Cadeneta de curiosidades cinematográficas. Una profesora con gotas de poesía, Tim Robbins y Shakespeare, 1001 películas que hay que ver antes de morir y el ciclo de cine Otras infancias

Una profesora de parvulario (Haganenet, 2014) de Nadav Lapid

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Hay películas que provocan en el espectador cierto extrañamiento, incomodidad y distanciamiento pero sin embargo hay algo en ellas que atrapa. Así ocurre con la segunda propuesta cinematográfica del director israelí Nadav Lapid, Una profesora de parvulario. Su manera de contar de alguna manera atrae la mirada. Y es difícil lo que plantea y cómo lo plantea. Habla de un mundo sin poesía pero sin embargo lo cuenta con un lirismo duro y especial. Una profesora de parvulario remueve e incomoda. Hay momentos en que no sabes si reír o llorar. Sus personajes no inspiran ninguna simpatía y sin embargo muestran totalmente su humanidad en un mundo que no hay hueco para los versos. Su premisa: una profesora de parvulario descubre a un niño en su clase con un don para crear poemas (es casi como si tuviera revelaciones)…, su obsesión por fomentar su don y por protegerle de un mundo que a ella le ha llevado a una cárcel interior, al vacío, a la soledad y el alineamiento le hará tomar decisiones y rumbos inesperados. La mirada especial de la profesora con el rostro de la actriz Sarit Larry define esta extraña película que deja momentos con unas gotas de poesía emocional… Un patio con lluvia, un baile desesperado, una lágrima que se desborda y un niño que no quiere dejar de serlo (Avi Shnaidman)…

El sueño de una noche de verano, según Tim Robbins

… Desde que siendo pequeña me regalaron un cómic de El sueño de una noche de verano de William Shakespeare (adaptación del historietista Miguel Quesada Cerdán… que aún conservo), mi idilio con esta obra y con Shakespeare aún no ha parado. Me enamoré sin remedio de esa obra y llegó a un punto álgido cuando siendo universitaria vi un montaje teatral que me dejó sin habla (de hecho repetí función), y fue el montaje que realizó el grupo vasco Ur Teatro. Las adaptaciones cinematográficas de esta obra en concreto no han sido tan afortunadas (la de 1935 de William Dieterle o Max Reinhardt o la de 1999 de Michael Hoffman), falta todavía aquel director que destaque con esta propuesta. Más brillantes han sido aquellas películas que han tratado de captar su espíritu como Ingmar Bergman con Sonrisas de una noche de verano, Woody Allen con La comedia sexual de una noche de verano o el empleo de la obra original en la película de Peter Weir, El club de los poetas muertos. Ahora mi amor hacia esta obra ha vuelto a renacer con fuerza, emoción y alegría en el Teatro salón Cervantes de Alcalá de Henares, pues tuve la fortuna de disfrutar del montaje que ha realizado, como director, Tim Robbins. Volví a hundirme en el mundo encantado de Titania y Oberón, a disfrutar de los enredos amorosos de Herminia, Elena, Lisandro y Demetrio y a reírme a carcajadas con ese montaje sobre el mito de Píramo y Tisbe que realiza la gente del pueblo para la boda de Teseo e Hipólita. Con una elegante y sencilla puesta en escena, donde los actores jugaban con sus vestuarios e intercambio de roles en los tres mundos que tan bien diferencia la obra, así como música en directo… y una fragmentación del personaje de Puck…, Tim Robbins logró disparar la emoción y la alegría que transmite esta obra. Y haré un comentario algo frívolo… pero fue un placer oír reír al mismo Robbins con su propio montaje… a unos pocos metros de la que esto escribe… Por cierto, Tim Robbins realizó un homenaje a Orson Welles y al teatro en una película que dirigió en 1999 y que me deslumbró la primera vez que la vi, Abajo el telón (Cradle Will Rock).

Un libro-regalo

Hace unos meses y en circunstancias adversas, me hicieron un regalo que me alivió y entretuvo durante momentos un poco duros… y todavía sigo disfrutándolo. 1001 películas que hay que ver antes de morir (Grijalbo ilustrados, 2014), donde, como su título explica, se reúnen este número de películas, ordenadas por décadas hasta la actualidad, con comentarios (con su ficha técnica, sus fotogramas, su cártel, anécdotas y alguna frase curiosa que se refiere a la película o alguna frase mítica del guion) de distintos críticos y expertos cinematográficos, coordinados por Steven Jay Scheneider. Como en todas las listas (y esta es muy amplia) hay sorpresas, ausencias y descubrimientos. Es un libro ameno y sencillo…, donde puedes estar de acuerdo o no con las valoraciones de los colaboradores y por tanto razonar o revisar ciertas reflexiones o afirmaciones. A mí sobre todo me está aportando el recordar o descubrir obras cinematográficas que aún no he visionado… y apuntar propuestas para llenar más todavía mi viejo baúl de películas.

Ciclo de cine y debate Otras infancias en La Casa Encendida

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Como todos los años por estas fechas…, ando yo un poco implicada y muy ilusionada en un ciclo en La Casa Encendida. Las miradas de los niños avisan sobre la salud de las sociedades en las que viven. Esas miradas son directas y sinceras. Con esas miradas se dibuja el ciclo de cine y debate Otras infancias. Durante los martes y jueves del mes de julio se proyectarán siete películas, cinco de ficción y dos documentales, donde los principales protagonistas son los niños. Viajaremos a Oriente y Occidente, al Norte y al Sur y junto a ellos viviremos sus juegos y malabarismos para mantenerse en pie, para construir un futuro, a veces incierto… Otras infancias porque cada niño crea su propio universo, otras infancias porque las circunstancias que les rodean condicionan sus primeros años de vida. El martes se dio el pistoletazo de salida con La bicicleta verde de Haifaa Al-Mansour y el coloquio con la socióloga Fátima Arranz. Os dejo aquí un link de una propuesta veraniega sobre infancia, cine y reflexión.

