Busca tu refugio (Run for cover, 1955) de Nicholas Ray

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Entre Johnny Guitar y Rebelde sin causa, Nicholas Ray realizó un western que enlazaba muy bien estas dos películas, Busca tu refugio. En esta película del Oeste sigue transgrediendo el género, profundizando en el intimismo y psicología de los personajes, y al héroe sin hogar, desencantado y con experiencia, con pasado en los hombros (James Cagney), como Guitar…, le pone como compañero a un joven, un joven que será rebelde (John Derek) con más causa que Jim Stark. Así una película aparentemente menor, muestra al Ray creador de un universo lírico y triste.

Un western, que como Johnny Guitar muestra la facilidad de la masa con cabecilla descerebrada para arrasar, ser injusta, acusar y linchar al forajido; sin juicio justo, sin ni siquiera dar oportunidad a la defensa. Pero también deja la difícil radiografía de un joven rebelde que nunca llega a encontrar un camino por el que avanzar, un joven complejo y ambiguo. En su camino, se cruza el héroe forajido desencantado que ve la oportunidad de actuar como el padre que nunca pudo ser (pues arrastra una historia triste y entre varios desafortunados eventos, uno es la pérdida del hijo).

Y es que las películas del Oeste, sin leyendas, generan historias tristes porque no fue un momento idílico ni aquellas tierras el paraíso, sino que fue un momento duro y las tierras, a veces un infierno. Así Busca tu refugio empieza con un encuentro. Entre el forajido con pasado y el joven inexperto deseoso de ver mundo. Y enseguida empieza el conflicto.

Pasa un tren y el joven cuenta al mayor que la semana pasada robaron las nóminas y que nunca llegaron a su pueblo. Desde el tren los que guardan las nóminas ven a dos forajidos y temen que de nuevo vuelvan a robarles. Los dos vaqueros apuntan con sus pistolas a un pájaro y prueban su destreza. Los encargados del tren creen que el robo va a ser inminente, y tiran el dinero para no tener complicaciones. El hombre mayor no tiene ninguna duda de enmendar el error, al joven se le ve con la duda en los ojos…, una duda que ya no le abandona nunca. A partir de ese momento, todo se precipita. Los encargados del tren cuentan en el pueblo que les han vuelto a robar, el sheriff sangriento y deseoso de venganza con otros hombres del pueblo salen en busca de los forajidos. Los vaqueros regresan al pueblo para devolver el botín. El sheriff los ve de lejos y no pide explicación ni los hombres tampoco. Un disparo y el chico cae moribundo; al hombre que le acompaña tratan de lincharle ahí mismo. Pero uno de los del pueblo reconoce al chico… Y todos se dan cuenta del error. El chico es huérfano y todos los del pueblo se habían ocupado de su cuidado, lo trasladan a la granja de unos inmigrantes suizos. Aclarado el asunto, el hombre forajido pide ir a cuidar al chico a la granja. El conflicto está servido.

De pronto se crea una compleja relación paterno-filial que genera fuertes lazos de dependencia por ambas partes, sobre todo cuando el médico informa de que el chico jamás podrá recuperar una de sus piernas. El forajido encuentra un techo, algo parecido a un hogar, con los inmigrantes suizos, sobre todo con una bella mujer que le brinda una segunda oportunidad para ser feliz. El chico no encuentra su lugar en ninguna parte, quizá solo la seguridad de saber que haga lo que haga siempre tiene la confianza del forajido…

Nicholas Ray rodea a sus personajes de momentos cotidianos e íntimos (sobre todo en la bonita, tierna e inocente relación que se establece entre James Cagney y Viveca Lindfors) pero tampoco faltan persecuciones, indios, robos y asaltos. Y tampoco la melancolía, la tristeza y el desencanto que se posa en las películas de Nicholas. Porque ese hombre que intenta ser un buen padre, que trata de construir una relación de confianza, que siempre da una y otra oportunidad al joven rebelde…, fracasa… porque en el último momento ya no se fía de él. Se rinde un solo instante… y esto supone el fracaso y de nuevo la ausencia… Menos mal que al menos le queda otra oportunidad en el amor, hay una bella suiza que le espera y cree en él, y quizá puedan construir algo parecido a un hogar.

Nicholas Ray puebla sus películas de perdedores desencantados que buscan un refugio, que tratan de no fracasar en una segunda oportunidad, y que a veces son capaces de, con sus actos, una palabra, o una mirada, hacer un poema visual…

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Joan Crawford y amores otoñales desgarrados. De amor también se muere (Humoresque, 1946) de Jean Negulesco/ Hojas de otoño (Autumn Leaves, 1956) de Robert Aldrich

Los ojos de Joan Crawford tienen vida propia. Basta mirarlos para caer en un abismo de sentimientos expresados. Su rostro fue reinventando durante décadas diferentes tipos de mujer. Así se mantuvo al otro lado de la pantalla de los años 20 hasta los 60. Crawford, desde su juventud en el cine silente, fue reina de heroínas protagonistas de los amores más complejos. Porque el amor no es fácil. Porque el amor puede transformar pero también desgarrar, provocar dolor infinito. En esta sesión doble, con diez años de diferencia, Joan Crawford protagoniza dos melodramas de amores otoñales desgarrados. Dos melodramas apasionantes llenos de detalles y matices… y los ojos expresivos de la actriz.

De amor también se muere (Humoresque, 1946) de Jean Negulesco

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Si en Melancolía, Lars von Triers comenzaba su película con un poema visual sobre la muerte, la melancolía y el amor con el rostro de Kirsten Dunst, impasible, y de fondo una parte musical de la ópera Tristán e Isolda de Richar Wagner, y lograba así hundirnos en el tono trágico de la película; Jean Negulesco se sirve de la misma música para llegar al máximo clímax final de Humoresque con los ojos y el rostro de una Joan Crawford que expresa todo su sufrimiento de amor y delirio en un acto final redondo. Contención y explosión y una misma melodía.

De amor también se muere emplea su banda sonora de manera brillante para contarnos una historia compleja sobre un amor trágico. La historia se centra en un famoso violinista atormentado, con cara de boxeador (como le dicen en un momento de la película… y no es otro que un carismático John Garfield), que vuelca su vida en convertirse en uno de los mejores violinistas. Pero esto supone sacrificar distintas facetas de su vida. El violinista de Garfield es como una estrella de rock de los setenta con aires de genio artístico, con dilemas y tormentos, arrastrando el peso de la fama. Un muchacho humilde que se aferra al violín para lograr llegar a ser alguien. Y en este camino obsesivo (en el que le acompaña sobre todo su madre y un irónico e incondicional amigo pianista) se cruza una mecenas millonaria (nuestra Joan Crawford), alcohólica, maravillosamente miope (memorables las escenas de la protagonista con las gafas) y aburrida de la vida loca que cae sucumbida a los pies del artista.

