DocumentaMadrid 15 (primera parte, sección oficial largometrajes). Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André/La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

Chante ton bac d’abord (Chante ton bac d’abord, 2014) de David André

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La realidad se pone a cantar. Si ya dentro de la ficción se habían dado pasos para llevar la clave de sol a espacios inauditos en el género musical, quedaba que la pura realidad se pasara al musical, y así lo ha hecho el documentalista David André.

Así como en la ficción, George Abbott junto a Stanley Donen llevaron el musical a una fábrica de pijamas donde se preparaba una huelga entre los trabajadores para exigir una subida salarial (The pajama games, 1957) o la rivalidad entre bandas juveniles neoyorquinas hacía que sus protagonistas bailaran en un garaje o en un callejón mientras transcurría un argumento universal con unos nuevos Romeo y Julieta en West side Story (1961) o volando hacia Francia Jacques Demy creaba un melodrama donde sus jóvenes protagonistas en sus vidas cotidianas, con conflictos sociales y bélicos, cantaban sin parar en Los paraguas de Cherburgo (1964) o aterrizando en Gran Bretaña Alan Parker reflejaba la vida dura en un barrio proletario con notas musicales en The Commitments (1991). En el cine documental, se han reflejado momentos de realidad que tenían que ver con la música: unos jóvenes de un instituto en una zona deprimida participaban en la elaboración de una gran coreografía con la música de La consagración de la primavera de Strawinsky en ¡Esto es ritmo! (2004) o unos abuelos formaban un coro donde cantaban rock and roll y se rebelaban contra la enfermedad y la muerte en Corazones rebeldes (2007).

Pero lo que hace David André en Chante ton bac d’abord es contar la historia de un grupo de adolescentes en una localidad deprimida por la crisis económica y que estos expresen sus sentimientos y su manera de sentirse cantando en los sitios más cotidianos, haciendo realidad ese argumento que esgrimen aquellos que no soportan el cine musical: “Nadie está de pronto en la calle y se pone a cantar y la música empieza a sonar a su alrededor”. Y el contraste es interesante porque acorta distancias entre los jóvenes y los espectadores y da más energía y fuerza a lo que quiere contar. Una realidad dramática que reflejaría Ken Loach en uno de sus dramas sociales o que los hermanos Dardenne diseccionarían con su cámara distante, David André da un toque de magia mostrando que los jóvenes protagonistas pueden soñar y alcanzar sus sueños en la realidad gris que les rodea y en un acto de locura y rebeldía cantar sus aspiraciones…, saltarse las reglas de la realidad.

Chante ton bac d’abord recorre un año crucial en la vida de seis amigos adolescentes que viven en Boulogne-Sur-Me. Y es crucial porque es el año en que van a examinarse de selectividad y van a decidir cuál es su futuro profesional. Aun azotados por la crisis económica, y muchos de ellos conviviendo cada día con el drama y los miedos de sus padres, ellos apuestan por soñar y luchar por alcanzar lo que realmente quieren. A base de canciones Gaëlle, Alex, Rachel, Nicolas, Caroline y Alice nos cuentan no solo como son sino cómo se sienten así como describen sus miedos y sus sueños. Mientras ellos cantan, sus padres son reales como la vida misma y les ponen espejos en los que mirarse: unos se rebelan contra esos espejos aunque se preocupan y adoran a sus padres y otros reciben siempre un empujón en el vuelo, incluso uno de los padres pone siempre música en su vida, canta sin parar.

Uno de los grandes aciertos de este documental no es solo que la realidad se ponga a cantar sino el contraste y la química que se establece entre los adolescentes protagonistas y sus padres logrando momentos de emoción. Así el rostro desencantado del padre de Gaëlle contrasta con la energía y ganas de soñar de su hija. Y la fuerza del padre de Alex arrasa cada vez que asoma su rostro en la pantalla y nos traspasa con esa complicidad sincera que establece con su hijo. O nos hace reír el pragmatismo de la madre de Nicolas que piensa que su hijo lee demasiado y eso no lleva a ninguna parte, un genio tiene que comer.

Chante ton bac d’abord experimenta con la realidad y la refleja con corcheas y semicorcheas.

La once (La once, 2014) de Maite Alberdi

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Lo más cercano y cotidiano puede captarse con delicadeza y crear un espacio único repleto de historias. Así Maite Alberdi decide explorar un universo muy cercano y concreto: la hora del té de su abuela María Teresa con sus amigas. Una vez al mes se reúnen alrededor de una mesa y es un ritual sagrado, íntimo, así ha sido durante sesenta años. Pero el tiempo pasa, las ausencias van siendo evidentes y, sin embargo, no reniegan de ese espacio, que es suyo, en el cuál toman té, pastas, bocadillos, deliciosas tartas y se ríen, se pelean, cantan canciones, se cuela algún recuerdo y otro se escapa pero hablan y hablan de lo divino y de lo humano, de los hombres, del sexo, de su educación, de la muerte, de la religión… Todo está perfectamente preparado y organizado y ellas están impecables frente a sus amigas, bien peinadas, bien vestidas y maquilladas. Nada puede faltar en el ritual. Y Maite Alberdi lo capta minuciosamente, con detalle, dejando una mirada cercana y entrañable con unas gotas de humor de estas mujeres que pertenecen a una clase alta chilena.

Las reuniones de las amigas siguen un patrón mes a mes, año a año, un ritual que convierte cada hora del té en un momento mágico donde el tiempo no pasa. Maite Alberdi las capta durante cinco años y en un inteligente montaje (eran horas y horas de material filmado) logra acercarnos ese universo ajeno. Las transiciones ocupadas por fotografías en un álbum y por la preparación minuciosa de la mesa de té: la infusión y los deliciosos postres. Cada año empieza, como cada reunión, con una oración donde se dan gracias por seguir reunidas y juntas. Y después Maite se centra en los rostros de su abuela y sus amigas tanto en las que hablan como en las reacciones de las que escuchan (y condensa todas las reuniones de té del año como si fuera una única cita). Y ahí nos encontramos con otro documental subterráneo… lo que nos dicen y expresan esos rostros que no hablan, que miran. Así nos causa incredulidad y una risa nerviosa cuando vemos los rostros y las reacciones de estas señoras ante una nueva melodía en la flauta de Francisca, una de las hijas de María Teresa. Cuando esto ocurre por primera vez, vemos solo sus rostros en silencio, incómodos, y escuchamos las notas discordantes de la flauta… hasta que la cámara nos sitúa un primer plano de la protagonista, Francisca tiene síndrome de down. O esa otra historia que nos cuentan las breves apariciones de las chicas de servicio que ayudan a preparar la hora del té y sirven la mesa cada vez, en cada encuentro. O también dice mucho cómo apenas salen sus discusiones políticas porque como explicó la directora en una intervención tras la proyección, su extremismo político hacia la derecha y las acaloradas discusiones con su abuela (única de las presentes con una ideología más a la izquierda) iba a alejar al público de esas mujeres y no iba a realizar ese acercamiento para entenderlas en su propio universo, además de perderse todo espectador que no fuera chileno por no conocer la realidad política del país.

Finalmente aunque se suceden las risas y los guiños tiernos, queda en realidad un retrato melancólico de estas mujeres a las que ya les queda poco tiempo de reunión y risas… y que aprovechan su hora del té al máximo. Todo queda como si fuera un álbum de fotografías amarillas, vivir a través de los recuerdos, conocer lo que era un ritual que se está extinguiendo por la ausencia… Así Maite Alberdi atrapa a las protagonistas de esas fotos amarillas y las da vida y voz.

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Reflexiones alrededor de Gordon Gekko. Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone/ Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone

¿Por qué Gordon Gekko (Michael Douglas) es el personaje recordado de aquella película de los ochenta y por qué el mismo director le recupera en 2010? Porque los Gekko del mundo se reinventan, se multiplican, hunden, se hunden y vuelven a resurgir con fuerza, como si no hubiese pasado nada. Y vuelta a empezar.

Y sin embargo para mí el gran personaje, el verdadero héroe, de Wall Street (primera parte) es Carl Fox (Martin Sheen)… ¿alguien se acuerda del padre del protagonista, Bud Fox?¿Alguien recuerda a ese hombre fiel a sus principios, trabajador, honrado, buen compañero, sin pelos en la lengua, carismático, luchador…? Él no se merece una secuela…

He tenido la oportunidad de ver estas dos películas seguidas, una detrás de otra (una un lunes, otra un martes), y es un díptico perfecto con un gran pero. El gran pero es el final de Wall Street 2. Termina como una absurda fábula con final feliz, ¡si tenía el final perfecto con Gordon Gekko en Londres… resurgiendo de las cenizas habiendo pasado totalmente de su hija y futuro yerno…! A no ser que ese absurdo final lo tomemos como una ironía, un juego de Oliver Stone… como diciéndonos: en un mundo en crisis ganan los de siempre, perseveran los mismos. Y las niñas pijas con web de izquierdas siguen felices entre tiburones en su cárcel de cristal…, las pobres no saben nada y son muy atormentadas (los tiburones: su marido vengador pero moderno porque quiere sacar beneficios –pero con paciencia– de las energías renovables y su papá que efectivamente no ha cambiado nada pero bien poco que le importa… aunque queda bien tener una familia y encontrar un sucesor). Quizá, entonces, el final no sea tan malo, incluso puede que sea una buena bofetada.

