Diccionario cinematográfico (214)

elpadrino

Tiros y tiroteos…: disparo de un arma de fuego…, disparar repetidamente armas de fuego contra personas y cosas. Tiros y tiroteos. Desde aquella escena de cine mudo, aquel primer western, Asalto y robo de un tren de Edwin S. Porte, que deja unos últimos fotogramas de un hombre disparando a pantalla… como si el tiro fuese directamente al espectador, los tiros y tiroteos han sido protagonistas de grandes momentos cinematográficos.

Nunca podré olvidar:

1. La muerte de Sonny Corleone en una emboscada en un peaje. Un montón de hombres con ametralladoras salen de las garitas y de un coche… y disparan sin dejar tregua posible. Sonny logra salir del coche, gritar y caer… quedando al final tan solo su cadáver en la acera. En silencio.

2. La muerte de Carlitos Way en la estación de tren. Huyendo de mil y un disparos… y al final, a punto de alcanzar un sueño, incapaz de sortear el balazo inesperado…

3. La muerte de un niño de un tiro tras una carrera desesperada para esconderse del ‘delincuente jefe’ del barrio, cerca del puente de Brooklyn. Y solo una palabra al adolescente amigo, “Me resbalé”. Después cierra los ojos… en Erase una vez en América de Sergio Leone…

4. La muerte de Bonnie y Clyde. Y esa mirada que se lanzan los dos antes de ser acribillados a balazos.

5. La no muerte de Butch Cassidy y Sundance Kid, un tiroteo donde sabemos que van a salir sin vida pero que justamente, con las bromas de siempre, cuando se enfrentan a ser acribillados a balazos sus imágenes se quedan congeladas y por lo tanto ellos convertidos en leyenda.

La historia de Bonnie y Clyde me recuerda que hay muchas parejas que han visto sus historias terminadas a base de tiros:

1. A veces se mataban entre ellos porque se odiaban y se amaban a la vez y claro eso es bastante complejo. Se traicionaban los dos y luego se fundían en un beso. Los que mejor lo hicieron fueron Perla y Lewton en su duelo al sol.

2. Obsesionados por las armas hasta el final, solos en el bosque y entre la niebla, y no dejan nunca de disparar… Eros y Tanatos se dan la mano. Ellos tienen el demonio de las armas dentro (mucho más ella)… Son Bart y Annie…

3. La pareja trágica que muere a balazos. A los dos les sigue la mala suerte. Lo único que pueden conservar es su amor pero no en la tierra. Así Fritz Lang lleva el romanticismo al extremo cuando dos amantes fugitivos solo viven una vez… Viajan en un coche, huyendo. Y ambos siguen soñando. Ella le enciende un cigarro, él tararea… Y al final de una curva la muerte en forma de policía con metralleta acecha. Eddie sigue conduciendo… hasta que su coche se choca. Y salen los dos malheridos. Las balas les han dado. Y Eddie toma a Joan en sus brazos… y los dos siguen huyendo enamorados. Pero los policías les alcanzan y uno, a través de la mirilla de su escopeta, da el disparo certero…

Y entonces me vienen a la cabeza los duelos con pistola. Los tiroteos en el lejano Oeste. O esos gánsteres que dejan su huella allá por donde pasan. Y me doy cuenta de que los tiros y tiroteos nunca dejan de salir en una pantalla blanca y de dejar momentos cinéfilos en la cabeza. Uno de los últimos pistoleros tiene el rostro de Ryan Gosling… en Drive, Cruce de caminos, Solo Dios perdona, Brigada de Élite… protagoniza tiros y tiroteos. Los da y los recibe.

Tiros y tiroteos… es la historia de nunca acabar.

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La mano negra (Black Hand, 1950) de Richard Thorpe

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A veces te compras un pack de dvd sobre todo por una película que andabas buscando y a veces incluye otras que no das importancia o de las que no tienes referencia alguna. Y de pronto esa película hasta ese momento anónima, se convierte en sorpresa o descubrimiento. Por ejemplo me ocurrió cuando tenía ganas enormes de poder conseguir El demonio de las armas y la encontré en un pack donde venía junto a Agente especial. Si me gustó El demonio de las armas, Agente especial fue todo un descubrimiento. Pues bien hace poco adquirí un curioso pack de Gene Kelly porque estaba una película que había perseguido largo tiempo, Luz en el alma de Robert Siodmak (un realizador que me gusta bastante) y la otra película que acompañaba a dicho título era La mano negra, película de la que no tenía referencia alguna. Pues bien mientras Luz en el alma me parecía una película interesante de la filmografía de Siodmak pero no redonda, me he quedado absolutamente prendada de La mano negra, un film de un director tan prolífico como desconocido o poco analizado, Richard Thorpe. Lo de pack curioso lo digo porque es de un Gene Kelly totalmente alejado de sus papeles en el cine musical.

Pero vayamos al tema, La mano negra es una película muy bien contada, con ritmo y tensión, que además versa sobre un tema no excesivamente tratado en pantalla hasta que llegó El Padrino (sobre todo su segunda parte), con una ambientación inspirada en el cine negro de un Nueva York de principios de siglo, en la Little Italy de Nueva York (y un importante episodio en Nápoles). Así me ha sorprendido un director al que tenía olvidado y del que me queda bastante por descubrir, Richard Thorpe. De nuevo un director artesano del sistema de estudios de Hollywood que tiene una filmografía extensa. Thorpe dirigió varias películas de Tarzán con Weismuller y años más tarde dos películas con el cantante de moda, Elvis Presley o con jóvenes adolescentes de éxito como Sandra Dee o Hayley Mills. Sin embargo para mí siempre será el director de Ivanhoe. Durante una época dirigió populares películas de aventuras como la nombrada, El caballero de Zenda, Los caballeros del rey Arturo, El príncipe estudiante o Las aventuras de Quentin Durward. Así era un director del sistema de estudios que no se le resistía género alguno y de pronto le descubro en una película tan interesante como La mano negra. Y sobre todo me interesa porque me encanta descubrir buenos antecedentes de la trilogía El padrino (por la que siento una predilección especial). Hace poco escribí sobre Odio entre hermanos, rodada un año antes que La mano negra, de Joseph L. Mankiewicz. Así se puede trazar una senda de películas que llevaron a El padrino…

Dirigida en blanco y negro, con buenas escenas de acción-tensión y un uso de los primeros planos excepcional (los personajes secundarios tienen unos rostros portentosos para que esos primeros planos se nos queden en la memoria). La película empieza con un prólogo magnífico que dispara la trama. Un inmigrante italiano, abogado, afincando en Nueva York, trata de colaborar con la policía para atrapar a los integrantes de la Mano Negra, una organización criminal italiana que tiene atados de pies y manos a los italianos neoyorquinos porque les hacen vivir con terror y temor, sin poder cumplir ese ‘sueño americano’ y esa libertad soñada. Ese hombre tiene una mujer que teme por el futuro de su marido y un hijo adolescente. Efectivamente, como temía su esposa, el abogado es asesinado por miembros de la Mano Negra, impunes por otro delito más. La madre pierde la cordura y solo quiere regresar a Italia, a pesar de un policía, Louis Lorelli, que quiere protegerla (maravilloso J. Carrol Naish) y que trata de combatir a la organización. Y el adolescente jura que regresará para la venganza…

