El palacio de las maravillas (The Show, 1927) de Tod Browning

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Hay directores-creadores que imprimen a sus películas ambientes y atmósferas especiales. Tod Browning fue uno de ellos. Sus películas más distribuidas y por tanto más populares son su Drácula, con Bela Lugosi, y Freaks, convertida en obra cinematográfica de culto. Ambas películas son de su etapa sonora, de 1931 y 1932. Pero Browning durante la etapa de cine mudo fue un realizador bastante popular sobre todo cuando dirigió una serie de películas con el actor Lon Chaney (de momento, solo he visto una pequeña joya que se llama Garras humanas, junto a una Joan Crawford silente y estoy a punto de descubrir otra que pronto aparecerá por aquí).

Browning conocía bien el mundo del circo y el espectáculo de variedades. De hecho siempre había sentido fascinación por estos ambientes y siendo muy joven se fue de su hogar para dedicarse a recorrer mundo con distintos espectáculos de farándula. Hasta que un teatro de Nueva York conoció a aquel que le introduciría en el mundo del cine: David W. Griffith. Así estas breves pinceladas biográficas me sirven perfectamente para poder empezar a escribir sobre El palacio de las maravillas, una obra a tener en cuenta y que me ha hecho descubrir algo más a Browning.

Como varias de sus obras (por ejemplo, las ya nombradas Freaks y Garras humanas), El palacio de las maravillas está ambientada en el mundo de las variedades, de las ferias de espectáculos y variedades… Un mundo que mezcla la maravilla (se muestra cómo el espectador es ‘engañado’ mediante la ilusión y cómo siente atracción por lo extraño, por lo distinto, por lo inesperado) con los bajos fondos, las relaciones y los sentimientos oscuros, complejos y soterrados de los artistas. Y de esa mezcla surge un ambiente onírico con aires de pesadilla.

Así Browning imprime una mirada especial en el cine que se realizaba en Hollywood. En distintos análisis de su obra se habla de mirada subversiva y subvertir quiere decir “trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral”. Así el director se une a la cantera de directores subversivos del Hollywood silente: con Erich von Stroheim o Josef von Sternberg. Directores de los bajos fondos tanto del mundo físico como del moral. Pero a la vez directores con una poética especial de la imagen, mostrando con una belleza especial la parte oscura del alma del ser humano.

Y además Browning en El palacio de las maravillas hace el más difícil todavía… y es de repente imprimir progresivamente a una obra en un principio oscura, de bajos fondos, otro aire catártico… De pronto el espectador se ve arrasado por un desgarrador melodrama silente, como los de su maestro David W. Griffith. Así esta obra llega a una poética visual similar al romanticismo trágico y trascendental de otro maestro del melodrama silente, Frank Borzage.

Otro aspecto clave para disfrutar del visionado de El palacio de las maravillas es su trío de actores protagonistas. La pareja principal y el antagonista tienen los rostros de John Gilbert, Renée Adorée y Lionel Barrymore. En aquel momento Gilbert y Adorée eran una pareja romántica recordada por uno de los éxitos mudos de King Vidor, El gran desfile. Ya es subversiva la mirada de estos dos amantes: del romanticismo de El gran desfile, se nos presentan de una manera muy diferente y oscura en El palacio de las maravillas.

Él es Cock Robin, un maestro de ceremonias y mago de un espectáculo de variedades. Embauca al público con su encanto y además seduce, se aprovecha y engaña a todas las espectadoras que puede. Es timador y ruin. Del show que presenta, el momento culminante es la recreación del baile de Salomé ante Herodes y la ejecución de Juan el Bautista (siendo él precisamente este personaje). Ella es precisamente Salomé, presentada en un principio como femme fatale que se encuentra en los brazos del temible dueño del espectáculo, el Griego, pero que sin embargo no deja de seducir a Robin. Browning termina dando la vuelta a la tortilla a esta oscura historia de amor de una manera elegante y sutil. Y Robin se ve transformado por el amor verdadero que le ofrece Salomé, que de femme fatale termina convertida en damisela en apuros de vida familiar desgraciada, Salomé no es más que una superviviente.

En la historia oscura de Hollywood cuentan que el personaje de Cock Robin (que realmente se hace desagradable pues es oscuro, oscuro…) suponía un castigo a John Gilbert, el galán más exitoso de la MGM. El público no estaba acostumbrado a verle en un papel tan vil y podía sentir repulsión ante este nuevo matiz. Así su participación en esta película formaba parte de la campaña de desprestigio que emprendió el estudio contra el actor por sus desavenencias con el máximo jefe, Louis B. Mayer, que llegaría a su culminación con el cine hablado (y la repetición de que el actor no contaba con la voz adecuada… algo que se ha ido desmintiendo con el tiempo –basta con escucharle en La reina Cristina de Suecia–). Con el paso del tiempo lo que se demuestra es que Gilbert era capaz de funcionar en otros registros y hacerlo muy bien.

Y el Griego es el malo, malísimo de esta historia, la representación del mal en los bajos fondos. Y no es otro que un magnífico (¿cuándo ha estado mal este hombre?) Lionel Barrymore que en todo el metraje se muestra oscuro y malvado.

El palacio de las maravillas es de esas obras cinematográficas que afianzan la admiración por un director-creador y sigue generando muchas ganas de indagar más en su filmografía.

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Dos maneras de reflejar El misántropo de Molière

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En un periodo de tiempo muy corto he visto dos maneras de representar El misántropo, una obra escrita en el siglo XVII. Y en las dos se traslada la esencia de esta obra al siglo XXI. Una, en la pantalla de cine. Otra, en un escenario de teatro. Básicamente El misántropo presenta el conflicto de un hombre, Alcestes, que no puede evitar su desagrado (desencanto) con los seres humanos y la sociedad en la que vive (no soporta los ‘juegos’ para la buena convivencia). La obra transcurre en unas horas, casi un día, y en un único escenario, la casa de Celimena, la amada del protagonista. Alceste se relaciona sobre todo con Filinto, casi el único que se puede colgar el cartel de amigo…

Y son tiempos de Alcestes. De hombres y mujeres desencantados, cansados de luchar y que a veces ven como única salida el aislamiento social para no seguir siendo dañados. Pero como dice Filinto… hay que convivir. Y son tiempos donde se vuelve difícil no tirar la toalla… pero por poseer un alma que se va rompiendo a pedazos ante el desencanto.

