Al filo del mañana (Edge tomorrow, 2014) de Doug Liman

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Acción, invasión alienígena, romanticismo, elementos de géneros como el bélico o el de ciencia ficción, una pizca de humor e ironía, y por último el juego con el tiempo…, se mueve la coctelera y surge Al filo del mañana de Doug Liman. Película que no esconde su condición de cine de palomitas y entretenimiento… pero muy bien contado y realizado. El juego del tiempo permite un ritmo trepidante y la introducción del humor ante la repetición de situaciones… No es de extrañar las continuas comparaciones con Atrapado en el tiempo de Harold Ramis porque la premisa prácticamente es la misma: un hombre condenado a vivir una y otra vez el mismo día. Si la primera servía para convertir al protagonista en mejor persona y además conseguir a la chica. En la segunda es para que el protagonista se convierta en superhéroe (y de paso salve a la humanidad) y además conseguir a la chica.

Y es que la ciencia ficción y el tiempo son buenos amigos y últimamente ha creado obras tan interesantes como: 12 monos, Déjà vu,Código fuente, Looper… Y ahora Al filo del mañana (que no es tan original pero sí ingeniosa, ocurre además que se sabe desde el principio cómo va a terminar… ¡Tom Cruise es el héroe y no puede fallar!). A través de esa repetición de un día, crucial en la lucha de los humanos contra los alienígenas, se construye y evoluciona el ‘héroe’. Un Tom Cruise que al principio es un alto mando, que nunca ha entrado en combate y se dedica más a la propaganda bélica, y se ve (por circunstancias que no desvelaremos) en el campo de batalla, asustado, sin experiencia y acobardado. Sin embargo se sumergirá en un bucle temporal, siempre vivir un mismo día, y ahí pronto irá evolucionando del acobardado alto mando a un héroe preparadísimo y que además de él depende la salvación de la humanidad. En este viaje temporal encuentra un aliado: una guerrera experta (que ha vivido exactamente lo mismo que él, le cree, le apoya y combaten juntos contra el mal) con el rostro de Emily Blunt. La aventura está servida.

Y Doug Liman sabe y entiende de ritmos, acción, héroes (con problemas de memoria o tiempos); si ya en El caso Bourne dotaba la película de un buen sentido del ritmo, lo vuelve a recuperar en Al filo del mañana (ésta es la adaptación de un manga de Hiroshi Sakurazaka). Además funciona la química entre Tom Cruise y Emily Blunt (como aguerrida heroína de acción). Los efectos especiales, los alienígenas, los exoesqueletos para el combate… no entierran una historia con gancho y bien contada…

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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (y el colofón). El último atardecer (The last sunset, 1961) de Robert Aldrich

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La entrega de un ramo de flores silvestres contiene toda la emoción y la poesía que esconde cada fotograma de El último atardecer. Un western con ecos de tragedia griega e ingredientes de melodrama exaltado. Otra joya en la filmografía de Aldrich. Así continuo no sólo descubriendo otra obra de este director, que nunca me ha dejado indiferente, sino que añado un western más –que pertenece al periodo entre los 60 y los 70– a los que estoy descubriendo durante estos días.

Robert Aldrich se encontraba en un momento delicado de su carrera cinematográfica. Había abandonado un Hollywood que imponía pero que también daba los últimos coletazos del sistema de estudios e iba recorriendo Europa sobreviviendo producción tras producción. Pero estos años de exilio laboral, en los que parecía perdido a la hora de encontrar un camino o una continuidad a su interesante filmografía, le sirvieron para seguir aprendiendo el oficio. Este western llegó de encargo y como una oportunidad de regresar a EE UU con éxito y gloria. Lo que en un principio era una oportunidad, se convirtió en otro desencanto que no contentó a nadie. Sin embargo yo me he topado con un western excesivamente hermoso, lírico…

El director vuelve a narrar con su mirada especial una historia que tiene además un leit motiv de su obra cinematográfica (además ya había realizado westerns tan notables como Apache y Veracruz): un historia que se va construyendo a través de un enfrentamiento.

El enfrentamiento entre un pistolero cansado y el sheriff que quiere detenerle (y que como iremos descubriendo esconde además un odio exacerbado hacia el pistolero y busca una venganza personal). El encuentro se produce en un rancho en México… pero los ‘enemigos’ se verán envueltos en un viaje… para la venganza ya habrá tiempo. Ahora es tiempo de convivir, de seguir siendo ‘enemigos’ pero respetuosos (con algún que otro cabreo que deja patente la tensión siempre existente) hasta que llegue el momento oportuno. Los dos se unen para llevar un ganado de México a Texas. ¿Quién los contrata? John Breckenridge, un ganadero alcoholizado y atormentado por recuerdos bélicos de su pasado en el ejército confederado. ¿Por qué el pistolero acaba en ese rancho… y por lo tanto el sheriff también? Porque John Breckenridge está casado con una hermosa mujer que fue el gran amor del pistolero y ahora que está cansado quiere un hombro donde reposar. Así que se reencontrará no sólo con ella sino también con la hija adolescente de sus gran amor, que enseguida se siente atraída por el halo romántico de este fuera de ley.

Con un reparto totalmente acertado, una fotografía con un color que exalta los colores amarillos –donde sientes el color de la tierra, el viento y el polvo–, y un guion de Dalton Trumbo (el cual tampoco estuvo muy contento con algunas de las imposiciones que tuvo… aunque ya por fin sin estar en la lista negra), El último atardecer se convierte en otro magnífico western atípico donde más que la aventura o el viaje cuentan las emociones de los personajes y sus relaciones.

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Así el pistolero cuenta con el rostro de Kirk Douglas (muy implicado en el film como coproductor y tampoco quedó contento), un hombre con ganas de un poco de tranquilidad (y que la busca en el recuerdo que tiene de su gran amor) pero que no puede dejar de lado su pasado. Un pasado de violencia, de errores, de nunca parar, de haber hecho mucho daño… Al final busca algo de estabilidad y algo parecido a la felicidad. Cuando todos sus intentos son fallidos y además puede hacer daño –de nuevo– a alguien a quien ama, sabe que sólo hay una salida en el último atardecer. Kirk Douglas, como siempre, sabe presentar un personaje lleno de encanto (a pesar de su cara oscura, exaltada y violenta). A su indumentaria, un pistolero todo de negro, de elegante figura y con un pañuelo al cuello, se une su condición de contador de historias (con buenas metáforas para describir el mar o para entender el amor como un manantial) y de hombre extremadamente nostálgico y en esa nostalgia, hombre romántico. Y en ese intento de encontrar la calma, fracasa continuamente incluso cuando cree que ha encontrado el amor incondicional en la joven hija de su antiguo amor. Una confesión le hará ver lo imposible de ese amor, convirtiéndolo en otro tipo de amor que además requiere un sacrificio…

Los obstáculos (además de su propio tormento) se los va poniendo el sheriff que se convierte en enemigo respetable y compañero de supervivencias pero también se transforma en rival en el amor. El sheriff es un, como siempre, apuesto y rudo Rock Hudson (rey del melodrama) que se siente enseguida atraído por la esposa de John Breckenridge, que es el antiguo amor del pistolero. Según avanza el viaje, él también encuentra un sentido en el viaje, un amor que le redime de sufrimientos pasados, y cada vez va enterrando más hondo sus ganas de venganza pero no su sentido del deber. Y su propio amor (con rostro de Dorothy Malone, otra reina del melodrama) que trata de hacerle ver que no está enamorada de ella sino de una imagen del pasado, y quiere que se dé cuenta de que ahora ella es otra mujer distinta a la adolescente que conoció. Y que porta un secreto que finalmente le hará tomar una decisión inevitable.