Así la película ya te atrapa irremediablemente. Pasan ocho años y regresa en un barco con nuevos inmigrantes italianos aquel adolescente convertido en un hombre, Johnny Columbo (Gene Kelly), dispuesto a vengar la muerte de su padre. En el camino se encontrará a una vieja conocida de su juventud, Isabella, con su hermano pequeño y a aquel policía que quiso cuidar tanto a su madre como a él, Lorelli. Ambos tratarán de convencerle de que la vendetta solo provocará una muerte más pero no servirá de nada para terminar con la Mano Negra y el terror que tienen instalado entre todos los inmigrantes italianos afincados en Nueva York. Ellos son partidarios de buscar un método legal que permita que la organización criminal se tambalee y que todos se unan contra ellos, y sobre todo rompan el silencio. Así este tratará de vencer a la organización por medios legales pero el camino no será nada fácil…

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La película está repleta de buenos momentos como la muerte del padre del protagonista en el prólogo, el episodio que transcurre en Nápoles sobre todo la última parte, y el juicio que les sirve para encontrar un método que les permite combatir a los miembros de la Mano Negra… Buenos momentos que demuestran el dominio del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena por parte de Richarp Thorpe. Así La mano negra es una película que cuida las sombras y los ambientes donde se mueven los personajes. Los hoteles y las viviendas de estrechas escaleras, los tugurios donde cantan viejas canciones, las calles solitarias con sombras intrusas… además de no dejar respiro con persecuciones, secuestros, bombas, juicios, palizas… y la lucha incansable de Johnny por lograr terminar con la organización que mató a su padre. El personaje de Johnny se enfrenta siempre a un dilema: ¿combate legalmente a la organización o se convierte en un hombre de acción para alcanzar su objetivo…? Y es una sorpresa encontrar a un Gene Kelly correcto en su papel (con escenas de tensión muy bien resueltas sobre todo al final) pero quien se lleva la palma como personaje es Louis Lorelli interpretado por un actor secundario de toda la vida, J. Carrol Naish, de esos que imprimen mucha verdad a sus personajes. De esos que nadie recuerda sus nombres (yo no lo recordaba) pero sí sus rostros y alguno de sus personajes…

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Algunas películas de hoy, otras de ayer, algunas reflexiones y un plan para tardes de verano

Patricia Highsmith en el cine

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Sí, a Highsmith la conozco más en la sala de cine que en la sala de la biblioteca. El cine sigue acercando su mundo literario a aquellos que todavía no nos hemos sumergido entre sus páginas: crimen, mentira y culpa. No sólo existe Ripley entre sus personajes (y el más adaptado al cine). Así ahora está en cartelera Las dos caras de enero del debutante Hossein Amini (hasta ahora siempre guionista). Una película de suspense de factura clásica y elegante que transcurre entre Grecia y Estambul. El trío protagonista logra atrapar al espectador con sus relaciones peligrosas, brillando la composición de Viggo Mortessen como Chester MacFarland, un carismático turista norteamericano de vacaciones en Grecia durante los años sesenta. Chester va acompañado de su joven esposa Colette (Kirsten Dunst). En el camino del matrimonio se cruza un joven guía norteamericano, timador y que arrastra un pasado familiar (Oscar Isaac). Un asesinato y el destino unirá a estos tres personajes en un tenso viaje… Lo que más me ha sorprendido ha sido encontrarme con ecos que me arrastraban a Extraños en un tren, sobre todo en la resolución final del caso y la relación entre Chester y el guía. Como ocurre en las novelas de Highsmith (no las he leído pero sí he indagado sobre ellas), la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos son los motores de una trama que cada vez se va complicando más… arrastrando a los personajes al abismo y a sus infiernos interiores. Y este aspecto no se descuida en la película que cuenta con ritmo y con momentos realmente tensos.

Adiós a los príncipes azules

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Primero Brave, después Frozen (en el camino las distintas versiones de Blancanieves, incluida la de Berger)… y ahora Maléfica. El camino está abierto. Se acabaron los príncipes azules para las damiselas. La búsqueda del príncipe azul no da la felicidad y sí más de una desgracia (o sale malo o es de lo más anodino). Con Maléfica tampoco podemos creer ya en las hadas madrinas, que tienen un aspecto de señoras estúpidas o jóvenes sin cerebro. Todo es mucho más complejo y las relaciones también… pero en ellas está la solución para madurar y seguir viviendo. El príncipe azul no vale nada. Es importante buscarse una relación afectiva fuerte pero no tiene por qué ser con un príncipe que probablemente no exista, o no cumpla las expectativas (ni las damiselas las cumplan para ellos). Los lazos fuertes pueden ser entre madre e hija, entre hermanas, entre compañeros de andanzas y trabajos, entre una mujer con el corazón roto y otra a la que todavía no se lo han hecho pedazos… Ya no vale nada el beso de amor del príncipe. Ese beso no salva. Son otros afectos… La Maléfica de Angelina Jolie nos es representada con el corazón roto y como un ángel caído sin alas… Y esta encarnación del mal sufrirá una evolución inesperada junto a una bella durmiente a la que todavía no han hecho daño y a la que ella misma soltó una maldición hace años… (que no tiene vuelta atrás). ¿Cuál es la fuente de inspiración de tan pérfido personaje con pómulos incluidos? El personaje animado de la película de Walt Disney de 1959. Adiós a los príncipes azules.

Tren como metáfora

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El coreano Bong Joon-ho propone una fábula futurista y presenta un tren como metáfora de la humanidad y sus ‘equilibrios’ basados en poderes y desigualdades. Snowpiercer es un viaje-pesadilla a los distintos compartimentos de un tren muy especial. Es la adaptación que realiza el director coreano de un cómic, Le Trasperceneige, escrito por Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb. El viaje comienza en la cola de un tren (en el último vagón), donde se encuentran los sometidos, los que viven día a día con el miedo y las carencias, con la represión brutal, con el hambre y la deshumanización, bajo un férreo régimen militar. Un grupo de los sometidos, con un líder a su pesar, se rebela y quieren llegar al primer vagón donde está el poderoso, el que todo lo dirige. Este grupo irá avanzando, superando obstáculos y viendo los privilegios de ir avanzando… en un tren que nunca para. Snowpiercer cuenta cómo un experimento que trataba de acabar con el calentamiento global, termina destruyendo la vida en el planeta tierra. Los únicos supervivientes se encuentran en ese tren que nunca, nunca, nunca puede parar. Un tren con un régimen político y social que no nos es desconocido, cada avance es una reflexión y la llegada del ‘salvador a su pesar’ hasta el ‘dueño y señor’ un puñetazo… Snowpiercer no solo es visualmente potente sino que además sorprende hasta el final y su ritmo no decae ni un solo instante. Por otra parte cuenta con un reparto llamativo desde una desconocida y caricaturesca (el coreano siempre deja chispas de humor absurdo que golpea) Tilda Swinton hasta una galería inmensa de secundarios, Jamie Bell, Octavia Spencer, Johh Hurt, Ed Harris… También se encuentra el actor fetiche de Bong Joon-ho, Song Kang-ho y como ‘salvador’ complejo y carismático, Chris Evans.