Así pude disfrutar en el momento de su estreno de una película francesa, Molière en bicicleta de Philippe Le Guay sobre un actor de teatro (Frabrice Luchini) que en la cima de su éxito dejó los escenarios para vivir como un ermitaño en un caserón en la Isla de Ré. Ahora viene a sacarle de su retiro su amigo (Lambert Wilson), un actor muy famoso en la televisión, que quiere llevar a los escenarios El misántropo. Durante unos días, y mientras el actor se piensa su regreso, ensayarán la obra de teatro (intercambiándose los papeles de Alcestes y Filinto). Mientras tanto se relacionarán con las personas de la localidad pero sobre todo con una solitaria italiana, Francesca, que volverá a ilusionar al desencantado ermitaño. Así se desarrolla una película con encanto que atrapa la esencia de la obra de Molière en una tragicomedia que se alimenta de la gran interpretación de sus dos actores principales.

Y ayer en Alcalá de Henares, pude disfrutar muchísimo (con susto incluido, estalló un foco y por suerte no les pasó nada a las actrices que se encontraban en ese momento en el escenario… El teatro depara estos momentos inesperados y con gran profesionalidad por parte de todo el equipo, el espectáculo continuó) de Misántropo (versión y dirección de Miguel Arco). La obra transcurre en un callejón de una macrodiscoteca donde se celebra una fiesta donde está presente la crème de la crème… Allí Alcestes libra una batalla pues quiere ser honesto, sincero y contar siempre la verdad… en una sociedad que juega otras reglas, una sociedad que le ahoga. Una sociedad de las apariencias, las adulaciones, las manipulaciones y mentiras.Y a esa sociedad pertenecen su mejor amigo y la mujer a la que ama. Alcestes ya está muy quemado, muy cansado. En el callejón se libra la batalla final…, donde caen las máscaras. Así Misántropo es fiel reflejo del siglo XXI y el público puede identificarse perfectamente con el espíritu de Alcestes y reconocer ese mundo en el cual no quiere (y tampoco sabe) jugar.

Alcestes cobra vida. Y, sí, una isla desierta y evitar la convivencia no es la mejor solución para enfrentarse al día a día. Pero a veces dan ganas de tomarse ese respiro y curarse uno antes de regresar al escenario de la vida…

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Algunas películas de hoy, otras de ayer, algunas reflexiones y un plan para tardes de verano

Patricia Highsmith en el cine

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Sí, a Highsmith la conozco más en la sala de cine que en la sala de la biblioteca. El cine sigue acercando su mundo literario a aquellos que todavía no nos hemos sumergido entre sus páginas: crimen, mentira y culpa. No sólo existe Ripley entre sus personajes (y el más adaptado al cine). Así ahora está en cartelera Las dos caras de enero del debutante Hossein Amini (hasta ahora siempre guionista). Una película de suspense de factura clásica y elegante que transcurre entre Grecia y Estambul. El trío protagonista logra atrapar al espectador con sus relaciones peligrosas, brillando la composición de Viggo Mortessen como Chester MacFarland, un carismático turista norteamericano de vacaciones en Grecia durante los años sesenta. Chester va acompañado de su joven esposa Colette (Kirsten Dunst). En el camino del matrimonio se cruza un joven guía norteamericano, timador y que arrastra un pasado familiar (Oscar Isaac). Un asesinato y el destino unirá a estos tres personajes en un tenso viaje… Lo que más me ha sorprendido ha sido encontrarme con ecos que me arrastraban a Extraños en un tren, sobre todo en la resolución final del caso y la relación entre Chester y el guía. Como ocurre en las novelas de Highsmith (no las he leído pero sí he indagado sobre ellas), la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos son los motores de una trama que cada vez se va complicando más… arrastrando a los personajes al abismo y a sus infiernos interiores. Y este aspecto no se descuida en la película que cuenta con ritmo y con momentos realmente tensos.

Adiós a los príncipes azules

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Primero Brave, después Frozen (en el camino las distintas versiones de Blancanieves, incluida la de Berger)… y ahora Maléfica. El camino está abierto. Se acabaron los príncipes azules para las damiselas. La búsqueda del príncipe azul no da la felicidad y sí más de una desgracia (o sale malo o es de lo más anodino). Con Maléfica tampoco podemos creer ya en las hadas madrinas, que tienen un aspecto de señoras estúpidas o jóvenes sin cerebro. Todo es mucho más complejo y las relaciones también… pero en ellas está la solución para madurar y seguir viviendo. El príncipe azul no vale nada. Es importante buscarse una relación afectiva fuerte pero no tiene por qué ser con un príncipe que probablemente no exista, o no cumpla las expectativas (ni las damiselas las cumplan para ellos). Los lazos fuertes pueden ser entre madre e hija, entre hermanas, entre compañeros de andanzas y trabajos, entre una mujer con el corazón roto y otra a la que todavía no se lo han hecho pedazos… Ya no vale nada el beso de amor del príncipe. Ese beso no salva. Son otros afectos… La Maléfica de Angelina Jolie nos es representada con el corazón roto y como un ángel caído sin alas… Y esta encarnación del mal sufrirá una evolución inesperada junto a una bella durmiente a la que todavía no han hecho daño y a la que ella misma soltó una maldición hace años… (que no tiene vuelta atrás). ¿Cuál es la fuente de inspiración de tan pérfido personaje con pómulos incluidos? El personaje animado de la película de Walt Disney de 1959. Adiós a los príncipes azules.

Tren como metáfora

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El coreano Bong Joon-ho propone una fábula futurista y presenta un tren como metáfora de la humanidad y sus ‘equilibrios’ basados en poderes y desigualdades. Snowpiercer es un viaje-pesadilla a los distintos compartimentos de un tren muy especial. Es la adaptación que realiza el director coreano de un cómic, Le Trasperceneige, escrito por Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb. El viaje comienza en la cola de un tren (en el último vagón), donde se encuentran los sometidos, los que viven día a día con el miedo y las carencias, con la represión brutal, con el hambre y la deshumanización, bajo un férreo régimen militar. Un grupo de los sometidos, con un líder a su pesar, se rebela y quieren llegar al primer vagón donde está el poderoso, el que todo lo dirige. Este grupo irá avanzando, superando obstáculos y viendo los privilegios de ir avanzando… en un tren que nunca para. Snowpiercer cuenta cómo un experimento que trataba de acabar con el calentamiento global, termina destruyendo la vida en el planeta tierra. Los únicos supervivientes se encuentran en ese tren que nunca, nunca, nunca puede parar. Un tren con un régimen político y social que no nos es desconocido, cada avance es una reflexión y la llegada del ‘salvador a su pesar’ hasta el ‘dueño y señor’ un puñetazo… Snowpiercer no solo es visualmente potente sino que además sorprende hasta el final y su ritmo no decae ni un solo instante. Por otra parte cuenta con un reparto llamativo desde una desconocida y caricaturesca (el coreano siempre deja chispas de humor absurdo que golpea) Tilda Swinton hasta una galería inmensa de secundarios, Jamie Bell, Octavia Spencer, Johh Hurt, Ed Harris… También se encuentra el actor fetiche de Bong Joon-ho, Song Kang-ho y como ‘salvador’ complejo y carismático, Chris Evans.

