Un tren en un paisaje casi desértico que se para en un pequeño pueblo, como abandonado a su suerte. Un hombre mayor y de negro con un solo brazo que desciende (Spencer Tracy)… Así empieza Conspiración de silencio de John Sturges. Con ingredientes de western (en una película que pronto descubrimos que no es puramente de este género). Los primero que sabemos es que hace unos cuatro años que el tren no para en esa estación, que el hombre manco solo va a estar 24 horas, que busca a un granjero japonés que se llama Komaco y que no es nada bien recibido… Nos enteramos también que acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial… Así los ingredientes de western tardío se van tintando de suspense e intriga. Y todo con buen ritmo y pulso, no dejando descanso a la atención del espectador.
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Phoenix (Phoenix, 2014) de Christian Petzold
Nota: Si todavía no la has visto, no leas este post pues desvelo partes de la trama. Y esta película es para verla sin saber absolutamente nada.
… Desde el principio surgen las tristes notas de Speak low, una canción que dota de una circularidad perfecta a Phoenix del alemán Christian Petzold. Las notas tristes de los créditos nos devuelven a una mujer sin rostro y esa misma mujer, reconstruida, recuperará la voz en un final, hermoso y triste por igual, que esconde un reconocimiento que abre una puerta (a la vez que la cierra). Un reconocimiento que rompe y rasga, que dota de todo su significado el periplo de Nelly, la protagonista (Nina Hoss)…, un reconocimiento que remueve al que mira. La sensación es algo así como ese reconocimiento de la florista, en un pasado reciente: ciega, cuando toca el rostro del sin hogar, que sonríe triste al ser “descubierto” por el ser amado en Luces de la ciudad.
Solo que en Phoenix hay unas gotas de cine negro en color y raudales de desencanto. Solo que en Phoenix es la historia imposible de recuperar un amor fantasma del pasado para poder vivir y enfrentarse a un presente insoportable. Solo que Phoenix es una película sobre cómo reconstruir una identidad arrebatada brutalmente. Solo que Phoenix es cómo ocultar un pasado que avergüenza, bien por sentimiento de culpa, por el silencio o por ser partícipe…
Nelly regresa sin rostro de Auschwitz… y lo único que la ha mantenido viva es seguir enamorada del tiempo que vivió con Johnny (Ronald Zehrfeld), su marido. Ella era cantante. Él, pianista. Nelly le busca, necesita ser reconocida… aunque su amiga Lene (Nina Kunzendorf) le recomienda que empiece desde cero (irse ambas a Palestina), incluso un cirujano le dice que casi es mejor reconstruirse un rostro nuevo… Hay sombras de traición sobre Johnny… que Nelly se niega ni siquiera a escuchar. Solo quiere ser la Nelly de antes del campo de concentración, ser ella misma. Y un día andando, en busca de su marido, por un Berlín en ruinas entra en un cabaret, su nombre brilla en luces de neón como una aparición entre tanta desolación, Phoenix…, allí recibirá otro mazazo a su identidad rota cuando su propio marido, Johnny, no la reconoce. Y en ese instante una triste película de cine negro, a lo Robert Siodmak, sobre un amor imposible nacerá en cada fotograma… que recogerá ecos de Vértigo pero mucho más desoladores y tristes.
La pista sobre Robert Siodmak la aporta el propio director cuando en varias entrevistas le preguntan por sus referentes cinematográficos y no duda en nombrar a este realizador alemán, que después sería el creador de un cine negro especial en Hollywood. Un cine de luces y sombras en sus personajes y de amores trágicos, obsesivos e imposibles rozando el amor fou en ambientes en ruinas, con brumas de pesadilla. Así en Phoenix hay huellas de Luz en el alma y de la desolación y el desencanto que campan en Forajidos o El abrazo de la muerte… Christian Petzold atrapa para su historia la atmósfera que creaba su compatriota en estas películas de blanco y negro.
Los ecos de Vértigo están en el aire… Porque lo que Nelly trata es de resurgir de su pasado para poder de nuevo reconstruirse. Reconocerse. No quebrarse. No romperse definitivamente. Nelly quiere resurgir de entre los muertos. Aunque a ella misma le cuesta someterse al juego que propone su esposo, que no la reconoce pero sí intuye un parecido a una esposa que él da por muerta (pero no quiere saber ni cómo ni dónde ni por qué…, de esta manera se protege de la culpa y el remordimiento), que también quiere que regrese una Nelly sin traumas, que todos la reconozcan (que nadie guarde sentimiento de culpa)… Y quiere que todas la reconozcan por un motivo poco romántico, muy poco romántico. Ella misma es consciente de lo inverosímil que es bajar de un tren perfectamente maquillada, con un traje rojo y unos zapatos parisinos… Todos, por distintos motivos, quieren ahuyentar el horror, borrar la huella…
Nelly quiere recuperar lo perdido, ser aquella Nelly profundamente enamorada… hasta que otro hecho traumático la hace descubrir que no puede seguir viviendo esta ficción, que tiene que ponerle un final… Lo trágico es que a veces ambos, ella y él, sienten irremediables ganas de hundirse en la ficción que están creando para huir cada uno de sus pesadillas… Las miradas lo dicen todo. La llegada de un tren con una sombra del pasado y el encuentro serán perfectos… porque nada les gustaría más que ese pasado próximo no hubiese irrumpido en su historia… pero sobre todo Nelly sabe, en ese momento, que ya es demasiado tarde… y entiende que no puede recuperar algo que ya no existe (y quizá ni siquiera existió).
Phoenix haría una buena sesión doble con Ida del polaco Pawel Pawlikowski porque las dos en cierto sentido hablan de identidad y de cómo un pasado rompe y desgarra, de lo difícil que es enfrentarse al presente. Porque las dos muestran rostros de mujeres que, cada cual a su manera, tratan de reconstruirse (Ida y Wanda/Nelly y Lene). Y como a veces los más fuertes esconden un daño que les quiebra definitivamente y cómo los aparentemente más débiles consiguen, finalmente, reconstruirse por extraños caminos. Y porque las dos películas se plantean diferentes formas de cómo representar o acercarse al horror del Holocausto y a las secuelas posteriores.
La canción de Kurt Weill, que envuelve su banda sonora, avanza a través de la historia de Nelly. Y si las primeras notas las oímos en la absoluta oscuridad, con una mujer sin rostro… Nelly termina cantándola a la luz del día sintiéndose de nuevo, otra vez, ella y sin necesidad de ocultar su identidad y su pasado… pero ya es demasiado tarde, amor. Me has reconocido pero ya es demasiado tarde…
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La profesora de historia (Les héritiers, 2014) de Marie-Castille Mention-Schaar
Esta película francesa logra que salgas de la sala con unas inmensas ganas de debatir y reflexionar. Así que su directora Marie-Castille Mention-Schaar (primer trabajo que veo de ella) logra una buena propuesta cinematográfica para hablar de la importancia de la historia como asignatura. Así queda un testimonio sobre la importancia de la escuela pública, de los buenos maestros con vocación y lo fundamental que es impartir asignaturas como historia desde una filosofía acertada: la historia no solo se aprende, no solo consiste en coger apuntes y memorizar fechas…, la historia se comprende, se entiende, se debate, se discute…, la historia enriquece al individuo, abre los ojos, recupera la memoria, hace reflexionar… ¿Qué herencia deja la historia? ¿Quién recoge esa herencia? ¿Cómo se transmite? ¿Cómo se aplica? ¿Quién la aplica?… Los adolescentes plurales, pertenecientes a una sociedad compleja y multicultural, son los herederos de la historia (… me resulta muy interesante la metáfora del título original de la película).