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Centenario de Orson Welles (2). Alma rebelde (Jane Eyre, 1943) de Robert Stevenson

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Según el punto de vista, una misma historia puede cambiar totalmente. Así Jane Eyre tiene la mirada de la institutriz de infancia triste y dura que termina en la mansión de Thornfield donde se encuentra con el señor Rochester, un hombre vividor pero atormentado. Entre los muros de su nuevo hogar, se esconde un oscuro secreto. Y entre misterios y soledades, obstáculos y barreras, surge una historia de amor con sombras. La novela (1847) de Charlotte Brontë tuvo una precuela en el año 1966, Ancho mar de los Sargazos y el punto de vista es el del oscuro secreto. Así su autora, Jean Rhys convierte a la primera esposa del señor Rochester, aquejada por la locura y alejada de su tierra así como encerrada en los muros de Thornfield Hall, en un desgarrador personaje que siempre se intuye en la novela de Brontë. Hundirse en estas dos novelas es descubrir universos paralelos… una historia, dos miradas. Una gozada. Y curiosamente mientras se conocen varias versiones cinematográficas de Jane Eyre…, ningún director o directora ha contado esta maravillosa y decadente historia desde la mirada de la primera esposa del señor Rochester, una mujer criolla de Jamaica que termina encerrada en una mansión de Gran Bretaña. Ninguna versión se ve ya igual conociendo el desgarro de Bertha Mason. Pero ¿qué personaje no tiene luces y sombras en Jane Eyre?

Así la versión de 1943 nos deja una Bertha Mason convertida en secreto terrible, mujer con una risa aterradora y una violencia sin límites, junto a una compleja pero dulce Jane Eyre y un señor Rochester carismático con una voz grave que tras su antipatía esconde un hombre que se rompe y fractura. El director Robert Stevenson muestra la infancia terrible y las misteriosas paredes de Thornfield Hall. Se salta el viaje interior de Jane y su convivencia con los hermanos Rivers…

Y el señor Rochester no es otro que un joven Orson Welles… que descubre otra manera de financiar sus proyectos cinematográficos, cuando se sabe demasiado pronto fuera del sistema de estudios y su funcionamiento: trabajar como actor para otros directores. Con 28 años y habiendo rodado apenas hacía tres años, con total libertad creativa y los medios necesarios (dos circunstancias que ya pocas veces lograría otra vez juntas), Ciudadano Kane, Orson Welles se convierte en personaje romántico de novela que roza lo gótico. Y además empieza a arrastrar otra leyenda de “su personaje” cinematográfico, que además de actor, ejercía también de director en la sombra.

Algunos nombres que hicieron posible Alma rebelde (como se titula por estas tierras) revelan extrañas sorpresas. Primero es de esas obras cinematográficas que tuvo un montón de guionistas pero entre los acreditados nos encontramos con el nombre del novelista Aldous Huxley, que trabajó durante unos años en Hollywood. También uno de los personajes que marca a Jane Eyre para siempre es su joven amiga en el siniestro colegio de Lowood, Helen, que en esta versión cuenta con el hermoso rostro de Liz Taylor. La insensible y rígida tía Reed en tan solo dos apariciones la dibuja perfectamente Agnes Moorehead, que había formado parte de la compañía teatral de Orson Welles, Mercury Theatre. Y el director Robert Stevenson se convirtió años más tarde en el narrador de las fantasías cinematográficas del estudio Disney. Así su nombre va unido a Mary Poppins o La bruja novata, dos clásicos imprescindibles. En Alma rebelde ya escondía a ese director eficaz capaz de crear ambientes especiales y extraños… que de las sombras de Thornfield Hall tocaría la luz en sus películas Disney.

Alma rebelde es como una versión reducida y concentrada de la novela Jane Eyre. Sin duda de lo que se disfruta es del ambiente fantasmal, como del más allá, que adquiere la película, gracias a sus decorados y escenas bajo la niebla y la lluvia. Así como de cada uno de los encuentros entre una especial Jane Eyre (Joan Fontaine), niña rebelde que aprende a sobrevivir convirtiéndose en una sombra callada e inteligente condicionada por una estricta educación moral y religiosa, y un antipático señor Rochester que esconde primero a un hombre atormentado y después a otro que sufre. Frente a la naturalidad y dulzura de Joan Fontaine, que sabe mirar con ojos de arrobo mejor que nadie, choca la barroca, intensa y teatral interpretación de un señor Rochester que domina su escenario perfectamente. Desde su primer encuentro… donde una Jane cruza un camino en niebla y surge un caballo que se encabrita con el señor Rochester encima y un perro enorme que ladra hasta esa boda que no puede celebrarse y donde se descubre el secreto que atormenta a Rochester, siempre con apariencia impecable y cuidado vestuario… Y siempre escuchando la grave voz de Welles.

No obstante siempre uno se pregunta si realmente el héroe romántico es tal o si es un hombre fatal… si todas las mujeres que se cruzan en su camino, como una maldición, son desgraciadas. Y nos preguntamos por el futuro de Jane con un hombre no precisamente fácil. Primero su esposa que enloquece, después esa niña llamada Adele Varens a la que cuida para que no le falte de nada pero a la vez incapaz de mostrarse cálido con ella (arrastra sobre sus hombros otra fallida historia de amor del señor Rochester), Jane a la que confunde con sus cambios de comportamiento o con la señorita Blanche Ingram con la que juega y a la que desprecia. Tan solo contamos con la mirada de Jane… pero ¿qué piensan o cómo viven las demás esta oscura historia?

Orson Welles ese héroe romántico complejo y oscuro que justo, en ese año, se casaba con Rita Hayworth… Cuentan que la biógrafa de la actriz contactó con Orson y le dijo que Rita siempre dijo que los años junto a él habían sido lo más felices y que él replicó: “Si aquello fue felicidad, imagínate cómo fue el resto…”. Puro señor Rochester.