Amor irracional

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¿Os imagináis una pareja más improbable que Deanna Durbin y Gene Kelly? ¿Y os imagináis que además sean pareja en una película que no es un musical? ¿Os imagináis que esa película mezcle el cine negro con el melodrama? ¿Os imagináis que sea la adaptación al cine de una novela de un escritor tremendamente cinematográfico, W. Somerset Maugham? Todas estas preguntas tienen una respuesta real: Luz en el alma de Robert Siodmak, película de 1944. Y el resultado es sorprendente. Deanna Durbin encarna (sobre todo en la escena final), como una heroína melodramática consumada, el reflejo del amor irracional. Ella es una cantante de un local nocturno que cuenta a un soldado desencantado, en varios flash backs, su relación con su esposo, un asesino. ¿Adivináis quién es ese esposo? Bingo, Gene Kelly. No hago spoiler desde el principio sabemos que es un asesino. Y Robert Siodmak logra ambientar con tintes de cine negro este melodrama familiar casi gótico donde una pobre niña se enamora de un chico con encanto que tiene un apellido aristocrático (en decadencia), pero es un chico podrido por dentro que no puede refrenar su adicción al juego y su compleja personalidad. Un chico que tiene una patológica relación con su madre y su madre con él. El personaje de la madre es de esos personajes secundarios de los que deseas una película propia, muy bien interpretado por Gale Sondergaard (una de las actrices afectadas -y bastante olvidada- por la caza de brujas). Y la pobre niña hasta el final, que es liberada de la tiranía del amor, está absolutamente enamorada de su esposo, y de su parte oscura. De fondo siempre suena Always de Irving Berlin…

El éxito de un fracaso

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¿Un cásting para elegir, sin que este lo sepa, el peor actor para representar a Hitler para una obra de teatro que se llama precisamente Primavera para Hitler? ¿Dejar todo preparado para llevar a cabo el mayor fracaso de Broadway? ¿Enriquecerse a costa de esto? Eso es lo que quieren el productor Max Bialystock (Zero Mostel) y un tímido contable que se mete en la aventura, Leo Bloom (Gene Wilder). Todo sale al revés… el espectáculo debe continuar, nunca se sabe lo que será un éxito o lo que será un auténtico fracaso… Y de eso trata la comedia musical (primero en los escenarios de Broadway y luego en la pantalla de cine) Los productores de Mel Brooks. No es mal plan para una tarde veraniega… introducirse en las aventuras absurdas de un productor gigoló de abuelas y un contable neurótico que montan una Primavera para Hitler de un autor loco y nazi con un director que lo convierte en espectáculo musical gay con un actor gay, entre hippie y macarra… Es inevitable que en algún momento se suelte una carcajada…

… Y tardes de cine en La Casa Encendida. Ciclo Fracturas (II Parte)

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Y por último una proposición para tardes veraniegas en el mes de julio en un ciclo en el cual algo tengo que ver. Fracturar es romper o quebrantar con violencia algo. Vivimos un momento de fractura. Y ese quebrantamiento ha sido reflejado en el cine. Las quiebras pueden ser históricas, culturales, sociales, económicas, políticas, religiosas, emocionales, físicas… Dentro de la fractura entran diversos temas de actualidad y deja en evidencia una crisis no sólo económica sino de muchas otras áreas. Y en esa zona oscura surgen posibilidades e iniciativas de crear un mundo nuevo. La Casa Encendida presenta, durante los lunes y jueves del mes de julio, este ciclo con siete películas donde se proyectarán algunas de esas fracturas y los caminos de recuperación. Ver aquí la programación.
En esta segunda parte es como si tuviésemos en las manos un periódico virtual con todas las fracturas posibles de la historia contemporánea y cómo afecta a los seres humanos. Un periódico virtual que refleja casi un apocalipsis en cada una de sus páginas. Los conflictos que no se solucionan (conflicto palestino israelí), los que no sabemos cómo van a acabar (la crisis económica), los elementos que provocan las fracturas (guerras, lucha de poderes, religión, política, dinero, las injusticias, las diferencias), las separaciones eternas (norte-sur), las víctimas de las fracturas que tratan de sobrevivir… Y en este periódico virtual también existe una fragmentación de la mirada que se convierte en especial. La fractura en la mirada que cuenta de una manera catártica para que entendamos el presente en el que vivimos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El sueño de Ellis (The inmigrant, 2013) de James Gray

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The inmigrant es una vuelta al melodrama del cine silente donde una heroína con rostro de Lilliam Gish o de Janet Gaynor se convierte en símbolo del sufrimiento y la desgracia. Y el rostro de Marion Cotillard expresa y habla, la cámara recoge su cara como si fuera una Madonna o una María Magdalena penitente. James Gray ofrece su obra más redonda y emocional con una historia desgarrada sobre una inmigrante que alcanza una tierra prometida que se convierte en pesadilla. Es como si atrapara a Edna Purviance después de su llegada a la isla Ellis en ese corto mítico de Charles Chaplin, Charlot emigrante (The inmigrant, 1917). Una Edna Purviance que nunca se hubiese encontrado con Charlot… y de pronto se viera sola en la fila de inmigración con su madre enferma y con una travesía a sus espaldas más que dura…