La profesora de historia parte de una situación real: los alumnos de una clase conflictiva y difícil de un instituto (Liceo Léon Blum) se presentan, animados por su profesora de historia, al concurso nacional de la Resistencia y la Deportación cuyo tema es: Niños y adolescentes en los campos de concentración nazis. Este trabajo colectivo repercute en la vida de los alumnos.
La película plantea un montón de temas interesantes y complejos… y quizá se deja llevar al final por una narrativa clásica hollywoodiense (digamos que tira por el camino más fácil) pero aun así no lastra la interesante propuesta cinematográfica. Por otra parte la directora toma en algunos momentos interesantes y efectivas decisiones para la puesta en escena de lo que quiere contar. El mismo punto de partida y la génesis de esta película llama la atención: uno de los alumnos que participó realmente en este concurso se puso en contacto con la propia directora, después de haber visto su primera película, con un esbozo de guion sobre ese acontecimiento de su vida. A ella le gustó esa historia y lo que le contó ese alumno… Y se puso en marcha el proyecto. No solo contactaron con la profesora sino que además el alumno, Ahmed Dramé, además de ser un importante asesor, actuó en la película como uno de los protagonistas, Malik.
La película arranca con una escena potente en la que muestra un conflicto en los pasillos del centro educativo y sitúa perfectamente lo que se nos va a contar. Una chica musulmana va con su madre, ambas con el velo, a recoger el certificado de selectividad. Por una parte tanto la jefa de estudios como el director les niegan el certificado y la entrada al centro porque llevan el velo… y se están saltando el principio de laicidad del instituto. Por otra parte la adolescente explica que ha respetado durante todos sus años de alumna ese principio y que ahora tan solo viene a por el certificado, y que ellos no están respetando su libertad de expresión, su derecho a ponerse el velo, su identidad… Así la película desde el principio plantea cómo las cuestiones no son ni blancas ni negras, cómo es difícil el diálogo, el punto de encuentro, y la posibilidad de enfrentar dos puntos de vista sobre una cuestión… Y nos sitúa en el centro educativo y en su universo multicultural. Esos pasillos, espacios educativos y aulas vacías, que enfoca la cámara varias veces… están habitados por unos individuos que se mueven en él: cuerpo docente, alumnos y padres, que dan un significado especial a este espacio y a lo que ocurre en él.
Después nos muestra el primer día de clase de una profesora de historia con años de experiencia y mucha vocación con unos alumnos conflictivos y difíciles. La profesora tiene el rostro de Ariane Ascaride (actriz habitual de las películas de su compañero Robert Guediguian). Y es la que se propone atrapar la atención de los alumnos y creer en ellos desde el primer día. Anne Gueguen, la profesora, no es derrotista y no piensa que sus alumnos no llegarán a nada, cada año es un reto que toma siempre con energía. Así que ese año trata de enganchar a esa compleja clase, presentándoles al concurso y haciendo un trabajo colectivo de recuperación de la memoria. Pero les deja ver que no solo es importante la forma que den a ese trabajo, sino que deben dotarlo de contenido, un contenido que sea una reflexión continua. Y el caso es que logra engancharles. Las fuentes a las que acuden son diversas: los libros, una visita a un museo sobre el genocidio, fotografías, los cómics, las películas… y el escuchar el testimonio de un superviviente. Esta es otra de las interesantes decisiones de Marie-Castille Mention-Schaar, introduce en la ficción el testimonio real del recientemente fallecido Léon Zyguel. Este hombre acude a esa clase ficticia y derrama sus palabras y su experiencia.
Marie-Castille Mention-Schaar esboza temas muy complejos pero los deja en un esbozo y finalmente se decanta por una narración de superación y premio al esfuerzo. Entre los esbozos está la presencia de un alumno, el único que abandona el concurso, que claramente se ve su implicación en el extremismo religioso lo que le impide involucrarse en un proyecto que va a remover (y reflexionar sobre) sus recién adquiridas creencias. Y otros interesantes esbozos se encuentran en los planteamientos y conflictos que viven cada día los alumnos de la clase de la profesora de historia, pero solo se ve la punta de esos conflictos. Por otra parte, sin embargo, sí que se empapa de cómo plantear una asignatura como la historia y sí que encuentra el sentido de esta clase en los institutos y universidades. La directora maneja un contenido interesante, complejo e inteligente… pero no encuentra la forma potente (tan solo en momentos concretos) para mostrarlo con fuerza.
La profesora de historia es, sin embargo, una interesante propuesta cinematográfica para después realizar una intensa sobremesa en una terracita…
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DocumentaMadrid 15 (segunda parte). Of men and war (Des hommes et de la guerre, 2014) de Laurent Bécue-Renard/ The seventh fire (The seventh fire, 2015) de Jack Pettibone Riccobono
Of men and war (Des hommes et de la guerre, 2014) de Laurent Bécue-Renard
Las consecuencias psicológicas de una guerra, las heridas abiertas, quedan muchas veces en el olvido y ocultas. Son complejas y duras, difíciles de entender y de curar. En 1946 John Huston mostraba en un documental, Let there be light, los traumas que provocaba la guerra, la Segunda Guerra Mundial, en un grupo de soldados norteamericanos. Lo que recogía la mirada del realizador hizo que el propio Ejército de los Estados Unidos (que encargó el documental a Huston) no la distribuyese hasta 1980. Porque mostraba heridas mentales, desnudaba a hombres rotos que hacen saltar por los aires el mito del guerrero que regresa a casa dispuesto a llevar las riendas de su vida con fuerza. Porque enseñaba hombres que contaban una verdad, que el Ulises que regresa de La Odisea tiene traumas y que pierde las riendas, y que a veces logra cerrar las heridas y que otras se hunde definitivamente.
Otra de las guerra traumáticas para otra generación de jóvenes norteamericanos fue Vietnam. Y el regreso tampoco fue fácil, no solo no eran héroes sino que estaban tan rotos que no encontraban hueco alguno en una sociedad desencantada que los rechazaba porque no entendían, como ellos tampoco, qué hacían en esa guerra. Así también la ficción golpeaba al espectador mostrando reflexiones incómodas y cómo el horror de una guerra destroza a toda una generación, a los que fueron y a los que se quedaron. Seres humanos rotos en pedazos. Así Elia Kazan en su penúltima película, Los visitantes (1972), cuenta la historia de Bill, silencioso y pasivo, que no vuelve a hablar nunca de su experiencia en Vietnam, cuando un día recibe la visita de dos hombres para devolverle un pasado que no puede enterrar. Tres jóvenes transformados y destrozados por la violencia. Tres hombres que arrastran una contienda en la que se hicieron e hicieron cosas terribles. Uno reacciona sin saber enfrentarse a nada, un muerto en vida, y los otros responden con violencia y caos que fue lo que aprendieron en un campo de locura salvaje… Y mientras una sociedad desencantada que no trata de entender, que rehúye la mirada. Es de las películas más incómodas y pesimistas del realizador.
