Los perros (Los perros, 2017) de Marcela Said

Los perros

Mariana, una heroína poco común en Los perros

A Mariana (Antonia Zegers) le regalan un enorme cuadro del pintor Guillermo Lorca donde una niña espectral con traje blanco se encuentra situada como en una especie de cima rodeada de galgos. Es una imagen onírica, inquietante, enfermiza e incómoda. Así de desasosegante es la película de la chilena Marcela Said. Los perros se rodea de un simbolismo incómodo donde su protagonista no es una heroína al uso. Sus reacciones desconciertan. Es una mujer de unos 40 años, que se está sometiendo a un tratamiento de fertilidad, y que pertenece a la clase alta chilena. Su andadura no es la de la dama que descubre una memoria histórica que destapa el pasado oscuro de su familia y se rebela. Es el de dama que descubre e impasible quema y deja que todo se enquiste. Los perros muestra la ambigüedad, sobre todo de las clases altas, ante una dictadura que cambió la ruta de Chile.

Mariana, sí, trata de rebelarse contra muchos perros al acecho. Sobre todo contra su padre y su esposo, que monopolizan su vida de niña mimada. Uno, le hace firmar sin mirar papeles del negocio familiar. Sin voz ni voto. El otro, empeñado en que Mariana se convierta en madre, sin parecer que sea algo que esta desee. Este solo es el dominio visible, la punta del iceberg. Ella se deja mimar, pero encuentra el modo de desestabilizar a las dos figuras masculinas. Mariana no quiere que la manden y quiere ganar una partida. Mariana da clases de equitación con Juan (Alfredo Castro). Y va descubriendo como este es un ex coronel, que además de conocer a su padre, tuvo que ver con muchas desapariciones durante la dictadura, y que ahora está siendo investigado para ser juzgado. Y ella juega y provoca con un amor prohibido. Le atrae la figura de su maestro de equitación. Y mientras además se desvela que la riqueza de su padre quizá pudo cimentarse porque otros como Juan realizaron el trabajo sucio. Los que se enriquecieron no son condenados y sí totalmente asimilados en la sociedad, pero procuran no relacionarse con aquellos que ahora son perseguidos y condenados. Todo enquistado. Y otros como Mariana o su marido argentino prefieren seguir la senda de la indiferencia, no querer ver, o mantener la comodidad económica y los privilegios, aunque se permitan una leve crítica de fondo.

Pero el acierto de Marcela Said es cómo empapa la película de un ambiente malsano, como de pesadilla continua. Todos los personajes incomodan, no existe posibilidad de empatía con ninguno. Hasta tal punto que el padre de Mariana (Alejandro Sieveking), siempre con sonrisa perenne, se convierte en un personaje terrorífico, y el personaje finalmente más coherente con su manera de comportarse y asumiendo lo que hizo, sin arrepentimiento alguno por otra parte, es Juan. Y Mariana es la testigo de una sociedad que no asume, que es ambigua y que crea una cárcel angustiosa. Ella misma vuelve a encerrarse en la cima, en su casa en las alturas. Los caballos son domados, pero pueden encabritarse en algún momento. Y los perros de caza persiguen, pueden ser guardianes y fieles…, pero terminan siendo abatidos.

La familia (La familia, 2017) de Gustavo Rondón

La familia

Padre e hijo… supervivientes.

A través de la relación paterno filial entre Andrés y Pedro, el realizador venezolano Gustavo Rondón muestra una Caracas sumida en la desesperanza. Una Caracas que, como ya mostraba también Mariana Rondón (coinciden en apellidos, pero no son familia) en Pelo malo (donde los protagonistas eran una madre y un hijo), es un polvorín. Y si encendemos hoy el telediario efectivamente se comprueba que el polvorín ha estallado. La familia es su primer largometraje y pasea por una Caracas donde sus habitantes tratan de sobrevivir, donde sortean la violencia y la precariedad, como se puede. Y como dice el padre de esta historia, Andrés, “resuelve, resuelve”. La clave es seguir hacia adelante y resolver continuamente problemas y obstáculos.

Andrés y Pedro tienen una rutina diaria, y en esa rutina apenas hay espacio que puedan compartir juntos. Andrés, padre, tiene ciento y un trabajos precarios, además de algún trapicheo extra. Pedro juega con sus amigos, pisa las calles y respira la violencia diaria. Una pelea callejera de Pedro y su conclusión hacen que padre e hijo tengan que huir… y convivir. Mirarse uno al otro… y compartir un dolor. Miradas y silencios. Y reconocer que ambos están heridos por la ausencia de la madre: que sale en una fotografía o en un recuerdo donde todos compartieron otros tiempos en una piscina. Y de fondo una Caracas hostil y cansada, pero que también les va uniendo. Andrés y Pedro ante las dificultades juntos se van reconociendo… Sin estridencias descubren que quizá solo se tengan el uno al otro.

Gustavo Rondón en sus diversas entrevistas ha dicho sus influencias. Por una parte el neorrealismo italiano y por otra el cine de los hermanos Dardenne. Así su cámara persigue a los personajes por las calles, y mezcla actores profesionales con otros que no lo son… y continua con toda una tradición cinéfila donde se refleja las vicisitudes entre un padre y un hijo ante las dificultades de la vida, que ya tiene sus ecos en Charlot con el chico, pero que efectivamente toca cotas muy elevadas en Un ladrón de bicicletas o en El ferroviario… Rondón sigue con esas historias de padres e hijos que se miran y se reconocen, y juntos, como pueden, se dedican a la supervivencia…

Nota: Los perros está nominada a mejor película iberoamericana de los Premios Goya 2019. La familia se está proyectando en La Casa de América en Madrid hasta el día 2 de febrero.

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