Ochenta y cinco minutos de película logran traer a la memoria la esencia de una novela de seiscientas cincuenta y siete páginas (la leí hace unos cinco años y los fotogramas han logrado devolverme algunas ideas olvidadas). Vivamos de nuevo es la adaptación cinematográfica de la última novela de Tolstói (y también una de las más desconocidas del autor), Resurrección. Igual de olvidada se encuentra esta interesante y sorprendente película de Rouben Mamoulian. Director de una elegancia visual especial y también relegado a los últimos puestos en el olimpo de grandes realizadores, bien al fondo…
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La profesora de historia (Les héritiers, 2014) de Marie-Castille Mention-Schaar
Esta película francesa logra que salgas de la sala con unas inmensas ganas de debatir y reflexionar. Así que su directora Marie-Castille Mention-Schaar (primer trabajo que veo de ella) logra una buena propuesta cinematográfica para hablar de la importancia de la historia como asignatura. Así queda un testimonio sobre la importancia de la escuela pública, de los buenos maestros con vocación y lo fundamental que es impartir asignaturas como historia desde una filosofía acertada: la historia no solo se aprende, no solo consiste en coger apuntes y memorizar fechas…, la historia se comprende, se entiende, se debate, se discute…, la historia enriquece al individuo, abre los ojos, recupera la memoria, hace reflexionar… ¿Qué herencia deja la historia? ¿Quién recoge esa herencia? ¿Cómo se transmite? ¿Cómo se aplica? ¿Quién la aplica?… Los adolescentes plurales, pertenecientes a una sociedad compleja y multicultural, son los herederos de la historia (… me resulta muy interesante la metáfora del título original de la película).
La profesora de historia parte de una situación real: los alumnos de una clase conflictiva y difícil de un instituto (Liceo Léon Blum) se presentan, animados por su profesora de historia, al concurso nacional de la Resistencia y la Deportación cuyo tema es: Niños y adolescentes en los campos de concentración nazis. Este trabajo colectivo repercute en la vida de los alumnos.
La película plantea un montón de temas interesantes y complejos… y quizá se deja llevar al final por una narrativa clásica hollywoodiense (digamos que tira por el camino más fácil) pero aun así no lastra la interesante propuesta cinematográfica. Por otra parte la directora toma en algunos momentos interesantes y efectivas decisiones para la puesta en escena de lo que quiere contar. El mismo punto de partida y la génesis de esta película llama la atención: uno de los alumnos que participó realmente en este concurso se puso en contacto con la propia directora, después de haber visto su primera película, con un esbozo de guion sobre ese acontecimiento de su vida. A ella le gustó esa historia y lo que le contó ese alumno… Y se puso en marcha el proyecto. No solo contactaron con la profesora sino que además el alumno, Ahmed Dramé, además de ser un importante asesor, actuó en la película como uno de los protagonistas, Malik.
La película arranca con una escena potente en la que muestra un conflicto en los pasillos del centro educativo y sitúa perfectamente lo que se nos va a contar. Una chica musulmana va con su madre, ambas con el velo, a recoger el certificado de selectividad. Por una parte tanto la jefa de estudios como el director les niegan el certificado y la entrada al centro porque llevan el velo… y se están saltando el principio de laicidad del instituto. Por otra parte la adolescente explica que ha respetado durante todos sus años de alumna ese principio y que ahora tan solo viene a por el certificado, y que ellos no están respetando su libertad de expresión, su derecho a ponerse el velo, su identidad… Así la película desde el principio plantea cómo las cuestiones no son ni blancas ni negras, cómo es difícil el diálogo, el punto de encuentro, y la posibilidad de enfrentar dos puntos de vista sobre una cuestión… Y nos sitúa en el centro educativo y en su universo multicultural. Esos pasillos, espacios educativos y aulas vacías, que enfoca la cámara varias veces… están habitados por unos individuos que se mueven en él: cuerpo docente, alumnos y padres, que dan un significado especial a este espacio y a lo que ocurre en él.
Después nos muestra el primer día de clase de una profesora de historia con años de experiencia y mucha vocación con unos alumnos conflictivos y difíciles. La profesora tiene el rostro de Ariane Ascaride (actriz habitual de las películas de su compañero Robert Guediguian). Y es la que se propone atrapar la atención de los alumnos y creer en ellos desde el primer día. Anne Gueguen, la profesora, no es derrotista y no piensa que sus alumnos no llegarán a nada, cada año es un reto que toma siempre con energía. Así que ese año trata de enganchar a esa compleja clase, presentándoles al concurso y haciendo un trabajo colectivo de recuperación de la memoria. Pero les deja ver que no solo es importante la forma que den a ese trabajo, sino que deben dotarlo de contenido, un contenido que sea una reflexión continua. Y el caso es que logra engancharles. Las fuentes a las que acuden son diversas: los libros, una visita a un museo sobre el genocidio, fotografías, los cómics, las películas… y el escuchar el testimonio de un superviviente. Esta es otra de las interesantes decisiones de Marie-Castille Mention-Schaar, introduce en la ficción el testimonio real del recientemente fallecido Léon Zyguel. Este hombre acude a esa clase ficticia y derrama sus palabras y su experiencia.
Marie-Castille Mention-Schaar esboza temas muy complejos pero los deja en un esbozo y finalmente se decanta por una narración de superación y premio al esfuerzo. Entre los esbozos está la presencia de un alumno, el único que abandona el concurso, que claramente se ve su implicación en el extremismo religioso lo que le impide involucrarse en un proyecto que va a remover (y reflexionar sobre) sus recién adquiridas creencias. Y otros interesantes esbozos se encuentran en los planteamientos y conflictos que viven cada día los alumnos de la clase de la profesora de historia, pero solo se ve la punta de esos conflictos. Por otra parte, sin embargo, sí que se empapa de cómo plantear una asignatura como la historia y sí que encuentra el sentido de esta clase en los institutos y universidades. La directora maneja un contenido interesante, complejo e inteligente… pero no encuentra la forma potente (tan solo en momentos concretos) para mostrarlo con fuerza.
La profesora de historia es, sin embargo, una interesante propuesta cinematográfica para después realizar una intensa sobremesa en una terracita…
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Anna Magnani y Tennessee Williams (primera parte). La rosa tatuada (The Rose Tattoo, 1955) de Daniel Mann
… Una amistad de años entre la actriz y el dramaturgo. Y dos trabajos cinematográficos. Anna convertida en heroína de Williams. Dicen que La rosa tatuada la escribió Williams especialmente para ella pero que su poco dominio del inglés hizo que Anna no se atreviera a subirse a los escenarios de un teatro en EEUU, sí, sin embargo, a protagonizarla un poco después en pantalla de cine. Curiosamente es una obra compleja porque no solo es puro Williams y no solo toca sus temas sino que es una de sus obras más positivas… donde la heroína se tira a la piscina y corta las cadenas que la tienen atada sumergiéndose en el placer, la sensualidad y por qué no, quizá, una vuelta al amor… Así La rosa tatuada se convierte en un extraño film que oscila entre el más riguroso drama hasta convertirse en una comedia que canta el placer de la carne. Y ese conseguido equilibrio es difícil pero resulta no solo por la ambientación magnífica de la película, por la dirección más que correcta de Daniel Mann (del que hace poco analizamos Vuelve, pequeña Sheba, su primer largometraje) sino por la compleja interpretación que llevan a cabo la diva italiana, Anna Magnani, y un Burt Lancaster que cada vez se arriesgaba más en sus roles. Curiosamente es uno de los dramas de Williams adaptados al cine menos recordados o conocidos que otras adaptaciones cinematográficas.