En ese camino se encuentra con la trágica figura de John Breckenridge (maravilloso Joseph Cotten) que entierra en alcohol su miedo al enfrentamiento y que protagoniza uno de los momentos más tristes, humillantes y tensos de la película. Y también con la joven que le hará por un momento recuperar la esperanza (una prometedora Carol Lynley, pero que se quedó en promesa)… pero que será un amor imposible (y es tan delicada la manera en que se aborda el dilema, que es uno de los puntos fuertes de esta gran tragedia griega).

Por supuesto no falta ganado, indios, forajidos malvados (donde no falta Jack Elam), disparos, persecuciones… y un duelo final en este western atípico. Entre medias momentos de felicidad, intimidad y romanticismo. Así un pistolero americano canta con sus compañeros mexicanos de viaje una vieja canción (Currucucú paloma) en un momento de descanso…

En El último atardecer son muchas cosas las que se quedan en la retina: puede ser un vestido amarillo o un ramo de flores silvestres…

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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (y III). Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, 1972) de Sydney Pollack

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Último paseo por westerns atípicos y ahora toca el turno de un nuevo director del momento, años setenta, Sydney Pollack, que estaba no sólo construyendo su relación profesional con el actor Robert Redford sino también un cine de corte progresista. En Jeremiah Johnson, el director une su visión progresista del mundo –y avisa que son tiempos de estar fuera del sistema y reconectar con la naturaleza– con un western empapado de aventura. Jeremiah, un héroe que se convierte en leyenda (de nuevo como en El día de los tramposos o en Pat Garrett y Billy El Niño, las canciones tienen una función narrativa), simboliza a un hombre que quiere vivir fuera del sistema porque le ha herido y quiere retirarse. Alguien con quien pueden identificarse muchos en aquella generación… y ahora también. La película refleja el desencanto que arrastra una generación y expresa la necesidad de encontrarse uno mismo en un camino que no va a ser fácil. Un mundo de descubrimientos, de saber leer la naturaleza, de inevitablemente (aunque quieras estar solo) convivir con otros: con los que son diferentes a ti y con tus iguales con los que chocas cada día.

Jeremiah Johnson tiene una primera parte absolutamente apasionante de construcción de un personaje y su leyenda. Y una segunda parte que es su consolidación que a mí me desconcierta bastante. Efectivamente la primera parte es de aprendizaje del personaje de Jeremiah que empieza a ‘leer’ las montañas y se da cuenta de que en ese camino no puede prosperar solo. Así se encuentra con un viejo cazador de osos que le enseña a sobrevivir. ‘Adopta’ a un niño que no habla, Caleb, que encuentra en una casa aislada donde vivía con su madre y hermanos esperando a la figura del padre (los primeros colonos); los indios han pasado por ahí y han matado a sus hermanos y han dejado a su madre sin salud mental. También recibe lecciones de otro superviviente de las montañas calvo o con pelo pero siempre con bigote. Jeremiah trata de relacionarse, desde el respeto, con los indios. En una de sus aventuras le casan con una joven india… Y termina formando una extraña familia con un niño que no habla y una joven india con la que no se entienden en el mismo idioma. Parece que, por fin, Jeremiah ha encontrado su felicidad fuera del sistema, en las montañas.

Pero llega la segunda parte compleja y contradictoria (quizá tiene que ver la pluma del guionista y posteriormente director John Milius, un hombre que no es precisamente fácil y que ha desarrollado una ideología compleja de tintes conservadores bastante diferente a la de Pollack… Hace poco se ha realizado un documental alrededor de su persona –que no he visto y que me llama mucho la atención– donde parece ser que él se denomina en un momento dado como anarquista zen)…, ante un hecho desgraciado que acontece en su vida, por ayudar al ejército a encontrar a unos colonos aislados (y saltarse una norma india al cruzar un cementerio), Jeremiah Johnson se convierte en un vengador silencioso que declara la guerra a los indios que han roto su felicidad. Y viendo en la primera parte cómo se resistía a la violencia y a atacar a los indios (o cómo se resistía a cualquier enfrentamiento o conflicto), choca cómo se transforma en un hombre que los acecha, sin compasión alguna. Esta segunda parte también contribuye a forjar la leyenda, es un hombre que nunca muere y siempre ataca, el come hígados. Solitario y condenado a estar continuamente huyendo, aunque ahora sabe leer la naturaleza (y decide continuar fuera de la ‘civilización del hombre blanco’ que ya le ha decepcionado suficiente), quiere estar en las montañas (se identifica con ellas y la vida que le proporcionan) y finalmente su enemigo le respeta (los indios) y él respeta a sus enemigos en una lucha de igual a igual…, como se adivina en el saludo y sonrisa final de Jeremiah a un indio con el que siempre se ha encontrado desde que era un inexperto hasta convertirse en un hombre de las montañas, una leyenda. ¿Es el mejor final para un fuera del sistema? ¿Es inevitable el enfrentamiento, el desencuentro, el distanciamiento y el desencanto?

Sydney Pollack crea un western de aventuras apasionante donde yo, como espectadora, me siento más identificada con el Jeremiah Johnson de la primera parte. Los momentos con su extraña familia son lo más cercano a un ideal de vida feliz y plena.

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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (II). El día de los tramposos (There was a crooked man, 1970) de Joseph L. Mankiewicz

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Los ecos del Nuevo Cine Americano ya estaban en plena eclosión en 1970. Y esos ecos era una mirada diferente sobre diversos temas. A esa mirada influyeron los tiempos que corrían de desencanto y cambio, la caída del código Hays y del sistema de estudios y una nueva generación de trabajadores del cine (directores, guionistas, actores…). Pero muchos de los ‘maestros’ siguieron creciendo y creando últimas obras fascinantes… Uno de los que siempre arriesgó, tanto en sus guiones como en las películas que dirigió, fue Joseph L. Mankiewicz. Así en su penúltima película toma un género que no había trabajado nunca, el western, y realiza uno atípico pero fascinante, como ya ocurrió cuando llevó a cabo su único musical Ellos y ellas. Su desencanto con el género humano casa con el desencanto de los tiempos y crea una película cínica y demoledora con humor negro pero con dosis de amargura (o por lo menos a mí me ha provocado amargura). Además esta vez no escribió el guion sino que se apoyó en el de dos jóvenes creadores que ya habían ofrecido la historia de Bonnie and Clyde (que se suele nombrar como la película inaugural del Nuevo Cine Americano).

