Cien años de Marilyn Monroe (III). La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston / Niágara (Niagara, 1953) de Henry Hathaway

En 1950, Marilyn consiguió dos papeles secundarios donde ya logró, con escasos minutos en pantalla, no solo construir un personaje sino llamar la atención de críticos y espectadores: Eva al desnudo (All About Eve, 1950) y La jungla de asfalto, una película de cine negro con el sello de John Huston.

En la primera, era una aspirante a actriz que, de la mano del crítico cínico de turno, trata de abrirse camino (una única secuencia, pero con su personaje ya hay una historia detrás) y en la segunda se convierte, con tan solo dos escenas, en una evocación: la evasión, el sueño y la perdición de uno de los protagonistas que forman la galería de perdedores de esta historia de puro cine negro, el abogado arruinado (un Louis Calhern impresionante).

Y tres años después, como ya dijimos en el post anterior, fue su año de oro con tres protagonistas que la lanzaron al estrellato. Y hemos analizado las dos comedias, pero faltaba una película muy especial por reseñar. Marilyn se convierte en toda una femme fatale en una película a todo color. Henry Hathaway filma una historia muy negra a los pies de las cascadas.

Entre medias de la Angela Phinlay de La jungla de asfalto y la Rose Loomis de Niágara, interpretaría en 1952 a la inestable niñera con serios problemas de salud mental, Nell Forbes, en Niebla en el alma (Don’t Bother to Knock, 1952) de Roy Ward Baker. Ahí había otra trayectoria de la actriz que mostraba cómo en su camino hacia el estrellato también había una línea dramática en el que podía ofrecer también otros papeles con sus matices y toques especiales. Así pasaba de una femme fatale inconsciente y superviviente a una mujer inestable y herida emocionalmente hasta alcanzar a una femme fatale de armas tomar que termina convertida en víctima.

La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston

La femme fatale inconsciente…

En esta oda del cine negro sobre un grupo de perdedores, que cuenta la crónica minuciosa de un robo perpetrado por varios hombres que se juntan para llevarlo a cabo, está Angela Phinlay, una de esas femme fatales inconscientes, que podría perfectamente animado de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “Yo no no soy mala… es que me han dibujado así”, el personaje de Marilyn podría decir: “Yo no soy mala… es que me han creado así”. Y es la actriz la que en tan solo dos secuencias, muy bien pensadas y rodadas, construye a un personaje fascinante.

Sobre la fascinación que me provoca esta película ya he escrito largo y tendido aquí. Pero merece la pena hacer una lectura detallada del personaje de Angela. En su primera secuencia, Alonzo, el abogado, se la encuentra profundamente dormida en un sofá, como un preciado trofeo. Angela es mantenida con todo los lujos, como objeto de deseo, por un abogado arruinado, que nada le dice de su situación financiera y que sigue cubriendo todos sus gastos y buena vida.

Esta abre los ojos y se muestra cariñosa y despreocupada con su amante, diría que prefiere vivir cómodamente sin ser consciente de nada. Le llama tío Alonzo, algo que en ese momento no le agrada, y se sienta en su regazo. Ella se acerca y lo besa y este corresponde apasionadamente. El abogado le dice que es tarde y que vaya a dormir. Ella obedece y se dirige al dormitorio por un largo pasillo. Él la mira, como si fuera un sueño que ha estado entre sus brazos, sonríe y proclama, con orgullo, que menuda belleza de mujer le espera en el dormitorio.

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Supervivientes en el mar. Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock / El mar no perdona (Seven waves away, 1957) de Richard Sale

Dos barcos hundidos y los supervivientes a la deriva en un bote salvavidas. Dos maneras de presentar las desgracias y las dinámicas de dos grupos de seres humanos que hacen lo que pueden por salvar la vida. La primera es de las obras más originales del maestro del suspense, con fondo bélico y toques de cine de propaganda en plena Segunda Guerra Mundial. La segunda es un drama contundente, una película que plantea distintos y complejos dilemas morales sobre decisiones que tomar para poder sobrevivir, decisiones al borde de la muerte.