La película tiene un prólogo, una primera parte y una segunda parte. El prólogo y la primera parte marcadas absolutamente por el drama y la segunda por la tragicomedia. El cambio de tono viene dado por la aparición de un nuevo personaje: Alvaro Mangiacavallo. Durante el prólogo y la primera parte conocemos a Serafina Delle Rose y su hija adolescente, Rosa (Marisa Pavan, hermana de Pier Angeli)… y conocemos más información que ellas sobre su esposo y padre, Rosario Delle Rose (uno de esos personajes al que no vemos… pero presente a lo largo de toda la película). Serafina es una mujer profundamente enamorada, inmigrante siciliana afincada en el sur de EEUU y aferrada a fuertes tradiciones de su tierra de origen y también católicas. Está tan enamorada de su esposo que está absolutamente cegada. En el vecindario humilde donde viven, ella trabaja como modista y costurera. Nos encontramos con ella el día que va a anunciar a su esposo que lleva una nueva vida dentro, también el momento en que el espectador conoce a la amante de Rosario que se acaba de tatuar una rosa en el pecho (como el propio Rosario) y que además va a la casa de Serafina para pedirle que confeccione una camisa rosa de seda para su hombre, que es “como un gitano salvaje” y el mismo día en que Rosario fallece abatido por la policía pues además de transportar plátanos en su camión también era contrabandista. Años después vemos a una Serafina aislada y desaliñada, encerrada en su casa junto a sus creencias religiosas. Ella misma se crea una cárcel junto a las cenizas de su esposo, sin asumir su muerte y elevándole a los altares, y haciendo oídos sordos a los rumores que rondan sobre su marido, a lo que se dedicaba y a su infidelidad. En esta cárcel pretende encerrar y aislar igualmente a Rosa, su hija, una buena estudiante, inteligente, guapa y culta pero unida férreamente a su madre a pesar de su cambio de carácter y amargura. Serafina quiere preservar la inocencia y pureza de Rosa pero a pesar de sus intentos, la hija conoce en una baile a un joven marinero y ambos se enamoran. Pero Serafina pondrá absurdos obstáculos a la relación…
Pero el mundo de Serafina se pondrá patas arriba por dos motivos. El descubrimiento evidente de que su marido era infiel y la aparición de otro camionero, Alvaro Mangiacavallo, “un payaso con el cuerpo de mi marido” o “el nieto del tonto del pueblo”. Un camionero simple y primario que pretende a Serafina nada más verla e incluso no duda en tatuarse una rosa en el pecho (ese color y esa flor tatuada están continuamente presentes en toda la película… pues no deja de ser un símbolo, una metáfora de los sentimientos y emociones de los personajes, la camisa de seda rosa, las flores tatuadas en el pecho de tres personajes y aparición de esa misma flor –de una manera espiritual como un milagro, una señal en el pecho de la propia Serafina como ella relata– y por último en el nombre de la hija adolescente). Pero su aparición hará que Serafina vuelva a recordar la pasión, la sexualidad, la sensualidad y la risa… y la posibilidad, después de que el “mito” de su marido caiga por los suelos, de intentar una relación… aunque sea con un perdedor… pero con el cuerpo de su esposo. Esto abrirá la mente de Serafina, abrirá de nuevo las puertas de su casa, sonará la música… y dejará volar a su hija. Y ella seguirá con un futuro incierto. Quizá solo se acueste con Álvaro o quizá puedan iniciar una historia… pero eso es lo que menos importa.
Anna Magnani da toda la dimensión que necesita el personaje: de esposa orgullosa, a mujer derrotada y humillada. De italiana trágica a mujer con una energía y una sensualidad que se escapa por cada poro de su cuerpo y rostro. Del estallido y la lágrima a la risa. De la tragedia a la tragicomedia… Y Burt Lancaster se enfrenta a un personaje muy difícil pues mal interpretado su Alvaro puede no ser comprendido u oscilar hasta el mayor de los ridículos. Así Lancaster presta toda su sensualidad, su rostro y su cuerpo, pero acompañado de una simplicidad que roza la ternura hacia un personaje con limitados sueños y con una energía arrolladora de ganas de vivir y disfrutar a pesar del drama diario que le rodea. Y Marisa Pavan como Rosa crea un personaje sensible que se debate ante el amor a su madre pero su rechazo hacia su forma de comportarse y vivir la vida y sus ganas de amar y ser amada y experimentar con su cuerpo sensaciones…
La dirección de Mann (que también la dirigió en los escenarios y se nota su conocimiento de la obra), la fotografía en blanco y negro de James Wong Howe que crea luces y sombras que nos cuentan mucho y una envolvente banda sonora de Alex North… acompañan de nuevo a ese Sur de Williams donde el calor y los ambientes más humildes así como los bajos fondos afloran en cada fotograma. Las humildes casas del vecindario, la iglesia como lugar comunitario y las imágenes religiosas, el local de mala muerte, Mardi Gras Club (donde por lo visto, tengo que volver a ver la escena, se camuflan entre los clientes el propio dramaturgo y el productor de la película Hal B. Wallis), el local de los tatuajes… acompañan los sentimientos a flor de piel de cada uno de los personajes… y marcan a La rosa tatuada como una extraña película que provoca una fuerte atracción durante su visionado y que traslada a un mundo de sensaciones, emociones y sentimientos donde apenas hay sitio para la racionalidad.
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La frágil voluntad (Sadie Thompson, 1928) de Raoul Walsh
Hay personajes que se te quedan en la retina y uno de ellos fue Sadie Thompson. Pero la de Lewis Milestone. Así me impactó ese personaje cuando aparece por primera vez para bajarse de un barco a una isla que se convertirá en una asfixiante cárcel bajo una continua lluvia. Lo primero que vemos son sus manos enjoyadas, sus zapatos blancos, medias de rejilla y su tobillera, y por fin, su rostro con el labio torcido, un cigarro y unos enormes ojos. Esa película se llamaba Rain (1932) y Sadie Thompson tenía el rostro de Joan Crawford. La película es una adaptación de un relato corto del prolífico William Somerset Maugham, Miss Thompson (que nunca he leído). Así nos hundimos, bajo la lluvia, en un relato cinematográfico con ecos de melodrama exacerbado donde miss Thompson sufre un enfrentamiento a muerte (nunca mejor dicho) con un misionero reformista e intransigente (un genial Walter Huston). El misionero le hace la vida imposible y se obsesiona con su salvación. Porque aunque no se hable mucho de su vida pasada, todo se intuye y a la vez es evidente, no ha tenido una vida fácil y seguramente ha ejercido la prostitución pero está dispuesta a emprender una nueva vida, desde cero. Pero el misionero no se lo pondrá fácil… y establecen entre ambos una guerra verbal y física de fuerzas. Sálvese quien pueda.
