To the wonder (To the wonder, 2012) de Terrence Malick

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La vi ya hace tres días y sigo dándole vueltas. No podía escribir en caliente porque salí muy descontenta de la sala de cine. Creo que no fue el día adecuado para verla. Ese día creo que me hacía falta algo más ligero, creo que tenía el botón de la lírica, el misticismo y la espiritualidad apagado. Así que necesitaba un periodo algo más largo de reflexión para poder ser más justa con ella. No pude entrar ni un solo segundo en la dinámica de esta historia. Y creo entender por qué.

Así como en El árbol de la vida las voces en off y las imágenes mostradas estaban en absoluta comunión, en To the wonder las voces en off iban por un lado y lo que mostraban (siempre hermoso) no lograban esa genial comunión que lleva al espectador por caminos sugerentes.

El uso de la voz en off en Terrence Malick es una seña de identidad que emplea magníficamente. Así soy una enamorada de cómo utiliza las voces en off en sus primeras obras y qué es lo que muestra en imágenes. Para mí es imposible olvidar la fuerza y la belleza así como las historias marcadamente trágicas y complejas de Malas tierras y Días del cielo (tan, tan hermosa).

To the wonder habla del amor y de lo complejo que es amar y ser amado. Y como amar supone también esfuerzo, sacrificio, deber… y que no es un camino fácil sino complejo y arduo. Y que cuando no se sabe manejar lleva irremediablemente al fracaso, pero ese fracaso es parte de su naturaleza. To the wonder habla de la búsqueda de la libertad, de encontrarse a sí mismo, de lograr una comunión con el otro de tal manera que uno más uno se convierta en uno y no en dos. To the wonder habla de la capacidad de soñar pero también de que el amor supone riesgo y aprendizaje. To the wonder compara el amor terrenal y el espiritual y como los dos son igual de complejos. To the wonder habla de desgaste y cansancio pero de intentar ilusionarse y elevarse. Todo lo sugieren las voces en off. Un discurso, compartido o no, bien construido… pero la fuerza de las palabras no logra trasladarse a las imágenes y a los personajes. Hay momentos muy hermosos pero la psicología y el comportamiento de los personajes no casa con las palabras derramadas. Así hay un exceso de saltos y cambios bruscos de carácter de ella (bellísima Olga Kurylenko) y un estatismo perenne en él (Ben Afleck) pero que sin embargo no hace más que provocar un torrente de emociones en sus oponentes femeninas (Kurylenko y Rachel McAdams).

No obstante To the wonder presenta varias posibilidades en la manera de contar con la cámara que hace que la película se quede en la retina del espectador durante varios días. El uso espectacular que realiza de los espacios (y el movimiento de los personajes), esa casa que nunca se llega a amueblar, los paisajes (como las imágenes que provocan un sentimiento de infinito en la isla de Saint Michel) o las vidrieras de la iglesia. Las diferencias entre Europa y EEUU tanto en estilo de vidas como en paisajes (el contraste logrado dice y sugiere mucho). Las grandes superficies como los kilométricos y ordenados supermercados (escenario muy cinematográfico) o las enormes lavanderías. Y otra metáfora interesante es como Malick presenta EEUU aparentemente natural, idílico, limpio y ordenado… que contrasta con la profesión del personaje masculino que analiza el medio ambiente y como está altamente contaminado con sustancias peligrosas que afectan al comportamiento de los seres vivos. Tras lo idílico un mundo oscuro, caótico y que sufre.

Reconozco que en ningún momento logré entrar en la película ni conectar con ninguno de sus personajes pero también me doy cuenta de que muchas imágenes y frases no se me van de la cabeza… La sensación tras To the wonder ha sido extraña… Salí tremendamente cabreada pero después vino la reflexión y la calma.

Y es que hablar del amor no es fácil y mostrarlo menos (y ahí fue donde no pude entrar… no vi ni el enamoramiento, ni el desenamoramiento, ni la traición, ni el sufrimiento, ni sentimientos sublimes… en los rostros y las acciones del los personajes). Terrence Malick está vez no logró que las voces en off y las imágenes fuesen a la par… logrando la catarsis del espectador. Como espectadora no logré meterme en la pantalla blanca, no viajé…

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Cóctel de películas variadas

El gran McGinty (The great McGinty, 1940) de Preston Sturges

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No hace mucho disfruté de la segunda película de Preston Sturges como director, Navidades en julio. Y hace menos tuve en mis manos el dvd de su primera vez como director El gran McGinty y de nuevo ha sido otra sorpresa esplendorosa. Por su tremendísima actualidad. Esta ópera prima, donde Sturges es un guionista que se convierte en director, deberían verla todos los políticos inmersos en tramas de corrupción. Porque Sturges no tiene pelos en la lengua aunque al final se encariñe de sus personajes (porque no les quita un ápice de humanidad). Viajamos a un local perdido de las Bahamas, un tugurio. Ahí coinciden en una barra un camarero que dice que fue gobernador de un Estado y un empleado de banca desesperado que también ha terminado con sus huesos ahí por un fallo cometido. Sturges les presenta como uno que nunca fue recto en su vida hasta que tuvo un momento de lucidez y al otro como uno que siempre llevó una vida recta hasta que falló sólo una vez.

Y la película es un flashback del camarero contando al empleado de banco desesperado su carrera política. El bueno de McGinty (un grandullón y efectivo Brian Donlevy) era un sin hogar de la Depresión. De pronto le sale la oportunidad de colaborar en un fraude electoral para la elección del alcalde (auspiciado por el mafioso local)… y lo hace muy bien. Así empieza su carrera política trepidante… hasta llegar a gobernador para lo cual incluso protagonizará un matrimonio de conveniencia. Y ahí es donde nos encontramos la debilidad de McGinty, los buenos sentimientos de su señora esposa hacen mella en él… Y llega un momento en que quiere actuar por sí solo como político y realmente ejercer haciendo lo mejor para los ciudadanos. Misión imposible y fallida… que le lleva con su mafioso a un tugurio dejando los ideales para otros. Ante la historia de ‘un caradura’ sincero la chica de mala vida preocupada por el ‘buen’ empleado le anima a que arregle las cosas y regrese de nuevo…

Los años no han pasado por esta película… tremendamente actual.

Anastasia (Anastasia, 1956) de Anatole Litvak

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La elegancia de un director se deja ver en una sola escena. Y eso es lo que le ocurre a Anatole Litvak en Anastasia. Por encima del glamour que supone la vuelta de una Ingrid Bergman a Hollywood representando a una mujer sin identidad y que trata de recuperarla (ella es Anastasia, ¿o no?). O de dejarse llevar por el magnetismo animal y la sensualidad de un Yul Brynner que ocupa toda la pantalla (¡cómo me gusta!). Así como disfrutar de las viejas glorias como Helen Hayes mostrándose como gran señora y actriz… Por encima de todo ese reparto y una historia atrayente (con sus dosis de misterio, ambigüedad, romanticismo, zares rusos, revoluciones y finales precipitados), nos encontramos con la puesta en escena especial de un director a reivindicar, Anatole Litvak (y del que me queda mucho por descubrir).