Náufragos (Lifeboat, 1944) de Alfred Hitchcock

Supervivientes a la deriva. En Náufragos, el grupo frente al nazi…

Un barco es torpedeado por un submarino alemán que también a su vez ha sido destruido. En una barca salvavidas van subiendo los supervivientes: una periodista, una enfermera, una mujer con su bebé muerto y varios hombres civiles o que forman parte del personal del barco con distintos cargos (uno de máquinas, un marinero herido, un mayordomo, un operador de radio, un empresario naval…). En el último momento, rescatan a un alemán que ha sobrevivido del submarino. Las distintas posturas respecto al prisionero van creando las tensiones en el grupo, además tienen que luchar juntos por su supervivencia.

En Náufragos es evidente cómo el alemán no solo es el que crea la tensión y división en el grupo, sino que también sabrá ir manipulando a los supervivientes y llevándolos a su terreno. Es el único además que esconde utensilios tan útiles para la supervivencia como una brújula. También se hace valer y es fuerte dentro del grupo, pues muestra no solo que no desfallece (luego se sabrán los motivos), sino que tiene conocimientos médicos y también de navegación. Va ganándose adeptos, mientras que otros no terminan de fiarse nunca de él.

En un momento dado, arrastrando varias vicisitudes, mal tiempo, debilidad física y mental del grupo, parece que el alemán no solo va a convertirse en líder, sino que les dirige directos a un destino de lo más negro.

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Redescubriendo clásicos (3). Acto de violencia (Act of Violence, 1948) de Fred Zinnemann / Han matado a un hombre blanco (Intruder in the Dust, 1949) de Clarence Brown

Acto de violencia (Act of Violence, 1948) de Fred Zinnemann

Fred Zinnemann construye el retrato de un hombre herido y traumatizado por la Segunda Guerra Mundial.

Nada es lo que parece en esta película de Fred Zinnemann. Un hombre solitario coge una pistola de la mesilla del dormitorio y se prepara para emprender un largo viaje en autobús que le lleva hasta Santa Lisa, una pequeña localidad en California. Uno de los rasgos físicos que más llaman la atención de este desconocido es su cojera. Descubrimos que es un perseguidor y se convierte en la sombra amenazadora de un buen ciudadano. Un constructor, que contribuye a la mejora de la comunidad, bien considerado entre los habitantes de la localidad, excombatiente de la Segunda Guerra Mundial y con una bonita familia formada por una joven esposa y un crío. El espectador empatiza enseguida con el buen ciudadano y siente rechazo por el desconocido con la pistola.

Lo que no nos esperamos es que cuando el buen ciudadano es consciente de quién le persigue, pierde el rumbo de su vida en cuestión de segundos. El perseguidor es Joe Parkson (Robert Ryan) y el perseguido, Frank R. Enley (Van Heflin). La película de Zinnemann da un giro de 360 grados cuando Edith (Janet Leigh), la joven esposa, interroga al desconocido que está alterando su vida y quiere saber por qué persigue a su marido. La respuesta de este cambia la perspectiva de la historia. Descubrimos entonces el pasado de dos buenos amigos que se han convertido en hombres heridos y traumatizados por lo que pasaron en la guerra, que les puso en situaciones límites. Los dos se comportaron de manera diferente y las consecuencias por una decisión que toma Frank fueron muy trágicas.

De tal manera que el espectador asiste al frágil equilibrio que había construido Enley para sobrevivir y olvidar, pero que se desmorona como un castillo de naipes. Y comprende también que el único motor que mantiene vivo a Joe y asumiendo su discapacidad física es el ansia por llevar a cabo la venganza. A los dos les ha destrozado la guerra y la vuelta deja muchas heridas sin cerrar.

Fred Zinnemann construye una película dramática sobre el regreso de los soldados, los traumas y fracturas que provoca la guerra en los que combatieron y revela también un empleo del lenguaje cinematográfico y de la puesta en escena significativos. No solo eso, sino que Zinnemann además dirigió durante la posguerra un buen ciclo de películas alrededor de las diferentes heridas que dejó el conflicto bélico tanto en los soldados como en la población civil: a Acto de violencia se unen Los ángeles perdidos (The Search, 1948), sobre el sufrimiento de los niños supervivientes de los campos de concentración; Hombres (The Men, 1950), que trata la situación de los combatientes que sufren graves secuelas físicas y, por último, Teresa (Teresa, 1951), el duro regreso de un joven soldado estadounidense que se casa con una joven italiana a la que conoció durante la contienda.

