Samba (Samba, 2014) de Olivier Nakache, Eric Toledano

samba

Una alemana con depresión y obsesionada con el suicidio y la muerte y un sin papeles africano y gay son vecinos de un edificio y construyen una bonita amistad en Nadie me quiere de Doris Dörrie. Y un inmigrante con papeles, español, y otro sin papeles, montenegrino, conviven en un Nueva York hostil en La otra América de Goran Paskaljevic. En ambas películas trataba el tema de la inmigración y la amistad en clave de tragicomedia y en ambas las salidas de los personajes son tan imposibles que los directores deciden optar por unos finales imposibles, de evasión. En la primera opta por una especie de ciencia ficción, hacer realidad una fantasía de Orfeo, el africano. Y en la segunda por una especie de realismo mágico en que ambos personajes salen volando en un sillón… Sin embargo, Olivier Nakache y Eric Toledano no saben encontrar un final para Samba ni un equilibrio en la tragicomedia que tienen entre manos. Pese a ello ambos directores realizan una película más madura y arriesgada que Intocable aunque plantean una historia menos cerrada, redonda y calculada.

Y tras el éxito descomunal (que personalmente no termino de entender como me pasó con 8 apellidos vascos) de Intocable, Samba no repite pero pese sus imperfecciones y tramas no cerradas cuenta con el acercamiento, de nuevo, de dos personas que unen sus vidas en un momento determinado y, pese sus distintas realidades y situaciones, conectan. Ella es una ejecutiva que acaba de sufrir el síndrome burnout y está en tratamiento, superándolo. Él es un sin papeles en París al que le acecha una orden de expulsión. Ambos coinciden a través de una ONG que trata de asesorar a los inmigrantes en casos extremos. Ella es voluntaria, él acude porque tiene un problema. Y a partir de ese momento surge una relación que se va construyendo y es absolutamente creíble… en parte gracias a la química y naturalidad que surge entre Omar Sy y Charlotte Gainsbourg.

Otra sorpresa agradable de Samba es conocer a uno de los amigos del protagonista, un falso brasileño vital y alegre, y descubrir que tras su rostro está un actor que hasta ahora había sorprendido tan solo con roles tremendamente trágicos y donde el actor mostraba sobre todo su rostro silencioso y callado, Tahar Rahim. El actor de origen argelino construye un personaje en las antípodas de lo que hasta ahora había realizado y sale airoso. Aunque su personaje que aparece como un rayo de luz en la película, desaparece sin previo aviso y deja sin terminar una historia que estaba siendo bastante interesante… (una de las imperfecciones de Samba).

Hay una escena donde los directores encuentran el tono tragicómico adecuado y es una fiesta que realizan en la ONG entre voluntarios, profesionales e inmigrantes. Es un momento clave y de acercamiento de varios de los personajes principales y donde los directores desnudan su forma de hacer cine: buscan hablar de cosas sociales, trascendentes e importantes pero en un ambiente de buen rollo, buenos sentimientos y festivo. No mienten.

Pese sus imperfecciones, Samba logra que te creas una historia entre dos personas que en un momento determinado de sus vidas… conectan y ambos se alimentan de esa relación. Y a ambos les sirve para avanzar, para tener una mínima esperanza, para volver a creer… Olivier Nakache y Eric Toledano muestran más cuidado y riesgo en la dirección aunque no son capaces de encontrar tono y el final adecuado…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Nightcrawler (Nightcrawler, 2014) de Dan Gilroy

nightcrawler

Un nightcrawler es una figura del periodismo sensacionalista que va con su cámara por la ciudad, normalmente por la noche, y está al acecho de los accidentes, los tiroteos, los escándalos públicos… Su habilidad es llegar antes que nadie a los sitios y grabar y después vender las imágenes a las televisiones locales. Quien pague mejor es quien se lleva la grabación. Indagando un poco más descubrimos que Nightcrawler es un superhéroe de la Marvel, un mutante de X-Men, es el rondador nocturno. Apareció por primera vez en 1975. Y mencionar estas dos cosas no es ningún despropósito porque la película de Dan Gilroy provoca un mal rollo increíble al contar la historia sin concesiones de un joven nightcrawler sin escrúpulos que va camino de convertirse en un superhéroe empresario a costa de aplastar a quien se cruce en su camino. Y es que Nighcrawler casi es un thriller de terror con un Jake Gyllenhaal que da mucho miedo pero que puede ascender y ascender por la sociedad en la que vivimos donde, por ejemplo, las audiencias de televisión se elevan cuanto más truculento y sensacionalista se es.

El protagonista Lou Bloom es un joven que no encuentra trabajo y es un superviviente nato. Se dedica a robar chatarra y venderla. Pero desde el principio, desde un robo que realiza nos damos cuenta de que aspira a mucho más. Él tiene claro que quiere triunfar a toda costa y encuentra su vocación un día por casualidad. Ve un accidente de tráfico y a un cámara veterano que graba todo… y le empieza a preguntar. No se lo piensa dos veces, roba una bicicleta y se compra una cámara de vídeo. Como un joven empresario de éxito se busca un ayudante, Rick (Riz Ahmed), que es un joven en situación de exclusión, solo y que necesita aferrarse a un trabajo… en prácticas con posibilidades de éxito. Y busca un canal de noticias locales donde llama la atención de la editora jefe, Nina (Rene Russo), que busca las imágenes más impactantes para subir la audiencia de su canal.

Lo terrorífico de Lou Bloom es su manera de comportarse, su manera de empatizar con el otro, su manera de grabar, su manera de manipular, su manera de crear noticias, su manera de eliminar obstáculos, competencias y barreras, su manera de ir ascendiendo… Y sin ningún atisbo de redención, sin un momento de mala conciencia, sin sombra de remordimiento. Todo por el éxito. Porque a Bloom la gente le importa un carajo, la utiliza para obtener un objetivo. Lou Bloom es un sociópata que triunfa. Y eso da mucho miedo. Pero da miedo porque hay una sociedad violenta y enferma que lo permite…, porque él capta las imágenes más escabrosas, las más impactantes, se acerca a lo más horrible, a lo más violento… No solo puede captar esas imágenes sino que luego hay una audiencia que no aparta la mirada del televisor.

