Qué difícil es ser un dios (Trydno byt bogom, 2013) de Aleksey German

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… Después de tres horas en la barbarie, en la brutalidad… entre heces, vómitos, mocos, sangre, vísceras… caminando entre barro, mierda y otras sustancias resbaladizas… Después de un viaje a través de un infierno en blanco y negro con la mirada fija en lo decadente y en lo humillante… Al final queda un paisaje nevado, un paseo tranquilo entre un padre y una hija y la música.

Hay películas que se lo ponen difícil al espectador, muy difícil. Pero te llaman. Y llaman fuerte. Una de ellas es Qué difícil es ser un dios del ruso Aleksey German. Era un proyecto soñado por su creador… y han tenido que pasar trece años hasta que ha podido verse en una sala de cine (el sueño tenía más años). Tan solo unos meses antes German, el director, falleció y fueron su hijo y su viuda quienes siguiendo los apuntes del creador terminaron su obra póstuma.

El director ruso realiza una libre adaptación de la novela de ciencia ficción del mismo título de los hermanos Arkadi y Boris Strugatsky (otros nombres a apuntar en mi lista de océanos literarios desconocidos). Estos hermanos fueron también los autores de la novela en la que se inspiró Andrei Tarkovsky para realizar Stalker en 1979. Otro realizador ruso, que como Aleksey German, tuvo dificultades para desarrollar plenamente su obra cinematográfica.

Lo que en su momento a los hermanos les sirvió como metáfora para reflejar la impotencia de los intelectuales ante un estado totalitario, se torna en más triste, cuando German ha cumplido su sueño de trasladar esta novela de 1964 al cine en pleno siglo XXI y la metáfora sigue siendo tremendamente potente. El horror sigue ahí, los ojos cerrados y la impotencia de muchos también.

¿Cómo hace viajar el director ruso al espectador al infierno? Una voz en off nos cuenta que lo que estamos viendo no es la tierra sino el planeta Arkanar que vive como si estuvieran todavía en la Edad Media y que han ido unos observadores de la tierra para ver si sucede una especie de Renacimiento…, estos observadores no pueden interferir en la vida del planeta, tienen que estar al margen, adaptarse a la vida que están observando. Uno de ellos, Don Rumata (qué voz la del actor Leonid Yarmolnik), ha sabido labrarse un pasado que prácticamente le convierte en un dios en un mundo fétido. Todo es en blanco y negro y tal como nos cuenta la historia el director ruso nos convierte en observadores. Ante la cámara, ante el objetivo, van pasando rostros. Continuamente lluvia, niebla y muchas veces no sabemos ni a lo que asistimos: barro, lodo, letrinas, pescados malolientes, animales en estado de putrefacción, hombres y mujeres ahorcados, esclavos que sufren humillaciones continuas… Todo aquel que sea sabio, que sea artista o científico o escritor o maestro es castigado, ejecutado, perseguido. Hay monjes extraños y desagradables, igual que nobles indesables, esclavos sometidos, niños harapientos… y Don Rumata entre ellos, como uno más o uno menos… Entre todos un continuo enfrentamiento. Violencia y pelea. Cada día es un infierno y para eso planos secuencias en laberintos imposibles en castillos llenos de objetos inservibles, con restos de comida o de otro tipo o callejuelas estrellas y embarradas u otros paisajes inhóspitos. No sabes dónde mirar, de pronto escuchas un diálogo y el objetivo se mueve y te das cuenta de que ha ocurrido algo horrible fuera de cámara. Fundidos en negro que muestran que la pesadilla no ha terminado. Don Rumata enloquece o envilece o estalla…, qué difícil es dios. Y nada es bonito o bello… o ¿sí? Hay que llegar al final del viaje… arrastrarse por una Edad Media pero como si a El Bosco o Brueghel el Viejo les hubieran arrebatado los colores pero no su forma de mirar…

No sé si recomendaría este viaje a alguien. Ni siquiera sé decir si me ha gustado o si lo repetiría…, lo que sí sé que aunque a veces es difícil ser espectador, si te dejas arrastrar o llevar, “lees” y sientes la última obra de German, sabes que ahí has tenido una extraña experiencia, un viaje en el que nadie más te podría haber embarcado…

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Phoenix (Phoenix, 2014) de Christian Petzold

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Nota: Si todavía no la has visto, no leas este post pues desvelo partes de la trama. Y esta película es para verla sin saber absolutamente nada.

… Desde el principio surgen las tristes notas de Speak low, una canción que dota de una circularidad perfecta a Phoenix del alemán Christian Petzold. Las notas tristes de los créditos nos devuelven a una mujer sin rostro y esa misma mujer, reconstruida, recuperará la voz en un final, hermoso y triste por igual, que esconde un reconocimiento que abre una puerta (a la vez que la cierra). Un reconocimiento que rompe y rasga, que dota de todo su significado el periplo de Nelly, la protagonista (Nina Hoss)…, un reconocimiento que remueve al que mira. La sensación es algo así como ese reconocimiento de la florista, en un pasado reciente: ciega, cuando toca el rostro del sin hogar, que sonríe triste al ser “descubierto” por el ser amado en Luces de la ciudad.

Solo que en Phoenix hay unas gotas de cine negro en color y raudales de desencanto. Solo que en Phoenix es la historia imposible de recuperar un amor fantasma del pasado para poder vivir y enfrentarse a un presente insoportable. Solo que Phoenix es una película sobre cómo reconstruir una identidad arrebatada brutalmente. Solo que Phoenix es cómo ocultar un pasado que avergüenza, bien por sentimiento de culpa, por el silencio o por ser partícipe…

Nelly regresa sin rostro de Auschwitz… y lo único que la ha mantenido viva es seguir enamorada del tiempo que vivió con Johnny (Ronald Zehrfeld), su marido. Ella era cantante. Él, pianista. Nelly le busca, necesita ser reconocida… aunque su amiga Lene (Nina Kunzendorf) le recomienda que empiece desde cero (irse ambas a Palestina), incluso un cirujano le dice que casi es mejor reconstruirse un rostro nuevo… Hay sombras de traición sobre Johnny… que Nelly se niega ni siquiera a escuchar. Solo quiere ser la Nelly de antes del campo de concentración, ser ella misma. Y un día andando, en busca de su marido, por un Berlín en ruinas entra en un cabaret, su nombre brilla en luces de neón como una aparición entre tanta desolación, Phoenix…, allí recibirá otro mazazo a su identidad rota cuando su propio marido, Johnny, no la reconoce. Y en ese instante una triste película de cine negro, a lo Robert Siodmak, sobre un amor imposible nacerá en cada fotograma… que recogerá ecos de Vértigo pero mucho más desoladores y tristes.

La pista sobre Robert Siodmak la aporta el propio director cuando en varias entrevistas le preguntan por sus referentes cinematográficos y no duda en nombrar a este realizador alemán, que después sería el creador de un cine negro especial en Hollywood. Un cine de luces y sombras en sus personajes y de amores trágicos, obsesivos e imposibles rozando el amor fou en ambientes en ruinas, con brumas de pesadilla. Así en Phoenix hay huellas de Luz en el alma y de la desolación y el desencanto que campan en Forajidos o El abrazo de la muerte… Christian Petzold atrapa para su historia la atmósfera que creaba su compatriota en estas películas de blanco y negro.

