Cruce de caminos (The place beyond the pines, 2012) de Derek Cianfrance

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Cuando ya se me presenta un personaje de una manera tan brillante en una película, que logra atraparme desde el primer instante, entonces ya sé que puede ofrecerme una buena narración cinematográfica, y así ocurre con Cruce de caminos… que está pasando discretamente (e inexplicablemente para la que esto escribe) por las salas de cine. Cruce de caminos es la segunda obra cinematográfica que se estrena de Cianfrance que tuvo que esperar bastante para que pudiéramos centrarnos en su particular disección de un matrimonio que se rompe en Blue Valentine, su primer largometraje. Si en aquella analizaba, dando saltos al pasado y al presente, la ruptura de una pareja; en Cruce de destinos reflexiona sobre padres e hijos y redenciones. Sobre lo que pesa la paternidad, sobre lo que marcan las relaciones con los padres y sobre cómo existen distintas formas de canalizar y vivir una redención: la del eterno perdedor y la del que triunfa…

Así Derek Cianfrance forma parte de una generación de directores americanos que siguen alentando una tradición: la buena narración cinematográfica. Mirar y dirigir con ojos de cine historias adultas. Se une a una cantera de directores que se mueven en el cine independiente pero que continúan la tradición de los cineastas clásicos y su uso del lenguaje cinematográfico que se vuelca en buenas historias. Recordemos estos nombres: James Gray (Cuestión de sangre, La noche es nuestra, Two Lovers), Paul Thomas Anderson (Magnolia, Pozos de Ambición, The Master), Jeff Nichols (Take Shelter, Mud), Kelly Reichardt (Wendy y Lucy, Meek’s Cutoff)… y el propio Cianfrance.

… Vemos  a un tipo tatuado en una caravana que juguetea con un cuchillo. Siempre de espaldas. Oímos que le avisan de que en cinco minutos debe actuar… y así comienza un plano secuencia de ese tipo que se dirige, a través de una feria, al lugar de su actuación: una bola metálica donde se introducirá con otros dos compañeros en una moto. Él es Luke El guapo (Ryan Gosling, siempre carismático), motorista acrobático y errante perdedor. Y ya nos ha atrapado.

Este chico de la moto (siguiendo la tradición de otros míticos moteros con carisma y etiqueta de perdedores…, que serán protagonistas de la sección Diccionario cinematográfico) se reencuentra con Ro (Eva Mendes), una chica con la que mantuvo una corta relación, y descubre que ha sido padre. De pronto decide asumir su rol de padre… ya que él está convencido de que arrastra una vida perra por el abandono del suyo. Y no piensa emularle. Pero pronto se chocará con una realidad: una cosa es lo que sueñes y otra que puedas realizar lo soñado. Su sueño se materializa en una fotografía…, un instante que se convierte en algo efímero. Y éste es el motor de la historia para una tragedia en tres actos… Cada acto termina con un momento catártico que no conviene desvelar.

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Tres actos donde los protagonistas de esta tragedia varían pero a la vez dan un único significado a la historia. Una historia de padres e hijos. De redención y perdón. En el primer acto, la acción se centra en el motorista. El segundo acto cede el protagonismo a un joven policía (un cada vez más sorprendente Bradley Cooper) que en un acto de servicio algo confuso se convierte en héroe local pero también se enfrenta a la corrupción de la comisaría donde trabaja y a su propia ambición para prosperar dentro del mundo de la ley. Y en el tercer acto en el que transcurren quince años, la acción se centra en dos adolescentes problemáticos que se encuentran en un instituto. Y en este cruce de caminos… más allá de los pinos (escenario de varios momentos importantes), se cuenta una única trama sobre los lazos, que pesan y marcan, entre padres e hijos. Y sobre la capacidad de redención del ser humano.

Dianfrance no sólo tiene fuerza en la forma de estructurar, contar y narrar cinematográficamente su historia sino que se rodea de dos actores carismáticos que logran crear dos personajes potentes que enganchan al espectador. Así tanto Ryan Gosling como Bradley Cooper dominan y se adueñan de una historia poderosa que te ata al asiento. Además recupera la potencia de la tragedia clásica en tres actos (o los tres actos para contar un relato, cuento o novela… presentación, nudo y desenlace) y convierte un recurso simple en una forma moderna y dinámica para contar una historia cinematográfica.

Cruce de caminos cuenta con una buena historia, bien contada y con un grupo de intérpretes que se creen esa historia (y una galería de secundarios donde se encuentra un Ray Liotta que da miedo con su sola presencia)… además de una banda sonora con más de una sorpresa donde Gosling vuelve a llamar la atención con su interpretación de una canción que nos sonará mucho por estos lares…

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La usurpadora (Back Street, 1932) de John M. Stahl

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Si a principios de este año escribí que la característica del melodrama La calle de atrás de David Miller en los años sesenta era el paroxismo emocional que culminaba en un desatado triple final, sorprende cómo la primera adaptación de la novela de Fannie Hurst, Back Street, dirigida por John M. Stahl en 1932 sea un melodrama contenido y por eso emocionante. Contiene verdad. Porque se acerca más a la premisa del amor sin condiciones. Se entiende perfectamente el drama de Ray (Irene Dunne), una mujer que asume, con dolor y sacrificio, ser ‘la otra’ sin querer serlo… cuando además tiene varias oportunidades de acabar con ese papel pero ya se sabe que a veces no se puede controlar al destino… ni de quién te enamoras. El espectador se da perfecta cuenta a qué se refiere el título original, qué significa vivir siempre en la calle de atrás. Y curiosamente mientras La calle de atrás de Miller se queda como un disfrute total del melodrama desatado pero a la vez algo trasnochado y pasado de moda, La usurpadora se convierte en una película por la que no pasa el tiempo, moderna y transgresora que además supone otra obra cinematográfica a tener en cuenta de un periodo rico en posibilidades, el pre code. Y esa modernidad se debe a la sinceridad, el realismo y los matices que plantea en un tema muy cinematográfico, el adulterio… y sobre todo el personaje que sale ganando es Ray, muy por encima de su oponente masculino que sí se rige por los cánones de la época, ese principio de siglo XX entre la tradición y el modernismo.