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Stanley Kubrick, relatos soñados (I). Diez claves para disfrutar la sala Goya

Quiero contaros en dos artículos la exposición de Stanley Kubrick con la que he podido aprender mucho. Creo que refleja pasión por el cine, además de plasmar el proceso creativo de un cineasta clave. Es también un canto al cine analógico cuando las películas solo se proyectaban en sala de cine y en una pantalla grande. Ha sido una bonita aventura, así que me hacía ilusión enseñaros la muestra a través de mis palabras. En esta primera entrega me centraré en lo que se puede ver en la sala Goya y trataré de explicar cuál era nuestra intención a la hora de mostrar cada una de las piezas.

1. Dos salas. El primer reto al que nos enfrentamos a la hora de pensar en la muestra era que contábamos con dos espacios en dos pisos diferentes del emblemático edificio del Círculo de Bellas Artes: la sala Goya y la sala Picasso. ¿Cómo darle sentido a esta división? ¿Cómo aprovecharlo para un discurso expositivo? Pronto nos dimos cuenta de que lejos de ser una desventaja era una oportunidad. Entre otras cosas, Stanley Kubrick siempre jugó con los conceptos de doble, dualidad o duplicidad en su filmografía. Tanto en los personajes de sus películas como en la estructura de sus historias.

Como fotógrafo adolescente en Look, realizó un reportaje sobre el boxeador Walter Cartier (Prizefighter, 1949). Walter tenía un agente: su hermano gemelo, Vincent. Este trabajo sería el germen de su primer cortometraje documental (Day of the Fight, 1951). Y, tal vez, aquí comenzó a perfilarse la obsesión de Kubrick por la duplicidad. No es raro en sus largometrajes encontrar dobles de ciertos personajes o la presencia de gemelos. Por ejemplo, en su primera película Miedo y deseo: una patrulla deambula en territorio hostil y cuando se encuentran con el enemigo, estos tienen los mismos rostros que ellos. O siempre son recordadas las gemelas Grady en El resplandor.

Pero es que muchas de las estructuras narrativas de sus películas son como si el personaje se mirase en un espejo y su mundo se pusiese patas arriba. No hay más que recordar los recorridos de sus personajes más emblemáticos que van del ascenso en su primera parte al descenso y la pesadilla en la segunda: Alex DeLarge (La naranja mecánica) protagoniza sus tropelías y, después, su particular infierno con el libre albedrío anulado. O Barry Lyndon, primero vemos su ascenso social y más tarde su caída en picado en la desgracia.

Así cobraba todo el sentido una doble mirada en la muestra expositiva. Además, también quedaba constancia de un aspecto fundamental a la hora de estudiar su filmografía: hay un antes y un después de 1968. Primero, la obra del cineasta sirve para estudiar la evolución del cine en Hollywood, pues se ve claramente el paso del cine clásico al cine moderno a través de sus películas. Segundo, a partir de 1968 alcanza uno de sus sueños: el absoluto control de su obra cinematográfica, tanto creativa como económicamente.

2. Los secretos de la sala Goya. Siempre que la veo, confieso que de las dos salas es mi consentida, la que más me gusta. Para la sala Goya imaginamos que el visitante se metía en la mente de un genio y que a partir de ahí lograba entender ciertas claves de su obra cinematográfica. Nos pareció buena idea plasmar aspectos formales y temáticos a través de sus inicios y sus primeros trabajos cinematográficos. A la vez también quisimos dejar constancia de otra manera apasionante de conocer a un artista: mostrando los proyectos que nunca realizó. Por otra parte, deja constancia de algo vital para entender a Stanley Kubrick: todas sus pasiones tempranas se vuelcan en su obra cinematográfica y contribuyen a ese cuidado del proceso creativo, a ese perfeccionismo que siempre le acompañó. Y esas pasiones son: la fotografía, el ajedrez, la lectura, la música… y el cine.