Los ecos de Vértigo están en el aire… Porque lo que Nelly trata es de resurgir de su pasado para poder de nuevo reconstruirse. Reconocerse. No quebrarse. No romperse definitivamente. Nelly quiere resurgir de entre los muertos. Aunque a ella misma le cuesta someterse al juego que propone su esposo, que no la reconoce pero sí intuye un parecido a una esposa que él da por muerta (pero no quiere saber ni cómo ni dónde ni por qué…, de esta manera se protege de la culpa y el remordimiento), que también quiere que regrese una Nelly sin traumas, que todos la reconozcan (que nadie guarde sentimiento de culpa)… Y quiere que todas la reconozcan por un motivo poco romántico, muy poco romántico. Ella misma es consciente de lo inverosímil que es bajar de un tren perfectamente maquillada, con un traje rojo y unos zapatos parisinos… Todos, por distintos motivos, quieren ahuyentar el horror, borrar la huella…

Nelly quiere recuperar lo perdido, ser aquella Nelly profundamente enamorada… hasta que otro hecho traumático la hace descubrir que no puede seguir viviendo esta ficción, que tiene que ponerle un final… Lo trágico es que a veces ambos, ella y él, sienten irremediables ganas de hundirse en la ficción que están creando para huir cada uno de sus pesadillas… Las miradas lo dicen todo. La llegada de un tren con una sombra del pasado y el encuentro serán perfectos… porque nada les gustaría más que ese pasado próximo no hubiese irrumpido en su historia… pero sobre todo Nelly sabe, en ese momento, que ya es demasiado tarde… y entiende que no puede recuperar algo que ya no existe (y quizá ni siquiera existió).

Phoenix haría una buena sesión doble con Ida del polaco Pawel Pawlikowski porque las dos en cierto sentido hablan de identidad y de cómo un pasado rompe y desgarra, de lo difícil que es enfrentarse al presente. Porque las dos muestran rostros de mujeres que, cada cual a su manera, tratan de reconstruirse (Ida y Wanda/Nelly y Lene). Y como a veces los más fuertes esconden un daño que les quiebra definitivamente y cómo los aparentemente más débiles consiguen, finalmente, reconstruirse por extraños caminos. Y porque las dos películas se plantean diferentes formas de cómo representar o acercarse al horror del Holocausto y a las secuelas posteriores.

La canción de Kurt Weill, que envuelve su banda sonora, avanza a través de la historia de Nelly. Y si las primeras notas las oímos en la absoluta oscuridad, con una mujer sin rostro… Nelly termina cantándola a la luz del día sintiéndose de nuevo, otra vez, ella y sin necesidad de ocultar su identidad y su pasado… pero ya es demasiado tarde, amor. Me has reconocido pero ya es demasiado tarde…

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Atmósferas en David Cronenberg. La zona muerta (The dead zone, 1983)/Inseparables (Dead ringers, 1988)

De muchas películas señalamos que lo que más nos ha llamado la atención ha sido la atmósfera. Y es cierto, hay directores reyes en extrañas atmósferas. Y uno de ellos es Cronenberg que no ha perdido esa capacidad de crear universos, atmósferas inquietantes al borde de la pesadilla. Da igual que sea en película de encargo o en proyecto cinematográfico más personal, ahí está su capacidad para hipnotizar con una atmósfera que recuerda nuestras pesadillas más interiores. Y es que es en ese ambiente donde se repiten las obsesiones y reflexiones del cineasta canadiense.

La zona muerta (The dead zone, 1983)

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Una película de encargo y una adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King… pero David Cronenberg logra plasmar su peculiar universo y hace que esta película tenga su firma personal. Y es de gran ayuda contar con el rostro de un actor inquietante (Cronenberg sabe elegir muy bien a sus actores principales)…, Christopher Walken, como el protagonista, Johnny Smith. E inquietud y pesadilla es la sensación continua que devuelve esta película.

Desde que vemos a Johnny como profesor mientras lee, recita, de memoria El cuervo y además recomienda a sus alumnos la lectura de La leyenda de Sleepy Hollow hasta su extraño dolor de cabeza en la montaña rusa junto a su novia, Sarah, también maestra. Después Johnny sufre un accidente de coche y a continuación abre los ojos en una extraña clínica. Todo adquiere aire de pesadilla aunque va descubriendo hechos traumáticos: el cree que todo fue ayer y se entera de que han pasado cinco años, que su amor se ha casado y tiene un hijo (pero siente lo mismo por ella), que sus padres sobre todo su madre se ha deteriorado en la espera… y que de pronto con el contacto físico con otras personas (sobre todo a través de las manos) logra viajar al pasado o predecir el futuro más próximo o lejano.

La recuperación es lenta y los cambios y sus poderes van afectando a su forma de ser sobre todo cuando es consciente de que puede cambiar en el presente el futuro… Se convierte en su ser solitario, extraño, que tan solo se relaciona con algunos alumnos a los que da clases particulares. Sus poderes no le traen la calma sino profundos dilemas morales que le harán tomar una determinación drástica para tratar de salvar el mundo de un hombre dañino. Esta decisión es sacrificio pero para muchos no será más que un perturbado mental, pero ¿lo es?

Todo es inquietante y con aires de pesadilla. Desde la clínica donde despierta Johnny, hasta su físico según va conviviendo con su nuevo poder (le queda siempre la secuela de su cojera y esa sonrisa entre tierna, frágil y desequilibrada), pasando por las casas y los escenarios en los que transcurre la trama (el túnel donde han asesinado a una muchacha…), la pequeña localidad donde vivía que esconde un asesino en serie (o más) o algunos de los objetos que forman parte de la historia (ay, esas tijeras…). Así como los personajes que rodean la actual vida de Johnny como ese oscuro y manipulador político (Martin Sheen) con guardaespaldas.

La zona muerta ofrece continuamente zonas de incomodidad e inquietud, de pesadilla… Del universo Cronenberg

Inseparables (Dead ringers, 1988)

Inseparables

… y de nuevo Cronenberg crea inquietud desde los títulos de crédito con esas ilustraciones de instrumental clínico. Y es que esa será la obsesión de dos gemelos (representados por Jeremy Irons, otro actor de rostro especial… para el universo del director canadiense) hasta alcanzar un grado patológico. Instrumental ginecológico específico y especializado para indagar en el interior del cuerpo femenino… hasta llegar a un instrumental que da grima y miedo… para la mujer mutante. De piezas de museo de las torturas…

Así el director nos va introduciendo en una historia enfermiza entre dos hermanos con una relación tan especial y tan en equilibrio que una causa externa (una mujer, una actriz) desestabiliza y destruye a dos hombres que son uno. Así Cronenberg habla sobre la identidad del ser humano y sobre si es única e indisoluble… presentando la historia de dos hermanos que no pueden vivir el uno sin el otro (pero que uno de ellos se rebela y quiere ser individual), que cuando se rompe su equilibrio, su mundo se desmorona.

