Las tres últimas películas de Alfred Hitchcock: Topaz, Frenesí y La Trama

Las tres últimas películas de Alfred Hitchcock, el maestro del suspense, han tenido una valoración crítica ambigua y además su huella en la memoria cinéfila es mucho más tenue que otras obras del director. Así como las reposiciones de sus películas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta son casi continuas, no ocurre así con sus últimas obras cinematográficas. Por otra parte, la mítica entrevista de Hitchcock con Truffaut no cubre estas tres obras pues todavía no las había realizado. Tan solo en ediciones posteriores hay un texto epílogo donde Truffaut analiza, no muy positivamente, estas películas y narra sus últimos encuentros con el director y lo que hablaron brevemente respecto a ellas.

El volver a visionarlas y analizarlas es absolutamente apasionante porque se encuentra una coherencia interna en la obra de Hitchcock, un sentido circular, además de dejar como testamento cinematográfico tres obras absolutamente ricas tanto en forma como en contenido. Alfred Hitchcock las rodó entre 1969 y 1976. El maestro del suspense seguía sin tener miedo alguno a la experimentación formal; por otra parte toca temas que dan una unidad a su filmografía; trabaja con actores del momento que ya no eran estrellas; regresa en una de las tres a Londres, a su país de origen y donde comenzó su trabajo en el cine; se le nota más pesimista y escéptico y con un sentido del humor negro mucho más acentuado y, por último, mezcla en las tres su extraño sentido del romanticismo: el amor y la pasión como poder autodestructivo, el aburrimiento cotidiano en el matrimonio… También es llamativa la transformación de sus rubias… y la importancia de las morenas.

Nota: si no habéis visto las películas o apenas las recordáis, os advierto que hay muchos spoilers a continuación.

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Centenario de Orson Welles (1). Sed de mal (Touch of devil, 1958) de Orson Welles

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Una de las constantes de la obra cinematográfica de Welles (y una de sus tragedias) es que salvo contadas ocasiones sus películas no pudo llevarlas a cabo tal como él quería por distintos motivos (no conseguir los medios económicos suficientes para ponerlas en pie o hacerlas tal y como estaban en su cabeza o imposiciones drásticas de los estudios). Lo conseguido en Ciudadano Kane (la absoluta libertad de creación) se convirtió en un triste espejismo para un creador peculiar… que siguió el rastro de aquellos cineastas malditos fuera de los circuitos del cine clásico y el sistema de estudios, aquellos como, por ejemplo, Erich von Stroheim.

La obra de Orson Welles sigue siendo de extremos. Alabado como un genio o menospreciado. Su obra sigue creando pasiones y odios. Lo cierto es que tan interesante es él como personaje histórico (su vida es una película que no acaba) que es una auténtica gozada analizar cada una de sus obras para entender por qué era un cineasta especial (y un actor con un carisma que le hacía diferente). Y es que sin duda poseía una mirada y un universo visual que vomitaba en cada una de sus películas.

Ya estaba empezando a rodar su obra en otros países, fuera de EEUU, cuando tuvo la oportunidad de volver al sistema de estudios en la Universal tanto como actor como director y guionista (parece ser que Heston, una de las estrellas del momento, al enterarse de la presencia de Welles en la película dio por sentado también que sería el director y el estudio así lo hizo). La película era Sed de mal, el argumento partía de una novela de Whit Masterson (seudónimo de dos novelistas que escribían algunas obras literarias juntos). Un título interesante para estudiar el cine negro como género y su evolución. Si Welles pensó que volvería con toda la gloria, le hicieron ver que regresaba con toda la pena (ya había empezado a rodar en Europa). El estudio no quedó nada contento con el resultado y manipularon la obra del creador (cortaron, modificaron, añadieron otras escenas sin el visto bueno de Welles) además de no realizar un estreno a lo grande sino como una más, del montón, como de segunda categoría. Orson Welles, cuando vio el desaguisado, escribió unas notas en las que pedía que no se destrozara su película y en la que explicaba cómo tenía que ser. Como este documento no se había perdido en 1998 se realizó una versión aproximada de lo que hubiese querido Welles (y ese es el dvd que se ha visionado para este post).

¿Por qué Sed de mal puede considerarse una película distinta, distinguida y especial… independientemente de que guste o no guste? Lo primero destacar su atmósfera asfixiante, decadente y oscura que precipita a los personajes a un destino fatal desde el primer fotograma. Cine negro en vena. Y la presencia continua de la ambigüedad… Una película de frontera donde el bien y el mal se mezclan, sin saber muy bien dónde se encuentran los límites. Violencia y sexualidad, comportamientos irracionales. En esa frontera entre México y EEUU… nada es lo que parece, los héroes y los antihéroes se confunden. Todo además envuelto con ecos de tragedia shakesperiana, tono tan querido por Welles. La pianola se une con notas de jazz y melodías que traen aires nuevos de rock and roll… con un Mancini creador.

Welles es de esos cineastas con una imaginería barroca, un mundo visual recargado y una manera de filmar que no solo confiere un ritmo especial sino unas composiciones que se quedan en la retina. Planos picados, contrapicados, plano secuencia, primeros planos, muchas personas en un mismo plano, o una persona en espacio inmenso, profundidad de campo, luces y sombras… todo entra en Sed de mal.

Extrañamiento y aires de pesadilla. Sed de mal es como vivir dentro de una pesadilla, despertar de un mal sueño. Conviven en sus fotogramas el inconsciente, la irracionalidad, los comportamientos incomprensibles de los personajes: esa esposa sensual (Janet Leight como extraña heroína, cuya Susan Vargas sería el precedente de otros personajes de la actriz en Psicosis o en El mensajero del miedo) que va a la deriva, como una marioneta, y siempre acaba a manos de personas que pretenden hundirla y corromperla o ese portero extraño de noche al borde de la locura en un motel solitario. Ese grupo de jóvenes matones con pinta de rockeros que parece que tienen la premisa de sexo, drogas y alcohol cada día de su vida. Uno de esos matones que trata de asustar a Mike Vargas tirándole ácido a la cara. Esa pitonisa ¿también prostituta? del pasado (Marlene Dietrich) en un local de frontera con una pianola de fondo, que parece ser guardiana de la memoria de uno de los protagonistas.