Amor irracional

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¿Os imagináis una pareja más improbable que Deanna Durbin y Gene Kelly? ¿Y os imagináis que además sean pareja en una película que no es un musical? ¿Os imagináis que esa película mezcle el cine negro con el melodrama? ¿Os imagináis que sea la adaptación al cine de una novela de un escritor tremendamente cinematográfico, W. Somerset Maugham? Todas estas preguntas tienen una respuesta real: Luz en el alma de Robert Siodmak, película de 1944. Y el resultado es sorprendente. Deanna Durbin encarna (sobre todo en la escena final), como una heroína melodramática consumada, el reflejo del amor irracional. Ella es una cantante de un local nocturno que cuenta a un soldado desencantado, en varios flash backs, su relación con su esposo, un asesino. ¿Adivináis quién es ese esposo? Bingo, Gene Kelly. No hago spoiler desde el principio sabemos que es un asesino. Y Robert Siodmak logra ambientar con tintes de cine negro este melodrama familiar casi gótico donde una pobre niña se enamora de un chico con encanto que tiene un apellido aristocrático (en decadencia), pero es un chico podrido por dentro que no puede refrenar su adicción al juego y su compleja personalidad. Un chico que tiene una patológica relación con su madre y su madre con él. El personaje de la madre es de esos personajes secundarios de los que deseas una película propia, muy bien interpretado por Gale Sondergaard (una de las actrices afectadas -y bastante olvidada- por la caza de brujas). Y la pobre niña hasta el final, que es liberada de la tiranía del amor, está absolutamente enamorada de su esposo, y de su parte oscura. De fondo siempre suena Always de Irving Berlin…

El éxito de un fracaso

losproductores

¿Un cásting para elegir, sin que este lo sepa, el peor actor para representar a Hitler para una obra de teatro que se llama precisamente Primavera para Hitler? ¿Dejar todo preparado para llevar a cabo el mayor fracaso de Broadway? ¿Enriquecerse a costa de esto? Eso es lo que quieren el productor Max Bialystock (Zero Mostel) y un tímido contable que se mete en la aventura, Leo Bloom (Gene Wilder). Todo sale al revés… el espectáculo debe continuar, nunca se sabe lo que será un éxito o lo que será un auténtico fracaso… Y de eso trata la comedia musical (primero en los escenarios de Broadway y luego en la pantalla de cine) Los productores de Mel Brooks. No es mal plan para una tarde veraniega… introducirse en las aventuras absurdas de un productor gigoló de abuelas y un contable neurótico que montan una Primavera para Hitler de un autor loco y nazi con un director que lo convierte en espectáculo musical gay con un actor gay, entre hippie y macarra… Es inevitable que en algún momento se suelte una carcajada…

… Y tardes de cine en La Casa Encendida. Ciclo Fracturas (II Parte)

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Y por último una proposición para tardes veraniegas en el mes de julio en un ciclo en el cual algo tengo que ver. Fracturar es romper o quebrantar con violencia algo. Vivimos un momento de fractura. Y ese quebrantamiento ha sido reflejado en el cine. Las quiebras pueden ser históricas, culturales, sociales, económicas, políticas, religiosas, emocionales, físicas… Dentro de la fractura entran diversos temas de actualidad y deja en evidencia una crisis no sólo económica sino de muchas otras áreas. Y en esa zona oscura surgen posibilidades e iniciativas de crear un mundo nuevo. La Casa Encendida presenta, durante los lunes y jueves del mes de julio, este ciclo con siete películas donde se proyectarán algunas de esas fracturas y los caminos de recuperación. Ver aquí la programación.
En esta segunda parte es como si tuviésemos en las manos un periódico virtual con todas las fracturas posibles de la historia contemporánea y cómo afecta a los seres humanos. Un periódico virtual que refleja casi un apocalipsis en cada una de sus páginas. Los conflictos que no se solucionan (conflicto palestino israelí), los que no sabemos cómo van a acabar (la crisis económica), los elementos que provocan las fracturas (guerras, lucha de poderes, religión, política, dinero, las injusticias, las diferencias), las separaciones eternas (norte-sur), las víctimas de las fracturas que tratan de sobrevivir… Y en este periódico virtual también existe una fragmentación de la mirada que se convierte en especial. La fractura en la mirada que cuenta de una manera catártica para que entendamos el presente en el que vivimos.

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Y va de timadoras ilustres. Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981) de Lawrence Kasdan / Los timadores (The grifters, 1990) de Stephen Frears

No llego a entender o dilucidar muy bien por qué se armó el revuelo que se armó con La última seducción (1994) y el personaje de Bridget Gregory (Linda Florentino). Se habló de la fuerza del regreso del cine negro (neo noir) y de una representación nueva de la femme fatale, que sale victoriosa… Una femme fatale timadora, amiga únicamente del dinero. Y no lo entiendo cuando tiene dos ilustres antecedentes muy cercanos en el tiempo. Dos timadoras tan buenas y tan femme fatales como Bridget, que aparecieron en dos buenas películas que ya son vistas como clásicos modernos. Ellas son Matty Walker (Kathaleen Turner) y Lilly Dillon (Angelica Huston).

Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981) de Lawrence Kasdan

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El debut tras la cámara de Lawrence Kasdan fue con una película que retomaba las claves del buen cine negro con la femme fatale de protagonista. Así revisitaba uno de los temas claves de los grandes clásicos del género: la mujer fatal que convence al amante cegado de pasión por ella de asesinar a un tercero, normalmente un marido más anciano y rico, muy rico. Ese asesinato se convierte en un seguro para una vida próspera de dinero y riqueza. Mientras el hombre lo hace arrastrado por el amor y la pasión, ella se muestra siempre más fría, calculadora y práctica (quiere asegurar su futuro) y para ello se sirve de un instrumento, el amante. Kasdan jugaba con dos claves para crear la atmósfera sensual, el calor y el sudor de los cuerpos, envuelto en una música sugerente de John Barry. Atmósfera sensual que se convierte en cárcel eterna para la víctima: un abogado de poca monta con el rostro de William Hurt.