Wall Street (Wall Street, 1987) de Oliver Stone

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El conflicto de esta película está perfectamente servido: el joven cachorro entre dos figuras paternas. Uno le lleva por la codicia y el dinero fácil, el otro por la vida honrada, con principios, con la regla del trabajo bien hecho y el valor del esfuerzo. Ahí se construye un drama. El joven cachorro renuncia al padre biológico y se va corrompiendo a buen ritmo por el protector sin escrúpulos… hasta que se da cuenta de que es un mero instrumento, que le han utilizado y que además va a perjudicar a la persona que más quiere, su padre. Entonces el camino de la redención es duro: es detenido y no puede evitar llorar y sin duda terminará pisando la prisión aunque se lleve por delante, en el camino, a Gekko. El joven Bud Fox en su bajada a los infiernos está acompañado por compañeros pesados, compañeros ancianos y sabios, compañeros fracasados y otros tiburones de la misma escuela que Gekko. Y también diversas mujeres floreros sin relevancia alguna en sus vidas… De fondo la bolsa, Wall Street, los tiburones que compran, venden, devoran, ejecutan, refunden empresas sin importarles en absoluto el capital humano, los años de trabajo, el producto que se elabora, los ciudadanos… Manejan el mercado sin escrúpulos, mienten, rumorean, tumban, perjudican… sin responsabilidad alguna. A veces les pegan un sustito, les pillan (después de haber hundido a los países y sus economías)… como mucho unos añitos de cárcel y vuelta a empezar en una segunda parte.

Oliver Stone deja sin embargo enfrentamientos y escenas memorables para dibujar perfectamente a sus personajes. La discusión en el ascensor y en la calle entre padre e hijo, la reconciliación en el hospital, el discurso sobre la codicia de Gekko ante una de las empresas que se va a comer sin piedad alguna o el mismo personaje, que se cree invencible (y casi lo es) y que mueve los hilos, admirando un amanecer mientras habla con un pedazo móvil dinosaurio.

Wall Street. El dinero nunca muere (Wall Street 2. Money never sleeps, 2010) de Oliver Stone

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Y Oliver Stone no deja ni un cabo suelto en esta segunda parte… hasta el pedazo móvil dinosauro sale… Esta vez lo que nos cuenta es que Gekko sale de la cárcel y vuelve a encontrarse super a gusto en el mundo que maneja porque nada ha cambiado. El hombre empieza a ganarse la vida escribiendo libros, dando conferencias y aconsejando a los demás. Y hay otros tiburones que se comen entre sí y manejan como quieren el mercado, y sin caérseles los anillos, provocan crisis económicas desastrosas… y luego son los únicos que saben beneficiarse y enriquecerse de ellas. La recuperación de los ciudadanos y países les trae totalmente al pairo. Ellos se hunden y vuelven a resurgir cual ave fénix y crean alianzas según les conviene.

El director vuelve a crear una ópera trágica de padres e hijos, de protectores y protegidos, de rumores y venganzas… Pero esta vez se permite un irónico (u horrible, según se mire) final feliz. Incluso puede que Gekko se enamore de nuevo de otra mujer florero, la mamá de su yerno. Todo queda conectado con la primera parte hasta Bud Fox que hace patética y triste aparición en la secuela. Queda claro que no siguió las enseñanzas de su padre…, se quedó en el mundo de Gekko, y este le niega hasta el protagonismo en su detención y encarcelamiento, le convierte en pura anécdota.

Esta vez Oliver Stone crea a un personaje plano (no tiene evolución alguna) que se llama Jake Moore (Shia LaBeouf) que se enfrenta a tres padres adoptivos: Louis Zabel (un banquero de la vieja escuela que no se maneja bien en los nuevos tiempos. No le pasa lo mismo a otro viejo banquero con la anciana cara de Eli Wallach), Bretton James (un banquero depredador y motero con rostro de Josh Brolin), y su futuro yerno Gekko. Los tres personajes más potentes de esta secuela. A Jake Moore parece que le mueve la venganza (pero también el ansia de vivir muy bien y feliz, el ser pragmático, vamos), cuando hunden a su mentor, Louis Zabel (un magnífico Frank Langella), se pone en marcha. Antes vemos la caída de Zabel que Stone cuenta con maestría y con una narrativa cinematográfica que atrapa. Después vemos la caída del rey depredador de ese momento, Bretton James (que seguro resurgirá de las ceniza) y el nuevo nacimiento de Gekko, que se siente de nuevo a sus anchas mientras el mundo se derrumba a su alrededor…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum/La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli

Hace setenta años que el ejército soviético entró en el campo de concentración de Auschwitz y se topó con el horror: un campo diseñado para el exterminio de seres humanos.

En estos momentos coinciden en la cartelera dos películas alrededor de la Segunda Guerra Mundial que tocan diferentes aspectos: la primera se centra en la figura del matemático Alan Turing y la segunda narra la historia de un joven fiscal alemán, Johann Erdmann, que en 1958 en Frankfurt se topa con una historia y unos documentos sobre Auschwitz totalmente desconocidos para él…

Las dos nos plantean distintas miradas, momentos y perspectivas para afrontar y conocer detalles de la Segunda Guerra Mundial y ambas centran parte de su trama en los años cincuenta, cuando aún el final de la guerra estaba muy cerca. Una es de nacionalidad británica y la otra alemana. Las dos se sirven de una narrativa cinematográfica clásica y correcta pero ambas narran historias que atrapan y plantean temas y reflexiones necesarias.

Descifrando Enigma (The imitation game, 2014) de Morten Tyldum

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El director noruego Morten Tyldum pone en pie un biopic con las luces y sombras de un personaje atractivo, el matemático Alan Turing. Tyldum cuenta con un reparto acertado, una estructura cinematográfica efectiva y un personaje femenino desconocido, Joan Clerk, fuerte y tremendamente atractivo que aporta luz a la historia.

Como todo biopic muestra una mirada y un punto de vista, elude algunas partes de la historia del biografiado, hace hincapié en otras, ficcionaliza algunos aspectos, deja entrever ciertos puntos interesantes pero, al final, Descifrando Enigma logra despertar interés hacia la personalidad que retrata, Alan Turing.

El matemático tiene el rostro y la voz del actor británico Benedict Cumberbatch y en la película se estructura su vida en tres momentos cruciales que se entrecruzan a lo largo del metraje: su detención en 1952 por parte de la Policía donde se le condenaría por su homosexualidad. Su estancia en la escuela donde se haría amigo de un alumno más mayor que él, Christopher. Una amistad que le marcaría para siempre. Y por último (y el tramo más extendido) su trabajo, junto a otros compañeros (entre ellos una única mujer, Joan Clerk), para meterse en las entrañas de Enigma, una máquina con la que los alemanes creaban códigos con mensajes estratégicos para el curso de la guerra.

Varios son los elementos que me han atrapado de la trama. Primero cómo se sirve de la figura de Joan Clerk (Keira Knightley), más desconocida todavía que Turing y por lo tanto un buen vehículo para ficcionalizar, para tocar distintos aspectos de la personalidad de Turing y mostrar su cara más vulnerable y cercana. Así la película dibuja una interesante relación entre ambos donde los dos conectan y sus mentes se unen. Ambos tienen dificultades para salir a luz y poder desarrollar sus inteligencias: ella, por ser mujer en los años cincuenta y él por ser homosexual, además de otros aspectos de su personalidad que le hacen diferente como su dificultad en establecer relaciones emocionales con las personas, en los mismos años. Pero logran unirse. Ella sirve también como catalizadora para mostrar a un Turing destrozado e impedido para seguir trabajando con su inteligencia por la intrasigencia del momento.

Segundo, y quizá lo menos tocado –pero sí apuntado– por ser lo más espinoso, los tejemanejes durante la guerra entre los aliados, los intereses políticos y estratégicos, los trabajos de espías internacionales… que terminan además minando las relaciones de confianza que se establecen entre los jóvenes que se implican en el proyecto de descifrar Enigma. El máximo representante de este tramo es el personaje en la sombra de Mark Strong. Y unido a este punto el tercero, las implicaciones morales y las decisiones que se toman en una guerra desde la estrategia ‘jugando’ con la vida de los combatientes y civiles como si fueran las fichas de un tablero de ajedrez. Así en la película reflejan este hecho en un momento crucial: una vez descubierto el mecanismo de Enigma, todos se vuelven conscientes en un instante escalofriante de que no pueden evitar la destrucción de un objetivo militar (y las muertes que esto conlleva) pues dejarían al descubierto que han descifrado los códigos y su trabajo no serviría para absolutamente nada…

Y cuarto como a Turing no le sirve de nada su brillante inteligencia matemática para luchar contra la intransigencia de una sociedad. Los aliados acabaron con el horror nazi pero no con sus propias actitudes intransigentes y represivas que juzgan a un individuo por su sexualidad. Así a Turing le condenan o bien a la cárcel o al sometimiento de una castración química… y todo esto pudo con una mente privilegiada.