Muchas de las películas de los años treinta de John M. Stahl tuvieron su remake en los cincuenta y en los sesenta. Digamos que Douglas Sirk convirtió a Stahl en una sombra. Por eso su obra es bastante más desconocida pero cada nueva incursión en sus películas se desvela a un director sensible y pausado capaz de construir melodramas mucho más racionales y coherentes que sus hermanas de los cincuenta y sesenta (que es su locura, colorido y exageración emocional lo que por otra parte les convierte en especiales). Es descubrir a un director con un trazo suave al realizar narración cinematográfica de calidad.

Así La usurpadora presenta escenas de puro cine sin exaltación y sí mucha emoción además de reflejar cómo el destino interviene en las vidas de sus protagonistas (como en tantas películas de romanticismo exacerbado… y siempre viene a la cabeza, Tú y yo). El que Ray llegue tarde a la cita de un concierto al aire libre con su enamorado y su madre (cuando éste aún no se ha casado oficialmente con su prometida y puede parar, quizá, el enlace) supone el momento en que sus vidas cambian para siempre. Ella convirtiéndose en ‘la otra’ cuando años después vuelve a encontrarse con él. Y él en un hombre ‘condenado’ a una vida de apariencias (y también bastante egoísta porque no renuncia a la posición social y laboral que le da su matrimonio pero no deja que Ray reconstruya su vida y se aleje de él).

La usurpadora es Irene Dunne y recorre toda una vida… desde una joven llena de vitalidad y libertad que decide por sí misma (y muy válida profesionalmente) hasta una mujer anciana y madura que ha sacrificado (porque lo ha querido así, también ha sido libre) todo por amor a un hombre que vive una doble vida… pero la confina a ella a la calle de atrás (por las presiones sociales). Así Ray no se realiza ni en el mundo laboral, en el trabajo. Ni tampoco puede ser madre. Ni puede tampoco relacionarse y crearse su propio círculo de amistades, no puede prosperar socialmente… Ella se sabe mujer enamorada y decide ser ‘la otra’, asumir ese papel con todas las consecuencias. Asumir el egoísmo del amado. Y asumir la soledad y el rechazo.

Así Stahl cuenta con elegancia una historia que transcurre en el tiempo y que tiene como protagonista a una mujer que asume su papel de ‘la otra’ sin reprochar ni pedir nada a cambio. Sin exigir. Una historia construida a través de esperas, silencios, miradas y conversaciones cruciales. Y además una historia inteligente porque no estamos hablando de una mujer sumisa sino de una mujer que decide libremente o que no ve otra salida para estar con el hombre que realmente ama en esos momentos. Ella tiene oportunidad de irse con un amigo que siempre la ha querido, de trabajar y de realizarse como madre… pero sabe que se engañaría porque todo eso lo hubiera querido con el hombre que no puede estar a su lado.

En muchos momentos sientes la soledad de Ray… la mujer en la sombra. En ese transatlántico donde todo el mundo se relaciona menos ella que pasea por la borda y mira el mar, mientras espera que el hombre que ama pueda hablarla o acercarse a escondidas. Que sufre la mirada de odio y rechazo de unos hijos que ven como su padre engaña a su madre… y no saben toda la versión.

No hay ningún momento de paroxismo emocional o exaltación exagerada y sin embargo los momentos finales te tienen sin respiración y te trasladan también a una catarsis emocional… triste, real, creíble…

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Mud (Mud, 2012) de Jeff Nichols

 

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A través de la mirada de un niño una historia puede ser diferente. Entre la inocencia y el despertar hay un territorio donde el niño se convierte en creador y en un magnífico fabulador. Y a través de su ‘viaje iniciático’ hacia la madurez o la perdida de la inocencia su mirada ‘sufre’ una transformación que le hace descubrir la puerta hacia otra etapa de la vida que no tiene por qué ser peor o mejor. Y de ahí de esa mirada de un niño que está a punto de descubrir el mundo adulto surgen historias cinematográficas (y literarias, claro) absolutamente maravillosas.

Así podemos viajar a través del mundo del cine a universos infantiles conseguidos. A niños que miran y se convierten en narradores privilegiados. Y Mud se empapa de esa tradición y nos deja una buena historia por donde no pasa el tiempo… porque esa mirada siempre ha existido. Jeff Nichols sigue demostrando su capacidad para contar buenas historias (esta vez con chispas de fábula y leyenda).

El niño que mira lo extraño o al extraño. Lo distinto. El niño que mira al desconocido, al forajido… El niño que mira de manera más simple una realidad compleja y trata de entenderla. El niño que además actúa y se aventura… y no tiene miedo porque no ve nunca la cercanía o la posibilidad de la muerte. El niño que idealiza conceptos como el romanticismo y el amor.

Así hay varias películas contadas desde la mirada de un niño o adolescente que se quedan para siempre en nuestra retina. Y de alguna manera cuando volvemos a verlas nos recuerdan lo que era ser un niño y el mundo que nos rodeaba. Y así pasa también con Mud y los dos adolescentes protagonistas, Ellis (Tye Sheridan) y Neckbone (Jacob Lofland), sabes que cuando vuelvas a verla vas a sentirte envuelto en un universo infantil maravillosamente expuesto y mostrado.

Ellis y Neckbone entran en la galería que ocupan también los hijos de Atticus Fich, la pandilla de Cuenta conmigo, el niño de Raíces Profundas, el adolescente de Verano del 42 o la niña de Valor de ley de los hermanos Coen. De alguna manera ya convierten su historia, su encuentro con el forajido enamorado, Mud, en un clásico. Además si seguimos buscando raíces, Jeff Nichols sitúa esta historia a orillas del río Mississippi y pocas pistas nos da de que la historia es contemporánea (que lo es) pero la localiza en un ambiente condenado a desaparecer, en un estilo de vida que acaba… el de las casas flotantes. Y ese río es el río donde otros dos adolescentes vivieron sus aventuras Huckleberry Finn y Tom Sawyer. Y podemos ver similitudes en ese principio de ‘viaje iniciático’ de encuentro del protagonista Ellis con el prófugo (y en su concepto del amor) a la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens.