Así Kasdan (también guionista) con Matty Walker crea el antecedente de la mujer fatal y timadora victoriosa. El director y guionista sigue el esquema de grandes clásicos como El cartero siempre llama dos veces y Perdición. Así crea a dos personajes atractivos: el perdedor que lleva su sino fatal en el rostro desde que comienza la historia y la femme fatale como mantis religiosa que envuelve al amante hacia la perdición. El giro y evolución del género que se produce en Fuego en el cuerpo (y posteriormente en La última seducción) es que la femme fatale no es arrastrada por el destino trágico sino que es una mujer que triunfa a pesar del ‘pecado’ y no tiene mala conciencia alguna. Era timadora y reina del juego… y ha jugado bien la partida, ha ganado.

Los timadores (The grifters, 1990) de Stephen Frears

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El director británico, en su aventura americana, da un giro más en el neo noir de Los timadores. Crea a una femme fatale victoriosa que no sólo arrastra a la perdición a un perdedor (que además es su propio hijo) sino que vence a otra femme fatale con sus mismas intenciones. Se crea una lucha a tres bandas… a muerte y con aires de tragedia griega. Aquí la femme fatale, Lilly, es además una mujer que se deja arrastrar por un fuerte instinto de supervivencia que arrasa con todo.

El realizador Stephen Frears, que adapta a Jim Thompson, juega con un trío de timadores profesionales. Un joven ambicioso pero con un halo de perdedor en la mirada que va sobreviviendo con pequeños timos y siempre actúa en solitario, su madre —timadora profesional y superviviente— que trabaja para un peligroso mafioso y la novia del hijo, otra timadora profesional de altos vuelos que vivió tiempos de gloria con un compañero sentimental con tan pocos escrúpulos como ella (y envuelto en la locura). Así crea una compleja red de relaciones entre los tres que los lleva a la perdición, la violencia y a la tragedia griega (donde aparece la fatalidad, el destino escrito) donde tan solo puede haber un superviviente: la femme fatale victoriosa… pero con el drama de saberse superviviente, femme fatale y con imposibilidad de redención arrastrando en su furia incluso lo que más ama… Lilly con el fuerte rostro de Angelica Huston deja otra femme fatale icónica, de cuerpo escultural, rubia platino y personalidad arrolladora que no se deja aplastar por una posible discípula aventajada (Annette Bening).

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El detective (The detective, 1968) de Gordon Douglas

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… Arthur Penn y Bonnie y Clyde un año antes dan el pistoletazo de salida al Nuevo cine americano, a un cambio generacional en el mundo del cine y a un nuevo ámbito donde el sistema de estudios ya ha caído en desuso. Pero también al reflejo de una época llena de desencanto de una sociedad cada vez menos inocente y más harta de la situación política y social. El sueño americano se esfumaba y salía la cara oscura. Un periodo de cambio y transformación… donde el cine acaba con las viejas apariencias. El viejo Hollywood también se ve influenciado por este periodo donde la caída del Código Hays da rienda suelta a temas que siempre habían estado reprimidos, el mundo de la sugerencia se deja de lado… y se desata una ola de violencia y sexualidad. Temas que siempre habían estado latentes y que ahora surgen en una completa libertad (lo políticamente correcto desaparece…) provocando momentos de catarsis emocional en el espectador.

El cine negro a pesar de llenarse de colores donde el rojo es la estrella… sigue reflejando ese mundo ambigüo, desencantado, desesperamente trágico y de un romanticismo exacerbado. Si hace poco hablamos de A quemarropa de John Boorman (que además experimenta con la maneras de contar), ahora le toca el turno a El detective de Gordon Douglas (que sigue una narrativa cinematográfica clásica pero eficaz). Cineasta de amplia y versátil filmografía que llevaba trabajando desde los años cuarenta y sin embargo un gran desconocido para Hildy Johnson. Era un director que se iba adaptando a las modas y los cambios de Hollywood que tocó prácticamente todos los géneros. Durante los años 1967 y 1968 realizó una trilogía de cine negro con detective de origen literario con rostro de Frank Sinatra. En dos de ellas encarnaba al detective Tony Rome (Hampa dorada, La mujer de cemento), inspirado en el personaje de ficción creado por Marvin H. Albert. Y en la tercera (de la que nos ocuparemos en los siguientes párrafos) se convertía en el detective de la policía que había creado el novelista Roderick Thorp.

Independientemente de tratar de manera explícita (pero que siempre habían estado presentes en distintas películas del género) temas hasta ahora tabúes en el cine negro como la ninfomanía y la homosexualidad, El detective logra a todo color un ambiente desolador y desencantado donde se mueve el protagonista. Un ambiente donde prima la violencia, la corrupción (en todos los estamentos incluso en la comisaria donde trabaja el detective desencantado), la lucha despiadada de poderes, la ambición, la sumisión forzada, la muerte, las diferencias sociales, los sentimientos de culpa… Un ambiente que mira con sus ojos azules y tristes Frank Sinatra, que trata de mantener su integridad (aunque hay momentos que roza la línea oscura) y que arrastra un romanticismo trágico y extremo…

Porque ver El detective, es también ver una batalla de ojos azules. De miradas azules de significado muy diferente. Así hay cruce de ojos claros entre Frank Sinatra y un policía violento con los ojos azules de Robert Duvall. O entre los de Sinatra y su exesposa Lee Remick. O los de este con una joven y misteriosa Jacqueline Bisset.

El detective está estructurada en dos partes muy claras que tienen que ver con la investigación del protagonista de dos casos distintos pero que estarán trágicamente unidos y que deparará consecuencias aciagas para el personaje de Frank Sinatra. Entre ambas partes pasa un tiempo considerable…, que hace hincapié en que algo podrido envuelve la ciudad. Sinatra recorre sus calles en coche patrulla y cada vez muestra más su desilusión y desencanto. El detective se enfrentará a los grandes poderes y a las fuerzas ocultas y corruptas aunque sabe que la batalla está perdida pero por lo menos puede retirarse de escena con la cabeza bien alta, sin haberse vendido a ningún bando…

El primer caso es el asesinato violento de un joven homosexual, hijo de un hombre influyente, que termina con la detención y condena a muerte de su pareja en ese momento (un joven con trastornos mentales) y con el ascenso de cargo para el protagonista. Tiempo después ocurre el suicidio de un famoso empresario pero su joven esposa quiere que se investiguen más las causas de su muerte, el detective asume el caso… y esto le llevará a un camino sin retorno. Entre medias de ambas investigaciones en dos flash back se cuenta con trágico romanticismo la historia del detective con la mujer que ama (Lee Remick)…, una historia abocada al fracaso por la ninfomanía de ella.

Al final el detective con sus ojos azules y tristes (en solitario y sin apenas apoyos) patrulla por última vez la ciudad pero esta vez esboza una sonrisa…, sabe que ha perdido la partida pero se ha mostrado íntegro y además ha logrado destapar la suciedad del ambiente… aunque todo siga igual.