Y ahora son otras guerras y otras heridas que generan traumas y que hacen regresar a hombres rotos de cuya situación es mejor no hablar mucho. Pero el documentalista Laurent Bécue-Renard sigue mirando y atrapa con su cámara a otro grupo de hombres norteamericanos rotos por la guerra (ahora es Iraq o Afganistan) y asiste durante un tiempo largo a una terapia de grupo para tratar el estrés postraumático en un centro especializado The Pathway home. El terapeuta, un veterano de la guerra de Vietnam, trata de proporcionarles las herramientas para superar el trauma y recuperar sus vidas, levantarse. Así somos testigos de testimonios espeluznantes que les destrozan por dentro pero que también generan una capacidad en cada uno de autodestruirse. Y así caen por un tobogán en que arrastran a padres, hijos, esposas, novias… que son testigos de su hundimiento y que muchas veces no saben cómo actuar, a veces se rompen totalmente los lazos. Unos pierden el control, otros no pueden enfrentarse a los problemas diarios y se ocultan en el alcohol o las drogas, el de más allá no puede dormir, otro solo sabe responder con la violencia, más allá uno no deja de temblar o cuando está estresado le visitan mil tics…
Laurent Bécue-Renard deja fluir el tiempo y los momentos más íntimos entre las terapias de grupo (con las explosiones de ira, con los traumas que les impiden vivir…), la convivencia en el centro terapéutico con pequeños actos cotidianos como la pausa del cigarro o algunas fiestas, excursiones, desfiles y encuentros familiares; y la vida de estos hombres, que están tratando de salir del pozo, con sus hijos, padres, novias o esposos, sus intentos por reconstruir su día a día. Algunos logran sobreponerse, es decir, manejar el trauma; otros se quedan en el camino y otros prefieren desaparecer (y recuerdas ese rostro –y su voz– que trataba de superar el trauma)…
Primeros planos para aquellos que deciden dar el primer paso y expulsar sus miedos, temores y traumas en la terapia con momentos de respiro (con presencia del entorno) que tratan de reflejar el intento continuo de regresar a la vida cotidiana, de enfrentarse a los problemas diarios, de convertirse en hijos, padres, novios o maridos.
Of men and war es el segundo documental de la trilogía “Genealogy of Wrath” donde el director trata de analizar las consecuencias psicológicas de las contiendas bélicas. En el primero, War-Wearied, descubría el impacto de la guerra de Sarajevo en tres mujeres viudas que trataban de superarlo en un centro de terapia rural. Sin duda una genealogía de la ira que muestra heridas de difícil curación. Hal Ashby en El regreso (1978) hacía que unos personajes dijeran a un soldado herido psicológicamente, a punto de perder los estribos: “No somos tus enemigos, el enemigo es esa guerra”, y eso es a lo que se enfrentan los jóvenes de Of men and war, que viven su regreso y todo lo que conlleva como amenaza, la incorporación a la vida cotidiana les mata poco a poco mientras entierran sus traumas y heridas de guerra o se sienten incapaces de salir de ese campo de batalla que les quebró por dentro.
The seventh fire (The seventh fire, 2015) de Jack Pettibone Riccobono
… Hay un momento en que uno de los protagonistas del documental The seventh fire dice que su nombre nativo es Pájaro de trueno (Thunderbird). Y es como si ese personaje volara a la velocidad de un trueno sobre su realidad en Pine Point, una localidad nativa en el norte de Minnesota en la reserva india de White Heart. Un lugar que atrapa los destinos de Rob Brown, ese pájaro trueno, y del adolescente Kevin, que ante un mundo sin futuro y sin salidas, piensa en convertirse en gánster, en ser un líder de banda como lo es Rob.
Ambos pertenecen a la comunidad ojibwe, comunidad atrapada entre unas bandas que traen más desolación y menos futuro, que llevan droga y alcohol, y un intento de mantener su pasado, raíces y cultura. Pero esas bandas son formadas por personas como Rob y Kevin que han vivido en una situación de exclusión continúa, con unas vidas complicadas donde han recibido más palos que oportunidades. Porque Pine Point no es un sitio fácil en el que vivir, no es un sitio fácil en el que encontrar una salida. Porque a las comunidades nativas norteamericanas se las apartó del mapa y de la historia, se las enterró en el olvido, en un universo sin salida posible y se las robó su identidad.
The seventh fire golpea al espectador y se empapa de la lírica del perdedor en las palabras de Rob, que siempre le gustaron las palabras y que encuentra en la literatura una manera de expresarse y de entender con lucidez su situación, aunque caiga una y otra vez. Pero también es arrastrado por el destino sin esperanzas de Kevin, un adolescente que lucha por no caer pero en la encrucijada de la vida decide seguir los pasos para convertirse en un ideal cinematográfico, ese Tony Montana con cara de Al Pacino, que logra salir del hoyo y la miseria aunque sea delinquiendo…
Además Rob suelta la pulla exacta al espectador cuando se ríe diciendo que sí que la película la verán los europeos y asiáticos que quieren mucho a los indios y así calla que no la verá ni Dios en Estados Unidos. Así dispara que unos verán el documental desde pantallas lejanas simplemente para saciar su curiosidad sobre unas comunidades que han visto reflejadas y han amado y analizado en el género western y otros, ni siquiera se acercarán a su situación, ni les importa. Suavemente duro y… sobre todo cuando está sumergido en una fiesta con droga y alcohol de por medio, cuando da igual callar o no.
Pero en esa lírica del perdedor (un perdedor de dimensiones gigantescas) y en ese destino sin esperanzas (de un adolescente que desciende) surgen imágenes de gran belleza en The seventh fire porque Jack Pettibone Riccobono mezcla las palabras de sus protagonistas con imágenes logrando significados dolorosos. Como ver el mito de Perséfone en el rostro de una niña o sentir la mirada de un pájaro de trueno que mira desde arriba con desolación y belleza, o cómo a pesar de todo tratan de protegerse unos a otros como lobos de una manada como cuentan las leyendas (aunque se rompan poco a poco en los intentos) o sueñan con el regreso de su identidad y orgullo ante imágenes antiguas suyas o de sus ancestros… o corren y se ocultan entre la frondosa vegetación donde pueden perderse a sus anchas, sin que nadie mire, sin que nadie persiga, sin que nadie arrebate su identidad , sin que nadie juzgue…
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Ramillete de minicríticas: un cuento, una de dibujos, una de intriga, un thriller, una comedia musical y una película sobre la crisis económica
Cenicienta (Cinderella, 2015) de Kenneth Branagh
A veces llama la atención la trayectoria de ciertos directores. Así ocurre con Kenneth Branagh, su carrera empezó a finales de los ochenta y se caracterizó por personales adaptaciones cinematográficas de las obras de Shakespeare y largos con firma de autor que reflejaron, por ejemplo, la radiografía de una generación, como Los amigos de Peter. De pronto cuando se traslada a trabajar a Hollywood y deja la cinematografía británica…, se convierte en un director de encargo que no obstante sabe lo que es dirigir. Así entrega una descafeinada Cenicienta sin ninguna imaginación, innovación o novedad en el cuento (todo lo contrario a sus adaptaciones de Shakespeare). La Cenicienta de Branagh, cercano a la imaginería que dejó la adaptación que realizó Disney en su versión de cine animado, sí deja ver su dominio como director en la puesta en escena y en su conocimiento de los recursos teatrales poniendo al servicio de la historia todo el artificio y sorpresa del teatro barroco así como el cuidado en la fastuosidad de los decorados y los vestuarios de los actores. Y consigue de nuevo enganchar al espectador, a través del asombro sobre el escenario de la historia, a un relato que conoce sobradamente.
El capital humano (Il capitale umano, 2014) de Paolo Virzi
Paolo Virzi sigue analizando la evolución de las familias italianas (y las complejas relaciones entre los distintos miembros), y si en La prima cosa bella se centraba en la situación de una familia en los años setenta hasta la actualidad, en El capital humano se sirve del argumento de la novela de Stephen Amidon para realizar una radiografía actual de las familias italianas y cómo ha influido en ellas la crisis económica. Así con el atropello de un ciclista, analiza el comportamiento de una familia de clase alta y otra de clase media en un relato cinematográfico que cuenta con diferentes puntos de vista para llegar al mismo momento (el accidente) y narrar las implicaciones que supone este suceso en cada uno de los personajes. Cada punto de vista revela acontecimientos que no habíamos tenido en cuenta en miradas anteriores construyendo un relato demoledor sobre la Italia en crisis (sobre los que siempre ganan y los que siempre siguen perdiendo). Si bien uno de los puntos de vista es el más débil del relato y el más efectista (los amores adolescentes), la película deja el retrato demoledor de tres personajes interpretados por: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi y Fabrizio Gifuni. Como curiosidad comentar que quedaría un ciclo curioso sobre la crisis y el poder del dinero el proyectar El capital humano, Felices 140 y Relatos salvajes.
