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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

En Danzad, danzad, malditos, Robert y Gloria bailan sin parar hasta la extenuación.

Razón número 1: Relato desolador de la Gran Depresión

Un relato crudo y sin concesiones sobre la Gran Depresión sin salir de un recinto donde se celebra un maratón de baile… Esta sería una sinopsis simple de Danzad, danzad, malditos. Una película que ya no olvidas una vez que la ves. Y con una visión del mundo pesimista: el ser humano fomenta la humillación del otro como espectáculo para evadirse de un mundo en crisis continua. Ya lo dice el maestro de ceremonias (Gig Young): él ofrece espectáculo a un público ávido de miseria, que paga la entrada para sentirse mejor “disfrutando” de la desgracia ajena… Película, por otro lado, premonitoria, que muestra de lo que es capaz cierta industria del espectáculo con tal de subir audiencias. No hay más que mirar el televisor y ver la cantidad de concursos extremos basados en llevar hasta la extenuación a sus concursantes, además de regarlos de pruebas humillantes, o el éxito de programas de crónicas negras. Pero es algo que siempre se ha dado: el fomento del espectáculo de la humillación como catarsis para sobrellevar las épocas oscuras. Uno puede remontarse a los circos romanos o a los castigos y ejecuciones públicas en la Edad Media.

Danzad, danzad, malditos es la adaptación de una novela de Horace McCoy, un hombre contemporáneo a la Gran Depresión y que la conocía bien, por eso supo plasmarla en varios de sus libros. Entre ellos se encuentra el que inspira la película: They shoot horses, don’t they? (publicada en castellano como ¿Acaso no matan a los caballos?). Horace McCoy escribió novela negra y también fue guionista de Hollywood.

Razón número 2: Jane Fonda, un antes y un después

Recientemente emitieron en televisión un documental francés revelador sobre la figura de Jane Fonda, Ciudadana Jane Fonda (Citizen Jane, l’Amérique selon Fonda, 2020) de Florence Platarets, y en él se explicaba cómo en su carrera cinematográfica Danzad, danzad, malditos supuso un antes y un después en su carrera y en la percepción que el público tenía de ella. Si había ido saltando en el cine de la jovencita ingenua y convencional a la totalmente consciente de su sexualidad, explotando su espectacular físico y llegando a su culminación con la Barbarella de Roger Vadim, su amargada Gloria en la película de Pollack supuso una Fonda que fue adquiriendo una mirada crítica y política en la vida, y que trasladaba a los papeles elegidos.

La Fonda sensual se convirtió en una actriz crítica que no quería que solo se la percibiese como objeto de deseo. Así esa Gloria amargada, extenuada y golpeada por la vida, que trata de luchar hasta el último momento para dejar de ser una perdedora perpetua, tira la toalla sin la más mínima esperanza para ella ni para el espectador. Durante los años setenta Jane Fonda se transformó en la actriz que exteriorizaba y plasmaba un periodo convulso con una mirada crítica (Klute, Todo va bien, El regreso, El síndrome de China, Julia, El jinete eléctrico…). El despertar de una América que ya no creía en el sueño americano y encontraba en la militancia un modo de abrir los ojos.

No es irónico que en Danzad, danzad, malditos varios de los participantes del maratón de baile, entre ellos Gloria, hayan tratado o traten de buscarse la vida en Hollywood. Algunos piensan que el concurso puede servirles como plataforma de lanzamiento, ya que, a veces, entre el público hay personal de la industria del cine. Incluso en un momento dado, el maestro de ceremonias anuncia que entre el público se encuentra el director de cine, Mervyn LeRoy. El maratón se celebra durante el año 1932, luego el presentador no duda en gastar una broma nombrando el último éxito de LeRoy, hija de la Gran Depresión, Hampa dorada (Little Caesar, 1931).

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Amazing grace

Imágenes de leyenda y perpetuación del góspel.

Corría o cabalgaba (el tiempo pasa tan rápido) el año 1972 y Aretha Franklin ya era la indiscutible reina del soul. Sin embargo, en ese momento dio un giro a su carrera y recuperó sus raíces y formación como cantante de góspel. Volvió a la infancia… y a los cánticos en la iglesia. Al seno de su padre y de su madre, ambos eminencias del góspel. Y para recrear lo especial de esos momentos espirituales, se realizó una grabación en directo durante dos días en una pequeña y humilde iglesia: en la Iglesia Bautista Misionera New Temple en Watts, Los Ángeles. Allí Aretha se acompañó del reverendo James Cleveland y de un coro de góspel: The Southern California Community Choir.