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Nuestro último verano en Escocia (What we did on our holiday, 2014) de Andy Hamilton, Guy Jenkin

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Así dejaba caer en un whattapp lo que me había gustado esta película a un grupo de amigos: “Nuestro último verano en Escocia tiene un punto vikingo, bajo el mandato de Odin, con notas armónicas sobre la muerte y la vida… y lo ridículos pero tremendamente humanos que podemos ser… A veces los niños en sus mundos lo tienen todo mucho más claro. A mí me ha sorprendido gratamente…”. Y todo empezó porque tuvimos un suculento debate en una cena sobre qué es una película de buenos sentimientos, o como yo suelo llamar películas medicinas, al mostrar mis ganas e interés por ver esta película. Debatíamos sobre su verosimilitud o no, sobre si son falsas o no lo son, sobre si son maniqueas o no, sobre si hay una buena película de buenos sentimientos, sobre cuál es la definición exacta y qué películas entrarían dentro de esta denominación. Fue un debate encendido y apasionado. Se habló también de dónde estaban los límites de este subgénero y si era uno de esos subgéneros que pueden volar o se queda en lo políticamente correcto…

Después de disfrutar en la sala de cine, pensándola me di cuenta de que, mientras me dejaba arrastrar por paisajes que hicieron que nacieran en mí unos deseos inmensos de regresar a Escocia (fui en dos momentos muy especiales y siempre me genera bonitos recuerdos), me venían a la cabeza dos películas: una americana y otra británica. Pequeña Miss Sunshine y Un funeral de muerte. Sentí un fino hilo que unía estas tres películas, familias normales en un momento crítico de su existencia que nos las devuelven como familias disfuncionales; la vida y la muerte dándose la mano de manera natural, las máscaras de la comedia y la tragedia enlazadas; lo ridículo de los seres humanos pero también el eterno lado tierno oculto en cada uno y la infancia como mirada que observa el mundo de manera, cercana, especial; así como la cercanía de comunicación entre el niño que le queda todo por vivir y aquel que ya apenas le queda un tiempo por estar…

Nuestro último verano en Escocia es una película con encanto de personajes y situaciones (con una buena galería de actores, desde el más mayor hasta el más pequeño). La premisa es sencilla (tanto como su dirección): unos padres que están en proceso de separación van con sus tres niños a una gran fiesta de cumpleaños en Escocia. El cumpleaños es del abuelo (por parte paterna). Los niños, a pesar de que viven en sus mundos, se dan cuenta de que no encajan en un mundo de adultos que no entienden. El que mejor se explica es el abuelo. Sus padres están en una discusión eterna. Sus tíos son personas que hablan un lenguaje extraño, y su primo está demasiado perdido. Unas horas antes de la gran macro fiesta con más de doscientos invitados, el abuelo decide ir a su playa favorita con sus tres nietos… Nuestro último verano en Escocia te deja con la sonrisa asomando en la boca… la vida es tan sencilla y tan compleja a la vez. En la vida ríes y lloras… y existe también el humor suave, el tierno y el negro. Y como dice el abuelo a una de sus nietas: “¡Tienes que vivir más y pensar menos!”… y dejarte llevar por un amanecer en una playa y desconectar del sonido del móvil, y saber que las personas que quieres, como tú a ellos, a veces te ponen de los nervios…, y darte cuenta de que puedes equivocarte o estallar… En fin, me he ido a gusto a Escocia. Me sentó bien la medicina, con niños incluidos. Nuestro último verano en Escocia es una película de buenos sentimientos con un punto vikingo que la distingue y deja que te sorprenda como espectador.

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El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987) de Steven Spielberg

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Hay películas que en la infancia de alguna manera te dejan marcada y no vuelves a ver. Eso me había pasado con El imperio del sol y cuando hace apenas unos días he vuelto a verla, me he encontrado con una gran película y quizá entiendo por qué me gustó de niña, cuando casi era de la misma edad de Christian Bale. Quizá sea la película de Steven Spielberg que me parece más redonda. El imperio del sol no pretende explicar o ser una crónica de la Segunda Guerra Mundial, sino que es un relato cinematográfico sobre un niño seguro, que no le falta de nada, ni el amor de sus padres… y su descenso a los infiernos cuando ocurre el máximo miedo que le puede ocurrir a un niño: perder a sus padres, quedarse absolutamente solo y tener que sobrevivir. Y las circunstancias se dan en plena Segunda Guerra Mundial. El relato cinematográfico lo vamos viendo a través de los ojos de James Graham (Christian Bale), un niño inglés de clase alta que vive con sus padres en Shanghai a punto de ser ocupado por el ejército japonés. A lo largo de la película, vamos viendo la lucha por la supervivencia de un Graham solo, un niño inteligente y sensible, complejo, que poco a poco encuentra una manera de subsistir: separar su mente de la realidad dura que está viviendo.

Desde el principio vivimos con James la tensión que se respira en el ambiente pero sin saber muy bien, como él, qué es realmente lo que ocurre. Algo se cuece en las calles de Shanghai y el modo de vida de las familias como las de Graham está a punto de extinguirse. Siguen viviendo como privilegiados en un mundo hostil y James poco entiende más que su aburrimiento en el coro (posee una voz prodigiosa) y su amor por los aviones, por todo tipo de aviones, en especial los japoneses. Una de las escenas clave de esta primera parte será el recorrido en limusina de la familia de James a una fiesta de disfraces, como si fueran absolutamente ajenos (casi de otro planeta) a lo que realmente está ocurriendo en las calles…

Después de su accidental separación de sus padres, James no asume su situación hasta que tiene hambre y en su mansión vacía no encuentra nada que llevarse a la boca. Entonces decide entregarse a los japoneses para comer y que le lleven con sus padres…, pero ya es alguien completamente anónimo en un acontecimiento histórico. Así se encuentra con su mentor en supervivencia, que le da cursos rápidos de la escuela de la vida. Aunque James busca ser su amigo y quererle…, se trata de Basie (John Malkovich), un buscavidas norteamericano. Terminan ambos en el campo de concentración de Soo Chow, cerca de un aeropuerto militar ocupado por los japoneses.

A partir de ahí James trata de buscar su hueco en el campo, formar parte del grupo líder de los prisioneros, que encabeza Basie. Y trapichear para que otros prisioneros consigan pequeños logros, como algo de comida o jabón, así como ayudar al médico en la enfermería. Por su parte sigue admirando a los japoneses (y sus aviones) y también trata de llevarse bien con ellos, logrando establecer una lejana relación con un niño japonés.

Como los verdaderos, duros y crueles cuentos infantiles, el tránsito de la niñez a la madurez de James está plagado de obstáculos que le harán incluso perder la razón, separar su mente de la realidad, así se vive uno de los momentos más estremecedores que es cuando los aliados bombardean el campo y él mira todo desde lo alto de un edificio sin parar de moverse y gritar… hasta que le coge el médico y le pide que por favor no piense más, que no piense más, que se calme. Y entonces James se permite llorar y echar de menos a sus padres a los que teme olvidar. Como vamos viendo todo a través de sus ojos, cada vez la realidad va adquiriendo un aspecto más de fantasía onírica dejando momentos bellísimos. Él reinterpreta la realidad como puede y luego se topa con la verdad que le golpea una y otra vez.

