Maratón de películas anómalas…

Si buscamos en el diccionario la definición de anómalo nos encontramos con dos palabras clave que no quieren decir lo mismo pero que sin embargo encajan a la hora de definir la siguiente galería de películas: irregulares y extrañas. Y ésa es su baza estrella, la que las convierte en especiales y en propuestas que no tienen que dejar de verse.

Killer Joe de William Friedkin

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… parece que los jóvenes furiosos y rebeldes de los años sesenta del cine americano (aquellos que formaban parte de la generación de la televisión), siguen siendo abuelos furiosos y rebeldes que dejan propuestas cinematográficas más radicales que la de jóvenes realizadores.

Si la obra póstuma de Sidney Lumet, Antes que el diablo sepa que has muerto, descubrió a muchos cinéfilos al director y a otros nos confirmó a un Lumet brillante… ahora llega William Friedkin y presenta esta película extraña e hipnotizante en su peculiar e irregular carrera pero con títulos míticos como The French Connection o El exorcista.

Y es que Killer Joe muestra a una familia disfuncional delirante a la que se une un policía corrupto y oscuro (la cena final no tiene desperdicio). Todos integran una película tan salvaje y con unos personajes tan amorales que termina siendo una comedia de humor negro…, sólo así es posible contar argumento tan siniestro.

Además de dejar escenas memorables, por extremas, como los distintos usos que se pueden dar a un muslo de pollo de una famosa cadena de comida rápida americana, o la presentación y posterior desarrollo de un personaje para la posteridad oscura (el propio Joe con el rostro de Matthew McConaughey que va sorprendiéndome cada día más) o cómo emplea Friedkin el sentido del ritmo así como el ambiente entre inquietante y absurdo de la película… Killer Joe deja una galeria de buenos actores que aportan sus rostros y composiciones para unos personajes harto desagradables (¡y lo hacen tan bien!): Emile Hirsch, Thomas Haden Church, Gina Gershon y Juno Temple.

Across the Universe de Julie Taymor

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En el mundo del cine musical tengo cariño a las propuestas delirantes. Y la Taymor no tiene miedo al delirio así que Across the Universe es un musical que se tira al vacío y para la que esto escribe el intento es de lo más interesante. Durante los años setenta hubo musicales reivindicativos y quizá el más significativo fue Hair que tiene muchos puntos en común no sólo en la época que refleja sino en temática con Across the Universe.

Taymor decide atrapar una época desde un punto de vista determinado. Esa etapa es la de los años setenta y el punto de vista determinado la de jóvenes que abrazaron el movimiento hippy. Pero también cómo este movimiento se fue dispersando en distintas propuestas: un modo de vida o una militancia política que fue del pacifismo a la respuesta armada.

Los protagonistas de la historia son un joven de la clase obrera de Liverpool que llega a EEUU en busca de un padre perdido y una pareja de hermanos ricos (chico, chica… mejor amigo y amor de la vida del joven de Liverpool) que evolucionan en su rebeldía desde el movimiento hippy a militancias más radicales. Todo sacudido por el efecto que tuvo la Guerra de Vietnam en toda una generación de jóvenes norteamericanos.

Y para contar ese delirio se sirve de las canciones de los Beatles… y a través de sus letras construye una historia llena de referentes al grupo británico y a una época determinada.

Así Taymor logra sorprender en algunas versiones y equilibra un musical excesivo y barroco que no pasa la barrera (y no hubiese sido complejo) del ridículo y atrapa un determinado espíritu de una época…, me atravería a decir que una manera de mirar y pensar.

Los amantes de Pont Neuf de Leos Carax

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Una gran paradoja: una de las obras más caras de la cinematografía francesa y del propio Leos Carax (que arrastró y arrastra su imagen de cineasta maldito) tiene como protagonistas a dos personas sin hogar que viven en un Pont Neuf en obras. Y Los amantes de Pont Neuf narra una historia de amor desgarrado entre dos personajes heridos que viven en un París hostil. Pero a la vez Carax consigue no solamente una fuerza visual alucinante sino que puebla la película con escenas de una belleza fascinante.

Por otra parte dos intérpretes esculpen sus personajes con sus cuerpos y rostros… y es difícil olvidar a los amantes. Ella es Juliette Binoche, la reina del primer plano (absolutamente fascinante en Camille Claudel 1915 de Bruno Dumont que se estrenará en breve y que tuve oportunidad de ver en la Cineteca-Matadero). Y él es el actor fetiche del director, Denis Lavant, entre inquietante, herido y tierno.

… Así esconde imágenes inolvidables como un Pont Neuf entre fuegos artificiales o los amantes recorriendo el Sena de una manera muy especial… Y con un final que une a Carax con Jean Vigo… y una de las obras míticas del cine francés, L’Atalante. Los amantes del Pont Neuf es una película excesiva pero extremadamente hermosa a la vez.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Madame Bovary (Madame Bovary, 1949) de Vincente Minnelli

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El elegante y aristocrático Rodolphe (Louis Jourdan) ofrece su mano a Madame Bovary (Jennifer Jones) para que baile con él un vals. Antes Emma ha rechazado a un montón de pretendientes porque no sabe bailar ese estilo. Justo cuando se mira en un lujoso espejo y ve reflejada una imagen que le agrada, la imagen bella que ha soñado tantas veces en las novelas románticas, en las revistas de moda y últimas tendencias… la culminación de su felicidad… una mano la invita a bailar. La mano de Rodolphe, el hombre imaginado con porte de príncipe azul. No puede rechazar la invitación y empieza a dar vueltas y vueltas al salón en el baile del marqués de Andervilleirs donde ha sido invitada junto a su esposo Charles Bovary (Van Heflin), un humilde médico rural. Giran y giran sin parar. Emma va perdiendo la cabeza y la noción de la realidad. Y le dice a ese príncipe azul que se está mareando que tiene que parar. Pero él no para y grita la situación de su compañera de baile. Entonces el marqués ordena la ruptura de ventanas para que entre el aire. Los mayordomos toman sillas y las estampan contra las ventanas mientras la pareja gira y gira. Emma está en un momento de extasis total. Entonces su marido borracho, que no ha logrado integrarse en la velada y que se ha sentido fuera de lugar todo el rato (como ya preludiaba) pero que sólo quería hacer feliz a su esposa, ve desde lo alto de una escalera ese extasis en su esposa, esa felicidad, y quiere compartirla con ella. Y baja las escaleras llamándola, borracho, y se mete entre los que bailan intentando alcanzarla. Entonces Emma le oye, le ve y se da cuenta de la realidad. Su marido llega hasta Rodolphe y le pide que le deje bailar con su esposa… pero ésta sale despavorida del salón de baile. Su sueño de belleza ha terminado.

