El ferroviario (Il ferroviere, 1956) de Pietro Germi

El ferroviario

El cine italiano en los años 50 fue toda una explosión de talento. Pero no solo surgieron Roberto Rossellini, Vitorio de Sica, Luchino Visconti o Federico Fellini…, sino muchos otros realizadores, que bajo la influencia del neorrealismo italiano y su evolución, o fuera de él, crearon sus carreras cinematográficas, pero ahora sus nombres están más a la sombra y el acceso a su obra es algo más complejo. Uno de esos nombres fue Pietro Germi que conoció todas las fases de cómo hacer una película y que en algunas de sus obras fue el actor principal, el guionista y el director. Germi supo lo que era la pobreza, pues su familia era humilde y no lo tuvo fácil, pero trabajó desde muy niño y no descuidó tampoco su formación hasta que fue accediendo poco a poco al mundo del cine (y en múltiples oficios). Y me parece importante contar sus orígenes para poder describir la emoción y la verdad que encierra El ferroviario.

Pues precisamente la mirada que predomina en El ferroviario es la de un niño, Sandro Marcocci (Edoardo Nevola), que ve cómo su familia de clase media baja va desestructurándose de una Navidad a otra (transcurre un año) bajo la fuerte y demoledora influencia de su padre, Andrea Marcocci (Pietro Germi). Cómo su familia va cayendo de desgracia en desgracia a un pozo que parece que no tiene final. El ferroviario es un triste y emocionante cuento de Navidad. Y Germi sabe de lo que habla: es absolutamente creíble en su personaje de Andrea, y convence en la forma que cuenta esta historia así como su mano en el guion. Es como si Germi rescatara ese niño que tiene dentro, que vivió en una familia pobre, y proyectara su mirada…

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Whisky a gogó (Whisky Galore, 1949) de Alexander MacKendrick

Inauguro también alegremente la temporada en el cine Doré, Filmoteca Española, con una proyección dentro del ciclo Tiempo de comedia.

Whisky a go-go

Whisky a gogó es el primer largometraje de ficción de Alexander MacKendrick en los Estudios Ealing y forma parte de ese tipo de comedia elegante, inteligente, sutil, satírica y, a veces, teñida con pinceladas negras que se daría en dicha compañía después de la Segunda Guerra Mundial. De esas comedias que no quitan la sonrisa de la boca. Y con este largometraje empezaría la andadura de un perfeccionista de carrera breve pero con títulos mayúsculos, MacKendrick, que al no encontrar la libertad artística que deseaba durante su carrera (sobre todo cuando regresó de nuevo a EEUU), prefirió terminar dedicándose a la enseñanza de cine.

El argumento de Whisky a gogó parte de una premisa sencilla: en una pequeña isla escocesa sus habitantes, sobre todo los hombres, están deprimidos y con tristeza perpetua, no solo por los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial, sino porque una de las consecuencias es que no llega whisky a la isla. Esa bebida, de tradición gaélica y con muchos ritos a su alrededor… casi sagrada, es su elixir de la vida. Sin embargo, el día a día continúa: con sus peticiones de mano, sus reuniones, su trabajo en el mar… Entonces un barco naufraga, el Cabinet Minister, y su tripulación abandona dicho barco antes de que se hunda, pero antes informa a uno de los habitantes de su carga: 50.000 cajas de whisky.

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Remordimiento (The Broken Lullaby, 1932) de Ernst Lubitsch

Remordimiento

Entre medias de sus comedias musicales (alguna de ellas con la mítica pareja de Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald) y una de sus primeras comedias románticas y sofisticadas (Un ladrón en la alcoba)… se encuentra una película antibélica, una perla extraña en su filmografía, Remordimiento. Un intento en periodo de entreguerras, con una Europa tan crispada que iría de cabeza a la Segunda Guerra Mundial, de hablar sobre las heridas de la guerra, la unión entre los pueblos y la posibilidad de perdón. Es interesante analizar cómo el año en que la rodó (realizó cinco películas), 1932, fue un año de transición en su filmografía. Remordimiento ha tenido su libre remake en 2016 con la película Frantz de François Ozon. Con su toque y su excepcional empleo del lenguaje cinematográfico crea un relato cinematográfico emocionante con un final hermosísimo… y en solo setenta y siete minutos. A su vez Lubitsch estaba adaptando una obra de teatro del autor francés Maurice Rostand, L’homme que j’ai tué.