Así Ellis y su amigo Nickbone se aventuran con su pequeño barco a motor a una isla abandonada y van en busca de un barco que se ha quedado colgado de la rama de un árbol… pero descubrirán que allí habita alguien y se encontrarán con Mud, un misterioso hombre que les pide ayuda, algo de comida. Ellis se aferra a la historia de Mud, el forajido, porque le hace creer en ese amor que ve que desaparece en su casa donde sus padres están a punto de separarse (y sabe que su vida pronto va a dar un vuelco, un cambio). Mud está ahí por amor para rescatar a su novia de la infancia, de toda la vida, Juniper. Pero todo es mucho más complejo y peligroso de lo que parece. A Mud le busca la policía y otros hombres peligrosos… Sin embargo Ellis apuesta totalmente por Mud y le ayuda en la descabellada idea de hacer navegar el barco del árbol para poder huir de allí… Mud además conoce al misterioso vecino de Ellis y sus padres, Tom (Sam Shepard), un señor mayor que apenas se relaciona con los habitantes del lugar con una historia a cuestas. Se nota que quiere muchísimo a Mud y que le conoce bien pero es un cascarrabias (porque le duele)… así que decide seguir alejado del forajido.

Con estos ingredientes se crea una fábula hermosa donde Nichols (que ya me sorprendió gratamente con Take Shelter) devuelve al espectador una historia emocionante sobre el viaje iniciático de unos niños que pronto dejarán de serlo… Así Mud (Matthew McConaughey) y Juniper (Reese Witherspoon) en los ojos de los niños no son dos fracasados que no saben qué hacer con sus vidas sino dos amantes aventureros que tienen que escapar de un mundo que no les deja que se amen. Él tiene su camisa y su pistola, ella unos ruiseñores tatuados en las manos. Y los niños, sobre todo Ellis (Nickbone todo lo hace porque Ellis es su mejor amigo…), harán todo lo que esté en su mano para que Mud pueda conseguir sus propósitos.

Jeff Nichols te devuelve la mirada de un niño capaz de construir una fábula con carácter épico y con aires leyenda. Así también vivimos una escena emocionante y llena de significado con Mud y Ellis similar a la que viven Mattie y Rooster en Valor de ley. Los segundos iban galopando en un caballo a través de una noche de luna llena, los primeros van veloces en una moto a la luz del día…

Y la leyenda se va construyendo y consolidando… el espectador sabe que asiste a una fábula. Mud siempre estará en la memoria de Ellis y Neckbone… Resaltar también a un personaje secundario con el rostro del carismático actor fetiche del director, Michael Shanonn, que se convierte en el tío de Neckbone que, como no, tiene sus escenas y un buen diálogo con Ellis.

Sólo hay que dejarse llevar por esa barca en el árbol y conocer a la chica con el ruiseñor en la mano, a Mud, un forajido romántico; a Tom, un tipo duro y misterioso; a un tío preocupado por su sobrino y que aconseja sobre las cosas que se deben quedar en el río y las que se deben recoger; a un padre con rostro triste; a una madre cansada de esperar, a un modo de vida que desaparece, a las casas flotantes, a los moteles… y a unos niños que todo lo miran… Y un río que todo lo arrastra. Todo lo lleva.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Crimen en las calles (Crime in the streets, 1956) de Don Siegel

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Entre Rebelde sin causa de Nicholas Ray y West Side Story de Robert Wise y Jerome Robbins nos encontramos con Crimen en las calles de Don Siegel… películas que siguen una senda que puede rastrearse en el cine norteamericano, las pandillas de delincuentes juveniles. Pero es en los cincuenta y sesenta donde surge prácticamente un subgénero con antecedentes ilustres. Las formas de tratarlo son varias desde un realismo social duro y sucio a otro más idealista que apela a la figura del maestro, trabajador social, cura o policía para poder enderezar los caminos torcidos del joven delincuente con o sin causa. Por otra parte este cine generaba (sobre todo en los 50 y 60) jóvenes intérpretes masculinos que ejercían su papel de adolescente atormentado… y se convertían en estrellas.

Si este tipo de película caía en manos de directores con una cierta sensibilidad hacia el personaje del perdedor (como Nicholas Ray y sus adolescentes) o de un buen director del sistema de estudios como Don Siegel (especializado en películas ‘duras’) surgen obras de interés como la que nos ocupa. Algunas veces tan sólo se aprovechaba la ‘moda’ de chicos malos y salían películas como Salvaje donde un actor como Marlon Brando se convertía en un icono.

Sin embargo el cine americano siempre reflejó a pandillas de jóvenes problemáticos. Hay una cierta tradición. Así podemos centrarnos en el nacimiento cinematográfico de los The Dead End Kids en esa pequeña joya de realismo social de William Wyler, Calle sin salida (1937). Esa pandilla de intérpretes también estuvo magnífica como el grupo que admira al gánster en Ángeles con caras sucias. Durante esta década de los treinta también estaba un Spencer Tracy con sotana enderezando a jóvenes rebeldes con un líder con rostro de Mickey Rooney en Forja de hombres.

Para Crimen en las calles Don Siegel oscila entre un cine realista donde se refleja la vida de un barrio marginal y sus gentes y un cine que aboga por un cambio social gracias a la implicación de agentes transformadores como en el caso de esta película, un trabajador social o un familiar cercano (como el hermano pequeño del protagonista).

