Tres buenos eventos cinematográficos en Madrid: Animaladas, Instituto Benjamenta y Un bigote para dos

1.- Animaladas en Verdi Kids

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La primera vez en una sala de cine de mi sobrina Vega, de dos años, ha sido con una sucesión de maravillosos cortometrajes de animación bajo el título genérico de Animaladas. Resulta que no solo disfrutó ella del evento, sino que su tía Hildy (acompañada de los padres de sus sobrinas, de Luna, su otra sobrina y ya cinéfila y de otra amiga de su sobrina y su madre) disfrutó de lo lindo con la propuesta. Estos cines apuestan por sesiones infantiles cuidadas, pensadas y bien elegidas que tratan de poner a disposición de los más pequeños un enriquecedor mundo cinéfilo. No había tenido oportunidad de asistir a ninguna sesión, y hacía tiempo que me apetecía, hasta esta ocasión.

Siete cortos de distintas nacionalidades, épocas y con distintas técnicas de cine de animación han sido todo un deleite. Todos los cortometrajes se servían del sonido del mundo animal y la música para contar sus pequeñas historias. El programa nos llevaba al descubrimiento de creadores checos, suecos, alemanes, americanos y franceses.

De todos, el más mágico y sensible o con el que por lo menos conecté al máximo fue El pájaro ballena (2011) de la francesa Sophie Roze. Un delicado y poético cuento entre un pájaro gigante y una niña lectora…, con un trazo sencillo pero hermoso y con apenas dos colores y todas sus gamas, marrones y negros, como si fueran delicados recortes de papel…

Después, uno de los cortometrajes clásicos de Warner, una creación de los años 30 de Rudolf Ising, Concierto marítimo… donde su alegre y musical protagonista termina en el fondo del mar y protagoniza un improvisado y genial concierto con aires de jazz… Todo en blanco y negro y con mucho ritmo.

De la animación checa dos cortometrajes de los años setenta de Zdenek Miler y Hermina Tyrlova. El grillo y el violín y La fiesta de la granja, respectivamente. Animación de un clásico checo con una vital historia de un grillo juguetón pero con mucha sensibilidad musical. Y el otro, de una de las creadoras checas más prestigiosas, sobre todo reconocida por su uso del stop motion y por el cuidado vertido en la construcción de sus marionetas… En esa fiesta de granja, unos animales realizados con trozos de fieltro cobran vida…

Desde Suecia las aventuras de un solitario y extraño conejo llamado Booo (2009), con el trazo sencillo de la creadora Alicja Jaworski. Booo y sus aventuras con tres traviesos amigos. Y desde Alemania otra pequeña joya…, un delicado sueño de una niña que hace que los monstruos de sus pesadillas protagonicen un peculiar coro. Se trata de La sinfonía de los monstruos (2012) de Kiana Naghshineh y también un trazo sencillo pero con una recreación mágica y especial del mundo onírico.

Por último la animación digital de la mano del francés Nicolas Deveaux con 5,80 metros donde descubrimos qué pasa en las piscinas públicas cuando están cerradas al público: que unas trabajadoras jirafas practican sus saltos desde los trampolines. Divertidísimo y espectacular.

2.- Instituto Benjamenta de los hermanos Quay y otras sorpresas en el ciclo Metamorfosis en La Casa Encendida

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Son varias las sesiones a las que estoy asistiendo en la sala audiovisual para entender los universos ricos, únicos y especiales de Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay. Estos creadores son los protagonistas de una magnífica exposición (que tuve la suerte de disfrutar ya en Barcelona y ahora en Madrid) que recomiendo con fervor: Metamorfosis. Visiones fantásticas de Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay.

Los cuatro creadores eran absolutamente desconocidos para mí y su descubrimiento ha sido un interesante hallazgo. Sus particulares universos arrastran a mundos fantásticos, a un entendimiento especial del cine de animación y de ficción, y a un conocimiento de referencias extraordinarias. Y los cuatro se comunican y dialogan entre sí y con otras apasionantes influencias del mundo de la pintura, la literatura, la ciencia… Y ponen de manifiesto de lo que es capaz la imaginación, de cómo se puede volar a otros mundos ajenos, mágicos llenos de fantasía. Donde la inocencia se mezcla con el miedo y la crueldad. Donde lo bello entra en contacto con lo terrible. Donde lo onírico y lo inconsciente permite el vuelo a lo inexplicable y extraño.

Entre las actividades paralelas a la exposición hay un interesante ciclo para conocer la obra cinematográfica de estos creadores así como el de otros creadores que influyeron en ellos o que ellos influyeron en tales…

Al último que asistí fue al largometraje de ficción de los hermanos Quay, Instituto Benjamenta. This Dream People Call Human Life (1996), una especial adaptación cinematográfica de una obra literaria de Rober Walser, Jakob von Gunten. El universo literario de este autor de principios del siglo XX es una de las inspiraciones de los hermanos para su peculiar universo. Un autor que arrastraba una depresión y melancolía continua… cuyos trabajos (como sirviente, empleado de banca o secretario) y su vida errante conformaron su personalidad volcada en sus manuscritos.

Instituto Benjamenta nos introduce en un extraño y cruel cuento de hadas (con toques de la bella durmiente, Blancanieves y la Bella y la bestia) bajo la óptica de un hombre desequilibrado. El instituto del título es una institución siniestra donde varios hombres son preparados con extraños métodos para servir a los demás. La institución la llevan adelante dos hermanos oscuros: un hombre distante y cruel y una mujer bella y amarga. Todo se desbarata en ese edificio de estancias con una vida propia, entre la pesadilla y los sueños hermosos, con la entrada de un último alumno introvertido pero que modifica el funcionamiento de la institución.

Los hermanos Quay crean espacios imposibles en un onírico y melancólico blanco y negro. Una película rara, inquietante, sensual e hipnótica con imágenes hermosas y surreales que atrapan a un espectador que se encuentra con un universo muy especial. Instituto Benjamenta muestra un especial mundo de objetos y habitaciones que desconciertan como la vara, una pezuña de ciervo, de la maestra o el espacio vacío donde solo hay una extraña pecera con un pez. Sus protagonistas son actores de carne y hueso que habitan un mundo mágico y desasosegante.

3.- Investigación cinematográfica. Proyección de Un bigote para dos de Tono y Mihura en el cine estudio del Círculo de Bellas Artes

Después de años de investigación cinematográfica, Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo han recuperado, como les gusta puntualizar, una aproximación de lo que pudo ser Un bigote para dos de Tono y Miguel Mihura. Un experimento cinematográfico (ya con antecedentes… y también con ilustres ejemplos posteriores a su fecha de creación, recordemos lo que hizo Woody Allen en uno de sus primeros proyectos cinematográficos en 1966 al doblar una película japonesa de espías para convertirla en la absurda Lily, la tigresa) que recurre a películas ya realizadas de otros países y doblarlas con diálogos absolutamente delirantes construyendo una historia absolutamente diferente o ofreciendo otro punto de vista narrativo.

Un bigote para dos se estrenó en los cines durante el año 1940. No fue mal recibida por la crítica pero sin embargo el público no logró conectar con ese experimento de humor absurdo. Además la película se enfrentó a una polémica y es que Enrique Jardiel Poncela arremetió contra sus creadores y consideró un plagio y un robo esta creación. Él decía que era exactamente lo mismo que él hizo años atrás, en 1933, con seis cortometrajes de cine mudo a los que tituló Celuloides rancios por un encargo de un gran estudio (la Fox).

Desgraciadamente se habían perdido las posibles copias originales de Un bigote para dos. Por suerte los historiadores han logrado encontrar la película original, una mediocre opereta austriaca, Unsterbliche melodien, 1935 sobre los amores de Johann Strauss hijo. Y sobre ella, ya que sí se conservaba el guion de Tono y Mihura, han sobreimpreso los subtítulos con todos los matices especiales de sus creadores (voces de la conciencia, efectos visuales, escenas que eliminaron del original, voces fuera de cuadro…, etcétera).