Pesadilla, inquietud, extrañeza… y una atmósfera que absorbe y envuelve: el apartamento de los gemelos, su clínica ginecológica, la deformación física (aunque esta vez sea interna) como metáfora y sobre todo su sala de operaciones (donde visten de rojo), las relaciones que establecen, los personajes secundarios que perturban más que equilibran…

Todo incomoda en Inseparables (no hay ni un respiro… ni en los recuerdos de la infancia y juventud de los gemelos) y a la vez todo arrastra a querer saber qué va a ser de ellos que van cayendo en una espiral de autodestrucción. Al final no importa tanto el elemento perturbador (la mujer con una deformación interna con la cual establecen los dos una relación muy distinta) ni su relación con ellos sino su drama, que son inseparables… para lo bueno y para lo malo. Que están encerrados en su propia cárcel, en su propia pesadilla.

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Cine español en tres sesiones. Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño/Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta/ A cambio de nada de Daniel Guzmán

Tres sesiones en las que he disfrutado de tres propuestas diferentes de cine español. Las tres me han enganchado por distintos motivos y las tres dejan ver formas de rodar historias que llegan.

Loreak de José María Goenaga y Jon Garaño

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Una imagen potente y una canción fueron los primeros pasos para crear Loreak. Los ramos de flores que nos encontramos a veces en tramos de carretera donde así se señala que ahí hubo un accidente de tráfico. Y la canción de Cecilia Un ramito de violetas que cuenta un complejo romance. Son los ramos de flores los que cuentan la historia de tres mujeres unidas por hilos dolorosos. Las tres comparten una ausencia fuerte en sus vidas. Las tres tienen maneras muy distintas de curar las heridas. De cuidar esos ramos con flores que unen sus destinos. Loreak es una hermosa película que fue una de las gratas sorpresas del 2014.

El espectador viaja al País Vasco y al mismo corazón de tres mujeres (Nagore Aramburu, Itziar Aizpuru e Itziar Ituño) con heridas y una ausencia. Con una sensibilidad y suavidad extrema los directores construyen una dura historia sobre lo que cuesta sobreponerse al dolor de la pérdida, al miedo de envejecer o de sucumbir en lo lineal de la vida cotidiana. El miedo a no poder expresar o gritar nuestros miedos y dolores. Y cómo el ser humano busca distintos motivos a los que aferrarse, distintas formas de conformarse para vivir o sobrevivir. El olvido, el silencio, el imaginarse historias que nos llenan, el no nombrar ni expresar, el no perdonar, el comerse todo lo que uno siente, no estallar. No solo son los ramos de flores o los rostros de tres actrices que reflejan universos personales… sino también un melancólico relato cinematográfico sobre el paso del tiempo y la curación de las heridas del alma. Donde se mezclan los suaves colores de las flores, con el verde, los colores tierra, la niebla y la lluvia constante del norte.

Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta

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Murieron por encima de sus posibilidades se sustenta en un reparto estelar donde cada actor tiene su momento, en un humor negro, gore y despiadado, en un uso inteligente de los discursos y el lenguaje que se ha empleado para ‘explicar’ la crisis y en una manera catártica e incómoda de enfrentarnos a lo que está suponiendo esa misma crisis en el paisaje social y moral. E Isaki Lacuesta crea, en régimen de cooperativa, una película muy incómoda e irreverente donde nadie sale bien parado: ni los políticos, ni los banqueros, ni los empresarios, ni los periodistas pero tampoco los ciudadanos, ni los de derecha ni los de izquierda, ni los de arriba ni los de abajo, ni los del 15 M ni los que siempre pensaron en una revolución social. Ahí está una frase demoledora que suelta José Sacristán: “La culpa es nuestra… por ser españoles”.

La película tiene momentos potentes, muy potentes. Y otros descabellados. Es una película que se le va la pinza… Así como unos monólogos para escuchar una y otra vez. Seguimos las aventuras de cinco hombres desequilibrados (Raúl Arévalo, Albert Pla, Julián Villagrán, Jordi Vilches, Iván Telefunke), sus vidas cambiaron violentamente por la crisis, que escapan de un psiquiátrico vestidos de osos panda con el propósito de que todo vuelva a ser como antes de la crisis. Y estos hombres se mueven en un paraje incómodo: de psiquiátricos casi abandonados, de garitos extraños, de edificios abandonados, de barcos interminables, de personajes incómodos…, de un país que se derrumba. Mientras sueltan sus reflexiones (con un fondo de disparate, otro de verdad, y con malabarismos con las palabras para crear discursos incómodos y chocantes) o cuentan historias pasadas. Hay momentos que te dejan sin respiración, como el monólogo destroyer de Albert Pla sobre sus deseos que termina con lo que dirán los demás: “Está loco pero es encantador. Le queremos”. O esa manera de analizar el 15M por parte de Raúl Arévalo o como Jordi Vilches, con su personaje de macarrilla perdedor ante el mafioso de turno (Sergi López), trata de solucionar sus deudas empleando el discurso de los bancos y los rescates… Así como esos destellos delirantes como el de un periodista con rostro de Eduard Fernández dando el tono poético (con las gaviotas de fondo) a la noticia trágica.

A cambio de nada de Daniel Guzmán

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Hay películas que muestran naturalidad, sinceridad y realidad por cada uno de los poros de sus fotogramas. A cambio de nada no es una película ni redonda ni perfecta pero uno se deja llevar por los rostros auténticos de dos adolescentes que son amigos a cambio de nada. O por esa abuela que recoge viejos muebles por las calles de Madrid, en la sombra, en el olvido. O por ese delincuente anciano y cansado que sigue sin embargo pensando en su vida como un triunfador que es libre, aunque cada vez le cuesta más mantener su discurso.

Daniel Guzmán empapa su película de ese Madrid que conoce y recoge retazos de su pasado, de su adolescencia de niño de barrio, para construir el retrato de Dario (Miguel Herrán) y su amigo Luismi (Antonio Bachiller). Dario se encuentra en ese momento en que parece que todo tu mundo se derrumba y que solo existe una caída al vacío o un viaje interminable en un túnel oscuro del metro… En una encrucijada. Dario no puede soportar tener que testificar en contra de alguno de sus padres en un juicio por su separación y esto le descoloca su vida cotidiana hasta tal punto de que pierde el rumbo y termina abandonando el hogar familiar. En esa ‘aventura’ le acompaña su vecino de toda la vida, Luismi (pareja ideal y con química); una abuela que vive la soledad y el olvido (la propia abuela del director, que rezuma realidad y ternura en cada aparición), y un delincuente cada vez más mayor. Dos personajes maravillosos… que desaparecen tal y como aparecieron de la vida de Dario, de repente. Y la película se empapa con ese comportamiento de un Dario todavía inocente pero ya enfrentándose a una vida adulta que la siente dura. Y como la vida misma Daniel Guzmán (que ha luchado una década para sacar su obra adelante) cuenta la historia de su álter ego con dosis de humor, ternura y tragedia…

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DocumentaMadrid 15 (y cuarta parte). Flotel Europa (Flotel Europa, 2015) de Vladimir Tomic/ La mirada del silencio (The look of silence, 2014) de Joshua Oppenheimer

Flotel Europa (Flotel Europa, 2015) de Vladimir Tomic

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Vladimir tenía doce años cuando con su hermano mayor y su madre llegaron a Dinamarca en 1992 para pedir asilo político. Dejaban Sarajevo, a su padre, a sus abuelos, a sus tíos, el colegio, los amigos, la infancia… y una guerra despiadada. Con los campos de refugiados repletos, Cruz Roja proporciona un enorme barco, Flotel Europa, que se convirtió en su hogar durante dos años junto a un montón de personas que esperaban un futuro incierto y que veían cómo su país amado se consumía en una guerra de odios, irracionalidad, violencia y nacionalismos exacerbados.

