Diccionario cinematográfico (208)

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Década de los setenta: Os confieso con el corazón en la mano que a la década de los setenta la tengo un cariño especial porque es la década convulsa (qué década no lo es) en que yo Hildy Johnson renací. Concretamente el año que sonaba por estas tierras todo un éxito discotequero aún presente en todo karaoke que se precie o local que reviva años pasados… Sí, sí el año que Las Grecas se pusieron a cantar: te estoy amando locamente…

Así que locamente, desesperadamente, locamente también buceo por el cine que se realizó en aquellos años… donde aquí por otra parte empezaron otros tiempos, convulsos pero hacia un camino totalmente diferente a todas las décadas anteriores de oscuridad (la vida en tonos negros o grises)… una dictadura enquistada terminaba con la muerte de Franco y llegaba un periodo revuelto pero donde todo estaba por hacer.

Y por qué de repente esta obsesión por la década de los setenta: ¡Bingo!, por la película que he ido a ver esta semana, La gran estafa americana de David O. Russell, que ha traído a mi vera esa década de nuevo… en su estética y también en la forma de contar la historia. Lo que cuenta transcurre durante el año 1978. Y os diré y confesaré que me gusta O. Russell (no le encumbro a los cielos pero tampoco le lanzo a los abismos… creo que es un director con una manera especial de contar y yo de momento estoy conectando).

Confesaré que hace poco (unos dos años, quizá) en una libreria de viejo conseguí con ilusión el volumen de Cine para leer. 1974. Historia crítica de un año de cine del equipo Reseña (por si alguno no había localizado todavía el año en que renací…, cómo dice Silvio, y como pasa el tiempo que de pronto son años…)… ¡con todas las películas que se estrenaron por estos lares en dicho año!: en aquel año se estrenaban películas de Saura, Armiñán (homenajeado este año en los Goya), Erice que proyectaban su cine más allá de nuestras fronteras. Así películas como La prima Angélica, El amor del capitán Brando, El espíritu de la colmena… viajaban por salas del mundo. Y había nacido una estrella que aparecía en toda producción cinematográfica nacional que se preciara de éxito: Ana Belén. Por otra parte seguía en marcha esa tercera vía de Dibildos que quería “hacer un cine popular con perspectiva crítica”. Por otra parte empieza a aparecer una nueva generación de directores con una mirada personal como Manuel Gutiérrez Aragón, Jaime Chavarri o Josefina Molina… Y por supuesto sigue en marcha ese star system del destape…

Y en las salas de cine españolas pudieron verse películas como American Graffiti de George Lucas, Bananas de Woody Allen, Chacal de Fred Zinnemann, Chinatown de Roman Polanski, Deliverance de John Boorman, Family life de Ken Loach, El golpe de George Roy Hill, La gran estafa de Donald Siegel (que acaba de ser reseñada por 39 escalones… y que casualidad la coincidencia de títulos entre esta y la de O. Russell), El gran Gatsby de Jack Clayton, Gritos y susurros de Ingmar Bergman, Harold y Maude de Hal Ashby, Hermano sol, hermana luna de Franco Zeffirelli, El hombre de Mackintosh de John Huston, Un hombre de suerte de Linsay Anderson, La huida de S. Peckinpah, Un largo adiós de Robert Altman, Luis II de Baviera de Luchino Visconti, Luna de papel de Peter Bogdanovich, Papillon de Franklin J. Shaffner, Pat Garrett y Billy The Kid de Sam Peckinpah, Avanti de Billy Wilder, Fake de Orson Welles, La semilla del Tamarindo de Blake Edwards, Tal como eramos de Sidney Pollack, Verano del 42 de Robert Mulligan…

Y al mirar estas películas vemos cómo queda una radiografía especial del cine de la década… Ese nuevo cine americano que convive con los realizadores del Hollywood de oro que siguen creando… Y un cine europeo en el que van surgiendo también nuevas voces y siguen asentándose las miradas de los nuevos cines que nacieron durante los cincuenta y sesenta, evolucionando.

Si me dijeran que definiera el espíritu de esta década y que la explicara en cine… quizá eligiera la obra cinematográfica de un director caído en olvido pero que su cine es los setenta, tanto en la forma de rodar como los temas que trata. Y ese director es Hal Ashby…

Locamente os digo que los setenta los llevo tatuados en el alma… (me ha quedado un colofón muy de estos años… y continuo tecleando).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La herida (La herida, 2013) de Fernando Franco

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Después de la gala de los Goya una de las películas con varias nominaciones (y finalmente dos galardones importantes: mejor actriz y mejor director novel), que no había visto aún y más me apetecía era La herida de Fernando Franco. Ya lo había intentado más de un vez y no había podido ser (una por falta de entradas en la Cineteca —que me pareció maravilloso, últimamente me está pasando esto: que no puedo entrar en una sala porque ya no hay entradas… y hacía mucho que no me ocurría— y otras porque no encontraba momento o fecha) así que decidí por fin, y porque de nuevo se había reestrenado, ir a la sala de cine y verla. Me interesaba sobre todo cómo La herida trasladaba a la pantalla un tema de salud mental. Salud mental y cine. Cine y salud mental. Es un binomio que suelo perseguir. Esta vez la protagonista es Ana, una joven con trastorno límite de personalidad.

Y desde la primera escena sabemos que vamos a estar muy cerca de Ana (Marian Álvarez)… pero tan cerca que sentimos su angustia y sufrimiento. Porque La herida es una película violenta e incómoda… emocionalmente. Asistimos a la cotidianeidad de Ana durante más o menos un año… y asistimos impotentes a tal cantidad de sufrimiento y dolor inevitable que provoca una sensación de agotamiento, incomodidad y depresión. Te hundes con la protagonista en ese abismo del cual no puede —es incapaz de— salir. Y con ella asistes con impotencia a sus dificultades de relación, a sus estallidos de enfado y violencia, a sus intentos una y otra vez de salir del abismo, a sus fracasos, a su desesperación por comunicar, a sus autolesiones, a sus lágrimas…, y también a sus pequeños logros, a sus momentos fugaces de algo parecido a la felicidad (que sobre todo logra en su lugar de trabajo y en esporádicos instantes) y ese rostro que mira y sonríe a punto de romperse, con un fragilidad y vulnerabilidad que duele.