El día de los tramposos refleja toda una galería de hombres ‘deshonestos’ que terminan en una prisión federal de Arizona perdida en medio del desierto. Y en esa prisión el grupo gira alrededor de dos hombres: el encantador bandido con gafas, Paris Pitman, y con rostro de Kirk Douglas y el nuevo alcaide (antiguo sheriff disparado en la pierna por uno de los ahí encerrados e incapacitado para seguir ejerciendo) con ganas de reformar los métodos arcaicos de la prisión con otros más humanos y sociales (dotar a la cárcel de comedor, enfermería u otro tipo de ocupaciones para los presos…) y una aparente moral inquebrantable con rostro de Henry Fonda. Y sobre todos ellos medio millón de dólares, que tan solo sabe su paradero el bandido Paris Pitman (pues él mismo los robó y escondió). Por eso el objetivo de este hombre será huir de la prisión a toda costa… y busca aliados.

… en esta película del oeste más que la acción, funciona la picaresca y la inteligencia para salir vivo de la prisión y conseguir el botín que permitirá una vida sin ley y con dinero al otro lado de la frontera, en México. Así Paris Pitman engatusa a todos sus compañeros de celda pero también al nuevo alcaide (con el antiguo había pactado un ‘reparto’) y a los propios espectadores que caen rendidos (como servidora) a sus encantos. Es un hombre con carisma. Sin embargo, desde el principio se nos advierte de que es un bandido sin escrúpulos y que utiliza a las personas para conseguir sus fines, sobre todo, quedarse con el botín. Como también somos conscientes de que pie cojean cada uno de los asesinos, estafadores, antiguas glorias (y de sus debilidades)… que conviven en la celda. Aunque no se para ahí El día de los tramposos, igual de deshonestos que la pandilla que se encuentra encerrada en la celda, son los hombres de bien: el padre de familia, el juez, los guardianes, el antiguo alcaide e incluso el hombre que nos parece más honesto de la función nos ofrecerá su cara oscura, su rostro oculto (sin embargo, y parece ser que hubo cortes en su papel, el de Henry Fonda es el que me parece menos logrado aunque es fundamental para la trama y la sola presencia de Fonda le otorga un poderoso final). El día de los tramposos es un sálvese quien pueda. Y el que sea más hábil jugando, se llevará el botín. El más inocente (que lo hay) perderá la vida sin entender que es lo que ha ocurrido, ni saber que ha sido vilmente manipulado. Otros se darán cuenta del engaño. Y el de más allá perderá la cordura. El de más acá se creerá vencedor pero no se dará cuenta de que hay un destino, un factor suerte…

A pesar de parecer un western vodevil envuelto en película carcelaria con reformas sociales, El día de los tramposos es una demoledora película sobre lo sombrío de la condición humana muy acorde con los tiempos que corrían (y con los que corren ahora)… Tiene un ritmo alegre, divertido y pícaro pero por detrás va dando mazazos, golpes y dejando a la luz un mundo oscuro, triste y perplejo. Cuenta con una galería de actores excepcional pues a Kirk Douglas y Henry Fonda, se unen unos secundarios de lujo, con unos personajes maravillosamente perfilados, como los geniales Hume Cronyn (estafador, homosexual y pintor de ángeles con sexo), Burgess Meredith (una leyenda que se hace llamar Kid y lucha por no volverse loco) o Warren Oates (toda su vida traicionando buscando tener un amigo de verdad…).

Un western atípico que logra congelarte la sonrisa. Pero, como siempre rodado con ingenio, con un arranque estupendo que además es la mejor presentación de cada uno de los protagonistas… y un final tan inesperado como demoledor…

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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (I). 7 mujeres (7 women, 1966) de John Ford

7 mujeres

A finales de los años sesenta y durante los setenta el género western está en continuo cambio y transformación. ¿Canto de cisne o innovación-cambio de un género que se negaba a dar sus últimos coletazos? Así durante estos años, no sólo nace una variación interesante como el spaghetti western, sino que surgen una serie de westerns atípicos con miradas diferentes que ofrecen nuevas miradas del género (no sólo la crepuscular… también una visión que va unida al desencanto y a los aires de protesta de estas dos décadas).

Si tan solo hace unos días hablábamos de un western atípico como Pat Garrett y Billy El Niño, ahora quisiera reflejar este interesante periodo de metamorfosis del género en tres post. Primero con la última obra de John Ford, el director de películas del Oeste se despide con una triste película que no es estrictamente un western pero sin embargo emplea las claves del género para contar una historia con aires de tragedia clásica. Después seguiremos con la obra de un director (su penúltima película) que tan sólo haría en toda su carrera un único western, El día de los tramposos (recuperada de la memoria gracias a un texto de Francisco Machuca). Esta obra de Joseph L. Mankiewicz ofrece una mirada ácida con ecos de comedia negra y desencanto hacia un viejo Oeste complejo. Y por último cerraremos este breve ciclo con Las aventuras de Jeremiah Johnson de un joven realizador que empezaba a despuntar en los setenta, Sydney Pollack, que encontró en el western una manera de expresar su desacuerdo con el sistema imperante…

La última de Ford

Un Ford anciano aborda un relato cinematográfico desgarrado y desencantado: 7 mujeres. Y se despide del cine con una película que a primera vista parece que no es un western. La historia que nos cuenta Ford no transcurre en los paisajes habituales ni en campo abierto. El salvaje Oeste desaparece y se cambia por un lugar lejano, frontera de China con Mongolia, un lugar en guerra. El fuerte del Oeste se transforma en una misión claustrofóbica dirigida por una mujer de carácter e intransigente (Margaret Leighton). Una película que fue incomprendida en su momento, que no es fácil de encontrar una copia en condiciones, que no sólo no fue valorada por los espectadores del momento, sino tampoco por los críticos. 7 mujeres ha sido valorada algo mejor con el paso de los años y en los distintos análisis sobre la obra completa de John Ford. Por ejemplo analiza y cuenta muy bien cómo fue el rodaje (así como sus dificultades) y proporciona un análisis crítico completo y lleno de matices, uno de los expertos en la filmografía de Ford, John McBride en su libro Tras la pista de John Ford (publicado por T&B Editores, 2004).

John Ford abandona el salvaje Oeste pero no las claves del género. Es decir 7 mujeres está contada en clave de western clásico. Además se pueden encontrar similitudes con uno de sus westerns más míticos e importantes a la hora de comprender el lenguaje del género: La Diligencia. Y esas similitudes se encuentran sobre todo en dos aspectos fundamentales: un personaje principal que muestra, por contraste, la hipocresía y doble moral de la burguesía (y en este caso de las organizaciones religiosas). La representación del otro sin rostro, de manera simplista… ellos son el mal y la fuente de problemas para los protagonistas (además de sus propios choques, de sus complejas relaciones interpersonales, y obstáculos). En La Diligencia eran los indios, impersonales, los que provocaban las situaciones límites entre el grupo que viajaba en un medio de transporte que era continuamente atacado (y después también en la posada). En 7 mujeres los bandidos mongoles son presentados sin matices, son unos ‘bárbaros salvajes’ y violentos, no hay más lectura. Pero se pueden encontrar otros puntos de unión como, por ejemplo, la mujer embarazada que pone más al límite la situación del grupo que trata de sobrevivir frente al enemigo. Así el personaje de Anne Bancroft puede ser una fusión entre la prostituta y el doctor de La Diligencia (como aquel maravilloso Thomas Mitchell, la doctora Cartwright también bebe). Además de tener ecos de otro personaje femenino fordiano, Kelly, la morena de turbio pasado con rostro de Ava Gadner que eclipsaba a cualquier personaje que apareciese en Mogambo.