La familia Bélier (La famille Bélier, 2014) de Eric Lartigau
La familia Bélier sabe dosificar la emotividad, el humor, la ternura, los momentos musicales en su punto justo. El conflicto surge cuando en una familia rural donde todos son sordos (los dos padres y el hermano menor), la hija, la única que oye, tiene un don para la música y decide participar en un concurso que la llevará a París. Tal y como han hecho “el reparto de responsabilidades y trabajo” en esta familia parece insustituible la labor de la joven, más todavía cuando su padre pretende presentarse a la elecciones locales. Así Eric Lartigau (nunca me había llamado la atención como director) construye una película-medicina que no solo deja canciones de Michel Sardou que emocionan (me sorprendí yo misma llorando sin parar mientras escuchaba “Je vais t’aime” y “Je vole”) sino unos personajes con los que es inevitable encariñarse. La familia Bélier es una comedia sensible y sencilla (a la que quitaría tan solo algún que otro chiste de índole sexual que me sobran totalmente en la trama y algún secundario excesivamente caricaturesco) que además cuenta con las buenas interpretaciones de François Damiens, que mantiene una química especial con la debutante y cantante Louane Emera (que cuenta su mejor baza con su naturalidad), Karin Viard y un carismático Eric Elmosnino como profesor de música. El director inserta recursos cinematográficos para “representar” el mundo silencioso o el propio de la protagonista viviendo con todos sus familiares sordos que funcionan, como la presentación de la protagonista dando especial importancia a todos los sonidos que solo ella puede escuchar o el momento en que ofrece “cómo oyen” los padres y su hermano la actuación de la protagonista en un festival escolar.
Odessa (The Odessa file, 1974) de Ronald Neame
Casi es un subgénero aquellas películas que cuentan el paradero de nazis después de la Segunda Guerra Mundial. Así es imposible olvidar títulos como Los niños del Brasil, Maraton Mann, La caja de música o la misma Odessa. Y las más recientes La conspiración del silencio o El médico alemán. Odessa narra la odisea (valga la redundancia) de un joven periodista alemán freelance, con el rostro de Jon Voight, que comienza a investigar el caso de un suicidio, un anciano judío. La casualidad y el destino le llevará a perseguir a un antiguo dirigente nazi, Eduard Roschmann (Maximilian Schell), que ahora vive como un respetable y rico empresario con otro nombre. Así el periodista descubre un movimiento que se dedica, precisamente, a dar otra identidad a nazis y a conseguir que de nuevo se hagan con el poder en Alemania ocupando importantes puestos. La cinta empieza cuando el periodista escucha en la radio de su coche la muerte del presidente de los EEUU, John F. Kennedy, y cómo presencia casi a la vez la salida de un cadáver de un portal, un cadáver al que probablemente ningún medio le dedicará unas líneas. Sin embargo esa muerte le pondrá tras una historia más unida a su pasado de lo que cree (ese pasado que la sociedad alemana quiere enterrar en el olvido y el silencio, algo que aprovechan las personas que ponen en marcha Odessa y que dificulta la lucha de otros por devolver la dignidad a las víctimas de un genocidio y por juzgar a los criminales). Ronald Neame crea un thriller con apasionantes persecuciones, escenas de tensión (como un “falso accidente” en el metro) y desvelos hasta un final inesperado.
Chacal (The Day of the Jackal, 1973) de Fred Zinnemann
Hay películas que cuentan con un personaje que es capaz de sostener toda una trama. Y esto ocurre con esta eficaz intriga que elabora el veterano Fred Zinneman. Chacal es un asesino contratado para matar al general Charles de Gaulle. Después de contextualizar la narración (explicar brevemente la situación histórica de Francia y que es la OAS), aparece el misterioso Chacal (Edward Fox), del que nadie sabe a ciencia cierta su verdadera identidad, y su laborioso plan para llevar a cabo su encargo: el perfecto asesinato de Charles de Gaulle. Y así se convierte en el rey de la función. Todo gira alrededor de él y su calculada y fría personalidad. Así la película intercala las acciones de Chacal con el proceso de investigación que llevan a cabo las autoridades francesas. El principal responsable de la investigación es un comisario con rostro de Michael Lonsdale, un tipo inteligente con pinta de funcionario gris que seguirá sin descanso a Chacal…
Paprika, detective de los sueños (Papurika, 2006) de Satoshi Kon
La animación japonesa, anime, es un terreno absolutamente rico (y muy desconocido para Hildy… aunque va indagando de vez en cuando en pequeñas dosis a base de recomendaciones de amigos entusiastas) y con una historia intensa. Dentro del anime japonés hay iconos. Algunas de estas películas saltan fronteras. Así las películas de Hayao Miyazaki o de Isao Takahata (ambos fundadores del mítico estudio Ghibli) tienen fieles apasionados más allá de Japón. Otro nombre con largometrajes de anime de culto es el de Satoshi Kon, que crea también su personal universo. Así sorprende la riqueza de Paprika, detective de los sueños que envuelve al espectador en un mundo onírico y sin sentido con un montón de referencias cinematográficas (que mejor representación del mundo de los sueños que una sala de cine). La animación ayuda a verter la imaginación desbordada y extraña por parte de Kon en la pantalla blanca y sus personajes se meten en sueños ajenos o en los propios o llegan momentos en que no sabemos si habitan el mundo real o onírico para desarrollar una complicada historia de detectives, científicos y tecnología punta. Todo entra en Paprika: la inconsciencia de los sueños, los miedos más profundos, el erotismo, la amistad, la fantasía y el amor desbordado y complejo. Este anime ha influido en cineastas como Christopher Nolan que sin duda antes de meterse en Origen, conocía el especial universo onírico de Kon en Paprika.
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El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987) de Steven Spielberg
Hay películas que en la infancia de alguna manera te dejan marcada y no vuelves a ver. Eso me había pasado con El imperio del sol y cuando hace apenas unos días he vuelto a verla, me he encontrado con una gran película y quizá entiendo por qué me gustó de niña, cuando casi era de la misma edad de Christian Bale. Quizá sea la película de Steven Spielberg que me parece más redonda. El imperio del sol no pretende explicar o ser una crónica de la Segunda Guerra Mundial, sino que es un relato cinematográfico sobre un niño seguro, que no le falta de nada, ni el amor de sus padres… y su descenso a los infiernos cuando ocurre el máximo miedo que le puede ocurrir a un niño: perder a sus padres, quedarse absolutamente solo y tener que sobrevivir. Y las circunstancias se dan en plena Segunda Guerra Mundial. El relato cinematográfico lo vamos viendo a través de los ojos de James Graham (Christian Bale), un niño inglés de clase alta que vive con sus padres en Shanghai a punto de ser ocupado por el ejército japonés. A lo largo de la película, vamos viendo la lucha por la supervivencia de un Graham solo, un niño inteligente y sensible, complejo, que poco a poco encuentra una manera de subsistir: separar su mente de la realidad dura que está viviendo.
Desde el principio vivimos con James la tensión que se respira en el ambiente pero sin saber muy bien, como él, qué es realmente lo que ocurre. Algo se cuece en las calles de Shanghai y el modo de vida de las familias como las de Graham está a punto de extinguirse. Siguen viviendo como privilegiados en un mundo hostil y James poco entiende más que su aburrimiento en el coro (posee una voz prodigiosa) y su amor por los aviones, por todo tipo de aviones, en especial los japoneses. Una de las escenas clave de esta primera parte será el recorrido en limusina de la familia de James a una fiesta de disfraces, como si fueran absolutamente ajenos (casi de otro planeta) a lo que realmente está ocurriendo en las calles…
Después de su accidental separación de sus padres, James no asume su situación hasta que tiene hambre y en su mansión vacía no encuentra nada que llevarse a la boca. Entonces decide entregarse a los japoneses para comer y que le lleven con sus padres…, pero ya es alguien completamente anónimo en un acontecimiento histórico. Así se encuentra con su mentor en supervivencia, que le da cursos rápidos de la escuela de la vida. Aunque James busca ser su amigo y quererle…, se trata de Basie (John Malkovich), un buscavidas norteamericano. Terminan ambos en el campo de concentración de Soo Chow, cerca de un aeropuerto militar ocupado por los japoneses.