Pero también refleja cómo su enfermedad mental agrieta su presente, su día a día, y el de todos aquellos que la rodean. Incapaz de estar relajada ante sus amistades, de llevar una relación sentimental con una pareja, de mostrar a su madre una cercanía que las ayude a ambas (no puede, no pueden ayudarse), un padre que huye del problema y a la vez provoca dolor (con una pincelada oscura), un aferrarse fuertemente a las redes sociales donde busca de manera desesperada consuelo —único sitio donde puede expresar sus pánicos pero sin posibilidad de saltar la barrera de la pantalla—…, sin poder evitar ataques de angustia, pánico y dolor que hace que estalle o se rompa en mil pedazos, ese intento desesperado de huir de su aislamiento y su sufrimiento autolesionando su propio cuerpo, buscando sexo fácil o bebiendo y drogándose…

Solo logra cierta paz escasa en su lugar de trabajo. Ella trabaja en una ambulancia y se encarga, junto a su compañero (el único que más o menos sabe cómo relacionarse con ella o el único con el que Ana no siente miedo, pánico o dolor a la hora de relacionarse un poco más… pero saben muy bien ambos dónde están los límites), del traslado de enfermos con tratamientos especiales de sus hogares al hospital (un hospital donde se palpa la crisis, la marea blanca, la posibilidad de una interrupción lenta y agónica de la sanidad pública que afortunadamente parece que se ha alejado un poco…). Ahí, cuando tiene que ayudar a los demás (a gente más vulnerable y que llevan a cuestas más dolor e incluso la cercanía de la muerte), se siente bien…

Fernando Franco (montador profesional que esta vez ha dejado esta labor a David Pinillos, que a su vez también debutó en el largometraje como director recientemente) dirige su primer largometraje y opta por arriesgarse también en la forma de contar su historia. Y a mi parecer no se equivoca o por lo menos yo como espectadora sentí toda la angustia e impotencia de Ana, pude seguir su viaje íntimo y vislumbré el abismo… y pude comprender el horror de los que viven ese tipo de trastorno y también la dificultad que supone para ellos (y para los otros, aquellos que les quieren y rodean su vida) levantarse un nuevo día, sobrevivir un nuevo día. Levantarse de la cama para sufrir un día más…

Así el tono y la forma de contar esta película se acerca a la de los hermanos Dardenne donde no sólo la cámara sigue a sus protagonistas sino que sentimos lo que sienten, sin estridencias, música (la justa y necesaria… la que acompañe al personaje), sin efectos especiales, dando importancia al sonido (a lo que se oye y se percibe… al fuera de campo) y con unas elipsis arriesgadas y rompedoras (nunca olvidaré la elipsis brutal y genial de los Dardenne en El silencio de Lorna o el rostro angustiado de Rosetta). Pero también en la forma de contar esa historia sentimos otros ecos, vemos el nombre del coguionista junto a Fernando Franco, Enric Rufas… Y es el dramaturgo que ha trabajado como guionista en películas de Jaime Rosales. Así notamos la importancia del silencio, de una mirada, del efecto de unas palabras o de un gesto en el otro… y la soledad terrible de Ana, encerrada en una cárcel donde parece que la posibilidad de escape es imposible… y esa cárcel es ella misma.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Y van tres de ciencia ficción…

Una británica, otra americana y la de más allá canadiense. Ninguna de las tres es absolutamente redonda pero las tres parten de buenas ideas (que luego tienen mejor o peor desarrollo) y poseen también una fuerza visual considerable. Además las tres son disfrutables y buenas tanto para el análisis como para una buena conversación después de su visionado. Dos de ellas crean dos distopías, dos sociedades futuras con brillantes ideas de partida. Y la tercera es ciencia ficción en estado puro con astronauta de protagonista allá en el espacio, en la luna. Y las tres son un claro ejemplo de los caminos actuales del género cinematográfico de ciencia ficción. Dos de ellas, Moon y Un amor entre dos mundos, suponen los segundos largometrajes de dos cineastas que empiezan a sonar y crecer. In time es otra distopía del guionista y director Andrew Niccol que ya creó en los noventa Gattaca.

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Moon (Moon, 2009) de Duncan Jones

La primera película que pude disfrutar de Duncan Jones fue Código fuente… me gustó tanto que pensé: tengo que ver Moon. Y ya lo he hecho. No pude evitar recordar al padre del director, David Bowie, y su canción Space Oddity. Es como si Moon fuera un homenaje y una continuación de esa canción. No extraña que el género elegido sea la ciencia ficción con un componente íntimo y trágico.

Viendo Moon, que no conviene desvelar aspectos de la trama, se reflexiona sobre la soledad, la fuerza de los recuerdos, la incomunicación, el deterioro mental de un ser humano ante el aislamiento… Si una escena tiene fuerza y contiene una emoción desgarradora es cuando Sam Bell, el astronauta protagonista (Sam Rockwell), se encuentra en la superficie de la luna dentro de un pequeño transporte y llora desesperado con una única frase: quiero regresar a casa… La importancia y la posibilidad de regresar a un lugar que se pueda considerar hogar…

Moon transcurre la mayoría de la trama en una nave y en suelo lunar. Sus protagonistas son un astronauta y un robot llamado Gerty (con voz de Kevin Spacey) que se convierte en un personaje vital para la trama (con giro argumental incluido). Y también las fotografías, vídeos, maquetas, sueños y visiones del astronauta componen un mundo extraño de soledad que se va complicando más y más según avanza la trama.

Sus influencias más evidentes, cinematográficas, son cuatro pero Duncan Jones sabe dar los giros adecuados para que sean sólo inspiración y dejar su firma personal. Así se pueden rastrear ecos lejanos de Solaris, 2001, odisea en el espacio, Alien y Blade Runner. Su máximo pero (y no único) a mi parecer es un desenlace demasiado precipitado y poco elaborado… para una historia que se estaba construyendo de forma adecuada y especial.