Los obstáculos de su amor son muchos, no solo la diferencia de edad o la clase social y los ambientes diferentes. Pero el obstáculo más importante e insuperable para la heroína que sufre es el siguiente: si el violinista tiene que elegir entre el amor y la música… claramente se decanta por la música. Ella tampoco está dispuesta a ser la mujer a la sombra del artista o la que cuida al guerrero porque no está ni en su naturaleza ni en su carácter. Su amor está condenado a la pasión desgarrada y al conflicto continuo. Y el personaje de Crawford, como una diosa, necesita que la adoren incondicionalmente… como eso no es posible y es mujer eternamente insatisfecha solo encuentra un camino para terminar con una historia que la devora… Ella sabe que el personaje de John Garfield nunca va a postrarse a sus pies, ni va a perder su libertad artística… Así que un día mientras escucha al amado en la radio interpretar un concierto, se acerca a la orilla del mar…

Humoresque hace gala de melodrama desaforado pero magníficamente contado e interpretado.

Hojas de otoño (Autumn Leaves, 1956) de Robert Aldrich

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Robert Aldrich imprime su firma en todas las películas que interviene. Hasta un melodrama sin mayores ambiciones es capaz de convertirlo en una retorcida, asfixiante y agobiante historia de amor otoñal. Un melodrama que pilló a Aldrich en un momento que no sabía muy bien qué iba a ser de su futuro como realizador. Así el director toma esta historia, que podría haber sido rutinaria, y quiere como protagonista a una diva, Joan Crawford (que luego se convertiría también en personaje fundamental en uno de los éxitos del director, Qué fue de Baby Jane). Así se convierte en una atormentada y solitaria mecanógrafa que ha sacrificado su juventud y la posibilidad de ser amada por cuidar a su padre enfermo. Ahora sola se vuelca en el trabajo para no pensar en su soledad que por otra parte le da menos miedo que darse una nueva oportunidad para encontrar el amor.

Un día acude a un concierto y después a un restaurante… y allí se sienta en su mesa un joven desconocido con mucho encanto (Cliff Robertson). A pesar de sus miedos (sobre todo la diferencia de edad) y obsesiones, la mecanógrafa inicia una historia de amor y termina casada con casi un desconocido joven que la cuenta mil y una anécdotas… Casi desde el principio empieza a chocarse con pequeñas contradicciones en la vida que le cuenta su joven amante hasta que un día se presenta en su nuevo hogar alguien inesperado: la joven y hermosa esposa de su marido para que firme los papeles del divorcio.

A partir de ese momento la mecanógrafa se convierte en una detective y psicóloga enamorada que se descubre casada con un mentiroso compulsivo con graves problemas de salud mental… que, sin embargo, se aferra a ella y a su amor como tabla de salvación para no hundirse en el abismo.

Así Robert Aldrich logra un tortuoso melodrama donde una Joan Crawford con su ojos siempre abiertos (como de no salir del asombro) crea una compleja heroína otoñal enamorada que al final tiene miedo infinito a ser tan solo una “necesidad psicológica” de su joven y solitario amado. Es decir, llega a temer que si su amante logra curarse de su enfermedad deje de quererla y necesitarla… Puro Aldrich. Puro Crawford.

Y como siempre, Aldrich logra sorprender con la forma de contar la historia. Llama la atención cómo se mete en la psicología del personaje femenino con un maravilloso flash back (por cómo está rodado) en el concierto al que acude para explicar totalmente su soledad. Deja escenas sorprendentes como la del primer encuentro de los amantes en el restaurante o su escarceo en la playa. Muestra inquietud, desasosiego y deja una ya clásica galería de personajes opresivos y desagradables memorable. Y llama la atención cómo muestra, de manera directa, agresiva y fría, la “curación” del protagonista masculino en una clínica psiquiátrica. Así como también acierta en la elección de una canción preciosa de Nat King Cole como leitmotiv de los amantes que es a la vez, según el momento que se escuche, preciosa o inquietante.

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10 razones para amar Candilejas (Limelight, 1952) de Charles Chaplin

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Razón número 1: la historia de una bailarina y un payaso

… porque Charles Chaplin siempre explicaba desde el principio, sin máscaras, cómo iban a ser sus películas. Aquí con un rótulo nos decía, entre otras cosas, que nos iba contar la historia de una bailarina y un payaso en Londres antes de la Primera Guerra Mundial. Y eso es lo que ofrece Candilejas.

Razón número 2: la herencia de Charlot

… a pesar de la ausencia de Charlot, su espíritu recorre toda la película. Y es que Calvero es un Charlot que reflexiona, que vuelve a sus orígenes, a sus raíces… Calvero explica y completa a Charlot. Calvero es un “comediante vagabundo” (tramp comedian). Son indivisibles e inseparables. En Calvero se encuentra todo Charlot. La risa y la melancolía. La joven dama en apuros. La miseria. La pantomima. La historia de amor imposible. Su relación con los objetos cotidianos… Lo que ofrece un anciano Calvero es la amargura y el desencanto, frente a un Charlot que daba su patadita y seguía adelante. Con Calvero baja el telón…, termina el espectáculo.

Razón número 3: la herencia de Charles Chaplin

Porque el director y artista se desnuda en Candilejas y vuelve a los recuerdos de su infancia y a su preparación en los escenarios de varietés antes de la pantalla de cine. Porque bebe de su memoria y ‘dibuja’ y se ‘inspira’ y de alguna manera el espíritu y forma de vida de sus padres se encuentran presentes.

Porque cuenta su relación con los escenarios y reflexiona sobre el público, sobre la actuación, sobre el miedo al fracaso, a la sala vacía, a ya no hacer reír, a la dignidad del artista, al trabajo bien hecho, al espectáculo debe continuar…

Porque demuestra que tras el cómico, hay un hombre complejo, un artista desencantado…

Porque presiente momentos difíciles. Sus últimos años, prácticamente retirado, y viviendo un exilio de su país de acogida con profundas dosis de amargura.

Razón número 4: la pantomima

Porque Calvero es el rey de la pantomima y lo eleva a arte. Desde su primera aparición, alcoholizado, es un espectáculo de pantomima sin palabras. Sea en sueños, sea en el escenario, sus elaboraciones cuidadas, su lenguaje del cuerpo y del rostro relucen… Porque Charles Chaplin era un maestro cuidadoso y sus números eran trabajo de años y años. Su domador de pulgas es una composición de un espectáculo del pasado, en los escenarios, que también trabajó posteriormente para llevar a la pantalla en uno de sus cortos… hasta convertirse en el espectáculo estrella de Calvero.

Porque su personaje Calvero habla tanto por la boca como con el cuerpo. Así es capaz de transformarse delante de la bailarina en flor, roca o pensamiento.