Aquí la protagonista, la polaca Ewa (Marion Cotillard o mejor dicho su rostro icónico) vislumbra la Estatua de la Libertad en 1921 junto a su hermana Madga (que durante la travesía ha enfermado de tuberculosis). En la isla Ellis en cuestión de segundos el sueño de ambas se desmorona, después de múltiples penurias (huyen de la gran guerra…), las separan en la fila de inmigración pues Madga no pasa la revisión médica y la ponen en cuarentena pero Ewa tampoco logra pasar ‘por conducta no moral en el barco’ y además le informan de que sus tíos no han ido a buscarlas y que la dirección que llevan es falsa. Aquí tan solo es el principio del calvario de Ewa, que lo único por lo que se mueve y lucha es para volver a reunirse con su hermana. La Estatua de la Libertad se convierte en una broma pesada, muy pesada (sobre todo cuando es el papel asignado a Ewa en un espectáculo picante, de varietés). En la vida de Ewa se cruza Bruno (Joaquin Phoenix) un joven judío vinculado al mundo del espectáculo (que esconde realmente su papel de proxeneta), que se dedica a buscar inmigrantes con problemas en la Isla de Ellis para echarlas el lazo y a cambio de ‘ayudarlas’, introducirlas en la prostitución. Siguiendo con el simbolismo de la Estatua de la Libertad, es lo primero que vemos, desde el especial punto de vista de Bruno (el que atrapa la libertad de Ewa y al que ella aferra dos veces de la mano aunque sabe y siente lo que esto implica)… Así empieza un vínculo dependiente, consciente y complejo entre Ewa y Bruno, un vínculo que los transforma a ambos y los lleva por caminos inesperados… Y el ‘equilibrio’ de esta relación dependiente queda roto y hace que evolucione por otros caminos por un tercer personaje en discordia: el ilusionista Orlando (Jeremy Renner), primo de Bruno y su contrincante en la vida y en el amor.

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James Gray no solo elabora una película bellísima en su puesta en escena y en el empleo del lenguaje cinematográfico sino que usa con elegancia las claves del melodrama silente norteamericano (además de otras referencias cinematográficas evidentes sobre la inmigración, EE UU y la llegada a la isla Ellis… y a las pobladas calles de Nueva York de principios del siglo XX. Me refiero claro está a América, América, El padrino II o Érase una vez en América… ) sin abandonar su universo personal y sus temas recurrentes. Así Gray vuelve a acudir a uno de sus actores fetiches, Joaquin Phoenix (al cual le deja uno de los personajes más complejos), bebe del lenguaje cinematográfico clásico y lo ejecuta a la perfección, narra una historia donde no faltan los complejos lazos familiares, la redención de sus personajes protagonistas, las relaciones dependientes y un marcado sentimiento de culpa con una presencia acusada de la religión católica. Por otra parte como todo buen melodrama, acompaña la historia de una banda sonora que apetece escucharla y quedarte en los títulos de crédito finales solo por seguir disfrutándola (que es obra del compositor Chris Spelman, que desde La noche es nuestra ha trabajado en el apartado musical para Gray).

Una cuidada puesta en escena hace de El sueño de Ellis una película hermosa que además continuamente nos está contando cuestiones claves a través de las imágenes. Y deja secuencias para analizar plano por plano como el bellísimo tramo final en la isla Ellis no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. O emociona lo poderosas que son visualmente dos de las escenas clímax: la maravillosa secuencia de Ewa en la Iglesia y su confesión o la última discusión entre Bruno y Orlando en el apartamento del proxeneta. Además hay una cuidada ambientación de cada uno de los espacios en los que se desenvuelven los personajes: las dependencias de la isla Ellis, el teatro de variedades donde trabajan Bruno y las chicas (un teatro amenazado a desaparecer por el mundo del cine), los apartamentos donde viven Bruno y su compañía de ‘palomitas’, los baños públicos, el túnel donde Bruno prostituye a sus chicas…

La compleja relación entre los protagonistas (y sus personalidades difíciles, sobre todo las de Ewa y un complejo Bruno) y las andanzas de ese trío de supervivientes (porque eso es lo que son los tres: Ewa, Bruno y Orlando) así como sus maneras de afrontar la realidad (desde el sufrimiento y el sacrificio, desde un ilusionismo que se desvanece en cada paso o desde la elaboración de un espectáculo que se desmorona en cada momento…) hacen de El sueño de Ellis una película para conservar en la biblioteca de la memoria cinéfila.

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Pajaritos y pajarracos (Uccellacci e uccellini, 1966) de Pier Paolo Pasolini

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… una fábula social y política. Como un trovador de la Edad Media Pier Paolo Pasolini nos introduce en Pajaritos y pajarracos. Así empieza con una canción que va presentando los créditos de la película. La historia es una historia dentro de otra historia y su estructura es la de un viaje, una caminata. Los protagonistas son un padre y un hijo que después se transforman en dos franciscanos… a través de un relato oral que expone trazos de comunismo cristiano. A este padre y a este hijo en su caminar les ocurren varios acontecimientos y uno de ellos muy peculiar: conocen a un cuervo parlanchín de izquierdas, comunista marxista que es precisamente el narrador de la fábula central, esos dos franciscanos que tienen que convertir a halcones y gorriones…

Pajaritos y pajarracos es una rareza cinematográfica que queda en una especie de limbo extraño. Es cine con vocación política, con una narrativa cinematográfica al servicio de un mensaje, que pretende llegar a un elevado número de personas. Es decir, quiere convertirse en un cine popular, de masas. Y es rareza porque Pasolini no consigue ‘llegar’ a un número elevado de personas sino que elabora un ejercicio cinematográfico provisto de humor absurdo, ironía, poesía e ideología. Es decir convierte su Pajaritos y pajarracos en película minoritaria. Así es una pieza cinematográfica para analizar y que refleja además el ‘espíritu’ político y social de un momento de la historia italiana a finales de los sesenta, dos años después del fallecimiento del Secretario General del Partido Comunista italiano, Palmiro Togliatti (durante el peculiar caminar de ese padre y ese hijo se cruzan con su entierro –Pasolini inserta en el relato cinematográfico imágenes documentales).

En su vocación de relato cinematográfico que bebe de la narrativa oral y que además quiere llegar al mayor número de personas…, no es de extrañar que Pasolini elija como protagonista, como el padre, a uno de los actores más populares y famosos de la cinematografía italiana (y cuya trayectoria fílmica desconozco bastante), Totó. Un Totó, que en sus andares, vestimenta, expresión corporal y gestual y en los acontecimientos que vive es cercano a los héroes de ese cine cómico mudo y universal. En Totó están las huellas de Charles Chaplin y de Buster Keaton. Y su hijo tiene el rostro vital de Ninetto Davoli, que será un habitual en la cinematografía de Pasolini.

Pajaritos y pajarracos está hasta arriba de detalles que construyen un discurso. Y sobre todo, como muchas películas de Pasolini, es un estudio del rostro humano. Así cada uno de los personajes que aparecen en este ‘viaje’ poseen una cara con una historia, con huellas, y así se hace imprescindible el primer plano. Pasolini siempre busca rostros que expresen aunque no hablen y ya lo hacía así en Mamma Roma o en El evangelio según San Mateo. Así es difícil apartar la vista de una niña vestida de ángel, o de la prostituta Luna, o de las tres mujeres que se cruzan en el camino de los franciscanos que tratan de ‘aprender’ el lenguaje de los gorriones, o del camarero que les atiende en la taberna o de los comediantes que se cruzan en su camino. Y precisamente en esos comediantes y en otros ‘episodios’ del viaje se siente cómo Pasolini había trabajado y se había empapado del cine de Federico Fellini.