Los dos historiadores además de contar con un blog, escribieron un apasionante artículo narrando toda la historia y la creación de esta obra en la revista Caimán del mes de noviembre. Entre otras cosas explican la experiencia cinematográfica de estos dos creadores, que pertenecían a esa otra generación del 27. Tono fue uno de los españoles que viajó a Hollywood cuando a principios del cine sonoro no existía todavía el doblaje y se planteó el realizar copias de las películas americanas con actores españoles o de América Latina. Se necesitaban escritores que pudieran adaptar al castellano los guiones. Y Mihura trabajó junto a su hermano (que sería también un director de cine), cuando ya existía el doblaje, en los estudios Fono-España para entre otras cosas ajustar adecuadamente los diálogos en las películas dobladas.

Los que pudimos asistir a la primera proyección que se realizaba en el cine estudio del Círculo de Bellas Artes (anteriormente se había realizado el estreno de este buen proyecto histórico en la Cineteca del Matadero), escuchamos también a un entusiasta Felipe Cabrerizo contando con pasión todos los pormenores y contextualizando la obra cinematográfica que íbamos a visualizar. Además tuvimos un regalo extra: uno de los cortometrajes de Enrique Jardiel Poncela, divertidísimo, Los ex presos y el expreso.Y ni más ni menos que el cortometraje empleado para los subtítulos de Poncela (originalmente era su voz lo que escuchaba el público que acudía a la proyección) es el mítico Asalto y robo de un tren de Edwin S. Porter. Después disfrutamos de los delirantes y absurdos diálogos de Un bigote para dos que crean una divertida comedia de lo más alocada. Las risas eran inevitables. Y un deleite participar, como espectadora, en tal descubrimiento e investigación. Así pasamos la tarde entre señores con bigote, una desgraciada enamorada que tiene voz de hombre, otra que le roba el novio, personajes que se regalan patatas fritas con forma de flores, otros que van a espectáculos donde hay suculentos menús en escena, tristes citas suspendidas a la plaza de toros y el señor con bigote protagonista que siempre le anda siguiendo una molesta voz de la conciencia…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Generación de la televisión y las voces de los perdedores. Vuelve, pequeña Sheba (Come back, little Sheba, 1952) de Daniel Mann/ Requiem por un boxeador (Requiem for a heavyweight, 1962) de Ralph Nelson

Hubo una generación de directores americanos que durante los años cincuenta empezaron a formarse como realizadores en un nuevo formato que prometía y posibilitaba la innovación y experimentación (luego fue tomando otros derroteros donde importaba más los altos niveles de audiencia y el negocio que la calidad y la experimentación), la televisión. Así surgieron además de las primeras series de ficción, los dramas para televisión con actores de prestigio, buenas historias, buenos guionistas y jóvenes directores profesionales y preparados. Fue tal el éxito y la calidad de algunos de estos episodios dramáticos para la televisión, que varios de estos directores dieron el salto a la pantalla con la adaptación al cine de estos formatos televisivos. Así algunos de los casos más conocidos son el de Delbert Mann con Marty o Sidney Lumet con Doce hombres sin piedad. Ambas películas fueron antes un éxito televisivo y después otro éxito en la pantalla. El material de partida de alguno de estos dramas era el escenario de teatro pero también se crearon historias originales para la pantalla de televisión. En su salto a la pantalla, estas películas ya se realizaban fuera del sistema de estudios, al margen o eran proyectos excepcionales del gran estudio de turno, comenzaba a cobrar vida lo que se convertiría en cine independiente. Los directores de la Generación de la televisión se convirtieron en el puente entre los directores de prestigio de los estudios y los que darían paso a la generación del Nuevo cine americano con la caída del sistema.

Las primeras películas de estos directores eran historias cotidianas que daban voz a la otra América, a los perdedores o a los que tenían dificultades para vivir en el día a día. La pantalla trataba temas de realismo social que no estaban siendo tocados en grandes superproducciones o en el cine en general debido, entre otros motivos, porque el código Hays seguía activo y fuerte. Y empeñado en que no se hablase continuamente de dependencias, adicciones, pobreza, injusticia, relaciones humanas complejas… en personas como los propios espectadores, normales y corrientes, sin el glamour de un Marlon Brando o un Paul Newman o una Natalie Wood.

La sesión doble de hoy propone dos películas de dos directores más desconocidos de la Generación de la televisión y que antes fueron dramas para la televisión y después dieron el salto a la pantalla blanca. Son dos películas olvidadas pero ambas magníficas e interesantes a la hora del análisis. Sorprende no solo cómo se cuentan estas historias, sino qué es lo que cuentan y cómo están interpretadas.

Vuelve, pequeña Sheba (Come back, little Sheba, 1952) de Daniel Mann

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Un matrimonio que arrastra toda la amargura y la melancolía de lo que fueron, pudieron ser y son. Se quieren a su manera. Con unos códigos muy especiales. Viven solos, sin hijos. Ella descuidada, solitaria, vencida, hablando siempre del pasado con nostalgia. No para de parlotear. Ha perdido a su perrita Sheba y la echa de menos. Sueña con ella. Él es callado, introvertido, mira resignado pero a veces con infinito cariño a su mujer, sale todos los días a trabajar y lleva más de un año sin beber. Acude a Alcohólicos Anónimos. Ellos son Lola y Doc (Shirley Booth y Burt Lancaster). Y llevan con monotonía y conformidad sus vidas…, unas vidas que no han sido fáciles. De pronto, alguien entra en su hogar y su frágil cotidianidad se va rasgando de nuevo en mil pedazos. Porque Lola y Doc tratan de ser supervivientes y seguir juntos y no hundirse y desesperarse del todo. Ese alguien es una joven estudiante de Bellas Artes, Marie (Terry Moore).

Hay una cita colgada de la pared de las reuniones de Alcohólicos Anónimos donde acude Doc, que recuerdo más o menos así: “Señor, dame determinación para cambiar lo que se puede cambiar, serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar y sabiduría para distinguir una de la otra”. Y esto es lo que les va ocurriendo a Lola y a Doc cuando proyectan su pasado en Marie y sus experiencias con los jóvenes que rodean su vida. De golpe, vuelven todas sus frustraciones, sus sueños rotos, sus fracasos, sus miedos, sus secretos, sus errores…, poco a poco vuelven a quebrarse. En silencio. Casi sin darse cuenta de lo que está ocurriendo. Hasta que Doc no aguanta la visión de una botella de alcohol y entonces llega la catarsis emocional y es cuando somos conscientes del infierno que ha vivido Lola y del infierno de Doc. Pero son dos supervivientes emocionales… y tienen que seguir viviendo…

El material de partida de Vuelve, pequeña Sheba es una obra de teatro de William Inge que interpretó con éxito Shirley Booth que es la protagonista también del drama en televisión y en la pantalla de cine (además ese año gano el oscar a la mejor interpretación femenina… y merecido). Y en la pantalla acompaña a la actriz, que compone un personaje femenino complejo y lleno de matices, un Burt Lancaster poderoso como hombre fracasado y sin ilusiones que trata de superar su adicción, el alcohol. Un Burt que pasa de hombre introvertido y gris a estallar y mostrar sus frustraciones de forma violenta a través de la botella. Así el matrimonio de Lola y Doc es un matrimonio complejo que arrastra un pasado (ni mejor ni peor que muchos) y que ha construido un tipo de relación para sobrellevar el día a día. Para sobrellevar esos sueños rotos, esas frustraciones, esos fracasos y errores cotidianos…Y es que como decíamos, comentando otra película, el amor es extraño y puede ser muy doloroso y destructivo.

Daniel Mann además de contar con dos intérpretes que se meten en sus personajes y los modelan y construyen, se encierra en su hogar (sale con ellos tan solo a Alcohólicos Anónimos) y desarrolla su universo frágil que se desmorona con la llegada de la joven estudiante. Y narra esta historia a través de saltos y elipsis temporales atrapando momentos cotidianos e íntimos en el hogar. En el dormitorio, en la cocina, en el salón, en el patio… Encuentros entre el matrimonio. De Lola con la estudiante. De la estudiante con Doc. De los jóvenes que visitan a la estudiante. De los tres. Del cartero con Lola o Lola con la vecina. De Marie con un joven atleta. Y todos estos encuentros privados e íntimos terminan desatando una tormenta…, necesaria para volver a construir el frágil universo matrimonial.