Razón número 5: la melodía

Chaplin se preocupaba por cada detalle de sus películas. Y la melancolía y el desencanto es quizá su rasgo más llamativo. Y estos sentimientos son acentuados por otro de los aspectos que adoraba cuidar Chaplin de sus películas: la banda sonora y su composición. Así crea la banda sonora, la música de fondo, de Candilejas. Esa melodía emocionante que acompaña a la bailarina que danza. Y esa melodía cuenta una historia de amor imposible.

En la película la melodía es compuesta por el joven compositor Neville (que tiene el rostro del hijo de Charles Chaplin, Sydney Chaplin) para que la baile Thereza (Claire Bloom), la joven desvalida que renace con la danza. Y este personaje, el compositor, es una premonición de Calvero. Porque el viejo payaso consciente de la imposibilidad de su historia de amor, imagina para su Thereza, mirando por la ventana, una historia de amor con un joven y atractivo compositor. Él se inspira en una anécdota que le cuenta la bailarina sobre un joven al que le vendía papel para componer música… y con el cual no cruzó palabra alguna… Calvero imagina y su historia se convierte en realidad… ante la imposibilidad de la propia…

Thereza, la bailarina, es una mezcla de rostros y personajes: se cruza la madre de Charles Chaplin, con el personaje de dama desvalida que tantas veces personificó Edna Purviance, y con el ideal femenino del creador que desemboca finalmente en el rostro de su última esposa, Oona O’Neill.

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Razón número 6: Charles Chaplin y Buster Keaton

Candilejas huele a despedida obligada de una forma de arte, de un pasado. De una forma de hacer reír. De unos artistas que conquistaron escenarios y después se convirtieron en reyes del cine silente. Candilejas regala un número especial entre dos grandes. Regala un momento mágico donde Charles Chaplin y Buster Keaton muestran su relación con los cuerpos y los objetos. Y a la vez que nos hacen reír, nos envuelven en una atmósfera de algo que desaparece. Mientras los dos se preparan frente al espejo para el espectáculo, y todos les dicen que vuelven los viejos tiempos, ellos se rebelan con tristeza porque por su arte el tiempo no pasa… Y hacen esta afirmación evidente. Sin embargo, ambos embadurnan sus tristes rostros.

Razón número 7: interiores y entre bambalinas

En Candilejas vivimos en el interior de la habitación alquilada de Calvero. Una habitación que encierra recuerdos, tristezas, esperanzas y sueños… y en esa habitación se instala una joven bailarina herida sin ganas de vivir. Ahí se gesta su universo especial. El universo de la bailarina y el payaso.

Pero también nos empapamos entre bambalinas. Conocemos los entresijos del escenario. Los camerinos, los cambios de escenografía, los nervios del estreno, los ensayos, las pruebas, los miedos y las pequeñas miserias, los desencantos, los éxitos, el compañerismo, las extrañas familias…

Vemos cómo la línea de lo que se cuenta en los escenarios y lo que ocurre en la vida, a veces, es muy fina. Así Thereza representa con su danza la muerte de Colombina y la desesperación de Pierrot y los payasos… para después resucitar. En la vida ocurre lo mismo pero al contrario, el payaso fallece, en silencio y entre bambalinas, frente a una Colombina a la que ha transmitido ganas por continuar… y de esta manera sobrevivirá Calvero.

Razón número 8: la tristeza del cómico

Todos los cómicos de Candilejas encierran tristeza… empezando por el personaje de Calvero. Así se habla de la paradoja de la dificultad de la risa y cómo el que hace reír no tiene por qué ser feliz. Y cómo el cómico sufre también el miedo al fracaso y el miedo a que ya nadie ría sus gracias.

Su compañero, con rostro de Buster Keaton, transmite esa tristeza. Los músicos callejeros encierran tristeza. La dueña de la pensión donde habitan los personajes esconde tristeza y vida dura…

Las propias recreaciones cómicas de Calvero en los escenarios tienen un poso de tristeza y parten de situaciones trágicas.

Y si repasamos la historia de Buster Keaton o Charles Chaplin… no encontramos tanta comedia en sus vidas.

Razón número 9: Alcohol

Calvero y su alcoholismo es una manera de acercamiento a la figura paterna. El padre de Charles Chaplin era alcohólico y murió muy joven de cirrosis. Calvero reflexiona sobre por qué bebe y por qué está metido en un círculo vicioso. De nuevo vincula su alcoholismo al miedo al fracaso, a la sala vacía, a no ser gracioso, a no funcionar en el escenario… Con Candilejas, Chaplin trata de entender la vida de sus padres, es un acercamiento desde el respeto y la dignidad.

Razón número 10: la vida, el deseo, los sueños

Y es que Candilejas es un canto a la vida… a través de una historia fúnebre. Con un suicidio fallido de una joven bailarina y un payaso herido con corazón débil en tiempos de preguerra… Candilejas habla de aferrarse a la vida porque sí. A través de la imaginación y el deseo, para vivir momentos felices, para crear… Y como siempre pasó con Charlot, Calvero sueña y de paso nos hace soñar también a nosotros.

… Candilejas solo es la historia de una bailarina y un payaso en Londres, a principios del siglo XX…, antes de la Gran Guerra.

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La vida y nada más (La vie et rien d’autre, 1989) de Bertrand Tavernier

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Desde la primera escena se augura lo que La vida y nada más va a suponer para el espectador: belleza y dureza. Tras la muerte de miles de personas en la Gran Guerra, muchas olvidadas para siempre, muchas desaparecidas sin saber su posible paradero…, la vida y nada más. Así vemos una playa idílica y hermosa. Y dos personas cabalgando. Una es una monja, y el otro un soldado. La imagen es bella pero notamos algo extraño, según se van acercando el hombre va inclinándose y la monja le va gritando…, hasta que el soldado cae al suelo y nos damos cuenta de que le falta una pierna…

Han pasado cien años desde que estalló la Primera Guerra Mundial y el cine casi en paralelo a la contienda mostró imágenes en la pantalla blanca y aún hoy es argumento de películas. De tal manera que es posible realizar una clase de historia sobre esta guerra con películas que ofrecen miradas, reflexiones, tesis e interpretaciones diferentes y ricas en matices. Sin duda una de esas películas que ilustraría una buena clase sería La vida y nada más. Después de la guerra, la reconstrucción, el desencanto, la desolación y la muerte. La sensación de que en la guerra todos han perdido, ha supuesto mucho más que una victoria o una derrota. La dificultad de seguir adelante ante la certeza del horror y la muerte, ante la mezquindad de los de más arriba y la necesidad de muchos ciudadanos de volver a empezar…