La película, como en las del Oeste, ocurre en un territorio de frontera sin ley. Y como siempre Ford presenta un abanico de personajes (esta vez prácticamente todos femeninos) complejos, nada planos, que se relacionan entre sí. Lo que cuenta sobre todo 7 mujeres es el enfrentamiento de poderes entre dos mujeres con miradas diferentes ante la vida. Una se termina sacrificando por todas, sin pedir nada a cambio… sería el fuera de ley de las películas del Oeste (que parece que va a lo suyo) pero sin embargo actúa y decide salvar a los demás. Y la otra, en un principio mostrada como fuerte e intransigente, va perdiendo la cordura y el respeto del grupo (además con sus actos podría haber conducido a todos a un final desastroso) además de mostrar sus miedos, represiones y frustraciones. Las demás mujeres se van relacionando de distinta manera (algunas evolucionan de la primera escena a la última) con las dos líderes… Sobre todo dos de los personajes: la joven misionera (Sue Lyon) y la segunda de bordo de la inflexible directora de la misión, con la cara de Mildred Dunnock.

Tan solo hay un personaje masculino en el grupo americano (y británico) de la misión que además desaparece a mitad de esta historia con rostro de Eddie Albert (otra vez en nuestro blog, hace nada nos visitó con Attack). Un personaje complejo que evoluciona hasta que es eliminado para que se queden las siete mujeres solas en una situación límite. Cuando pregunta la doctora en su primera cena con sus nuevos compañeros de viaje: “cómo se siente como único gallo de este gallinero”… y él contesta con una risa ridícula, define a la perfección su personaje. Así la interpretación de Albert evoluciona de un hombre anodino y asustadizo que ha guiado su vida para ser predicador… hasta un hombre que toma conciencia de que se ha equivocado de rumbo y despierta… pero ya es demasiado tarde para él (sin embargo, logra que pueda ser recordado con respeto cuando por primera vez toma las riendas de su vida con una mirada realista).

El personaje bombón es el de la la doctora Cartwright, sin embargo, así como Ford dejaba un final optimista tanto para la prostituta de La Diligencia o para la Kelly de Mogambo, a la doctora la deja sola en su sacrificio, en su acto de heroísmo. A su acto de entrega, sin pensárselo dos veces, le sigue su suicidio ante un futuro de dominación, sumisión, en un mundo salvaje y sin reglas. Así Ford nos deja una de sus imágenes hermosas e icónicas… la silueta de una mujer con un kimono ante una puerta que significa la muerte… 7 mujeres se convierte en una despedida triste del director que hacía películas del Oeste. Una despedida en un territorio alejado del western pero que comparte sus claves fundamentales para contar una historia.

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La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) de Martin Scorsese

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La última tentación de Cristo es una de esas ‘rarezas’ que se encuentra en la carrera de todo director cinematográfico. Es una de las rarezas de Scorsese (en cuanto forma y resolución) pero no es raro que se sintiese atraído por el tema ni que eligiera otra vez a Paul Schrader como guionista. Con New York, New York había tocado el fondo tanto en su adicción a la cocaína como en su depresión. Pensó que Toro Salvaje sería su despedida del cine. Pero fue superando sus adicciones y en los ochenta realizó películas-rareza dentro de su trayectoria mientras iba renaciendo cual ave fénix como persona. Así entrega una de sus obras menos conocidas El rey de la comedia (que todavía no he visto), Jo, qué noche, El color del dinero (una película de encargo que es una especie de remake de El buscavidas) o uno de los episodios de Historias de Nueva York hasta que en 1990 rueda Uno de los nuestros que supone una nueva etapa en su carrera cinematográfica. A principios de los ochenta se van gestando también dos proyectos personales: La última tentación de Cristo y Gangs of New York. La segunda no pudo llevarla a cabo hasta dos décadas más tarde. Y la primera la realizó al final de la década.

Parece ser que fue la actriz Barbara Hershey (según cuenta Thomas Sotinel en la serie Maestros del cine de Cahiers du cinema) la que le proporcionó la novela del griego Nikos Kazantzkis a Scorsese. No he leído ni La última tentación de Cristo ni Alexis Zorba pero sí he visto las dos películas que surgieron de sus obras literarias. Y pueden gustar más o menos pero son películas que no dejan indiferentes y te hacen reflexionar. Kazantzkis además de novelista era un filósofo, no planteaba temas de manera fácil. Enseguida Scorsese se siente atraído por el proyecto pero también encuentra obstáculos por todas partes para llevarla a cabo, por presiones de distintas organizaciones religiosas que logran que primero Paramount retire su apoyo al director y después que tampoco pueda llevarla a cabo con financiación francesa. Así que en un primer momento para el proyecto pero tiene claro que la rodará y que quiere llevar esta vida de Jesús a la pantalla (no olvidemos que el director tuvo educación católica y que incluso hubo un momento de su vida que se planteó ser cura), y que la novela la adaptará al cine Paul Schrader (educado en el calvinismo). La novela ya había levantado ampollas y polémica… y la película tan sólo siendo un borrador ya era vista como amenaza en círculos religiosos…

Finalmente en 1987 la Universal daría luz verde al proyecto y a los obstáculos. Sería una película de presupuesto limitado pero permitiría a Scorsese dar su particular visión de la figura de Cristo, a través de la novela de Kazantzkis y el guion de Schrader. El director no pensaba en taquillas (de hecho esperaba que pasara veladamente por las salas)…, fue sin embargo la polémica que rodeó la película antes incluso de que se viera y de su proyección lo que permitió que se hablara de ella en los medios y que finalmente funcionara mucho mejor de lo que se hubiese pensado. Siempre me ha llamado la atención ese ataque feroz a ciertas películas polémicas que ni siquiera se han podido ver y los juicios de valor (así como debates furibundos) antes de poder acceder a ellas… Con La última tentación de Cristo se tomaron precauciones, como en ninguna otra película, para no ‘herir sensibilidades’. En algunos países fue prohibida y en otras había incidentes en las puertas de las salas de cine donde se exhibía. Por ejemplo, cuando se emitió por primera vez en Televisión Española, en el año 1992… salió antes Fernando Sánchez Dragó ‘explicando’ a los espectadores a lo que se iban a enfrentar (¿¿??). ¿Cuándo ha vuelto a pasar algo así?