El guionista Dan Gilroy dirige su primera película y presenta la cara oscura y perversa de Los Ángeles. Una ciudad nocturna pero fríamente iluminada, deshumanizada, que es captada por la cámara de Lou Bloom. La ciudad es casi una pesadilla, como las imágenes que captan los nightcrawlers. Y además cuenta con un actor como Jake Gyllenhaal que arriesga y es un camaleón brutal. Si en Prisioneros parecía que los tics del personaje eran suyos, aquí se transforma con esa mirada torva y esa cara aguileña así como su delgadez extrema. Una cara que cuando se ilumina con el foco de la cámara a veces es inquietante o también cuando rompe con su cabeza un espejo ante un fracaso pero también es capaz de sonreír y convencer, de manipular…, convierte a las personas en títeres, no siente dolor. Y es solitario por elección. Solo quiere el éxito. Su frase final es terrorífica y adquiere todo su significado viendo la trayectoria de Bloom: “Pero recuerden que jamás les pediría algo que yo no haría”. Pero ¿qué no haría Lou para alcanzar su propia cima?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Foxcatcher (Foxcatcher, 2014) de Bennett Miller

foxcatcher

Durante los noventa en la sección de sucesos de los periódicos y en otros medios de comunicación apareció una noticia que implicaba a un millonario de una histórica y aristocrática familia norteamericana, John du Pont, y a los hermanos Shultz (Mark y Dave), campeones olímpicos de lucha libre. El director Bennett Miller (Truman Capote, Moneyball) toma este suceso para reflejar una sociedad enfermiza en una excelente película, Foxcatcher, donde destaca lo que cuenta, cómo lo cuenta y su trío protagonista que construyen tres personajes complejos. Una incursión al lado oscuro del sueño americano durante los años del neoliberalismo (presidencia de EEUU, Ronald Reagan, 1981-1989).

Foxcatcher crea un triángulo en el que se establecen unos lazos que van tejiendo una tela de araña de la que es prácticamente imposible escapar y que atrapa a tres hombres para sumergirlos en una tragedia escalofriante. Pero Bennett Miller se toma su tiempo y con un ritmo elegante y pausado va hundiéndose en las corrientes ocultas que arrastran a los personajes. Miller construye poco a poco los hilos de esa tela de araña que hunde y envuelve. Importan los silencios, las miradas cruzadas, las soledades e impotencias de los personajes. Va narrando poco a poco una cacería del zorro…, como las que organizaba la aristocrática familia, donde la víctima va siendo cercada y asediada, sin escapatoria posible.

En ese triángulo, el punto en discordia es Mark Shultz (sorprendente Channing Tatum), luchador introvertido, frágil (tras su musculatura), influenciable, inseguro, solitario… que es atrapado por la oferta de Du Pont: le ofrece unas instalaciones millonarias así como una inversión en toda regla para él y el equipo olímpico de lucha libre para representar a EEUU en las Olimpiadas de 1988. Le suelta todo un discurso de deporte, patriotismo, ideales, valores y modelos que Mark absorbe. Además siente la posibilidad de independizarse de la influencia de su carismático hermano, Dave (también un campeón olímpico pero con todos los ingredientes de un líder), que desde siempre le ha cuidado y protegido y es su mejor entrenador. Du Pont empieza representando para él un modelo de padre que nunca tuvo… hasta que se siente irremediablemente atrapado y en las garras de un ser monstruoso. El millonario Du Pont (un irreconocible Steve Carell que construye un personaje oscuro más allá de su prótesis nasal) es un retrato escalofriante del poder enfermizo que corrompe, aplasta y destroza sin piedad con unos aires de locura y paranoia. Utiliza su dinero para atar pero ese dinero no oculta su patetismo, sus problemas emocionales, sus complejos y dependencias. Es una persona tóxica que teje sus hilos y amarra. Nunca se sabe cuando va a expulsar su veneno y su arsenal de humillaciones. Y por último Dave (carismático Mark Ruffalo), tiene todas las cualidades de un líder positivo y sencillo, campeón y buen entrenador. Dave teje los hilos de otra manera, él solo pretende proteger y siempre está al lado de su hermano al que siente frágil. Trata de mediar y de buscar lo mejor para los suyos. Le quieren. Dave no tiene dinero pero sí todas las cualidades que ansiaría John du Pont. Dave intuye el daño y se mete de lleno en el triángulo para proteger a su hermano y para conseguir una calidad de vida para los suyos. Ama, vive y siente la lucha libre y sabe que se está metiendo en una trampa que cree poder dominar…

Bennett Miller consigue crear una película pausada pero siempre inquietante y extraña. Du Pont es el elemento desestabilizador y oscuro, patético. Los espacios, los lugares, cada acto de los personajes, cada comportamiento… una vez en las instalaciones del millonario aguardan siempre un estallido, un algo que intranquiliza e incomoda. Y ese ambiente va enfermando a un frágil Mark que se siente incapaz de dominar la situación… hasta que vuelve de nuevo a tenderle la mano su hermano, Dave, que no le abandona y vela por él. El triángulo está formado. La película es abordada como un thriller psicológico complejo y apasionante que desemboca en una tragedia irremediable, ese destino pulula por cada fotograma de la película, se respira, se siente, inquieta.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Into the woods (Into the woods, 2014) de Rob Marshall

intothewood

Into the woods no es una obra cinematográfica perfecta (sobre todo porque Rob Marshall no se desmelena visualmente con el material de partida tan potente que tenía entre sus manos para dar paso a un mundo maravilloso) pero asume varios retos y sale victoriosa. Su análisis se convierte en apasionante. El material de partida es un musical de Broadway de Stephen Sondheim y James Lapine que se estrenó en 1987. Y a su vez este musical crea un espacio fantástico-metafórico, el bosque, donde van a parar varios personajes. Personajes del mundo de los cuentos tradicionales recopilados por los hermanos Grimm.

Rob Marshall pone en pie un musical que realiza una lectura de estos cuentos y no elude la visión dura y cruel que los hermanos Grimm imprimían a sus historias. Así se nota la firma del Stephen Sondheim más oscuro, como ya mostró en su mítica Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet, quien conoció recientemente una buena versión cinematográfica por parte de Tim Burton.

Uno de los aspectos más llamativos es que tras esta versión cinematográfica de Into the woods está Disney, que fue sin duda la firma que dulcificó (¡y cómo los disfrutamos!) varios de los cuentos de Grimm (y otros). Sin embargo, aquí apuesta por recuperar la esencia de esos cuentos, fundirlos y crear una reinterpretación (todo esto está en el musical de origen) y además sigue la estela de innovación temática en sus últimas obras cinematográficas: la ruptura radical del estereotipo del príncipe azul. No hay más que recordar los argumentos de Brave, Rapunzel, Frozen, Maléfica… y recordar el papel del príncipe azul (o es el malo, o no tiene cerebro, o es absolutamente anodino o directamente es eliminado como personaje).