En un territorio de búsqueda, de recuperación de aquel que fue a batallar y no ha regresado, el hermano, el hijo, el esposo, el novio o el amante… una caravana de personas trata de saber el paradero del soldado ausente. Y cada uno, tiene motivos diferentes. En este carrusel de personas se encuentra un comandante que contabiliza exactamente a los muertos en esta guerra y trata de localizar a los desaparecidos, una elegante mujer de París que busca a su marido y una joven maestra que no se cansa en el empeño de encontrar a su novio. Y los tres se cruzan una y otra vez hasta terminar en una vieja fábrica que los aloja tras un suceso. Porque en ese territorio en el que se mueven todavía quedan huellas de la guerra: hospitales con hombres que no saben quién son u otros mutilados, campos donde un granjero se encuentra minas o bombas sin estallar aún, falta de trabajo, un túnel que se derrumba con un tren que oculta difuntos (posibles desaparecidos y más cuerpos que contabilizar para dar cifras estremecedoras…), dificultades para recuperar normalidad en la vida, pobreza, hambre y desolación…

Y ahí está ese comandante mayor y desencantado (Philippe Noiret) que intenta hacer bien su trabajo aunque sabe que a sus superiores no les interesa, que ahora solo están volcados en encontrar un cuerpo que simbolice al soldado desconocido y así homenajear en el Arco del Triunfo de París a todos los muertos en combate. Los desaparecidos no interesan ya. Y a los muertos hay que olvidarlos cuanto antes. No interesan las cifras. Y menos sus familiares. Hay que cerrar rápido el asunto… y ocuparse de otros asuntos. Y un hombre concienzudo con su trabajo y que es crítico con ese acto no es cómodo…

Ese comandante desencantado que se da cuenta de la inutilidad de su trabajo, sigue incansable su meticulosa labor. Y los familiares, novias y amigos continúan buscando donde pueden…, aunque sea para recuperar un objeto, para saber si el ausente está muerto o si pueden recuperar el cuerpo para enterrarle o si se encuentra en algún hospital, solo y perdido.

Pero es la vida y nada más… y continúa. Por eso ante la desolación y el desencanto, hay hueco para el humor, para las situaciones absurdas e hilarantes, para que ocurran casualidades, para que siga el recuerdo atroz de la guerra, para momentos de gran belleza, para que haya sitio para los buscavidas y paso para las ilusiones, los sueños, para el canto, el baile y el arte y para que se produzca una elegante y hermosa historia de amor imposible…

Al final una carta, y una esperanza porque la vida prosigue…, aunque sabemos hacia dónde dirige la desolación… en unos años otra guerra terrible. Por eso la tristeza, los tonos suaves no abandonan esta historia.

Ya se sabe…, la vida y nada más. Belleza y dureza, un poso de melancolía, unas gotas de humor y de remate final, una historia de amor imposible… ¿o no?

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Violencia y cotidianidad. Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut/Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

Durante el verano se estrenó la película china Un toque de violencia de Jia Zhang Ke que contaba cuatro historias con estallido de violencia final en cuatro provincias distintas de China. Su director se inspiraba en casos reales que se habían difundido a través de las redes sociales. Y versaba sobre la crispación real del momento. Pero esa crispación no solo está presente en China. Así como esa reflexión sobre la violencia en el día a día, en la cotidianidad del ser humano, no es la primera vez que es representada en la pantalla blanca. Y me viene a la cabeza esa pesimista filosofía de que la violencia se encuentra agazapada en cada una de las personas, en cada uno de nosotros, es instinto animal, y el paso de la calma a la barbarie no es tan lejano. Pura cotidianidad. A veces vivir en sociedad, en la civilización, es camuflar el instinto violento. En cualquier momento puede estallar.

Cuando escribí sobre Un toque de violencia especifiqué: “Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película)”. Así a continuación una sesión doble impactante y que sorprende de una película española y otra argentina (con presencia en la producción de los hermanos Almodóvar) que ilustran esa violencia y cotidianidad.

Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut

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Con solo dos largometrajes en su filmografía, Carlos Vermut, joven realizador español, ha creado un universo propio. Primero fue Diamond flash y ahora Magical girl. Mi entusiasmo y sorpresa ha ido en aumento, si Diamond flash me pareció una obra interesante para el análisis, Magical girl me ha removido. No se entiende ninguna de las dos sin un contexto social y político determinado: la crisis económica, política y social en la que estamos inmersos desde 2007. Magical girl es un puzle donde entre el melodrama, el folletín, el cine negro con perdedores de fondo y una femme fatale rota en el infierno, el mundo del cómic y el destino haciendo de las suyas, queda como resultado una obra cinematográfica redonda.

Y es que Carlos Vermut crea una identidad para su cine y lo desarrolla muy bien. En un momento dado de la película, un personaje secundario y siniestro trata precisamente de explicar una identidad española que no se decanta ni por la racionalidad absoluta o la emoción total y para desarrollar esta idea se sirve de la tauromaquia. Por qué gustan las corridas de toros y por qué causa tanta controversia: técnica y emoción. Así Magical girl, la película de Carlos Vermut, es un mecanismo cinematográfico perfecto con una puesta en escena muy cuidada y planificada que deja momentos visuales de impacto e hipnóticos pero además el espectador puede alcanzar cierta catarsis emocional dejándose arrastrar por este melodrama de destino trágico con tintes negros.

Hay un cuarteto de personajes unidos por el deseo de una niña que se muere de leucemia. Y ese deseo no es más que poseer un caro traje de un personaje de cómic, con un complemento indispensable. Así la película danza entre tres historias (con denominaciones diferentes Mundo, Demonio y Carne) que confluyen en tragedia. Cada una de ellas tiene su claro protagonista. Mundo, un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) con una hija enferma de leucemia. Demonio, una joven con problemas de salud mental (Barbara Lennie) que vive su propio infierno cada día y que uno de esos días en su camino se cruza el profesor de literatura en paro. Y por último Carne, un profesor de matemáticas sale de la cárcel (José Sacristán, que sigue sorprendiendo en esta fase de su carrera cinematográfica con apuestas tan atractivas como Madrid 1987, El muerto y ser feliz, Magical girl o esperando verle en Murieron por encima de sus posibilidades) y desconocemos tanto de su pasado como el de su antigua alumna, la joven con problemas de salud mental (de ambos solo tenemos pistas que nos permiten construir un puzle oscuro… donde hay piezas que desaparecen), pero vuelven a contactar en trágicas circunstancias.

Tres historias protagonizadas por tres actores carismáticos (destacar a un Luis Bermejo que se sale) y el rostro de una niña (Lucía Pollán) con el fondo de una copla de Manolo Caracol, La niña de fuego. Toda una tragedia melodramática en una España en crisis. Magical girl atrapa por lo racional (cómo está hecha, sus referentes continuos, sus metáforas, su puesta en escena…) y por lo emocional (los personajes nos arrastran a un melodrama trágico con tintes negros).

Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

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Como bien dice el título, el director Damián Szifrón ofrece seis relatos cinematográficos salvajes y de este modo pinta un mapa político, social y económico de su país absolutamente pesimista. Pero su forma de presentarlo es a base de relato que estalla con un humor negro exultante. Szifrón no deja respiro y construye a la perfección cada una de sus historias, desde la que encabeza la colección, antes de los títulos de crédito hasta la catarsis final que cierra la película. Szifrón cuenta además con un buen reparto de actores y cuida la forma de contar cada una de las historias, la puesta en escena.