La fábula y el mensaje central es precisamente ese relato dentro del relato: la historia de los franciscanos que reciben un encargo de San Francisco de Asís. Tienen que evangelizar y llevar el mensaje del amor a los halcones y a los gorriones. A los pajarracos y pajaritos… y la tarea no será fácil. Precisamente tardarán unos dos años y encontrarán todo tipo de obstáculos. Aprenderán, sobre todo el más anciano, el lenguaje de los pájaros y transmitirán el mensaje… pero sus oyentes no entenderán del todo ese mensaje ‘revolucionario’. Porque una cosa es escuchar la palabra AMOR y otro caso es practicar, con todas las consecuencias ese amor. Los franciscanos evangelizarán a los pajaritos y pajarracos por separado… pero luego se darán cuenta de que estos se atacan y se hacen daño entre ellos. Se aplastan unos a otros. Así que Francisco de Asís les explica que tienen que empezar de nuevo para que entiendan realmente el alcance de ese mensaje… y otra vez a emprender el camino.

Así esa metáfora de pajaritos y pajarracos que terminan aplastándose unos a otros, se trasladará al viaje que realizan padre e hijo donde veremos cómo oprimen a los que son más pobres que ellos y a su vez ellos cómo son oprimidos por otros más ricos y poderosos. La cuestión final es que el cuervo se convierte en una molesta voz que no para y que continuamente se convierte en una especie de pepito grillo que todo lo analiza y que continuamente realiza una crítica constructiva que hace además pensar a sus dos acompañantes, algo que no desean pues bastante arrastran con su día a día y su lucha por la supervivencia… Así que sin pensárselo, y sin una sombra de mala conciencia sobre sus rostros, finalmente tomarán una decisión drástica con el cuervo… y seguirán su camino.

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La escapada (Il sorpasso, 1962) de Dino Risi

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Tenía muchas ganas a esta película, sobre todo por dos motivos: mi desconocimiento de la carrera cinematográfica de Dino Risi. Este director es uno de los representantes de la comedia a la italiana (género que alcanzó la cima en los años sesenta), generación que convivió con los maestros del neorrealismo, que en su cine ‘atesoran’ algunas influencias del movimiento. Precisamente por alejarse de los postulados del neorrealismo y cultivar elementos más ‘ligeros’ y costumbristas (sobre todo en lo que se refiere en un análisis de lo social y lo político y en el reflejo ‘realista’ de Italia), los realizadores obtuvieron un importante éxito comercial pero fueron criticados ideológicamente en varios círculos intelectuales. Sin embargo también supuso una cantera de buenos actores y actrices que adquirieron no sólo popularidad sino que se convirtieron en buenos intérpretes.

Sin embargo, La escapada no es una comedia sino una tragicomedia existencialista (profundiza además en la psicología de los personajes) que además refleja la Italia de los sesenta. Y ahí enlazo con mi segundo motivo. La escapada y su análisis de contenido ofrece varias lecturas. En muchas fuentes y escritos sobre cinematografía italiana en la Red o en libros que se refieren a esta película o bien se considera una película de culto y una de las mejores de Dino Risi (que también escribe el guion junto a Ettore Scola –un buen director que debutaría como tal en 1964– y Ruggero Maccar), o bien se habla de sus cualidades pero se apunta un pero poderoso: y es que muchos sienten una película con mensaje moral (en el espectacular y estremecedor giro final) y que ese mensaje moral resiente la película para muchos que ven una moral conservadora (es decir, ese final es una especie de “castigo divino”).

La escapada, sin embargo, me ha parecido una película más trágica que cómica, que emplea la metáfora del viaje para exponer dos maneras de ‘entender’ la vida y más que un mensaje de moral conservadora…, observo una llamada a que el destino siempre acecha al ser humano. Así que las escapadas pueden dar sentido a nuestras vidas o convertirnos en seres errantes… pero vivir con intensidad se convierte en un valor importante… porque el destino acecha en cada esquina. Y a lo mejor se nos ha olvidado vivir o hemos vivido demasiado, sin pararnos a pensar. Y para ello se sirve de dos personajes, dos hombres de diferentes edades pero también con una filosofía de vida distinta. Dos hombres tremendamente humanos, que arrastran virtudes y defectos en su mochila…, y que emprenden un viaje improvisado por las carreteras de Roma y alrededores durante dos días.

La película está protagonizada por un estudiante de derecho, muy tímido y con miedo a improvisar en el día a día, Roberto (Jean Louis Trintignant) y por un hombre ya maduro, un perdedor que vaga con un deportivo y que basa su vida en vivir el momento y en el arte de la improvisación, es todo vitalidad, Bruno Cortona (Vittorio Gassman). El género en el que se mueve la película es el de la road movie con dos personajes opuestos que terminan congeniando. Su encuentro es casual, Bruno vaga en coche por las calles de una Roma en vacaciones. Es por la mañana y sólo sabemos que busca un teléfono y unos cigarrillos. Cuando se para y está refrescándose en una fuente, se da cuenta de que desde una ventana le observa un joven. Le pide que si puede realizar una llamada telefónica de su parte, aunque al final termina subiendo al hogar del estudiante. Y antes de irse, le dice que le acompañe a tomar un aperitivo en un restaurante cercano… El estudiante accede. Lo que parecía un momento…, se convierte en un viaje.

Como ya he dicho ambos tienen virtudes y defectos y ambos se retroalimentan. Bruno, a veces, se vuelve más respetuoso con el tímido Roberto o se corta más de mostrar su comportamiento sin freno o forma de actuar. Bruno es extrovertido y carismático, a veces en exceso. Trata de sacar provecho de todas las situaciones. Disfruta de los placeres. No tiene miedo a los obstáculos de la vida. A veces es consciente de que es un fracasado con ángel. Es ligón, machista, se burla de la homosexualidad, no ve con buenos ojos a los extranjeros (recordemos su comportamiento con la joven negra) y es capaz de reírse de la gente que considera de extracción social más baja y que es de campo… Su viaje con el estudiante le hace replantearse poco a poco su vida errante como perdedor y se consciente de sus defectos, y quiere transmitir lo mejor de su vida al joven tímido (procura no mostrarle las grietas). Roberto es tímido, apocado, con miedo, no quiere improvisaciones, educado, desconfiado, sin experiencia en el amor, nostálgico, poco hablador (conocemos más de él por lo que piensa en off) y busca una vida segura. De hecho se pasa todo el improvisado viaje queriendo regresar a su hogar seguro. En un momento dado vemos que también es bastante clasista, como Bruno, al reírse de unas personas del campo que están celebrando una fiesta. Para Roberto “esta escapada” inesperada termina siendo lo más divertido, feliz y valiente que ha hecho en su corta vida. Por eso cuando el destino, unido a la imprudencia, golpea…, el espectador queda, como Bruno, en estado de shock. Porque en cuestión de segundos todo puede cambiar. Bruscamente.