La compañía discográfica (también cinematográfica) decidió además grabar el evento y encomendó esta labor a un director de cine que acababa de triunfar con Danzad, danzad, malditos, Sydney Pollack. El resultado fue uno de los discos más vendidos en la historia del góspel, Amazing grace. Sin embargo, la grabación no corrió tanta suerte. Hubo un error técnico, que nunca llegó a ser reconocido por Pollack. Este no llevó claquetas ni realizó las marcas necesarias, con lo que fue imposible sincronizar el sonido en el estudio con las imágenes. Así que este valioso material quedó enterrado. Muchos años después, Pollack, antes de morir, sí que estuvo por la labor de dar luz al material, las nuevas tecnologías harían posible el milagro. En ese momento entró en acción el productor musical Alan Elliott que convirtió en un reto que este concierto viese la luz en las pantallas de cine a pesar de las dificultades. Entre otras, la propia Aretha puso impedimentos legales para que el material pudiese ser exhibido, pero tras su muerte la familia llegó a un acuerdo con Elliott.

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lasaventurasdejeremiahjohnson

Último paseo por westerns atípicos y ahora toca el turno de un nuevo director del momento, años setenta, Sydney Pollack, que estaba no sólo construyendo su relación profesional con el actor Robert Redford sino también un cine de corte progresista. En Jeremiah Johnson, el director une su visión progresista del mundo –y avisa que son tiempos de estar fuera del sistema y reconectar con la naturaleza– con un western empapado de aventura. Jeremiah, un héroe que se convierte en leyenda (de nuevo como en El día de los tramposos o en Pat Garrett y Billy El Niño, las canciones tienen una función narrativa), simboliza a un hombre que quiere vivir fuera del sistema porque le ha herido y quiere retirarse. Alguien con quien pueden identificarse muchos en aquella generación… y ahora también. La película refleja el desencanto que arrastra una generación y expresa la necesidad de encontrarse uno mismo en un camino que no va a ser fácil. Un mundo de descubrimientos, de saber leer la naturaleza, de inevitablemente (aunque quieras estar solo) convivir con otros: con los que son diferentes a ti y con tus iguales con los que chocas cada día.

Jeremiah Johnson tiene una primera parte absolutamente apasionante de construcción de un personaje y su leyenda. Y una segunda parte que es su consolidación que a mí me desconcierta bastante. Efectivamente la primera parte es de aprendizaje del personaje de Jeremiah que empieza a ‘leer’ las montañas y se da cuenta de que en ese camino no puede prosperar solo. Así se encuentra con un viejo cazador de osos que le enseña a sobrevivir. ‘Adopta’ a un niño que no habla, Caleb, que encuentra en una casa aislada donde vivía con su madre y hermanos esperando a la figura del padre (los primeros colonos); los indios han pasado por ahí y han matado a sus hermanos y han dejado a su madre sin salud mental. También recibe lecciones de otro superviviente de las montañas calvo o con pelo pero siempre con bigote. Jeremiah trata de relacionarse, desde el respeto, con los indios. En una de sus aventuras le casan con una joven india… Y termina formando una extraña familia con un niño que no habla y una joven india con la que no se entienden en el mismo idioma. Parece que, por fin, Jeremiah ha encontrado su felicidad fuera del sistema, en las montañas.

Pero llega la segunda parte compleja y contradictoria (quizá tiene que ver la pluma del guionista y posteriormente director John Milius, un hombre que no es precisamente fácil y que ha desarrollado una ideología compleja de tintes conservadores bastante diferente a la de Pollack… Hace poco se ha realizado un documental alrededor de su persona –que no he visto y que me llama mucho la atención– donde parece ser que él se denomina en un momento dado como anarquista zen)…, ante un hecho desgraciado que acontece en su vida, por ayudar al ejército a encontrar a unos colonos aislados (y saltarse una norma india al cruzar un cementerio), Jeremiah Johnson se convierte en un vengador silencioso que declara la guerra a los indios que han roto su felicidad. Y viendo en la primera parte cómo se resistía a la violencia y a atacar a los indios (o cómo se resistía a cualquier enfrentamiento o conflicto), choca cómo se transforma en un hombre que los acecha, sin compasión alguna. Esta segunda parte también contribuye a forjar la leyenda, es un hombre que nunca muere y siempre ataca, el come hígados. Solitario y condenado a estar continuamente huyendo, aunque ahora sabe leer la naturaleza (y decide continuar fuera de la ‘civilización del hombre blanco’ que ya le ha decepcionado suficiente), quiere estar en las montañas (se identifica con ellas y la vida que le proporcionan) y finalmente su enemigo le respeta (los indios) y él respeta a sus enemigos en una lucha de igual a igual…, como se adivina en el saludo y sonrisa final de Jeremiah a un indio con el que siempre se ha encontrado desde que era un inexperto hasta convertirse en un hombre de las montañas, una leyenda. ¿Es el mejor final para un fuera del sistema? ¿Es inevitable el enfrentamiento, el desencuentro, el distanciamiento y el desencanto?

Sydney Pollack crea un western de aventuras apasionante donde yo, como espectadora, me siento más identificada con el Jeremiah Johnson de la primera parte. Los momentos con su extraña familia son lo más cercano a un ideal de vida feliz y plena.

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