In Time (In Time, 2011) de Andrew Niccol

Desde que vi los traileres en las pantallas de cine y televisión me llamó la atención esta película de Andrew Niccol (que ya creó una distopía atrayente en Gattaca). Parte de una premisa magnífica: en un futuro lejano, muchos tienen que morir para que otros sean inmortales. Presenta así una sociedad distópica donde la moneda de cambio (la economía) se rige por el tiempo. La acumulación del tiempo hace a algunos seres humanos no sólo tremendamente ricos sino también inmortales y a otros tremendamente pobres en tiempo de vida y efímeros. El tiempo como moneda de cambio puede ser robado y también hay una cierta ‘estabilidad’ dentro de un sistema tremendamente injusto.

Por supuesto los pobres y los ricos viven separados. Y los que viven al día (nunca mejor dicho) porque si se quedan sin tiempo fallecen en el instante… van siempre corriendo y desesperados por conseguir el suficiente tiempo para seguir adelante… Los ricos viven, sin emoción alguna (la vida es larga), y procurando vivir con unas medidas máximas de seguridad y sin riesgo alguno para realmente no fallecer ni ser robados…

Los relojes de los seres humanos (cuando empieza la cruel separación entre ricos y pobres) se activan a los 25 años. Así el envejecimiento se para pero el tiempo corre. El tiempo acumulado es la diferencia entre la vida y la muerte. Para mantener el sistema injusto hay bancos, prestamistas, guardianes del tiempo, ladrones, trabajadores proletarios, millonarios, riqueza, pobreza…

Esta es la atractiva premisa de la que parte In time. Los protagonistas son un héroe proletario (Justin Timberlake) que decide dar un giro en su vida cuando descubre el mecanismo de ese sistema injusto en el que le ha tocado vivir y que sobre todo decide pasar a la acción cuando esto afecta de manera trágica a sus seres más queridos… y un golpe de suerte (acompañado de reflexión sobre la vida y el tiempo) le convierte en poseedor de casi un siglo. Y una millonaria (Amanda Seyfried) con todo el tiempo del mundo y con mucho miedo (siempre rodeada de guardaespaldas y de la protección de su millonario padre) a experimentar, vivir y disfrutar el momento.

Andrew Niccol pierde quizá el tono de la historia y las interesantes reflexiones que genera su mundo distópico cuando convierte a los protagonistas en una especie de nuevos Bonnie and Clyde o fugitivos enamorados pero no llegando hasta el final de las consecuencias y del halo trágico que hace tan atractivas estas parejas.

El halo trágico sí lo conserva el personaje quizá más atractivo de la trama, el guardián del tiempo (Cillian Murphy), un hombre serio e inmutable, sin escrúpulos y obsesivo, vestido siempre de negro, que dedica su vida a que el equilibrio injusto no se rompa y se convierte en el seguidor incansable de la pareja de fugitivos. Él también va siempre corriendo…

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Un amor entre dos mundos (Upside down, 2012) de Juan Diego Solanas

El argentino Juan Diego Solanas (hijo del documentalista y director de ficción Fernando Solanas…, cómo recuerdo Sur…, película que estoy deseando volver a ver) crea otro mundo distópico en Un amor entre dos mundos. Su historia de amor es un auténtico delirio y la inverosimilitud de la trama llega a extremos inimaginables, tan inimaginables que encuentras su encanto. Lo hipnótico de la película de Solanas es la plasmación visual de esos dos mundos, creando imágenes insólitas de gran belleza. Y si entras en ese mundo puedes llegar a disfrutar de una obra que se deja llevar por la inconscencia y el absurdo.

Así el mundo distópico creado son en realidad dos mundos con distintas gravedades. Dos mundos en oposición. En uno viven los trabajadores explotados y en el otro los millonarios… el punto de unión: un enorme edificio que es una multinacional donde pueden trabajar, de forma extraña, los de arriba y los de abajo.

Y surge entonces la historia de amor (el conflicto) entre un chico del mundo pobre (Jim Sturgess…, especialista en delirios románticos) y una chica del mundo rico (Kirsten Dunst) que se conocieron cuando eran niños… que viven además con gravedades diferentes… Y el delirio está servido. Mientras paseamos por el increíble lugar de trabajo donde ambos pueden coincidir (después de muchos años… en que una tragedia los separó) donde encontramos cientos y cientos de mesas arriba y abajo o el café Dos mundos con tango de fondo…, no podía ser de otra manera.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La ley de talión (The last wagon, 1956) de Delmer Daves

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Comanche Tod es un héroe complejo de un western que ha caído en olvido de Delmer Daves. Comanche Tod (con el increíble rostro de Richard Widmark) es presentado en las primeras escenas como un fugitivo y asesino a sangre fría de sus perseguidores. Finalmente es capturado y su superviviente capturador con estrella de sheriff es un hombre desagradable que en todo momento le tortura y le trata como si fuera un animal, peor. Inmediatamente el espectador se pone de lado de Comanche Tod (sin haber entendido todavía su frialdad matando a sus perseguidores) como les ocurre a muchos de los colonos que se cruzan en el camino de tan singular pareja, sobre todo a un niño y su joven hermana. Todos se encuentran además en el peligroso territorio apache. Empieza así un camino de redención del héroe, de Comanche Tod.

Delmer Daves es de esos cineastas que se sabe que existe pero se les deja en un discreto segundo plano. Sin embargo si se indaga en su carrera cinematográfica se descubre a un director interesante que además hizo evolucionar un género como el western, sobre todo a nivel de contenido. Daves fue de los primeros que trató desde otro prisma y punto de vista a los indios. Ya no eran los malos sino también las víctimas. El problema entre vaqueros e indios se ‘reviste’ de muchos más matices y complicaciones. Ni unos son tan malos ni los otros tan buenos. Daves muestra cómo el pueblo indio en realidad está siendo masacrado y lo que intenta es defenderse y defender lo que hasta ahora han sido sus tierras. Así Daves empieza a crear héroes-puente entre los dos mundos o concepciones de vida en el salvaje Oeste. Y así nació en 1950 Tom Jeffords (James Stewart), héroe que en Flecha rota trata de llevar a cabo un tratado de paz con el apache Cochise y su pueblo… y de paso se queda prendado de una hermosa india. Comanche Tod es otro héroe-puente, él es un hombre blanco adoptado de niño por los indios. Un fuera de ley muy especial.