La conspiración del silencio (Im labyrinth des schweigens, 2014) de Giulio Ricciarelli

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La conspiración del silencio es el primer largometraje del director de origen italiano pero afincado en Alemania Giulio Ricciarelli y encara una historia potente desde una narrativa cinematográfica clásica. A través de un tono frío y austero pero donde deja asomar las emociones contenidas, una cuidada ambientación, y unos actores con carisma (entre ellos el joven alemán Alexander Fehling) aborda cómo se llevó a cabo el proceso de Frankfurt-Auschwitz que duró de 1963 a 1965. Es decir, refleja las bambalinas del proceso, cómo se pudo llevar a cabo. Este proceso supuso la detención de veintidós nazis que participaron en el horror de Auschwitz y diecisiete de ellos terminaron siendo condenados. La importancia de este juicio es que fueron los propios alemanes los que tomaron las riendas y trataron de terminar con el silencio de lo que ocurrió realmente en la Segunda Guerra Mundial y tomar responsabilidades sobre su actuación. Fueron los alemanes los que quisieron escuchar a las víctimas.

Durante el Gobierno de Adenauer, mientras se trabajaba por la reconstrucción de Alemania y su recuperación, también se impuso el silencio y el olvido. Tras los juicios de Nuremberg, que fueron realizados por los aliados, cayó el silencio y la falta de memoria. Se pretendía ese olvido para construir y avanzar, mientras por las calles, muchas víctimas heridas, amordazadas por la indiferencia, y muchos responsables nazis impunes ocupando puestos de poder u olvidando sus responsabilidades o sus horribles asesinatos. Así estos juicios durante los años sesenta fueron el primer paso para terminar con el silencio y muchos jóvenes alemanes se enfrentaron con su historia pasada.

La película La conspiración del silencio toma a un joven fiscal que vive en la ignorancia cómoda del pasado, Johann Erdmann, y cómo se enfrenta al pasado de su país al hacerse cargo de la investigación para llevar a cabo el proceso de Frankfurt. Johann Erdmann vive todo un proceso (de la ignorancia al conocimiento, a la desilusión y desesperación, a la herida de descubrir su propio pasado y el peso de su herencia, hasta continuar en la lucha) y se hunde en el laberinto y desesperación hasta que asume ese pasado y sobre todo, finalmente, se da cuenta de la importancia de que ese proceso se lleve adelante.

Hay un momento escalofriante y es el descubrimiento del joven Johann Erdmann en la embajada estadounidense de todo el archivo existente sobre Auschwitz porque los nazis dejaron absolutamente todo escrito con un lenguaje burocrático y frío. Cree que se llevará tan solo unas carpetas y de pronto le muestran todo un laberinto enorme de estanterías y documentación. También plantea y deja ver muchos movimientos estratégicos e intereses para que se pueda llevar a cabo la investigación, así el joven fiscal se obsesiona con el doctor Mengele y llega un momento en que quiere centrar su investigación en él, de tal modo, que pueda conseguir su detención. Se topará, sin embargo, con otros obstáculos con los que no contaba y que minan todavía más su temple…

La conspiración del silencios sigue planteando cuestiones, que no solo no pueden caer en olvido sino que es necesario continuar reflexionando.

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Joan Crawford y amores otoñales desgarrados. De amor también se muere (Humoresque, 1946) de Jean Negulesco/ Hojas de otoño (Autumn Leaves, 1956) de Robert Aldrich

Los ojos de Joan Crawford tienen vida propia. Basta mirarlos para caer en un abismo de sentimientos expresados. Su rostro fue reinventando durante décadas diferentes tipos de mujer. Así se mantuvo al otro lado de la pantalla de los años 20 hasta los 60. Crawford, desde su juventud en el cine silente, fue reina de heroínas protagonistas de los amores más complejos. Porque el amor no es fácil. Porque el amor puede transformar pero también desgarrar, provocar dolor infinito. En esta sesión doble, con diez años de diferencia, Joan Crawford protagoniza dos melodramas de amores otoñales desgarrados. Dos melodramas apasionantes llenos de detalles y matices… y los ojos expresivos de la actriz.

De amor también se muere (Humoresque, 1946) de Jean Negulesco

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Si en Melancolía, Lars von Triers comenzaba su película con un poema visual sobre la muerte, la melancolía y el amor con el rostro de Kirsten Dunst, impasible, y de fondo una parte musical de la ópera Tristán e Isolda de Richar Wagner, y lograba así hundirnos en el tono trágico de la película; Jean Negulesco se sirve de la misma música para llegar al máximo clímax final de Humoresque con los ojos y el rostro de una Joan Crawford que expresa todo su sufrimiento de amor y delirio en un acto final redondo. Contención y explosión y una misma melodía.

De amor también se muere emplea su banda sonora de manera brillante para contarnos una historia compleja sobre un amor trágico. La historia se centra en un famoso violinista atormentado, con cara de boxeador (como le dicen en un momento de la película… y no es otro que un carismático John Garfield), que vuelca su vida en convertirse en uno de los mejores violinistas. Pero esto supone sacrificar distintas facetas de su vida. El violinista de Garfield es como una estrella de rock de los setenta con aires de genio artístico, con dilemas y tormentos, arrastrando el peso de la fama. Un muchacho humilde que se aferra al violín para lograr llegar a ser alguien. Y en este camino obsesivo (en el que le acompaña sobre todo su madre y un irónico e incondicional amigo pianista) se cruza una mecenas millonaria (nuestra Joan Crawford), alcohólica, maravillosamente miope (memorables las escenas de la protagonista con las gafas) y aburrida de la vida loca que cae sucumbida a los pies del artista.

Los obstáculos de su amor son muchos, no solo la diferencia de edad o la clase social y los ambientes diferentes. Pero el obstáculo más importante e insuperable para la heroína que sufre es el siguiente: si el violinista tiene que elegir entre el amor y la música… claramente se decanta por la música. Ella tampoco está dispuesta a ser la mujer a la sombra del artista o la que cuida al guerrero porque no está ni en su naturaleza ni en su carácter. Su amor está condenado a la pasión desgarrada y al conflicto continuo. Y el personaje de Crawford, como una diosa, necesita que la adoren incondicionalmente… como eso no es posible y es mujer eternamente insatisfecha solo encuentra un camino para terminar con una historia que la devora… Ella sabe que el personaje de John Garfield nunca va a postrarse a sus pies, ni va a perder su libertad artística… Así que un día mientras escucha al amado en la radio interpretar un concierto, se acerca a la orilla del mar…

Humoresque hace gala de melodrama desaforado pero magníficamente contado e interpretado.

Hojas de otoño (Autumn Leaves, 1956) de Robert Aldrich

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Robert Aldrich imprime su firma en todas las películas que interviene. Hasta un melodrama sin mayores ambiciones es capaz de convertirlo en una retorcida, asfixiante y agobiante historia de amor otoñal. Un melodrama que pilló a Aldrich en un momento que no sabía muy bien qué iba a ser de su futuro como realizador. Así el director toma esta historia, que podría haber sido rutinaria, y quiere como protagonista a una diva, Joan Crawford (que luego se convertiría también en personaje fundamental en uno de los éxitos del director, Qué fue de Baby Jane). Así se convierte en una atormentada y solitaria mecanógrafa que ha sacrificado su juventud y la posibilidad de ser amada por cuidar a su padre enfermo. Ahora sola se vuelca en el trabajo para no pensar en su soledad que por otra parte le da menos miedo que darse una nueva oportunidad para encontrar el amor.

Un día acude a un concierto y después a un restaurante… y allí se sienta en su mesa un joven desconocido con mucho encanto (Cliff Robertson). A pesar de sus miedos (sobre todo la diferencia de edad) y obsesiones, la mecanógrafa inicia una historia de amor y termina casada con casi un desconocido joven que la cuenta mil y una anécdotas… Casi desde el principio empieza a chocarse con pequeñas contradicciones en la vida que le cuenta su joven amante hasta que un día se presenta en su nuevo hogar alguien inesperado: la joven y hermosa esposa de su marido para que firme los papeles del divorcio.

A partir de ese momento la mecanógrafa se convierte en una detective y psicóloga enamorada que se descubre casada con un mentiroso compulsivo con graves problemas de salud mental… que, sin embargo, se aferra a ella y a su amor como tabla de salvación para no hundirse en el abismo.

Así Robert Aldrich logra un tortuoso melodrama donde una Joan Crawford con su ojos siempre abiertos (como de no salir del asombro) crea una compleja heroína otoñal enamorada que al final tiene miedo infinito a ser tan solo una “necesidad psicológica” de su joven y solitario amado. Es decir, llega a temer que si su amante logra curarse de su enfermedad deje de quererla y necesitarla… Puro Aldrich. Puro Crawford.

Y como siempre, Aldrich logra sorprender con la forma de contar la historia. Llama la atención cómo se mete en la psicología del personaje femenino con un maravilloso flash back (por cómo está rodado) en el concierto al que acude para explicar totalmente su soledad. Deja escenas sorprendentes como la del primer encuentro de los amantes en el restaurante o su escarceo en la playa. Muestra inquietud, desasosiego y deja una ya clásica galería de personajes opresivos y desagradables memorable. Y llama la atención cómo muestra, de manera directa, agresiva y fría, la “curación” del protagonista masculino en una clínica psiquiátrica. Así como también acierta en la elección de una canción preciosa de Nat King Cole como leitmotiv de los amantes que es a la vez, según el momento que se escuche, preciosa o inquietante.