Vladimir combina las imágenes de vhs que grabaron varios refugiados –que se convirtieron en cartas ilustradas para enviar a Bosnia y que sus familias supieran cómo estaban y vieran su día a día–, y su narración en off de cómo vivió esos dos años como adolescente. Y de esa combinación surge un documental no solo interesante (porque documenta una experiencia y un momento de la historia así como otra cara de la guerra de Bosnia Herzegoviana) sino que surge un relato oral, desde la mirada de un adulto que recupera su mirada adolescente, donde se va desvelando entre sus amistades, sus fiestas, su cotidianidad, su primer amor, sus peleas, su observación hacia los más mayores…, la tragedia y la incertidumbre de los refugiados que vivieron como una especie de paréntesis extraño donde no podían pisar Dinamarca pero tampoco regresar a su tierra, donde el tiempo y el espacio se transformó, donde su vida se cortó de golpe y la espera de la nueva se hizo eterna. Algunos esperaron hasta que la nueva vida se hizo posible y otros se rompieron, se quebraron en el Flotel Europa.

La voz de Vladimir Tomic construye un relato de paso de la adolescencia a la madurez en un entorno extraño. Y con este relato concreto y personal, construye la historia de todos los refugiados que rodearon su vida durante estos dos años. Así se mezcla la ternura del adolescente que descubre, que tiene sus propios problemas, con su toma de conciencia de su situación extraña, de la comprensión de la guerra y el odio que se trasladan al barco, de la nostalgia, la pérdida, la tristeza y la incertidumbre. El Flotel Europa es un microcosmos, un universo concreto que toma vida a través de las palabras de Tomic que con sencillez, desnudez (acompañado de un inteligente montaje de las imágenes) así como con unas gotas de lírica triste, a veces de derrota, otras de esperanza y más allá de angustia, describe dos años cruciales de su vida y de los suyos.

Al importante documento visual que suponen esas grabaciones caseras, que con el relato oral toman significados diferentes, Flotel Europa se convierte en una íntima confesión de los sentimientos íntimos de un muchacho. Así primero vive con curiosidad y novedad su vida en un barco y después, instalado en la rutina, empieza a analizar y a despertar y a entender su tragedia y la de los demás. Pero entre medias descubre el amor y el desamor con Melissa (otra joven refugiada), la amistad y también las peleas con los niños de su edad, su admiración por un grupo de chicos jóvenes y vitales que se van quebrando poco a poco en el barco entre desencantos, drogas y alcohol, el aprendizaje ante la fuerza y el empuje de su madre (que solo se quiebra en la soledad de la música clásica)…

Esos vídeos caseros recogen cómo se organizaban, la personalidad de cada camarote, los lugares comunes y compartidos, las actividades, las fiestas, la celebración de la música y el baile pero también, por el relato de Tomic y algunas imágenes, se vislumbran las reivindicaciones, los momentos tensos, la tristeza y la desesperanza (sobre todo en esa sala de televisión)…, las imágenes muestran el intento de normalizar una situación que no es normal, de conservar la dignidad y la esperanza… aunque la división y las tensiones de la guerra terminan instalándose también en el barco, haciendo más insoportable la espera y quebrando más todavía a las personas.

Así las imágenes y la narración de Tomic van creando metáforas fuertes. Cuando el director cuenta cómo se despiden de sus abuelos, que habían sido partisanos durante la Segunda Guerra Mundial, antes de ir a Dinamarca, el abuelo le dice que sea tan fuerte y valiente como el joven Bosko Buha, un niño héroe partisano, que refleja lo que era una Yugoslavia sin aparentes grietas…, así en momentos determinados de Flotel Europa, aparecen imágenes de una película yugoslava de 1978 que narra la historia de este niño. Pero también es un reflejo de un Vladimir que deja a un lado su infancia para enfrentarse a la madurez…, ese niño que llegó al barco, muere… como Bosko Buha… O cómo se emplea de manera maravillosa la música, las canciones y el baile para reflejar los sentimientos así como el ambiente del barco pero también ilustra la quiebra de la unidad. O cómo toma fuerza la metáfora del Flotel Europa como un acuario con peces de especies exóticas o la metáfora de una televisión que acaba flotando en el agua, que refleja la rabia contenida y el dolor ante las imágenes recibidas de un país roto.

La mirada del silencio (The look of silence, 2014) de Joshua Oppenheimer

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The act of killing y La mirada del silencio forman un díptico impresionante, una obra única que encuentra una manera chocante de reflejar el horror de una situación histórica concreta. El exterminio a partir de 1965, tras el golpe de Estado del Ejército en Indonesia, de comunistas, simpatizantes y sospechosos… El Ejército lideró la masacre como cabeza pensante y se sirvió del brazo ejecutor de paramilitares y gánsteres. La gran tragedia de Indonesia es que los asesinos siguen en el poder, y son celebrados como héroes, y las víctimas siguen en silencio cruzándose cada día con los asesinos de sus familiares. Pero su acercamiento a esa realidad histórica y las reflexiones que surgen son bofetadas visuales para aquel que observa. Los documentales de Joshua Oppenheimer golpean, remueven y provocan… y hacen reflexionar. Los documentales de Joshua Oppenheirme realizan planteamientos complejos y construye un discurso que perturba.

Si en The act of killing entraba de lleno en la vida de los escuadrones de la muerte y les hacía un planteamiento insólito que ellos ejecutaban con placer: que ellos mismos realizasen una película escenificando aquellos días en que asesinaron a un número enorme de seres humanos, de maneras horribles…, en La mirada del silencio pone a un familiar de una víctima (su hermano) ante la imagen de sus asesinos y su representación de la muerte y hace que este se encuentre directamente con ellos para ver si atisba algo parecido a la asunción de responsabilidad y al arrepentimiento. Si en The act of killing, cada uno de los miembros de los escuadrones de la muerte reaccionaba ante el encargo de maneras distintas y al verse también reaccionaban de manera sorprendente haciendo que incluso uno de ellos tuviese algo parecido a una revulsión catártica ante su propia brutalidad…, en La mirada del silencio también la reacción de los asesinos ante el familiar de la víctima pintan un abanico de comportamientos esperados e inesperados… Si en The act of killing se llegaban a momentos de delirio y absurdo en “esa representación cinematográfica” que realizaban los propios asesinos, en La mirada del silencio vemos el dolor que provoca ese delirio en aquellos que aguantan y callan…

Si nos centramos en La mirada del silencio es un documental rico en significados y en la construcción de su discurso. Con un ritmo mucho más pausado, la cámara sigue la personal odisea de Adi, un hombre de 44 años que se enfrenta a las imágenes de los asesinos de su hermano Ramli. Un asesinato que quebró por la mitad a su familia. Una madre y un padre que tienen que convivir en silencio, porque sus vecinos son los asesinos de su hijo. Entonces, Adi empieza a visitar a los asesinos de su hermano y a confrontarse con ellos buscando que se responsabilicen de sus actos o que muestren algún tipo de arrepentimiento.

