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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

El blues de Beale Street

Tish y Fonny, los amantes caídos en desgracia de El blues de Beale Street.

El blues de Beale Street confirma que el cine de Barry Jenkins no solo se ha convertido en una interesante parada en la senda del melodrama cinematográfico, sino que además el director es un crítico de pluma certera, pero con una elegancia innata. Golpea con su cámara, pero la primera sensación es que como si estuviese acariciando. Si en Moonlight ya dejaba ver las pinceladas de su puesta en escena y las claves de su cine, en El blues de Beale Street plasma ya en el lienzo los matices necesarios para construir un melodrama romántico y, de fondo, una contundente oda sobre la opresión de los afroamericanos en EEUU.

Para ello parte de una novela del activista James Baldwin (en castellano, con el mismo título de la película). Este autor es el centro de un magnífico y reciente documental, I am not your negro, de Raoul Peck, donde el director haitano actualizaba el discurso ideológico de Baldwin que trató de plasmar una historia que aún se sigue escribiendo, la de la lucha por los derechos de los afroamericanos. En su literatura Baldwin también trataba de entender por qué ocurría esa historia larga sobre sometimiento y poder, por qué se silenciaban voces y vidas… y por qué se construía un discurso a través del cine y la publicidad que invisibilizaba o reflejaba de una determinada manera al afroamericano (como el otro, como el enemigo a batir, al que silenciar). En el panorama cinematográfico ese discurso se ha ido resquebrajando… Lo que Baldwin quería entender, y también Peck, es por qué y cómo se perpetuaba esta situación. Ahora cada vez son más los directores afroamericanos que miran a través del objetivo y que construyen otro discurso, visibilizan. Y uno de ellos es Barry Jenkins, que retoma de nuevo el discurso de Baldwin a través de su novela e inserta certeramente en la película fotografías en blanco y negro, que recuperan la dureza de lo que quería transmitir I am not your negro.

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The old man and the gun

Robert Redford en la sala de cine, su personaje ¿se convertirá en espectador o volverá a la acción?

Durante una secuencia, la pareja protagonista, Forrest Tucker (Robert Redford) y Jewel (Sissy Spacek), va al cine. Se convierten en espectadores…, pero Tucker está inquieto y triste, se siente extraño, él quiere protagonizar su propia película, y no quiere parar. Robert Redford ha tenido un especial cuidado durante toda su carrera tanto en la elección de proyectos como en la evolución de su personaje cinematográfico, de esta manera ha sabido escoger y preparar la película que ha elegido para despedirse de la pantalla de cine (no obstante es también el productor). En la dirección está David Lowery, que ya en Un lugar sin ley dejaba intuir las huellas en su cine de directores del Nuevo Hollywood en los años setenta como Terrence Malick o Robert Altman en Los vividores. La historia elegida surge de la prensa: un grupo de ancianos que son atracadores de bancos y cuyo líder Forrest Tucker ha sido un espíritu libre toda su vida. Su ruta ha sido ser perseguido por la ley, entrar en prisión, fugarse una y otra vez y volver a delinquir. Así The old man and the gun ofrece puro cine clásico con aire crepuscular y desencantado del cine de los setenta.

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Los perros (Los perros, 2017) de Marcela Said

Los perros

Mariana, una heroína poco común en Los perros

A Mariana (Antonia Zegers) le regalan un enorme cuadro del pintor Guillermo Lorca donde una niña espectral con traje blanco se encuentra situada como en una especie de cima rodeada de galgos. Es una imagen onírica, inquietante, enfermiza e incómoda. Así de desasosegante es la película de la chilena Marcela Said. Los perros se rodea de un simbolismo incómodo donde su protagonista no es una heroína al uso. Sus reacciones desconciertan. Es una mujer de unos 40 años, que se está sometiendo a un tratamiento de fertilidad, y que pertenece a la clase alta chilena. Su andadura no es la de la dama que descubre una memoria histórica que destapa el pasado oscuro de su familia y se rebela. Es el de dama que descubre e impasible quema y deja que todo se enquiste. Los perros muestra la ambigüedad, sobre todo de las clases altas, ante una dictadura que cambió la ruta de Chile.

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Border

Vore y Tina, en el bosque, al margen de todo.