En su primera secuencia ya cuenta el horror de la guerra, las heridas e incluso también emplea un humor sarcástico mostrando galones, barbas y espadas impolutas en una ceremonia religiosa. Sin embargo, hay un plano demoledor al principio… el desfile de la victoria en París a través de la pierna amputada de un soldado… Y cuando esa iglesia, con una celebración de la victoria, se queda vacía… solo se ve entre los bancos unas manos de súplica y después el rostro de un joven atormentado, el francés Paul Renard (Phillips Holmes, un joven actor que, ironías de la vida, moriría en la Segunda Guerra Mundial), que necesita una confesión pues busca el perdón. Y decidirá entonces ir a Alemania…

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Un libro sobre Fritz Lang, dos momentos y una reflexión sobre una película

El sitio de Viena. Huellas de Fritz Lang, de Carlos Losilla (Notorius ediciones)

Secreto tras la puerta

A veces caen libros en tus manos con los que te llevas gratas sorpresas. Esta vez estaba buscando información sobre Fritz Lang (y en concreto de una de sus películas, Las tres luces), y consultando en el ordenador los libros sobre este director que tenían en mi biblioteca pública más cercana… me topé con este título: El sitio de Viena. Huellas de Fritz Lang. Cuando vi el nombre de su autor me dije: “Mira, este libro me lo llevo a casa”. De Carlos Losilla leo mensualmente sus críticas de cine en Caimán y me gusta cómo desentraña las películas. Así que no lo dudo y una vez en mi casa con él, lo disfruto.

Porque El sitio de Viena es un análisis laberíntico lleno de pasillos, senderos, caminos y carreteras alrededor de Fritz Lang. Más bien de lo que significa Fritz Lang y su cine… y las huellas de una Europa que se cae en pedazos. Buscar raíces y huellas. Y esas raíces y huellas se buscan tanto en las entrañas de sus películas como en los datos biográficos que se han ido recopilando de Lang… En la documentación, en los libros que se escribieron sobre él tanto en su vida como posteriormente, en las distintas interpretaciones de su obra tanto la de la etapa alemana como de la americana, en sus testimonios, entrevistas, en sus fotografías, incluso en sus apariciones cinematográficas (… en El desprecio de Jean-Luc Godard)… Huellas que se encuentran también en las incógnitas de su vida, en sus contradicciones, en el papel de las mujeres de su vida…, en sus misterios. En la figura privada y en la figura pública…, ¿cuál es la real?¿Hay un Fritz Lang inventado, creado?

Pero sorprendentemente El sitio de Viena no es solo sobre el director… sino sobre la cultura europea y su declive hasta la actualidad. Qué es lo que el bagaje cultural puso en las espaldas del cine Lang. Cuáles fueron sus influencias. Qué acontecimientos históricos arrastraba. Cuál era la complejidad que reflejaba. Qué otros nombres del pasado y del futuro giran alrededor de Lang y su obra.

Y El sitio de Viena sigue siendo un laberinto porque también es una especie de autobiografía sobre el propio Carlos Losilla que habla de sus recuerdos, de su infancia y de su presente, de su trayectoria profesional, y de la cultura que iba absorbiendo, donde también entraban los secretos tras las puertas del cine de Lang.

Entonces el libro se convierte en la historia de una investigación donde no faltan los misterios, las coincidencias, las historias paralelas, los lazos inesperados o los azares del destino. El encuentro con eruditos, la resolución de enigmas, el transcurrir de anécdotas que le llevan siempre a Lang y a su cine con un fondo complejo como el de cada una de sus películas. Donde el propio libro es un enigma a descubrir lleno de intrigantes fotogramas-palabras y donde el lector no puede evitar pasar una página y otra para ver dónde le conduce la siguiente… hasta el final. El sitio de Viena es un viaje apasionante.