A través de su viaje por las carreteras romanas descubrimos la Italia de los sesenta. Esa Italia que empieza a resurgir de las cenizas, la importancia del turismo, la brecha entre el campo y la ciudad, lo moderno y lo tradicional… Conocemos los garitos, los restaurantes, las canciones que se oyen, los locales nocturnos, la importancia que va adquiriendo el ocio, las playas, las nuevas modas, los referentes culturales (genial la apreciación de Bruno sobre el cine de Antonioni, diciendo que es un gran cineasta pero que él se queda dormido en sus películas), los nuevos ricos y hombres de negocios…

La película funciona porque no sólo cuenta con el carisma de ambos protagonistas sino que además el viaje tiene ritmo, mucho ritmo, continuamente ocurren cosas, muy cotidianas. Visitan a unos familiares, paran a comer, intentan ligar, tienen distintos encuentros en la carretera, salen por la noche, se pierden el uno del otro y se vuelven a encontrar… Además de un reflejo bastante realista de lo que debía ser la Italia de aquellos años, cuenta con dos actores que realmente construyen a sus personajes, unos personajes complejos. Tan difícil es mostrar la timidez y el miedo a vivir tal y como lo hace Jean Louis Trintignant, como mostrar el carisma y la vitalidad que exuda el rostro de Vittorio Gassman sin ser excesivo o exagerado, sin llegar a la caricatura.

El título de la película es buenísimo porque esa escapada tiene muchos significados y todos están contenidos en los fotogramas. No dejamos nunca de oír esa bocina escandalosa que siempre toca Bruno… para advertir su presencia arrebatadora (pero también a su manera autodestructiva), ni de ver la sonrisa tímida y finalmente ilusionada de un Roberto que iba camino de conquistar una vida gris y que siente que existen otros caminos posibles, apasionantes, con un poco de riesgo…

La escapada es un buen título para empezar a indagar en la filmografía de Dino Risi.

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Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955) de Fritz Lang

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Entre Deseos humanos y Más allá de la duda, Lang dirigió Los contrabandistas de Moonfleet. Una película que si se quiere buscar la adscripción a un género cinematográfico sería al de aventuras. Sin embargo aunque se puede considerar una de las rarezas o perlas de su filmografía (maravillosas rarezas), no se aleja de su universo pesimista. No se aleja de esa visión negra del mundo y de la condición humana presente tanto en Deseos humanos como en Más allá de la duda (o en prácticamente la totalidad de su filmografía). Una visión negra del mundo pero en color y en cinemascope. Y con el rostro del actor que representaba el género de aventuras en los 50, el actor británico Stewart Granger (Las minas del rey Salomón, Scaramouche o El prisionero de Zenda). Aquí se convierte en un contrabandista elegante del siglo XVIII en un pueblo costero de Inglaterra que arrastra una ambigüedad moral…, y esa ambigüedad es la que permite una evolución del personaje cuando se topa con la mirada inocente de un niño. Resulta curioso que la parte oscura que ofrece Granger sería explotada ese mismo año en otra joya cinematográfica oculta, Pasos en la niebla de Arthur Lubin.

Los contrabandistas de Moonfleet es la adaptación cinematográfica de una novela de John Meade Falkner, un clásico de aventuras (que no he leído) con ecos de La isla del tesoro. Sobre todo por la mirada inocente de un niño a un mundo complejo y negro. Y esa mirada convierte la vida en una aventura y en aprendizaje. Así Lang rescata esa mirada de un niño llamado John Mohune. Un niño de familia noble que perdió su esplendor y fue a las colonias, a las Américas. Ahora regresa a su localidad natal con un único equipaje: una carta al nombre de Jeremy Fox. Una carta escrita por su madre fallecida donde deja a John al cuidado de Fox.

John llega de noche, con un mar embravecido y una fuerte tormenta. Le acecha ya el miedo y el peligro. Y termina desmayado para despertar ante un montón de ojos que pertenecen a una banda de siniestros aldeanos. Pero de pronto irrumpe en la sala Jeremy Fox… y para John se convertirá en un héroe que le protege, en un amigo y él su más fiel compañero. John no ve al hombre desencantado enterrado en un pasado que le duele (y que le dejó cicatrices). Un pasado donde su madre fue protagonista. No ve al contrabandista que vive entre los aldeanos que se lucran del negocio del contrabando (con él como jefe de operaciones) y una aristocracia decadente representada por Lord Ashwood (George Sanders) y su señora que también negocian con los piratas. No ve la parte oscura de Fox. John no tiene duda de que Fox nunca le abandonará y de que es su amigo (a su lado vivirá aventuras pero nunca le pasará nada malo). Y lo hermoso de esta película es que Fox termina transformándose a través de la mirada de John. Y es Fox quien le ofrece una verdad sobre la vida (basándose en su experiencia personal), la vida a veces no es como uno quiere…

John Meade pasea su mirada por el mar embravecido, por la decadente mansión de su familia (actual hogar de Fox) con un jardín asilvestrado poblado de estatuas estáticas, por las estancias oscuras y con una decadente sensualidad donde su amigo Fox se mueve entre la gente del pueblo y la aristocracia… O se deja llevar por la mirada de un ángel de piedra que custodia un tenebroso cementerio que se diría poblado de fantasmas. Así como una iglesia que esconde leyendas y con esculturas de misteriosos antepasados como Barbarroja de dudosa reputación… John Meade vivirá mil y una aventuras, descubrirá reuniones secretas, se topará con el centro de operaciones de los contrabandistas en los fondos del cementerio, se encontrará con un mensaje cifrado que esconderá un tesoro (un gran diamante), huirá de una emboscada en la playa junto a Fox, conseguirán juntos un tesoro…

Así Lang (que precisamente no vivió el mejor de los rodajes, ni se sintió del todo satisfecho del resultado final de su obra por las injerencias del estudio MGM) concibe una película de aventuras envuelta en una atmósfera tenebrosa pero tamizada por la mirada de un niño capaz de transformar a un contrabandista que ya no creía en la humanidad, un muerto en vida. Y también filma una hermosa y triste despedida de un héroe transformado que finalmente protege a su fiel compañero, ese niño que siempre le miró como si fuera el mejor hombre del planeta. No sólo le protege, sino que como pedía la madre –su verdadero y trágico amor– en esa carta, proporciona un futuro al niño. Y todo envuelto con una hermosa partitura de Miklós Rózsa.