La escena es la de una habitación majestuosa con dos puertas abiertas frente a frente. Detrás de cada una de esas puertas hay un personaje diferente: en una el ambiguo Yul Brynner (¿un noble desencantado y aprovechado o un hombre enamorado? y en la otra la etérea Ingrid Bergman (¿verdadera Anastasia, mujer sin memoria, o estafadora?). Ella ha subido de una cita (impuesta por el maestro de ceremonias y estafa, Yul) algo bebida. Les oímos a los dos hablar y sólo escuchamos sus voces, la cámara está todo el rato en la habitación vacía. Sin embargo sentimos la tensión sexual que recorre el cuarto y la preocupación de ambos. De pronto ella deja de hablar, entendemos que se ha dormido. Y sólo entonces Yul sale de su cuarto, cruza la habitación y entra en el dormitorio de Ingrid para taparla… y quizá también contemplarla.

Tierras de penumbra (Shadowlands, 1993) de Richard Attenborough

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… Richard Attenborough se basó en las reflexiones que vertió C. S. Lewis en el libro Una pena en observación (que no he leído y ganas me han quedado) tras la muerte de su esposa y amor, Joy Gresham. Así el director deja tras de sí una película que reflexiona sobre el amor tardío, el dolor, la soledad, la enfermedad terminal, la muerte y lo que supone la ausencia del ser querido (en una escena contenida y magistral entre C.S. Lewis y el hijo pequeño de su amada).

No sólo nos dejamos llevar por las interpretaciones de Anthony Hopkins y Debra Winger sino que algunas frases que se pronuncian se quedan para siempre en la memoria. En este caso, entre tierras de penumbra, atesoro una frase que le dice un alumno a C.S. Lewis: “Leemos para saber que no estamos solos”. Y ya solo por esa frase la película merece la pena ser vista por lo menos una vez en la vida.

Érase una vez en Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu’da, 2011) de Nure Bilge Ceylan

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El otro día viajé al cine turco y me llevé una sorpresa enorme con Nure Bilge Ceylan (del cuál sólo había visto Lejano, película que en su momento me costó digerir). La película se encuentra ahora en las salas de cine, Érase una vez en Anatolia e impone su propio ritmo al espectador. Si te dejas llevar el viaje merece la pena. Lo que en un principio tiene estructura de thriller y road movie extraña: vamos entendiendo qué es lo que hacen tres coches por las carreteras de Anatolia (buscar un cadáver), termina convirtiéndose en un viaje de humanidad. Y lo que se nos presenta es un grupo humano variopinto: dos detenidos, los policías, los militares, los conductores, el médico forense y el fiscal…

Y vamos con ellos en este viaje nocturno en busca de un cuerpo y asistimos a las conversaciones y miradas que tienen entre ellos. Y poco a poco vamos adentrándonos en distintas historias y vamos construyéndolas. Unos van cediendo protagonismo a otros a lo largo de la búsqueda, con una cotidianeidad que impregna todo, que hace que este grupo de hombres hagan su trabajo y choquen con la burocracia más rancia y la humanidad más profunda. En una parada a cenar, en casa del alcalde de la localidad, se quedan en un momento sin luz. Y surge un momento casi mágico, donde una bella joven con un quinquel que ofrece té, se convierte en una aparición y no será la única. Asistimos durante más de tres horas a un viaje con final: la búsqueda del cuerpo, la parada en casa del alcalde, la confesión, el encuentro del cuerpo, el camino hasta el hospital donde se le hará la autopsia… y la vida sigue. Pero mientras hemos conocido un poco más el mundo de cada uno de los hombres que protagonizan esta historia, hemos transitado en sus secretos y silencios. Y también hemos conocido a las mujeres ausentes.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Anna Karenina (Anna Karenina, 2012) de John Wright

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¿Cómo enfocar una nueva versión cinematográfica de una novela de dimensiones gigantescas ya llevada varias veces al cine? ¿Cómo ser fiel al espíritu decimonónico de Tolstoi y a su heroína romántica? ¿Cómo realizar una adaptación adecuada? John Wright se tira por el precipicio, arriesga y para la que esto escribe gana. Aunque el acercamiento y mirada de John Wright y el dramaturgo y guionista Tom Stoppard al universo de Anna Karerina a algunos espectadores les choque e incluso a otros les horrorice a mí me atrapa irremediablemente… desde el primer instante. He leído varias veces la novela (siempre he dicho que ante la Regenta, Madame Bovary y Anna Karenina… la que mejor me cae de las tres es Anna) y esta adaptación me ha cautivado.

¿Cómo es Anna Karenina de John Wright? El director decide presentarnos la historia desde una ‘representación’ en un escenario teatral… pero un escenario teatral vivo que se transforma ante los ojos del espectador. Siempre se dice que la magia del teatro es cuando te metes tanto en la obra que olvidas el escenario… pero sin embargo ahí estás en una ‘representación’ en que todo lo crees aunque sabes que no es cierto… En Anna Karenina todo es posible. En un escenario, entre bambalinas, focos, tramoyas y cambio de decorados transcurre un manantial de emociones y el espectador danza en un melodrama trágico sobre el amor romántico en una Rusia que desaparece, una Rusia aristocrática que se desvanece. Y esa Rusia aristocrática, con sus costumbres, protocolos, modales y miserias, es ‘representada’ en un escenario que se transforma continuamente.

Así nos vemos inmersos en el amor romántico y sus consecuencias… según el momento, el lugar, el espacio, las costumbres, los rumores. Hay tres historias, como en la novela, que se cuentan paralelamente (y las distintas formas en las que se manifiesta este amor). Stiva (hermano de Anna Karenina) y Dolly, amor, matrimonio y conformidad. Levin y Kitty, desencanto y luego amor y más tarde espiritualidad. Y el triángulo que forman Anna, su marido Karenin y su amante Vronsky, desamor, aburrimiento, pasión, autodestrucción y muerte. Hay un personaje (absolutamente maravilloso en la novela), el hermano comunista y moribundo de Levin, Nikolai, que pronuncia una frase clave para entender este acercamiento cinematográfico, expresa algo así como que el amor romántico es el último vestigio del viejo orden capitalista… y entonces Wright y Stoppar deciden representarlo, lo suben a un escenario. Y Anna Karenina regresa con toda su fuerza… ese amor romántico decimonónico que se entiende (y nos es revelado) con toda su artificiosidad y estilo recargado, exagerado y exultante, hermoso… pero todos los espectadores sabemos que al final sólo quedará un escenario vacío. Para así preguntarnos de nuevo ¿sigue en boga el amor romántico? ¿Sigue dando sus coletazos por el mundo? ¿Siguen existiendo heroínas como Anna Karenina (con el rostro moderno cubierto por un tocado de Keira Knightley, musa de Wright)?