Vincente Minnelli en esta escena maravillosamente coreografiada y filmada logra reflejar totalmente el estado del alma de Madame Bovary. Sus anhelos y sueños… y su siempre choque brutal con la realidad. Una realidad que ella rechaza porque no se parece a la que imagina o sueña. Capta así la esencia del personaje de Emma Bovary en una película llena de decisiones de puesta en escena y de puntos de vista que enriquecen esta adaptación cinematográfica de la novela de Gustave Flaubert. Es una mirada personal que parte de un punto de vista privilegiado. Lo que nos es narrado en la película (y que es lo que nos deja claro que va a ser una adaptación especial, una mirada personal…) es la defensa del personaje de Emma que realiza el propio Gustave Flaubert (James Mason) cuando está siendo condenado en un juicio por escribir una obra literaria inmoral.

Y es este punto de vista muy interesante porque lo que se trata es de entender a Emma Bovary. Es curioso, al buscar en la Red información sobre Robert Ardrey, guionista encargado de la adaptación, se señala que además de guionista fue un conocido ensayista especializado entre otras cosas en antropología y etología. Y se notan esos conocimientos porque todos los personajes y el ambiente en el que viven están perfectamente dibujados. Sus comportamientos y motivaciones. Así, como entiende Flaubert a su heroína, los espectadores también. Y nos provoca una tremenda tristeza. Pero no sólo está perfectamente reflejado el personaje y las motivaciones de Emma sino que cada uno de los personajes secundarios están perfectamente construidos.

Sin duda el otro gran personaje (por lo menos para la que está tecleando en su vieja máquina sin parar) es Charles Bovary con el rostro de Van Heflin. El retrato es perfecto. Un médico rural sin ambiciones, tan sólo aspira a una vida tranquila al lado de su familia y en una pequeña localidad. Un hombre consciente de sus limitaciones y profundamente enamorado de su esposa, fiel, que nunca la abandona, que trata de entenderla cueste lo que cueste. Un hombre que no busca la aventura sino vivir el día a día. Un hombre bueno pero sin horizontes. Y un hombre que nunca miente a Emma. Al principio la avisa: no es el príncipe que ella espera… Juntos se ven abocados a una relación destructiva que no dará la felicidad a ninguno, sólo desolación.

Además Vincente Minnelli emplea con maestría los elementos de un género clave en su filmografía (además del musical), el melodrama. Un melodrama en blanco y negro que llega sin embargo a escenas de cartasis como es toda la secuencia de la agonía y muerte de Emma Bovary tras su intento (y finalmente logrado) suicidio.

Son muchas las decisiones de puesta en escena que hacen avanzar la historia y contarla de una determinada manera. Como ese juego de espejos durante toda la película: los distintos momentos en los que la heroína se ve reflejada en uno y que cada momento significa una evolución en el personaje y su situación. O esa maravillosa metáfora de una novia hermosa vestida de blanco en una boda rural de la que ella quiere huir. Se avergüenza de los suyos. Se siente fuera de lugar. Y lo percibimos desde el primer instante. Ella quiere huir a toda costa de la mediocridad, de lo feo… Quiere construir el mundo de sus fantasías, quiere volar y no sentirse atada y condenada a una existencia sin emociones. Otro momento inspirado es esa Emma asomada a la ventana anticipándose a las acciones de sus vecinos en un nuevo día, dando a entender la monotonía de su vida…

Madame Bovary es una buena propuesta estilística de Vincente Minnelli que vuelve a demostrar su empleo y uso del lenguaje cinematográfico para realizar una película rica en matices. Su arriesgada adaptación de la novela de Flaubert da un fruto sabroso y se viste además con todos los ingredientes de un buen melodrama protagonizado por personajes tremendamente humanos… empezando por la propia Emma.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (202)

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Joyas: son muchas las joyas que vienen a mi cabeza que adornaron y adornan los fotogramas de una galeria de películas… Sólo una muestra de pendientes, collares y anillos para elegir…

Pendientes: Madame M… gira alrededor de unos pendientes que pasan de mano en mano y cambian drásticamente el destino de su dueña…

Mamá Joad se despide de su hogar mirándose al espejo mientras se coloca unos pendientes. Es como si fuera el último momento para sí misma. El último momento de coquetería… algo que nunca se ha podido ni podrá permitirse. Todo en la tremenda Las uvas de la ira.

La joven de la perla, un cuadro tiene un matiz distinto si la modelo finalmente se perfora la oreja y se pone una perla…

Collares: Pretty Woman se convierte definitivamente en Cenicienta vestida de medianoche cuando a su traje rojo y a su elegante peinado para acudir a la Ópera (destino que ella no sabe hasta el final de la secuencia), el millonario empresario aporta un detalle más, un increíble collar de brillantes.

Sin embargo Satine nunca se siente tan cortesana cuando tiene que aceptar el laborioso collar que le ofrece el hombre al que no ama, el duque malvado y ridículo. Y ese collar-regalo no puede aceptarlo. Le quema el cuello. Moulin Rouge ha dejado tiempos alegres y locos para convertirse en un melodrama romántico.