Los personajes ficticios (y creados para este musical) que unifican a todos los personajes de estos cuentos tradicionales son una pareja humilde de panaderos que desean tener un bebé y se enteran a través de la hechicera, que es una vecina, de que tienen que romper una maldición que ella les echó hace tiempo (a la familia del panadero). Para ello deben conseguir en un plazo de tres días cuatro ingredientes para una pócima especial: una vaca blanca, un zapato dorado, una capa roja y una melena rubia como el trigo…

El musical (y por tanto la película) cuenta con dos partes muy claras: en la primera se recupera no solo la esencia de los cuentos de Grimm sino que además todos sus personajes consiguen cumplir sus deseos. Rob Marshall abre la película con la canción I wish que sirve para presentar de forma coral a los personajes y además presenta las motivaciones que llevarán a todos a cruzar el bosque, espacio mítico y transformador. Y una segunda parte, donde muestra que la consecución de los deseos no supone el final de los obstáculos, muros y miedos de cada uno de los personajes. Todos vuelven al bosque en un momento de amenaza y desolación descubriendo que realmente la felicidad no es tan fácil y que la vida siempre va a ser dura, que siempre vamos a equivocarnos, a sufrir las ausencias, a repetir nuestros miedos, a enfrentarnos a las mezquindades pero también a superar problemas, obstáculos y mejor si es en compañía de otros, a veces de los que menos esperas… Y que los sueños y los deseos sirven para combatir el miedo, para atreverse a avanzar, a experimentar, a seguir viviendo…

Los cuentos de los hermanos Grimm que recuperan vida en Into the woods son Cenicienta, Rapunzel, Caperucita Roja y, por último otro cuento tradicional Jack y las habichuelas mágicas. Toda la crueldad, violencia y dureza de estos cuentos se mantiene en la película. Así las hermanastras de Cenicienta se cortan un dedo y el talón para que el zapatito dorado les sirva. O no oculta la dura vida de Jack y su madre así como la maduración, a través de los golpes, de la inocencia de Jack. El lobo se zampa sin pudor a la abuela y a caperucita roja (que no es una niña deliciosa sino bastante compleja) y el príncipe de Rapunzel pierde la vista por las zarzas… Y así un montón de detalles más.

Pero curiosamente el personaje más anodino, el que menos se atreve a soñar, el más real y humano, el que arrastra más problemas y cargas psicológicas y familiares, el personaje más débil, con más miedo, con menos esperanza, el panadero, se convertirá en la segunda parte en el personaje clave para la resolución de la historia.

La película Into the wood cuenta con un reparto redondo que no solo ejecuta sus canciones perfectamente sino que además crean personajes llenos de posibilidades. Desde la bruja con una Meryl Streep que ya no tiene miedo a nada, a la maravillosa composición que realiza Emily Blunt de la panadera, pasando por su marido el panadero lleno de matices con rostro de James Corden (nunca olvidaré su escalofriante interpretación como adolescente obeso y problemático en la dura Todo o nada de Mike Leigh), sobrevolando por una Cenicienta de carne y hueso con el rostro de Anna Kendrick o con un príncipe azul infiel, Chris Pine, con una frase genial, “Me educaron para ser encantador, no sincero”; hasta llegar al cameo de un lobo con forma de Johnny Depp. La lástima es que Rob Marshall (que se está convirtiendo en realizador habitual de cine musical) se limita a ser correcto y no volar con la imaginación en una obra cinematográfica que podría haber hecho levitar a los amantes del cine musical… pero está muy cerca de conseguirlo. Es tan bueno el material de partida y los intérpretes que se enfrentan al reto, que su correcta pero no atrevida realización no perturba que el espectador pueda inmiscuirse en un bosque mágico.

Hay una breve conversación entre el príncipe azul y cenicienta, cuando ambos se dan cuenta de que no son la pareja ideal ni la deseada y soñada, en que se despiden: “Nunca olvidaré a la princesa que huía”, “Ni yo al príncipe lejano”, que define muy bien la reinterpretación de estos cuentos. El desear, el adentrarse en el bosque, el atreverse a dar pasos… les ha hecho simplemente conocerse mejor así mismos y asumir quiénes son y qué es lo quieren… aunque el resultado final no tenga nada que ver con lo soñado.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum/La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli

Hace setenta años que el ejército soviético entró en el campo de concentración de Auschwitz y se topó con el horror: un campo diseñado para el exterminio de seres humanos.

En estos momentos coinciden en la cartelera dos películas alrededor de la Segunda Guerra Mundial que tocan diferentes aspectos: la primera se centra en la figura del matemático Alan Turing y la segunda narra la historia de un joven fiscal alemán, Johann Erdmann, que en 1958 en Frankfurt se topa con una historia y unos documentos sobre Auschwitz totalmente desconocidos para él…

Las dos nos plantean distintas miradas, momentos y perspectivas para afrontar y conocer detalles de la Segunda Guerra Mundial y ambas centran parte de su trama en los años cincuenta, cuando aún el final de la guerra estaba muy cerca. Una es de nacionalidad británica y la otra alemana. Las dos se sirven de una narrativa cinematográfica clásica y correcta pero ambas narran historias que atrapan y plantean temas y reflexiones necesarias.

Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum

descifrandoenigma

El director noruego Morten Tyldum pone en pie un biopic con las luces y sombras de un personaje atractivo, el matemático Alan Turing. Tyldum cuenta con un reparto acertado, una estructura cinematográfica efectiva y un personaje femenino desconocido, Joan Clerk, fuerte y tremendamente atractivo que aporta luz a la historia.

Como todo biopic muestra una mirada y un punto de vista, elude algunas partes de la historia del biografiado, hace hincapié en otras, ficcionaliza algunos aspectos, deja entrever ciertos puntos interesantes pero, al final, Descifrando Enigma logra despertar interés hacia la personalidad que retrata, Alan Turing.

El matemático tiene el rostro y la voz del actor británico Benedict Cumberbatch y en la película se estructura su vida en tres momentos cruciales que se entrecruzan a lo largo del metraje: su detención en 1952 por parte de la Policía donde se le condenaría por su homosexualidad. Su estancia en la escuela donde se haría amigo de un alumno más mayor que él, Christopher. Una amistad que le marcaría para siempre. Y por último (y el tramo más extendido) su trabajo, junto a otros compañeros (entre ellos una única mujer, Joan Clerk), para meterse en las entrañas de Enigma, una máquina con la que los alemanes creaban códigos con mensajes estratégicos para el curso de la guerra.

Varios son los elementos que me han atrapado de la trama. Primero cómo se sirve de la figura de Joan Clerk (Keira Knightley), más desconocida todavía que Turing y por lo tanto un buen vehículo para ficcionalizar, para tocar distintos aspectos de la personalidad de Turing y mostrar su cara más vulnerable y cercana. Así la película dibuja una interesante relación entre ambos donde los dos conectan y sus mentes se unen. Ambos tienen dificultades para salir a luz y poder desarrollar sus inteligencias: ella, por ser mujer en los años cincuenta y él por ser homosexual, además de otros aspectos de su personalidad que le hacen diferente como su dificultad en establecer relaciones emocionales con las personas, en los mismos años. Pero logran unirse. Ella sirve también como catalizadora para mostrar a un Turing destrozado e impedido para seguir trabajando con su inteligencia por la intrasigencia del momento.

Segundo, y quizá lo menos tocado –pero sí apuntado– por ser lo más espinoso, los tejemanejes durante la guerra entre los aliados, los intereses políticos y estratégicos, los trabajos de espías internacionales… que terminan además minando las relaciones de confianza que se establecen entre los jóvenes que se implican en el proyecto de descifrar Enigma. El máximo representante de este tramo es el personaje en la sombra de Mark Strong. Y unido a este punto el tercero, las implicaciones morales y las decisiones que se toman en una guerra desde la estrategia ‘jugando’ con la vida de los combatientes y civiles como si fueran las fichas de un tablero de ajedrez. Así en la película reflejan este hecho en un momento crucial: una vez descubierto el mecanismo de Enigma, todos se vuelven conscientes en un instante escalofriante de que no pueden evitar la destrucción de un objetivo militar (y las muertes que esto conlleva) pues dejarían al descubierto que han descifrado los códigos y su trabajo no serviría para absolutamente nada…

Y cuarto como a Turing no le sirve de nada su brillante inteligencia matemática para luchar contra la intransigencia de una sociedad. Los aliados acabaron con el horror nazi pero no con sus propias actitudes intransigentes y represivas que juzgan a un individuo por su sexualidad. Así a Turing le condenan o bien a la cárcel o al sometimiento de una castración química… y todo esto pudo con una mente privilegiada.