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Solo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013) de Jim Jarmusch

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Vampiros aislados, fuera del sistema, viviendo en lugares fantasmas como Detroit o en ciudades donde se funde lo moderno y lo antiguo como Tánger. Vampiros que arrastran siglos de historia a sus espaldas, y eso pesa mucho. Que están cansados, que ya no entienden el mundo en el que viven, el mundo zombi. Viven al margen y solo se relacionan con los seres humanos cuando necesitan sangre incontaminada, 0 negativo a ser posible, por favor. Ahora, consiguen esa sangre en el mercado negro. Deshacerse de un cadáver ensangrentado es ahora demasiado aparatoso y no quieren llamar la atención sobre su existencia (antes podían beber y matar a su víctima, o beber y transformarla… otro vampiro solitario). La experiencia a través de los siglos les ha hecho eruditos, y también pesimistas. Tratan de buscar sentido a su longeva vida. Solo los amantes sobreviven y si además tienen una pasión o varias, mejor. A Adán (Tom Hiddleston) le puede sacar de su depresión existencial y sus impulsos suicidas, una canción hermosa. La música. O también es un amante de la ciencia. A Eva (Tilda Swinton) ponle un libro en las manos o déjala disfrutar de la naturaleza, de los pequeños detalles de la vida, del baile… y te dará cientos de motivos para seguir viviendo aunque sea fuera del sistema. Aunque vivan en el anonimato, casi como fantasmas. Y se regodeen en sus recuerdos pasados. Pero sobre todo, Adán y Eva, Eva y Adán, llevan siglos casados… y siempre se han amado.

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Adán y Eva, habitantes de la noche, se dejan acompañar tan solo de algunos humanos que les abastecen de sangre o que son guardianes de sus secretos. Y también se relacionan con otros vampiros. Por ejemplo el mejor amigo de Eva es ni más ni menos que Christopher Marlowe (John Hurt) y también le trae algún quebradero de cabeza (más a su amor, Adán), su díscola hermana Ava (Mia Wasikowska)… que no respeta nada y actúa como vampira sin complejos y sin escrúpulos. Se rodean de sus pasiones, son buenos coleccionistas, así a Adán le ha dado ahora por las guitarras eléctricas y siente devoción por los discos de vinilo; y Eva tiene una colección de libros… así en cada viaje realiza una selección de títulos. A Eva le gusta mucho bailar. Si algo les distingue en su vestuario respecto a los zombis son siempre sus guantes… Sibaritas como son, no solo juegan al ajedrez, son manitas con los circuitos eléctricos o son unos contadores de historias muy especiales sino que también beben la sangre en elegantes petacas, copas de cristal e incluso elaboran jugosos helados. Como tienen todo el tiempo por delante, Eva vive en Tánger y Adán en Detroit. Pero un día Eva llama a su Adán (emplean las nuevas tecnologías) y nota su depresión y decide viajar hasta Detroit para estar con su amado. Ella le cuenta a Marlowe que siempre ha sido así pero que se agudizó su melancolía desde sus veladas con los románticos, Lord Byron, Mary Shelley, Percy Bysshe Shelley… Adán es extremadamente sensible y depresivo.

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Dos acontecimientos les harán salir de su apatía respecto su inmortalidad y preferir seguir amándose (como siempre lo han hecho) porque solo los amantes sobreviven a morir lentamente (sobre todo cuando se les complica la consecución de la sangre en el mercado negro)… Por un lado su tranquila y monótona vida en Detroit se trastoca con la llegada de Ava, su comportamiento los convierte en fugitivos, de nuevo. Y por otro ver muy de cerca cómo se apaga lentamente la vida de un buen amigo…, saber que su historia tiene un final, que no son inmortales, solo viven mucho más que los demás.

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Jim Jarmusch recrea un mundo aislado y fantasmal para sus vampiros tanto en sus hogares como en esa ciudad decadente que es Detroit o esas callejuelas laberínticas que conforman Tánger. Y es detallista, minucioso, cuidadoso… Esa pared de antepasados de Adán es una belleza. Son los representantes de un arte que los mantiene vivos. Artistas que en cierto modo estuvieron también fuera del sistema. Ellos mismos, los vampiros, son creadores… pero como viven en el anonimato, han ‘dejado’ sus grandes obras a hombres que han adquirido nombre, fama y eternidad. Hacen continuas alusiones y guiños (Marlowe escribió las obras más famosas de Shakespeare, Adán compuso un adagio para Schubert). Lo más increíble es que Jarmusch, autor también (amante de la música y la literatura, grandes protagonistas en la vida de los vampiros), deja una obra cinematográfica que es absolutamente moderna y antigua a la vez. Y esa mezcla es explosiva, sugerente, hipnótica…, genial.

Y es que los románticos vampiros con guantes de Jim Jarmusch, personajes libres de su ya particular y personal filmografía, son solitarios, depresivos, fuera del sistema… pero aman la vida y el arte. Y además hay algo que no pierden, un elegante sentido del humor.

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Violette (Violette, 2013) de Martin Provost

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… “Soy un desierto que monologa”… Así define Violette Leduc su escritura, su necesidad de vomitar palabras y plasmarlas en cuadernos en blanco. Y con esa cascada de palabras se nos va revelando la personalidad de Leduc y permite que entendamos los actos que acompañan su vida. La soledad en la que se siente atrapada, la soledad por la que tiene que aprender a caminar. Violette de Martin Provost devuelve el retrato de una mujer que se salva, a través de la palabra, de destruirse cada día un poco más. El primer contacto que el espectador tiene con este desconocido personaje histórico es su confesión de que la fealdad en una mujer es un pecado mortal… y algo que marca su deambular; una demostración del poco amor que se tiene a sí misma. La sucesión de imágenes nos va llevando a la culminación, al clímax, a entender la humanidad del personaje: es desgraciada porque tiene interiorizado desde la infancia un sentimiento de que nadie la quiere ni la querrá. Ella es bastarda y siente siempre que no fue fruto del amor, que nunca fue deseada por nadie. Así titulará sus memorias, La bastarda.