Así nos presentan a una familia disfuncional, la familia Dane donde una madre agotada y trabajadora mantiene a un adolescente problemático y al más pequeño. El adolescente problemático y arisco tiene el rostro de John Cassavetes (futuro director de cine independiente) que seguiría la estela de rebeldes atormentados. Éste es líder de una pandilla que se enfrenta a otras pandillas y que además aterrorizan y molestan a los vecinos del barrio. El joven Dane tiene el odio enquistado en el rostro y no permite que nadie le toque, tiene ataques de furia y va golpeando todo lo que se le cruza por delante. Ante la denuncia de un vecino por lo que detienen a uno de sus compañeros… decide que hay que matarlo. Casi ninguno de los miembros de la pandilla le apoyan sólo dos, un chaval de quince años con cara de Sal Mineo y otro muchacho que no parece estar muy equilibrado emocionalmente con el rostro de Mark Rydell (también futuro director de cine) que se convertirán en sus cómplices.

En ese barrio además de los vecinos se encuentra Ben Wagner (James Whitmore), un trabajador social que trata siempre de comunicarse con los jóvenes, apoyarles y tratar de apartarles de la delincuencia. Wagner es un tipo duro que no se rinde aunque a diario en su trabajo no recibe más que malas caras y malas contestaciones. Pero no se cansa de intentar cambiar las cosas… y trata de acercarse al joven Dane.

Don Siegel junto a sus jóvenes intérpretes consigue una película con ritmo, cierto suspense, aires de cine negro y drama social. Así empieza de manera fuerte mostrando un enfrentamiento entre dos pandillas en un descampado. Después se presenta la intimidad en un ambiente de pobreza donde viven los jóvenes y el reflejo de su vida cotidiana. Y luego se genera el suspense y la tensión sobre si el joven Dane y sus dos cómplices cometerán el asesinato que cambiará para siempre sus vidas o no.

Así Crimen en las calles se convierte en una película muy interesante de ver porque además de estar bien contada ofrece la oportunidad de descubrir por primera vez en una pantalla de cine a John Cassavetes (está especialmente bien en sus diálogos con el trabajador social) o seguir la carrera del malogrado Sal Mineo que empezó especializándose en jóvenes problemáticos.

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The act of killing (The act of killing, 2012) de Joshua Oppenheimer

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The act of killing contiene imágenes, entrevistas y pensamientos que no te puedes creer lo que estás viendo y lo que te están contando. The act of killing crea un montón de reflexiones que te ponen los pelos de punta. The act of killing no deja indiferente a ningún espectador. Sus créditos finales son escalofriantes: un montón de personas anónimas que no ponen sus nombres. Mientras observas no puedes dar crédito a que estás viendo algo salvajemente real.

Para entrar en antecedentes unos cuantos rótulos para recordar historia. 1965. Indonesia. Golpe de Estado del Ejército con la cabeza visible del general Suharto que lideró con ayuda de paramilitares y gánsteres una masacre de comunistas, simpatizantes, sospechosos…

La propuesta del documental: el director, la coguionista (Christine Cynn) y un anónimo contactan con uno de esos escuadrones de la muerte en la actualidad, que viven tranquilamente e impunes (más terrorífico aún: son vistos como héroes en los medios de comunicación, pasean por las calles, extorsionan, están cerca de los poderosos…) y les realizan una propuesta: que ellos mismos realicen una película escenificando aquellos días en que asesinaron a un número enorme de seres humanos, de maneras horribles… y el documental refleja este proceso porque este grupo de asesinos se entrega a la tarea.

Curiosamente todos son muy cinéfilos (antes del golpe eran conocidos como los gánsteres del cine pues operaban en una sala… y una de las cosas que más les enfadó es que en aquellos tiempos los comunistas querían vetar el cine americano) y les parece una idea magnífica reflejar lo que hicieron en una película. Así vamos viendo el rodaje de varias escenas (de una película que mezcla un montón de géneros: western, musical, bélico, gánsteres…) que rozan el absurdo, lo violento y el espectáculo más hortera. Además de ir escuchándoles sus pensamientos, reflexiones sobre aquel tiempo, su vida cotidiana… y cada momento es un escalofrío. Se muestran preocupados sobre lo que deben mostrar en la película y cómo deben mostrarlo.

Ellos siempre dicen orgullosos que el significado etimológico de gánster es ‘hombre libre’… hombre libre para hacer todo el mal que les parezca. Uno de los momentos estelares (y escalofriantes) de su película es un número musical absolutamente absurdo e irracional cantando Born free.

No te puedes creer cuando oyes a uno de ellos contar cómo salían de felices de una película de Elvis Presley y cómo así se dirigían más contentos a matar…

El documental se centra en uno de los asesinos, ya anciano, y sus ‘amigos’. A cada uno le afectará la película de manera distinta (y a alguno de manera sorprendente e inesperada)… pero a veces no puedes creer lo que les estás escuchando decir o cómo quieren reflejar lo que hicieron. No te puedes creer que sea real. O no puedes creer cómo se comportan y cómo piensan (porque al espectador también le afecta lo que está viendo y las reflexiones que se van generando). Pero afecta también el ver la Indonesia de hoy, cómo acepta la ‘historia’ de estos verdugos y cómo la corrupción recorre todas las capas sociales. Y afectan también las reflexiones que surgen sobre la ficción y la realidad, la realidad y la ficción… Así como imaginar el ‘estómago’ de los documentalistas escuchando y grabando lo que se estaba gestando en la mente de este grupo de hombres impunes…

The act of killing es un documental de terror y es difícil olvidar lo que se ve y lo que se escucha… y cómo lo muestra. Remueve…

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Tres secretos (Three secrets, 1950) de Robert Wise

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Si al lado de una película veo el nombre de Robert Wise me entran unas ganas irrefrenables de echarla un ojo. Porque Wise es de esos directores que se formaron en el sistema de estudios y que dominaban el oficio de hacer películas. Así llegaban a conseguir un dominio del lenguaje cinematográfico que les permitía una carrera llena de títulos sorprendentes. Y así dejaba buenas obras de cine negro, ciencia ficción, terror, comedia romántica, musical o melodrama. Y lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a sorprenderme. Esta vez con un drama sobre vidas cruzadas y destinos: Tres secretos. Que además cuenta con el aliciente de tres actrices protagonistas de altura: Eleanor Parker, Patricia Neal y una olvidada Ruth Roman.