¿Y qué cuenta La última tentación de Cristo? Lo único que hace es presentar a un Jesús muy humano lleno de dudas y miedos al que le pesa su parte divina y su misión. Tan humano que siente dudas hasta al final, en pleno sufrimiento. Y ahí en la cruz tiene su “última tentación” que es renunciar a su parte divina y ser un hombre normal, como los demás. Un hombre que se enamora, se casa, tiene una familia, trabaja, se enfrenta a problemas y tristezas, se supera, envejece y muere. Así una niña, que se presenta como ángel de la guarda, ofrece su mano a Jesús en la cruz y le anuncia que puede bajar y acabar con su sufrimiento. La niña le explica que igual que en el último momento Dios no permitió que Abraham matara a su hijo Isaac…, Él no va a permitir que su hijo muera. Y Jesús acepta el ofrecimiento (no habrá ni sacrificio, ni pasión, ni resurrección…).

Scorsese presenta una película austera, con una puesta en escena casi desnuda, donde el desierto (se rodó en Marruecos) es otro protagonista más. El polvo y el sol están siempre presentes. Se crea así una atmósfera extraña acorde al estado de ánimo de Jesús que siempre está dudando, que muestra siempre sus miedos, sus obsesiones… que habla de cómo escucha voces, de cómo sufre…, una visión distorsionada, casi de pesadilla (como también han tenido otros personajes scorsesianos como el taxista con rostro de Robert de Niro). Pero también otro Jesús que habla de manera apasionada, que se divierte en una boda y baila, que habla con sus amigos, que sonríe… A mí me provocó extrañamiento (de hecho me desconcertó bastante) pero a la vez no dejé de verla. De un Scorsese que es barroco en su manera de mirar, queda un Scorsese de la mínima expresión pero sin renunciar a sus pesadillas y viajes interiores complejos. Mínima expresión tanto en los ropajes de los romanos como en los de los judíos o las mujeres (la más barroca es María Magdalena y está justificado por su profesión y porque a la vez es la ‘persona idealizada’ por un Jesús que piensa que nunca podrá tenerla entre sus brazos). En los decorados de los escasos interiores. En los paisajes elegidos (tanto desérticos como si hay algo de verde). En las ceremonias representadas como bodas, bautismos y crucifixiones. En la plasmación de los milagros y las tentaciones (… las serpientes, el león, la llama de fuego, el ángel, el manzano…).

La primera parte de la película cuenta el Nuevo Testamento, con austeridad y una especie de realismo sucio, casi con ortodoxia absoluta, sin embargo esboza tres temas que desarrolla debates interesantes. Después la segunda parte muestra esa última tentación de Cristo, la posibilidad de ser un hombre normal. Para finalmente devolverlo de nuevo a la cruz, todo ha sido un sueño y él acepta su papel y su misión (aquí encontramos paralelismo, y no lo veo descabellado, con otra película mítica y es Qué bello es vivir donde al protagonista también un ángel le concede la oportunidad de ver el mundo si él no hubiese nacido… y regresará de nuevo también a su papel y su misión. La diferencia es que Clarence es realmente un ángel que quiere conseguir unas alas… y la niña de rostro angelical es la representación de una tentación que manda el ángel caído).

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Los tres temas esbozados y que darán sentido a esa última tentación son: la presentación del personaje de Jesús, su relación con María Magdalena y su amistad con Judas, el hombre que finalmente le traicionará. A Jesús (Willem Dafoe) le vemos por primera vez como un carpintero torturado y rechazado por todos que se dedica a tallar las cruces que le piden los romanos para los castigos a muerte que éstos infligen al pueblo judío. Él lleva la cruz hasta donde va a ser utilizada. En el camino los suyos le increpan, le tiran piedras… María Magdalena (Barbara Hershey) le escupe. Judas (Harvey Kietel), un zelote revolucionario, le echa en cara su trabajo. Y él explica que tiene miedo a lo que Dios espera de él y que no sabe muy bien cuál es exactamente el camino y que preferiría que éste no le hablara incluso que lo odiara. La presentación de Jesús se aleja mucho por tanto a cómo suele ser representado tanto en pantalla como en otras expresiones artísticas.

Después se evidencia a lo largo de todo el metraje que existe una atracción hacia María Magdalena, que Jesús en todo momento, como hombre, anhela estar junto a ella. Y que ella le correspondería. Y esa tentación sería el enamorarse como una persona normal. Sentirse deseado, amado y querido. Formar una familia. Aunque pronto se dará cuenta que como hombre normal, tendrá sus problemas, y su felicidad puede ser arrebatada. Y tendrá que volver a levantarse.

Por último se establece, durante la primera parte de la película, una interesante relación entre Judas Iscariote y Jesús, sus conversaciones son claves para entender el drama de Cristo. Él se encuentra escindido… entre el espíritu y la carne. El amor y el hacha. Judas lo tiene claro primero la revolución, vencer físicamente al enemigo y después la transformación espiritual. Jesús no lo tiene tan claro (por sus miedos y dudas), pero él tiende más a una revolución espiritual desde el amor. Y al final claramente pide ayuda a Judas. Le pide que por favor le traicione… porque sólo así cumplirá su papel divino sin dudar un instante… Judas llora pero cree lo que dice y se compromete, porque es fuerte —como le ha dicho Jesús—, a traicionarle.

La última tentación de Cristo es una isla extraña en la filmografía de Scorsese… que atrapa sus creencias más profundas y también sus dudas, y a la vez su mirada barroca se serena… aunque lleva su realismo sucio a tiempos pasados. Willem Dafoe da rostro a un Jesús desgarradoramente humano…

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Pat Garrett y Billy El Niño (Pat Garrett y Billy The Kid, 1973) de Sam Peckinpah

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Allá por el año 1970 Michael Ondaatje escribió un pequeño libro titulado Las obras completas de Billy el Niño… En el libro mezcla fotografía, testimonios, poemas, entrevistas para construir una peculiar biografía de Billy y todos aquellos que formaron parte de su vida, sobre todo Pat Garrett. Michael Ondaatje rememora y cuenta muchas anécdotas presentando un Oeste violento y duro carente de la mitología cinematográfica en los años de oro del género. Es una obra innovadora y libre, poética. Mucho de lo que narra Ondaatje… quedaría reflejado en Pat Garrett y Billy El Niño de Sam Peckinpah… y también el espíritu de esta pequeña obra. No tengo ni idea de si Peckinpah había leído a Ondaatje o si éste vio la película… pero eran los años setenta y atrapan ambos la poética del desencanto. El camino crepuscular…, el quitar atributos a los ‘héroes’ legendarios del Oeste pero crear otra mitología del hombre forajido y libre de triste destino porque su lucha contra el sistema es vana. De las amistades rotas… De los perdedores que terminan sacrificados…

Pat Garrett y Billy El Niño alcanza sus cotas más altas de belleza en una escena que empieza con la violencia más desgarrada, a cámara lenta y sangre a borbotones, y termina con una mirada de amor tierna y dolorosa. Todo ha terminado. Pero contemplo las nubes que se reflejan en el agua… Perdedores, violencia, un tiroteo a muerte y una belleza deslumbrante. De fondo Knockin’ on Heaven’s Door de Bob Dylan. Esta escena es protagonizada por unos secundarios… personajes arrastrados por el enfrentamiento de dos que fueron amigos pero ahora andan en bandos distintos (por ver la vida de diferente manera: uno piensa en el futuro, el otro solo vive el presente). Ella es Katy Jurado, él es Slim Pickens…