Joshua Oppenheirme plantea lo difícil que es luchar contra una propaganda que difunde otra historia muy diferente a la que contarían las víctimas. Y esa propaganda no solo se difunde en la televisión sino que también se imparte en las escuelas, afectando a los hijos del propio Adi. Por otra parte refleja la quiebra de la familia de las víctimas reflejando la dureza de la vejez de los padres de Adi. Su padre refleja el olvido, la ceguera y el miedo que envuelve un pasado doloroso; su madre, la memoria silenciosa y el odio que esconde la víctima cuando no puede gritar y expresarse, contar su historia, llorar a su hijo muerto y restablecer su imagen… Por otra se sirve del título de su documental, la mirada del silencio, potente metáfora. Su protagonista, Adi, es oftalmólogo y va graduando la vista a algunos abuelos en su localidad, mientras les pregunta sobre el pasado. Todos se sienten incómodos, bien porque guardaron y guardan silencio y prefieren el olvido, bien porque son los asesinos… Pero también esa mirada del silencio se instala cuando Adi mira el televisor y ve y oye a los asesinos de su hermano (cómo representan, cómo ríen, cómo no ven el horror con el que actuaron) o esa misma mirada del silencio está presente cuando Adi confronta con los asesinos y estos en un principio callan…, antes de saber cómo va a reaccionar cada uno. No solo reaccionan con incomodidad, enfado e incluso amenaza, sino otros negando su responsabilidad, dando argumentos hilarantes o absurdos y ninguno mostrando su arrepentimiento, sino respondiendo con más violencia. También sorprende (donde se genera un débil halo de esperanza o la misma brutalidad y negación) la reacción de alguno de los familiares de los asesinos.

Las metáforas siguen siendo sutiles y empapando el documental, como esa especie de semillas que se mueven y saltan… queriendo sacar todo lo que llevan dentro, como les ocurre a las víctimas ante su silencio eterno. Y nos preguntamos ante la valentía de Adi (los responsables pensantes de la masacre siguen en el poder y son los que se muestran más agresivos y amenazantes con él)… y su esfuerzo por querer desvelar la verdadera historia de la muerte de su hermano Ramli: ¿Tiene sentido arriesgar así su vida, estando todavía los asesinos en el poder? Su esposa nos pone en evidencia que ella no está muy de acuerdo con la determinación de su marido. Pero ¿tiene sentido consumirse como su padre, roto por el dolor, o sentarse bajo el tamarindo como su madre, impotente ante la injusticia sufrida? ¿Tiene sentido que los hijos de Adi escuchen más mentiras? ¿Tiene sentido la impunidad de los responsables de una masacre y que sigan en el poder? ¿Tiene sentido la manera en la que enfoca estas cuestiones el documentalista Joshua Oppenheimer? Solo hay que ponerse frente el díptico The act of killing y La mirada del silencio y como espectador intentar encontrar respuestas…

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DocumentaMadrid 15 (primera parte, sección oficial largometrajes). Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André/La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André

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La realidad se pone a cantar. Si ya dentro de la ficción se habían dado pasos para llevar la clave de sol a espacios inauditos en el género musical, quedaba que la pura realidad se pasara al musical, y así lo ha hecho el documentalista David André.

Así como en la ficción, George Abbott junto a Stanley Donen llevaron el musical a una fábrica de pijamas donde se preparaba una huelga entre los trabajadores para exigir una subida salarial (The pajama games, 1957) o la rivalidad entre bandas juveniles neoyorquinas hacía que sus protagonistas bailaran en un garaje o en un callejón mientras transcurría un argumento universal con unos nuevos Romeo y Julieta en West side Story (1961) o volando hacia Francia Jacques Demy creaba un melodrama donde sus jóvenes protagonistas en sus vidas cotidianas, con conflictos sociales y bélicos, cantaban sin parar en Los paraguas de Cherburgo (1964) o aterrizando en Gran Bretaña Alan Parker reflejaba la vida dura en un barrio proletario con notas musicales en The Commitments (1991). En el cine documental, se han reflejado momentos de realidad que tenían que ver con la música: unos jóvenes de un instituto en una zona deprimida participaban en la elaboración de una gran coreografía con la música de La consagración de la primavera de Strawinsky en ¡Esto es ritmo! (2004) o unos abuelos formaban un coro donde cantaban rock and roll y se rebelaban contra la enfermedad y la muerte en Corazones rebeldes (2007).

Pero lo que hace David André en Chante ton bac d’abord es contar la historia de un grupo de adolescentes en una localidad deprimida por la crisis económica y que estos expresen sus sentimientos y su manera de sentirse cantando en los sitios más cotidianos, haciendo realidad ese argumento que esgrimen aquellos que no soportan el cine musical: “Nadie está de pronto en la calle y se pone a cantar y la música empieza a sonar a su alrededor”. Y el contraste es interesante porque acorta distancias entre los jóvenes y los espectadores y da más energía y fuerza a lo que quiere contar. Una realidad dramática que reflejaría Ken Loach en uno de sus dramas sociales o que los hermanos Dardenne diseccionarían con su cámara distante, David André da un toque de magia mostrando que los jóvenes protagonistas pueden soñar y alcanzar sus sueños en la realidad gris que les rodea y en un acto de locura y rebeldía cantar sus aspiraciones…, saltarse las reglas de la realidad.

Chante ton bac d’abord recorre un año crucial en la vida de seis amigos adolescentes que viven en Boulogne-Sur-Me. Y es crucial porque es el año en que van a examinarse de selectividad y van a decidir cuál es su futuro profesional. Aun azotados por la crisis económica, y muchos de ellos conviviendo cada día con el drama y los miedos de sus padres, ellos apuestan por soñar y luchar por alcanzar lo que realmente quieren. A base de canciones Gaëlle, Alex, Rachel, Nicolas, Caroline y Alice nos cuentan no solo como son sino cómo se sienten así como describen sus miedos y sus sueños. Mientras ellos cantan, sus padres son reales como la vida misma y les ponen espejos en los que mirarse: unos se rebelan contra esos espejos aunque se preocupan y adoran a sus padres y otros reciben siempre un empujón en el vuelo, incluso uno de los padres pone siempre música en su vida, canta sin parar.

Uno de los grandes aciertos de este documental no es solo que la realidad se ponga a cantar sino el contraste y la química que se establece entre los adolescentes protagonistas y sus padres logrando momentos de emoción. Así el rostro desencantado del padre de Gaëlle contrasta con la energía y ganas de soñar de su hija. Y la fuerza del padre de Alex arrasa cada vez que asoma su rostro en la pantalla y nos traspasa con esa complicidad sincera que establece con su hijo. O nos hace reír el pragmatismo de la madre de Nicolas que piensa que su hijo lee demasiado y eso no lleva a ninguna parte, un genio tiene que comer.

Chante ton bac d’abord experimenta con la realidad y la refleja con corcheas y semicorcheas.

La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

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Lo más cercano y cotidiano puede captarse con delicadeza y crear un espacio único repleto de historias. Así Maite Alberdi decide explorar un universo muy cercano y concreto: la hora del té de su abuela María Teresa con sus amigas. Una vez al mes se reúnen alrededor de una mesa y es un ritual sagrado, íntimo, así ha sido durante sesenta años. Pero el tiempo pasa, las ausencias van siendo evidentes y, sin embargo, no reniegan de ese espacio, que es suyo, en el cuál toman té, pastas, bocadillos, deliciosas tartas y se ríen, se pelean, cantan canciones, se cuela algún recuerdo y otro se escapa pero hablan y hablan de lo divino y de lo humano, de los hombres, del sexo, de su educación, de la muerte, de la religión… Todo está perfectamente preparado y organizado y ellas están impecables frente a sus amigas, bien peinadas, bien vestidas y maquilladas. Nada puede faltar en el ritual. Y Maite Alberdi lo capta minuciosamente, con detalle, dejando una mirada cercana y entrañable con unas gotas de humor de estas mujeres que pertenecen a una clase alta chilena.