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Generación de la televisión y las voces de los perdedores. Vuelve, pequeña Sheba (Come back, little Sheba, 1952) de Daniel Mann/ Requiem por un boxeador (Requiem for a heavyweight, 1962) de Ralph Nelson

Hubo una generación de directores americanos que durante los años cincuenta empezaron a formarse como realizadores en un nuevo formato que prometía y posibilitaba la innovación y experimentación (luego fue tomando otros derroteros donde importaba más los altos niveles de audiencia y el negocio que la calidad y la experimentación), la televisión. Así surgieron además de las primeras series de ficción, los dramas para televisión con actores de prestigio, buenas historias, buenos guionistas y jóvenes directores profesionales y preparados. Fue tal el éxito y la calidad de algunos de estos episodios dramáticos para la televisión, que varios de estos directores dieron el salto a la pantalla con la adaptación al cine de estos formatos televisivos. Así algunos de los casos más conocidos son el de Delbert Mann con Marty o Sidney Lumet con Doce hombres sin piedad. Ambas películas fueron antes un éxito televisivo y después otro éxito en la pantalla. El material de partida de alguno de estos dramas era el escenario de teatro pero también se crearon historias originales para la pantalla de televisión. En su salto a la pantalla, estas películas ya se realizaban fuera del sistema de estudios, al margen o eran proyectos excepcionales del gran estudio de turno, comenzaba a cobrar vida lo que se convertiría en cine independiente. Los directores de la Generación de la televisión se convirtieron en el puente entre los directores de prestigio de los estudios y los que darían paso a la generación del Nuevo cine americano con la caída del sistema.

Las primeras películas de estos directores eran historias cotidianas que daban voz a la otra América, a los perdedores o a los que tenían dificultades para vivir en el día a día. La pantalla trataba temas de realismo social que no estaban siendo tocados en grandes superproducciones o en el cine en general debido, entre otros motivos, porque el código Hays seguía activo y fuerte. Y empeñado en que no se hablase continuamente de dependencias, adicciones, pobreza, injusticia, relaciones humanas complejas… en personas como los propios espectadores, normales y corrientes, sin el glamour de un Marlon Brando o un Paul Newman o una Natalie Wood.

La sesión doble de hoy propone dos películas de dos directores más desconocidos de la Generación de la televisión y que antes fueron dramas para la televisión y después dieron el salto a la pantalla blanca. Son dos películas olvidadas pero ambas magníficas e interesantes a la hora del análisis. Sorprende no solo cómo se cuentan estas historias, sino qué es lo que cuentan y cómo están interpretadas.

Vuelve, pequeña Sheba (Come back, little Sheba, 1952) de Daniel Mann

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Un matrimonio que arrastra toda la amargura y la melancolía de lo que fueron, pudieron ser y son. Se quieren a su manera. Con unos códigos muy especiales. Viven solos, sin hijos. Ella descuidada, solitaria, vencida, hablando siempre del pasado con nostalgia. No para de parlotear. Ha perdido a su perrita Sheba y la echa de menos. Sueña con ella. Él es callado, introvertido, mira resignado pero a veces con infinito cariño a su mujer, sale todos los días a trabajar y lleva más de un año sin beber. Acude a Alcohólicos Anónimos. Ellos son Lola y Doc (Shirley Booth y Burt Lancaster). Y llevan con monotonía y conformidad sus vidas…, unas vidas que no han sido fáciles. De pronto, alguien entra en su hogar y su frágil cotidianidad se va rasgando de nuevo en mil pedazos. Porque Lola y Doc tratan de ser supervivientes y seguir juntos y no hundirse y desesperarse del todo. Ese alguien es una joven estudiante de Bellas Artes, Marie (Terry Moore).

Hay una cita colgada de la pared de las reuniones de Alcohólicos Anónimos donde acude Doc, que recuerdo más o menos así: “Señor, dame determinación para cambiar lo que se puede cambiar, serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar y sabiduría para distinguir una de la otra”. Y esto es lo que les va ocurriendo a Lola y a Doc cuando proyectan su pasado en Marie y sus experiencias con los jóvenes que rodean su vida. De golpe, vuelven todas sus frustraciones, sus sueños rotos, sus fracasos, sus miedos, sus secretos, sus errores…, poco a poco vuelven a quebrarse. En silencio. Casi sin darse cuenta de lo que está ocurriendo. Hasta que Doc no aguanta la visión de una botella de alcohol y entonces llega la catarsis emocional y es cuando somos conscientes del infierno que ha vivido Lola y del infierno de Doc. Pero son dos supervivientes emocionales… y tienen que seguir viviendo…

El material de partida de Vuelve, pequeña Sheba es una obra de teatro de William Inge que interpretó con éxito Shirley Booth que es la protagonista también del drama en televisión y en la pantalla de cine (además ese año gano el oscar a la mejor interpretación femenina… y merecido). Y en la pantalla acompaña a la actriz, que compone un personaje femenino complejo y lleno de matices, un Burt Lancaster poderoso como hombre fracasado y sin ilusiones que trata de superar su adicción, el alcohol. Un Burt que pasa de hombre introvertido y gris a estallar y mostrar sus frustraciones de forma violenta a través de la botella. Así el matrimonio de Lola y Doc es un matrimonio complejo que arrastra un pasado (ni mejor ni peor que muchos) y que ha construido un tipo de relación para sobrellevar el día a día. Para sobrellevar esos sueños rotos, esas frustraciones, esos fracasos y errores cotidianos…Y es que como decíamos, comentando otra película, el amor es extraño y puede ser muy doloroso y destructivo.

Daniel Mann además de contar con dos intérpretes que se meten en sus personajes y los modelan y construyen, se encierra en su hogar (sale con ellos tan solo a Alcohólicos Anónimos) y desarrolla su universo frágil que se desmorona con la llegada de la joven estudiante. Y narra esta historia a través de saltos y elipsis temporales atrapando momentos cotidianos e íntimos en el hogar. En el dormitorio, en la cocina, en el salón, en el patio… Encuentros entre el matrimonio. De Lola con la estudiante. De la estudiante con Doc. De los jóvenes que visitan a la estudiante. De los tres. Del cartero con Lola o Lola con la vecina. De Marie con un joven atleta. Y todos estos encuentros privados e íntimos terminan desatando una tormenta…, necesaria para volver a construir el frágil universo matrimonial.

Réquiem por un boxeador (Requiem for a heavyweight, 1962) de Ralph Nelson

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Tres son los perdedores que pululan por Requiem por un boxeador. Un boxeador de pesos pesados, su representante y su entrenador. Los tres llevan juntos casi dos décadas. Y han vivido momentos de gloria y ahora son días de caída en picado. El boxeador Mountain Rivera (prodigioso Anthony Quinn) ha sido tantas veces golpeado que en su última lucha contra Cassius Clay, el médico anuncia que si recibe un golpe más en uno de sus ojos quedará ciego. Así Rivera tiene dos caminos. En uno es apoyado por su entrenador de toda la vida que le aprecia de veras (Mickey Rooney) y por una trabajadora de la oficina de empleo (Julie Harris), encontrar un nuevo empleo digno que le ayude a vivir tranquilo. En el otro, supone ir a parar a los bajos fondos del boxeo, a los ring de lucha, convertirse en un luchador (un wrestler) que gana o pierde según el espectáculo. Y a ese camino le condena su representante (magistral Jackie Gleason) que anda hundido en apuestas no pagadas y otros asuntos turbios, está atrapado y necesita arrastrar a Mountain para sobrevivir.

Réquiem por un boxeador no solo emociona por un Anthony Quinn que arrastra un Mountain Rivera que te parte el alma en cada escena sino porque cuenta una historia cruda y dura hasta el final. Sin respiro. Y te cuenta una historia de perdedores de manera magistral, atestando golpes a la mandíbula sin parar hasta dejar KO al espectador con la última escena.

Ralph Nelson que ya llevó esta historia con éxito a la pantalla de televisión (con Jack Palance como el boxeador, qué ganas también de verlo), salta a la pantalla y cuenta con crudeza una caída al abismo. Conocemos a Mountain desde una cámara subjetiva, es decir, lo primero que sabemos de él es qué mira y cómo sufre sus golpes en el rostro en una mirada que se vuelve cada vez más borrosa. Vemos el rostro del contrincante, Cassius Clay. Cómo cae golpeado y es llevado a rastras fuera del ring… hasta que nos encontramos con su rostro partido frente un espejo…

La dignidad de Mountain, sus ganas de hacer las cosas bien y no darse por vencido, nos lleva de la mano con el corazón encogido. Sus recuerdos, su manera de hablar, su lealtad, su sentido de la amistad, su dulzura ante la mujer que trata de echarle una mano, su miedo al fracaso o al ridículo, su vulnerabilidad… Ralph Nelson arrastra al espectador a un tobogán emocional en tugurios de mala muerte y bajos fondos con sus pinceladas de cine negro, de destino oscuro. Pero regala momentos íntimos, confesiones y revelaciones duras y hermosas a la vez. Y todo va pintando el camino que Mountain toma finalmente, plenamente consciente. La caída libre… La película se abre y se cierra en dos rings muy diferentes. El recorrido vital de Mountain se cierra en círculo. Toda su dignidad se mantiene intacta…

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… Cuando la ciencia ficción trata de revelar los misterios… Intestellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan/ Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

… surgen otros. Así tanto Nolan como Cahill nos dan sus propias explicaciones del mundo. Y aunque pretenden dar explicaciones cerradas, racionales y compactas, sus interpretaciones no responden a muchas preguntas sino que pretenden dar una única visión o respuesta. Como la mitología en tiempos antiguos, estos realizadores tratan de dar respuesta a los misterios de la vida. Qué hacemos aquí, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué nos espera más allá de la vida?… Un realizador, Nolan, nos cuenta una mega historia espacial, con todos los medios a su alcance, en un mundo apocalíptico para hablarnos finalmente de emociones que conocemos y sentimos todos, y que precisamente esas emociones explican incluso los agujeros negros y gusano del Universo. Y Cahill, que parte del cine independiente y de menos medios (ha sido la película ganadora del festival de Sitges de este año), ofrece un espectáculo visual para representar un simple debate (con más intensidad en EEUU) entre dos corrientes, decantándose por el punto de vista más conservador.

Interstellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan

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Tras el visionado de Interstellar pueden surgir tres líneas de debate: es un canto al instinto de supervivencia y la perpetuación de la especie, trata de evidenciar la no existencia de Dios o refleja el amor más allá del tiempo y del espacio. Y las tres líneas caben dentro de Interstellar que por otra parte recupera la emoción y la aventura de los viajes espaciales en el cine. Que Christopher Nolan se expande, como el Universo, en el tiempo para contar esta historia…, no entra en contradicción con su pensamiento de que el tiempo y el espacio son dos conceptos complejos y abstractos que funcionan más allá de nuestra racionalidad. Él está convencido y cierra su película como una circunferencia en 168 minutos.

Christopher Nolan sitúa a sus protagonistas en un mundo apocalíptico donde la especie humana está en peligro de extinción. Y en ese mundo apocalíptico coloca a una familia tradicional: padre viudo, su hijo y su hija pequeña y un abuelo. Durante bastante relato cinematográfico se nos presentan los fuertes lazos que unen al padre con la hija pequeña y viceversa (parte fundamental para poder cerrar la circunferencia al final de la aventura). El padre es un héroe que debe emprender un viaje espacial para salvar a la humanidad, y de paso a su familia, pero debe abandonarles sin saber si va a tener éxito en la misión o si va a poder acaso regresar al hogar, a la granja. Es como un Ulises que debe regresar a Ítaca pero en vez de añorar a Penélope es a su hija Murph a la que añora. Además teme que su hija siga sin entender su partida y su viaje. Es a la que desea abrazar al final de su viaje. Y como todo viaje-odisea hay cientos de obstáculos que tienen que ver con el tiempo, el espacio, la quinta dimensión, los agujeros negros y los gusanos, otros planetas inhóspitos, los ordenadores inteligentes o los expedicionarios científicos que quieren llegar a una meta…

Christopher Nolan nos lleva al espacio para encontrar un planeta habitable donde se pueda perpetuar la vida de los seres humanos que apenas pueden ya habitar en el planeta Tierra. Un planeta, por cierto, destruido por los propios seres humanos pero también los seres humanos son los que pueden avanzar y encontrar una solución a la inminente destrucción. ¿Podrá sin embargo acabar con el afán destructor del hombre? Y aquí aparece con fuerza la idea de Nolan: el instinto de supervivencia es capaz de mover al hombre a actos de amor sin límites de espacio y tiempo pero también incita a la violencia y a la destrucción del otro. Y entremedias permite el avance de las civilizaciones.

El director perpetra una película de ciencia ficción y aventuras con momentos íntimos para explicarnos una visión del mundo y del ser humano donde todo está atado y bien atado (pese a esa circunferencia…, puedes plantearte un montón de interrogantes en ese Universo que crea Nolan)… donde no hace falta plantear la existencia de un ser superior que dé explicaciones a todo. Christopher Nolan se nutre además de un reparto atractivo que pilota la película donde el Ulises particular es Matthew McConaughey que se deja acompañar en su odisea por Anna Hathaway, Jessica Chastain, Michael Caine, Matt Damon, Casey Afleck o John Lithgow.

Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

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Mike Cahill crea un mundo visual propio en Orígenes y es lo que más atrae de su película. Por ahí puede atrapar y arrastrar a lo que quiere representar a través de una doble historia de amor. Lo que ocurre es que bajo ese mundo frío, impregnado de modernidad y aires de new age, y con una cierta belleza, plantea un discurso muy simple que puede convencer o no al espectador. Presenta en forma de película un debate más candente en EEUU que en Europa: la visión del mundo de los evolucionistas y la de los creacionistas. Y de una forma más simple de lo que pretende, pues viste la película de elevada trascendencia, se inclina hacia los creacionistas.

Así presenta un mundo más o menos presente pero con elementos científicos que, por ejemplo, emplean el iris como elemento de identificación de los seres humanos. Así nos vamos moviendo en un mundo de ciencia ficción, claro. Y el protagonista es un científico (con rostro de Michael Pitt) que quiere demostrar la teoría de la evolución a través del estudio del ojo humano. Desde siempre ha sentido obsesión por el iris humano y tiene su colección particular a través de fotografías.

En un momento de su vida y casi a la vez se cruzarán en su existencia las dos mujeres más importantes de su historia individual: una etérea joven que conoce en una fiesta de Halloween a la que solo ve de su rostro los ojos, los cuáles por supuesto fotografía. Y una inteligente estudiante que va a ayudarle en su investigación. Una etérea y espiritual, bohemia, que invita al protagonista que vaya más allá de la puerta, que no se esconda en sus estudios científicos y exactos, que admita que hay misterios y que puede cruzar el umbral. La otra científica, exacta, compañera ideal, inteligente, seria, trabajadora… Y en esta dicotomía y en estas formas distintas de mirar y sentir la vida se mueve el joven científico. Un suceso terrible transforma su vida y siete años después será consciente de que la joven etérea tenía razón: no todo es tan exacto, se puede ir más allá del umbral. La espiritualidad existe. Y unos iris pueden repetirse… sin experimentos científicos.

Lo que es curioso es que Mike Cahill construye un personaje mucho más atractivo con la joven científica que con la muchacha etérea… aunque en el debate final, sea esta la que en teoría salga ganando. Parte de la teoría de la joven etérea la construye el director dando importancia (y una explicación) a las casualidades en su trama… Las casualidades a veces se transforman en grandes misterios de la humanidad y hablan de conexiones… que no podemos entender. Sin embargo, Cahill, sí que da un sentido a las casualidades que vive el joven científico… para que pueda cruzar el umbral. Por supuesto, es tan espiritual que la respuesta a todo lo encuentra en La India…

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Violencia y cotidianidad. Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut/Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

Durante el verano se estrenó la película china Un toque de violencia de Jia Zhang Ke que contaba cuatro historias con estallido de violencia final en cuatro provincias distintas de China. Su director se inspiraba en casos reales que se habían difundido a través de las redes sociales. Y versaba sobre la crispación real del momento. Pero esa crispación no solo está presente en China. Así como esa reflexión sobre la violencia en el día a día, en la cotidianidad del ser humano, no es la primera vez que es representada en la pantalla blanca. Y me viene a la cabeza esa pesimista filosofía de que la violencia se encuentra agazapada en cada una de las personas, en cada uno de nosotros, es instinto animal, y el paso de la calma a la barbarie no es tan lejano. Pura cotidianidad. A veces vivir en sociedad, en la civilización, es camuflar el instinto violento. En cualquier momento puede estallar.

Cuando escribí sobre Un toque de violencia especifiqué: “Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película)”. Así a continuación una sesión doble impactante y que sorprende de una película española y otra argentina (con presencia en la producción de los hermanos Almodóvar) que ilustran esa violencia y cotidianidad.

Magical girl (Magical girl, 2014) de Carlos Vermut

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Con solo dos largometrajes en su filmografía, Carlos Vermut, joven realizador español, ha creado un universo propio. Primero fue Diamond flash y ahora Magical girl. Mi entusiasmo y sorpresa ha ido en aumento, si Diamond flash me pareció una obra interesante para el análisis, Magical girl me ha removido. No se entiende ninguna de las dos sin un contexto social y político determinado: la crisis económica, política y social en la que estamos inmersos desde 2007. Magical girl es un puzle donde entre el melodrama, el folletín, el cine negro con perdedores de fondo y una femme fatale rota en el infierno, el mundo del cómic y el destino haciendo de las suyas, queda como resultado una obra cinematográfica redonda.

Y es que Carlos Vermut crea una identidad para su cine y lo desarrolla muy bien. En un momento dado de la película, un personaje secundario y siniestro trata precisamente de explicar una identidad española que no se decanta ni por la racionalidad absoluta o la emoción total y para desarrollar esta idea se sirve de la tauromaquia. Por qué gustan las corridas de toros y por qué causa tanta controversia: técnica y emoción. Así Magical girl, la película de Carlos Vermut, es un mecanismo cinematográfico perfecto con una puesta en escena muy cuidada y planificada que deja momentos visuales de impacto e hipnóticos pero además el espectador puede alcanzar cierta catarsis emocional dejándose arrastrar por este melodrama de destino trágico con tintes negros.