Me entero de que uno de los relatos más impresionantes para servidora de Guy de Maupassant fue llevado a la pantalla de cine en una película sueca que era un trabajo colectivo de varios directores… y el episodio de El collar fue rodado por Gustav Molander y protagonizado por Ingrid Bergman (¡tengo que verlo!).

Anillos: Una de las escenas más divertidas de Cuatro bodas y un funeral tiene que ver con los anillos. Por otra parte los anillos de boda siempre están presentes. Aquí a los protagonistas, encargados de los anillos de los novios, se olvidan de ellos. Y en la Iglesia y en plena ceremonia tienen que conseguirlos… y los consiguen… pero ¡menuda cara que ponen los novios al ver sus ‘alianzas’! Bisuteria pura junto a un anillo heavy metal.

Una de las trilogías de los últimos tiempos, que adaptaba el universo de Tolkien, no hubiera podido existir sin un anillo…

… Todavía no he visto Las brujas de Zugarramurdi pero creo que todo arranca por un botín de miles de anillos…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La usurpadora (Back Street, 1932) de John M. Stahl

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Si a principios de este año escribí que la característica del melodrama La calle de atrás de David Miller en los años sesenta era el paroxismo emocional que culminaba en un desatado triple final, sorprende cómo la primera adaptación de la novela de Fannie Hurst, Back Street, dirigida por John M. Stahl en 1932 sea un melodrama contenido y por eso emocionante. Contiene verdad. Porque se acerca más a la premisa del amor sin condiciones. Se entiende perfectamente el drama de Ray (Irene Dunne), una mujer que asume, con dolor y sacrificio, ser ‘la otra’ sin querer serlo… cuando además tiene varias oportunidades de acabar con ese papel pero ya se sabe que a veces no se puede controlar al destino… ni de quién te enamoras. El espectador se da perfecta cuenta a qué se refiere el título original, qué significa vivir siempre en la calle de atrás. Y curiosamente mientras La calle de atrás de Miller se queda como un disfrute total del melodrama desatado pero a la vez algo trasnochado y pasado de moda, La usurpadora se convierte en una película por la que no pasa el tiempo, moderna y transgresora que además supone otra obra cinematográfica a tener en cuenta de un periodo rico en posibilidades, el pre code. Y esa modernidad se debe a la sinceridad, el realismo y los matices que plantea en un tema muy cinematográfico, el adulterio… y sobre todo el personaje que sale ganando es Ray, muy por encima de su oponente masculino que sí se rige por los cánones de la época, ese principio de siglo XX entre la tradición y el modernismo.

Muchas de las películas de los años treinta de John M. Stahl tuvieron su remake en los cincuenta y en los sesenta. Digamos que Douglas Sirk convirtió a Stahl en una sombra. Por eso su obra es bastante más desconocida pero cada nueva incursión en sus películas se desvela a un director sensible y pausado capaz de construir melodramas mucho más racionales y coherentes que sus hermanas de los cincuenta y sesenta (que es su locura, colorido y exageración emocional lo que por otra parte les convierte en especiales). Es descubrir a un director con un trazo suave al realizar narración cinematográfica de calidad.

Así La usurpadora presenta escenas de puro cine sin exaltación y sí mucha emoción además de reflejar cómo el destino interviene en las vidas de sus protagonistas (como en tantas películas de romanticismo exacerbado… y siempre viene a la cabeza, Tú y yo). El que Ray llegue tarde a la cita de un concierto al aire libre con su enamorado y su madre (cuando éste aún no se ha casado oficialmente con su prometida y puede parar, quizá, el enlace) supone el momento en que sus vidas cambian para siempre. Ella convirtiéndose en ‘la otra’ cuando años después vuelve a encontrarse con él. Y él en un hombre ‘condenado’ a una vida de apariencias (y también bastante egoísta porque no renuncia a la posición social y laboral que le da su matrimonio pero no deja que Ray reconstruya su vida y se aleje de él).

La usurpadora es Irene Dunne y recorre toda una vida… desde una joven llena de vitalidad y libertad que decide por sí misma (y muy válida profesionalmente) hasta una mujer anciana y madura que ha sacrificado (porque lo ha querido así, también ha sido libre) todo por amor a un hombre que vive una doble vida… pero la confina a ella a la calle de atrás (por las presiones sociales). Así Ray no se realiza ni en el mundo laboral, en el trabajo. Ni tampoco puede ser madre. Ni puede tampoco relacionarse y crearse su propio círculo de amistades, no puede prosperar socialmente… Ella se sabe mujer enamorada y decide ser ‘la otra’, asumir ese papel con todas las consecuencias. Asumir el egoísmo del amado. Y asumir la soledad y el rechazo.

Así Stahl cuenta con elegancia una historia que transcurre en el tiempo y que tiene como protagonista a una mujer que asume su papel de ‘la otra’ sin reprochar ni pedir nada a cambio. Sin exigir. Una historia construida a través de esperas, silencios, miradas y conversaciones cruciales. Y además una historia inteligente porque no estamos hablando de una mujer sumisa sino de una mujer que decide libremente o que no ve otra salida para estar con el hombre que realmente ama en esos momentos. Ella tiene oportunidad de irse con un amigo que siempre la ha querido, de trabajar y de realizarse como madre… pero sabe que se engañaría porque todo eso lo hubiera querido con el hombre que no puede estar a su lado.

En muchos momentos sientes la soledad de Ray… la mujer en la sombra. En ese transatlántico donde todo el mundo se relaciona menos ella que pasea por la borda y mira el mar, mientras espera que el hombre que ama pueda hablarla o acercarse a escondidas. Que sufre la mirada de odio y rechazo de unos hijos que ven como su padre engaña a su madre… y no saben toda la versión.