Así La ley de talión se convierte en un viaje lleno de obstáculos donde un grupo de jóvenes colonos con niño se verán solos en un paisaje hostil cuando los apaches terminan con sus familiares. El único superviviente con más edad es un asesino que iba camino a la horca (así se lo han presentado), Comanche Tod. Deberán confiar ciegamente en él para sobrevivir. Y él no les abandonará en esta empresa…, es más está dispuesto incluso a morir por ellos. Siempre se dice que es de buen nacido ser agradecido… y especialmente lo será con tres de los jóvenes que mostraron simpatía y compasión desde que le vieron aparecer.

Así todos jóvenes están perfectamente construidos: algunos muestran su total rechazo ante el nuevo líder y otros no sólo le seguirán sino que se irá transformando su admiración hacia el héroe… Es más una de las jóvenes se enamorará y su hermano se sentirá atraído desde el principio por Comanche Tod (como el niño de Raíces profundas por el pistolero desconocido)que terminará sintiéndole como una figura paterna. Entre los jóvenes hay además dos hermanas con una compleja historia, ambas son hermanas de padre: una es blanca y la otra es mestiza. La blanca es una joven que odia profundamente al otro, al diferente: se avergüenza de su hermana y rechaza la autoridad y experiencia de Comanche Tod.

Delmer Daves presenta una aventura de ritmo trepidante en que no deja ni un solo segundo de respiro y a la vez va construyendo las relaciones y los lazos de esta ‘extraña familia’. Comanche Tod va dejando ver a un hombre desencantado que ha sufrido de pasado duro y oscuro que va recuperando una ilusión por el futuro incierto al recibir la admiración y el afecto sobre todo de una joven y su hermano. También deja una escena de romanticismo exacerbado, en un momento de máxima tensión, cuando Comanche Tod le cuenta a la joven (con rostro de Felicia Farr, habitual en varios de sus western y que se convertiría en señora de Jack Lemonn) que él prefiere tener a las estrellas por techo. Que para él hogar es estar con las personas que ama. Y le va contando un hipotético e imposible futuro… donde llevarán su tienda india a lugares hermosos y donde serán libres para amarse.

La ley de talión es un western para rescatar del olvido.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La Venus de las pieles (La Vénus a la fourrure, 2013) de Roman Polanski

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Una pieza cinematográfica aparentemente menor que conjuga un montón de ingredientes que demuestra cómo Polanski además de ser un mago a la hora de dar vida propia a los espacios donde ‘habitan’ sus personajes, es capaz de dar varios significados a las imágenes que el espectador está viendo… proporciona varias capas de miradas. Propone un juego sustancioso al espectador para que termine sufriendo la famosa catarsis que puede vivirse en un escenario teatral (y además puede reírse… en el intento).

Primero. Teatro y cine. Cine y teatro… y además Polanski. La Venus de las pieles transcurre en un teatro vacío donde todavía su escenario cuenta con los atrezzos de la obra anterior: ¡La Diligencia en clave musical! Butacas vacías, un escenario que puede transformarse, unos cuantos elementos que lleva la protagonista o que se encuentran en su bolso gigante (un traje de época, una estola de lana, un collar de perro, unos zapatos de tacón, un chaleco de mayordomo, un batín…), también un poco de imaginación y por último jugar con las luces, con la iluminación…

Segundo. Dos  únicos actores. Y que los dos además estén brillantes en un duelo interpretativo que brinda múltiples posibilidades. Pero ¿dos únicos personajes? Comienza el espectáculo y el baile de roles.

Por una parte Emmanuelle Seigner. Que es la señora de Polanski y lleva mucho vivido con él (y también trabajado). Que además también es una actriz que busca que la hagan una prueba, que llega tarde en un día de tormenta, que está cansada, que está empapada, que parece vulgar, inculta, macarra, llena de espontaneidad, que nunca calla, que dice lo que piensa… Que es Vanda personaje en el que se transforma que aprenderá a dominar porque es lo que ‘exige’ el hombre al que ama. Primero le costará… luego absolutamente nada. Y hay un contrato de por medio para dejar las cosas claras. Que es Venus, diosa del amor que somete y doblega, también castiga. Que es la mujer-diosa… aquella que cumple la profecía: “Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer”… O es simplemente una mujer enamorada o una mujer que cuestiona una sociedad encorsetada y machista…

Por otra parte Mathieu Amalric. Que tiene un tremendo parecido en peinado e indumentaria a un Polanski más juvenil. Que es también un director-adaptador-actor que está malhumorado y cansado que quiere ir a cenar con su novia y que está convencido de ser un gran intelectual… y que de pronto tiene que hacer una prueba a una actriz maleducada y tardona. Que de pronto se convierte en un director ensimismado y entusiasmado cuando se da cuenta que ha encontrado a la actriz ideal para encarar el personaje… que dirige y se mete en el papel con el que da replica a la que se va transformando en una musa. Que es Severin aquel que necesita enamorarse a través del dolor y la humillación… Que es el creador que se queda aturdido cuando la musa cuestiona su obra, pone sobre la mesa su machismo (así como una futura monótona vida sin trasgresión alguna) y no solo eso sino que le ofrece mejores soluciones artísticas que las que él elaboró… Que se convierte en hombre fascinado y enamorado de una mujer-diosa con la que cambia rol para transformarse en un ser abandonado, castigado y humillado…

Tercero. Parte del texto de una obra de teatro que precisamente se llama La Venus de las pieles del dramaturgo norteamericano David Ives (que también es guionista junto a Polanski de la película) que toma como fuente de inspiración la novela del escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch que iba a formar parte de un gran proyecto de seis libros temáticos… La Venus de las pieles es su novela temática sobre el amor. De su apellido y de los elementos autobiográficos que volcaría en esta obra literaria surgiría el término masoquismo.

Polanski ha disfrutado con la adaptación de obras de teatro y novelas que de alguna manera contaban o reflejaban algo que ‘toca’ su sensibilidad y su manera de ver el mundo pudiendo dejar así su firma de autor: La muerte y la doncella, Macbeth, Tess, Oliver Twist, Un Dios Salvaje…

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Cuarto. El universo claustrofóbico de Polanski está presente así como la complejidad de las relaciones personales, la sumisión y el poder, y los cambios de roles. Los espacios que tienen vida. Así se vuelve a ese juego claustrofóbico a bordo de un barco en una obra temprana como El cuchillo en el agua en el que en vez de dos personajes había tres (aunque en La Venus de las pieles tenemos a una tercera, una ausente muy presente, la novia de Thomas, el director). O esos espacios vivientes (porque creedme el escenario tiene vida) como la casa de Repulsión o la de Un Dios Salvaje o los ambientes vivos en El escritor. Vuelven temas que obsesionan al director relacionados con la sumisión y el poder y las difíciles relaciones entre hombre y mujer en películas como Tess, La muerte y la doncella, o Lunas de Hiel.