¿Dos policías opuestos o dos policías espejo? Dos personajes potentes enfrentados: el policía corrupto y racista Hank Quinlan (Orson Welles), totalmente decadente, desencantado y desgarrado, que arrastra una cojera, un pasado que le pesa y le destroza, un alcoholismo que vuelve y unos métodos poco ortodoxos para imponer la ley en la frontera. Mike Vargas (Charlton Heston), policía héroe que lucha contra el narcotráfico, recto y honrado, que se convierte en denunciante de los métodos de Quinlan. De nuevo ambigüedad en ambos personajes. Nada es lo que parece. A Quinlan, a pesar de su decadencia nos lo pintan con un pasado en el que pudo ser un hombre diferente y en el que se explica su decadencia presente. Así como la mirada que lanzan sobre él, la pitonisa de frontera, Tanya, y su fiel compañero de profesión (un increíble Joseph Calleia). A Vargas, nos lo pintan a punto de sucumbir a un pasado parecido al de su antagonista Quinlan, le vemos al borde del extremo, sentimos la fragilidad de su rectitud. Y en ambos uno de los motivos de la caída (además de la dificultad de su trabajo, de las presiones, del día a día) puede ser el amor hacia una mujer (uno la pierde de manera horrible, el otro a punto está a punto de perderla).

Una vez que se entra en el universo de Sed de mal es imposible olvidar varios de sus momentos increíblemente filmados: el famosísimo plano secuencia que abre la película y que expone el conflicto. La fiesta salvaje y orgía involuntaria de sexo y drogas a la que someten en un aislado motel a Susan Vargas. El horrible asesinato de uno de los Grandi (familia de narcotraficantes a los que persigue Vargas) en una habitación decadente de hotel con una Susan adormilada bajo los efectos de las drogas de fondo…, el shakesperiano y trágico final de Quinlan así como su último diálogo con su compañero de hazañas (un triste y patético Calleia, el gran secundario de la película)…

Todo hace de Sed de mal una película a tener en cuenta en el rico y complejo universo de Orson Welles. Como curiosidad, el director hizo que participaran amigos actores en cameos a lo largo de la película así podemos localizar a Joseph Cotten o a Mercedes McCambridge.

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Qué difícil es ser un dios (Trydno byt bogom, 2013) de Aleksey German

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… Después de tres horas en la barbarie, en la brutalidad… entre heces, vómitos, mocos, sangre, vísceras… caminando entre barro, mierda y otras sustancias resbaladizas… Después de un viaje a través de un infierno en blanco y negro con la mirada fija en lo decadente y en lo humillante… Al final queda un paisaje nevado, un paseo tranquilo entre un padre y una hija y la música.

Hay películas que se lo ponen difícil al espectador, muy difícil. Pero te llaman. Y llaman fuerte. Una de ellas es Qué difícil es ser un dios del ruso Aleksey German. Era un proyecto soñado por su creador… y han tenido que pasar trece años hasta que ha podido verse en una sala de cine (el sueño tenía más años). Tan solo unos meses antes German, el director, falleció y fueron su hijo y su viuda quienes siguiendo los apuntes del creador terminaron su obra póstuma.

El director ruso realiza una libre adaptación de la novela de ciencia ficción del mismo título de los hermanos Arkadi y Boris Strugatsky (otros nombres a apuntar en mi lista de océanos literarios desconocidos). Estos hermanos fueron también los autores de la novela en la que se inspiró Andrei Tarkovsky para realizar Stalker en 1979. Otro realizador ruso, que como Aleksey German, tuvo dificultades para desarrollar plenamente su obra cinematográfica.

Lo que en su momento a los hermanos les sirvió como metáfora para reflejar la impotencia de los intelectuales ante un estado totalitario, se torna en más triste, cuando German ha cumplido su sueño de trasladar esta novela de 1964 al cine en pleno siglo XXI y la metáfora sigue siendo tremendamente potente. El horror sigue ahí, los ojos cerrados y la impotencia de muchos también.

¿Cómo hace viajar el director ruso al espectador al infierno? Una voz en off nos cuenta que lo que estamos viendo no es la tierra sino el planeta Arkanar que vive como si estuvieran todavía en la Edad Media y que han ido unos observadores de la tierra para ver si sucede una especie de Renacimiento…, estos observadores no pueden interferir en la vida del planeta, tienen que estar al margen, adaptarse a la vida que están observando. Uno de ellos, Don Rumata (qué voz la del actor Leonid Yarmolnik), ha sabido labrarse un pasado que prácticamente le convierte en un dios en un mundo fétido. Todo es en blanco y negro y tal como nos cuenta la historia el director ruso nos convierte en observadores. Ante la cámara, ante el objetivo, van pasando rostros. Continuamente lluvia, niebla y muchas veces no sabemos ni a lo que asistimos: barro, lodo, letrinas, pescados malolientes, animales en estado de putrefacción, hombres y mujeres ahorcados, esclavos que sufren humillaciones continuas… Todo aquel que sea sabio, que sea artista o científico o escritor o maestro es castigado, ejecutado, perseguido. Hay monjes extraños y desagradables, igual que nobles indesables, esclavos sometidos, niños harapientos… y Don Rumata entre ellos, como uno más o uno menos… Entre todos un continuo enfrentamiento. Violencia y pelea. Cada día es un infierno y para eso planos secuencias en laberintos imposibles en castillos llenos de objetos inservibles, con restos de comida o de otro tipo o callejuelas estrellas y embarradas u otros paisajes inhóspitos. No sabes dónde mirar, de pronto escuchas un diálogo y el objetivo se mueve y te das cuenta de que ha ocurrido algo horrible fuera de cámara. Fundidos en negro que muestran que la pesadilla no ha terminado. Don Rumata enloquece o envilece o estalla…, qué difícil es dios. Y nada es bonito o bello… o ¿sí? Hay que llegar al final del viaje… arrastrarse por una Edad Media pero como si a El Bosco o Brueghel el Viejo les hubieran arrebatado los colores pero no su forma de mirar…

No sé si recomendaría este viaje a alguien. Ni siquiera sé decir si me ha gustado o si lo repetiría…, lo que sí sé que aunque a veces es difícil ser espectador, si te dejas arrastrar o llevar, “lees” y sientes la última obra de German, sabes que ahí has tenido una extraña experiencia, un viaje en el que nadie más te podría haber embarcado…

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DocumentaMadrid 15 (y cuarta parte). Flotel Europa (Flotel Europa, 2015) de Vladimir Tomic/ La mirada del silencio (The look of silence, 2014) de Joshua Oppenheimer

Flotel Europa (Flotel Europa, 2015) de Vladimir Tomic

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Vladimir tenía doce años cuando con su hermano mayor y su madre llegaron a Dinamarca en 1992 para pedir asilo político. Dejaban Sarajevo, a su padre, a sus abuelos, a sus tíos, el colegio, los amigos, la infancia… y una guerra despiadada. Con los campos de refugiados repletos, Cruz Roja proporciona un enorme barco, Flotel Europa, que se convirtió en su hogar durante dos años junto a un montón de personas que esperaban un futuro incierto y que veían cómo su país amado se consumía en una guerra de odios, irracionalidad, violencia y nacionalismos exacerbados.