La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli

laconspiraciondelsilencio

La conspiración del silencio es el primer largometraje del director de origen italiano pero afincado en Alemania Giulio Ricciarelli y encara una historia potente desde una narrativa cinematográfica clásica. A través de un tono frío y austero pero donde deja asomar las emociones contenidas, una cuidada ambientación, y unos actores con carisma (entre ellos el joven alemán Alexander Fehling) aborda cómo se llevó a cabo el proceso de Frankfurt-Auschwitz que duró de 1963 a 1965. Es decir, refleja las bambalinas del proceso, cómo se pudo llevar a cabo. Este proceso supuso la detención de veintidós nazis que participaron en el horror de Auschwitz y diecisiete de ellos terminaron siendo condenados. La importancia de este juicio es que fueron los propios alemanes los que tomaron las riendas y trataron de terminar con el silencio de lo que ocurrió realmente en la Segunda Guerra Mundial y tomar responsabilidades sobre su actuación. Fueron los alemanes los que quisieron escuchar a las víctimas.

Durante el Gobierno de Adenauer, mientras se trabajaba por la reconstrucción de Alemania y su recuperación, también se impuso el silencio y el olvido. Tras los juicios de Nuremberg, que fueron realizados por los aliados, cayó el silencio y la falta de memoria. Se pretendía ese olvido para construir y avanzar, mientras por las calles, muchas víctimas heridas, amordazadas por la indiferencia, y muchos responsables nazis impunes ocupando puestos de poder u olvidando sus responsabilidades o sus horribles asesinatos. Así estos juicios durante los años sesenta fueron el primer paso para terminar con el silencio y muchos jóvenes alemanes se enfrentaron con su historia pasada.

La película La conspiración del silencio toma a un joven fiscal que vive en la ignorancia cómoda del pasado, Johann Erdmann, y cómo se enfrenta al pasado de su país al hacerse cargo de la investigación para llevar a cabo el proceso de Frankfurt. Johann Erdmann vive todo un proceso (de la ignorancia al conocimiento, a la desilusión y desesperación, a la herida de descubrir su propio pasado y el peso de su herencia, hasta continuar en la lucha) y se hunde en el laberinto y desesperación hasta que asume ese pasado y sobre todo, finalmente, se da cuenta de la importancia de que ese proceso se lleve adelante.

Hay un momento escalofriante y es el descubrimiento del joven Johann Erdmann en la embajada estadounidense de todo el archivo existente sobre Auschwitz porque los nazis dejaron absolutamente todo escrito con un lenguaje burocrático y frío. Cree que se llevará tan solo unas carpetas y de pronto le muestran todo un laberinto enorme de estanterías y documentación. También plantea y deja ver muchos movimientos estratégicos e intereses para que se pueda llevar a cabo la investigación, así el joven fiscal se obsesiona con el doctor Mengele y llega un momento en que quiere centrar su investigación en él, de tal modo, que pueda conseguir su detención. Se topará, sin embargo, con otros obstáculos con los que no contaba y que minan todavía más su temple…

La conspiración del silencios sigue planteando cuestiones, que no solo no pueden caer en olvido sino que es necesario continuar reflexionando.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or the unexpected virtue of ignorance, 2014) de Alejandro González Iñarritu

birdman

Hasta el último fracasado lleva un superhéroe a cuestas porque vivir día a día es una aventura de riesgo y mejor que nadie lo sabe Riggan (Michael Keaton…, para quitarse el sombrero), actor de segunda en Hollywood que tuvo su momento de gloria cuando realizó una serie de películas de un superhéroe especial, el hombre pájaro. Ahora busca una oportunidad de prestigio en Broadway, quiere ser actor reconocido, y se mete en la aventura de poner en pie en un teatro una obra sobre relatos de Raymond Carver bajo el título ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor? (el mismo título de uno de sus libros de relatos)… Son los días previos al estreno, con el inesperado percance de uno de sus actores principales, y toda su vida emocional, como hace años, patas arriba. El delirio, el ritmo y la emoción están servidos.

Alejandro González Iñarritu sigue experimentando con las formas de contar una historia, continúa ahondando en las relaciones personales y las emociones pero se pasa a la tragicomedia para reflexionar sobre el cine, el teatro, la ficción, los actores, los personajes, el amor, el desencanto… y sale así airoso de su separación profesional del guionista Guillermo Arriaga, supera su bache con Biutiful y da un giro necesario en su trayectoria que le hace resurgir como cineasta con mucho que narrar en forma de cine.

Y es que Riggan, su protagonista, combate el estrés y el miedo con su álter ego siempre a su espalda que le recuerda tiempos de gloria y sus poderes supranaturales. Con su voz grave el hombre pájaro le incita a recurrir al terreno seguro y sin riesgo, seguir siendo superhéroe de pacotilla, pero esa vuelta también es un espejismo, porque Riggan es un hombre cada vez más mayor y cansado (cansado de volar)…, que quiere ser reconocido como profesional, como actor. Quiere que le admiren, que le quieran. Le pesa tanto la absurda fama del hombre pájaro… Riggan quiere mantenerse a flote, no seguir siendo un patético actor que fracasa no solo en su profesión sino también en su vida personal con su hija (Emma Stone), con su ex esposa (Amy Ryan) y con su pareja actual y una de las actrices de su obra (Andrea Riseborough). Riggan quiere una fama que es también un espejismo porque ahora las nuevas tecnologías están cambiando el concepto de este término y los caminos para llegar hasta a ella…

Riggan solo quiere ser un hombre amado y que su obra le dé prestigio, y no tener problemas u obstáculos…, pero los días previos al estreno le convierten en el hombre más vulnerable que hace esfuerzos por no estallar frente a los interminables problemas de última hora que se le van acumulando: problemas sentimentales, con su hija, con el actor principal, con el sustituto (… Edward Norton, sin palabras), con las sesiones de preestreno, con una crítica de teatro (Lindsay Duncan), con su insegura actriz principal (Naomi Watts), con su mejor amigo que tira y tira para que el espectáculo no se derrumbe (Zach Galifianakis), con sus dependencias, con sus recuerdos amargos…

Pero es la crítica, que no quiere dar la más mínima oportunidad a un ridículo hombre pájaro de celuloide, la que en un periódico plasma las palabras clave para entender a un delirante y desesperado Riggan, que se siente al borde del abismo emocional en todo momento, porque como dice la periodista (en su breve pero importante intervención) es esa “inesperada virtud de la ignorancia” la que logra hacer renacer al actor fracasado y que se arriesgue sin red al máximo. Es esa “inesperada virtud de la ignorancia” la que le hace volar de nuevo como un ave fénix o estrellarse como un Ícaro mitológico… y remover así los escenarios con las palabras amargas de Carver.