Así poco a poco, a partir del visionado de la película de Milestone, me fui enterando de la existencia de otras versiones. Y la primera Sadie Thompson tuvo el rostro de Gloria Swanson en el máximo esplendor del cine mudo con un realizador que se estaba convirtiendo en imprescindible, Raoul Walsh. La película se tituló como el personaje (o aquí La frágil voluntad) y fue un proyecto muy personal tanto para la actriz como para el director. Así ella se convirtió en productora (y un año después también se arriesgaría con La reina Kelly) y Raoul Walsh no solo asumió la labor de director sino también la escritura del guion y la interpretación de uno de los personajes principales. La tercera Sadie Thompson narró su historia en forma de musical en los años cincuenta y contó con la pelirroja melena de Rita Hayworth y con el director olvidado Curtis Bernhardt. La película se llamó por estos lares, La bella del Pacífico (película que todavía no he localizado).
Hace poco he podido ver, por fin, la Sadie Thompson de Gloria Swanson y solo me ha provocado buenas sorpresas. Primero la oportunidad de conocer un poco más la etapa silente de Raoul Walsh además de disfrutarle frente a la cámara (como actor), después comprobar que me sigue fascinando la historia de Sadie Thompson y su enfrentamiento con el misionero intransigente (esta vez, un brillante Lionel Barrymore). Desgraciadamente es de esas obras cinematográficas de cine mudo que no están completas. En este caso faltan los minutos finales que han reconstruido, en la copia restaurada en los ochenta (la que facilita el dvd), con fotogramas fijos e insertos de guion… pero la fuerza de la historia la sientes. Está.
Frente al melodrama desaforado de Milestone, asfixiante y crispado, Raoul Walsh opta por un melodrama más realista y calmado pero consigue también esa sensación de encierro y agobio por la lluvia constante. Ese encierro en un hotel de mala muerte…, que es otro personaje más. Realismo que se siente en la complicidad que surge entre el teniente O’Hara (el propio Walsh… y la posibilidad de un nuevo futuro para Sadie) y la protagonista que construyen su relación a base de bromas y complicidades, exuda un erotismo sano, bonito. Así, por ejemplo, hay una escena en que el teniente enciende el cigarrillo de Sadie y los dos tienen sus cigarros en la boca…, y ese encender es como un beso fogoso. Y realismo en la relación insana y enfrentamiento entre Sadie y el misionero así como la parte oscura y obsesiva del religioso que quiere redimir a la mujer pecadora y a la vez la desea.
Y como ocurre con ciertas heroínas del cine silente, la actriz juega con su rostro y el director con el primer plano hace maravillas. Así vemos a la vital y rebelde Sadie transformarse en la ‘redimida’ y sumisa Sadie a golpe de primer plano. Raoul Walsh maneja el lenguaje cinematográfico con soltura y arriesga en la narración cinematográfica. Sabe crear ambientes, como demostraría en sus películas de cine negro o en otra película de su periodo mudo, El ladrón de Bagdad, donde crea un mundo de ensueño. Es interesante destacar cómo los personajes al principio de la película son presentados y definidos en el barco mediante la frase que escriben alegremente cada uno en el libro de autógrafos o cómo construye una escena donde refleja el estado de ánimo del personaje principal: el rostro de Gloria, desesperada, encerrada en su cuarto y viendo la lluvia caer incesantemente se “siente” entre rejas. Sí, Sadie Thompson también tiene el rostro de Gloria Swanson. Y volvemos a encontrar en esta versión muda, a una prostituta que solo quiere empezar desde cero y que es una superviviente… que medirá sus fuerzas con un hombre intransigente que quiere enderezar almas sin ver que la suya está retorcida.
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El sueño de Ellis (The inmigrant, 2013) de James Gray
The inmigrant es una vuelta al melodrama del cine silente donde una heroína con rostro de Lilliam Gish o de Janet Gaynor se convierte en símbolo del sufrimiento y la desgracia. Y el rostro de Marion Cotillard expresa y habla, la cámara recoge su cara como si fuera una Madonna o una María Magdalena penitente. James Gray ofrece su obra más redonda y emocional con una historia desgarrada sobre una inmigrante que alcanza una tierra prometida que se convierte en pesadilla. Es como si atrapara a Edna Purviance después de su llegada a la isla Ellis en ese corto mítico de Charles Chaplin, Charlot emigrante (The inmigrant, 1917). Una Edna Purviance que nunca se hubiese encontrado con Charlot… y de pronto se viera sola en la fila de inmigración con su madre enferma y con una travesía a sus espaldas más que dura…
Aquí la protagonista, la polaca Ewa (Marion Cotillard o mejor dicho su rostro icónico) vislumbra la Estatua de la Libertad en 1921 junto a su hermana Madga (que durante la travesía ha enfermado de tuberculosis). En la isla Ellis en cuestión de segundos el sueño de ambas se desmorona, después de múltiples penurias (huyen de la gran guerra…), las separan en la fila de inmigración pues Madga no pasa la revisión médica y la ponen en cuarentena pero Ewa tampoco logra pasar ‘por conducta no moral en el barco’ y además le informan de que sus tíos no han ido a buscarlas y que la dirección que llevan es falsa. Aquí tan solo es el principio del calvario de Ewa, que lo único por lo que se mueve y lucha es para volver a reunirse con su hermana. La Estatua de la Libertad se convierte en una broma pesada, muy pesada (sobre todo cuando es el papel asignado a Ewa en un espectáculo picante, de varietés). En la vida de Ewa se cruza Bruno (Joaquin Phoenix) un joven judío vinculado al mundo del espectáculo (que esconde realmente su papel de proxeneta), que se dedica a buscar inmigrantes con problemas en la Isla de Ellis para echarlas el lazo y a cambio de ‘ayudarlas’, introducirlas en la prostitución. Siguiendo con el simbolismo de la Estatua de la Libertad, es lo primero que vemos, desde el especial punto de vista de Bruno (el que atrapa la libertad de Ewa y al que ella aferra dos veces de la mano aunque sabe y siente lo que esto implica)… Así empieza un vínculo dependiente, consciente y complejo entre Ewa y Bruno, un vínculo que los transforma a ambos y los lleva por caminos inesperados… Y el ‘equilibrio’ de esta relación dependiente queda roto y hace que evolucione por otros caminos por un tercer personaje en discordia: el ilusionista Orlando (Jeremy Renner), primo de Bruno y su contrincante en la vida y en el amor.