Y es que Pat Garrett y Billy El Niño, como la obra literaria de Michael Ondaatje, es contada a base de desgarrones, dolores y golpes… Puede que toda la película sea las visiones de un moribundo Pat Garrett. O que un testigo de la historia, Alias (Bob Dylan), dejara de ser un simple observador silencioso de la historia para convertirse en bardo. Sam Peckinpah cuenta una historia cuarteada, descuartizada como las gallinas a las que disparan, para divertirse, al principio de la película y mostrar su puntería… Todos los personajes desde Billy hasta Pat… terminarán con sus miembros descuartizados, una muerte sin épica, veloz, violenta, rápida, sin posible reacción. El disparo es brutal y el peor el del estómago…

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El Oeste presentado es brutal, sin concesiones. Los que eran forajidos portan una estrella y se convierten en ley por los poderosos. Y así siguen a otros forajidos que prefieren seguir fuera del sistema. Se matan entre ellos y todos en la mirada saben de traiciones y disparos por la espalda, sin tiempo de heroicidades. Brutal en todos los sentidos. Pero a veces quedan resquicios de momentos de amistad y placer. Traicionar esas amistades, rompe a algunos. Billy se queda con la poesía y la coherencia, él dice que no matará a Pat porque es su amigo. Él es bestia por naturaleza, forajido sin ley, libre sin ataduras… A Pat le queda la melancolía y el grito de haber disparado al amigo fiel. Quería vida tranquila, futuro asegurado, ser un rico jubilado… Pero se convierte en hombre con alma fracturada.

Mujeres por el camino, algunas solo para el placer, otras luchan junto al compañero (unas se cansan de esta vida y otras les ven morir). Las mujeres en el cine de Sam Peckinpah no salen muy bien paradas, no estaría mal un análisis de las féminas en sus películas (me faltan bastantes de su filmografía para realizar un debate intenso y bien argumentado). Menos mal que aquí está Katy Jurado. Algunas son fuente de placer (las prostitutas suelen estar presentes), otras de problemas. Unas son solo víctimas, otras solo arpías. Muchas veces rompen el corazón. Otras solo inocencia y ternura, en silencio, reposo sumiso de un Bill a punto de fallecer. Rara es una Jurado que sea compañera, luchadora, fiel, dura y dulce a la vez… aunque solo salga unos minutos.

… Y dos actores carismáticos con unas voces que describen a sus personajes (imprescindible escucharla en versión original)… James Coburn y Kris Kristofferson. La complejidad de Coburn, que va fragmentándose y rompiéndose con cada muerte hasta fracturarse con la muerte del amigo… y disparar contra su propia imagen en un espejo que se quiebra; se enfrenta a un Kristofferson de mirada profunda y sonrisa perenne que lleva en el rostro su final trágico.

La música de Bob Dylan ayuda a su contemplación y a las ganas de llorar que te provoca una película tan dolorosamente hermosa y fracturada…

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¡Ataque! (Attack!, 1956) de Robert Aldrich

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¡Ataque! es una de las películas que protagonizó Jack Palance junto a Robert Aldrich. Y es que estos dos nombres me llaman poderosamente la atención. Juntos y por separado. Juntos ya me impactaron en El gran cuchillo (rodada un año antes)… y lo han vuelto a hacer con ¡Ataque! Las dos parten de una obra de teatro (la primera inmensamente popular de un dramaturgo de renombre como Clifford Odets, la segunda mucho más desconocida y por tanto con más libertad en la adaptación cinematográfica) y las dos hablan del enfrentamiento entre dos hombres hasta el extremo, un extremo inaguantable y catártico. Si la primera muestra las oscuridades de Hollywood a través de las relaciones entre un productor y su estrella. En la segunda se marca un incómodo mensaje sobre el horror de la guerra, sin heroísmos ni momentos victoriosos, que además habla sobre la impotencia ante unos altos mandos incompetentes a los que no les importa enviar a hombres a muertes seguras. Y esta vez el enfrentamiento radical se produce entre el teniente Costa (furioso y carismático Jack Palance) y el capitán Cooney (magnífico en la representación de la locura, Eddie Albert). Las dos películas —que pueden formar parte de una sesión doble— contaron además de con Robert Aldrich y Jack Palance con un tercer vértice, el guionista James Poe.

¡Ataque! posee momentos íntimos, reflexivos e intensos (que son menos comunes en el cine bélico) y es cruelmente pesimista y violenta. Porque no es sólo un enemigo alemán que acecha en todo momento, incansable, sino un enemigo claustrofóbico que se encuentra en el lado americano, en su propio bando, y que termina desquiciando y desgastando más todavía a los hombres en la lucha. No hay gloria, no hay heroísmo, no hay patriotismo… en el campo de batalla, hay hombres desganados que no sólo tienen que enfrentarse a la muerte (sin quererlo) sino que además tienen que lidiar con asuntos internos que les minan y les provocan apatía. En concreto un batallón bajo el mando de un capitán no sólo cobarde sino roto mentalmente, enfermo. Esta situación empujará al límite de la locura también a un teniente que se preocupa por el destino de sus hombres pero que no sabe cómo gestionar esa tensión. Él es superviviente, soldado, y sólo sabe de lucha en campo abierto… La única manera que cree posible para terminar con esa situación ante la apatía y los distintos intereses de los altos cargos es vengando a sus hombres: eliminar al capitán. No sabe encontrar otra salida que evite males peores. En esta lucha encarnizada entre dos hombres (que además para enfatizar más el enfrentamiento, proceden de clases sociales diferentes), mientras tienen que enfrentarse a la amenaza nazi, existen dos testigos, otros dos personajes que canalizarán de diferente manera este enfrentamiento (y que moverán los hilos de distinto modo hasta la fatal conclusión) y que plasman dos puntos de vista diferentes. Uno es el teniente coronel Bartlett (Lee Marvin) que utiliza este choque en beneficio propio interesándole muy poco el destino de sus hombres y mucho más su posición y la escalada en el poder incluso en tiempos de paz. Y el otro es el coherente (el hombre que se encuentra en el justo medio, que trata de entender a todos, y de buscar la solución más razonable pero no le dejan, le arrastran al horror… aunque tomará de nuevo las riendas), el amigo fiel de Costa, el también teniente Harry Woodruff (William Smithers). Ninguno de los dos hombres, ni el teniente Costa ni el capitán Cooney lograrán un final heroico o victorioso sino todo lo contrario… y los dos acabarán juntos en una escena brutal.