El espectador sale con la adrenalina disparada tras una reflexión bastante pesimista (pese la carcajada) de la condición humana y sus estallidos de violencia (por motivos económicos, burocráticos, sociales, políticos…). Presenta un mundo donde campa la injusticia, la corrupción, la desigualdad social, la penuria económica, la impotencia, el mundo de la hipocresía y las apariencias, la competitividad… y donde sus protagonistas pierden la cabeza, estallan.

Empezamos por un vuelo donde sus pasajeros se van dando cuentan de que hay demasiadas coincidencias entre ellos. A todos les une que han conocido en un momento de sus vidas a una persona… Seguimos por un bar de carretera y un día lluvioso donde va a parar un comensal, un político corrupto, al que atiende una camarera que le reconoce y esta comenta a la cocinera cómo este tipo arruinó a su familia. Y la vieja cocinera le hace a la camarera una proposición. Volamos a una carretera solitaria y nos cruzamos con un ejecutivo con su coche de lujo que ve cómo un viejo coche con conductor de otra condición social le impide el paso… y empieza así una discusión… Acompañamos a un ingeniero especialista en explosiones que ve cómo la burocracia del día a día va destruyendo su vida: todo empieza cuando un día una grúa se lleva su coche. Pasamos por la historia más escalofriante sobre un muchachito de familia bien que despierta aterrorizado a sus padres porque se ha dado a la fuga después de atropellar a una mujer embarazada. Y terminamos en una boda de un matrimonio joven donde ella realiza un descubrimiento que la hace perder los estribos en plena celebración. Seis estallidos que dejan sin respiro. Carcajada y catarsis.

Entre los rostros de actores, una cantera de categoría, podemos encontrarnos con Dario Grandinetti, Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese o una sorprendente Érica Rivas, como novia despechada. Szifrón se convierte en un cronista contemporáneo muy eficaz que logra remover a través de la carcajada y el estallido. Después reflexionas, y llega el pesimismo y una tristeza ante un mundo reconocible y salvaje.

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La desaparición de Eleanor Rigby (The Disappearance of Eleanor Rigby. Them, 2014) de Ned Benson

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“Perdón, por desaparecer”, le dice Eleanor (Jessica Chastain) a Conor (James McAvoy) en un momento clave de la película. Y es que ese es el deseo de Eleanor durante gran parte de la película, desaparecer… pero no es tan fácil. Y es que La desaparición de Eleanor Rigby plantea el desmoronamiento de una pareja que se ama por un acontecimiento traumático en sus vidas, por una ausencia dolorosa. Y es precisamente el proceso de duelo, que viven de manera tan diferente cada uno, lo que les separa. Así vivimos el desmoronamiento y también cómo afecta a las personas que los quieren a ambos. Ned Benson no cuenta esta historia de manera lineal e incluso tardamos en saber el motivo del distanciamiento, la ausencia dolorosa. Antes de los títulos de crédito, nos presentan un momento de felicidad de la pareja en el que Conor advierte a su amada que solo tiene un corazón y que por favor lo tenga en cuenta. En otro momento clave de esa felicidad perdida, ella le dice a él que están en un buen sitio… Y es lo que terminan perdiendo, ese buen sitio donde poder amarse, donde no existe ni el dolor ni la ausencia.

Últimamente hay una temática narrativa que está dando largometrajes interesantes en EEUU donde lo que se narra es el nacimiento del amor de una pareja y su desmoronamiento o los baches de una relación, el amor y el desamor, el encuentro y el desencuentro. Y se están hallando caminos muy interesantes para contarlo y películas realmente especiales. Así me viene a la cabeza Blue Valentine de Derek Cianfrance, One Day de Lone Scherfig o 500 días juntos de Marc Webb. Y por otro lado el cine también ha narrado de diferentes formas el proceso de duelo que puede romper o destrozar el equilibrio de una familia y de una pareja. Así podemos irnos a Gente corriente de Robert Redford o también a La habitación del hijo de Nanni Moretti. La desaparición de Eleanor Rigby mezcla las dos temáticas y logra momentos emocionantes, se convierte en un drama romántico con destellos que merecen la pena.

Esta película es el primer proyecto de Ned Benson… y ha sido un proyecto ambicioso que aún no hemos podido disfrutar del todo. Me explico. Ned Benson, con el apoyo incondicional de Jessica Chastain, ideó esta obra como dos películas distintas. En una se veía el punto de vista de Conor y en la otra el punto de vista de Eleanor. Él y Ella. La historia de un desmoronamiento desde los ojos de él y desde los ojos de ella. Pero a nosotros nos ha llegado una tercera versión: Ellos. Y parece ser que este montaje del director se realizó cuando el productor Harvey Weinstein se hizo cargo de la película y no apostó por estrenar el díptico sino este tercer montaje. Esta tercera película, Ellos, también la ha montado Ned Benson y así nace una película imperfecta e irregular (a veces se nota como que en vez una obra completa, son apuntes de una obra, retazos) pero llena de logros, detalles, escenas y momentos que la convierten en una experiencia interesante pero que también despierta ganas enormes de conocer el díptico, la idea original.

Jessica Chastain y James McAvoy no solo tienen química sino que componen perfectamente sus personajes. Te los crees como pareja que se rompe en pedazos. Y además están rodeados de personajes secundarios que son familiares y amigos con los que tienen conversaciones muy jugosas. Los padres de ella, el padre de él. La hermana de ella. El mejor amigo de él… La profesora de ella. Y unos rostros que encajan perfectamente con sus personajes: Isabella Huppert, William Hurt, Viola Davis, Nina Arianda… y mención especial para Ciarán Hinds que como padre de Conor tiene escenas y diálogos especiales, claves. Así ambos protagonizan un momento clave en que el hijo con más de 30 y el padre en los 60 se sienten igual de cansados, tristes y desanimados… pero ambos deciden seguir adelante, la vida es improvisación (como ya nos decían en Boyhood) y a veces no salen las cosas como nosotros pensábamos pero es clave saber seguir caminando y disfrutando, cuando se puede, de los buenos momentos…

Como curiosidad aclarar que en ningún momento sale en la película la canción de los Beatles pero sí su espíritu. En cierta manera se muestra que en muchos momentos inevitablemente estamos solos… a kilómetros de las personas que tenemos al lado. Mucha gente solitaria que pasa de largo arrastrando sus historias. El personaje de Jessica Chastain explica por qué se llama Eleanor Rigby. Sus padres, un profesor universitario americano (William Hurt) y su madre, una artista francesa (Isabelle Huppert), se conocieron esperando que se celebrara un concierto en una azotea de Nueva York de los Beatles. Un concierto que nunca ocurrió… Se había corrido el rumor de que iban a unirse de nuevo e iban a repetir un concierto similar al que dieron en la azotea de Londres…

“Perdón, por desaparecer”. Y realmente entiendes a Eleanor y sus ganas de desaparecer del mapa. Pero también a Conor y su afán por seguir adelante… como si nada hubiese ocurrido. Y su última escena juntos en el que fue su hogar, cuando logran volver a comunicarse y hablar ambos del dolor… es de esos momentos en los que merece la pena hundirse y estremecerse ante una película como La desaparición de Eleanor Rigby.