Hay un suceso que une a las tres damas que se sigue de principio a fin y tres flashback que nos explican por qué estas mujeres coinciden en un mismo lugar. La película empieza con el rostro de un niño en un avión preguntando cuánto falta para llegar y a continuación se intuye que se ha producido un horrible accidente. Entonces se pone en marcha la rueda de los medios de comunicación para cubrir un hecho trágico: era un avión privado donde viajaban los padres y el niño. El equipo de rescate localiza el avión desde el aire y realiza unas fotografías y se dan cuenta de que el niño puede estar vivo. Pero el accidente ha ocurrido en una montaña donde sólo se puede acceder escalando y no por ningún otro medio. Así que se crea un equipo de montañeros voluntarios para rescatar al niño. Desde el centro de operaciones, al pie de la montaña, se reunen curiosos, equipo militar, policía local, Cruz Roja y prensa para cubrir tal evento. Por un periodista nos enteramos de que el niño —que iba a cumplir cinco años ese mismo día— era adoptivo, sabemos de qué centro lo recogieron y que vuelve a quedarse solo… Y entonces empiezan a aparecer las tres protagonistas.

Susan (Eleanor Parker) es una mujer acomodada casada con un abogado pero que arrastra el peso de una culpa (y un secreto) que no la deja ser plenamente feliz. Justamente hace cinco años —junto a su inflexible madre— tomó la decisión de dejar en adopción a su hijo… cuando su novio en aquel momento no sólo tiene que entrar en combate en la II Guerra Mundial sino que le confiesa que siempre ha habido otra mujer…

Phillips (Patricia Neal) es una ambiciosa periodista y buena profesional que tiene claro que la puede más el superarse en su trabajo cada día que cuidar más su relación de pareja con su esposo Duffy. Trata de salvar su pareja pero es una mujer independiente e intrépida y no puede darle el tipo de relación que espera su esposo. Así que se divorcian… pero justamente se entera de su embarazo. También acude al mismo centro que Susan para entregar a su hijo en adopción. No quiere que se entere su ex que además ha vuelto a  casarse y quiere seguir trabajando…

Y por último la más castigada de las tres, Anna, una bailarina que sale con un hombre de negocios y de la noche a la mañana, y sin explicación alguna éste la abandona. Pero la abandona de una manera tan cruel que Anna pierde la cabeza y le mata (y se convierte en un ‘personaje’ marcado por la prensa). Está embaraza. En prisión le dicen que quizá la mejor solución para el niño que viene es la adopción.

Las tres coinciden en el centro cuando van a entregar a sus hijos (la más atenta a todo lo que le rodea es la periodista) y las tres vuelven a coincidir en el pie de la montaña porque piensan que el niño que va a ser rescatado puede ser suyo.

Así Robert Wise encadena no sólo las tres historias de estas mujeres (muy bien interpretadas y muy bien creados los personajes) sino que además crea la tensión del rescate y una reflexión sobre el oficio del periodismo (donde da una de cal y una de arena… los periodistas más protagonistas son cínicos, sin sentimientos y capaces de todo por una noticia pero también son los que finalmente toman ciertas decisiones nobles, cambian sus comportamientos y consiguen la información necesaria)… y esa raya tan tenúe entre el derecho a informar o la noticia como espectáculo.

Se nota el oficio de Wise en la forma de contar la historia y además se sirve muy bien de sus intérpretes que ninguna le falla. Las tres además se encontraban en un momento álgido en sus carreras y esta película corrobora que son buenas dando los matices necesarios a sus personajes. Las tres, sin embargo, sobre todo Roman, han caído bastante en olvido. Así que Tres secretos es una buena oportunidad para recuperarlas y conocer su trabajo como actrices. Y una buena razón para darse cuenta de que Robert Wise es un director a tener en cuenta.

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Ella y sus maridos (What a way to go!) de J. Lee Thompson

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Una viuda, toda de negro, baja las escaleras de una mansión pintada toda ella de rosa. Detrás seis hombres de negro desciende un ataúd rosa… uno de ellos tropieza y el ataúd primero y los hombres después o viceversa resbalan por las escaleras… así empieza Ella y sus maridos, una agradable comedia con suaves tintes negros, una cuidada estética y una original estructura. Una comedia caída en olvido por su complejidad y extraña mezcla de estilos visuales que logra sin embargo un equilibrio final… Es de esas historias que o bien entras en el juego o te quedas fuera. Y si entras el disfrute está asegurado.

La viuda es Louisa May Foster (Shirley MacLaine)… su siguiente paso es querer donar al Estado toda su fortuna. Obviamente la toman por loca y la llevan a un psiquiatra (Robert Cummings) que escuchará su historia. Louisa cree que es bruja pues siempre se ha querido casar por amor… pero, sin embargo, siempre propició que sus esposos, cuatro, se hicieran asquerosamente ricos (excepto uno que ya lo era pero sí logra dar un giro en su vida…) y ella se quedará como una esposa solitaria florero y posteriormente viuda.

El poder de esta viuda negra comienza cuando es una joven a la que su contradictoria madre (una divertida Margaret Dumont sin los Marx) la insta a que se case con el millonario del pueblo, Leonard Crawley (Dean Martin)… pero ella tiene los ojos puestos en el sensible, fracasado, pobre y lector de Henry David Thoreau, Edgar Hopper (Dick Van Dyke… no sólo fue deshollinador y fiel compañero de Mary Poppins)… todo lo contrario al prentendiente ideal.