Vladimir combina las imágenes de vhs que grabaron varios refugiados –que se convirtieron en cartas ilustradas para enviar a Bosnia y que sus familias supieran cómo estaban y vieran su día a día–, y su narración en off de cómo vivió esos dos años como adolescente. Y de esa combinación surge un documental no solo interesante (porque documenta una experiencia y un momento de la historia así como otra cara de la guerra de Bosnia Herzegoviana) sino que surge un relato oral, desde la mirada de un adulto que recupera su mirada adolescente, donde se va desvelando entre sus amistades, sus fiestas, su cotidianidad, su primer amor, sus peleas, su observación hacia los más mayores…, la tragedia y la incertidumbre de los refugiados que vivieron como una especie de paréntesis extraño donde no podían pisar Dinamarca pero tampoco regresar a su tierra, donde el tiempo y el espacio se transformó, donde su vida se cortó de golpe y la espera de la nueva se hizo eterna. Algunos esperaron hasta que la nueva vida se hizo posible y otros se rompieron, se quebraron en el Flotel Europa.

La voz de Vladimir Tomic construye un relato de paso de la adolescencia a la madurez en un entorno extraño. Y con este relato concreto y personal, construye la historia de todos los refugiados que rodearon su vida durante estos dos años. Así se mezcla la ternura del adolescente que descubre, que tiene sus propios problemas, con su toma de conciencia de su situación extraña, de la comprensión de la guerra y el odio que se trasladan al barco, de la nostalgia, la pérdida, la tristeza y la incertidumbre. El Flotel Europa es un microcosmos, un universo concreto que toma vida a través de las palabras de Tomic que con sencillez, desnudez (acompañado de un inteligente montaje de las imágenes) así como con unas gotas de lírica triste, a veces de derrota, otras de esperanza y más allá de angustia, describe dos años cruciales de su vida y de los suyos.

Al importante documento visual que suponen esas grabaciones caseras, que con el relato oral toman significados diferentes, Flotel Europa se convierte en una íntima confesión de los sentimientos íntimos de un muchacho. Así primero vive con curiosidad y novedad su vida en un barco y después, instalado en la rutina, empieza a analizar y a despertar y a entender su tragedia y la de los demás. Pero entre medias descubre el amor y el desamor con Melissa (otra joven refugiada), la amistad y también las peleas con los niños de su edad, su admiración por un grupo de chicos jóvenes y vitales que se van quebrando poco a poco en el barco entre desencantos, drogas y alcohol, el aprendizaje ante la fuerza y el empuje de su madre (que solo se quiebra en la soledad de la música clásica)…

Esos vídeos caseros recogen cómo se organizaban, la personalidad de cada camarote, los lugares comunes y compartidos, las actividades, las fiestas, la celebración de la música y el baile pero también, por el relato de Tomic y algunas imágenes, se vislumbran las reivindicaciones, los momentos tensos, la tristeza y la desesperanza (sobre todo en esa sala de televisión)…, las imágenes muestran el intento de normalizar una situación que no es normal, de conservar la dignidad y la esperanza… aunque la división y las tensiones de la guerra terminan instalándose también en el barco, haciendo más insoportable la espera y quebrando más todavía a las personas.

Así las imágenes y la narración de Tomic van creando metáforas fuertes. Cuando el director cuenta cómo se despiden de sus abuelos, que habían sido partisanos durante la Segunda Guerra Mundial, antes de ir a Dinamarca, el abuelo le dice que sea tan fuerte y valiente como el joven Bosko Buha, un niño héroe partisano, que refleja lo que era una Yugoslavia sin aparentes grietas…, así en momentos determinados de Flotel Europa, aparecen imágenes de una película yugoslava de 1978 que narra la historia de este niño. Pero también es un reflejo de un Vladimir que deja a un lado su infancia para enfrentarse a la madurez…, ese niño que llegó al barco, muere… como Bosko Buha… O cómo se emplea de manera maravillosa la música, las canciones y el baile para reflejar los sentimientos así como el ambiente del barco pero también ilustra la quiebra de la unidad. O cómo toma fuerza la metáfora del Flotel Europa como un acuario con peces de especies exóticas o la metáfora de una televisión que acaba flotando en el agua, que refleja la rabia contenida y el dolor ante las imágenes recibidas de un país roto.

La mirada del silencio (The look of silence, 2014) de Joshua Oppenheimer

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The act of killing y La mirada del silencio forman un díptico impresionante, una obra única que encuentra una manera chocante de reflejar el horror de una situación histórica concreta. El exterminio a partir de 1965, tras el golpe de Estado del Ejército en Indonesia, de comunistas, simpatizantes y sospechosos… El Ejército lideró la masacre como cabeza pensante y se sirvió del brazo ejecutor de paramilitares y gánsteres. La gran tragedia de Indonesia es que los asesinos siguen en el poder, y son celebrados como héroes, y las víctimas siguen en silencio cruzándose cada día con los asesinos de sus familiares. Pero su acercamiento a esa realidad histórica y las reflexiones que surgen son bofetadas visuales para aquel que observa. Los documentales de Joshua Oppenheimer golpean, remueven y provocan… y hacen reflexionar. Los documentales de Joshua Oppenheirme realizan planteamientos complejos y construye un discurso que perturba.