La apariencia física que tiene ahora mismo la sala ya muestra varias cosas del maestro: su interés por la simetría y las formas geométricas, una manera concreta de rodar (la perspectiva frontal con un punto de fuga) y la importancia que tuvo el ajedrez en su vida. Stanley Kubrick fue un perfeccionista en la puesta en escena. Apostaba en sus encuadres por la simetría y la presencia de formas geométricas perfectas. Además uno de sus sellos de autoría son sus planos secuencia, su manera de filmar largos pasillos o la forma de mover la cámara por las estancias. Ahí puede experimentarse su famosa perspectiva frontal con un punto de fuga. Desde el acceso a la sala, con su nombre y apellido en los laterales y en el fondo el audiovisual de introducción, estamos escenificando esa perspectiva. Pero también en la gran vitrina central que recorre y divide toda la sala.

Los colores con los que jugamos son el blanco y el negro, como las casillas de un tablero de ajedrez…, tanto en las paredes como en las cartelas. Algunas veces en la gráfica se escapa otro color: el rojo, característico de varias películas de Kubrick. El color de las emociones y el desequilibrio.

El ajedrez, una de sus pasiones tempranas (en su juventud incluso llegó a ganarse la vida como jugador), le permitió una visión total de cada una de sus películas, una capacidad de concentración y control en los rodajes y crear con estrategia y táctica. Como se puede apreciar en la exposición, en muchas de sus películas el ajedrez está presente, incluso la metáfora de la vida como batalla.

3. La mirada. Uno de los aspectos más importantes de sus largometrajes es la peculiaridad de su mirada y la perfección técnica que logró en cada una de sus películas para mostrar exactamente lo que él quería. Así que ese tenía que ser el primer aspecto formal reflejado. De hecho, hay numerosos testimonios sobre los ojos y la mirada de Stanley Kubrick. Era algo que llamaba la atención de todos aquellos que lo conocían. En un momento dado Kirk Douglas dijo: «Se limitaba a mirarte con sus grandes ojos».

Kubrick fue un autodidacta en la dirección y antes de dirigir, trabajó en la revista Look. La fotografía le hizo entender el cine como una experiencia visual, y nunca tuvo miedo de probar todo tipo de cámaras y objetivos así como buscar las tecnologías necesarias para plasmar lo que realmente deseaba. Así que era importante reflejar su mirada como fotógrafo de Look, y dejar ver cómo ya desde la fotografía apuntaba maneras.

4. El espacio y el tiempo. Tampoco podíamos dejar de lado el tratamiento del tiempo (una de las cosas más difíciles de plasmar en una pantalla de cine) y la importancia del espacio en cada una de sus producciones, centrándonos sobre todo en el género que le sirvió de aprendizaje: el cine negro. En este tipo de películas la ambientación era fundamental, pero también el paso del tiempo, la tensión y el ritmo que se requerían a la hora de ejecutar un atraco o planear una huida, así lo consigue en El beso del asesino y Atraco perfecto.

Pero además en sus películas de cine negro moldearía ya alguna de las características de los héroes kubrickianos: sus protagonistas tienen un objetivo concreto o un plan perfecto, pero las emociones lo hacen saltar todo por los aires; la ambigüedad moral de sus personajes; y ofrecer una mirada hacia el mundo pesimista, además de proporcionar un destino trágico para sus héroes.

5. El humor. Otra cosa interesante que no podía faltar y que había que destacar porque no se suele tener en cuenta a la hora de analizar su obra es la presencia del humor. Un humor negro y oscuro que siempre se puede identificar en cada una de sus películas. Centrándonos en Teléfono rojo: volamos hacia Moscú se percibe cómo lo usa a lo largo de su filmografía. A través de actores con una vis cómica evidente, como Peter Sellers; con gags visuales, como ese molesto brazo en alto del doctor protagonista, que no puede controlar; la exageración en los gestos o en el lenguaje empleado, como muestran la mayoría de los personajes de la película; o el contraste y el choque para provocar la risa incómoda, como un cowboy encima de una bomba.

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Sesión doble en homenaje a Olivia de Havilland. Capitán Blood (Captain Blood, 1935) de Michael Curtiz/A través del espejo (The dark mirror, 1946) de Robert Siodmak

Siempre que moría un actor o actriz de la época dorada de Hollywood, nos refugiábamos en que todavía estaban presentes para contarnos testimonios de aquella época Olivia de Havilland y Kirk Douglas. Los dos parecían eternos, pero ya centenarios nos han dejado este año. Ambos eran monumentos andantes de una parte de la historia del cine. El 25 de julio nos enteramos de que Olivia se había ido, ahora ya es otro de esos fantasmas que habitan para siempre, inmortales, en las películas.