… El primero que fallece por exceso de trabajo es Edgar Hopper (tras una humillante visita de su contrincante Crawley… al que decide desbancar de su puesto de hombre más rico de la localidad)… y luego todos los demás irán encadenados. Un pintor americano bohemio de París (divertida crítica a los artistas vanguardistas con un Paul Newman delirante), un súper millonario solitario que echa de menos sus raíces granjeras (elegante Robert Mitchum) y un mediocre artista de vodevil que termina convertido en una súper estrella de Hollywood (Gene Kelly).

Entre los divertimentos de esta película, además del sugerente reparto, está que cada historia —cada matrimonio de Louise— forma parte de un género o una forma de emplear el lenguaje cinematográfico. Siempre que narra sus cuatro matrimonios al ‘alucinado’ psiquiatra lo compara con un tipo de película (y así queda reflejado): una película de cine mudo, una película intelectual francesa en el periodo de Nouvelle Vague, una película glamurosa hollywoodiense emulando los lujosos melodramas o un musical…

La película también es una rareza dentro de la filmografía irregular del británico J. Lee Thompson donde la comedia no sería su género. Es recordado por producciones como Los cañones de Navarone o la interesante El cabo del miedo… y terminó sus días dirigiendo a un Charles Bronson justiciero. El guion estuvo en manos de dos especialistas en musicales, Betty Comden y Adolph Green (por ahí anda Gene Kelly… y una parte bastante musical con reminiscencias a Cantando bajo la lluvia). Este proyecto estaba pensado para Marilyn Monroe (que la verdad no hubiera estado nada mal en el papel) pero debido a su trágica muerte no pudo ser y el relevo fue para una McLaine pizpireta y divertida. También la película es puro lucimiento para el trabajo en vestuario de la famosa Edith Head… la viuda negra sale con un montón de vestidos, bañadores y complementos (y también peinados) según los maridos que tiene y sus ensoñaciones de película.

Inolvidable una Louisa May Foster feliz, por fin, con un hombre (no digo quién), besándole y abrazándole y diciéndole: mi querido fracasado…

Así no está mal en este verano que finaliza disfrutar de una extraña comedia con estética, glamour y una gran galeria de actores.

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Renoir (Renoir, 2012) de Gilles Bourdos

 

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En el salón de mi casa hay un cuadro que no se cambia así que vayan pasando los años. Lo tenía mi abuela paterna. Y ahora yo. No tiene ningún valor. Es una copia del cuadro Almuerzo de remeros (Le déjeuner des canotiers) de Pierre-Auguste Renoir. Muchas veces lo miro y me causa mucha calma y paz además de tranquilidad. Así me ocurre con muchas de las películas de su hijo Jean Renoir sobre todo con Una partida de campo, que no deja de ser un homenaje al padre.

Gilles Bourdos recrea un año que pudo ser crucial en la vida de los Renoir, 1915. Jean Pierre Renoir se encuentra en la Costa Azul en un sitio idílico donde no renuncia a seguir pintando a pesar de los dolores artríticos que le tienen postrado en una silla de ruedas. Su esposa acaba de fallecer y él se siente muy enfermo. Pero a pesar de los pesares quiere seguir siendo un obrero del pincel y el dolor no le va a parar su pasión: plasmar lo bello. La naturaleza que le rodea o el cuerpo joven de una mujer desnuda.

Con pinceladas impresionistas, con escenas que son como cuadros en movimiento, Gilles Bourdos recrea un posible momento en la vida de la familia Renoir: el ocaso del pintor pero sin ser vencido siempre pintando y el nacimiento de una vocación por parte del joven Jean que le encontramos en un momento crucial de su vida. Herido en una pierna en la Primera Guerra Mundial regresa al hogar para curarse… pero parece que le va a quedar una cojera crónica. Es un joven indeciso ante el futuro… y a la vez horrorizado por la crueldad de la guerra y, sin embargo, siente la importancia de la camaradería entre sus compañeros de lucha…

Y en esta ‘lucha’ de sensibilidades, una mujer. La última modelo de Jean Pierre y la futura primera esposa de Jean (además de musa de sus primeras películas mudas): Andrée Madeleine. La mujer que provoca que los dos hombres tengan un enfrentamiento templado, una declaración de respeto y cariño mutuo y un relevo de sensibilidades y de la importancia de pase lo que pase seguir creando y creando…

Andrée Madeleine mostrando su cuerpo y su fuerte personalidad despierta a Jean y le dice a gritos lo que su padre trata de explicarle sin que le salgan las palabras (pues nunca le salieron con sus hijos…): qué fácil es dejarse morir… porque muchas veces lo difícil y complejo es vivir…

Y en estas pinceladas impresionistas vemos el matriarcado formado entre las antiguas modelos y sirvientes del pintor que amenizan el día a día con los cuidados que le proporcionan, con sus cánticos, con la preparación de las comidas, sus paseos y sus discusiones… Nos enteramos de las ausencias. No sólo la esposa muerta sino la de aquella niñera-modelo-musa, Gabrielle. O la de sus dos hijos mayores Pierre y Jean. O la presencia casi invisible de un hijo pequeño, que sufre las ausencias y los silencios, Coco. Y le duele la presencia continua del dolor… Todo envuelto en la belleza de un cuadro y en la frialdad de una naturaleza muerta… Todo arrastra hacia la melancolía.