Robert Aldrich cuenta con nervio pero con pulso, con ritmo vertiginoso sabiendo combinar los momentos reflexivos y más íntimos (que presenta la psicología compleja de los protagonistas) con los momentos de guerra cruda… La violencia llega no sólo en el campo de batalla sino en lo emocional y en las relaciones entre los hombres protagonistas que llegarán al paroxismo y la sinrazón. Todas las emociones se acrecientan por el miedo, la cobardía, la impotencia ante la muerte evitable de compañeros y ante tener que obedecer órdenes absurdas, la imposibilidad de un futuro, las ganas de venganza… La película empieza con una escena ya fuerte que acompaña a los créditos (y que cuenta con la mano artística de Saul Bass…) y que pone en conocimiento del espectador la fuente del conflicto. Vemos cómo un batallón de hombres muere acribillado ante la impotencia de su teniente (Jack Palance) y la cobardía de su capitán y la apatía de los demás compañeros que siguen perplejos las órdenes de un hombre al que no pueden respetar. El título Attack queda impreso en pantalla en letra nerviosa cuando cae rodando por la ladera el casco del último hombre del batallón que ha sido abatido por los disparos alemanes… y el casco termina su viaje frente a una flor… A partir de ahí el teniente Costa va enfrentándose de forma cada vez más violenta y explícita con el capitán, hasta que le amenaza, con testigos delante, de que cómo vuelva a dejar a su suerte a otro batallón de hombres (donde está además él)… regresará del campo de batalla para matarle. Y a partir de ese momento Costa sólo sobrevivirá para cometer lo que cree una misión especial y casi sagrada… De la misma manera el capitán se irá mostrando cada vez más temeroso y cobarde además de reflejar que es un hombre desequilibrado, traumatizado y mentalmente enfermo de gravedad.

Robert Aldrich se alía con la tensión, con un trazo cinematográfico que fomenta los primeros planos de sus cuatro intérpretes (los cuatro maravillosos… hasta el más inexperto y debutante William Smithers) que hablan a través de la crispación o emociones de sus rostros… llegando a la culminación de esa crispación (sello en la filmografía de Aldrich) con un excepcional Jack Palance y un magnífico Eddie Albert (alejado totalmente de su papel más popular, el paparazzi de Vacaciones en Roma y demostrando ser un actor con carácter como ya se veía en esta comedia). Pero también logra la tensión necesaria y la violencia que acompaña al cine bélico, dejando buenas escenas en el campo de batalla con ritmo, tragedia y muerte.

Hay otro motivo extracinematográfico que vuelve más interesante todavía esta película. Hay un libro que se titula Operación Hollywood. La censura del Pentágono de David L. Robb (Océano, 2006), de lectura amena e interesante (porque toca un tema desconocido por muchos, entre esos muchos, me encuentro yo), que cuenta las relaciones entre el cine americano y el ejército. En ese libro hay un capítulo que narra cómo Aldrich fue el primer director americano que denunció públicamente cómo el ejército americano controlaba ciertas producciones cinematográficas y ejercía una especie de censura, por ejemplo, impidiendo cualquier tipo de apoyo o asesoramiento. O dando también problemas en la distribución de la película, etcétera… Existen cartas que muestran el descontento del ejército ante el guion de la película antes de ser realizada y su negación a colaborar con la producción si no cambiaba el enfoque. Con la denuncia del director se abrió una comisión de investigación en el Congreso sobre la relación del Pentágono y Hollywood (y la posibilidad de censura por parte del ejército). En esa investigación no se llegó muy lejos pero fue un primer paso.

¡Ataque! es una nueva aventura para acercarse y disfrutar a la filmografía de un director peculiar que fue capaz de mostrar una mirada diferente y que jugaba con géneros reconocibles como el western, el bélico, el melodrama extremo… y que hizo de la crispación un elemento narrativo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Relaciones, identidades y otras complejidades. Her (Her, 2013) de Spike Jonze / Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (Les garçons et Guillaume, à table, 2013) de Guillaume Gallienne

 ¿Qué pasan cuando nos cuelgan una etiqueta, allí donde nos sentimos más seguros —en nuestro entorno familiar— desde que somos pequeños? ¿Una etiqueta que nos provoca confusiones y sufrimientos en nuestra identidad sexual? ¿Qué pasa cuando después de una ruptura, queda el vacío, y muy pocas ganas de volverse a arriesgar? ¿Pueden las nuevas tecnologías, evitar la soledad? ¿Los seres humanos pueden enamorarse de inteligencias artificiales? ¿Existe correspondencia? Todas son preguntas que tratan de responder de alguna manera dos películas que aún se proyectan en sala de cine. Cada una de ellas puede gustar más o gustar menos pero ambas son propuestas cinematográficas arriesgadas…

Her (Her, 2013) de Spike Jonze

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… Spike Jonze se sitúa en un futuro extremadamente cercano y muestra la vulnerabilidad emocional del ser humano. En un mundo ya transformado totalmente por las nuevas tecnologías, conocemos al protagonista de esta ¿historia de amor? o ¿historia de soledad?, Theodore. Él es un treintañero emocionalmente tocado y a punto de divorciarse de la que ha sido la mujer de su vida y de sus sueños. Theodore está en un limbo de soledad donde embarcarse en una relación con alguien de carne y hueso le duele. Nuestro protagonista trabaja en una empresa que escribe cartas a terceros…, vende emociones, sentimientos…, es como si ya las personas dejaran a otros la expresión de los sentimientos y el mundo interior. Y esos otros crearan las palabras que creen acordes a lo que sentimos… ¿complejo, verdad? Es como si todos los seres humanos acudieran a un Cyrano de Bergerac particular… pero encerrado en un triste habitáculo (y probablemente sin un mundo interior tan rico y directo).

Theodore en ese momento de su vida le es más fácil comunicarse con un SO que con un ser humano. Así que compra un nuevo sistema operativo personalizado que se convierte en una terapia contra la soledad y la desidia. Porque ese SO tiene voz de mujer (Scarlett Johansson) y de compañera perfecta, que escucha, anima y consuela. Y a Theodore se le abre un mundo nuevo. Mira otra vez con ilusión y se siente único. Pero olvida que esa voz femenina es artificial, es una máquina… Y Her se convierte así en una historia triste, melancólica, que deja un poso amargo.

Spike Jonze juega entonces con un mundo no muy distinto del nuestro pero donde ya están integradas en la vida cotidiana y de manera perfecta las nuevas tecnologías… y logra recrearlo de manera perfecta. Pero en ese mundo, siguen existiendo las soledades, los miedos, las emociones, las rupturas y los momentos de infelicidad. El ser humano sigue siendo tremendamente vulnerable y sigue recreándose en los recuerdos. Jonze crea un mundo a Theodore entre la realidad arquitectónicamente perfecta (una realidad perfectamente aburrida y conformista donde cada uno va atado a su dispositivo) y los recuerdos que rodean su vida…, también se vale de un Joaquin Phoenix absolutamente vulnerable y solitario en su interpretación sensible y que refleja el estallido de una vuelta a la ilusión (que tiene más de espejismo) junto a la voz sensual de Scarlett Johansson. Pero incluso una Inteligencia Artificial plantea cuestionamientos y problemas, no hay relación monótona y perfecta, todo tiene su cara y su cruz…

Al final Her es un relato cinematográfico triste donde muestra cómo el ser humano es cada vez más débil emocionalmente.

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (Les garçons et Guillaume, à table, 2013) de Guillaume Gallienne

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Me ha sorprendido muy gratamente el malabarismo cinematográfico de Guillaume Gallienne que en su ópera prima toma la cámara para desnudarse emocionalmente ante el respetable público. Y es que Gallienne, actor de la Comédie-Française y que también ha realizado diferentes roles como actor de cine, se ha tirado al abismo con Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! y a mi parecer ha salido muy airoso… El cine como terapia, como diario, como autobiografía, como instrumento para entenderse uno mismo y la comedia como género para contar toda una tragedia griega y salvar las amarguras de la búsqueda de la identidad sexual.