Réquiem por un boxeador (Requiem for a heavyweight, 1962) de Ralph Nelson

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Tres son los perdedores que pululan por Requiem por un boxeador. Un boxeador de pesos pesados, su representante y su entrenador. Los tres llevan juntos casi dos décadas. Y han vivido momentos de gloria y ahora son días de caída en picado. El boxeador Mountain Rivera (prodigioso Anthony Quinn) ha sido tantas veces golpeado que en su última lucha contra Cassius Clay, el médico anuncia que si recibe un golpe más en uno de sus ojos quedará ciego. Así Rivera tiene dos caminos. En uno es apoyado por su entrenador de toda la vida que le aprecia de veras (Mickey Rooney) y por una trabajadora de la oficina de empleo (Julie Harris), encontrar un nuevo empleo digno que le ayude a vivir tranquilo. En el otro, supone ir a parar a los bajos fondos del boxeo, a los ring de lucha, convertirse en un luchador (un wrestler) que gana o pierde según el espectáculo. Y a ese camino le condena su representante (magistral Jackie Gleason) que anda hundido en apuestas no pagadas y otros asuntos turbios, está atrapado y necesita arrastrar a Mountain para sobrevivir.

Réquiem por un boxeador no solo emociona por un Anthony Quinn que arrastra un Mountain Rivera que te parte el alma en cada escena sino porque cuenta una historia cruda y dura hasta el final. Sin respiro. Y te cuenta una historia de perdedores de manera magistral, atestando golpes a la mandíbula sin parar hasta dejar KO al espectador con la última escena.

Ralph Nelson que ya llevó esta historia con éxito a la pantalla de televisión (con Jack Palance como el boxeador, qué ganas también de verlo), salta a la pantalla y cuenta con crudeza una caída al abismo. Conocemos a Mountain desde una cámara subjetiva, es decir, lo primero que sabemos de él es qué mira y cómo sufre sus golpes en el rostro en una mirada que se vuelve cada vez más borrosa. Vemos el rostro del contrincante, Cassius Clay. Cómo cae golpeado y es llevado a rastras fuera del ring… hasta que nos encontramos con su rostro partido frente un espejo…

La dignidad de Mountain, sus ganas de hacer las cosas bien y no darse por vencido, nos lleva de la mano con el corazón encogido. Sus recuerdos, su manera de hablar, su lealtad, su sentido de la amistad, su dulzura ante la mujer que trata de echarle una mano, su miedo al fracaso o al ridículo, su vulnerabilidad… Ralph Nelson arrastra al espectador a un tobogán emocional en tugurios de mala muerte y bajos fondos con sus pinceladas de cine negro, de destino oscuro. Pero regala momentos íntimos, confesiones y revelaciones duras y hermosas a la vez. Y todo va pintando el camino que Mountain toma finalmente, plenamente consciente. La caída libre… La película se abre y se cierra en dos rings muy diferentes. El recorrido vital de Mountain se cierra en círculo. Toda su dignidad se mantiene intacta…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

10 razones para amar Candilejas (Limelight, 1952) de Charles Chaplin

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Razón número 1: la historia de una bailarina y un payaso

… porque Charles Chaplin siempre explicaba desde el principio, sin máscaras, cómo iban a ser sus películas. Aquí con un rótulo nos decía, entre otras cosas, que nos iba contar la historia de una bailarina y un payaso en Londres antes de la Primera Guerra Mundial. Y eso es lo que ofrece Candilejas.

Razón número 2: la herencia de Charlot

… a pesar de la ausencia de Charlot, su espíritu recorre toda la película. Y es que Calvero es un Charlot que reflexiona, que vuelve a sus orígenes, a sus raíces… Calvero explica y completa a Charlot. Calvero es un “comediante vagabundo” (tramp comedian). Son indivisibles e inseparables. En Calvero se encuentra todo Charlot. La risa y la melancolía. La joven dama en apuros. La miseria. La pantomima. La historia de amor imposible. Su relación con los objetos cotidianos… Lo que ofrece un anciano Calvero es la amargura y el desencanto, frente a un Charlot que daba su patadita y seguía adelante. Con Calvero baja el telón…, termina el espectáculo.

Razón número 3: la herencia de Charles Chaplin

Porque el director y artista se desnuda en Candilejas y vuelve a los recuerdos de su infancia y a su preparación en los escenarios de varietés antes de la pantalla de cine. Porque bebe de su memoria y ‘dibuja’ y se ‘inspira’ y de alguna manera el espíritu y forma de vida de sus padres se encuentran presentes.

Porque cuenta su relación con los escenarios y reflexiona sobre el público, sobre la actuación, sobre el miedo al fracaso, a la sala vacía, a ya no hacer reír, a la dignidad del artista, al trabajo bien hecho, al espectáculo debe continuar…

Porque demuestra que tras el cómico, hay un hombre complejo, un artista desencantado…

Porque presiente momentos difíciles. Sus últimos años, prácticamente retirado, y viviendo un exilio de su país de acogida con profundas dosis de amargura.

Razón número 4: la pantomima

Porque Calvero es el rey de la pantomima y lo eleva a arte. Desde su primera aparición, alcoholizado, es un espectáculo de pantomima sin palabras. Sea en sueños, sea en el escenario, sus elaboraciones cuidadas, su lenguaje del cuerpo y del rostro relucen… Porque Charles Chaplin era un maestro cuidadoso y sus números eran trabajo de años y años. Su domador de pulgas es una composición de un espectáculo del pasado, en los escenarios, que también trabajó posteriormente para llevar a la pantalla en uno de sus cortos… hasta convertirse en el espectáculo estrella de Calvero.

Porque su personaje Calvero habla tanto por la boca como con el cuerpo. Así es capaz de transformarse delante de la bailarina en flor, roca o pensamiento.

Razón número 5: la melodía

Chaplin se preocupaba por cada detalle de sus películas. Y la melancolía y el desencanto es quizá su rasgo más llamativo. Y estos sentimientos son acentuados por otro de los aspectos que adoraba cuidar Chaplin de sus películas: la banda sonora y su composición. Así crea la banda sonora, la música de fondo, de Candilejas. Esa melodía emocionante que acompaña a la bailarina que danza. Y esa melodía cuenta una historia de amor imposible.

En la película la melodía es compuesta por el joven compositor Neville (que tiene el rostro del hijo de Charles Chaplin, Sydney Chaplin) para que la baile Thereza (Claire Bloom), la joven desvalida que renace con la danza. Y este personaje, el compositor, es una premonición de Calvero. Porque el viejo payaso consciente de la imposibilidad de su historia de amor, imagina para su Thereza, mirando por la ventana, una historia de amor con un joven y atractivo compositor. Él se inspira en una anécdota que le cuenta la bailarina sobre un joven al que le vendía papel para componer música… y con el cual no cruzó palabra alguna… Calvero imagina y su historia se convierte en realidad… ante la imposibilidad de la propia…

Thereza, la bailarina, es una mezcla de rostros y personajes: se cruza la madre de Charles Chaplin, con el personaje de dama desvalida que tantas veces personificó Edna Purviance, y con el ideal femenino del creador que desemboca finalmente en el rostro de su última esposa, Oona O’Neill.

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Razón número 6: Charles Chaplin y Buster Keaton

Candilejas huele a despedida obligada de una forma de arte, de un pasado. De una forma de hacer reír. De unos artistas que conquistaron escenarios y después se convirtieron en reyes del cine silente. Candilejas regala un número especial entre dos grandes. Regala un momento mágico donde Charles Chaplin y Buster Keaton muestran su relación con los cuerpos y los objetos. Y a la vez que nos hacen reír, nos envuelven en una atmósfera de algo que desaparece. Mientras los dos se preparan frente al espejo para el espectáculo, y todos les dicen que vuelven los viejos tiempos, ellos se rebelan con tristeza porque por su arte el tiempo no pasa… Y hacen esta afirmación evidente. Sin embargo, ambos embadurnan sus tristes rostros.

Razón número 7: interiores y entre bambalinas

En Candilejas vivimos en el interior de la habitación alquilada de Calvero. Una habitación que encierra recuerdos, tristezas, esperanzas y sueños… y en esa habitación se instala una joven bailarina herida sin ganas de vivir. Ahí se gesta su universo especial. El universo de la bailarina y el payaso.