Y en la historia de Jean y Andrée (futura Catherine Hessling) se esconde un destino triste (que ella siempre tiene presente)… cumplirían un sueño y también se divorciarían. Y los dos morirían el mismo año: 1979. Él como un cineasta reconocido, ella totalmente en olvido.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Maratón veraniego de películas en varias pinceladas

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Elysium (Elysium, 2013) de Neill Blomkamp

Max (Matt Damon), hombre rapado y tatuado, héroe elegido y trágico (y bestia entre los bestias)… tiene un sueño: alcanzar Elysium. Él vive en la tierra que se ha convertido en un vertedero, superpoblada y explotada donde la sanidad no llega para todos, los trabajos son mal pagados y no hay ninguna seguridad y donde cada día es un sálvese quien pueda. Max habita en el caos. Pero él no ha perdido su capacidad de soñar… Trata de alcanzar sueños: recuperar un amor y amistad de la infancia o conseguir un billete para Elysium, un paraíso en el espacio exterior. Donde todo es inmaculadamente perfecto y donde todo puede ser curado… El abismo entre ricos y pobres es ya no abismal sino espacial. Además existe la inmigración clandestina… pero Elysium tiene unos métodos de seguridad poco éticos liderados por Rhodes (Jodie Foster), del gabinete de Gobierno de Elysium y también cuestionada por sus mandatarios, y no deja que ni un sólo inmigrante se quede en el paraíso… Un accidente laboral grave cambiará el destino de Max que luchará con todas sus fuerzas para sobrevivir… pero el destino le depara otro final.

Neill Blomkamp lo tenía todo para haber creado una buena película de ciencia ficción. Contaba con una buena metáfora (siempre se va al futuro pero lo que refleja es muy pero que muy actual), un héroe carismático con toques bíblicos y unos personajes que le podían haber respaldado. Por otra parte tiene capacidad para crear una imagenería visual atrayente y unos efectos especiales y técnicos virtuosos sin ser estridentes. Así contaba con un buen armazón que se deshincha convirtiéndose en una entretenida y típica película de acción con más de una incoherencia insostenible… Sus personajes secundarios desaparecen o mueren y no pasa absolutamente nada. Tan sólo la sostiene un héroe atormentado que cuenta una historia muy vieja que siempre ata (pero se queda demasiado solo en el camino y no le dejan ni interactuar con los malos malísimos): érase una vez un hombre elegido para cambiar el mundo… pero esto tiene un precio muy alto… Lástima. Es de esas películas que podían haber sido… y no fueron…

 

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Manderlay (Manderlay, 2005) de Lars von Trier

Primero fue Dogville, después Manderley… y todavía nos queda la tercera de esta trilogía, Washington. Lars von Trier realiza un particular viaje por EEUU, la tierra de las oportunidades pero plasma asuntos universales donde el ser humano no sale muy bien parado. Buen cine-tesis para debates encendidos. Su protagonista es Grace, hija de un mafioso. Primero vive una pesadilla en un ‘amable’ pueblecillo rural de la América profunda, Dogville, en la época de la depresión. Y más tarde desemboca en Manderley, una mansión sureña donde todavía está instalada la esclavitud…

Grace siempre se convierte en la heroína desestabilizadora. Llegue donde llegue, todo lo pone patas arriba y hace que salga lo peor del ser humano. Y lo realmente increíble es que Lars von Trier con su distanciamiento en la manera de narrar la historia (con voz en off y en capítulos —como ya ha hecho en otras ocasiones—) y de visualizarla realiza una radiografía dura pero tremendamente realista de un mundo que es complejo, contradictorio y cruel… Así plantea cuestiones y temas incómodos desde ópticas que nos ponen en situaciones desagradables pero que nos hacen pensar. Grace es un personaje interesantísimo y complejo (esta vez tiene el rostro de Bryce Dallas Howard y no el de Nicole Kidman) porque parte siempre de un rostro angelical y un comportamiento donde aparentemente prima el idealismo, la buena fe y la bondad para terminar metiendo la pata una y otra vez y sacar siempre lo peor de cada uno… Al final termina siempre con la huida de Grace a los brazos de su ‘odiado’ padre, un gánster, y comportándose como ha negado desde el principio que se comportaría. Esta vez sus intentos se vuelcan en acabar con la esclavitud de Manderlay, conseguir la igualdad entre blancos y negros, alcanzar la libertad, instaurar un sistema democrático, el trabajo en equipo y que entre todos saquen  adelante la finca. No será misión tan fácil ni llevadera…

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El callejón de los milagros (1994) de Jorge Fons

Antes de Amores perros existió El callejón de los milagros donde su director Jorge Fons entralaza la historia de sus personajes trágicos inspirándose en la novela del egipcio Naguib Mahfuz. Pero en vez de ser un callejón de El Cairo es un callejón de un México D.F. contemporáneo. Un callejón que no deja volar a sus habitantes y que si vuelan no es para tener experiencias precisamente bonitas. Todos regresan al callejón… y lo de los milagros es un insulto. Sus vidas son tragedias que arrastan… y destinos que sólo traen a la cabeza canciones tristes. Y si en Ámores perros en sus historias trágicas entrelazadas en la parte más marginal terminaba surgiendo una cierta belleza y poesía… esa semilla ya estaba plantada en este callejón de los milagros. Un hombre mayor, dueño de una cantina, casado y con un hijo con el que no se lleva bien… se deja llevar por lo que siente de verdad: decide vivir su historia de amor con un joven dependiente. Pero no será una idílica historia de amor, sí una historia de rechazo, incomprensión y violencia… Alma una chica joven que sueña, que quiere salir del barrio, de su casa… y que son muchos los que la prentenden. Sobre todo el peluquero, Abel, que sueña con prosperar en EEUU y poder así volver rico para casarse con ella para que no les falte de nada. Y una vieja solterona que sueña con que la amen y que se cree a una vecina que le lee las cartas, la mamá de Alma, cuando ésta le dice que pronto encontrará el amor… Todas las historias empiezan en el mismo momento… después, en un lapso de tiempo todos se volverán a encontrar las caras y precisamente no nos contarán historias con finales felices… Por cierto fue la carta de presentación de Salma Hayek.