No hay ningún momento de paroxismo emocional o exaltación exagerada y sin embargo los momentos finales te tienen sin respiración y te trasladan también a una catarsis emocional… triste, real, creíble…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

 

Odio entre hermanos (House of strangers, 1949) de Joseph L. Mankiewicz

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A veces basta una sola secuencia para sentirte atrapada ante la visión de una película. En Odio entre hermanos ocurre. Y sólo por esa secuencia ya sabes que Mankiewicz además de escribir buenos guiones sabe emplear de manera prodigiosa el lenguaje cinematográfico y sobre todo un recurso que emplea muy bien (y no es fácil) en alguna de sus películas más inolvidables: el flashback.

Odio entre hermanos nos hace conocer a Max (Richard Conte). Nos enteramos que acaba de salir de la cárcel. Que lleva siete años encerrado… Y que siente un especial resentimiento contra sus tres hermanos. Se nos va dosificando la información. Su padre ausente, omnipresente en varios retratos, era dueño de un banco que ahora regentan los tres hermanos. Max llega exigiendo a sus hermanos el tiempo perdido. Y se percibe desde el principio una tensión insoportable. También descubrimos a Irene (Susan Hayward), una mujer ajena a la familia que ama a Max y le ha esperado. Una mujer que trata de que Max expulse todo el odio que tiene acumulado en su interior y la influencia tan destructiva del padre omnipresente.

Entonces Max, en soledad, va a visitar la casa paterna… y ocurre la secuencia prodigiosa. Sólo por ella merece la pena su visionado. Se dirige a un salón muy barroco que está presidido por un enorme retrato del padre ausente, encima de una chimenea y al lado hay un gramófono. Max levanta la tapa y pone un disco y suena una ópera italiana, éste se sitúa entre el gramófono y el retrato de su padre y se queda pensativo… la cámara se va alejando de Max y va saliendo del salón hasta llegar a la escalera principal, y ésta va subiendo las escaleras hasta llegar a los aposentos de arriba se queda un momento fija en una ventana donde entra una luz tenue y hay un imperceptible fundido que nos devuelve a esa misma ventana y entonces la cámara sigue su recorrido por los aposentos hasta llegar a un dormitorio y entra a un aseo donde un hombre, en una bañera, tararea la misma ópera italiana que estábamos escuchando en el salón… ese hombre es el padre del protagonista (increíble Edward G. Robinson)… el magistral flashback está servido.

Así entramos en un drama familiar con aires de cine negro y gotas de melodrama donde la personalidad arrolladora del padre, un italoamericano que se ha hecho a sí mismo, influye de manera nefasta en sus cuatro hijos. Un inmigrante italiano que ha prosperado en la tierra prometida pero a la vez se ha ido corrompiendo. El padre ha pasado de regentar una humilde barbería a un banco (que lleva sus cuentas de manera irregular) y que aprovecha la crisis económica del crack del 29 para enriquecerse a costa de sus compatriotas más pobres.

… es una tragedia así podemos ver aires shakesperianos del rey Lear o gotas de relato bíblico de odio entre hermanos. El hermano más querido y respetado por el padre (pero al que también le influye la fuerte personalidad paterna) es el pequeño, Max. Un abogado triunfador y mujeriego que se muestra leal y fiel al padre. Los otros tres hermanos son continuamente machacados y humillados por su padre que les suelta todo tipo de lindezas. Así somos testigos en una comida familiar la fuerte tensión que vive esta familia día a día… Lo que más me ha sorprendido es el reflejo de esta familia italoamericana, su historia y su evolución en la tierra prometida. Las relaciones entre ellos y sus comportamientos. Un retrato magnífico que me ha recordado a una trilogía que adoro: El Padrino de Francis Ford Coppola. ¿Conocería el director esta obra cinematográfica antes de realizar la trilogía?

Odio entre hermanos ha supuesto un buen descubrimiento (gracias Alfredo, 39 escalones) que además permite disfrutar de todos los matices interpretativos de un Edward G. Robinson espectacular, muy bien acompañado por la contención de Richard Conte. El personaje de Conte tiene unos diálogos para enmarcar con Irene (una de las reinas del melodrama, Susan Hayward), la mujer que ama. Los secundarios para quitarse el sombrero como la enorme Hope Emerson, una jovencísima Debra Paget o una mamma italiana sufridora con el rostro de Esther Minciotti.

Es una película que cuida los ambientes (algo que también siempre ha sabido hacer muy bien Mankiewicz): la casa paterna, la casa de Irene, los bares que frecuentan los personajes, el propio banco… Y que te atrapa hasta llegar a un clímax donde el odio entre hermanos estalla de la manera más cruda y donde se refleja la influencia (tanto para bien como para mal) que tienen los padres sobre los hijos…

Odio entre hermanos es una obra cinematográfica más olvidada que otras entre la filmografía de Mankiewicz. Y es una buena sorpresa recuperarla. Aunque sólo sea para disfrutar cómo se emplea (y cómo se plasma) de manera magistral un flashback.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (200)

kontiki

Barcos y otras embarcaciones: aventuras marítimas, conflictos bélicos, expediciones a otros mundos, naufragios, catástrofes, inmigraciones, viajes inolvidables… barcos piratas, transatlánticos, canoas, pequeños barcos de pescadores, lanchas, balsas… en el mar hay un tráfico de embarcaciones cinematográficas inolvidables.

En septiembre se estrena Kon-Tiki, la historia de una expedición de un joven antropólogo noruego que en 1947 decidió cruzar el Pacífico en una balsa.

Nos vienen a la cabeza varias historias marítimas. El hundimiento del Titanic ha sido reflejado varias veces en la pantalla blanca: desde el blanco y negro al color pasando por la leyenda romántica de una camarera. Tampoco nadie olvida ese gran barco de viaje de placer que se vuelca y queda al revés, La aventura del Poseidón.