Si en The act of killing entraba de lleno en la vida de los escuadrones de la muerte y les hacía un planteamiento insólito que ellos ejecutaban con placer: que ellos mismos realizasen una película escenificando aquellos días en que asesinaron a un número enorme de seres humanos, de maneras horribles…, en La mirada del silencio pone a un familiar de una víctima (su hermano) ante la imagen de sus asesinos y su representación de la muerte y hace que este se encuentre directamente con ellos para ver si atisba algo parecido a la asunción de responsabilidad y al arrepentimiento. Si en The act of killing, cada uno de los miembros de los escuadrones de la muerte reaccionaba ante el encargo de maneras distintas y al verse también reaccionaban de manera sorprendente haciendo que incluso uno de ellos tuviese algo parecido a una revulsión catártica ante su propia brutalidad…, en La mirada del silencio también la reacción de los asesinos ante el familiar de la víctima pintan un abanico de comportamientos esperados e inesperados… Si en The act of killing se llegaban a momentos de delirio y absurdo en “esa representación cinematográfica” que realizaban los propios asesinos, en La mirada del silencio vemos el dolor que provoca ese delirio en aquellos que aguantan y callan…

Si nos centramos en La mirada del silencio es un documental rico en significados y en la construcción de su discurso. Con un ritmo mucho más pausado, la cámara sigue la personal odisea de Adi, un hombre de 44 años que se enfrenta a las imágenes de los asesinos de su hermano Ramli. Un asesinato que quebró por la mitad a su familia. Una madre y un padre que tienen que convivir en silencio, porque sus vecinos son los asesinos de su hijo. Entonces, Adi empieza a visitar a los asesinos de su hermano y a confrontarse con ellos buscando que se responsabilicen de sus actos o que muestren algún tipo de arrepentimiento.

Joshua Oppenheirme plantea lo difícil que es luchar contra una propaganda que difunde otra historia muy diferente a la que contarían las víctimas. Y esa propaganda no solo se difunde en la televisión sino que también se imparte en las escuelas, afectando a los hijos del propio Adi. Por otra parte refleja la quiebra de la familia de las víctimas reflejando la dureza de la vejez de los padres de Adi. Su padre refleja el olvido, la ceguera y el miedo que envuelve un pasado doloroso; su madre, la memoria silenciosa y el odio que esconde la víctima cuando no puede gritar y expresarse, contar su historia, llorar a su hijo muerto y restablecer su imagen… Por otra se sirve del título de su documental, la mirada del silencio, potente metáfora. Su protagonista, Adi, es oftalmólogo y va graduando la vista a algunos abuelos en su localidad, mientras les pregunta sobre el pasado. Todos se sienten incómodos, bien porque guardaron y guardan silencio y prefieren el olvido, bien porque son los asesinos… Pero también esa mirada del silencio se instala cuando Adi mira el televisor y ve y oye a los asesinos de su hermano (cómo representan, cómo ríen, cómo no ven el horror con el que actuaron) o esa misma mirada del silencio está presente cuando Adi confronta con los asesinos y estos en un principio callan…, antes de saber cómo va a reaccionar cada uno. No solo reaccionan con incomodidad, enfado e incluso amenaza, sino otros negando su responsabilidad, dando argumentos hilarantes o absurdos y ninguno mostrando su arrepentimiento, sino respondiendo con más violencia. También sorprende (donde se genera un débil halo de esperanza o la misma brutalidad y negación) la reacción de alguno de los familiares de los asesinos.

Las metáforas siguen siendo sutiles y empapando el documental, como esa especie de semillas que se mueven y saltan… queriendo sacar todo lo que llevan dentro, como les ocurre a las víctimas ante su silencio eterno. Y nos preguntamos ante la valentía de Adi (los responsables pensantes de la masacre siguen en el poder y son los que se muestran más agresivos y amenazantes con él)… y su esfuerzo por querer desvelar la verdadera historia de la muerte de su hermano Ramli: ¿Tiene sentido arriesgar así su vida, estando todavía los asesinos en el poder? Su esposa nos pone en evidencia que ella no está muy de acuerdo con la determinación de su marido. Pero ¿tiene sentido consumirse como su padre, roto por el dolor, o sentarse bajo el tamarindo como su madre, impotente ante la injusticia sufrida? ¿Tiene sentido que los hijos de Adi escuchen más mentiras? ¿Tiene sentido la impunidad de los responsables de una masacre y que sigan en el poder? ¿Tiene sentido la manera en la que enfoca estas cuestiones el documentalista Joshua Oppenheimer? Solo hay que ponerse frente el díptico The act of killing y La mirada del silencio y como espectador intentar encontrar respuestas…

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El francotirador (American Sniper, 2014) de Clint Eastwood

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El francotirador parte de la autobiografía del marine Chris Kyle. Su análisis se convierte en apasionante porque ha sido una película con polémica, sobre todo en su interpretación ideológica. El director siempre ha sido independiente en cuanto a sus planteamientos políticos aunque ha apoyado más a los presidentes republicanos. Eso no ha impedido que haya sido crítico con varias de sus medidas y nunca ha tenido reparo en dar su opinión ante distintos aspectos sociales, económicos y políticos. En este sentido, siempre hubo un análisis ideológico de su filmografía como actor y director, sobre todo al principio de su carrera y en sus primeros pasos como director de cine. Sin embargo, es cierto, que durante unos años (desde Sin perdón) se obvió su pensamiento político para el análisis de sus películas y se le consideró el último director clásico, un narrador cinematográfico que sigue los parámetros de cómo contar una historia en la pantalla blanca como en la época dorada de Hollywood. Con El francotirador se ha vuelto de nuevo al análisis ideológico y a etiquetar el pensamiento político del director así como realizar afirmaciones de que es una película patriótica, de derechas, conservadora.

Así que tenía gran interés de enfrentarme a El francotirador y lo que me he encontrado es una película más crítica de lo que pensaba y creo que más compleja de lo que se ha hablado. No es una película bélica redonda, más bien película correcta, pero desde mi experiencia como espectadora yo he visto una crónica crítica y desencantada de la guerra de Irak y la intervención de EEUU. Y el retrato desolador de lo que sería un héroe americano que no encuentra su papel. Si hay que analizarla cinematográficamente, Eastwood se ha centrado más en el mundo íntimo de su personaje principal que en las escenas bélicas (que las hay). Así por ejemplo, cinematográficamente es bastante más impresionante Salvar al soldado Ryan pero aquella ideológicamente me pareció mucho menos crítica, más patriótica y conservadora que El francotirador.