Pero también nos empapamos entre bambalinas. Conocemos los entresijos del escenario. Los camerinos, los cambios de escenografía, los nervios del estreno, los ensayos, las pruebas, los miedos y las pequeñas miserias, los desencantos, los éxitos, el compañerismo, las extrañas familias…

Vemos cómo la línea de lo que se cuenta en los escenarios y lo que ocurre en la vida, a veces, es muy fina. Así Thereza representa con su danza la muerte de Colombina y la desesperación de Pierrot y los payasos… para después resucitar. En la vida ocurre lo mismo pero al contrario, el payaso fallece, en silencio y entre bambalinas, frente a una Colombina a la que ha transmitido ganas por continuar… y de esta manera sobrevivirá Calvero.

Razón número 8: la tristeza del cómico

Todos los cómicos de Candilejas encierran tristeza… empezando por el personaje de Calvero. Así se habla de la paradoja de la dificultad de la risa y cómo el que hace reír no tiene por qué ser feliz. Y cómo el cómico sufre también el miedo al fracaso y el miedo a que ya nadie ría sus gracias.

Su compañero, con rostro de Buster Keaton, transmite esa tristeza. Los músicos callejeros encierran tristeza. La dueña de la pensión donde habitan los personajes esconde tristeza y vida dura…

Las propias recreaciones cómicas de Calvero en los escenarios tienen un poso de tristeza y parten de situaciones trágicas.

Y si repasamos la historia de Buster Keaton o Charles Chaplin… no encontramos tanta comedia en sus vidas.

Razón número 9: Alcohol

Calvero y su alcoholismo es una manera de acercamiento a la figura paterna. El padre de Charles Chaplin era alcohólico y murió muy joven de cirrosis. Calvero reflexiona sobre por qué bebe y por qué está metido en un círculo vicioso. De nuevo vincula su alcoholismo al miedo al fracaso, a la sala vacía, a no ser gracioso, a no funcionar en el escenario… Con Candilejas, Chaplin trata de entender la vida de sus padres, es un acercamiento desde el respeto y la dignidad.

Razón número 10: la vida, el deseo, los sueños

Y es que Candilejas es un canto a la vida… a través de una historia fúnebre. Con un suicidio fallido de una joven bailarina y un payaso herido con corazón débil en tiempos de preguerra… Candilejas habla de aferrarse a la vida porque sí. A través de la imaginación y el deseo, para vivir momentos felices, para crear… Y como siempre pasó con Charlot, Calvero sueña y de paso nos hace soñar también a nosotros.

… Candilejas solo es la historia de una bailarina y un payaso en Londres, a principios del siglo XX…, antes de la Gran Guerra.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La vida y nada más (La vie et rien d’autre, 1989) de Bertrand Tavernier

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Desde la primera escena se augura lo que La vida y nada más va a suponer para el espectador: belleza y dureza. Tras la muerte de miles de personas en la Gran Guerra, muchas olvidadas para siempre, muchas desaparecidas sin saber su posible paradero…, la vida y nada más. Así vemos una playa idílica y hermosa. Y dos personas cabalgando. Una es una monja, y el otro un soldado. La imagen es bella pero notamos algo extraño, según se van acercando el hombre va inclinándose y la monja le va gritando…, hasta que el soldado cae al suelo y nos damos cuenta de que le falta una pierna…

Han pasado cien años desde que estalló la Primera Guerra Mundial y el cine casi en paralelo a la contienda mostró imágenes en la pantalla blanca y aún hoy es argumento de películas. De tal manera que es posible realizar una clase de historia sobre esta guerra con películas que ofrecen miradas, reflexiones, tesis e interpretaciones diferentes y ricas en matices. Sin duda una de esas películas que ilustraría una buena clase sería La vida y nada más. Después de la guerra, la reconstrucción, el desencanto, la desolación y la muerte. La sensación de que en la guerra todos han perdido, ha supuesto mucho más que una victoria o una derrota. La dificultad de seguir adelante ante la certeza del horror y la muerte, ante la mezquindad de los de más arriba y la necesidad de muchos ciudadanos de volver a empezar…

En un territorio de búsqueda, de recuperación de aquel que fue a batallar y no ha regresado, el hermano, el hijo, el esposo, el novio o el amante… una caravana de personas trata de saber el paradero del soldado ausente. Y cada uno, tiene motivos diferentes. En este carrusel de personas se encuentra un comandante que contabiliza exactamente a los muertos en esta guerra y trata de localizar a los desaparecidos, una elegante mujer de París que busca a su marido y una joven maestra que no se cansa en el empeño de encontrar a su novio. Y los tres se cruzan una y otra vez hasta terminar en una vieja fábrica que los aloja tras un suceso. Porque en ese territorio en el que se mueven todavía quedan huellas de la guerra: hospitales con hombres que no saben quién son u otros mutilados, campos donde un granjero se encuentra minas o bombas sin estallar aún, falta de trabajo, un túnel que se derrumba con un tren que oculta difuntos (posibles desaparecidos y más cuerpos que contabilizar para dar cifras estremecedoras…), dificultades para recuperar normalidad en la vida, pobreza, hambre y desolación…

Y ahí está ese comandante mayor y desencantado (Philippe Noiret) que intenta hacer bien su trabajo aunque sabe que a sus superiores no les interesa, que ahora solo están volcados en encontrar un cuerpo que simbolice al soldado desconocido y así homenajear en el Arco del Triunfo de París a todos los muertos en combate. Los desaparecidos no interesan ya. Y a los muertos hay que olvidarlos cuanto antes. No interesan las cifras. Y menos sus familiares. Hay que cerrar rápido el asunto… y ocuparse de otros asuntos. Y un hombre concienzudo con su trabajo y que es crítico con ese acto no es cómodo…

Ese comandante desencantado que se da cuenta de la inutilidad de su trabajo, sigue incansable su meticulosa labor. Y los familiares, novias y amigos continúan buscando donde pueden…, aunque sea para recuperar un objeto, para saber si el ausente está muerto o si pueden recuperar el cuerpo para enterrarle o si se encuentra en algún hospital, solo y perdido.

Pero es la vida y nada más… y continúa. Por eso ante la desolación y el desencanto, hay hueco para el humor, para las situaciones absurdas e hilarantes, para que ocurran casualidades, para que siga el recuerdo atroz de la guerra, para momentos de gran belleza, para que haya sitio para los buscavidas y paso para las ilusiones, los sueños, para el canto, el baile y el arte y para que se produzca una elegante y hermosa historia de amor imposible…

Al final una carta, y una esperanza porque la vida prosigue…, aunque sabemos hacia dónde dirige la desolación… en unos años otra guerra terrible. Por eso la tristeza, los tonos suaves no abandonan esta historia.

Ya se sabe…, la vida y nada más. Belleza y dureza, un poso de melancolía, unas gotas de humor y de remate final, una historia de amor imposible… ¿o no?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Tuya para siempre (Merrily we go to hell, 1932) de Dorothy Arzner

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Así lo dice Jerry Corbett (Fredric March), periodista y dramaturgo, “… nos iremos alegremente al infierno” (maravilloso título original de la película) y así, al pie de la letra, sigue este dicho su esposa Joan Prentice (Sylvia Sidney) porque como le confiesa en una de sus discusiones: “Prefiero ir alegremente al infierno contigo, que ir sola”. Y de nuevo Dorothy Arzner ofrece una película de apariencia ligera pero extremadamente compleja sobre las relaciones amorosas y la institución del matrimonio. Así la historia de amor entre Jerry Corbett y Joan Prentice no será un camino de rosas… sino algo más real, un camino que conduce alegremente al infierno.

Y para ello la directora trabaja con dos personajes atractivos y muy bien interpretados y construidos además de ayudarse de unos diálogos que no pasan desapercibidos. Tuya para siempre es una gozada por varios elementos que aportan a la película de una personalidad interesante. Además cuenta de nuevo con una firma de la directora y es el gran uso del primer plano (no solo a nivel estético sino también narrativo) y en concreto de los primeros planos de sus protagonistas femeninas. Esta vez le toca el turno a una bellísima Sylvia Sidney que construye un personaje frágil y fuerte a la vez que ama incondicionalmente, desde que le conoce, a Jerry pero que se sumerge en una relación que no es nada fácil. Su rostro presenta en segundos matices, emociones y sentimientos contradictorios. A través de la mirada, la sonrisa o la forma de empolvarse la nariz…

Si Sylvia Sidney está perfecta como Joan, no menos brillante se muestra Fredric March, un actor que trabajó en varias películas de la directora (fue una de las primeras que confió en March como protagonista). También consigue construir a un Jerry irresponsable pero con dosis de encanto y muestra ya la versatilidad de un actor que seguiría interpretando a buenos personajes durante décadas.