James Gray no solo elabora una película bellísima en su puesta en escena y en el empleo del lenguaje cinematográfico sino que usa con elegancia las claves del melodrama silente norteamericano (además de otras referencias cinematográficas evidentes sobre la inmigración, EE UU y la llegada a la isla Ellis… y a las pobladas calles de Nueva York de principios del siglo XX. Me refiero claro está a América, América, El padrino II o Érase una vez en América… ) sin abandonar su universo personal y sus temas recurrentes. Así Gray vuelve a acudir a uno de sus actores fetiches, Joaquin Phoenix (al cual le deja uno de los personajes más complejos), bebe del lenguaje cinematográfico clásico y lo ejecuta a la perfección, narra una historia donde no faltan los complejos lazos familiares, la redención de sus personajes protagonistas, las relaciones dependientes y un marcado sentimiento de culpa con una presencia acusada de la religión católica. Por otra parte como todo buen melodrama, acompaña la historia de una banda sonora que apetece escucharla y quedarte en los títulos de crédito finales solo por seguir disfrutándola (que es obra del compositor Chris Spelman, que desde La noche es nuestra ha trabajado en el apartado musical para Gray).
Una cuidada puesta en escena hace de El sueño de Ellis una película hermosa que además continuamente nos está contando cuestiones claves a través de las imágenes. Y deja secuencias para analizar plano por plano como el bellísimo tramo final en la isla Ellis no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. O emociona lo poderosas que son visualmente dos de las escenas clímax: la maravillosa secuencia de Ewa en la Iglesia y su confesión o la última discusión entre Bruno y Orlando en el apartamento del proxeneta. Además hay una cuidada ambientación de cada uno de los espacios en los que se desenvuelven los personajes: las dependencias de la isla Ellis, el teatro de variedades donde trabajan Bruno y las chicas (un teatro amenazado a desaparecer por el mundo del cine), los apartamentos donde viven Bruno y su compañía de ‘palomitas’, los baños públicos, el túnel donde Bruno prostituye a sus chicas…
La compleja relación entre los protagonistas (y sus personalidades difíciles, sobre todo las de Ewa y un complejo Bruno) y las andanzas de ese trío de supervivientes (porque eso es lo que son los tres: Ewa, Bruno y Orlando) así como sus maneras de afrontar la realidad (desde el sufrimiento y el sacrificio, desde un ilusionismo que se desvanece en cada paso o desde la elaboración de un espectáculo que se desmorona en cada momento…) hacen de El sueño de Ellis una película para conservar en la biblioteca de la memoria cinéfila.
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Pajaritos y pajarracos (Uccellacci e uccellini, 1966) de Pier Paolo Pasolini
… una fábula social y política. Como un trovador de la Edad Media Pier Paolo Pasolini nos introduce en Pajaritos y pajarracos. Así empieza con una canción que va presentando los créditos de la película. La historia es una historia dentro de otra historia y su estructura es la de un viaje, una caminata. Los protagonistas son un padre y un hijo que después se transforman en dos franciscanos… a través de un relato oral que expone trazos de comunismo cristiano. A este padre y a este hijo en su caminar les ocurren varios acontecimientos y uno de ellos muy peculiar: conocen a un cuervo parlanchín de izquierdas, comunista marxista que es precisamente el narrador de la fábula central, esos dos franciscanos que tienen que convertir a halcones y gorriones…
Pajaritos y pajarracos es una rareza cinematográfica que queda en una especie de limbo extraño. Es cine con vocación política, con una narrativa cinematográfica al servicio de un mensaje, que pretende llegar a un elevado número de personas. Es decir, quiere convertirse en un cine popular, de masas. Y es rareza porque Pasolini no consigue ‘llegar’ a un número elevado de personas sino que elabora un ejercicio cinematográfico provisto de humor absurdo, ironía, poesía e ideología. Es decir convierte su Pajaritos y pajarracos en película minoritaria. Así es una pieza cinematográfica para analizar y que refleja además el ‘espíritu’ político y social de un momento de la historia italiana a finales de los sesenta, dos años después del fallecimiento del Secretario General del Partido Comunista italiano, Palmiro Togliatti (durante el peculiar caminar de ese padre y ese hijo se cruzan con su entierro –Pasolini inserta en el relato cinematográfico imágenes documentales).
En su vocación de relato cinematográfico que bebe de la narrativa oral y que además quiere llegar al mayor número de personas…, no es de extrañar que Pasolini elija como protagonista, como el padre, a uno de los actores más populares y famosos de la cinematografía italiana (y cuya trayectoria fílmica desconozco bastante), Totó. Un Totó, que en sus andares, vestimenta, expresión corporal y gestual y en los acontecimientos que vive es cercano a los héroes de ese cine cómico mudo y universal. En Totó están las huellas de Charles Chaplin y de Buster Keaton. Y su hijo tiene el rostro vital de Ninetto Davoli, que será un habitual en la cinematografía de Pasolini.
Pajaritos y pajarracos está hasta arriba de detalles que construyen un discurso. Y sobre todo, como muchas películas de Pasolini, es un estudio del rostro humano. Así cada uno de los personajes que aparecen en este ‘viaje’ poseen una cara con una historia, con huellas, y así se hace imprescindible el primer plano. Pasolini siempre busca rostros que expresen aunque no hablen y ya lo hacía así en Mamma Roma o en El evangelio según San Mateo. Así es difícil apartar la vista de una niña vestida de ángel, o de la prostituta Luna, o de las tres mujeres que se cruzan en el camino de los franciscanos que tratan de ‘aprender’ el lenguaje de los gorriones, o del camarero que les atiende en la taberna o de los comediantes que se cruzan en su camino. Y precisamente en esos comediantes y en otros ‘episodios’ del viaje se siente cómo Pasolini había trabajado y se había empapado del cine de Federico Fellini.
La fábula y el mensaje central es precisamente ese relato dentro del relato: la historia de los franciscanos que reciben un encargo de San Francisco de Asís. Tienen que evangelizar y llevar el mensaje del amor a los halcones y a los gorriones. A los pajarracos y pajaritos… y la tarea no será fácil. Precisamente tardarán unos dos años y encontrarán todo tipo de obstáculos. Aprenderán, sobre todo el más anciano, el lenguaje de los pájaros y transmitirán el mensaje… pero sus oyentes no entenderán del todo ese mensaje ‘revolucionario’. Porque una cosa es escuchar la palabra AMOR y otro caso es practicar, con todas las consecuencias ese amor. Los franciscanos evangelizarán a los pajaritos y pajarracos por separado… pero luego se darán cuenta de que estos se atacan y se hacen daño entre ellos. Se aplastan unos a otros. Así que Francisco de Asís les explica que tienen que empezar de nuevo para que entiendan realmente el alcance de ese mensaje… y otra vez a emprender el camino.