Esta sesión doble recoge a la primera Olivia que se convirtió a su pesar en la mujer ideal y soñada por el héroe de turno, y de paso de todos los espectadores que disfrutaban con el cine de aventuras. Y también refleja a la otra Olivia, la que luchó por ser considerada una actriz versátil y mostrar, por ejemplo, que podía reflejar el lado oscuro, es decir, que también podía convertirse en la protagonista de nuestras pesadillas.

Capitán Blood (Captain Blood, 1935) de Michael Curtiz

Olivia de Havilland como dama ideal y soñada.

Terenci Moix, en su mítica serie de artículos Mis inmortales del cine, recoge en el dedicado a la actriz, un testimonio revelador: “Al ver en París la reposición de Robin de los Bosques me di cuenta de que era una gran película. Escribí a Errol una carta muy larga, una petición de excusas que llegaba con veinte años de retraso. Una vez escrita, la rompí, pues pensé que Errol me tomaría por tonta. Siempre lo lamentaré. Pocos meses después, él ya estaba muerto. Hoy, al revisar Robin de los Bosques al cabo de tantos años, comprendí que aquellos filmes de aventuras que rodamos juntos eran muy buenos, y quisiera que Errol supiese cuán orgullosa me siento de haber intervenido en ellos”.

Porque efectivamente Errol Flynn y Olivia de Havilland fueron una pareja cinematográfica mítica. Y la primera vez que la Warner los unió fue en el Capitán Blood, y su química hizo las delicias de todos, de tal manera que repitieron en siete ocasiones más (La carga de la Brigada Ligera, El hombre propone, Robin de los Bosques, La vida privada de Elizabeth y Essex —aunque el papel de Olivia de Havilland era muy secundario—, Dodge, ciudad sin ley, Camino de Santa Fe y Murieron con las botas puestas). Los dos de promesas pasaron a estrellas. En esta mítica y amena película de piratas, ambos establecerían las claves de su éxito. Un amor inocente, vital y puro, donde Olivia de Havilland era la dama soñada de todo héroe. Dulce, inocente, con la picardía e independencia necesaria, pero totalmente fiel a su amor. Ella siempre esperaba el regreso, y este sabía que tenía dónde volver. La mayoría de las veces combinaban momentos de humor en el cortejo, instantes de un romanticismo exacerbado, y también secuencias de peligro y tragedia.

Aunque Olivia se sintió atada a este tipo de papeles, pues lo que quería era más variedad de registros, parece ser que tanto Errol como ella cultivaron no solo una fuerte relación profesional, sino también de amistad. Es más, parece ser que fue de las pocas actrices que no acabó en el lecho del seductor Flynn. Este llevó el rol de Olivia de mujer soñada e ideal a la vida real, y sintió por ella una especie de amor platónico.

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La deuda de John Madden

Me gusta meterme en un cine, que se apaguen las luces de la sala, que empiece una película y que de pronto olvide donde estoy porque me meto de lleno en una historia que me hace olvidar durante un tiempo todo lo relacionado con mi vida. Y si esa historia está bien contada y me emociona, entonces a veces no puedo evitar, cuando recuerdo, incluso llorar un poco (Hildy está hoy un poco emotiva).

No puedo evitar que me encante que me cuenten bien una historia. Y esta vez John Madden, al que sólo recuerdo por Shakespeare in love (y me considero una de las fans de esta película… aunque poco a poco le salieron muchos detractores), sigue ejerciendo de buen artesano que puede manejar bien un material de base apetecible.

Esta vez para La deuda parte de otra película, ésta que nos ocupa sería el remake. El origen es una película israelí (Ha-Hov de Assaf Bernstein, 2007). El resultado es un thriller político-romántico con dosis de emoción y adrenalina. Un thriller que pone a sus tres personajes ante un dilema moral y lo que implica e influye en sus vidas. Para ello la película avanza hacia delante y hacia atrás. Dos tiempos. 1965 y 1997. Un hecho del pasado incide en el presente meláncolico de los personajes.