Hay un cuarteto de personajes unidos por el deseo de una niña que se muere de leucemia. Y ese deseo no es más que poseer un caro traje de un personaje de cómic, con un complemento indispensable. Así la película danza entre tres historias (con denominaciones diferentes Mundo, Demonio y Carne) que confluyen en tragedia. Cada una de ellas tiene su claro protagonista. Mundo, un profesor de literatura en paro (Luis Bermejo) con una hija enferma de leucemia. Demonio, una joven con problemas de salud mental (Barbara Lennie) que vive su propio infierno cada día y que uno de esos días en su camino se cruza el profesor de literatura en paro. Y por último Carne, un profesor de matemáticas sale de la cárcel (José Sacristán, que sigue sorprendiendo en esta fase de su carrera cinematográfica con apuestas tan atractivas como Madrid 1987, El muerto y ser feliz, Magical girl o esperando verle en Murieron por encima de sus posibilidades) y desconocemos tanto de su pasado como el de su antigua alumna, la joven con problemas de salud mental (de ambos solo tenemos pistas que nos permiten construir un puzle oscuro… donde hay piezas que desaparecen), pero vuelven a contactar en trágicas circunstancias.

Tres historias protagonizadas por tres actores carismáticos (destacar a un Luis Bermejo que se sale) y el rostro de una niña (Lucía Pollán) con el fondo de una copla de Manolo Caracol, La niña de fuego. Toda una tragedia melodramática en una España en crisis. Magical girl atrapa por lo racional (cómo está hecha, sus referentes continuos, sus metáforas, su puesta en escena…) y por lo emocional (los personajes nos arrastran a un melodrama trágico con tintes negros).

Relatos salvajes (Relatos salvajes, 2014) de Damián Szifrón

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Como bien dice el título, el director Damián Szifrón ofrece seis relatos cinematográficos salvajes y de este modo pinta un mapa político, social y económico de su país absolutamente pesimista. Pero su forma de presentarlo es a base de relato que estalla con un humor negro exultante. Szifrón no deja respiro y construye a la perfección cada una de sus historias, desde la que encabeza la colección, antes de los títulos de crédito hasta la catarsis final que cierra la película. Szifrón cuenta además con un buen reparto de actores y cuida la forma de contar cada una de las historias, la puesta en escena.

El espectador sale con la adrenalina disparada tras una reflexión bastante pesimista (pese la carcajada) de la condición humana y sus estallidos de violencia (por motivos económicos, burocráticos, sociales, políticos…). Presenta un mundo donde campa la injusticia, la corrupción, la desigualdad social, la penuria económica, la impotencia, el mundo de la hipocresía y las apariencias, la competitividad… y donde sus protagonistas pierden la cabeza, estallan.

Empezamos por un vuelo donde sus pasajeros se van dando cuentan de que hay demasiadas coincidencias entre ellos. A todos les une que han conocido en un momento de sus vidas a una persona… Seguimos por un bar de carretera y un día lluvioso donde va a parar un comensal, un político corrupto, al que atiende una camarera que le reconoce y esta comenta a la cocinera cómo este tipo arruinó a su familia. Y la vieja cocinera le hace a la camarera una proposición. Volamos a una carretera solitaria y nos cruzamos con un ejecutivo con su coche de lujo que ve cómo un viejo coche con conductor de otra condición social le impide el paso… y empieza así una discusión… Acompañamos a un ingeniero especialista en explosiones que ve cómo la burocracia del día a día va destruyendo su vida: todo empieza cuando un día una grúa se lleva su coche. Pasamos por la historia más escalofriante sobre un muchachito de familia bien que despierta aterrorizado a sus padres porque se ha dado a la fuga después de atropellar a una mujer embarazada. Y terminamos en una boda de un matrimonio joven donde ella realiza un descubrimiento que la hace perder los estribos en plena celebración. Seis estallidos que dejan sin respiro. Carcajada y catarsis.

Entre los rostros de actores, una cantera de categoría, podemos encontrarnos con Dario Grandinetti, Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese o una sorprendente Érica Rivas, como novia despechada. Szifrón se convierte en un cronista contemporáneo muy eficaz que logra remover a través de la carcajada y el estallido. Después reflexionas, y llega el pesimismo y una tristeza ante un mundo reconocible y salvaje.

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Clásicos desconocidos. Corrientes ocultas (Undercurrent, 1946) de Vincente Minnelli / Cautivos del terror (Cry Terror!, 1958) de Andrew L. Stone

Una sesión doble de clásicos olvidados y desconocidos. Ninguna de las dos películas es redonda pero tienen varias bazas para no dejarlas escapar. Primero descubrir a un Minnelli que está experimentando más allá del musical por el camino del melodrama y el delirio. Segundo adentrarse en la obra de un director desconocido para mí en un relato cinematográfico donde se maneja la tensión y el suspense. Y tercero descubrir y disfrutar en las dos de unos repartos maravillosos.

Corrientes ocultas (Undercurrent, 1946) de Vincente Minnelli

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Corrientes ocultas permite esos privilegios (por lo menos para la que esto escribe) de ir conociendo toda la filmografía de un autor cinematográfico e ir viendo su evolución y sus riesgos. Sus aciertos y sus desaciertos hasta alcanzar obras absolutamente redondas. Vincente Minnelli se prodigó sobre todo en tres géneros: el musical, el melodrama y la comedia elegante y sofisticada. Adoro al Minnelli desatado que dejó cumbres tan perfectas como Con él llegó el escándalo, Como un torrente, Dos semanas en otra ciudad… En ellas alcanzaba altas cotas de melodrama desatado donde las emociones de los personajes superaban cualquier tipo de racionalidad… y Minnelli pintaba un lienzo perfecto y colorido de los sentimientos extremos, sin pudor ni vergüenza.

Corrientes ocultas preludia el delirio emocional pero Minnelli todavía se contiene racionalmente con su paleta en blanco y negro. Así sentimos esas corrientes ocultas, que hacen a esta película muy interesante, pero el lienzo no es perfecto. Por el ritmo fallido, el espacio entre cada estallido y las pinceladas confusas de los personajes (sobre todo de nuestra protagonista)… Precisamente son las corrientes ocultas y la ambientación de algunos momentos lo que termina enganchando al espectador así como la fuerza de una historia de amor latente con un ‘desaparecido’… lo más irracional de todo es lo más atractivo.

La película de Vincente Minnelli, que ya empieza a experimentar con el melodrama y que pronto haría piezas fundamentales en blanco y negro como Madame Bovary (que defiendo a capa y espada…) o esa radiografía de un Hollywood con su cara y su cruz… Cautivos del mal, indaga en un subgénero especial que ha dejado obras inolvidables: esposas enamoradas (o no) en el borde del peligro y el abismo. Y donde el marido es ese ser lejano y misterioso que no llega a hacerlas felices y que alrededor de su figura hay demasiadas incógnitas. Estas atribuladas esposas pueden vivir en una América sureña, habitar mansiones góticas o estar atrapadas en una gran ciudad. Así se nos vienen a la cabeza: Rebeca, Sospecha, Luz de gas, Luz en el alma, Secreto tras la puerta, Un grito en la niebla… Para Corrientes ocultas, Minnelli adapta una novela de una popular escritora, Thelma Strabel, y cuenta para la atribulada esposa con Katherine Hepburn.

El primer tropezón es no saber muy bien cómo dar con el género adecuado: comedia amable, drama, intriga, melodrama desatado… Así esto afecta a nuestra heroína (que gracias a los esfuerzos de una Hepburn carismática, logramos no caer con ella en la indefinición). Mujer joven independiente, culta y espontánea que vive felizmente con su padre científico en una pequeña localidad… a la cual no la interesan mucho sus pretendientes, fuente de preocupación para la mujer que atiende la casa de padre e hija. De pronto aparece un hombre de negocios con el rostro de Robert Taylor (que desde el principio notamos que no es hombre para nuestra Kate…, qué antipático y soso es…). Ambos se enamoran en plan flechazo y Kate se convierte en esposa, la trasladamos a la ciudad y se convierte en una mujer provinciana, dependiente, que no sabe moverse en sociedad (¡ni vestirse!) y totalmente entregada a su esposo (¿?)… Menos mal que le entra la vena investigadora (pues no entiende por qué su marido oculta la existencia de un hermano y además es un tema que le pone de los nervios) y también empieza a alimentar un interés y una afinidad con el desaparecido de lo más interesante. Esta es la corriente oculta que más engancha de la película. El enamoramiento de una mujer por un desconocido del que solo escucha cosas o conoce su casa u objetos personales… El marido es Robert Taylor que pasa de ser un soso pijo a un hombre malhumorado que esconde secretos y que empieza a desarrollar un extraño sentido del amor: su esposa le pertenece… y ya sabemos que eso nunca funciona. Los actores secundarios son desaprovechados en la trama porque desarrollan interesantes personajes pero no se les deja aparecer en todo su esplendor como un ya carismático y maravilloso Robert Mitchum o un entrañable (pero efímero) Edmund Gwenn.