Las reuniones de las amigas siguen un patrón mes a mes, año a año, un ritual que convierte cada hora del té en un momento mágico donde el tiempo no pasa. Maite Alberdi las capta durante cinco años y en un inteligente montaje (eran horas y horas de material filmado) logra acercarnos ese universo ajeno. Las transiciones ocupadas por fotografías en un álbum y por la preparación minuciosa de la mesa de té: la infusión y los deliciosos postres. Cada año empieza, como cada reunión, con una oración donde se dan gracias por seguir reunidas y juntas. Y después Maite se centra en los rostros de su abuela y sus amigas tanto en las que hablan como en las reacciones de las que escuchan (y condensa todas las reuniones de té del año como si fuera una única cita). Y ahí nos encontramos con otro documental subterráneo… lo que nos dicen y expresan esos rostros que no hablan, que miran. Así nos causa incredulidad y una risa nerviosa cuando vemos los rostros y las reacciones de estas señoras ante una nueva melodía en la flauta de Francisca, una de las hijas de María Teresa. Cuando esto ocurre por primera vez, vemos solo sus rostros en silencio, incómodos, y escuchamos las notas discordantes de la flauta… hasta que la cámara nos sitúa un primer plano de la protagonista, Francisca tiene síndrome de down. O esa otra historia que nos cuentan las breves apariciones de las chicas de servicio que ayudan a preparar la hora del té y sirven la mesa cada vez, en cada encuentro. O también dice mucho cómo apenas salen sus discusiones políticas porque como explicó la directora en una intervención tras la proyección, su extremismo político hacia la derecha y las acaloradas discusiones con su abuela (única de las presentes con una ideología más a la izquierda) iba a alejar al público de esas mujeres y no iba a realizar ese acercamiento para entenderlas en su propio universo, además de perderse todo espectador que no fuera chileno por no conocer la realidad política del país.

Finalmente aunque se suceden las risas y los guiños tiernos, queda en realidad un retrato melancólico de estas mujeres a las que ya les queda poco tiempo de reunión y risas… y que aprovechan su hora del té al máximo. Todo queda como si fuera un álbum de fotografías amarillas, vivir a través de los recuerdos, conocer lo que era un ritual que se está extinguiendo por la ausencia… Así Maite Alberdi atrapa a las protagonistas de esas fotos amarillas y las da vida y voz.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) de Naomi Kawase

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El sonido de las olas, las propias olas… y el sacrificio de una cabra blanca por un anciano… son las primeras imágenes de Aguas tranquilas. Y atrapan. La muerte, la sangre roja que resbala hasta un cuenco, y la naturaleza a través de un mar que habla, que vive. Los sonidos… Naomi Kawase en unos fotogramas refleja uno de los temas de su obra cinematográfica: el ciclo de la vida que no puede explicarse sin comprender la muerte.

La directora japonesa (que dio sus primeros pasos a través del documental autobiográfico y que es una gran desconocida para Hildy, siendo esta obra de ficción la primera a la que se enfrenta) “escribe” con la cámara a través de las sensaciones y las emociones y construye un poema visual con historia de fondo. La muerte dialoga con la vida o viceversa. La naturaleza dialoga con el ser humano. ¿Dialogan o debaten? ¿Se escuchan o se evaden? La pasión adolescente y el aprendizaje de la vida se mezcla con las despedidas y el abandono de la existencia. La juventud se cruza con la vejez… se acercan y se alejan. El amor y el sexo. La muerte y el miedo. Los descubrimientos. Callar o gritar los sentimientos. Los secretos. Los silencios. La importancia de la despedida. La risa o la lágrima.

Dos adolescentes se enfrentan a la vez a la muerte (y por tanto también a la vida) por caminos diferentes que al final se funden. Él es Kaito. Ella es Kyoko. Tienen 16 años. Y se atraen. Él ve flotando en el mar un cuerpo tatuado, muerto. Kaito huye asustado, confundido. Ella está viviendo cómo se le escapa la vida a su madre enferma. Y siente que no va a poder asumirlo. Los dos viven en la isla de Amami-Oshima en Japón. Naturaleza y rituales. Canciones y bailes, presente y pasado. La vida fluye, la muerte llega. La danza de agosto o esa canción que habla de cómo resistir la ausencia del ser querido o cómo resistir que tú mismo estás destinado a abandonar la isla…

Naomi Kawase filma un poema y cada uno de sus versos se comporta como las olas del mar. A veces un torbellino de emociones, otras la calma. Un viaje en bicicleta… y el viento golpea el rostro. Un árbol con cuatrocientos años de historia y perder la vista en sus ramas. Otra cabra que muere lentamente mientras dos jóvenes observan y sienten de distinta manera el último suspiro del animal. Unos padres y una hija cómplices que se cobijan en un porche y se ríen juntos. La filosofía del surf, el hombre y la ola son uno. Una madre y un hijo que hablan a través de los silencios. El tatuaje de un padre. Un anciano que confunde el rostro de una joven con otro de su pasado. Sumergirse bajo el agua vestido o desnudo, solo o en compañía y perderse en el fondo marino. Acompañar a la persona que nos deja, que se va definitivamente de la isla, que fallece… y cantarle una canción, la que quiera, y bailar en su honor. Un primer beso o un te quiero…

La directora hace volar al espectador a una isla lejana y le sumerge en un mundo de sensaciones y emociones que dibujan un fondo… que no es más que el fluir de la vida. Un ciclo termina y otro empieza…

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El francotirador (American Sniper, 2014) de Clint Eastwood

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El francotirador parte de la autobiografía del marine Chris Kyle. Su análisis se convierte en apasionante porque ha sido una película con polémica, sobre todo en su interpretación ideológica. El director siempre ha sido independiente en cuanto a sus planteamientos políticos aunque ha apoyado más a los presidentes republicanos. Eso no ha impedido que haya sido crítico con varias de sus medidas y nunca ha tenido reparo en dar su opinión ante distintos aspectos sociales, económicos y políticos. En este sentido, siempre hubo un análisis ideológico de su filmografía como actor y director, sobre todo al principio de su carrera y en sus primeros pasos como director de cine. Sin embargo, es cierto, que durante unos años (desde Sin perdón) se obvió su pensamiento político para el análisis de sus películas y se le consideró el último director clásico, un narrador cinematográfico que sigue los parámetros de cómo contar una historia en la pantalla blanca como en la época dorada de Hollywood. Con El francotirador se ha vuelto de nuevo al análisis ideológico y a etiquetar el pensamiento político del director así como realizar afirmaciones de que es una película patriótica, de derechas, conservadora.