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Y van tres sobre la adolescencia… y una mirada infantil

La adolescencia en el cine se ha reflejado de una y mil maneras. Las tres películas que forman este texto se acercan a este periodo, que vive todo ser humano, de manera muy diferente. Pero las tres cuentan con una mirada especial que merece la pena analizar aunque unas sean redondas, otras menos y la de más allá fallida. De propina, una mirada infantil de lo más siniestra. La infancia también es un periodo difícil de reflejar correctamente y que también ha permitido obras cinematográficas tan especiales como El otro de Robert Mulligan.

Un soplo en el corazón (Le souffle au coeur, 1971) de Louis Malle

 

(Aviso: si no la has visto, cuento partes claves de la trama)

 

La filmografía de Louis Malle es una sorpresa continua. No le asusta la innovación formal ni los temas que abordar desde puntos de vista complejos. Con Un soplo en el corazón empieza una trilogía que versaría sobre los recuerdos (la memoria…) acumulados durante su adolescencia. Vida y cine, cine y vida. Trozos de vida propios y ajenos. O simplemente captar sensaciones y sentimientos, emociones y prestárselas a sus personajes. Las otras dos películas que completarían dicha trilogía (y que ya me esperan para que pueda verlas) son Lacombe Lucien y Adiós muchachos.

Un soplo en el corazón cuenta un momento de la historia de un adolescente, Lauren Chevalier (Benoît Ferreux). Tiene catorce años y está en su periodo de despertar sexual. Su vida transcurre en la Francia de los cincuenta en una familia acomodada. Su padre es ginecólogo, de buena familia, y su madre es una italiana (una maravillosa y bellísima Lea Massari que crea un personaje fascinante y difícil) que cuida de sus tres hijos casi como si fuera su mejor amiga, siempre cómplice. Lauren saca unas notas brillantes, es un lector empedernido de escritores como Gide o Camus, habla con una naturalidad que desarma de temas como el suicidio y le encanta el jazz.

Durante su momento de vida ‘robado’ por la cámara de cine, vemos sus relaciones con su padre (distante), con su madre (cercana), y con sus hermanos mayores (siempre entre la broma constante, la humillación del menor pero también de la admiración que siente por ellos y el cariño que estos le profesan). Y también cómo se relaciona con sus amigos. Somos testigos de varios acontecimientos: las ‘atenciones especiales’ que le presta un cura del colegio, su primera experiencia con una prostituta, el beso con una amiga de sus hermanos mayores, su intento de acercarse a una joven rubia y, por último, un acercamiento físico (una noche de fiesta) a su madre… Entremedias de todas estas experiencias se le diagnostica un soplo en el corazón que exige reposo y el seguimiento del tratamiento en una especie de balneario (un espacio aislado del mundo cotidiano que le rodea… y donde todo puede pasar, todo es nuevo).

Lauren Chevalier tiene muchas características del Malle adolescente pero el director ficciona y crea unas experiencias únicas para Chevalier. Con ojo crítico ante la burguesía francesa (a la que el propio director pertenecía) pero también con un halo de nostalgia, Malle crea una película vital y libre que pasa por temas extremadamente tabú con una mirada absolutamente diferente.

Así, por ejemplo, el tratamiento del incesto nada tiene que ver con la forma en que se ha reflejado en otras películas. Un tema que siempre se ha tratado en el cine desde una óptica de tragedia griega o de drama extremo. Incesto fruto de una relación enfermiza y traumática con secuelas psicológicas futuras para el que lo sufre (reflejo de maltrato físico y sometimiento). El incesto como fuente de ambientes inquietantes, incómodos, insanos con aires de pesadilla.

De pronto choca la manera en que Malle encara el tema, una acción lleva a la otra, una emoción lleva a la otra, una situación lleva a otra… y de pronto vemos al adolescente en la cama con su madre (pero como una ‘experiencia más’ dentro de su recorrido hacia la madurez)… Malle consigue que el espectador escuche las palabras que la madre dice a su hijo después y que trate de comprender. Las palabras son algo así como: que esto que ha pasado no se convierta en algo traumático para ti, yo siempre lo recordaré como un momento bonito y agradable. No volverá a pasar nunca.

Es importante saber que la primera idea de Malle, es que realmente fuera algo traumático para Lauren… y que llegase a pensar en el suicidio. Sin embargo nos ‘regala’ otro final que nos choca pero que embelesa y encanta, Malle realmente transgrede. Y termina la película con un Lauren que ha despertado totalmente a su sexualidad, más seguro, y con una reunión familiar donde todos, absolutamente todos, se miran entre sí y no paran de reírse… Un final que no se olvida y no deja indiferente.

Brick (Brick, 2005) de Rian Johnson

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Rian Johnson realiza un experimento formal: nos cuenta una historia de puro cine negro, en un ambiente insólito para este género. Brick transcurre en un instituto norteamericano y todos sus protagonistas son adolescentes o muy jóvenes. La presencia de adultos es prácticamente nula (y los que aparecen son casi caricaturescos).

Así nos encontramos frente a una trama compleja con un caso de asesinato y una investigación complicada… pero todo entre adolescentes. Rian Johnson sorprende con una fuerza visual y unas imágenes increíbles y recrea a todo color las luces y sombras del cine negro, esa sensación de pesimismo, de destino inevitable, de romanticismo clásico y con las dosis de violencia suficientes. El instituto y sus alrededores crean un ambiente extraño que roza la pesadilla.

El protagonista es el adolescente al margen, el solitario, que decide echar una mano a su exnovia cuando ésta le hace una llamada de socorro. Y se convierte en una especie de investigador desencantado. Con ayuda de un estudiante empollón e inteligente, se introduce en un mundo de drogas y jóvenes siniestros donde nadie es lo que parece. No falta la femme fatale.

Brick se convierte en una película que genera una cierta extrañeza pero a la vez Rian Johnson consigue unas imagenes con una fuerza visual hipnótica. Y une la ‘incomodidad’ de la adolescencia —el extrañamiento y confusión del adolescente que se enfrenta al mundo—, con ese halo ambiguo, destino trágico y complejidad que acompaña al cine negro.

Una vida en tres días (Labor day, 2013) de Jason Reitman

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El paseo de Jason Reitman por el melodrama ha sido fallido pero contaba con los ingredientes necesarios para crear una película emocionante. La premisa era muy sencilla (y porque la complica, sobre todo con ridículos flash back, con algunos fallos que hacen poco creíble la trama, con escenas que sobran así como un final tambiñ¡én ridículo… la película se derrumba): durante los años ochenta, en una localidad americana, un fugitivo que huye de prisión toma como rehenes en su casa a una mujer divorciada (con una depresión que le provoca pánico a salir de casa) y su hijo adolescente. Conviven durante tres días.