Martin Provost atrapa a su personaje en plena Segunda Guerra Mundial, dedicada al estraperlo junto a otro escritor Maurice Sachs. Nos la presenta de golpe y porrazo. Como un choque o explosión, sin que entendamos nada sobre ella. Hasta que poco a poco vamos descubriendo quién es y por qué es así.

Y empieza ahí el relato cinematográfico porque es el momento en que Violette, por recomendación de Maurice, escribe en un cuaderno cómo se siente. Como todo ser humano, se va definiendo su historia y personalidad por las personas que se va encontrando en el camino y por las relaciones que va construyendo o destruyendo… Así vamos asistiendo a un segmento de la historia de Leduc, según va conociendo a distintas personalidades, y la abandonamos en un paisaje maravilloso, en la Provenza (el único sitio donde encuentra una especie de paraíso, de paz), sola, en una silla, escribiendo en un cuaderno.

En ese segmento de vida que se nos narra cinematográficamente, asistimos a encuentros cruciales en su vida; además de su madre, influyen en que al final culmine su carrera literaria con sus memorias, que se convirtieron en un éxito: Maurice Sachs, Simone de Beauvoir, Jean Genet, Jacques Guérin… Provost evoca el camino creativo de Violette Leduc hasta que es reconocida como autora pero también su viaje a la aceptación de su soledad, a entenderse, a aprender a dejar de depender emocionalmente de las personas que quiere (a no necesitarlas), a no caer en la locura, al miedo al fracaso… Como le dice, en un momento dado, su amigo Genet, Violette es demasiado melodramática en su vida… hasta que llega a algo parecido a la calma a través de su contacto con la naturaleza y con el vómito de palabras en sus cuadernos…

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Violette (Emmanuelle Devos) vive con angustia porque quiere que la amen los hombres y mujeres que se cruzan por su camino… y cada vez que no se siente amada, acecha el terror al fracaso y al rechazo. La sombra de la locura. No es mujer fácil pero no es revelado el porqué. Violette escribe sobre sus miedos, angustias, experiencias sensuales, sus heridas, sobre las personas que quiere y odia a la vez… Violette se desnuda en cada palabra, se sincera. Se devuelve su reflejo en los libros. Y habla de cosas que, en su momento (y ahora también), poca gente se atrevía, porque revela su yo más íntimo (sus sentimientos, emociones, sensaciones, su sexualidad), sin miedo alguno. Y desgarra y se cura. Se tranquiliza, se salva y crea… De todas las relaciones que refleja la película de Martin Provost, la más cuidada es la que establece con Simone de Beauvoir (fantástica Sandrine Kiberlain). Una relación llena de matices entre dos mujeres complejas que sin embargo construyen a través del tiempo una relación fuerte, que evoluciona. Violette es distante, solitaria, dura, dependiente… pero también vulnerable. Y es retratada, por Provost, con ternura y un fino sentido del humor.

Martin Provost cuida los espacios en los que se desenvuelve una emocional Violette. Así se convierte también en una película de sensaciones y detalles. Leduc siente sus paseos por la naturaleza o cada objeto de su hogar. Una ventana que se abre, una puerta que se cierra o ese café donde se encuentra a Simone, las camas en las que se tumba, la librería en la que se desespera, la clínica en la que sucumbe…

Con Violette, Provost ha creado un díptico sobre mujeres artistas. Así ya realizó otro retrato de una artista contemporánea bastante desconocida, esta vez una pintora, en Séraphine (que aún no he podido ver). Violette se une así a una corriente de películas con nombre de mujer y que últimamente está deparando grandes sorpresas. Tanto por las películas en sí, por los temas tocados, como por la compleja construcción de personajes femeninos. Algunos de estos personajes deambulan por el mundo de la ficción y otros son reconstrucciones de mujeres que son reivindicadas por el papel que tuvieron en su momento. Me atrevería a decir que parte del mejor cine que estoy disfrutando últimamente tiene rostro de mujer: Camille, Elena, Ida, Blue Jasmine, Hannah Arendt… y ahora Violette.

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Diccionario cinematográfico (212)

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Flores: … corro un tupido velo sobre Historias de San Valentín de Garry Marshall… y confieso que al menos me sirvió para pensar en el diccionario y un tema: las flores y el cine. Los personajes de Ashton Kutcher y Jennifer Garner llevan y trabajan en una floristería (aparece al principio un enorme mercado de flores)… que en el día de San Valentín tienen no sólo un montón de trabajo (reparto y más reparto de flores) sino que viven un tsunami emocional. Me confirmó la propuesta El último atardecer y ese ramo de flores silvestres que es entregado al final de la película al personaje de Carol Lynley.

Así mirando hacia atrás, me quedo con una florista ciega con el rostro de Virginia Cherrill en Luces de la ciudad. Ella es vendedora ambulante y la acompaña la melodía de La violetera. Se enamora de ella Charlot… y consigue devolverla la vista a un alto precio. La última escena, ella ya recuperada y dueña de una floristería y el encuentro con su héroe (y la entrega de esa pequeña flor) es una de las escenas cumbres de la filmografía de Chaplin.

… Irremediablemente unido a mis sueños de infancia, está no sólo el camino de ladrillos amarillos que recorre Dorothy (siempre Judy Garland) sino también ese campo enorme de amapolas rojas… donde a nuestra heroína, a Totó y al león les entra un sueño que puede significar no volver a despertar jamás.

Con Alfred Hitchcock regresamos de nuevo a Vértigo… Madeleine anda obsesionada con el cuadro de una antepasada, Carlota. Y en ese cuadro la dama porta un ramo. Nuestra protagonista se ha dirigido a un mercado de flores para adquirir uno igual…

Si nos vamos a la comedia romántica, viajemos a un clásico de los ochenta, Hechizo de luna, donde una joven viuda con rostro de Cher lleva las cuentas de pequeños negocios italoamericanos en Nueva York. No falta una floristería… y su dueño regala a la dama una flor, con una sonrisa. Pero también la flores sirven para el romanticismo sin más, así en Los puentes de Madison una ama de casa (también de origen italiano) de una localidad rural norteamericana acompaña a un puente a un fotógrafo perdido y bromea con unas flores silvestres. El fotógrafo en agradecimiento por las indicaciones le regala un ramo y ella… le advierte que son venenosas… Así es el principio de una historia sobre el enamoramiento…

Menos conocida pero con cierto encanto está la historia que se nos propone en Greenfingers, una comedia británica con Clive Owen de protagonista sobre un grupo de presos que se convierten en expertos jardineros con especial sensibilidad con las flores.

Nos vamos a despedir con un clásico de Roger Corman, La tienda de los horrores. Los protagonistas son el empleado de una tienda de flores… y unas flores carnívoras.

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