Así esa metáfora de pajaritos y pajarracos que terminan aplastándose unos a otros, se trasladará al viaje que realizan padre e hijo donde veremos cómo oprimen a los que son más pobres que ellos y a su vez ellos cómo son oprimidos por otros más ricos y poderosos. La cuestión final es que el cuervo se convierte en una molesta voz que no para y que continuamente se convierte en una especie de pepito grillo que todo lo analiza y que continuamente realiza una crítica constructiva que hace además pensar a sus dos acompañantes, algo que no desean pues bastante arrastran con su día a día y su lucha por la supervivencia… Así que sin pensárselo, y sin una sombra de mala conciencia sobre sus rostros, finalmente tomarán una decisión drástica con el cuervo… y seguirán su camino.
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Westerns atípicos. La metamorfosis de un género (I). 7 mujeres (7 women, 1966) de John Ford
A finales de los años sesenta y durante los setenta el género western está en continuo cambio y transformación. ¿Canto de cisne o innovación-cambio de un género que se negaba a dar sus últimos coletazos? Así durante estos años, no sólo nace una variación interesante como el spaghetti western, sino que surgen una serie de westerns atípicos con miradas diferentes que ofrecen nuevas miradas del género (no sólo la crepuscular… también una visión que va unida al desencanto y a los aires de protesta de estas dos décadas).
Si tan solo hace unos días hablábamos de un western atípico como Pat Garrett y Billy El Niño, ahora quisiera reflejar este interesante periodo de metamorfosis del género en tres post. Primero con la última obra de John Ford, el director de películas del Oeste se despide con una triste película que no es estrictamente un western pero sin embargo emplea las claves del género para contar una historia con aires de tragedia clásica. Después seguiremos con la obra de un director (su penúltima película) que tan sólo haría en toda su carrera un único western, El día de los tramposos (recuperada de la memoria gracias a un texto de Francisco Machuca). Esta obra de Joseph L. Mankiewicz ofrece una mirada ácida con ecos de comedia negra y desencanto hacia un viejo Oeste complejo. Y por último cerraremos este breve ciclo con Las aventuras de Jeremiah Johnson de un joven realizador que empezaba a despuntar en los setenta, Sydney Pollack, que encontró en el western una manera de expresar su desacuerdo con el sistema imperante…
La última de Ford
Un Ford anciano aborda un relato cinematográfico desgarrado y desencantado: 7 mujeres. Y se despide del cine con una película que a primera vista parece que no es un western. La historia que nos cuenta Ford no transcurre en los paisajes habituales ni en campo abierto. El salvaje Oeste desaparece y se cambia por un lugar lejano, frontera de China con Mongolia, un lugar en guerra. El fuerte del Oeste se transforma en una misión claustrofóbica dirigida por una mujer de carácter e intransigente (Margaret Leighton). Una película que fue incomprendida en su momento, que no es fácil de encontrar una copia en condiciones, que no sólo no fue valorada por los espectadores del momento, sino tampoco por los críticos. 7 mujeres ha sido valorada algo mejor con el paso de los años y en los distintos análisis sobre la obra completa de John Ford. Por ejemplo analiza y cuenta muy bien cómo fue el rodaje (así como sus dificultades) y proporciona un análisis crítico completo y lleno de matices, uno de los expertos en la filmografía de Ford, John McBride en su libro Tras la pista de John Ford (publicado por T&B Editores, 2004).
John Ford abandona el salvaje Oeste pero no las claves del género. Es decir 7 mujeres está contada en clave de western clásico. Además se pueden encontrar similitudes con uno de sus westerns más míticos e importantes a la hora de comprender el lenguaje del género: La Diligencia. Y esas similitudes se encuentran sobre todo en dos aspectos fundamentales: un personaje principal que muestra, por contraste, la hipocresía y doble moral de la burguesía (y en este caso de las organizaciones religiosas). La representación del otro sin rostro, de manera simplista… ellos son el mal y la fuente de problemas para los protagonistas (además de sus propios choques, de sus complejas relaciones interpersonales, y obstáculos). En La Diligencia eran los indios, impersonales, los que provocaban las situaciones límites entre el grupo que viajaba en un medio de transporte que era continuamente atacado (y después también en la posada). En 7 mujeres los bandidos mongoles son presentados sin matices, son unos ‘bárbaros salvajes’ y violentos, no hay más lectura. Pero se pueden encontrar otros puntos de unión como, por ejemplo, la mujer embarazada que pone más al límite la situación del grupo que trata de sobrevivir frente al enemigo. Así el personaje de Anne Bancroft puede ser una fusión entre la prostituta y el doctor de La Diligencia (como aquel maravilloso Thomas Mitchell, la doctora Cartwright también bebe). Además de tener ecos de otro personaje femenino fordiano, Kelly, la morena de turbio pasado con rostro de Ava Gadner que eclipsaba a cualquier personaje que apareciese en Mogambo.
La película, como en las del Oeste, ocurre en un territorio de frontera sin ley. Y como siempre Ford presenta un abanico de personajes (esta vez prácticamente todos femeninos) complejos, nada planos, que se relacionan entre sí. Lo que cuenta sobre todo 7 mujeres es el enfrentamiento de poderes entre dos mujeres con miradas diferentes ante la vida. Una se termina sacrificando por todas, sin pedir nada a cambio… sería el fuera de ley de las películas del Oeste (que parece que va a lo suyo) pero sin embargo actúa y decide salvar a los demás. Y la otra, en un principio mostrada como fuerte e intransigente, va perdiendo la cordura y el respeto del grupo (además con sus actos podría haber conducido a todos a un final desastroso) además de mostrar sus miedos, represiones y frustraciones. Las demás mujeres se van relacionando de distinta manera (algunas evolucionan de la primera escena a la última) con las dos líderes… Sobre todo dos de los personajes: la joven misionera (Sue Lyon) y la segunda de bordo de la inflexible directora de la misión, con la cara de Mildred Dunnock.
Tan solo hay un personaje masculino en el grupo americano (y británico) de la misión que además desaparece a mitad de esta historia con rostro de Eddie Albert (otra vez en nuestro blog, hace nada nos visitó con Attack). Un personaje complejo que evoluciona hasta que es eliminado para que se queden las siete mujeres solas en una situación límite. Cuando pregunta la doctora en su primera cena con sus nuevos compañeros de viaje: “cómo se siente como único gallo de este gallinero”… y él contesta con una risa ridícula, define a la perfección su personaje. Así la interpretación de Albert evoluciona de un hombre anodino y asustadizo que ha guiado su vida para ser predicador… hasta un hombre que toma conciencia de que se ha equivocado de rumbo y despierta… pero ya es demasiado tarde para él (sin embargo, logra que pueda ser recordado con respeto cuando por primera vez toma las riendas de su vida con una mirada realista).