Aquí el adolescente es el que cuenta la historia desde la nostalgia (la cuenta con voz de adulto). Desde su punto de vista. Y si hubiera seguido ese camino: la mirada íntima del adolescente ante los hechos vividos, creo que hubiese funcionado. Tan solo la casa y sus tres habitantes. Y es esa mirada y el propio adolescente el que a veces salva la película (Gattlin Griffith).

Otro punto flojo es la construcción del fugitivo (que contaba con un Josh Brolin, siempre carismático y que hace lo que puede con un personaje mal hecho) pues elimina toda ambigüedad y misterio. Parece que el fugitivo es el hombre perfecto: arregla todos los desperfectos de la casa, podría ser buen padre, es buen amante, es guapetón y encima es un excelente cocinero…

La escena en que los tres elaboran una tarta de melocotón es la escena clave. El tono clave de una película que podría haber funcionado. A través de la mirada del adolescente y haciendo mucho hincapié en los sentidos y sensaciones, en lo físico. En lo sensual del momento, todo rodeado de una cierta nostalgia. Es una escena ‘contada’ desde lo emocional, desde el recuerdo. Casi notamos el tacto de cada uno de los ingredientes de la tarta, y el roce de la piel de los personajes. Refleja un acercamiento especial de los tres personajes…

La propina. El otro (The other, 1972) de Robert Mulligan

Robert Mulligan sabía muy bien reflejar el mundo infantil y adolescente desde una óptica nostálgica. Así muestra niños y adolescentes de verdad en Matar a un ruiseñor, Verano del 42, La noche de los gigantes o Un verano en Louisiana… Sin embargo, también ofreció la cara oscura y pesadillesca de los mundos infantiles con una película inquietante sobre dos gemelos, El otro.

La película es la adaptación de un relato de Tom Tryon (que antes había sido actor, el protagonista de El Cardenal de Otto Preminger) y Robert Mulligan recrea con esos juegos infantiles y la imaginación desbordante que gozan los niños un relato terrorífico. Así se mete en la mente infantil para contarnos una historia asfixiante y con una óptica distorsionada. Desde el principio ‘notamos’ una cualidad extraña en los juegos aparentemente inocentes de los gemelos y en cómo ‘miran’ el mundo adulto.

Robert Mulligan crea una atmósfera que envuelve al espectador en un mundo incómodo y horrible, un mundo adulto siniestro, poblado de rostros crispados y desagradables, una atmósfera irreal y difícil de comprender: una abuela rusa que cuenta extrañas historias, un circo de seres deformes, una madre que parece una muerta en vida, una anciana malhumorada, un jardinero alcoholizado, una muerte reciente… La película está sin embargo, plagada de juegos infantiles y detalles como una caja metálica con pequeños tesoros… que se convierten en elementos inquietantes.

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Los sobornados (The big heat, 1953) de Fritz Lang

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Si algo llama la atención de Los sobornados es que está contada a golpe de violencia continua. Fritz Lang recrea una ciudad violenta y lo refleja en cada fotograma. Una violencia física y emocional. Si hay una escena que perdura y que nunca se olvida es la de un colérico Lee Marvin tirando el café hirviendo en el rostro de su  ‘chica’ Debbie (una maravillosa Gloria Grahame). Pero esto solo es una escena más de violencia. La película está plagada de ellas. De hecho la historia avanza según se va sucediendo un acto violento tras otro. Algunos están fuera de plano, otros sólo son contados y los de más allá son mostrados con toda su crudeza.

La película arranca con un suicidio, continúa con una de las muertes más tremendas e inesperadas tras una explosión, no faltan quemaduras de cigarrillo, peleas, una violencia de género brutal, disparos, amenazas… y una violencia emocional más feroz si cabe. Así nos sorprendemos con el suicidio de un hombre que todavía no sabemos quién es pero más nos sobrecoge la reacción de su viuda…

Como toda buena película de cine negro que se precie… un ambiente ambiguo, oscuro y fatal recorre la cinta y tiñe a su personaje principal cuyo dilema moral es el siguiente: ¿podrá la venganza destrozar totalmente la humanidad y la honestidad del policía Bannion (un Glenn Ford en uno de los pocos papeles en el que no le tengo manía)? ¿Se convertirá en uno más que ‘corrompe’ el ambiente de la ciudad? ¿Cruzará el límite y será igual que uno de los matones a los que persigue?

Lo tremendo que plantea Lang es que el espectador entiende (aunque no comparta) la transformación de Bannion porque le arrebatan de la manera más cruel a la compañera de su vida… Pero lo realmente transgresor dentro del género negro es que esta vez será la mujer fatal la que impedirá la caída al abismo del héroe. Ella misma, ya como mujer deformada, preferirá tirarse al abismo y arrastrar junto a ella a los suyos con tal de recuperar la humanidad y entereza del policía. Ella misma será la que se vengue por Bannion. Ella misma llevará hasta las últimas consecuencias ser mujer fatal con los suyos pero para ‘redimir’ al héroe y ‘redimirse ella misma’.

Fritz Lang deja una poderosa película con un dominio, como siempre en su cine, de la puesta en escena y del lenguaje cinematográfico. No sólo deja unos personajes difíciles de olvidar: desde el mafioso poderoso (que en una escena lo encontramos en el salón de su casa donde el gran retrato de su madre domina todo y nos ‘cuenta’ mucho de ese extraño personaje), a la viuda fría o el matón sin escrúpulos. Sobrevolando por la ‘querida’ que ama, la mujer fatal que se redime (y que desde el principio muestra una rebeldía e inteligencia evidente así como un sentido de la libertad muy marcado: no soporta cómo todos los que la rodean giran y bailan alrededor del gánster poderoso) o el retrato de compañera ideal que refleja la esposa de Bannion (retrato muy años cincuenta… y muy interesante de analizar). Pero también imprimen un sello especial toda la galería de personajes secundarios que con solo una escena se convierten en necesarios (como esa anciana que apenas puede andar y que le da una pista al vengativo policía). Lang sabe ‘presentar’ con todos los contrastes necesarios los distintos lugares de la trama: el hogar del policía, la comisaria, la casa del mafioso, de la viuda, del matón de turno, los garitos, las habitaciones de hotel y garajes… Nos hacemos una idea del ‘espíritu’ de la ciudad. Es una película nocturna donde la iluminación y los claroscuros predominan y narran así como otros elementos claves: las lamparas que se encienden y se apagan, las sombras que delatan, los ruidos que sorprenden, las puertas que se abren violentamente o que se cierran.

… nos deja una de las escenas más tristemente románticas del cine de Lang (que sabe rodarlas) y es cómo una Debbie moribunda y redimida escucha cómo Bannion le describe a su amada ausente y le comenta que hubiesen sido buenas amigas… y se lo cuenta dulcemente con cariño, estando muy pendiente de ella. Y Debbie es consciente de que el policía no caerá al abismo, que su humanidad ha regresado a su rostro. Así ella puede cerrar los ojos…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

A quemarropa (Point Blank, 1967) de John Boorman

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A quemarropa es cine negro de los sesenta… y Boorman enreda al espectador en una historia con todas las claves del género pero con una forma de contarla rompedora y especial que tomaba inspiración en los nuevos cines europeos, en nuevas fórmulas de narración cinematográfica que rompían el relato clásico cinematográfico para mostrar otra forma de contar. Innovación en la mirada. Así se anticipaba ya el paso al nuevo cine americano, nuevos realizadores que trataron de dar un paso más tanto en los temas como en la manera de abordarlos.