De nuevo hemos vivido la catarsis de Anna, lo que la va hundiendo y llevando a la autodestrucción. Volvemos a vivir esa premonición de un tren helado que se convierte en una máquina de matar… Y todas las partes culminantes de la novela no faltan. Son representadas. El tren helado y el primer encuentro. Ese baile en el que los destinos de los personajes quedan sellados. La carrera de caballos decisiva donde Anna desnuda delante de todos sus sentimientos. La soledad de Anna y su camino hacia las vías del tren…

Y cada uno de los personajes está perfectamente caracterizado, como en una buena representación teatral, para que los reconozcamos en el momento. No sólo su vestuario sino también su forma de actuar. Así Karenin es un hombre recto, intelectual, de ropas oscuras, austeras… al igual que sus movimientos (Jude Law que demuestra una vez más cómo puede ser un gran actor), de pocas palabras… pero que expresa con el rostro todo lo que no revela. Y su rival el coronel Vronsky (Aaron Taylor Johnson) que es presentado como una especie de hombre ensueño-ideal: joven, de cuerpo perfecto, rubio con rizos, bigotillo, de maneras elegantes y extremadamente galantes… pero que denota su parte oscura (cómo se deja llevar por las convenciones sociales y la buena vida, cómo influye en él su madre… pero a pesar de todo termina enamorado de la torturada Anna, primero como ‘trofeo’ inalcanzable, después como mujer capaz de arruinar su posición y vida sólo por su entrega total a él… aunque se le termina quedando demasiado grande la historia…). El espiritual Levin (Domhnall Gleeson), hombre incontaminado, que viene del campo y es azotado por los modales y la aristocracia de Moscú, por las apariencias y la superficialidad, que también sufre el desencanto de su hermano ante la situación de su Rusia… al que rompen el corazón. Al principio parece hombre desubicado pero cuando vuelve a la naturaleza se encuentra de nuevo hasta alcanzar de nuevo a la mujer que ama, Kitty (una cada vez más prometedora Alicia Vikander, maravillosa en la película danesa Un asunto real), desde la espiritualidad, la calma y la entrega a los demás.

Los espectadores asisten sorprendidos a cada una de las escenas importantes con toda ‘su teatralidad’. Así no podemos sino disfrutar de la escena del baile. Donde una Anna de negro y hermosísima contrasta con una Kitty de blanco… y donde todos los invitados como si fueran muñecos de cuerda bailan al compás mientras nos centramos en los protagonistas del triángulo (a veces incluso desaparecen) y sólo vemos los movimientos de brazos de Kitty, Vronsky y Anna… que termina mirándose en un espejo que le devuelve una premonición de un tren helado porque el drama ya está servido… O esa prodigiosa y teatral carrera de caballos donde Anna grita de desesperación ante todos y con su esposo de testigo cuando su amante cae con su caballo…

Joe Wright es un hombre de dúos. Así realiza su tercera película con una de sus musas Keira Knightley. También es fiel al compositor Dario Marianelli que crea la banda sonora adecuada para esta Anna Karenina. Y tampoco falta el director de fotografía Seamus McGarvey. Me gusta la forma de contar de este director. Creo que toma caminos y arriesga e incluso cuando se equivoca merece la pena porque siempre hay una escena o una secuencia rescatable, una forma de mirar que lo redime y salva. Desde Orgullo y prejuicio he visto cada una de sus películas. Su trilogía con Keira me fascina (Orgullo y prejuicio, Expiación y Anna Karerina). E incluso en las menos conseguidas y entendidas me dio un momento o varios en los que me hizo ver que merecía la pena estar en la sala de cine (me refiero a El solista y Hanna).

… Ahora yo sigo reteniendo imágenes en la retina de ese amor romántico y desatado en el escenario. Me sigue esa Anna Karenina que de pronto mira al cielo y ve estallar fuegos artificiales…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Blue Valentine (Blue Valentine, 2010) de Derek Cianfrance

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Existen radiografías emocionales y crónicas de amor y desamor… todo esto confluye en Blue Valentine donde dos actores se desnudan ante todo aquel que les mira y expulsan lo que esconden en el interior y lo derraman en cada fotograma. Ésta es la historia de Dean (Ryan Gosling… camino de convertirse en actor fetiche de Cianfrance) y Cindy (Michelle Williams).

Dean canta con su pequeña guitarra mientras Cindy baila cuando todavía están con la emoción de conocerse y enamorarse: “Siempre se hace daño a quien se quiere, a quien no se debería hacer daño. Siempre se coge la rosa más dulce y se aplasta hasta que se caen los pétalos. Siempre se rompen los corazones más amables con una palabra apresurada que ni siquiera puedes recordar. Y si rompí tu corazón ayer noche es porque te quiero más que a nada”. Y la canción es toda una premonición.

Derek Cianfrance, director y guionista (éste es su segundo largometraje de ficción para la pantalla grande, el primero lo rodó con 23 años, Brother Tied en 1998), cuenta con dos actores que interpretan desde la emoción y se sirve de un brillante trabajo de montaje para articular la crónica de un desamor. Así los pasos hacia delante y hacia detrás en el tiempo resultan más dolorosos y arrancan enormes dosis de melancolía. Porque siempre es más fácil contar cómo dos personas se enamoran y terminan que son felices y comen perdices a indagar en el después. Qué ocurre así que pasen seis años… o más.

En el caso de Dean y Cindy el amor se desintegra pero mucho está ya explicado desde sus primeros momentos. Así cuando su matrimonio ya hace aguas por todas partes y Dean en un intento desesperado lleva a Cindy a un hotel temático y ocupan la habitación del futuro (un futuro ya anunciado)… todo lo que nos lleva a su pasado nos remueve y entristece como a los propios personajes que tratan de aferrarse al deseo… Pero ya ni eso funciona. Todo conduce al desgarro emocional…

Y la película funciona si conectas con esas sensaciones, emociones y sentimientos que se desnudan y vomitan en cada fotograma… Blue Valentine recoge el testigo de una tradición de películas que contaron que pasó después de ser felices y comer perdices. O de esas películas íntimas que transcurren en un dormitorio con una cama por testigo y el deseo a veces conduce al amor, otras al distanciamiento, otras al dolor mortal, otros a un posible reencuentro y otros a una evocación del pasado. Del primer testigo, de las películas del después… hay un camino que va de Qué bello es vivir a Dos en la carretera aterriza en Robin y Marian (siempre Audrey) y desemboca en el desgarro desnudo de Una mujer bajo la influencia.  Del segundo testigo, en la intimidad de una habitación y el deseo como motor… paseamos por El último tango en París, nos encerramos con los protagonistas de Una relación privada, nos detenemos en Conversaciones con otras mujeres y nos escondemos tras la puerta del Love Hotel de Mapa de los sonidos de Tokio.