Por otra parte es una película realizada antes de la creación e implantación del código Hays, una película de ese periodo tan rico e interesante llamado pre-code, lo que permite una mirada especialmente realista y moderna a varios temas, entre ellos, la institución del matrimonio o un tratamiento natural y sin juicio moral del alcoholismo. Porque el alcohol en la vida de Jerry y de sus amigos es un centro neurálgico importante. Jerry se siente feliz y seguro entre copas y la barra de un bar es su mejor centro de reunión, su felicidad. Una fiesta sin alcohol no es fiesta. Jerry, bohemio, parlanchín, despreocupado… oculta tras el alcohol su miedo al fracaso sentimental y laboral, su miedo a la toma de responsabilidades en la vida, el dolor que le causa que le rompan el corazón (como, por ejemplo, su exnovia, una actriz que aparecerá de nuevo en su vida con consecuencias nefastas para su matrimonio…). Precisamente así conoce a Joan en una fiesta, totalmente bebido. De hecho cuando ella se despide ilusionada, él ni siquiera logra enfocarla ni reconocerla.

El alcohol es un problema más en su vida conyugal. Un problema que conduce a la destrucción. Pero hay más. A Jerry le cuesta responsabilizarse, es casi un niño grande, extremadamente difícil vivir con él pero a la vez encantador. Así cuando vuelve a aparecer su exnovia en su vida, no puede evitar irse tras ella y beber más todavía… En otra escena clave, Jerry le pide a Joan que cierre la puerta de su hogar, que le impida ir al encuentro de la amante. Joan enfadada abre la puerta y le espeta que ella no es ninguna carcelera. Pero Joan decide apostar por Jerry, aunque la duela que nunca le diga un te quiero (solo un continuo adjetivo que termina enfermándola, su marido no deja de decirle, desde que la conoce, que es fantástica) o continuamente la relegue a un segundo plan. Así Joan le propone que van a ser un matrimonio moderno. Él hará su vida, y ella la suya… y alegremente irán al infierno. De esta manera Joan regala otra frase genial con sus amigos de fiesta y borrachera: “Caballeros, les presento el sagrado matrimonio, estilo moderno. Vidas separadas, camas mellizas y antidepresivos por la mañana”. Pero llegará un momento, y por un hecho concreto, que esta situación se haga insostenible para la protagonista. De esta manera realiza, a una amiga de Jerry, una confesión amarga: “¿Recuerdas que una vez me dijiste que me fuera a tiempo? ¿Que te rebajas más por amar a alguien que por odiarle?”. Y cerrará la puerta del hogar conyugal… pero saliendo por ella. Cuando esa puerta se cierra, un Jerry ebrio empieza a reflexionar.

Por último hay un tercer obstáculo, que también es tratado en más de una película de la directora, ambos pertenecen a clases sociales diferentes. Mientras Jerry desempeña una profesión liberal (es periodista pero su deseo es ser un dramaturgo de éxito) y forma parte de una clase media que soporta la crisis… “alegremente”, Joan es hija de un prestigioso empresario y vive, cuando conoce a Jerry, en un mundo de lujo con un padre que la ama y la protege en exceso (hasta el final). De hecho el padre nunca ve con buenos ojos a Jerry, tanto por su posición social como por su alcoholismo (es el único personaje de la película que con su comportamiento y actitud, juzga).

Pero aún se esconden más motivos para descubrir esta película y es centrarnos en sus brillantes personajes secundarios (desde su mejor amigo hasta su amante), con frases y comportamientos que enriquecen los matices de una película aparentemente ligera (vuelvo a repetirme), para encontrarnos además con una de las primeras apariciones de un jovencísimo Cary Grant, como uno de los acompañantes de Joan, en su aventura de esposa moderna. La película es todo un melodrama pero regada continuamente con toques de humor e ironía, así en la emotiva (e importante) escena de la boda, Jerry le pone a su esposa un anillo ‘muy especial’ para salir del aprieto de uno de sus muchos olvidos…

Así Tuya para siempre se convierte también en otro buen hallazgo de la carrera cinematográfica de la pionera Dorothy Arzner.

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La mujer sin alma (Graig’s wife, 1936) de Dorothy Arzner

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La retrospectiva que siempre prepara el Festival internacional de cine de San Sebastián a un director clásico recupera figuras que a veces han caído en olvido, como es el caso de este año. El ciclo se le ha dedicado a Dorothy Arzner, una directora del Hollywood clásico, una rareza en un área cinematográfica normalmente, y más en aquellos tiempos, copada por hombres. Como siempre junto al ciclo de películas, se facilita la publicación de un completo libro de su obra y después el ciclo viaja por las distintas filmotecas y ya está en estos momentos en el cine Doré (sede de las proyecciones de la Filmoteca Española). Así el otro día, el domingo en concreto, viví mi primera proyección de una película de Dorothy Arzner y el día anterior, con una alegría que comparto aquí en este blog, adquirí un pack con dos películas de la directora, que en estos días iré viendo. Desde hoy su obra me será menos desconocida.

Arzner entra además dentro de la categoría de los pioneros en la industria cinematográfica de Hollywood. No solo como mujer directora sino también como aquellos hombres y mujeres que convirtieron el cine en un modo de expresión, en un lenguaje único y especial. Empezó subiendo peldaños: primero transcribiendo guiones, después como redactora de sinopsis, scripts en los rodajes, para terminar siendo una buena montadora. También realizó guiones. En el largometraje Sangre y arena de Fred Niblo, se encargó del rodaje de la segunda unidad…, hasta que en 1927 consiguió debutar como directora de cine.

Me alegro haber empezado a descubrirla con La mujer sin alma, una película que tiene como protagonista a un personaje femenino complejo y de análisis interesante e interpretado por una magnífica Rosalind Russell, que domina la película con unos primeros planos reveladores. El personaje de Harriet Craig muestra a una mujer dominante que en realidad lucha como una leona para encontrar su sitio y su identidad. Harriet Craig no es una mujer amable o simpática sino una superviviente que lleva hasta las últimas consecuencias el evitar la dominación en un mundo de hombres, apariencias y clases sociales y que no quiere mostrar ningún signo de debilidad o de solidaridad con otras mujeres. Harriet Craig lleva la máscara de la frialdad y la perfección, ejerce de esposa ideal pero que impone sus reglas a un marido enamorado (John Boles, galán en sombra de los años 30 de grandes divas del cine) e inflexible con el personal de servicio así como altiva con sus vecinos. El símbolo de su triunfo es una casa impecable y perfecta, sin defecto alguno, que dirige con una meticulosidad obsesiva.

Precisamente por ahí empezamos a conocer la personalidad de Harriet… antes de que aparezca en escena. Lo primero que vemos es su suntuosa casa y como la ama de llaves, mrs Harold (excepcional Jane Darwell), avisa y regaña a la doncella por mover un jarrón de su sitio al limpiarlo, advirtiéndola que la señora se dará cuenta del más leve movimiento de la pieza. Después vemos aparecer al marido, como un caballero risueño con una venda en los ojos y enamorado de su esposa, y a la tía de este (Alma Kruger). Nos enteramos de los motivos de la ausencia de Harriet, su hermana está muy enferma, y también de que la mirada que tiene su esposo sobre su amada Harriet no es la misma que la de su anciana tía. El marido aprovecha la ausencia de su esposa para ir a jugar con sus amigos al póquer, nos enteramos cómo este dejó de celebrar las partidas en su casa y también de acudir a las veladas de sus amigos.

Lo que nos cuenta La mujer sin alma es cómo en apenas un día la vida perfecta, que se ha construido y elaborado Harriet Craig, se pone patas arriba. De este modo descubrimos sus motivos, por qué es así, por qué piensa así… Se revelan las grietas y vulnerabilidades en la fachada perfecta de su rostro. Su filosofía de vida comenzamos a descubrirla en sus confidencias a su joven sobrina en un viaje en tren: ella no se casó por amor, ella lo que buscaba en la institución del matrimonio era su propia independencia económica y social. Más tarde descubriremos que quiere huir tanto de la vida que llevó su madre como intuimos de la vida de su hermana (con la que solo comparte una escena y con la que mantiene una fría distancia).