Alejandro González Iñarritu cuenta las peripecias del hombre pájaro entre bambalinas, corriendo por pasillos, subiendo a áticos, abriendo o cerrando puertas, en los camerinos, en las escaleras, encima del propio escenario o recorriendo un tramo de la calle Broadway (incluso andando rápido en calzoncillos)… con el estrés de un trucado pero efectivo plano-secuencia. Y Riggan es también un solo frenético y maravilloso de batería que persigue su estrés y miedo hasta la culminación final de caída y resurrección. Mientras, en este recorrido delirante, le acompañan un séquito de estrellas caídas o al borde del abismo que se hacen no obstante brillar unas a otras en momentos intensos o íntimos, emocionantes: el actor insoportable pero por puro miedo, la hija dependiente, desencantada y lúcida, la actriz insegura pero con la ternura por delante, la amante cínica con corazón grande, la ex que sigue dejando un beso en la mejilla como un agradable fantasma del pasado o el amigo frenético pero siempre fiel…

Y al final te quedas como esa hija de inmensos ojos azules que mira por la ventana y sonríe… porque ha visto algo inesperado.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Tres proyecciones transformadoras en la sala de cine. Sueño de invierno (Kis uykusu, 2014) de Nuri Bilge Ceylan/ Jauja (Jauja, 2014) de Lisandro Alonso/ Mr Turner (Mr Turner, 2014) de Mike Leigh

Sueño de invierno (Kis uykusu, 2014) de Nuri Bilge Ceylan

sueñodeinvierno

… cuentan que Capadocia es territorio de caballos salvajes. En la película Sueño de invierno del director turco Nuri Bilge Ceylan, Aydin –actor y escritor frustrado, dueño de un hotel y terrateniente a su pesar– sale una noche de invierno de su refugio, el hotel, y va a una cuadra donde se encuentra encerrado un caballo salvaje que recientemente ha adquirido y comprado –lo cazaron para él–, lo saca del habitáculo donde está encerrado y deja que se marche, que huya, que vuelva a ser salvaje. Es un gesto simbólico pues él ha descubierto, en poco tiempo, las cárceles interiores que les hacen vivir en un limbo continuamente insatisfecho a él, a su joven esposa y a su hermana… pero son esas cárceles los que les mantienen unidos, dependientes y los que les hacen sobrevivir o buscar motivos para continuar.

Nuri Bilge Ceylan estructura su relato en largos diálogos entre distintos personajes en interiores con ventanas o puertas que dejan descubrir un paraje cubierto de nieve. Aydin con su ayudante o con distintos turistas, Aydin con su esposa o con su hermana, los tres juntos, su esposa y su hermana… Todo parece controlado y tranquilo en el hotel Othello, rústico y hermoso. Aydin es un intelectual con propiedades que tras abandonar su carrera como actor, mientras dirige el hotel y deja en manos de otros sus alquileres y arrendamientos, pretende escribir un libro sobre la historia del teatro turco. Un hecho trastoca la vida tranquila en el hotel Othello (un niño silencioso que lanza una piedra al cristal del todoterreno de Aydin y está a punto de provocar un accidente)… y las máscaras caen y las heridas surgen, el equilibrio se rompe. Nada es tan plácido como parece. Los personajes viven más bien una pesadilla de invierno que estalla en una catarsis etílica que devuelve la calma al caos. Pero ahora todos son más conscientes de sus cárceles interiores…, ahora solo queda seguir viviendo aferrándose cada uno a la máscara que le conviene.

El espíritu de Chejov se expande por el relato cinematográfico de Nuri Bilge Ceylan (él mismo cuenta que la base de su historia, cuyo guion ha trabajado junto a su esposa y colaboradora, se encuentra en tres relatos del autor ruso). Y a mi cabeza regresaron ambientes y catarsis de la dramaturgia de Chejov. Esos ambientes como aquí no pasa nada solo el tiempo y sin embargo dialogando te quito máscaras, te desarrollo conflictos y te muestro la melancolía que arrastra la vida a lo tío Vania o tres hermanas. El director turco desnuda a sus personajes a través del diálogo en un paraje peculiar y hermoso cubierto de nieve y nos lleva con ellos a un desprendimiento de máscaras y a un sentimiento trágico de la vida… Ese niño silencioso y su familia provocan un tsunami en la aparente tranquila vida del hotel Othello… y obliga a despertar a tres personajes de su plácido sueño…

Jauja (Jauja, 2014) de Lisandro Alonso

jauja

Un viaje enigmático es lo que propone Jauja del director argentino Lisandro Alonso. Jauja empieza con un diálogo entre un padre y una hija donde esta expresa su deseo de tener un perro que la siga a todas partes. Después un cartel nos informa de que Jauja es una tierra mitológica y que todos aquellos que intentaron encontrarla se perdieron en el camino. Más tarde conocemos a ese padre que es un militar danés, Gunnar Dinesen (Viggo Mortensen), que parece trabaja para el gobierno argentino que lleva adelante, con crueldad y sin miramientos, la conquista del desierto de la Patagonia contra los indígenas autóctonos, “cabezas de cocos”, a finales del siglo XIX. Gunnar Dinesen ha viajado con su joven hija de 15 años, Ingeborg. Y esta a su vez se enamora de un joven soldado argentino y los dos huyen una noche por un paraje inhóspito.

Gunnar Dinesen emprende entonces un viaje para buscar a la hija perdida y poco a poco ese viaje va teniendo giros sorprendentes donde el elemento fantástico aparece en todo su esplendor cuando termina en la cueva de una anciana danesa con un perro. De pronto se interrumpe brutalmente el viaje iniciático y extraño de Dinesen para trasladarnos a un viejo palacio danés, en pleno siglo XXI, para ser testigos del despertar de una joven con el rostro de Ingeborg pero distinto nombre que tiene un perro (semejante al de la anciana) que ha sufrido su ausencia –parece que ella ha regresado de un largo viaje– y en su paseo por un jardín con inspiración romántica encuentra un soldadito de madera exactamente igual al que en su día encontró Ingeborg junto al soldado argentino, y que también fue el único rastro que pudo hallar Dinesen en su infructuosa (¿o no?) búsqueda y que entregó a la anciana de la cueva, que recibe el presente con inmensa ilusión.

Así Jauja encierra enigma y preguntas sin respuesta. Encierra al espectador en un viaje sin retorno y lo atrapa en la belleza de un espacio y un tiempo misterioso donde nada es lo que parece y donde las explicaciones racionales no tienen sitio. Lisandro Alonso realiza un planteamiento formal que ayuda a crear realmente un espacio mítico. Con un formato cuadrado (académico) con esquinas redondeadas y el color especial que imprime el director de fotografía Timo Salminen (que ha trabajado durante años con Aki Kaurismäki) así como una especie de evocación a viejos westerns con personajes que viajan sobre su caballo a tierras prometidas, Lisandro Alonso crea una enigmática y sugerente obra cinematográfica.