Dean y Cindy, Cindy y Dean. Dean solo aspira a tener su trabajo de pintor (u otra cosa que tenga que ver con lo manual) y a estar con su esposa, su hija y su perra alrededor suya en los días de su vida. Cuidándolas y amándolas. El notar a su mujer infeliz le destroza y rompe por dentro. Cindy quiere ir más allá de las cuatro paredes del hogar, tiene inquietudes profesionales, la gusta volar, aspira a soñar y no renunciar a sus sueños, se siente atrapada en la relación… Ninguno es bueno o malo. Ninguno es responsable del fracaso y los dos lo son a la vez. Los dos tienen partes claras y nobles y los dos tienen partes oscuras y son vulnerables… Es una crónica de desamor… como tantas crónicas se producen en cada momento en distintas partes del mundo…

… Siempre queda una canción. O una melodía. “Y si rompí tu corazón ayer noche es porque te quiero más que a nada”. Blue Valentine es un desgarro emocional…

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Searching for Sugar Man (Searching for Sugar Man, 2012) de Malik Bendjelloul

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No hay duda: la música es un lenguaje universal. Un director sueco realiza un documental en coproducción con Gran Bretaña sobre la ‘leyenda’ de un cantautor mexicano Sixto Rodríguez que sacó dos discos en los años sesenta en Detroit y pasó sin pena ni gloria en el panorama musical norteamericano y, sin embargo, se convirtió en un ídolo de masas en Sudáfrica sobre todo para la población blanca anti-Apartheid que sentían que vivían en un sistema conservador, opresor e injusto.

Éste es el meollo de Searching Sugar Man que se convierte en la investigación apasionante de dos fans sudafricanos de Rodríguez que se dan cuenta de que nada saben sobre su ídolo, un mito rodeado de leyendas urbanas como que se suicidó encima de un escenario.

Malik Bendjelloul cuenta una historia apasionante de un hombre que parece que viene de otra Galaxia. Sixto Rodríguez, el obrero de la construcción de Detroit, que lleva una guitarra, compone canciones desgarradas y seduce con su voz de poeta.

Searching Sugar Man no sólo cuenta una buena historia sino que engacha con cómo está contada. El espectador que nada sabe de Rodríguez (como era mi caso) termina totalmente hechizado no sólo por su música folk sino por la personalidad de un hombre tranquilo y coherente con lo que cantaba… Obrero y de clase trabajadora en Detroit, ídolo de masas en Sudáfrica. Y cuando descubre este fenómeno, él sigue siendo igual de tranquilo y coherente sin abandonar su Detroit… y su trabajo manual que siempre fue importante para él. No pierde en ningún momento la cabeza, ni se le sube la fama, ni trata de rastrear quién es el responsable de que él no sepa que era un super ventas en Sudáfrica. Le da la importancia justa. Decide no cambiar de vida… Es su elección.

Sixto Rodríguez es un hombre que cree en el trabajo diario, en que todo el mundo debe tener las mismas oportunidades y acceso a la cultura y también preocupado por su comunidad, por el mundo que le rodea. Un hombre sencillo que vive en un sitio duro. Que tiene que sobrevivir en cada momento para llegar a final de mes, como la mayoría de sus vecinos.

El documental engancha desde el primer momento y si además te encandila la música y voz de Rodríguez entonces el disfrute es máximo. Porque te hace descubrir que hay personas distintas, extrañas, peculiares y distintas de vidas excepcionales. Dosifica de manera interesante la información. Primero crea la leyenda, nos pone en antecedentes, nos habla de su fracaso en EEUU y de cómo se convierte en un fenómeno en Sudáfrica. Después nos revela la investigación de dos fans apasionados que quieren saber quién está detrás de su ídolo y si realmente murió. Después la revelación del misterio y el descubrimiento de un hombre de carne y hueso y de fondo siempre sus canciones. Entre medias entrevistas a gente que le conoció y le conoce. Imágenes de archivo desde fotografías a imágenes en vídeo e incluso recreaciones de animación… Y todo rodeado de una emoción intensa que transmite fotograma a fotograma al espectador.

El misterio, el rostro entre la bruma, se convierte en algo palpable… pero también en mítico, de leyenda. El poeta que toca su guitarra de espaldas al público en un bar hasta arriba de humo… Un poeta por las calles heladas de Detroit que descubre un día que tiene fans al otro lado del océano… Y que su música sí que transformó y sirvió para algo…, sí que influyó en un montón de personas… Un ídolo que se convierte en hombre sencillo y cercano con guitarra en mano.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Atrapar la vida con la cámara…

Atrapar la vida con la cámara… un instante de realidad y convertirlo en cine. Ahora mismo pueden disfrutarse tres propuestas cinematográficas que atrapan la vida y la muestran al espectador (estas tres obras han podido verse y algunas todavía pueden verse en la programación de febrero de la Cineteca de El Matadero en Madrid. También se encuentran en el circuito de las salas de exhibición excepto una de ellas que sí se encuentra en DVD). Tres propuestas muy distintas pero las tres llenas de posibilidades, reflexiones y miradas.

Mapa de Elias León Siminiani

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Hay dos mapas en la propuesta de Elias León Siminiani. El del propio viaje que emprende a la India y el que luego marca en distintos lugares de la geografía española. Éste es un mapa físico que puede seguirse con un dedo… Pero después está el otro mapa. Y es el sentimental. El viaje del cineasta por los recovecos de su existencia que se mece en distintos paisajes y con distintos estados de ánimo para contar una crónica de amor no correspondido. Un viaje de sentimientos, en otro tempo. Así como Marilyn Monroe creaba sus dos mapas en uno en Bus Stop donde con su carmín pintaba en un mapa de carreteras la historia de su vida, Siminiani se sirve de su cámara para reflejarnos estos dos mapas en uno. Así queda para el espectador el diario fílmico e íntimo del realizador que empieza un día de 2008 y termina en 2011.