A partir de ahí James trata de buscar su hueco en el campo, formar parte del grupo líder de los prisioneros, que encabeza Basie. Y trapichear para que otros prisioneros consigan pequeños logros, como algo de comida o jabón, así como ayudar al médico en la enfermería. Por su parte sigue admirando a los japoneses (y sus aviones) y también trata de llevarse bien con ellos, logrando establecer una lejana relación con un niño japonés.
Como los verdaderos, duros y crueles cuentos infantiles, el tránsito de la niñez a la madurez de James está plagado de obstáculos que le harán incluso perder la razón, separar su mente de la realidad, así se vive uno de los momentos más estremecedores que es cuando los aliados bombardean el campo y él mira todo desde lo alto de un edificio sin parar de moverse y gritar… hasta que le coge el médico y le pide que por favor no piense más, que no piense más, que se calme. Y entonces James se permite llorar y echar de menos a sus padres a los que teme olvidar. Como vamos viendo todo a través de sus ojos, cada vez la realidad va adquiriendo un aspecto más de fantasía onírica dejando momentos bellísimos. Él reinterpreta la realidad como puede y luego se topa con la verdad que le golpea una y otra vez.
Fue una película que no conectó con el público en su momento y que recibió críticas que denotan no profundizar en la naturaleza de la película, que no es un tratado sobre la guerra sino la transformación o el tránsito de un niño de la infancia a la madurez en una situación extrema. Spielberg despliega su conocimiento del lenguaje cinematográfico y deja imágenes bellísimas e impactantes. Sabe contar en imágenes. Y además por el material del que parte (la autobiografía del autor de ciencia ficción, J. G. Ballard) y por el guionista que adapta la obra, el dramaturgo Tom Stoppard, no cae en el edulcoramiento y sentimentalismo de la historia, sino que se adentra en las partes oscuras y duras, sobre todo en la compleja relación que se establece entre el niño y el buscavidas.
Desde los ojos de un niño, que ya está creando alucinaciones en su cerebro para poder seguir con vida, vivimos el momento crudo y horrible de la bomba atómica. James no sabe lo que ha ocurrido y en su mente de niño cree que esa luz blanca es el espíritu de una mujer muerta que yace a su lado, que ha convivido con él en el campo de concentración. Después se va enterando de que ha sido una bomba y dice: “Hoy he aprendido una palabra nueva: bomba atómica. Era como una luz blanca en el cielo, como si Dios hiciera una fotografía. La he visto”. Aquí se concentró y se concentra mucho de la crítica negativa de la película expresando que Spielberg no condenaba el empleo de la bomba atómica… pero es que dentro del contexto de la película y cómo está descrito… no existe, a mi parecer, esa polémica. Es un niño que no sabe qué está ocurriendo pero intuye el horror, que no sabe la dimensión de la bomba atómica ni los daños que dejará en su camino… Si se analiza la frase, es brutal… porque nosotros como espectadores sí sabemos el arma letal y de destrucción que es la bomba atómica.
El imperio del sol es una película compleja llena de matices, detalles y riquezas además de muy bella visualmente. Hemos visto siempre los ojos abiertos de James pero termina con sus ojos cerrados… Su duro tránsito ha terminado.
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Alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum/La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli
Hace setenta años que el ejército soviético entró en el campo de concentración de Auschwitz y se topó con el horror: un campo diseñado para el exterminio de seres humanos.
En estos momentos coinciden en la cartelera dos películas alrededor de la Segunda Guerra Mundial que tocan diferentes aspectos: la primera se centra en la figura del matemático Alan Turing y la segunda narra la historia de un joven fiscal alemán, Johann Erdmann, que en 1958 en Frankfurt se topa con una historia y unos documentos sobre Auschwitz totalmente desconocidos para él…
Las dos nos plantean distintas miradas, momentos y perspectivas para afrontar y conocer detalles de la Segunda Guerra Mundial y ambas centran parte de su trama en los años cincuenta, cuando aún el final de la guerra estaba muy cerca. Una es de nacionalidad británica y la otra alemana. Las dos se sirven de una narrativa cinematográfica clásica y correcta pero ambas narran historias que atrapan y plantean temas y reflexiones necesarias.
Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum
El director noruego Morten Tyldum pone en pie un biopic con las luces y sombras de un personaje atractivo, el matemático Alan Turing. Tyldum cuenta con un reparto acertado, una estructura cinematográfica efectiva y un personaje femenino desconocido, Joan Clerk, fuerte y tremendamente atractivo que aporta luz a la historia.
Como todo biopic muestra una mirada y un punto de vista, elude algunas partes de la historia del biografiado, hace hincapié en otras, ficcionaliza algunos aspectos, deja entrever ciertos puntos interesantes pero, al final, Descifrando Enigma logra despertar interés hacia la personalidad que retrata, Alan Turing.
El matemático tiene el rostro y la voz del actor británico Benedict Cumberbatch y en la película se estructura su vida en tres momentos cruciales que se entrecruzan a lo largo del metraje: su detención en 1952 por parte de la Policía donde se le condenaría por su homosexualidad. Su estancia en la escuela donde se haría amigo de un alumno más mayor que él, Christopher. Una amistad que le marcaría para siempre. Y por último (y el tramo más extendido) su trabajo, junto a otros compañeros (entre ellos una única mujer, Joan Clerk), para meterse en las entrañas de Enigma, una máquina con la que los alemanes creaban códigos con mensajes estratégicos para el curso de la guerra.
Varios son los elementos que me han atrapado de la trama. Primero cómo se sirve de la figura de Joan Clerk (Keira Knightley), más desconocida todavía que Turing y por lo tanto un buen vehículo para ficcionalizar, para tocar distintos aspectos de la personalidad de Turing y mostrar su cara más vulnerable y cercana. Así la película dibuja una interesante relación entre ambos donde los dos conectan y sus mentes se unen. Ambos tienen dificultades para salir a luz y poder desarrollar sus inteligencias: ella, por ser mujer en los años cincuenta y él por ser homosexual, además de otros aspectos de su personalidad que le hacen diferente como su dificultad en establecer relaciones emocionales con las personas, en los mismos años. Pero logran unirse. Ella sirve también como catalizadora para mostrar a un Turing destrozado e impedido para seguir trabajando con su inteligencia por la intrasigencia del momento.
Segundo, y quizá lo menos tocado –pero sí apuntado– por ser lo más espinoso, los tejemanejes durante la guerra entre los aliados, los intereses políticos y estratégicos, los trabajos de espías internacionales… que terminan además minando las relaciones de confianza que se establecen entre los jóvenes que se implican en el proyecto de descifrar Enigma. El máximo representante de este tramo es el personaje en la sombra de Mark Strong. Y unido a este punto el tercero, las implicaciones morales y las decisiones que se toman en una guerra desde la estrategia ‘jugando’ con la vida de los combatientes y civiles como si fueran las fichas de un tablero de ajedrez. Así en la película reflejan este hecho en un momento crucial: una vez descubierto el mecanismo de Enigma, todos se vuelven conscientes en un instante escalofriante de que no pueden evitar la destrucción de un objetivo militar (y las muertes que esto conlleva) pues dejarían al descubierto que han descifrado los códigos y su trabajo no serviría para absolutamente nada…
Y cuarto como a Turing no le sirve de nada su brillante inteligencia matemática para luchar contra la intransigencia de una sociedad. Los aliados acabaron con el horror nazi pero no con sus propias actitudes intransigentes y represivas que juzgan a un individuo por su sexualidad. Así a Turing le condenan o bien a la cárcel o al sometimiento de una castración química… y todo esto pudo con una mente privilegiada.