Un acontecimiento social protagonizado por un amigo de su esposo (genial Thomas Mitchell que con solo unos minutos de aparición cuenta toda una vida), desencadena los acontecimientos. Resquebraja la fachada perfecta de Harriet y quita la venda de un marido que creía estar casado con una mujer que le amaba… Todo se precipita hasta hacer descubrir a Harriet lo que supone la senda que ha elegido para mantener su identidad, su independencia y su hueco: la soledad más absoluta. Descubrimos la vulnerabilidad de la mujer sin alma.

Dorothy Arzner nos presenta un poderoso personaje femenino y se sirve magníficamente de la casa, la cual se convierte en un personaje más. La casa es el reflejo o el templo de Harriet, que nos ayuda a comprender más a su personaje. Rosalind Russell construye un personaje principal muy complejo y Arzner la hace hablar con unos primeros planos reveladores (sobre todo al final de la película). Los personajes secundarios son de una riqueza y con unos matices que enriquecen esta película pero, sin duda, el gran personaje secundario de la trama, con diálogos y replicas magníficas, es esa mrs Harold excepcional (qué personajes inolvidables ha protagonizado Jane Darwell), que también sabe luchar por su independencia y por tomar las riendas de su vida de una manera más práctica e inteligente que Harriet…

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Una nueva primavera (Primrose path, 1940) de Gregory La Cava

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Durante los años treinta y cuarenta en Hollywood hubo una situación histórica, política y social que marcó la filmografía de varios directores (como ocurre ahora con varios cineastas internacionales y esta crisis económica, política y social que se arrastra desde el 2007): el crack del 29 y sus consecuencias. Directores como John Ford, Frank Borzage, Preston Sturges, Frank Capra o Gregory La Cava… reflejaron en sus películas esta realidad. Algunos repitieron varias veces convirtiéndolo durante una época en el leit motiv de su filmografía. Hubo hasta musicales que nacieron marcados por la crisis económica como Vampiresas 1933 o no se entendería el éxito del cine de gánsteres sin enmarcarlo dentro de aquellos tiempos. El screwball comedy nació y tiene sentido dentro de la crisis económica y la fractura social.

Pero surgió también otro tipo de películas que dejó obras de interés: la mezcla de tonos al contar una historia, la tragedia y la comedia, extraños híbridos que muestran películas de una modernidad perenne y una complejidad extrema en su análisis. La mezcla de tonos no siempre resulta pero cuando funciona deja noqueado al espectador. Así surge una interesante galería de películas, que puede que no sean redondas pero que tienen un halo atractivo y una complejidad que merece la pena desvelar: La gran aventura de Silvia de George Cukor, Arise, my love de Mitchell Leisen, Los viajes de Sullivan de Preston Sturges o parte de la filmografía de Gregory La Cava que fue experto en este tipo de películas y Una nueva primavera es un buen ejemplo.

La Cava es un director más olvidado que otros, entre otras cosas, porque sus obras no han tenido, tal vez, tanta distribución como otros directores y precisamente esa capacidad para la tragicomedia dio como resultado películas bastante más complejas de lo que a simple vista parecen. Baste nombrar Lecho de rosas, Al servicio de las damas (con un personaje femenino tan absurdo que se convierte en un gran icono de la comedia: la gran Irene Bullock con el rostro de Carole Lombard), Damas del teatro, La muchacha de la quinta avenida y la película que comentamos hoy, Una nueva primavera.

Una nueva primavera es una película cruda, muy cruda, que sin embargo deja momentos para el humor. Como la vida misma. La película se enmarca con una cita que luego será repetida, de distintas maneras, por varios personajes: “Vivimos no como queremos, sino como podemos”. Cita que se atribuye al comediógrafo griego Menandro. Y una cita universal con la que es difícil no sentirse identificado. La protagonista de esta historia es una joven, Ellie May, que vive con su familia. Una familia disfuncional. Ella se debate entre su amor por cada uno de los miembros de su familia y su deseo escondido de huir de ese ambiente. Ellie May, que tiene el rostro de Ginger Rogers (durante varias películas actriz fetiche de La Cava), ama a su padre alcohólico y en paro que fue universitario y es especialista en los griegos cuyos sueños se desvanecen como las hojas de un libro inacabado que permanece encima de su mesa. También a su madre, que cuida a todos los miembros de su familia y los mantiene dedicándose a la prostitución. Una viperina y amargada abuela, también exprostituta que manipula, por supervivencia, a todos. Y su hermana pequeña Honeybell que crece bajo los ‘consejos’ de su abuela.

Un día cualquiera Ellie May conoce a un joven grandullón (Joel McCrea) que trabaja en un restaurante frente al mar donde también el dueño del negocio (un anciano entrañable con el rostro de Henry Travers) regenta la gasolinera. Y con él ve la posibilidad de cumplir sus sueños… Antes de conocerle tanto su padre como su madre al confesarle que está enamorada, ambos progenitores le dicen a su hija, a la que quieren, que vuele cuanto antes y que les deje atrás, que no vuelva a casa. Así Ellie May lucha por su sueño, enamora al joven grandullón, un alegre vividor muy trabajador, se inventa una familia estricta y una huida por amor… y se casan enamorados y formando una feliz pareja. Ambos trabajan en el restaurante junto al mar con un buen jefe que les adora. Pero un día a la gasolinera, que se encuentra al lado del restaurante, llega un coche con una pandilla de juerga y una mujer que llama especialmente la atención: la madre de Ellie.

A partir de ese momento Ellie decide enfrentarse a su familia, no renegar de ella y presentársela a su esposo. Le lleva a su humilde casa, a su origen. A lo que ocultó. La cena es un desastre y su joven esposo no soporta la mentira… Lo idílico termina y vuelve la cruda realidad… y la tragedia. Pero finalmente, los dos encontrarán una especie de felicidad cuando asumen la cita de Menandro: “Vivimos no como queremos, sino como podemos”.

Gregory La Cava, que parte de una obra de teatro, presenta momentos de humor, como ese viaje en sidecar entre los dos jóvenes cuando apenas se conocen, o en la presentación del comportamiento de la abuela (que en un drama o melodrama hubiese sido odioso). A la vez se nota un humanismo y cariño hacia los personajes más duros como el padre de la protagonista, un hombre vencido y alcoholizado. Combina el drama y la comedia con acierto, narra con elipsis efectivas momentos importantes de la trama y con el ritmo rápido y alocado de las screwball comedy. No es una película redonda y perfecta pero encandila y engancha. Por otra parte los personajes están bien perfilados e interpretados. No solo cuenta con una carismática pareja protagonista sino con una interesante galería de actores secundarios.

Una nueva primavera es de esas películas que merece la pena su rescate y descubrimiento…

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Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949) de Robert Hamer

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Lo bueno de tener lagunas cinematográficas, es que siempre tienes la seguridad de que vas a ir realizando descubrimientos que van alegrar varios días y momentos de tu vida. Por ejemplo, servidora tiene una laguna importante con los estudios Ealing que surgen inevitablemente si indagas lo más mínimo en la historia del cine británico. Poco a poco trato de solventar esta laguna y voy viendo obras cinematográficas del periodo dorado de la productora, después de la segunda guerra mundial. Ahora ha llegado a mis manos Ocho sentencias de muerte, única película que hasta ahora he visto de Robert Hamer. La sorpresa ha sido grata y un buen inicio para empezar a inmiscuirme en su filmografía donde ya hay por lo menos otros dos títulos que me apetecen: la película de episodios Al morir la noche y El detective que adapta uno de los relatos de El candor del padre Brown.

Ocho sentencias de muerte tiene varios elementos atractivos. Pero son dos los que destacan y hacen que el visionado de esta película pueda ser especial. El empleo sutil del humor negro y la ironía británica que hace que veas toda la película con una sonrisa perenne. No es comedia de carcajada, sino comedia de media sonrisa. De tono burlón elegante y disimulado.

Cada uno de sus personajes perfectamente construidos te enredan y te llevan por todo el metraje. Empezando por el protagonista y terminando por una galería prodigiosa de secundarios protagonizados por un único actor.

Después hay un tercer elemento que resulta atractivo y es la estructura, la arquitectura interna de la película, cómo está narrada y ordenada.