Así que tenía gran interés de enfrentarme a El francotirador y lo que me he encontrado es una película más crítica de lo que pensaba y creo que más compleja de lo que se ha hablado. No es una película bélica redonda, más bien película correcta, pero desde mi experiencia como espectadora yo he visto una crónica crítica y desencantada de la guerra de Irak y la intervención de EEUU. Y el retrato desolador de lo que sería un héroe americano que no encuentra su papel. Si hay que analizarla cinematográficamente, Eastwood se ha centrado más en el mundo íntimo de su personaje principal que en las escenas bélicas (que las hay). Así por ejemplo, cinematográficamente es bastante más impresionante Salvar al soldado Ryan pero aquella ideológicamente me pareció mucho menos crítica, más patriótica y conservadora que El francotirador.

Eastwood presenta a un Chris Kyle (Bradley Cooper) como un tejano de pura cepa que se alista en la guerra de Irak convencido de servir a su patria contra el enemigo. Paralelamente a su reclutamiento y entrenamiento se enamora de una joven con la que antes de partir, se casa para formar una familia. Kyle es conservador en todos sus planteamientos. Pero Eastwood lejos de ensalzar al héroe americano (tipo Rambo) y a sus compañeros de batalla, va creando un héroe que cada vez se va sintiendo más perdido no solo en el campo de batalla sino también en la vuelta a su hogar. Cada vez entiende menos cuál es su papel y va viendo cómo se queda solo, cómo sus compañeros o mueren o se desencantan (como, por ejemplo, su propio hermano, personaje muy desaprovechado) y cómo incorporarse a la vida civil cada vez es más duro. Si Kyle empieza su labor como francotirador con el objetivo claro que le permite sortear duras cuestiones morales (nunca se regodea en las decisiones que toma), cada vez pierde más el norte y finalmente convierte su labor en una obsesión y rivalidad con otro francotirador iraquí (este podría haber sido un punto fuerte del relato cinematográfico pero se queda en la superficie, el rival es casi un fantasma, tan solo se nos muestran algunos datos. Recuerdo una película de dos francotiradores que me impresionó en su momento, Enemigo a las puertas de Jean-Jacques Annaud, que sí dejaba un retrato psicológico de los dos).

Cada vez que regresa a casa, siente el peso de otras responsabilidades que le cuesta asumir. No encuentra su lugar junto a una esposa y unos hijos que cada vez conoce menos aunque están ahí. Su esposa cada vez tiene más claro que su marido tiene que regresar del todo y centrarse en la vida civil. Además el protagonista siente el peso de sus demás compañeros a los que encuentra con duros procesos de integración a la vida bien por secuelas físicas o psicológicas. Su vida pierde sentido y rumbo… y nota que poco a poco todo se derrumba.

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La paradoja es que finalmente cuando logra tomar de nuevo las riendas de su vida y se decide a ayudar a otros compañeros con duras secuelas de guerra (es decir, encuentra un papel)…, ese francotirador temerario en Irak, que tenía el convencimiento de que disparaba al enemigo para proteger a sus compañeros, encuentra la muerte a manos de un exmarine con secuelas psicológicas. ¿Hay un destino más desolador para ese héroe americano que ha reflejado Eastwood?

Por otra parte otra de las críticas que ha recibido El francotirador es el reflejo del otro, del enemigo, de los iraquíes. Como en las películas del Oeste clásico, donde los indios eran representados como un colectivo y raramente alguno de ellos tenía un definido papel y personalidad desarrollada (eso fue evolucionando poco a poco hasta llegar a largometrajes como Apache, donde curiosamente el actor protagonista no era un apache auténtico sino Burt Lancaster) o escasamente se desarrollaban los motivos por los que surgía el enfrentamiento y su forma de actuar (se obviaba, claro está, su punto de vista), en El francotirador, Eastwood se centra en la construcción y evolución del héroe americano en película bélica y no en la representación del otro (pero esto no es solo algo que le ocurre a Eastwood, se puede ver en otras aclamadas películas recientes como La noche más oscura o Argo).

El francotirador muestra la riqueza de una película y las distintas miradas desde las que se puede abordar. Si la miramos cinematográficamente, no es de las mejores películas de Eastwood, es correcta sin más, con algún momento de puesta de escena que muestra su saber hacer, cómo esa última escena en que Kyle se va del hogar, todos sabemos su aciago destino y vemos en la puerta a punto de cerrarse el rostro de su mujer… Pero si hacemos un análisis de contenido, las miradas chocan, polemizan y crean reflexiones interesantes.

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Anna Magnani y Tennessee Williams (segunda parte). Piel de serpiente (The Fugitive Kind, 1960) de Sidney Lumet

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La segunda vez que Anna se convierte en heroína de Williams es para hacer algo que sabe bien: una mujer temperamental y trágica. Anna se convierte en Lady y es la protagonista de una tragedia cien por cien sureña. Esta vez el director es Sidney Lumet y su co-protagonista, ese Piel de serpiente, es Marlon Brando. Piel de serpiente forma parte de una de las adaptaciones cinematográficas de obras de teatro norteamericanas que lleva a cabo Lumet en ese periodo: empieza para televisión con Llega el hombre de hielo de Eugene O’Neill, continúa con Piel de serpiente y Tennessee Williamas, sigue con Panorama desde el puente de Arthur Miller, para cerrar de nuevo con O’Neill y Larga jornada hacia la noche.

Del universo Williams elige una obra que no es fácil, La caída de Orfeo, pero que tiene todos los ingredientes de su mundo teatral. El calor siempre está presente, una localidad sureña intransigente, un personaje forastero que llega y no será igual recibido por todos, relaciones complejas, racismo, erotismo, eros y thanatos… Los personajes femeninos, todos, poseen una sensibilidad especial, ‘perciben’ el mundo de una manera distinta y son supervivientes en un mundo hostil y muy masculino que trata de aplastarlas, anularlas. Y los personajes masculinos o son especialmente odiosos o demasiado cobardes y ven su mundo amenazado cuando aparece un forastero, el joven Piel de serpiente, un tipo que va con una cazadora precisamente con piel de serpiente y una guitarra, que no necesita atarse a ningún sitio…, que es libre…

Así surge una película oscura porque va narrando una historia excesivamente trágica, sin esperanza alguna. Y el rostro de Anna, de gran trágica, se pone al servicio de un personaje triste, Lady, casada con un hombre desagradable que posee el negocio del pueblo. Además este se encuentra en las últimas fases de una enfermedad. Él es gran amigo de otro personaje influyente del pueblo, el sheriff, que está bastante a favor de disparar sin juicio alguno y que a su vez está casado con una mujer sensible (Maureen Stapleton) que prefiere no mirar y crearse un universo propio. Y por último también está la familia rica caída en desgracia: y dos hermanos, él alcohólico e infeliz, que rompió hace muchos años el corazón a Lady, y ella con graves problemas emocionales y de salud mental (Joanne Woodward) pero que quita máscaras y suelta verdades además de estar obsesionada con Piel de serpiente.