La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli
La conspiración del silencio es el primer largometraje del director de origen italiano pero afincado en Alemania Giulio Ricciarelli y encara una historia potente desde una narrativa cinematográfica clásica. A través de un tono frío y austero pero donde deja asomar las emociones contenidas, una cuidada ambientación, y unos actores con carisma (entre ellos el joven alemán Alexander Fehling) aborda cómo se llevó a cabo el proceso de Frankfurt-Auschwitz que duró de 1963 a 1965. Es decir, refleja las bambalinas del proceso, cómo se pudo llevar a cabo. Este proceso supuso la detención de veintidós nazis que participaron en el horror de Auschwitz y diecisiete de ellos terminaron siendo condenados. La importancia de este juicio es que fueron los propios alemanes los que tomaron las riendas y trataron de terminar con el silencio de lo que ocurrió realmente en la Segunda Guerra Mundial y tomar responsabilidades sobre su actuación. Fueron los alemanes los que quisieron escuchar a las víctimas.
Durante el Gobierno de Adenauer, mientras se trabajaba por la reconstrucción de Alemania y su recuperación, también se impuso el silencio y el olvido. Tras los juicios de Nuremberg, que fueron realizados por los aliados, cayó el silencio y la falta de memoria. Se pretendía ese olvido para construir y avanzar, mientras por las calles, muchas víctimas heridas, amordazadas por la indiferencia, y muchos responsables nazis impunes ocupando puestos de poder u olvidando sus responsabilidades o sus horribles asesinatos. Así estos juicios durante los años sesenta fueron el primer paso para terminar con el silencio y muchos jóvenes alemanes se enfrentaron con su historia pasada.
La película La conspiración del silencio toma a un joven fiscal que vive en la ignorancia cómoda del pasado, Johann Erdmann, y cómo se enfrenta al pasado de su país al hacerse cargo de la investigación para llevar a cabo el proceso de Frankfurt. Johann Erdmann vive todo un proceso (de la ignorancia al conocimiento, a la desilusión y desesperación, a la herida de descubrir su propio pasado y el peso de su herencia, hasta continuar en la lucha) y se hunde en el laberinto y desesperación hasta que asume ese pasado y sobre todo, finalmente, se da cuenta de la importancia de que ese proceso se lleve adelante.
Hay un momento escalofriante y es el descubrimiento del joven Johann Erdmann en la embajada estadounidense de todo el archivo existente sobre Auschwitz porque los nazis dejaron absolutamente todo escrito con un lenguaje burocrático y frío. Cree que se llevará tan solo unas carpetas y de pronto le muestran todo un laberinto enorme de estanterías y documentación. También plantea y deja ver muchos movimientos estratégicos e intereses para que se pueda llevar a cabo la investigación, así el joven fiscal se obsesiona con el doctor Mengele y llega un momento en que quiere centrar su investigación en él, de tal modo, que pueda conseguir su detención. Se topará, sin embargo, con otros obstáculos con los que no contaba y que minan todavía más su temple…
La conspiración del silencios sigue planteando cuestiones, que no solo no pueden caer en olvido sino que es necesario continuar reflexionando.
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¡Ataque! (Attack!, 1956) de Robert Aldrich
¡Ataque! es una de las películas que protagonizó Jack Palance junto a Robert Aldrich. Y es que estos dos nombres me llaman poderosamente la atención. Juntos y por separado. Juntos ya me impactaron en El gran cuchillo (rodada un año antes)… y lo han vuelto a hacer con ¡Ataque! Las dos parten de una obra de teatro (la primera inmensamente popular de un dramaturgo de renombre como Clifford Odets, la segunda mucho más desconocida y por tanto con más libertad en la adaptación cinematográfica) y las dos hablan del enfrentamiento entre dos hombres hasta el extremo, un extremo inaguantable y catártico. Si la primera muestra las oscuridades de Hollywood a través de las relaciones entre un productor y su estrella. En la segunda se marca un incómodo mensaje sobre el horror de la guerra, sin heroísmos ni momentos victoriosos, que además habla sobre la impotencia ante unos altos mandos incompetentes a los que no les importa enviar a hombres a muertes seguras. Y esta vez el enfrentamiento radical se produce entre el teniente Costa (furioso y carismático Jack Palance) y el capitán Cooney (magnífico en la representación de la locura, Eddie Albert). Las dos películas —que pueden formar parte de una sesión doble— contaron además de con Robert Aldrich y Jack Palance con un tercer vértice, el guionista James Poe.
¡Ataque! posee momentos íntimos, reflexivos e intensos (que son menos comunes en el cine bélico) y es cruelmente pesimista y violenta. Porque no es sólo un enemigo alemán que acecha en todo momento, incansable, sino un enemigo claustrofóbico que se encuentra en el lado americano, en su propio bando, y que termina desquiciando y desgastando más todavía a los hombres en la lucha. No hay gloria, no hay heroísmo, no hay patriotismo… en el campo de batalla, hay hombres desganados que no sólo tienen que enfrentarse a la muerte (sin quererlo) sino que además tienen que lidiar con asuntos internos que les minan y les provocan apatía. En concreto un batallón bajo el mando de un capitán no sólo cobarde sino roto mentalmente, enfermo. Esta situación empujará al límite de la locura también a un teniente que se preocupa por el destino de sus hombres pero que no sabe cómo gestionar esa tensión. Él es superviviente, soldado, y sólo sabe de lucha en campo abierto… La única manera que cree posible para terminar con esa situación ante la apatía y los distintos intereses de los altos cargos es vengando a sus hombres: eliminar al capitán. No sabe encontrar otra salida que evite males peores. En esta lucha encarnizada entre dos hombres (que además para enfatizar más el enfrentamiento, proceden de clases sociales diferentes), mientras tienen que enfrentarse a la amenaza nazi, existen dos testigos, otros dos personajes que canalizarán de diferente manera este enfrentamiento (y que moverán los hilos de distinto modo hasta la fatal conclusión) y que plasman dos puntos de vista diferentes. Uno es el teniente coronel Bartlett (Lee Marvin) que utiliza este choque en beneficio propio interesándole muy poco el destino de sus hombres y mucho más su posición y la escalada en el poder incluso en tiempos de paz. Y el otro es el coherente (el hombre que se encuentra en el justo medio, que trata de entender a todos, y de buscar la solución más razonable pero no le dejan, le arrastran al horror… aunque tomará de nuevo las riendas), el amigo fiel de Costa, el también teniente Harry Woodruff (William Smithers). Ninguno de los dos hombres, ni el teniente Costa ni el capitán Cooney lograrán un final heroico o victorioso sino todo lo contrario… y los dos acabarán juntos en una escena brutal.