Eastwood presenta a un Chris Kyle (Bradley Cooper) como un tejano de pura cepa que se alista en la guerra de Irak convencido de servir a su patria contra el enemigo. Paralelamente a su reclutamiento y entrenamiento se enamora de una joven con la que antes de partir, se casa para formar una familia. Kyle es conservador en todos sus planteamientos. Pero Eastwood lejos de ensalzar al héroe americano (tipo Rambo) y a sus compañeros de batalla, va creando un héroe que cada vez se va sintiendo más perdido no solo en el campo de batalla sino también en la vuelta a su hogar. Cada vez entiende menos cuál es su papel y va viendo cómo se queda solo, cómo sus compañeros o mueren o se desencantan (como, por ejemplo, su propio hermano, personaje muy desaprovechado) y cómo incorporarse a la vida civil cada vez es más duro. Si Kyle empieza su labor como francotirador con el objetivo claro que le permite sortear duras cuestiones morales (nunca se regodea en las decisiones que toma), cada vez pierde más el norte y finalmente convierte su labor en una obsesión y rivalidad con otro francotirador iraquí (este podría haber sido un punto fuerte del relato cinematográfico pero se queda en la superficie, el rival es casi un fantasma, tan solo se nos muestran algunos datos. Recuerdo una película de dos francotiradores que me impresionó en su momento, Enemigo a las puertas de Jean-Jacques Annaud, que sí dejaba un retrato psicológico de los dos).

Cada vez que regresa a casa, siente el peso de otras responsabilidades que le cuesta asumir. No encuentra su lugar junto a una esposa y unos hijos que cada vez conoce menos aunque están ahí. Su esposa cada vez tiene más claro que su marido tiene que regresar del todo y centrarse en la vida civil. Además el protagonista siente el peso de sus demás compañeros a los que encuentra con duros procesos de integración a la vida bien por secuelas físicas o psicológicas. Su vida pierde sentido y rumbo… y nota que poco a poco todo se derrumba.

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La paradoja es que finalmente cuando logra tomar de nuevo las riendas de su vida y se decide a ayudar a otros compañeros con duras secuelas de guerra (es decir, encuentra un papel)…, ese francotirador temerario en Irak, que tenía el convencimiento de que disparaba al enemigo para proteger a sus compañeros, encuentra la muerte a manos de un exmarine con secuelas psicológicas. ¿Hay un destino más desolador para ese héroe americano que ha reflejado Eastwood?

Por otra parte otra de las críticas que ha recibido El francotirador es el reflejo del otro, del enemigo, de los iraquíes. Como en las películas del Oeste clásico, donde los indios eran representados como un colectivo y raramente alguno de ellos tenía un definido papel y personalidad desarrollada (eso fue evolucionando poco a poco hasta llegar a largometrajes como Apache, donde curiosamente el actor protagonista no era un apache auténtico sino Burt Lancaster) o escasamente se desarrollaban los motivos por los que surgía el enfrentamiento y su forma de actuar (se obviaba, claro está, su punto de vista), en El francotirador, Eastwood se centra en la construcción y evolución del héroe americano en película bélica y no en la representación del otro (pero esto no es solo algo que le ocurre a Eastwood, se puede ver en otras aclamadas películas recientes como La noche más oscura o Argo).

El francotirador muestra la riqueza de una película y las distintas miradas desde las que se puede abordar. Si la miramos cinematográficamente, no es de las mejores películas de Eastwood, es correcta sin más, con algún momento de puesta de escena que muestra su saber hacer, cómo esa última escena en que Kyle se va del hogar, todos sabemos su aciago destino y vemos en la puerta a punto de cerrarse el rostro de su mujer… Pero si hacemos un análisis de contenido, las miradas chocan, polemizan y crean reflexiones interesantes.

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El año más violento (A most violent year, 2014) de J.C. Chandor

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El matrimonio Morales regresa a casa en coche después de una cena con unos banqueros y se cruza en su camino de forma violenta un ciervo que queda moribundo en la carretera. Los dos tienen claro que hay que matarlo para evitar su sufrimiento. Ahí, en esa escena, se ve claramente la manera de actuar de cada uno. Él pensándose mucho el camino más correcto a seguir para conseguir un objetivo concreto y ella siguiendo el camino más rápido y directo aunque haya que infringir las normas… para alcanzar el mismo objetivo que su marido. Él es un inmigrante en Nueva York que busca prosperar en el competitivo mercado del fuel pero siempre buscando la legalidad, ella quiere prosperar como su marido pero su padre y hermano son unos mafiosos de Brooklyn y tiene otra manera de ver el asunto.

El año más violento es una película incómoda porque el matrimonio protagonista es incómodo. Chandor (tercer largometraje desde Margin call y Cuando todo está perdido) presenta un Nueva York frío, desangelado y oscuro donde campa la violencia y la corrupción en un capitalismo salvaje y depredador que no permite otro camino, que enriquece a unos (aunque el personaje de Isaac quiera ir de legal, tiene claro dónde quiere llegar, es ambicioso y competitivo y no duda en llevarse por delante a sus competidores…, lobo con piel de cordero) y oprime a otros, los trabajadores, cuyas vidas terminan en tragedia. El año en el cual transcurre la odisea del matrimonio Morales (cuando se encuentran en el momento más vulnerable pero a la vez a punto de hacerse con el imperio del fuel) es el 1981, el año más violento de Nueva York.

El cine americano últimamente está realizando películas con reflexiones morales y filosóficas sobre un capitalismo salvaje que deshumaniza y deja en el camino la tragedia, la ruptura del sueño americano y la vuelta a un cine negro distante y frío que golpea al espectador y le incomoda. Así El año más violento puede ser la raíz de otras reflexiones de otros directores contemporáneos que realizan sus películas en EEUU como James Gray, Andrew Dominik (Mátalos suavemente) o una denostada injustamente y extraña película de Ridley Scott, El consejero.

Chandor logra imprimir una atmósfera que va envolviendo lo que quiere contar con un ritmo lento pero efectivo. Poco a poco va soltando la madeja y la información va filtrándose despacio desnudando tanto a los personajes como el ambiente corrupto y sin salida que les rodea. La complejidad del matrimonio Morales atrapa en una trama negra que huele a desencanto y violencia que se contiene y explota en cada momento. Todo con sutileza. La tragedia está a la vuelta de la esquina porque la corrupción termina perjudicando siempre al más vulnerable e indefenso, los otros siguen tejiendo redes (por mucho que quieran revestirlo de legalidad… es muy frágil la línea entre infringir o no las normas para enriquecerse) para conformar un capitalismo salvaje donde lo que menos importa son las personas.

Oscar Isaac y Jessica Chastain crean un matrimonio incómodo que termina haciendo temblar por la naturalidad con la que se mueven en una atmósfera enrarecida de violencia, corrupción e intereses creados. Él tiene claro que no quiere fracasar, y ella nunca dejará que la expulsen al lodo.

El año más violento es puro cine negro con mucha reflexión moral y filosófica rodeado de tragedia y pesimismo hacia un sistema económico que crea abismos de injusticias.