Así nos encontramos con una premisa simple: la historia de un hombre que quiere venganza y recuperar el dinero que robó junto a su esposa y su mejor amigo antes de que ambos le traicionaran y le dejaran tirado en una celda de Alcatraz, un edificio fantasma, con dos balazos… Ese dinero forma parte de un extraño entramado donde entra otro protagonista: la Organización, una especie de coloso mafioso-empresarial kafkiano con jerarquías, negocios, chantajes, luchas de poder y asesinos a sueldo. Así el hombre que quiere venganza dejará a su paso una estela de cadáveres a la vez que va dándose cuenta de que conseguir el dinero es un objetivo imposible y absurdo.

A quemarropa cuenta la historia de un asesino sin nombre de pila… sólo responde con el apellido de Walker (inspirado en un personaje de novela negra de Richard Stark, pseudónimo de Donald E. Westlake). Apenas habla pero sí recuerda y la película es como si transcurriera dentro de la mente de un muerto en vida. Y sus recuerdos tienen un aire de pesadilla, de insomnio, de cansancio y desencanto. De un duro enamorado y traicionado por la mujer que ama y por el amigo al que quiere. Una visión y una mirada distorsionada y cortante. Pero a la vez lúcida… la lucidez del superviviente, del que no quiere caer en más trampas.

Sus aliados de viaje son un misterioso personaje que algo quiere conseguir de la Organización y que cuenta con información privilegiada y su cuñada, que arrastra el mismo desencanto que el protagonista. Walker posee el rostro imperturbable de un duro entre los duros, Lee Marvin (y no es exagerado describirle así).

El espectador viaja junto a Walker en ese mundo kafkiano donde todos se traicionan y matan entre sí por algo intangible… en sus manos nunca pasa dinero contante y sonante. Y a la vez lanza unos destellos de romanticismo roto (la historia de Walker y su esposa… que nada tiene que ver con la relación que establece con su cuñada, con rostro de Angie Dickinson), un erotismo elegante, unas dosis de violencia y un asesino frío con su destino marcado en el rostro.

Al final el botín es lo de menos… Walker se da cuenta de que su venganza no ha servido de nada…, quizá para refugiarse más en las sombras y en la soledad. Aquel día en Alcatraz murió realmente… pisotearon su destino. Ahora solo es un fantasma vengativo que recuerda.

La narración no es lineal, se rompe por todas partes, en tiempo y espacios. En presente y pasado. En repeticiones. En encuadres imposibles… pero te sumerge en un ambiente especial que hace que no puedas apartar la mirada de momentos como su primer encuentro con su mujer después de la traición o la escena que se desarrolla en el club de jazz con esa extraña canción a base de gritos que se unen a los gritos que genera la violencia y la tensión.

A quemarropa es cine negro, que sigue siendo en los sesenta, un género capaz de renovarse y de innovar el lenguaje cinematográfico.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l’echafaud, 1957) de Louis Malle

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Si vemos la primera obra cinematográfica de ficción de Louis Malle (Ascensor para el cadalso) y la última (Tío Vania en la calle 42) descubrimos a un realizador muy especial con una mirada a tener en cuenta. En su primera ficción, que llevó a cabo con 25 años, adaptaba una novela negra y dejaba su firma. Jugaba con el lenguaje cinematográfico, con sus actores, con las fotografías y empleaba una ya mítica banda sonora para ‘contar’ el interior de un personaje. Así dejaba puro cine negro de autor donde el fatalismo acompañaba a dos parejas muy distintas. No faltaba nada: suspense, tensión, destino trágico para las parejas de amantes, policías, testigos… ambientes ambiguos… Y sin embargo era una película absolutamente personal. Y en su última obra, con 62 años, adaptaba una obra de teatro rusa, Tío Vania, y dejaba una obra cinematográfica brillante y experimental donde asistiamos a un ensayo en un viejo y decadente escenario. Dejaba también su mirada y su firma. Entremedias una hilera de películas que ilustraba la pérdida de la inocencia o la hipocresía de la burguesía sin dejar de experimentar con la narración cinematográfica. Entre Francia y Estados Unidos fue construyendo su mirada. Todavía me queda por descubrir filmografía… pero sé cómo empieza y cómo termina.

Podríamos resumir Ascensor para el cadalso con una llamada telefónica de dos amantes, un crimen perfecto, un descuido, el robo de un coche por unos jóvenes inconscientes, un paseo nocturno con voz en off de fondo (y una melodía), un hombre encerrado en un ascensor con un mechero y una navaja, un doble asesinato en un motel, un suicido fallido, una acusación, una posibilidad de salvación y el revelado de unas fotos…

Con todos estos ingredientes se construye una historia apasionante que transcurre en menos de un fin de semana. El azar  juguetea de tal manera que desde el principio sabemos que la fatalidad está presente. Ya nos avisa el título. Por una parte los dos amantes que planean la muerte del marido poderoso… Una muerte que les dará a ambos la felicidad y la posibilidad de amarse sin preocupaciones. Una premisa fundamental para que arranque una buena película de cine negro. Por otra dos jóvenes despreocupados e inconscientes, locos, con  muy mala suerte. La vida de ambas parejas se cruzará para depararles unos cambios inesperados.

Los amantes que iban a encontrarse no pueden por una cadena de infortunios… ya lo presagia un pequeño gato negro que presencia el asesinato. Él encerrado en un ascensor y tratando de no perder la calma… Ella angustiada sin saber qué es del amado inicia una búsqueda nocturna por locales y por las calles. Llueve, no deja de pensar, no quiere perder la cabeza, piensa en la traición al ver pasar su coche y a una joven florista dentro… Pero no obstante sigue buscando. El fatalismo es evidente desde que nos presentan sus grandes rostros en primer plano hablando por teléfono…

Los jóvenes, ella una humilde florista y él un delincuente juvenil, van dando tumbos y viviendo rápido el momento, no piensan… primero roban el coche y después se lanzan a la autopista. Y también todo se enreda. Son como esos amantes de la noche que nada les sale bien y van de la mano al abismo.