Fue una película que no conectó con el público en su momento y que recibió críticas que denotan no profundizar en la naturaleza de la película, que no es un tratado sobre la guerra sino la transformación o el tránsito de un niño de la infancia a la madurez en una situación extrema. Spielberg despliega su conocimiento del lenguaje cinematográfico y deja imágenes bellísimas e impactantes. Sabe contar en imágenes. Y además por el material del que parte (la autobiografía del autor de ciencia ficción, J. G. Ballard) y por el guionista que adapta la obra, el dramaturgo Tom Stoppard, no cae en el edulcoramiento y sentimentalismo de la historia, sino que se adentra en las partes oscuras y duras, sobre todo en la compleja relación que se establece entre el niño y el buscavidas.

Desde los ojos de un niño, que ya está creando alucinaciones en su cerebro para poder seguir con vida, vivimos el momento crudo y horrible de la bomba atómica. James no sabe lo que ha ocurrido y en su mente de niño cree que esa luz blanca es el espíritu de una mujer muerta que yace a su lado, que ha convivido con él en el campo de concentración. Después se va enterando de que ha sido una bomba y dice: “Hoy he aprendido una palabra nueva: bomba atómica. Era como una luz blanca en el cielo, como si Dios hiciera una fotografía. La he visto”. Aquí se concentró y se concentra mucho de la crítica negativa de la película expresando que Spielberg no condenaba el empleo de la bomba atómica… pero es que dentro del contexto de la película y cómo está descrito… no existe, a mi parecer, esa polémica. Es un niño que no sabe qué está ocurriendo pero intuye el horror, que no sabe la dimensión de la bomba atómica ni los daños que dejará en su camino… Si se analiza la frase, es brutal… porque nosotros como espectadores sí sabemos el arma letal y de destrucción que es la bomba atómica.

El imperio del sol es una película compleja llena de matices, detalles y riquezas además de muy bella visualmente. Hemos visto siempre los ojos abiertos de James pero termina con sus ojos cerrados… Su duro tránsito ha terminado.

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Boyhood (Boyhood, 2014) de Richard Linklater

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Para poder entender qué significa Boyhood y el paso que ha dado Linklater en la narrativa cinematográfica, vayámonos a una película clásica que cuenta la historia de una familia, como Boyhood, en un periodo de tiempo determinado. Esta es solo una manera de analizar esta película pero como veremos las posibilidades son infinitas. Porque Boyhood expone una idea que Linklater pone al final en boca de dos jóvenes universitarios que miran el horizonte con la conciencia de muchos años por delante: quizá la premisa de carpe diem no es la adecuada para expresar el paso del tiempo. No es que aprovechemos el momento, es darnos cuenta de cómo el tiempo nos atrapa… y es imposible prescindir de él, detenerlo o cambiarlo.

Detengámonos en Gigante de George Stevens. Si se hubiera rodado como Linklater plantea Boyhood, hubiese sido una obra cinematográfica imposible porque la película abarca la historia de una familia desde los años 20 a los 50 ¡y el argumento no existía hasta que Edna Ferber escribió su novela en 1952… pero obviemos este inconveniente! Una familia texana que ve cómo su forma de vida cambia y el mundo que conoce se transforma. Algunos miembros de la familia llevan mejor los cambios y otros no. La película se hubiera encontrado con un cambio tecnológico que hubiera podido jugar a su favor a la hora de contar la historia de esta familia: el salto del cine mudo al hablado… Del blanco y negro al color… Por otra parte difícilmente el director de este proyecto hubiese podido ser George Stevens (demasiado joven y haciendo de momento otras labores en Hollywood, debutaría como director en el año 1934). Hubiese sido un proyecto suicida y totalmente fuera del sistema de estudios. Quizá una idea de directores rebeldes como un Erich von Stroheim… Por supuesto un reparto totalmente diferente y dificilmente de estrellas del star system… y etcétera, etcétera. El resultado nada hubiese tenido que ver con el Gigante que todos conocemos (donde el paso del tiempo por un personaje como Liz Taylor se nota tan solo porque en su rostro sin arrugas se le planta un pelo blanco con un tipito de dama de veinte años).

Pero la radicalidad de Linklater va mucho más allá (no sólo en haber rodado en doce años una película con un total de treinta y nueve días de rodaje). Porque no solo nos cuenta ese paso del tiempo de una manera radical (valga la redundancia) sino que también representa el fluir sin escenas de transición ni rótulos explicativos del paso del tiempo. El director nos cuenta la historia común, normal y corriente, de una familia con sus alegrías y penas, sus obstáculos y sus logros. Y el punto de vista elegido es el de Mason. Le conocemos cuando tiene seis años en el año 2001 y le dejamos con dieciocho en el 2013. Tenemos referencias del paso de los años. Sabemos que empieza más o menos a finales del 2001 porque por algunas pistas sabemos que ya ha ocurrido el atentado de las torres gemelas. O también vivimos el cambio presidencial con Obama y otras pinceladas que nos van situando los años. Y ese paso del tiempo lo sentimos sobre todo por cómo cambian y se transforman Mason y su hermana mayor (Lorelei Linklater). También percibimos la rapidez con la que se van transformando las nuevas tecnologías o los leves cambios en peinados y ropas.

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Linklater atrapa momentos de Mason y su familia y va contando su historia. Una historia normal, no una gran epopeya. Con alegrías, miedos, desilusiones, conversaciones, frustraciones… Mason pasa de ser un niño que cree en elfos y magia (como muchos niños… que soñaron con Harry Potter y compañía) a enfrentarse a un primer amor fallido o a un futuro profesional incierto. Mason habla con su hermana, con sus padres (las conversaciones con cada uno de los padres son una joya), con sus amigos, con compañeros de trabajo… y su tiempo va pasando. Fluye como el agua de un río… que es una metáfora fácil pero realmente así pasas por esta película. Con ese ritmo pausado y a veces con piedras, remolinos o pequeñas cascadas… Linklater logra plasmar así una de las obsesiones de su filmografía, el tiempo.

Y Mason se va dando cuenta de que él está perdido pero que los mayores no lo están menos. Así le dice en un momento su padre (Ethan Hawke) que vivir es lidiar con la improvisación lo mejor posible. O su madre (una magnífica Patricia Arquette), de manera amarga, le confiesa cómo siente que su vida se le ha ido de las manos, luchando siempre, y cómo siente un camino de soledad hasta algo seguro: la muerte.