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El discreto encanto de William Castle en tres películas

Homicidio

William Castle y su discreto encanto. Todo un personaje que durante finales de la década de los cincuenta y los sesenta se especializó en películas de terror de bajo presupuesto. Como director y productor creía en sus películas y organizaba unas promociones de lo más originales. Al igual que Alfred Hitchcock, utilizaba su imagen para publicitar las películas, pero con un sentido del espectáculo tan elevado que incluso intervenía en medio de la película (con su voz en off) para advertir al espectador que tal vez debía marcharse de la sala porque a lo mejor no aguantaba lo que iba a ver a continuación. O se inventaba mil y un artilugios en la propia sala de cine para dar más emoción a su obra… Prometía momentos tremendos, espeluznantes. Y hoy sus películas tienen un encanto y una candidez especial. William Castle sabía cómo contar sus historias, entretener, a pesar de no emplear grandes presupuestos. Si algo tenía era sentido del espectáculo.

Las tres que voy a comentar son historias bien construidas, donde curiosamente lo más caducado (sobre todo en dos de ellas), pero a la vez con gran encanto, son los efectos especiales para provocar los momentos de máximo terror. En las tres cuenta con la colaboración del guionista Robb White, famoso novelista de aventuras. La mejor de las tres y más sorprendente es sin duda Homicidio (Homicidal, 1961). Esta sigue la senda abierta por Hitchcock y su Psicosis (1960). Después La mansión de los horrores (House on Haunted Hill, 1959), que posee un encanto especial pues bajo la apariencia de película sobrenatural, de terror y de fantasmas se esconde una película de suspense y crimen perfecto. Y, por último, con una inocencia y una candidez que desarma (no obstante el máximo protagonista es un niño), así como un sentido del espectáculo genial (casi de feria), Los 13 fantasmas (13 ghosts, 1960).

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Coctelera de películas. La bailarina (La danseuse, 2016) de Stéphanie Di Giusto / Eden Lake (Eden Lake, 2008) de James Watkins / Las dos vidas de Audrey Rose (Audrey Rose, 1977) de Robert Wise / Las furias (The furies, 1950) de Anthony Mann

La bailarina (La danseuse, 2016) de Stéphanie Di Giusto

La bailarina

La bailarina, ópera prima donde se nota la investigación alrededor de un personaje: Loïe Fuller. Aquellos que buscan primeras imágenes filmadas recordarán a una mujer con un enorme traje blanco y realizando movimientos que asemejan a una mariposa que serpentea con sus alas. Loïe Fuller patentó (y la costó casi la vida) un baile-espectáculo que fue muy imitado, donde era importante el traje blanco, los efectos de iluminación y el movimiento de dos varillas. Pero además Fuller era todo un personaje.

De mujer de vida compleja en el lejano oeste a mujer que salta al otro lado del océano para llegar a ser bailarina del popular cabaret Folies Bergère, y que logra pisar el escenario del Teatro de la Ópera de París. Fuller se construyó a sí misma, y creo con sumo cuidado su baile-espectáculo. Stéphanie Di Giusto se decanta por la forma y crea imágenes de una belleza casi onírica: tanto los ensayos, como los propios bailes, tienen un halo especial. Hay un momento en que Fuller y sus bailarinas parecen ninfas del bosque. La máxima rival de Fuller fue Isadora Duncan, con la cual estableció una compleja relación además de un posible enamoramiento. Si una era todo telas y efectos especiales. La otra era poca tela, la desnudez del cuerpo y su movimiento…

La bailarina es una película imperfecta, pero tiene imágenes de gran belleza, casi onírica. Además está rodeada de un halo de decadencia que cubre la historia y a los personajes. Y que muestra el final de un siglo y el principio de otro lleno de incertidumbres. Una decadencia que va de un lejano oeste en el ocaso a un París donde se va apagando una aristocracia que ya no encuentra lugar (con ese personaje oscuro del conde Louis d’Orsay)… y donde destaca una atormentada (mental y fisícamente) y vanguardista Loïe, tanto en su arte como en sus relaciones personales.