Ocho sentencias de muerte narra las memorias de un asesino en serie muy peculiar. Se trata de Louis D’Ascoyne Mazzini. Joven marcado por las historias continuas y la educación que recibe de su madre. Una aristocrática mujer repudiada por su familia porque se casó con un cantante italiano humilde que murió al nacer Louis. Una mujer que hace ver a su hijo que su vida ha sido una humillación constante y que a pesar de su pobreza inocula a su hijo que proceden de alta cuna y educación exquisita. Al fallecer su madre y volver a ser humillado al no permitir los D’Ascoyne que su madre ocupe un lugar en el panteón familiar…, decide cocinar a fuego lento su venganza.

Y esta venganza se articula mediante la ascensión social desde los puestos más bajos hasta alcanzar el título de duque y casarse con una mujer de posición. Para conseguir esto tiene que ir cargándose uno a uno cada uno de los miembros de la línea sucesoria que le preceden en el cargo… ocho sentencias de muerte.

La historia comienza la noche antes de su ejecución, no sabemos nada del personaje ni por qué se encuentra en esa situación. A través del verdugo (otro personaje secundario genial), sabemos que va a ejecutar a un noble. En su celda, tranquilo, Louis D’Ascoyne Mazzini ultima sus memorias. Nos narra su vida entera en un enorme flash back. Así se sucede su infancia, juventud y la planificación, ejecución de su venganza, detención y juicio (en la cámara de los lores). Así hasta regresar al presente y dejarnos al descubierto un irónico y genial final. A lo largo de esta detallada narración, son sus memorias, también nos destripa su vida sentimental y nos sumerge en un triángulo fascinante entre dos damas: Sibella, la mujer de su vida, y casquivana que desprecia su amor hasta que empieza a subir escalones, y así de manera natural se convierte en amante. Y Edith, mujer moralmente recta y seria, y que será la puerta de Louis para entrar con todos los honores en la familia D’Ascoyne.

Al visionar Ocho sentencias de muerte el espectador disfruta no solo de la elegancia e ironía de sus diálogos sino del avance de una venganza meditada y calculada que a veces deja paso a la improvisación, con sumo cuidado. De hecho, descubrimos finalmente que su detención tiene más que ver con el despecho y la también inteligente venganza de su amante que por su carrera de asesino en serie.

En la película se descubre con gusto una galería de actores británicos que merece la pena su encuentro con ellos. El protagonista lo plasma con exquisitez Dennis Price, actor atormentado (sobre todo porque tuvo que ocultar, como muchos actores de la época, su homosexualidad) y que como el director arrastró problemas con el alcohol (por otra parte, el alcohol está presente en varias partes de la película). También realiza otro personaje en la misma película, a su padre italiano que le conocemos cantando y cantando. Las dos damas son encarnadas a la perfección por dos actrices británicas con carreras bastante olvidadas pero interesantes: Valerie Hobson y Joan Greenwood. Pero la sorpresa, el do de pecho, es sin duda para un joven Alec Guinnes que logra componer ocho personajes diferentes, jóvenes, ancianos e incluso la versión femenina de las víctimas de Louis, los miembros de la familia D’Ascoyne. No solo se ayuda de la caracterización sino también de la voz y de la expresión corporal. Crea ocho personajes distintos e inconfundibles y llega al súmmum con su recreación de la rebelde y sufragista lady Agatha D’Ascoyne.

No se aparta nuestra media sonrisa ante la mala baba, pero elegante eso sí, que se derrama en este largometraje. Ocho sentencias de muerte no ha sido mal paso para empezar a conocer al realizador Robert Hamer, seguro que me esperan gratas sorpresas con él.

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Chaplin (Chaplin, 1992) de Richard Attenborough

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“El humor ayuda a vivir y preservar nuestra salud mental”… escuchamos decir al guionista Daniel Taradash, durante la ceremonia de los Oscar de 1972, como presidente de la academia, en la escena final de la película Chaplin de Richard Attenborough. Y lo dice refiriéndose a Charles Chaplin a punto de recibir su oscar honorífico… cuando regresa de nuevo a Hollywood de su exilio en Suiza (desde los años cincuenta). Una afirmación totalmente cierta y uno de los máximos doctores fue sin duda Charles Chaplin con su personaje universal, Charlot. Sin duda, no se merecía una película tan irregular pero no por ello carente de interés. En comparación con muchos biopics, Chaplin logra dar una visión del personaje para analizar e indagar en su figura y consigue la entidad suficiente como para poder realizar un debate apasionante sobre esta obra cinematográfica.

La irregularidad de Chaplin viene por ser una película fría y sin alma, todo lo contrario al cine de Charles Chaplin. Película perfecta (en ambientación y técnicamente) con momentos preciosistas pero sin alma. Solo en algunos instantes tiene destellos de brillantez, corazón y alma. Attenborough al pretender contar absolutamente toda su vida pasa de puntillas por ciertos momentos y personas fundamentales de la biografía de Chaplin. Cuando Attenborough se sale de la rigidez, logra buenos momentos fugaces.

Para contar su historia la película parte de tres fuentes (es una película ciertamente muy documentada y ese es uno de sus valores) la propia autobiografía de Charles Chaplin, Chaplin. His life and art de David Robinson y el argumento de Diana Hawkins. Llama la atención, sin embargo, que una de las cosas menos conseguidas es que el espectador vaya empatizando con Charles Chaplin o que entienda el desarrollo de su personalidad (como toda persona humana, además de genio, presenta luces y sombras. Charles Chaplin era un tipo difícil, quizá de ahí reside la dificultad de cómo plasmarle) luego eso resta emoción. No obstante, si algo salva la película es, valga la contradicción, la interpretación de Robert Downey Junior que logra imprimir carisma e imitar perfectamente algunas dotes de la pantomima de Charlot y transformarse en ese incomprensible (por mal desarrollado) Charles Chaplin.

Principio perfecto

El principio de la película es perfecto y promete. Durante los títulos de crédito aparece la silueta más universal, Charlot. Después vemos cómo Charlot se sienta en un camerino y se va desmaquillando y desprendiéndose de los atributos que le hacen ser el vagabundo más famoso del mundo, dejando al descubierto a Charles Chaplin. Oímos unas voces que no sabemos muy bien a quiénes pertenecen (lo sabremos muy pronto) y se hace una radiografía de su infancia donde se rescatan partes que serán la esencia no solo del personaje (bota, andares…) y del argumento de sus películas (nos encontramos con una ciega, con la historia de El Chico…) sino también el espíritu de su cine, una mezcla de humor –a veces cruel– y humanismo. Una fusión de risa y drama. Una risa anclada en la realidad social.

Dos tesis para construir al personaje

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La película de Richard Attenborough (él mismo, en una entrevista que incluye el dvd, reconoce las dificultades del proyecto y que el resultado no fue la película soñada así como es consciente de que gran parte de la salvación de la película vino por la interpretación de Robert Downey) parte de dos tesis para construir la personalidad y la vida de Chaplin.

Por una parte trata de encontrar un sentido a su errática vida sentimental y su atracción por mujeres mucho más jóvenes que él, adolescentes, hasta que encontró cierta estabilidad en compañía de Oona O’Neill (hija del dramaturgo Eugene O’Neill). Primero refleja la influencia que tuvo en él la fragilidad mental de su madre (y la protección que trató siempre de ejercer sobre ella hasta que le dolió demasiado cuando ya era más famoso. La mantuvo pero se alejó de ella en el plano personal), ella era la heroína de sus películas a la que había que proteger y tratar de que no se rompiera en pedazos (sobre todo los personajes de Edna Purviance). Después, en la película mantienen que el amor de su vida fue un amor de juventud, una joven de 15 años, bailarina del vodevil, llamada Hetty Kelly. Esa historia nunca llegó a consumarse pues Chaplin se fue de Londres para triunfar en los EEUU. Ella se casó con otro y falleció muy joven en tristes circunstancias. Y Chaplin busca siempre consumar y llevar adelante esa historia. Por eso su obsesión por las adolescentes: Mildred Harris o Lita Gray. Después del paréntesis sentimental con Paulette Goddar que sería también heroína de dos de sus más aclamadas películas: Tiempos modernos y El gran dictador, Chaplin conoce a la segunda mujer de su vida y con la que encontraría estabilidad, Oona O’Neill. La película de Chaplin toma una decisión de casting para cerrar el círculo sentimental de Charles Chaplin. Tanto Hetty Kelly como Oona tienen el rostro de la misma actriz: Moira Kelly. La búsqueda de la mujer amada ha terminado.