Así hablando de barcos y catástrofes nos encontramos con dos clásicos olvidados con un clímax: un barco que se hunde. Uno por la tragedia de la guerra, Arise my love de Mitchell Leisen y otro en pleno romance desesperado con barco que se hunde en Cena de medianoche de Frank Borzage.

La inmigración y los viajes en barcos masificados han dejado escenas y películas que apenas pueden olvidarse. Nos vamos con Charlot, el inmigrante. Y con la impresionante Lamerica de Gianni Amelio sobre la inmigración albanesa que busca la tierra prometida en Italia. O ese otro viaje que supone dejar la vieja Europa para encontrar un nuevo mundo en América. No podemos olvidar a Elia Kazan y su América, América o la segunda parte de El Padrino donde se nos cuenta la llegada del niño Vito Corleone en un barco repleto de inmigrantes. Otros barcos trágicos con inmigrantes que son recibidos a pedradas o reclutados rápidamente en una guerra dura (que no es la suya) es lo que nos refleja magistralmente en los puertos de Nueva York Scorsese en Gangs of New York.

Existen travesías históricas duras. Otto Preminger relata cinematográficamente la travesía de Éxodo hacia Palestina y el nacimiento del estado de Israel. Y Peter Weir reconstruye la vida en un barco durante las guerras napoleónicas en Master and Commander. El día a día de un carguero en plena segunda guerra mundial puede verse en Escala en Hawai de John Ford. Imposible no recordar el realismo del desembarco de Normandia en Salvar al soldado Ryan.

En embarcaciones pequeñas pueden transcurrir historias diversas: desde un enfrentamiento de clases sociales y hombría en la desasosegante Cuchillo en el agua de Polanski al terror más extremo en Calma total de Phillip Noyce. También el relato negro más duro como en El talento de Mr Ripley o su primera versión A pleno sol de René Climent y el hermoso rostro de Alain Delon. La intriga y la tensión en un bote salvavidas en una peculiar película de Alfred Hitchcock, Náufragos.

No se pueden olvidar los barcos piratas. Desde la última saga de Piratas del Caribe (que lo que más me gusta es el barco) hasta los clásicos como El temible burlón, El mundo en sus manos o La mujer pirata. Y un poco de nostalgia con ese grupo de adolescentes que viven el verano de su vida encontrando un tesoro en un barco pirata, Los Goonies.

Es imposible olvidar las travesías por mar donde se viven grandes romances: ¿alguien no recuerda Tú y yo? ¿O La extraña pasajera?

También viajamos por la pantalla blanca con los pescadores pacientes en sus pequeñas barcas… así nos viene a la cabeza El viejo y el mar o la dura vida de los pescadores en Terra trema.

Hay pequeñas embarcaciones e historias de amor imposibles como la hace poco recordada en este mismo blog: La reina de África. Hay historias donde el peligro son enormes peces y sólo valientes y duros hombres pueden hacer algo (aunque el pez en cuestión se convierta en obsesión) en sus barcos que conocen como la palma de su mano: puede ser un Tiburón o la ballena blanca Moby Dick.

El viaje en barco como metáfora para llegar al caos o al infierno como la travesía en Apocalipsis now.

También hay extraños cruceros donde los pasajeros viven historias opresivas como Lunas de hiel de Roman Polanski o con historias dramáticas a cuestas y el nazismo de fondo, El barco de los locos de Stanley Kramer.

Otras historias transcurren en embarcaciones más extrañas. Tom Hanks se las tiene que ver con una balsa en la inmensidad del océano en Náufrago. El realizador Jean Vigo regala una poética historia en una embarcación enorme que va por los canales donde una novia deja volar su velo blanco, L’Atalante. O en Young Adam, un joven encuentra un trabajo en una barcaza con un matrimonio extraño y así transcurre una historia oscura.

Los barcos y la vida en los puertos… de nuevo Elia Kazan y la maravillosa la Ley del silencio con la dura vida de los estibadores.

… Otros barcos surcan los mares.

Y serán atrapados por la pantalla blanca.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930) de René Clair

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… los tejados de un barrio de París… y una escena en un callejón. Un cantante callejero, acompañado por un acordeonista ciego, entona una canción popular, del momento, y vende a la vez la letra de la canción con la partitura. Los vecinos se reúnen alrededor de él e improvisa un coro en medio de la calle. De pronto René Clair consigue atrapar algo de manera sencilla y preciosa: un momento, un instante efímero pero lleno de vida. Los vecinos entonan la canción, hay distintas acciones y miradas… y presentaciones de los personajes. Puro cine.

Ahí nos encontramos a casi todos los protagonistas de esta sencilla, nostálgica y poética narración cinematográfica sobre los bajos fondos parisinos. Un universo poblado por callejuelas estrechas, bailes populares, bares o cafés, peleas nocturnas junto a las farolas y a las vías del tren, pequeñas habitaciones, reuniones de vecinos, escaleras donde habitan bohemios, carteristas, artistas, artesanos, ladrones de poca monta, inmigrantes…

En esta primera escena aparece la joven inmigrante Pola, el cantante callejero Albert, su amigo el carterista y Fred, el jefe de una banda de ladrones. Más tarde en la barra de un bar aparece también el mejor amigo de Albert, Louis. Una amistad en la que siempre se están divirtiendo, compitiendo, jugando y peleándose… Así la película mezcla situaciones de comedia sentimental, con gotas de melodrama y cine de gánsteres. Pero el cóctel es tan sencillo y poético que funciona.

Lo poético se encuentra en los detalles y matices: un espejo roto que se convierte en un símbolo del amor imposible que siente Albert por Pola o los tejados de París o el reflejo de la vida de los vecinos a través de sus ventanas…

Y con esa plasmación de los instantes y la vida, René Clair nos habla de las complejidades del amor. Así la dulce Pola se convertirá en la mujer deseada por tres hombres y el destino construirá una historia donde también intervendrá el azar y la amistad. Así Pola se encontrará en los brazos del mafioso Fred, del romántico Albert y del más pragmático Louis.