Los tres jóvenes, en 1965, son agentes del Mossad en una misión. Dos hombres y una mujer. Y esa misión es capturar en un Berlín de la Guerra Fría a un criminal de guerra nazi que ejerce en esos momentos como ginecólogo pero que en Birkenau se dedicó a los más horribles experimentos con seres humanos. Una vez detenido su objetivo es entregarlo para que salga de Berlín y llevarle a Israel para que se siente frente un tribunal internacional de justicia. La ‘entrega’ no sale como ellos esperan. Y entonces todo cambia en sus vidas.

La deuda construye un hermoso triángulo amoroso que nos engancha obviamente a la historia de amor imposible entre un joven y atormentado David (Sam Worthington, acertadísimo en su plasmación de héroe romántico) y Rachel (la ahora cotizada Jessica Chastain… a la espera de El árbol de la vida), mujer que mezcla sensibilidad y fuerza además de un arraigado sentido de culpa. Por el camino se les cruza el ambicioso y hombre de acción Stephan (Marton Csokas).

Toda la historia que recrea el año 1965 a partir de los recuerdos ‘atormentados’ de Rachel engancha…, emociona. Además de contar con un ritmo adecuado y con suficientes dosis de adrenalina. Lo mejor es la relación y los cara a cara entre los jóvenes agentes judíos y el criminal de guerra (un magnífico y escalofriante Jesper Christensen, actor danés), perro viejo que pronto les maneja, les manipula y les toca donde más les duele, los provoca y los cala a los tres (así como la historia que están viviendo)…

La historia presente, la de 1997, esconde frialdad, desencanto y melancolía por parte de los tres protagonistas que han roto sus lazos afectivos… pero que están unidos por una ‘deuda’ que ha marcado sus vidas. Y treinta años después les golpea de nuevo siendo Rachel (como siempre una Helen Mirren que haga lo que haga se siente a gusto), la única que puede poner una rúbrica final que cierra el relato, digo sus vidas. Y sin duda quien te rompe el corazón, el más frágil pero a la vez coherente, será David (Ciarán Hinds) y por supuesto que te das cuenta de que no te sorprende el camino que se ha trazado Stephan (el siempre efectivo Tom Wilkinson). Y ese relato frío también tiene sus momentos de tensión, algunos piensan que es la parte más inverosímil, pero digamos que cumple la función de rubricar, de poner punto final a una historia que hiere a los tres protagonistas (y como los tres se han enfrentado a esa herida de diferente manera).

El horror de una guerra sigue años después destrozando vidas. Dejando huellas… difíciles o casi imposibles de borrar.

Así La deuda se convierte en un thriller apasionante que atrapa y que deja testimonio de hombres que se transformaron en monstruos y seres humanos que se equivocan pero tratan de mirar de frente a la verdad y no dejar impunes los crímenes contra la humanidad…, así sigue la estela escalofriante de obras cinematográficas como Marathon Man o La caja de Música.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Siempre cine

Siempre cine.

Por la noche, por la tarde, por la mañana.

En soledad.

En compañía.

Siempre cine.

Una sala oscura y cientos de butacas.

Un salón y una pantalla.

Un ritual.

Silencio.

Se apagan las luces.

Se abre el telón.

Y aparece una historia en miles de fotogramas.

Momento mágico.

Irrepetible.

Siempre cine.

Cuando estás triste.

Cuando estás alegre.

Cuando lloras.

Cuando ríes.

Cuando piensas.

La luz se apaga.

Y las horas que transcurren frente a la pantalla… pasan como el viento.

Y de pronto has sido feliz

Y de pronto has sufrido.

Y de pronto has descubierto.

Y de pronto has pensado.

Siempre cine.

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Lulú en Hollywood. Las confesiones de una leyenda del cine. Louise Brooks (Ultramar, 1991)

Hay libros que no pierden frescura. Y uno de ellos es Lulú en Hollywood. Lo tengo desde hace tiempo y me apetecía volverlo a leer… y de nuevo me ha parecido fascinante. Interesante por la autora. Interesante por lo que cuenta. Interesante por cómo lo escribe.