Y por otra construye un discurso fílmico en la filmografía de Charles Chaplin (con un ideario político y social que él definía simplemente como humanismo) que le hizo cosechar enemigos como el mismísimo John Edgar Hoover. Este no paró hasta que pudo deshacerse de él a través del Comité de actividades antiamericanas y las famosas listas negras con la publicidad necesaria de un escándalo sexual de por medio. Todo esto supuso su exilio a Suiza y el convertirse del artista adorado por las masas a un hombre desencantado y olvidado. De esta manera pasamos por El inmigrante, El chico, Tiempos modernos o El gran dictador… (obviando quizá dos de sus películas más políticas Monsieur Verdoux y El rey de Nueva York pero también sonados fracasos comerciales). También pasa de largo por la gran contradicción que supuso en su vida (y en su personalidad), volverse millonario después de una infancia de penurias y precisamente hacerse rico representando a un hombre muy pobre que sufre continuamente injusticias sociales…

Los detalles

No se puede negar que hay un trabajo de construcción histórica. Así disfrutamos de las escenas de vodevil. Tanto el momento en que un Charlie niño se pone en el escenario en un momento delicado que vive su madre o en el momento en que un Chaplin ya más adulto se está convirtiendo en toda una estrella del vodevil con el personaje de un borrachín, donde muestra ya el arte de la pantomima. Igualmente documentada es esa primera proyección a la que acude Chaplin (como eran esos cines de los inicios) así como los primeros rodajes junto a Sennett siendo la culminación la primera vez que da vida a Charlot (que curiosamente no sería la primera vez que le vería el público que fue en Carreras sofocantes —también hay un homenaje a este corto cuando aparece por primera vez Chaplin ante un Sennett que está rodando—, sino en una obra anterior pero que se estrenaría más tarde junto a Mabel Normand, Extraños dilemas de Mabel). También se refleja con detalle cómo Chaplin se convirtió en un ídolo de las masas y cómo se dio cuenta de ello al regresar de nuevo a Europa después de haber conseguido el éxito en Hollywood. O los rodajes de sus primeras películas hasta llegar a La quimera de oro o su obsesión y perfeccionismo para un buen acabado de sus películas (como repetía una y otra vez las tomas tanto él como sus acompañantes), como a veces estaba tan volcado en su vida profesional que apenas dejaba tiempo para la personal.

Personajes con alma, momentos con alma

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El reflejar toda una vida supone pasar como un suspiro por un montón de personajes que fueron fundamentales en su vida. Algunos quedan desdibujadas, planos y sin alma como la relación con su hermanastro (hermano por parte de madre) que podría haber sido un punto muy interesante para contar su historia y se queda en superficial o con Edna Purviance, su primera musa en la pantalla con la que estableció hasta el final de los días de la actriz una relación muy especial, que en la película sale unos segundos.

Sin embargo hay dos personajes que cada vez que aparecen aportan alma y corazón a una película fría y excesivamente correcta. Richard Attenborough vuela con ellos y te quedas con ganas de más. Y con ellos, el espectador sí que logra acercarse más a Charles Chaplin: uno es su madre, interpretada por su nieta, Geraldine Chaplin, que logra momentos delicados al representar su fragilidad mental y lo que afectan a su hijo. Y el otro es Douglas Fairbanks, gran amigo de Chaplin hasta su fallecimiento temprano por tener un corazón delicado. Tiene el rostro de Kevin Kline y logran reflejar ambos una amistad atractiva y momentos de verdad.

El pretexto del editor, recurso desaprovechado

Para ir por los distintos episodios de la vida de un genio del cine, la película crea un personaje absolutamente ficticio: un editor con el rostro de Anthony Hopkins, George Hayden. Este editor se encuentra en la casa europea de un Charles Chaplin envejecido y desencantado y trata de sonsacarle más información sobre su vida para poder dar forma a la autobiografía del artista. Son escenas como metidas con calzador, meras transiciones, que no dan riqueza a esta obra cinematográfica, prueba de ello es que se podría prescindir perfectamente de ellas. Parece que son una solución para encontrar una estructura o una forma de contar, pero no aportan realmente nada. Se podría haber creado una interesante relación entre ambos personajes y que la película hubiese sido una especie de confesión o de lucha titánica y dialéctica entre artista y editor para construir una autobiografía cercana a la realidad o al mito.

También uno de los grandes hándicaps, que a la que esto escribe le ha sacado totalmente de la película (pero roconozco que eso ya son manías personales), es el maquillaje de envejecimiento a Robert Downey para interpretar a Chaplin hasta el final de su vida en la cual es octogenario. Y me ha venido a la cabeza porque tampoco pude soportar el Hitchcock maquillado que recientemente interpretó Hopkins.

Pérdida del tono… ¿cómo contar su historia?

Por último, quizá también el mayor defecto de Chaplin es no haber encontrado el tono adecuado para contar su historia. Biopic preciosista, frío y perfecto con escenas con alma (según los personajes). A veces cuenta la propia vida del genio como una película muda que es un recurso interesante pero que con el carácter serio y academicista de la película parecen escenas fuera de lugar: como la creación casi mágica del personaje de Charlot o la huida de Chaplin con su hermanastro y su esposa para que no les arrebaten la película de El chico durante el divorcio de su primera mujer.

No obstante, como se ha podido ver, Chaplin puede ser un primer acercamiento interesante a la figura de este artista genial a pesar de sus peros. Sobre todo merece la pena ver muchas veces ese principio donde ya vemos a un Robert Downey totalmente entregado a su personaje que si hubiese estado perfectamente desarrollado hubiese sido sin duda una composición perfecta.

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La piel dura (L’argent de poche, 1976) de François Truffaut

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“Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles”. El que habla es el profesor Richet en La piel dura de François Truffaut. Pero no es un profesor heroico. Es un hombre normal y corriente que va todos los días a la escuela de una pequeña población francesa, Thiers. No se le presenta como un profesor sufridor que es finalmente adorado por todos los alumnos. Él es un profesional que trabaja y ama su trabajo. Y que tiene muy clara su función como docente y sobre todo respeta a los niños… y les prepara para la vida.

Truffaut presenta un universo infantil que atrapa. Esos dos hermanos traviesos, esa niña mimada que grita por la ventana con un altavoz que sus padres la han dejado sin comer, ese niño enamorado de la madre de su amigo, ese otro que empieza a ligar con chicas en el cine, el día a día de un niño solitario que vive en una chabola y ya guarda secretos duros… Con delicadeza y sensibilidad presenta la vida cotidiana de varios pequeños. Niños de infancias felices, niños con ausencias importantes en sus vidas, niños que se enfrentan por primera vez a algo parecido al amor, a la muerte, niños que juegan, que hacen travesuras, que aprenden, que recitan, que sufren en silencio…

Los niños atrapan la película, su mundo y universo igual de complejo e importante que el mundo adulto. Los adultos son presencias que dan pinceladas a sus vidas: los maestros, los padres, los vecinos… Y que también les marcan.

Está el niño que busca enamorarse (que trata de llenar la ausencia de la madre y la situación de un padre enfermo que no puede cuidarle), la niña que va a recibir el primer beso, los hermanos que desayunan solos (y no paran de hacer travesuras), el niño de apenas dos años que cae al abismo… y es protagonista de un momento sorprendente, el que realiza los primeros hurtos… Los niños también sobreviven cada día. Algunos son muy felices y se saben queridos. Otros andan heridos… y solos, sin poder defenderse, permanecen en silencio… hasta que alguien descubre las marcas de su piel dura.

En La piel dura la vida fluye. Las anécdotas cotidianas en el colegio, en el cine, en sus hogares o en las colonias construyen una película delicada y hermosa a la vez. Es sencilla, fresca, espontánea… como sus protagonistas. Y sobre todo se nota la mirada de un hombre que los quería, los entendía y los respetaba, Truffaut. Y este habla a través del profesor Richet en un hermoso y largo monólogo donde describe la importancia de que los niños vivan una buena infancia… porque ese es el camino que se extiende para enfrentarse a una vida compleja… Saber endurecerse y enfrentarse a los conflictos… pero a la vez ser sensibles, sentir y vivir.

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