Lo interesante de la propuesta es que Siminiani presenta una obra cinematográfica perfectamente construida y ensamblada en la que muestra al espectador el material de su propia vida pero con los recursos cinematográficos de la narración fílmica. Es decir, y para entendernos mejor, emplea recursos de ficción en su forma de contar (lenguaje cinematográfico) para atrapar su propia realidad. Para atrapar lo que le está pasando y lo que quiere contar. De esta manera todo lo que vemos, según nos cuenta el director es absolutamente cierto (el material, no lo olvidemos, es su propia vida), pero el envoltorio o la manera de presentarlo se beneficia de la magia del cine. De hecho de las mejores experiencias que se puede tener es ver Mapa y después asistir a un coloquio con el propio director porque es una obra cinematográfica para diseccionar y analizar.

En un momento dado en Mapa el director viaja a India y allí nos relata otro viaje de dos personas en el pasado a este mismo país. Ahí nos encontramos con la clave de la mirada de Siminiani y su propuesta. Nos explica que fueron a la India Passolini y Moravia (con su compañera Elsa Morante). Después ambos escribieron sobre sus experiencias de viaje: Passolini desde lo emocional, se empapó de todo lo que sentía y Moravia desde el observador que se distancia y describe (analiza). Ahí se encuentra la metáfora de Mapa. Siminiani construye y elabora su propio mapa emocional de una manera reflexiva y controlada, manejando perfectamente lo que cuenta y cómo lo cuenta pero sin embargo el material con el que trabaja son sus propias vivencias y emociones. Os aseguro que el resultado es de lo más sugerente.

Correspondencia Jonas Mekas- José Luis Guerín

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La correspondencia filmica entre Jonas Mekas y José Luis Guerín forma parte de un proyecto colectivo realmente hermoso (que puede disfrutarse en DVD) donde varios cineastas se intercambian cartas visuales. El proyecto empezó en 2006 con el intercambio entre Victor Erice y Abbas Kiarostami (la única correspondencia que no está presente en el pack de DVD). El resultado fue tan satisfactorio y rico que se amplió a otras correspondencias visuales (Albert Serra/Lisandro Alonso, Isaki Lacuesta/Naomi Kawase, Jaime Rosales/Wang Bing, Fernando Eimbcke/So Yong Kim). La puesta en marcha de esta idea, que es puro amor al cine, y la difusión de estos trabajos cinematográficos ha sido gracias a la implicación de instituciones como el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona junto a La Casa Encendida así como posteriormente otros organismos culturales.

La correspondencia que nos ocupa atrapa los procesos creativos de dos realizadores diferentes en sus miradas pero que sin embargo establecen un diálogo fílmico lleno de posibilidades y riquezas. Así se elabora una correspondencia de nueve cartas visuales: cinco de José Luis Guerín (que abre y cierra el proceso) y cuatro de John Mekas. La reflexión y la construcción consciente de la imagen frente a la vitalidad y la impulsividad del presente. Guerín y Mekas. Un diálogo fílmico lleno de imágenes y reflexiones para atrapar al vuelo enunciados sobre la necesidad de filmar. Sobre la capacidad del cine para atrapar la vida. Sobre la capacidad del cine para descifrar el presente o lo que nos rodea, las relaciones del hombre con sus circunstancias, las relaciones del hombre con la naturaleza. Sobre la capacidad del cine para la nostalgia, la memoria y la posibilidad del sueño…

Estas correspondencias en su itinerario permiten además un análisis interesantísimo sobre la forma de mirar de los distintos cineastas y siempre se agradece un coloquio posterior para enriquecerse con la propuesta. Así ocurrió con esta correspondencia que pudo verse en la Cineteca con la valiosa presencia del director de Caimán. Cuadernos de cine, Carlos F. Heredero. Entre los espectadores que se quedaron después de la proyección y Carlos F. Heredero surgió otro diálogo que trataba de desentrañar lo recientemente mirado y vivido.

Marina Abramovic. La artista está presente de Matthew Akers y Jeff Dupre

Marina Abramovic

El cine documental para atrapar el arte y sus distintas manifestaciones. Matthew Akers realiza un retrato visual sobre una mujer que trabaja con su propio cuerpo. Su cuerpo es el formato de su arte. Marina Abramovic se convirtió en una pionera en los años setenta de la performance.

El documentalista se centra en la trayectoria pública y privada de la artista montenegrina para plasmar el impacto de su obra retrospectiva en el MOMA de Nueva York en el año 2010. El valor máximo de esta propuesta es que Marina (y puede que de manera inconsciente) es presentada con todas sus luces y sombras. Con todas sus contradicciones en el transcurso de su propia obra artística. A mí me pudieron las sombras, no conecté absolutamente nada con Marina. Pero en una conversación posterior con una amiga (especializada en arte contemporáneo) pude apreciar la importancia de Abramovic (o de por ejemplo otro artista singular que también tiene un documental que actualmente se está exhibiendo, Ai Weiwei): y es cómo ellos tratan de expresarse ante el mundo en el que viven de una manera diferente y cómo buscan otras maneras creativas de analizar y entender el presente en el que existen. Y esas maneras son estímulos para llegar a unos espectadores que conectan o no con su forma de comunicar.

Me resultó interesante comprobar (no conocía absolutamente nada de Marina Abramovic) que yo no lograba conectar con su universo creativo pero sin embargo el documental muestra cómo muchas personas conectan con la artista de una manera total y absoluta, llegando casi a la adoración mística. Y he de reconocer que la performance del MOMA tiene una fuerza visual increíble en el documental. Durante tres meses la artista se sentó en una silla y durante el horario del museo permanecía estática. Frente a ella se sentaban personas que asistían a la retrospectiva. Y tan sólo se miraban. Dos rostros que se miran y distintas emociones son mostradas en una cámara que no puede engañar (pero sí seleccionar… me llamó la atención que casi todos los que se ponían frente a ella se mostraran casi en estado de éxtasis y que sin embargo apenas haya muestras de gente indiferente o que se ría o que se sienta ridícula…).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Las sesiones (The sessions, 2012) de Ben Lewin

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Las sesiones ha supuesto una sorpresa. Una película-medicina, pequeña y redonda, con una buena historia y unos buenos intérpretes. Parte y se inspira en un personaje real, el periodista y poeta Mark O’Brien. Un hombre que sufrió en la infancia una poliomelitis que le redujo para siempre a una camilla y a la necesidad de pasar muchas horas del día en un pulmón de acero. Bajo esta premisa el espectador puede pensar que se trata de otra historia protagonizada por un discapacitado sobre superación. Y lo que nos presenta Las sesiones es una película luminosa y optimista donde trata con delicadeza y mucha naturalidad un tema: el sexo y la discapacidad. Precisamente Ben Lewin (director y guionista) se inspiró en un artículo que escribió O’Brien sobre esta cuestión.