Así Vincente Minnelli demuestra y va experimentando y demostrando en lo que brilla… en las emociones en las que la razón no cabe, en la recreación de ambientes y momentos muy conseguidos de tensión. Así los ataques de furia de Robert Taylor en instantes inesperados, los descubrimientos o inquietudes de Kate como, por ejemplo, lo que significa en la casa de su esposo una melodía clásica tocada en el piano, el uso de las escaleras, las escenas de tensión en la cuadra con un caballo indomable que solo dominaba el hermano desaparecido, un encuentro clave entre dos personajes en esa misma cuadra, el tenso paseo por el bosque a caballo del matrimonio con una amiga… Minnelli deja entrever ese pincel que le permitirá seguir en las corrientes ocultas de las emociones humanas para dejar que se derramen en sus coloridos melodramas con un sentido del ritmo y sin ningún miedo en desatarse y así hacer llegar al espectador a la catarsis. En Corrientes ocultas… casi lo consiguió pero se contuvo demasiado… es como si estuviera en periodo de prueba.

Cautivos del terror (Cry Terror!, 1958) de Andrew L. Stone

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Empiezo a leer en la caratula su reparto y de pronto no me contengo…, decido que tengo que verla: James Mason, Rod Steiger, Neville Brand, Angie Dickinson, Kenneth Tobey, Jack Klugman y descubro además la triste historia de su coprotagonista (que podría haber sido actriz brillante pero falleció demasiado pronto), Inger Stevens. Al director no le conozco de nada pero leo que también fue productor y guionista (en esta película mismamente) y repaso títulos de su filmografía que no me importaría rescatar. Y me alegro de haberme animado con la que hoy comentamos.

Cautivos del terror es un tenso thriller de familia unida secuestrada por una panda de malvados terroristas que quieren intimidar a una compañía de aviación colocando bombas en sus aviones de pasajeros a cambio de dinero. Pero toda la trama ocurre en las calles de la ciudad…, utilizan a la familia secuestrada para primero, con engaño, la fabricación de las bombas y después para extorsionar a la compañía y que sea a través de ellos que entreguen el dinero y amenazando continuamente con su muerte (son padres de una linda niñita).

El matrimonio en peligro son un siempre efectivo James Mason y una magnífica Inger Stevens (actriz que prometía pero se quitó la vida muy pronto…) antes mencionada, en su papel de sufridora nata pero también intrépida y valiente. Y los secuestradores no tienen desperdicio: el frío y calculador, carismático y jefe de la banda, Rod Steiger. El joven sin escrúpulos pervertido sexual que hará sufrir de lo lindo a la joven esposa, Neville Brand. La que actúa por dinero, fría y hermosa, Angie Dickinson. Y el que se muestra más normal y sobrepasado por la situación, un mandado con escrúpulos, Jack Klugman.

¿Cuál es el mayor pero de esta película que, sin embargo, ofrece buenísimos momentos de tensión? Pues además de no salirse ni un centímetro de los tópicos de este tipo de películas, Andrew L. Stone, ni como guionista ni como director, no se decanta por un punto de vista para contar esta historia. Cambia continuamente, creando un baile incómodo que elimina emoción e impacto. Primero parece que los protagonistas van a ser los de la compañía de aviones y el FBI. Después la pandilla de terroristas, más tarde va contando distintas escenas desde el punto de vista de ella, la esposa, y desde el punto de vista de él, el esposo… con voces en off… Sin embargo los peros se compensan por escenas de tensión como los enfrentamientos entre la esposa y el joven secuestrador (bastante perturbado) o la persecución del líder de la banda a la esposa por la estación de metro o el intento de fuga del marido por el hueco del ascensor… Y sobre todo por ver toda una galería de actores no solo buenos sino también muy carismáticos…

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Dos sesiones dobles sobre retratos femeninos…

Dos se encuentran en la cartelera. Otra es relativamente reciente y la última lejana en el tiempo. Cuatro retratos de mujeres muy diferentes. Una americana, dos italianas y una británica… Y todas tienen algo que decir y que contar. Y las cuatro son muy diferentes entre sí. Tanto en sus personalidades como en sus opciones de vida.

Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013) de Destin Cretton

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Grace es una joven que trabaja en un centro de adolescentes en riesgo de exclusión social. Y poco a poco vamos descubriendo que ella también soportó heridas incurables en la infancia que todavía se encuentran latentes en su interior. Y esas heridas vuelven a sangrar por tres acontecimientos que trastocan su vida: la llegada de una nueva adolescente con la que se siente identificada, la maternidad y una llamada telefónica que devuelve brutalmente su pasado.

Película independiente donde se nota que Destin Cretton conoce el mundo que refleja en pantalla (trabajó durante una temporada en uno de esos centros). El riesgo de este relato cinematográfico era caer en el drama extremo, en lo morboso o en un estrenos tv. Y sin embargo ofrece autenticidad, naturalidad y emoción. Destila respeto por los adolescentes que habitan esas paredes y por los cuidadores que cada día se enfrentan a distintas situaciones.

Antes de este largometraje había tratado el tema en un cortometraje, cuando se ‘vistió’ de largo decidió cambiar al protagonista masculino por Grace. Así presenta el retrato duro de una mujer herida desde la infancia, y mientras es buenísima en su profesión, ella cada día se hunde más en el abismo, la incomunicación y el silencio… incapaz de pedir ayuda, por ejemplo, al hombre con el que comparte su vida y que no hace más que pedirla que hable con él…

Viajo sola (Viaggio sola, 2013) de Maria Sole Tognazzi

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Irene vive sola, sin pareja. Porque así se lo ha montado y así lo quiere. Tiene más de cuarenta años y las personas más importantes de su vida son su hermana (marido y sobrinas en el cupo) y su mejor amigo, Andrea, con el que tuvo una relación en el pasado. Su trabajo absorbe mucho de su tiempo: es inspectora de hoteles de lujo… viaja por todo el mundo…

Así la directora Maria Sole Tognazzi presenta una película elegante y amable sobre una mujer que viaja por su vida como realmente quiere…, sola e independiente. Pero a veces en el viaje, ante imprevistos, surgen dudas de si el camino elegido es el adecuado. Pero ella es siempre la que decide. Tres motivos harán tambalear su modo de vida: la posibilidad de perder el apoyo emocional que le aporta su amigo, Andrea; los roces con su hermana y el conocer a una mujer solitaria como ella que le habla de vivir, apasionarse y disfrutar de las imperfecciones de la existencia. Y es esa mujer la que le dice que precisamente la vida perfecta de los hoteles de lujo no es un hábitat real…

La prima cosa bella (La prima cosa bella, 2010) de Paolo Virzì

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Anna es una ‘mamma’ italiana bellísima, vital y con muy mala suerte con los hombres…, arrastra a sus dos hijos en sus alegrías, penas y situaciones complicadas. Se come la vida a bocados. Los años han pasado y su hijo mayor Bruno, infeliz y desencantado, vive alejado de ella hasta que un día va a buscarle su hermana pequeña para decirle que a su madre apenas le queda tiempo por vivir. A Bruno le vienen todos los recuerdos de su infancia y adolescencia junto a ella…

Tragicomedia que termina emocionando, ríes y lloras a la vez. Anna tiene dos rostros: durante su juventud es Micaela Ramazzotti y de anciana a punto de fallecer por una enfermedad terminal, Stefania Sandrelli. Imposible no empatizar con esta mujer vital que a su pesar hace sufrir a sus hijos sobre todo al mayor, el sensible y nostálgico Bruno (que se convierte en el narrador del pasado). Inolvidable ese momento en que un Bruno ya mayor va a buscar a su madre, que ha escapado del centro de salud, a la sala de cine donde proyectan una película de amor. Y cómo luego ella le pide un paseo por la calle, en moto y terminar bailando juntos en una fiesta de barrio. Y como en esa fiesta, Bruno vuelve a los brazos de su madre y le pregunta desesperado, casi susurrando, por qué es tan infeliz…

Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937) de Alfred Hitchcock

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Erica es una joven y moderna chica de los años 30. Conduce con orgullo su coche y ayuda a su padre viudo en el cuidado de un montón de hermanos más pequeños que ella. Su padre es comisario de policía. Ella se mueve bien en el mundo de hombres en el que trabaja su padre. Allí conocerá a un ‘falso culpable’ (uno de los leitmotiv de la filmografía del maestro del suspense), Robert, un joven guionista que se ve involucrado sin comerlo ni beberlo en el asesinato de una famosa actriz. Por Robert, Erica se saltará las reglas de su mundo dentro de la ley y el orden. Intrépida y aventurera apostará por la inocencia de Robert y le ayudará a demostrarlo.