Quinto. No desaparece un elemento que Polanski emplea muy bien en algunas de sus películas (no nos olvidemos de Un Dios Salvaje o El baile de los vampiros): el humor, un humor inteligente y negro que enriquece la trama. Una trama que juega con los límites. Con todos los límites. Qué es realidad, qué es ficción. ¿Hay un elemento fantástico? ¿Es todo representación?

Sexto. La Venus de las pieles es una película de Polanski aparentemente menor que con sólo un vistazo o un breve análisis deja ver mucho más además de convertirse en todo un deleite para el espectador que observa… Señores y señoras, damas y caballeros… comienza el espectáculo o la vida…

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El lobo de Wall Street (The wolf of Wall Street, 2013) de Martin Scorsese

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Esperpento. Es lo que pienso mientras van pasando las imágenes de El lobo de Wall Street. Me río. Me río mucho… pero mi risa es incómoda porque lo que me están contando no tiene ni pizca de gracia. Ni puta gracia, vamos. Más bien es un relato de terror y humillación. El ritmo de la película es salvaje… y ese ritmo ya lo proporciona la ridícula, primaria y salvaje canción que entona el primer jefe y maestro del protagonista, Jordan Belfort (Leonardo Di Caprio), el corredor de bolsa. Una canción que acompaña de golpes en el pecho y que pide a Belfort que siga ese ritmo… y vaya si lo sigue… (son apenas cinco minutos los que sale Matthew McConaughey y su ‘filosofía’ empapa toda la película).

Indago en la palabra Esperpento. Un hecho grotesco o desatinado. Entonces recuerdo todo lo que he visto. Todos esos personajes que pululan por los fotogramas donde no tienen medida para lo ridículo, lo extravagante, el mal gusto…, donde los seguidores de Belfort —los que le rodean— y él mismo hablan o proceden sin juicio ni razón casi siempre bajo los efectos de alguna sustancia que distorsiona… Me viene a la cabeza Ramón del Valle Inclán y sus espejos deformantes. Deformación de la realidad para plasmar el desgarro de una época. Y así veo lo que Martin Scorsese y equipo han creado con el libro de las memorias de Jordan Belfort. Mientras río sale un grito porque es brutal: el mundo de las finanzas, el destino de muchísimas personas, está en manos de un grupo de payasos amorales.

Así Martin Scorsese crea una comedia negrísima que contiene escenas que remueven, brutales. Y uno de los personajes que muestra que lo que nos están contando no tiene ni pizca de gracia es el agente del FBI (con rostro de Kyle Chadler) que cuando ha terminado su jornada laboral regresa a su casa harto y cansado en un vagón de metro… donde hay un montón de gente harta, cansada y desesperanzada… Y mientras los payasos amorales siguen haciendo de las suyas, arrasando. O ese público ensimismado, adormecido… (que puede ser una triste metáfora de los espectadores que hemos acudido a la sala de cine a escuchar lo que nos cuenta en primera persona Jordan Belfort) que acude a una conferencia de un caradura que les va a contar cómo hacerse ricos…

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Dentro de los payasos amorales nos encontramos con la pareja cómica por excelencia (los dos más amorales) que se convertirán en líderes de un grupo de pirados sin cerebro pero que absorben sus mandatos y sus enseñanzas… y por supuesto no tienen ningún reparo de llevarlas a cabo. Son tan pirados, tan estúpidos que no tienen ni conciencia, ni les importa (y eso da mucho miedo… porque se convierten en incondicionales). Y esa pareja de cómicos tienen el rostro de Leonardo Di Caprio y su compañero de andanzas, Jonah Hill. El gordo y el flaco en acción dejan escenas hilarantes y escalofriantes, una de ellas con Popeye incluido.

En El lobo de Wall Street fluye la fiesta desaforada, el sexo, los estupefacientes y la droga más potente de todas, el dinero. Los payasos amorales solo se mueven al ritmo de un cántico salvaje… y solo les mueve ganar dinero sin que importen los medios para conseguirlo. El mundo se derrumba a su alrededor pero no importa, la droga del dinero sigue afectándoles. Para ellos la mayoría de los ciudadanos son meras marionetas, objetos a los que manipular, objetos sin sentimientos. Y el máximo payaso Jordan Belfort se convierte en monstruo cuando descubre que las personas que tiene a su alrededor (entre ellas su segunda esposa) no son un objeto de su posesión… sino personas independientes que también actúan y que no están bajo su control.

Martin Scorsese, con su montadora habitual Thelma Schoonmaker, crea una sucesión de secuencias de ritmo trepidante donde unos payasos amorales hacen de las suyas y mientras el mundo se cae en pedazos, ellos no son conscientes en absolutamente ningún momento. Viven en una burbuja indestructible… Les da igual todo. Siguen tan solo los aullidos del lobo y el ancestral ritmo de una canción salvaje… y para no sucumbir ni pensar: mucha droga, mucho alcohol, mucho sexo…

Nos encontramos con toda una tragedia…, los payasos hacen daño y provocan risas congeladas. Después de la carcajada, toca irse llorando. Cómo está el mundo… en qué manos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

The grandmaster (Yut doi jung si, 2013) de Wong Kar Wai

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¿Qué fue lo que me hizo entrar a la sala de cine a ver The grandmaster? Leer en una revista de cine (Caimán. Cuadernos de cine, enero 2014) que en su banda sonora se escuchaba el Tema de Deborah de Ennio Morricone de la película Érase una vez en América de Sergio Leone. Sí, únicamente. No sabía con qué iba a encontrarme. No soy seguidora de la larga tradición que existe de cine de artes marciales… soy una auténtica ignorante en ese terreno. Y tampoco conozco bien los acontecimientos históricos que se reflejan. A Wong Kar Wai tan solo le conocía por dos de sus películas Deseando amar y My Blueberry nights pero ninguna de las dos las tengo suficientemente frescas en la memoria pues tan sólo las he visto una vez. De Deseando amar hay tanto escrito, tanta buena literatura y análisis crítico, que finalmente parece como si Wong Kar Wai no pudiera superar lo realizado en aquella película… Así que entraba con un sentimiento de sorpresa, ¿qué iba a encontrarme? Y con unas ganas enormes de volver a escuchar e identificar uno de los temas musicales que más me gustan.