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Into the abyss (Into the abyss. A tale of death, a tale of life, 2011) de Werner Herzog

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Hay documentales que revuelven, remueven e inquietan. Hay rostros que revuelven, remueven e inquietan. El rostro del fotograma tiene un nombre y una historia: Michael Perry. Werner Herzog disecciona, como un Truman Capote en su novela realidad A sangre fría, un triple asesinato y todo lo que se mueve alrededor. Michael Perry junto a Jason Burkett fueron detenidos en el año 2001 y acusados por el asesinato de tres personas en la localidad de Conroe, Texas: Sandra Stotler, Adam Stotler y Jeremy Richardson. Michael y Jason tenían 19 años. Y lo que salió a la luz es que estas muertes se debieron al robo de un coche, un Red Camaro. Michael Perry fue condenado a muerte y Jason Burkett a cadena perpetua. Cuando Werner Herzog entrevista a Michael Perry, que lo primero que llama la atención en cuanto aparece es su rostro de niño (en esos momentos tenía 28 años), quedan ocho días para que sea ejecutado. Han pasado diez años de aquel día de 2001…

Into the abyss, en el abismo, es mucho más que un alegato contra la pena de muerte. Lo que vemos y oímos realmente nos hunde en un abismo complejo, en un laberinto emocional, que plantea reflexiones y cuestiones que incomodan.

Werner Herzog construye Into the abyss y no busca una mirada fácil. Realiza varias entrevistas, además de a los implicados, Michael y Jason. Habla con los familiares de las víctimas, con un sheriff que reconstruye con objetividad los hechos del asesinato y de la detención con imágenes de la policía de Texas de los distintos escenarios de los crímenes, con distintos testigos, con un funcionario que tras explicar el procedimiento que se lleva a cabo para las ejecuciones y contar que llevaba ya 120 ‘procedimientos’ al asistir a la ejecución de una mujer…, decidió abandonar su labor; además introduce imágenes del corredor de la muerte y de la sala de ejecución… Desde su prólogo, Herzog remueve.

En un campo verde lleno de cruces con números, se nos informa, a través del primer entrevistado, el capellán que se encuentra hasta el final con los prisioneros (si estos se lo permiten), que es el camposanto adonde van a parar los cuerpos de aquellos que nadie reclama tras su ejecución. El capellán describe su trabajo… pero en un momento en que está hablando de algo tan banal como que le gusta mirar a las ardillas, expresa que le conmueve mirar la vida y que le encantaría, pero no puede, frenar las ejecuciones… Después Herzog nos lleva al corredor de la muerte, vemos el rostro de Michael Perry, y se nos narra de manera fría, objetiva y brutal el día de los asesinatos.

Y es una de las partes (Herzog divide su documental en capítulos) donde da la clave de este magnífico documental: la parte oscura de Conroe. Y sobre todo se desarrolla la reflexión central en las partes de una entrevista que se va desarrollando a lo largo del documental: al padre de Jason, condenado también a cadena perpetua. Porque lo que Herzog va destapando a través de distintas entrevistas a testigos, amigos y familiares es una sociedad enferma, envuelta en la violencia. Unos jóvenes encerrados en una espiral de marginación social y exclusión. Familias a las que les engullen las desgracias y los historiales delictivos…, de padres a hijos. Y de pronto, en las palabras del padre de Jason se expresa la inutilidad de la pena de muerte… porque esta no palía, no cambia, no transforma, no va al centro del problema… Lo que se necesita es remediar y curar un entorno enfermo. La pena de muerte o la reclusión para siempre es un proceso que destroza más a unos y a otros y no soluciona nada, que ahonda en el dolor de unos y de otros. Y que no impide que haya más violencia, más horror… más caídas en el abismo, más muertes injustas, más familias desgraciadas.

De hecho sorprende y remueve más todavía, el comprobar como en un principio queda clarísimo cómo fue el asesinato de las víctimas, cómo realizaron el asesinato y el robo y como alardearon en los alrededores, antes de la rápida detención, de su nueva adquisición, el coche. El sheriff que cuenta todo habla incluso que tras la detención, Perry confesó dónde estaban los cuerpos de dos de las víctimas. Y otros muchos testimonios de testigos y familiares, no dejan duda de que fueron los responsables de la muerte de tres personas… Después de expresar todo esto con claridad, chocan los testimonios tanto de Michael Perry como de Jason Burkett: ambos después de diez años se declaran inocentes de los asesinatos, eluden su responsabilidad de los hechos. Uno se refiere a que se encontró en el lugar y momento equivocado y el otro expresa que solo estaba ahí… Tras oírles surgen un montón de cuestionamientos, preguntas, motivos… y miradas diferentes. ¿Estaba tan claro lo que ocurrió el día del asesinato? O ahondando en la inutilidad de la pena de muerte o la cadena perpetua, ¿Michael y Jason se muestran ajenos a lo que ocurrió aquel día, eluden su responsabilidad, para sobrevivir y no se cuestionan en ningún momento qué les pudo conducir a esa espiral de violencia e irracionalidad?

Herzog no deja de remover e inquietar al espectador con las imágenes y los distintos testimonios. Hace que uno piense, reflexione y se plantee… No deja al espectador en lugar cómodo. Deja destellos de luz en el abismo, pero destellos de luz que no logran que cada uno salga a flote. Habla de arcoíris, de amor en la cadena perpetua, de la preocupación de un padre por un hijo (se siente más responsable el padre por lo ocurrido, por lo que hicieron su hijo y su amigo), de una mujer que no quiere que suene más el teléfono, de un embarazo, de llegar o regresar a casa… pero deja al descubierto demasiadas zonas oscuras. Logra meter en el abismo al espectador…

Una mirada en la oscuridad

Into the abyss inauguró el ciclo de La Casa Encendida, Una mirada en la oscuridad, donde se proyectarán siete largometrajes. Las películas “servirán para reflexionar sobre las relaciones que se establecen entre el crimen, la posibilidad del castigo o su impunidad, la presunción de inocencia y el castigo comunitario, así como la naturaleza individual del mal y su aplicación sistemática a gran escala”. Después de las películas, se llevarán a cabo coloquios con distintos profesionales que aportarán su mirada. En Into the abyss estuvo presente Miguel Ángel Calderón, director de Comunicación de Amnistía Internacional. Las otras proyecciones que nos esperan son: El asesino de Pedralbes de Gonzalo Herralde, Caníbal de Manuel Martínez Cuenca, The act of killing de Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, La caza de Thomas Vintenberg, Proyección de Sobibór, 14 octobre 1943, 16 heures de Claude Lanzmann y Punishment Park de Peter Watkins. Para mirar fechas, horarios y coloquios consultar aquí.