Ben Lewin articula su historia a través de dos tipos de sesiones: las que tiene el protagonista con una terapeuta sexual (una Helen Hunt natural como la vida misma) y con su consejero espiritual, un cura (encantador William H. Macy). Su voz siempre está presente, no desaparece en ningún momento (incluso cuando parece que no tiene por qué estar). La premisa de la que parte esta historia es la necesidad que siente el protagonista en un momento de su vida de poder mantener relaciones sexuales. Tiene 38 años y acaba de enamorarse profundamente de una cuidadora… Cuando confiesa sus sentimientos, la cuidadora desaparece de su vida. Eso y el encargo de escribir un reportaje de entrevistas con otros discapacitados sobre sus relaciones sexuales, le lleva a querer sentir y experimentar su sexualidad. Y va más allá, quiere amar y ser amado.

Para llevar a cabo este fin, su círculo de relaciones se pone en marcha. Y las dos personas antes nombradas, un cura y una terapeuta sexual le acompañarán en esta aventura vital.

Mark O’Brien era católico así que se topa en su camino con un cura que lo que hace es ponerse en su lugar como hombre, cercano, y acompañarle en su viaje hacia el conocimiento de su cuerpo y sexualidad. Se cruza en su camino un cura con sentido común y no retrógado que se pone en la piel del otro. No pone trabas y más obstáculos de los que tiene el protagonista sino sencillez y naturalidad. Le escucha. Cómo toda la red de relaciones que tiene a su alrededor (principalmente sus distintos cuidadores).

Así se van matizando las distintas relaciones que establece Mark (un inmenso John Hawkes). Y la central, la que establece con su terapeuta sexual y sus sesiones. Y aquí es donde estaba la parte compleja de esta historia resuelta de una manera excepcional gracias a sus protagonistas y a la opción de la sencillez. Mark O’Brien no es una víctima sino un hombre que trata de poner solución a un problema. Y para ello busca a una profesional que le guía y le enseña a ponerle solución. Punto. Así las escenas de las sesiones son desprovistas de cualquier tipo de morbosidad o sensacionalismo y se integran totalmente en la historia que nos quiere contar. Explícitamente se muestran las lecciones pero con la naturalidad y la sensibilidad por bandera. Acompañamos a O’Brien en su aprendizaje, en sus dudas, en sus miedos y en la consecución de su objetivo.

Todas las relaciones tienen puntos de inflexión y sutilidad. Las que mantiene con cada una de sus cuidadoras, con el cuidador, con su consejero espiritual y con la terapeuta… La personalidad de O’Brien (que emplea el humor como instrumento para superar obstáculos) hace que lo complejo de su situación parezca fácil (cuando no lo es en absoluto).

Es hermosísima la relación que establece con su terapeuta porque finalmente ella que siempre ha tenido claro el distanciamiento con sus clientes (deja claro que tiene su propia vida privada, que apenas sale matizada —y es para la que esto escribe la debilidad de la película porque es un tema muy interesante pero poco desarrollado—, y explica claramente la diferencia entre sus sesiones como terapeuta y las de las profesionales del sexo, las prostitutas) pero con O’Brien siente la necesidad de someterse más que nunca a las reglas de su profesión (no más de seis sesiones) porque su implicación termina siendo absolutamente emocional (cruza el límite entre sentirse profesional y terapeuta a sentirse a gusto con el hombre al que enseña y deseada…) y eso la hace sufrir y finalmente distanciarse. Porque ambos tienen claras las reglas del ‘juego’.

Así Las sesiones se convierte en una película sorpresa que regala una serie de buenos momentos sobre un hombre que  trata de solucionar un tema universal: la soledad y la necesidad de amar y sentirse amado. Y un momento que se nos regala es un gato atigrado encima de un pulmón de acero…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hitchcock (Hitchcock, 2012) de Sacha Gervasi

… Entre el inmenso maquillaje, uno siente que de un momento a otro la máscara del maestro del suspense va a estallar en mil pedazos y entonces surgirá un Anthony Hopkins liberado. El suspense también se vive por pensar que su prominente barriga se va a pinchar como un globo y va a salir disparado por los aires… Y piensas que es una pena que un maquillaje molesto que además no hace que se parezca nada al original pueda desconcentrarte de la película… Obviando este asunto y también su aspecto de telefilm lujoso, Hitchcock puede convertirse en un divertimento cinéfilo donde entran ingredientes de realidad y ficción sobre el proceso creativo de Psicosis.

Durante sus 98 minutos (¡por fin una película con una duración normal!) casi seguro que es imposible aburrirse. Además es un bonito reconocimiento a Alma Reville (Helen Mirren), la esposa de Hitchcock que aunque siempre estuvo en la sombra cada vez hay más voces que la consideran una pieza fundamental en la carrera del maestro. Es decir que trabajaban muy a dúo. Obviamente Hitchcock juega con los parámetros de todo biopic con lo que esta relación sale más luminosa que oscura y compleja (tal y como debió ser).

La película juega a ver una parte oscura que se simplifica en: ¡qué difícil es vivir tras un genio! Pero sin duda es esta premisa la que hace que se produzcan buenos momentos de complicidad y buenos diálogos entre Hopkins y Mirren. Y también es esta premisa la que lleva a concluir que su relación funciona porque ambos crean juntos y cuando trabajan los dos unidos surgen las buenas obras cinematográficas. El conflicto surge cuando parece que esta relación va a resquebrajarse porque Alma ya está cansada de los desmanes, obsesiones y dificultades que supone vivir con su señor esposo y le deja solo ante el peligro: ante Psicosis, una película distinta en su carrera que es un reto para el director y una oportunidad para recuperar la pasión de hacer cine de los viejos tiempos cuando apenas contaban con recursos económicos. Ahora Psicosis es una apuesta independiente, pues ningún estudio la avala económicamente y es el matrimonio Hitchcock quien costea la producción cinematográfica… Hitchcock se da cuenta de que no cuenta con el mismo apoyo de siempre de su mujer y además sospecha que tiene un affaire con el escritor y guionista Whitfield Cook con el que está trabajando codo con codo en un proyecto ajeno a su marido. Cuando parece que todo se va a ir al garete el matrimonio Hitchcock vuelve a unirse y vuelven a crear juntos realizando otra obra cinematográfica inolvidable.

Me emociona toda película en la que salga una sala de cine y allí se viva un momento importante de la trama (así ocurre en la maravillosa … Y el mundo marcha, en Los viajes de Sullivan, en La última película, en Cinema paradiso o recientemente en The Master), y así ocurre con un maestro del suspense nervioso fuera de la sala de cine donde se proyecta por primera vez Psicosis y que actúa como un voyeur, semiabriendo la puerta de la sala y fijándose en la reacción de los espectadores (observando sus rostros) ante la secuencia de la ducha.