… Salí de la sala de cine totalmente conquistada y emocionada con The grandmaster… Una obra bellísima no sólo visualmente sino también en la forma de contar esta historia (curiosamente su montaje-montajes ha sido lo que ha levantado sus mayores críticas negativas… y una de las cosas que a mí sin embargo me ha atraído como espectadora) y con un personaje femenino poderoso. Son muchas las sensaciones y emociones que fui viviendo durante su proyección. Mi obnubilación iba en crescendo hasta llegar a una de las declaraciones de amor más hermosas que he visto últimamente con una música que estaba a punto de hacerme llorar para a continuación empezar a sonar el Tema de Deborah… entonces ya mi clímax emocional no podía ir a más…

The grandmaster no es sólo una película de artes marciales e historia sino que está contada como si de un poema visual se tratase dejando al descubierto lo que Wong Kar Wai nos cuenta en realidad: un amor imposible.

Pero es que la película también es un festín para los amantes de artes marciales y la filosofía del kung fu (dos palabras, horizontal y vertical). Los combates son coreografías puras y de una belleza trágica, a pesar de la violencia. El combate entre los dos amantes imposibles o la lucha al lado de un tren que va pasando a gran velocidad… Siempre digo que mirar los créditos de una película supone información valiosa porque te quedas con un nombre y después puedes buscar cuál es su papel en la película. Y uno de esos nombres es Yuen Wo Ping… que es quien ha diseñado las escenas de acción, un coreógrafo. Los amantes del cine de artes marciales unen su nombre no sólo a Jackie Chan sino a sus trabajos recientes en películas como Tigre y Dragón o Kill Bill. Sin conocer el cine de artes marciales, yo me veía disfrutando de cada una de las coreografías de The grandmaster.

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Y es que el gran maestro que alude el título no es sólo Ip Man, conocido por lo visto por haber sido el maestro de Bruce Lee, sino que se refiere a una galería de maestros especialistas en una escuela o estilo de arte marcial que tienen su protagonismo e historia en la película de Wong Kar Wai. Porque de The grandmaster es una película coral. Y los que más destacan son la hermosísima Gong Er (Ziyi Zhang) para mí el mejor personaje —el más rico y complejo—, su enamorado imposible, Ip Man (Tony Leung); el antagonista de ambos, Ma San (Zhang Jin); y por último el misterioso personaje de El Navaja (Chang Chen). Pero hay muchos más maestros porque el kung fu es tradición y ahí está el viejo maestro que desencadena el conflicto, el padre de Gong Er. Así a través de estas escuelas y estilos se habla de la división entre norte y sur o de cómo afectó la guerra china-japonesa que se inició durante la década de los treinta… y el destino de muchos exiliados en Hong Kong ya en los años cincuenta…

La estructura de la película va hacia delante y hacia atrás, de un escenario a otro. De pronto un personaje es el protagonista y en el siguiente segmento desaparece. Wong Kar Wai va dejando versos visuales, un botón de un abrigo, una gota de agua manchada de sangre, un primer plano de un rostro del que cae una lágrima, un mechón de pelo que se quema, otro rostro que sonríe tras fumar opio (homenaje a Sergio Leone)… intertítulos no sólo informando del año y lugar donde transcurre la trama, sino palabras de amor o descripción del destino de algunos personajes. Kar Wai juega con las composiciones y con los colores que invaden cada momento. Así es capaz de en breves versos visuales contarnos el matrimonio de Ip Man… con una luz de una lámpara de gas que se enciende y se apaga, o unos pendientes verdes. Cada momento histórico se ilustra con una fotografía determinada de sus personajes…

The grandmaster cuida cada espacio sea exterior o interior así como las vestimentas y complementos de cada uno de sus personajes. El pelo negro recogido de Gong Er con una flor blanca, el sombrero de Ip Man, el barroquismo preciosista del burdel, la majestuosidad de un paisaje nevado, las callejuelas de Hong Kong con los carteles de las escuelas…

No pude retirar ni un instante los ojos de la pantalla y además descubrí (en esa triste declaración de amor de una mujer agotada) gracias a un artículo de Juanma Ruiz (de nuevo en Caimán) otra banda sonora de Morricone hermosa, La donna romantica de una película italiana de los años sesenta.

El director chino ofrece un retrato sobre el paso tiempo (como Sergio Leone hiciera en Érase una vez en América… Kar Wai se inspira en su forma de contar esta historia en el director italiano), los amores imposibles, las causas perdidas, las decisiones tomadas, el peso de la Historia con mayúscula en la vida de los individuos y visualiza el sentir de sus personajes. Describe la existencia de alguien de una forma tan hermosa como le hace pronunciar a Ip Man y su voz en off: hasta los cuarenta años mi vida fue primavera, después llegó el invierno…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La clave del enigma (Blind date, 1959) de Joseph Losey

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Otra película muy interesante e inquietante del realizador norteamericano Joseph Losey por aquello que subyace en sus imágenes y en las relaciones entre los personajes más que por la propia historia. Losey ofrece una película de intriga para mostrar las complejas relaciones humanas y la lucha de clases. Joseph Losey es un cineasta que voy descubriendo poco a poco y del cual me queda mucha filmografía en la que indagar. De momento voy muy poco a poco con El merodeador, El sirviente, El mensajero y la que ahora nos ocupa.

La clave del enigma forma parte de su etapa británica. Losey fue uno de los afectados por la caza de brujas y que optó por el exilio para seguir rodando tras la cámara. Así crea una intriga con todos los ingredientes necesarios (asesinato, falso culpable, investigación policial, mujer fatal…) para en realidad contarnos otra cosa que le interesa más: la lucha de clases.