Después de una historia de vidas cruzadas donde alguno saldrá con el corazón partido y otro conseguirá el corazón de la chica… y alguno que otro terminará en prisión así como otros afianzarán sus lazos de amistad, no queda otro modo de terminar la historia que de nuevo mostrando un coro callejero… porque la vida continúa y los techos de París.

René Clair se enfrenta así a su primer largometraje con éxito internacional (aunque el mayor éxito fue en su país de origen Francia) y además emplea por primera vez el sonido en el periodo en que las películas habladas empiezan a dejar atrás el cine silente. Pero el uso del sonido es para ayudarle a contar la historia, se sirve del sonido pero todavía realizando un uso preciso del lenguaje puramente visual del cine mudo. Así no hay largos diálogos o conversaciones, la mayoría de las veces no escuchamos esos diálogos tapados por la vitrina de un cristal o por el sonido de un tocadiscos…o por el jaleo de una trifulca. Muchas de las situaciones Clair las sigue solucionando de una manera visual y el sonido sólo es un pretexto para contar algo más o para que en los barrios de París se oiga cantar a sus vecinos o se les vea bailar al son de la música. A pesar de la ausencia de diálogos la historia puede seguirse perfectamente pues sigue siendo puro cine silente con acompañamiento de sonido.

Bajo los techos de París es una recreación nostálgica y poética de un París de los bajos fondos donde los artistas conviven con los carteristas y con los que menos tienen junto los inmigrantes y bohemios en una armonía ideal. Y como siempre es el amor el motor de las vidas de muchos de sus personajes. El amor por una chica o la camaradería entre amigos o la solidaridad entre vecinos…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hermanos en el cine: dos o más… (y tercera parte)

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Muchas son las películas donde los protagonistas son hermanos. Y protagonizan todas las modalidades y todos los géneros posibles. Hay hermanos que dan risa, otros nos hacen llorar. Algunos se aman, otros se hacen daño y otros se aman y se odian a la vez. Algunos se admiran entre sí o se decepcionan los unos con los otros. El de más allá recuerda y el de más acá siente nostalgia. Protagonizan cine negro, cine cómico, cine musical, melodrama… Y muchos se han convertido en inolvidables.

Así de manera desordenada vienen un montón de hermanos de ficción a mi cabeza. Los más recientes que habitan en mi cabeza son dos hermanos de vidas complejas y torturadas. No pueden evitar hacerse muchísimo daño porque habitan en un ‘sitio oscuro’ pero también se quieren y por ello sufren más el uno por el otro. Ninguno de los dos puede ser feliz y sobrevive cada uno como puede. Los dos son autodestructivos e incapaces de llevar las riendas emocionales de sus vidas. Se llaman Brandon y Sissy y vivimos con ellos unos días en Nueva York en Shame de Steve McQueen.

O también reciente es el retrato de dos hermanas que esperan de maneras muy diferentes el fin del mundo. El planeta Melancolía se estrella contra el mundo. Y es muy diferente, la fragilidad y vulnerabilidad de Justine, que desde su continua depresión y desorden emocional ya lo da todo por perdido luego se hace fuerte ante el final y el caos, y la seguridad y vida controlada de Claire que de pronto ve como toda su vida ordenada se desmorona y se le escapa todo de las manos.

Siguiendo con Kirsten Dunst que era el rostro de una de las hermanas ficticias que Lar von Triers llevó a las pantallas, vemos como también su rostro acompañaba a una de las hermanas de la familia Lisbon. Cinco hermanas perfectas y bellas de las que se enamoraban todos los chicos de barrio… pero que se convertían, sin explicación alguna, en las vírgenes suicidas.

Pero siguiendo también la estela del cine danés recuerdo la penúltima película de Thomas Vinterberg, Submarino, donde el director diseccionaba la dura historia de dos hermanos que viven un hecho traumático en su infancia que marca sus vidas para siempre. Impresionante. Por otra parte la realizadora Susanne Bier nos también la historia de dos narra en Hermanos. Uno de ellos, con su vida organizada y feliz tiene que irse a la guerra de Afganistán y el otro que llevaba una vida sin rumbo, el hermano pequeño, ante tal situación se responsabiliza de la familia de su hermano. Cuando el hermano, roto por una experiencia traumática en la guerra, regresa al hogar… estalla el conflicto.

Pero quiero ahora marcharme a la comedia. Y entonces la última comedia romántica que me ha gustado y mucho es El amigo de mi hermana. Donde se nos cuenta un fin de semana de enredos en una casa en la montaña. Los protagonistas son dos hermanas y el amigo de una de ellas.

Y siguiendo la estela de la alegría recuerdo uno de los musicales que más vi cuando era pequeña y que más me gustaba: Siete novias para siete hermanos. Me parecía el colmo de lo divertido esa casa en la montaña con siete rudos hermanos pero encantadores y cómo secuestran a las chicas de sus sueños y además las enamoran… Y mientras números musicales y canciones que me encantaban. Tanto es así que mis padres casi todos los domingos me despertaban con un disco de vinilo con la banda sonora de la película.

El cine clásico, el de blanco y negro, también nos regaló retratos inolvidables de hermanos. Recuerdo una de mis películas favoritas La ley del silencio y una de las tramas que más me gustan: la relación entre Terry, el boxeador fracasado, con su hermano mayor, Charlie, que trabaja para el gánster más poderoso del puerto. O me viene a la cabeza una cinta de cine negro La fuerza del destino donde Joe Morse, abogado que trabaja para un mafioso, tiene que perjudicar a su hermano mayor que lleva una pequeña casa de apuestas.