Louise Brooks fue una estrella efímera, porque ella lo quiso y también por las circunstancias, durante el periodo del cine silente. En aquellos locos años veinte, la Brooks fue una actriz, con filmografía actualmente de difícil acceso, que ha pasado a la memoria cinéfila no por sus películas estadounidenses sino por dos obras que realizó en Alemania casi ya a las puertas del cine sonoro con el director G. W. Pabst.

Ella fue la protagonista total y absoluta de La caja de Pandora y de Tres páginas de un diario. Películas que en su momento pasaron sin pena ni gloria. Incluso la Brooks no recibió muy buenas críticas. Fue con el paso de los años y con las nuevas miradas que disfrutaron de estas obras cuando Louise Brooks, retirada de Hollywood que ella desterró y que también hay que decirlo fue desterrada, alcanzó el estatus de actriz mítica y maldita.

Así el libro recoge una serie de artículos-ensayos que recogen su testimonio vivo y lleno de auténtica sinceridad y verdad sobre aquellos locos años veinte en Hollywood. Un Hollywood silente alejado del que ha llegado a nuestros días, un Hollywood oscuro y duro pero también lleno de chispa y de personajes insospechados donde la Brooks se paseaba con mirada limpia, crítica y sincera.

Pasear por las páginas de este libro supone encontrarse en la mansión desenfada de los Bennett (donde las hermanas Constante y Joan harían historia en el cine… La Brooks era amiga de la tercera en cuestión y más desconocida, Barbara) o encontrarse en la mesa de un Leslie Howard apasionante (y ahora tan olvidado… es casi un personaje de película…, aquí sólo hay un apunte). Imaginar cómo era el mundo de lujo y barro del señor Kane (digo Hearst) y su amante Marion Davis así como todos los que pululaban alrededor. Un duro mundo de apariencias donde jóvenes conocidas de Brooks encontraron sólo soledad, dependencias y muerte. También encontrarse de frente con actores dando sus primeros pasos y cómo la industria hollywoodiense los transformó: Bogart y W. C. Fields… la Brooks deja dos retratos muy diferentes de los que estamos acostumbrados.

Con mirada sincera y amena nos cuenta los rodajes en aquellos años junto a los compañeros de reparto o los directores. Analiza su experiencia tanto en Hollywood (Mendigos de vida) como en Alemania (La caja de Pandora). Ya habla de los contratos que esclavizaban a los actores y actrices en las productoras y cómo dirigían sus vidas o manejaban lo que se debía saber de sus vidas. De cómo la industria igual que te ensalzaba te podía retirar de los focos al momento. Así cuenta la entrada gloriosa de un nuevo prototipo de mujer, la Garbo, y la muerte repentina de otra estrella del duro star system, la famosísima Lilian Gish.

Y todo a través de la pluma ágil y desnuda de la Brooks que habla sin rubor y sí con sencilla inteligencia de sus experiencias y escarceos. De su propia subida al Olimpo y caída. De sus relaciones con otros profesionales del medio, con amigas, amigos, enemigos y enemigas…También ofrece un retrato de la vida en los espectáculos de variedades donde ella era bailarina que subió a los escenarios como chica del Ziegfeld Follies en Broadway. Y muestra como miraba y miraba y sobre todo cómo no se tomaba ella misma demasiado en serio lo que la convirtió en prototipo de mujer rebelde. Y ahora viendo sus imágenes, de mujer moderna de los veinte pero también del siglo XXI. Con su pelo a lo garcon, su mirada limpia, transparente e inteligente y su pluma veloz.

Lulú en Hollywood es todo un deleite y una fuente de conocimientos para conocer ese otro Hollywood también apasionante. Sin luces de neón. Oscuro pero también lleno de destellos y talentos. Con muchas historias, algunas tristes, otras divertidas y con mucha, mucha chispa…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (149)

Bruja: dicen que las brujas eran mujeres a las que se les atribuía poderes extraordinarios. Mujeres que históricamente estaban relacionadas con la superstición, mujeres que fueron perseguidas y quemadas en los fuegos de la inquisión porque sus poderes eran considerados malignos.