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Nightcrawler (Nightcrawler, 2014) de Dan Gilroy

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Un nightcrawler es una figura del periodismo sensacionalista que va con su cámara por la ciudad, normalmente por la noche, y está al acecho de los accidentes, los tiroteos, los escándalos públicos… Su habilidad es llegar antes que nadie a los sitios y grabar y después vender las imágenes a las televisiones locales. Quien pague mejor es quien se lleva la grabación. Indagando un poco más descubrimos que Nightcrawler es un superhéroe de la Marvel, un mutante de X-Men, es el rondador nocturno. Apareció por primera vez en 1975. Y mencionar estas dos cosas no es ningún despropósito porque la película de Dan Gilroy provoca un mal rollo increíble al contar la historia sin concesiones de un joven nightcrawler sin escrúpulos que va camino de convertirse en un superhéroe empresario a costa de aplastar a quien se cruce en su camino. Y es que Nighcrawler casi es un thriller de terror con un Jake Gyllenhaal que da mucho miedo pero que puede ascender y ascender por la sociedad en la que vivimos donde, por ejemplo, las audiencias de televisión se elevan cuanto más truculento y sensacionalista se es.

El protagonista Lou Bloom es un joven que no encuentra trabajo y es un superviviente nato. Se dedica a robar chatarra y venderla. Pero desde el principio, desde un robo que realiza nos damos cuenta de que aspira a mucho más. Él tiene claro que quiere triunfar a toda costa y encuentra su vocación un día por casualidad. Ve un accidente de tráfico y a un cámara veterano que graba todo… y le empieza a preguntar. No se lo piensa dos veces, roba una bicicleta y se compra una cámara de vídeo. Como un joven empresario de éxito se busca un ayudante, Rick (Riz Ahmed), que es un joven en situación de exclusión, solo y que necesita aferrarse a un trabajo… en prácticas con posibilidades de éxito. Y busca un canal de noticias locales donde llama la atención de la editora jefe, Nina (Rene Russo), que busca las imágenes más impactantes para subir la audiencia de su canal.

Lo terrorífico de Lou Bloom es su manera de comportarse, su manera de empatizar con el otro, su manera de grabar, su manera de manipular, su manera de crear noticias, su manera de eliminar obstáculos, competencias y barreras, su manera de ir ascendiendo… Y sin ningún atisbo de redención, sin un momento de mala conciencia, sin sombra de remordimiento. Todo por el éxito. Porque a Bloom la gente le importa un carajo, la utiliza para obtener un objetivo. Lou Bloom es un sociópata que triunfa. Y eso da mucho miedo. Pero da miedo porque hay una sociedad violenta y enferma que lo permite…, porque él capta las imágenes más escabrosas, las más impactantes, se acerca a lo más horrible, a lo más violento… No solo puede captar esas imágenes sino que luego hay una audiencia que no aparta la mirada del televisor.

El guionista Dan Gilroy dirige su primera película y presenta la cara oscura y perversa de Los Ángeles. Una ciudad nocturna pero fríamente iluminada, deshumanizada, que es captada por la cámara de Lou Bloom. La ciudad es casi una pesadilla, como las imágenes que captan los nightcrawlers. Y además cuenta con un actor como Jake Gyllenhaal que arriesga y es un camaleón brutal. Si en Prisioneros parecía que los tics del personaje eran suyos, aquí se transforma con esa mirada torva y esa cara aguileña así como su delgadez extrema. Una cara que cuando se ilumina con el foco de la cámara a veces es inquietante o también cuando rompe con su cabeza un espejo ante un fracaso pero también es capaz de sonreír y convencer, de manipular…, convierte a las personas en títeres, no siente dolor. Y es solitario por elección. Solo quiere el éxito. Su frase final es terrorífica y adquiere todo su significado viendo la trayectoria de Bloom: “Pero recuerden que jamás les pediría algo que yo no haría”. Pero ¿qué no haría Lou para alcanzar su propia cima?

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Cadeneta de películas que se quedaron en el tintero…, más la propina

Las he ido viendo poco a poco y en cascada… películas todas ellas irregulares pero con un componente que las hace atractivas, extrañas, apetecibles… que bien merecen un visionado, dos o tres. Que te dejan pensando. O que alguno de sus fotogramas se te queda fijo en la retina. No son ni redondas ni perfectas… pero algo en ellas hace que no las olvides, que las razones y las pienses. Todas muestran un director detrás de sus imágenes. La propina es más que olvidable, la más rutinaria, la menos extraña y creativa (el director es invisible pero porque no crea) que no merecería la pena si no fuera por dos interpretaciones (me atrevería a decir tres) que dejan una huella o que permite al menos pasar una tarde amena.

Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) de Lynne Ramsay

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La directora Lynne Ramsay refleja un mundo de sensaciones, emociones y caos para reflejar el complejo universo de una madre que trata de entender qué es lo que le ha pasado a su hijo. Emplea el color, la música y el rostro increíble de Tilda Swinton. Presenta una narración descolocada que como las piezas de un puzle van tomando sentido en los ojos del espectador para contarnos una historia terrorífica y muy difícil de asimilar. Ninguno de los personajes de esta familia disfuncional ni sus relaciones, formas de ser o comportamientos son sencillas o fáciles de entender. Juega también con lo inquietante y lo incómodo. El espectador sabe en todo momento que ha ocurrido algo horrible o que va a ocurrir algo tremendo… pero ese instante siempre se retrasa…, hasta que llega la explosión de violencia, como una verdad revelada. Y te quedas absorto y te fundes con el rostro compungido de Tilda.

Solo Dios perdona (Only god forgives, 2013) de Nicolas Winding Refn

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El director Nicolas Winding Refn construye una historia negra y violenta a través de la imagen, la estética, los ambientes y los rostros de sus personajes. No necesita apenas diálogos. Su película es pura coreografía y puesta en escena. Y desencadena una historia familiar de odios y venganzas en Bangkok. La destrucción de una familia mafiosa americana en un país lejano… Todo empieza por un asesinato y un policía jubilado que actúa como si fuera un dios vengativo. En el tablero del destino juega una especie de femme fatale convertida en madre vengativa, una Kristin Scott Thomas maravillosa e irreconocible; un hijo silencioso que arrastra la culpa y el silencio (el impasible Ryan Gosling); un hermano e hijo muerto que desata la violencia; una joven prostituta humillada y un extraño policía que desata su ira allá por donde pasa y que tiene querencia por cantar canciones tristes en los karaokes…