Otro filón para películas de distinta índole, normalmente de terror o misterio pero también para la risa son los hermanos gemelos. Así Robert Siodmak nos dejó A través del espejo con una Olivia de Havilland desdoblada en dos hermanas gemelas muy diferentes. O Cronenberg nos dejaba la inquietante Inseparables con dos hermanos gemelos pero antagónicos en sus personalidades. O la película de Walt Disney Tú a Boston y yo a California donde dos hermanas gemelas, que no se conocían porque al divorciarse sus padres cada uno se comprometió con el cuidado de una de sus hijas, se reencuentran en un campamento de verano y deciden que tienen un único objetivo: que sus padres vuelvan a enamorarse. En el terreno de comedia Fernando Trueba rizó el rizo y cuenta en Two Much la historia de un hombre que decide inventarse un gemelo para así poder seducir a dos hermanas (una es su novia y de la otra está enamorado).

Tampoco se olvidan las películas que rememoran la historia bíblica de Caín y Abel y uno de sus mejores ejemplos sin duda es Al este del edén de Elia Kazan donde vemos la compleja historia entre Cal y Aaron. El momento del conflicto estalla en un momento histórico convulso, antes de la intervención de EEUU en la Primera Guerra Mundial. Y esa relación es compleja porque ni Caín es tan malo ni Abel tan bueno, son dos jóvenes con sus partes luminosas y sus partes oscuras. Y para entender esa relación hay que comprender su infancia y la relación de ambos con su estricto padre.

Y otra forma de contar una historia es el de un hermano, normalmente el pequeño, que rememora su relación con el hermano más mayor (o también puede ser al contrario pero no es lo más normal). Así hace poco rescatamos del viejo baúl de películas Su propio infierno de John Frankenheimer donde nos cuenta cómo un joven adolescente va descubriendo el rostro oscuro de su hermano mayor al que admira desde siempre. También recuerdo otra película que me fascina La ley de la calle de Francis Ford Coppola donde un adolescente siempre habla con admiración de su hermano mayor, el chico de la moto y líder de las pandillas del barrio. Robert Redford dirigió la nostálgica El río de la vida donde somos testigos de la vida de dos hermanos, hijos de un pastor protestante, que llevan vidas bien diferentes pero unidos por una afición: la pesca. Malick dirigió Días del cielo narrada desde el punto de vista de una niña, Linda, que viaja con su hermano mayor Bill y la pareja de éste durante los duros años de la Depresión. O recuerdo también Propiedad condenada donde la narradora es otra niña que rememora la trágica historia, también en tiempos de Depresión, de su hermana mayor. Edward Furlong protagonizó dos películas como hermano pequeño que admira a su hermano mayor pero en unos contextos muy complejos. Una fue American History X donde su hermano mayor era un neonazi que termina en prisión y cuando regresa no quiere que su hermano pequeño siga sus mismos pasos. La otra se trata de Cuestión de sangre donde su hermano mayor es un asesino profesional.

Los hermanos de ficción dan para muchas buenas historias… y las que quedan por contar…

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Eleanor Parker, la hermosa dama que fue actriz versátil

brigada21

Eleanor Parker no llegó a ser estrella del firmamento. De hecho si preguntásemos quién recuerda a Eleanor Parker quizá fueran muchos a los que les costaría siquiera nombrar una película. Parker fue (y es… todavía sigue viva como Olivia de Havilland o Joan Fontaine) una hermosa dama, mujer bella y sensual, que además se convirtió en una actriz versátil con una interesante filmografía (la cual no he descubierto todavía entera y tengo muchas sorpresas que mirar). Si viajamos por sus obras cinematográficas nos topamos con comedia, melodrama, drama, aventuras, cine social, musical… y ella siempre mostró que era una actriz de carácter.

De sus comienzos en los años cuarenta apenas he podido ver algo pero me interesa que empezó como pareja cinematográfica de mi amado John Gardfield en Entre dos mundos y El orgullo de los marines. También fue la protagonista de un remake de una película mítica de Bette Davis (y una adaptación de una novela de Somerset Maugham), Cautivo del deseo.

Su década realmente fueron los cincuenta. En 1950 sería aclamada como actriz dramática en Sin remisión de John Cromwell, una estupenda película de cine social donde el espectador vive el drama de una joven de 19 años que ingresa en una cárcel de mujeres y cómo la brutalidad del ambiente va minando y transformando su personalidad.

Así continuaría en su registro de drama y cine social en Brigada 21 de William Wyler. Una muy buena película que cuenta las veinticuatro horas de un rígido y duro policía (con el rostro de Kirk Douglas) que juzga de manera implacable a los detenidos pero que su mundo se derrumba cuando en uno de los casos descubre que está implicada su mujer (una Eleanor Parker que emociona).

En 1952 Eleanor protagonizó una de sus películas más recordadas, que ubicaremos dentro del cine de aventuras con gotas de buena comedia, estoy hablando de una pequeña joya, Scaramouche de George Sidney. Eleanor Parker brilla con luz propia como comediante temperamental y divertida que recorre los caminos durante el siglo XVIII y enamora a hombres por doquier. Su corazón pertenece a un famoso espadachín que debe ocultarse en su compañía…

Otra de aventuras (y que además continuamente la pasan por televisión) muy recordada con Eleanor de protagonista es Cuando ruge la marabunta (1954). Una de aventuras y catástrofes (se adelantó a los tiempos) que es sobre todo recordada, no sólo por las hormigas, sino por la corriente sexual entre la pareja protagonista, una temperamental Parker con un apuesto Charlton Heston. Sin duda Parker se estaba convirtiendo en la heroína de los sueños de muchos espectadores que disfrutaban con el buen cine de aventuras que protagonizaba.

Al año siguiente vuelve a otro género en el que siempre lucía espectacular y versátil, drama con unas gotas de cine social. Y esta vez se mete en el papel ambiguo de la esposa dependiente física y emocional de un drogodependiente (con el rostro de Frank Sinatra). Y Eleanor Parker vuelve a demostrar que es una buena actriz capaz de llevar a extremos emocionales intensos un personaje muy complejo. Esta vez el papel se lo dio Otto Preminger en la interesante El hombre del brazo de oro.