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M. Butterfly (M. Butterfly, 1993) de David Cronenberg

… Cronenberg nos lleva de la mano a sus ambientes inquietantes, a sus identidades extrañas y crea una historia de amor trágico (adaptando una obra de teatro que parte de una historia real). Así un diplomático francés en China (en la China de la Revolución de Mao) se enamora de un ideal ‘una mujer perfecta’ que es la representación de un ‘mito’, Madame Butterfly, la triste heroína de la ópera de Puccini. Y ese ideal es una ‘diva’ de la Ópera China… un hombre que actúa como una mujer. Y no hago spoiler porque lo que Cronenberg muestra es que todos sabemos la verdad desde el primer instante, todo es cuestión de identidades. Y nuestro protagonista lo que hace es enamorarse del amor, de un ideal que crea que tiene otra percha. Por eso cuando se descubre esa percha, él pierde a su amor. Se hunde. Cuando se descubre el engaño, todo carece de sentido… Y ahí Jeremy Irons, digna ‘diva’ del melodrama, nos regala un final que nos lleva hasta el extasis, hasta el extremo del dolor… se convierte en una Madame Butterfly que entiende el concepto de pérdida.

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Escalofrío en la noche (Play Misty for me, 1971) de Clint Eastwood

Antes de que existiera la tramposa y exitosa Atracción fatal en los 80, Clint Eastwood empezó su carrera como director con Escalofrío en la noche donde Jessica Walter da bastante miedo como amante obsesiva que se apodera del tiempo y del espacio del donjuán de turno, un locutor de radio especializado en Jazz y programa nocturno. Y así Eastwood entrega un thriller inquietante revestido de años setenta bajo la atenta mirada (y algún consejo) de uno de sus directores de cabecera Don Siegel (al que le proporcionó un papel como camarero colega). Clint Eastwood ya muestra que le gusta contar historias y sabe cómo filmar una vida aparentemente tranquila que se va perturbando poco a poco por una presencia anómala… una chica encantadora pero que se obsesiona hasta la médula del amante y que saca toda su rabia cuando percibe el rechazo. Agradable sorpresa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

George Méliès. La magia del cine

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Cuando hay conocimiento pero también pasión y cariño de por medio ocurre que de pronto un ciudadano puede entrar en un mundo mágico donde la ilusión y la fantasia son los ingredientes principales. Y eso ocurre con la magnífica exposición Georges Méliès. La magia del cine y es que es un lujo cuando una muestra está tan bien hecha y cuidada. Hildy Johnson entró a las 10.00 de la mañana y no salió hasta la 13.30…

Y es que el viaje merece la pena… porque se aterriza en el universo de Méliès (1861-1938). Y no se quiere salir de él. Así la imagen icónica de esa luna cuyo ojo es atravesado por una nave espacial simboliza cómo el realizador-creador (y mil cosas más) se dio cuenta de que el cine era algo más que imágenes en movimiento. El cine podía plasmar lo imposible. Todos los sueños se reflejarían en la pantalla blanca. Y así en ese estudio acristalado (desgraciadamente desaparecido), Méliès dio rienda suelta a la imaginación. Y se podía ir a la luna o al fondo de los mares. Y surgían demonios, bailarinas que salían de linternas mágicas, magos que hacían desaparecer a damas, una luna que era seducida por el sol, cabezas que se volvían gigantes y estallaban, fantasmas, muertos vivientes, magos, monstruos, bellas mujeres sentadas en estrellas…

Además no sólo disfruta el cinéfilo sino también el curioso porque Méliès era una especie de Leonardo Da Vinci que protagonizó una vida de película. Así era capaz de realizar todo tipo de dibujos para atrapar todo lo que producía su mente. Se convirtió en un buen mago y arrendó el mítico teatro de Robert Houdin. Allí aprendió a ser director de teatro, actor, decorador, técnico… Después descubrió las primeras proyecciones de los hermanos Lumière y se enamoró de esa nueva forma de expresión… y entonces fascinado se convirtió en realizador, productor, actor, director artístico y de efectos especiales y distribuidor… A principios de siglo tenía casi un imperio de sueños. Pero en la década siguiente todo se fue desinflando hasta que terminó arruinado y en olvido como vendedor de juguetes en el vestíbulo de la estación de tren de Montparnasse en París.

Y es que ahora mismo Méliès no es un gran desconocido sino que todavía es reciente el fenómeno editorial de La invención de Hugo Cabret, un cuento ilustrado de Brian Selznick, que fue llevado al cine en 2011 por Martin Scorsese que realizó un sentido homenaje al cine. Y el centro del libro y la película es George Méliès. Así el realizador es un rostro reconocible. Cercano. Un rostro que despierta curiosidad…

Cada sala, exquisitamente cuidada, muestra un aspecto del universo de este creador que vio en el cine la posibilidad de lo fantástico. Así indagamos en todas sus influencias y damos un paseo interesantísimo por el pre-cine. Los espectáculos de magia se mezclan con las sombras chinas o las linternas mágicas y otros aparatos, antes del proyector, que atrapaban el movimiento. En un espacio nos encontramos con el fascinante mundo de las fantasmagorías y en otro descubrimos esas primeras imágenes que proyectaron los Lumiére. Más allá nos enfrentamos con el escenario del teatro Houdin y sus carteles o con todos aquellos artilugios que hacían posible fenómenos donde la lógica no tenía sitio.

Después cuando Méliès ya tiene todo su arsenal de imaginación y fantasia y dispone de una cámara de cine se despliega su mundo en la pantalla blanca y entonces el visitante se convierte en ‘espectador’ de sus obras cinematográficas y monta en la nave que le hará llegar a la luna. Así en un viaje increíble irá pasando pantalla por pantalla a mundos inimaginables. Porque si algo destaca en el universo de este realizador es que no hay sitio para la lógica o la coherencia y sí para la sinrazón y los fenómenos extraños.

De alguna manera el visitante se convierte en un viajero de sueños de celuloide que no quiere abandonar la nave y que espera llegar a esa luna imaginada… que sobrevive en su subsconsciente.

Nota: la exposición ha sido organizada por la Obra Social ”la Caixa” en colaboración con La Cinémathèque française y se puede visitar en Caixaforum Madrid (Paseo del Prado, 36) hasta el 8 de diciembre… Es una buena disculpa para una escapada. Está abierta todos los días de 10.00 a 20.00 horas y la entrada al recinto es de 4 euros.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.