Tina se descalza para andar por el bosque donde vive. Observa a los insectos, se baña desnuda en el lago… Ella se emociona cuando un zorro se asoma a su ventana o es tremendamente respetuosa con los alces. Su conexión con la naturaleza rodea Border de un halo onírico y extraño. ¿Quién es Tina? Es una mujer muy poco agraciada, con rasgos imposibles. Tímida, silenciosa y muy valorada en su trabajo en la aduana. Porque Tina huele los sentimientos humanos. Huele el miedo, la vergüenza, la culpa… y eso la hace infalible en su puesto. Hasta que un día se cruza en su vida Vore… y le huele. Y no entiende lo que pasa. Su mundo se trastoca. Su ordenado universo de funcionaria solitaria se derrumba. A sus referentes más cercanos, el hombre con el que convive y su padre, los mirará de otra manera. De pronto empieza a preguntarse quién es ella realmente… Por qué nunca ha encajado y por qué siempre se ha sentido distinta…

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Juliet, desnuda

La sonrisa, entre encantadora y pícara, de Ethan Hawke.

Hay días para determinado tipo de películas. La que esto escribe tiene especial querencia por los caminos inescrutables de la comedia romántica. Y esos caminos todavía llevan a paradas agradables, como ocurre con Juliet, desnuda. Parada agradable, con más fondo del que aparenta. ¿Qué pasa cuando parece que, por distintas circunstancias, hemos dejado pasar como un suspiro quince o veinte años de nuestra vida… y ya estamos en la cuarentena? ¿Se puede partir de cero de nuevo? ¿Se puede dejar la zona de confort y atreverse, quizá, a mejores oportunidades? ¿Uno puede tomar de nuevo el rumbo? ¿Volver a reconstruirse? ¿Hay cosas que pueden repararse? Estas preguntas acompañan a los dos protagonistas de Juliet, desnuda. Y quizá para alguna encuentren respuestas, pero una vez que uno se cruce en la vida del otro y viceversa. La película adapta una novela de Nick Hornby, que es un autor cuyos libros han sido llevados varias veces a la pantalla blanca (Alta fidelidad o Mejor otro día) y que también ha escrito guiones (An education o Brooklyn). Hornby tiene querencia por construir personajes con pasiones muy fuertes y que, sin embargo, arrastran desencantos, pero a la vez estos tienen la posibilidad de reconstruirse o la vida les ofrece segundas oportunidades ante las caídas.

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El regreso de Mary Poppins (Mary Poppins Returns, 2018) de Robert Marshall

El regreso de Mary Poppins

La bicicleta, un transporte muy especial en El regreso de Mary Poppins

Al final de El regreso de Mary Poppins, la institutriz protagonista se mira en un globo y vuelve a decir una frase que ya decía en la versión de 1964, que ella es “casi perfecta”. Y esta frase se puede emplear como metáfora para la secuela de Robert Marshall, que se esfuerza tanto en ser “casi perfecta”, en no defraudar a los que son amantes de la película de Walt Disney y Julie Andrews y en gustar a las nuevas generaciones, que se convierte en una película enjaulada, sin la espontaneidad y frescura de su predecesora. Pero, sí logra ser un continuo homenaje, y si uno olvida antecedentes, y recupera los ojos de un niño, puede hundirse en su encanto (recomendación: huir de la versión doblada… ¡se doblan hasta las canciones!). Robert Marshall y compañía realizan una película prácticamente paralela a la anterior en su estructura, pero deja patente que es una secuela.

Emily Blunt crea una Mary Poppins con mucho encanto, recta y exigente, pero siempre con una sonrisa que muestra a una mujer mágica que soluciona problemas, pero haciendo que cada uno de los personajes se enfrente a ellos, quizá desde otro punto de vista, buscando siempre una puerta que se abra. Las canciones y los números musicales lucen perfectos, pero en ninguno se alcanza el éxtasis o la sensación de que seguirán brillando en la posteridad. Los disfrutas mientras los ves, pero ninguno se graba en la memoria o hace que repitas una y otra vez la melodía. Es una auténtica gozada disfrutar de toda una galería de viejas glorias que siguen traspasando la pantalla: David Warner, Julie Walters, Dick Van Dyke, Angela Lansbury…, junto a dos actores maduros y muy en activo, como Meryl Streep (que no pierde oportunidad de pasárselo bien) y Colin Firth, y con una nueva hornada de intérpretes prometedores: una chispeante Emily Blunt, reina de la función, junto a Ben Whishaw y Emily Mortimer, como los crecidos hermanos Banks. Desde Broadway se rescata al actor de musicales, Lin-Manuel Miranda, como el farolero Jack, recuperando otra profesión del mundo analógico, así como hacía Van Dyke con la de deshollinador en la versión de los sesenta. Y, como no, para él y los otros faroleros será uno de los momentos más espectaculares de la película. Jack tendrá la misma función que Van Dyke en la anterior versión, ser introductor de la historia y acompañante de las aventuras de Mary Poppins con la nueva generación de niños Banks, pero para bien o para mal, su rostro y comportamiento es más anodino y menos histriónico que el de su predecesor.

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