El personaje bombón es el de la la doctora Cartwright, sin embargo, así como Ford dejaba un final optimista tanto para la prostituta de La Diligencia o para la Kelly de Mogambo, a la doctora la deja sola en su sacrificio, en su acto de heroísmo. A su acto de entrega, sin pensárselo dos veces, le sigue su suicidio ante un futuro de dominación, sumisión, en un mundo salvaje y sin reglas. Así Ford nos deja una de sus imágenes hermosas e icónicas… la silueta de una mujer con un kimono ante una puerta que significa la muerte… 7 mujeres se convierte en una despedida triste del director que hacía películas del Oeste. Una despedida en un territorio alejado del western pero que comparte sus claves fundamentales para contar una historia.
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La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) de Martin Scorsese
La última tentación de Cristo es una de esas ‘rarezas’ que se encuentra en la carrera de todo director cinematográfico. Es una de las rarezas de Scorsese (en cuanto forma y resolución) pero no es raro que se sintiese atraído por el tema ni que eligiera otra vez a Paul Schrader como guionista. Con New York, New York había tocado el fondo tanto en su adicción a la cocaína como en su depresión. Pensó que Toro Salvaje sería su despedida del cine. Pero fue superando sus adicciones y en los ochenta realizó películas-rareza dentro de su trayectoria mientras iba renaciendo cual ave fénix como persona. Así entrega una de sus obras menos conocidas El rey de la comedia (que todavía no he visto), Jo, qué noche, El color del dinero (una película de encargo que es una especie de remake de El buscavidas) o uno de los episodios de Historias de Nueva York hasta que en 1990 rueda Uno de los nuestros que supone una nueva etapa en su carrera cinematográfica. A principios de los ochenta se van gestando también dos proyectos personales: La última tentación de Cristo y Gangs of New York. La segunda no pudo llevarla a cabo hasta dos décadas más tarde. Y la primera la realizó al final de la década.
Parece ser que fue la actriz Barbara Hershey (según cuenta Thomas Sotinel en la serie Maestros del cine de Cahiers du cinema) la que le proporcionó la novela del griego Nikos Kazantzkis a Scorsese. No he leído ni La última tentación de Cristo ni Alexis Zorba pero sí he visto las dos películas que surgieron de sus obras literarias. Y pueden gustar más o menos pero son películas que no dejan indiferentes y te hacen reflexionar. Kazantzkis además de novelista era un filósofo, no planteaba temas de manera fácil. Enseguida Scorsese se siente atraído por el proyecto pero también encuentra obstáculos por todas partes para llevarla a cabo, por presiones de distintas organizaciones religiosas que logran que primero Paramount retire su apoyo al director y después que tampoco pueda llevarla a cabo con financiación francesa. Así que en un primer momento para el proyecto pero tiene claro que la rodará y que quiere llevar esta vida de Jesús a la pantalla (no olvidemos que el director tuvo educación católica y que incluso hubo un momento de su vida que se planteó ser cura), y que la novela la adaptará al cine Paul Schrader (educado en el calvinismo). La novela ya había levantado ampollas y polémica… y la película tan sólo siendo un borrador ya era vista como amenaza en círculos religiosos…
Finalmente en 1987 la Universal daría luz verde al proyecto y a los obstáculos. Sería una película de presupuesto limitado pero permitiría a Scorsese dar su particular visión de la figura de Cristo, a través de la novela de Kazantzkis y el guion de Schrader. El director no pensaba en taquillas (de hecho esperaba que pasara veladamente por las salas)…, fue sin embargo la polémica que rodeó la película antes incluso de que se viera y de su proyección lo que permitió que se hablara de ella en los medios y que finalmente funcionara mucho mejor de lo que se hubiese pensado. Siempre me ha llamado la atención ese ataque feroz a ciertas películas polémicas que ni siquiera se han podido ver y los juicios de valor (así como debates furibundos) antes de poder acceder a ellas… Con La última tentación de Cristo se tomaron precauciones, como en ninguna otra película, para no ‘herir sensibilidades’. En algunos países fue prohibida y en otras había incidentes en las puertas de las salas de cine donde se exhibía. Por ejemplo, cuando se emitió por primera vez en Televisión Española, en el año 1992… salió antes Fernando Sánchez Dragó ‘explicando’ a los espectadores a lo que se iban a enfrentar (¿¿??). ¿Cuándo ha vuelto a pasar algo así?
¿Y qué cuenta La última tentación de Cristo? Lo único que hace es presentar a un Jesús muy humano lleno de dudas y miedos al que le pesa su parte divina y su misión. Tan humano que siente dudas hasta al final, en pleno sufrimiento. Y ahí en la cruz tiene su “última tentación” que es renunciar a su parte divina y ser un hombre normal, como los demás. Un hombre que se enamora, se casa, tiene una familia, trabaja, se enfrenta a problemas y tristezas, se supera, envejece y muere. Así una niña, que se presenta como ángel de la guarda, ofrece su mano a Jesús en la cruz y le anuncia que puede bajar y acabar con su sufrimiento. La niña le explica que igual que en el último momento Dios no permitió que Abraham matara a su hijo Isaac…, Él no va a permitir que su hijo muera. Y Jesús acepta el ofrecimiento (no habrá ni sacrificio, ni pasión, ni resurrección…).
Scorsese presenta una película austera, con una puesta en escena casi desnuda, donde el desierto (se rodó en Marruecos) es otro protagonista más. El polvo y el sol están siempre presentes. Se crea así una atmósfera extraña acorde al estado de ánimo de Jesús que siempre está dudando, que muestra siempre sus miedos, sus obsesiones… que habla de cómo escucha voces, de cómo sufre…, una visión distorsionada, casi de pesadilla (como también han tenido otros personajes scorsesianos como el taxista con rostro de Robert de Niro). Pero también otro Jesús que habla de manera apasionada, que se divierte en una boda y baila, que habla con sus amigos, que sonríe… A mí me provocó extrañamiento (de hecho me desconcertó bastante) pero a la vez no dejé de verla. De un Scorsese que es barroco en su manera de mirar, queda un Scorsese de la mínima expresión pero sin renunciar a sus pesadillas y viajes interiores complejos. Mínima expresión tanto en los ropajes de los romanos como en los de los judíos o las mujeres (la más barroca es María Magdalena y está justificado por su profesión y porque a la vez es la ‘persona idealizada’ por un Jesús que piensa que nunca podrá tenerla entre sus brazos). En los decorados de los escasos interiores. En los paisajes elegidos (tanto desérticos como si hay algo de verde). En las ceremonias representadas como bodas, bautismos y crucifixiones. En la plasmación de los milagros y las tentaciones (… las serpientes, el león, la llama de fuego, el ángel, el manzano…).