Película vital y tremendamente entretenida (eso es, puro entretenimiento) de Hitchcock en su periodo británico. Erica es una chica moderna e inocente a la vez, que enamorada y práctica decide ayudar, intrépida, al falso culpable… y meterse en toda una aventura. Sus compañeros de viaje para solucionar el caso: el falso culpable acosado y perseguido por la policía (donde se encuentra el propio padre de Erica) y un sin hogar que es el único que posee una pista muy importante para demostrar la inocencia de Robert. Hitchcock ya muestra su mirada especial, y cómo el cine corre en sus venas: con escenas tan inolvidables como la aparición del cadáver, los encuentros entre los jóvenes en el molino abandonado, la fiesta de cumpleaños o toda la escena final cuando descubren al verdadero asesino en una sala de baile…

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Sobre la melancolía. Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969) de John Frankenheimer/ Bienvenido a casa (Welcome home, 1989) de Franklin J. Schaffner

 … si miramos el adorado diccionario y nos centramos en la palabra melancolía, nos dice una de sus acepciones: “tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada” (RAE). El cine puede provocar ese sentimiento en el espectador, esa tristeza vaga, profunda y sosegada (… no permanente, gracias) ante el visionado de ciertas películas empapadas en melancolía. Y eso es solo una de las características que une a las dos obras cinematográficas de nuestra particular sesión doble. Pero las similitudes son más.

Ambas se estrenaron al final de una década… y unen a la melancolía, el desencanto. Y ambas fueron filmadas por directores de esa buena generación de la televisión, preludio del nuevo cine americano. John Frankenheimer y Franklin J. Schaffner, dos realizadores a tener en cuenta con filmografías interesantes. Ninguna de las dos películas funcionó en términos comerciales. La primera se ha ido revalorizando con el paso del tiempo, la segunda ha caído en el más absoluto olvido y solo es recordada con sinopsis desacertadas (Los temerarios del aire, también cuenta con sinopsis antológicas por absurdas) y críticas negativas. Y creo que estas valoraciones son injustas ante una obra póstuma que no es perfecta sino inacabada…

Ambas películas son dramas sensibles e intimistas que dejan al espectador en un estado de tristeza sosegada. Quizá el primer impulso, tras verlas, es quedarse mirando un punto en el vacío… y recordar las melodías de dos grandes de las bandas sonoras: Elmer Bernstein y Henry Mancini.

Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969) de John Frankenheimer

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Imposible no sentir la melancolía, la apatía y el desencanto ante Los temerarios del aire. La película transcurre en tan solo unas horas y su argumento es aparentemente sencillo. Tres hombres se dedican a arriesgar sus vidas en saltos acrobáticos por los aires en paracaídas. Ofrecen su espectáculo por distintas localidades estadounidenses. Lugares apáticos, aburridos, monótonos… donde sus habitantes se han encerrado en el conformismo y el aislamiento. Muertos en vida que cuidan las apariencias y tratan de escapar de su ‘cárcel particular’ con las simulaciones tímidas de dobles vidas (vidas subterráneas tan cinematográficas…) igual de vacías… que de pronto se ven asaltados por la ‘emoción’ de un espectáculo que les acerca a la muerte, a sentir algo en sus monótonas vidas.

A cada uno de los protagonistas le mueven distintas motivaciones. Son tres hombres muy diferentes. Está aquel que parece más práctico, extrovertido, fanfarrón y que dice que todo es por el negocio (magnífico Gene Hackman), el joven que está experimentando con todo su miedo y prudencia a cuestas y con un pasado triste en la mochila (un sensible Scott Wilson) y por último un hombre silencioso, introvertido, que parece que no tiene miedo a nada pero que oculta un desencanto profundo y un nihilismo que le hace tirarse al abismo (siempre carismático Burt Lancaster)…

Frankenheimer cuenta la parada en una localidad más… que sin embargo cambiará drásticamente la vida de los tres. Tres perdedores conscientes de su agonía… y la de los demás. Uno disimula esa agonía y se aferra a sueños y creencias; otro el más joven trata de entender esa agonía, comprender a los otros. Y por último, el héroe perdedor que se hunde más y más en el abismo… aunque trate de aferrarse a clavos ardiendo… que finalmente se hielan.

Esa localidad más… no es así para el más joven de los paracaidistas, que recuerda ese punto de inflexión en el pasado que cambió su vida y le convirtió en un ser errante. Ahí vivía con sus padres, un accidente supuso un cambio radical de su existencia… y ahí están todavía unos tíos suyos, lejanos, casi desconocidos. Los Brandon, que habitan una casita burguesa y que además tienen como inquilina a una joven universitaria (brillante Deborah Kerr, William Windom y Bonnie Bedelia). El joven los llama y estos invitan a los tres hombres a su hogar.

Frankenheimer logra una de esas películas donde lo importante es lo que no se cuenta, lo que se intuye. Lo queda atrapado en los silencios, en las miradas, en lo que no se dice o lo que queda atrapado en el subtexto de lo que se declara. Y con una sensibilidad e intimidad extrema muestra a unos habitantes del mundo adormecidos y atrapados. Aburridos, melancólicos, monótonos, desencantados… con miedo a la vida. Solo los paracaidistas consiguen una sensación de libertad y riesgo en sus peligrosas acrobacias pero cuando pisan tierra firme…, continuamente huyen y huyen de un sitio a otro, errantes…

John Frankenheimer coronaría así su fructífera relación profesional con Burt Lancaster (fracaso comercial del tándem). Uno de los atractivos de la película era recuperar a un Burt Lancaster y una Deborah Kerr… que como en 1953 en De aquí a la eternidad vuelven a protagonizar una infidelidad. Aquí sin censuras pero sí con mucha delicadeza y con una desesperanza dolorosa. Kerr muestra a una mujer encarcelada y congelada en su cárcel particular de vida monótona…, para Lancaster supone una ilusión fugaz de no caer en el abismo…

Frankenheimer se muestra virtuoso tanto para mostrar la emoción, la tensión y la acción en las escenas acrobáticas (con cámara subjetiva…) como para pasearnos por la vida gris de una localidad estadounidense de los sesenta, arrastrarnos por la melancolía latente y continúa y asentarnos en una intimidad que oprime…

Bienvenido a casa (Welcome home, 1989) de Franklin J. Schaffner

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Un drama injustamente olvidado y también, creo en mi opinión, injustamente valorado. Bienvenido a casa es la obra póstuma de Schaffner que no pudo realizar el montaje final y esconde así todo el potencial de la película que podría haber sido. Drama melancólico, delicado y con momentos muy hermosos que plantea el duro regreso a EEUU de un ‘desaparecido’ en la guerra de Vietnam. Ha tardado casi veinte años en volver… Y su regreso no es un camino de rosas.

Es un regreso que quiere ser enterrado y poco o nada publicitado por el ejército de los EEUU. Después de una guerra tan impopular como Vietnam, que marcó a toda una generación de jóvenes, y que trajo todo el desencanto de un país que se creía todopoderoso…, no les conviene reconocer que se cometieron más ‘errores’ y que es posible que haya más desaparecidos en combate como el protagonista, vivos, al otro lado del Pacífico. Es un regreso que remueve vidas: la de la joven esposa que quedó ‘viuda’ demasiado pronto y con un niño entre sus brazos que ahora ha rehecho su vida y la de un padre al que devolvieron a un hijo en un ataúd. Y la de un soldado que no se siente héroe, arrastrando mucho horror, miedo y dolor en su mirada, que tan solo trató de sobrevivir. Y esa supervivencia suponía también olvidar su vida pasada y aferrarse a su presente junto a una campesina y sus dos hijos atrapados en ese momento en un campo de refugiados camboyano.

Es una película de curar heridas, de recuperar un pasado, de redefinir lazos… y todo lo hace a través de la melancolía, con un ritmo pausado, con un tempo de calma. Una melancolía que quiere ser superada… Así Schaffner atrapa momentos íntimos y delicados con sus protagonistas y los convierte en cercanos.

Schaffner aprovecha la química entre sus actores y crea escenas muy limpias y elegantes con una emoción cercana. El desaparecido es Kris Kristofferson. A su regreso a EEUU, además de intentar por todos los medios que su familia al otro lado del mar pueda estar a su lado, vuelve a contactar con el pasado. Así vuelve a contactar con el padre (el veterano Brian Keith), sus conversaciones destilan verdad. Y también con la esposa (JoBeth Williams) que dejó que junto al hijo adolescente de ambos (al que nunca pudo conocer, ni siquiera sabía de su existencia) han construido otra existencia junto a un buen hombre (Sam Waterston), que tiene sus dudas y que no sabe cómo enfrentarse a la nueva situación pero lo intenta hacer lo mejor posible.

Así el director deja a Kristofferson recrearse en un baúl de los recuerdos donde encuentra una vieja cazadora de su juventud. A un padre tratando de volver a reír con su hijo, de conectar con él y con su dolor. A una mujer también aferrada a los recuerdos del pasado junto a un hombre que amó… pero que ahora tiene otra vida que también la reconforta… mientras escucha un disco de vinilo con una canción de Elton John, Your song. A un marido que entiende a la esposa y al hijo adolescente pero que no sabe cómo ayudarles y que tiene mucho miedo a perder lo que ha construido durante años. O el dilema de un adolescente que se creó una imagen del padre ausente y muerto… y ahora se encuentra con otro padre que no esperaba…

Los momentos más débiles, endebles y carentes de fuerza son los que suceden al otro lado del Pacífico y toda la trama militar que son los que nos recuerdan que es una obra inacabada que podría haber sido perfecta y seguir la estela de obras como El regreso de Hal Ashby. Sus puntos fuertes, el desarrollo del drama familiar, las redefiniciones de las relaciones, la recuperación del pasado y la reconstrucción de un futuro posible para el protagonista al lado de los que le conocen y quieren…

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