A esta localidad sureña llega el forastero, un joven con su guitarra en busca de trabajo, es Piel de serpiente. El joven se queda y construye una compleja historia de amor con Lady, además la ayuda a conseguir su sueño…, un merendero muy especial, que está unido a una tragedia de su juventud y a la figura de su padre. Pero Piel de serpiente tampoco es un tipo fácil, le conocemos al principio del todo (antes incluso de los títulos de crédito) en un interrogatorio con un juez donde explica por qué está en esos momentos en la cárcel, cómo trabaja como gigoló en macrofiestas (“para entretener”), como a veces pierde los papeles, y cómo promete que él solo quiere recuperar su guitarra de la tienda préstamos. El juez le deja en libertad si promete no regresar jamás. Así Piel de serpiente no se ata a ningún lugar…, va siempre sin rumbo, hasta que llega al pueblo de Lady, donde despierta distintos sentimientos a cada uno de sus habitantes. Y a Linda la hace salir de una cárcel, de una caja de cerillas, de un ambiente de enfermedad y muerte…, a otro universo de sensualidad, belleza, vida y esperanza donde es posible construir un sueño. El problema es que esa felicidad al primero que desagrada es a su marido…

Desde el principio se masca la tragedia no solo por los personajes y ambientes que van apareciendo sino por pistas que se van dejando a lo largo de la narración cinematográfica. La presencia del calor y el recuerdo de un fuego del pasado. Desde la tienda tétrica del esposo de Lady, hasta la propia comisaria o el local de las afueras del pueblo… Todo es oscuro y deprimente excepto el universo que se van logrando construir poco a poco Lady y Piel de serpiente que culmina en el merendero.

Al blanco y negro de Boris Kaufman, que alumbra momentos tremendamente oscuros pero también deja dosis de poesía visual… cómo cuando se ilumina por primera vez el merendero, le acompaña la triste melodía con aires de jazz que acompaña a los personajes. Su compositor Kenyon Hopkins no era ajeno al mundo de Williams, su música también acompañó a Baby Doll. Y por último una baza importante es la fuerza visual de la extraña pareja, Marlon Brando y Anna Magnani.

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El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987) de Steven Spielberg

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Hay películas que en la infancia de alguna manera te dejan marcada y no vuelves a ver. Eso me había pasado con El imperio del sol y cuando hace apenas unos días he vuelto a verla, me he encontrado con una gran película y quizá entiendo por qué me gustó de niña, cuando casi era de la misma edad de Christian Bale. Quizá sea la película de Steven Spielberg que me parece más redonda. El imperio del sol no pretende explicar o ser una crónica de la Segunda Guerra Mundial, sino que es un relato cinematográfico sobre un niño seguro, que no le falta de nada, ni el amor de sus padres… y su descenso a los infiernos cuando ocurre el máximo miedo que le puede ocurrir a un niño: perder a sus padres, quedarse absolutamente solo y tener que sobrevivir. Y las circunstancias se dan en plena Segunda Guerra Mundial. El relato cinematográfico lo vamos viendo a través de los ojos de James Graham (Christian Bale), un niño inglés de clase alta que vive con sus padres en Shanghai a punto de ser ocupado por el ejército japonés. A lo largo de la película, vamos viendo la lucha por la supervivencia de un Graham solo, un niño inteligente y sensible, complejo, que poco a poco encuentra una manera de subsistir: separar su mente de la realidad dura que está viviendo.

Desde el principio vivimos con James la tensión que se respira en el ambiente pero sin saber muy bien, como él, qué es realmente lo que ocurre. Algo se cuece en las calles de Shanghai y el modo de vida de las familias como las de Graham está a punto de extinguirse. Siguen viviendo como privilegiados en un mundo hostil y James poco entiende más que su aburrimiento en el coro (posee una voz prodigiosa) y su amor por los aviones, por todo tipo de aviones, en especial los japoneses. Una de las escenas clave de esta primera parte será el recorrido en limusina de la familia de James a una fiesta de disfraces, como si fueran absolutamente ajenos (casi de otro planeta) a lo que realmente está ocurriendo en las calles…

Después de su accidental separación de sus padres, James no asume su situación hasta que tiene hambre y en su mansión vacía no encuentra nada que llevarse a la boca. Entonces decide entregarse a los japoneses para comer y que le lleven con sus padres…, pero ya es alguien completamente anónimo en un acontecimiento histórico. Así se encuentra con su mentor en supervivencia, que le da cursos rápidos de la escuela de la vida. Aunque James busca ser su amigo y quererle…, se trata de Basie (John Malkovich), un buscavidas norteamericano. Terminan ambos en el campo de concentración de Soo Chow, cerca de un aeropuerto militar ocupado por los japoneses.

A partir de ahí James trata de buscar su hueco en el campo, formar parte del grupo líder de los prisioneros, que encabeza Basie. Y trapichear para que otros prisioneros consigan pequeños logros, como algo de comida o jabón, así como ayudar al médico en la enfermería. Por su parte sigue admirando a los japoneses (y sus aviones) y también trata de llevarse bien con ellos, logrando establecer una lejana relación con un niño japonés.

Como los verdaderos, duros y crueles cuentos infantiles, el tránsito de la niñez a la madurez de James está plagado de obstáculos que le harán incluso perder la razón, separar su mente de la realidad, así se vive uno de los momentos más estremecedores que es cuando los aliados bombardean el campo y él mira todo desde lo alto de un edificio sin parar de moverse y gritar… hasta que le coge el médico y le pide que por favor no piense más, que no piense más, que se calme. Y entonces James se permite llorar y echar de menos a sus padres a los que teme olvidar. Como vamos viendo todo a través de sus ojos, cada vez la realidad va adquiriendo un aspecto más de fantasía onírica dejando momentos bellísimos. Él reinterpreta la realidad como puede y luego se topa con la verdad que le golpea una y otra vez.

Fue una película que no conectó con el público en su momento y que recibió críticas que denotan no profundizar en la naturaleza de la película, que no es un tratado sobre la guerra sino la transformación o el tránsito de un niño de la infancia a la madurez en una situación extrema. Spielberg despliega su conocimiento del lenguaje cinematográfico y deja imágenes bellísimas e impactantes. Sabe contar en imágenes. Y además por el material del que parte (la autobiografía del autor de ciencia ficción, J. G. Ballard) y por el guionista que adapta la obra, el dramaturgo Tom Stoppard, no cae en el edulcoramiento y sentimentalismo de la historia, sino que se adentra en las partes oscuras y duras, sobre todo en la compleja relación que se establece entre el niño y el buscavidas.

Desde los ojos de un niño, que ya está creando alucinaciones en su cerebro para poder seguir con vida, vivimos el momento crudo y horrible de la bomba atómica. James no sabe lo que ha ocurrido y en su mente de niño cree que esa luz blanca es el espíritu de una mujer muerta que yace a su lado, que ha convivido con él en el campo de concentración. Después se va enterando de que ha sido una bomba y dice: “Hoy he aprendido una palabra nueva: bomba atómica. Era como una luz blanca en el cielo, como si Dios hiciera una fotografía. La he visto”. Aquí se concentró y se concentra mucho de la crítica negativa de la película expresando que Spielberg no condenaba el empleo de la bomba atómica… pero es que dentro del contexto de la película y cómo está descrito… no existe, a mi parecer, esa polémica. Es un niño que no sabe qué está ocurriendo pero intuye el horror, que no sabe la dimensión de la bomba atómica ni los daños que dejará en su camino… Si se analiza la frase, es brutal… porque nosotros como espectadores sí sabemos el arma letal y de destrucción que es la bomba atómica.

El imperio del sol es una película compleja llena de matices, detalles y riquezas además de muy bella visualmente. Hemos visto siempre los ojos abiertos de James pero termina con sus ojos cerrados… Su duro tránsito ha terminado.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.