmo y con momentos realmente tensos.

Adiós a los príncipes azules

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Primero Brave, después Frozen (en el camino las distintas versiones de Blancanieves, incluida la de Berger)… y ahora Maléfica. El camino está abierto. Se acabaron los príncipes azules para las damiselas. La búsqueda del príncipe azul no da la felicidad y sí más de una desgracia (o sale malo o es de lo más anodino). Con Maléfica tampoco podemos creer ya en las hadas madrinas, que tienen un aspecto de señoras estúpidas o jóvenes sin cerebro. Todo es mucho más complejo y las relaciones también… pero en ellas está la solución para madurar y seguir viviendo. El príncipe azul no vale nada. Es importante buscarse una relación afectiva fuerte pero no tiene por qué ser con un príncipe que probablemente no exista, o no cumpla las expectativas (ni las damiselas las cumplan para ellos). Los lazos fuertes pueden ser entre madre e hija, entre hermanas, entre compañeros de andanzas y trabajos, entre una mujer con el corazón roto y otra a la que todavía no se lo han hecho pedazos… Ya no vale nada el beso de amor del príncipe. Ese beso no salva. Son otros afectos… La Maléfica de Angelina Jolie nos es representada con el corazón roto y como un ángel caído sin alas… Y esta encarnación del mal sufrirá una evolución inesperada junto a una bella durmiente a la que todavía no han hecho daño y a la que ella misma soltó una maldición hace años… (que no tiene vuelta atrás). ¿Cuál es la fuente de inspiración de tan pérfido personaje con pómulos incluidos? El personaje animado de la película de Walt Disney de 1959. Adiós a los príncipes azules.

Tren como metáfora

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El coreano Bong Joon-ho propone una fábula futurista y presenta un tren como metáfora de la humanidad y sus ‘equilibrios’ basados en poderes y desigualdades. Snowpiercer es un viaje-pesadilla a los distintos compartimentos de un tren muy especial. Es la adaptación que realiza el director coreano de un cómic, Le Trasperceneige, escrito por Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb. El viaje comienza en la cola de un tren (en el último vagón), donde se encuentran los sometidos, los que viven día a día con el miedo y las carencias, con la represión brutal, con el hambre y la deshumanización, bajo un férreo régimen militar. Un grupo de los sometidos, con un líder a su pesar, se rebela y quieren llegar al primer vagón donde está el poderoso, el que todo lo dirige. Este grupo irá avanzando, superando obstáculos y viendo los privilegios de ir avanzando… en un tren que nunca para. Snowpiercer cuenta cómo un experimento que trataba de acabar con el calentamiento global, termina destruyendo la vida en el planeta tierra. Los únicos supervivientes se encuentran en ese tren que nunca, nunca, nunca puede parar. Un tren con un régimen político y social que no nos es desconocido, cada avance es una reflexión y la llegada del ‘salvador a su pesar’ hasta el ‘dueño y señor’ un puñetazo… Snowpiercer no solo es visualmente potente sino que además sorprende hasta el final y su ritmo no decae ni un solo instante. Por otra parte cuenta con un reparto llamativo desde una desconocida y caricaturesca (el coreano siempre deja chispas de humor absurdo que golpea) Tilda Swinton hasta una galería inmensa de secundarios, Jamie Bell, Octavia Spencer, Johh Hurt, Ed Harris… También se encuentra el actor fetiche de Bong Joon-ho, Song Kang-ho y como ‘salvador’ complejo y carismático, Chris Evans.