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Persiguiendo a Betty (Nurse Betty, 2000) de Neil LaBute

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Cuando la vi hace bastantes años no me gustó tanto como ahora que he vuelto a visitarla. Persiguiendo a Betty era la tercera película como director del dramaturgo Neil LaBute y la primera que no contaba con un guion escrito por él. LaBute ha continuado con una trayectoria muy irregular jugando al despiste. Si en un principio mostraba una personalidad extraña y arrolladora en el panorama cinematográfico, y dejando al descubierto los complejos y oscuros mecanismos de las relaciones entre sus poliédricos personajes (alimentando sus argumentos de sus obras de teatro)… , poco a poco fue perdiendo su ‘estilo y universo personal’ pero estamos a la espera de que regrese con fuerza.

Persiguiendo a Betty es una tragicomedia extraña y especial con un reparto repleto de sorpresas. Emana una emoción constante pero a la vez unas reflexiones a tener en cuenta sobre la relación de los seres humanos con la ficción y la realidad y con lo que proyectamos o idealizamos para sobrellevar nuestras vidas.

Los ingredientes en un principio son: una dulce camarera de una pequeña localidad de Kansas con una vida triste y gris que logra evadirse de su realidad unos minutos al día con un culebrón televisivo titulado Un motivo para amar. Betty está enamoradísima de uno de los personajes, el cirujano David Ravell. En su vida gris debe lidiar, sobre todo, con un marido que no solo la anula sino que le es infiel, machista y metido en oscuros negocios que ella desconoce (la tapadera es un negocio de coches de segunda mano). Debido a estos negocios oscuros, llegan a la localidad una pareja de asesinos a sueldo (muy habladores y filósofos, cada uno a su manera. Uno maduro y otro muy joven) para asustar al marido por un mal negocio que ha llevado a cabo… y finalmente terminan matándole violentamente, siendo testigo Betty…, que se encontraba en un cuarto viendo uno de los capítulos de su serie. Así Betty entra en estado de shock, borra la muerte de su marido, y fabula con que le abandona para ir a buscar a Los Ángeles a su primer novio, el doctor David Ravell, en uno de los coches de la empresa de su marido (que este se había negado a dejárselo)… Así es la historia pero a grandes trazos porque la película está llena de detalles, matices y significados.

Nuestra Betty tiene muchos puntos en común con la Cecilia de La rosa púrpura del Cairo pero la resolución de sus historias y cómo se cuentan son muy diferentes. Las dos tienen motivos para huir de sus realidades y refugiarse en la ficción (una acude a los culebrones televisivos, la otra a la sala de cine). Y ambas se enamoran de un personaje de ficción. También las dos en un momento dado descubrirán de manera cruel que el actor que representa a su personaje nada tiene que ver con la imagen de la cuál se enamoraron.

En Persiguiendo a Betty además la protagonista sufre la persecución (no solo de sus amigos que están muy preocupados porque no saben su paradero) sino la de los dos matones que también tienen su particular transformación, sobre todo el más maduro. Este crea una imagen idealizada de Betty, es como si tratara de encontrar la redención a una carrera delictiva en un personaje inocente y puro. Así los dos asesinos se convierten en una extraña pareja (que descubriremos al final el porqué de su convivencia) que recorren la carretera… persiguiendo a Betty, y son una especie rara de Don Quijote y Sancho…

Así la película debido a las proyecciones idílicas de los dos personajes principales y antagónicos (Betty –que además se pasa media película en estado de shock– y el asesino a sueldo maduro) transita en una especie de estado de ensoñación continuo adornado con una banda sonora especial. Y así se mezcla la comedia y la tragedia en momentos extremos. Para al final dejar una premisa fría y dura, no hay príncipes azules para Betty, no hay redención para el asesino a sueldo… pero este le revela una verdad importante: no necesitan a nadie, se tienen a sí mismos y eso los hace especiales. No existen por nadie, no son proyecciones ni objetos de nadie, no dependen de nadie… aunque durante toda su vida han arrastrado una u otra condición. Ellos son únicos, y pueden decidir, ser ellos mismos y vivir en consecuencia. Y después de esta revelación cada uno, tendrá su destino.

En Persiguiendo a Betty se pone en evidencia también la fuerza que tiene la ficción hasta el punto de poder ser absorbidos por ella y olvidarnos de vivir nuestra vida (eso como aspecto interesante a analizar: no olvidemos que dos de los personajes ‘pierden’ la cabeza al llegar un momento en que les cuesta distinguir la realidad de la ficción: uno en estado de shock, otro cansado del rol que ha arrastrado durante toda su vida…)… o con la relevancia de hacernos hacer cosas que nunca hubiésemos soñado, o ayudarnos a entender el mundo o servirnos en determinado momento de refugio y terapia ante una realidad imposible y dura que destroza a los seres humanos. También la película refleja de manera mordaz y cruel que una cosa es la ficción que nos envuelve y otra los artífices de esa ficción y su mundo (realizando una crítica al universo de los culebrones televisivos). Es decir, una cosa es el personaje y otra muy distinta el actor que le da presencia. Así como una cosa es la proyección que realizamos de una persona porque necesitamos que así sea, y otra es cómo es en realidad esa persona.

Así en Persiguiendo a Betty surgen referencias continuas al mundo de ficción creado por el cine y la televisión que ha calado en la realidad hasta tal punto que existe un personaje precioso en esta película que realiza su sueño de conocer Roma, solo porque quería revivir esa ciudad que conoció a través de un pase en vespa de Audrey Hepburn y Gregory Peck en Vacaciones en Roma. O como el asesino a sueldo proyecta en Betty una especie de novia de América con rasgos y comportamientos del persojane que tuvo que repetir varias veces Doris Day durante los cincuenta.

Por último otro de los puntos a favor de recuperar Persiguiendo a Betty es su galería de actores empezando por su protagonista una brillante Renée Zellweger que crea a su dulce Betty (y demostrando que es una actriz, aunque ahora ande en horas bajas), una mujer en estado de shock que termina recuperando las riendas de una vida que iba directa a la alineación, la soledad y la tristeza perpetua. Morgan Freeman, como un filosófico asesino a sueldo cansado que se crea una ilusión de redención a través de Betty. Y los dos acompañados por una galería de actores interesantes. Aaron Eckhart (un actor que ha trabajado más de una vez con LaBute) como el desagradable marido de Betty. Greg Kinnear, impecable como el actor vanidoso y superficial que está atado a su personaje de culebrón. Y también Chris Rock como el impulsivo joven asesino a sueldo. Pero la galería sigue y podemos encontrarnos, por ejemplo, al extraño Crispin Glover (tanto en su carrera cinematográfica y artística –al margen del sistema y de Hollywood–, como en los peculiares personajes que construye en las películas que sí llegan a las salas de cine convencional) que a muchos nos dejó marcados su papel de padre de Michael J. Fox en Regreso al futuro.