Entre improvisaciones, elipsis y saltos se cuenta la historia familiar de Mason. Doce años de su vida que le llevarán a la madurez. Improvisaciones que va superando, sin grandes aspavientos. La separación de sus padres, los fracasos sentimentales de su madre, las continuas mudanzas, los cambios de colegios y de amigos… Mason y su hermana ven cómo su padre errante y rebelde termina construyendo una familia con una mujer con unos padres conservadores de biblia y rifle o son testigos de la lucha continua de su madre que logra el éxito profesional pero no así el sentimental. Mason y su hermana se hunden en las contradicciones de la vida, esa vida compleja e improvisada que nos atrapa… Y Linkater demuestra que toda vida, hasta la más normal y cotidiana, puede y merece la pena ser contada y convertirse en una buena y bella película como Boyhood.

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La piel dura (L’argent de poche, 1976) de François Truffaut

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“Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles”. El que habla es el profesor Richet en La piel dura de François Truffaut. Pero no es un profesor heroico. Es un hombre normal y corriente que va todos los días a la escuela de una pequeña población francesa, Thiers. No se le presenta como un profesor sufridor que es finalmente adorado por todos los alumnos. Él es un profesional que trabaja y ama su trabajo. Y que tiene muy clara su función como docente y sobre todo respeta a los niños… y les prepara para la vida.

Truffaut presenta un universo infantil que atrapa. Esos dos hermanos traviesos, esa niña mimada que grita por la ventana con un altavoz que sus padres la han dejado sin comer, ese niño enamorado de la madre de su amigo, ese otro que empieza a ligar con chicas en el cine, el día a día de un niño solitario que vive en una chabola y ya guarda secretos duros… Con delicadeza y sensibilidad presenta la vida cotidiana de varios pequeños. Niños de infancias felices, niños con ausencias importantes en sus vidas, niños que se enfrentan por primera vez a algo parecido al amor, a la muerte, niños que juegan, que hacen travesuras, que aprenden, que recitan, que sufren en silencio…

Los niños atrapan la película, su mundo y universo igual de complejo e importante que el mundo adulto. Los adultos son presencias que dan pinceladas a sus vidas: los maestros, los padres, los vecinos… Y que también les marcan.

Está el niño que busca enamorarse (que trata de llenar la ausencia de la madre y la situación de un padre enfermo que no puede cuidarle), la niña que va a recibir el primer beso, los hermanos que desayunan solos (y no paran de hacer travesuras), el niño de apenas dos años que cae al abismo… y es protagonista de un momento sorprendente, el que realiza los primeros hurtos… Los niños también sobreviven cada día. Algunos son muy felices y se saben queridos. Otros andan heridos… y solos, sin poder defenderse, permanecen en silencio… hasta que alguien descubre las marcas de su piel dura.

En La piel dura la vida fluye. Las anécdotas cotidianas en el colegio, en el cine, en sus hogares o en las colonias construyen una película delicada y hermosa a la vez. Es sencilla, fresca, espontánea… como sus protagonistas. Y sobre todo se nota la mirada de un hombre que los quería, los entendía y los respetaba, Truffaut. Y este habla a través del profesor Richet en un hermoso y largo monólogo donde describe la importancia de que los niños vivan una buena infancia… porque ese es el camino que se extiende para enfrentarse a una vida compleja… Saber endurecerse y enfrentarse a los conflictos… pero a la vez ser sensibles, sentir y vivir.

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El pasado (Le passé, 2013) de Asghar Farhadi

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… la incomunicación y la culpa, el peso del pasado, la complejidad de las relaciones humanas y familiares. El pasado del director iraní Asghar Farhadi muestra otro laberinto difícil y un mapa apasionante de emociones que se van desvelando a lo largo del metraje. Algo que ya hizo en la película que permitió que muchos espectadores empezaran a interesarse por su cine: Nader y Simin, una separación. Un difícil puzle impecablemente construido deja al descubierto un melodrama familiar apasionante y con una cuidada y maravillosa puesta en escena.

Asghar Farhadi rueda su primer trabajo en Europa y sitúa a los personajes en París, pero un París que no visitan los turistas. Desde la primera escena notamos la mano de un artista con una sensibilidad especial para contar sus historias en imágenes. Nada es lo que parece, la primera impresión que nos hacemos de esta historia nada tiene que ver con la concatenación de hechos que se nos van narrando construyendo el mapa sentimental de varios personajes.

La película se construye a base de silencios, malentendidos e incomunicaciones entre personajes que se aman, pero a veces amar duele demasiado y pone a sus personajes en dilemas morales complejos que quiebran sus almas. Y vuelvo a esa primera escena. Aparece una mujer con una venda en la muñeca en un aeropuerto esperando tras un cristal, por fin ve a la persona a la que aguarda: un hombre. Ella trata de que él sea consciente de su presencia, finalmente es una mujer la que avisa al hombre de que una mujer le saluda al otro lado del cristal. Ambos se miran y sonríen. Y empiezan a realizar gestos y hablar con el cristal de por medio. El espectador no escucha nada… Y ya empieza a imaginar: ¿es su pareja, su marido, quién es él, de dónde viene, quién es ella, dónde está, se quieren, no se quieren, por qué se reúnen?

Poco a poco se nos van desvelando la historia de esta pareja y el motivo del viaje. Se va armando un complejo drama sentimental donde las piezas van moviéndose y donde se van desvelando secretos ocultos. Precisamente el personaje que servirá de motor para el paulatino desvelamiento será el viajero: el iraní Ahmad (Ali Mosaffa) que ha ido a encontrarse con su exmujer Marie (Bérénice Bejo) para firmar el divorcio. Marie vive con sus dos hijas (ambas fruto de un primer matrimonio anterior al de Ahmad) y con Fouad, el hijo pequeño de su actual pareja (Tahar Rahim), Samir. Samir vive su propio drama pues su anterior mujer vive en coma en un hospital, esta intentó quitarse la vida…

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Pero lo que atrapa definitivamente de El pasado es la forma que tiene de contar Asghar Farhadi. Cómo utiliza los espacios, los marcos de puertas y ventanas, las miradas, los puntos de vista que ofrece…, todo danza para ir desvelando poco a poco el interior de cada uno de los personajes y las complejas relaciones que les unen. Así como una galería de actores que dan vida a esos personajes con absoluta entrega y forman parte de esa cuidada puesta en escena que practica Farhadi. También muestra la sensibilidad especial que tiene el director de trabajar con niños e integrarles en la trama como piezas fundamentales. La sorpresa en El pasado es doble. Por una parte el rostro y la mirada de la adolescente Lucie (Pauline Burlet) y por otra parte la verdad que rezuma de la interpretación del hijo de Samir (un maravilloso Elyes Aguis). Y los dos son piezas fundamentales para que la trama avance y los dos tienen una relación especial con Ahmad, el recién llegado, que les hace comunicar sus miedos.