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Ciudad en sombras (Dark city, 1950) de William Dieterle

Ciudad en sombras

William Dieterle es de esos hombres que nació con el cine y tocó todos los caminos hasta llegar a la dirección, un pionero. Fue de aquellos que emigraron de Europa (en concreto de Alemania, era judío) a Hollywood, aprovechando ese periodo en que se hacían versiones de películas sonoras, según el idioma (cuando todavía no existía ni el doblaje ni los subtítulos). Dieterle es un director en el sistema de estudios, que trabajó muchos géneros. Bucear por su filmografía permite encontrar todo tipo de sorpresas: desde una película como Blockade (1938), que transcurre ni más ni menos que en la Guerra Civil española, con Henry Fonda y Madeleine Carroll, a una de las películas más delirantemente románticas en Hollywood como Jennie (1948). O responder a Roberto Rossellini con su Stromboli e Ingrid Bergman…, con la misma Anna Magnani en Vulcano (1950). Y ese mismo año dirige también la interesante Ciudad en sombras. Una película con aires de cine negro, gotas de suspense y asesino en serie, con hilos de redención y melodrama. Además de ser el primer papel protagonista de Charlton Heston en Hollywood.

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Al morir la noche (Dead of night, 1945) de Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden, Robert Hamer

Al morir la noche

Al morir la noche tiene una estructura circular y es una película llena de historias extrañas, como años después poblarían la mítica serie americana En los límites de la realidad (The Twilight Zone) o la serie bajo la efigie de Alfred Hitchcock. Sin embargo, la precursora de esas series de culto sería esta película de los estudios Ealing (que pronto se identificarían bastante más con comedias de humor británico y con un punto de humor negro muy especial…, que por cierto, también ese tipo de humor está presente en Al morir la noche). La propia historia que sirve de hilo conductor es como una pesadilla premonitoria, de la que nunca se sale… donde todos los personajes están rodeados por un halo de misterio, de extrañamiento y rareza. Todas las narraciones cinematográficas están rodadas por diferentes directores que trabajaban en esos momentos en el estudio y que además dieron personalidad propia al sello Ealing: el brasileño Alberto Cavalcanti y los británicos Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer.

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El original y su remake. Dos en el cielo (A Guy Named Joe, 1943) de Victor Fleming/Always (Always, 1989) de Steven Spielberg

Primero conocí el remake y más tarde la película original. Curiosamente Always es una de las películas más denostadas de Spielberg, pero a mí me encanta. Un año después triunfaría otra película de amor más allá de la muerte, Ghost, que me parece mediocre y peor construida que Always (y reconozco que la vi en su momento y la disfruté: uno de mis secretos inconfesables es mi simpatía por Patrick Swayze). Always es una película con corazón y con un amor inmenso hacia el original clásico. Y como siempre regala momentos visuales que suelen ser sello de Spielberg. Dos en el cielo y Always cuentan una historia de amor, libertad y muerte: la de Pete y Dorinda o Dorinda y Pete. Y entre medias se cruza el bueno de Ted. Y en el guion de ambas sobrevuela Dalton Trumbo.

Dos en el cielo (A Guy Named Joe, 1943) de Victor Fleming

Dos en el cielo

Durante y después de la II Guerra Mundial hubo una corriente de películas de corte fantástico que hablaban de milagros o de vidas después de la muerte. Y en ese ciclo de películas se enmarcaría Dos en el cielo de Victor Fleming. Una forma de consuelo para todos aquellos que perdían seres queridos en el campo de batalla o una esperanza de vida futura para los que llegaban con fuertes secuelas físicas y psíquicas. Así nos encontramos con Su milagro de amor de John Cromwell o A vida o muerte de Michael Powell, Emeric Pressburger.

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Después de la oscuridad (Home Before Dark, 1958) de Mervyn LeRoy

Después de la oscuridad

Y es que Jean Simmons fue una actriz británica con un rostro de ángel capaz, sin embargo, de albergar fragilidades y sombras en su interior. Mervyn LeRoy la dirige en un drama psicológico donde Simmons abre su abanico y presenta un personaje complejo al borde de la caída al abismo. Después de la oscuridad es la historia de un regreso: el de Charlotte Bronn. Después de estar internada en un centro psiquiátrico, vuelve a su hogar junto a su marido. Allí viven también la madrasta y la hermanastra de Charlotte. Además hay un nuevo inquilino: un compañero de trabajo de su esposo, ambos ejercen como profesores en una universidad. No se hace hincapié en qué fue lo que la llevó al centro: se mencionan sus obsesiones, ataques de ira y una depresión. El doctor tiene una charla con su marido: le dice que no es fácil volver a la rutina y que puede sufrir una recaída.

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