Así que recuperar de nuevo Persiguiendo a Betty ha sido una buena sorpresa porque deja al descubierto una interesante tragicomedia que a veces alcanza la locura de aquellas screwball comedies que además de un buen sabor de boca y risas, dejaban críticas bastante duras sobre el mundo que habitamos…

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Diccionario cinematográfico (214)

elpadrino

Tiros y tiroteos…: disparo de un arma de fuego…, disparar repetidamente armas de fuego contra personas y cosas. Tiros y tiroteos. Desde aquella escena de cine mudo, aquel primer western, Asalto y robo de un tren de Edwin S. Porte, que deja unos últimos fotogramas de un hombre disparando a pantalla… como si el tiro fuese directamente al espectador, los tiros y tiroteos han sido protagonistas de grandes momentos cinematográficos.

Nunca podré olvidar:

1. La muerte de Sonny Corleone en una emboscada en un peaje. Un montón de hombres con ametralladoras salen de las garitas y de un coche… y disparan sin dejar tregua posible. Sonny logra salir del coche, gritar y caer… quedando al final tan solo su cadáver en la acera. En silencio.

2. La muerte de Carlitos Way en la estación de tren. Huyendo de mil y un disparos… y al final, a punto de alcanzar un sueño, incapaz de sortear el balazo inesperado…

3. La muerte de un niño de un tiro tras una carrera desesperada para esconderse del ‘delincuente jefe’ del barrio, cerca del puente de Brooklyn. Y solo una palabra al adolescente amigo, “Me resbalé”. Después cierra los ojos… en Erase una vez en América de Sergio Leone…

4. La muerte de Bonnie y Clyde. Y esa mirada que se lanzan los dos antes de ser acribillados a balazos.

5. La no muerte de Butch Cassidy y Sundance Kid, un tiroteo donde sabemos que van a salir sin vida pero que justamente, con las bromas de siempre, cuando se enfrentan a ser acribillados a balazos sus imágenes se quedan congeladas y por lo tanto ellos convertidos en leyenda.

La historia de Bonnie y Clyde me recuerda que hay muchas parejas que han visto sus historias terminadas a base de tiros:

1. A veces se mataban entre ellos porque se odiaban y se amaban a la vez y claro eso es bastante complejo. Se traicionaban los dos y luego se fundían en un beso. Los que mejor lo hicieron fueron Perla y Lewton en su duelo al sol.

2. Obsesionados por las armas hasta el final, solos en el bosque y entre la niebla, y no dejan nunca de disparar… Eros y Tanatos se dan la mano. Ellos tienen el demonio de las armas dentro (mucho más ella)… Son Bart y Annie…

3. La pareja trágica que muere a balazos. A los dos les sigue la mala suerte. Lo único que pueden conservar es su amor pero no en la tierra. Así Fritz Lang lleva el romanticismo al extremo cuando dos amantes fugitivos solo viven una vez… Viajan en un coche, huyendo. Y ambos siguen soñando. Ella le enciende un cigarro, él tararea… Y al final de una curva la muerte en forma de policía con metralleta acecha. Eddie sigue conduciendo… hasta que su coche se choca. Y salen los dos malheridos. Las balas les han dado. Y Eddie toma a Joan en sus brazos… y los dos siguen huyendo enamorados. Pero los policías les alcanzan y uno, a través de la mirilla de su escopeta, da el disparo certero…

Y entonces me vienen a la cabeza los duelos con pistola. Los tiroteos en el lejano Oeste. O esos gánsteres que dejan su huella allá por donde pasan. Y me doy cuenta de que los tiros y tiroteos nunca dejan de salir en una pantalla blanca y de dejar momentos cinéfilos en la cabeza. Uno de los últimos pistoleros tiene el rostro de Ryan Gosling… en Drive, Cruce de caminos, Solo Dios perdona, Brigada de Élite… protagoniza tiros y tiroteos. Los da y los recibe.

Tiros y tiroteos… es la historia de nunca acabar.

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La piel dura (L’argent de poche, 1976) de François Truffaut

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“Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles”. El que habla es el profesor Richet en La piel dura de François Truffaut. Pero no es un profesor heroico. Es un hombre normal y corriente que va todos los días a la escuela de una pequeña población francesa, Thiers. No se le presenta como un profesor sufridor que es finalmente adorado por todos los alumnos. Él es un profesional que trabaja y ama su trabajo. Y que tiene muy clara su función como docente y sobre todo respeta a los niños… y les prepara para la vida.

Truffaut presenta un universo infantil que atrapa. Esos dos hermanos traviesos, esa niña mimada que grita por la ventana con un altavoz que sus padres la han dejado sin comer, ese niño enamorado de la madre de su amigo, ese otro que empieza a ligar con chicas en el cine, el día a día de un niño solitario que vive en una chabola y ya guarda secretos duros… Con delicadeza y sensibilidad presenta la vida cotidiana de varios pequeños. Niños de infancias felices, niños con ausencias importantes en sus vidas, niños que se enfrentan por primera vez a algo parecido al amor, a la muerte, niños que juegan, que hacen travesuras, que aprenden, que recitan, que sufren en silencio…

Los niños atrapan la película, su mundo y universo igual de complejo e importante que el mundo adulto. Los adultos son presencias que dan pinceladas a sus vidas: los maestros, los padres, los vecinos… Y que también les marcan.

Está el niño que busca enamorarse (que trata de llenar la ausencia de la madre y la situación de un padre enfermo que no puede cuidarle), la niña que va a recibir el primer beso, los hermanos que desayunan solos (y no paran de hacer travesuras), el niño de apenas dos años que cae al abismo… y es protagonista de un momento sorprendente, el que realiza los primeros hurtos… Los niños también sobreviven cada día. Algunos son muy felices y se saben queridos. Otros andan heridos… y solos, sin poder defenderse, permanecen en silencio… hasta que alguien descubre las marcas de su piel dura.

En La piel dura la vida fluye. Las anécdotas cotidianas en el colegio, en el cine, en sus hogares o en las colonias construyen una película delicada y hermosa a la vez. Es sencilla, fresca, espontánea… como sus protagonistas. Y sobre todo se nota la mirada de un hombre que los quería, los entendía y los respetaba, Truffaut. Y este habla a través del profesor Richet en un hermoso y largo monólogo donde describe la importancia de que los niños vivan una buena infancia… porque ese es el camino que se extiende para enfrentarse a una vida compleja… Saber endurecerse y enfrentarse a los conflictos… pero a la vez ser sensibles, sentir y vivir.

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