La primera parte de la película cuenta el Nuevo Testamento, con austeridad y una especie de realismo sucio, casi con ortodoxia absoluta, sin embargo esboza tres temas que desarrolla debates interesantes. Después la segunda parte muestra esa última tentación de Cristo, la posibilidad de ser un hombre normal. Para finalmente devolverlo de nuevo a la cruz, todo ha sido un sueño y él acepta su papel y su misión (aquí encontramos paralelismo, y no lo veo descabellado, con otra película mítica y es Qué bello es vivir donde al protagonista también un ángel le concede la oportunidad de ver el mundo si él no hubiese nacido… y regresará de nuevo también a su papel y su misión. La diferencia es que Clarence es realmente un ángel que quiere conseguir unas alas… y la niña de rostro angelical es la representación de una tentación que manda el ángel caído).
Los tres temas esbozados y que darán sentido a esa última tentación son: la presentación del personaje de Jesús, su relación con María Magdalena y su amistad con Judas, el hombre que finalmente le traicionará. A Jesús (Willem Dafoe) le vemos por primera vez como un carpintero torturado y rechazado por todos que se dedica a tallar las cruces que le piden los romanos para los castigos a muerte que éstos infligen al pueblo judío. Él lleva la cruz hasta donde va a ser utilizada. En el camino los suyos le increpan, le tiran piedras… María Magdalena (Barbara Hershey) le escupe. Judas (Harvey Kietel), un zelote revolucionario, le echa en cara su trabajo. Y él explica que tiene miedo a lo que Dios espera de él y que no sabe muy bien cuál es exactamente el camino y que preferiría que éste no le hablara incluso que lo odiara. La presentación de Jesús se aleja mucho por tanto a cómo suele ser representado tanto en pantalla como en otras expresiones artísticas.
Después se evidencia a lo largo de todo el metraje que existe una atracción hacia María Magdalena, que Jesús en todo momento, como hombre, anhela estar junto a ella. Y que ella le correspondería. Y esa tentación sería el enamorarse como una persona normal. Sentirse deseado, amado y querido. Formar una familia. Aunque pronto se dará cuenta que como hombre normal, tendrá sus problemas, y su felicidad puede ser arrebatada. Y tendrá que volver a levantarse.
Por último se establece, durante la primera parte de la película, una interesante relación entre Judas Iscariote y Jesús, sus conversaciones son claves para entender el drama de Cristo. Él se encuentra escindido… entre el espíritu y la carne. El amor y el hacha. Judas lo tiene claro primero la revolución, vencer físicamente al enemigo y después la transformación espiritual. Jesús no lo tiene tan claro (por sus miedos y dudas), pero él tiende más a una revolución espiritual desde el amor. Y al final claramente pide ayuda a Judas. Le pide que por favor le traicione… porque sólo así cumplirá su papel divino sin dudar un instante… Judas llora pero cree lo que dice y se compromete, porque es fuerte —como le ha dicho Jesús—, a traicionarle.
La última tentación de Cristo es una isla extraña en la filmografía de Scorsese… que atrapa sus creencias más profundas y también sus dudas, y a la vez su mirada barroca se serena… aunque lleva su realismo sucio a tiempos pasados. Willem Dafoe da rostro a un Jesús desgarradoramente humano…
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Ida (Ida, 2013) de Pawel Pawlikowski
Ida es una película sobria tremendamente hermosa. Nada le sobra, nada le falta. A su belleza formal a la hora de contar una historia, se une la propia historia… potente. Dos personajes femeninos, la identidad, la memoria y el peso de la Historia sobre ellas. Cada fotograma destila la composición perfecta de una obra artística. Pawel Pawlikowski cuida cada segundo, cada instante de la puesta en escena y del lenguaje cinematográfico, creando una obra redonda. Polonia, años sesenta, empapada del saxo de John Coltrane y unas notas triste de Bach. Años grises, de blanco y negro, donde los personajes se mueven en un formato cuadrado que da fuerza y relevancia a las figuras femeninas sobre los espacios en los que transcurre su ‘viaje’ vital de descubrimientos… Donde unos ojos y una lágrima que recorre la mitad de un rostro o un paisaje nevado y una figura que camina cobran una fuerza que desarma al espectador.
Anna (Agata Trzebuchowska) es una novicia a punto de hacerse monja, de recibir los votos. Ella es huérfana y siempre ha estado entre las paredes de un convento. Tiene dieciocho años y su mundo siempre ha estado unido a lo espiritual y trascendente. No conoce nada más. La madre superiora le da un aviso inesperado. Su tía, que nunca ha querido conocerla, ahora sí desea verla. Y la recomienda que vaya a visitarla antes de tomar los votos. Así, con una pequeña maleta y su hábito, Anna conoce a su tía Wanda (Agata Kulesza), una mujer aparentemente dura y fuerte. De golpe, la primera información que le suelta Wanda… descoloca el mundo de Anna. “Así que eres una monja judía” y “te llamas Ida”. Así, a lo bruto, Ida… decide encontrar dónde están enterrados los suyos, es la única manera que tiene de expresar que quiere buscar sus raíces. Y en este viaje, le acompaña Wanda… la vulnerable y contradictoria mujer aparentemente fuerte y de hierro.
Un viaje que altera a ambas que siempre han estado, de distinta manera, privadas de su identidad. Cada una asumirá como puede las consecuencias del encuentro con su memoria, con sus raíces, con sus recuerdos, con su pasado… Con las viejas fotografías que construyen unas vidas sesgadas. A Ida le privan de su identidad, de sus orígenes. Wanda, para combatir el dolor, oculta su identidad y se entrega al Estado socialista polaco. Ella se transforma en Wanda la Roja, una mujer fría que no tiembla en condenar a muerte a todo aquel que no comulgue con las ideas estalinistas… Ida trata de recomponerse, Wanda se sigue fracturando…
Ida descubre con Wanda que existe algo más en la vida que los muros de un convento. Que existen las contradicciones, los placeres, los sacrificios, la culpa… Y vislumbra a lo que renuncia… sobre todo cuando conoce una posibilidad de futuro con un saxofonista (“¿Y luego? La vida, lo normal”… pero es que ni Ida ni Wanda tuvieron posibilidad de una vida normal…). Y Wanda descubre con Ida su alma fracturada, sus heridas apenas ocultadas, su vulnerabilidad, su culpa y caída al abismo, el dolor por la pérdida de lo que más amaba…
Pawel Pawlikowski, director polaco que durante años ha trabajado en Gran Bretaña (y que ha realizado trabajos documentales, televisión… aborda su quinto largometraje y su primera película en Polonia), regresa a su tierra natal con una obra cinematográfica de una belleza tranquila, de ritmo pausado, de planos fijos… donde una joven novicia restaura una estatua de Cristo, una mujer quebrada apura un licor en una mesa de una taberna, solitaria; o una joven de dieciocho años —que quiere sentirse deseada— se prueba unos tacones y un traje negro y se envuelve en una cortina transparente…
Ida es una película que ha hecho que vuelva a nombrarse el cine polaco… y quizá sea el principio de una vuelta del cine de este país al circuito internacional. Pawel Pawlikowski ha despertado la curiosidad sobre qué es lo que está pasando en la cinematografía polaca en la actualidad. Así el realizador puede dar continuidad a nombres como Andrzej Wajda, recorriendo los rostros de Andrzej Zulawski y Roman Polanski y meciéndose en Krzysztof Kieslowski, reconociendo a Agnieszka Holland y desembocando en él mismo y otros compañeros de generación. Me viene a la cabeza una película polaca de los años ochenta nostálgica y tremendamente hermosa que durante años tuve grabada en un vhs… Yesterday de Radoslaw Piwowarski… y la nombro porque como Ida también reflejaba unos años sesenta en Polonia. Unos jóvenes que trataban de buscar salidas al blanco y negro en que estaban inmersas sus vidas a través de los Beatles y la música.