Asghar Farhadi muestra la continuidad de una obra cinematográfica que merece la pena ir descubriendo poco a poco y que deja al espectador con ganas de más. El pasado es una radiografía de la complejidad del ser humano y sus relaciones interpersonales. Y un documento sobre el cine como creación artística y forma de expresión. Solamente un ejemplo. Distanciamiento e incomunicación de una pareja: él conduce el coche y tiene la mano derecha en el cambio de marchas, ella tiene su mano sobre la suya. Suavemente cuando él va a cambiar de marcha, retira la mano de la mujer… Y todo esto en primer plano. Ahí tenemos con una economía narrativa increíble, un conflicto sentimental.

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Dos sesiones dobles sobre retratos femeninos…

Dos se encuentran en la cartelera. Otra es relativamente reciente y la última lejana en el tiempo. Cuatro retratos de mujeres muy diferentes. Una americana, dos italianas y una británica… Y todas tienen algo que decir y que contar. Y las cuatro son muy diferentes entre sí. Tanto en sus personalidades como en sus opciones de vida.

Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013) de Destin Cretton

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Grace es una joven que trabaja en un centro de adolescentes en riesgo de exclusión social. Y poco a poco vamos descubriendo que ella también soportó heridas incurables en la infancia que todavía se encuentran latentes en su interior. Y esas heridas vuelven a sangrar por tres acontecimientos que trastocan su vida: la llegada de una nueva adolescente con la que se siente identificada, la maternidad y una llamada telefónica que devuelve brutalmente su pasado.

Película independiente donde se nota que Destin Cretton conoce el mundo que refleja en pantalla (trabajó durante una temporada en uno de esos centros). El riesgo de este relato cinematográfico era caer en el drama extremo, en lo morboso o en un estrenos tv. Y sin embargo ofrece autenticidad, naturalidad y emoción. Destila respeto por los adolescentes que habitan esas paredes y por los cuidadores que cada día se enfrentan a distintas situaciones.

Antes de este largometraje había tratado el tema en un cortometraje, cuando se ‘vistió’ de largo decidió cambiar al protagonista masculino por Grace. Así presenta el retrato duro de una mujer herida desde la infancia, y mientras es buenísima en su profesión, ella cada día se hunde más en el abismo, la incomunicación y el silencio… incapaz de pedir ayuda, por ejemplo, al hombre con el que comparte su vida y que no hace más que pedirla que hable con él…

Viajo sola (Viaggio sola, 2013) de Maria Sole Tognazzi

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Irene vive sola, sin pareja. Porque así se lo ha montado y así lo quiere. Tiene más de cuarenta años y las personas más importantes de su vida son su hermana (marido y sobrinas en el cupo) y su mejor amigo, Andrea, con el que tuvo una relación en el pasado. Su trabajo absorbe mucho de su tiempo: es inspectora de hoteles de lujo… viaja por todo el mundo…

Así la directora Maria Sole Tognazzi presenta una película elegante y amable sobre una mujer que viaja por su vida como realmente quiere…, sola e independiente. Pero a veces en el viaje, ante imprevistos, surgen dudas de si el camino elegido es el adecuado. Pero ella es siempre la que decide. Tres motivos harán tambalear su modo de vida: la posibilidad de perder el apoyo emocional que le aporta su amigo, Andrea; los roces con su hermana y el conocer a una mujer solitaria como ella que le habla de vivir, apasionarse y disfrutar de las imperfecciones de la existencia. Y es esa mujer la que le dice que precisamente la vida perfecta de los hoteles de lujo no es un hábitat real…

La prima cosa bella (La prima cosa bella, 2010) de Paolo Virzì

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Anna es una ‘mamma’ italiana bellísima, vital y con muy mala suerte con los hombres…, arrastra a sus dos hijos en sus alegrías, penas y situaciones complicadas. Se come la vida a bocados. Los años han pasado y su hijo mayor Bruno, infeliz y desencantado, vive alejado de ella hasta que un día va a buscarle su hermana pequeña para decirle que a su madre apenas le queda tiempo por vivir. A Bruno le vienen todos los recuerdos de su infancia y adolescencia junto a ella…

Tragicomedia que termina emocionando, ríes y lloras a la vez. Anna tiene dos rostros: durante su juventud es Micaela Ramazzotti y de anciana a punto de fallecer por una enfermedad terminal, Stefania Sandrelli. Imposible no empatizar con esta mujer vital que a su pesar hace sufrir a sus hijos sobre todo al mayor, el sensible y nostálgico Bruno (que se convierte en el narrador del pasado). Inolvidable ese momento en que un Bruno ya mayor va a buscar a su madre, que ha escapado del centro de salud, a la sala de cine donde proyectan una película de amor. Y cómo luego ella le pide un paseo por la calle, en moto y terminar bailando juntos en una fiesta de barrio. Y como en esa fiesta, Bruno vuelve a los brazos de su madre y le pregunta desesperado, casi susurrando, por qué es tan infeliz…

Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937) de Alfred Hitchcock

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Erica es una joven y moderna chica de los años 30. Conduce con orgullo su coche y ayuda a su padre viudo en el cuidado de un montón de hermanos más pequeños que ella. Su padre es comisario de policía. Ella se mueve bien en el mundo de hombres en el que trabaja su padre. Allí conocerá a un ‘falso culpable’ (uno de los leitmotiv de la filmografía del maestro del suspense), Robert, un joven guionista que se ve involucrado sin comerlo ni beberlo en el asesinato de una famosa actriz. Por Robert, Erica se saltará las reglas de su mundo dentro de la ley y el orden. Intrépida y aventurera apostará por la inocencia de Robert y le ayudará a demostrarlo.