La película también da una explicación a su obsesión por las intérpretes rubias, como que el director buscaba un ideal inalcanzable que no existía. Así él trataba de modelar ese ideal pero siempre se escapaba de sus manos… y su obsesión complicaba en exceso el trabajo con sus actrices. Algunas lo vivían como un halago (sobre todo al principio del proceso) y otras como una tortura cuando la obsesión del maestro del suspense interfería en su vida privada. Con la persecución de este ideal dañaba no sólo a algunas actrices sino a él mismo y a su esposa Alma. Así el conflicto queda servido en su relación con las dos actrices protagonistas de Psicosis, Vera Miles (Jessica Biel) y Janet Leigh (Scarlett Johansson). De aquí se puede sacar un tema de debate cinéfilo interesante.

Y por último Hitchcock muestra el aspecto más interesante (aunque le faltan importantes detalles… cinéfilos) de esta película entretenida y es la pasión en el proceso creativo de una obra cinematográfica (que a la vez es un trabajo colectivo). Primero la búsqueda de inspiración, el encuentro con un libro en el que nadie cree (basado en las vivencias del asesino Ed Gein, que será quien acompañe al genio durante la creación de toda la película), las negociaciones con los productores y con los censores, las ruedas de prensa, las tensiones de rodaje, el propio rodaje en los estudios, los obstáculos para que la obra salga adelante, el olfato que tenía el maestro del suspense no sólo para rodar sino para promocionar y publicitar sus obras cinematográficas, su conciencia de que él mismo es espectáculo, el juramento que hace que hagan todo el equipo técnico y artístico de la película de que no desvelará nada del proyecto, los miedos y agobios, la postproducción, la importancia del montaje, de la banda sonora… Y en definitiva el mostrar a Psicosis cómo un punto y aparte en la carrera de Alfred Hitchcock, una obra atrevida, innovadora y rompedora con su propia obra cinematográfica.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El lado bueno de las cosas (Silver linings playbook, 2012) de David O. Russell

El lado bueno de las cosas es la película con sello de ‘pequeña obra’ o ‘pequeña sorpresa’ que se ha colado en la gala de los Oscars. Películas que se revisten de un halo de cine independiente (que no lo es) o cine de autor. Así sobre ella se vierten distintas opiniones: otra comedia romántica más que prometía algo distinto durante sus primeros minutos o una obra menor que se ha colado en la lista a falta de una película ‘pequeña’ mejor. Pues bien dejando aparte la apreciación de si tiene que estar en los Oscars o no (¿de verdad Los miserables ha sido una de las mejores propuestas del año?), El lado bueno de las cosas plantea varios aspectos interesantes y una evolución en la concepción de la comedia romántica.

El lado bueno de las cosas es una tragicomedia con gotas muy bien espolvoreadas de comedia romántica (y otras variantes de la comedia). Así si observamos la estructura repite la de cientos y miles de películas: chico conoce chica, chocan mucho pero se van conociendo, inician una bonita amistad, se enamoran, encuentran obstáculos, los superan, hay una separación inminente, una carrera por las calles para recuperar el amor y, por último, beso final. Hasta aquí podemos decir: hay que dar la razón a los que dicen otra comedia romántica más, típica y tópica sin sorpresa alguna. Además su pareja protagonista está acompañada de una galeria de familiares y amigos con sus propias peculiaridades que siguen sus vicisitudes, otro de los pilares de este tipo de comedias.

Pero David O. Russell (primera película de su filmografía que veo) no entrega una obra cinematográfica tan sencilla ni tan tópica. No es una obra redonda ni maestra pero sí pensada y elaborada y sobre todo respira un inmenso cariño hacia sus protagonistas (sobre todo al personaje con rostro de Bradley Cooper) y un fondo de realismo en lo que quiere contar que termina nadando en un cuento de ficción.

Su protagonista, su héroe romántico, es un hombre que ha perdido todo. Empleo, mujer, casa… y salud mental. Pat (Bradley Cooper) lleva ocho meses ingresado en una institución psiquiátrica después de haber agredido al amante de su mujer. Allí le han diagnosticado un trastorno bipolar. Después de esos meses regresa al hogar de sus padres a enfrentarse de nuevo con la vida y sus objetivos son ver el lado positivo de las cosas y recuperar el amor de su mujer (que ha dictado una orden de alejamiento contra él)… Pero en su camino se cruza Tiffany (Jennifer Lawrence), una jovencísima viuda que no supera el dolor de la pérdida y padece también desordenes mentales. Ambos inician una relación de amistad, con concurso de baile de por medio, que terminará en romance.

Al principio la película tiene todos los ingredientes para: a) ser un drama sobre personas con problemas de salud mental, b) ser un drama de superación sobre personas con problemas de salud mental… pero David O. Russell se desvía y decide convertir a dos personas excluidas socialmente en dos héroes románticos y además hacerlos vivir en una ‘comunidad’ en la que son incluidos. Porque O. Russell muestra cómo los personajes secundarios (padres, amigos, hermanos…) tienen sus propios trastornos mentales no diagnosticados y cómo todos tenemos comportamientos extraños (a esta baza jugaba también Lars y una chica de verdad) así que no hay posibilidad por tanto de excluir al que tiene problemas mentales diagnosticados porque todos tenemos carencias emocionales y sociales. De esta manera hay una lectura de evolución del género screwball comedy. Estas comedias de los años treinta y cuarenta eran protagonizadas por familias y vecinos alocados (pero no diagnosticados) y las parejas de enamorados (sufrían trastornos mentales no diagnosticados… ¿alguien piensa que Irene Bullock o Susan Vance estaban bien de la cabeza?)… en El lado bueno de las cosas lo único que pasa es que alguno de sus personajes sí que tienen un informe psiquiátrico en sus manos y medicamentos que tomar (aunque a veces se nieguen a ello porque merman sus facultades físicas y mentales).

David O. Russell trata con ternura a su héroe romántico, Pat. Y hace una concesión porque se encuentra protagonizando ficción no una jodida historia real. Y le regala un final feliz. Hay una escena al principio de la película en la que Pat se pone muy nervioso a las cuatro de la mañana porque se indigna ante la lectura de un libro y va al dormitorio de sus padres a contar su angustia. La novela en cuestión es Adiós a las armas de Hemingway. Uno de sus propositos era leer los libros que su mujer enseñaba a sus alumnos (los dos eran profesores). Entonces Pat quiere rebelarse. No entiende por qué dos personas que sufren pero terminan alcanzando la felicidad, el autor no les da una tregua y un final feliz. David O. Russell decide servirse de la ficción y dar una tregua y un final feliz a su personaje, que en la vida real probablemente sería improbable que lo alcanzara.