Amor irracional

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¿Os imagináis una pareja más improbable que Deanna Durbin y Gene Kelly? ¿Y os imagináis que además sean pareja en una película que no es un musical? ¿Os imagináis que esa película mezcle el cine negro con el melodrama? ¿Os imagináis que sea la adaptación al cine de una novela de un escritor tremendamente cinematográfico, W. Somerset Maugham? Todas estas preguntas tienen una respuesta real: Luz en el alma de Robert Siodmak, película de 1944. Y el resultado es sorprendente. Deanna Durbin encarna (sobre todo en la escena final), como una heroína melodramática consumada, el reflejo del amor irracional. Ella es una cantante de un local nocturno que cuenta a un soldado desencantado, en varios flash backs, su relación con su esposo, un asesino. ¿Adivináis quién es ese esposo? Bingo, Gene Kelly. No hago spoiler desde el principio sabemos que es un asesino. Y Robert Siodmak logra ambientar con tintes de cine negro este melodrama familiar casi gótico donde una pobre niña se enamora de un chico con encanto que tiene un apellido aristocrático (en decadencia), pero es un chico podrido por dentro que no puede refrenar su adicción al juego y su compleja personalidad. Un chico que tiene una patológica relación con su madre y su madre con él. El personaje de la madre es de esos personajes secundarios de los que deseas una película propia, muy bien interpretado por Gale Sondergaard (una de las actrices afectadas -y bastante olvidada- por la caza de brujas). Y la pobre niña hasta el final, que es liberada de la tiranía del amor, está absolutamente enamorada de su esposo, y de su parte oscura. De fondo siempre suena Always de Irving Berlin…

El éxito de un fracaso

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¿Un cásting para elegir, sin que este lo sepa, el peor actor para representar a Hitler para una obra de teatro que se llama precisamente Primavera para Hitler? ¿Dejar todo preparado para llevar a cabo el mayor fracaso de Broadway? ¿Enriquecerse a costa de esto? Eso es lo que quieren el productor Max Bialystock (Zero Mostel) y un tímido contable que se mete en la aventura, Leo Bloom (Gene Wilder). Todo sale al revés… el espectáculo debe continuar, nunca se sabe lo que será un éxito o lo que será un auténtico fracaso… Y de eso trata la comedia musical (primero en los escenarios de Broadway y luego en la pantalla de cine) Los productores de Mel Brooks. No es mal plan para una tarde veraniega… introducirse en las aventuras absurdas de un productor gigoló de abuelas y un contable neurótico que montan una Primavera para Hitler de un autor loco y nazi con un director que lo convierte en espectáculo musical gay con un actor gay, entre hippie y macarra… Es inevitable que en algún momento se suelte una carcajada…

… Y tardes de cine en La Casa Encendida. Ciclo Fracturas (II Parte)

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Y por último una proposición para tardes veraniegas en el mes de julio en un ciclo en el cual algo tengo que ver. Fracturar es romper o quebrantar con violencia algo. Vivimos un momento de fractura. Y ese quebrantamiento ha sido reflejado en el cine. Las quiebras pueden ser históricas, culturales, sociales, económicas, políticas, religiosas, emocionales, físicas… Dentro de la fractura entran diversos temas de actualidad y deja en evidencia una crisis no sólo económica sino de muchas otras áreas. Y en esa zona oscura surgen posibilidades e iniciativas de crear un mundo nuevo. La Casa Encendida presenta, durante los lunes y jueves del mes de julio, este ciclo con siete películas donde se proyectarán algunas de esas fracturas y los caminos de recuperación. Ver aquí la programación.
En esta segunda parte es como si tuviésemos en las manos un periódico virtual con todas las fracturas posibles de la historia contemporánea y cómo afecta a los seres humanos. Un periódico virtual que refleja casi un apocalipsis en cada una de sus páginas. Los conflictos que no se solucionan (conflicto palestino israelí), los que no sabemos cómo van a acabar (la crisis económica), los elementos que provocan las fracturas (guerras, lucha de poderes, religión, política, dinero, las injusticias, las diferencias), las separaciones eternas (norte-sur), las víctimas de las fracturas que tratan de sobrevivir… Y en este periódico virtual también existe una fragmentación de la mirada que se convierte en especial. La fractura en la mirada que cuenta de una manera catártica para que entendamos el presente en el que vivimos.

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