… De momento, recuerdo a una novicia en una sala de fiesta, ahora vacía, escuchando a un saxofonista que toca a Coltrane… O a Wanda colocando fotografías en una mesa, reconstruyendo su pasado y recordando el hermoso pelo pelirrojo de su hermana que ahora esconde tras la toca su sobrina. O esa misma mujer poniendo en su tocadiscos la música de Bach mientras la luz entra por su ventana…
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Alrededor de la muerte. El funeral (The funeral, 1996) de Abel Ferrara / El tiempo que queda (Le temps qui reste, 2005) de François Ozon
Muchas son las películas que tocan el tema de la muerte. Cómo enfrentarse a ella o cómo representarla. En la sesión doble que propongo hoy, la muerte se toca de diferente manera. En una se envuelve en todo un ritual, un doble ritual. El de la religión católica. Velatorio y luto. Doliente. Y el ritual por el que funciona la mafia italoamericana. El ritual de la violencia en cadena. En la otra el espectador se convierte en testigo de la intimidad de un personaje que decide enfrentarse a la muerte desde la soledad más absoluta. Al final ese recorrido duro será un canto a ese tiempo que queda lleno de momentos sencillos poblados de recuerdos, sentimientos y belleza.
El funeral (The funeral, 1996) de Abel Ferrara
… Abel Ferrara nos hunde en un relato cinematográfico oscuro, de luto, y de las partes más ocultas e instintivas del ser humano. Un relato cinematográfico contundente, seco. Ni siquiera nos aporta la información suficiente pero nos hundimos en una historia de muerte, venganza y empapado del ritual de la religión católica alrededor de la muerte. El mundo de los hermanos Tempio, un clan mafioso, parece que está impregnado del Dios cruel del Antiguo Testamento. Así solo hay sitio para una historia dolorosa, compleja y con el sentimiento de culpa siempre presente. Solo hay sitio para la tragedia.
La historia comienza con la entrada de un ataúd en el hogar del hermano mayor de los Tempio, Ray (Christopher Walken). El ataúd porta el cadáver del más pequeño de los hermanos, Johnny (Vincent Gallo). A la casa también acude el hermano mediano, Chez (Chris Penn). Todo está preparado para el velatorio. Al día siguiente será el entierro. Mujeres que lloran, mujeres de negro. Y los dos hermanos vivos que asumen de distinta manera la muerte a tiros del pequeño. Recuerdos del pasado. Recuerdos más recientes. El mayor, frío y calculador, solo piensa en la venganza. Y nada va a pararle. Quiere que la venganza tenga lugar esa misma noche. El mediano se hunde en un sentimiento de culpa, obsesiones, recuerdos y locura… Johnny era mafioso como ellos pero más joven y con un halo especial. El joven Johnny además de cinéfilo, no apostaba por el capitalismo salvaje. Él recoge la ideología del comunismo…, él entiende que para llegar a cierta ‘justicia social’ hace falta su ‘trabajo sucio’.
Entre rezos, lloros y comidas… en ese momento de espera donde el cadáver recibe visitas y lágrimas, transcurre la película. Ahí están también las mujeres de negro, las esposas de Ray y Chez (Annabella Sciorra e Isabella Rossellini), ambas conscientes de lo que puede suponer la muerte de Johnny. Una ya agotada de esa vida de venganzas y violencias, la otra intentando contener en cada momento la tortura interior y la locura del esposo.
Y de fondo la historia de tres hermanos unidos por la sangre. Esa unión es en la única que creen y la única que en el fondo les permite un cierto equilibrio. Cuando esa unión quiebra, el caos llega a sus vidas. Al final de la noche, explotará la tragedia por el camino más inesperado… La muerte siempre presente. Después del caos, la calma. Doliente.
El tiempo que queda (Le temps qui reste, 2005) de François Ozon
Romain es un joven fotógrafo con éxito. Éxito en su trabajo. Éxito en su vida sentimental. Y querido por su familia. Una noticia trastoca todo su mundo. Romain no es perfecto. Le conocemos demasiado seguro de sí mismo pero bastante egoísta, narcisista y muy arrogante. Esa noticia es que le han detectado un tumor maligno muy extendido por todo su cuerpo y con muy pocas probabilidades de ser curado. El mundo de Romain se derrumba. Decide además no someterse al agresivo tratamiento. ¿Cómo enfrentarse a la muerte? Romain se enfrenta a todo y a todos y rompe de manera radical y de malos modos con todo lo que le rodea.
Después de la furia, viene la calma. La aceptación del tiempo que queda. El joven fotógrafo decide no decírselo a nadie de su círculo más cercano…, tan sólo a su abuela (Jeanne Moureau). A ella porque se parece a él. A ella porque está como él cerca de la muerte. Y a su manera, se va despidiendo de los seres queridos. También conoce a otros nuevos, a una joven pareja que le permite una especie de continuidad para cuando desaparezca… Que le permite no desaparecer del todo. Su cuerpo se va deteriorando con la enfermedad, y él, en silencio, y con una pequeña cámara va ‘rescatando’ momentos, personas y objetos que le importan. Vuelve a su cabeza, de manera recurrente, el niño que fue. Recupera una cierta belleza e inocencia, y eso le hace sonreír pero también llorar por el poco tiempo que queda. Recupera fotografías e imágenes del pasado. François Ozon emplea una emoción contenida para contar cada momento o conversación, cada gesto o mirada: con su joven amante, con su abuela, con su padre, con su hermana, con el doctor, con la joven pareja… Romain tiene el rostro de Melvil Poupaud que transmite mucho en cada fotograma (maravilloso también en Laurence Anyways de Xavier Dolan). Su deterioro físico es lento, en calma, casi imperceptible pero evidente… en un movimiento, en un gesto, en un cuerpo que se va quedando sin fuerza, cada vez más delgado.
Y al final, sin nada. Solo con su cámara, va hasta el mar. Solo queda el mar… y el sonido de las olas.
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