Película vital y tremendamente entretenida (eso es, puro entretenimiento) de Hitchcock en su periodo británico. Erica es una chica moderna e inocente a la vez, que enamorada y práctica decide ayudar, intrépida, al falso culpable… y meterse en toda una aventura. Sus compañeros de viaje para solucionar el caso: el falso culpable acosado y perseguido por la policía (donde se encuentra el propio padre de Erica) y un sin hogar que es el único que posee una pista muy importante para demostrar la inocencia de Robert. Hitchcock ya muestra su mirada especial, y cómo el cine corre en sus venas: con escenas tan inolvidables como la aparición del cadáver, los encuentros entre los jóvenes en el molino abandonado, la fiesta de cumpleaños o toda la escena final cuando descubren al verdadero asesino en una sala de baile…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, 1965) de Alexander MacKendrick

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Alexander MacKendrick es de esos directores que atesoran una filmografía mínima pero con una personalidad arrolladora. Y su limitada filmografía tiene que ver con su personalidad artística. Al no sentirse totalmente libre a la hora de emprender sus proyectos cinematográficos, prefirió continuar su carrera como profesor de cine (de hecho hace relativamente poco se ha publicado en castellano, On film making, una recopilación de los apuntes que facilitaba a sus estudiantes en su clase de cine… Qué ganas de conseguirlo y leerlo).

Suele ser recordado como el director de El quinteto de la muerte. Pero en su filmografía hay obras tan imprescindibles como Chantaje en Broadway o la película que hoy comentamos, Viento en las velas. En la Red se puede encontrar a veces información jugosa e interesante sobre cine y hace un tiempo me topé con una entrevista que realizó en el año 1988 Antonio Castro a Alexander Mackendrick (se puede encontrar en la revista online Miradas de cine). Ahí Mackendrick explicaba a la perfección la génesis de esta película, las dificultades y sobre todo por qué él no estaba satisfecho con el resultado final. Sin embargo su entrevistador muestra su admiración por la película (y también argumenta el porqué) pero el realizador le ofrece sus argumentos para ‘menospreciar’ su obra. Es de esas entrevistas que son toda una lección de cine. Aun leyendo todos los peros del realizador, me pasa algo similar a cuando Hitchcock critica negativamente en su mítica entrevista con Truffaut a El proceso Paradine, yo siento una película interesantísima para analizar y disfrutar. Viento en las velas ha sido de esas películas que persigo y persigo y que finalmente un día me encuentro, la visiono y se convierte en una buena sorpresa.

En esa lección de cine que da Mackendrick en la entrevista antes mencionada, el director explicaba cómo un crítico de cine reconocía un tema que unía a las películas de su corta filmografía (de la que aún me queda mucho por ver), “el poder destructivo de la inocencia y de los inocentes”. Y ese es un tema que me atrae poderosamente y efectivamente pulula alrededor del Viento en las velas, que es una atípica película de piratas. Piratas y una recreación muy especial del mundo infantil. Los niños del Viento en las velas tienen su propio universo, con sus códigos y conductas, que desbaratan y convierten en caos el mundo adulto. La infancia se transforma en una amenaza, en un mundo desconocido. Los hermanos protagonistas actúan inconscientemente, la vida es un juego y en ese juego los adultos tienen que entrar con sus reglas… Y en ese juego la inocencia adquiere otros significados. En ese juego todo es posible, y todo es distinto, hasta la muerte se siente de otra manera. Ese juego trae la perdición del mundo adulto, en este caso de los piratas… El capitán Chávez (Anthony Quinn) va conscientemente al pozo pero absolutamente atraído y nostálgico de ese mundo infantil. Es el único que entiende el enfrentamiento anárquico que se ha producido entre el universo infantil de unos niños que se mueven libremente con otras reglas totalmente diferentes y el mundo adulto representado por los propios piratas (y posteriormente por ese mundo civilizado en el que los niños terminarán domesticados y poniendo máscaras a su naturaleza…).

Siguiendo las palabras del director, expresa su disgusto porque para él la novela que adapta la película (Huracán en Jamaica de Richard Hughes) es una obra maestra y para él la película no está a su altura…, una afirmación de la que no puedo opinar pues no he leído la novela. Lo que sí puedo afirmar es que Viento en las velas es una película apasionante que ofrece miradas muy ricas (y complejas) y presenta de manera muy especial el universo infantil enfrentado al adulto. Así desde el primer momento, la escena de la tormenta, hasta el plano final, consigue un matiz inquietante. Frente una aparente película de piratas con niños inocentes, Mackendrick nos está mostrando una historia mucho más negra y terrorífica pero absolutamente hipnotizante.

La culpa de no conseguir una obra cien por cien como la quería el realizador, la tiene el productor (Zanuck) y las discrepancias con el guion. Mackendrick luchó (junto a Anthony Quinn) para realizar cambios al guion original, un guion mediocre que pretendía convertir esta película en una de piratas del montón, eliminando los matices especiales. Realmente logró realizar un guion más afín a su idea de Viento en las velas. Pero finalmente Zanuck impuso a otro guionista… y Mackendrick luchó por mantener algunos matices, que se respetaron, pero el nuevo guionista también quiso ‘agradar’ al productor. Así que lo que sobre todo desencanto al creador fue la modificación del punto de vista. Él había concebido toda la película desde la mirada infantil. En el guion resultante (y por tanto en el resultado final de la película) también está la mirada de los adultos (la de Zac, el ayudante fiel del capitán Chávez y la del propio capitán… James Coburn y Anthony Quinn). Esa mezcla de puntos de vista ofrece matices interesantes a mi parecer a la película y miradas especiales… pero ciertamente con el único punto de vista de Mackendrick quizá la película podría haber sido más especial y reveladora.