Hay varios puntos a destacar de esta película: su internacional reparto con tres intérpretes protagonistas olvidados (pero con carreras a sus espaldas para inmiscuirse en ellas al igual que en sus vidas de cine) con una construcción de personajes interesante. El británico Stanley Baker, el alemán Hardy Kruger y la francesa Micheline Presle. El primero es el inspector de policía de origen obrero Morgan, el segundo es el pintor holandés sospechoso de asesinato y la tercera es la víctima en cuestión… De los tres el personaje más complejo y con más matices es el realizado por Stanley Baker y su inspector Morgan. Pero las relaciones que se establecen entre los tres personajes son apasionantes. El centro siempre será el atractivo pintor holandés (también de origen obrero). Él es el nexo de unión. Es continuamente interrogado por el inspector y por otra parte describe y cuenta a través de flash back la relación que mantenía con la víctima.

La película empieza mostrando un tono que nada tiene que ver con lo que luego se irá desarrollando ante nuestros ojos. Los créditos transcurren con una música alegre siguiendo a Hardy Kruger que se baja de un autobús y pasea feliz y alegre por las calles. Va sin duda al encuentro de alguien que le hace feliz, compra un pequeño ramo de flores, parece sin duda un hombre enamorado. Hasta que llega a una casa donde la puerta está abiera. Entra y llama a una mujer “Jacqueline”. No está. Le seguimos en su recorrido por toda la casa. Deja el abrigo en un sillón y va por todos los aposentos. Toca ilusionado los objetos de la mujer amada. De pronto ve un sobre a su nombre con una importante cantidad de dinero dentro, que en un principio deja donde lo ha encontrado. Pone música hasta que de pronto irrumpe una pareja de policías… Y entonces empieza la intriga y la pesadilla del protagonista, que se verá a partir de ese momento encerrado primero en la casa de la víctima y después en la comisaría como principal sospechoso de un asesinato.

En un principio el que toma el mando de la investigación es un rudo inspector de policía (Morgan) que primero se muestra bastante contundente con el sospechoso (le considera culpable) hasta que poco a poco va dejando paso a la certeza de la duda. Por una parte siente la presión de sus superiores y compañeros (de buenas familias y con otros modales) que tratan de proteger a un tercer implicado en el caso (un ‘poderoso’) y que tienen prisa en que se declare culpable el pintor y que no trascienda demasiado lo ocurrido, y por otro, quiere realizar correctamente bien su oficio con un acusado sentido de la justicia aunque sepa que puede suponer una traba para su carrera profesional. En definitiva quiere llegar al final del caso e indagar en todas las dudas que se le presentan. Así se va estableciendo una interesante relación entre el pintor y el inspector porque ambos además actúan bajo presión… y terminan colaborando juntos para la resolución del caso.

Entre medias está la dama en cuestión. La víctima. Para el pintor holandés es una dama importante, casada y con clase, que inicia una tormentosa relación con él. Pero para el inspector (al indagar en su casa y al oír a algunos testigos) no es más que una mujer vulgar de mala vida. Por ahí viene su primera duda y certeza: no casa lo que va descubriendo de la víctima con la descripción que realiza el pintor de su amante. Y esa ambigüedad enriquece cada vez más la trama. A la víctima la vamos conociendo además por los flash back del pintor holandés que nos cuenta su pasional, erótica y compleja relación (no sólo les afecta el factor diferencia de edad —el pintor es bastante más joven— sino también los distintos orígenes y maneras de comportarse en ciertos aspectos cotidianos). La autenticidad bruta del hombre, su naturalidad y su fisicidad ante la sofisticación, apariencia y distancia de la mujer.

Un elemento interesante en el cine de Losey es el empleo de los espacios cerrados como ‘cárceles’ o ‘jaulas’ para los protagonistas y el uso de los espejos en las distintas escenas donde se refleja el estado de ánimo del personaje o las relaciones complejas entre los personajes. Estos dos elementos —espacios cerrados y espejos— son también claves a la hora de analizar El sirviente.

Lo que parece una historia clara y simple. Lo que parece un caso de resolución rápida… va dando paso a otra historia más compleja. Una historia donde choca el amor y la lucha de clases. Y ahí está precisamente la clave del enigma…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) de Clint Eastwood

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Llevaba mucho tiempo arrinconando dos dvd: Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima de Clint Eastwood donde el realizador mostraba su mirada a esta batalla en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Y reconozco que siempre me daba cierta pereza enfrentarme a su visionado. Esta semana vencí mi rechazo inicial y me puse Banderas de nuestros padres. Y me vi frente al televisor absolutamente enganchada a lo que contaba esta historia y en varios momentos muy emocionada porque no sólo me estaba atrayendo cómo estaba estructurada la película (el armazón) sino que también me atrajo la construcción de sus personajes. Y me ha dejado lista y con ganas para enfrentarme a Cartas desde Iwo Jima.

Narra los acontecimientos a partir de una fotografía: la de seis hombres levantando una bandera norteamericana en el monte de Suribachi. Una fotografía identificada por todos. La película es un mosaico de recuerdos, testimonios, sensaciones que reconstruyen una batalla desde la mirada de los soldados norteamericanos. Y esa mirada no es plana, ni patriotera, ni heroica… es una mirada compleja, muy compleja, y sobre todo como acostumbra Eastwood, tremendamente humana. Así Eastwood se apunta a la tradición de películas que muestran que la guerra no es ninguna maravilla sino un acto tremendamente trágico y horrible que lleva a muchos hombres a una muerte segura y violenta. Hombres que pasan miedo, mucho miedo, que ven cosas horribles, sufren cosas horribles y hacen cosas horribles… a veces solo para mantenerse con vida o para aguantar un día más. Y que es muy distinto lo que viven esos hombres en el campo de batalla a cómo lo viven los ciudadanos y políticos desde sus países de origen, en las casas y en los despachos. También refleja cómo hirió la guerra y sobre todo el regreso a toda una generación de jóvenes (en este caso norteamericanos) que vivieron lo peor en el campo de batalla y que luego fueron relegados al olvido e incluso excluidos de una sociedad que los quiso elevar a una categoría inexistente, la de héroes de una mitología inventada.