Y entonces ahí recurre no sólo a la comedia romántica, a la screwball comedy… sino a otro de los géneros por excelencia que es un canto a la felicidad: el musical (y ahí encaja de manera maravillosa ese baile desastre que finalmente conmueve) con homenajes explícitos a ese canto a la vida que es Cantando bajo la lluvia y ese canto al romanticismo que es West side story.

Así finalmente El lado bueno de las cosas es la historia de dos seres excluidos que sufren (como aquellos que les rodean: padres, hermanos y amigos —con sus traumas propios—) y se medican pero que les dejan finalmente protagonizar una comedia romántica con final feliz y concurso de baile incluido con salto cutre a lo Dirty Dancing. Quizá sea un regalo que quiera hacerse el propio director pues conoce bien de lo que habla (de ahí ese cariño a los personajes y esa veracidad que se respira) ya que lo tiene muy cerca en su propio hogar: su hijo padece trastorno bipolar y es obsesivo-compulsivo (le da un pequeño papel en la película de vecino molesto)… Por eso para él es tan importante ese final feliz como en cualquier otra comedia romántica…

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Django desencadenado (Django unchained, 2012) de Quentin Tarantino

Tarantino puede gustar o no pero nadie le puede negar que se lo pasa en grande jugueteando con cientos y cientos de referencias cinematográficas en cada una de sus películas y reinventando-remezclando a su gusto los géneros que disfrutó y disfruta como espectador. En Django desencadenado recrea estereotipos por todos conocidos y los exagera hasta límites extremos en un festival de fuegos artificiales sangrientos. Así toma elementos de dramas sureños con otros del western (y sus variantes como el spaghetti western) y vomita Django desencadenado. A esta mezcla la espolvorea con sus señas de identidad: un cuidado en la estética (como se puede ver, por ejemplo, en el personaje de Django, ¡quiero sus gafas de sol!), una puesta en escena determinada y peculiar, unos diálogos con chispa (que enganchan) antes de cualquier acontecimiento violento, su particular selección en la banda sonora, una violencia tan exagerada y coreografiada que no puede ser tomada en serio y un reparto coral con la recuperación de rostros del pasado (Don Johnson, Bruce Dern, Franco Nero…), además de un cameo del propio Tarantino.

No puedes tomarte Django desencadenado en serio y si Spike Lee (que se ha sentido molesto por el tratamiento de Tarantino hacia el tema de la esclavitud) la viera se daría cuenta de ello. Si en Malditos bastardos se cargó a toda la cúpula nazi en un cine, aquí destruye con un bombazo ante nuestros ojos a Tara y todos sus estereotipos (qué bueno hubiese sido que la hermana de Calvin Candie —Di Caprio— hubiese sido una especie de Scarlett O’Hara). Ni en Malditos bastardos ni en Django desencadenado pretende Tarantino una cierta coherencia histórica o convertirse en cine denuncia. Porque el director no tiene intención alguna de realizar cine histórico y realista sino que presenta a su modo cómo el cine ha ‘recreado’ esas historias, juega con la memoria cinéfila del espectador y con cómo el cine ha creado su ‘propia historia’ paralela que nada tiene que ver con la Historia con mayúsculas. Y Tarantino toma todo ese material y se pregunta: pues ¿cómo construyo yo mi particular mundo de cine? Y lo construye. Otra cosa es que el espectador no quiera entrar en su juego o no le vea gracia alguna.

El humor es importante en Django desencadenado, lo que nos hace ver que todo es una farsa disparatada. Por ejemplo en la manera que tiene de ridiculizar a los componentes del Ku Klux Klan (aquí aparece nuestro Don Johnson) en una de las escenas más divertidas de la película.

En Django desencadenado crea unas imágenes de una fuerza visual enorme y coreografía unas escenas de una brutal violencia que hace que el espectador se vuelva insensible ante tal exhibicionismo de disparos y burradas o que esas escenas se conviertan en hilarantes por exageradas. En toda la película, y todas sus masacres representadas, no hay ni un sólo atisbo de la ‘poética de la muerte’ (término que tomo prestado de 39 escalones) que pulula por los western de Samuel Fuller, Sam Peckinpah o Sergio Leone. Sólo hay un pequeño atisbo en un fugaz instante. Y es en las primeras muertes en las que participa Django. Tres hermanos que son capataces en una plantación de algodón. Y uno de ellos muere mientras cabalga y la sangre salpica el algodón blanco… Y es un atisbo más bien estético.

En casi tres horas de película, Tarantino no desfallece en contar la historia de una venganza y un rescate (temas recurrentes del western) y logra no aburrir al espectador que entra en su juego. E imprime y construye una historia de un fuera de la ley (un esclavo libre en estados sureños), en este caso, Django, que se convierte en leyenda y personaje de la mitología del Oeste. Además Quentin da su pincelada europea (no sólo con el genial personaje de Christoph Waltz al que amo ya con locura) sino que imprime mitología alemana a la historia de Django y su amada Broomhilda… de la manera más näif (vamos, reinventándose la leyenda el personaje de Waltz según le conviene a su amigo Django… que quiere salvar a su Broomhilda). Y también ese gusto superficial por lo francés que tiene Calvin Candie redundando en la ignorancia, incultura y el paletismo de este personaje (causa también de momentos de humor).

Los estereotipos-personajes que crea Tarantino para esta película y los actores que lo representan convierten esto en una buena baza para su disfrute. Así nos encontramos con el cazarrecompensas con un pico de oro (alemán y extremadamente versado en cultura e idiomas) que congenia de manera rápida con el esclavo Django (Jamie Foxx) al que necesita para capturar a unos bandidos. Nos encotramos así con esas ‘raras’ amistades creadas en el salvaje Oeste. Y nos topamos con personajes de los dramas sureños donde se encuentra el malvado dueño de la plantación (que clava Leonardo DiCaprio, dejándonos un demencial y terrorífico discurso frente a una calavera) o un increíble Samuel L. Jackson con el personaje-estereotipo más complejo, Stephen, el negro leal al servicio de Calvin Candie desde siempre y más brutal y racista con los suyos que el propio Candie. La conversación que mantienen ambos en la Biblioteca es todo un recital tanto por la actuación de ambos actores como por la manera de rodarla. El personaje-estereotipo más débil y menos cuidado es el Broomhilda (Kerry Washington), el de la bella esclava víctima que debe ser rescatada por el esposo enamorado. Es más un ‘motivo’ para avanzar la trama y para hacer actuar a los personajes principales que un personaje-estereotipo desarrollado. Es una especie de ser etéreo que se vuelve real pero apenas tiene personalidad definida más allá de su belleza…

Django desencadenado o Django desatado propone una particular visión de un director hacia los western y los dramas sureños cinematográficos. Si entras en la broma, te quedas enganchado como espectador a la pantalla blanca…

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