Viento en las velas es ágil en el uso de un humor siniestro, una especial representación del mundo pirata y una imagen genial del mundo infantil. El tono de la película queda totalmente claro desde el principio con la entonación de una macabra canción infantil (algo que tampoco gustó en absoluto a su director, fue una imposición de montaje, pero que a mí particularmente me parece un buen acierto). Viento en las velas es rica en situaciones, personajes y relaciones que se establecen. Y es imposible no sucumbir ante la extraña complicidad que surge entre una de las niñas, Emily, y el capitán Chávez. Una extraña complicidad trágica que acaba con la mirada inocente de una niña sin remordimiento alguno…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Yo necesito amor de Klaus Kinski (Fábula. Tusquets editores, 2012)

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Repaso la filmografía de Klaus Kinski que he visionado y me doy cuenta de que apenas he visto títulos y en los que he visto aparece como personaje secundario en la trama: la primera de 1958, Tiempo de amar, tiempo de morir. Y después Espía por mandato, La muerte tenía un precio, Doctor Zhivago, Lo importante es amar y Aquí un amigo. También soy consciente de que tampoco he visto las películas fruto de su relación profesional (tormentosa…) con Werner Herzog: Aguirre, la cólera de Dios, Woyzeck, Nosferatu, Fitzcarraldo, Cobra verde… Casi escuché hablar antes de él como padre de Nastassja Kinski. Su rostro no se olvida. A mí siempre me resultó torturado, desagradable, con ojos donde se siente la locura. Y al hundirme en las páginas de sus memorias ha seguido pareciéndome igual: torturado y desagradable… y una mirada donde se cierne la locura. Pero me ha llamado la atención la sinceridad y brutalidad que destilan estas páginas que al final construyen un retrato sin máscaras de un hombre complicado. No busca ni mucho menos elaborar un retrato amable hacia su persona, al contrario Klaus Kinski se hunde hasta lo más hondo de su alma y desvela sus oscuridades y abismos. Le odias pero también te inspira una pena infinita, un hombre con la tormenta y la violencia siempre encima de su cabeza.

Estas memorias las publicó por primera vez La sonrisa vertical. Y no es de extrañar. Pues Kinski rememora sus actos sexuales con brutalidad y sin sentimiento alguno, llega a tal extremo que a veces provoca la risa en el lector. Pero se nota que es una válvula de escape, una herramienta contra la locura. Sin embargo el trato que reciben las mujeres en las páginas de este libro da miedo… Todas quieren follar ávidas con él, sean doncellas, casadas, viudas, ancianas o jóvenes. Son máquinas sexuales, a veces estas máquinas son dignas de sus alabanzas exageradas. Solo muestra un poco de respeto y algo parecido al cariño con las madres de sus tres hijos reconocidos: Pola, Nastassja y Nanhoi (al que dedica el libro). Hace relativamente poco su hija mayor, Pola, ha escrito un libro de memorias donde acusa a su padre de pederastia y cuenta los ultrajes que sufrió… Y leyendo las páginas de las memorias de Kinski resulta fácil, desgraciadamente, creerla.

Sin embargo sorprende el retrato que surge tras esas memorias. Unas memorias llenas de desgarro, violencia y locura. Comienza su historia mientras realiza unas polémicas representaciones que llevó a cabo en los escenarios teatrales sobre la historia de Jesucristo según su versión y según sus palabras. Y es muy significativo que empiece por ahí, además en un momento en que es vilipendiado por alguien del público y él desata toda su furia. De pronto nos encontramos un texto en las primeras páginas de las memorias que dan el tono exacto de las siguientes páginas (que en realidad son fruto de una pesadilla terrible): “¿A qué llamas tú violento so bocazas? Sí, dentro de mí hay violencia, pero no es negativa. Cuando un tigre despezada a su domador, se dice que ese tigre es violento y se le mete una bala en la cabeza. Mi violencia es la violencia del ser libre, que se niega a someterse. La creación es violencia. La vida es violenta. Nacer es un proceso violento. Una tormenta, un terremoto son movimientos violentos de la naturaleza. Mi violencia es la violencia de la vida. ¡No es una violencia antinatural, como la violencia del Estado que envía a vuestros hijos al matadero, embrutece vuestras mentes y exorciza vuestras almas!”.

Pesadilla terrible que empieza con su infancia. Una infancia en la miseria más absoluta junto a sus padres (una descripción demoledora por angustiosa de su madre) y hermanos. Son unas páginas desgarradoras. Una adolescencia marcada por la guerra y la violencia hasta una juventud en que parece que ‘nace’ con un talento natural para los escenarios y donde experimenta con el teatro adquiriendo una fama casi de leyenda como actor maldito que se atreve con monólogos impresionantes de Shakespeare o sube con los poemas de Francois Villon. Tampoco oculta sus crisis mentales y su dura incursión en un centro psiquiátrico. Su cabeza le juega malas pasadas a lo largo de su vida.

Su relación con el cine también es tormentosa. Solo lo ve como su fuente de financiación y todos los directores, los productores, sus compañeros de reparto son ratas inmundas de las que echa pestes. No se salva ni uno. Por ejemplo, sale mal parado Herzog (madre mía, qué adjetivos le dedica), el único director que repitió varias veces con él (también trabajó varias veces con Jesús Franco pero no le nombra en sus memorias) o tampoco se salvan de la quema clásicos como Billy Wilder o Carlo Ponti o también se ceba con la actriz Maria Schneider. Por supuesto el cine también le proporciona mujeres para sus actividades sexuales. Ni tampoco salva a ni una sola película en la que participase (trabajó en un montón de ellas y en distintas nacionalidades, siempre estaba viajando). De los únicos rodajes que habla algo más largo y tendido pero echando pestes de todos es de los de Herzog (en el fondo creo que son las películas de las que se sintió más orgulloso) y del de Lo importante es amar. Odia todo lo relacionado con el cine: promociones, festivales y premios. Participa en las películas por el dinero que le proporcionan…

No hay paz mental, ni física en la vida de Klaus Kinski. A veces en su furia hace reflexiones que no dejan de ser interesantes (y no le falta razón en algunos de sus planteamientos) pero lo fastidia en la página siguiente comportándose de manera odiosa con alguien cercano. Y solo parece alcanzar algo parecido a la felicidad, pero de nuevo de manera exagerada (desproporcionada, como cada uno de sus actos) a partir del nacimiento de su hijo varón, Nanhoi, alcanzando momentos de un lirismo salvaje. Es como si Kinski se aferrara a la infancia de su hijo (la que él no pudo tener) para redimirse y encontrar algo de paz mental y calma.

Yo necesito amor es un viaje al lado oscuro, al abismo, de un actor de teatro y de cine, Klaus Kinski. Son unas memorias que atrapan y duelen. Klaus desnuda su personalidad sin tapujos, con una sinceridad salvaje. Una personalidad que mejor haberla conocido sólo en las páginas de un libro… Es inevitable que me venga a la cabeza alguna de sus imágenes en el cine y esa mirada y cara crispada. Es como si la locura siempre estuviera presente… si él está cerca.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.