En los sesenta se convirtió en actriz secundaria de lujo de melodramas intensos y sobre todo de uno de los musicales más recordados. Así se convierte en esposa sufridora que vive las infidelidades y contradicciones de su marido en esa América sureña que ofrece siempre mucho drama y pasiones extremas. Estoy hablando de Con él llegó el escándalo de Vicente Minnelli. O sustituye a Lana Turner en el personaje de madre sufridora y compleja, en la secuela del melodrama Vidas borrascosas, Regreso a Peyton Place de José Ferrer.

El famoso musical sería Sonrisas y lágrimas (1965) donde tiene el papel más antipático como rival en el amor de la dulce Julie Andrews. Abandonaría su carrera cinematográfica a finales de los sesenta y volvería esporádicamente. Empezó a trabajar de manera asidua para la televisión.

Pero en la memoria cinéfila queda en el recuerdo su melena pelirroja que habitaba duros dramas o melodramas o como heroína de buenas películas de aventuras… Y a mí me queda la certeza de que todavía me queda mucha Eleanor Parker que descubrir… Y eso, es motivo de celebración.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (197)

Brief Encounter

Infidelidad: se dice que fidelidad es “lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona”. La ausencia de fidelidad… ocurre por varios motivos. Y cada infidelidad es un mundo y es provocada por motivos diferentes. Detrás de una infidelidad hay varias historias. Y cada infidelidad se entiende de manera distinta. Tampoco se observa de la misma manera según sea el punto de vista desde el que es contado.

… Están aquellas infidelidades que acaban en tragedia, muerte violenta o asesinato. O a punto están en acabar en ello. En Atracción fatal de Adrian Lyne el miedo viene por una ‘otra’ con graves problemas de salud mental.  Y el mismo director crea una tragedia más elegante con la infidelidad como protagonista en Infiel. Woody Allen también hace que  sea uno de los temas estrellas de sus películas pero lo trata crudamente con asesinato de por medio en Delitos y faltas y en Match Point. Muerte violenta y tragedia se unen en la bellísima Días del cielo en una infidelidad narrada desde los ojos de una niña. Y nos vamos al maestro del suspense y su Crimen perfecto. Uno de los motivos es no sólo el económico, es una elegante esposa… rica e infiel.

… Están aquellas infidelidades que acaban en suicidio. Recientemente hemos vivido de nuevo la infidelidad de Anna Karerina y por distintos motivos cómo conduce al suicidio de la protagonista. Pero no es la única. Recordemos esa tragedia familiar de varios hermanos enamorados de una misma mujer… claro, sólo uno se casa con la dama en cuestión… pero la infidelidad y el suicidio están servidos, así ocurre en Leyendas de pasión. También nos encontramos con un suicidio complejo en esa joya de Otto Preminger que es El hombre del brazo de oro. Aquí la ‘otra’ es el personaje que supone una salida del mundo opresivo en el que vive un hombre con un problema de drogodependencia y la mujer la que lo hunde más en una adicción que le supera…

… Están las infidelidades por miedos y crisis matrimoniales (a veces es un bache superado, otros supone la ruptura total o la tragedia inesperada). En clave de comedia es imposible olvidar a los padres de Loretta (Cher) en Hechizo de luna. Una maravillosa Olimpia Dukakis trata de entender por qué su marido le es infiel… Trata de buscar una respuesta. Y cree que la encuentra: el miedo a la muerte. Y ella tan seca y maravillosa, encara el problema y le espeta a su marido: Cariño, hagas lo que hagas, te vas a morir de todos modos. Y ese miedo a envejecer que se convierte, a veces, en un mecanismo para una posible infidelidad (junto a un intento de huir de la monotonía y cotidianeidad de un matrimonio) lo encontramos también en el episodio protagonizado por Emma Thompson y Alan Rickman en Love Actually. Pero también puede ser un drama que acabe en tragedia como les ocurre a los protagonistas de Revolutionary Road. O forman parte de la crónica de un matrimonio como deja bien claro Stanley Donen en esa maravillosa disección que es Dos en la carretera. También puede ser motivo de experimentación, de encontrar nuevos estímulos, de tratar de salvar una relación… y los resultados pueden ser variados: ahí podemos buscar en una comedia como Bob, Carol, Ted y Alice o irnos a un drama como La tormenta de hielo. O puede ser un motivo para cambiar de la manera más radical las reglas de la relación matrimonial como propone la protagonista (Romy Schneider) a su esposo infiel en uno de los episodios de Boccaccio 70 (el dirigido por Luchino Visconti).

A veces de la infidelidad puede surgir el amor más verdadero. Así ocurre en esos puentes de Madison, en la calle de atrás o en Brokeback Mountain. Y en otras historias el marido cree que la infidelidad es algo a lo que tiene derecho y la esposa tiene que aguantarse y vivir con cara de póquer (bien porque eran otros tiempos, bien por mantener un estatus social o una mezcla de ambos)… así nos encontramos a este tipo de parejas en melodramas sureños como Con él llegó el escándalo o La gata en el tejado de Zinc.

A veces una infidelidad motiva el comienzo de otra historia, de una nueva vida… Como le ocurre a Colin Firth en Love Actually o Gwyneth Paltrow en Dos vidas en un instante.

La infidelidad hace que surjan historias tremendamente hermosas y duras que muestran la complejidad del término y las circunstancias diferentes en que pueden darse y los daños que pueden provocarse. Así me vienen a la cabeza infidelidades que ponen los pelos de punta: The deep blue sea, Vivir un gran amor y su remake El final del romance, Amigos apasionados o esa maravilla que se titula Breve encuentro (estas dos últimas de un David Lean inspiradísimo).

… La ausencia de fidelidad es algo que ha provocado un montón de argumentos para reflejar en la pantalla blanca…

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