Mr Turner (Mr Turner, 2014) de Mike Leigh

mrturner

Mike Leigh decide llevar a la pantalla la vida de J.M.W Turner, pintor británico del siglo XIX, del que muchos espectadores (incluida la que esto escribe) tienen conocimiento de alguno de sus cuadros y una ignorancia absoluta sobre su existencia, su personalidad, el ambiente en el que se movía, las personas que conocía y las motivaciones de sus trazos. El director británico huye del biopic al uso y sus claves y entrega un retrato de Turner (Timothy Spall) apasionante…, así como también el retrato de uno de los personajes femeninos más tristes que se ha podido ver últimamente en una pantalla de cine.

En un momento, Turner habla con Mary Somerville, una mujer dedicada a la ciencia, sobre el color. Y este le dice que el color es contradicción. Y así realiza Leigh el retrato de Turner sobre las contradicciones que perfilaron su personalidad y su vida. Así refleja, entre otras contradicciones, su comportamiento radicalmente distinto con dos mujeres importantes en su vida: con su fiel ama de llaves, Hannah Danby (sorprendente Dorothy Atkinson) y con una encantadora viuda que vive en una casita frente al mar en Chelsea, la señora Booth (Marion Bailey). Hannah Danby es la mujer invisible y olvidada que vive para Turner sin que este tenga un dulce detalle con una mujer que respira únicamente por él. Mujer insignificante en muchos aspectos y tremendamente afectada (vemos el deterioro de su piel) por las pinturas y los productos que emplea Turner para la elaboración de sus cuadros… queda en el olvido y el dolor, ella se ha quedado con las sombras de Turner y le ha amado. La señora Booth se convierte en la Afrodita del amor, en el descanso del guerrero, en el refugio de un hombre que nunca se había sentido amado… y conoce la parte luminosa del pintor.

Mike Leigh captura a Turner en un momento doloroso de su vida, un momento que le trastocó y le sumió en una crisis personal, la enfermedad y la muerte de su padre. Además de llevarnos de la mano por la intimidad del artista (su compleja vida familiar), realiza una radiografía crítica por los espacios sociales y culturales por los que se movía (por ejemplo, muestra el ambiente y el funcionamiento de la Real Academia de las Artes británica), también despierta el interés hacia personalidades con las que se codeaba como otros pintores, críticos de arte, personalidades del panorama social y real…

Leigh hace hincapié en las sombras… para explicar al pintor de la luz. Con una ambientación detallista, descubrimos el mundo de la pintura y los colores (y la agresividad de los materiales que podía afectar a los pulmones y a las pieles), su universo visual, sus fuentes de inspiración… y un Turner que pincelada tras pincelada agazapaba sus múltiples sombras. También narra con belleza un momento de cambio…, Turner se acerca con curiosidad y suspicacia a un nuevo invento que abre otras posibilidades artísticas, el daguerrotipo… De nuevo el cine y la pintura ofrecen un diálogo rico que no acaba.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Retrato de Aida (Retrato de Aida, 2014) de Antonio Gómez-Olea. Retrato en seis pinceladas

elretratodeaida

Primera pincelada. Aida Folch

… y quizá el primer destello de Aida Folch en una pantalla de cine fue un poco de luz en el paisaje triste y sin esperanza de los personajes de Los lunes al sol. Despacio, y sin pausa, va construyendo su trayectoria cinematográfica. A veces hay casualidades que conforman las corrientes subterráneas que construyen una vida. Y cuando Antonio Gómez-Olea tenía claro que quería atrapar cómo se crea un retrato de la mano del pintor Guillermo Oyagüez Montero en un documental, apareció Aida Folch y la posibilidad de que fuese la modelo elegida. Y el proyecto se convirtió en real. Así la actriz, cuando estaban dando los últimos retoques para empezar el documental, les comentó que en esos momentos andaba casi terminando un rodaje, El artista y la modelo de Fernando Trueba. Así que sabía o intuía cuál iba a ser la naturaleza de la aventura en la que se embarcaba. Así como también podía tener claro la importancia del vínculo que se establecería entre la persona retratada y el que pinta.

Segunda pincelada. Guillermo Oyagüez Montero

Pintor malagueño que con un pincel y un lienzo encuentra su universo en el arte figurativo. Autorretratos y otros rostros, naturalezas muertas, paisajes… y un uso especial del color. Un arcoíris de tonalidades que le invadió e inspiró del todo cuando encontró una paleta inimaginable en la isla de Holbox, en México, su paraíso particular. Texturas, volúmenes, formas y colores… y el mundo en un lienzo. O en un retrato. El retrato de Aida… y el proceso atrapado por una cámara.

Tercera pincelada . Encuentros

Antonio Gómez-Olea orquesta el encuentro de manera sencilla. Imprime un ritmo. Y deja que fluya una conexión especial entre modelo y artista. El suspense se dibuja en la pantalla blanca. ¿Surgirá una cierta conexión?¿El retrato será terminado? ¿Merecerá la pena filmar los encuentros? Aida termina mostrando la persona que es, nada que ver con la imagen proyectada. Y ahí se tira sin trampolín, sin máscara en el rostro. Guillermo disfruta en el proceso pero cuenta también sus miedos de artista. Sus dudas sobre si plasmará en el lienzo lo que quiere y siente. Si el resultado final merecerá la pena…

La cámara de Gómez-Olea confía en que lo captado en el estudio del pintor sea el material de su documental. Proceso creativo. Diálogos. Preguntas y respuestas. Un paréntesis al paraíso del pintor… La isla de Holbox. Y el viaje del cuadro a su destino final: la casa de Aida. Y es cierto, no es necesario más material para realizar un plácido viaje a un proceso creativo concreto: la realización de un retrato.

Cuarta pincelada. El retrato

Y así el espectador se encuentra con el tercer protagonista, el propio retrato y la razón de este documental. Desde los bocetos, hasta los primeros trazos, las rectificaciones, los procesos del color, de las formas, del volumen… Y ante nuestros ojos el lienzo sufre una metamorfosis continua hasta el resultado final. La importancia de una mano, la dificultad de los pies, el toque rojo de unos zapatos, lograr captar una expresión: el contorno de unos ojos, la forma del cuello, el revuelo del pelo… El proceso creativo de un cuadro. En un espacio determinado, en un tiempo. Y en ese espacio y ese tiempo no irrumpe el exterior, si acaso el ruido que provoca una tormenta. Hay una intimidad y una complicidad especial.

Cuando no existía el cine, el retrato era lo más parecido al primer plano (pero a ese primer plano con significado y sentido dentro de un relato cinematográfico). Así el director se sirve del primer plano para deconstruir el rostro de Aida, para descubrir el detalle o para reflejar la mirada de Guillermo, el pintor. Su sonrisa, su mano, sus ojos, su cuello… Y a la vez también se plasma en la pantalla blanca el primer plano del artista que crea, que escucha, que duda, que mira, que contesta, que reflexiona… Retrato de Aida es la historia de una trinidad: la modelo, el artista y el retrato.