Otra mirada excelente que lanza Eastwood es como a partir de una fotografía se pone en marcha la maquinaria propagandística para recaudar fondos para continuar una guerra en la que sus hombres siguen muriendo. Y como esa foto además del afán recaudatorio, levanta la moral de un país desencantado que busca a lo que aferrarse. Un país que no quiere discursos complejos o pensamientos elevados… sino una imagen que valga más que mil palabras, algo sencillo que identificar. Y cómo ‘los protagonistas’ de esta fotografía son elevados a un altar, convertidos en grandes marionetas, para elevar la esperanza de las gentes y conseguir más dinero (tremenda paradoja). No importa cómo se encuentren, cómo lo viven, si tienen traumas o no… forman parte de una maquinaria y están obligados a convertirse en leyenda aunque no lo quieran. Y cuando dejan de servir para ‘esa causa’ son expulsados sin ningún miramiento. Relegados al olvido.

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Eastwood toma como cabecilla de los recuerdos a un soldado enfermero, uno de los protagonistas de la fotografía, John Doc Bradley. Él es un hombre mayor a punto de morir al que le sobrevienen todos los recuerdos de Iwo Jima. Y ahí está uno de sus hijos que trata de reconstruir todo lo que no le contó su padre en vida… La película es un puzle que se puede ir construyendo y que va calando a un espectador que primero puede mostrarse confuso y después absolutamente absorbido por lo que le están contando. Así dos son los escenarios claros cuando la memoria rescata el pasado: la camaradería y los momentos cruentos de la batalla de Iwo Jima y la gira norteamericana a la que se vieron obligados tres de los supervivientes de la famosa y conflictiva fotografía: John Doc Bradley, Rene Gagnon e Ira Hayes.

Y es ahí donde Eastwood muestra su fuerte: en la representación de los tres supervivientes y sus historias futuras. John Doc Bradley es la memoria a pinceladas, el observador sensible. Rene Gagnon, el Tyrone Power, que aprovecha su momento de gloria orgulloso, que quiere ser un buen ciudadano y que no  logra retener la fama y sí el olvido. Y por último, Ira Hayes, el indio, el soldado que lleva en sus carnes la tragedia y el horror, que se siente culpable por haber sobrevivido a sus compañeros, que no puede con la manipulación y la mentira, que muestra que los sentimientos xenófobos no se borran y que será cruelmente excluido, es el poema triste de esta historia.

El director termina su ‘epopeya’ de caída del mito con una imagen más hermosa y cercana a lo real: rescata uno de los pocos momentos hermosos y de camaradería que vivieron todos los protagonistas de esta historia en Iwo Jima, un baño en el mar…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l’echafaud, 1957) de Louis Malle

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Si vemos la primera obra cinematográfica de ficción de Louis Malle (Ascensor para el cadalso) y la última (Tío Vania en la calle 42) descubrimos a un realizador muy especial con una mirada a tener en cuenta. En su primera ficción, que llevó a cabo con 25 años, adaptaba una novela negra y dejaba su firma. Jugaba con el lenguaje cinematográfico, con sus actores, con las fotografías y empleaba una ya mítica banda sonora para ‘contar’ el interior de un personaje. Así dejaba puro cine negro de autor donde el fatalismo acompañaba a dos parejas muy distintas. No faltaba nada: suspense, tensión, destino trágico para las parejas de amantes, policías, testigos… ambientes ambiguos… Y sin embargo era una película absolutamente personal. Y en su última obra, con 62 años, adaptaba una obra de teatro rusa, Tío Vania, y dejaba una obra cinematográfica brillante y experimental donde asistiamos a un ensayo en un viejo y decadente escenario. Dejaba también su mirada y su firma. Entremedias una hilera de películas que ilustraba la pérdida de la inocencia o la hipocresía de la burguesía sin dejar de experimentar con la narración cinematográfica. Entre Francia y Estados Unidos fue construyendo su mirada. Todavía me queda por descubrir filmografía… pero sé cómo empieza y cómo termina.

Podríamos resumir Ascensor para el cadalso con una llamada telefónica de dos amantes, un crimen perfecto, un descuido, el robo de un coche por unos jóvenes inconscientes, un paseo nocturno con voz en off de fondo (y una melodía), un hombre encerrado en un ascensor con un mechero y una navaja, un doble asesinato en un motel, un suicido fallido, una acusación, una posibilidad de salvación y el revelado de unas fotos…

Con todos estos ingredientes se construye una historia apasionante que transcurre en menos de un fin de semana. El azar  juguetea de tal manera que desde el principio sabemos que la fatalidad está presente. Ya nos avisa el título. Por una parte los dos amantes que planean la muerte del marido poderoso… Una muerte que les dará a ambos la felicidad y la posibilidad de amarse sin preocupaciones. Una premisa fundamental para que arranque una buena película de cine negro. Por otra dos jóvenes despreocupados e inconscientes, locos, con  muy mala suerte. La vida de ambas parejas se cruzará para depararles unos cambios inesperados.

Los amantes que iban a encontrarse no pueden por una cadena de infortunios… ya lo presagia un pequeño gato negro que presencia el asesinato. Él encerrado en un ascensor y tratando de no perder la calma… Ella angustiada sin saber qué es del amado inicia una búsqueda nocturna por locales y por las calles. Llueve, no deja de pensar, no quiere perder la cabeza, piensa en la traición al ver pasar su coche y a una joven florista dentro… Pero no obstante sigue buscando. El fatalismo es evidente desde que nos presentan sus grandes rostros en primer plano hablando por teléfono…

Los jóvenes, ella una humilde florista y él un delincuente juvenil, van dando tumbos y viviendo rápido el momento, no piensan… primero roban el coche y después se lanzan a la autopista. Y también todo se enreda. Son como esos amantes de la noche que nada les sale bien y van de la mano al abismo.

Y a estos personajes les sigue la cámara de Malle que hace angustioso y hermoso a la vez un paseo nocturno en una noche de lluvia, que planifica perfectamente un crimen perfecto y otro que no lo es. Que regala un suicidio fallido con disco de vinilo que no deja de sonar. O plasma un interrogatorio de la policía con un hombre que solo quiere dormir… en un cuarto oscuro tenuamente iluminado. O nos deja un hermoso final trágico sobre la fragilidad de la vida y el amor (y un azar que proporciona un destino fatal) con unas fotos que se revelan en una cubeta…

Ah, se me olvidaba. La música de fondo es  de Miles Davis. Y la amante que pasea por las calles o habla por teléfono tiene el rostro de Jeanne Moreau… y ama fatalmente a Maurice Ronet…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.