Las brujas también son personajes de origen mítico que aparecen en los cuentos infantiles o en leyendas antiguas. Hay incluso un imaginario sobre cómo es una bruja. Una mujer fea y malvada con poderes mágicos que puede volar montada normalmente en una escoba. Pero este imaginario ha evolucionado y también las brujas pueden ser hermosas…

En el cine la bruja también ha sido personaje imprescindible de mil y una historias. Nuestro recorrido empieza con la bruja malvada del Este que es la pesadilla de Dorothy en El mago de Oz. Una bruja totalmente de cuento con verruga incluida y el rostro de Margaret Hamilton…, Judy Garland también se encontraba con una bruja buena y bella, la del Norte, con el rostro de Billie Burke.

Otra de cuento y recordada con cariño es, sin duda, La bruja novata. Aventura Disney divertida y tierna donde una impagable Angela Lansbury es una aprendiz de bruja con escoba y conjuros incluidos. Y si no nos ponemos puristas ¿quién Mary Poppins sino una bruja buena y moderna? Disney siempre fue magnánimo con las brujas y nos presentó personajes inolvidables pero quien gana la partida es la bruja de Blancanieves. Porque es bella y horrible a la vez. Y su transformación, terrorífica. Nadie olvida esa hermosa madrasta (vamos, ni comparación con la sosilla de Blancanieves) delante del espejo en todo su esplendor y cómo se convierte en una mujer anciana, de negro, con rostro tremendo y manzana traidora…

Pero dentro de la evolución de las brujas, ahí nos encontramos a las rubias más hermosas convirtiéndose en mujeres modernas… pero brujas, brujas, brujas… que son capaces de enamorar locamente a hombres que suspiran por ellas y que están dispuestos a vivir para siempre al lado de mujer tan especial. Así primero fue Veronica Lake fue esa bruja que trata de hacer la vida imposible a Fedric March pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho en Me casé con una bruja de René Clair. Años más tarde fue Kim Novak quien enamora a James Stewart como una moderna bruja de los años cincuenta en Me enamoré de una bruja. Y siguiendo con la estela de amables brujas…, no podemos olvidar la popularidad que adquirió la serie Embrujada (años sesenta) que hace poco tuvo un remake prescindible con una Nicole Kidman de ama de casa que trata de disimular sus megapoderes a su normal marido. También fueron mujeres ‘normales’ que de pronto son conscientes de sus poderes sobrenaturales Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon en la taquillera Las brujas de Eastwick.

Ahora toca el turno a otro tipo de brujas. A todas esas mujeres que fueron condenadas a la hoguera por múltiples causas por la Inquisición y por la intransigencia de todo un pueblo. No gustaban las mujeres que se salieran del guión establecido y algunas sufrieron las consecuencias más horribles. Así recordamos películas más oscuras como El Crisol que adapta una de las obras más populares de Arthur Miller sobre unas jóvenes condenadas por Brujas en la comunidad de Salem o la joven y mísera campesina a la que en un ambiente de erotismo oscuro es condenada en la hoguera por bruja en El nombre de la Rosa.

Hubo directores que indagaron en la brujería femenina como Carl Theodor Dreyer que bien nos presenta mítica película de bruja vampira en película de culto, Vampyr o que analiza el mundo de la condena por brujería en Dies Irae.

El mundo oculto de las brujas de cuento o más reales es infinito en metros de celuloide…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Terminó la locura…, adiós Blake Edwards

Holly Golightly tiene un día rojo.

Ni Paul Varjak la consuela.

Un gato sin nombre pasea bajo la lluvia.

Holly ya no encuentra calma en Tiffannys.

Los días de vino y rosas han terminado.

El inspector Clouseau se ha quedado huérfano con su despiste y ya nadie puede ir tras el rastro de la pantera rosa.

En la carrera del siglo ya no hay rivalidades entre coches de principios del siglo XX ni llegadas locas a la meta.

En el guateque ya nadie baila. Y Hrundi V. Bakshi vuelve a tocar la trompeta… que se queda sin sonido. Una trompeta sorda. El disparate ya no tiene sitio.

Se acabó el espectáculo de Darling Lili y ya nadie sabe si es Víctor o Victoria.

La mujer perfecta se ha desvanecido.

Ya no ocurren citas a ciegas.

No hay rubias dudosas.

… Se terminó la locura.

Blake Edwards ha muerto.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.