Y a estos personajes les sigue la cámara de Malle que hace angustioso y hermoso a la vez un paseo nocturno en una noche de lluvia, que planifica perfectamente un crimen perfecto y otro que no lo es. Que regala un suicidio fallido con disco de vinilo que no deja de sonar. O plasma un interrogatorio de la policía con un hombre que solo quiere dormir… en un cuarto oscuro tenuamente iluminado. O nos deja un hermoso final trágico sobre la fragilidad de la vida y el amor (y un azar que proporciona un destino fatal) con unas fotos que se revelan en una cubeta…

Ah, se me olvidaba. La música de fondo es  de Miles Davis. Y la amante que pasea por las calles o habla por teléfono tiene el rostro de Jeanne Moreau… y ama fatalmente a Maurice Ronet…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La mirada inquietante de André de Toth. Aguas turbias (Dark Waters, 1944) y Combate decisivo (Monkey on my back, 1957)

André de Toth es de esos directores que se encontraban en nómina en el sistema de estudios. Y estaba especializado sobre todo en películas de bajo presupuesto y de los géneros más dispares. Es de esos directores con parche en el ojo como Lang, Ford o Ray… pero de películas de serie B. Y es de esos directores caídos en olvido pero que de pronto pueden ser descubiertos. Yo tan sólo había visto Los crímenes del museo de cera…, una película de terror de Vicent Price de los años cincuenta que tuvo el aliciente en el momento de su estreno del empleo del 3D. Y sin dejar de lado esa mirada inquietante, que suele dominar el terror, descubro en una sesión doble a un director en el que quiero bucear. Porque entre esas películas de serie B hay un montón de buen cine como han demostrado Edgar G. Ulmer,  Joseph H. Lewis, John Farrow, Allan Dwan o  Jacques Tourneur. Así en Aguas turbias nos deja una atmósfera y un ambiente que roza la locura y lo onírico con unos personajes incómodos… Y en Combate decisivo se vuelca en un drama realista y deja el retrato de un hombre desesperado que cae continuamente en el abismo que debe enfrentarse a sí mismo y a su adicción más letal, su dependencia a la morfina.

Aguas turbias (Dark Waters, 1944)

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Aguas turbias entra dentro de la tradición de un cine con tintes góticos donde una dama va perdiendo la cordura o la hacen creer que pierde la razón… La dama en cuestión es encerrada-atrapada en una mansión que se convierte en una cárcel.

Merle Oberon es una heroína hermosa y solitaria que ha vivido una experiencia traumática (un ataque marítimo donde ha perdido a sus padres y donde apenas ha habido supervivientes) y por tanto se encuentra en un estado de debilidad mental. En el hospital le dicen que contacte con sus tíos, a los que no conoce. Ella los escribe a la dirección que tiene en New York pero recibe una contestación desde una plantación de Lousiana donde se han trasladado… y le dicen que la recibirán con los brazos abiertos. Cuando sale del hospital llega a la estación de tren y nadie la espera. Ante el calor, la angustia y la desesperación por la soledad, tiene un desmayo… y es ayudada por el médico de la zona (Franchot Tone) quien la lleva a la mansión familiar y de paso se enamora de ella. Allí la reciben sus tíos que viven con dos hombres siniestros, el administrador y el capataz de la plantación. Y ahí la pesadilla de la protagonista continúa que vive aterrorizada porque siente que poco a poco va perdiendo la razón.

Todo en la casa es extraño e inquietante. Oye voces que la llaman. Las lámparas se apagan solas. Y tanto sus tíos como el capataz parece que no mueven un dedo sin que el administrador ejerza su poder… De pronto la protagonista empieza a crearse una extraña historia en su cabeza y los únicos momentos que vive sin sobresaltos es cuando el doctor la saca fuera de la mansión. Pronto va sintiendo el hogar familiar (junto a sus habitantes) y sus alrededores donde acechan peligros como aguas turbias y pantanosas como una cárcel… o como una amenaza para su vida.

Pero nada es lo que parece…

Y lo que más merece la pena de la película es precisamente la mirada inquietante de la protagonista, la atmósfera asfixiante y los personajes siniestros con los rostros de dos maravillosos secundarios Thomas Mitchell y Elisha Cook Jr.

Combate decisivo (Monkey on my back, 1957)

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En Combate decisivo se continúa la veda abierta por Otto Preminger para tratar el tema de las drogodependencias (El hombre del brazo de oro, 1955). Así el director se enfrenta a la historia real de Barney Ross, un famoso boxeador que después se convirtió en un héroe de guerra para finalmente librar una batalla contra su dependencia a la morfina. Y surge una película muy interesante e intensa donde se refleja perfectamente el deterioro de un hombre dependiente. Barney Ross está perfectamente interpretado por Cameron Mitchell… la película empieza cuando entra voluntariamente en un hospital para someterse a una cura. Se abre una verja y nuestro protagonista se enfrenta en la soledad de su cuarto a los recuerdos, y una flashback recrea su caída. Su deteriodo. Y la película termina cuando esa verja vuelve a abrirse… y el protagonista empieza una nueva vida de la que ya no seremos testigos.

André de Toth, como buen artesano, nos sabe contar perfectamente esta historia donde maneja el lenguaje cinematográfico y los códigos del cine sobre boxeo (casi un género en sí mismo), realismo social, cine negro y cine bélico (sorprendente la crudeza de las escenas que transcurre en Guadalcanal).

Así se va desarrollando la caída al abismo del protagonista… un boxeador que triunfa y se engancha (es lo que le da seguridad) tanto al triunfo como al mundo del juego y las apuestas. Hasta que es vencido y entonces deja el boxeo para dedicarse a llevar un negocio pero sin dejar de jugar ni de recibir malas influencias. Sin embargo es un buen tipo, con buen fondo, pero que sus miedos e inseguridades van minando su personalidad. A pesar de tener una madre que le adora, una mujer que le quiere (a pesar de que sabe que el hombre al que ama no va a poder proporcionarle felicidad, ve su fragilidad desde el principio y trata de huir pero siempre regresa…) y amigos fieles su caída es imparable. Y él es consciente. Cuando pierde su negocio, decide alistarse como marine y durante la Segunda Guerra Mundial, en un combate duro donde se convierte en héroe, padece malaria. Para tratar de frenar sus dolores y malestares le suministran morfina y termina volviéndose dependiente. Por eso su regreso y adaptación a su nueva vida (donde siempre trata de ser un triunfador y de formar una familia junto a la mujer amada) fracasan continuamente. Porque necesita la morfina… y vuelve a contactar con malas influencias que le amargan la vida y él no sabe cómo gestionar su caída ni pide ayuda a la gente que le quiere.

Cuando ya la vida parece que le cierra todas las puertas y la desesperación casi le lleva al suicidio… el nuevo regreso de su mujer hace que quiera ingresar voluntariamente en el hospital para detener su deteriodo… y emprender ese combate decisivo (del título en castellano) contra sí mismo.

Las escenas en el ring, las bélicas y ese destino negro del personaje que va cayendo en los bajos fondos urbanos donde se encuentra entre callejones donde hay otros dependientes, traficantes y un mundo oscuro, decadente ofrecen un relato potente que engancha al espectador y no le suelta en ese viaje ‘al abismo’ que emprende el protagonista…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.