Quinta pincelada. Historias de otros retratos

La misteriosa complicidad e intimidad entre modelo y artista ha sido un tema reflejado en el cine. Porque de ese espacio íntimo y propio que crean surge la obra artística y su alma… y eso siempre ha sido un misterio difícil de desentrañar. De eso trataba La joven de la perla de Peter Webber o la propia El artista y la modelo de Fernando Trueba. No olvidemos que el poder de un retrato se ha convertido en elemento clave de una trama. Retratos que encierran incluso la eternidad. U otros que inspiran un amor imposible o una ensoñación al admirador del cuadro. Así nos vienen a la cabeza La mujer del cuadro, Laura o Jennie. Otros recogen la tragedia de una vida, un cuadro que termina convirtiéndose en mito como el retrato de la indígena María Candelaria.

El documental Retrato de Aida vive este proceso creativo como algo bonito, natural, sencillo y especial. Con poco riesgo formal, con un uso correcto del lenguaje cinematográfico pero sin experimentar con él, sino con un pincel-cámara que apuesta por captar y atrapar esa intimidad desnuda sin más.

La fusión entre actriz de cine, proceso creativo y pintura me trae a la cabeza un ejemplo real en sentido inverso. Y me explico. Un nombre: Andrée Madeleine. Esta mujer fue la última modelo de un ya muy enfermo Jean Pierre Renoir. Retratos impresionistas de la dama. Pero la misma mujer, se convirtió en la primera esposa de Jean Renoir, el hijo del pintor impresionista y cineasta con futuro. En sus primeras películas de cine mudo, su actriz protagonista fue Andrée Madeleine (pero con el nombre artístico de Catherine Hessling), la modelo que retrató su padre en sus últimos cuadros. En ese momento su rostro ocupaba en primer plano una pantalla de cine. Hace poco hubo una película de Gilles Bourdos que recreó esta historia.

Así la actriz Aida Folch, actriz de cine que proyecta una imagen determinada a sus espectadores, se convierte en modelo de un pintor que trata de encontrar la mujer detrás de la actriz, captar su esencia, su primer plano en la vida, y traspasarla a un lienzo. No basta una sesión de fotografía (que también es otro proceso interesante… pero eso es otra historia) y tomar una imagen para completar el cuadro… El pintor necesita de ese espacio y ese tiempo único e íntimo para captar ese algo que dará el toque a su cuadro.

Sexta pincelada. El tiempo

Retrato de Aida nos habla también del tiempo. El tiempo empleado para crear una buena obra artística. Un tiempo especial, sin prisa con calma. Sin segundos que corren. La pintura con detalle y matices. Con una mirada al interior. Donde hay tiempo para filosofar, reflexionar, conversar, conocer al otro y a sí mismo…, un tiempo para rectificar, corregir, volver a empezar, plasmar miedos, hablar de dificultades…, superar obstáculos y crear un retrato al óleo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La señorita Julia (Miss Julie, 2014) de Liv Ullmann

señoritajulia

Una buena obra de teatro puede sufrir varias metamorfosis apasionantes. Primera fase: el texto que vomita el autor. Segunda fase: la interpretación de cada uno de los lectores. Tercera fase: el análisis y estudio que realice el director de la obra para ponerla sobre el escenario. Cuarta fase: la mirada de cada espectador de teatro. Quinta fase: la representación contemporánea con el ‘tiempo presente’ del autor. Sexta fase: las representaciones con distintos directores y miradas de espectadores a lo largo del tiempo y en lugares e idiomas diferentes. Séptima fase: la esencia que atrapan cada uno de los actores que se meten en los personajes representados. Octava fase: el traslado del lenguaje teatral al cinematográfico. Novena fase: la distinta mirada y captura del espíritu de la obra por distintos directores de cine así como el sello que imprimen los actores cinematográficos. Décima fase: mirada del espectador de cine… Después de todo este proceso, que aún no ha terminado (una buena obra de teatro es un texto siempre vivo…), nos encontramos con La señorita Julia de Liv Ullmann. Y sin traicionar la esencia del texto y la dramaturgia de August Strindberg, la directora crea una película personal con una mirada propia y se ayuda además por un trío de actores que aportan su carisma y el arte de la actuación a la construcción compleja y rica de sus personajes (Jessica Chastain, Colin Farrell y Samantha Morton).

Primera ruptura con la obra original. Liv Ullmann crea una estructura redonda y por supuesto no emplea el escenario único: su película empieza con un breve flash back de una niña solitaria, la señorita Julia, en su enorme casa en un día clave de su vida (la niña es consciente de la muerte y la ausencia de la madre) y termina paseando en su hermoso y eterno jardín, casi un edén, recreándose con un juego en el río: ve cómo la corriente arrastra pétalos de flores. Cuando esa niña regresa hacia su mansión, vemos que ya es una joven… Y la película termina con una señorita Julia que vuelve a salir de esa mansión (su palacio de cristal-cárcel) para pasear de nuevo por ese jardín secreto y terminar en ese río donde volverá a jugar con unos pétalos de flores que finalmente se teñirán de sangre. Flores y sangre.

Liv Ullmann enmarca su película con dos muertes: la de la madre y la hija. Y todo lo que ocurre entre medias es en la noche de San Juan. Una noche de San Juan en una mansión aristocrática de Irlanda a finales del siglo XIX (no en Suecia como en la obra original). Una noche de verano festiva que va acompañada de rituales donde todo el mundo cambia de máscaras, como si todo estuviera permitido, hasta la luz del amanecer. Lo pagano se mezcla con lo religioso. Así nos introducimos en tres cárceles físicas y espirituales de tres personajes complejos y torturados que esa noche estarán solos en esa mansión. El conde, el padre de Julia, es un ausente presente…, esa noche festiva no está pero sí se encuentra siempre en boca de los tres protagonistas. Aunque la mayor parte de las escenas ocurren en el escenario original, la cocina. Sus personajes se mueven por otros aposentos de la casa, además de por el patio que rodea la casa. Y sabemos que hay jolgorio, además de por cómo nos lo cuentan porque escuchamos los ruidos externos.