Robert Aldrich cuenta con nervio pero con pulso, con ritmo vertiginoso sabiendo combinar los momentos reflexivos y más íntimos (que presenta la psicología compleja de los protagonistas) con los momentos de guerra cruda… La violencia llega no sólo en el campo de batalla sino en lo emocional y en las relaciones entre los hombres protagonistas que llegarán al paroxismo y la sinrazón. Todas las emociones se acrecientan por el miedo, la cobardía, la impotencia ante la muerte evitable de compañeros y ante tener que obedecer órdenes absurdas, la imposibilidad de un futuro, las ganas de venganza… La película empieza con una escena ya fuerte que acompaña a los créditos (y que cuenta con la mano artística de Saul Bass…) y que pone en conocimiento del espectador la fuente del conflicto. Vemos cómo un batallón de hombres muere acribillado ante la impotencia de su teniente (Jack Palance) y la cobardía de su capitán y la apatía de los demás compañeros que siguen perplejos las órdenes de un hombre al que no pueden respetar. El título Attack queda impreso en pantalla en letra nerviosa cuando cae rodando por la ladera el casco del último hombre del batallón que ha sido abatido por los disparos alemanes… y el casco termina su viaje frente a una flor… A partir de ahí el teniente Costa va enfrentándose de forma cada vez más violenta y explícita con el capitán, hasta que le amenaza, con testigos delante, de que cómo vuelva a dejar a su suerte a otro batallón de hombres (donde está además él)… regresará del campo de batalla para matarle. Y a partir de ese momento Costa sólo sobrevivirá para cometer lo que cree una misión especial y casi sagrada… De la misma manera el capitán se irá mostrando cada vez más temeroso y cobarde además de reflejar que es un hombre desequilibrado, traumatizado y mentalmente enfermo de gravedad.
Robert Aldrich se alía con la tensión, con un trazo cinematográfico que fomenta los primeros planos de sus cuatro intérpretes (los cuatro maravillosos… hasta el más inexperto y debutante William Smithers) que hablan a través de la crispación o emociones de sus rostros… llegando a la culminación de esa crispación (sello en la filmografía de Aldrich) con un excepcional Jack Palance y un magnífico Eddie Albert (alejado totalmente de su papel más popular, el paparazzi de Vacaciones en Roma y demostrando ser un actor con carácter como ya se veía en esta comedia). Pero también logra la tensión necesaria y la violencia que acompaña al cine bélico, dejando buenas escenas en el campo de batalla con ritmo, tragedia y muerte.
Hay otro motivo extracinematográfico que vuelve más interesante todavía esta película. Hay un libro que se titula Operación Hollywood. La censura del Pentágono de David L. Robb (Océano, 2006), de lectura amena e interesante (porque toca un tema desconocido por muchos, entre esos muchos, me encuentro yo), que cuenta las relaciones entre el cine americano y el ejército. En ese libro hay un capítulo que narra cómo Aldrich fue el primer director americano que denunció públicamente cómo el ejército americano controlaba ciertas producciones cinematográficas y ejercía una especie de censura, por ejemplo, impidiendo cualquier tipo de apoyo o asesoramiento. O dando también problemas en la distribución de la película, etcétera… Existen cartas que muestran el descontento del ejército ante el guion de la película antes de ser realizada y su negación a colaborar con la producción si no cambiaba el enfoque. Con la denuncia del director se abrió una comisión de investigación en el Congreso sobre la relación del Pentágono y Hollywood (y la posibilidad de censura por parte del ejército). En esa investigación no se llegó muy lejos pero fue un primer paso.
¡Ataque! es una nueva aventura para acercarse y disfrutar a la filmografía de un director peculiar que fue capaz de mostrar una mirada diferente y que jugaba con géneros reconocibles como el western, el bélico, el melodrama extremo… y que hizo de la crispación un elemento narrativo…
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Vida y muerte del coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943) de Michael Powell, Emeric Pressburger
No había tenido oportunidad de ver Vida y muerte del coronel Blimp hasta ahora… y de nuevo Michael Powell y Emeric Pressburger me han deslumbrado. Me quito el sombrero apasionadamente. Lo que podía haber sido una película más de propaganda bélica británica (está rodada cuando aún estaba en marcha la II Guerra Mundial y no se sabía bien cuál podría ser el resultado final), se convierte en una gran obra cinematográfica donde estos dos autores crean su universo particular y su manera especial y original para contar historias. Con un uso elegante del color (como seguirían demostrando en Narciso negro y Las zapatillas rojas) y un empleo del lenguaje cinematográfico para detenerse en cada momento, logran una película emocionante por muchos motivos… Durante su visionado, he disfrutado cada fotograma, cada momento.
Y lo que quieren decir y lo que cuentan no es fácil (de hecho siempre se suele señalar en distintas fuentes consultadas que fue una película que disgustó bastante a Winston Churchill), con un humanismo similar al que se desprende en La gran ilusión de Jean Renoir (estrenada en el 1937)… Vida y muerte del coronel Blimp va más allá y expone un tema complejo y controvertido: el enemigo a batir no son los alemanes, es el Nazismo. Y en esos momentos que están viviendo, no vale la caballerosidad, ni el honor, ni el valor, ni el respeto al prójimo… No se puede perder en el campo de batalla. Y para frenar a ese enemigo que arrasa sin piedad alguna…, la manera de enfrentarse a él tiene que ser distinto, radical. Así como la manera de gestionar la paz (otro tema siempre difícil y complejo). Y esto no es fácil digerirlo. Además como otras películas del momento, reflejan la importancia de la defensa civil (no olvidemos La señora Miniver que se rodó un año antes). No eran temas fáciles en esos momentos, ni ahora.
El protagonista de la película es un anciano coronel, el coronel Blimp, que recuerda su vida. Desde su intervención en la guerra de los boers, hasta la Primera Guerra Mundial y ahora en plena Segunda Guerra Mundial. Y en esa vida hay dos personas que le acompañan a lo largo del tiempo: su amigo alemán, también militar, Theo Kretschmar-Schuldorf y el amor de su vida (la manera de plantear esta historia es sorprendente y original). Porque Vida y muerte del coronel Blimp es también una historia de amor, amistad y del paso del tiempo…
Lo maravilloso de Michael Powell y Emeric Pressburger en esta película emocionante es que cuenta la historia de un hombre a través de continuas elipsis. Es tan interesante lo que ven nuestros ojos, como lo ausente —lo que no vemos— pero que sin embargo sabemos que ha ocurrido… Después de una introducción que nos permite saber que la película transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, que la contienda continúa, y que nos presenta al coronel; asistimos a un largo flash back y el regreso al pasado sucede de una manera sencilla y a la vez prodigiosa. Al coronel le conocemos en unos baños de un club militar, cae al agua con un joven durante una pelea y se hunden en una piscina y de pronto solo vemos la imagen del agua y la cámara que recorre la piscina que es rectangular. De pronto surge la cabeza de un joven que sale… y es el coronel Blimp muy joven…
Además del siempre llamativo uso del color, destaca el empleo que realizan de los espacios (así como el cuidado de cada uno de los espacios elegidos) y sobre todo la posición de la cámara en algunas de las escenas. Así se convierte en un espectáculo visual el restaurante con orquesta donde se reúnen por primera vez Edith Hunter (el amor de su vida) y el coronel Blimp. O el gimnasio donde tiene lugar el duelo entre Blimp y Theo. Así como la casa británica del coronel, una herencia de su tía, donde siempre regresa (y que será testigo del paso del tiempo).
Un ejemplo del uso genial y continuo que hacen estos creadores de la elipsis para narrar cinematográficamente, lo encontramos en el momento del duelo. Solo nos dejan ver los preparativos del enfrentamiento, después la cámara sale del recinto y penetra en una ventana desde la que se ve el edificio desde el exterior. Ahí está Edith con un amigo del coronel, mirando inquietos y hablando sobre qué será lo que pasará en el interior. De pronto, ven cómo sale una ambulancia del edificio. Y no sabemos nada de lo que ha ocurrido hasta que en el siguiente momento vemos a Edith en el hospital.