La mosquitera (La mosquitera, 2010) de Agustí Vila

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El director Agustí Vila crea una extraña fábula sobre una familia que dinamita con sus comportamientos extraños la normalidad. No existe este concepto en La mosquitera que se termina convirtiendo en película incómoda sobre la incomunicación y la incapacidad del ser humano para vivir en estos tiempos duros. Con una cuidada puesta en escena, sencilla y efectiva, crea un mundo entre absurdo y agobiante donde una familia actúa con normalidad pero todos sentimos que nada lo es. Su forma de actuar, de comunicarse y hablar es distinta, no entendemos en ningún momento sus códigos y eso acrecienta la incomodidad del espectador. Es como si estuviesen atrapados en una mosquitera y todo lo viéramos a través de esa fina tela, desde la distancia. Los actores, especialmente Emma Suárez, se tiran en plancha en interpretaciones de riesgo. Los perros son más coherentes y normales que cualquiera de los personajes que se presentan en esta trama. Curiosamente realizaría una sesión doble con la griega Canino de Giorgos Lanthimos. Y terminaríamos realmente incómodos…

Polisse (Polisse, 2011) de Maïwenn Le Besco

polisse

A la realizadora y actriz Maïwenn Le Besco no le funciona del todo su fórmula entre realismo documental y ficción pero regala buenos momentos (lo que menos funciona es su personaje, aunque la idea podría no haber sido mala, y su historia de amor). Momentos de verdad que hacen lamentar que Polisse no sea una película más redonda. La película trata de reflejar la cotidianidad y el día a día de la unidad infantil del Departamento de Policía de París. Así deja una radiografía de las relaciones entre los miembros de la unidad, compartiendo sus momentos en las comidas, en las actuaciones, sus discusiones, sus celebraciones de alegría, su desesperación, la dificultad de sus vidas privadas, sus obstáculos para llevar a cabo su trabajo y cómo va haciendo mella en ellos su duro trabajo… Así nos estremecemos ante el lloro desconsolado de un niño al que deja su madre en la comisaria porque no puede hacerse cargo de él y la impotencia de uno de los policías que ha intentado por todos los medios encontrar un albergue que les acoja a los dos… O nos reímos con estos policías cuando ante duras situaciones surge el humor, un humor sano y seco, para suavizar o poder sobrellevar el momento.

La propina. El juez (The judge, 2014) de David Dobkin

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Un típico melodramón con juicio de fondo muy pero que muy americano con un argumento mal desarrollado donde la labor de dirección apenas llama la atención y que lo que sobrevive es la interpretación del juez del título, un colosal Robert Duvall, que logra conmover (e incluso que la espectadora que esto escribe echara más de una lágrima) y un Robert Downey Jr que consigue que se empatice con abogado agresivo y millonario que vuelve de nuevo a sus raíces familiares para redimirse y arreglarse con un pasado que le duele. Los momentos sensibles más conseguidos son unas grabaciones de super 8, las conversaciones y los momentos entre padre e hijo y las relaciones de Downey con sus hermanos de ficción, personajes que hubieran merecido ser más mimados pues están magníficamente interpretados por dos actores: Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong.

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Violencia y cotidianidad. Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut/Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

Durante el verano se estrenó la película china Un toque de violencia de Jia Zhang Ke que contaba cuatro historias con estallido de violencia final en cuatro provincias distintas de China. Su director se inspiraba en casos reales que se habían difundido a través de las redes sociales. Y versaba sobre la crispación real del momento. Pero esa crispación no solo está presente en China. Así como esa reflexión sobre la violencia en el día a día, en la cotidianidad del ser humano, no es la primera vez que es representada en la pantalla blanca. Y me viene a la cabeza esa pesimista filosofía de que la violencia se encuentra agazapada en cada una de las personas, en cada uno de nosotros, es instinto animal, y el paso de la calma a la barbarie no es tan lejano. Pura cotidianidad. A veces vivir en sociedad, en la civilización, es camuflar el instinto violento. En cualquier momento puede estallar.

Cuando escribí sobre Un toque de violencia especifiqué: “Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película)”. Así a continuación una sesión doble impactante y que sorprende de una película española y otra argentina (con presencia en la producción de los hermanos Almodóvar) que ilustran esa violencia y cotidianidad.

Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut

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Con solo dos largometrajes en su filmografía, Carlos Vermut, joven realizador español, ha creado un universo propio. Primero fue Diamond flash y ahora Magical girl. Mi entusiasmo y sorpresa ha ido en aumento, si Diamond flash me pareció una obra interesante para el análisis, Magical girl me ha removido. No se entiende ninguna de las dos sin un contexto social y político determinado: la crisis económica, política y social en la que estamos inmersos desde 2007. Magical girl es un puzle donde entre el melodrama, el folletín, el cine negro con perdedores de fondo y una femme fatale rota en el infierno, el mundo del cómic y el destino haciendo de las suyas, queda como resultado una obra cinematográfica redonda.

Y es que Carlos Vermut crea una identidad para su cine y lo desarrolla muy bien. En un momento dado de la película, un personaje secundario y siniestro trata precisamente de explicar una identidad española que no se decanta ni por la racionalidad absoluta o la emoción total y para desarrollar esta idea se sirve de la tauromaquia. Por qué gustan las corridas de toros y por qué causa tanta controversia: técnica y emoción. Así Magical girl, la película de Carlos Vermut, es un mecanismo cinematográfico perfecto con una puesta en escena muy cuidada y planificada que deja momentos visuales de impacto e hipnóticos pero además el espectador puede alcanzar cierta catarsis emocional dejándose arrastrar por este melodrama de destino trágico con tintes negros.

Hay un cuarteto de personajes unidos por el deseo de una niña que se muere de leucemia. Y ese deseo no es más que poseer un caro traje de un personaje de cómic, con un complemento indispensable. Así la película danza entre tres historias (con denominaciones diferentes Mundo, Demonio y Carne) que confluyen en tragedia. Cada una de ellas tiene su claro protagonista. Mundo, un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) con una hija enferma de leucemia. Demonio, una joven con problemas de salud mental (Barbara Lennie) que vive su propio infierno cada día y que uno de esos días en su camino se cruza el profesor de literatura en paro. Y por último Carne, un profesor de matemáticas sale de la cárcel (José Sacristán, que sigue sorprendiendo en esta fase de su carrera cinematográfica con apuestas tan atractivas como Madrid 1987, El muerto y ser feliz, Magical girl o esperando verle en Murieron por encima de sus posibilidades) y desconocemos tanto de su pasado como el de su antigua alumna, la joven con problemas de salud mental (de ambos solo tenemos pistas que nos permiten construir un puzle oscuro… donde hay piezas que desaparecen), pero vuelven a contactar en trágicas circunstancias.