La esencia de Strindberg, una tragedia naturalista, sobrevuela en una película con una puesta en escena elegante y una belleza formal continua que resalta más la dureza de muchos de sus diálogos y los actos de los personajes. Una película que hace hincapié en una lucha despiadada de poderes. Poderes entre hombre y mujer y poderes entre clases sociales. El cambio de roles es continúo. Los que están arriba, caen. Los que están abajo, se elevan. Y viceversa. La lucha es encarnizada. Y de nuevo es de esas obras (que se traslada perfectamente a lenguaje cinematográfico) donde se vislumbra el poder de la palabra. Que también puede ser destructivo.

señoritajulia

Pero Ullmann ofrece su mirada personal sobre la obra y la enriquece. Porque la directora trata de entender a sus personajes y convierte a los tres en verdugos y víctimas. Hace hincapié en este aspecto. Nos muestra el encarcelamiento de sus espíritus, el poco horizonte que ofrece la vida a los tres. Nos muestra sus máscaras oscuras pero también sus luminosidades. Y ese tratar entenderles, hace que desaparezca la misoginia compleja (y apasionante para analizar y estudiar porque además no impedía que el autor crease personajes femeninos de personalidades arrolladoras) del autor y que se centre más en las cárceles sin posibilidad de salida de sus personajes, en la brutal lucha de clases y la situación de la mujer relegada a la invisibilidad y a estrictos comportamientos sin posibilidad de libertad y desarrollo como la joven aristócrata encerrada en su palacio de marfil. O cómo cada uno trata de aferrarse a la felicidad como puede: unos soñando con proyectos imposibles (con alcanzar las alturas), otros aferrándose a la fe religiosa, otras creando una vida llena de mentiras de jardines secretos y amores de princesa donde el sexo es reprimido y aplastado…, hasta que esa noche de San Juan se quitan las máscaras brutalmente. Y las durezas y fragilidades de cada uno quedan en evidencia. Pero unos logran sobrevivir y otros no, la señorita Julia no cuenta con los instrumentos para aguantar los golpes y el dolor de la vida…

Uno de los aciertos más bonitos de Ullmann es dar una mirada especial y más relevancia al personaje de la cocinera. Así Samantha Morton logra plasmar una humanidad muy especial a su personaje, entendiendo incluso sus máximas contradicciones. Otra aportación magnífica de la directora (y actriz bergmaniana…, también se nota la huella de Bergman, otro admirador del teatro de Strindberg) respecto a la obra original es que los dos actos más relevantes de la obra que transcurrían tras bambalinas, ella nos deja que seamos testigos de esos dos momentos perfectamente resueltos (y que enriquecen la trama y los personajes): el encuentro sexual entre Julia y John, el sirviente, y el suicidio de Julia. Por otra parte, la directora es totalmente fiel no solo en los diálogos y lenguaje empleado sino a ciertos elementos imprescindibles de atrezzo: como la navaja, la jaula y el pájaro, la cerveza y el vino, la cocina, o el beso en el zapato y en la bota… y todo aderezado con sumo cuidado con piezas de música clásica donde destaca trío para piano número 2 de Franz Schubert que ya empleó magníficamente Kubrick para su Barry Lyndon.

La señorita Julia de Liv Ullmann es un disfrute por muchos motivos: porque parte de una obra de teatro potente, de tres actores que se entregan a fondo en la construcción de sus personajes, y de una elegante puesta en escena de la directora al servicio de una historia que se nota que conoce, ama y respeta.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Magia a la luz de la luna (Magic in the moonlight) de Woody Allen

magiaalaluzdelaluna

Sophie (Emma Stone) percibe “impresiones mentales” que le hacen adivinar los secretos ocultos del alma de toda persona que se relaciona con ella. En ella, en esa joven, está el misterio, lo inexplicable de la vida, y lo demuestra en sus sesiones de espiritismo en las que logra conectarse con el más allá. Así Woody Allen vuelca también sus “impresiones mentales” en su última película Magia a la luz de la luna y bajo una aparente y sencilla comedia de amor, emulando a las screwball comedies y la guerra de sexos, filosofa sobre los grandes temas que le han preocupado siempre a lo largo de su filmografía.

Así Woody Allen vuelve a hacer un viaje al pasado, a los locos años 20, a Europa (ya lo hizo hace relativamente poco en Midnight in Paris) y nos presenta a un mago racional y pesimista, ególatra y narcisista (elegante Colin Firth)… que trata de desenmascarar a una joven médium y a su madre que están, en teoría, engañando y desplumando a una millonaria familia. El encargo viene de otro mago, mejor y único amigo del protagonista y amigo a su vez de la supuesta familia estafada. Así que Stanley, que así se llama nuestro escéptico mago, se ve enredado en la mirada y la sonrisa de Sophie. De pronto, ella con su misterio y como portadora de lo inexplicable da un sentido a la vida, una explicación posible a la nada, una esperanza… Y el escéptico se siente vencido y arrebatado. De pronto descubre que quizá no todo es tan lógico y a la vez tan sin sentido, y que tal vez haya más magia de la que imagina.

La presencia de la magia o del espiritismo no es nuevo en la filmografía de Woody Allen. Es como si el director tratara de que sus personajes lograran una cierta tranquilidad en su relación con lo inexplicable, alimentando esperanzas. Como si lo racional y lo lógico no hiciera feliz a sus personajes y sí dejarse llevar por lo misterioso, por lo que el ser humano no puede explicar pero siente que está ahí, por esas “impresiones mentales” que emanan por el aire. Así Allen se ha dejado llevar por la magia y el espiritismo o incluso por los viajes en el tiempo en La maldición del escorpión de sangre, Scoop o Conocerás al hombre de tus sueños… Personajes que encuentran un motivo para vivir e ilusionarse.

Así Allen crea un inteligente debate sobre la razón y lo espiritual bajo una aparente sencillez (y parece que este debate está últimamente en varias películas en cartelera pero en forma de ciencia ficción). Y esa sencillez hace que nos metamos de lleno, tanto en la descripción de los personajes como en los acontecimientos que transcurren, en una elegante screwball comedy con guerra de sexos de fondo. En Sophie y Stanley hay ecos de grandes comedias clásicas dirigidas y escritas por Preston Sturges o dirigidas por Mitchell Leisen o Howard Hawks. Sophie es el elemento discordante, que viene de otro lugar y de otra clase social, a poner patas arriba el mundo de unos excéntricos millonarios. Y sobre todo a desmoronar la ordenada y construida vida de Stanley, mago de éxito (pero como una profesión cualquiera que tiene su fruto por el arduo trabajo) y a punto de casarse con la mujer más perfecta y racional que existe. Sophie siembra un delicioso caos, como buena heroína de un screwball. No puede faltar la alegría chispeante de una canción de Cole Porter ni el disparate siempre presente en este tipo de comedias con personajes tan especiales como un joven millonario que canta fatal con un ukelele a su amada, y nunca se agota, o su madre que es feliz al poder hablar desde el más allá con su señor marido y preguntarle si alguna vez le fue infiel… O una tía encantadora, excéntrica y solitaria que conoce como nadie a su en el fondo triste sobrino…

Todo regado con un romanticismo elegante donde no falta la tormenta que obliga a Stanley y a Sophie a ocultarse en un observatorio. En un momento dado, pueden ver el cielo estrellado. Stanley le ha explicado a Sophie que esta visión le parecía amenazadora cuando era un niño. Como si el Universo le aplastara y fuera evidente su insignificancia y lo incomprensible del mundo. Sophie mira ese cielo y le pregunta que si realmente le parece amenazador, que si no lo ve simplemente romántico… ¿Hay forma más sencilla e inteligente de reflejar la magia a la luz de la luna? ¿Hay forma más sencilla e inteligente de mostrar la convivencia entre lo racional y lo espiritual?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.