Y ¿cómo es el planteamiento de la historia de amor? En el hospital se produce un triángulo entre Edith, Blimp y Theo. Al final Theo se compromete con Edith ante la alegría de Blimp, que de pronto en un instante se da cuenta de que en realidad está enamoradísimo, ella es su mujer ideal. Su vida girará en la búsqueda de ese amor perdido. Así durante la Primera Guerra Mundial, verá en un convento a una enfermera de la Cruz Roja semidormida, que ni repara en su presencia, que le llama poderosamente la atención: es igual que Edith. En otra elipsis genial, descubrimos que no solo vuelve a encontrarse (porque la busca) con esa enfermera sino que además se convierte en su esposa (y ambos protagonizan una declaración de amor de esas que me gusta coleccionar). Y cuando ya es un anciano coronel viudo, encuentra a una joven chófer entre setecientos candidatos, que se hace llamar Johnny, y ambos tienen una relación de camadería y respeto. La chófer es exactamente igual que Edith y su esposa. Tanto Edith, como la enfermera de la Cruz Roja como la chófer tienen el rostro de Deborah Kerr (cuando todavía no ha volado a Hollywood).
La película está llena de momentos mágicos. Me vienen dos a la cabeza. El momento en que termina la Primera Guerra Mundial que pilla al coronel Blimp en un atardecer en coche junto a un fiel amigo y sirviente… Ambos están hablando entre bombardeos y disparos del inminente final de la contienda a una hora establecida. De pronto el silencio. La guerra ha terminado. Y los dos hombres se quedan contemplando el paisaje sin decir palabra…O casi al final de la película, en un momento crucial, el coronel Blimp mira una hoja que se desliza en el agua y esboza una sonrisa llena de significado.
Vida y muerte del coronel Blimp cuenta también la historia de una amistad, llena de momentos íntimos. Con sus encuentros y desencuentros, con la ausencia, con el paso del tiempo, con los consuelos y las confesiones. Con los lazos cada vez más fuertes… Los dos amigos fueron muy bien interpretados por Roger Livesey y el carismático Anton Walbrook. Los dos actores actuarían en otras películas de estos creadores.
Así el visionado de Vida y muerte del coronel Blimp se convierte en una experiencia visual que merece la pena repetirse y compartirse…
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Sayonara (Sayonara, 1957) de Joshua Logan
Si leemos las memorias de Marlon Brando, Las canciones que mi madre me enseñó, dice poco de Sayonara pero información bastante reveladora. Explica que se implicó en esta película porque su padre insistió en que debía hacer una para no tener problemas con el fisco. Comenta que en un principio no le gustó lo que vio escrito en el guion (una adaptación de una novela de James A. Michener) pero que después de hablar con Logan llegaron a un acuerdo. Brando creía que Sayonara no debía ser, de nuevo, una versión de Madame Butterfly sobre los amores imposibles entre un norteamericano y una japonesa. Brando apostaba por dar un paso más y proporcionar una posiblidad de futuro a la pareja protagonista. Que se atrevieran a dar el paso del matrimonio a pesar del rechazo de una u otra parte. Que se atrevieran a transgredir… Que tuviesen un final feliz.
También se comenta que el rodaje no fue fácil, Marlon Brando lo achaca a que su director Logan se encontraba en una fase depresiva. Otras fuentes sin embargo señalan que Marlon Brando trajo de cabeza a Logan (entre otras cosas cuidaba poco de su físico e iba engordando y engordando… o le gastaba bromas a su director que le dejaban ko)… También jugaron mala pasada las lluvias o la poca experiencia de los demás actores del cuarteto protagonista (las dos actrices japonesas y Red Buttons). Lo que es cierto es que Sayonara se rodó, se estrenó, supuso un éxito de taquilla y a Brando le supuso que fuera una de sus películas más taquilleras y populares (y curiosamente, en la actualidad, una de sus películas más olvidadas).
Yo vi Sayonara por primera vez hace un montón de años cuando televisión española dedicó un ciclo a Marlon Brando. Y ahora he vuelto a repasarla. Así me he encontrado con un buen melodrama con muchos puntos de interés para analizar. Había dos cosas que no había olvidado (a parte de la presencia de Brando): la historia trágica de los personajes de Red Buttons y Miyoshi Umeki y la melodía romántica que envuelve toda la película. Y estos elementos no me han decepcionado en mi segundo visionado. He disfrutado más si cabe de la propuesta.
Por una parte recuperar a un director con una sensibilidad especial y bastante menospreciado. Sin embargo conecto con la filmografía que he visto hasta ahora (y algunas de esas películas varias veces) del director, Joshua Logan. Sus obras contienen una emoción especial y una puesta en escena elegante que atrapa. Así disfruto cada vez que veo Picnic, Bus Stop, Camelot, La leyenda de la ciudad sin nombre o en el caso que me ocupa ahora mismo, Sayonara. En todas plantea historias de amor complejas y transgresoras de una manera elegante, con sensibilidad y una estética muy especial y cuidada.
Sayonara forma parte de un conjunto de películas que durante los años cincuenta trataban de plasmar las relaciones de los americanos con los japoneses. Unas relaciones difíciles tras las heridas de la Segunda Guerra Mundial… Así el cine plasmó ese momento de intento de acercamiento entre dos culturas absolutamente diferentes que habían estado en bandos contrarios durante la guerra. Los americanos habían resultado los vencedores pero además habían arrasado y destruido Japón (las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki) y por otra parte al finalizar la guerra se convierten en la potencia que ocupa el territorio japonés hasta 1952. Muchas heridas que curar. Muchos odios latentes. Así nos encontramos con obras cinematográficas como El bárbaro y la geisha o La casa de té de la luna de agosto (también protagonizada por Brando… como si fuera un japonés). El tema relaciones oriente-occidente (donde se reflejaban relaciones interraciales que transcurrían en Hong Kong, China o Malasia) se encontraba en un momento álgido durante los cincuenta y parte de los sesenta que dejaba películas como La colina del adiós, El mundo de Suzie Wong o El séptimo amanecer (curiosamente las tres protagonizadas por William Holden).
Así Sayonara cuenta la historia de amor entre un soldado norteamericano (Marlon Brando) y una bailarina japonesa (Miiko Taka) que superan todos los obstáculos que impiden que se conviertan en una pareja… La película les deja con un final incierto pero intentando ambos apostar por su historia. El melodrama pone en marcha dos historias interraciales: la de Marlon Brando y Miiko Taka, por una parte. Y por la otra, la de Red Buttons y Miyoshi Umeki (finalmente ambos nominados a mejor actores secundarios). La tragedia de los segundos determina el final de los primeros, que continuan la lucha: la posibilidad de seguir juntos pese la intolerancia de unos y otros. Así nos encontramos ante una de las escenas claves que es cuando los cuatro acuden a un espectáculo milenario de marionetas donde se narra una trágica historia de amor que preludia el único final posible para un matrimonio al que ya le es imposible poner frenos a las trabas impuestas…
Sayonara realiza un exquisito y elegante retrato de algunas tradiciones culturales japonesas así como de sus costumbres (esas casas japonesas…). A las marionetas se une el teatro kabuki o el espectáculo tan sólo de mujeres que lleva a cabo la actriz principal femenina. Por otra parte señalar que la película muestra una historia secundaria con muchísimas posibilidades pero la deja a medio camino, desaprovechada (y es una pena porque presuponía unas reflexiones también interesantísimas y transgredir muchísimo más en las relaciones interraciales). Hay dos personajes muy atractivos pero no del todo desarrollados, al igual que su historia común. Me refiero a la novia norteamericana de Brando, interpretada por Patricia Owens y el primer actor del teatro Kabuki (con rostro de Ricardo Montalbán). Los dos tienen pinceladas muy potentes y hubiesen generado una ‘segunda trama’ más atrevida e interesante.
Por otra parte la película cuida en extremo los encuentros íntimos entre los dos protagonistas amantes y logra cotidianeidad y verdad en la relación que se establece entre los cuatro protagonistas. Sayonara tiene una serena belleza que llega a su culminación con el descubrimiento por parte de Marlon Brando del destino trágico de sus amigos. Y logra toda la emoción de un melodrama cuando el actor trata de convencer a la bailarina de que tienen una posibilidad de futuro, de construir una familia y que no deben rendirse…
… Y de fondo, siempre, una delicada melodía…
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