Tres historias protagonizadas por tres actores carismáticos (destacar a un Luis Bermejo que se sale) y el rostro de una niña (Lucía Pollán) con el fondo de una copla de Manolo Caracol, La niña de fuego. Toda una tragedia melodramática en una España en crisis. Magical girl atrapa por lo racional (cómo está hecha, sus referentes continuos, sus metáforas, su puesta en escena…) y por lo emocional (los personajes nos arrastran a un melodrama trágico con tintes negros).

Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

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Como bien dice el título, el director Damián Szifrón ofrece seis relatos cinematográficos salvajes y de este modo pinta un mapa político, social y económico de su país absolutamente pesimista. Pero su forma de presentarlo es a base de relato que estalla con un humor negro exultante. Szifrón no deja respiro y construye a la perfección cada una de sus historias, desde la que encabeza la colección, antes de los títulos de crédito hasta la catarsis final que cierra la película. Szifrón cuenta además con un buen reparto de actores y cuida la forma de contar cada una de las historias, la puesta en escena.

El espectador sale con la adrenalina disparada tras una reflexión bastante pesimista (pese la carcajada) de la condición humana y sus estallidos de violencia (por motivos económicos, burocráticos, sociales, políticos…). Presenta un mundo donde campa la injusticia, la corrupción, la desigualdad social, la penuria económica, la impotencia, el mundo de la hipocresía y las apariencias, la competitividad… y donde sus protagonistas pierden la cabeza, estallan.

Empezamos por un vuelo donde sus pasajeros se van dando cuentan de que hay demasiadas coincidencias entre ellos. A todos les une que han conocido en un momento de sus vidas a una persona… Seguimos por un bar de carretera y un día lluvioso donde va a parar un comensal, un político corrupto, al que atiende una camarera que le reconoce y esta comenta a la cocinera cómo este tipo arruinó a su familia. Y la vieja cocinera le hace a la camarera una proposición. Volamos a una carretera solitaria y nos cruzamos con un ejecutivo con su coche de lujo que ve cómo un viejo coche con conductor de otra condición social le impide el paso… y empieza así una discusión… Acompañamos a un ingeniero especialista en explosiones que ve cómo la burocracia del día a día va destruyendo su vida: todo empieza cuando un día una grúa se lleva su coche. Pasamos por la historia más escalofriante sobre un muchachito de familia bien que despierta aterrorizado a sus padres porque se ha dado a la fuga después de atropellar a una mujer embarazada. Y terminamos en una boda de un matrimonio joven donde ella realiza un descubrimiento que la hace perder los estribos en plena celebración. Seis estallidos que dejan sin respiro. Carcajada y catarsis.

Entre los rostros de actores, una cantera de categoría, podemos encontrarnos con Dario Grandinetti, Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese o una sorprendente Érica Rivas, como novia despechada. Szifrón se convierte en un cronista contemporáneo muy eficaz que logra remover a través de la carcajada y el estallido. Después reflexionas, y llega el pesimismo y una tristeza ante un mundo reconocible y salvaje.

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La entrega (The drop, 2014) de Michael R. Roskam

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Un cuento de Navidad con ráfagas de cine negro. Eso es La entrega, adaptación cinematográfica de una novela corta de Dennis Lehane que también es el creador del guion de la película. Un cuento de un tipo solitario y silencioso, aparentemente sin muchas luces, que de pronto va desvelando su personalidad ante varios cambios en su vida. Bob, que así se llama el protagonista (en la carrera ascendente de un Tom Hardy que se sale), es ante todo un superviviente. Vive en Brooklyn y es camarero de un bar que hace de tapadera para el intercambio de dinero negro de las mafias locales (dominadas ahora por los chechenos). En el bar trabaja junto a Cousin Marv (James Gandolfini, en su último trabajo). A los dos les unen lazos familiares estrechos y vida en común juntos, cuando Cousin Marv era el ‘rey’ del barrio y el dueño del local… y ahora es un tipo duro venido a menos que trata de recuperar su gloria perdida. Bob sigue su día a día en una rutina continua con su trabajo en el bar con clientes de toda la vida, los días en que el local es elegido como ‘caja’ de la mafía, sus mañanas acudiendo a misa sin tomar nunca la comunión y su paseo solitario hasta su hogar vacío.

Un día frío, de vuelta a casa, Bob escucha una especie de lamentos…, son los ladridos de un cachorro herido de pit bull tirado en un cubo de basura. Y además conoce a una vecina del barrio, porque el perro está en su cubo de basura, Nadia (Noomi Rapace), una joven bastante atormentada que arrastra un pasado que la pesa… A partir de ese momento la rutina de Bob se ve rota y el hombre duro se vuelve vulnerable, siente, ante dos nuevas presencias: el perro y la chica. El duro Bob que siempre controla, se atreve a dejar ver un asomo de sentimientos y fragilidades pero también a exacerbar su instinto de supervivencia. El duro Bob decide proteger lo que ama y sobrevivir y el silencioso Bob esconde mucho más de lo que muestra…

De pronto su rutinaria vida se pone patas arribas: un atraco en su local, las amenazas de los chechenos, los movimientos de Cousin Marv (que parece en un principio que es el que controla y poco a poco vamos viendo otro revés de su personalidad), la investigación de un inspector de policía que le conoce de las misas (con el rostro de John Ortiz) y la aparición de un tipo del barrio de pasado delictivo con graves problemas de salud mental que amenaza con arrebatarle tanto al cachorro como a Nadia (con el rostro del belga –como el director con el que ya trabajo en su anterior trabajo Bullhead– Matthias Schoenaerts, que su rostro llegó a la cartelera española a través de De óxido y hueso). El silencioso Bob irá moviendo las piezas…, su vulnerabilidad y su instinto de supervivencia…

Pequeña película pero contundente. Toda una sorpresa. Sencilla en su puesta en escena pero que atrapa una atmósfera y atrapa también la soledad de un hombre. Una película de perdedores que siempre pierden y otros que tienen una forma peculiar de aceptar segundas oportunidades y seguir perdiendo (por elección y supervivencia). Tan solo hay algunos personajes quizá desaprovechados en su desarrollo como el inspector de policía o la propia Nadia pero sospecho que el papel, el desarrollo y la presencia de ambos es bastante importante en la novela corta original (que aún no he leído). Un cuento de Navidad con ráfagas de cine negro para una tarde otoñal…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.