Guillaume Gallienne adapta su propia obra teatral que versa sobre su vida en familia y sobre él mismo y entrega una obra cinematográfica libre y muy, muy divertida (hacía tiempo que no lloraba de la risa). Pero además no esconde su origen teatral (teatro dentro del cine, matrimonio que sabéis, cuando está bien hecho, me apasiona) y logra momentos emocionantes y catárticos de su monólogo. Y el más difícil todavía. En la obra de teatro, un monólogo con un montón de voces y personajes… y él solo en el escenario… Y en la película él como él mismo y también como su madre. El riesgo es evidente y de nuevo sale indemne.

Las escenas teatrales, Guillaume Gallienne ante el escenario, se mezclan perfectamente con reconstrucciones de su pasado. Sus viajes a España, a Inglaterra, a Baviera…, sus reuniones familiares, sus encuentros con sus hermanos, tías, abuela… y sobre todo la relación con su madre. Su madre se convierte en un ente siempre presente, en todas partes ella se materializa…, en los momentos más inesperados. Y la relación entre ambos divertida, trágica, hermosa, catártica…

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! es un riesgo continuo lleno de sorpresas y una puesta en escena muy arriesgada. El actor logra sorprender tanto con su propuesta que se corre el riesgo del extrañamiento absoluto… pero si el espectador se zambulle en su universo, le esperan muy buenos momentos. Y muchas risas a pesar del poso melancólico tras el rostro imposible de Gallienne.

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Soledad (Lonesome, 1928) de Paul Fejos

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El periodo de cine mudo ofrece muchas películas ocultas que cuando caen en nuestras manos, caen como el descubrimiento de un tesoro. Y una de ellas es Soledad, desde que leí las primeras informaciones sobre ella me entraron unas irremediables ganas de verla. Por fin lo conseguí y la espera ha merecido la pena.

Su realizador Paul Fejos se sintió irremediablemente atraído por el cine pero sobre todo por sus posibilidades técnicas y de experimentación formal. Su figura creativa muestra a uno de los pioneros en sentirse fuera de la industria y en el sistema de estudios de Hollywood, desubicado… porque éstos no estaban preparados para asumir las experimentaciones del realizador (pero sí como veremos a continuación, experimentaciones de otro tipo). Así que finalmente abandonó Hollywood pero también, un tanto desilusionado, el cine, y decidió continuar sus pasos en el mundo de la ciencia.

Soledad es una sencilla historia de amor que transcurre en un solo día en la gran ciudad, Nueva York. Una historia sencilla contada con alardes formales pero encerrando toda la emoción en cada escena. Además la película tiene otro valor: y es plasmar ese cambio que estaba viviendo el cine en ese momento. El paso del cine silente al sonoro, época de experimentación técnica. Si bien es cierto que la copia que ha llegado hasta nosotros cuenta con modificaciones obligadas por el estudio (que buscaba calidad… pero también rentabilidad), y que quizá Paul Fejos hubiese evitado (aunque también le apasionaba la experimentación formal), Soledad es un testimonio de un periodo de cambio e incluso esos cambios provocan una cierta extrañeza y belleza al observarla ahora (éstos tienen que ver sobre todo con la banda sonora).

Así junto a alardes técnicos del propio Fejos que ya experimentaba en algunas escenas con el color, se añaden los de los nuevos tiempos: así Soledad queda como una película muda pero con elementos sonoros que además ayudan a avanzar la trama. Por ejemplo hay una canción fundamental en la resolución de la historia que se escucha dos veces y será fundamental para construir un final. La canción es Always… Y después existen tres diálogos sonoros donde los personajes de pronto ‘rompen’ a hablar. No deja de ser extraño pero como dos de esos diálogos ilustran el enamoramiento de ambos personajes, no dejan de dar una sensación mayor de aislamiento de ambos personajes. Los dos están viviendo en una especie de limbo por su enamoramiento instantáneo y se ‘lanzan’ a hablar. El tercer diálogo sería el más desubicado pues transcurre en una comisaria, aunque ilustra un momento importante para el protagonista masculino que lucha para regresar junto a su amada.

Soledad es una película moderna pues trata de captar el espíritu de una gran urbe y el aislamiento del ser humano que forma parte de una gran masa y le convierte en anónimo. Y es que ése era el gran tema del momento, con ejemplos ilustres y algo más conocidos que esta obra de Paul Fejos: mi amada … Y el mundo marcha o Amanecer. También el ser humano integrante de una masa que deshumaniza puede verse en Metrópolis.. Además Paul Fejos capta cómo despierta una ciudad y refleja su ritmo, su movimiento… nos cuenta cómo toda una ciudad se pone en marcha y vive durante un día (ahí sentimos al Paul Fejos más experimental a la hora de aplicar el lenguaje cinematográfico)… Y ese captar el espíritu de una gran ciudad también forma parte del cine más experimental del momento que de 1927 a 1929 vomitaría sus obras más difundidas hasta el momento: Berlín, sinfonía de una ciudad o El hombre de la cámara.

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Pero Soledad toca maravillosamente otros dos temas: cómo el trabajo convierte al ser humano en integrante de una cadena impersonal (en una pieza del engranaje) y la importancia del ocio masivo (fuente de atención de otros cineastas como Jean Vigo en A propósito de Niza, cortometraje de 1930): cómo las playas se convierten en lugares de concentración de ocio y descanso o cómo se construyen enormes centros de diversión, parques de atracciones, como el de Coney Island.

Paul Fejos crea para contar lo más sencillo del mundo, encuentro y enamoramiento de dos personas solitarias, un poema urbano y visual. Así disfrutamos de las vidas paralelas (el montaje paralelo como lenguaje cinematográfico) de una telefonista y un operario de fábrica. Cómo se despiertan, cómo transcurre su jornada laboral, las relaciones con sus compañeros, la soledad de ambos, sus viviendas… hasta que coinciden en Coney Island. Mary (Barbara Kent) y Jim (Glenn Tryon), que así se llaman los protagonistas, se unirán y ‘hablarán’ en la playa. A partir de ese momento descubren que ya no están solos y se divertirán en las distintas atracciones. Como una pareja más, entran en un fotomatón y se hacen un retrato que se intercambian, se ríen de ellos mismos. Ese día es distinto en sus vidas. Todo va al ritmo vertiginoso de una montaña rusa, momento clímax de su relación y motivo también de su separación accidental… Vuelven a ser dos seres anónimos en la masa, dos seres anónimos y solitarios, y el regreso a sus hogares se convierte en desgraciado… por la pérdida y la ‘realista’ imposibilidad de un nuevo encuentro. A pesar del amor, apenas saben el uno del otro. Pero como en toda historia de amor que se precie, existe el destino y la casualidad…

Soledad es un buen descubrimiento, un poema urbano, y una historia de amor sencilla pero de intensa emoción…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.